17.5.22

Por qué da tanto miedo su culo

Me asomé a Eurovisión en el instante en que cantaba (¡y bailaba!) Chanel y resucitó a un muerto: era yo, en mi lánguido sábado. Hace unas semanas me pasó lo mismo con la brasileña Mayara Lima, la sensación del reciente carnaval de Río. Como proclamaba Caetano Veloso precisamente sobre el carnaval, "detrás del trío eléctrico [el camión musical tras el que se baila en Bahía] solo no va quien ya murió". No hay batalla cultural, sino la eterna batalla entre la vida y la muerte.

El baile es dionisiaco y suscita recelos apolíneos. Nunca han faltado quienes tachan de obscenas ciertas desnudeces, ciertas contorsiones. Cuando atacaron a Rosalía por la misma causa, recordé al Luis Cernuda de Los placeres prohibidos, los versos más valientes de los años treinta en España: "Abajo, estatuas anónimas, / Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; / Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo". Los detentadores (¡y detentadoras!) de los "preceptos de niebla" sabemos quiénes son hoy. A ellos destruyó Chanel el sábado; pero secundariamente, como efecto subsidiario de lo principal: la afirmación de la vida, de la (¡resucitadora!) alegría de vivir.

No sé por qué cierta izquierda (la predominante además) se ha resignado a ocupar el lugar de los curas. No sé por qué les da tanto miedo el culo de Chanel. Pero sí lo sé: esa izquierda es la practicante de la religión realmente existente en la actualidad, la única en pujanza y no en declive. La ideología se ha solidificado en grumos teológicos a los que la realidad estorba. La realidad carnal para ser precisos. La explicación supongo que es psicológica: aquellos (¡y aquellas!) que se han acogido a una fe rígida, política en este caso, son los que consideraban un agravio la inestabilidad del cuerpo, su fugacidad gloriosa y humillante.

En un luminoso ensayo de los años sesenta, Conjunciones y disyunciones, Octavio Paz repasaba las relaciones entre el cuerpo y lo que no lo es; acogiéndose al lenguaje estructuralista de la época los llamaba signo cuerpo y signo no-cuerpo. Era tiempo entonces de resurgimiento del signo cuerpo (y el uso aquí de signo es porque este también estaba impregnado de carnalidad: la visión analógica del poema mismo como mundo). El cuerpo se zafaba de la represión judeocristiana, en relajaciones hedonistas de advocación pagana o en exploraciones de religiones orientales en que la relación entre los signos cuerpo y no-cuerpo no era de disyunción sino de conjunción.

Chanel y Rosalía tienen algo de aquellas diosas curvas de los templos de la India. Pero han venido a exhibirse en un momento en que el signo no-cuerpo pugna por tiranizar el ambiente, con su afán disyuntivo. Las beatas neofranquistas de la pseodoizquierda las acusan de hipersexualización e incluso de rozar lo prostitutoide. No importa que trabajen hasta alcanzar la excelencia en su arte, que hayan triunfado por talento y por voluntad, por pura potencia femenina: tienen que enfrentarse a la puritana que les dice que "no hay ninguna necesidad de salir semidesnuda a cantar". Se trataba de eso, claro: de la cruzada de la necesidad (¡de la pesadez!) contra la gratuidad (¡contra la ligereza!).

Es el culo de Chanel el que da miedo y no la teta aerostática de Rigoberta Bandini, debidamente encauzada al (¡necesario!) amamantamiento. A mí me gustaba la canción, y en realidad la veía mejor para el concurso. Pero Chanel ha ganado. Qué lucha entre el ma-ma-ma y el mo-mo-mo: el yin y el yang también. Y ese culo que se elevaba solo, y bajaba, y se volvía a elevar.

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10.5.22

Autobús turístico por Madrid

Lo personal es político, según dicen, y viajar a Madrid también. El habitual gustazo de viajar a Madrid tiene ahora un extra cosquilleante de subversión: saber que estamos en la ciudad que irrita a quienes han arruinado sus ciudades y territorios por hacer lo contrario que Madrid. La respuesta de estos cenizos es ridícula: echarle la culpa a Madrid. Es una pura política de la impotencia. Por eso llega uno a Madrid mondándose de risa, con una alegría que no es normal y un regocijo que se parece a la vida y tal vez lo sea.

La excusa esta vez fue la presentación de la novela Leontiel de Sanz Irles, que le hizo Carlos Mayoral, en la librería del Círculo. Una excusa para quedarme cuatro días, que han sido de sol maravilloso. Del moderno Ave fui a parar a un hostal de Callao cuyas habitaciones parecían decorados de El crack de Garci: una regresión que no dejaba de tener su encanto. Eso sí, no daba para permanecer mucho tiempo ahí, de manera que me tiraba a la calle. La calle era mi elemento. He pasado cuatro días absorbiendo calle (¡el aire de lo eventual!) con el resultado de una fastuosa oxigenación.

Conozco bien Madrid. Estuve unos años estudiando y otros años trabajando. Después la he visitado con frecuencia, pasando temporadillas. Madrid es una de mis cuatro ciudades (las otras son Málaga, Lisboa y Río de Janeiro) y la segunda en la que más he vivido. Pero no deja de euforizarme cada vez que la piso, algo que ya me ocurría cuando la habitaba. Tiene un nervio particular, eléctrico y dulce, que se corresponde con su hormigueo que se remansa en espacios que se abren por aquí y por allá, con árboles, cielos o fachadas cómplices.

Siempre que vuelvo a Madrid paso revista a mis sitios, en un circuito que tiene algo de reanimación de la ciudad para mí: es mi Madrid el que se pone otra vez a funcionar los días en que yo estoy. Esos puntos le dan estabilidad a mi experiencia cambiante. Algunos de ellos son el jardincito del Príncipe Anglona, el templo de Debod, la librería Arrebato, las cañas en la plaza de San Ildefonso, el restaurante Zara (¡por el daiquiri!), el Fide (¡el de Ponzano, no el de Bretón de los Herreros: por el canapé de sardina ahumada!) o últimamente el bocadillo de calamares de La Ideal.

Otro de mis sitios es el parque de la Cornisa. Pero en esta ocasión, cuando me dirigía a él con toda una tarde ociosa por delante, se paró en mis narices el autobús turístico, uno de esos gigantes rojos de dos pisos, el de arriba sin techo. Me dio el punto y me subí. ¡Ha sido mi acierto de la década! Automáticamente me instalé en un estado de delicia contemplativa, en el que me mantuve cerca de cuatro horas. Solo me bajé una vez para cambiar de ruta: de la de Madrid histórico a la de Madrid moderno, según las llaman. El resto del tiempo, felicidad sin tiempo.

Imagínense arriba en la tarde perfecta. Hace la temperatura ideal, con intensa luz declinante, y corre la brisa, fomentada por la marcha. Gozamos de un paseo sin esfuerzo y podemos abandonarnos entre las vistas y las musarañas. Viajamos alto y los árboles rozan, si extendemos la mano podemos tocar las piramiditas primaverales de los castaños de indias. Abajo, no lejos, la gente camina, se hace selfies, se llama, se besa, mira escaparates, conversa en las terrazas. Vemos todos los escotes de la ciudad. Vemos las estatuas a su altura. Madrid enamorado.

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3.5.22

Entre la petanca y la papeleta negra

No suele haber ganas de elecciones, pero esta vez hay ganas de elecciones: hay ganas de darle la patada a Sánchez, el presidente de las mentiras y las infamias (y la no mucha efectividad). Las elecciones son en Andalucía, donde no se dirime eso. Pero las elecciones son también para expresarse y el 19-J nos expresaremos los andaluces. Pasó lo mismo con los madrileños el 4-M del año pasado. Los castellano-leoneses (¡cómo me gusta decir castellano-leoneses!) lo vivieron a su vez hace poco.

Hablo con un indudable sesgo antisanchista, que cultivo. Y que no me impide, sin embargo, reconocer que muchos adoran a Sánchez (hay politólogos especializados en justificar científicamente todo lo que hace y dice). En Andalucía votarán a Espadas, el Zoido del PSOE: un suave pancista. Sánchez o Espadas le dan igual a su electorado fiel de niños de la guerra que vivieron los años del hambre y el franquismo: al meter la papeleta ellos seguirán votando a Guerra y González. Es un electorado culpable e inocente al mismo tiempo. Bastante tuvieron, sostengo con un cierto paternalismo. Aunque no serán los únicos, y en los otros hay menos inocencia.

El presidente de la Junta Juanma no lo ha hecho mal esta legislatura. Su estrategia, por otra parte, como observa mi amigo Mármol, el más fino analista de la política andaluza, ha sido menos de reforma que de sustitución: ha cambiado las aceitunas sin cambiar el agua. Ha habido un aire de continuidad con otras caras, nada traumático. Votar al PP sería un modo amable, conservador, de tocarle las narices a Sánchez... si no hubiera la certeza de que tendrá que arreglarse con Vox, esta vez con la energuménica Olona (cuyo primer discurso, muy Teresa Rodríguez, ya ha empezado a hacer demasiado larga la campaña electoral).

El problema de los moderados que consideran votar al PP es que se ven condenados a jugar a la petanca: se arriesgan a no llegar. Pasó lo mismo con los moderados que consideraron votar al PSOE en las últimas generales. La apuesta antivoxista de votar al PP (o la apuesta antipodemita de votar al PSOE) solo tendría (o habría tenido) éxito si fuesen tantos los que apostaran como para obtener la mayoría absoluta. De lo contrario, si no llegan, la apuesta tendría un resultado indeseable: reversiones del voto en Vox (o en Podemos). El resultado indeseado es el que se termina cumpliendo.

Yo tal vez votaría a Juanma, contra Sánchez (¡en clave nacional, sí: esto es lo que hay!), si no existiera el riesgo de que mi voto revirtiese en Olona, con el subsiguiente agilipollamiento de mi cara. Mi antisanchismo no llega al extremo de soliviantar mi estética, por lo que veo improbable votar a Juanma. (Aunque si Sánchez sigue con empujoncitos como el de Bildu no niego nada...)

Queda Ciudadanos, el partido al que he estado votando desde la desaparición de UPyD. ¿Pero queda realmente Ciudadanos? Su voto es el de la papeleta negra, por lo fúnebre. Un voto, un ataúd; unipersonal encima: el de Joe Rígoli. Tampoco ha sido mal vicepresidente, pero la posibilidad de quedarse fuera le está haciendo dar manotadas de ahogado (pese al ridículo flotador con el que se ha dejado fotografiar). Se ha escrito que pretende ir a por el voto andalucista, lo que sería un final épico para el partido que nació para combatir el nacionalismo.

Así que aquí estoy: un antisanchista andaluz (aproximadamente socialdemócrata, con simpatías liberales) que no sabe a quién votar y ni siquiera si va a votar. Entre la petanca y la papeleta negra. Y la papeleta blanca, más póstuma que pura. 

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30.4.22

Dietario: Del tiempo

Del tiempo. Desde niño me fascina la expresión ‘del tiempo’ aplicada a las bebidas. Agua del tiempo. Está claro que se refiere a la temperatura, pero me ha venido siempre un eco del tiempo en su otra acepción, como si fuese el tiempo el que nos diera de beber o en el botellín hubiese horas y minutos. En una canción de la brasileña Rosa Passos se dice sobre lo que ya sucedió que 'essas coisas são do tempo': esas cosas son del tiempo. El tiempo como el almacén (o el dueño) de las cosas pasadas.  

Ciudad de barro. La calima ha dejado Málaga marrón: suelos, fachadas, cristales con barro. Me dan pena (y confieso que una pizca de euforia sádica) los edificios recién pintados, con su blanco que duró solo unos días. Hay lista de espera para las pistolas de agua. Desde entonces, abril ha tenido de todo ("está loco como febrerillo el loco", oí en la calle): solazo y cuchilladas de frío. Y mucha lluvia (aquí sí como en abril, "aguas mil"); aunque en Semana Santa solo llovió el martes, el día de la procesión de mi barrio. Hemos tenido que hacer malabarismos entre la manga corta y el chubasquero.  

El día del holter. Estoy ante la cardióloga. Va a decirme los resultados del holter que llevé hace unas semanas. El holter es ese aparatito que te cuelgan con electrodos que miden el ritmo cardiaco durante veinticuatro horas. Aquel día de marzo tuve una inesperada vida social. Me tomé unas cañas al mediodía en el Oasis con mi amiga Txani Rodríguez, escritora vasca que adora Andalucía (¡hasta baila flamenco!). El año pasado ganó el premio Euskadi de novela con 'Los últimos románticos'. Por la noche cené, junto a los colegas de catacumba, con el intelectual colombiano Carlos Granés, que venía a presentar en Málaga su libro 'Delirio americano'. Con las copas y las risas llegué a casa con ganas de marcha. Me apetecía, no sé, una pequeña expansión fisiológica. Entonces me acordé del holter: "¿Y si lo registra? Qué vergüenza luego con la cardióloga...". La cardióloga que ahora me mira y me dice que todo está bien. Tal vez fui conservador.  

Concejal Antonio Garrido. Leo que a una plaza le han puesto Concejal Antonio Garrido Moraga. Qué fea y humillante manía malagueña de llamar a los sitios. Es fea porque suena fatal y alarga innecesariamente los nombres. Es humillante porque presupone el desconocimiento del homenajeado por parte de los transeúntes. Esto último es verdad la mayoría de las veces; razón de más para no exhibirlo. En el caso de Antonio Garrido encima es reductor: él fue muchas más cosas que concejal. Fue crítico literario, fue cofrade, fue hombre de letras y de mundo, fue mi profesor. Y disfrutaba siéndolo todo a la vez. La tarde más memorable fue aquella en que nos invitó a otro alumno y a mí a un cóctel de la Agrupación de Cofradías. Cada vez que se acercaba un cofrade hablaban de la Esperanza. Pero cuando se quedaba a solas con nosotros nos recomendaba ardientemente a Thomas Bernhard, cuya novela 'Tala' acababa de salir.  

Strachan. Una de las palabras lujosas del malagueño desde niño es ‘Strachan’. Calle Strachan, de cuando en Málaga sí se sabía poner nombres de calles. Andando el tiempo, soy amigo virtual de uno de los descendientes de la familia: Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan, que vivió en Málaga de niño y hoy es profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Valladolid. Acaba de publicar un estupendo libro de viajes y ensayos sobre los Estados Unidos, que son su pasión: 'En busca del fantasma de América'. Es, como el autor escribe, "el libro de toda una vida" dedicada a la lectura y la música estadounidenses, y al conocimiento directo de aquel enorme país. El libro está dispuesto como un largo viaje en un autobús Greyhound, con sus correspondientes paradas. Su principal aliento es el de la literatura 'beat'; sobre todo, naturalmente, 'En la carretera' de Jack Kerouac. Es muy emocionante la última frase, con que Strachan aquilata lo anterior: "Yo había viajado para conocer lo que en mi adolescencia había sido ese más allá".  

Al volver de Almogía. Escribe Lina, mi hermana, al volver de Semana Santa: "Mi madre y una prima suya –ambas viudas– estaban riendo, recordando anécdotas del pasado con sus maridos. Yo reía también, escuchando esas historias. De repente, la prima le ha dicho a mi madre: '¡Hay que ver, niña, cómo se termina todo, qué pena, cómo se termina todo!'. Y las risas de ambas se han transformado en lágrimas en un momento. Yo las miraba, emocionada, pensando lo que se tiene que sentir, llegados a cierta edad, viendo todo lo que se va perdiendo por el camino, y me he estremecido. Es demasiado fina la línea de separación entre la sonrisa y la lágrima, entre la alegría y la tristeza. En definitiva, entre la vida y la muerte".  

Defínase con una frase. Soy el adulto que en las bodas se pide el menú infantil. 

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En Diario Sur.

26.4.22

Sánchez, impulsor del lepenismo en España

El problema de los dirigentes mediocres es que se quedan pronto sin argumentos, si alguna vez los tuvieron. El último de Rajoy fue Podemos, la amenaza de Podemos. El de Sánchez es Vox. Lo paradójico es que su comportamiento es el contrario del que correspondería si temieran de verdad la amenaza: en vez de actuar para combatirla en la práctica, la alientan. La paradoja se explica, claro, porque la amenaza solo es considerada instrumentalmente: como argumento.

En Francia el Partido Socialista, que alentó a Le Pen (estos son ya como los Kennedy: "¿Qué Le Pen?" "Cualquier Le Pen"), ha pagado su pecado con la desaparición. Aportación patriótica insuficiente, puesto que le ha dejado un problema a Francia: Le Pen (y de paso Mélenchon). En España tarde o temprano pasará lo mismo con el PSOE, al que Sánchez –como le ha contado Varela a Mejía–ha sometido a una implacable operación de taxidermia. Del PSOE solo queda el muñeco en la estantería: dentro no hay nada. (En este sentido, Sánchez ha hecho el PSOE a su estricta semejanza.)

Como personaje poco firme, siempre envuelto en el 'bullshit' que emite con su 'langue de bois' (¡permítanme los extranjerismos!), Sánchez es un incesante emisor de síntomas. Apunto el más reciente antes de volver al que pensaba. En el Día del Libro invitó en Twitter a la lectura celebrando "la ilusión por conocer historias que nos atrapan". El amigo Amberson IV comentó: "A los amantes de la poesía y el ensayo, ni caso, oiga". Y Paseante Invisible: "Es una confusión de la parte por el todo muy común entre quienes no leen mucho". De manera que un simple tuit de Sánchez resulta sintomático de lo poco que lee. Algo que, por otro lado, no nos pilla por sorpresa. (Está muy extendido el chiste de que ni siquiera ha leído la tesis que escribió.)

El otro síntoma, más importante, es de la semana pasada, cuando Sánchez habló de las únicas dos opciones que tendrá el electorado español en las próximas elecciones generales: "Una coalición de la derecha con la ultraderecha o una coalición de centroizquierda entre el PSOE y el espacio que represente Yolanda Díaz". La formulación no solo es tramposa. También es, como digo, sintomática: revela muchísimo... por medio de la ocultación.

No sé si Sánchez tiene sentido de culpa (es dudoso, en un narcisista blindado como él), pero desde luego sí tiene conciencia de lo que hace. Y sabe que está mal. Por eso lo esconde. Para formar un futuro Gobierno, Sánchez deberá pactar con los mismos con los que ha pactado para formar el actual Gobierno. No solo con "el espacio que represente Yolanda Díaz", sino también con Podemos (si no van en el mismo "espacio"), y con ERC y con Bildu. Un centroizquierda muy peculiar, que incluye a golpistas y a proetarras; nacionalistas y xenófobos ambos, por cierto, a unos niveles que rebasan los de Vox.

A diferencia de en Francia, en España está malversada la palabra "ultraderecha". La ha malversado la izquierda. Aquí se ha acusado de ultraderechista hasta a Ciudadanos. Por supuesto, también al PP. Vox, cuando ha surgido, se ha encontrado con el camino muy allanado. ¿Con qué van a calificarlo ahora si el significado que le han dejado al término "ultraderechista" es "crítico con el Gobierno" (o, como recordaba Álvarez de Toledo, "crítico con el nacionalismo", lo que ya no es solo malversar, sino invertir su significado)?

Ahora Sánchez se presenta como la única alternativa al lepenismo que impulsa. Como si él fuese Macron y no todo lo contrario: alguien contra el que votar, entre sus dos opciones.

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En The Objective.

19.4.22

El rodríguez místico

Me quedé en casa de rodríguez los días decisivos de la Semana Santa, el jueves y el viernes. Estaría solo hasta el sábado al mediodía. Decidí aprovechar para un retiro que podríamos calificar de místico, pero que era más propiamente introspectivo. Tenía algo que ver con la duda metódica, con el cuestionamiento de todo. Por ver si surgía alguna luz. Lo primero en estos intentos es hoy la desconexión. Salir de las redes: como pez panza arriba.

En el pasado era quitar la tele. La situación recordaba a la de las primeras veces en que, de adolescente, la casa era solo para mí por esas fechas. Mis padres, mis hermanos y mi abuelo se iban al pueblo y la multitudinaria casa adquiría un silencio inédito. Yo, ritualmente, cambiaba un par de muebles de sitio y sobre todo cubría la pantalla del televisor con una sábana bonita. Pretendía sacarle al ambiente algunos destellos espirituales, o de hedonismo estético. La mesa la había pegado al ventanal de la terraza y pasaba horas allí, leyendo, escribiendo, mirando el tránsito de la luz por las fachadas, sintiendo la brisa ya de primavera. Llegaba a soluciones más o menos zen, de conformidad con el presente, de reconciliación. Había poco pasado entonces que enturbiara.

Este año he tratado de ver cómo lidiar con las crisis que se acumulan, con el pasado crepitante; de atisbar un futuro que sea algo más que naufragio. Me propuse no hacer nada, ni siquiera leer. Pasé el jueves en la mesa de la brisa, en el sillón, en la cama. Horas huecas. Nada se volvía más claro. Únicamente la insidiosa presencia de un vacío: el vacío interior. Entró la noche y me acosté temprano. Estaba descansado. No me dormí. A medianoche me levanté y me asomé a Twitter. Estaban los semanasanteros de Sevilla con la Madrugá y los de Málaga con la legión y el Cristo de la Buena Muerte. Pinché en los vídeos de animales de Instagram: monos, gatos, perros, jirafas, serpientes, cocodrilos, águilas, colibríes, rinocerontes, hienas, cebras, gacelas, hipopótamos, leopardos, tigres, canguros, ratas, búfalos, leones; todos con sus carantoñas, su rebeldía y su sumisión, su curiosidad, sus tensiones, su miedo, su hambre, unos huyendo, otros depredando. Por último, me puse un par de podcasts atrasados, un 'Crónica Rosa' y un coloquio (no muy lucido) sobre Benet. Pasadas las tres me pude dormir.

El viernes me desperté con un escepticismo purificador. La peripecia inmóvil del jueves me había llevado a una conclusión no necesariamente amarga: el yo no existe. Hay un hatajo de nervios y borrones, de nódulos emocionales, de guirigay psíquico, una maraña de fraseología recurrente. Solo vale la piel, por un lado (la vida rodando por el cuerpo); y por el otro el hacer. Este hatajo, emplearlo en cosas: proyectarse, producir. Se puede dejar un espacio a la contemplación, pero no desordenadamente: conveniencia de la meditación reglada. Pasé el día más relajado, tuiteando, leyendo. También la prensa: polvorones retóricos de mis colegas sobre las procesiones. Salí por zonas desiertas de la ciudad. Por la noche me puse un vídeo (estimulante) sobre Piglia.

El sábado comprendí, no sin sorpresa, que habían resultado unos días purgativos, como me había propuesto. Advino la ligereza, con su picoteo de alegría. La jornada estaba en su punto de esplendor: sol y brisa. Faltaba el mar y fui a buscarlo. Atravesé paseos marítimos festivos, con los chiringuitos y las playas a tope (pensé, claro, en Ucrania sin paz). Me tomé un whisky y metí los pies en el agua. Seguí caminando por la orilla el resto de la tarde. Muerte y resurrección, al cabo.

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En The Objective.

17.4.22

Frío en el sur

Oíamos el Polo Norte y evocábamos la nieve, la congelación, los esquimales, los iglús, el oso blanco, las focas, los pingüinos... Pocas expresiones había tan potentes. Era ella la que nos remitía al frío máximo. Con la lógica implacable de los niños, tiránicamente simétrica, sentenciábamos que, si el Polo Norte era eso, el Polo Sur era lo contrario: el lugar del máximo calor. Pronto aprendimos que no, sin que dejara de asombrarnos. Otra pareja de expresiones, Círculo Polar Ártico y Círculo Polar Antártico, apoyaba el nuevo conocimiento: indicaba dos lugares equivalentes de frío. Pero en los pensamientos o en las conversaciones dejamos de utilizar el Polo Sur (se prefería, por ejemplo, la Antártida), como si el sur estuviese asociado de manera inseparable al calor. Aún es contraintuitivo pensar que al sur del sur hace tanto frío como en el norte.

El sur en el que vivo, el de la Costa del Sol, el de Málaga, tiene una relación curiosa con el frío. Los inviernos suelen ser templados, pero de pronto hay noches en que el frío se cuela y no hay modo de acabar con él. Porque nos pilla descuidados, por la falta de preparación de las ropas y las casas o, sobre todo, por la insidiosa humedad, se trata de un frío que penetra sibilinamente, toma la plaza y nos rinde. Si se mete en el cuerpo, ya no hay nada que hacer. No es frecuente, pero todos los malagueños, y muchos visitantes desprevenidos, hemos sufrido algunas de las noches más frías de nuestra vida en Málaga.

Hay otro frío posible en el sur y que es compatible con los días soleados. Podríamos llamarlo el frío interior, o el frío del alma. El protagonista de Trastorno, de Thomas Bernhard, lo expresa con exactitud: "El frío está dentro de mí, de modo que da igual adónde vaya, el frío entra en mí conmigo". Es el puro frío existencial. En uno de los discursos de Mis premios, Bernhard habla del desencantamiento del mundo: "Vivir sin cuentos de hadas es más difícil, por eso es tan difícil vivir en el siglo XX; solo existimos; no vivimos, nadie vive ya". Más adelante: "Tenemos mareos y tenemos frío. Creímos que, como al fin y al cabo éramos hombres, perderíamos nuestro equilibrio, pero no hemos perdido nuestro equilibrio; y hemos hecho todo lo posible para no tener que helarnos". Y al final: 
Estamos asustados de la claridad de la que de repente se compone nuestro mundo, nuestro mundo científico: nos helamos en esa claridad; pero hemos querido tener esa claridad, la hemos conjurado y por eso no podemos quejarnos de la claridad que ahora reina. Con la claridad aumenta el frío. Esa claridad y ese frío reinarán en adelante. La ciencia de la naturaleza será para nosotros una claridad más alta y un frío mucho más crudo de lo que hoy podemos imaginar. Todo será claro, de una claridad cada vez mayor y cada vez más profunda, y todo será frío, de un frío cada vez más espantoso. En el futuro, tendremos la impresión de un día cada vez más claro y cada vez más frío. 
La lucidez aporta falta de sentido y, sobre todo, de calor. El Ricardo Reis de Fernando Pessoa escribe en su oda XX (traducción de Ángel Campos Pámpano):
Cuidas, intransitable, que cumples, apretando
tus infecundos, trabajosos días
en haces de yerta leña,
sin ilusión la vida.
Tu leña es tan solo peso que llevas
a donde no hay fuego que te caliente.
Otros dos versos de después: "Poco usamos lo poco que tenemos. / La obra cansa, el oro no es nuestro". Y dos más: "cuando, acabados por las Parcas, seamos / bultos solemnes, de repente antiguos, / y cada vez más sombras". Todo termina, por supuesto, en "la frialdad estigia".

Alguien preguntó si era posible ser pessoano en Málaga. Agradecí la pregunta. Ahora Lisboa es también una ciudad turística, no exenta de sol ni de alegría en las estaciones adecuadas. Aunque la saudade portuguesa empapa el ambiente; y la nostalgia del imperio que, como en los poemas de Mensaje, es metafísica: "Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués". Pero sí, se puede ser pessoano en Málaga, a pesar del Mediterráneo, el mar con fin.

Un amigo me contaba el consejo de su madre, de uso para malagueños: "Cuando estés triste, sal a la calle. En las calles de Málaga, solo con el sol y la gente, con la playa, te animarás". Y sí, funciona a veces, incluso con frecuencia; pero no siempre. Hay días de postal incompleta: se está en un escenario propicio, reluciente, vitalista..., pero en el que falta lo fundamental. Son curiosas las deambulaciones zombis por los espacios soleados. El mar ayuda, lo escribí la otra vez, pero no es suficiente. Hay calores extranjerizantes, como el de El extranjero (o El extraño), de Albert Camus. También lo experimenta la protagonista de La hora de la estrella, de Clarice Lispector, en su extrañeza radical cuando emigra a Río.

En cuanto a la escritura, es una solución fría. Al menos acompaña: hasta el final. Por volver al principio, tiene que ver con el Polo Norte. El prólogo de Ernst Jünger a Radiaciones empieza así:
En estas páginas se alude al diario de los siete marineros que en el año 1633 invernaron en la pequeña isla de San Mauricio en el océano Glaciar Ártico. Allí los había dejado, con su consentimiento, la Sociedad Holandesa de Groenlandia, a fin de realizar estudios sobre el invierno ártico y la astronomía polar. En el verano de 1634, cuando regresó la flota ballenera, se encontró el diario y siete cadáveres.
La escritura como las huellas del trineo en la nieve, solo que no llega a ningún sitio: se queda en la página. Hasta que no haya quien escriba ya.

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12.4.22

Así se restauran los viejos valores

Quienes veían en Rusia la reserva espiritual del mundo, la impulsora de la restauración de los viejos valores, podrían haber hecho una de estas dos cosas ante los crímenes de Putin: o retractarse de su idea, o separarla de Putin. Lo que han hecho, en cambio, ha sido reafirmarse en su idea y defender (o excusar) a Putin. No hay acontecimiento que no refuerce el pesimismo antropológico.

Estos cristianos sin piedad son otra prueba de que nadie es imposible, como escribió Borges precisamente hablando de la literatura rusa: "Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia; personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre...". El mensaje ecuménico de Cristo pasaba, para estos cristianos, por el bombardeo de ciudades y el asesinato de la población civil, incluidos niños.

Putin no ha hecho más que desenfundar sus tanques, como revólveres, en la guerra cultural. En el discurso que dio el 3 de marzo para justificar la invasión de Ucrania (u "operación especial", en su fórmula propagandística), dijo que los países occidentales "pretenden destruir nuestros valores tradicionales e imponernos sus falsos valores para erosionar a nuestro pueblo desde dentro; esas mismas actitudes que están imponiendo agresivamente en sus países y que conducen directamente a la degeneración y a la degradación, puesto que son contrarias a la naturaleza humana".

Esa apelación acrítica a "la naturaleza humana", bajo supuestos teológicos y oscurantistas (antiilustrados), muestra la endeblez real de los viejos valores que con tanto énfasis pretende sustentar. Siempre me acuerdo en estos casos de lo que dijo Jünger (últimamente sale mucho en mi columna) de las pretensiones conservadoras, tanto en política como en arte o religión: "extienden cheques contra activos que ya no existen". Sus defensores, por ello, son literalmente unos estafadores.

En el repaso de Julio Tovar a "los filósofos de Putin" asistimos a un apabullante surtido de majaderías. El más campanudo es el inefable Duguin, que habla de restaurar "la autoridad moral" de Rusia. Espiritualismo, nacionalismo fanático y totalitario, impostaciones historicistas... Chatarra decimonónica que reaparece como si nada.

A un veterano escritor español que ahora comparte el discurso de Putin le oí decir en una conferencia de 1992 que el Islam era el gran pulmón espiritual que quedaba. Los reaccionarismos confluyen. A propósito, me acuerdo de una frase de Mohamed VI que leí en Asilah en 2008. La pronunció en su Fiesta del Trono de aquel año y a mí me hizo gracia porque, al lado del periódico marroquí en que la leía (en francés), yo llevaba un libro de Cioran, como diablillo en aquel contexto: "No hemos de ceder ante los cantos de sirenas nihilistas que esparcen la desesperación y siembran la duda".

A los autócratas más o menos teologales les incomodan, pues, la degeneración (cómo no recordar el "arte degenerado" de los nazis), la degradación, la desesperación y la duda. Dando por supuesto que ellos no son la mayor degeneración y degradación, ni la mayor causa de desesperación, ni los mayores sembradores (por su antiejemplo) de la duda...

Así que para evitar los difusos males del relativismo, el pluralismo, el materialismo, el posmodernismo, el escepticismo, el hedonismo e incluso el confusionismo sexual había que invadir salvajemente un país y provocar males contundentes, contabilizados en ruina y sangre. Pero nuestros putinistas ni se inmutan: siguen argumentando sin tomar en consideración la guerra que tienen ante sus narices. Lo que es otro indicio de lo alejados que están de la realidad.

Al menos aportan contenido semántico a la expresión "los viejos valores". En efecto, van atados al crimen.

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En The Objective.

5.4.22

Filosofía es distancia

Filosofía era la asignatura de los desubicados. También de los que no lo parecíamos porque sacábamos buenas notas; estos éramos, naturalmente, los más desubicados. En vista de los resultados en las biografías (económicos y de todo género) se podría pensar que la filosofía terminó de hundirnos. Pero no: el daño estaba hecho. La filosofía fue buena porque mejoró la calidad del naufragio permanente; le otorgó una suerte de épica abstracta, que daba compañía.

Tenía una curiosa cualidad la asignatura. Era algo serio, una subida de nivel: de pronto la cosa iba para arriba; pegábamos un estirón. Era por ello una asignatura adulta; en verdad, la asignatura más adulta, o la que marcaba la adultez. Pero al mismo tiempo nos remontaba a los asombros de la infancia ("el niño es espontáneamente filósofo", dijo alguien), encubiertos por los años. Esta doble condición, ideal para la adolescencia, enganchaba.

Por eso estaba bien que apareciera tarde; a condición de que lo hiciese de modo ineludible. No podía ser optativa, sino obligatoria: había que pasar por el trago filosófico.

Los que nos apasionamos tanto que luego quisimos hacer la carrera ("Filosofía Pura", se decía gloriosamente) nos tuvimos que pasar todo el verano previo a la universidad, si veníamos de una familia sin estudios, tratando de responder a una pregunta embarazosa que nos lanzaban padres, abuelos y tíos: "Niño, ¿eso de filosofía qué es lo que es?". Habíamos encomendado nuestro futuro a algo incierto. Éramos de esos inquietantes hijos, que decía Pla, "en forma de nebulosa".

Pero hay una intuición popular de lo que es la filosofía. Cuando uno le dice a otro que se tome algo (por lo general, algún revés) "con filosofía" le está diciendo que se lo tome con distancia. Filosofía es distancia. Una distancia sabia, analítica, comprensiva, contextualizadora. En este ejemplo común se ve la relación que se da en la filosofía entre el pensamiento (o la razón) y la vida: se trata de un pensar que ofrece la posibilidad de vivir mejor. Dentro de la desubicación incluso.

Un filósofo tan encendido como Nietzsche predicó, quizá no tan paradójicamente, "el pathos de la distancia", que él asociaba a la nobleza. Una nobleza, entendemos hoy, que está al alcance del que se lo proponga. Pero es difícil. En Crepúsculo de los ídolos expone unos propósitos de distancia recomendables. Podemos leerlos contra Twitter. Y contra la precipitación ideológica; incluida la del Gobierno (o el Parlamento) que emite modelos educativos que, en justa venganza, merman la filosofía.

Escribe Nietzsche: "Aprender a ver: habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos-acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear y a abarcar el caso particular desde todos los lados. Esta es la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad: no reaccionar enseguida a un estímulo, sino controlar los instintos que ponen obstáculos, que aíslan. [...] Toda no-espiritualidad, toda vulgaridad descansa en la incapacidad de oponer resistencia a un estímulo".

Empecé, pues, la carrera de Filosofía. El primer día de clase fue premonitorio. Llegué exhibiendo aspaventosamente (¡así funciono!) el libro Adiós a la filosofía, la antología de Cioran que hizo Savater. Los profesores resultaron ser un fraude. Nada que ver con los del instituto: toda la buena suerte que tuve aquí, la tuve de mala en la universidad. Así que abandoné Filosofía. Después de haber aprobado el primer curso, por supuesto, con sobresaliente.

He seguido luego por mi cuenta, por afición. Y por la necesidad destapada en los tiempos del instituto. Los pomposos utilizadores partidistas de la enseñanza pública vienen privando a los estudiantes que solo la tienen a ella de esa oportunidad. Los desubicados lo seguirán siendo de peor manera. En su desubicación no echarán nada de menos, porque ignorarán lo que han perdido: lo que les han quitado. 

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29.3.22

Los titanes venideros

Los lectores de Ernst Jünger volvemos a él en los momentos de convulsiones históricas, porque en sus libros la historia aparece a la vez candente y distanciada. Es un efecto extraño. Por un lado, la historia está en su crudeza, en sus detalles y sufrimientos; por el otro, está como en una burbuja, alejada, contemplada con perspectiva. Resulta a un tiempo desgarrador y balsámico. El efecto es el de la lucidez.

Mi amiga Dolores González Pastor, que se estaba leyendo sus diarios de la segunda guerra mundial, Radiaciones (Tusquets), se incorporó espontáneamente a esta tendencia. Cuando Rusia invadió Ucrania, se dio cuenta de cómo la realidad reforzaba la lectura que se traía entre manos; o al revés, de cómo esa lectura le daba espesor a la realidad. A mí me pasó lo mismo. Leí Radiaciones en el verano de 1991. A continuación se produjo el golpe de Estado contra Gorbachov en la Unión Soviética. En pocos días fracasó, pero aquellos días los viví con la gravedad penetrante que me había aportado el libro.

Hoy Jünger habría cumplido 127 años. Murió a un mes de los 103. Cuando llegó a centenario, dijeron: "Ha superado la vejez y ha ingresado en la edad de los patriarcas". Él respondía: "Uno envejece bien solamente si se mantiene joven". Esto viene en una de mis lecturas de estas jornadas, Lo titanes venideros (Página Indómita), que recoge tres largas entrevistas que Antonio Gnoli y Franco Volpi le hicieron en 1995. Volpi publicó después un inesperado best seller filosófico, El nihilismo; y a los cincuenta y seis años murió en un accidente de bicicleta: el ciclismo era su otra pasión, junto con la filosofía. Jünger, por su parte, entre la primera entrevista y las siguientes estuvo en El Escorial: fue cuando lo nombraron doctor honoris causa por la Complutense.

Empecé Los titanes venideros en busca de este párrafo, que es la respuesta de Jünger a la pregunta de cómo se imaginaba el siglo XXI: "No tengo una idea demasiado feliz y positiva. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en 'Pan y vino' escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura".

En otra ocasión dice, completando lo anterior: "Con el siglo XXI entraremos en una nueva era de los titanes que se caracterizará por la liberación de una inmensa cantidad de energía. Pienso ante todo en la energía atómica. [...] El planeta se verá sometido a una aceleración a la que la humanidad tendrá que adaptarse transformándose a sí misma. Lo viejo habrá de ceder su sitio a lo nuevo. He aquí por qué el Trabajador seguirá siendo la forma de hombre adecuada a la nueva realidad. [...] Sin embargo, yo estoy convencido de que la poesía no es un lastre inútil, sino que forma parte de la naturaleza del hombre". Y en otra: "Para mí lo importante sigue siendo el Individuo, el gran Solitario, capaz de resistir en las situaciones difíciles para el espíritu, como la que está llegando y que será una nueva edad del hierro".

He leído también El nudo gordiano (Tusquets), un ensayo oracular de 1953 que trata, según el propio Jünger, de "'este y oeste' como tema principal de la historia". Dicho de un brochazo, de la polaridad entre libertad y despotismo. Se lee con la guerra actual en la cabeza. Como en este pasaje: "Sus jefes [los de oriente] no se parecen a Alejandro Magno, que es el modelo de los príncipes y generales del oeste. Al igual que Gengis Kan, ellos ven su gloria y su fortaleza en 'no ser nunca clementes'". O en este: "Una persona singular que combata libremente y un jefe como Leónidas [¡o Zelenski!] que pueda contar con ella contrapesan masas enormes. Por su mera radiación el elemento espiritual representa ya en sí mismo un arma".

De Radiaciones es pertinente ahora leer las Anotaciones del Cáucaso, sobre el tiempo que Jünger pasó en el frente ruso. Allí, entre otras cosas (por ejemplo, buscar entre los generales alemanes a un Sila que derrocara a Hitler: no lo encontró), le interesó conocer la montaña en que sufrió condena el titán Prometeo. 

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26.3.22

Dietario: Cielo naranja

Cielo naranja. De la lluvia que acabó con la sequía de los últimos meses me dijo una amiga que tiene un campito: "No llueve agua, llueve oro". Pero al día siguiente llovió barro. El cielo era naranja y recordé que para María Zambrano este es el color del sacrificio. Una semana después ha vuelto la atmósfera naranja, desde el cielo hasta el suelo. El barro se nos mete en los ojos y respiramos barro. Guerra, crisis, desabastecimiento: el naranja sacrificial. 

Escribidores. Málaga se llena de escritores. Unos vienen al festival Escribidores de La Térmica, auspiciado por Vargas Llosa, y otros al MaF que organiza Cristina Consuegra; algunos a los dos. Yo acompaño a mi amiga Pilar Álvarez, editora de Alfaguara, a la presentación en la Biblioteca Manuel Altolaguirre de la novela de Juan Tallón Obra maestra. La hace Olga Merino, que el día después presenta en el Museo Ruso, junto a Consuegra, Cinco inviernos, el libro en que cuenta sus años de corresponsal en Moscú. La invasión de Ucrania por parte de Rusia carga de gravedad la tarde. Merino expresa su desolación al comienzo, pero el acto resulta precioso; con pausas musicales del pianista Daniel Blacksmith. (En los días siguientes leo los libros dedicados de Tallón y Merino: estupendos.) 

Ovejero quería salir. Nuestro amigo Félix Ovejero, gran y valiente pensador, viene a dar una charla en La Malagueta, pero sobre todo viene a salir en este dietario. "¡Me tienes que sacar!", me dijo. Su acto empieza justo cuando termina el del Museo Ruso, así que cojo un taxi y me pongo en el iPhone la retransmisión en directo por YouTube. Sigo viéndolo mientras camino tras bajarme del taxi hacia el lateral de la plaza de toros, con el audio por los auriculares, hasta que, como en un cuento de Cortázar, atravieso la puerta que me mete dentro de la retransmisión. Después nos vamos todos a Los Delfines a cenar, cómo no, pulpo frito; que ya ha salido mucho en este dietario. 

La veleta de Proteo. Quedo con Pilar, que quiere visitar librerías malagueñas antes de volver a Madrid. En Rayuela recuerdan a Juan Manuel Cruz, que murió al poco de jubilarse. En Proteo, reabierta tras el incendio del año pasado, Jesús Otaola nos enseña el memorial del fuego, una vitrina con libros quemados, y nos explica cómo fue la restauración, mientras vamos subiendo por las plantas. Es apasionante el mimo con que lo hicieron, intentando recuperar lo recuperable: las escaleras de mármol, los suelos antiguos, las estanterías... Al llegar arriba, Otaola nos hace subir todavía más: por una estrecha escalera de madera accedemos a la azotea, donde hay una veleta con don Quijote y Sancho. "Este es el remate de la librería", dice el librero. 

Un antílope que saluda. Me he aficionado a mirar en el ordenador lo que ocurre en una charca de Kenia y en otra de Namibia. En cada una hay una cámara que lo retransmite en directo las 24 horas. Por la primera pasan elefantes, gacelas y algún hipopótamo; por la segunda cebras, ñús, hienas y antílopes; y por las dos aves, un perpetuo piar de aves. He hablado mucho en Twitter de esta afición. Por eso, cuando puse que había descubierto otra cámara que enfoca un tramo de Copacabana, en Río de Janeiro, mi amigo Jaime Llopis, que vive allí, me dijo que un día me haría gestos "como si fuera un antílope de tus otras webcams, pero saludando". Y así lo hace. Me avisa de que va a pasar, pasa y me saluda. Otra alegría que me llega de Brasil. 

Colores veleños. El primer día del cielo naranja fuimos, por la tarde, a visitar la exposición de Evaristo Guerra en el Archivo Municipal. Ahí estaban esos naranjas, y otros muchos colores (los Colores veleños de su título), en los cuadros: ya no como signos sacrificiales sino celebratorios. Felicidad instantánea en la sala. Fuera seguía lloviendo y dentro un paraíso cálido. Nadales, Toscano, Arias y yo vimos muchos de esos cuadros en su estudio de Torre del Mar, cuando fuimos a visitarlo hace dos veranos. Antes el pintor nos había enseñado sus murales en la ermita de Vélez-Málaga. Entre las muchas cosas que nos contó, con su sensibilidad y su gracejo, recuerdo la de la pared que se propuso pintar como si no hubiera pared: es decir, pintando el paisaje que había al otro lado. Solo que el suyo es un paisaje transfigurado por el arte: en su esencia, en su esplendor; el paisaje visto con una mirada que no decae. También nos habló de su relación con María Zambrano, y de cómo, cuando murió, él se quedó solo velando a su paisana. Uno de los cuadros de la exposición es precisamente un homenaje a ella. A la salida estuvimos tomando una caña con el pintor, su hija y su nieta (Lola y Lola; la segunda, listísima, estudia nanotecnología en Hannover). Nos dedicó el catálogo, dibujándonos un árbol a cada uno. Seguía lloviendo, pero ya solo agua; o sea, de nuevo oro. 

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22.3.22

El hongo nuclear

¿Qué esperanza podemos tener cuando un sujeto tan irrisorio y despiadado como Putin tiene en su mano la destrucción del mundo? Yo también me dejo ilusionar con una salida, es casi inevitable proyectar una puerta abierta. Pero seamos serios: las posibilidades son pocas. (Y aun así sigo haciendo mi vida normal: el instinto de supervivencia se resiste.)

Supongo que era cuestión de tiempo. Que los gobernantes (esos seres tarados por definición; particularmente en las autocracias) dispusieran del arsenal nuclear garantizaba el uso, tarde o temprano, de ese arsenal. Y si no ocurre con el Putin de ahora, ocurrirá con otro Putin inminente, no necesariamente ruso. El optimismo de Fukuyama sobre el fin de la historia entre países cargados de armas atómicas, eludiendo esta tensión, era de una blandura risible. Salvo que el fin de la historia fuese en el lote del fin de todo lo demás. (Un Fukuyama sarcástico es el que se podría salvar, ya para nadie.)

Por lo demás, vemos ahora que en 1989, con la subida del telón de acero, no terminó nada. Quedaba una esquirla soviética, Putin. Como en Alien, el monstruo de la URSS seguía a bordo, alojado en la última pieza de aquel régimen. Tiene su gracia trágica. En solo diez o quince años más ya estaría muerto, y de la URSS apenas restaría memoria secundaria: con otros sátrapas, remedos mafiosos de los zares, pero ya no soviéticos. Pero el último agraviado, un necio nacionalista como todos los nacionalistas, dispone del botón compensatorio. Su vida no vale nada y por eso tampoco vale la de ningún ser humano. No aceptará que siga existiendo un mundo en el que él sería el hazmerreír.

En las décadas de la disuasión nuclear, las de la guerra fría (que sepultaba el máximo calor imaginable), pensábamos a menudo en el polvorín sobre el que vivíamos. Me recuerdo de niño y adolescente dedicándole minutos al tema, con una preocupación fantasmagórica que no dejaba de ser preocupación. La ansiedad se conjuraba en películas, como la famosa El día después. Proliferaban historias con paisajes postapocalípticos. Persistía un miedo de fondo y Eugenio Trías escribió que el hongo más alucinógeno era el nuclear.

La teoría de la disuasión era a la que nos agarrábamos para calmarnos. No había otra. Pero yo, mientras me agarraba también a ella, no dejaba de pensar en la posibilidad de un psicópata. Un psicópata cuya probabilidad fuera creciendo con el transcurso de los años; es decir, conforme fuera creciendo el muestreo, por la mera sucesión de gobernantes desde el momento de Hiroshima. Porque lo cierto es que la historia es milenaria, mientras que las bombas atómicas llevan solo unas décadas. Demasiado poco para tranquilizarse.

El caso es que la Unión Soviética cayó, se dio por concluida la guerra fría y no se pensó más en la guerra nuclear. Los países, sin embargo, seguían con sus arsenales. Solo Ucrania le entregó el suyo a Rusia, sin sospechar que se haría cargo de él el último dictador soviético. Pero esto se ha visto más tarde. Entonces, durante treinta años, se impuso una especie de triunfo transparente de la disuasión. Las piezas nucleares se disponían como en un tablero de ajedrez, dándose por supuesto que había unas reglas, y que los jugadores sabían lo que se traían entre manos.

Pero olvidar que entre los seres humanos surgen con demasiada frecuencia tipos indeseables, susceptibles de estar al mando de las naciones, sí que era una alucinación.

Con ella tenemos que vivir, con todo. De momento, armándonos hasta los dientes. Y pensando (fantaseando) que no, que no sucederá. ¿Qué otra cosa podemos hacer? 

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15.3.22

La incompetencia de la América católica

La pregunta de cuándo se jodió el Perú es la pregunta de cuándo se jodió América Latina y cuándo nos jodimos todos, porque a España la ha alcanzado también su destino latinoamericano ("el íntimo cuchillo en la garganta"). Los hilos de este abigarrado despropósito se exponen con precisión en el monumental Delirio americano del colombiano Carlos Granés (Taurus), que Manuel Arias Maldonado llamó en su presentación de Málaga "un clásico instantáneo". En efecto: es uno de esos libros ambiciosos que deslumbran por lo que prometen y admiran por cómo lo cumple. En cuanto se ha publicado, se ha convertido en una referencia imprescindible.

Trata de la historia cultural y política de América Latina durante el siglo largo (121 años) que va de la muerte de José Martí (1895) a la de Fidel Castro (2016): principio y fin en Cuba, como lugar de irradiación; irradiación que sigue. Con la liberación de la última colonia española en 1898, irrumpe una nueva sombra sobre Latinoamérica: la de Estados Unidos. En el ensayo fundacional del uruguayo José Enrique Rodó, Ariel (1900), se plantea la disyuntiva entre la América anglosajona y la latina, cuya identidad debe buscarla esta última por oposición a la primera. Una desgracia fatal es que en el lote anglosajón, junto con la funcionalidad, el pragmatismo, el individualismo o el materialismo del dólar, va la democracia.

Granés explica cómo esta búsqueda de la identidad latinoamericana, que en principio era general, se desgaja enseguida en los particularismos nacionales. Al cabo, es el nacionalismo de cada país el gran motor identitario, que combinado con el militarismo y el populismo, más un indigenismo de carácter mayormente victimista, conduce al prolongado desastre de la historia latinoamericana: una historia dominada por la inestabilidad, las crisis, los traumas, las dictaduras y las democracias fraudulentas, injustas, desiguales y débiles. El autor pormenoriza todos los elementos, con un virtuoso relato analítico en el que va combinando la simultaneidad de los distintos movimientos y países con la linealidad conjunta del avance histórico; una maestría narrativa, en elegante prosa ensayística, que la profesora Dunia Gras ha comparado con las grandes novelas del boom.

En este complejo panorama se podrían destacar cuatro hitos: la revolución mexicana; el militarismo de corte fascista promovido por Lugones; el populismo de Perón (fórmula triunfante a la postre, con contagios fuera de América Latina, incluido en España); y la violencia revolucionaria alentada por la victoria castrista. Todo se termina mezclando y hay bandazos a derecha e izquierda, a veces entre los mismos protagonistas, pero algo permanece: el desprecio por la democracia liberal, la tendencia al autoritarismo. Este es el principal delirio.

La historia política de que se ocupa Delirio americano deprime pero no aburre. Y además incluye otra historia todavía más seductora que la anterior: la cultural, con que Granés la trenza, en un brillante despliegue que va del modernismo al actual gótico latinoamericano, pasando (es lo más irresistible del libro) por el rico mundo de las vanguardias, con sus excéntricos personajes. La conclusión, estricta creatividad aparte, no es demasiado honrosa para el gremio de los intelectuales, los escritores y los artistas: no ha habido dictadura, matanza, represión o ruina sin su aval, y en múltiples casos sin su incitación y colaboración directa. También las padecieron, naturalmente. Pero son contados los casos de lucidez ilustrada, de inquebrantable defensa de la libertad. El último Huidobro, por ejemplo; los poetas mexicanos de Los Contemporáneos (equivalentes más o menos a nuestra Generación del 27); artistas como Rufino Tamayo y José Luis Cuevas; Octavio Paz y Vargas Llosa; o los admirables surrealistas peruanos César Moro y Emilio Adolfo Westphalen (¡qué emocionante ver siempre en su sitio a los discípulos de André Breton!).

No puedo concluir sin resaltar la importancia que tiene en el libro Brasil, país que es una de mis pasiones y que, pese a la singularidad de su portugués, sigue la corriente latinoamericana común. Se habla desde Oswald de Andrade y Tarsila do Amaral a Caetano Veloso y su Tropicália, pasando por el presidente Getúlio Vargas, su ministro Capanema o la construcción de Brasilia. Precisamente en una canción de Veloso, Podres poderes [Podridos poderes], hay una exacta síntesis premonitoria de Delirio americano: "Será que nunca faremos senão confirmar / a incompetência da América católica / que sempre precisará de ridículos tiranos?". Solo esfuerzos críticos como el de Carlos Granés podrán, quizá, quebrar ese nunca, ese siempre

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8.3.22

La resistencia ucraniana

Los franceses tuvieron que inventarse la resistencia contra los nazis en la Francia ocupada porque no se resistieron a ellos cuando llegaron, para que no la ocupasen. En La caída de París, de Herbert Lottman, se cuenta un detalle significativo. Los nazis han invadido la ciudad y hay inquietud entre los parisinos, sobre todo entre los tenderos. Esta inquietud se disipa cuando el primer soldado alemán entra en una panadería y paga su baguette. Los alemanes pasaron tres años en París relativamente a gusto; entre ellos mi admirado Ernst Jünger (al que volveré pronto).

La resistencia ucraniana contra los rusos sí se ha manifestado en directo. Es de una hermosura desoladora: un empeño inútil, un sacrificio a cambio de una escenificación. En el escenario, los militares de Putin son ya unos seres irredimibles. Rusia entera es un país en la basura, excluido, arruinado por su sátrapa. Ucrania caerá, pero Rusia ya ha caído. Los rusos que también resisten lo saben. A ellos (a ellas: la anciana superviviente de Leningrado; la joven rubia del abrigo elegante, elegancia que no pierde en el revolcón de la policía) tendrán que volverse sus compatriotas cuando quieran encontrar un poco de dignidad en este tiempo de miseria.

Ha vuelto la historia y con ella el sentido de los ejércitos. Hemos recordado lo que ha sido el ser humano siempre. Eugenio Trías nos definía como "especie erótica y guerrera". El amor (o el erotismo) y la guerra. Ahora toca la guerra. No hay estadios de civilización asentados. Todo puede saltar en cualquier momento. Jünger, que conoció bien la guerra (participó en las dos mundiales), escribió en La emboscadura, a propósito del socialdemócrata berlinés que abatió a unos cuantos nazis en el pasillo de su apartamento durante un registro: "Los periodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas. Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio se funda en la Constitución, se encuentra asegurada por ella. En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de la casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha".

Tal vez no nos gustaría que fuese así, pero es así. Hay que protegerse, porque estamos a expensas de que aparezca un Putin. Es de un realismo desagradable, pero imprescindible, reconocer que el derecho sin la fuerza es impotente. El ventriloquismo de nuestros podemitas, que reclaman la "vía diplomática" cuando los tanques rusos ya están aplastando a los ciudadanos de Ucrania, expresa el sarcasmo de las inercias ideológicas. Las cegueras que estas procuran se tornan aberrantes con los momentos decisivos. (Vale igual para el lepenismo francés: incómodos, pero lógicos, compañeros de viaje.)

La realidad ahora es la guerra, una guerra debida a un cabrón. Nadie ha alentado a los ucranianos a que resistan; tal vez habría sido más fácil para todos (fácil y humillante) que no lo hicieran. Pero han optado por hacerlo. Con o sin armas, lucharán; así que es mejor que tengan armas. Defienden la vida que vivimos, la vida democrática, frente al tirano invasor. Contra la tentación de la decadencia, han decidido dejarse la vida en el intento de preservar lo que tenían. Como los antiguos griegos. Mircea Cărtărescu ha comparado Ucrania con el paso de las Termópilas. Putin es Jerjes: un Jerjes con bombas nucleares. La historia es una repetición en espiral destructiva.

La resistencia ucraniana tiene un doble efecto (además de la estricta defensa de Ucrania, improbable): subraya la bellaquería de Putin, que ya es un condenado mundial, y revaloriza democracias como la nuestra. No imaginábamos que guardaran tanta fuerza para luchar así. 

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1.3.22

¡Abominable Clío!

Después de varios días de guerra, como espectadores esta vez implicados, hemos encontrado una rutina intensa pero atolondrada, repartida entre el atracón informativo y el desahogo en las redes sociales. Pero hay que volver al estupor inicial, ya casi enterrado: el de los primeros minutos de la invasión. Entonces se veía claro el abismo y se sentía con contundencia el vértigo: era la reacción que se correspondía con la realidad. Cuando esta es nueva y nos abofetea sin costumbre, sin la amortiguación de la costumbre. Esa irrupción innecesaria.

Cada uno está con sus problemas y de pronto adviene un problemón colectivo. La obscenidad es máxima cuando se debe a la decisión irrisoria de un tipejo: el puto Putin, alterando el mundo. Un pobre hombre que se dedica a lo que se dedica, el poder sin alegría. Un galápago de la geopolítica. Como si no tuviéramos cosas más importantes que atender. Ahora todo es ocuparse de lo que destroza, reparar sus destrozos, destrozarlo a él. Tareas subalternas que nos roban la vida. Un cretino usurpador de nuestro tiempo.

Pero la historia es eso, lo que quiebra nuestra cotidianidad; no la de un individuo, algo que puede ocurrir en cualquier momento, sino la de todos a la vez. Nos habíamos olvidado de ella; mejor dicho, nos habíamos habituado a vivir sin sus interrupciones. En España tuvimos recientemente el aviso del independentismo catalán, con su golpe a la democracia. Y el mundo ha sufrido la extenuante pandemia de estos dos años. Pero una invasión a la antigua, por parte de una potencia nuclear, es otra cosa. Con ella se vuelve al pasado, se reviven pesadillas. (Se vuelve al pasado: la historia, lineal, incurre en errores ya cometidos; hay una pereza anticipada, que no aminora el sufrimiento.)

"¡Abominable Clío!", sentenciaba Cioran, particularmente desesperado por las atrocidades de la historia en los países del este europeo. Clío es la musa de la historia. El aforismo del rumano, que viene en su libro Desgarradura, consiste solo en esa frase. Pero en una entrevista dice al respecto: "Durante muchos años desprecié todo lo relacionado con la historia. Y por experiencia sé que lo mejor es no prestarle mucha atención, no detenerse en ella, pues representa la mayor prueba de cinismo imaginable. Todos los sueños, filosofías, sistemas o ideologías se estrellan contra lo grotesco del desarrollo histórico: las cosas ocurren sin piedad, de un modo irreparable, triunfa lo falso, lo arbitrario, lo fatal. Es imposible meditar sobre la historia sin sentir hacia ella una especie de horror. Mi horror se ha convertido en teología, hasta el punto de creer que no se puede concebir la historia humana sin el pecado original".

Una característica de la historia es su carácter acumulativo, de ahí el espejismo de que se va avanzando, se va aprendiendo. Pero las lecciones las aprenden una o dos generaciones; tres como máximo. Luego se olvidan y se vuelve a las andadas, como si solo resultase pedagógico el dolor personal, intransferible. Ahora Rusia invade Ucrania y hay guerra. Lo hemos visto mil veces: los soldados, las explosiones, los heridos, los muertos, los prisioneros, las filas de los que escapan. Es una coreografía antigua en perpetuo riesgo de estetización desde fuera, aunque esta vez estemos amenazados. De nuevo: hay que situarse en el abismo, en el vértigo, en el desgarro de los que lo viven. En el lugar en que la historia se hace carne (carne doliente) como si nunca antes hubiera ocurrido.

Esto ha sido lo normal en términos históricos, precisamente. Agradezcamos el privilegio de haber vivido unos lustros libres de Clío, pero ese privilegio ha caducado. 

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26.2.22

Dietario: Vida bipartidista

Budismo costasoleño. Tardes de febrero para caminar por la costa en dirección al sol. Mejor si se ha bebido en la comida. Cuando el paseo es largo, uno va entrando en trance. La combinación del mar y la luz, la brisa y el calorcillo suaviza las asperezas, diluye las preocupaciones. De la vida va quedando lo esencial. Es como un baño del alma, que está en el cuerpo. 

La tía de Irles. Nos cuenta Irles que se ha llevado a vivir a su casa a su tía, "a sus noventa y cinco, encegueciendo a marchas forzadas, medio sorda y ya con evidentes señales de senilidad (fallos estrepitosos de memoria, desorientación frecuente)". Está mal, pero con muchos momentos de lucidez. "Ayer", dice Irles, "me contaba, seria, que no se debería vivir tanto, al menos no con sus taras, y que desearía mucho quedarse dormida y no despertarse más. Hace una pausa y a los diez segundos me dice, toda alarmada: 'Ay, mi medicina para la tensión. Tráemela, corre, que se me ha olvidado'. La razón contra el instinto". 

El espíritu de Aristófanes. El gran Ramon Fontserè me deja entradas en el teatro Cervantes para que vaya a ver la última obra de Els Joglars. Invito con mis invitaciones a Toscano, Julia y Lola. Nos lo pasamos pipa con ¡Que salga Aristófanes!, que luego celebramos tomando pulpo frito en Los Delfines. La obra no deja tópicos biempensantes con cabeza. Como hacía el clásico griego de la comedia en su tiempo, Els Joglars llevan sesenta años aplicando el disolvente del humor (inteligente y salvaje) contra los dogmas de turno. Estos van cambiando, pero la compañía no: solo en el ajuste. Es precioso que, a diferencia de tantos, Els Joglars sepan siempre dónde están los curas. 

Gag de carnaval. Mi hermano Miguel Ángel (Migue Jiménez de nombre artístico) tiene un gag buenísimo en uno de los libretos que escribió para el carnaval de Málaga. Hieren de muerte a uno, que dice: "Estoy viendo pasar mi vida como en una película". El que le asiste le pregunta por su sensación. "Flojita”, dice el moribundo, “me gustó más el libro". 

Tener una tertulia. Se ha muerto Fernando Marías. Hace veinte años teníamos una tertulia en Madrid, en el ya desaparecido Café del Prado, junto a Andújar y Mansueto (luego se incorporó Plasencia), en la que hablábamos de todo menos de literatura; nuestros temas favoritos, por este orden: cotilleos y cine. Quedábamos los jueves o los viernes con la excusa de hacer la quiniela. Qué bueno era tener esa tarde garantizada de amenidad en la semana; la hacía más llevadera, le ponía un horizonte de ilusión. Por Navidad nos dábamos una comilona de cordero en la Cava Baja. Un año en que no nos la pudimos permitir, nos dijo Fernando en el café: "Atentos. ¿No lo oís? ¡Es el silencio de los corderos!".

Naturaleza. En Málaga solo vi una vez a Fernando Marías, cuando vino a presentar El niño de los coroneles, con la que ganó el premio Nadal. Es una novela pesimista y su presentación fue pesimista también. Tanto, que una señora del público preguntó preocupada: "¿Pero entonces usted cree que nuestros nietos ya no conocerán la naturaleza tal como nosotros la conocemos por La 2?" 

Vida bipartidista. En enero me surgieron dos compromisos para febrero: un acto con Alfonso Guerra y otro con Cayetana Álvarez de Toledo. Cuando los anuncié, Manuel Sollo comentó: "Amigo, a este paso vas a ser el hombre del bipartidismo". El caso es que me descentraron. Me propuse adelgazar, pero la ansiedad me hizo comer como loco y llegué gordísimo a los dos. Han sido además semanas inútiles, en las que no he podido hacer otra cosa, con la cabeza totalmente ocupada, desestabilizado. Hasta el punto de que le he dicho a Teodoro León Gross, que me había invitado a hacer con él el ciclo sobre la Transición en La Térmica, que no participaré más. Pero conocer a Guerra fue bonito y la entrevista fluyó (salvando que me quedé en blanco al comienzo: un fallo eterno, puesto que está grabado). Cuando nos despedíamos, le dije: "Se me ha olvidado lo más importante. Te debo el Juan de Mairena". Y Guerra: "¡Entonces me debes mucho!". En efecto. Él lo mencionó en una Clave de 1982. Yo, con dieciséis años, no conocía esas prosas de Antonio Machado y las busqué: me han acompañado desde entonces. El encuentro con Cayetana fue en el Castillo de Santa Catalina, para presentar su Políticamente indeseable. Nos pusieron al aire libre, con vistas al mar, y salió estupendo. Se habló inevitablemente de política, pero quise que se hablara además de Marcel Proust, de André Breton, de Leonard Bernstein y de Yul Brynner, que aparecen también en su libro. Los amigos me animaron luego a que siguiera interviniendo en estos actos, pero mi exposición social se ha terminado por el momento.

Años malos. Tras la peste, la guerra: los jinetes del Apocalipsis van llegando de uno en uno, disciplinadamente. 

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22.2.22

Cayetana en la declinación de España (y del PP)

Les confieso que no pensaba leer Políticamente indeseable, pese a mi simpatía y admiración por Cayetana Álvarez de Toledo. La razón es que suelo esquivar este tipo de libros, más o menos relacionados con la actualidad. Para esta ya me someto a la trituración cotidiana de la prensa y las redes sociales; que están bien, pero en su sitio. Lo que le pido a un libro es, ante todo, que me saque de aquí: que me aporte otro tempo, que recomponga mis pedazos. Entonces la autora me invitó a que le presentara Políticamente indeseable en Málaga, me lo leí y me pareció una gran lectura. Es lo mejor que se puede decir: un buen libro.

Logra poner la actualidad en perspectiva, transmutándola ya en historia, en historia reciente; con el efecto de que nosotros mismos, que la hemos vivido hace nada, nos sintamos un poco extraños: aquellos hilos de nuestros días ya están solidificados ahí. Además, se nos abren nuevos puntos de visión, maniobras ocultas, comportamientos, interioridades que desconocíamos: la trastienda de lo que vivimos como noticias.

Junto a este cruce de historia y periodismo (las dos especialidades de la autora, con la política), en Políticamente indeseable hay apuntes autobiográficos, o memorialísticos, y reflexiones de gran calado, políticas, morales, culturales y hasta estéticas. Es una obra de plenitud intelectual, cuya singularidad (hacía tiempo que en España no teníamos una obra así) estriba en la combinación de la formación y el pensamiento con el conocimiento directo de la acción política. Me he acordado del extraordinario El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa, sobre su experiencia como candidato a presidente de Perú, entrelazada también con sus memorias.

Como Vargas Llosa, Álvarez de Toledo narra un fracaso: el de su relación con el Partido Popular, del que fue portavoz en el Congreso y sigue siendo diputada hasta las próximas elecciones. Una relación que sintetiza con esta expresión admirable (hay muchas expresiones admirables en el libro): “soy militante no simpatizante”. Empieza escribiendo, como ella dice, “desde el socavón”. Pero “sin amargura ni desaliento, incluso con esperanza”.

La alienta el optimismo de la vita activa, que se dispone a dar batallas, con coraje, desde la razón y el espíritu ilustrado: la batalla cultural, la batalla de las ideas y la batalla contra la decadencia. Para esta rescata una hermosa palabra de nuestro Siglo de Oro: “declinación”. Le preocupa de un modo acuciante “la declinación española”, en este tiempo de discordia dominado por los nacionalismos, los populismos, las políticas identitarias y el victimismo sentimental, por lo común chantajista. Estos movimientos disgregadores han sido acogidos por Pedro Sánchez en su gobierno, que cuestiona, unas veces por acción y otras por omisión, el mejor momento histórico de España, aquel en que alcanzó a ser una nación para todos: el de la Transición y la Constitución de 1978. La autora reflexiona enérgicamente sobre estos problemas y alienta el fortalecimiento de su partido para afrontarlos. Pero su partido, ay, también sufre su particular declinación. Es un problema más de los que acucian a la autora.

Y han llegado estos días en que la declinación del PP ha tocado suelo abruptamente, y amenaza con seguir perforando. Alguien dijo en Twitter que antes que el gobierno Frankenstein se ha roto la oposición, que predicaba unidad. Los lectores de Políticamente indeseable hemos sido espectadores privilegiados de esta crisis, que es una expansión a lo bestia de lo que se denuncia en el libro. Al final Cayetana Álvarez de Toledo ha escrito una obra de actualidad candente; que, gracias a su espléndida escritura, en ella seguirá cuando lo demás haya sido borrado. 

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15.2.22

Museo provincial de los horrores (Popurrí postelectoral)

El título de esa vieja novela de Vicente Molina Foix define la actualidad política española. Me sirvo de él para este popurrí postelectoral. Los resultados de Castilla y León concentran nuestros horrores no solo provinciales, sino también (o ante todo) nacionales

Efecto Mañueco. Mañueco aspiraba a un efecto Ayuso sin Ayuso y apenas ha obtenido un efecto Mañueco. Tal vez se deba a que Mañueco no es Ayuso. 

Teruelización. Acuñan donde Alsina un término nuevo e inquietante, a propósito de las candidaturas de provincias: teruelización. Teruel no se ha conformado con existir: se está dedicando también a teruelizar

Pasear por Soria. Recuerdo agradables paseos por Soria, con ánimo machadiano. En el próximo no me podré quitar de la cabeza la idea de que la gente con la que me cruce ha votado a Soria ¡Ya! 

La quiniela. Siempre se ha hablado de la quiniela electoral, en referencia a las apuestas previas a las elecciones. A partir de ahora, como dice Fulgencio Barrado, la quiniela será literalmente el resultado de las alianzas de después: Málaga-Teruel, Soria-Castellón, Gerona-Palencia... 

Sánchez está donde quería. Pese a la derrota del PSOE en Castilla y León, y pese a la mengua creciente de su partido en general, Sánchez está donde quería: como única alternativa a la ultraderecha (es un sueño para él que el PP ya esté condenado a la ultraderecha). Es presidente del Gobierno gracias al populismo de izquierdas y al nacionalismo (incluidos el golpista y el proetarra), o sea, es el gran legitimador de los pactos con la ultraderecha; pero ahora o hay que votarlo a él o hay que votar a la ultraderecha. Ha forzado el chantaje, igual que hizo Rajoy con el populismo de izquierdas. Presidentes cuyo único valor es no ser la alternativa chunga que fomentan... 

Y Casado donde no quería (pero se merece). El PP se ha visto en la cama con Vox en el mismísimo Día de San Valentín. Un amante gañán que se las hará pasar canutas. Y que le regala todas las futuras campañas electorales al PSOE, que ya las tiene hechas. En Políticamente indeseable, el libro de Cayetana Álvarez de Toledo, que he estado leyendo estos días, se expone la genealogía exacta que ha llevado al PP a este estado: una mezcla de incompetencia, torpeza, falta de inteligencia, cortedad de miras, cobardía, flojera y espíritu autodestructivo. El alucinado triunfalismo de Egea en la noche electoral es la culminación. Hasta ahora: sin duda, el PP seguirá culminando

Iglesias preocupado. Pablo Iglesias exhibe preocupación en Twitter por el ascenso de la ultraderecha. Falso como él solo. Nadie ha hecho más por la ultraderecha en España. Pertenece a ese tipo de irresponsables (el primero fue Zapatero) que se pensaban que los consensos de la Transición iban a poder romperlos solo por un lado. El PSOE-Podemos, además, le dejará al PP-Vox una España desinstitucionalizada y con los controles al poder debilitados. Como verdadero antifascista estoy que trino. 

El ciudadano. Por Guillermo Cabrera Infante supe que la película Ciudadano Kane se tituló en Cuba El ciudadano. Hoy podría protagonizarla Igea, que ocupará el único escaño de Ciudadanos. El plural del nombre de este partido ya le viene grande. Aunque podría significar un ideal: el ideal de un solo individuo. 

Mi confín ataráxico. Si les soy sincero, hubiera preferido que Ciudadanos se quedase sin ningún escaño. Quiero que acabe esta agonía y regresar, para siempre, a la algodonosa abstención. No salir ya más de mi confín ataráxico, de mi campana de vacío electoral, puro, absurdo, inútil, bello. Y, como dijo Max Estrella, no llevar ni una triste velilla en la trágica mojiganga. 

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12.2.22

Con Alfonso Guerra en La Térmica

En mi primera intervención tuve una de esas cornadas que sufro a veces al hablar en público (la última fue en 2016, presentando la novela de Sanz Irles Tulipanes y delirios): perdí el hilo, me quedé en blanco y le pasé la pelota a Teodoro León Gross. Pero luego todo fluyó. ¡Un gran Alfonso Guerra! Y estuvo simpático y cariñoso.

 

8.2.22

Desvalorización de las agendas

Cada año, en la sección de papelería de los grandes almacenes, se produce una callada humillación que tiene que ver con el año. Las agendas, rutilantes el 1 de enero, van perdiendo su valor conforme el año avanza.

Aguantan con su precio oficial hasta Reyes; al fin y al cabo esos días iniciales vienen a ser una prolongación del primer día, que se expande blandamente por el espacio de seis. El año español empieza de verdad el 7, en que para muchos ya todo está perdido. Por arte de birlibirloque, los propósitos de año nuevo, que se sostienen en los dietéticos, suelen perderse en ese lodazal de restos de mantecados, turrones en añicos, gominolas, champán sobrante de Nochevieja y, como tiro de gracia, el temible roscón. Algunos derrotados, sin embargo, lo volverán a intentar, y en varias ocasiones. Comprándose cada vez una nueva agenda que les depare la ilusión de un principio.

Pero los vendedores saben que para entonces valen menos nuestros propósitos, por eso rebajan las agendas. La primera rebaja llega camuflada entre las rebajas generales de la cuesta de enero. Nuestro año –no otra cosa simboliza la agenda– ha sido rebajado en un 10%, lo que supone un aviso pero aún no una debacle. Después de todo, y precisamente por la cobertura sociológica, empezar el año después de Reyes conserva algo de dignidad. Fracasar por segunda vez sí aboca a la vergüenza. A mitad de enero, las agendas ya están rebajadas en un 20%. Y en febrero en un 40%, con el aviso de "rebaja final". Será el último asidero. Después solo viene el año a la intemperie, sin agenda o con alguna de las agendas menoscabadas por el naufragio.

Qué espectaculito la rueda de los neuróticos, de los fetichistas de las fechas, por los almacenes que nos humillan; formulando segundas, terceras, cuartas y quintas oportunidades ante los carteles que proclaman que cada vez somos más baratos. Somos Sísifos que buscamos volver a la casilla de salida constantemente, solo que esta va avanzando con el año que se desploma a nuestras espaldas, siempre en el filo. El 31 de diciembre, en la última baldosa, aún seríamos capaces de intentarlo, si no tuviéramos la vista puesta en el nuevo 1 de enero, con su limpia agenda rutilante. En ese momento la rueda recomenzará.

Lo esencial es que hay un anhelo de año entero, es decir, de pureza del año: de tiempo puro. Del tiempo de Parménides concentrado en la agenda que no pasa. Del tiempo sin tocar, sin pérdida. Del tiempo, en fin, que no es tiempo. Con su precio de entrada antes de que se ponga en marcha el año. Cuando esto ocurre, el desgaste solo pueden aliviarlo las tareas cumplidas, los propósitos que se ejecutan. Que la pérdida del tiempo sea compensada por realizaciones. Una suerte de tiempo encarnado o tiempo pleno, pues el que desazona es el vacío.

Lamentablemente, solo un 8% de la población cumplirá sus propósitos de año nuevo, según un estudio de la Universidad de Scranton. Así que el restante 92% (¡mi semejante, mi hermano!) es el público potencial de las agendas rebajadas en un 40%. Mírenlas la próxima vez que pasen por la sección de papelería de unos grandes almacenes, y miren los carteles de las rebajas. Exhiben la tragedia de la voluntad y del tiempo que se pierde; de los propósitos y los fracasos que se abaratan; de la insatisfacción de los días tachados por defectuosos; de los trucos que, aunque guardan un dolor, ya no cuelan; de la esperanza, con todo; del no rendirse, del intento. Para marzo habrán desaparecido. 

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1.2.22

'Ulises': mañana es el día

James Joyce gustaba de los juegos de palabras y también de los numerológicos. Se empeñó en que su Ulises se publicara el 2 del 2 del 22 del pasado siglo, día en que él cumplía cuarenta años. En nuestro 2 del 2 del 22, que es mañana, se perfecciona su afán, puesto que 2022 es más acorde que 1922. Aunque la fecha redonda será el 2 del 2 del 2222: dentro de dos siglos y tres después de la publicación del Ulises. Esos "trescientos años", tan citados, en que Joyce quería tener entretenidos a los especialistas. Pero la novela, como sabía Joyce por debajo de sus provocaciones, es para el lector; lector que, si quiere, puede leer también a los especialistas.

A veces me gustan estos chaparrones de la prensa, que favorecen extravagancias como la de que se haya colado Joyce entre Mañueco, Tudanca, Nadal, Putin y la teta perdedora de Delacroix (la animo a que la próxima lo intente con Courbet). Me he dejado arrastrar por la fiebre y ando devorándolo todo. En realidad, llevo así desde el 1 de enero, ya que escogí el Ulises como lectura cronogramada de 2022. Hasta fin de año estoy leyendo dos páginas y media al día de la edición en inglés de Penguin, más las correspondientes de la traducción de José María Valverde revisada por Andreu Jaume en Lumen y la de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas en Cátedra; tras estas, vuelvo al original inglés y me asombra lo que se ha incrementado mi conocimiento del idioma. Habrá lectores que empezarán el Ulises mañana, honrando la numerología de Joyce. Me los imagino como los soldados que se disponían a salir de sus trincheras a la hora H en la batalla del Somme.

El Ulises me lo leí por primera vez hace diez años, en la traducción de Valverde. Fue una lectura gozosa, muy vital. Antes, como todo el mundo, tuve un historial de fracasos en el intento. Para todo se necesita el momento propicio, y para las grandes obras se necesita un momento propicio que dure. Esta es la cuestión: la persistencia. Tras mucho fracasar, de repente entré y me abrí paso entre las páginas, bastantes de las cuales me llevaron, y terminé el libro. Y una vez terminado, el gozo se aquilató: mirada desde la cumbre, visión de conjunto, acumulación de sensaciones, algo así como la bofetada de un ventarrón, o su meneo. "¡Sucia grandeza!", exclamé. Es un libro muy sucio y esplendorosamente vivo; sin duda, porque está vivo su lenguaje (también en las traducciones).

Mi consejo es la de Lumen, por el entramado textual. Es decir, por la base sobre la que se dan las dificultades. En la de Cátedra estas se resuelven bien, con frecuencia mejor que en la de Lumen: pero le falla el suelo, innecesariamente pedregoso. Digamos que García Tortosa y Venegas se han centrado en las "dificultades" del texto y han descuidado sus "facilidades", que son muchas: la escritura de Joyce es en lo fundamental fluida, y eso en la de Valverde-Jaume sí se aprecia. Por otra parte, ambas son buenas traducciones, y en ediciones espléndidas: mi juicio es ante todo de gusto, o de disfrute lector. (A las demás que existen no me he asomado.)

Que atendamos al 2 de febrero, día de la publicación del Ulises (y, por cierto, día brasileñista), y al 16 de junio, día en que transcurre su acción (o su corriente verbal), subraya la importancia de los días. Esa concentración es uno de los hechizos de la novela. Borges, siempre fino para estas cosas, lo supo ver en su poema "James Joyce": "En un día del hombre están los días / del tiempo". Y: "Entre el alba y la noche está la historia / universal". Termina con una petición: "Dame, Señor, coraje y alegría / para escalar la cumbre de este día". También, a los de mañana, para escalar el Ulises.

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29.1.22

Dietario: Helado de malagueña

El baile del frío. Dos chicas toman el sol en bikini. En verano no llamarían la atención, pero es invierno y son las únicas: hay una suerte de sensualidad por escasez; sube el valor de las pieles. Se levantan y van a la orilla. Se meten en el mar con paso firme. Y empiezan los saltitos, los gritos, la agitación de brazos. Es el baile del frío.

Molinillos de mar. Hay tanto viento que los molinillos de mar de Benalmádena-Costa hacen ruido: suenan como un motor, parece que la estructura va a echar a volar. En algunos la luz del mediodía se enreda mientras dan vueltas frenéticamente. Es como si estuvieran haciendo un batido de sol.

La edad de las mujeres. Me cuenta Arias una anécdota ("carne de dietario") que le pasó en el paraninfo de la universidad, durante el acto de toma de posesión de los nuevos profesores titulares y catedráticos (él ganó su cátedra de Ciencia Política en junio): "Tenía a cada lado, en mi asiento preasignado, a dos mujeres de edad indefinida. Una de ellas creía conocer a la otra. Hablaron un poco. Ambas habían estudiado en el mismo colegio, pero no estaban del todo seguras de haber coincidido. Pasaron un rato buscando pistas, indicios, hasta que yo les dije: 'Veo que os cuesta mucho decir vuestro año de nacimiento, que despejaría de inmediato la incógnita'. Y se rieron, porque era verdad: una era del 61 y la otra del 65".

Viejos amigos. Espero a Materlín en Los Manueles de Torremolinos. Mesa para dos en la planta de arriba. Le he dejado el mejor sitio, el que da al mar, pero al llegar me he sentado un segundo para ver lo que verá. Materlín y yo nos conocemos desde hace quince años, pero esta es nuestra primera cita. Nos conocemos de internet. Él es de Chile y vive en Bélgica. A veces nos hemos mandado regalos por correo. Entra con una mascarilla amarilla y sé que es él, a pesar de que nunca lo he visto, ni siquiera en foto. Desde el primer minuto la charla fluye, como si fuéramos viejos amigos. Que es lo que somos. Yo le he traído el libro Excéntricos en la Costa del Sol, y él una figurita del capitán Haddock comprada en el Museo Hergé.

Helado de malagueña. Materlín le ha hablado de su paso por Málaga a su amigo Roberto Merino, gran cronista de Santiago de Chile. Merino quiere saber por qué un helado que servían antiguamente en Santiago, de pasas con ron, se llamaba "de malagueña". Se lo explico a Materlín para que se lo cuente a Merino. Y le digo que ese helado se sigue tomando aquí y que se llama "Málaga". Materlín escribe en su blog: "Tal vez Merino, habitué de una heladería, consiga que ésta reponga el helado de malagueña. De ser así, ya nadie podrá atreverse a decir que la literatura no sirve para nada". Desde Málaga animamos.

Cuidado con el taxista. Comida de Navidad en el Tano con Irles, Arias, Diéguez, Toscano y Pirri. Conversación de vuelo nada gallináceo mientras devoramos alitas de pollo. Tras el postre se retiran los dos primeros y los demás nos metemos en un taxi para tomar una copa en el muelle. Veníamos hablando de la esperanza de vida y Diéguez, catedrático de Filosofía de la Ciencia, dice que depende de los telómeros. Yo no sé lo que son, pero es Pirri el que se atreve a preguntarlo. "Son lo que hay en los extremos de los cromosomas", nos empieza a explicar Diéguez. En esto interrumpe el taxista: "Perdonen que les moleste, pero llevo veintinueve años de taxista en Málaga y es la primera vez que escucho una conversación inteligente. Es que los malagueños son unos ignorantes y jamás, jamás, han hablado en este taxi de neurociencia". Sigue despotricando un rato. Lo recordamos luego, muertos de risa, ante nuestras copas. Pero entonces caemos en que la palabra "neurociencia" no la habíamos dicho. El taxista se la sabía.

Pinchitos de gambas. Cenáculo (esta vez es almuerzo: almuerzáculo) con Nadales, Toscano y Arias. Pedimos pinchitos de gambas en el Mercado de El Carmen, antes Gran Poder. El encargado nos conoce como "los filósofos". Cada vez que se acerca, en efecto, nos pilla filosofando. Generalmente, sobre la vida. Hemos reconocido unas mesas más allá al hombre al que le tocó una millonada en la lotería hace muchos años. Era encuadernador. Cuando Palomo y yo pasábamos por su puerta camino de la casa de Andújar, Palomo decía que le gustaría ser él, allí encuadernando tranquilamente libros en su cubículo. Después de que le tocase la lotería Palomo dijo: "¡Ahora sí que me gustaría ser él!". Le cuento la historia a mis amigos y miramos al hombre. ¿Qué está haciendo en este momento? Comer pinchitos de gambas, como nosotros. Al final, filosofamos, estamos viviendo como él.

Mañana del 6 de enero. Por el paseo marítimo de Fuengirola, una espaciada lentitud de adultos sin juguetes; sin hijos ni juguetes.

Donjuanismo. Me gustaría tener éxito con las mujeres para tener éxito con una mujer. 

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25.1.22

Gento y otras palabras

Una palabra del periódico absorbió toda la actualidad porque era una de las palabras originarias: Gento. Una de las palabras de la infancia, del paraíso. Igual que aquellas piedras que aparecían al comienzo de Cien años de soledad: "pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos". El tiempo del periodismo es pequeño, menudencias del día (que a veces pueden ser catástrofes mundiales), pero aparte, como en una bolsa (¡la bolsa uterina!), está eso que dice el artista Gómez Losada en su recién publicado Diario de pintura: el tiempo grande. Este irrumpe en sensaciones, descuidos, recuerdos, en pasadizos de la percepción que abren la magdalena o el adoquín de Proust. Y también en palabras, como la palabra Gento.

Cuando murió la semana pasada reapareció su nombre inmortal. Ponían Paco Gento, pero hay que dejarlo en Gento, que es como se decía. Gento. Mi padre me echaba la pelota por el pasillo del pisito y yo corría como Gento, y chutaba como Pirri, o como Amancio, o como Gárate. Y paraba como Iríbar. La pelota daba en la puerta que no cruzamos desde hace cuarenta y cinco años y no volveremos a cruzar ya. Había otros nombres, del Málaga: Viberti, Migueli, Macías, Búa, Vilanova, Deusto. Y Benítez, que se acaba de morir también. Son palabras que aprendimos a la vez que pan, mesa, silla, agua, ventana o tenedor. Para los niños eran iguales, tenían el mismo rango, pero en el curso de la vida unas seguían y otras se iban quedando por el camino.

Ahora me llama la atención que convivieran mantel y Robert Mitchum (¡Mitchum!). O lápiz y Gary Cooper. O colegio y Mortadelo. O campo y Fofó. O columpio y Torrebruno. O tobogán y Valentina. Locomotoro. Rintintín. Bonanza. Correcaminos. Kiko. Don Cicuta. Pippi. Flipper. Chiripitifláutico. El burrito blanco de Norit. La perrita Marilín (nuestra primera Marilyn). ¡Herta Frankel! Tan natural como mar estaba la palabra Citesa, la fábrica en que trabajaba mi padre; y la palabra góndola, el modelo de teléfono que fabricaban (góndola, palabra tan asentada en mi memoria como jamón). Y Cherino, el nombre del cortijo en que mi abuelo cuidaba las cabras. Había una mula que se llamaba Peregrina, que estuvo para mí desde el principio como sal o sábana. Y en el pueblo, en las vacaciones, había también un hombre extraordinario de nombre extraordinario: Pepito Rondi, tan común en mi niñez como Miguel o Josefita. Había más palabras: Filomátic, Sofico, Terlenka, ¡Tívoli! Hace poco he sabido que Raphael tomó su grafía de Philips, cuyo luminoso estuvo en el centro de Málaga durante años (hay una foto magnífica de pocos días después de mi nacimiento, en mayo de 1966). Philips: palabra que siento tan antigua como bañador o bocadillo.

Era algo más que la división entre nombres comunes y propios: todos estaban afectados por la misma imantación, por la misma cotidianidad. Solo que unos se han seguido usando todos los días y los otros no, y es en estos donde ha permanecido aquel tiempo, como guardado en un cofre o en un tarro de elixir. Hay algo precioso, añadido: que no depende exactamente de la propia biografía. Mis palabras son las mías y son las que me emocionan de un modo particular, pero las de los otros también transmiten ese halo. Se aprecia en Proust, en En busca del tiempo perdido, por supuesto; y en La infancia recuperada de Savater; o en las evocaciones nostálgicas, llenas de nombres que desconocemos, de Woody Allen o José Luis Garci; o en novelas como Los cachorros de Vargas Llosa, Un mundo para Julius de Bryce Echenique o Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco; en los recuerdos brasileños de Lispector o polacos de Szymborska.

El fútbol lo dejé hace mucho, a los diez años. Pero he guardado sus palabras. Así Gento. 

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18.1.22

El hueco simbólico de Ciudadanos

Iba a titular este artículo "El lugar simbólico de Ciudadanos", pero es un lugar próximo a su desaparición: un hueco inminente. Me he permitido anticiparme. El ciclo electoral que acaba de comenzar será presumiblemente el de la extinción del partido que en abril de 2018 encabezaba las encuestas. Dos meses después gobernaba Pedro Sánchez, gracias a la moción de censura que su PSOE le hizo al PP con la alianza de la extrema izquierda populista, el nacionalismo vasco, los proetarras y los independentistas catalanes que venían de su intentona de golpe de Estado posmoderno. Pero más que acabar con el PP, un partido en fin de cuentas homologado, asimilable, útil para su gramática, querían acabar con Ciudadanos, que era el que mejor y más decididamente se oponía a todos ellos. Lo han conseguido. (La subida de Vox fue la guinda del intento, el cierre de la trampa: la garantía del despilfarro energético de la oposición por una vía muerta.)

Algunos tonteamos entonces con lo que llamé neosanchismo. Consistía en no creer ni confiar en Sánchez, pero constatar su vacío de un modo neutral: es decir, considerando que, puesto que Sánchez estaba vacío, cabía también la posibilidad de que se rellenase con algo bueno. Su trayectoria solo avalaba dos cosas (además de dicho vacío): su empecinamiento y su ambición. Dado que las encuestas favorecían a Ciudadanos, los neosanchistas pensamos que Sánchez se situaría ahí. Por puro cálculo electoral lo sustituiría de facto, y por lo tanto timaría a sus socios de moción. Dos cosas más contribuyeron a nuestro consentimiento: el hartazgo por el presidente Rajoy y una cierta admiración por la jugada audaz de Sánchez, que sacaba a su partido de una situación precaria. Obviamente, nos equivocamos. El vacío de Sánchez estaba en realidad signado por unas cualidades personales nada estimables (que se han ido desplegando con el tiempo). Y su pacto con lo peor del Congreso era en sí mismo, en verdad, irredimible.

Los neosanchistas nunca llegamos a votar a Sánchez. Pronto fuimos exneosanchistas y después antisanchistas. Lo nuestro era votar a Ciudadanos (ya que no podíamos votar a UPyD, que había sido de verdad lo nuestro). Confiábamos, para entonces desde el antisanchismo, en que el poder electoral de Albert Rivera empujara a Sánchez al buen camino por la fuerza. Pero Rivera no estuvo por ello, ni naturalmente Sánchez. Algunos castigamos a Rivera con la abstención. Fuimos un millón, según las cuentas. Contribuimos al hundimiento de Ciudadanos, ahora creo que equivocándonos también. Aunque una razón límpida nos asistía: Ciudadanos se había traicionado a sí mismo. No habíamos votado a Ciudadanos, pero tampoco estaba exactamente Ciudadanos entre las ofertas electorales de las segundas elecciones de 2019, pese a que se seguía llamando Ciudadanos.

El caso es que no estaba realmente, pero sí estaba simbólicamente. O al menos topológicamente: un lugar, entre los extremos, que genera su símbolo. Ahora no recuerdo si lo ha dicho Fernando Savater o Arcadi Espada (me he puesto entrevistas con los dos recientemente), pero en Ciudadanos han coexistido los errores, incluso nefastos, de sus políticas y sus políticos con la necesidad que subsiste de su espacio, pese a tales errores. Es cierto que en todos los partidos se da el contraste entre el ideal y la práctica, pero con ninguno se corre el riesgo de que su ideal se quede electoralmente vacío. Con Ciudadanos sí. Cuando desaparezca, muchos nos quedaremos definitivamente sin ningún partido al que votar. Supongo que aún se podría evitar, pero no lo parece. Y sin Ciudadanos todo irá a peor, como está yendo: con esta inquietante y suicida polarización de los extremos enloquecidos. 

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