18.12.19

Jot Down 29

En el nuevo trimestral de Jot Down, nº 29, especial Locura, colaboro con el artículo "Cada loco con su tema", en el que divago sobre unas cuantas cosas relacionadas con la locura; más en sus acepciones cotidianas o culturales que en la estrictamente psiquiátrica. La revista, como siempre, se puede comprar en librerías y por la web de Jot Down.

16.12.19

El bolso

Anda Rajoy intentando caer simpático en todas las entrevistas y consiguiéndolo a veces, incluso conmigo. Pero yo ante todo veo un bolso, un bolso irreversible. Y cuando me descuido me obligo a ver ese bolso. El que Soraya dejó en su escaño vacío o vaciado (vaciado por Rajoy, de Rajoy) en el momento clave de la moción de censura.

Aquel Rajoy de piel, tasado en dos mil euros, asistió a la España que se nos venía encima: la de Sánchez con sus socios. Una España peor, en la que tiene muchísima responsabilidad el irresponsable Rajoy. Sus memorias, naturalmente, las titula Una España mejor. No las pienso leer. A mí me da igual lo que escriban los bolsos.

En su retirada discreta de la política, que no ha estado mal (ha sido ordenada como un Brexit ordenado), hubo una excepción sangrante: su comparecencia ante el tribunal de Marchena durante el juicio del procés. Fueron las terceras declaraciones más patéticas; después de, por este orden, las de Marina Garcés y Zoido. Solo que la pobre Garcés no pintaba nada y Zoido y Rajoy pintaban mucho. Asistir a la indigencia político-intelectual de ambos, a su desconcierto de gobernantes chapuceros en el momento más grave de nuestra historia actual, explica bastante lo que nos pasa, que es de todo.

Luego estuvo aquel acto junto a Felipe González en el que los dos pedían altura de miras y pactos de Estado. Y tenían razón, claro, pero daban grima. ¿Con qué autoridad lo pedían? Me hacen mucha gracia esas famas de grandes estadistas de González y Aznar, y ahora de Rajoy (Zapatero jamás ha estado en esa lista). Yo tiendo a creérmelas, porque me gusta lo agradable. Pero lo cierto es que no ha habido ni un solo “gran estadista” en España que no haya dejado el Estado hecho unos zorros.

Escribe Arcadi Espada en la entrevista que le ha hecho a Mariano Rajoy en El Mundo que “este hombre ha cumplido su vocación personal más profunda, que siempre fue la de llegar a ser expresidente”. Tiene razón, aunque habría que precisar que expresidente ya llegó a serlo en sus años de Moncloa. Su carácter póstumo, apalancado, equivalía a una presidencia vacante.

Y sin embargo lo echamos de menos. Porque lo que ha venido después ha sido peor, mucho peor: esta sórdida agua de borrajas de la política española asociada ya al nombre de Sánchez, que desbancará a Zapatero como el peor presidente de nuestra historia reciente. Y eso que aún no ha terminado de arrancar.

De eso se beneficia hoy Rajoy: de no ser Sánchez. No es poca virtud. Pero no se puede olvidar que Sánchez iba dentro de aquel bolso.

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En El bolso.

11.12.19

La espuma de las obras

He leído un libro divertidísimo y la mar de instructivo: Proust, Premio Goncourt, de Thierry Laget (Ediciones del Subsuelo). Se ocupa del Goncourt que le concedieron en 1919 a Marcel Proust por A la sombra de las muchachas en flor, segundo tomo de En busca del tiempo perdido (el primero, Por el camino de Swann, se había publicado en 1913, antes de la guerra, y ya estaba casi olvidado).

Lo instructivo es que el premio fue despreciado por la prensa, que prefería la novela del excombatiente Roland Dorgelès, Las cruces de madera. Se ensañó con Proust con una profusión mareante, que prueba que los periódicos de entonces eran tan infectos como las redes sociales de ahora. La novedad es que hoy todos participamos directamente en la infección.

Instructivos son también los entresijos del premio, la cantidad de vanidades de nombres olvidados y de detalles de gusanera. Ocurre lo mismo cada vez que se estudia un episodio de la historia: metes un palo en el hormiguero y se llena de hormigas. La realidad es abigarrada, infinita, y lo que va quedando es una decantación. Retornar a sus complejidades produce aturdimiento. Se nos termina olvidando que todo ha sido siempre un lío.

El propio Proust tuvo que trabajarse el premio, porque nada es gratis: resulta embarazoso leer sus cartas de adulación. Y luego, cuando lo obtiene, el cachondeo sobre él y su obra. Como nosotros mismos con cualquier libro que sale. Recuerdo que en una biografía de Baudelaire se citaban risitas de otros por Las flores del mal; lo ridiculizaban como hoy ridiculizaríamos a Suso de Toro. Con Proust no se ahorran chistes, agotan los juegos de palabras: "Proustitución", "proustatitis"... Parece Twitter por momentos.

Dan ganas de escapar, de consumirse en la inacción. Y sin embargo seguimos, porque sabemos algo más poderoso: todo lo anterior no es más que la espuma de las obras. Son las obras lo que cuenta: lo que se escapa. Al lector que lee A la sombra de las muchachas en flor no le interesa otro mundo. Como no le interesaba a Proust cuando escribió ese tomo, ni cuando continuó escribiendo los siguientes. El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros.

Tal vez por lo que escribió Aristóteles en un memorable pasaje de su Ética a Nicómaco (1167b y ss.; traducción oral de Lledó): "Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad; y la obra es en cierto modo su creador en acto; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser." Efectivamente: lo mejor del autor.

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En The Objective.

9.12.19

Señoritos feudales

Lo peor de las insistentes repeticiones electorales ni siquiera son los gobiernos que no se forman o se forman a partir de ellas, sino el deprimente espectáculo de las sesiones constitutivas del Congreso, cada una más carnavalesca que la de antes. Todo es ya descomposición y destrucción. De todas las historias de la historia, la de España es la más estúpida, porque termina estúpidamente. Cuando parecía haber acabado con sus demonios, se deja vencer por ellos por pura estupidez.

"No nos representan", era el grito del 15-M contra nuestros representantes políticos. Este grito lo hizo suyo Podemos, y ocho años después sí que nos representan: un tercio del Congreso es (con la connivencia del PSOE) un circo de patéticos impresentables, con sus caprichitos maleducados. Los coros y danzas de los juramentos creativos expresan lo que son quienes los profieren: señoritos feudales, caciques de lo suyo. Muchos se dicen republicanos y de izquierdas, pero son enemigos de la ley común y del Estado: es decir, de lo único que ampara a los débiles; de lo que articula la democracia y garantiza la ciudadanía.

Eso y no otra cosa socavan, movidos por un particularismo egocéntrico y desquiciado. Incapaces de neutralidad institucional, que represente (¡esta vez sí!) a todos, no dejan pasar la ocasión de expresarse mediante sus mojones ideológicos, sus pamplinas, sus tics. Están todo el día predicando contra el individualismo extremo del "neoliberalismo", y cuando les llega su gran momento comunitario sacan, como un guiñol, al "individuo" que llevan dentro.

En el fondo es la acostumbrada religión, en su versión más rudimentaria: la superstición. Se creen que están en la promesa, pero están en el juramento: han reinventado el juramento. Prometer "por el planeta", o "por las Trece Rosas", o "por la democracia y los derechos sociales", no son más que jaculatorias para que no se les tome por pecadores al aceptar el mal, o lo impuro: la Constitución. Y lo mismo los de Vox con sus juramentos "por España", en esta pesada espiral de parodias invertidas.

En todos ellos anida la bellaquería de pensar que la Constitución es incompatible con las Trece Rosas, con la democracia, con los derechos sociales, con España e incluso con el planeta. (Al margen están los independentistas, claro, cuyas monsergas son directamente antidemocráticas: derivaciones hitlerianas del Führerprinzip, por muy cuqui Rosique que se sea.)

Al final todos estos pijos ideológicos, si no pueden imponer cada uno su política por la fuerza, por la guerra, descubrirán aquello que permite la convivencia (resignada, si se quiere) de unos con otros: el parlamentarismo. Después de la destrucción de todo, la reconstrucción deberá traer, con mucho esfuerzo, algo muy parecido a lo que ahora tenemos. Con mucho esfuerzo y con mucha suerte.

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En El Español.

2.12.19

Cercas, novelista maldito

Tuve una mala reacción, instintiva, antigua, al oír el agradecimiento del Rey a Javier Cercas en la entrega del premio Cerecedo. La figura del escritor áulico está históricamente desprestigiada, en general con razón; sobre todo para nuestra sensibilidad moderna, de querencia (¡todavía!) vanguardista. El modelo apreciado es el del escritor contra el poder, o al menos no rendido al poder. Cercas viene de ganar el Planeta (que se percibe como rendición comercial) y verlo acariciado, con un añadido personal incluso, por Felipe VI me provocó ese rechazo automático.

Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad de Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.

En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!

Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.

Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.

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En El Español.

28.11.19

Mis paraísos artificiales

Me he enterado, con su muerte, de que el creador del pastelillo Pantera Rosa se llamaba desagradablemente Pujol; aunque este, a diferencia del otro y su estirpe, se contaba entre los benefactores. Su obra ha sido como las de la cultura popular: ha rodado anónima, dando alegría, proporcionando placer, otorgando sentido. Y ahora que desaparece físicamente el autor, aparece su nombre: Josep Pujol. Bendito seas.

Hace unos años volví a consumir los pastelillos de mi infancia y fui consciente, ya con el paladar experimentado, del prodigio. Sobre todo el de la Pantera Rosa: ¡qué artificialidad absoluta! ¡Pura invención humana! ¡Un sabor arrancado de la nada literalmente! Estaba entonces pujante la Generación Nocilla –unos literatos adscritos a esa pringue marrón, así fueron sus obras– y caí en que era la Pantera Rosa la que cumplía sus premisas mutantes o afterpops; pero no tuvieron el coraje de llamarse Generación Pantera Rosa. Un vanguardismo achicado.

Vanguardista era la chavalería del baby boom, atiborrada de gloriosa bollería industrial y que esgrimía piezas que prefiguraban El Bulli y que podrían estar en cualquier museo de arte contemporáneo: ¡además de la Pantera Rosa, el Bony, el Tigretón, el Megatón, el Bimbollo, el Bollycao, los Donuts, los Bucaneros, los Tronkitos, los Phoskitos (regalos y pastelitos)! Esos fueron mis paraísos artificiales, tan artificiales (¡sofisticadamente artificiales!) como paradisíacos. Aquellos arrobamientos en el recreo, de aislamiento y viaje interior con las dulzuras demoradas y al mismo tiempo fugaces, chutazos de azúcar ultraprocesada, éxtasis multicolor, navegaciones cerebrales que postulaban un alma, nuestra astronáutica alma infantil.

Decía Borges que todos los viajes son espaciales, y de igual manera todos los sabores son químicos. Pero qué maravillosa la química exenta, como acentuada, de aquellos festines pasteleros que dejaban un rastro de dedos manchados y envoltorios, los plastiquitos crujientes como capas de crisálida. Y junto con los pastelillos, las golosinas y demás manjares de kiosco: el chupachups Kojak, los chicles Kosmos y Bazooka, el Palote, el Drácula, el Lolipop, los Fresquitos, los poloflanes (¡esculturas de hielo, de paleta botticelliana!), y en la cúspide los Peta Zetas y los Gusanitos (¡imprescindible la aportación del glutamato!).

Somos así Prousts estrafalarios, que en vez de la elegante magdalena tenemos todo ese arsenal chillón, puede que poco presentable. Pero de ahí venimos y ahí llegamos cuando nos ponemos a recordar. La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre.

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En The Objective.

25.11.19

La corrupción de la corrupción

Estos días hemos asistido en directo a una corrupción quizá más grave que la corrupción: la corrupción que consiste en utilizar políticamente la corrupción. Que es, entre otros factores, lo que fomenta la corrupción o al menos impide que se la persiga o que tenga consecuencias sociales, electorales. De pronto, el conglomerado político-mediático que vociferaba denodadamente contra la corrupción, porque era la ajena, ha pasado de puntillas sobre la propia. Con una coreografía de ejecución admirable.

En estos casos de semáforo ideológico de la indignación, que regula la respuesta no según los delitos sino el partido de quienes los cometen, se aprecia un entrañable efecto de economía psicológica. Un ejemplo: las famosas 169 portadas que –como ha analizado Arcadi Espada– El País dedicó a Francisco Camps, del PP valenciano, absorbían las que ese periódico no iba a dedicar a los ERE del PSOE andaluz. La indignación por los cuatro trajes era tan exagerada porque la engordaba el futuro semisilencio por los 679 millones de los ERE.

Tales son los sórdidos juegos del sectarismo, corruptores de nuestra vida pública. Digamos que hay una indignación global que no se reparte equitativamente, sino que toda se les aplica a los ajenos y ninguna a los propios. Todo es acusación, nada autocrítica. De este modo solo hay censura histérica sin mejora. Lo devastador es la ética que subyace: una ética (o antiética) que juzga no por los hechos sino por lo que se es. El virtuoso lo es por definición, haga lo que haga. Y el culpable también. Lo más barato del asunto es que el juicio ni siquiera lo determina lo que se es personalmente, sino ideológicamente. Estamos en un mundo de buenos y malos ideológicos. Ambos porque sí.

La consecuencia inmediata es, por supuesto, la apetitosa posibilidad de corrupción de quienes estén situados en el lugar adecuado en cada caso. Recuerdo un debate de hace años entre mi amiga Dolores González Pastor, diputada entonces en la Asamblea de Madrid por Ciudadanos, y un joven de Podemos. Ella, que presidía la comisión anticorrupción, hablaba de los controles que había que extremar para luchar contra la corrupción, porque todos podían incurrir en ella. A lo que respondió escandalizado el de Podemos: no todos los políticos son iguales y no a todos se les puede medir por el mismo rasero...

Estaba pensando, por supuesto, en los suyos, virtuosos por definición. Los situados ideológicamente en el lugar adecuado y que tendrán toda la cobertura político-mediática para corromperse. Y para ser excusados si los pillan.

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En El Español.

18.11.19

La incipiente pancita

Ciudadanos es solo el segundo partido que ha muerto después de las pasadas elecciones. El primero es el PSOE. La devastación de Ciudadanos, además, tiene arreglo: podría resucitar. La del PSOE no. Es un partido muerto, pese a las apariencias, pese a haber sido el más votado, pese a que vaya a gobernar. O precisamente porque va a gobernar.

Durante la campaña, una de las opciones que me parecía deseable era la de una mayoría absoluta del PSOE. Eso y rezar: para que el PSOE la aplicara bien. He cambiado de opinión: un PSOE con mayoría absoluta hubiese sido catastrófico. Un partido que no sabe lo que es, un partido acomplejado porque no se ve lo suficientemente de izquierdas, que sostiene a un líder, Pedro Sánchez, que es un tiovivo andante, con un discurso que da vueltas por todas las ideas e inclinaciones posibles, ninguna suya porque lo suyo es el girar. (Si Rivera era una veleta, Sánchez es una veleta loca.)

Por fortuna, Sánchez no podrá gobernar solo. Y eso está bien, porque cualquiera con el que se alíe (insisto: cualquiera) tiene el principio de realidad más asentado que él. Hasta Rufián y Otegi, que serían respectivamente Churchill y Adenauer a su lado. No digamos Aitor Esteban, Revilla o el de Teruel Existe: auténticos guardianes de la realidad regional y provincial. El sólido terruño frente al vaporoso no sé qué.

Todo hemos de fiarlo ahora a Pablo Iglesias, el verdadero ganador de las elecciones. El aclamado en Ferraz (“¡con Iglesias sí!”) por la militancia que ha socavado al PSOE. Esa militancia sin sentido de Estado, identitaria de una “izquierda” y de un “progresismo” nominales, cuya gran preocupación es que nadie la llame “facha”. Para poder llamárselo a los demás.

Pero hay que confiar en Podemos, que con la liquidación del PSOE será el nuevo partido socialdemócrata. Y hay que confiar en Iglesias. Tiene un chalet, tiene tres hijos (no me extrañaría que él e Irene Montero hubiesen encargado el cuarto tras el pacto con Sánchez) y tiene una incipiente pancita que ofrece todas las garantías al Ibex 35, la UE y hasta el FMI.

En el gobierno bicéfalo PSOE-Podemos habrá una cabeza de la que no cabe esperar nada (la de Sánchez) y una prometedora cabeza (la de Iglesias) que es muy bueno que vaya conociendo los entresijos del Estado, su día a día, sus posibilidades y sus límites para gobernarlo con sensatez en el futuro. Su juventud atolondrada quedará atrás. Será el nuevo Felipe González. Y una mañana la pancita (panza para entonces) reclamará su complemento y le será concedido: la eliminación de la coleta.

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En El Español.

13.11.19

Elogio del votante asesino

No deja de haber grandeza en los partidos nuevos, que nacieron de una insatisfacción, de una disconformidad con el sistema de partidos vigente, y que andan en la cuerda floja, haciendo equilibrios entre la existencia difícil y la inexistencia de la que proceden. A esos partidos sus votantes no les perdonan ni una. Si los votaron porque expresaban esa disconformidad y esa insatisfacción, es que eran votantes sensibles a ambas afecciones: afecciones que resurgirán frente a esos partidos a poco que los decepcionen.

Hay adolescencia en la postura, idealismo, esteticismo incluso. Sin duda, un insidioso afán de pureza que es incompatible con la suciedad de la política práctica. Yo, que estaría en este sector, reconozco perfectamente sus límites, sus fallos y hasta sus trampas. Reconozco también sus eventuales efectos negativos: no precisamente en la dirección de la pureza. Pero enfrente está el otro votante, el inamovible, el pancista, el satisfecho hasta la náusea con ‘su’ partido, al que votará haga lo que haga, por fatal que lo haga, porque votarlo no es una elección política sino un rasgo de identidad. La abominación hacia ese votante me mantiene en mi inestable lugar, pese a las dudas. (Dudas entre las cuales está, por supuesto, el reconocimiento de las ventajas de la estabilización, que les permite a los partidos tener un ‘suelo’.)

Puede que el más recomendable sea el famoso ‘swinger voter’ de los politólogos, que hace que la cosa se mueva: la oscilación al menos del bipartidismo, que sin el ‘swing’ de ese votante no tendría compás. En la franja de indecisos se cuece el avance; o el retroceso. En ellos se da el compromiso entre la crítica (o el no apego) y la acción, puesto que al final se deciden. Prestan su complemento ocasional a los votantes fijos, y la combinación es fecunda. Así se engendran gobiernos.

Volviendo a los votantes del principio, tras los que se me van los ojitos, aun sabiendo que están condenados a una cierta esterilidad, que se extendería en la medida en que se extendiesen, considero que también resultan benéficos, del modo en que el arte resulta benéfico: simbólicamente. No está mal que haya un núcleo de votantes que no transijan con los errores, para ‘recordarles’ a los otros que existe la ética de los principios, aunque la deseable sea la de la responsabilidad. Votantes maximalistas del “¡César o nada!”, o del “¡Faisán o hambre!”, que acaben en la nada y en el hambre: las de ellos y las del partido que al final liquidan. Así ha vuelto a ocurrir en las elecciones del domingo.

Lo que no se puede discutir es el buen gusto del votante asesino. Se ha cargado a Ciudadanos, antes se cargó a UPyD. Se carga a los mejores.

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En The Objective.

11.11.19

La exhumación de Vox

El tuitero que firma como Dios dejó un tuit divino en la noche electoral: “Pedro Sánchez ha exhumado a Vox”. Este ha sido, en efecto, su mayor triunfo con la repetición de las elecciones, su único triunfo: el resto ha sido fracaso. Incluso su victoria, con menos diputados de los que obtuvo en abril. Debe de ser terrible para un ego como el de Sánchez saber que tiene un techo, y que ese techo baja. Las aclamaciones con las que soñó no van a producirse nunca. Solo se produjeron dentro de su partido cuando lo eligieron. Y quizá de ahí le venga todo: incapaz de salir del partidismo, atrapado en esa cerrazón. Como la militancia que le aupó y que determina la política del PSOE, no muy dada a convencer a los no militantes.

Esa militancia fue la que gritó aquella noche de abril “Con Rivera no”, la frase más perniciosa de los últimos años (con la de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián). Aquella frase abortó, o contribuyó a abortar, el oro electoral que había en los resultados de entonces: el de la mayoría absoluta que sumaban el PSOE y Ciudadanos para formar el único gobierno verdaderamente progresista que era posible; las otras posibilidades, digan lo que digan, eran reaccionarias (en la línea de la “izquierda reaccionaria” de la que habla Félix Ovejero). Pero ni la militancia del PSOE ni Sánchez quisieron.

Ni Albert Rivera tampoco. Este siguió obcecado con su idea de desbancar al PP, cuando ya era quimérico. Hoy ha sido Ciudadanos el desbancado por el PP, por Vox, por Podemos y hasta por ERC, en un descalabro solo comparable al de UCD en 1982. Solo Íñigo Errejón ha sido incapaz de desbancar a Rivera, y solo por eso debería ponerle a Más País un nombre nuevo: Menos Errejón. Volviendo al PSOE: algún día tendrá que plantearse, si quiere volver a ser el partido amplio que fue, por qué muchos votantes de Ciudadanos hemos decidido irnos a la abstención en vez de votar al PSOE.

Todo es peor ahora que tras las elecciones de abril. Y los próximos meses serán peores que los que hemos pasado. Los españoles han votado mal, rematadamente mal. La consecuencia es un parlamento áspero, bronco, guerracivilista, que parece haber seguido la lógica nefasta de que, si había extrema izquierda, ¿por qué no iba a haber extrema derecha? A los nacionalistas y a los populistas se les suma ahora los nacionalpopulistas de Vox, que son el único éxito objetivo que han obtenido los otros desde que nacieron. Al fin tienen un rival a su altura (a su bajura); un rival comprensible, con el que enfangarse. La pelea ya está en el mismo plano: el de los gritos, las soflamas, la rigidez energúmena, los escupitajos, el aporrearse con las banderas. Un perezón tremendo, que ojalá se quedara en perezón: además nos irritará, nos desgarrará, nos destruirá.

El PSOE, el PP y lo que queda de Ciudadanos deberían aliarse de una vez para combatirlo, o para pararlo. En compensación al menos por la inmensa responsabilidad que han tenido en este desastre.

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En El Español.

4.11.19

Condenas formales

Ahora que los CDR han puesto de moda a Fraga con lo de "la calle es nuestra" (huyendo del franquismo han caído en la frase más franquista del repertorio), he de decir que yo, al igual que Fraga, tengo el Estado en mi cabeza. Solo que como está: hecho unos zorros. Así, aunque vaya pensando en mis asuntos y disfrutando de lo que veo (generalmente el mar), tengo un runrún incordiando y es el Estado, y también el estado de las cosas.

A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.

Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.

De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.

La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.

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En El Español.