14.1.19

Qué cambio

La palabra cambio ha vuelto a triunfar, después de aquel cartel –insuperado– de Felipe González en las elecciones generales de 1982, cuyo lema era Por el cambio. El del candidato del PP que va a ser presidente de la Junta de Andalucía ha sido Garantía de cambio. Quién nos iba a decir que muchos años después el cambio sería echar a los socialistas.

El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.

Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).

De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.

Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".

* * *
En El Español.

9.1.19

Tres delicias

Algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar, sino con la palabra amistad, hizo que en el último tramo de mis lecturas de 2018 hubiese tres auténticas delicias. Tres libros elegantes, vitales y fecundos, con su puntito de melancolía, que es la señal de la alegría que va en la corriente del tiempo: Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida, de Ignacio Peyró; Hoguera y abanico. Versiones de Bashō, de Ernesto Hernández Busto; y Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya, de Miriam Moreno Aguirre (el primero editado por Libros del Asteroide y los otros dos por Pre-Textos).

Comimos y bebimos es ante todo leímos: un disfrute de prosa consagrada a hacer perdurables los placeres fugaces de la mesa, que buscan su modo de eternidad en la memoria y en la repetición (siempre variada). Ignacio Peyró habla de comida y de bebida, pero sobre todo de amistad, de amor, de literatura, de lugares de culto (restaurantes, bares, algún club inglés y hasta una gasolinera), de etapas de la vida asociadas a los sentidos; de un mundo que desaparece, pero también de las compensaciones del que surge. A cada paso de su prosa hay expresiones felices y toquecitos emotivos, de un sentimentalismo con humor. De los clientes masculinos del lujoso Wilton’s de Londres (“caro como casar a una hija”) dice que gustan de “puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov”, de cierto camembert que huele “como los pies de Dios”, que la paella “no debería funcionar, y sin embargo funciona”, que el del puro es “el placer pensativo”, o que un buen bar es aquel que nos ofrece “el alcohol y la penumbra”. Yo he tenido la suerte de disfrutar con Peyró y los otros amigos catacumbísticos de tres de los lugares de Madrid que cita –El Padre, Asturianos y Cuenllas– y fueron ocasiones memorables: como las que transmite este libro.

En Hoguera y abanico, Ernesto Hernández Busto no solo ofrece una abundante muestra de poemas del maestro del haiku Matsuo Bashō (en versiones que son también poemas en español), sino además un extenso prólogo con la biografía y la poética del autor japonés, que sirve como un tratado de poesía (y vida). Cada haiku va en español y en japonés, y con un comentario que constituye en sí mismo una lectura deliciosa. Para Bashō, “el secreto de la poesía radica en pisar la senda intermedia entre la realidad y la vacuidad del mundo”. Es indudable la relación de este poeta con el zen, pero la interpretación de Hernández Busto tiene la virtud de –sin negarlo– resaltar el empeño esencial de Bashō, que no es el religioso sino el poético: sus iluminaciones son las de la poesía. Esta, para Bashō, ha de ser inútil: “Mi arte es como hoguera en verano y abanico en invierno”. Así se mantendrá lejos “del ansia de poder, de la búsqueda de la fama y de las cosas que corrompen el alma”. Citaré solo un haiku, adecuado para estas fechas: “¡Ya es Año Nuevo! / Recuerdo solitarias / tardes de otoño”. En su comentario Hernández Busto habla del recogimiento del poeta en medio de la celebración, pero no para “enfrentar su soledad a la vanidad”, sino para “dar forma a un sentimiento ambivalente: esa porción de tristeza que es necesaria para que la vida cobre sentido”.

Otra modernidad es un extenso estudio, riguroso y apasionante, sobre la obra del pintor Ramón Gaya, con un cuadernillo final de casi sesenta ilustraciones que forma un museo portátil como el que Gaya se hizo en su exilio de México con reproducciones de cuadros que admiraba: aquí los que admiramos son sus propios cuadros. Miriam Moreno Aguirre repasa los hitos biográficos del artista, rastrea sus fuentes filosófico-estéticas (Krause, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Unamuno, Nietzsche, Bergson), recorre su obra pictórica y analiza su visión del arte (y, nuevamente, de la vida). Además de pintor, Gaya fue un escritor notable que, en libros como El sentimiento de la pintura, Velázquez, pájaro solitario, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica) o su Diario de un pintor, dejó sus ideas sobre la pintura, de una originalidad y una radicalidad que no tienen que ver con las pirotecnias vanguardistas, sino con esa “otra modernidad” del título; “una modernidad natural –escribe la autora– que no tiene rostro escandaloso, ni consta de aparato teórico”, porque, según Gaya, “viene a ser algo así como un tímido y atrevido frescor que, de pronto, se aviene a dar unos pasos: nada más, eso es todo”. Para Gaya, la clave del arte no es hacer, sino ser. Distingue entre la obra de creación y lo que él llama el “arte artístico”: el separado de la vida. Su denostación de este arte, y su dedicación al otro, lo asumió como un destino, sabiendo que con ello quedaba condenado a la falta de reconocimiento. Fue un nietzscheano verdadero, por intempestivo. De ahí la belleza de un libro como este, que contribuye a su restitución.

* * *
En The Objective.

7.1.19

Vox, marcando paquete

Vox ha venido a compensar el panorama político español, tensándolo hacia el otro extremo. Hasta su irrupción estaba desequilibrado: con la tensión solo hacia uno. Este reequilibrio basado en dos extremismos no es apacible, pero al menos es más limpio geométricamente. Y no deja de contener cierta justicia: Vox es la respuesta a los que se pensaban que los consensos de la Transición los iban a romper solo por un lado.

Ese tironeo irresponsable lo inició Zapatero. De hecho, el primer libro de historia en el que apareció, la Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi (2012), decía de su presidencia que supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Y añadía: “El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas ya no eran las circunstancias de la Transición”. Pues ahí lo tienen.

Por otra parte, en esto estuvieron siempre los nacionalistas. Y los podemitas, desde que surgieron. Tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, algunos afines a Podemos se lamentaban de que había alcanzado representación política lo que hasta entonces eran conversaciones de bar. Faltaba responderles que hasta que no lo han sacado del bar no han parado. Como ya apunté, no se dan cuenta de que su énfasis de ahora los desenmascara: si según ellos PP y Ciudadanos ya eran “fachas”, ¿a qué esta alarma novedosa con Vox? Tratan de salvar los muebles (y de autojustificarse) mediante la asimilación de estos partidos con Vox. Pero no cuela. Como no cuelan los ataques súbitos de antifascismo en quienes llevan años consintiendo con nuestro fascismo realmente existente. (O lo que más se le parece, en todo caso: más incluso que Vox, que aún no ha sacado ninguna antorcha).

Los nacionalistas llevan cuarenta años jugando con la ventaja de no estar luchando contra sus opuestos, sino contra los que ya les habían concedido mucho. Luchaban contra el fruto del diálogo, que fue el Estado de las autonomías; y por eso, por mucho que tengan la palabra “diálogo” en la boca, sus exigencias van contra él. Ahora con Vox tienen a sus verdaderos oponentes: los que quieren centralismo y (ahora sí) nacionalismo español.

Está uno tentado de soltar una humorada equivalente a la de aquel ateo que defendía la religión católica frente a las demás porque al menos era la verdadera. En esta asfixiante guerra de nacionalismos, la ventaja del español para los que nos consideramos antinacionalistas es que al menos es el verdadero. Pero, claro, el nacionalismo es lo que tiene: no la aséptica ciudadanía, sino una enojosa adscripción a contenidos espurios. En el pack (¡en el paquete!) de Vox van demasiadas cosas adosadas a “España”: la familia tradicional, la caza, los toros, la xenofobia, el montar a caballo como señoritos, la rigidez antiondulante y un cierto poner los cojones encima de la mesa.

Este es el gran momento de la visualización del centro, pero me parece a mí que el centro es el que tiene todas las de perder: el reequilibrio no se traducirá en tranquilidad, sino en bronca. Volvemos a un bipartidismo, pero en bruto.

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En El Español.

6.1.19

Mitologías del Mont Ventoux

1. El ciclista ético

Lo primero fue el imperativo ético: el dibujo de Marcel Duchamp Avoir l’apprenti dans le soleil [Tener el aprendiz al sol], que yo descubrí en el libro La vida como azar de José Jiménez. El enigmático título de Duchamp aparece al pie de ese dibujo de 1914 que, como escribe su autor, “representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea”. El fondo del ciclista y de su cuesta lo atraviesan pentagramas: el dibujo está hecho en papel pautado, en papel musical. Las pedaladas del ciclista compondrían, pues, arte. Su ascenso ético tendría un resultado estético. Bajo un sol que no se ve –el sol del título– pero que alumbra y calienta la imagen. El ciclista, por lo demás, solo está concentrado en su tarea, unido a su bicicleta.

Acogí ese dibujo como emblema personal, debido a mi pasión por Duchamp (que me venía de Octavio Paz y Eugenio Trías) y a mi pasión por el ciclismo; también por mi Montano, “perteneciente o relativo al monte”. De mi diario Oficio pasajero copio dos anotaciones:
(20-VII-1993) Cronoescalada desde el Puente de Hierro hasta Almogía [...]. Nunca me había sentido tan fuerte en la bicicleta: 22 minutos y 43 segundos pedaleando a tope; sensación de plenitud. El ciclista ético es un generador de energía que se alimenta de su propio derroche; la cuesta es algo que crea él: una invención anticipada de la rueda de su bicicleta.

(19-VIII-1996) Día de ayuno. Por la mañana, subiendo en bicicleta al Mirador, me he zafado en cierto instante de los pensamientos y he hundido la cabeza para contemplar mis propias pedaladas, como el ciclista ético de Duchamp; un cosquilleo vivificador me ha recorrido entonces el espinazo. Desde arriba, luego, la visión rutilante y neblinosa de la bahía.
Aquellos eran los tiempos de Indurain. Y por eso sé que entonces no asociaba todavía el ciclista de Duchamp al Mont Ventoux. En el Tour de 1994, Indurain estuvo a punto de caerse en un descenso: derrapó y tuvo que sacar un pie en plena curva. Los aficionados recordamos la imagen, el momento de mayor peligro en la carrera triunfante de Indurain. Pero ahora he visto que la bajada era la del Mont Ventoux; el que no hubiese retenido el dato indica que aún no sabía que ese es el monte del ciclista ético. El primero en la subida de aquella jornada fue, por cierto, Eros Poli. Significativamente: Eros y Tánatos (la sombra de la caída que no se produjo). El amor y la muerte, incluso.


2. Tom Simpson

La muerte que sí se produjo en el Mont Ventoux no fue en una bajada sino en una subida: la de Tom Simpson, en el Tour de 1967. En esa ocasión el primero en pasar por el monte fue Julio Jiménez (otra vez ese apellido). La muerte de Simpson es uno de los acontecimientos señalados de la historia del Tour de Francia. Dejó el Mont Ventoux marcado: contribuyó a su mitificación con un sacrificio humano. Y lo peculiar, insisto, está en que fue una muerte en pleno ascenso. En Cumbres de leyenda, Carlos Arribas y Sergi López-Egea lo cuentan así:
Por el Chalet Reynard [la zona sin vegetación] Simpson ya pasó descolgado y con la mirada perdida. De hecho, solo había resistido once kilómetros, de los veintidós de ascensión, en el pelotón de las estrellas. [...] Nadie en el pelotón, entre los ciclistas que lo iban superando, se percató de la gravedad de la situación de Simpson. Sin embargo, la muchedumbre, agolpada, como siempre, en la ladera del Ventoux, ya observó algo extraño en aquel corredor vestido de blanco que iba dando tumbos y que movía la bicicleta de una forma rara y singular, de un lado a otro de la carretera. [...] A tres kilómetros de la cumbre, allí donde [hoy] se erige el monumento dedicado a su memoria, se apeó de la bicicleta. No podía dar ni una pedalada más. Aún tuvo fuerza para desatarse los calapiés. Para tratar de apoyarse sobre el cuadro de la bicicleta. Las manos sobre el sillín y el manillar... Buscaba recuperar unas fuerzas imposibles. [...] Simpson, con aire fatigado, trató de subir de nuevo a la bicicleta. Pero vaciló y se derrumbó sobre la carretera. Volvió a intentarlo. Otra vez al suelo. A la tercera ocasión ya no se levantó más.
Intentaron reanimarlo con el boca a boca, primero un espectador, después el médico oficial del Tour. Pero Simpson no reaccionaba y avisaron al helicóptero para que se lo llevara al hospital de Aviñón, donde ingresó cadáver. Según la autopsia, la muerte de Simpson se debió a una parada cardiaca provocada por anfetaminas y coñac, más el calor y el esfuerzo. En Plomo en los bolsillos, Ander Izagirre recoge unas declaraciones que hizo muchos años después Colin Lewis, el neoprofesional que compartía habitación con Simpson en aquel Tour y que fue quien le proporcionó el coñac. Cuando se dirigían al Ventoux los gregarios habían asaltado un bar, como era costumbre en la época:
"Las cocacolas eran los botines más preciados y yo vi una botella encima del frigorífico, así que me subí a una silla y la cogí. Luego me guardé otras tres botellas en los bolsillos traseros del maillot y me metí una más por la nuca, sin saber qué eran. Salí corriendo". Después tocaba perseguir al pelotón, cazarlo y buscar al jefe de filas. "Busqué a Tom en el grupo y le pasé la cocacola", cuenta Lewis. "Se la bebió entera, casi de trago, y luego me preguntó: '¿Qué más tienes?'. Metí la mano en el bolsillo y agarré una botella cualquiera: era coñac Rémy Martin. Tom la vio, dudó un instante y al final me dijo: 'Qué demonios, dámela. Ando un poco flojo, a ver si me pongo a tono'. Bebió un trago y luego arrojó la botella por los aires a un campo de girasoles".
Al comienzo del Tour, Simpson le había dicho a Lewis que aquella sería la etapa clave: "Cuando coronemos el Ventoux, sabremos quién será el ganador en París". Lewis lo recordaría en el hotel al lado de la cama de Simpson vacía. Simpson se comportó como un artista, como un artista maldito: el ciclismo considerado como una de las bellas artes. El último detalle de su muerte es que, cuando estaba ya tumbado en la gravilla, siguió dando pedaladas al aire: "haciendo girar unos pedales invisibles". Con ellas salió del Ventoux, o lo completó.


3. Petrarca

En algún momento asocié el ciclista ético de Duchamp a Tom Simpson. Y consideré, por tanto, que la cuesta del dibujo era la del Mont Ventoux. Mi emblema se concretaba; aunque adquiría un sentido excesivamente fúnebre, que no terminaba de agradarme. Fue entonces cuando descubrí, en la librería del Reina Sofía de Madrid, un libro con la carta de Francesco Petrarca sobre su subida al Mont Ventoux. Aunque la subida no tenía que ver con Laura, Petrarca era inevitablemente el poeta del amor a Laura; del amor único. Ahora el ciclista ético estaba completo, en su Mont Ventoux: ciclista del amor y de la muerte.

El amor único parecía ser evocado, curiosamente, por este proverbio provenzal: “Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite”. Amor único también en el sentido de “una y no más”.

Cuando Petrarca iniciaba la subida al Mont Ventoux el 26 de abril de 1336 –fecha de la carta en que lo cuenta, supuestamente tras el descenso; aunque en realidad la escribió años más tarde–, un viejo pastor le advirtió que no lo hiciera. Él mismo se había puesto a ascenderlo cincuenta años antes y lo único que consiguió fueron magulladuras. Según el gran Jacob Burckhardt en La cultura del Renacimiento en Italia, “en el ambiente en que [Petrarca] vivía, el escalar montañas sin tener un propósito concreto era algo inaudito”. Si Petrarca lo hizo, fue porque, viviendo en Aviñón, con la vista omnipresente del monte, “una necesidad indefinida por contemplar un amplio panorama fue creciendo cada vez más en su interior”.

Se hizo acompañar por su hermano Gherardo y dos criados. Partieron de Malaucène, naturalmente a pie. Esa está considerada hoy la ruta más difícil para los ciclistas. La de la etapa de Simpson, que tampoco era fácil, fue la de Bédoin. Escribe Ángel Crespo en su prólogo al Cancionero:
El tiempo era bueno, y Gherardo emprendió la escalada con decisión; Francesco, en cambio, dio rodeos, descendió algunos pasos, en busca de mejor camino, cuando se sintió fatigado y, ante las llamadas de su hermano, le dijo que, en lugar de seguir, como él, el camino más recto, buscaría uno que fuese más practicable por la otra vertiente, aunque ello le llevase más tiempo. No era, reconoce el poeta, sino un pretexto para justificar su pereza. La consecuencia fue que, tras desgarrarse las ropas y lacerarse las carnes, cansado y arrepentido de su falta de decisión, hizo un supremo esfuerzo y, una vez en lo más alto del monte, pudo contemplar un maravilloso panorama.
El mismo Petrarca lo dice así en su carta, tras haberse puesto “a vagar dando rodeos por las partes bajas en busca de una senda más larga pero más llana” (tomo la traducción de Plácido de Prada en José J. de Olañeta, Editor, Subida al Monte Ventoso):
Quería con ello posponer el esfuerzo de la subida, pero no cambia sus leyes la naturaleza por las mañas humanas, ni se puede lograr que algo material llegue a lo alto descendiendo.
Lo que Petrarca está trazando es una alegoría, ciertamente diáfana:
Igual que tantas veces te ha ocurrido hoy en la subida de este monte, te ocurre a ti como a tantos en el camino a la vida bienaventurada. [...] Evidentemente nada más que la senda llana que discurre por entre bajos placeres terrenos y que a primera vista parece más fácil y cómoda; pero tras muchos extravíos, cansado y agobiado por la fatiga que innecesariamente has diferido, te verás obligado o a subir a la cima de la vida bienaventurada, o a echarte cobardemente en el bajo valle de tus pecados, y si allí te encuentran (horrible augurio) las tinieblas de la muerte, deberás pasar entre incesantes tormentos una perpetua noche.
Una vez en la cima más alta, sigue Petrarca, en una estampa que recuerda al famoso cuadro de Caspar David Friedrich El caminante sobre el mar de nubes, con cinco siglos de antelación:
Primero, impresionado y conmovido por la inusitada ligereza del aire y por la grandeza del panorama que me rodeaba, he quedado como estupefacto. He mirado a mi alrededor: teníamos las nubes por debajo de los pies, y entonces me ha parecido menos increíble lo que se cuenta del Atos y el Olimpo, al ver con mis propios ojos las mismas cosas en un monte de menor fama. He vuelto la vista a las regiones por las que más se inclina mi corazón, Italia; y he aquí que los Alpes, gélidos y cubiertos de nieve [...] me han parecido muy cercanos, pese a encontrarse tan distantes.
Tras contemplar el paisaje (desde el que, como me escribió mi amigo Bil, que estuvo allí, “se ve media Francia”), Petrarca abrió al azar las Confesiones de San Agustín y le salió por este párrafo:
Se van los hombres a contemplar las cumbres de las montañas, las grandes mareas del mar y el ancho curso de los ríos, la inmensidad del océano y las órbitas de los planetas; y de sí mismos no se preocupan.
Petrarca se quedó atónito. Cerró el libro, le pidió a su hermano que no le molestase e hizo el descenso “pensativo y silencioso”.


4. Signo ascendente

Ya tenía armada mi hipótesis (artística) de que el monte del ciclista ético era el Mont Ventoux, cuando advino una gloriosa confirmación: gráfica, como debe ser. Los carteles indicadores de la carretera de subida muestran la silueta de un ciclista ascendiendo por la línea que representa el monte, igual que en el dibujo de Duchamp. Sobre la imagen pone: “Le Mont Ventoux, 1909 m”. Y por debajo: “Géant de Provence”. Gigante de Provenza, como se conoce en el lugar a este monte que aparece aislado sobre una enorme región llana; la lavanda que la cubre parece una alfombra que conduce a sus faldas.

Geológicamente el Mont Ventoux pertenece a los Alpes, aunque esté solitario. En una crónica ciclística, Carlos Arribas lo llamó “incongruencia geológica en medio de la Provenza”. Es el mirador del lugar en que nació el amor cortés. Su cumbre está frecuentemente azotada por el viento (de ahí su nombre, Ventoso), motivo por el que se suspendió la mitad del ascenso en el desdichado Tour de 2016, aquel en que se vio a Chris Froome subir sin bicicleta, en involuntario homenaje a Petrarca. Originalmente el monte estaba cubierto de árboles, pero empezaron a talarse en el siglo XII para abastecer a los astilleros de Tolón (simbólicas esas maderas del Ventoux que se harían a la mar) hasta llegarse en el siglo XIX a la desforestación completa de los kilómetros superiores. La cima es de piedra calcárea, pelada, que es la que le da su inquietante aspecto lunar y la que parece nieve desde lejos, incluso en verano.

El primer ciclista que lo subió en un Tour, en 1951, fue Lucien Lazarides: otro nombre significativo. De Lázaro, el resucitado. Siempre la vida. Y también la muerte. Se dice que el cadáver del empresario Publio Cordón, secuestrado por el Grapo en 1995, está enterrado en el Mont Ventoux. Cuando se sube en el Tour, los periódicos suelen reservarle al monte denominaciones especiales: “la mística del último obstáculo”, “la montaña del miedo”. Un día en que se subía el Vesubio en el Giro de Italia, un comentarista dijo ante la vista del volcán: “Su perfil siempre me ha recordado al del Mont Ventoux”. Más tarde: “El ciclismo, cuando es bello, es de una belleza dolorosa”. Y Tim Krabbé en El ciclista: “El ciclismo de competición es justamente generar dolor”. Por su parte, Julio Torri: “El ciclista es un aprendiz de suicida”. Y otro mexicano, Juan José Arreola: “Se me rompió el corazón en la trepada al Monte Ventoux y pedaleo más allá de la meta ilusoria”. Como Tom Simpson.

Pero sobre todo es la vida: el esfuerzo es el de la vida. La apuesta por la verticalidad sobre la horizontalidad: el signo ascendente. La elevación sobre la tentación de abandonarse (de “dejarse caer”, como se dice). El imperativo del ciclista ético es el del esfuerzo y la concentración.



* * *
Publicado en el trimestral de Jot Down nº 24, especial Francia.

31.12.18

¡Otra vez!

Otra vez acaba el año, otra vez comienza. Y lo hace envuelto en luces, porque los días de Navidad son los días de las luces. Serían perfectos –también por los abrazos, las buenas palabras, la comida, la bebida y hasta las compras calefactoras (el consumismo nos da genuino calor humano)– si no fuera por la parte acústica: los horrendos villancicos, la espeluznante música que nos ponen en los especiales de televisión (¡y los petardos!). El vals de mañana no compensa.

Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.

Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.

Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.

Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.

Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.

* * *
En El Español.

30.12.18

Lecturas 2018

Dijo un amigo de Twitter que mi lista anual de lecturas es el vestido de Pedroche de los intelectualetas. Y sí: además de la expectación (tampoco trascendente: juguetona), muestra y oculta, y tiene transparencias reveladoras. Más que el número (aunque también me pico con el número), me interesan las manchas cromáticas (temáticas, autorales) y el contorno. En este, inevitablemente se recorta también lo que no se es: el límite. Todo lo que no he leído, o el tipo de cosas que no he leído... Y esta ausencia, ciertamente, es una obscenidad. Van en el orden cronológico en que las empecé:

1. Biblia del Oso (1). Libros históricos I.
2. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. Á. Crespo).
3. Lisbon: what the tourist should see. Fernando Pessoa.
4. Los cisnes salvajes de Coole. W.B. Yeats.
5. Historias. Juan Ramón Jiménez.
6. Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.
7. Experiencia. Martin Amis.
8. La torre. W.B. Yeats.
9. Espacio. Juan Ramón Jiménez.
10. Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jiménez.
11. O sol na cabeça. Geovani Martins.
12. Tú serás Baudelaire. Fernando Poblet.
13. Lo que está y no se usa nos fulminará. Patricio Pron.
14. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
15. Ordesa. Manuel Vilas.
16. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Friedrich Nietzsche.
17. Humano, demasiado humano (I). Friedrich Nietzsche.
18. Correspondencia 1914-1922. Marcel Proust/Jacques Rivière.
19. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
20. Thomas Bernhard, Viena y yo. Antonio Ríos Rojas.
21. Asuntos de delirio. Luis Antonio de Villena.
22. Celebración de libertino. Luis Antonio de Villena.
23. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
24. Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina.
25. T.S. Eliot. Northrop Frye.
26. La llamada de la tribu. Mario Vargas Llosa.
27. El entusiasmo. Remedios Zafra.
28. The Waste Land and other poems. T.S. Eliot.
29. Biblia del Oso (2). Libros históricos II.
30. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Avantos Swan).
31. La tierra baldía [El yermo]. T.S. Eliot (tr. J.Mª Álvarez).
32. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Palomares).
33. Sobre Eugenio Trías (ed. David Trías).
34. "La cabra de Portsmouth (Notas de un diario)". Iñaki Uriarte.
35. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Sanz Irles).
36. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Rey).
37. La tierra baldía (reconstrucción editorial). T.S. Eliot.
38. La funesta manía de pensar. Eugenio Trías.
39. El árbol de la vida. Eugenio Trías.
40. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J. Malpartida).
41. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Bartra).
42. "Goethe y Mr. Eliot". Luis Cernuda.
43. Introducción a La tierra baldía. V. Patea.
44. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
45. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
46. Antología. Ezra Pound.
47. Subida al Monte Ventoso. Francesco Petrarca.
48. Comentarios a La tierra baldía. Christopher Ricks y Jim McCue.
49. Cuaderno de campo. María Sánchez.
50. Poemas. Ausiàs March.
51. Mamá. Luis Antonio de Villena.
52. La dispersión. Eugenio Trías.
53. Heterodoxias y contracultura. Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.
54. Correo literario. Wislawa Szymborska.
55. Poemas de Flash Gordon. Luís Pousa.
56. Muda. Ernesto Hernández Busto.
57. The private worlds of Marcel Duchamp. Jerrold Seigel.
58. Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa.
59. Negra espalda del tiempo. Javier Marías.
60. El hilo de la verdad. Eugenio Trías.
61. El fumador pasivo. Daniel Gascón.
62. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Patricio Pron.
63. En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq.
64. El arte de la ficción. James Salter.
65. La obra maestra desconocida. Balzac.
66. “Contar el fracaso en el arte”. Pierre Barolsky.
67. El tiempo regalado. Andrea Köhler.
68. Feminismo pasado y presente. Camille Paglia.
69. El oficio de vivir. Cesare Pavese.
70. Un proyecto de Constitución española. Ramón Tamames.
71. Antología poética. Cesare Pavese.
72. “La negra espalda de Javier Marías”. Juan Antonio Rivera.
73. El gobierno de la fortuna. Juan Antonio Rivera.
74. La hazaña secreta. Ismael Grasa.
75. Introducción a la Constitución española. Ramón Tamames.
76. El golpe posmoderno. Daniel Gascón.
77. La vida interior de las plantas de interior. Patricio Pron.
78. Todos os contos. Clarice Lispector.
79. Y. Andrés Trapiello.
80. La uruguaya. Pedro Mairal.
81. Una noche con Sabrina Love. Pedro Mairal.
82. 155. Los días que estremecieron a Cataluña. Teresa Freixes.
83. Biblia del Oso (3). Libros proféticos y sapienciales.
84. La vida cotidiana. Daniel Gascón.
85. Y ahora, lo importante. Beatriz Navas Valdés.
86. Las gaviotas de hielo. Sanz Irles.
87. Extravíos. Cioran.
88. La escritura invisible. Manuel Alberca.
89. El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández.
90. Un miércoles de enero. Bob Pop.
91. El luminoso regalo. Manuel Vilas.
92. La transición democrática. Javier Paniagua.
93. "Equilibrios. El aprendiz bajo el sol". Antonio Juárez.
94. Ubú en bicicleta. Alfred Jarry.
95. Crisis constitucional e impulso constituyente. Pablo Iglesias/Javier Pérez Royo.
96. Un largo Termidor. Gerardo Pisarello.
97. La Transición contada a nuestros padres. Juan Carlos Monedero.
98. El precio de la Transición. Gregorio Morán.
99. CT o la Cultura de la Transición (ed. Guillem Martínez).
100. Elogio de la Transición. Antonio Papell.
101. Vértigo y pasión. Eugenio Trías.
102. Nuevas semblanzas y generaciones. Luis Antonio de Villena.
103. Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías.
104. Cambridge en mitad de la noche. David Jiménez Torres.
105. En el País del Bidasoa (col. Baroja & yo). Sergio del Molino.
106. El país de la niebla (col. Baroja & yo). David Jiménez Torres.
107. Los pequeños mundos (col. Baroja & yo). Jon Juaristi.
108. El ermitaño del Rey. Julio Manuel de la Rosa.
109. Confesiones de un filósofo desaparecido en combate. Enrique Ocaña.
110. Léxico familiar. Natalia Ginzburg.
111. Novela familiar. John Lanchester.
112. El puente. Hart Crane.
113. "El ruiseñor sobre la piedra". Luis Cernuda.
114. "Silla del rey". Luis Cernuda.
115. "Tres poetas metafísicos". Luis Cernuda.
116. Epístola a Arias Montano. Francisco de Aldana.
117. El enigma del Escorial. Henry Kamen.
118. Trilogía de Madrid. Francisco Umbral.
119. Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique.
120. Un buen tío. Arcadi Espada.
121. El final del amor. Marcos Giralt Torrente.
122. Epístola moral a Fabio. Andrés Fernández de Andrada.
123. El temblor (Lisboa, sábado de Santos de 1755). Juan Carlos Gea.
124. Antropoceno. Manuel Arias Maldonado.
125. Amor (Poesía reunida, 1988-2010). Manuel Vilas.
126. Los que miran. Remedios Zafra.
127. El purgatorio. Javier Salvago.
128. Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997). Javier Salvago.
129. Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Luis Racionero.
130. El asesino tímido. Clara Usón.
131. Uma forma de saudade. Carlos Drummond de Andrade.
132. La Tercera Guerra Mundial. Ismael Grasa.
133. El revés de la trama. Graham Greene.
134. Stoner. John Williams.
135. Gótico cantábrico. Martín López-Vega.
136. La familia socialista. Fruela Fernández.
137. El explorador polar. Joseph Brodsky (trs. E. Hdez. Busto/E. Zaidenberg).
138. Mis premios. Thomas Bernhard.
139. Diario de Ithaca. Miguel Ángel Hernández.
140. Romanza. Catálogo de Miguel Gómez Losada (CAC Málaga).
141. Jorge Manrique o tradición y originalidad. Pedro Salinas.
142. Arias Montano. Ben Rekers.
143. Poesía completa. José Ángel Valente.
144. Anatomía del 'procés'. VV.AA.
145. Contra Catalunya. Arcadi Espada.
146. Gran Vilas. Manuel Vilas.
147. Biblia del Oso (4). Nuevo Testamento.
148. Intenta olvidarme (Antología poética). Mario Quintana (tr. E. Gª-Máiquez).
149. Conversaciones con Octavio Paz. Enrico Mario Santí.
150. Benet. La ambición y el estilo. Rafael García Maldonado.
151. No leer. Alejandro Zambra.
152. Vidas de Nietzsche. Miguel Morey.
153. Todos llevan máscara. Diario 1995-1996. Laura Freixas.
154. Patria. Fernando Aramburu.
155. Poesía, situación irregular. Enrique Lihn.
156. Filosofía del futuro. Eugenio Trías.
157. La deriva reaccionaria de la izquierda. Félix Ovejero.
158. Colección particular. Gonzalo Eltesch.
159. Hopper. Mark Strand.
160. Cantos. Giacomo Leopardi.
161. Humano, demasiado humano (II). Friedrich Nietzsche.
162. Signor Hoffman. Eduardo Halfon.
163. Monasterio. Eduardo Halfon.
164. Duelo. Eduardo Halfon.
165. Otto Lara Resende ou Bonitinha, mas ordinária. Nelson Rodrigues.
166. Biblioteca bizarra. Eduardo Halfon.
167. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg.
168. El jardín de los frailes. Manuel Azaña.
169. El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello.
170. Leopardi. Antonio Colinas.
171. Blanco nocturno. Ricardo Piglia.
172. Los casos del detective Croce. Ricardo Piglia.
173. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Rüdiger Safranski.
174. Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Juan Claudio de Ramón.
175. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. Rafa Latorre.
176. Permafrost. Eva Baltasar.
177. El cuaderno del año del Nobel. José Saramago.
178. Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Ernesto Hernández Busto.
179. Las bacantes. Eurípides.
180. Europa. Julio Martínez Mesanza.
181. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida. Ignacio Peyró.
182. Poemes civils/Poemas civiles. Joan Brossa.
183. Blanco en lo blanco. Eugénio de Andrade.
184. Misterioso asesinato en Manhattan (guión). Woody Allen.
185. Viaje de invierno. Wilhelm Müller/Franz Schubert.
186. Retrato de un joven malvado. Francisco Umbral.
187. Benito Arias Montano. Aubrey F. G. Bell.
188. El ímpetu cruel de mi destino (Antología poética). Francisco de Aldana.
189. Conocer Nietzsche y su obra. Fernando Savater.
190. Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Miriam Moreno Aguirre.
191. Mediterráneas. Umberto Saba.
192. Cervantes y la invención del Quijote. Manuel Azaña.
193. Morgue. Gottfried Benn.
194. Noel Rosa. De costas para o mar. Jorge Caldeira.
195. "La 'Carta para Arias Montano'. Génesis y análisis de la última actitud estética de Francisco de Aldana". Lola González.
196. Antología poética. Sophia de Mello Breyner Andresen.
197. La metáfora de Borges. Juan Manuel García Ramos.
198. Los pensamientos del té. Guido Ceronetti.
199. El libro vacío. Josefina Vicens.
200. Sobre la lectura. Marcel Proust.

Epílogo. Mi propósito para 2019: leer menos. No hay que leer tanto.

29.12.18

Jot Down 25

Desde principios de diciembre está a la venta el nuevo trimestral de Jot Down, nº 25, especial Futuro imperfecto. Adelanto aquí el primer párrafo y el último de mi colaboración, "Bomba de relojería":
El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.
[...]
La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.

26.12.18

Cuento de Navidad contado por un idiota

Al final el procés es eso: un cuento de Navidad contado por un idiota. Dickens más Shakespeare. Y Andersen, con un hombretón en vez del niño que dice que el procés va desnudo: “¡Qué república ni qué cojones! ¡La república no existe, idiota!”. Pero no es el momento de comer perdices todavía, porque la revelación del mosso no basta para que caiga el velo y se rompa el engaño. El velo y el engaño están atados y bien atados en el independentismo. La respuesta inmediata ha sido ir a por el hombre que ha dicho la verdad. Una respuesta estrictamente oscurantista.

La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.

La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.

Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.

De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede dialogar con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.

* * *
En The Objective.

24.12.18

Pedagogías de la Transición

No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.

Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.

En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!

* * *
En El Español.

17.12.18

¿Qué fue de la izquierda progresista?

Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.

Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.

Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.

Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.

* * *
En El Español.