La originalidad de La bola negra, la ya exitosa película de los Javis, no está en su potente imaginería ni en su ambición lograda, en sus ciertamente apabullantes hechuras cinematográficas, sino en que se trata de un producto rarísimo: un pastiche con autenticidad. Lo que ofrecen los Javis son baratijas que funcionan, y que por ello adquieren, sobre la marcha, un extraño valor.
Quizá la clave esté en lo que declaró uno de los Javis cuando presentaron hace meses la película: que de estudiante le habían robado a Lorca como referente homosexual. Ya anoté aquí que en 1983, un año antes del nacimiento del Javi menos joven, el profesor de 3° de BUP nos dio a leer, entre otros textos, la "Oda a Walt Whitman" de Lorca y "El joven marino" de Cernuda; además de poemas de Cavafis y Luis Antonio de Villena. Quienes se convirtieron para mí, a mis diecisiete años, no en "referentes homosexuales", que por mi heterosexualidad yo no necesitaba, sino en referentes de valentía: justo por la libertad desafiante (sobre todo Cernuda y Villena) con que vivieron su homosexualidad. La declaración del Javi, en unos tiempos en que ya no había ocultación alguna, era una confesión involuntaria de ignorancia.
Pero precisamente esta ignorancia de partida (solventada luego; y ahora completo la clave) es la que les ha permitido crear una obra de indudable poder genesíaco, pese a ser, en fin de cuentas, epigonal. Dicho de otro modo: al no tener conciencia de que incurrían en el topicazo lorquiano, lo han hecho con desparpajo y fuerza, reavivándolo. Algo que no hubiéramos podido lograr (ni se nos habría ocurrido intentarlo) los que empezamos con Lorca en el bachillerato, a los veinte ya estábamos saturados de lorquismo y siempre que intentamos volver a Lorca tenemos que quitarle antes toda la nata lorquista acumulada (y su obra resiste: así de grande es).
El resultado en mí como espectador es que con La bola negra no me aburrí en ningún momento, la admiré a ratos y me sorprendí con su despliegue, pero no me emocioné. Sí reconocí su impulso vitalista, junto con la rabia por que lo frustren las circunstancias (mayormente las políticas e históricas). Y lamenté que su visión de la guerra civil sea la usual: buenos contra malos; hay un cierto matiz entre los malos porque algunos no son del todo malos, pero entre los buenos no se insinúa maldad (algo que ya estaba en la obra de teatro de Alberto Conejero de la que parte la película). Esto edulcora el conjunto, le resta tragedia. Ya escribí también que entre los comunistas tampoco se admitía la homosexualidad: cuando Cernuda publicó su homenaje a Lorca en 1937 le obligaron a eliminar la estrofa de los "mancebos".
Hay hallazgos iconográficos: los esquiadores bajando mientras el caminante sube por la nieve en la dirección opuesta, los soldados desnudos bajo la tormenta con los relámpagos como reflectores, o Guitarrica encaramado a la estatua caída de San Sebastián. En esto último se aprecia lo mejor y lo peor: la potencia en sí de la imagen pero también su deliberación, que la desvela como mampostería. Encuentro otra cosa curiosa: los Javis alcanzan como un rejuvenecimiento del viejo Almodóvar; pero solo del viejo, sin llegar a la frescura del joven (esto sí lo conseguían en Paquita Salas). La razón es clara: la moralización. En último extremo, el vitalismo que promueve la película está lastrado por su voluntad de ser correcto. La apoteosis en este sentido es el cameo de Ian Gibson disfrazado de Glenn Close (se lo oí a Rosa Belmonte). En su escena hay una negligencia imperdonable: en la mesita del bar tienen el manuscrito de Lorca ¡junto a dos cañas de cerveza!
Los actores están formidables, en especial Guitarrica y Bernardeau; también Carlos González y Penélope Cruz. Están excelentemente dirigidos todos salvo Antonio de la Torre, para el que no hay Javi que lo abaje de su idea platónica del "actor español", con todos sus tics platónicos; Lola Dueñas, que está pasadísima; y ese Lorca que parece Ángel Garó (un hallazgo, sin embargo, es sacarlo en blanco y negro; aunque esto apunte a la pleitesía hacia el mito cultural). Me hizo gracia Albert Pla, por lo natural que les sale a los independentistas catalanes hacer de fascistas. Pero la relación entre Guitarrica y Bernardeau (quien interpreta al reivindicado Rapún) es la más notable, tal vez porque en ella consistía la obra de teatro y está más elaborada. El tratamiento del deseo abriéndose paso es un prodigio (aquí sí que me emocioné un poco), con la aproximación reticente de los cuerpos, primero visual, después tímidamente táctil y por último con ese fusilamiento que un seguidor de Freud podría interpretar como "cópula tanática".
Pero si algo está clarísimo es que La bola negra se llevará el Oscar.
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En The Objective.

