16.11.20

Los ventrílocuos del virus

“Nunca el tema de un libro interfirió tanto en su presentación”, dijo Manuel Toscano en la presentación en Málaga de Desde las ruinas del futuro, de Manuel Arias Maldonado (Taurus). El libro va sobre la pandemia y la pandemia, en efecto, obligó a que la presentación fuera a las cuatro y media de la tarde, en la ya habitual sala con la mitad del aforo y los asientos muy separados. 

Pero vino gente. La hora tal vez no fuera tan inhóspita. A mí particularmente me gustaba: me recordaba a las clases universitarias de después de comer, o a las ponencias con que se retoman los congresillos. Hubo que terminar antes de las seis, porque a partir de esa hora en Andalucía no se permiten las actividades no esenciales. Prolongamos el debate un poco fuera, porque hablar de la pandemia sí que tiene algo de esencial. Pero ya iba cerrando todo, con el oscurecimiento. 

Por mi parte, he terminado la lectura de Desde las ruinas del futuro y me atrevo a recomendarlo como la mejor introducción que hay ya a la obra del teórico político y columnista Manuel Arias Maldonado. La pandemia actúa como focalizador temático de los asuntos que el autor había tratado en sus últimos libros, La democracia sentimental (Página Indómita), Antropoceno (Taurus) y Nostalgia del soberano (Catarata): vuelve a ellos a propósito de lo que estamos viviendo estos meses, modulándolos, aplicándolos al caso práctico y añadiendo reflexiones específicas sobre el acontecimiento. 

Como es habitual en los libros de Arias Maldonado, la lectura de este nos pone al día en la literatura especializada sobre el tema, con un rigor exhaustivo que en ningún momento deja de ser claro, accesible. Con paciencia pedagógica, el autor repasa, sopesa y critica cuando es necesario lo que han dicho los otros autores que se han ocupado de la pandemia. Son ya muchos, por cierto. Los suficientes como para haber segregado una película enturbiadora. La tarea de Arias Maldonado tiene algo –como dijera Schopenhauer de Kant– de operación de cataratas. Tal es la tarea ilustrada. 

El espectáculo ha sido en cierto modo patético. Esos autores –Žižek, Agamben, Preciado o Innerarity (pido disculpas a los otros por mezclarlos con este)– han hecho hablar al virus, pero lo que se oía era su voz: eran auténticos ventrílocuos del virus, que han aprovechado la pandemia para asentar sus prejuicios y sus retóricas, y decir lo que de todos modos ya decían e iban a seguir diciendo. Arias Maldonado es más higiénico: reconoce que el virus a lo mejor no tiene nada que decirnos; que somos nosotros los que decimos. Trata de estudiar el fenómeno sin extralimitarse. 

Para Arias Maldonado, el coronavirus no cuestiona la modernidad, puesto que su surgimiento se ha debido justamente a un déficit de modernidad. Tampoco cree que sea un producto del Antropoceno, ya que los virus y las bacterias ya estaban en el Holoceno. La pandemia que ha provocado es un fenómeno, eso sí, relacionado con la globalización. A partir de aquí, el autor repasa los debates científicos, sociales y políticos que se han suscitado con esta situación excepcional: desde la pertinencia, justamente, de los estados de excepción, a los límites del conocimiento y de la acción humana, las respuestas emocionales de la población o las posibilidades de un gobierno mundial. 

Las “ruinas del futuro” del título aluden al desmoronamiento de la idea de futuro, a la falta de confianza en el mismo. Pero la respuesta de Arias Maldonado no es catastrofista. Propone recuperar la consideración de la humanidad como especie biológica, en atención a las condiciones mínimas (unificadoras) que le permiten sobrevivir; lo que alentaría sus capacidades como sujeto político para asegurarlas. 

E invita a un “pesimismo ilustrado”: una prolongación del ejercicio de la razón, pero ya sin los abusos optimistas del pasado, que, en realidad, la hicieron descarrilar con frecuencia. 

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11.11.20

El descubrimiento de Madrid (y 2)

Ya he terminado mi lectura del Madrid de Andrés Trapiello (Destino) y no ha decaído lo que escribí hace dos semanas. El libro cambia en el último tramo con los “Retales madrileños”, amenos, curiosos, informativos, pero de menor intensidad. Son un añadido más relajado a lo que el lector se encuentra hasta la página 366, que es lo importante: unas maravillosas memorias madrileñas en las que se entrecruzan la vida de Trapiello y la vida de Madrid, y la vida madrileña del lector que vive o ha vivido en Madrid, y la vida de todo lector aunque no haya vivido en Madrid, porque la vida y Madrid están en el libro. 

Para quienes aún no hayan leído a Trapiello, Madrid es una presentación excelente de su obra: de sus escritos sobre literatura, de sus diarios, de algunas novelas y de libros como Las armas y las letras. Y para sus lectores habituales tiene un interés especial: no solo porque es uno de sus mejores libros, sino también porque en él asoma el Trapiello de antes de que lo conociéramos (el Trapiello vendedor de libros en la Gran Vía y en Serrano, por ejemplo, o el Trapiello de la Movida, o el del Museo Romántico), y se concretan episodios que sabíamos por sus diarios, y se insinúan otros que esperamos en los tomos futuros (esas comidas o cenas, en una de las cuales está hasta Isabel Preysler). 

Qué bien transmite la experiencia de la llegada a Madrid; una experiencia de la que está privado ese ciudadano exótico: el nacido en Madrid. La fuerza de mi experiencia la he revivido con la suya, y me he dado cuenta de que está latente siempre, incluso en los años en que uno ha vivido en Madrid. El encanto de la vida cotidiana en Madrid (del que está privado a su vez el apresurado turista) se veía en ocasiones sacudido por aquel descubrimiento inicial, que retornaba en atisbos, dándole una mezcla de desamparo y fascinación a determinados momentos: se podía abrir mientras uno esperaba a un amigo en una terraza, o se dirigía a una cita amorosa, o iba solo al cine, o tenía una reunión de trabajo... La vida en Madrid tiene un nervio que se parece a la vida. 

Cristóbal y yo, pues, llegamos en el Expreso Costa del Sol un 11 de octubre por la mañana. Nuestro primer Madrid, tras aquella jornada inaugural, de aterrizaje y acomodamiento en el Johnny (desde mi ventana se veía la casita amarilla de Vicente Aleixandre, que había muerto el otoño anterior) y borrachera en Malasaña, fue el del puente del Pilar: un Madrid vacío, lento, resonante, que intimidaba aún más que el de pocos días después con las multitudes... Pero si Trapiello ha contado su Madrid en quinientas páginas, no voy a contar yo el mío en dos. Mencionaré solo una sorpresa, el de la confluencia que más me ha emocionado (entre varias) del libro: el de la relación de Trapiello con el jardincito del Príncipe Anglona, esencial en mi Madrid. Escribe Trapiello:
En el otro extremo [de la plaza de la Paja] está el palacio de Anglona, que es precioso porque no se le nota nada que es palacio, parece incluso una Casa de Socorro de comienzos de siglo. Tiene un jardín de juguete medio moro, medio toledano, con su fuentecita en el centro, un surtidor del tamaño de un silbato, unos árboles que dan algo de sombra y unos setos escuálidos pero bien trazados. Yo tengo leído allí mucho, que diría Cunqueiro, el más romántico de los escritores gallegos. Cuando el amor de mi vida empezó a volverse incorrupto, como el cuerpo de San Isidro, y me pasaba el día solo, solía ir a ese jardinillo. Iba con uno de mis ‘australes’ y un bocadillo de calamares fritos, por pasar la canícula a la sombra, y bebía de la fuente con los gorriones. Luego me parece que cerraron los jardines muchos años.
Sin duda por esto último yo no los conocía. Pero muchos años después, paseando por esa zona con mi amigo Losada, vimos la puertecita en el muro de ladrillo y entramos. Era invierno y el jardín estaba pelado, bellísimo pero tristísimo, destartalado como el alma mía, que diría el poeta. Unos meses más tarde, deambulando solo, con un ánimo similar, pasé de nuevo por la entrada y me asomé. Esperaba encontrar el mismo jardín ceniciento y mustio, pero no había caído en que ya era primavera: estaba resplandeciente. Aquel inesperado trallazo de vida me conmocionó. Desde entonces he ido muchísimo a ese jardín, en todas las estaciones, para recordar que se puede renacer. 

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9.11.20

Nuestro Trump triunfante

Nos estábamos organizando para ponerle una demanda al director, cuando recibimos un mail colectivo: era el director, que se ofrecía a apoyarnos si nos decidíamos a poner una demanda. Naturalmente, no contra el director sino contra otro; pongamos que el inversor.
 
Aquello no prosperó (ni en realidad lo merecía), pero yo me llevé un premio: aprendí el truco del ventajismo topológico. Basta que digas situarte en un lado para que parezca que no estás en el de enfrente. En la inmensa mayoría de los casos cuela. 

Ejemplo de ahora: si el Gobierno crea un comité “contra la desinformación”, está ejecutando una operación topológica por medio de la cual se sitúa en el lado de la información. Son los otros los que desinforman. (Los otros y no el Gobierno de Sánchez y Dame los Telediarios Iglesias.) 

Ocurre igual con nuestros autoproclamados antifascistas, que son notablemente fascistas; con nuestros autoproclamados republicanos, que laminan todo republicanismo político; con nuestros antiespañoles, que son unos españolazos; con nuestros antifranquistas, que han recuperado el toque de queda, el pecado y el Nodo; o con muchos de nuestros antitrumpistas, que son nuestros genuinos trumpistas.

(Como nada se nos ahorra, tenemos además a los antisanchistas de Vox, que son un sustento indispensable de Sánchez; y a nuestros autoproclamados trumpistas –suelen ser los mismos–, que le aplauden a Trump las ínfulas totalitarias que denuncian en Sánchez.) 

Pero sí, en la distopía española gozamos del trumpismo triunfante. Tenemos un Trump que cuenta con el apoyo del New York Times (léase El País) y con el de esos escritores que en Estados Unidos critican a Trump, como escribe Lindo, pero aquí defienden a nuestro Trump, incluida Lindo. 

Copio de Lindo: “Trump es un hombre psicológicamente negado para trabajar por un bien colectivo. No puede gobernar pensando un prójimo porque, sencillamente, no lo ve. Solo está dotado para ejercer un poder absoluto, rodeado de una corte de pelotas que asuman sin rechistar sus insensateces”. Lo clava. Lo que pasa es que también clava a Sánchez (y a su corte). 

Trump y Sánchez son cortoplacistas del poder; serían tiranos si no los frenaran los contrapesos de los países democráticos cuyo poder han conseguido (por eso, en la medida de sus posibilidades, han socavado tales contrapesos). La diferencia es que Trump va de lo que va. Mientras que Sánchez va de lo contrario. 

En su primer discurso, el presidente electo Biden ha hecho una prometedora llamada a la unidad de los estadounidenses y ha dicho que “es el momento de cerrar las heridas”. Sánchez lo ha felicitado, y lo cierto es que también él suele hacer esas llamadas. El problema es que, mientras las hace, no deja de desunir y abrir o reabrir heridas. 

Mi alegría por la derrota de Trump es inmensa. Pero parcial: aún no ha sido derrotado (sino todo lo contrario) en España. 

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2.11.20

El día de difuntos de 2020

Tétricas jornadas, pese al sol que hace en Málaga al menos. El otoño lo vemos solo en las etapas de la Vuelta, que rueda por el norte por carreteras con hojas caídas. Aquí en las playas persisten los últimos bañistas. Los demás caminamos en manga corta por el paseo marítimo, sudando, o nos tomamos un whisky en el chiringuito Oasis. Hay una sensualidad decadente, como de fin de época. Y cuando el fogonazo nos da en la cara tiene un algo de existencialista: el sinsentido nos convierte a rachas en el extranjero de Camus. Pero no llevamos revólver. 

Larra sí llevaba pistola, y la descargó en su sien tres meses después de su artículo más pesimista: “El día de difuntos de 1836”. Lo publicó en ‘El Español’, el periódico que se llamaba igual que este en el que escribo. Lo he releído ahora y en él está una de sus conocidísimas frases: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. Un pronóstico con cien años exactos de antelación. No está nada mal. Podemos sumar ochenta y cuatro y estamos en este 2020: en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos confinamientos... 

En el artículo, Larra se revuelve en su sillón, cubierto por “una nube de melancolía”, cuando oye una campana que “parecía vibrar más lúgubre que ningún año”. Decide entonces salir. Ve a las gentes que se dirigen al cementerio. Su reacción es sarcástica: “Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”. Los vivos eran para él los muertos en aquella España amodorrada. Podría valer también para esta. 

¿Cómo podemos digerir los más de sesenta mil muertos que hay ya con la pandemia? ¿Cómo podemos digerir la ineficacia, el indecente politiqueo? El Gobierno ha marcado el tono, y el tono es el cortoplacismo por el poder cortoplacista de Sánchez. Los demás no han hecho más que replicar ese tono; para beneficio de Sánchez. Ahora el peor Gobierno de nuestra democracia ha obtenido seis meses de impunidad parlamentaria. No hay ninguna posibilidad de que esto salga bien. 

Me acuerdo estos días del funeral de Estado por las víctimas del covid. Fue en julio y han seguido miles de muertos más, ya sin funeral de Estado: salvo que se considere prorrogado, como los presupuestos. Pomposidad vacía, ahuecada como la voz de Sánchez. El representante perfecto de este Gobierno es el doctor Simón, con sus indecorosas calaveradas. Es eso: una calavera de Halloween. Sonriente. 

A Larra nos lo explicó en la Complutense la profesora Palomo, con la emoción que les ponía a sus clases. Hizo hincapié en aquel artículo y otro antológico de poco después, “La Nochebuena de 1836”. 

El día en que se cumplían ciento cincuenta años del suicidio de Larra yo busqué su portal. Era una tarde gris del febrero madrileño. Localicé la calle Santa Clara, por Ópera, y la empecé a subir. Al poco empecé a oír una máquina de escribir, que resonaba en la calle vacía. Procedía del balcón de Larra. Mientras lo miraba me quise figurar que era él el que tecleaba, anacrónicamente. Y que el mensaje era que había que escribir. Pero se dio el pistoletazo. 

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31.10.20

Dietario: Hacer cosas

Mal, con el mar. Me encontraba en el mirador metafísico, un balconcito de la senda litoral, a la altura de Torrequebrada, con unas vistas limpias al horizonte azul y al perfil de Fuengirola, hacia poniente, cuando sonó el teléfono. Era el escritor Eduardo Jordá, mallorquín que vive en Sevilla. Hacía mucho que no hablábamos y me preguntó: “¿Cómo estás? Bueno, mal ¿y qué más?”. Nos reímos, pero entonces se me ocurrió la respuesta exacta: “Mal, con el mar”. En efecto, la vida que llevamos los malagueños, por desgraciada que sea, tiene siempre ese colchón, ese descanso, esa alegría. Algo bueno, muy bueno, que hay que restárselo a lo malo.
 
Otra Málaga. Solo conocía el paraje de la desembocadura del Guadalhorce de verlo desde la carretera. La fotógrafa Marta O Nilsson me había dicho que era una reserva secreta de Málaga, a la que ella solía ir, pero hasta que no me he acercado a ver la pasarela nueva no he sabido lo que era aquello. Es un territorio fascinante, lleno de caminos entre las cañas y descampados junto al río. Lo que pasa es que ahora está lleno de gente, por el reclamo de la pasarela (yo soy una de esas personas), y antes no había nadie. La sensación es de estar en otra Málaga, también cuando uno pasea, como estoy haciendo últimamente, por los alrededores del Palacio de los Deportes y hacia Sacaba Beach. Aquí hay un encanto decadente, ligeramente desolado; justo de acabamiento de la ciudad.
 
Autocanibalismo. A veces voy al Quitapenas de Torremolinos a comer pulpo frito. El pulpo siempre me ha gustado, pero desde que han descubierto que es un animal inteligente y melancólico, siento que es una oportunidad que se me brinda de ensayar el autocanibalismo. Ahora sé que sabe bien.
 
‘Striptease’ facial. La última vez que estuve en el Quitapenas apareció, subiendo la Cuesta del Tajo, una chica que me sonrió con la mirada y me saludó. Como no la reconocí por la mascarilla, se tiró de ella hacia abajo, como destapando una sorpresa. Me pareció un gesto sensual, como cuando Gilda se quitaba el guante. Era una conocida a la que he tratado poco, pero el episodio le dio a su cara una luminosidad que nunca habría tenido de no haber estado oculta. Lo gracioso es que viví lo mismo desde el otro lado pocos días después. Vi en una terraza a mi amiga Isabel Cabrera, productora de televisión, y me acerqué a saludarla. No me reconoció, así que me bajé la mascarilla con la ilusión de que me reconociera, pero siguió sin reconocerme. Me miraba muy seria y cuando me dijo en inglés que era danesa comprendí que Isa tenía una doble en Málaga de esa nacionalidad. Se lo conté luego y le dije: “Me extrañaba tu frialdad. Nunca te había visto sin sonreír”.
 
Hacer cosas. No había asistido a ningún evento desde que empezó la pandemia y me impresionó ver la amplia sala con solo tres filas de asientos, muy separadas entre sí. Era desolador, pero a la vez no estaba exento de belleza. Denotaba, al cabo, el empeño de “hacer cosas”, como dijo Arias Maldonado en la presentación. Estábamos en La Térmica y contrastaba la sobriedad algo monacal con el calor de estos cinco años de su Aula de Pensamiento Político, en la que tanto hemos aprendido y tan bien nos lo hemos pasado. Al término, Arias, Ferré, Toscano y yo cenamos con el ponente, el filósofo Ramón del Castillo. Fue una cena exprés, porque a las diez y media los camareros nos avisaron de que ellos tenían que estar en su casa a las once, como todos. Volviendo a mi casa me di cuenta de que los minutos previos al toque de queda son extremadamente peligrosos: los patinetistas van aún más locos que de costumbre para recogerse también.
 
Metafísica. Hace cuatro años me iba a poner por fin con mi libro (que tiene que ser triste, como todos los libros), cuando entré inesperadamente en una fase feliz. Por supuesto, no escribí nada. Se lo conté a Arias y me citó esto de Macedonio Fernández: “Varias veces emprendí el estudio de la metafísica, pero me interrumpió siempre la felicidad”. La otra noche le anuncié a Arias: “He vuelto al estudio de la metafísica”.
 
Nuestro Montaigne. Leo en Jot Down una entrevista a Iñaki Uriarte, cuyo ídolo es Montaigne y que es nuestro Montaigne. Se lee con el mismo placer que sus Diarios, porque responde a las preguntas con la misma voz, algo que no siempre logran los escritores (aunque Uriarte presume de no ser escritor, y ese tal vez sea su secreto). Le escribo para felicitarlo y de camino le pregunto por cómo está pasando la pandemia. Le digo que en mi confinamiento hice en realidad mi vida de siempre, salvo los paseos y las escapadas a Madrid (que no son poca cosa; también me perdí un viaje a Río de Janeiro). Me contesta: “Por aquí, lo mismo que tú, sin grandes cambios de vida. Aunque eso de que no puedas hacer cosas que de todas formas no ibas a hacer agobia un poco”.
 
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28.10.20

El descubrimiento de Madrid (1)

Llevo poco más de cien páginas del Madrid de Andrés Trapiello (Destino), de las más de quinientas que tiene, y ya siento necesidad de escribir del libro. Porque el libro se desdobla y es también mi libro: el de mi Madrid. 
 
Visité la casa de Trapiello hace dos años, justo al día siguiente de su presentación de El Rastro, y me enseñó su escritorio: estaba lleno de libros sobre Madrid y tenía colgados planos de distintas épocas de la ciudad. Me gusta cuando alguien está escribiendo sobre un tema, porque trato de imaginarme cómo será el libro. Este me parecía muy difícil. Al empezarlo me ha admirado su asombrosa facilidad. No es un libro apretado como yo me imaginaba, sino un libro suelto: de lectura disfrutable. Lo bonito es que escribe de Madrid pero aún más de él mismo: de él en Madrid. Son unas memorias madrileñas. (Un libro que quedará junto a sus diarios.) 

Trapiello llegó a la estación del Norte en 1971, yo a la de Atocha en 1985. Él iba con su hermano Pedro, yo con mi amigo Cristóbal. Huíamos de los estudios de Filosofía en Málaga hacia los de Periodismo en Madrid. Dejábamos de mirar las cosas –bromeábamos– sub specie aeternitatis para pasar a mirarlas sub specie temporis. Ya hace una eternidad de aquello. El tiempo, gran destructor, termina erigiendo un monumento: el de la época pasada, mientras quede quien la recuerde. 

Está muy bien, en Madrid, ese abismo dorado. El Madrid que ya no es y el Trapiello que ya no es, pero que fueron. Otra vez se consuma el milagro de la literatura: una red de palabras tendida sobre un hueco y proyectando lo que hubo en ese hueco. También se superpone al Madrid que sigue y al Trapiello que sigue. Y con la lectura uno proyecta además, como digo, su propio Madrid, y el que fue uno también. El efecto es de una intensidad casi insoportable, aunque acogedora. Ninguna lectura tan plena había hecho este año. 

En nuestro viaje durante toda la noche en el legendario Expreso Costa del Sol, Cristóbal y yo no paramos de hablar de libros. Libros irreverentes, que eran los que nos gustaban: Baudelaire, Nietzsche, Bataille, Savater, Cioran, hasta Sartre (él se estaba leyendo La náusea)... Dábamos por hecho que estábamos escandalizando con nuestras perversiones y nuestros ateísmos al señor que venía en el compartimento. Por la mañana, cuando ya se veía el Pirulí desde el tren, el señor nos preguntó con mucho tacto, muy serio, si éramos seminaristas. El hombre solo se había quedado con que hablábamos de “libros”. 

Y así, con el rabo entre las piernas, llegamos a Madrid, como quien dice. 


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26.10.20

Salimos espaguetizados

“Muerte por espaguetización”, así se titula el vídeo que recrea el paso fatal de una estrella por un agujero negro. Confieso que lo pinché no por razones astronómicas sino puramente lingüísticas: no me fascinan los espectáculos del cielo, tediosos por acumulación; me fascina la irrupción de esa palabra única, que estoy dispuesto a usar para todo a partir de ahora.

Pero con la palabra en la cabeza, qué formidable el vídeo también. La estrella se va aproximando al agujero negro, hasta que este la pasa por la trituradora, la hace puré o fosfatina: ¡la espaguetiza! La estrella sale hecha tirillas suponemos que comestibles. Donde hubo una estrella quedan espaguetis.

La metáfora me fue servida en directo, pues la palabra apareció cuando hablaba Sánchez. Yo trataba de distraer mi malestar trasteando por Twitter. Entonces leí “espaguetización” y supe que era eso lo que nos pasaba. Lo que nos está pasando, porque aún no nos hemos terminado de espaguetizar.

El agujero negro (¿hace falta decirlo?) es Sánchez. El hombre que dijo “hemos derrotado al virus” y que ahora, menos de cuatro meses después, decreta otro estado de alarma y vuelve a hablar de “moral de victoria” para derrotar al supuestamente derrotado.

Moral de victoria pide el desmoralizador, el espaguetizador. El hombre que se ha movido únicamente por su interés personal, que no ha sabido liderar un país, que ha eludido su responsabilidad cada vez que ha podido, que solo ha hecho movimientos enérgicos para demonizar a los que se le oponían y mantenerse en el poder; un poder con el que luego no sabe qué hacer, salvo maniobrar para mantenerlo.

No salimos más fuertes, como repetía la propaganda oficial tras el primer confinamiento: salimos espaguetizados.

En el artículo de ‘El Mundo’ se describe lo que nos está pasando a los españoles con gran poesía (obsérvese que hay que irse ya a las páginas de ciencia para ver lo que nos pasa): “Imaginemos por ejemplo a un desafortunado astronauta que se acerca a un agujero negro aproximando los pies más que la cabeza. La fuerza gravitatoria es mucho más intensa en sus pies que en la parte superior del cuerpo. Se producen unas descomunales fuerzas de marea que deformarán el cuerpo en sentido vertical, estirándolo y alargándolo como si fuese un espagueti”.

Obviamente, ningún astronauta –a diferencia de los españoles– lo ha experimentado, pero “hay estrellas que pueden circular por el entorno de uno de estos monstruos supermasivos y ser sometidas al violento efecto de la espaguetización”. Por desgracia, este no sería el fin de las desgracias, porque “una parte del material de la estrella desgarrada no es devorada inmediatamente, sino que queda atrapada en un disco rotante alrededor del agujero negro”.

Será algo así como el peronismo. Aunque le podemos ir llamando ya sanchismo.

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En El Español.

25.10.20

Tres preguntas sobre Umbral

Julio Valdeón ha tenido la gentileza de contar con mi opinión –entre otras– en su reportaje de La Razon “Umbral, un dandy que hoy estaría prohibido”. Pongo aquí aparte las tres preguntas que me mandó y mis respuestas:

 

Una de las constantes en la literatura umbraliana es el sexo, entendido como acto de suprema libertad. ¿Ha caducado esa visión suya? ¿Puede/debe reivindicarse? 

No sé si como “acto de suprema libertad”. Creo que hacía lo que podía, como todos y como todas. Lo que llamaba la atención en la época era la franqueza, y las elaboraciones literarias alrededor del asunto. Hace poco he leído su Diario de un escritor burgués, escrito en 1977, y maravilla su desinhibición sobre el sexo. La desinhibición de un hombre educado en el catolicismo y, por lo tanto, con una represión de fondo que trataba de solventar: indagando en su libertad pero también con los tics de la época, que hoy llaman la atención. Su visión era masculina, y desde ella escribía, porque era la suya (expresando también sus vulnerabilidades). Algo que hoy no se entiende, ni quizá se acepta. Es como si se exigieran resultados morales (o moralistas) de inmediato, sin el pedregoso y titubeante camino de perfección.

 

¿Qué lectura cree que haría hoy de su escritura la nueva izquierda, o izquierda woke, o izquierda reaccionaria? ¿Lo cancelaría?

Umbral sería hoy duro de roer para esa pseudoizquierda. Sencillamente porque era un hombre que escribía lo que le daba la gana. La relación entre la libertad del decir y la censura moral que se produce hoy con esa pseudoizquierda es igual a la que se producía antes con los biempensantes. Con una diferencia: antes irritar a los biempensantes te proporcionaba simultáneamente un montón de cómplices. El provocador, así, contaba con la irritación de unos (aquellos a los que quería irritar) y la complicidad de otros (que eran para los que escribía). Hoy, sin embargo, el provocador no cuenta con cómplices. Está más solo que la una. Porque aquellos que antes eran sus cómplices hoy son los nuevos biempensantes. La consecuencia es que ya no es divertido.

 

A veces creo que a Umbral, como escritor, sólo conocemos o valoramos los que lo hemos leído en sus diarios, en sus mejores libros de memorias, etc. Y que ahí late, junto a la prosa descarnada y deslumbrante, una ternura que desconocen los habituales de sus columnas, no digamos los que sólo recuerdan el programa con la siniestra Mila. ¿Está usted de acuerdo o quizá exagero, por el lado bueno, por mi cariño hacia Umbral?

Acaba de dar usted la clave de mi fascinación por Umbral a mis dieciséis años. Yo lo conocía por sus columnas y por sus entrevistas en radio y televisión. Me hacía gracia, como Cela con sus gamberraditas, pero poco más. Entonces, a mis dieciséis años, leí por primera vez un libro suyo: Memorias de un niño de derechas. Ahí descubrí ese otro tono lírico e intimista, con esa ternura de la que usted habla, ya desde la dedicatoria, que me sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. A partir de entonces fue maravilloso asistir a sus boutades sabiendo que eran un teatrillo para el público, pero que había otro Umbral, el intimista y tierno, para los iniciados. Ese doble juego fue lo que me fascinó.

19.10.20

Sánchez, guapo electoral

He estado leyendo a Borges últimamente (alguna tarea elevada hay que tener en estos tiempos bajísimos) y me he encontrado con una expresión estupenda: “guapo electoral”. No sé si sigue vigente en Argentina, o en Buenos Aires, pero en oídos españoles la expresión es maravillosa, y sin significado.

En Borges, y en los diálogos de Borges con Bioy Casares, sale mucho “guapo” como sinónimo de malevo, matón, cuchillero. Pero a veces se dice de un cuchillero que se convirtió en “guapo electoral”. Lo he buscado y resulta que guapo electoral es el matón que se convierte en el guardaespaldas de un candidato. Y en efecto, en España no tiene significado lo de guapo electoral. Salvo que (¡por iluminación!) se vea que nuestro guapo electoral es Sánchez.

Sánchez malevo, matón, cuchillero, guardaespaldas de sí mismo. Un guapo electoral con toda la jeta. Un cuchillero que protege a un candidato: así Sánchez, que protege al candidato Sánchez hasta que llega a presidente del Gobierno, una posición privilegiada para seguir practicando el cuchillerismo.

En El hombre que fue Jueves de Chesterton, tan querido por Borges, el jefe de los anarquistas que subvertían el orden era el jefe de la policía cuya misión era preservarlo. Las dos personas se superponían, en tareas opuestas. Así Sánchez.

No es que Sánchez quiera subvertir el orden. Ni tampoco es que quiera preservarlo, la verdad. Lo que quiere Sánchez es un orden que se acomode a Sánchez. Un orden o un desorden; lo mismo le da, con tal de que sea sanchista.

El narcisismo autoritario con el que podemos caracterizar ya, de manera irreversible, a Sánchez sería igual de temible pero tal vez no tan fastidioso si gozase de un poquito de estabilidad. Pero Sánchez es una brújula loca que dice y se desdice buscando el solo beneficio de Sánchez. Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez, empezando por Sánchez. El suyo es una suerte de adanismo al minuto cuya fórmula sería: “Donde dije digo digo Diego y siempre quise decir Sánchez”.

Contaba Borges que el “guapo” de no sé qué pueblo argentino se llamaba Soto, y que a ese pueblo llegó un circo cuyo domador de leones se llamaba también Soto. Este cobró fama de inmediato por sus heroísmos circenses. Pero cada vez que el guapo, matón o cuchillero se lo encontraba en algún sitio, decía: “Acá sobra un Soto”. Y el domador tenía que largarse.

Acá, en España, pasa un poco lo mismo: sobramos todos los que no somos Sánchez; o siquiera sanchistas, como mal menor a ojos de Sánchez.

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14.10.20

Encarnación de la época

Me ha interesado mucho ‘El final de la aventura’ de Antonio García Maldonado (La Caja Books), porque en este su primer libro el autor muestra, por extenso, algo que suele asomar en sus artículos (en especial en los de ‘The Objective’): la preocupación apasionada por los problemas de la época, que se funde con las preocupaciones personales. De modo que se produce una suerte de encarnación de nuestro tiempo: este respira en el autor, se manifiesta en sus peripecias a manera de parábolas –narrativamente–, y dota de tensión y dramatismo sus reflexiones. Reflexiones que, por ello, no son solo intelectuales, sino también existenciales.

Su instinto espoleado por la insatisfacción ha dado con una formulación brillante: el asunto de nuestro tiempo es la falta de aventura. Hallazgo que redondea con la consideración de la aventura como un impulso colectivo, o que junto con su carácter individual tiene efectos colectivos. Esto le permite ocuparse de las cuestiones de la época con vivacidad: como si le fuera la vida en ello; la vida que vale. Me he acordado de la canción de Caetano Veloso “O último romântico”, que dice en un verso: “Tolice é viver a vida assim sem aventura” (‘tolice’ es tontería, estupidez). La inquietud de Antonio García Maldonado tiene ese indudable origen romántico: lo bueno es que sería un romanticismo que está al día, perfectamente informado de la problemática contemporánea.

Además de repasar algunas aventuras históricas, como las grandes aventuras de la navegación y los descubrimientos, ‘El final de la aventura’ constata el parón de nuestros días, en que las aventuras reales –las de la vanguardia tecnológica y científica, por ejemplo– están reservadas a unos pocos: la abrumadora acumulación de conocimientos exige una especialización extrema también en este campo. No obstante, el autor se resiste a ser pesimista (algo que indica en el libro y resalta en la espléndida entrevista que le han hecho en ‘El Asombrario’) y apunta a dos aventuras colectivas que le aguardan a la humanidad: la lucha contra el cambio climático y las exploraciones espaciales que están por venir (“la colonización espacial como la aventura de nuestros hijos”, escribe).

Con una excelente escritura ensayística, Antonio García Maldonado tantea estos acuciantes asuntos, se pregunta y esboza propuestas, apoyándose en fuentes especializadas y, lo que es muy grato para el lector, en novelas, series y películas: la más recurrente de todas, ‘Master and Commander’. Por la implicación del autor, ‘El final de la aventura’ termina siendo una “biografía involuntaria”, algo que él mismo reconoce en la coda, de tono más confesional. Aquí se encuentra mi párrafo favorito del libro, que me permito citar entero para concluir, porque lo resume a la perfección:

A veces reconozco que estoy pasando un mal momento a través de gestos intuitivos en los que reparo cuando ya están en marcha. Cuando voy a una librería y me encamino sin pensarlo a la sección de libros de ciencia, sé que estoy buscando respuestas que no existen, o que no están ahí, que el gesto obedece más a la necesidad que a la curiosidad que siempre he tenido por la astronomía, la física o la medicina. De la misma forma que me pasa cuando imagino y miro con envidia la vida de la vanguardia científico-técnica que sí tiene acceso a las aventuras de nuestro tiempo. O cuando me pongo alguna película de aventuras, como la que ha servido de guía discreto en este libro. Lo que desde fuera puede parecer un pasatiempo banal y una sana costumbre para evadirse, para mí suele significar lo contrario. Somatizo rápido, y suele empeorarme, además del ánimo, el asma y las contracturas. ‘La mente sufre y el cuerpo pide ayuda’, como le recordaba el cardenal Lamberto a un sufrido –y diabético– Michael Corleone en ‘El Padrino III’.

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En The Objective.