5.10.22

Vuelve Felipe (Sobre 'Un tal González', de Sergio del Molino)

Supe que se estaba escribiendo Un tal González (Alfaguara) en primavera y, como me ha ocurrido otras veces, no conseguía imaginarme cómo iba a ser. En principio, me dio pereza un libro sobre Felipe González. Pero es que además no se me ocurría un enfoque provechoso; o por decirlo de otro modo, digno. Sergio del Molino lo ha logrado: no solo ha escrito un gran libro, sino que además es entretenidísimo, emocionante, fresco, profundo; de excelente literatura.

La rutinaria conmemoración que se avecinaba de los cuarenta años de la llegada del PSOE al poder el próximo 28 de octubre de repente cobra vida: quienes lean Un tal González (y pronostico que serán muchos) lo harán con una calidez inesperada. En sus páginas vuelve Felipe, un Felipe completo: con todos sus matices y desde sus primeros pasos en el partido hasta su dimisión como secretario general en 1997, un año después de haber perdido la presidencia del gobierno (más algunos flashes posteriores).

Pero Un tal González trascenderá la efeméride. Es un libro importante, porque reivindica precisamente no tanto la figura de Felipe González (que también) como su importancia. Tal vez hacía falta alguien de la edad de Sergio del Molino, que tenía tres años en 1982, para una operación así: de desescombro, de disipación de brumas, de decantación de los ingentes materiales en busca de lo esencial. Creo que se va a repetir lo de La España vacía y que este libro marcará un antes y un después. Como en su ya legendario ensayo, Del Molino ha sabido poner la mirada en algo que estaba ahí pero nadie veía.

Me hace gracia la comparación con La España vacía, porque este libro lo leí como algo ajeno, casi abstracto. Me gustó pero, siendo costasoleño, es decir, habitante de una zona superpoblada, me faltaba el referente, o su vivencia. Todo lo contrario de con Un tal González, cuyo referente se confunde con mi vida, en la atracción y en la repulsión (que con frecuencia se me dieron juntas). Recuerdo nítidamente el día de 1977 en que mi padre señaló un cartel electoral desde el coche, cuando volvíamos de la playa, y dijo que iba a votar a aquel hombre, Felipe González: ahí lo vi y oí su nombre por primera vez. Yo tenía once años.

Las generaciones siguientes leerán Un tal González de otro modo (siento curiosidad por ver cómo lo hacen), pero la mía y las anteriores tendrán el privilegio de leerlo en estéreo, con los recuerdos resonando en las palabras escritas y con una capacidad extra para apreciar el trabajo del autor, en sus recreaciones, observaciones y reflexiones. Y en sus omisiones y selecciones. Y en sus hallazgos: increíblemente, hay cosas que no se habían contado nunca y detalles que se habían pasado por alto (al menos para mí). Así, esta historia vieja parece nueva. Mientras leía, me maravillaba el mérito de haber alcanzado una narración vigorosa con elementos que se daban por amortizados. Y me emocionaba comprobar una vez más el milagro glorioso de la literatura: esa distancia que acerca; su poder para romper telarañas, para animar un mundo que estaba sepultado.

Su género es limpio, aunque cuenta con detractores: historia novelada. En resumen, es una novela: "basada en hechos reales". La documentación es exhaustiva, y Del Molino la reproduce cuando es oportuno; pero a partir de ella reinventa momentos, que resultan verosímiles. Lo relevante es el conjunto y, como siempre en literatura, el resultado: el libro. El que nos ocupa es una obra de madurez escrita en estado de gracia: prácticamente en cada párrafo hay algo interesante, una vibración, un trozo de vida, un comentario agudo, una expresión feliz. Por ello la lectura es gozosa.

Es además un libro valiente: con Un tal González, Sergio del Molino no solo va a contracorriente de su generación, enroscada en el desprecio por la transición, sino también a contracorriente de la inercia que se ha instalado en nuestro país. Con una contundencia saludable, aunque desde la complejidad y sin ocultar las sombras, defiende la España de la transición y el legado de ese tal González al que nos veníamos malacostumbrando a mirar con una cómoda suficiencia. Es una restitución asombrosa y admirable. 

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