29.11.22

En el podcast 'Prólogos'

Me invitaron a su podcast Prólogos, para hablar de libros (incluido el mío), Marta Suárez y Diego Urteaga. El audio en Spotify, en Apple Podcasts o en iVoox.

26.11.22

Dietario: Tomar el frío

Prolongación de la Alameda. En la tarjeta de la editorial con el anuncio de que voy a presentar en Málaga Un tal González, de Sergio del Molino, me fijo en la dirección de la librería Luces: Alameda Principal, 37. Me fijo en ese Principal. Remite a algo que se ha perdido: la Prolongación de la Alameda. Cómo me gustaba aquel nombre, sustituido hoy por el convencional Avenida de Andalucía. Prolongación de la Alameda era poético, con su evocación de extrarradio y provisionalidad. Convivimos con él de niños y luego lo olvidamos. Hasta que un día Curro dijo en uno de sus arrebatos: "¡Prolongación de la Alameda!". Y ya se nos quedó para siempre. 

Presentación de Un tal González. La presentación del libro de Sergio del Molino sale muy bien. He dicho que su trabajo literario no ha consistido en un blanqueamiento de Felipe González, como han escrito baratamente algunos, sino en una restauración de su figura y la época: como se restaura un cuadro. Una limpieza de los grumos que obstruyen la percepción original. La librería ha estado llena y al terminar se forma una cola larguísima de lectores. Yo he encontrado la manera de hablar aceptablemente en público (algo que Sergio hace con brillantez espontánea): tomarme dos whiskis antes. Después tenemos una cena agradable en La Deriva con el autor. Le había pedido permiso para convocar a algunos amigos, si no se sentía muy misantrópico. Me dijo que le placía cenar "con la intelligentsia malagueña". Somos en total seis. Cuando Sergio le contó a nuestra amiga común Pilar que íbamos a cenar, esta le advirtió: “El pulpo frito no te lo quita nadie”. Pero en La Deriva no hay.

Biruji. Con la primera racha de frío en más de medio año me viene la palabra biruji, y recuerdo de quién la aprendí y que murió en septiembre. Es una de esas palabras conocidas que yo no conocía. Por eso me acuerdo de ella, de la tarde de los noventa en que hacía fresquito y dijo: "Hace biruji". La veo en el gesto de decirlo, estremeciéndose con gracia y como acogiendo el frío, dándole sensualidad. Era una chica dulce y animada, pero no tuvo suerte. Trabajamos juntos un año y luego pasé muchísimos sin verla. Pero me llegaban noticias: se separó por una infidelidad del marido, su nueva pareja desapareció en una vuelta al mundo... También me dijeron que se había puesto tetas y eso me alegró por lo que tenía de ilusión por la vida. Solo la vi una vez más, hace dos años. Estaba con su dulzura de siempre, con su sonrisa, con esa ligereza que hubiera merecido felicidad. La última noticia fue que murió en una caída doméstica, como si la mala suerte se hubiera empeñado en dejar su sello definitivo. Ahora que hace biruji me acuerdo de ella, de su gesto de sentir biruji. Busco la palabra en el diccionario: "Frío, o viento frío". Es viento frío. 

Tomar el frío. Estoy en El Palo. Desde que la línea 8 del autobús llega aquí me vengo a veces a pasear. Son las cuatro de la tarde de un martes y en El Tintero quedan pocos comensales. Tiene un encanto de merendero fuera de temporada. Me pongo a caminar por el paseo marítimo. Hace frío, después de tantos meses de calor pegajoso. Atisbo un banquito en un espigón y voy hacia él. Es el banquito perfecto. La tarde es desapacible y está vacía. Me siento. No hay sol, sino nubes oscuras. Pero me quedo más de una hora, mirando el mar y la costa a lo lejos. Mientras pasan los minutos me doy cuenta de que estoy disfrutando de un nuevo placer: tomar el frío. 

Presentación de El desaliento. Asisto a la presentación en Luces de El desaliento, la nueva novela de Rafael García Maldonado, que hace con elegancia David Delfín. El autor utiliza su experiencia como cooperante en Senegal en 2009 para crear una ficción con el impulso de sus ídolos literarios: Conrad, Faulkner, Lobo Antunes... Dice algo extraordinario: aquella experiencia africana fue intensa, pero no le marcó tanto como le marca cotidianamente su trabajo de farmacéutico en Coín, con su contacto diario con numerosas vidas, algunas en el límite, lo que le proporciona un hondo conocimiento de la naturaleza humana. Lee unas páginas preciosas de la novela cuya síntesis podría ser aquella frase del poeta Leopoldo María Panero: "En la infancia vivimos, después sobrevivimos". Su idea de la literatura es radical: "Solo me interesa escribir sobre aquello que tiene que ver con la angustia del hombre en el tiempo". Mientras avanza el acto, recuerdo que se está emitiendo en directo por YouTube. Como estoy sentado en primera fila, justo detrás de la cámara con trípode, tengo curiosidad por ver cómo está saliendo. Miro en el móvil, sin sonido, y contrasto la realidad con la pantalla. En esta aparece con unos segundos de retraso. Pienso en el sobresalto que sería que apareciera con unos segundos de adelanto. Otra modalidad de angustia en el tiempo. 

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24.11.22

A Sánchez le obligan a ser Sánchez

¡Otra columna sobre Sánchez, qué remedio! Apareció en el Senado con un traje de indeterminado color berenjena (las dos cosas a la vez), como reminiscencia cromática, más adusta, de la camisa polinesia. Enfrente, Feijóo no le acertaba. Es que se ha dejado convencer por los columnistas satisfechos de sí mismos que consideran que Feijóo debe ser pugnaz como ellos, los columnistas. Su única opción era aparecer senatorial, como hacía al principio con algún funcionamiento. Pero a los columnistas eso les sabía a poco. Le han empujado y el efecto ha sido el contrario: el de la hernandezmanchización de Feijóo. No se encuentra, flojea; enfático no resulta convincente. Está a puntísimo del gatillazo.

A estas alturas hemos de reconocer que con Sánchez no vale echarse al barro, porque él es el rey del barro. El barro es su elemento. Ni Rivera ni Casado le arañaron, por más alto y ásperamente que hablasen; ni le araña este Feijóo que se destempla. Solo cabe aproximarse a Sánchez con frialdad, como un desactivador de explosivos. Centrarse en cables concretos y cortarlos. Mientras, el valentón seguirá con su pose macha y con ese desprecio al prójimo tan característico que madre mía si fuera de un político de derechas. Solo le falta el palillo de diente en la boca. Pero los contenidos decorativamente de izquierdas de sus parrafadas le ganan impunidad para su pose cazurra. El suyo es el trumpismo perfecto: un trumpismo que los antitrumpistas apoyan porque le compran el disfraz. Por eso no habría que entrar en sus valentonadas, sino decirle la verdad serenamente, con media sonrisa incluso, como hacía el primer Feijóo. (Para lo otro ya estamos los columnistas.)

El mejor momento del debate en el Senado fue cuando Sánchez acusó a Feijóo de hacer lo que le decía El Mundo. Tiene gracia, porque el reproche a Feijóo (yo mismo lo he estado esgrimiendo) es que le obligan a no ser Feijóo. Reproche que no se da aislado en nuestro panorama político, puesto que viene con otro complementario, más antiguo de hecho: el de que a Sánchez le obligan a ser Sánchez. Aunque este, más que reproche, es exculpación: Sánchez no es así, pero le obligan. Le obligó Rivera por no pactar, le obligan sus socios por lo pactado. La diferencia es que, si bien pudimos atisbar a otro Feijóo, de Sánchez no hemos tenido más que Sánchez.

Ahora que Rivera ha entrado en este periódico como columnista (¡también podrá decirle a Feijóo lo que tiene que hacer!), he vuelto a pensar en su paradoja. Caló como nadie a Sánchez: todo lo que le dijo no ha dejado de cobrar vigencia, multiplicada. Pero a la vez contribuyó a que se cumpliera su diagnóstico. Aquel pacto no lo quería Sánchez ni lo quería Ferraz (digan lo que digan Julio Feo y Lucía Méndez, con su escandalito demediado: toda la culpa es de Rivera, ninguna de ese Sánchez al que le obligan), pero Rivera tendría que haberse empeñado, siquiera por la astucia de desenmascarar a Sánchez.

Lo escalofriante es que Sánchez está donde está y todo le está saliendo gratis. Todavía hay quien piensa que hay otro Sánchez. Pero como decía Schopenhauer: "Solo la ejecución sella el propósito". Somos estrictamente lo que hemos hecho. Y Sánchez ha hecho lo que ha hecho.

Entre la camisa polinesia y el traje de indeterminado color berenjena, Sánchez todavía pactó con Bildu, con los proetarras, la salida de la Guardia Civil de Tráfico de Navarra. El diputado de Bildu Oskar Matute celebró la noticia en Twitter con este mensaje: "Circulen!!!". Sánchez está con los matones. Es uno de ellos. 

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18.11.22

La Brújula: Sobre 'Fake news', de Daniel Gascón

(Audio en 1:04:29

Hola, querido Rafa Latorre. Voy a hablar de un libro y prácticamente haré mi columna con él. Los oyentes lo agradecerán. Es 'Fake news. Cómo acabar con la política española', de Daniel Gascón, en Debate. Junto con artículos humorísticos de estos años, hay una selección de las viñetas que ha venido publicando el autor en las redes sociales. Con ellas se opera un milagro: fueron concebidas como respuestas inmediatas a situaciones de actualidad, pero al verlas ahora nos encontramos con que no era imprescindible aquel referente, porque divierten lo mismo. En parte porque seguimos en las mismas. Hay una que se anticipa a lo de la semana pasada con el presidente. Dice el personaje del dibujo: "Es urgente cambiar las leyes que castigan los crímenes de nuestros socios". Otra parece pensada para la ministra de Igualdad y sus chicas estos días. Un profesor les dice a sus alumnos: "Os aconsejo que compenséis vuestra falta de conocimiento con sectarismo y superioridad moral". Como vemos, en las dos se cumple una ley que formula Gascón en su estupendo prólogo: "Toda sátira es profecía". Los dibujos redondean el efecto de las frases, pero estas funcionan solas. No me resisto a decir algunas. "Por un pluralismo sin gente de derechas". "Es un tema complejo en el que intervienen muchos factores y, bueno, que lo que diga el Gobierno". "Es intolerable que crucéis las líneas rojas que nosotros dejamos atrás". "¡Qué país nos va a dejar la oposición!". "No podemos dejar la desinformación en manos del sector privado". "Tan demócratas no seréis si estáis contra el Gobierno". "Si todos pensarais como nosotros, no tendríamos este problema de polarización". "Que estudien en su segunda lengua no les da más oportunidades a ellos, pero a nosotros sí". Y digo la última: "Hay consenso. ¡Así que a callar!".

17.11.22

Sánchez: un problema retórico

Al ver a Pedro Sánchez con su camisa indonesia pensé que era uno de esos maleantes de las películas de Tarantino. Un amigo apostilló que más bien de los hermanos Coen, y tenía razón. Pero hay algo que no termina de resultar en el Sánchez indonesio: una cierta rigidez vacía, una percha demasiado autoconsciente y por lo tanto artificiosa, una oquedad de maniquí pero sin el encanto neutro (¡y carismático!) de los maniquíes... Vaya, le pasa un poco lo que al Sánchez español. Pensándolo mejor, ya sé lo que parece el Sánchez indonesio: un vendedor de enciclopedias indonesio.

Y aquí estamos, con Sánchez vestido de indonesio en la semana más grave de la democracia española desde el golpe posmoderno del independentismo catalán en 2017. Por la política de Sánchez. El problema para el columnista es qué hacer retóricamente con esa gravedad. El reto de dosificar los énfasis es complicado. La altisonancia a que invita la situación se enfrenta al hecho de que la altisonancia sostenida no es más que ruido. Gritar ensordece: impide que se oiga lo que se dice. Por otro lado, esa es la respuesta soñada por el sanchismo (el de Ferraz y el de Miguel Yuste y Gran Vía 32), que salta enseguida con la acusación de que si se inflama o se echa gasolina... Les falta añadir que en el fuego que ellos alientan, si no provocan.

Se acabó el tiempo en que me hacía gracia enfervorizarme a lo capitán Haddock o a lo Thomas Bernhard. No estaba mal aquello: el motor energuménico que emitía un material verbal caliente y no del todo extraviado (¡chispazos sobre una sintaxis trepidante pero que no descarrilaba!). Un material además cortés, pese a su apariencia, puesto que incluía su autoparodia y hasta su autodesactivación. Invitaba a no ser tomado en serio. Y para el emisor era un desahogo. Pero ya no tengo ganas; tal vez la actualidad no lo merece. (Hay que añadir que encima solía dar en el blanco: cumplía su propósito.)

Y Sánchez con su camisa indonesia, balik se llama, después de haber cursado su proposición de ley que acaba con la sedición (no con ella como acto, sino con su tipificación, con su castigo: lo volverán a hacer gratis) y haber puesto a calentar el ambiente para justificar el fin a la carta de la malversación. Sus apaños tácticos entran a formar parte de la legislación española, desarmándola, deformándola. Como el Gobierno, el Código Penal tendrá costuras de Frankenstein. Será tal vez el primer Código Penal (de un Estado de derecho) que promueve determinados delitos: los adecuados. Aunque se cuelan inadecuados también. Por las grietas de la ley del solo sí es sí empiezan a rebajarles penas a violadores. El presidente les pide a los jueces desde Bali "sensibilidad".

Son admirables los ejercicios ilustrados de los más templados de mis colegas (Daniel Gascón, Manuel Arias Maldonado, Manuel Toscano, Aurora Nacarino, el recién premiado Juan Claudio de Ramón...), pero me producen una melancolía insalvable sus propuestas de diálogo racional sin interlocutores. En el otro lado no hay nadie: solo un ejército de argumentistas con su argumentario. Un argumentario además nada firme, que cambia con los caprichos y conveniencias del líder. Lo siguen en todo (todo, absolutamente todo se lo defienden, contradiciéndose con él) y todo es fatal.

A la derecha le aguarda al menos una recompensa: heredar el país, por devastado e inoperativo que quede. Los progresistas no embrutecidos solo heredaremos la amargura añadida del erial para toda política progresista plausible que habrá dejado tras de sí Sánchez. Sí, sé que esto suena enfático. Y que no funciona. 

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11.11.22

La Brújula: Penes, sedición y Sánchez

 
Hola, Rafa Latorre. Yo querría haber hablado esta semana del joven que se disparó en el pene por accidente, que es la noticia que más se ajusta a mi perfil. La contó aquí Juanjo de la Iglesia, quien resaltó el meollo del asunto: el joven lo hizo encima sin licencia de armas. Pero se ha interpuesto una vez más el presidente Sánchez, así que me voy a tener que ocupar de algo serio. La reforma del delito de sedición va a consistir finalmente en la eliminación del delito de sedición. Ahora se llamará "desórdenes públicos agravados", y aún deberemos sentir alivio por que ponga agravados. Pues, de acuerdo con el espíritu de la nueva ley, le pegaría más bien facilitados: "desórdenes públicos facilitados". Facilitados por el Gobierno, cuya política parece de fomento de la sedición. Esta sonaba a delito anacrónico solo porque, desde Tejero, no parecía que nadie lo pudiese cometer en nuestra democracia. Pero resulta que lo cometieron los independentistas catalanes hace cinco años: o sea, ellos actualizaron el delito. Las penas que se reducen ahora son no para un delito quimérico, sino para un delito ejercido recientemente y por sujetos que aseguran que lo volverán a hacer. La llamada judicialización de la política estaba en proporción directa con la delincuentización de la política. Ahora Sánchez no pretende tanto desjudicializar la política como desdelincuenciarla. Pero no impidiendo que los delincuentes delincan, sino eliminando la figura penal del delito que cometen. Y todo porque los necesita para mantenerse en el poder. Por enlazar con la noticia que me hacía tilín (¡me resisto a dejarla escapar!), tal vez Sánchez le haya disparado simbólicamente en el pene a alguien. No sé si al Estado de derecho, al PSOE, o incluso a sí mismo. Lo ha hecho, eso sí, con licencia de armas.

10.11.22

Gal Costa: una alegría para siempre

 

Era mi voz favorita de la música brasileña y la única persona de la que me he enamorado por su voz. Fue una pasión alegre y dolorosa; sobre todo alegre, pero con ese pinchazo de lo que se querría tener más. Ah, las posesiones imposibles de la música: uno se acopla a ese fluir que se deshace en la vida. Es como acariciar el tiempo: se toca un cuerpo que se va perdiendo, pero que no por ello es menos rotundo, menos sensual. Posesión por pérdida: plenamente frustrada, plenamente cumplida. Ahora Gal Costa ha muerto y tengo en bucle 'Lindeza', que compuso su amigo, casi hermano, Caetano Veloso: "Coisa linda / desejar-te desde sempre / ter-te agora e um dia e sempre / uma alegria pra sempre".

La canción está en el disco 'Mina d'água do meu canto', que misteriosamente he escuchado mucho estas últimas semanas. Es de 1995 y nació de la canción que Caetano y Chico Buarque compusieron por teléfono para paliar el dolor por la muerte de Antonio Carlos Jobim, en diciembre de 1994. Fue mi primera muerte brasileñista, en la que me trastornó el contraste entre la eternidad de la música de Jobim y la conciencia repentina de que era obra de un mortal. La canción que lo despide es 'Como um samba de adeus' y el disco, cuyo título es un verso de ella ("quanto tempo / mina d'água do meu canto"), está formado por composiciones de Caetano y Chico: diecisiete en total, ocho de cada uno más esa de los dos. En la producción, Jaques Morelenbaum homenajea en cortes como 'Lindeza' los arreglos de Claus Ogerman, artífice precisamente de eternidades en discos de Jobim y João Gilberto. Y la voz de Gal: perfecta; no más que nunca solo porque lo fue siempre. Encuentro que dijo entonces: "Quería recuperar la frescura del canto, limpiar la técnica y los vicios, buscar a aquella Maria da Graça [su nombre real] que admiraba a João Gilberto". El álbum se inicia con una canción explícita de limpieza: 'Odara'.

Me apasioné por la música brasileña a finales de los ochenta y durante los noventa no escuché otra cosa: lo barrió todo, me instaló en una burbuja absoluta de felicidad. Cuánto tiempo, cuántas horas no habré pasado con Gal. Es muy extraña, y ciertamente gloriosa, esta sensación de que mi vida ha sido doble: pasara lo que pasara fuera, por dentro ha ido el oro de esa música. Una alegría para siempre. 

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7.11.22

Cuestionario Proust (en 'El Flexo' de Canal Sur Radio)

(Audio en minuto 12

1. ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta? 
Estar en la cama con la mujer que quiera, incluso leyendo. Y si hay un ventanal que dé al mar, mejor. 

2. ¿Cuál es su gran miedo? 
De niño me daba miedo la vida eterna, pensar que después hay otro después y otro y otro y otro... Me costaba dormirme con ese vértigo. 

3. ¿Cuál es su rasgo más característico? 
Me debato entre el histrionismo y la contemplación. 

4. ¿Cuál es el rasgo que más le desagrada de sí mismo? 
La tendencia al aplazamiento. 

5. ¿Cuál es su mayor extravagancia? 
Cumplir años impunemente. 

6. ¿Cuál es su estado de ánimo actual? 
Inauguralismo crepuscular. 

7. ¿Cuál considera que es la virtud más sobrevalorada? 
El optimismo. O eso que llaman ahora, haciéndose un lío filosófico, “el positivismo”. 

8. ¿En qué ocasiones recurre a la mentira? 
Cuando tengo que decirles a mis amigos escritores lo que me han parecido sus libros. 

9. ¿Qué es lo que más valora de sus amigos? 
Que escriban libros que no me obliguen a mentir. 

10. ¿Cuál es la cualidad que más le gusta en un hombre? 
Que sepa distanciarse de su máscara. 

11. ¿Cuál es la cualidad que más le gusta en una mujer? 
La vivacidad. O sea, la mezcla de luminosidad y alegría. 

12. ¿De qué palabras o frases abusa? 
Cuando una palabra o frase me hace gracia puedo estar días repitiéndola. Me pasó con "a matacaballo", o “se quedó pajarito”. Últimamente repito mucho “me pone palote”. 

13. ¿Quién es el gran amor de su vida? 
El asunto está sub iúdice. 

14. ¿Cuándo y dónde fue más feliz? 
Remedando un verso de Borges: en ciertos días y noches de 2016. 

15. Si pudiera cambiar una sola cosa de usted, ¿qué elegiría? 
Cambiaría mi situación económica, para ser rico. Me gustaría comprobar por mí mismo eso de que el dinero no da la felicidad. 

16. ¿Qué talento le gustaría tener? 
Fuerza de voluntad y constancia. 

17. ¿Cuál considera que es su gran logro? 
Haber llegado hasta aquí. 

18. ¿Cuál es su bien más preciado? 
Un hipopótamo de plástico que encontré en el jardincito del Príncipe Anglona de Madrid. Siempre lo tengo en mi escritorio y a veces hasta me lo llevo de viaje. 

19. ¿Cuál es para usted la máxima expresión de la miseria? 
Pues eso, la miseria, la mezquindad. Y el abuso de poder. 

20. ¿Qué es lo que más detesta? 
La pesadez. La falta de humor. 

21. Sabiendo que es inevitable ¿Cómo prefería morir? 
En una tumbona frente al mar, una lánguida tarde de otoño, tomándome un buen whisky y fumándome un purito. Y con 99 años. 

22. ¿Cuál es su lema? 
Uno difícil de llevar a la práctica, pero muy higiénico: “Nunca quejarse, nunca justificarse”. Y digo otro de Oscar Wilde: “Uno debería ser siempre un poco improbable”.

4.11.22

La Brújula: Una frase de Sánchez

(Audio en 1:26:33

Hola, querido Rafa Latorre. El presidente Sánchez volvió a repetir este miércoles, en otra de esas insufribles sesiones de control al Gobierno, una idea dañina; quizá la más dañina de cuantas repite, que no son pocas. Cuando la portavoz del PP, Cuca Gamarra, le reprochó de nuevo sus pactos con los independentistas, Sánchez le dijo: "Ustedes que van repartiendo carnets de españolidad y de constitucionalismo y resulta que cuando estaban en el Gobierno fue cuando España estuvo cerca de poder romperse". Lo ha dicho Sánchez tantas veces que ya ni reparamos en su gravedad. Pero es un escándalo. Para el presidente del Gobierno de España el asalto al Estado y a la Constitución que llevaron a cabo los independentistas catalanes hace cinco años tuvo unos responsables que no fueron los independentistas catalanes, sino el Gobierno de España. Que entonces, claro, era del PP. Hay varias perversiones enroscadas en la frase de Sánchez. La más soez es que considera que los responsables de la agresión fueron en realidad los agredidos. Pero esta lógica invertida se funda en una idea más perversa aún: que el agredido fue el Gobierno de España, el Gobierno del PP, y no España, no el Estado español. Es decir, que los independentistas le dieron el golpe al PP y no a todos los españoles, incluidos los socialistas e incluidos, sobre todo, los catalanes no independentistas. Alarma en el presidente del Gobierno esta parcialidad, esta incapacidad de tener una visión íntegra, integradora, del Estado. Pero claro, de no haber sido parcial y de no haber sido incapaz no habría pactado su llegada al Gobierno con aquellos que pocos meses antes habían atacado el Estado y la Constitución. Este pacto, que ha renovado en su segundo mandato, es tan aberrante que debe justificarlo con infamias como esa que repite.

3.11.22

Feijóo y Sánchez son mis enemigos

El líder de la oposición Feijóo y el presidente del gobierno Sánchez han tenido la cortesía de recordarnos quiénes son y cuál es su nivel. Nada grave para casi nadie (¡pueden votarles tranquilos!), pero sí para unos pocos entre los que me cuento (¡y que no les votaremos jamás!). Somos estos los últimos mohicanos de la palabra escrita, de la cultura literaria, que nos encontramos en disposición de repetir lo de Lugones a los ultraístas según el poemita, así titulado, de José Emilio Pacheco: "Hablo una lengua muerta / y siento orgullo / de que nadie me entienda".

Como quedó de manifiesto en el foro en el que participó en Santander la semana pasada, Feijóo ignora la existencia del célebre libro 1984. Un libro que no hace falta ni haber leído: basta haber leído cualquier otro, o haber frecuentado la prensa o escuchado la radio o visto algún programa cultural de televisión (y no cultural) o asistido a debates, cursillos y conferencias en el último medio siglo. Al menos durante 1984, en que Feijóo cumplió veintitrés años. ¿Qué hacía un joven de veintitrés años en 1984 para no enterarse de la novela de Orwell? ¡Pero si hasta hay película!

Sánchez, por su lado, también presumió de lo que no sabe en la celebración en Sevilla del cuadragésimo aniversario de la victoria socialista de 1982; celebración llevada a cabo –en presencia de un Felipe González sonriente pero opacado (y en ausencia de Alfonso Guerra)– a mayor gloria de Sánchez. El presidente, desde el pináculo de su engolamiento, citó estos versos de Jaime Gil de Biedma atribuyéndoselos a Blas Otero (ni siquiera a Blas de Otero): "De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal". Y los citaba el que más se está aproximando a que se cumpla la maldición; al menos el que se apoya en aquellos que la propugnan.

Los dos (y los demás políticos, cada uno de los cuales ha protagonizado pifias equivalentes) son dignos representantes del electorado español, a cuya inmensa mayoría ni le sonará Orwell (¡aunque haya película –y Gran Hermano!), ni sabrá de Gil de Biedma ni Blas de Otero. Son nuestros enemigos cotidianos, los que convierten en intransitable y hostil nuestro día a día: lo que nosotros amamos, ellos lo desprecian; lo que para nosotros es la vida, a ellos ni les consta. Casi nunca se lo recordamos, pero que no se olvide.

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29.10.22

Dietario: Málaga moderna y ordenada

Octubre pegajoso. Los primeros días octubre se comporta como octubre. Me descubro poniéndome al sol en mis paseos y anoto para el dietario: "Acera de sol: en otoño ya es la que se busca". Pero es un espejismo: el otoño no termina de llegar y el calor, más que permanecer, se empoza y se pudre. Es un calor pegajoso, pesado. La atmósfera está cargada, sucia, con cielos feos. Es el peor octubre que recuerdo: ni rastro de su memorable transparencia, de aquella ligereza que acompañaba el comienzo del curso.  
 
El negocio este. Mi madre acaba de cumplir ochenta y dos años y ha cogido el covid, justo cuando le tocaba la cuarta vacuna. Está bien, apenas toses y estornudos. Es la primera vez que da positivo y descubro que siente una cierta satisfacción. Cuando voy a bajar a hacer la compra le pregunto si prefiere que les diga a la panadera y al carnicero que solo está resfriada. "No, no, tú diles que lo he pillado". Unos días después paso a recoger un par zapatos que dejó para que se los arreglaran. Me dice el hombre que le hizo gracia mi madre. Cuando la llamó le respondió: "Yo no puedo ir, porque aquí estoy con el negocio este".  
 
Q Pro Quo. De tarde en tarde me dejo caer por la librería Q Pro Quo, la más bonita de Málaga (y exquisitamente surtida). Está en Teatinos, cerca de la Facultad de Derecho y la Biblioteca General. Además de librería es cafetería, con una terraza de lo más apetecible. El librero Juan Ramón me dice que lleva años vendiendo mucho un libro que le gusta, Una temporada para silbar, de Ivan Doig. Un día lo leyó, le encantó y siempre que le preguntan lo recomienda. Pero también descubre libros por los lectores. Por ejemplo, un juez jubilado devoto de la novela negra le recomendó Deuda de sangre, de Michael Connelly. Podría ser el principio, en este escenario, de una novela negra.  
 
Málaga moderna y ordenada. Juan Claudio de Ramón, que ha venido a presentar su Roma desordenada, dice desde el escenario que Málaga es la ciudad en la que más amigos tiene después de Madrid. No lo parece, porque solo estamos Irles y yo, pero es verdad: ocurre que a los demás les ha pillado o trabajando o de viaje (el más lejano: Arias en Toronto). Pero al terminar conoce a amigos nuevos: Diego Ríos Padrón, que le trae una camiseta de La Málaga Moderna (los presento así: "Málaga Moderna, Roma Desordenada"), Silvia Flores y Pilar Jáuregui; más tarde se incorpora su hermano Ignacio, que viene de dar una conferencia en Marbella y que nos aconseja quedar en calle Carretería, "en el local que fue La Tranca". Los antiguos nombres siempre son los mejores. Nosotros venimos del Centro Cultural María Victoria Atencia, nombre que le rinde justo homenaje a la poeta pero que considero inferior al primero: Centro Cultural Provincial. Me pasé años presumiendo ante los foráneos: "¡Los malagueños no nos andamos con chiquitas a la hora de ponerles nombre a nuestros organismos culturales!". (Incluía en el pack el de Instituto Municipal del Libro.) Había quedado antes con Irles, al que le enseñé la fuente de esa callecita que da a Ollerías y que lleva inscrita una fecha: 1790. En la época universitaria Palomo, Curro, Andújar y yo la llamábamos "la fuente de Mozart", porque era contemporánea del compositor, y solíamos peregrinar a ella. Cuando Irles y yo entramos en el Centro, Juan Cla estaba solo en el escenario, concentrado en sus notas para la charla. Parecía el personaje de una obra existencialista. El acto luego ha sido delicioso, con sus historias y reflexiones sobre Roma, en el tono de libro, que leí con placer este verano. Una curiosidad: en la embajada en la que él trabajó estuvo de joven nuestro Cánovas del Castillo, en un puesto con otro nombre formidable: "agente de preces". Ahora, en el local que fue La Tranca, charlamos y reímos. Con frecuencia a carcajadas. Juan Cla trae cotilleos de la capital, algunos con meritorios y figurones más o menos amortizados, otros con el envés de amistades aparentes. Con estos también me río, aunque no sin un fondillo de melancolía por ver cómo, agazapada, alienta casi siempre la discordia. Nos retiramos temprano (Ignacio escribirá en Twitter a las once de la noche: "Por dios, que he dado una charla a 60 km, he llegado a la copa de la presentación de un libro y estoy ya en pijama. Esto qué es, ¿Copenhague?") y me despido al pie de la rehabilitada Tribuna de los Pobres. Diego y Silvia acompañan a Juan Cla hasta dejarlo "encarrilado" hacia su hotel. Mañana coge el primer Ave para irse directo a trabajar.  
 
Pasos azules. Estreno unas zapatillas azules y mientras camino veo por el suelo, de refilón, las dos manchas de ese color que me acompañan. Vistas así ni siquiera tienen la consistencia de un calzado, son como brochazos rápidos, que surgen y desaparecen, alternándose a mis pies. Son pasos: pasos azules. 
 
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28.10.22

La Brújula: Expulsados del Ave

 
Buenas tardes, Rafa Latorre. Sé que se ciernen la amenaza nuclear y la recesión, que el Gobierno les rebajará la pena de sedición a los independentistas para que puedan ejercerla en cómodos plazos y que con el CGPJ (¡siempre quise decirlo en la radio!) no hay manera... Pero mi noticia de la semana es la de los niños expulsados del Ave por mal comportamiento. Mi primer impulso fue de euforia y celebré la expeditiva medida del interventor. Luego pensé que era excesivo para unos menores, que los responsables eran en segundo lugar los monitores y en primero los padres. Algunos de estos se han expresado de un modo que me ha recordado aquel dicho del Mairena de Machado de que para suspender a un alumno le bastaba ver al padre. No es extraño que haya entre ellos independentistas: es decir, gente invasiva del espacio común y no habituada a respetar las reglas. De todas formas, no son los niños los que suelen molestar en los trenes: son los adultos. En España es insufrible el jaleo habitual en cualquier viaje. Incluso en el vagón silencio, que es en el que me suelo refugiar. Más de una trifulca he tenido. Recuerdo un viaje Málaga-Madrid en el que un cretino hablaba a gritos por su móvil. A la cuarta o quinta vez le llamamos la atención y nos respondió con improperios. Yo me calenté y busqué al interventor. Cuando llegamos, el cretino vino a por mí. Por fortuna, se interpuso el interventor, al que conminé: "¡Señor interventor, que se baje en Puertollano!”. De repente me pareció la frase perfecta y me puse a repetirla como un loco. “¡Señor interventor, que se baje en Puertollano! ¡Señor interventor, que se baje en Puertollano”. Pero no hubo suerte. También uno depende del interventor que le toque.

27.10.22

Nunca voté a Felipe González

Nunca voté a Felipe González. Lo hubiera hecho el 28 de octubre de 1982 (mañana se cumplen cuarenta años), pero aún no podía votar. Para las siguientes elecciones generales, las del 22 de junio de 1986, en que habría podido, ya no lo voté. Ni a él ni a nadie. Tampoco lo hice en el referéndum de la OTAN de marzo de aquel año. Yo era abstencionista. 
 
En enero había visto a González en persona por primera vez. Yo estaba entre la multitud frente al Banco de España, en Madrid, viendo pasar el cortejo fúnebre del alcalde Tierno Galván. Detrás caminaba el presidente, abrigo largo, piel cetrina, y pensé que era un traidor. ¿Qué me había decepcionado para entonces?
 
Ahora no lo sé muy bien, pero recuerdo algunas cosas, pocas. Recuerdo cuando nombró su primer gobierno: un gobierno poco de izquierdas, como de secretarios. Recuerdo los exabruptos en la campaña de la OTAN (¡aquel Pepote de la Borbolla!). Recuerdo la supresión de La Clave de Balbín; esta fue una enorme decepción, muy sintomática: por evitar que se hablara de un posible caso de corrupción del PSOE. ¡Y la supresión de La Edad de Oro de Paloma Chamorro!
 
En mi memoria hay otro episodio que ilustra mi mentalidad de entonces. En mi colegio mayor, el Johnny, ponían todas las semanas unos mostradores con libros rebajados de precio. Solía observar a un colegial del último curso, o sea, un viejales para mí, que encarnaba lo que yo despreciaba: formalito, adocenadito, sin brillo ni promesa, uno de esos a los que Nietzsche (¡yo era nietzscheano!) llamaba filisteos... Tenía encargado El cuarteto de Alejandría, pero nunca le llegaba El cuarteto de Alejandría, de manera que todas las semanas preguntaba por El cuarteto de Alejandría, con una ansiedad burguesa que me daba grima. Una mañana –faltaba poco para aquellas elecciones del 86– oí que le decía a otro: "¡Es que si no gana el PSOE, el país se vuelve ingobernable!". Esto era el PSOE, entre otras cosas: el partido de esos tipos.
 
Después vino todo lo demás, y un cansancio de lustros por González. Pero un cansancio conflictivo. Yo al final me alegraba de que ganase cada elección, sin mi voto. No dejaba de ser la relación que se tiene con un padre. Y a los del "sindicato del crimen", he de decir, los detestaba todavía más. Yo era antifelipista a mi manera: también sentía un profundo anti-antifelipismo.
 
El aniversario de mañana no tenía pensado celebrarlo, pero el libro de Sergio del Molino, Un tal González (del que escribí aquí), y el de Ignacio Varela, Por el cambio (que estoy terminando de leer), me han desarmado. Han despejado la bruma de todos estos años y han conseguido devolverme nítida la alegría de aquella noche en que Felipe González y Alfonso Guerra se asomaron a la ventana del Palace. Era una alegría histórica, realmente histórica: un final feliz para la historia de España (si se hubiera quedado quieto, como hacen los finales).
 
En realidad, en aquellas noches mías del Johnny también sentía una complicidad irónica, no exenta de cariño, por González. Mi habitación del curso 86/87 daba a su palacio, allá a lo lejos, tras las extensiones de la Ciudad Universitaria. En la alta madrugada, cuando yo me demoraba leyendo La realidad y el deseo o La Habana para un Infante difunto o Los hijos del limo, me asomaba a veces y había encendida una luz en Moncloa, rodeada de noche, que yo jugaba a que era la suya. "Solo Felipe y yo velamos", les contaba riendo a mis amigos. Y a lo mejor era verdad. 
 
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21.10.22

La Brújula: Liz Truss (y la lechuga)

(Audio en 1:24:33

Hola, querido Rafa Latorre. Yo tenía mucho interés en seguir la carrera de Liz Truss porque, como habitante de la Costa del Sol, sentía curiosidad por cómo se desenvolvía de adulta una de esas turistas que vemos de jóvenes por Torremolinos. Su fulminante dimisión me ha dejado colgado; aunque bueno, he obtenido una respuesta: de adultas son tan atolondradas y autodestructivas como de jóvenes. Liz Truss, después de medio hundir la bolsa y la libra, y de creerse Margaret Thatcher como esos locos de tebeo que se creen Napoleón, ha terminado practicando balconing desde el 10 de Downing Street. El luto que tuvo que llevar al principio de su mandato ha resultado un luto por sí misma. Hay algo épico: Liz Truss ha salido de la historia de la política, pero ha entrado en la historia del rock. Ha cumplido el célebre lema: vivir rápido, morir joven y dejar un bonito cadáver. Ha dejado también una bonita lechuga, su doble vegetal en estos días de descomposición. Yo creo que la broma del Daily Star le dejará secuelas: en lo que le quede de vida –que será, de hecho, toda la vida– le va a costar trabajo comer ensaladas. Para ella la lechuga será la equivalente del cráneo en la tradición clásica: esas inofensivas hojitas verdes le recordarán que es mortal. Y lo es hasta el punto de que ya está muerta; políticamente, claro. Pero más que el rock, lo suyo ha sido el punk: aquel "no future" (no futuro) de los Sex Pistols en su canción de "Dios salve a la reina". A Liz Truss no la ha salvado ni Dios ni el Diablo, y su futuro ya es pasado. Ahora puede volver a Torremolinos en el otro formato en el que conocemos por aquí a los ingleses: como jubilada.

20.10.22

Comidos por la opinión pública

Seguían los hunos denostando a Savater por su columna sobre Griñán, cuando los hotros se lanzaron a denostar a Savater por su columna sobre Meloni. Esta salió un sábado en El País y ese domingo y ese lunes ya lo atacaron en tribunas de su mismo periódico –sin duda encargadas–, a modo de ejercicios exorcistas que señalaban que los iliberalismos en potencia de Meloni son los graves y no los iliberalismos en acto de Sánchez. Buenos chicos los tribuneros (son amigos míos además)... pero el balance viene siendo el de los últimos cincuenta años de la prensa española: Savater sigue en forma.

Aprovecho para retomar un aspecto que solo apunté en mi columna "Las razones del hipódromo", sobre aquella primera de Savater dedicada a Griñán, su viejo compañero de carreras Riu Kiu (¡me sigo tronchando!). Repito esto de Savater allí: "No quisiera ser ciudadano de un país donde la complicidad o la secta cuentan más que la ley; tampoco vivir entre rectilíneos para los que no hay amistad si no concuerda con el código establecido". El problema de hoy es que predominan los tales "rectilíneos". Son los que están comidos por el sectarismo en particular y/o por la opinión pública en general: aquellos que no han dejado –que no se han dejado– otro espacio que ese. Hay en ellos una pérdida de complejidad; un empobrecimiento, una simplificación.

La opinión pública es fundamental: sin ella no hay democracia. No hay espacio político higiénico sin este barullo de diálogos e improperios, sin esta selva de palabras libres. Con todas sus aberraciones y degradaciones, nada la puede sustituir: no existen purezas alternativas; y aquello que se presentara como tal sería peor. El problema es que la opinión pública no solo tiende a imponer su propia lógica –una lógica, diríamos, de la exterioridad–, sino que tiende también a devorarlo todo. Cuando se está en ella, es casi imposible saltar a otro registro. Todo se reduce a la opinión, a lo público: a lo político.

Es urgente preservar otro espacio, o reconquistarlo. No como alternativa a la opinión pública, sino en paralelo: como aliviadero o bombona de oxígeno. La opinión pública no se lo puede comer todo. Es degradante que ante toda situación la única respuesta sea política. No todo es político. Hay otras maneras de ser y de pensar. Hay que escapar del desolladero, del taxidermismo de la política. Hay otras alternativas: no ciertamente para organizar un Estado de derecho, pero sí para vivir.

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14.10.22

La Brújula: Los temas de la semana

(Audio en 1:25:27

Hola, Rafa Latorre. Hay semanas en que lo difícil no es escribir la columna, sino escoger el tema. Esta que hoy llega a su finde ha sido un no parar. La actualidad ha ido de lo macroscópico a lo microscópico. Con lo primero no me refiero a Sánchez, sino a la noticia de que se ha logrado desviar el asteroide. Ahora hay que ver cómo sigue por el billar cósmico, que lo carga el diablo. En cuanto a lo microscópico, están esas células humanas que han sido introducidas en el cerebro de una rata. Algo que yo pensaba que ya se había hecho, y no diré nombres. Entre ambos extremos está lo de Lesmes. En su mensaje grabado solo le faltó asegurar que dimitir era para él un orgullo y una satisfacción. Y está también lo del presidente llegando tarde a la fiesta nacional, como en una canción de Paco Ibáñez. Mientras, Marruecos ha afirmado que Ceuta y Melilla son presidios. Unos presidios a los que gustan de escapar los marroquíes. Y siguen la crisis energética, la inflación y la guerra de Ucrania. Sobre esta, el inefable Monedero ha llamado fascistas tanto al invasor como al invadido, y ha hecho este llamamiento: "¿Es que nadie en la política europea va a parar a estos putos locos?". Lo dice nuestro primer guerracivilista. Hoy mismo unos ecologistas le han echado sopa de tomate a 'Los girasoles' de Van Gogh. Lo que más que un homenaje a la naturaleza parece un homenaje a Andy Warhol, el artista más artificial que ha existido. Confieso que sí había un tema que me tentaba por encima de todos: la frase de Ortega Cano “mi semen es de fuerza”. Pero ya me veía gamberreando con que la frase la podría haber dicho Sánchez, y no era plan.

13.10.22

Mi afición a los jueves

A partir de hoy mi columna en The Objective se publicará los jueves. Es el día que me ha caído en el sudoku de columnistas que deben encajar el director Álvaro Nieto y el jefe de opinión Luis Prados. Es un día que me gusta. Es, de hecho, el día que más me gusta.

Mi afición a los jueves supongo que tiene que ver con que nací un jueves. Aunque de esto de nacer tampoco soy un partidario incondicional. Reconozco las ventajas de no haber nacido, la mayoría fabulosas. Te ahorras muchos embrollos si no has nacido; te evita tremendos papelones. El que no ha nacido no se equivoca nunca. Ha tenido, por decirlo así, el acierto definitivo. Pero ya que naces tienes que tomártelo con deportividad.

Uno entonces llega al mundo y a algo mucho mejor, más ordenadito: el calendario. Y el calendario, además de meses y días, tiene semanas. La semana es el gran invento. Esa extensión de tiempo asequible, que les va dando una modulación a los días. Avanzar por la semana es como ir pisando baldosas de colores, cada una con su aroma, su tono y hasta su emoción. Es como una vestimenta de la vida, o del tiempo de la vida. Un vestido transparente pero con personalidad.

La palabra lo evoca. Y su situación con respecto a los demás días. La del jueves es la central, cuando la semana comienza el lunes (hay otras, que repudio, que comienzan el domingo: ¡abomino del almanaque anglosajón!). El jueves es el último día laborable puro, sin ese deshilachamiento ya del viernes; pero con el fin de semana a tiro, lo que lo aligera. Y lo contagia un poco, de ahí las juergas de algunos jueves.

Es un día precioso el jueves. Un día adulto, entero, lo suficientemente madurado como para que desprenda calor, aun en invierno. Trato ahora de captar la felicidad de los jueves, porque todos los jueves son felices. El pronóstico de César Vallejo de que moriría un jueves (con aguacero) no se cumplió: murió un viernes. Y no de otoño, sino de primavera. De primavera fue mi jueves.

Este mi primer jueves además tiene algo de lunes, porque sucede a un día de fiesta. El de la fiesta nacional, nada menos. Pedro Sánchez ha llegado tarde esta mañana. Llegar tarde a la fiesta nacional parece una canción de Paco Ibáñez, pero es que era el presidente. Ahí había una columna, pero he escrito esta otra. 

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12.10.22

Periodicidades

A partir de esta semana mi columna en The Objective pasa a los jueves. En La Brújula de Onda Cero sigo los viernes, en torno a las 20:25 h. Y mi dietario en el diario Sur, el último sábado de cada mes.

7.10.22

La Brújula: La pata de jamón del franquismo

(Audio en 1:24:40

Hola, Rafa. Cuando le oí al ministro Bolaños que estaban pensando exhumar los cuerpos de Queipo de Llano y Primo de Rivera, me acordé de la novela de Balzac 'La piel de zapa'. En ella el protagonista consigue un trozo de piel o cuero mágico que hace que se cumplan sus deseos cuando le corta un pedacito. El problema es que con cada pedacito también se le consume la vida. Al final, cuando corta el último, su vida se acaba. El gobierno de Pedro Sánchez dispone de su propia piel de zapa, que es el franquismo. O imaginémoslo mejor como una pata de jamón, que es más vistoso: la pata de jamón del franquismo. Sánchez le va cortando lonchas con la esperanza de que se produzca el efecto mágico de que la gente le quiera y le vote. Cortó en su día la loncha de Franco y ahora va a cortar las lonchas de Queipo de Llano y Primo de Rivera. Pero llegará el momento en que la pata de jamón del franquismo se termine y ya no haya más lonchas franquistas que cortar. ¿Qué pasará entonces? ¿Se acabará la vida de este gobierno...? En 'Un tal González', el nuevo libro de Sergio del Molino, se cuenta entre otras muchas cosas que Felipe González no quería mirar al pasado, sino al presente y al futuro. Los viejos dirigentes socialistas del exilio vivían en la burbuja de la república y la guerra civil. González quería devolver al PSOE a la España real. Pareciera que el propósito de Sánchez es justo el contrario: regresar a aquella burbuja para protegerse de la España real, que tantos disgustos le está dando. En el futuro, desde luego no piensa: sus nuevos presupuestos están hechos contra el futuro. Total, allí no quedará franquismo. Ni gobierno Sánchez.

5.10.22

Vuelve Felipe (Sobre 'Un tal González', de Sergio del Molino)

Supe que se estaba escribiendo Un tal González (Alfaguara) en primavera y, como me ha ocurrido otras veces, no conseguía imaginarme cómo iba a ser. En principio, me dio pereza un libro sobre Felipe González. Pero es que además no se me ocurría un enfoque provechoso; o por decirlo de otro modo, digno. Sergio del Molino lo ha logrado: no solo ha escrito un gran libro, sino que además es entretenidísimo, emocionante, fresco, profundo; de excelente literatura.

La rutinaria conmemoración que se avecinaba de los cuarenta años de la llegada del PSOE al poder el próximo 28 de octubre de repente cobra vida: quienes lean Un tal González (y pronostico que serán muchos) lo harán con una calidez inesperada. En sus páginas vuelve Felipe, un Felipe completo: con todos sus matices y desde sus primeros pasos en el partido hasta su dimisión como secretario general en 1997, un año después de haber perdido la presidencia del gobierno (más algunos flashes posteriores).

Pero Un tal González trascenderá la efeméride. Es un libro importante, porque reivindica precisamente no tanto la figura de Felipe González (que también) como su importancia. Tal vez hacía falta alguien de la edad de Sergio del Molino, que tenía tres años en 1982, para una operación así: de desescombro, de disipación de brumas, de decantación de los ingentes materiales en busca de lo esencial. Creo que se va a repetir lo de La España vacía y que este libro marcará un antes y un después. Como en su ya legendario ensayo, Del Molino ha sabido poner la mirada en algo que estaba ahí pero nadie veía.

Me hace gracia la comparación con La España vacía, porque este libro lo leí como algo ajeno, casi abstracto. Me gustó pero, siendo costasoleño, es decir, habitante de una zona superpoblada, me faltaba el referente, o su vivencia. Todo lo contrario de con Un tal González, cuyo referente se confunde con mi vida, en la atracción y en la repulsión (que con frecuencia se me dieron juntas). Recuerdo nítidamente el día de 1977 en que mi padre señaló un cartel electoral desde el coche, cuando volvíamos de la playa, y dijo que iba a votar a aquel hombre, Felipe González: ahí lo vi y oí su nombre por primera vez. Yo tenía once años.

Las generaciones siguientes leerán Un tal González de otro modo (siento curiosidad por ver cómo lo hacen), pero la mía y las anteriores tendrán el privilegio de leerlo en estéreo, con los recuerdos resonando en las palabras escritas y con una capacidad extra para apreciar el trabajo del autor, en sus recreaciones, observaciones y reflexiones. Y en sus omisiones y selecciones. Y en sus hallazgos: increíblemente, hay cosas que no se habían contado nunca y detalles que se habían pasado por alto (al menos para mí). Así, esta historia vieja parece nueva. Mientras leía, me maravillaba el mérito de haber alcanzado una narración vigorosa con elementos que se daban por amortizados. Y me emocionaba comprobar una vez más el milagro glorioso de la literatura: esa distancia que acerca; su poder para romper telarañas, para animar un mundo que estaba sepultado.

Su género es limpio, aunque cuenta con detractores: historia novelada. En resumen, es una novela: "basada en hechos reales". La documentación es exhaustiva, y Del Molino la reproduce cuando es oportuno; pero a partir de ella reinventa momentos, que resultan verosímiles. Lo relevante es el conjunto y, como siempre en literatura, el resultado: el libro. El que nos ocupa es una obra de madurez escrita en estado de gracia: prácticamente en cada párrafo hay algo interesante, una vibración, un trozo de vida, un comentario agudo, una expresión feliz. Por ello la lectura es gozosa.

Es además un libro valiente: con Un tal González, Sergio del Molino no solo va a contracorriente de su generación, enroscada en el desprecio por la transición, sino también a contracorriente de la inercia que se ha instalado en nuestro país. Con una contundencia saludable, aunque desde la complejidad y sin ocultar las sombras, defiende la España de la transición y el legado de ese tal González al que nos veníamos malacostumbrando a mirar con una cómoda suficiencia. Es una restitución asombrosa y admirable. 

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30.9.22

La Brújula: La serie sobre Sánchez

(Audio en 1:24:40

Buenas tardes, querido Rafa. Te he oído decir aquí en La Brújula y esta mañana donde Alsina que a ti lo que te interesa de la serie sobre el presidente Sánchez es el corte del director: esa versión futura que incluya lo descartado. A mí también, aunque algo me dice que esa versión no cambiaría mucho. Sospecho que el director tiene unos principios cinematográficos tan radicales como aquellos cineastas del grupo Dogma, que se imponían a sí mismos numerosas restricciones. En este caso, la primera restricción debe de ser apagar la cámara cuando la realidad desagradable asoma. En el tráiler todo es agradable, salvo el plano insertado de un bombardeo en Ucrania, cuya utilidad por otro lado es mostrar lo agradable que es sentir la Historia desde Moncloa. No, no creo que fuese distinto el corte del director, porque no se habrán grabado abucheos a Sánchez, ni sus regañinas al jefe de Radio Televisión Española hasta hacerle dimitir, ni ninguna de las otras servidumbres oscuras del poder... Aunque sospecho que lo que se emita no mermará el potencial crítico del producto: la opción estética de exhibir esa burbuja acaramelada, con la que está cayendo, es pura corrosión. El director, en realidad, es un gamberro por hacerle a Sánchez un Nodo. Algo que, por lo demás, enamorará a los sanchistas. Empezando por el primer sanchista: Sánchez. Se nota que en la serie se ve guapo. Como en todas las demás circunstancias de la vida. Al cabo, su ejercicio como presidente no habrá sido más que un rodeo para que exista la serie, que será su auténtico legado. Por ella todo habrá merecido la pena, pensará Sánchez. Pero hay algo que me da morbo. Si la serie se titula 'Las cuatro estaciones', ¿qué harán cuando llegue el otoño? ¿El otoño del patriarca?

28.9.22

Las razones del hipódromo

Reconozco que con Savater tengo un problema. No es que termine siempre dándole la razón, sino que empiezo dándosela. Supongo que se debe a que aprendí a pensar con él y mis circuitos neuronales están fatalmente encauzados. Esto me hace ser un discípulo de los que desdeñaba Nietzsche, que buscaba contradictores, y de los que le dan pereza a Savater; quien, por su parte, tampoco fue así con sus maestros, y por ello sí más plenamente nietzscheano.

Nietzscheana fue su columna del sábado en El País, en la que contaba por qué había pedido el indulto para Griñán. En la mía de la semana pasada (fue mi último martes; hoy es mi primer miércoles) le presupuse blandas razones humanitarias, piedad hacia el anciano que va a la cárcel... Pues no, eran razones vigorosas, alegres, juguetonas (también gloriosamente desvergonzadas): Griñán fue compañero de hipódromo en la juventud "y escribía excelentes crónicas hípicas que firmaba Riu Kiu". Termina Savater: "prefiero no ver en la cárcel a Riu Kiu". Solté una carcajada. Resonaron en mí tantos momentos gozosos de la obra de Savater, no precisamente los más periodísticos...

Tras leer su columna, una dijo que Savater "chochea" y otro que "merece cierto piadoso silencio cuando argumenta de modo gagá" (este es un autodenominado filósofo que merece cierto piadoso silencio cuando argumenta del modo que sea). Es lo que tiene no haber seguido a Savater desde el principio, porque el del otro día es el Savater del principio: hacía tiempo que no escribía un artículo tan juvenil. El equívoco viene de que con los años se ha venido convirtiendo en héroe civil y referente moral. Pero cualquiera que lo haya leído bien sabe que para él estas cosas son secundarias y solo valen si las alienta la alegría. Y su gran alegría es el hipódromo. Dicen que "se ha disparado un tiro en el pie", que pierde prestigio como intelectual. Puede ser: en favor de lo que le interesa primero.

Hay indudables razones para criticar la petición de indulto de Savater: y todas están recogidas en el artículo de Savater, que las expresa con una capacidad de síntesis que no han atinado a tener sus detractores. Él mismo las explicó más pormenorizadamente en artículos y entrevistas de cuando los indultos del procés, sobre los que se manifestó en contra. En la columna de ahora lo dice claro: "No quisiera ser ciudadano de un país donde la complicidad o la secta cuentan más que la ley". Esto no tiene vuelta de hoja: sin ley no hay Estado de derecho. Pero esto, que es lo fundamental, no agota las razones posibles. Savater completa lo anterior así: "tampoco vivir entre rectilíneos para los que no hay amistad si no concuerda con el código establecido".

Me he acordado de los ensayos de Isaiah Berlin sobre líneas de racionalidades en conflicto, sobre todo el que escribió sobre Maquiavelo. Lo trágico del asunto que nos ocupa es que, desde un punto de vista cívico, Griñán debe ir a la cárcel. No otra cosa exige el bien común; es decir, no que vaya a la cárcel, sino el cumplimiento de una sentencia judicial. Pero hay otras razones, que podríamos llamar aquí "las razones del hipódromo", que pujan por la excepcionalidad. No son cívicamente ejemplares, pero sí saludables en otro plano: y no está mal que cuenten también con su ejemplo.

En cuanto a mí, reconozco que jamás pediría el indulto para un aficionado a los caballos. Otra cosa sería para un aficionado a la música brasileña con el que hubiese compartido conciertos de Caetano Veloso. O para un aficionado a Savater. 

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27.9.22

Arrasados por la ideología (Charla con Paco Beltrán)

 

En el podcast de Paco Beltrán, Pinista en un burdel. En su web aquí. El audio en las distintas plataformas aquí. (La charla fue el 9 de agosto de este 2022 a media mañana.)

24.9.22

Dietario: Naufragio metódico

Trabajo. Nunca se percibe mejor la cabronada del trabajo que el primer día tras las vacaciones. Este secuestro de tiempo, cuando hasta ayer lo teníamos todo. 

Latorre. A finales de julio recibí este mensaje de Rafa Latorre: "Desde el comienzo de 'Zoom News' no te hacía una pregunta semejante. ¿A ti te gustaría hacer un comentario radiofónico semanal?". 'Zoom News' era el periódico digital del que fue subdirector hace diez años. Entonces me llamó para que colaborara como columnista. Ahora ha empezado a dirigir 'La Brújula' de Onda Cero. Pertenece a esa estirpe de aristócratas cotidianos que no piden, solo dan. 

Inauguralista escéptico. En el dietario de agosto hablé de mi cuento de todos los veranos: me propongo escribir, pero no escribo. Al leerlo, dijo Arias: "Me fascina la figura emergente del inauguralista escéptico: consciente de que no escribirá, sigue creyendo que va a escribir y luego escribe que no ha escrito…". 

Gun Hill. Encuentro en el Rastro de Fuengirola carteles de 'El último tren de Gun Hill', una película del oeste con Kirk Douglas y Anthony Quinn. Los compro porque era la favorita de mi padre. Cuando éramos niños, nos llevó a verla a un matinal a mi hermana y a mí. Desde entonces siempre que la ponían en la tele la veía y la grababa. No sé cuántas veces lo hizo. Había algo en esa película que necesitaba poseer, no podía dejar que se le escapase. Durante años fue motivo de cachondeo en la familia. Y ahora de amor. 

Hasta los viejos. Antes de que el tema pase a ser la muerte de la reina de Inglaterra, hago bromas sobre lo mucho que me pone la nueva primera ministra, Liz Truss, nombrada unos días antes. Jáuregui me las ríe. Doy por hecho que ella es mucho mayor que yo, pero consulto su edad y me quedo planchado: ¡nació nueve años después! Se lo cuento a Jáuregui y dice una gran frase: "Ya todo el mundo es más joven que nosotros, hasta los viejos". 

Mareíllo. Subo a bordo de la nao Victoria, en la que Elcano dio la primera vuelta al mundo. Se encuentra atracada en Málaga junto con otros dos barcos de época. La imitación está lograda. Tanto, que me fuerzo a imaginarme como uno de aquellos marinos; su heroísmo y sus penalidades en los minutos de la visita. Mientras contemplo la Farola desde cubierta, imagino que nos falta comida fresca y podemos pillar el escorbuto. Pero es necesario resistir. Hay que lograr la hazaña. El barco oscila y eso basta para la sensación de altamar. Al bajar, noto un mareíllo: un eco palpable, físico, de las navegaciones auténticas. 

Naufragio metódico. La primera vez que oí el poema "Autobiografía" de Luis Rosales fue por la radio. Recuerdo el impacto del comienzo: "Como el náufrago metódico que contase las olas / que faltan para morir...". Y sobre todo el del final: "sabiendo que jamás me he equivocado en nada, / salvo en las cosas que yo más quería". Era joven, pero ya sentía que me había equivocado en esas cosas. Esta sensación de fracaso, o de naufragio metódico, tenía un fondo grato, porque era solo mía: la consideraba una distinción. Andando el tiempo he visto que muchos la hacían suya también. Me fijo en el último que lo acaba de citar y me doy cuenta de la incomodidad que me produce. Todos sienten que se han equivocado en lo que más querían. No es ninguna distinción. 

Consejo de artista. Dos chicos hablan a mis espaldas, creo que de música hip-hop. Bajamos las escaleras mecánicas de la nueva estación de cercanías de Torremolinos. En realidad, es uno el que le habla al otro. Le da consejos. Consejos de artista. Tiene acento latinoamericano (¿colombiano?) y habla con determinación, es muy bueno. Antes de que lleguemos abajo saco el móvil para anotar lo que ha dicho: "El artista debe tener una voz fuerte y una metralla de palabras rápidas". 

Bajas. En estos días de bajas célebres (Isabel II y Javier Marías entre otros) visito dos veces el cementerio de los Asperones, por bajas cercanas: la prima Paca, el primo José. La prima Paca, una de esas primas de la edad de las madres que funcionan como tías, vivió siempre cerca: primero en Las Flores y luego se mudó a Nueva Málaga cuando nosotros nos mudamos. En este barrio vivía ya el primo José, cuando estudiaba Medicina. Fue el primer universitario de la familia. A finales de los setenta (era nueve años mayor que yo) llegaba a casa con 'El País' y se ponía a ver partidos de baloncesto: la primera vez de las dos cosas para nosotros. Más adelante me aficioné a la literatura y él tenía una bibliotequita en su terraza, que también fue muy importante para mí. Fue médico y ahora investigaba y daba clases en la facultad. Su hija estaba a punto de casarse. Hacía mucho que no lo veía, pero en las fotos que encuentro en internet está igual, aunque sin su melenita. El día antes de que muriera, pero él ya no pudo verlo, España ganó el Eurobasket. 

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23.9.22

La Brújula: Los antifascistas españoles

 
Buenas tardes, Rafa. Siento debilidad por los antifascistas españoles. Quiero decir, por los autodenominados antifascistas españoles. Bueno, se autodenominan antifascistas, aunque no necesariamente españoles. Son esos individuos que se pasan el día combatiendo fascismos imaginarios en nuestro país y que, cuando las circunstancias biográficas o históricas les ponen por delante fascismos de verdad, no solo no los combaten, sino que se muestran indiferentes, o incluso los acarician y abrazan. En España ocurre con la atracción de Izquierda Unida y Podemos por los nacionalistas, con especial cariño por los independentistas, mejor si son golpistas y proetarras: es decir, aquellos cuyas políticas (las legales y las ilegales) han tendido a reproducir el modelo franquista de funcionamiento. Por cierto, que estos también se autodenominan antifascistas. Pero el momento cumbre de los antifascistas españoles es cuando las cosas fascistas internacionales se ponen a cien. Por no volver a las dictaduras de Cuba y Venezuela, de las que son creyentes practicantes, quedémonos con el flagrante fascismo de Putin, con el que también comulgan. Desde que empezó la guerra de Ucrania, exhiben ese pacifismo fraudulento que excusa la invasión de países y les exige a estos, los invadidos, la rendición. Es el pacifismo de la conocida paz de los cementerios. Ahora que los rusos empiezan a reaccionar contra el tirano, en arriesgadas manifestaciones verdaderamente antifascistas, nuestros antifascistas no dicen ni pío: es regocijante asomarse a sus cuentas de Twitter. Lo mismo ocurre con las protestas en Irán, que son cristalinamente por la liberación de las mujeres, y también de los hombres, iraníes. La explicación de la conducta de los autodenominados antifascistas españoles es muy sencilla, y me temo que un tanto sórdida: ellos son antifascistas en una democracia, y solo en esa democracia y contra esa democracia. Por eso coinciden en lo fundamental con los fascistas.

20.9.22

No habrá indulto, pero el daño está hecho

Como he dicho más de una vez (me gusta repetirlo porque mi sitio es ese), yo no soy periodista. Es decir, no tengo acceso a fuentes, no hablo con políticos ni dispongo de información privilegiada. Soy un lector de prensa que colabora en prensa. Me guío por lo que observo, leo, pienso o intuyo, como cualquier lector de prensa. Estos días mis deducciones me llevan a una conclusión distinta a la de casi todos, incluidos los periodistas que están mejor informados. Lo más probable es que ellos tengan razón, pero creo que Pedro Sánchez no indultará a José Antonio Griñán.

A estas alturas, si hay una verdad empírica sobre el presidente es que no hace nada que no le beneficie, o al menos crea que le va a beneficiar. Y el indulto a Griñán no le beneficiaría en nada. Es más, le perjudicaría. La única razón no sonrojante para el indulto es la consideración humana hacia una persona de setenta y seis años (me imagino que es la que ha llevado a Fernando Savater a ser uno de los cuatro mil firmantes de la petición; muchos de ellos, efectivamente, sonrojantes). Pero esa razón a Sánchez le da igual. Hacer un gesto por el partido podría ser lo único, pero me parece insuficiente.

Al contrario, Sánchez debe de estar pensando que le han servido la jugada en bandeja. Se da por hecho el indulto, ya se le ha criticado preventivamente por irlo a conceder, se ha señalado la incoherencia de que el político que llegó al gobierno denunciando la corrupción termine salvando a un corrupto. En esta situación, si Sánchez no concede el indulto habrá obtenido un fabuloso golpe de propaganda: inesperadamente efectivo y encima gratis. Algo (tanto lo uno como lo otro) que no acierta a conseguir su equipo de propaganda.

El daño, sin embargo, está ya hecho. Más allá del indulto en sí mismo (yo podría aceptarlo por la mencionada consideración humana, me reconozco aquí un blandengue al que le incomoda ver a Griñán en la cárcel), lo preocupante son los discursos que excusan, atenúan o incluso ensalzan el brutal caso de corrupción de los ERE en Andalucía, se llevasen o no dinero quienes lo cometieron. Discursos en los que también ha incurrido Sánchez. Lo desmoralizador, además del debilitamiento institucional sobre el que ha escrito Manuel Arias Maldonado, es que la incomprensión de la gravedad del delito deja a sus excusadores en la disposición perfecta para volverlo a hacer.

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16.9.22

La Brújula: Tragedia y comedia en la monarquía británica

(Audio en 1:13:35

Hola, Rafa Latorre. Yo sigo con la monarquía británica, cuyo espectáculo me fascina. Thomas Bernhard tiene un relato que se titula "¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?". En Inglaterra están siendo las dos cosas a la vez, solo que cada una por su carril. Por un lado, el cortejo mortuorio de Isabel II, larguísimo, que ha ocupado toda la semana y aún le queda hasta el lunes; por el otro, los accidentados inicios en el trono de Carlos III. Por un lado, la tragedia de la muerte, que no deja de ser trágica aunque se produzca a los noventa y seis años; por el otro, la comedia de los tropiezos con plumas y tinteros, las muecas sobreactuadas pero divertidas de mal actor británico. La solemnidad del protocolo fúnebre a veces se desliza hacia la comedia: la rigidez de los guardias está a punto de resultar cómica... hasta que se desploma uno y somos devueltos a la tragedia. Con el nuevo rey, en cambio, la comedia parece imparable. En pocos días, ya ha tenido dos incidentes a la hora de firmar y los dos los ha resuelto de mala manera, con pésimo humor. El viernes pasado dije aquí que, por haber llegado tan tarde al trono, Carlos III era el patrón de los procrastinadores. O sea, lo hice mi rey. Y sus dificultades con la vida cotidiana han multiplicado mi adhesión. Pero, entre las risas, he pensado también en su tragedia: tal vez, simplemente, está dando los primeros pasos por un mundo sin su madre. Tal vez no se imaginara que, aun siendo rey, la realidad iba a seguir ofreciéndole una irritante resistencia, poniéndole tinteros donde no debía o plumas que manchan. Es una tragedia y es una comedia, porque es rey de Inglaterra y es como cualquiera de sus súbditos.

13.9.22

Javier Marías: el increíble hombre creciente

No más Marías. Y lo que es peor: no más novelas de Marías. En la hora de la muerte de Javier Marías pienso en los días futuros en que no leeré sus nuevas novelas, esos días de meterse en su mundo y sus frases y enturbiarse con sus fantasmagorías; días de inestabilidad acogedora: inestabilidad del suelo prosístico y de los personajes en su deambular (afantasmado) por la vida y las palabras.

Marías, que fue el introductor de Thomas Bernhard en España, dijo cuando Bernhard murió que iba a reservarse su última novela, Extinción, para que le quedara "algo 'nuevo' de Bernhard en el futuro y en época de vacas flacas". Yo, caigo ahora, me he venido reservando sin pretenderlo los primeros libros de Marías. Los he leído todos a partir de El hombre sentimental y me faltan los anteriores. Algo de Marías me queda, pues.

Me lo cruzaba a veces por Madrid y era muy bajito. Yo les decía a mis amigos que era el increíble hombre menguante. Es que, después de verlo tan bajito, mi admiración lo hacía crecer en mi memoria. Iba creciendo y creciendo hasta que me lo cruzaba de nuevo, y entonces me parecía aún más bajito que la vez anterior.

Pero en realidad fue el increíble hombre creciente. Quienes asistimos en directo a la secuencia Todas las almasCorazón tan blancoMañana en la batalla piensa en mí no podemos olvidar la impresión deslumbrante de agigantamiento. Fue una detrás de otra, un más difícil todavía, que se prolongó en Negra espalda del tiempo y las tres entregas de Tu rostro mañana. De las de después, mi favorita es Berta Isla. Y de antes, también los cuentos de Mientras ellas duermen y Cuando fui mortal, y los artículos de Pasiones pasadas y Vidas escritas.

Por decirlo así: la obra del novelista español culmina, con suerte, en una novela equivalente a Todas las almas. Unos pocos compañeros de generación de Marías alcanzaron algo así, obtuvieron reconocimiento por ello y ahí se quedaron. Alcanzaron su tope. Lo que venía después era inimaginable, y solo llegó Marías.

La sofisticación que introdujo causaba extrañeza y rechazo: signo de todo arte nuevo que cuestiona lo anterior y abre caminos. Tuvo la fortuna de que, a partir de Todas las almas, los lectores lo acogieron mientras no pocos castizos del periodismo y la literatura rabiaban. Estos sintieron que la prosa rara de Marías amenazaba su emplastes mermeladescos y sonajeriles. Lo de la prosa rara y extranjerizante es una tradición entre nosotros, la tradición de la antivanguardia.

La superioridad literaria de Marías estriba en que su prosa no es funcional y funciona; es artística y eso no interrumpe el avance de la novela sino que lo fomenta. No solo fue un gran novelista: fue también un gran escritor. Un escritor enorme. Operó en lo más difícil: la sintaxis. Y su gloria fue que le salió bien: su manierismo se vuelve naturalidad en cuanto uno se habitúa, y a partir de ahí hay riqueza, destellos, captaciones. Su escritura expresa justo lo que pretenden decir sus historias. La aleación cuaja y por eso produce vivencia.

Uno de sus temas fue el tiempo y tiene gracia cómo este ha jugado con él. Durante años fue "el joven Marías". Él mismo escribió un artículo divertidísimo sobre el tema. Y de pronto, sin saber cómo, pasó a ser considerado "un viejo cascarrabias". Por los botarates de los que se reía. Pero el tiempo, en un último movimiento (qué tío), se lo ha llevado a los setenta años. Vuelve a ser el joven Marías, porque se ha muerto joven. 

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10.9.22

La Brújula: En la muerte de Isabel II

(Audio en 1:29:07

Hola, Rafa. La longevidad de Isabel II de Inglaterra permite pensar en la relación entre la monarquía y la vida. El monarca, que lo es por ser hijo de otro monarca, incorpora a su puesto los avatares biológicos: lo vemos de niño, de joven, de mayor y de anciano. Y, como en el caso de Isabel II, lo vemos morir. Siempre cabe la abdicación, pero el empeño de Isabel II por llegar hasta el final tenía que ver con esto: ella sabía que el misterio de la Corona se apoya en el de la vida; y el misterio definitivo de la vida es la muerte. El rey que abdica nos hurta el último acto de su representación. A los gobernantes surgidos de las urnas los tenemos (los padecemos) solo un periodo, y esto es lo democrático, lo saludable. Un gobernante vitalicio es algo insano. Así ocurría con los monarcas absolutos. En las actuales monarquías parlamentarias, en las que el rey es un mero símbolo, desaparece este aspecto dañino y queda la exposición biológica: las edades de ese hombre o esa mujer sucediéndose en su vitrina. Para el pueblo es una referencia vital: los británicos tienen asociada una imagen de la reina a sus recuerdos a lo largo de casi un siglo. Con el heredero, el ya rey Carlos III de Inglaterra, el proceso se ha dado de un modo peculiar. Llega al trono con setenta y tres años, y la vida asociada a él se ha mantenido como a la espera, sin concretarse, sin definirse. Es el patrón de los procrastinadores. Con el mal gusto que me caracteriza, celebré que se lo jugara todo por Camilla con esta exclamación: "¡Su reino por un caballo!". Pero ahora obtiene el reino y Camilla es su reina consorte. Por este lado, ¡final feliz!

6.9.22

Fácil o imposible

La felicidad es fácil o imposible. Lo pienso mientras me tomo una caña mirando el mar el primer domingo de septiembre. Al fin hay mesas en el Yucas, el mejor chiringuito de la Costa del Sol, que durante todo agosto estuvo atestado. Yo he vivido al lado, pero ni intenté entrar. Llevo en el apartamento desde el 29 de julio y no me he movido de aquí. Un mes largo, larguísimo. Parecía que no iba a terminarse pero se ha terminado. El último día me tomo esta caña viendo los brillos del mar hacia el sol y sintiendo la brisa. El verano se ha apaciguado de repente. La felicidad es fácil.

En la urbanización ya ha desaparecido la vida de muchas terrazas. El joven croata con su novia del primero. La familia que organizaba cenas multitudinarias dos pisos más abajo del mío, a la derecha. Las dos lo tienen ya todo recogido y las persianas están echadas. Haber seguido aquí este inicio de septiembre tal vez ha sido un error. Tal vez tendría que haberme ido como ellos y no tener estas visiones del cierre. Pero me gusta también. Aunque duele un poco. En solo un mes sedimentaron costumbres, tics, gente repetida, un mundillo. Y ahora hay que abandonarlo.

La felicidad es fácil pero me viene una punzada de nostalgia. Mañana tampoco yo estaré aquí. Son mundos felices que se rompen, los del verano. Burbujas que estallan. Por la mañana he ido a la playa todavía. He estado terminando la biografía de Luis Cernuda de Jordi Amat, los años del exilio. Él buscaba cuerpos oscuros de México, masculinos. Yo me fijo en una joven con las tetas pequeñas, preciosas, que se mete cada veinte minutos en el agua. He estado viendo también este fin de semana las dos películas de Éric Rohmer que me faltaban del ciclo que me he montado en agosto: La rodilla de Claire y La mujer del aviador. Gramáticas del deseo, en francés. Al final he visto veinte películas de Rohmer y he leído veinte libros. (Y la carne es alegre.)

La nostalgia es solo hoy. Tengo comprobado que el día crítico es aquel que aún roza el paraíso. El momento en que se suelta es el del puñetazo: es su cercanía la que hiere, su cercanía irrecuperable. Cuando aún nos alcanzan sus rayos. Luego haré la maleta, pero ahora me tomo esta caña frente al mar con acariciante delicia. La felicidad es fácil. O imposible.

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2.9.22

La Brújula: La radio

He debutado en la radio. Rafa Latorre, nuevo director de La Brújula de Onda Cero, ha tenido el detalle de ofrecerme una columna los viernes, sobre las 20:25 h. El título de mi seccioncita es Zona de confort. Pondré aquí cada semana el audio y el texto, con un título descriptivo solo para este blog. El primero, "La radio". 

La radio 

Buenas tardes, querido Rafa Latorre. No sabes la ilusión que me hace que hayas pensado en mí para La Brújula. Es que la radio fue mi primera vocación. Luego me decanté por escribir, tal vez empujado por mi voz poco radiofónica. Pero de los trece a los dieciséis años yo lo que quería era ser locutor. Los locutores eran mis ídolos. Y en realidad lo han seguido siendo, porque nunca he dejado de escuchar la radio. Todo empezó una mañana que no fui al colegio por enfermedad y puse la radio. Estaba Luis del Olmo en su primera época de Protagonistas. Me dejó fascinado la combinación de entretenimiento e intimidad. Esto último, la intimidad, es lo que no tenía la tele. Recuerdo que grabé en una cinta uno de aquellos programas, en que intervenía Gila, y me lo puse muchísimas veces: increíblemente, la magia no se agotaba. Luego vinieron más locutores. Por citar a unos cuantos: Alejo García, Julio César Iglesias, Juan Manuel Gozalo, Fernando Argenta, Araceli González Campa, El Loco de la Colina, Jesús Ordovás, Ramón Trecet, Carlos Galilea, Carlos Pumares, José María García, Javier Ares, José Luis Balbín, Javier Sardá y el señor Casamajor, Concha García Campoy, Gemma Nierga y, por supuesto, Carlos Alsina y Juan Ramón Lucas. Y un nombre de Málaga, que es mi ciudad: Antonio Guadamuro. Lo precioso es que, gracias a la radio, mi primera cultura fue por transmisión oral. Antes de leer a Vargas Llosa o a Borges, por ejemplo, yo ya los había oído hablar en la radio. Quizá el gran poder de la radio sea que es compatible con la vida. Puedes escucharla mientras estás viviendo, haciendo otras cosas. Y siempre que se está haciendo otra cosa y escuchando la radio, al menos una de las dos cosas nunca falla: la radio.

30.8.22

El periódico

De mis evocaciones de agosto del 82 dejé fuera un elemento: el periódico. Quería ocuparme de él aparte. El periódico era El País, naturalmente. En el pueblo no se recibía. Solo llegaba la prensa malagueña a la papelería de la plaza. Pero en nuestra calle vivía el taxista, que era primo, Pedro el taxista, y le pedía que, cuando tuviese algún viaje a la ciudad, me trajese El País.

No nos podemos imaginar ya lo que era. No existía internet y en la casa de Almogía no había tele (ni teléfono). En mi cuarto tenía un aparato de radio que emitía la lánguida programación de agosto. Y entonces, generalmente hacia el final de la mañana, venía El País. Era la bomba atómica, lo era todo. Era una irrupción como de otro planeta. En aquel rectángulo de papeles estaba, con sofisticación, el mundo. Lo recuerdo en la mesa como un objeto lujoso, preciso, magnético; algo que trastornaba el día, que lo enriquecía definitivamente, que lo llenaba de interés.

Pienso ahora en dos contundencias que se han perdido: la contundencia de estar sin periódico y la contundencia de estar con periódico. Las horas de antes y las horas de después, con el momento fúlgido de la lectura. Era también, para mí, otra educación que no estaba prevista que quedara a mi alcance: un complemento portentoso, el acceso a unos códigos que se iban desbrozando. Sobre todo en las páginas de Opinión, de Cultura y el suplemento Libros de los domingos.

En cuanto a aquel agosto, he estado repasando las treinta y una portadas en la hemeroteca online. Qué mundo perdido. Ronald Reagan, Yasir Arafat, Lech Walesa, Juan Pablo II... Murieron Henry Fonda e Ingrid Bergman. La selección de baloncesto brilló en el Mundial de Colombia (recuerdo la retransmisiones de Juan Manuel Gozalo por la madrugada). El éxito de La historia interminable. Spielberg habla de E.T.. Manifestaciones en Polonia. Guerra en el Líbano. Estados Unidos reprende a Francia por el gasoducto soviético. Y en España ETA: secuestros, asesinatos. Sale del hospital el niño Muñagorri, que ha perdido una pierna y un ojo por una bomba...

Y durante todo el mes, el deterioro de UCD, el partido del presidente Calvo Sotelo: las intrigas, las divisiones. Algunos se van con Suárez al CDS. Otros con Alzaga. Titular del día 4: "Los dirigentes centristas se preparan para unas elecciones anticipadas". Titular del día 12: "Calvo Sotelo afirma que UCD no desea adelantar las elecciones". Del día 14 es la foto de Calvo Sotelo en bañador de cuerpo entero, que no se me había olvidado (es, en realidad, lo único que recordaba de las portadas de todo el mes). El día 24: "El PSOE dará facilidades para la admisión de nuevos militantes". El día 25: "La crisis en UCD fuerza a Calvo Sotelo a aplazar su viaje a Dinamarca. El Gobierno podría estudiar la disolución de las Cortes". El día 26: "Lavilla y Calvo Sotelo afirman que las elecciones generales no están lejos". Y por fin el día 28, en la letra más grande del mes: "Calvo Sotelo disuelve el Parlamento y convoca elecciones generales para el 28 de octubre". (Como noticia subsidiaria, pero llamativa: "Juan Pablo II mantiene su visita a España en plena campaña electoral". Aunque finalmente se aplazó.)

Dos meses después, ya sabemos, la mayoría absoluta del PSOE y el Gobierno de Felipe González y Alfonso Guerra. Justo en las primeras semanas de mi tercero de BUP de Letras. ¡Y la aparición de la Filosofía! (Acababan de estrenar La colmena, la adaptación de la novela de Cela, que también leí.) Y de allí hasta hoy.

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27.8.22

Dietario: Cuento de verano

En bandeja de plata. Vuelvo a Torrequebrada, al cuarto y la terraza que me deja Nádia, con la que mantengo ahora una amistad humorística (les dice de mí a otras brasileñas: "Ele é cheio de histórias!"). Durante un mes, si nada precipita mi marcha, desayunaré frente al mar, que a esa hora es la bandeja de plata donde me vienen el café solo y el pan con aceite y jamón. Podré ser más o menos feliz, pero viviré en el decorado de la felicidad. 

Sigue la escalada. El sábado quedo con Rafa Gª Maldonado en el Rastro de Fuengirola, donde él vive. Hace mucho calor y voy mangacortista y pantaloncortista. Al verlo llegar con sus mangas largas le digo: "¡Llevo todos los cortismos que puede llevar un hombre, y si lleva más, no es un hombre!". En los puestos no hay nada que merezca la pena, salvo una edición de Bella del Señor que él se compra. Sí pesco frases, como siempre. Una señora recuerda con cariño lo que decía uno que ha muerto y cuya pareja iba con otros: "Más vale un bombón compartío que una mierda p'a cada uno". Un vendedor dice la que es ya definitivamente la mejor frase de vendedor de la historia: "Las mujeres no vienen a comprar, ¡vienen a quitarme dinero!". Luego, comiendo churros, Rafa me habla de su nueva novela, que saldrá en otoño: El desaliento, en que recrea su experiencia como sanitario en Senegal. 

Primer baño. Qué momento el de meterse un año después en el mar. Es como volver a la verdadera patria: la de la flotación, la de la ingravidez. Una paz placentera, hecha de agua, cielo y sol. Con la alegría de que queda todo agosto por delante; y la inquietud, al emerger de un corto buceo, por lo rápido que pasará. 

Aguas calientes. Este verano el mar está caliente. Hace demasiado calor y ni siquiera hay brisa. En el apartamento me paso las horas con la que fabrica el ventilador. El agua calentorra sí me gustaba de niño. Entonces las madres nos llevaban a la playa de la Misericordia, donde desembocaba la corriente de la central térmica que había allí. Era maravillosa la mentalidad de las madres: no tenían en cuenta la toxicidad de los residuos, pero el agua era buena para los niños porque venía calentita. Recuerdo que aquellas tardes nos daban de merendar (era finales de los setenta) los polvos naranjas que se echaban en agua del grifo para hacer zumo, Tang creo que se llamaban. El complemento sólido no era menos artificial: bollería industrial o, condescendiendo algo con lo natural, un bocadillo de mortadela con aceitunas. Estoy convencido de que los niños malagueños de mi generación estamos inmunizados contra cualquier ataque atómico que se produzca: nos metieron de pequeños en la marmita radiactiva. (¡También jugábamos alegremente con el mercurio de los termómetros rotos!) 

Cosas del directo. Me convoca Paco Beltrán para entrevistarme en su podcast Pianista en un burdel. Me dice que la luz me tiene que dar de frente y el único sitio en el apartamento con esa luz es en la terraza. No se emitirá en directo, pero la grabación sí lo será. Hemos quedado en que nos conectaremos hoy, un martes de mediados de agosto, a las once y media de la mañana. Los días anteriores he vigilado que no dé el sol a esa hora en el sitio en el que voy a poner la mesa y que las condiciones acústicas sean las adecuadas. Todo ha ido bien, en los días anteriores. Pero hoy el jardinero se ha puesto a trabajar en el jardincito de abajo con su horrísono soplahojas, y por mi terraza se han descolgado unas cuerdas y a continuación dos trabajadores. Resulta que han venido a reparar en las fachadas (¡hoy!) los desperfectos de la lluvia de barro de marzo. Así que falta media hora para la conexión con Beltrán y tengo al soplahojas debajo y a los obreros gritándose muy obreramente en mis narices. Pero cuando llega el momento, ¡milagro! El soplahojas se para y los obreros se largan a otra pared desde la que ya no se les oye. Cosas del directo esto también, supongo. 

Cuento de verano. Como todos los años, me propuse leer poco y escribir mucho, pero he escrito poco y he leído mucho. Encima me he montado un ciclo de películas de Éric Rohmer en la terraza, por la noche: minicine de verano, con el ventilador (sin rebequita). Una se titula Cuento de verano, pero casi todas son cuentos de verano. En cuanto a la lectura, horas tumbado o en la mesita frente al mar. Un placer culpable. El propósito segrega su zumo cuando se incumple: gustoso pero un poco amargo. Mi cuento de cada verano, ahora que lo pienso, es que voy a escribir. 

Fin del cuento. Llego al final de agosto barbudo y melenudo (bueno, con las hebras formando una masa, mi canto del cisne capilar). Siempre hay un día transparente, en que el azul del mar se intensifica y corre un airecillo fresco: se insinúa septiembre de pronto y es una sorpresa. Las noticias anuncian que el cuento no acabará bien. 

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En Diario Sur.

23.8.22

Agosto del 82

Nunca pensé que pudieran pasar cuarenta años. Aquel agosto de 1982 tal vez fuese el fundamental de mi vida. En ocasiones siento que no le he sido fiel, pero le he sido fiel, radicalmente fiel; puede que incluso demasiado fiel.

Nos instalábamos ese mes en la casa del pueblo, Almogía, a veinticinco kilómetros de Málaga, en el interior, donde yo tenía un cuarto arriba que daba al patio. Aunque salía con mis primos al campo y a la calle, y jugábamos en las casas (partidos de fútbol con chapas o cromos doblados, principalmente), pasaba muchas horas solo. Hice de aquel cuarto, sin saberlo todavía, mi torre de Montaigne.

Tenía dieciséis años y eran las vacaciones entre segundo y tercero de BUP. El momento en que había que escoger entre Ciencias y Letras. Por mi inercia de buen estudiante, daba por hecho que haría Ciencias. Pero hacia el final del curso me di cuenta de que lo que me gustaba era Letras. De algún modo me sorprendí a mí mismo, pero tomé la decisión. Esa decisión me dio alegría, un curioso regocijo.

Antes de que nos fuésemos al pueblo había sido el Mundial de España, entre junio y julio. Lo seguí y me apasioné como todos por Brasil. Al mismo tiempo, me aficioné definitivamente a la literatura. Hasta entonces yo leía tebeos y novelas de Agatha Christie. Aquel verano leí los primeros libros en que me fijé en algo más que en el argumento: La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa; Cien años de soledad, de García Márquez; y Memorias de un niño de derechas, de Umbral. No sé por qué, leí también algunos diálogos de Platón.

Entre los libros que me llevé a Almogía, el más importante para mí fue el Juan de Mairena de Antonio Machado. Alfonso Guerra lo había recomendado en un coloquio de La Clave y me lo compré. Un propósito principal que tenía, indispensable en mis nuevos afanes culturetas, era aficionarme a la música clásica. Lo conseguí grabando en casete programas de Clásicos populares y poniéndome las piezas hasta que me iban gustando: siempre se terminaba produciendo el mágico instante de la anticipación.

Lo bonito fue la combinación entre el Juan de Mairena y Clásicos populares. En el primero supe por primera vez de algunos filósofos y en el segundo de algunos músicos: Leibniz, Hegel, Kierkegaard o Heidegger, por un lado; Purcell, Haendel, Haydn o Schubert, por el otro. Surgieron juntos para mí y con frecuencia he pensado que los nombres de los primeros podrían haber sido de músicos, y de filósofos los de los segundos.

Además del Juan de Mairena (me parece un milagro todo lo que descubrí en ese libro, un mundo nuevo), leí la poesía completa de Machado, y una antología de Aleixandre, y novelas de Unamuno y de Baroja (El árbol de la ciencia ya). Y empecé a escribir, por supuesto. En un cuaderno de tamaño folio con espirales en el que anotaba reflexiones, versos, esbozos, proyectos, diálogos, escenitas, estupores. Resolví ser escritor. Aunque sin mucha convicción, la verdad: no sabía si valía. Ni tenía el empuje necesario para demostrármelo.

Ante la página lo que sentía ante todo era una carencia. Era una barca que hacía agua por mil agujeros. El abismo entre lo que leía y lo que me salía por escrito me intimidaba. Aunque de tarde en tarde me alegraba una expresión. Cuarenta años después la cosa sigue más o menos igual. Me adorno de alguna manera al decirlo, pero no tanto como quisiera. En resumidas cuentas, no he escrito nada. Solo cuadernos, más o menos, como aquel.

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16.8.22

El autor religioso (y otros apuntes sobre el atentado a Rushdie)

Treinta y tres años. Era mi último año de carrera y me recuerdo caminando con el profesor Romero Esteo, como a veces hacíamos, por los Montes de Málaga. Recuerdo la extrañeza ominosa de la llamada del tétrico teócrata Jomeini a que cualquier fanático del mundo asesinara al escritor Salman Rushdie. Era de una sordidez insoportable aquella "activación mundial de majarones con cuchillo", como dijo Romero Esteo. Treinta y tres años después un majarón activado, que ni había nacido entonces, ha acuchillado a Rushdie.

El autor religioso. Con lo de "autor intelectual" de un atentado se hace referencia al que lo ha ideado o planeado, no a que se trate de un intelectual. Lo que pasa es que tantos intelectuales han suscrito crímenes que se impone ese aspecto semántico. De hecho, desde el comienzo del siglo XX no ha habido ni un crimen con coartada política que no haya contado con sus intelectuales. En el caso de Jomeini y demás ayatolas que nos han venido tocando la pirola, resulta pertinente la traducción intuitiva del "clerc" francés como "clérigo". El título de Julien Benda La trahison des clercs incluiría así a Jomeini entre los traidores o amigos del crimen, no ya intelectual sino religioso. Se puede hablar de él como "autor religioso" del atentado a Rushdie.

Yihadistas de casa. Tras el atentado a Rushdie, como tras el 11-S, el 11-M, los atentados de Barcelona o la matanza de Charlie Hebdo, las condenas suelen hablar de los fanáticos, o como mucho de los fanáticos "de todas las religiones", sin mencionar el islam. Son condenas correctas, aunque se escamotea algo cuando no se atiende a la proclividad del islam a incurrir en fanatismos (ni al hecho de que todos los atentados mencionados sean islamistas). Por lo demás, en efecto, el problema es el fanatismo: de todas las religiones y de todas las ideologías; siendo el de las religiones el modelo puro del fanatismo. En casa hemos tenido también a nuestros yihadistas con boina, que mantienen un alucinante predicamento.

Esa prensa canalla. La prensa de ETA (aquel Egin de la ayatolesa Aizpurua) culpaba a las víctimas, como la iraní culpa a Rushdie. Son manifestaciones tanto del fanatismo como de la traición de los intelectuales (y los clérigos). Más risible es esa prensa habituada a acusar al menor indicio que se desvanece ahora en vaguedades. The New York Times ha dicho sobre el atentado: "A motive was unclear" (David Mejía se ha dado el gustazo de tuitearles: "I have some information regarding the motive"). Y elDiario: "Se desconoce qué motivó al presunto agresor de Salman Rushdie" (Daniel Gascón, aprovechando que lo ilustraban con una foto de Rushdie en camisa de manga corta, tampoco se ha privado de reírse: "No se descarta la polémica del mangacortismo").

Más literatura. Como ha escrito Alberto Olmos, lo que consiguen estos ataques a la literatura es "generar más literatura". Aparte de que ahí, en la lucha entre el literalismo opresor y la liberadora literatura, está el núcleo del asunto, ocurre que Rushdie escribirá en cuanto pueda de lo que le ha pasado: incrementará la cantidad de aquello que irrita a los ayatolas. Por otro lado, he estado pensando también en la literatura estos días. Principalmente en Borges y sus cuentos de cuchilleros. Borges (autor del verso “el íntimo cuchillo en la garganta”) era sensible a la oposición entre el mundo de las letras y el de los cuchillos. Sentía una mezcla de fascinación literaria y terror real, que plasmó en el destino acuchillado (salvo que fuese una alucinación) del personaje Dahlmann de “El Sur”. Rushdie ha experimentado esa brutalidad, pero podrá contarla. 

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