20.6.24

El antiverano

Comienza el verano, que para mí va a ser el antiverano: ¡trabajar, solo trabajar! ¡O sea, escribir! Nada de plebeyas playas. Este año no habrá momento tritón saliendo del agua. Le resto un verano a mi vida. Tampoco es grave: la vida es algo que les tengo que ir dejando a mis criados (¡si tuviera criados!).
 
El año pasado por este solsticio evocaba el "Samba de verano". Este también, pero ya sin verano. Perdí mi apartamento con vistas al mar, aquel préstamo ventajoso que me hacía rey que desayunaba en bandeja azul y me tenía todo el día en un palacio de sol y brisa. Ahora permaneceré sepultado en mi cueva y para llegar al mar deberé dar un enojoso paseíto de media hora. Lo daré, por supuesto, para asomarme al reino que perdí.
 
Mi antiverano no será vallisoletano como el de Peláez, sino costasoleño. En el corazón mismo del verano, eludiré el verano. Será un verano por sustracción. A poco que salga veré los signos de lo que me estoy perdiendo (con ganas) en esta desembocadura vacacional. Pero saldré poco: pienso ahora que por la mañana muy temprano, con el frescor y los turistas aún dormidos, paseo marítimo arriba y abajo, melancólico pero feliz a las ocho de la mañana, oficinista de mis sensaciones. Y luego, al recinto laboral (¡placeroso también!) que me he impuesto. Solo de tarde en tarde romperé mi eremitismo con alguna cena: sociabilidades escogidas pero estridentes.
 
Por otro lado la experiencia proporciona compañía fantasmal. No es lo mismo el verano del adolescente, que solo tiene la niñez quemándole y por eso escapa lo que puede, que el del maduro que lo ha vivido todo y de todo guarda brasas. Tener muchos años es decisivo, porque uno se reparte en ellos. No hablo de vivir de los recuerdos (¡malditos sean los recuerdos!) sino de otra cosa: un espesor carnal (con perfume y calidez) de lo vivido. A partir de cierta edad es imposible estar completamente solo.
 
Estoy preparado para que el sol se desplome este año sin mi participación. Estos últimos lo disfruté sobradamente, con todo el pack de playa y vino blanco y cañas en chiringuitos y pulpo frito a mansalva (¡espetos no, soy un malagueño descastado y cultivo mi rechazo a las sardinas como una flor de invernadero! ¡las sardinas también se las dejo a mis criados!). Mantengo, en esto no hay novedad, mi ventilador, reloj alocado que hace vientecillo con los segundos: yo no me moveré, pero el aire de mi cuarto sí; entre el suelo y el techo estables, una atmósfera inestable.
 
El caso es que acabo de releer la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard, en los tomos amarillos de Anagrama (los cinco se reunieron en Relatos autobiográficos) y estoy como una moto. Se puede decir que es la obra de un antisuicida que no escamotea los motivos de suicidio pero decide vivir, con voluntad feroz: en la dirección opuesta, quizá también de sí mismo. Como yo este verano en la dirección opuesta del verano.
 
Me gusta más que nada el final de El sótano: "Nos hemos vuelto capaces de resistir, y no se nos puede derribar ya, no nos aferramos ya a la vida, pero tampoco la vendemos demasiado barata, quise decir, pero no lo dije. A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo". 
 
También aduce el motivo de la curiosidad. En los términos, aunque él lo desconocía, de Jaime Gil de Biedma: "la vida nos sujeta porque precisamente / no es como la esperábamos".
 
* * * 

16.6.24

Con la minoría y contra el alpiste de Alvise

[Montanoscopia] 
 
1. Alvise: el canario al que ahora Sánchez le echa alpiste.  
 
2. Sánchez necesita la ultraderecha como el comer. Y encima con gula: fomenta las ultraderechas existentes y postula ultraderechas inexistentes. Este es el degenerador de la democracia que quiere regenerar la democracia.  
 
3. Alvise es el último hijo del 15-M. Todo cuestionamiento del Estado de derecho desemboca en estos monstruitos. Empezó la izquierda alegremente con fascistadas como No nos representan y Democracia real ya, que aplaudieron muchos politólogos cuñados y cuñadas, escupiendo en su asignatura (lo de los politólogos con la política es un poco lo de los profesores de derecho constitucional con la Constitución; bueno, es exactamente lo mismo). Y una vez abierta la veda, se ha sumado también la derecha, con no menos alegría. Es muy alegre destruir y simplificar las cosas. Es muy alegre volver al estado salvaje, contra la civilización. Ahora está Alvise, como estuvo Iglesias. Este podría abrazarlo, porque es su hijo.  
 
4. El reproche de que Alvise pasó por UPyD y Ciudadanos es justo e injusto al mismo tiempo. Justo porque es real. Injusto porque Alvise es uno de esos elementos que se colaron en tales partidos para hacer sus negocios, contra el espíritu de tales partidos, que siempre fue pulcramente constitucionalista. El último que quedaba de ellos, Ciudadanos, ha sacado en las elecciones europeas 121.031 votos (el 0,69% de los votos en España), mientras que Alvise ha sacado 800.763 (el 4,59%). El otro partido con el que yo simpatizaba, Izquierda Española, ha sacado 27.407 votos (el 0,15%). Los votantes de Ciudadanos e Izquierda española, juntos, somos menos que Alvise. Dan ganas de resucitar, orgullosa, suicidamente, aquel lema literario de Juan Ramón Jiménez: "Con la minoría, siempre". Y aunque no resucitemos el lema, es el lema el que nos cubre como lápida. Soy consciente de que estas columnas se escriben desde ahí. Influencia cero tienen (o 0,69 o 0,15), lo que no deja de ser un alivio.  
 
5. La Transición (el "régimen del 78") se acaba por incomparecencia del pueblo español en defensa del Estado de derecho. Al fin y al cabo, es el pueblo del "¡vivan las caenas!", el que dejó morir a Franco en la cama, el que no echa a Sánchez (5.262.293 votos en las europeas, 30,18%); el pueblo, hay que concluir, que solo tuvo democracia cuando las élites lo pastorearon a la democracia.  
 
6. Hace diez años me pidieron en una publicación digital que escogiera la que para mí fuera la mejor columna de los doce meses anteriores. Escribí esto: "Entre mis columnas favoritas de cada año está siempre la del Derby de Epsom de Fernando Savater, en junio. Este 2014 ha sido la número cuarenta. Las primeras están recogidas en el libro El juego de los caballos, y la siguiente tanda en A caballo entre milenios. Luego han venido más. Me imagino que al final irán todas en un único volumen crujiente. Savater, además de contar la carrera, va ofreciendo pinceladas y reflexiones sobre las circunstancias del momento. A veces he soñado con ir al Derby de Epsom, no para ver a los caballos sino para ver a Savater viéndolos." Lo traigo porque ya desde el año pasado Savater publica su columna sobre el Derby de Epsom en THE OBJECTIVE. Lean (relean) la de este 2024: ¡otra maravilla!  
 
7. En la frívola conversación en un corrillo madrileño, de pronto la frase –no dicha para ti– que se te clava como un puñal. No somos sustancias, sino máscaras. Y somos felices, o estamos alegres, cuando el carnaval nos es propicio. Y somos infelices, o estamos tristes, cuando lo contrario. 
 
* * * 

13.6.24

Monumento al lector desconocido

El sábado firmé por primera vez en la Feria del Libro de Madrid (mi Zona de confort, mi Oficio pasajero). Fue una experiencia grata pero prescindible. Creo que lo que quiero es enterrarme, no sé si volveré. Pero estuvo bien conocerla.

Me encontraba, por otras razones, en un estado de acusada melancolía. Estar en el observatorio de la caseta, viendo la vida pasar, algo refractaria, daba una sabiduría zen (entre epicúrea y estoica). Llovía a ratos, pero el flujo no se interrumpía, solo se veía alterado, animado, por la intermitencia de los paraguas. De vez en cuando me confundían con el vendedor, algo muy sano para el ego; pero las chicas acudían rápido a atender: era una danza bonita, graciosa. Y de vez en cuando llegaban lectores.

Estaban los amigos (también los de internet), los familiares y a veces alguien raro: el lector desconocido. Firmé unos veinte libros en total y los desconocidos fueron siete u ocho. Llegaban, decían unas pocas palabras, en algunos tímidas, recogían su ejemplar firmado y se iban. Tenían una noción nítida de no querer molestar. Me emocionaron. Siempre fui uno de ellos.

Me he pasado la vida leyendo y sin tratar a los autores, ni ganas de tratarlos. He terminado tratando a algunos por inercia, de manera natural. No ha afectado en nada bueno; cuando ha afectado ha sido para mal. Son mundos distintos. Mi ideal sigue siendo el del lector en su cueva, a solas con sus libros. El autor solo es un aditamento de carne; un pegote corporal que no aporta nada. Es como si a las limpias hojas les salieran rodajas de salchichón.

Toda mi vida ha sido así, yo solo con mis libros. Sabiendo de autores (interesándome por ellos), pero sin el deseo de acercarme; incluso con el rechazo. No dejaba de ser ese tío (o esa tía) un entrometido en mi pura actividad de lector. Estábamos el libro y yo, y ese monigote sobraba. El autor había tenido la cortesía de destilarse en palabras, palabras que yo leía en mi caparazón misantrópico, y me incomodaba la posibilidad de tratar a ese tipo sin destilación.

Ahora yo era el monigote y algunos de esos lectores desconocidos se asomaban a verme. En ese grado discreto de la firma, el hola, el adiós y unas gracias. Esa sensación cruzada de no saber yo nada de ellos y ellos de mí lo que habían leído, la construcción que habían hecho de mí con mis palabras. Ellos se imaginaban a alguien inevitablemente mejor. Sin la tristeza que yo llevaba encima en ese momento.

Uno también se construye en lo que lee, y el autor sobra. Le debemos la página, pero esa página es ya para nosotros. Conozco a otros lectores (muy buenos) que jamás han contactado con los autores a los que les debían todo. Y es hermoso que estos no lo sepan. Todo autor está sostenido por la sombra luminosa de los lectores que no se han manifestado.

Es como con los autores muertos. Cuánto les debemos. Nietzsche, Pessoa, Cernuda: cómo me salvaron desde sus tumbas, en sus libros que vivían y viven. Qué corrientes entre la vida y la muerte hay en los libros. La "conversación con los difuntos".

Ese no saber de esos lectores tiene una potencia descomunal y es insoportablemente bello. Los que se asoman a la Feria del Libro son un indicio prometedor: una presencia fugaz de alguien que te ha leído largamente, en su vida, por algo que ya no tiene que ver contigo pero sí con tu escritura (y lo que de tu vida pueda quedar en ella).

* * * 

9.6.24

El sanchista antitrumpista, un ser de lejanías

[Montanoscopia] 

1. Sánchez es un principio de degradación de la vida pública española. Al que no lo percibe instintivamente a la primera es ya inútil explicárselo, porque no lo va a entender: le falta el resorte visceral de la defensa del Estado de derecho. Pero la responsabilidad hace mucho que dejó de estar en Sánchez: está en los sanchistas (y en menor grado en los no abiertamente antisanchistas). Sus seguidores, sus aplaudidores, sus justificadores han alcanzado tal desfachatez que son irrecuperables. ¿Qué van a hacer después del sanchismo? (Si hay un después...) 

2. La sociedad española es esa que, ante la irrupción de un Sánchez (con su populismo, sus trucos, sus trampas, sus chantajes emocionales, sus cartas, sus amenazas, su polarización, sus proyecciones, su fango) carece de fibra moral para expulsarlo de su vida pública (por el procedimiento reglamentario, naturalmente). Este domingo 9-J se volverá a ver con las elecciones al Parlamento europeo, en la que se augura más o menos un empate. España sigue siendo la del "¡vivan las caenas!". La del "¡Franco, Franco, Franco!", o como dice Savater: "¡Fango, fango, fango!¡Fango, fango, fango!". 

3. Mi figura bufa favorita del momento es el sanchista antitrumpista. 

4. Me escribe un amigo sobre dos colaboradores académicos de El País: "Veo que X y Z se refugian en Trump y eluden a nuestro Trump; el politólogo de izquierdas es aquello de Heidegger, un ser de lejanías." 

5. El sanchismo es un trumpismo con el apoyo del Washington Post y el New York Times

6. Ejemplos de lo que hace nuestro Washington Post o nuestro New York Times, es decir, El País. Titular del 5 de junio: "El juez entra en campaña al citar como imputada a Begoña Gómez". Subtitular: "Sánchez anima a votar y denuncia el intento de interferir en las elecciones". Titular del 6 de junio: "El PSOE confía en convertir la imputación de Gómez en una palanca electoral". Subtitular: "El PP trata de reanimar su campaña aferrado a la investigación". Mientras tanto, su directora Pepa Bueno mantiene fijado un tuit que dice que la función del periodismo es "fiscalizar al poder". 

7. Las pulseras de Free Bego tienen un precedente en el PSOE: aquellas chapitas Yo también soy Pepe Barrionuevo que sacaron en los noventa, cuando el exministro del Interior entró en prisión por los GAL. Años después quise conseguir una por medio de una amiga del partido, pero habían desaparecido todas. Yo las buscaba para un happening que se nos ocurrió a los amigotes: entrar en una marisquería y pedirnos una mariscada con la chapita puesta. 

8. Nada hay más sintomático del sanchismo, de lo que es el sanchismo, que proclamas como las de la candidata del PSOE para las elecciones europeas, la ministra Teresa Ribera, sobre la pérdida de derechos en España si gana la oposición. No es el Estado de derecho el que los garantiza, sino el Partido. No el Estado neutral, sino una facción ideológica. La perversión de esta idea, netamente falangista, permite llevar a cabo luego todo tipo de operaciones espúreas, dudosamente democráticas. Lo mismo vale para esa aberración de esgrimir el "¡No pasarán!" cuando no se trata de una guerra civil, sino tan solo de que la oposición pueda ganar las elecciones. 

9. No sé porqué Feijóo se desgañita pidiendo elecciones, si luego no sabe hacer campañas electorales. 

10. Termino de ver Shoah y empiezo a ver Holocausto. Es mi manera privada de responder al antisemitismo creciente. En el Congreso de los Diputados, unas defensoras de Hamás, invitadas por Podemos, justificaron el pogromo del 7 de octubre. Uno vive ya en un país que le da vergüenza. 

* * * 

7.6.24

Contra la Feria del Libro

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 3:38:50

Buenas noches. A los oyentes no les extrañará que yo, que estoy en contra de todo (menos de las camisas de manga corta, por cierto), esté en contra de la Feria del Libro. La de Madrid, que se celebra estos días, es la peor de todas por ser la más grande. Para empezar, es de una crueldad insólita con los árboles. Estos contemplan desde el parque del Retiro a sus congéneres descuartizados y convertidos en hojas. Es como si montaran un Museo del Jamón en medio de una granja de cerdos. Luego están esos lectores frívolos que, en vez de quedarse en su casa leyendo, salen a pasearse por las casetas y a mirar y mirar sin comprar nada. Están también los editores y los libreros, para los que los libros son una mercancía; les daría igual estar fabricando o vendiendo rollos de papel higiénico. Y por último están los peores: ¡los autores! Esos que van a firmar unos libros que son en su inmensa mayoría muy flojos. Pero ahí están ellos, orgullosos de haber perpetrado sus patatas, contentos de recibir los elogios que no se merecen. ¡Siempre he detestado a los autores con sus sonrisitas de autores! Y cuando he ido a la Feria del Libro ha sido para detestarlos a un metro de distancia. Les pongo caras de franca hostilidad para que lo noten. ¡Pero desde sus autosatisfechas autorías pancistas, ni así se enteran! En fin, con todo esto comprenderán los oyentes lo violento que me sentiré mañana sábado cuando yo mismo esté firmando en la Feria del Libro. Me sentiré sucio, pero reconozco que me ha gustado la invitación. Como en casi todo, también me habré traicionado en esto. Aunque les aseguro que me mantendré fiel en lo importante: en la caseta llevaré camisa de manga corta.

5.6.24