El proceso ha sido rápido y maravilloso. En abril nos avisó Juanjo Jambrina de la publicación en Francia de un poema largo sobre ciclismo: La chute de Luis Ocaña dans le col de Menté, de Christian Laborde. Sanz Irles y yo lo pedimos de inmediato. Mi menesteroso francés no me impidió apreciar la magnitud del poema, su alta calidad, su sistema de imágenes, su tensión sonora. Sanz Irles, que domina el idioma, se puso a traducir pasajes por jugar. El juego se transformó en pasión y decidió traducirlo entero. Alberto Beceiro, el editor de Sr. Scott, se interesó, negoció con Gallimard y, con la ilustración formidable de Sr. Bermúdez (¡estamos entre señores!), acaba de salir tres meses después en España, bellísimo, en edición bilingüe.
La caída de Luis Ocaña en el col de Menté, ahora sí leído plenamente por mí, es un portento. Sanz Irles ha sabido trasladar los versos de Laborde a nuestra lengua, de manera que el poema funciona también en español: transmite su ritmo, su fuerza, su imaginería, su emoción, su estupor dramático, su deslumbramiento trágico, su abismo existencial; con una belleza dinámica, afilada, apabullante. La transformación alquímica del ciclismo en poesía (de acuerdo con la "alquimia del verbo" de Arhur Rimbaud, aludido en los versos del color de las vocales: "una O azul / una A negra") vuelve a extraer oro metafórico de este deporte que debería ser considerado como una de las bellas artes. No en vano, Marcel Duchamp habló del "ciclista ético" en la descripción de su dibujo Tener el aprendiz al sol, y el mexicano Julio Torri comparó a los ciclistas con los ángeles, puesto que avanzan como volando, sin pisar el suelo.
Laborde, escritor y cronista deportivo, nacido en los Pirineos y amante de su paisaje, escoge un episodio central de la carrera de Luis Ocaña y de la historia del Tour: el ciclista español criado en Francia logra vencer al belga Eddy Merckx, imbatible hasta ese jueves 8 de julio de 1971, día de pleno sol ("hay sol por todas partes y sombra en ninguna"), en la etapa alpina que acaba en la ascensión a Orcières-Merlette. Ocaña alcanza el maillot amarillo y parece tener asegurada la victoria final. Pero cuatro días después, el lunes 12 de julio, ya en los Pirineos, se cae en la bajada al col de Menté, cuando perseguía a Merckx en mitad de la tormenta que de súbito se había desatado. Intentó levantarse, pero otro ciclista chocó con él, y luego otro; este último, Joop Zoetemelk, hizo que ya no se levantara.
Al comienzo de la edición española se incluye la foto del Ocaña yacente de ese momento, como Cristo descendido de la cruz, un Cristo no muerto sino vivo y doliente: "el cuerpo resguardado del frío por una gabardina / Luis que pareciera descendido de la cruz / yace al pie de la roca / su espalda hecha pedazos su maillot jirones / enredado en su pelo / el barro pardo del puerto lo corona de espinas". Ocaña no ganó ese Tour, y ahí lo deja Laborde (al modo de Borges: "Alto lo dejo en su épico universo / y casi no tocado por el verso"). Lo conquistó en 1973, ya sin Merckx en liza.
También Borges escribió en su poema sobre el tango: "una canción de gesta se ha perdido / en sórdidas noticias policiales". Laborde hace lo contrario con el ciclismo: lo eleva a cantar de gesta, a canto homérico, a tragedia shakespeariana, con toques litúrgicos de auto sacramental. El poema, escrito sin signos de puntuación y en minúsculas (salvo los nombres propios), tiene 734 versos y está dividido, a modo de sinfonía, en cuatro movimientos.
El primero evoca el origen familiar de Ocaña en Priego (Cuenca), las carencias y el hambre, el esfuerzo de los padres: "encorvados los dos sobre la tierra sin agua / [la luz] molía a palos las libélulas de párpados / de aluminio". El segundo movimiento narra (y poetiza) la jornada triunfal del 8 de julio de 1971, que acabó donde la etapa de hoy, 23 de julio de 2026: "Luis / las cimas te querían te tienen / sobre su lomo te mueves y ya sois sólo uno / cielo curvas bicicleta todo es lo mismo / todo se confunde todo es apoteosis / [...] el amarillo de Coppi y de Bahamontes / espolvorea centellas sobre tu pecho". El tercer movimiento da cuenta de la ya mencionada etapa del 12 de julio de 1971, con la caída en el col de Menté. Y el cuarto y último, situado en agosto de aquel año, recrea una conversación de Ocaña con Dios en la capilla de Nuestra Señora de los Ciclistas. Dios le dice que cometió "el pecado de orgullo" (¡la hybris griega!) y Ocaña le dice que no: da otra razón emocionante, que pone los pelos de punta y que no revelaré, para dejarle la sorpresa al lector.
En la tradición de Zona, de Guillaume Apollinaire, que termina con "Adiós adiós // Sol cuello cortado", La caída de Luis Ocaña en el col de Menté concluye con dos versos que descolocan y que son sugerentes y perfectos: "perseguido por el viento y las defensas / de los elefantes".
Esta edición de Sr. Scott se completa con un estupendo prólogo (o Calentamiento) del traductor Sanz Irles, quien añade además algunas notas contextualizadoras. Hace un trazo de época, de aquel verano en que sonaban My Sweet Lord, Brown Sugar, L.A. Woman, Mediterráneo y Borriquito como tú, nos explica lo que significaba el ciclismo entonces para los españoles y se exalta con el poema de Laborde (su propia traducción es exaltante), del que nos presenta sus claves temáticas y sus impulsos estéticos. Acerca del poema, que tiene 300 versos más que La tierra baldía de T.S. Eliot (cuya mejor traducción en español es también la de Sanz Irles), escribe: "Es largo como el ascenso al terrible Tourmalet, pero se nos hace corto a los lectores, que llegamos al final exhaustos por la tensión y la emoción y, a la vez, con muchas ganas de seguir pedaleando, porque aquí, leer es pedalear". Pedaleemos.
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En The Objective.

