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29.7.23

Sin dietario del Sur

Hoy, último sábado del mes, tocaba mi dietario del diario Sur, pero ya no habrá más: lo suprimieron. Todas las entradas de estos casi tres años están aquí. (Para la de hoy tenía el título: "Brisa o no".)

24.6.23

Alquimia del ventilador

[Dietario] 

'Sugar daddies'. En una comida familiar sale el tema de los sugar daddies. Un sugar daddy es un señor mayor que sale con una jovencita, a la que colma de regalos, y con frecuencia hasta se casa con ella. Mi sobrina Ana, la intelectual de la nueva generación, tiene una idea implacable sobre el asunto: "La joven pilla a uno escacharrao a ver si la espicha". 

Otra cosa. Día y medio en Madrid, con la excusa de la Feria del Libro. Citas que no cuento y un par de paseos solitarios. Tengo mis rituales, mis ritos de paso literalmente, para otorgarme a mí mismo una sensación de cotidianidad que salte por encima de los meses de ausencia. La impresión de siempre de que mi vida está allí. Lo que tengo en Málaga es otra cosa. 

Cuesta abajo. El descenso del Málaga parece haber inaugurado una era de reveses para la ciudad. Tener un equipo de fútbol no ya en segunda, sino por debajo de segunda, es impropio de una capital de primera. Casi en seguida ha venido la derrota por la Expo 2027, con lo que puede que se expanda el pesimismo; una sensación precipitada de cuesta abajo. Sobre la Expo yo tenía una postura contradictoria. Sé que a Málaga le venía bien, pero a mí me venía mal. Si de mí hubiese dependido, hubiera dicho que sí, claro. Pero para la vida que llevo prefiero una Málaga más discreta, más apagada. Para llevar una vida pessoana: esa vida que hoy tampoco podría llevar Pessoa en la pujante Lisboa. 

La ciudad. Del auge de Málaga me fastidia esta como obligación de posar feliz en las fotos. La ciudad te impone una dictadura de la alegría para la que uno no siempre tiene cuerpo. Ahora suelo acordarme del conocido poema "La ciudad", de Cavafis, que tenía colgado en la pared de mi habitación de estudiante en Madrid, no sé si para conjurar el destino o para confirmarlo. El final era terrible: "Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra –no lo esperes– / no tienes barco, no hay camino. / Como arruinaste aquí tu vida, / en este pequeño rincón, / así en toda la tierra la echaste a perder". 

La felicidad de las fotografías. Sin embargo, hay un misterio en las fotografías: en todas aparecemos felices. Aunque no lo fuéramos. En los últimos meses he tenido que revisar bastantes mías de los años noventa y en ellas estoy yo, o están mis seres cercanos, en un momento perfecto de felicidad que no se corresponde del todo con el recuerdo. Tal vez porque en las fotos estamos a salvo del tiempo. Fuimos rescatados de su curso en aquel instante preciso, que se quedó fijado. Y eso es causa de felicidad para los personajes, ya ajenos, de la fotografía. 

Museo del Jamón. Leo que en Madrid le hacen un homenaje al fundador del Museo del Jamón. Merecido homenaje. Cuando los malagueños llegábamos a la capital y nos encontrábamos con el Museo del Jamón, no nos lo podíamos creer: ¡qué gran idea! Solo echábamos de menos que no existiese también un Museo de la Gamba. Madrid no era el Museo del Prado, sino el del Jamón. 

Nuestro hombre en Oxford. Diéguez ha pasado un trimestre en la Universidad de Oxford y viene con un libro terminado y con ganas de alitas de pollo en el Tano. Estamos con él Irles, Arias, Toscano y yo. Deliciosa velada malagueña. Nos habla de la rutina oxoniense entre los colegas de su especialidad: filosofía de la ciencia, inteligencia artificial, transhumanismo, etc. A la una todos salen de sus cubículos y bajan a comer conversando. Socializan mientras mastican los sándwiches. A diario hay mesas redondas, ponencias y alguna vez la conferencia de un premio Nobel. Al atardecer Diéguez salía a darse un paseo y volvía a su apartamento a hacerse la cena. "Echaba esto de menos, chicos", dice ante las fastuosas alitas. 

Dylanitas. Cuenta Arias su viaje a Granada para asistir al concierto de Bob Dylan. Casi todos los dylanitas eran ya provectos carraspeantes, más para allá que para acá, como el propio Bob. La sala se iba llenando, pero quedaba un asiento libre. Ante la cada vez más llamativa vacante, Arias le comentó a su compañero de asiento (como él, uno de los pocos no ancianos): "No cabe descartar que entre el momento de sacar la entrada y el del concierto se haya producido el fatal desenlace". 

La Casa de la Cultura. Gabriel Albiac cuenta en La Malagueta que en sus años malagueños, de los diez a los diecisiete, iba mucho a la Casa de la Cultura. Yo también. Nos reíamos mucho de que, con ese nombre, la hubieran construido sobre medio teatro romano, pero era uno de mis sitios preferidos de Málaga. Me encantaba ir allí a leer. En aquel salón de arriba enorme, con el aire entrando por la ventana y las nubes pasando. Instantes que se han quedado flotando allí arriba, en el edificio que ya no existe. Al final el teatro romano le sobrevivió. 

Alquimia del ventilador. El ventilador transforma el calor en fresco, y además en fresco acariciante. Oro aéreo. 

* * * 

27.5.23

Todo azul

[Dietario] 

Un entusiasta en Hiroshima. Es admirable Agustín Rivera. Su mérito tiene un nombre: entusiasmo. Es un entusiasta. Etimológicamente el entusiasta está poseído por los dioses, que hacen que la vida brille para él y le hacen brillar a él mismo. Como periodista de El Confidencial y como profesor de periodismo en la Universidad de Málaga su entusiasmo está siempre a tope: con su oficio, con sus clases, con sus alumnos. Ahora ha publicado Hiroshima, en que recoge testimonios de los últimos supervivientes de la bomba atómica. Los entrevistó en Japón cuando se fue allí jovencísimo como corresponsal de Diario 16. El modo en que se plantó en Japón con veintidós años, según cuenta en el prólogo, es asombroso. Para mí hubiera sido imposible. Pero Agustín iba protegido (y propulsado) por el entusiasmo. 

Obras electorales. Cuando se aproximan unas elecciones municipales la ciudad entra en ebullición. Se levantan aceras, se asfaltan calzadas (y se repasan sus líneas con un blanco deslumbrante), se les da una mano de pintura a los muros... Son operaciones delicadas, porque, si se ejecutan muy cerca del día de la votación, el ciudadano puede tener demasiado presentes las molestias. Lo ideal es un poco antes, para que ya todo esté terminado y luciendo el domingo electoral. Así cabe la posibilidad de que el ciudadano vote lo adecuado. 

Vótame de tú. Caigo en que todos los partidos, sean de derechas o de izquierdas, tutean al votante. El imperativo vota figura en todos los carteles. Solo recuerdo uno en que se le trataba de usted, pero era de ficción: el de la viñeta de Mingote de "Vote a Gundisalvo", cuyo lema era "¿A usted qué más le da, hombre?". Paso por el puente de las Américas y veo a los candidatos no solo tuteándome en los carteles, sino haciéndose llamar con diminutivos: Nico, Toni, Dani... Hasta nuestro veterano alcalde es esta vez Paco. Se ha hecho un lifting nominal. 

Todo azul. No es un pronóstico electoral, sino una expresión brasileña que significa "todo bien". Si en Brasil le preguntan a uno que cómo le va y a uno le va magníficamente, una de las respuestas posibles, la más bonita, es tudo azul. Tal vez surgió de alguien que estaba tomándose una bebida azul. Estar tomándose una bebida azul es estar en la felicidad. Tiene algo el azul en forma de bebida. Lo descubrí la primera vez que me sirvieron un gin-tonic azul. Era una tarde triste (¡blue!), y de pronto se alegró. La otra tarde volvió a pasar, aunque no estaba triste de entrada. Venía de comer en Los Delfines con Toscano, Julia y Lola. Era la primera vez que iba desde que reabrieron. Quería asegurarme de que entre las reformas no estuviera el pulpo frito. ¡El pulpo frito no se toca! No lo habían tocado, así que bien. Luego nos fuimos a tomar una copa a una terraza elevada del Muelle Uno. Me pedí un Blue Moon. ¡Su azul, su blue, era perfecto! ¡La felicidad perfecta, mientras nos daba intensamente el sol! 

Las cuatro estaciones. Presentamos en la librería Luces el especial de la revista Jot Down sobre Málaga. En la mesa estamos Diego Ríos Padrón, editor del número (su trabajo ha sido extraordinario), Cristina Urdiales ("doble catedrática", me dice más tarde Diego, en Teleco) y yo. Vamos luego a tomar algo a Las Niñas del Soho. La conversación se divide y caigo con Diego, Carlos Font e Ignacio Jáuregui, que dos días después presenta su libro Rituales en el Pompidou. Hablamos de cine, la pasión de Font. Este ha montado un pequeño cine de verano en su casa y lo ha inaugurado con El coloso en llamas. Diego cuenta que en Los Galanes se les ocurrió una vez proyectar una película de Ingmar Bergman y el público (haciendo gala de malagueñismo) se amotinó. Hablo después con María José Valverde y Silvia Flores. Silvia (el tema inevitable era el calor) hace una buena observación sobre el invierno de Málaga: "Hay días que contienen las cuatro estaciones". Es verdad: amanece en invierno, a lo largo de la mañana se va colando la primavera, se alcanza un punto veraniego de calor, por la tarde va avanzando el otoño y la noche trae de nuevo el invierno. 

Sucede en el pasado. Después de días y días de calor se anuncia por fin lluvia. El cielo está encapotado. Salgo a la calle y se siente la lluvia allí arriba, pero no cae: no se decide a lanzarse, igual que esos miedosos de trampolín. De pronto se escurre algo, escaso y débil, un parpadeo de agua. Teodoro León Gross pone una foto del efecto de la lluvia en su terraza: son exactamente cuatro gotas. Pero en los días siguientes ya sí: lluvia en condiciones. Parece un viaje en el tiempo, al tiempo en que llovía. Nunca estuvieron tan vigentes los versos de Borges: "Porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado". Miramos la lluvia como si miráramos la Málaga de ayer. 

* * *

29.4.23

Calores de abril

[Dietario]

Collejas a Picasso. Las dos hijas de mi amigo Tsevanrabtan han recibido una educación impecable. Con una sola mota: yo. Cuando eran niñas vinieron de visita a Málaga y le hice de cicerone a la familia. Al pasar por la estatua de Picasso en la plaza de la Merced, les enseñé a darle collejas al genio. Les dije (y la verdad es que no mentí) que cada vez que yo pasaba por allí lo hacía. Me era imposible pasar por la estatua de Picasso sin soltarle una colleja. La estatua, esa curva del cogote, parece estar reclamándola. De hecho, creo que la estatua está incompleta si el transeúnte no añade su mano y le da un toquecito hacia arriba, haciéndole bullying al bronce. El genio, todo hay que decirlo, ni se inmuta. 

Con los munícipes no hay manera. Cuando al fin los munícipes hacen algo bien, no tardan en estropearlo ellos mismos. Ha ocurrido en Torremolinos. Celebré aquí la reapertura del mirador que hay junto al Castillo de Santa Clara, con una bonita reforma en homenaje a Luis Cernuda que lo ha convertido en el Mirador de Sansueña (este es el nombre que Cernuda le daba a Torremolinos en su obra). Es uno de los mejores miradores de la Costa del Sol y el que tiene mejores vistas a la bahía de Málaga. Es un placer incomparable contemplar el atardecer desde allí. No la puesta del sol, sino sus efectos en el paisaje que ilumina, que se va atenuando conforme el sol cae a nuestra espalda. El juego de celestes y rosas, Málaga que se ensombrece paulatinamente, algún destello reflejado en los Montes, el apaciguamiento del mar... La inyección de calma es terapéutica a esa hora. Solo que a esa hora el espectáculo incomparable no se puede contemplar: el mirador lo cierran a las 17:30. 

Adiós al hostal Escandinavia. Han demolido el hostal Escandinavia (o Escandinava, como aparecía en otros rótulos). Era uno de los sitios más bonitos de Torremolinos. Siempre que pasaba por delante me invadía una rara felicidad. Tenía algo de oasis, un oasis de tiempo. Solo unos días antes estuve con mi amigo el pintor Losada. Él vio la noticia en el Instagram de Torremolinos Chic y luego fui yo a hacer fotos, cuando ya estaba destruido. Nada permanece ni dura. 

Calores de abril. El tema es el calor. Si en abril hace este, ¿cuál hará en verano? Una mujer especula en la cola del cajero: "Será terral todos los días". Y otra responde: "Pues eso han dicho". 

Atarazanas. La nueva boca de metro de Atarazanas, sin techo, postula una Málaga sin lluvia. (Por el momento, desde que la inauguraron, tiene inquietantemente razón.) 

La esquina teológica. Hay en Málaga una esquina inesperadamente teológica. Remite al Dios antiguo, al Dios patriarcal, al Pantocrátor del arte románico pero con una asombrosa formulación moderna, coloquial casi: Dios Barba. Esto pone en el rótulo de un comercio de calle Martínez (esa calle, por otra parte, con el mejor nombre, es decir, apellido, del callejero malagueño). Uno avanza por calle Martínez y se encuentra con esa revelación irresistible: ¡Dios Barba! Es como un juego zen con nuestro Dios católico, una manera estupenda de llamarlo; tiene algo de teología infantil. Al doblar la esquina se desvanece un poco el efecto, cuando vemos de dónde viene: Juan de. Es lo que pone en el rótulo de la pared con la que hace ángulo. La lectura completa es, pues, menos sugestiva: Juan de Dios Barba. En esta tienda de ultramarinos venden, entre otros productos, bacalao. Deben de cortarlo bien, puesto que en el nombre hicieron el corte perfecto. 

Rituales. Ignacio Jáuregui ha escrito un libro precioso: Rituales. Un viaje por el hilo que nos une, que acaba de publicarle la editorial Fórcola. Trata de viajes por todo el mundo en los que el autor (el viajero) se ha ido fijando en los ritos y ceremonias con los que se encontraba, o que buscaba. El lector viaja con su prosa soberbia, y con sus observaciones y reflexiones. Jáuregui se lamenta de no haber estado en China, Japón, Indonesia ni Brasil. A cambio, ha estado en casi todos los demás sitios, "de Jerusalén a Benarés", como el subtítulo añade. En su preciso y sugerente prólogo, María Belmonte destaca una confesión del autor: que "lo que mejor se le da durante sus viajes es prestar atención". Esa atención es el ritual del propio viajero: el ritual de captar rituales, que son como esquemas (gestualidades, danzas, rezos) que persisten de ejecución en ejecución. Prolongaciones de tiempo fugaz. 

Las venas de la casa. Cayó la instalación eléctrica de la casa y la hemos tenido todo el mes levantada. Surgieron además problemas de fontanería. Lo que va por dentro de las aparentemente muertas paredes, y los suelos y los techos: esas venas –los cables, las tuberías– que llevan electricidad o agua. No hay nada simple. Todo está vivo. El milagro es que funcione. Un milagro cotidiano: porque casi siempre funciona. 

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25.3.23

El comienzo de la primavera

[Dietario]

Envidia de Proust. Ahora escribo mucho en la cama, mis artículos y mis cosas. El iphone lo hace muy cómodo. Ni siquiera hay que encender la luz cuando es de noche. Muchas mañanas me meto en la cama después del desayuno a trabajar. Paso horas escribiendo tumbado. Proust habría querido ser yo.

Anotación de enero. Sensualidades del atardecer de invierno. Me siento en el Oasis a comer. En el autobús he venido escuchando a Bowie, la vieja selección que me preparó Hervás. Estaba libre mi mesa favorita, la de proa; enfrente, el mar, el sol y las siluetas de las jirafas. Después de las gambas al pil-pil con vino blanco pido un whisky, para tomarlo hasta el anochecer. Pero horror: a pocos metros, justo delante de mí, están colocando unos siniestros altavoces y micrófonos. Amenaza un cantante, o algo, en el mejor momento, cuando al sol le queda todavía una hora. Es incomprensible que un chiringuito privilegiado como este monte espectáculos así. Ya está aquí el tipo, con una guitarra. Se dispone a empezar. Lo hace: guitarreo ramplón y letra cursi. Es un cantautor. Contraataco volviéndome a poner la música de Bowie. Bien, pero no era el momento: se pierde el sonido de las olas. Ahora están mudas, como en los vídeos musicales de los 80. Retiran las mesas que hay a mi alrededor, pero yo no me muevo. Decido disfrutar de la tarde como si nada, con mis auriculares, mirando el mar. Me quedo aislado entre el cantante y el público, que aplaude; hago el maldito involuntariamente. Entre canción y canción de Bowie se cuela la música de fuera y es horrible; esta imposición de un estilo único de música, cuando todos somos distintos. Las olas sí son universales. El tío recoge al final sus altavoces, sus micrófonos y se va: no era un espectáculo del bar, se trataba de un músico ambulante. Me queda media hora de sol.

Ironía y vejez. Entra un anciano en el autobús. Estoy cerca de la puerta y puedo verlo bien. Está ciertamente cascado, pero se mantiene erguido. Avanza con mucha lentitud apoyándose en el bastón. El conductor se da cuenta de su estado y no arranca hasta que se sienta. El anciano lo hace en uno de los asientos para ancianos, no sin antes decir: "Aquí mismo, aunque esto sea p'a los jóvenes".

Homenaje privado. Triste por la muerte de Chema Cobo, para mí inesperada. Acababa de cumplir setenta y un años. Nos conocimos después de la de Félix Bayón, en 2006, cuando Sagrario, la viuda de Félix, nos convocó a los amigos en la casa de Marbella para que preparásemos un libro con sus mejores artículos. Hasta entonces yo solo conocía a Berta González de Vega, y aquel día conocí a los demás: un grupo estupendo (me acuerdo de Ignacio Martínez, Rafael de la Fuente o Inmaculada Gálvez). Hice buenas migas con Chema, que además de un gran pintor era un gran lector (y escritor). Nos mandábamos mensajes y fui a varias exposiciones suyas desde entonces, la última la de la Casa Gerald Brenan hace dos años. No pude ir a despedirlo a Alhaurín el Grande (le mando excusas, y un abrazo, a su mujer Rosa desde aquí). El único cuadro de Chema Cobo que tengo localizado, a mano, como todos los malagueños, es el del CAC: una de las piscinas de su serie Out of the blue, en la colección permanente. Voy a verlo a modo de homenaje privado, que ahora hago público. Es sábado por la tarde y, aunque no he visitado las exposiciones nuevas del CAC, decido que solo veré su cuadro. Atravieso la sala sin mirar los otros y me coloco ante Out of the blue IX. Me pongo primero a dos o tres metros de distancia. Me sumerjo en el cuadro, en la piscina del cuadro, con los ojos. El fondo es luminoso y lo de arriba oscuro, como si la escalera llevase a unas profundidades mejores. Avanzo hasta situarme a la distancia de un brazo: la distancia a la que él estuvo cuando lo pintó.

Málaga-Madrid. Vidilla en Madrid, como en todos los viajes. No había podido volver desde octubre. Estoy apenas dos días y medio, pero bastan para reconquistar la capital, para hacerme la ilusión de que sigo viviendo allí. Mi ideal, siempre lo he dicho, sería vivir entre Madrid y Málaga: dos ciudades que se complementan maravillosamente, y cerquísimas ahora con el tren. Los años en que pude hacerlo, hace veinte, la vida se duplicaba: llevaba en paralelo mi vida malagueña y mi vida madrileña; tenía dos vidas. Ahora solo tengo mi vida malagueña, que de vez en cuando se escapa a Madrid. Aquí tiendo a hacer lo mismo en todas las escapadas, para forzar el espejismo de una cotidianidad. Son seis o siete puntos de anclaje: ir al jardincito del Príncipe Anglona, al templo de Debod, al Fide para un canapé de sardina ahumada, al cubano Zara para un daiquiri, al Richelieu para un dry martini, a La Ideal para un bocadillo de calamares, quedar con algunas personas... Y pasear solo, esta vez en el comienzo de la primavera. 

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25.2.23

Definición de invierno

[Dietario]

Mi doble. Yo también tuve un doble. No lo conocí, porque apareció por Málaga el primer año que pasé en Madrid de guionista. Cuando volví en vacaciones, contento de haber triunfado en la televisión, los conocidos no me preguntaban por eso, sino por cómo me iba en el asador de pollos. Mi doble trabajaba en uno.

Frío. Por fin llega el frío, que los malagueños recibimos con la sorpresa de siempre. Es un pariente cuya visita anual, breve, nos pilla desprevenidos. Son días fastidiosos, pero que cumplen su función: recordarnos que los demás días, los habituales en Málaga, son un lujo.

El calorcito. Me cruzo con un personaje de la cultura malagueña, y en parte de la política. Vamos con nuestros abrigos y bufandas; él pasea a su perro. "¡Qué frío!", se queja. "Tranquilo, que en Málaga son dos días. Pronto volverá el calor", le consuelo. "Volverá el calor", repite como anhelando algo lejano. Y sigue en tono teatral: "En mayo. En mayo volverá el calor. El 28 de mayo. ¡El calorcito!".

Sol de invierno. Me siento al sol y a mi lado aparecen las lagartijas. Buscamos lo mismo.

Sol de invierno (2). Me conocía todos los banquitos de la ciudad donde el sol tarda más en ponerse. Esos minutos extra al final de una avenida, en una explanada o en un hueco entre edificios. Tenía mi mapa para las tardes de invierno. Y después el regreso apresurado a casa, mientras la noche caía, cuando el oro se había perdido.

Las cubiertas. Viene Dolores de Madrid y visitamos la catedral de Málaga. Hacemos algo que yo nunca había hecho: subir a las cubiertas. Nos apartamos del grupo turístico y nos metemos solos por las escaleras larguísimas, el último de cuyos tramos es en caracol. Es casi alpinismo, por la piedra, por dentro. Una catedral es una montaña y las escaleras están excavadas en la piedra. Me impresionan esos huecos de siglos. Arriba hace un mediodía radiante. Parece que tras el frío ha empezado la primavera. Se ve el mar con el resplandor del sol. Deambulamos por la pasarela, nos hacemos fotos ante las dos torres, la que está y la que falta. El tejado es fabuloso, con esos iglús color ladrillo entre lunares y oníricos. Nos asomamos a la ciudad desde arriba. Reparamos en la cantidad de áticos. Hay gente que vive muy bien. Lo hacía además en secreto. Hasta que la espiamos por encima.

Río de viento. La primavera apuntada se tuerce y hay lluvia y luego viento. Van compareciendo los meteoros. Durante todo el día suenan sirenas y suena el viento. Caen ramas de árboles. Vuelan cartones como proyectiles. Al cruzar por el puente de la Aurora el ventarrón se incrementa: viene por el cauce del río sin agua, que ahora es río de viento. En la plaza de la Marina las palmeras están locas. Me asomo al principio del Parque: atravesarlo sería ir por un campo de minas.

Mérito. En unos meses que no invitaban a ello, mi hermana ha estado preparándose para un duro proceso de promoción interna en su trabajo. Lo ha conseguido, la tía. Una virtud de los años es que su acumulación deja ver el trazo de una vida, sus decantaciones. Así veo ahora que la niña que jugaba conmigo lo ha hecho siempre bien.

Calles al azar. Se ha puesto de moda un chiste, que oigo varias veces, hasta por la radio. Se sube uno a un taxi: "Lléveme a calle Salazar". Y el taxista: "Preferiría que me concretara alguna". Bien lo de calles al azar. El callejeo del flâneur, que practicaban también los surrealistas. En Los pasos perdidos escribió André Breton: "Antaño, no salía de mi casa sin haber dado un adiós definitivo a todos los recuerdos entrañables que se habían acumulado y a todo lo que de mí mismo sentía dispuesto a perpetuarse. La calle, a la que creía capaz de comunicar a mi vida sus sorprendentes recodos, la calle con sus inquietudes y sus miradas, era mi auténtico elemento: tomaba en ella, como en ningún otro sitio, el aire de lo eventual".

Laguna urbana. Ahora voy mucho por Teatinos. Es un paseo más despojado que el de la costa, cuyo esplendor me abruma a veces; demasiadas incitaciones. Por Teatinos no hay casi nadie y sus amplitudes serenan. Acabo en la laguna. Es formidable: un brote salvaje en la ciudad, sabiamente preparado. Hay un circuito en torno, medio agreste. En el agua abundan las aves, que se posan, vuelan y se vuelven a posar; nadan los patos o caminan por la orilla. Me gusta demorarme arriba. A la derecha la central eléctrica, abajo la laguna y a lo lejos, detrás de los últimos bloques, la línea del mar.

Definición de invierno. Vuelve el calor. Durante el día muchos se quedan en manga corta. Así es el invierno en Málaga, estación que podríamos definir así: es cuando hace frío una vez que se pone el sol.

El fondo del fondo. Contento con esta anotación que puse en el moleskine: "Mejora el ánimo; aunque persiste el fondo de tristeza, y por debajo de esta el fondo de alegría". 

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28.1.23

El oro del día

[Dietario]

Año nuevo. Cojo temprano el trenecillo hasta Carvajal, para caminar a Torrequebrada y pasar con el mar y el sol el primer día del año. Todo está cerrado. Para tomar un café debo entrar en el bar de la gasolinera. Luego echo a andar con calma. En el vacío de la mañana pasa cada pocos minutos algún corredor, alguna ciclista: es el motor del 2023 intentando arrancar para ponerse en marcha. También me cruzo con alguna que otra familia lenta como yo. Los contemplativos parecemos depositados en el año que no avanza. Las horas son aún dudosas.

El oro del día. Mi primera lectura del año es Todo el oro del día, una antología poética del portugués Eugénio de Andrade. Llego al poemita del que está sacado el título: "Coge / todo el oro del día / en el tallo más alto / de la melancolía".

La comida de las listas. El año pasado por estas fechas Toscano, Julia, Lola y yo hicimos una cena de lo más extravagante. Nos llevamos cada uno nuestra lista de lecturas del año y después del pulpo frito (estábamos en Los Delfines, por supuesto) las fuimos repasando y comentando por turnos. El proceso se hizo largo (terminamos en un oscuro pub irlandés alumbrando los últimos papeles con la linternilla del móvil), pero lo pasamos tan bien que no hemos dudado en repetir. Nos alentaba la conciencia de que no habría en esos momentos nadie más raro que nosotros en Málaga. Esta vez quedamos al mediodía, para evitar al menos lo de la linternilla. Al llegar les digo a Julia y Lola que lo de “la comida de las listas” también vale en la otra acepción.

Un doble. Mientras miro libros en Proteo, noto un aliento tenso a mi lado. Al verlo me sobresalto: muy cerca de mí también mira libros un doble de mi amigo Curro, al que siempre ha obsesionado el tema del doble (en los noventa le hice un vídeo en que repite durante varios minutos, con diferentes modulaciones y velocidades, ¡doppelgänger, doppelgänger!). El doble no encuentra lo que busca y se va por el pasillo con la misma mueca de Curro y su ofuscación digna, cargado de su energía reconcentrada. Pienso en un Curro solitario que nunca hubiese encontrado un interlocutor en la ciudad, sin posibilidad de las largas caminatas filosofantes que nos dábamos por el paseo marítimo. También lo pienso de mí: las personas afines con las que sin duda me cruzo y que se pierden. Una vez en la calle le escribo a Curro, que desde hace diez años vive en Madrid, para contarle que tiene un doble malagueño. Le digo que es idéntico a él, solo que ligeramente más bajito. Esto le indigna: "¡Cómo se atreve!".

Antropología del ajedrez. En la web en la que echo partidas rápidas de ajedrez se da un espectaculito antropológico. Antes de jugar uno debe escoger su nivel. El más bajo es debutante y el siguiente principiante, que sería el mío. Pues bien: suele haber más nivel en las partidas de debutantes. Es que abundan los de un nivel superior que bajan a cazar pardillos. Lo descubro cuando bajo a cazar pardillos.

Contra mi programa. Me fastidia este auge de Málaga. Yo aspiraba a una grata ciudad de provincias pessoana en la que llevar a cabo mi pessoano exilio de la vida. ¡Este avispero ahora de triunfadorcillos autosatisfechos atenta contra mi programa!

'Sehnsucht'. Me recogen Toscano y Julia (Lola no ha podido venir) para visitar en Córdoba la exposición de nuestro amigo Losada, Tú y yo, 'sehnsucht'. Esta es una palabra del romanticismo alemán que indica "anhelo hacia alguna cosa intangible". Según C. S. Lewis, sería "un incontrolable deseo en el corazón del hombre hacia no se sabe qué". El viaje en coche lo hacemos con niebla. Toscano conduce. Nos cuenta que en su edificio es conocido como "el nadador". Él es filósofo, profesor de Ética, pero para los vecinos es el hombre que nada en la piscina común hasta bien entrado noviembre. Los cuadros de Losada son extraordinarios, las obras de un maestro ya. Nos explica que trata de dar las menos pinceladas posibles. Su reto es una depuración que, a su vez, no resulte exhibicionista. Hay hondura y ligereza y emoción. Y sorpresa sutil. Al salir buscamos un sitio donde comer, pero la ciudad está llena de turistas y resulta complicado. Esto nos permite callejear durante casi una hora, un paseo precioso espoleado por el hambre. Pido que entremos un segundo en el patio de la Mezquita, en cuya fuente tengo recuerdos. Después de comer en el restaurante que encontramos por fin, pido algo más: ir a ver el atardecer al río. Nos desperdigamos en el puente. Yo voy perdiendo la noción del tiempo y me dejo arrullar por el pasado, entre el río que pasa y los músicos. Hace diez años venía con frecuencia. Desde el puente romano mirábamos "el puente feo", y delante la masa de nubes reflejadas en el agua. Y en el otro lado, el que da al crepúsculo, la corriente, símbolo del tiempo que va a su perdición. 

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31.12.22

Adiós al 2022

[Dietario]

Interesante. En el trenecillo de Torremolinos veo a una mujer, una chica, que parece interesante. Tiene una cara angulosa y seria, como de camafeo antiguo. Fantaseo un poco, pero me limito a mirarla. Ni se me pasa por la cabeza decirle algo. Y no solo por timidez: a estas alturas sé de sobra que no es interesante.

El rincón de Pirri. En nuestras cenas catacumbísticas (la última ha sido tras el acto de Gascón con Arias en La Malagueta), hay una discreta pugna por sentarse en el rincón de Pirri, que es el más divertido. En el resto de la mesa las risas pueden afluir o no, pero aquí están garantizadas. Pirri es malagueño, profesor de Derecho en la universidad, pero su humor es neoyorquino; sabe enredarse en historias woodyallenescas de las que se van desprendiendo chispazos hilarantes: aventuras histriónicas, observaciones costumbristas, agudezas sobre la lucha de sexos. A esta virtud le suma otra que es un auténtico don: su capacidad para, en razón del número de comensales (que pueden llegar a diez) y lo que ofrece la carta, pedirle al camarero exactamente lo necesario. El cálculo lo hace con rápidos vistazos al menú y a la concurrencia y acierta siempre. Por este talento estratégico (o logístico) llamo a Pirri "el Napoleón de las comandas".

Días sin Twitter. Logro estar cinco días sin Twitter. ¡Cinco días! Para obligarme, además de suspender mi cuenta, he quitado la aplicación. La primera sensación es la del miembro fantasma: la cantidad de veces que, sin pensarlo, llevo la mano al iphone para consultar Twitter. Hay un rebote de soledad. Se va recuperando no 'tiempo', sino 'el tiempo'. El tiempo de antes: el tiempo agreste. Resulta abrumador. Al final me pongo a echar partidas rápidas de ajedrez. Parece que en internet hay que desperdiciar los minutos de un modo u otro, y que si no es con Twitter es con otra cosa. Vuelvo a Twitter.

Mirador de Sansueña. Reabre el mirador de Torremolinos, que tiene la mejor vista a la bahía de Málaga. Ha estado cerrado varios años. Lo descubrí hace casi veinticinco y he pasado muchas horas aquí. Con frecuencia he venido desde Málaga solo para asomarme. Está al lado del Castillo de Santa Clara, justo encima de los apartamentos Castillo del Vigía: la azotea de estos es la plaza pública, aunque con verja, en la que se encuentra el mirador. Lo han reabierto con un nombre (antes no tenía): Mirador de Sansueña (en el rótulo de la entrada omiten negligentemente la preposición). Es un homenaje a Luis Cernuda, el poeta que más quiero de la Generación del 27. Sansueña es como llamaba Cernuda a Torremolinos. Han pintado de azul los muros y han colocado siluetas de tamaño natural. Además de Cernuda, están Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Concha Méndez, María Teresa León, Josefina de la Torre y María Zambrano. Dando al mar está pintado un enorme barco-ballena. He venido el día de la inauguración, el 17 de diciembre, pero por la tarde. La gente que entra se queda admirada. A mí me emociona recuperar la vista. Me fumo un purito, como tantas veces, mirando el litoral: esta calma de la línea de las olas abajo, la franja de la playa (acotada por las palmeras y los edificios), y la masa lisa del mar, ligeramente vibrante. Y el sonido apaciguado. Y el estruendito lejano de los aviones como de juguete que se dirigen al aeropuerto. Sensaciones recobradas, entre felices y melancólicas. Mucha felicidad y mucha melancolía he vivido aquí, siempre con belleza.

Música en la casa. Cena de Nochebuena con mi madre, mi hermana, mi hermano, mi cuñado, mi cuñada, mis dos sobrinos y mis dos sobrinas. Agradable como siempre y con una suave felicidad. Esta vez hay una sorpresa. Mi sobrina menor, Lucía, de diez años, lleva dos cursos estudiando viola y nos da un conciertillo: cuatro o cinco piezas breves, entre ellas 'Noche de paz', que ejecuta con seguridad y encanto. Es la primera vez que suena música así, en vivo, en la casa. Mezcla de agradecimiento y emoción.

Se va Alberca. Al quedar con Alberca me doy cuenta de que llevo ofuscado desde marzo. Por entonces perdí esta costumbre grata de verlo. He estado en general solo, descontando los encuentros catacumbísticos. La novedad es que Alberca se va de Málaga, después de cuarenta años. Se jubiló el curso pasado de profesor de Literatura y vivirá en su piso de Madrid. Lo acompaño a una librería de viejo (quiere aligerarse de libros para la mudanza) y nos tomamos un vino italiano en La Dispensa. Me enseña el artículo que ha publicado en el último número de la revista 'Clarín'. Trata de una pintada que vio en Pontevedra. En el edificio de al lado del que tiene la placa "Aquí vivió Valle-Inclán", alguien ha escrito: "Aquí vivió el vecino de Valle-Inclán".

Balance. Ha sido un año malo, pero podría haber sido peor. Al que viene le pido lo mismo. 

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26.11.22

Tomar el frío

[Dietario]

Prolongación de la Alameda. En la tarjeta de la editorial con el anuncio de que voy a presentar en Málaga Un tal González, de Sergio del Molino, me fijo en la dirección de la librería Luces: Alameda Principal, 37. Me fijo en ese Principal. Remite a algo que se ha perdido: la Prolongación de la Alameda. Cómo me gustaba aquel nombre, sustituido hoy por el convencional Avenida de Andalucía. Prolongación de la Alameda era poético, con su evocación de extrarradio y provisionalidad. Convivimos con él de niños y luego lo olvidamos. Hasta que un día Curro dijo en uno de sus arrebatos: "¡Prolongación de la Alameda!". Y ya se nos quedó para siempre. 

Presentación de Un tal González. La presentación del libro de Sergio del Molino sale muy bien. He dicho que su trabajo literario no ha consistido en un blanqueamiento de Felipe González, como han escrito baratamente algunos, sino en una restauración de su figura y la época: como se restaura un cuadro. Una limpieza de los grumos que obstruyen la percepción original. La librería ha estado llena y al terminar se forma una cola larguísima de lectores. Yo he encontrado la manera de hablar aceptablemente en público (algo que Sergio hace con brillantez espontánea): tomarme dos whiskis antes. Después tenemos una cena agradable en La Deriva con el autor. Le había pedido permiso para convocar a algunos amigos, si no se sentía muy misantrópico. Me dijo que le placía cenar "con la intelligentsia malagueña". Somos en total seis. Cuando Sergio le contó a nuestra amiga común Pilar que íbamos a cenar, esta le advirtió: “El pulpo frito no te lo quita nadie”. Pero en La Deriva no hay.

Biruji. Con la primera racha de frío en más de medio año me viene la palabra biruji, y recuerdo de quién la aprendí y que murió en septiembre. Es una de esas palabras conocidas que yo no conocía. Por eso me acuerdo de ella, de la tarde de los noventa en que hacía fresquito y dijo: "Hace biruji". La veo en el gesto de decirlo, estremeciéndose con gracia y como acogiendo el frío, dándole sensualidad. Era una chica dulce y animada, pero no tuvo suerte. Trabajamos juntos un año y luego pasé muchísimos sin verla. Pero me llegaban noticias: se separó por una infidelidad del marido, su nueva pareja desapareció en una vuelta al mundo... También me dijeron que se había puesto tetas y eso me alegró por lo que tenía de ilusión por la vida. Solo la vi una vez más, hace dos años. Estaba con su dulzura de siempre, con su sonrisa, con esa ligereza que hubiera merecido felicidad. La última noticia fue que murió en una caída doméstica, como si la mala suerte se hubiera empeñado en dejar su sello definitivo. Ahora que hace biruji me acuerdo de ella, de su gesto de sentir biruji. Busco la palabra en el diccionario: "Frío, o viento frío". Es viento frío. 

Tomar el frío. Estoy en El Palo. Desde que la línea 8 del autobús llega aquí me vengo a veces a pasear. Son las cuatro de la tarde de un martes y en El Tintero quedan pocos comensales. Tiene un encanto de merendero fuera de temporada. Me pongo a caminar por el paseo marítimo. Hace frío, después de tantos meses de calor pegajoso. Atisbo un banquito en un espigón y voy hacia él. Es el banquito perfecto. La tarde es desapacible y está vacía. Me siento. No hay sol, sino nubes oscuras. Pero me quedo más de una hora, mirando el mar y la costa a lo lejos. Mientras pasan los minutos me doy cuenta de que estoy disfrutando de un nuevo placer: tomar el frío. 

Presentación de El desaliento. Asisto a la presentación en Luces de El desaliento, la nueva novela de Rafael García Maldonado, que hace con elegancia David Delfín. El autor utiliza su experiencia como cooperante en Senegal en 2009 para crear una ficción con el impulso de sus ídolos literarios: Conrad, Faulkner, Lobo Antunes... Dice algo extraordinario: aquella experiencia africana fue intensa, pero no le marcó tanto como le marca cotidianamente su trabajo de farmacéutico en Coín, con su contacto diario con numerosas vidas, algunas en el límite, lo que le proporciona un hondo conocimiento de la naturaleza humana. Lee unas páginas preciosas de la novela cuya síntesis podría ser aquella frase del poeta Leopoldo María Panero: "En la infancia vivimos, después sobrevivimos". Su idea de la literatura es radical: "Solo me interesa escribir sobre aquello que tiene que ver con la angustia del hombre en el tiempo". Mientras avanza el acto, recuerdo que se está emitiendo en directo por YouTube. Como estoy sentado en primera fila, justo detrás de la cámara con trípode, tengo curiosidad por ver cómo está saliendo. Miro en el móvil, sin sonido, y contrasto la realidad con la pantalla. En esta aparece con unos segundos de retraso. Pienso en el sobresalto que sería que apareciera con unos segundos de adelanto. Otra modalidad de angustia en el tiempo. 

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29.10.22

Málaga moderna y ordenada

[Dietario]

Octubre pegajoso. Los primeros días octubre se comporta como octubre. Me descubro poniéndome al sol en mis paseos y anoto para el dietario: "Acera de sol: en otoño ya es la que se busca". Pero es un espejismo: el otoño no termina de llegar y el calor, más que permanecer, se empoza y se pudre. Es un calor pegajoso, pesado. La atmósfera está cargada, sucia, con cielos feos. Es el peor octubre que recuerdo: ni rastro de su memorable transparencia, de aquella ligereza que acompañaba el comienzo del curso.  
 
El negocio este. Mi madre acaba de cumplir ochenta y dos años y ha cogido el covid, justo cuando le tocaba la cuarta vacuna. Está bien, apenas toses y estornudos. Es la primera vez que da positivo y descubro que siente una cierta satisfacción. Cuando voy a bajar a hacer la compra le pregunto si prefiere que les diga a la panadera y al carnicero que solo está resfriada. "No, no, tú diles que lo he pillado". Unos días después paso a recoger un par zapatos que dejó para que se los arreglaran. Me dice el hombre que le hizo gracia mi madre. Cuando la llamó le respondió: "Yo no puedo ir, porque aquí estoy con el negocio este".  
 
Q Pro Quo. De tarde en tarde me dejo caer por la librería Q Pro Quo, la más bonita de Málaga (y exquisitamente surtida). Está en Teatinos, cerca de la Facultad de Derecho y la Biblioteca General. Además de librería es cafetería, con una terraza de lo más apetecible. El librero Juan Ramón me dice que lleva años vendiendo mucho un libro que le gusta, Una temporada para silbar, de Ivan Doig. Un día lo leyó, le encantó y siempre que le preguntan lo recomienda. Pero también descubre libros por los lectores. Por ejemplo, un juez jubilado devoto de la novela negra le recomendó Deuda de sangre, de Michael Connelly. Podría ser el principio, en este escenario, de una novela negra.  
 
Málaga moderna y ordenada. Juan Claudio de Ramón, que ha venido a presentar su Roma desordenada, dice desde el escenario que Málaga es la ciudad en la que más amigos tiene después de Madrid. No lo parece, porque solo estamos Irles y yo, pero es verdad: ocurre que a los demás les ha pillado o trabajando o de viaje (el más lejano: Arias en Toronto). Pero al terminar conoce a amigos nuevos: Diego Ríos Padrón, que le trae una camiseta de La Málaga Moderna (los presento así: "Málaga Moderna, Roma Desordenada"), Silvia Flores y Pilar Jáuregui; más tarde se incorpora su hermano Ignacio, que viene de dar una conferencia en Marbella y que nos aconseja quedar en calle Carretería, "en el local que fue La Tranca". Los antiguos nombres siempre son los mejores. Nosotros venimos del Centro Cultural María Victoria Atencia, nombre que le rinde justo homenaje a la poeta pero que considero inferior al primero: Centro Cultural Provincial. Me pasé años presumiendo ante los foráneos: "¡Los malagueños no nos andamos con chiquitas a la hora de ponerles nombre a nuestros organismos culturales!". (Incluía en el pack el de Instituto Municipal del Libro.) Había quedado antes con Irles, al que le enseñé la fuente de esa callecita que da a Ollerías y que lleva inscrita una fecha: 1790. En la época universitaria Palomo, Curro, Andújar y yo la llamábamos "la fuente de Mozart", porque era contemporánea del compositor, y solíamos peregrinar a ella. Cuando Irles y yo entramos en el Centro, Juan Cla estaba solo en el escenario, concentrado en sus notas para la charla. Parecía el personaje de una obra existencialista. El acto luego ha sido delicioso, con sus historias y reflexiones sobre Roma, en el tono de libro, que leí con placer este verano. Una curiosidad: en la embajada en la que él trabajó estuvo de joven nuestro Cánovas del Castillo, en un puesto con otro nombre formidable: "agente de preces". Ahora, en el local que fue La Tranca, charlamos y reímos. Con frecuencia a carcajadas. Juan Cla trae cotilleos de la capital, algunos con meritorios y figurones más o menos amortizados, otros con el envés de amistades aparentes. Con estos también me río, aunque no sin un fondillo de melancolía por ver cómo, agazapada, alienta casi siempre la discordia. Nos retiramos temprano (Ignacio escribirá en Twitter a las once de la noche: "Por dios, que he dado una charla a 60 km, he llegado a la copa de la presentación de un libro y estoy ya en pijama. Esto qué es, ¿Copenhague?") y me despido al pie de la rehabilitada Tribuna de los Pobres. Diego y Silvia acompañan a Juan Cla hasta dejarlo "encarrilado" hacia su hotel. Mañana coge el primer Ave para irse directo a trabajar.  
 
Pasos azules. Estreno unas zapatillas azules y mientras camino veo por el suelo, de refilón, las dos manchas de ese color que me acompañan. Vistas así ni siquiera tienen la consistencia de un calzado, son como brochazos rápidos, que surgen y desaparecen, alternándose a mis pies. Son pasos: pasos azules. 
 
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24.9.22

Naufragio metódico

[Dietario]

Trabajo. Nunca se percibe mejor la cabronada del trabajo que el primer día tras las vacaciones. Este secuestro de tiempo, cuando hasta ayer lo teníamos todo. 

Latorre. A finales de julio recibí este mensaje de Rafa Latorre: "Desde el comienzo de 'Zoom News' no te hacía una pregunta semejante. ¿A ti te gustaría hacer un comentario radiofónico semanal?". 'Zoom News' era el periódico digital del que fue subdirector hace diez años. Entonces me llamó para que colaborara como columnista. Ahora ha empezado a dirigir 'La Brújula' de Onda Cero. Pertenece a esa estirpe de aristócratas cotidianos que no piden, solo dan. 

Inauguralista escéptico. En el dietario de agosto hablé de mi cuento de todos los veranos: me propongo escribir, pero no escribo. Al leerlo, dijo Arias: "Me fascina la figura emergente del inauguralista escéptico: consciente de que no escribirá, sigue creyendo que va a escribir y luego escribe que no ha escrito…". 

Gun Hill. Encuentro en el Rastro de Fuengirola carteles de 'El último tren de Gun Hill', una película del oeste con Kirk Douglas y Anthony Quinn. Los compro porque era la favorita de mi padre. Cuando éramos niños, nos llevó a verla a un matinal a mi hermana y a mí. Desde entonces siempre que la ponían en la tele la veía y la grababa. No sé cuántas veces lo hizo. Había algo en esa película que necesitaba poseer, no podía dejar que se le escapase. Durante años fue motivo de cachondeo en la familia. Y ahora de amor. 

Hasta los viejos. Antes de que el tema pase a ser la muerte de la reina de Inglaterra, hago bromas sobre lo mucho que me pone la nueva primera ministra, Liz Truss, nombrada unos días antes. Jáuregui me las ríe. Doy por hecho que ella es mucho mayor que yo, pero consulto su edad y me quedo planchado: ¡nació nueve años después! Se lo cuento a Jáuregui y dice una gran frase: "Ya todo el mundo es más joven que nosotros, hasta los viejos". 

Mareíllo. Subo a bordo de la nao Victoria, en la que Elcano dio la primera vuelta al mundo. Se encuentra atracada en Málaga junto con otros dos barcos de época. La imitación está lograda. Tanto, que me fuerzo a imaginarme como uno de aquellos marinos; su heroísmo y sus penalidades en los minutos de la visita. Mientras contemplo la Farola desde cubierta, imagino que nos falta comida fresca y podemos pillar el escorbuto. Pero es necesario resistir. Hay que lograr la hazaña. El barco oscila y eso basta para la sensación de altamar. Al bajar, noto un mareíllo: un eco palpable, físico, de las navegaciones auténticas. 

Naufragio metódico. La primera vez que oí el poema "Autobiografía" de Luis Rosales fue por la radio. Recuerdo el impacto del comienzo: "Como el náufrago metódico que contase las olas / que faltan para morir...". Y sobre todo el del final: "sabiendo que jamás me he equivocado en nada, / salvo en las cosas que yo más quería". Era joven, pero ya sentía que me había equivocado en esas cosas. Esta sensación de fracaso, o de naufragio metódico, tenía un fondo grato, porque era solo mía: la consideraba una distinción. Andando el tiempo he visto que muchos la hacían suya también. Me fijo en el último que lo acaba de citar y me doy cuenta de la incomodidad que me produce. Todos sienten que se han equivocado en lo que más querían. No es ninguna distinción. 

Consejo de artista. Dos chicos hablan a mis espaldas, creo que de música hip-hop. Bajamos las escaleras mecánicas de la nueva estación de cercanías de Torremolinos. En realidad, es uno el que le habla al otro. Le da consejos. Consejos de artista. Tiene acento latinoamericano (¿colombiano?) y habla con determinación, es muy bueno. Antes de que lleguemos abajo saco el móvil para anotar lo que ha dicho: "El artista debe tener una voz fuerte y una metralla de palabras rápidas". 

Bajas. En estos días de bajas célebres (Isabel II y Javier Marías entre otros) visito dos veces el cementerio de los Asperones, por bajas cercanas: la prima Paca, el primo José. La prima Paca, una de esas primas de la edad de las madres que funcionan como tías, vivió siempre cerca: primero en Las Flores y luego se mudó a Nueva Málaga cuando nosotros nos mudamos. En este barrio vivía ya el primo José, cuando estudiaba Medicina. Fue el primer universitario de la familia. A finales de los setenta (era nueve años mayor que yo) llegaba a casa con 'El País' y se ponía a ver partidos de baloncesto: la primera vez de las dos cosas para nosotros. Más adelante me aficioné a la literatura y él tenía una bibliotequita en su terraza, que también fue muy importante para mí. Fue médico y ahora investigaba y daba clases en la facultad. Su hija estaba a punto de casarse. Hacía mucho que no lo veía, pero en las fotos que encuentro en internet está igual, aunque sin su melenita. El día antes de que muriera, pero él ya no pudo verlo, España ganó el Eurobasket. 

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27.8.22

Cuento de verano

[Dietario]

En bandeja de plata. Vuelvo a Torrequebrada, al cuarto y la terraza que me deja Nádia, con la que mantengo ahora una amistad humorística (les dice de mí a otras brasileñas: "Ele é cheio de histórias!"). Durante un mes, si nada precipita mi marcha, desayunaré frente al mar, que a esa hora es la bandeja de plata donde me vienen el café solo y el pan con aceite y jamón. Podré ser más o menos feliz, pero viviré en el decorado de la felicidad. 

Sigue la escalada. El sábado quedo con Rafa Gª Maldonado en el Rastro de Fuengirola, donde él vive. Hace mucho calor y voy mangacortista y pantaloncortista. Al verlo llegar con sus mangas largas le digo: "¡Llevo todos los cortismos que puede llevar un hombre, y si lleva más, no es un hombre!". En los puestos no hay nada que merezca la pena, salvo una edición de Bella del Señor que él se compra. Sí pesco frases, como siempre. Una señora recuerda con cariño lo que decía uno que ha muerto y cuya pareja iba con otros: "Más vale un bombón compartío que una mierda p'a cada uno". Un vendedor dice la que es ya definitivamente la mejor frase de vendedor de la historia: "Las mujeres no vienen a comprar, ¡vienen a quitarme dinero!". Luego, comiendo churros, Rafa me habla de su nueva novela, que saldrá en otoño: El desaliento, en que recrea su experiencia como sanitario en Senegal. 

Primer baño. Qué momento el de meterse un año después en el mar. Es como volver a la verdadera patria: la de la flotación, la de la ingravidez. Una paz placentera, hecha de agua, cielo y sol. Con la alegría de que queda todo agosto por delante; y la inquietud, al emerger de un corto buceo, por lo rápido que pasará. 

Aguas calientes. Este verano el mar está caliente. Hace demasiado calor y ni siquiera hay brisa. En el apartamento me paso las horas con la que fabrica el ventilador. El agua calentorra sí me gustaba de niño. Entonces las madres nos llevaban a la playa de la Misericordia, donde desembocaba la corriente de la central térmica que había allí. Era maravillosa la mentalidad de las madres: no tenían en cuenta la toxicidad de los residuos, pero el agua era buena para los niños porque venía calentita. Recuerdo que aquellas tardes nos daban de merendar (era finales de los setenta) los polvos naranjas que se echaban en agua del grifo para hacer zumo, Tang creo que se llamaban. El complemento sólido no era menos artificial: bollería industrial o, condescendiendo algo con lo natural, un bocadillo de mortadela con aceitunas. Estoy convencido de que los niños malagueños de mi generación estamos inmunizados contra cualquier ataque atómico que se produzca: nos metieron de pequeños en la marmita radiactiva. (¡También jugábamos alegremente con el mercurio de los termómetros rotos!) 

Cosas del directo. Me convoca Paco Beltrán para entrevistarme en su podcast Pianista en un burdel. Me dice que la luz me tiene que dar de frente y el único sitio en el apartamento con esa luz es en la terraza. No se emitirá en directo, pero la grabación sí lo será. Hemos quedado en que nos conectaremos hoy, un martes de mediados de agosto, a las once y media de la mañana. Los días anteriores he vigilado que no dé el sol a esa hora en el sitio en el que voy a poner la mesa y que las condiciones acústicas sean las adecuadas. Todo ha ido bien, en los días anteriores. Pero hoy el jardinero se ha puesto a trabajar en el jardincito de abajo con su horrísono soplahojas, y por mi terraza se han descolgado unas cuerdas y a continuación dos trabajadores. Resulta que han venido a reparar en las fachadas (¡hoy!) los desperfectos de la lluvia de barro de marzo. Así que falta media hora para la conexión con Beltrán y tengo al soplahojas debajo y a los obreros gritándose muy obreramente en mis narices. Pero cuando llega el momento, ¡milagro! El soplahojas se para y los obreros se largan a otra pared desde la que ya no se les oye. Cosas del directo esto también, supongo. 

Cuento de verano. Como todos los años, me propuse leer poco y escribir mucho, pero he escrito poco y he leído mucho. Encima me he montado un ciclo de películas de Éric Rohmer en la terraza, por la noche: minicine de verano, con el ventilador (sin rebequita). Una se titula Cuento de verano, pero casi todas son cuentos de verano. En cuanto a la lectura, horas tumbado o en la mesita frente al mar. Un placer culpable. El propósito segrega su zumo cuando se incumple: gustoso pero un poco amargo. Mi cuento de cada verano, ahora que lo pienso, es que voy a escribir. 

Fin del cuento. Llego al final de agosto barbudo y melenudo (bueno, con las hebras formando una masa, mi canto del cisne capilar). Siempre hay un día transparente, en que el azul del mar se intensifica y corre un airecillo fresco: se insinúa septiembre de pronto y es una sorpresa. Las noticias anuncian que el cuento no acabará bien. 

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En Diario Sur.

30.7.22

Destino caluroso

[Dietario]

Verano anterior. Desmonto el ventilador para limpiar el polvo adherido a las aspas. Es lo que queda del verano anterior. Como lo tuve entero en marcha, ese polvo se corresponde con los minutos y segundos de aquel verano. Cada mota se fue pegando individualmente, hasta formar el tejidillo que quito. Desde ahora empezarán a acumularse las del verano presente, en este extraño reloj de polvo asentado donde nace el viento.

Alumnos de Almogía. Cuando le digo a Lola que toda mi familia procede de Almogía, me cuenta que en el instituto en el que estuvo antes de profesora, el Picasso, tenían muy buena fama los alumnos de allí. Era el instituto de Málaga en el que solían matricularse y cada vez que llegaba uno los profesores se alegraban. "Eran muy nobles, buenos y estudiosos".

Para lo que pueda venir. Siempre me acuerdo de la primera vez que visité la casa de mi hermana Lina y Sergio, mi cuñado, cuando se casaron. Después de enseñarme la cocina, el salón, el baño, el dormitorio y un despachito, abrieron la puerta de un cuarto grande vacío y Sergio dijo: "Y esto, para lo que pueda venir". Vinieron mis sobrinos Julio y Ana, que en septiembre se irán a estudiar fuera, en la universidad.

Tatuaje. Por calle Mármoles corre hacia mí, alocada, una niña muy pequeña. Pasa rozándome. Detrás viene la madre, que grita su nombre. Mientras lo grita (es uno de esos nombres exóticos que se llevan ahora) me pongo a leer la palabra que la mujer lleva tatuada en la garganta, como una cuchillada, y es ese nombre.

Castillo de Santa Clara. Visito a Curro y Almudena en el Castillo de Santa Clara, donde están pasando el mes de julio. Curro, aunque es malagueño, nunca había vivido en Torremolinos y repite: "¡Torremolinos es infinito!". Pero más infinito es el Castillo de Santa Clara por dentro. Ya no es un hotel, sino un edificio de apartamentos vendidos y alquilados. Curro me espera en la puerta para atravesar el laberinto. Es portentoso, alucinante. Larguísimos pasillos llenos de puertas tapizadas como sofás. El hotel de El resplandor impresiona menos. Por fin llegamos al apartamento con vistas al mar. Pero el mar se queda corto comparado con el interior del Castillo.

Entre Suintila y Leovigildo. Me voy el penúltimo fin de semana de julio a Madrid, pese a las advertencias catastrofistas sobre el calor. En cuanto me bajo del Ave compruebo que, en efecto, el calor es catastrófico: un sol violento, que estrangula. Uno va avanzando como por dentro de una rebanada de pan tostado. En el hostal me dan una habitación espléndida con vistas al Palacio Real. Me doy algunos paseos por la acera de sombra, visito librerías, tomo unas cañas. Solo veo a Pilar, el sábado por la noche. Me cuenta sus horribles semanas calurosas. Entramos en el Alphaville (así lo seguimos llamando) a ver la película de Jonás Trueba. Es mi segunda vez, pero a la salida compruebo que ella ha captado más cosas que yo. Yo me limitaba a disfrutar, sin tensión, las tranches de vie; ella ha identificado un conflicto, un argumento, y la explicación de la risa final de la protagonista. Caminamos desde la plaza de España hasta la plaza de Oriente, las nuevas obras. El acceso ahora es precioso. Pilar moja su foulard en una fuente para refrescarse, pero el tejido es sintético y no se empapa. Tomamos algo en la plaza de Ramales. A la una de la madrugada, con todo ya cerrado, nos sentamos a charlar entre dos reyes godos de la plaza de Oriente. Pasa lejos el camión de riego y Pilar fantasea con ponerse delante de la manguera como en La ley del deseo. Con Almodóvar, por cierto, nos cruzamos antes en la puerta del Alphaville: llevaba una camisa de manga corta amarilla. A las dos la acompaño a su coche, que aparcó en Argüelles, y a mi regreso al hostal veo que están echando agua los aspersores donde estuvimos sentados. Se lo escribo en un wasap y Pilar responde: "¡No seré nunca una chica Almodóvar!" Quiero saber entre qué reyes nos sentamos: Suintila y Leovigildo.

Katz. El domingo hago una planificación de la que me siento orgulloso: ¡una planificación de alemán! Como el hostal tengo que dejarlo a las 12:00 y mi tren sale a las 17:35, una manera de pasar a la sombra las peores horas es metiéndome en el Thyssen. Este era el motivo de mi viaje: ver la exposición de Alex Katz, pintor del que me enamoré en su exposición en el CAC de 2005, justo cuando volví de mis años en Madrid. Me demoro ante cada cuadro, pero como tengo tanto tiempo por delante puedo darme una vuelta por todo el museo. Está bien esto de deambular sin prisa por las salas. Antes de salir vuelvo a Katz para irme con su sabor. Me tomo un bocadillo de calamares en El Brillante. Y durante el viaje veo por el iPhone la última etapa del Tour. Ya lo dije: ¡una planificación de alemán! (Luego he sabido que ese día Katz cumplía 95 años.) 

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25.6.22

Espontaneidad ensayada

[Dietario]

Saltimbanqui. La academia Malaca cumple cincuenta años. Hace treinta me rechazaron en la primera entrevista de trabajo de mi vida. Fui un poco porque algo había que hacer después de haber terminado la carrera, aunque mi sueño no era ser profesor de español para extranjeros. Yo era un esteta entonces (bueno, casi lo sigo siendo) y no estaba dispuesto a ciertas cosas. Así me fue, así me ha ido. Recuerdo la subida al Cerrado de Calderón y la búsqueda de la academia. Recuerdo la entrevista, en que el entrevistador dijo que un profesor de idiomas tenía que ser simpático, divertido, dinámico. Y recuerdo mi respuesta: "Mire usted, yo no soy un saltimbanqui". Pero lo que define al que yo era entonces no es tanto esa respuesta como que saliese pensando que me iban a llamar.

En La Odisea. Tenía ganas de cenar en la mesa grande del patio de La Odisea y Arias consigue reservarla para después de la conferencia de Josu de Miguel en La Malagueta, para nosotros y los demás catacumbistas. El sitio es perfecto y la velada estupenda. Josu es una especie exótica en nuestro país: un constitucionalista que defiende la Constitución, algo que no está bien visto en su gremio. Nos habla de su jornada en la ciudad: "He visto tantos museos en Málaga que me he mareado. En el Picasso nadie me pidió ticket y entré sin más. Luego vi a un vigilante y le comenté que qué bien que fuera gratis. ¿Cómo que gratis?, me dijo. ¡Usted se ha colado! Otro vigilante que lo oyó le echó la bronca. Me dijeron que tenía que pagar. Me llevaron a taquilla y como tengo el carnet de profesor me salió a cero euros. Me miraron con ganas de asesinarme, pero yo ya había visto el museo y lo que hice fue salir a fumarme un purito".

La Málaga de Losada. Mi amigo el pintor cordobés Miguel Gómez Losada ha escrito un libro, Diario de pintura, y es muy bueno: el libro de un maestro; de un maestro libre. Lo presentamos en Luces. Quedamos por la mañana en el Rastro de Fuengirola, comemos en La Carihuela Chica y en Málaga nos tomamos una copa en el Only You. Llegamos a la librería animados aunque nerviosos. La presentación, que hacemos a modo de diálogo, queda bien, espontánea. Dice Losada, feliz: "Y no la habíamos ensayado". Y yo: "Bueno, llevamos veintinueve años ensayándola". Es el tiempo que hace que nos conocemos. Fue en Madrid a finales de 1993, y en el verano de 1994 ya vino a pasar unos días a Málaga. Él, por su parte, conocía muy bien la Costa del Sol, sobre la que tiene una mirada enriquecedora que me ha transmitido. También sobre la ciudad, en la que más tarde vivió unos años, que culminaron en su gran exposición en el CAC de 2018, Romanza. Nuestro sitio malagueño de los noventa era el Dr. Funk.

Picante. Después de Luces vamos al Tano de Huelin, el más cercano al mar. Losada pide el mítico picante y le dice a la camarera: "Venimos de muy lejos por este picante". La camarera: "Si supierais lo simple que es. Lo hacemos los mismos camareros". Le pedimos que nos dé la fórmula. "Nos cortan el cuello".

Domingo electoral. Voy con mi madre a votar al colegio del barrio. A partir de este día, los carteles que han poblado la ciudad en junio empezarán a ponerse viejos. Retirarán la mayoría, pero quedarán unos cuantos con los candidatos ilusionados aún, ignorantes del batacazo que se iban a pegar casi todos. Mi hermana me manda una foto de mi sobrino mayor votando: es la primera vez que puede hacerlo. Al día siguiente miro cuántos votaron lo que yo: diez. Solo diez en el barrio.

Cine furtivo. Ir al cine es ya una actividad decadente pero entrañable, con algo de furtiva. Más si se va solo. Es sábado por la tarde y voy al Albéniz a ver Tenéis que venir a verla, la última de Jonás Trueba. La puerta está cerrada. Llamo como si estuviera de visita en una casa. Abren y me dicen que el pase se ha retrasado veinte minutos. Hago tiempo por la zona. Me asomo al espacio donde estuvieron los cines Astoria y Victoria: a esos les fue peor. Vuelvo y entro por fin. Somos cuatro en la sala, como son cuatro los personajes de la película. Es una delicia rohmeriana, con el toque propio que sabe darle el director: conversaciones intrascendentes con la abrumadora vida de fondo, un piano, un libro, un viaje en tren, dos casas, un paseo por el Madrid nocturno y otro por el campo... A la salida me cruzo con Toscano y Julia, que van a ver Cinco lobitos. Entro con ellos y me monto de repente una sesión doble como las de los buenos tiempos.

Ética. Cenando en Los Delfines (¡este dietario siempre desemboca en el pulpo frito!), tenemos una conversación como las de la película de Jonás Trueba. Bromeamos con Toscano, que es profesor de ética en la universidad, sobre las cosas que no puede hacer por su trabajo. Él se queja entre risas: "¡Los profesores de ética vivimos con una mano atada a la espalda!". 

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28.5.22

Tejiendo tiempo

[Dietario]

Los restos del canto. Un afilador camina junto a su bicicleta por La Carihuela. Lleva el inconfundible silbato, pero lo que toca es un remedo pobre de la fastuosa melodía de los antiguos. Quien nunca haya oído a aquellos pensará que esto es todo: un hilo lineal, desganado, sin gracia; sin las fintas y toboganes sonoros, brillantes, hipnóticos, del canto original.

Bendecir churros. Estoy con Sanz Irles en Madrid. He venido a acompañarlo en la presentación de su novela Leontiel, que hizo ayer con Carlos Mayoral. Estamos desayunando en la chocolatería Valor, cuando me señala algo detrás de mí. Es una familia extranjera, el padre, la madre, varios niños, que bendicen la mesa antes de empezar a comer. En la mesa hay churros. Bendecir churros: ¡habría que hacerlo siempre!

Cena con Mira. Deliciosa cena con Mira Milosevich en el Apolo del paseo marítimo después de su conferencia sobre la invasión rusa de Ucrania en La Malagueta, invitada por Arias Maldonado. Estamos los catacumbistas habituales y de pronto la conversación parece un concierto: cada voz entra en el momento adecuado, enlazándose, y todo funciona. Mira es divertidísima, inteligente, irónica. Dice que no va a pedir tortillitas de camarones porque son "pegajosas". Pero yo pido tortillitas de camarones y todos se suman, incluida Mira. Naturalmente, las tortillitas se camarones se convierten en el eje de la velada. Y el imprescindible hecho de que sean "pegajosas".

El menino. Mi sobrino pequeño vino de Madrid entusiasmado con Las meninas, que visitó con la hermana y los padres. Le dije: "¿Sabes que Las meninas son una máquina de desaparecer?". Me miró extrañado, pero se lo expliqué: "Cuando te pones delante del cuadro, en el espejo se ve a los que están detrás de ti, los reyes, pero a ti no se te ve. ¡Has desaparecido!". Se quedó pensándolo, sin creérselo mucho. Llegó entonces la madre y corrió hacia ella: "Mamá, mamá, ¿sabes que Las meninas son una máquina de desaparecer?".

Málaga suave. Irles ha invitado a Luis Antonio de Villena a que presente Leontiel en Málaga. Comemos con él en La Deriva y por la noche, tras el acto, lo llevamos a Los Delfines. Dice que se irá pronto, pero se va quedando hasta el final. Es una charla crepuscular y grata. Me acuerdo de la que tuvimos con él Andújar y yo en el Óliver de Madrid, en 1985. Me firmó entonces La muerte únicamente, que le enseño hoy. Tratamos con una cierta elegancia el vértigo del tiempo. Le doy a que me firme Corsarios de guante amarillo, el primer libro suyo que leí. Una vez, en una entrevista, Villena dijo que Málaga le parecía una ciudad "suave" y aquello se me quedó. Leer a Villena me dio aires cosmopolitas, pero resulta que entre los lugares que me desveló estuvo Málaga: aquel "suave" me hizo sentirla suave.

Móviles. Leo que "Ricardo Darín estalla contra los móviles e interrumpe su actuación en el Teatro del Soho". Hasta siete llamadas sonaron. "¡Basta ya!", le gritó al público. Me he acordado del concierto que dio Caetano Veloso en el Cervantes. Sonaba su canción más querida, O leãozinho, momento supremo de intimidad y magia... y entonces sonó un móvil.

La droga del fresco. Dice uno: "En cuanto hace calor, los malagueños se visten como si fueran a comprar droga". Es verdad. Van en busca de la droga más preciada en este calor de mayo: el fresco. Yo también me disfrazo de percusionista jamaicano, pero mi camello principal, como saben, lo tengo en casa: es el ventilador. Ya lo he encendido y no lo apagaré hasta entrado noviembre, calculo.

Amor. Presentación de Mediterráneos de José Carlos Llop, su poesía de 2001 a 2021. El poeta habla con Rodrigo Blanco Calderón, nuestro malagueño de Caracas, quien le pide que lea el poema que yo hubiera pedido, 'La playa de las mujeres', que empieza así: "Algunas mujeres se desnudan frente al mar / si no conocen a nadie y nadie las conoce...". Llop lee también 'Amor', que tiene solo dos versos y es perfecto: "Decir mi vida / y que sea verdad".

El mejor pulpo frito. Me venían diciendo que el mejor pulpo frito de Málaga es el del Juanito-Juan de El Palo. Lo que no entiendo es cómo lo decían antes de que me pronunciara yo, que soy el que parte el bacalao en el pulpo. Me hago acompañar de Toscano, Arias y Nadales (cuyo hermano menor, por cierto, se queja de que no hago más que sacar a mis amigotes en el dietario). Llega el momento, lo pruebo deseando que esté malo para hacer un alarde de personalidad y rechazarlo. Pero no: ¡está bueno! ¡Es, en efecto, el mejor!

Tejiendo tiempo. Mi madre se ha pasado los últimos meses haciendo mantas de punto para toda la familia, nueve en total. La mía la ha terminado justo cuando hay que guardar las mantas: queda para la vuelta del frío, en que me calentarán la lana y su dedicación. La idea del tiempo prendido en cada punto.

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30.4.22

Del tiempo

[Dietario]

Del tiempo. Desde niño me fascina la expresión ‘del tiempo’ aplicada a las bebidas. Agua del tiempo. Está claro que se refiere a la temperatura, pero me ha venido siempre un eco del tiempo en su otra acepción, como si fuese el tiempo el que nos diera de beber o en el botellín hubiese horas y minutos. En una canción de la brasileña Rosa Passos se dice sobre lo que ya sucedió que 'essas coisas são do tempo': esas cosas son del tiempo. El tiempo como el almacén (o el dueño) de las cosas pasadas.  

Ciudad de barro. La calima ha dejado Málaga marrón: suelos, fachadas, cristales con barro. Me dan pena (y confieso que una pizca de euforia sádica) los edificios recién pintados, con su blanco que duró solo unos días. Hay lista de espera para las pistolas de agua. Desde entonces, abril ha tenido de todo ("está loco como febrerillo el loco", oí en la calle): solazo y cuchilladas de frío. Y mucha lluvia (aquí sí como en abril, "aguas mil"); aunque en Semana Santa solo llovió el martes, el día de la procesión de mi barrio. Hemos tenido que hacer malabarismos entre la manga corta y el chubasquero.  

El día del holter. Estoy ante la cardióloga. Va a decirme los resultados del holter que llevé hace unas semanas. El holter es ese aparatito que te cuelgan con electrodos que miden el ritmo cardiaco durante veinticuatro horas. Aquel día de marzo tuve una inesperada vida social. Me tomé unas cañas al mediodía en el Oasis con mi amiga Txani Rodríguez, escritora vasca que adora Andalucía (¡hasta baila flamenco!). El año pasado ganó el premio Euskadi de novela con 'Los últimos románticos'. Por la noche cené, junto a los colegas de catacumba, con el intelectual colombiano Carlos Granés, que venía a presentar en Málaga su libro 'Delirio americano'. Con las copas y las risas llegué a casa con ganas de marcha. Me apetecía, no sé, una pequeña expansión fisiológica. Entonces me acordé del holter: "¿Y si lo registra? Qué vergüenza luego con la cardióloga...". La cardióloga que ahora me mira y me dice que todo está bien. Tal vez fui conservador.  

Concejal Antonio Garrido. Leo que a una plaza le han puesto Concejal Antonio Garrido Moraga. Qué fea y humillante manía malagueña de llamar a los sitios. Es fea porque suena fatal y alarga innecesariamente los nombres. Es humillante porque presupone el desconocimiento del homenajeado por parte de los transeúntes. Esto último es verdad la mayoría de las veces; razón de más para no exhibirlo. En el caso de Antonio Garrido encima es reductor: él fue muchas más cosas que concejal. Fue crítico literario, fue cofrade, fue hombre de letras y de mundo, fue mi profesor. Y disfrutaba siéndolo todo a la vez. La tarde más memorable fue aquella en que nos invitó a otro alumno y a mí a un cóctel de la Agrupación de Cofradías. Cada vez que se acercaba un cofrade hablaban de la Esperanza. Pero cuando se quedaba a solas con nosotros nos recomendaba ardientemente a Thomas Bernhard, cuya novela 'Tala' acababa de salir.  

Strachan. Una de las palabras lujosas del malagueño desde niño es ‘Strachan’. Calle Strachan, de cuando en Málaga sí se sabía poner nombres de calles. Andando el tiempo, soy amigo virtual de uno de los descendientes de la familia: Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan, que vivió en Málaga de niño y hoy es profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Valladolid. Acaba de publicar un estupendo libro de viajes y ensayos sobre los Estados Unidos, que son su pasión: 'En busca del fantasma de América'. Es, como el autor escribe, "el libro de toda una vida" dedicada a la lectura y la música estadounidenses, y al conocimiento directo de aquel enorme país. El libro está dispuesto como un largo viaje en un autobús Greyhound, con sus correspondientes paradas. Su principal aliento es el de la literatura 'beat'; sobre todo, naturalmente, 'En la carretera' de Jack Kerouac. Es muy emocionante la última frase, con que Strachan aquilata lo anterior: "Yo había viajado para conocer lo que en mi adolescencia había sido ese más allá".  

Al volver de Almogía. Escribe Lina, mi hermana, al volver de Semana Santa: "Mi madre y una prima suya –ambas viudas– estaban riendo, recordando anécdotas del pasado con sus maridos. Yo reía también, escuchando esas historias. De repente, la prima le ha dicho a mi madre: '¡Hay que ver, niña, cómo se termina todo, qué pena, cómo se termina todo!'. Y las risas de ambas se han transformado en lágrimas en un momento. Yo las miraba, emocionada, pensando lo que se tiene que sentir, llegados a cierta edad, viendo todo lo que se va perdiendo por el camino, y me he estremecido. Es demasiado fina la línea de separación entre la sonrisa y la lágrima, entre la alegría y la tristeza. En definitiva, entre la vida y la muerte".  

Defínase con una frase. Soy el adulto que en las bodas se pide el menú infantil. 

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En Diario Sur.

26.3.22

Cielo naranja

[Dietario]

Cielo naranja. De la lluvia que acabó con la sequía de los últimos meses me dijo una amiga que tiene un campito: "No llueve agua, llueve oro". Pero al día siguiente llovió barro. El cielo era naranja y recordé que para María Zambrano este es el color del sacrificio. Una semana después ha vuelto la atmósfera naranja, desde el cielo hasta el suelo. El barro se nos mete en los ojos y respiramos barro. Guerra, crisis, desabastecimiento: el naranja sacrificial. 

Escribidores. Málaga se llena de escritores. Unos vienen al festival Escribidores de La Térmica, auspiciado por Vargas Llosa, y otros al MaF que organiza Cristina Consuegra; algunos a los dos. Yo acompaño a mi amiga Pilar Álvarez, editora de Alfaguara, a la presentación en la Biblioteca Manuel Altolaguirre de la novela de Juan Tallón Obra maestra. La hace Olga Merino, que el día después presenta en el Museo Ruso, junto a Consuegra, Cinco inviernos, el libro en que cuenta sus años de corresponsal en Moscú. La invasión de Ucrania por parte de Rusia carga de gravedad la tarde. Merino expresa su desolación al comienzo, pero el acto resulta precioso; con pausas musicales del pianista Daniel Blacksmith. (En los días siguientes leo los libros dedicados de Tallón y Merino: estupendos.) 

Ovejero quería salir. Nuestro amigo Félix Ovejero, gran y valiente pensador, viene a dar una charla en La Malagueta, pero sobre todo viene a salir en este dietario. "¡Me tienes que sacar!", me dijo. Su acto empieza justo cuando termina el del Museo Ruso, así que cojo un taxi y me pongo en el iPhone la retransmisión en directo por YouTube. Sigo viéndolo mientras camino tras bajarme del taxi hacia el lateral de la plaza de toros, con el audio por los auriculares, hasta que, como en un cuento de Cortázar, atravieso la puerta que me mete dentro de la retransmisión. Después nos vamos todos a Los Delfines a cenar, cómo no, pulpo frito; que ya ha salido mucho en este dietario. 

La veleta de Proteo. Quedo con Pilar, que quiere visitar librerías malagueñas antes de volver a Madrid. En Rayuela recuerdan a Juan Manuel Cruz, que murió al poco de jubilarse. En Proteo, reabierta tras el incendio del año pasado, Jesús Otaola nos enseña el memorial del fuego, una vitrina con libros quemados, y nos explica cómo fue la restauración, mientras vamos subiendo por las plantas. Es apasionante el mimo con que lo hicieron, intentando recuperar lo recuperable: las escaleras de mármol, los suelos antiguos, las estanterías... Al llegar arriba, Otaola nos hace subir todavía más: por una estrecha escalera de madera accedemos a la azotea, donde hay una veleta con don Quijote y Sancho. "Este es el remate de la librería", dice el librero. 

Un antílope que saluda. Me he aficionado a mirar en el ordenador lo que ocurre en una charca de Kenia y en otra de Namibia. En cada una hay una cámara que lo retransmite en directo las 24 horas. Por la primera pasan elefantes, gacelas y algún hipopótamo; por la segunda cebras, ñús, hienas y antílopes; y por las dos aves, un perpetuo piar de aves. He hablado mucho en Twitter de esta afición. Por eso, cuando puse que había descubierto otra cámara que enfoca un tramo de Copacabana, en Río de Janeiro, mi amigo Jaime Llopis, que vive allí, me dijo que un día me haría gestos "como si fuera un antílope de tus otras webcams, pero saludando". Y así lo hace. Me avisa de que va a pasar, pasa y me saluda. Otra alegría que me llega de Brasil. 

Colores veleños. El primer día del cielo naranja fuimos, por la tarde, a visitar la exposición de Evaristo Guerra en el Archivo Municipal. Ahí estaban esos naranjas, y otros muchos colores (los Colores veleños de su título), en los cuadros: ya no como signos sacrificiales sino celebratorios. Felicidad instantánea en la sala. Fuera seguía lloviendo y dentro un paraíso cálido. Nadales, Toscano, Arias y yo vimos muchos de esos cuadros en su estudio de Torre del Mar, cuando fuimos a visitarlo hace dos veranos. Antes el pintor nos había enseñado sus murales en la ermita de Vélez-Málaga. Entre las muchas cosas que nos contó, con su sensibilidad y su gracejo, recuerdo la de la pared que se propuso pintar como si no hubiera pared: es decir, pintando el paisaje que había al otro lado. Solo que el suyo es un paisaje transfigurado por el arte: en su esencia, en su esplendor; el paisaje visto con una mirada que no decae. También nos habló de su relación con María Zambrano, y de cómo, cuando murió, él se quedó solo velando a su paisana. Uno de los cuadros de la exposición es precisamente un homenaje a ella. A la salida estuvimos tomando una caña con el pintor, su hija y su nieta (Lola y Lola; la segunda, listísima, estudia nanotecnología en Hannover). Nos dedicó el catálogo, dibujándonos un árbol a cada uno. Seguía lloviendo, pero ya solo agua; o sea, de nuevo oro. 

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26.2.22

Vida bipartidista

[Dietario]

Budismo costasoleño. Tardes de febrero para caminar por la costa en dirección al sol. Mejor si se ha bebido en la comida. Cuando el paseo es largo, uno va entrando en trance. La combinación del mar y la luz, la brisa y el calorcillo suaviza las asperezas, diluye las preocupaciones. De la vida va quedando lo esencial. Es como un baño del alma, que está en el cuerpo. 

La tía de Irles. Nos cuenta Irles que se ha llevado a vivir a su casa a su tía, "a sus noventa y cinco, encegueciendo a marchas forzadas, medio sorda y ya con evidentes señales de senilidad (fallos estrepitosos de memoria, desorientación frecuente)". Está mal, pero con muchos momentos de lucidez. "Ayer", dice Irles, "me contaba, seria, que no se debería vivir tanto, al menos no con sus taras, y que desearía mucho quedarse dormida y no despertarse más. Hace una pausa y a los diez segundos me dice, toda alarmada: 'Ay, mi medicina para la tensión. Tráemela, corre, que se me ha olvidado'. La razón contra el instinto". 

El espíritu de Aristófanes. El gran Ramon Fontserè me deja entradas en el teatro Cervantes para que vaya a ver la última obra de Els Joglars. Invito con mis invitaciones a Toscano, Julia y Lola. Nos lo pasamos pipa con ¡Que salga Aristófanes!, que luego celebramos tomando pulpo frito en Los Delfines. La obra no deja tópicos biempensantes con cabeza. Como hacía el clásico griego de la comedia en su tiempo, Els Joglars llevan sesenta años aplicando el disolvente del humor (inteligente y salvaje) contra los dogmas de turno. Estos van cambiando, pero la compañía no: solo en el ajuste. Es precioso que, a diferencia de tantos, Els Joglars sepan siempre dónde están los curas. 

Gag de carnaval. Mi hermano Miguel Ángel (Migue Jiménez de nombre artístico) tiene un gag buenísimo en uno de los libretos que escribió para el carnaval de Málaga. Hieren de muerte a uno, que dice: "Estoy viendo pasar mi vida como en una película". El que le asiste le pregunta por su sensación. "Flojita”, dice el moribundo, “me gustó más el libro". 

Tener una tertulia. Se ha muerto Fernando Marías. Hace veinte años teníamos una tertulia en Madrid, en el ya desaparecido Café del Prado, junto a Andújar y Mansueto (luego se incorporó Plasencia), en la que hablábamos de todo menos de literatura; nuestros temas favoritos, por este orden: cotilleos y cine. Quedábamos los jueves o los viernes con la excusa de hacer la quiniela. Qué bueno era tener esa tarde garantizada de amenidad en la semana; la hacía más llevadera, le ponía un horizonte de ilusión. Por Navidad nos dábamos una comilona de cordero en la Cava Baja. Un año en que no nos la pudimos permitir, nos dijo Fernando en el café: "Atentos. ¿No lo oís? ¡Es el silencio de los corderos!".

Naturaleza. En Málaga solo vi una vez a Fernando Marías, cuando vino a presentar El niño de los coroneles, con la que ganó el premio Nadal. Es una novela pesimista y su presentación fue pesimista también. Tanto, que una señora del público preguntó preocupada: "¿Pero entonces usted cree que nuestros nietos ya no conocerán la naturaleza tal como nosotros la conocemos por La 2?" 

Vida bipartidista. En enero me surgieron dos compromisos para febrero: un acto con Alfonso Guerra y otro con Cayetana Álvarez de Toledo. Cuando los anuncié, Manuel Sollo comentó: "Amigo, a este paso vas a ser el hombre del bipartidismo". El caso es que me descentraron. Me propuse adelgazar, pero la ansiedad me hizo comer como loco y llegué gordísimo a los dos. Han sido además semanas inútiles, en las que no he podido hacer otra cosa, con la cabeza totalmente ocupada, desestabilizado. Hasta el punto de que le he dicho a Teodoro León Gross, que me había invitado a hacer con él el ciclo sobre la Transición en La Térmica, que no participaré más. Pero conocer a Guerra fue bonito y la entrevista fluyó (salvando que me quedé en blanco al comienzo: un fallo eterno, puesto que está grabado). Cuando nos despedíamos, le dije: "Se me ha olvidado lo más importante. Te debo el Juan de Mairena". Y Guerra: "¡Entonces me debes mucho!". En efecto. Él lo mencionó en una Clave de 1982. Yo, con dieciséis años, no conocía esas prosas de Antonio Machado y las busqué: me han acompañado desde entonces. El encuentro con Cayetana fue en el Castillo de Santa Catalina, para presentar su Políticamente indeseable. Nos pusieron al aire libre, con vistas al mar, y salió estupendo. Se habló inevitablemente de política, pero quise que se hablara además de Marcel Proust, de André Breton, de Leonard Bernstein y de Yul Brynner, que aparecen también en su libro. Los amigos me animaron luego a que siguiera interviniendo en estos actos, pero mi exposición social se ha terminado por el momento.

Años malos. Tras la peste, la guerra: los jinetes del Apocalipsis van llegando de uno en uno, disciplinadamente. 

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29.1.22

Helado de malagueña

[Dietario]

El baile del frío. Dos chicas toman el sol en bikini. En verano no llamarían la atención, pero es invierno y son las únicas: hay una suerte de sensualidad por escasez; sube el valor de las pieles. Se levantan y van a la orilla. Se meten en el mar con paso firme. Y empiezan los saltitos, los gritos, la agitación de brazos. Es el baile del frío.

Molinillos de mar. Hay tanto viento que los molinillos de mar de Benalmádena-Costa hacen ruido: suenan como un motor, parece que la estructura va a echar a volar. En algunos la luz del mediodía se enreda mientras dan vueltas frenéticamente. Es como si estuvieran haciendo un batido de sol.

La edad de las mujeres. Me cuenta Arias una anécdota ("carne de dietario") que le pasó en el paraninfo de la universidad, durante el acto de toma de posesión de los nuevos profesores titulares y catedráticos (él ganó su cátedra de Ciencia Política en junio): "Tenía a cada lado, en mi asiento preasignado, a dos mujeres de edad indefinida. Una de ellas creía conocer a la otra. Hablaron un poco. Ambas habían estudiado en el mismo colegio, pero no estaban del todo seguras de haber coincidido. Pasaron un rato buscando pistas, indicios, hasta que yo les dije: 'Veo que os cuesta mucho decir vuestro año de nacimiento, que despejaría de inmediato la incógnita'. Y se rieron, porque era verdad: una era del 61 y la otra del 65".

Viejos amigos. Espero a Materlín en Los Manueles de Torremolinos. Mesa para dos en la planta de arriba. Le he dejado el mejor sitio, el que da al mar, pero al llegar me he sentado un segundo para ver lo que verá. Materlín y yo nos conocemos desde hace quince años, pero esta es nuestra primera cita. Nos conocemos de internet. Él es de Chile y vive en Bélgica. A veces nos hemos mandado regalos por correo. Entra con una mascarilla amarilla y sé que es él, a pesar de que nunca lo he visto, ni siquiera en foto. Desde el primer minuto la charla fluye, como si fuéramos viejos amigos. Que es lo que somos. Yo le he traído el libro Excéntricos en la Costa del Sol, y él una figurita del capitán Haddock comprada en el Museo Hergé.

Helado de malagueña. Materlín le ha hablado de su paso por Málaga a su amigo Roberto Merino, gran cronista de Santiago de Chile. Merino quiere saber por qué un helado que servían antiguamente en Santiago, de pasas con ron, se llamaba "de malagueña". Se lo explico a Materlín para que se lo cuente a Merino. Y le digo que ese helado se sigue tomando aquí y que se llama "Málaga". Materlín escribe en su blog: "Tal vez Merino, habitué de una heladería, consiga que ésta reponga el helado de malagueña. De ser así, ya nadie podrá atreverse a decir que la literatura no sirve para nada". Desde Málaga animamos.

Cuidado con el taxista. Comida de Navidad en el Tano con Irles, Arias, Diéguez, Toscano y Pirri. Conversación de vuelo nada gallináceo mientras devoramos alitas de pollo. Tras el postre se retiran los dos primeros y los demás nos metemos en un taxi para tomar una copa en el muelle. Veníamos hablando de la esperanza de vida y Diéguez, catedrático de Filosofía de la Ciencia, dice que depende de los telómeros. Yo no sé lo que son, pero es Pirri el que se atreve a preguntarlo. "Son lo que hay en los extremos de los cromosomas", nos empieza a explicar Diéguez. En esto interrumpe el taxista: "Perdonen que les moleste, pero llevo veintinueve años de taxista en Málaga y es la primera vez que escucho una conversación inteligente. Es que los malagueños son unos ignorantes y jamás, jamás, han hablado en este taxi de neurociencia". Sigue despotricando un rato. Lo recordamos luego, muertos de risa, ante nuestras copas. Pero entonces caemos en que la palabra "neurociencia" no la habíamos dicho. El taxista se la sabía.

Pinchitos de gambas. Cenáculo (esta vez es almuerzo: almuerzáculo) con Nadales, Toscano y Arias. Pedimos pinchitos de gambas en el Mercado de El Carmen, antes Gran Poder. El encargado nos conoce como "los filósofos". Cada vez que se acerca, en efecto, nos pilla filosofando. Generalmente, sobre la vida. Hemos reconocido unas mesas más allá al hombre al que le tocó una millonada en la lotería hace muchos años. Era encuadernador. Cuando Palomo y yo pasábamos por su puerta camino de la casa de Andújar, Palomo decía que le gustaría ser él, allí encuadernando tranquilamente libros en su cubículo. Después de que le tocase la lotería Palomo dijo: "¡Ahora sí que me gustaría ser él!". Le cuento la historia a mis amigos y miramos al hombre. ¿Qué está haciendo en este momento? Comer pinchitos de gambas, como nosotros. Al final, filosofamos, estamos viviendo como él.

Mañana del 6 de enero. Por el paseo marítimo de Fuengirola, una espaciada lentitud de adultos sin juguetes; sin hijos ni juguetes.

Donjuanismo. Me gustaría tener éxito con las mujeres para tener éxito con una mujer. 

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27.11.21

Poda de palmeras

[Dietario]

Duro en la vida. Soy de los que interpretan las voces de la calle como avisos o consejos, o a veces como veredictos sobre mi persona. En una ocasión, al cruzar sin mirar, me gritó un conductor: "¡Que estás atontao!". Y efectivamente lo estaba. Llevaba meses atontao y aquel conductor me sacó de mi atontamiento... hasta la siguiente recaída. El otro día recibí un mensaje equívoco. Detrás de mí un hombre le dijo a otro: "Hay que ser más duro en la vida". Y pensé que sí, caray: ¡tengo que ser más duro en la vida! El problema es que el hombre lo dijo con una entonación blanda y una voz parecida a la del actor Manuel Alexandre, con trémolo incluido. Algo así como "duuuro en la vida". No sé a qué atenerme.

El hobby del jubilado. Se sentó a mi lado en el autobús de Torremolinos un señor que me reconoció. Se presentó y estuvimos hablando la media hora del trayecto. Acababa de jubilarse como profesor de instituto y estaba decidido a aprender inglés. Para él era muy importante, ahora que tenía tiempo por fin. Su interés parecía genuino. Le animé en el empeño. Luego hablamos de otras cosas; bueno, él era el que hablaba sobre todo. No me había dicho de qué había sido profesor y se lo pregunté cuando se disponía a bajar. De algún modo, me esperaba la respuesta: "Inglés".

Un pájaro. Paso unos días en el apartamento de Torrequebrada. A la hora de la siesta el sol inunda el sofá de la terraza, donde me tumbo apenas con el bañador en pleno noviembre. De pronto un aleteo nervioso: se ha colado un pájaro. Al intentar salir, se pega un porrazo con el cristal y cae al suelo. Me levanto y lo miro con lástima. Está conmocionado, no sé si muriéndose. Lo subo al alféizar para que se pueda ir si la conmoción es pasajera. Pero no lo parece: respira con dificultad, con el pico muy abierto. Debe de haberse roto algo, quizá tenga un derrame cerebral. Me da mucha pena. Se va apagando hasta que, al cabo de media hora, parece muerto. Lo toco e, inesperadamente, se pone en pie de un saltito, con la agilidad que parecía perdida, y se echa a volar. Pongo la foto en Instagram y mi amigo Francisco Lapuerta, que sabe de ornitología, me dice que era un ruiseñor.

Vuelta al Rastro. Rafael García Maldonado me ha aficionado al Rastro de Fuengirola. Vamos a buscar libros, y cuando voy yo solo también. A las diez ya está todo el pescado vendido, así que hay que ir más temprano. Hace un mes madrugué y comprendí lo que pasaba: una pareja de libreros de viejo de Málaga capital se pasan a primerísima hora y arramblan con lo valioso. Pero lo mejor es la escalada en los demás puestos. Escribí aquí la que me parecía la mejor frase de vendedor de la historia: "Mirando es más caro". Pues el otro día oí una mejor. El vendedor le soltó a un posible comprador indeciso: "¡Te presto dinero!". Más adelante gritaba una vendedora: "El kilo de manzana a un euro". Y otra a pocos pasos: "Dos kilos de manzana un euro ya". Ese ya delator. La mejor frase del día, sin embargo, fue: "¡Llévate un kilazo de nueces!". ¡Un kilazo de nueces, qué perfección fonética! En el Rastro las frases son como los cantos de los ríos: con la repetición se van puliendo, hasta quedar lisas.

Bajar la persiana. Manuel Arias Maldonado llama a un amigo común "el Houdini del infortunio", por el célebre mago y escapista. Nuestro amigo ha logrado escapar de desastres amorosos embarcándose exitosamente en nuevas historias, de manera que la melancolía le roza poco. La otra mañana, sin embargo, mientras nos tomábamos un café en el Granier del muelle, vi que preparaba su retirada. "Montano", me anunció, "llega un momento en la vida en que hay que bajar la persiana de los sentimientos". Lo dijo en un tono crepuscular pero sin tristeza, como saboreando por anticipado su escapada total.

Paco Torres. Francisco Javier Torres, mi amigo Paco Torres, acaba de publicar sus poesías completas en emocionante edición del Centro Cultural Generación del 27. Las ha titulado Notas para un libro futuro, y lo emocionante es que se trata de un libro presente, el que tengo en las manos, con todas sus huellas poéticas del pasado. Verlas juntas produce un efecto precioso: Paco Torres es de esos poetas delicados, no muy abundantes, cuya obra completa ocupa doscientas y pico páginas. Su elegancia en la vida, fundada en la generosidad, está aquí también. Cito el poema más breve del libro, de dos únicos versos esenciales: "Rinde este mar su sombra / ante la luz del litoral completo".

Poda de palmeras. En el paseo marítimo podan las palmeras. Rituales de otoño, pensando en el verano.

Presentación. Presentamos en Luces Inspiración para leer. Emoción al oír lo que dicen Manuel Toscano y Sanz Irles de mi libro (y de mí). En estos casos hay algo que vence al pudor de quien recibe pasivamente los elogios: el orgullo de tener estos amigos. 

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