El aprendiz al sol
José Antonio Montano © (jamontano@gmail.com)
29.10.26
25.10.26
22.10.26
18.10.26
15.10.26
11.10.26
8.10.26
4.10.26
1.10.26
Baratijas de los Javis
La originalidad de La bola negra, la ya exitosa película de los Javis, no está en su potente imaginería ni en su ambición lograda, en sus ciertamente apabullantes hechuras cinematográficas, sino en que se trata de un producto rarísimo: un pastiche con autenticidad. Lo que ofrecen los Javis son baratijas que funcionan, y que por ello adquieren, sobre la marcha, un extraño valor.
Quizá la clave esté en lo que declaró uno de los Javis cuando presentaron hace meses la película: que de estudiante le habían robado a Lorca como referente homosexual. Ya anoté aquí que en 1983, un año antes del nacimiento del Javi menos joven, el profesor de 3° de BUP nos dio a leer, entre otros textos, la "Oda a Walt Whitman" de Lorca y "El joven marino" de Cernuda; además de poemas de Cavafis y Luis Antonio de Villena. Quienes se convirtieron para mí, a mis diecisiete años, no en "referentes homosexuales", que por mi heterosexualidad yo no necesitaba, sino en referentes de valentía: justo por la libertad desafiante (sobre todo Cernuda y Villena) con que vivieron su homosexualidad. La declaración del Javi, en unos tiempos en que ya no había ocultación alguna, era una confesión involuntaria de ignorancia.
Pero precisamente esta ignorancia de partida (solventada luego; y ahora completo la clave) es la que les ha permitido crear una obra de indudable poder genesíaco, pese a ser, en fin de cuentas, epigonal. Dicho de otro modo: al no tener conciencia de que incurrían en el topicazo lorquiano, lo han hecho con desparpajo y fuerza, reavivándolo. Algo que no hubiéramos podido lograr (ni se nos habría ocurrido intentarlo) los que empezamos con Lorca en el bachillerato, a los veinte ya estábamos saturados de lorquismo y siempre que intentamos volver a Lorca tenemos que quitarle antes toda la nata lorquista acumulada (y su obra resiste: así de grande es).
El resultado en mí como espectador es que con La bola negra no me aburrí en ningún momento, la admiré a ratos y me sorprendí con su despliegue, pero no me emocioné. Sí reconocí su impulso vitalista, junto con la rabia por que lo frustren las circunstancias (mayormente las políticas e históricas). Y lamenté que su visión de la guerra civil sea la usual: buenos contra malos; hay un cierto matiz entre los malos porque algunos no son del todo malos, pero entre los buenos no se insinúa maldad (algo que ya estaba en la obra de teatro de Alberto Conejero de la que parte la película). Esto edulcora el conjunto, le resta tragedia. Ya escribí también que entre los comunistas tampoco se admitía la homosexualidad: cuando Cernuda publicó su homenaje a Lorca en 1937 le obligaron a eliminar la estrofa de los "mancebos".
Hay hallazgos iconográficos: los esquiadores bajando mientras el caminante sube por la nieve en la dirección opuesta, los soldados desnudos bajo la tormenta con los relámpagos como reflectores, o Guitarrica encaramado a la estatua caída de San Sebastián. En esto último se aprecia lo mejor y lo peor: la potencia en sí de la imagen pero también su deliberación, que la desvela como mampostería. Encuentro otra cosa curiosa: los Javis alcanzan como un rejuvenecimiento del viejo Almodóvar; pero solo del viejo, sin llegar a la frescura del joven (esto sí lo conseguían en Paquita Salas). La razón es clara: la moralización. En último extremo, el vitalismo que promueve la película está lastrado por su voluntad de ser correcto. La apoteosis en este sentido es el cameo de Ian Gibson disfrazado de Glenn Close (se lo oí a Rosa Belmonte). En su escena hay una negligencia imperdonable: en la mesita del bar tienen el manuscrito de Lorca ¡junto a dos cañas de cerveza!
Los actores están formidables, en especial Guitarrica y Bernardeau; también Carlos González y Penélope Cruz. Están excelentemente dirigidos todos salvo Antonio de la Torre, para el que no hay Javi que lo abaje de su idea platónica del "actor español", con todos sus tics platónicos; Lola Dueñas, que está pasadísima; y ese Lorca que parece Ángel Garó (un hallazgo, sin embargo, es sacarlo en blanco y negro; aunque esto apunte a la pleitesía hacia el mito cultural). Me hizo gracia Albert Pla, por lo natural que les sale a los independentistas catalanes hacer de fascistas. Pero la relación entre Guitarrica y Bernardeau (quien interpreta al reivindicado Rapún) es la más notable, tal vez porque en ella consistía la obra de teatro y está más elaborada. El tratamiento del deseo abriéndose paso es un prodigio (aquí sí que me emocioné un poco), con la aproximación reticente de los cuerpos, primero visual, después tímidamente táctil y por último con ese fusilamiento que un seguidor de Freud podría interpretar como "cópula tanática".
Pero si algo está clarísimo es que La bola negra se llevará el Oscar.
* * *
En The Objective.
30.9.26
"Los diarios de un Bartleby mangacortista"
Entevista de Alejandro Bellido en su canal El rugido del tigre.
27.9.26
Las dos frustraciones de Billy Wilder
[Montanoscopia]
1. Billy Wilder se quedó con dos frustraciones: no haber dirigido a Cary Grant y no haber dirigido a los hermanos Marx. Habrían sido dos bombazos. Tenía ideas para ambos. Menudas ideas. Para el primero proyectó una comedia medieval. En la época de las Cruzadas, los varones de un pueblecito francés parten para Tierra Santa, no sin antes colocarles el cinturón de castidad a sus mujeres. Concluía la sinopsis: "Un único hombre permanece en el pueblo: el cerrajero, que es Cary Grant". Para los otros apenas dejó un título, pero es suficiente: Los hermanos Marx en la ONU. Solo de pensarlo da escalofríos (y regocijo): mucho se tendría que torcer la cosa para que la película no acabase en la Tercera Guerra Mundial.
2. La ONU de hoy es una película de los hermanos Marx pero sin los hermanos Marx; es decir, con escalofríos pero sin regocijo. He dicho "de hoy", pero en realidad es de siempre. No olvidemos que durante diez años su secretario general fue el nazi (se destapó luego) Kurt Waldheim. Cuando más tarde fue presidente de Austria, acusó a Thomas Bernhard de insultar a los austriacos en su obra de teatro Heldenplatz, en que los calificaba de nazis. El afamado "arte de la exageración" de Bernhard se revelaba aquí no solo estrictamente realista, sino también profético, porque la cosa ha ido y va a más, en Austria y en Alemania. Con la inestimable incorporación al nazismo de la izquierda global. (Esta se caracteriza ya básicamente por exhibir el antisemitismo con orgullo.)
3. La ONU, escenario de imposturas, es el escenario ideal para Sánchez. Se mueve como pez en el agua y da el pego que te cagas. Tiene las tres herramientas precisas: inglés, percha y jeta. Es el Trump perfecto, homologable gracias al elemento que le falta a Trump: el antitrumpismo. En tal sentido, Trump es un pardillo premaquiavélico en comparación con Sánchez. Este, en fin, dado el precedente de Waldheim, podría aspirar sin problema a la secretaría general de la ONU.
4. Rebeca Argudo me lió para que firmara el manifiesto de apoyo a Ariana Harwicz y contra sus inquisidoras e inquisidores antisemitas. No es que estuviese en contra de la causa (al revés): contra lo que estoy es contra los manifiestos. Ahora veo que en la lista de firmantes me escriben Montaño. Como la izquierda global y antisemita, en su rama literaria, ha empezado a hacer campaña para ponernos muy inquisitorialmente en la picota, le ruego que anote que ese Montaño soy yo. Es Montano el que debe (y quiere) llevar en esta ocasión la estrella amarilla de David.
5. En Gaza hay crímenes, brutalidad, destrucción, guerra desigual: pero no genocidio. Es el regodeo en esta palabra, contra el pueblo que sí lo sufrió, lo que delata al antisemita. Ha salido otro manifiesto, este de apoyo a la Inquisición, firmado por 500 bigotillos de Hitler. Dicen que "el campo literario debe tomar posición". Más allá de la mentalidad totalitaria, esa expresión "campo literario" los delata también como teóricos, como profesores. Son antisemitas con lecturiras.
6. No solo el festival Cultur-Alh de Granada "tomó posición" por el antisemitismo. También el llamado Festival de las Ideas de Madrid, que debería llamarse, flaubertianamente, Festival de las Ideas Recibidas. Cuando uno se asoma al programa de los festivales de este tipo, se encuentra con que solo hay tres posibilidades: que participe Remedios Zafra pero no Marina Garcés; que participe Marina Garcés pero no Remedios Zafra; y que participen tanto Remedios Zafra como Marina Garcés. No se contempla la posibilidad de que no participen ni Remedios Zafra ni Marina Garcés.
7. Maricarmen no solo ha tenido que sufrir un desahucio, que es un asesinato civil en toda regla (si en tiempos de tribulación no hay que hacer mudanza, que te echen de tu casa es tu destrucción), sino también que el mulo de los Bardem la llame "Paquita" y que Ana Belén le endilgue un poema de Alberti. Siempre Berlanga en España: el caso humano real, doloroso; y el circo de los aprovechones alrededor.
* * *
En The Objective.
24.9.26
Otoño tropical
Llegué a Río un 21 de marzo, el día en que empezaba el otoño tropical. En el taxi del aeropuerto de Galeão al hotel de Copacabana la radio hablaba de "la estación de los poetas", las hojas caídas, la tristeza de los cielos grises... Por la ventanilla el sol azotaba como en el mes de julio en Madrid y las playas estaban a tope. Me enternece el estado de ánimo específico que trata de imponer el almanaque sea cual sea la realidad climática, porque soy receptivo a su influjo. Además de la adoración por el almanaque está la adoración por las palabras, y la palabra "otoño" es de las más potentes. Alberga ella sola todo un programa estético.
El caso es que estoy afectado por el comienzo del otoño oficial, a pesar de que en este instante escribo ligero de ropa (lo más ligero de ropa que puedan imaginarse) y con el ventilador encendido. Tiendo a pensar que el error no está en quienes somos sensibles al almanaque y a las palabras, sino en el verano que insiste en extenderse. Llevamos años así.
El frente de batalla está en los puestos de castañas asadas, que pronto intentarán imponer el ambiente otoñal entre un gentío que atraviesa su humareda en chanclas y pantalón corto. Las castañas asadas son las grandes damnificadas climáticas. Se han convertido en un absurdo entre los helados y los polvorones, que empalman directamente entre sí, puenteándolas. Son quizá el símbolo de los que cantan a las hojas caídas (o "muertas", en francés), innecesarios ya como castañas.
También tiene potencia, por cierto, la palabra "marzo", y por eso las canciones brasileñas en que aparece (por ejemplo, la célebre Águas de março, que en Brasil están "cerrando el verano") las sentimos en España primaverales. Otras, como Outono, que no menciona el mes, sí nos infunden melancolía.
El cambio de las estaciones, que era uno de los estímulos de la vida europea, también se está perdiendo. En Vamos a tocar el agua, del costarricense Luis Chaves, en que cuenta su estancia durante un año en Berlín junto a su familia, lo que más le fascina al narrador es haber salido del verano perpetuo de su país para encontrarse con las cuatro estaciones; hasta el punto de que estructura el libro con el nombre de ellas. (Aprovecho para recordar aquí a Vivaldi y a Rohmer, que también hicieron cosas bonitas con las cuatro.)
Pese a lo que escribí hace unos pocos artículos, creo que aún voy a darme un baño otoñal. En Málaga, donde vivo, casi es un delito regirse por el almanaque y no por los placeres que la realidad nos brinda. Que sea el mar el que nos expulse, con su frío, y no los números del calendario.
Les aseguro que había pensado escribir de política, ligándola si acaso a la estación: ¡"El otoño del patriarca"! El título de García Márquez en el que involuntariamente retrataba al dictador Castro... Pero vi que ya lo usó Feijóo contra Sánchez. Pensé entonces en "El patriarca del otoño", es decir, Sánchez como Abraham de la decadencia española. ¡Pero me dio un perezón! Habrá tiempo de volver a la política, qué remedio. Hoy me he permitido un descansito (otro descansito) a cuenta del otoño tropical.
Mi ventilador, por el momento, lo que remueve son las hojas (vivas) de mis libros. Ahora el de poesía Rama desnuda, que releo veinticinco años después en el ejemplar que su autor, Andrés Trapiello, me firmó el sábado después de una comida memorable con más amigos en Los Delfines. La última comida del verano oficial (no menos tropical).
* * *
En The Objective.
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