El aprendiz al sol
José Antonio Montano © (jamontano@gmail.com)
16.4.26
12.4.26
La corrupción aspiracional de los españoles
[Montanoscopia]
1. Kitchen (PP) y mascarillas (PSOE): estaba la mano incorrupta de Santa Teresa y están las dos piernas corruptas del bipartidismo español, que roban más que dos manos. No hay alivio: a la vez que aprendemos que lo que no es bipartidismo es peor que el bipartidismo, no podemos desaprender que el bipartidismo es también un sistema de coartadas mutuas para la corrupción.
2. En España no tiene coste electoral la corrupción porque la corrupción es aspiracional: todo votante espera poder ejercerla un día.
3. El País manda ahora a su cronista más guay para que haga sus cucamonas en el juicio a Ábalos y Koldo. Cuando empezaron a aparecer las informaciones en The Objective, lo que hizo El País fue poner al matón Idafe a hablar de la "fachosfera". En la misma línea está el insulto que nos endilgó The Puentete (así llamo desde entonces al ministrete). Lo de The Ojete es un signo doble: primero, de las maniobras gubernamentales para encubrir la corrupción; segundo, del precio que han tenido que pagar (en este caso, en forma de risitas de suficiencia) quienes de verdad la combatían. Volviendo a El País: como en otras ocasiones, sus lectores se encuentran con un juicio sobre hechos de los no se les informó. Y de repente: ¡cucamonas!
4. Pobres periodistas. A ellos no va el millón de la literatura, sino que les llega la noticia en persona (Aldama) a dejarles una caja de cruasancitos. Y los periodistas se la aceptan y se los comen. ¿Qué otra cosa podían hacer? En el mundillo de la televisión los guionistas ocupábamos el mismo puesto. Me ha recordado a cuando los guionistas de una serie fuimos a una fiesta de postín, con champán, ibérico y marisco, que ofrecía el productor en su chalet de la Moraleja. En cuanto nos vio entrar, va y les dice a los camareros del catering: "¡Tapita de cocido, que llegaron los guionistas!".
5. Detesto el Guernica: más que cuadro, mamotreto cuadrístico. No porque no lo entienda: lo entiendo perfectamente. Lecturas y documentales aparte, en la Complutense asistí a una conferencia de varias horas de Santiago Amón, el padre de Rubén, en que explicó todos sus pormenores, con un discurso algo descabalgado (¡cubista!), pero que dejaba el cuadro clarinete. Como niño de la Transición, visité cientos de casas en que colgaba el Guernica; era un elemento más de las paredes empapeladas de entonces: para mí, más que una obra sobre los horrores de la guerra, es una obra sobre los horrores de la decoración de los años setenta. Y además, a Picasso no lo reconozco como genio. Mi único genio malagueño es Chiquito.
6. Chico Buarque es grande en todo menos en su castrismo, que lo devuelve al tamaño de su nombre. Ahora viaja a Cuba a solidarizarse con su amigo Silvio Rodríguez y con la dictadura que ha defendido siempre. El pesimismo antropológico rebrota aquí, porque Chico es el autor de la mejor canción contra un dictador jamás compuesta: Apesar de você. En 1970 burló la censura militar del dictador Médici, porque adujo que la letra hablaba de las quejas de un marido contra su mujer mandona. La canción prendió de inmediato en Brasil. Para cuando los militares se dieron cuenta y la prohibieron, ya era demasiado tarde. Y el pobre Chico, mientras tanto, apoyando durante décadas a otro dictador, Castro, y a sus sucedáneos. [Hay una grabación posterior de 1978, que es la clásica de Apesar de você. También existe una olvidable versión española.]
7. Los más idiotas del trumpismo han sido siempre los trumpistas españoles. Por eso, cuando a Trump ya no le queden ni los trumpistas de su país (va camino de ello), le seguirán quedando los trumpistas españoles.
* * *
En The Objective.
10.4.26
Una modesta proposición para el traslado del 'Guernica' al País Vasco
[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 1:56]
Buenas noches. Quisiera hacer una modesta proposición, a la manera del clásico irlandés Jonathan Swift. Este utilizó la truculencia y el humor negro para la suya, que tenía que ver con el hambre en Irlanda. Yo me acogeré a los mismos rasgos para la mía, que se refiere al traslado del Guernica al País Vasco. Mi modesta proposición no contempla el cuidado de la obra. Al revés, conforme al literalismo vigente, si el lienzo antibélico sufriera daños, se completaría su mensaje. En cuanto a la historia, remito al reciente artículo de Trapiello "La verdad sobre el Guernica". Ahí se recuerda que, desde que acabó la guerra civil, las bombas han sido mayoritariamente las autóctonas de ETA, cuyo balance de muertos (incluyendo los de pistola) supera al de 1937. Inspirándome en esto y en la frase de Arzalluz "ellos sacuden el árbol y nosotros recogemos las nueces", aquí va, en fin, mi modesta proposición para el traslado del Guernica al País Vasco. Una vez allí, con los previsibles desperfectos, el cuadro se deberá colgar en el Guggenheim Bilbao (cuya directora, a propósito, es la hija de Arzalluz) bajo las siguientes condiciones, que además actualizarán la obra, puesto que le darán un aspecto de instalación, que es lo que se lleva. En el centro del lienzo ha de adherirse una txapela invertida, a modo de canasta de baloncesto, con una nuez en su interior. En el extremo izquierdo del cuadro habrá un proetarra y en el derecho un nacionalista vasco, ambos de pie y formalitos. Cada hora, cual reloj de cuco, el proetarra sacudirá la txapela hasta que caiga la nuez. Entonces, el nacionalista vasco se agachará a recogerla y la encestará de nuevo. Solo queda resaltar la circularidad sostenible del proceso, que se mantendrá ininterrumpidamente los meses que dure la exposición.
9.4.26
La turra andalucista
El pasado domingo se juntaron la Semana Santa, los toros y el PNV: ¡apoteosis de la España retrógrada! Lo más retrógrado (y español) es el PNV, que ni siquiera tiene la recompensa estética de la Semana Santa y los toros; aunque sí la religiosa de la "nación", lo que no es moco de pavo. El nacionalismo es la bicoca electoral en aquellas regiones cuyos votantes padecen la mengua de preferirlo. Hasta el punto de que los políticos de las otras procuran estimularlo o potenciarlo. Todos los partidos, en resumidas cuentas, quisieran ser el PNV.
Incluso en Andalucía, que es de la que me quiero ocupar en esta columna. El abrasivo ciclo que va del 28 de febrero (Día de Andalucía) hasta la Semana Santa, con el previo carnaval de Cádiz y la posterior feria de Sevilla, este 2026 intensificado además con la convocatoria de las elecciones autonómicas para el 17 de mayo, deja turulato de identidades a un andaluz descastado como yo, que prefiere escaparse a Lisboa a melancolizarse con Pessoa; aunque allí también se melancoliza fatalmente con las hordas turísticas andaluzas (y españolas), de las que en verdad no hay modo de escaparse.
El mejor conocedor de la política andaluza, mi amigo Carlos Mármol, sostiene que con el PP en la Junta no ha habido cambio, sino sustitución. Mármol ya le adjudicó al PSOE de Susana Díaz la imborrable acuñación de "peronismo rociero". Que a Juanma Moreno le va igualmente como un guante. Ser el PNV, ser el peronismo: eso es lo que quieren todos y todas. No hay bicoca electoral mayor.
Aunque me hubiese gustado un cambio en dirección al pragmatismo, la contención expresiva y la sosa Ilustración, confieso que me lo estoy pasando pipa con la pugna del PP-A y el PSOE-A por el colorido folclórico, que es en realidad lo único para lo que están capacitados. Lo único para lo que tienen nivel.
En este sentido, el presidente Moreno lo está clavando. Se ha adueñado del discurso andalucista del PSOE-A, con el Día de la Bandera, la ofrenda a Blas Infante, la defensa del habla andaluza (sic, ¡con el apoyo de Alejandro Rojas-Marcos!) y demás turras regionales; dejando al PSOE-A literalmente en bragas y con la sensación de que le han birlado el juguete. María Jesús Montero, con su lastre sanchista (privilegios a Cataluña incluidos), no lo va a mejorar. Por el contrario, se pronostica empeoramiento catastrófico.
Cuando Pedro Sánchez la designó como candidata el año pasado, ella acudió a la celebración del Día de Andalucía y allí Moreno, que es más listo que el hambre, la asesinó en directo: le dio la bienvenida y le deseó con la mejor de sus sonrisas toda la suerte del mundo. La cara de la candidata recibiendo los beneplácitos era un poema. Este año Montero ha excusado su asistencia y Moreno aprovechó para exhibirse como padrecito: ¡hasta soltó lágrimas por Adamuz!
De manera que Moreno tiene el campo libre (con la única amenaza de los apretaos de Vox, que pueden desactivarle la sonrisa asesina) para que el PP-A no sea solo el PNV-A, sino incluso el PRI-A. Un régimen blindado y duradero, con los del PSOE-A subiéndose eternamente por las paredes. Solo faltaría saber si Moreno tiene sucesor. Por ahora sigue siendo el tapado de sí mismo.
Pero en fin, para mí (¡andaluz cernudiano!) Andalucía tiene singularidades de sobra como para que deban enfatizarse con políticas o actitudes andalucistas. Mi ideal, ya que soy de aquí, es que los andaluces debemos restarnos Andalucía. A sabiendas de que, por más que nos restemos, aún nos quedará mucha, tal vez demasiada.
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En The Objective.
5.4.26
Días santos en Lisboa
[Montanoscopia]
1. Lunes. Pisar Lisboa. Los primeros pasos por sus adoquincitos son siempre regeneradores, como cuando uno entra por primera vez en el mar cada verano. Es volver a casa en un sentido profundo: al sitio de la felicidad. Nos alojamos en la rua das Flores. La ventana da al jardincito con la estatua de Eça de Queiroz. Después de comer conseguimos la mejor mesita del mirador de Sta. Catarina, con vistas al Tajo y al puente. Tras la puesta de sol, bajamos al río nocturno. Las pasarelas vacías de los ferrys crujen y gimen: son el canto de las sirenas lisboetas. Llegamos a las dos columnas que se abren al río-mar. Seguimos callejeando y a última hora nos tomamos una copa en el fastuoso Pavilhão Chinês. Me dice mi acompañante: "No sé qué hacemos en España". Al menos hemos huido esta Semana Santa: a procurar días santos a nuestra manera.
2. Martes. Nunca había vivido una primavera tan deliciosa en Lisboa: manga corta durante todo el día, sol y brisita atlántica, sin la fastidiosa lluvia intermitente de los anteriores viajes. Bebiendo en terrazas: plaza de Camões, jardín del Príncipe Real al mediodía (con música brasileña ao vivo) y al atardecer Ribeira das Naus. Visita a la Travessa, la librería de Ipanema en Lisboa, donde compro libros sobre Río de Janeiro y de poemas de Adriana Calcanhotto y Antonio Cicero. Culmina el toque brasileño con cena en Acarajé da Carol, restaurante de Bahía. Mi acompañante se pone en la muñeca una cinta de Bonfim, formulándose un deseo con cada uno de los tres nudos que le ato. Como le quedan demasiado largas las dos tiras sobrantes, le pide a la camarera baiana que se las corte. Le digo: "Perdeu dois desejos". Y la baiana, sonriendo: "Não perdeu não, ficam os três".
3. Miércoles. Después de tres días en Lisboa, la actualidad política española se ha esfumado. Me asomo a la prensa, pero es lo mismo: todo aparece fantasmal, ajeno; los personajes han perdido sustancia. Como tampoco sé nada de la actualidad portuguesa, renovada tras las últimas elecciones (quedan carteles pasados en las calles), la vida se presenta como una apoteosis continua de lo concreto, sin extensiones periodísticas. Hoy hemos tomado el tren para Estoril y Cascais. Iba abarrotado. Allí, con verdadero calor, ambiente de verano en las calles y las playas. Damos con una librería de viejo fabulosa: Galileu. Compro un montón de libros brasileños, entre ellos la novela que lleva uno de los mejores títulos de la literatura: O homem que matou Getúlio Vargas, de Jô Soares. En Brasil todos saben quién mató a Getúlio Vargas, porque se suicidó. En la vuelta, el sol atlántico en la cara. Adormilamiento feliz.
4. Jueves. Museos: el del Chiado el otro día, el Gulbenkian hoy, ambos de pintura contemporánea. Reconozco que, más que las obras, me gustan las chicas de las salas, tan formalitas y amables. Hay una sensualidad específica portuguesa, distinta de la brasileña pero también dulce. Por ejemplo, en la entonación en que dicen a veces "obrigada" (algo así como óbrigaaada). Nos tomamos un café en el jardín del Gulbenkian y luego vamos, atravesando el parque Eduardo VII, a la librería Buchholz, cerca del marqués de Pombal. Mis nuevas adquisiciones han de ser pocas y delgadas, o no me cabrán en el vuelo de vuelta. Desde la comida, en Casa da Índia, notamos la multiplicación de turistas de ayer a hoy. En Senhora do Monte está imposible acceder al barecito brasileño, casi secreto hasta hace nada. Tomarse una caipirinha con vistas a Lisboa se acabó. Por la noche, enorme luna roja.
5. Viernes. Para escapar de la avalancha turística cogemos el tranvía a Estrela: jardín da Estrela, basílica da Estrela. Caminamos por las calles vacías de Lapa y Pampulha. Es el tercer día de calor: parece verano. Conseguimos una mesa a la sombra en el Catch Me, el restaurante con ventanales al puente. Después atravesamos Alcântara para llegar hasta él. Me habría gustado subir, pero el ascensor sigue estropeado y mi acompañante no quiere pegarse los más de veinte pisos de escaleras. El año pasado viajé solo y lo hice. La atracción está consignada como Ponte 25 de Abril: Experiência Pilar 7. Y es una verdadera experiencia: de lo sublime. El ascenso por la estructura traqueteante hasta lo alto, con el zumbido del tráfico y el viento. Luego LX Factory y de noche caña en el bar Jobim, cena en la terraza de Príncipe Real y copas en el Pavilhão Chinês.
6. Sábado. Última jornada. No anoté anoche que se nos acercó el jefe y nos contó que en 1998 abrió un Pavilhão Chinês en Madrid. Tampoco anoté nuestras visitas de esta semana a Espaço Chiado, el centro comercial semiabandonado que, entre sus pocas tiendas, cuenta con varias de discos viejos. Hablamos con el dj Barbosa. Hoy, con el sol eterno de todos los días, vamos a la Feira da Ladra, el Rastro lisboeta. Al pie del Panteão afluyen los desechos portugueses, entre los que rebuscamos con fruición. Me hago con un libro más, poco y delgado: Trocar de rosa, traducciones de Eugénio de Andrade. Incluye a Luis Cernuda, delicado poeta de Lisboa: "A própria névoa ri: um riso branco no vento. / Obscuridade ou luz, ali são belezas iguais". Lo hojeo, mientras mi acompañante se demora en el mercadillo, en una mesita del jardín en declive Botto Machado, encima del río-mar.
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En The Objective.
2.4.26
Bartleby: el desasimiento de la vida
La primera vez que leí Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, anoté: "Bartleby: el desasimiento de la vida". Lector de Pessoa y Cioran, asiduo al spleen de Baudelaire y a la abulia decadentista, no tanto al absurdo programático de Kafka y Beckett ni a la náusea epiléptica de Sartre, que me cargaban, acogí al oficinista del "preferiría no hacerlo" como un emblema despojado de la vida sin vida.
El significado último de la frase era obviamente: "preferiría no vivir"; sin por ello querer matarse. Se preferiría no estar vivo, o estar ya muerto, pero sin actuar para alcanzarlo. Así, sin el impulso suicida, siempre extremo, aparatoso (sospechoso, como supo ver Schopenhauer), se sigue en la vida sin vida. Uno se certifica como cadáver que no está muerto.
Bartleby hace eso: desasirse, desligarse, desatarse, desprenderse de la vida. Un hacer que es un deshacer o deshacerse; asumido más bien como fatalidad. Deambula como un fantasma. Es un santo sin iluminación. Un místico cuya ascesis es anodina y sin propósito. No busca liberarse. Simplemente constata que todo se acabó. Sin pasiones ya, sin intereses, sin excitaciones ni alteraciones. Maniquí metafísico del otro lado en este lado.
El personaje de Melville no se mata, pero sí se deja morir. Al "cadáver aplazado", que decía Ricardo Reis, le llega el momento del ajuste. Se lo encuentran "acurrucado de un modo extraño al pie del muro" del patio en que concluye; como el muro al que daba su ventana del escritorio.
El epiloguillo de las cartas no reclamadas, o "cartas muertas", con las comunicaciones y los objetos que no llegaron a sus destinatarios, expande el caso de Bartleby a una melancolía común, la melancolía (por el tiempo, la incomunicación y las pérdidas) de todos. "¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!", son las célebres últimas palabras del relato.
Esta ha sido siempre mi lectura, reconozco que un tanto enclaustrada, de Bartleby, el escribiente. La que hace Daniel Gascón en Los nuevos Bartleby. Crónica de un cansancio colectivo, que ha editado Rosamerón con la obrita de Melville en el mismo volumen, tiene la virtud de abrirme la perspectiva, sin por ello hacerme abandonar la que está arraigada en mí: me la completa y enriquece. Desvía además la mirada hacia el narrador, el jefe de Bartleby, empático, justo, estupefacto, al que las circunstancias empujan a resultar igualmente cómico.
Con su perspicacia habitual, con su estilo recto (claro) y con su humor, Gascón recorre manifestaciones actuales que se corresponderían con el personaje de Melville. Cuando arrancaba el milenio, Enrique Vila-Matas se ocupó en Bartleby y compañía del "preferiría no hacerlo" relacionado con la escritura. Con el milenio lanzado, Gascón se ocupa (tras una primera parte literaria, muy instructiva, sobre el autor y su obra) de los Bartleby pandémicos, laborales, familiares, sentimentales, generacionales, políticos, decrecentistas, tecnológicos; sin eludir el asunto del nihilismo y el pesimismo.
Recoge lo que han dicho sobre Bartleby otros autores, como Deleuze, Negri, Žižek o José Luis Pardo. Me he asomado a los textos de Deleuze y Agamben y me han sonado a galimatías que preferiría no leer; junto a Žižek y Negri, proyectan en Bartleby actitudes de resistencia ideológica: con una retórica que a Bartleby abrumaría y de la que también preferiría desentenderse.
Vuelvo a mi Bartleby, al del desasimiento de la vida. Su existencia es, por la razón que sea (la desconocemos), ese raro impasse en que ya no hay vida pero aún hay tiempo. A Bartleby hay que reconocerle la dignidad con que lo lleva. Es casi una tauromaquia lo suyo, a lo Michel Leiris; la compostura en la nada. Por eso es un mito.
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En The Objective.
29.3.26
Entiendo su urgencia por salir
[Montanoscopia]
1. La gran comedia mundial con Sánchez. Ahora es líder antitrumpista del mundo el gobernante que más se parece a Trump. Un Trump joven, guapo y con el componente que le falta a Trump para ser el Trump perfecto: el antitrumpismo. Los que hemos asistido, por ser españoles, a la génesis del equívoco estamos pasmados. ¡Cómo se forman las farsas! Naturalmente, nuestros sanchistas disfrutan con engolosinamiento esta inesperada aprobación del mundo. No es de extrañar: desde el principio estuvieron entre los comediantes. La pega es que nuestro paisito da para poco. Mucho se tiene que torcer la cosa para que no se termine convirtiendo en el payaso mundial de las bofetadas. Así fue siempre la historia de España, al fin y al cabo. Sánchez no es más que su último fantoche.
2. El joven fotógrafo de Europa Press con nombre de poeta, César Vallejo, colocó en las principales portadas de la prensa española su foto del Congreso en que salen del hemiciclo María Jesús Montero y Carlos Cuerpo, en su relevo vicepresidencial, con Bolaños y The Puentete detrás de ellos, más una señora despeinada que no conozco. La foto podría titularse perfectamente Freaks (o La parada de los monstruos), por la película de Tod Browning. La cámara también pudo haberla manejado Goya: es La familia de Carlos IV del sanchismo.
3. Para mí hay tres tipos de tertulianos: 1) aquellos por los que me quedo; 2) aquellos que dependen de quienes les acompañen para que me quede o no; y 3) aquellos por los que, en cuanto oigo su nombre, me lanzo en plancha a apagar el transistor, les acompañen quienes les acompañen.
4. Curiosamente, en el libro Tertulianos, de Antonio Villarreal (Península), que presentaremos en Málaga el 17 de abril, se dice que las tertulias están compuestas por "tres tercios": el primero serían los elegidos libremente por el director de la tertulia; el segundo, los impuestos por la empresa o corporación; el tercero, los impuestos por los partidos. Esta división se correspondería más o menos con la de mi punto anterior; con la salvedad de que algunos de mi tipo 3 son los corporativos.
5. Al terminar de leer En todo hay una grieta y por ella entra la luz, de Patricio Pron (Anagrama), logro formularme algo que venía acariciando mentalmente desde hacía mucho: los novelistas actuales procuran en sus novelas una virtud política que arruina (cuando no aborta) todas las demás posibles virtudes. Es tal el empeño por ser virtuosos ideológicamente, que sus libros nacen muertos, embalsamados. La ideología es hoy el agujero negro de la literatura; o la sombra que la aplasta: su mortaja siniestra. Su teología.
6. Hace unos años pusieron en la radio tres canciones del Gino Paoli crepuscular. Me tocaron porque eran un homenaje a la vida vivida, que ya no volverá pero que allí sigue, degustable en la memoria. La manera de cantar de Paoli, con la voz envejecida, como dejándose, abandonándose, acariciando desganadamente las palabras, apuntándolas tan solo, era otro ejemplo del estilo tardío. Tenía algo proustiano: la intensidad vital estaba allí, pero alejada en el tiempo. Transmitía agradecimiento, nostalgia y aceptación. Eran canciones del pasado cantadas como del pasado. Ahora que Paoli se ha muerto, me las he vuelto a poner: Sapore di sale, Che cosa c'é, Senza fine.
7. Esta vida gloriosa que para algunos, incluso muchos, puede ser una estafa. Así para la pobre Noelia Castillo. Todo fue mal y malo con ella, sin que ella tuviera la culpa. Entiendo su urgencia por salir. Lo de aquí (con todos nosotros dentro, incluidísimos sus aprovechados defensores) para ella era peor.
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En The Objective.
27.3.26
Shakespeare: ser o no ser un piernas
[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 2:14]
Buenas noches. Mi trayectoria como opinador ultramontano ha sido osada. Llamé "piernas" a Kafka y a Tolstói. Dije que los hermanos Machado son los hermanos Calatrava de la poesía. Antes, que Nabokov no es más que un crucigramero: el Ocón de Oro de la literatura. Que Faulkner es un Marcial Lafuente Estefanía con subordinadas. Que García Márquez es Antonio Gala con gallinazos. Y pregunté quién demonios había metido en el canon a Chejov. Pero una última cobardía me atenazaba: no me atrevía a meterme con William Shakespeare, quizá un gigante demasiado poderoso para mis bromitas. Pero nuestro querido Javier Gomá me abrió el camino hace unas semanas en La Brújula, cuando se atrevió a ponerle reparos al cisne de Avon. En efecto, Shakespeare está sobrevalorado. Es retórico, desordenado, efectista. Sus obras tienen más trucos que Juan Tamariz, pero además son un peñazo. Romeo y Julieta es un anuncio de perfume. Macbeth es una escabechina sin sentido, como un spaghetti western. El sueño de una noche de verano es como los Morancos de Triana disfrazándose para el carnaval. Otelo es una historia vulgar de celos, como los de Shakira por Piqué. La fierecilla domada es el discurso sobre el "hombre blandengue" del Fary. Antonio y Cleopatra es una mala canción de Pimpinela. Lo de "pero Bruto es un hombre honrado" (de Julio César) es como una frase de la política española. Y lo de "mi reino por un caballo" (de Ricardo III) no es más que la historia del actual rey Carlos de Inglaterra, que obtuvo el reino y además el caballo. En cuanto a su obra más célebre, Hamlet, está claro el dilema que a Shakespeare le preocupaba de verdad, porque eso es lo que se sentía en el fondo: "Ser o no ser un piernas". He ahí la cuestión.
26.3.26
Almodóvar y la vida abstracta
En la misma semana he visto Torrente Presidente y Amarga Navidad, y las dos me han encantado. ¡Soy el cinéfilo transversal de pronto! Naturalmente, no me lo he propuesto: se ha dado así. Con Carlos Boyero comparto el estilo de crítica, que es lo que yo llamo "crítica de alcance": me llega/no me llega. Aunque a mí me llegan cosas que a él no, como la película de Pedro Almodóvar. De la de Santiago Segura ya me ocupé aquí. De Amarga Navidad me dispongo a hacerlo ahora.
Con Almodóvar me pasa que me gusta asomarme a su mundo. Por eso soy almodovariano. Cada película me puede gustar más o menos, pero (salvo en casos catastróficos como Los amantes pasajeros o La mala educación) siempre la disfruto. Amarga Navidad no es de las mejores, ni tampoco de las peores. Estaría en la franja intermedia, pero con una virtud: su singularidad. Es una obra de lo que se ha dado en llamar estilo tardío: crepuscular, imperfecta, pero con encanto (un pelín rugoso) y con honduras sutiles. De una autoconciencia no demasiado agónica, algo complaciente: sabia.
En Amarga Navidad, Almodóvar juega un poco consigo mismo, con el almodovarismo. Es a un tiempo autocrítica y autoexcusa. Y autoanálisis, un tanto melodramático pero en el fondo guasón. El personaje director Sbaraglia, trasunto del director Almodóvar, escribe sin inspiración y su guión no inspirado es lo que vemos en la subpelícula de la película. Contiene torpezas, como esas dos canciones casi seguidas de Chavela Vargas, o la emotividad instantánea que provocan. El espectador listillo, Boyero de sí mismo, pensará que ha cazado a Almodóvar. Pero es Almodóvar (como vemos en el tramo final) el que lo ha cazado a él.
Increíblemente, algún crítico catedrático dice que, como no le estaba saliendo la película, Almodóvar le añade la justificación como un pegote. ¡Cráneo privilegiado! Por el contrario, el guión es tan férreo que incluye su aparente sabotaje. Pero no está hecha la miel cinéfila para la boca del catedrático cinéfilo.
El asunto con Almodóvar es que desde hace ya muchas películas no transmite la vida, como en la fase inicial de su carrera, sino la abstracción de la vida. Dejó la calle y el contacto con la gente, vive aislado y sus historias son ya solo sobre la vida abstracta. Pero esta estilización, este despojamiento, a mí me gusta también. Hay una concentración artística. La artificiosidad no elude lo elemental, sino que lo intensifica: la enfermedad, el dolor, la pérdida. Lo que es común a toda vida, sin costumbrismos (salvo los apuntes con fines cómicos) que distraigan la mirada.
En el autor aislado, junto con los universales de la existencia (el paso del tiempo y el don de cada instante, la sensibilidad, la ocasional pasión, los rencores, el envejecimiento, la muerte), está en primer plano la épica (o el naufragio) de la escritura. Por eso es natural que se ocupe de ella. Y que incurra en la vampirización de las vidas ajenas para su obra. Todo esto está en Amarga Navidad, logradísimo. Pero a los pejigueras de la cinefilia se les suele escapar lo importante.
No puedo terminar sin hablar de los actores: sensacionales Aitana Sánchez-Gijón y Quim Gutiérrez, bien Patrick Criado, Vicky (¡me niego a decir Victoria!) Luengo, Milena Smit y Leonardo Sbaraglia. ¡Y extraordinaria Bárbara Lennie! ¡Más guapa que nunca! ¡Esa sonrisa o semisonrisa! ¡Ese estar y moverse! ¡Esa mirada! ¡La ficción de una ficción y ella tan maravillosa, la tía! Pasaban las horas desde que salí de Amarga Navidad y no se me quitaba de los ojos. Aún no se me ha quitado.
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En The Objective.
22.3.26
Una inesperada ventaja de ser de izquierda
[Montanoscopia]
1. Los griegos no podían imaginar que, muchos siglos después, los persas encontrarían sus propias Termópilas: el estrecho de Ormuz.
2. Una inesperada ventaja de ser de izquierda: no estar metido en la agonía del debate sobre la derecha. Y como soy un izquierdista ilustrado, defensor ante todo de la democracia formal, tampoco me toca la de la actual izquierda: esa majadera que ve en el reaccionario (por independentista) Rufián un camarada.
3. Quienes alguna vez pensamos que Cataluña era una vía para la europeización de España, vamos de refutación en refutación desde hace décadas. Lo último ha sido el ultracateto espectáculo de Laporta bailoteando tras haber sido abrazado frente con frente por el ministro Urtasun y haber llevado de la mano hasta las urnas del Barça al corrupto Pujol. Una sociedad enferma; que, desde luego, ha contagiado su enfermedad al resto de España, catalanizada ya hasta las heces. Al final por Cataluña no salió a Europa, sino que se despeñó en sí misma.
4. "El comodín de ETA", te sueltan en cuanto les recuerdas el pasado criminal a los que hoy se ponen campanudos. Estas críticas que hacemos están más que justificadas. El verdadero comodín, que intenta neutralizarlas, es justamente decir "el comodín de ETA".
5. Zapatero no se conformó con que sus hijas estuvieran "convidadas a la vida". Él se ha encargado personalmente de que hayan estado además, vía Plus Ultra, convidadas a la vidorra.
6. Hay que tener cuidado con lo que se dice, porque lo que se dice, aunque vaya referido a otros, bien puede estar hablando de uno mismo. Así The Puentete, cuando para acusar al PP ha dicho que él de niño se pegaba unos berrinches tremendos cuando quitaban los dibujos animados. Exactamente como de adulto: se pega unos berrinches tremendos cuando quitan los dibujos animados el ministrete.
7. Veo a dos personas que eran intimísimas discutir agriamente en Twitter. La causa es que una se hizo sanchista y se envileció. Sánchez lo ha destruido todo. En primer lugar, a los sanchistas. Cuando les oigas hablar de polarización y de odio, no te quepa ninguna duda: ellos son la polarización; ellos son el odio. De ellos es la vileza.
8. La novelista Sara Barquinero: “En la universidad siempre hay profesores de los que te dicen 'este es un guarro', es algo sistémico”. La recuperación de la categoría de "guarro", tan de la sociología franquista: ese otro exitazo de nuestra, así llamada, izquierda.
9. He tenido una epifanía: Almodóvar no ha perdido la frivolidad de los ochenta; simplemente la aplica ahora a la política.
10. Silvio Rodríguez, cantor de la dictadura cubana entre melifluos efluvios unicórnicos, lamedor de la bota militar que lleva 67 años aplastando a su pueblo, pide "un fusil AKM" para usarlo si Estados Unidos invade la isla. Aún pretende tener un final épico el genuino gusano. Y no se le ocurre nada mejor que fungir de guerrillero de Castro Rey.
11. Suele anidar el nihilismo en el asunto este de la Conquista. Los países latinoamericanos que se revuelven rechazan la condición (sin duda brutal) de su existencia. El paraíso que añoran simplemente los excluye. Igual de patéticos son los nacionalistas españoles que ven una Disneylandia en la masacre. Más que encuentro fue encontronazo, no elegido por los de allí. Pero que funda lo que hoy son todos. Sin aquello no serían. Habría otros, pero no ellos: son por aquello. No aceptarlo (o no reconocerlo) es nihilismo puro.
12. Rosalía en su plenitud, Morrissey en su decrepitud. Pero si se observa bien, Morrissey conserva su aura, mientras que Rosalía empieza a perderla.
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En The Objective.
19.3.26
'Torrente' y la función crítica del arte
Me relacioné un poco con Santiago Segura al principio de su carrera. Era carismático, inteligente, listo, calculador, de trato entretenido, con gracia. Gustaba estar con él. Lo conocí antes de todo, cuando participaba en El peor programa de la semana y movía su cortometraje Evilio, personaje que deja en bragas, en cuanto a subversión, a Torrente y hoy sería impracticable; como su genial doblaje de Heidi, de una irreverencia mayúscula con la que te partías de risa.
En seguida te sentías en su círculo, gracias a tres trucos que llevaba a rajatabla: se aprendía tu nombre y lo retenía aunque no volvierais a cruzaros hasta meses después ("¡hombre, José Antonio!"); al minuto te llamaba "amiguete"; y te preguntaba cosas ("¿cuál es tu favorita de Woody, amiguete?"). Era a finales de 1993.
En él presencié el espectáculo de la fama, que irrumpe y crece; no sin cultivo por el súbito famoso. Volví a observar el fenómeno en Manuel Jabois. Los dos compartían algo: cuidaban a sus fans de uno en uno, como si cada uno de ellos fuese el fractal de la multitud. Así tenían como base una cadena tejida de agradecidos directos, que contagiaban su fidelidad a otros.
Lo gracioso de Segura es que no tenía nada que ver con sus seguidores, salvo en el aspecto. La fama, conseguida con el personaje heavy de El día de la bestia e incrementada con su Torrente, le acarreaba mayormente muchachos frikis y más o menos desubicados. Segura, en cambio, tenía claro lo que quería, era muy educado, iba siempre limpísimo y creo que hasta se echaba perfume. Con el primer dinero gordo que ganó se compró el cofre Gold de Frank Sinatra.
Asistí a la gestación del primer Torrente y aún estuve en el estreno del segundo. Siempre recordaré cuando en la fiesta posterior me acerqué al inolvidable Íñigo de Gran Hermano, que participaba en la película, y le dije que lo admiraba. Su respuesta, con cara de estupor, fue ejemplar: "¿Por qué?".
No recuerdo si llegué a ver el tercer Torrente, y el cuarto y el quinto seguro que no. Pero disfruté los que vi y ahora, como a todo el mundo, me apetecía muchísimo el sexto, que no podía llegar más oportunamente. Entre tanto, Segura se hizo también con el cine familiar con la saga Padre no hay más que uno, logrando, como ha escrito Rafa Latorre, ir "de Papá Noel a Torrente sin inmutarse y siempre forrándose". Tampoco se puede ignorar la coherencia de Segura a la hora de homenajear el cine que ama, efectuando rescates bellísimos como el de Tony Leblanc, que le alegró al legendario actor los últimos años de su vida.
Las ganas de ver Torrente Presidente se explican en parte por lo que ocurrió el mismo fin de semana en que arrasaba en taquilla: mientras el público se lo pasaba teta con las coñas amorales del detective desastroso, en el Festival de Málaga se premiaba películas que, sean buenas o malas (habrá que verlas), tratan de los asuntos dictados por el tedioso catecismo ideológico del momento: el alzhéimer, la identidad trans, la migración, la precariedad de los jóvenes... Tostonazos de antemano frente a los cuales una película como la de Segura es un vendaval fresco y jocoso.
Me he pasado la primera mitad larga de la película retorciéndome en la butaca y llorando: la sucesión de gags era perfecta, con la brillantez y la precisión de la comedia que funciona (algo dicicilísimo siempre). El único spoiler que voy a hacer (no argumental), para no privarles a los espectadores del disfrute, es el de que Torrente no ha cambiado en todos estos años: sus chistes son los mismos, no los ha comedido ni refrenado; solo que ahora tienen un efecto catártico que antes, aunque fueran igual de divertidos, no tenían. De pronto las carcajadas son catárticas: con ellas nos quitamos de encima la costra que se ha impuesto.
El resto de la película también entretiene, con estupendas gamberradas violentas en las secuencias de acción; aunque la intensidad cómica se afloja. Descansito que el organismo casi agradece, para volver a la carga de hilaridad compulsiva del último tramo. En resumidas cuentas: me lo he pasado en el cine como hacía mucho que no me lo pasaba. Completado por el hecho de que la sala estuviese casi llena un miércoles a las cinco de la tarde, el efecto a la salida era de pura felicidad.
La felicidad se prolonga con algunas reacciones. Por ejemplo la de Jordi Évole: "Es el traje más chungo que se le ha hecho a la ultraderecha". Correcto. Pero no solo. O la inefable crítica de El País: "la acidez de la película se devalúa por su necesidad algo forzada de equilibrar los palos". Y: "una sátira que nutre su visión de la derecha populista de esa fuente inagotable que son el cuñadismo y la cutrez patria". Es puro intento de exorcismo, porque también le da duro a la autodenominada izquierda, no menos cuñada y cutre: y de un modo nada "forzado", sino con una naturalidad que encaja a la perfección en el realismo satírico de la película.
De modo que una comedia popular cumple con la función crítica del arte que tanto cine de prestigio, pero adocenado, abandona en nuestros días. ¡Bravo por José Luis Torrente y Santiago Segura!
* * *
En The Objective.
15.3.26
Medición de tu odio inoculado
[Montanoscopia]
1. ¡Qué gran parodia que Sánchez se presente ante el mundo como el defensor de "los principios y las reglas"! ¡Y que el mundo se lo compre! Mientras Trump sigue desatado con su palabrería y sus misiles, Sánchez insinúa otro peligro más sutil: los Trumps del futuro se camuflarán de antitrumpistas. Se parecerán más a Sánchez.
2. El anuncio de Sánchez de que combatirá el odio es un nuevo ejemplo de la guerra de posiciones. Solo por anunciarlo, postula que él está donde el amor. Lo que no te dice Sánchez es que te medirá el odio justo después de inoculártelo.
3. De pronto nos reclaman patriotismo y sacan banderonas de España los de la amnistía a los golpistas catalanistas y los pactos con los proetarras vasquistas, los arruinadores y envilecedores de lo público, los promotores de la inequidad fiscal, los desmanteladores del ferrocarril. No se han enterado de que siempre estuvimos contra la porquería nacionalista, incluida la que ellos esparcen hoy.
4. En Castilla-León (¡me niego a decir Castilla y León!) votar a Mañueco será votar su verruga. Mañueco lo sabe, pero se enfrenta al dilema de todos los políticos con verruga, cuya verruga es la clave alquímica de su éxito electoral.
Pasó con el mítico Pacheco en Jerez, que fue ganando y ganando hasta que se extirpó la verruga y perdió. Antes sus maquilladores se esforzaban por atenuarla en los carteles electorales. En el mundo del cine, también Almodóvar se quitó la verruga y sus películas se resintieron. Mañueco, de momento, la exhibe. La luz de su cartel electoral acentúa la protuberancia. El éxito de su verruga (y de Mañueco, arrastrado por ella) parece impepinable. Y esto es todo lo que tengo que decir sobre las elecciones de Castilla-León.
5. Mi incomodidad con las pompas por Raúl del Pozo. El hombre me caía simpático, pero no lo admiraba. No me gustaba su estilo, y menos el de sus discípulos. Desdeño el barroquismo de periódico, y desdeño el columnismo que es desatadamente columnístico. Sé que es cabrón ahora decir esto, por el dolor real de tantos. Pero si no lo digo ahora, ¿cuándo lo voy a decir? Uno también apuntala su estética a la contra. Y yo estoy contra esos grumos resultones. Por otra parte, el factor humano siempre me puede. Si yo hubiera conocido personalmente a Del Pozo, quizá pensaría otra cosa, o al menos no escribiría esta. Por eso termina siendo una ventaja, aunque se añore, no vivir en Madrid.
6. Lo peor de escribir libros es que luego los tienes que vender. Y hay ventas lamentables. Ahí va el pobre Vilas con Islandia, contando una y otra vez en las entrevistas la desgracia que desató su escritura. "Cuando escuchas la frase 'ya no estoy enamorada de ti', ocurre un cataclismo", repite en la última. Estuvo bien que lo escribiera, fue valiente, y más en una sociedad pacata como la española. Pero el destinatario es el lector a solas con el libro. La materia del libro, fuera del libro, produce rubor. (Aunque puede que se escriba para los improbables lectores póstumos, cuando todo lo demás haya sido borrado.)
7. A propósito de lo anterior, tiene gracia que hace pocos años tuve un amago de novia que era escritora y que me gustaba lo que escribía. Al final esto era casi lo que más me gustaba de ella: ¡no tener que fingir con su escritura! Por amor se hace todo, claro: habría fingido. Como se finge con los amigos (otra vez el factor humano). ¡Pero no tener que fingir! ¡Admirarla como escritora de verdad! ¡Cómo me enamoraba eso!
* * *
En The Objective.
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