He sido azote vacacional de Espada y Sánchez, pero al final yo la he tenido más larga. Me refiero a la vacación. La he metido pimpantemente en septiembre, hasta su segunda semana, en que me doy el último baño: el último baño de todos los años, con su poética singular. La sombrilla plantada, la sillita a su sombra y la sensación de que se termina hasta el verano que viene. Una fruición de crepúsculo. Pero también el airecillo inauguralista del curso nuevo. El curso: ese año encabalgado entre dos años que llevamos inscrito en el cuerpo desde infantes. Ahora es cuando empiezan de verdad las cosas.
La playa despejada, algo lenta, como para morir con elegancia de muerte natural; los turistas de septiembre parece que vienen de otra civilización (mejor dicho: de alguna civilización). En las noticias, Ceuta sin su verano y todo apunta a que sin su otoño; el escándalo impostado ante el ascenso de la ultraderecha alemana en quienes aquí vienen llamando "nazi" a cualquiera que les chiste; la lista de periodistas buenos y malos del ministro del Interior, ese Marlaska que es a Fouché lo que el bombero torero a Morante; el informe torcido de PISA, que nos muestra la continuidad entre el pueblo y sus dirigentes, con el pegamento de la ignorancia. Pero tengo ante mí el Mediterráneo, que todo lo relativiza. Me he puesto además Wave, disco de Antonio Carlos Jobim.
Y tengo mis libros, para cobijarme entre las ruinas de la inteligencia española. Me he traído el póstumo de Javier Marías, Aquí me paro, amorosa recolección de textos desperdigados (algunos por el extranjero) que está ya en el pódium de sus mejores libros de artículos, junto a Pasiones pasadas y Vidas escritas. ¡Delicia absoluta! El Marías ocasional, o en todo caso mensual, era superior al semanal. El aniversario de su muerte (otro 11-S) me pillará con él vivo entre las manos. Después volveré al Zen (budismo/taoísmo): El camino del Tao, de Alan Watts; El libro de la perfecta vacuidad, de Lie Zi; y Fundamentos de la vía media. El camino budista del vacío, de Nāgārjuna (en la edición de Juan Arnau).
Hablando de muertes, esta temporada se ha producido la mía radiofónica. Soy un muerto radiofónico y pienso extraer de esta condición todas sus ventajas. La primerísima, la ganancia en tiempo: puesto que no tendré que estar al tanto de ningún programa, me quitaré de la radio en general y de las tertulias en particular. Espero que se produzca en mí un efecto balneario (muy conveniente para un muerto). La actualidad la obtendré solo de los periódicos. Quitarle el volumen, aniquilar el sonido que emiten las jetas (las de los políticos y las de sus comentaristas) mejorará impepinablemente (¡mucho se tiene que torcer la cosa para que no sea así!) mi calidad de vida (algo también indispensable para un muerto).
Y al fin el último baño. Hace nada (la vacación ha sido larga, pero ha durado un parpadeo) escribí del renacimiento en la ingravidez la primera vez que flotamos en el mar cada verano. Pero llega la última, que simboliza la vuelta a la gravedad. El agua está perfecta, refrescante y tranquila, con olas precisas que marcan el ritmo ineludible sin atosigar, como el balanceo maternal de la cuna. El sol lo tamiza una ligerísima neblina que marca una línea de luz en el horizonte, al inicio del cielo. Me demoro lo que puedo pero llega el momento de salir. Uno siempre es un tritón cuando lo hace. Un tritón torpe, triste, pero agradecido. Atrás queda el verano y por delante la batalla.
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En The Objective.
