25.7.21

"Ha llegado el momento de escribir más y leer menos"

Por Rafa Latorre 
en El Mundo

Inspiración para leer reúne los mejores textos del columnista malagueño, desde la literatura clásica hasta los paraísos artificiales de los peta zetas. 

Era inexplicable que José Antonio Montano no tuviera un libro publicado, a menos que fuera para seguir sosteniendo con coquetería aquello de Borges: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Montano, lector voraz, escritor agudo y sensible, autobautizado como columnista de batín, de hedonismo desvergonzado, ha reunido en Inspiración para leer (Jot Down Books) algunos de sus artículos de crítica cultural. El resultado de este patchwork inteligente es un retrato vitalista y divertidísimo. 

Eres uno de los mejores lectores que conozco. 
Yo he sido un lector intermitente. A lo largo de mi vida he atravesado periodos de abulia lectora. En realidad la euforia comenzó cuando conseguí terminar En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, creo que fue en 2015. Últimamente ando pensando en un aforismo de Karl Kraus, que dice que «un escritor que se pasa el día leyendo es como un cocinero que se pasa el día comiendo». Creo que ha llegado el momento de que me dedique más a escribir que a leer. 

Una de tus grandes virtudes como crítico cultural es que tú no haces una lectura moralista. Estos salmos de que la cultura nos hace mejores. 
Una de mis devociones es Thomas Bernhard. Tiene fama de ser autor difícil e incluso aburrido, porque escribe largas parrafadas sin punto y aparte. Yo lo leo porque me lo paso pipa, igual que cuando leía Mortadelo y Filemón. Es el mismo placer, lo que pasa es que ya no me lo da Mortadelo y sí Bernhard, pero el fundamento es el mismo. Sin moralismos. 

Cuando estaba pensando en esta entrevista me dije: «bah, vamos a hablar de Moby Dick y ya está». 
Mira, Moby Dick es un ejemplo de libro que abandoné. Yo no estaba preparado entonces para Moby Dick y me cansó pero se me quedó grabado algo. El horror al blanco, al color blanco. Luego la leí más adelante y me apasionó. 

Es normal que abandonaras Moby Dick, de hecho uno de sus grandes atractivos es el tedio, un tedio necesario que te transporta al ambiente de a bordo del Pequod. 
Eso mismo pasaba con La educación sentimental de Flaubert, un título muy atractivo para un joven. Además habla de un chico de provincias que va a París para triunfar en la literatura. Era mi caso. Empecé a leerlo con ánimo romántico y luego me empecé aburrir. Cuando lo terminé comprendí que ese era el propósito de Flaubert, él quería hacer una epopeya de la mediocridad. Eso es muy bonito cuando ya eres un lector capaz de apreciar ese tipo de cosas. La calma chicha de Moby Dick o de La línea de sombra de Conrad. Cuando un autor consigue que percibas eso, está en un nivel superior. 

Con Francisco Umbral te vas peleando y reconciliando, no sé ahora cómo se encuentra ahora vuestra relación. 
Umbral fue una de mis primeras pasiones literarias, luego lo rechacé y estuve mucho tiempo sin leerlo. Una de las lecturas con las que comencé este año fue La noche que llegué al Café Gijón y me quedé encantado pero al mismo tiempo me satura y acabo harto. Lo que me gustaba cuando lo descubrí con 15 o 16 años era el doble juego. El Umbral que se conocía era el provocador, el antipático, el que vacilaba, el frívolo. Luego leías sus libros y allí había un hombre muy tierno, con una sensibilidad descarnada y una manera de contar la intimidad que no se veía en otros autores. El hecho de poder acceder a los dos te daba la sensación de que formabas parte de un club. 

Pronosticas que de la literatura española actual casi sólo sobrevivirán los diarios de Andrés Trapiello. 
En ese artículo digo que sólo van sobrevivir dos obras, además cuyos autores no se caen demasiado bien, que son los diarios de Trapiello y las novelas de Javier Marías. Aunque en la última de Marías creo que se empieza a ver la decadencia, así que Trapiello va ganando. Al principio pensaba que lo suyo con los diarios era excesivo pero hay un momento en que la cantidad pasó a formar parte de la calidad. La extensión y lo catedralicio le dan aún más valor. Además está sostenido por una escritura preciosa. 

Te duele que con Woody Allen no vaya a terminar la enfermedad o la muerte, que es inevitable, sino el puritanismo rampante. 
A sus últimas películas sus espectadores acudíamos con un ánimo crepuscular. Cada año íbamos a ver su película pensando que podía ser la última. Estábamos instalados en esta suave decadencia, aceptando de una manera vitalista este crepúsculo y de repente te vienen estos clérigos a darte el hachazo sin venir a cuento. Y una cosa que era un plácido adormecimiento hasta la desaparición, vienen estos aquí con sus cuchillos y lo convierten en... ¡bah! ¡Es irritante! 

Yo me atrevo a definirte como columnista: eres un socialdemócrata antinacionalista que finge creer que la izquierda tiene redención. Es importante lo de «finge». 
No, no lo finjo. A ver. Yo soy muy pesimista y creo que el PSOE se ha equivocado y es un gran culpable. Lo que pasa es que, elevándome sobre esto, pienso que sin el PSOE no se puede hacer nada. Yo lo que constato es la división del país y eso me fastidia y me tiene descolocado. 

Pero hay algo que está en toda tu obra periodística, que es la traición de la izquierda por su alianza con el nacionalismo. 
Otra constante es la destrucción del bachillerato y el antifranquismo como el último reducto de nostalgia del franquismo. Recuerdo la manifestación de Barcelona del 8 de octubre. Aquel fue un gran momento de banderas sin nacionalismo. Fue una gran ceremonia del famoso patriotismo constitucional. Una cosa limpísima. Eso se lo ha cargado Vox, lo que es la nacionalidad como contenido formal, Vox la ha llenado de contenidos espurios y de ademanes y de energumenismo que a mí no me gusta nada. 

No solo hablas de cine y lectura. A mí me gusta especialmente tu elogio de la Pantera Rosa, el bollo, y de los Peta Zeta como tus paraísos artificiales. 
Es que, ¿dónde está en la naturaleza la Pantera Rosa? ¿Dónde está ese sabor? La pura artificialidad. Decía Borges que todo viaje es un viaje espacial. Bueno, pues todo sabor es químico pero esa es una química acentuada. El color... Hace unos años, un amigo me trajo un Bony y una Pantera Rosa y me di cuenta al comerlos que esas son nuestras magdalenas proustianas. Nuestro disparadero proustiano son esas cosas de colorines y chillonas. Nada elegante, algo pop. 

¿Qué libro te gustaría haber escrito a ti? Elige uno. 
Radiaciones de Ernst Jünger. 

¿Cómo? Digo escribirlo tú, no el que más te gusta. 
Ah, bueno, claro... Radiaciones no, porque no me hubiera gustado ser oficial del ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial, ni invadir Francia y eso habría sido necesario... Igual el Libro del desasosiego y vivir lánguidamente en Lisboa como Pessoa sí. Pero elijo La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique, que es como un Woody Allen peruano. 

¿Cuando te vas de Twitter? 
¡Ya me he ido! Llevo ocho días sin tuitear y no voy a volver a hacerlo. 

[Su último tuit antes de la engrevista es de hace 39 minutos. Una declaración de amor a Lilith Verstrynge.]

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Versión en papel, algo recortada y con el titular que me gusta:

21.7.21

Dandis en manga corta

En realidad, no soy tan mangacortista como antimangalarguista. Siempre me han motivado las pasiones en contra. Es por mi aversión a la manga larga, tal como la explicaré ahora, por lo que me he hecho apóstol de la manga corta. (Hablo de camisas y hablo del verano: con las demás prendas me da igual y con las demás estaciones también.)

Desde que el verano pasado me enteré de que las camisas de manga corta no son elegantes, es decir, de que lo que yo he llevado toda la vida (¡con pasmosa naturalidad!) no es elegante, no he parado de fijarme en lo que supuestamente sí es elegante: las camisas de manga larga. Con el regocijo de constatar lo horrorosas que son.

Hay una voz por lo visto (¡la kafkiana voz del padre!) que ha decretado la elegancia de la manga larga durante la canícula. Yo contemplo a los sufridos obedientes de esa voz como el que contempla una cuerda de presos.

El punto clave, el rompeolas de su contradicción, es la manga arremangada. Ese merengue churrigueresco de tela que les trepa por el brazo, ese orugamiento menesteroso y hortera exhibido con pose de mártires atolondrados. Mientras el mangalarguista se pavonea convencido de que está en la pomada a la moda, yo me mondo con las mondas de su manga. Una de mis aficiones veraniegas es sentarme a ver los mangalarguistas pasar, con ese fondo de fatiga del que hace el canelo y ni siquiera lo sospecha. ¡Cuánto desprecio sus aparatosos volantes en torno al codo, a modo de hulahops fijos!

Frente a estos aflamencados (¡todas sus camisas deberían llevar lunares!), qué en su sitio está la camisa de manga corta. Ajustada de tela, como si hubiese sido confeccionada con la mismísima navaja de Ockham, emite el mensaje ético-estético de la Bauhaus: ornamento es delito. Todo mangacortista es un príncipe de la sobriedad. O debería serlo, porque hay mangacortistas infiltrados que utilizan su cuota de tela para promocionar palmeritas y demás motivos aproximadamente hawaianos. No son estos los ideales.

El mangacortista ideal es el de camisa sosa de jubilado. Esa que opera el milagro de resultar socialmente invisible. De este modo bombardea (¡bombardeamos!) la moral vestimentaria imperante. Es una actitud que reivindico, porque en ella se aloja el dandismo de nuestro tiempo. Contra lo que se suele pensar, el dandismo no tiene que ver con la elegancia sino con la repulsión. Dandi es el que se viste para repeler. ¿Y qué manera más fina hay de repeler que la invisibilidad? Algo que además resulta refrescante.

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19.7.21

Todo al revés

No sé qué hago yo en la, así llamada, conversación pública española. En realidad, no puedo hablar, no puedo decir nada, porque me fallan los referentes. O tal vez yo les fallo a ellos.

O todo está al revés, o yo lo entiendo todo al revés. Yo creo que lo primero, pero podría ser lo segundo (conviene tener siempre una prevención psiquiátrica).

En mi percepción (¿loca, cuerda?) el autodenominado “gobierno de progreso” es el más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Bajo la capa de su pomposo antifranquismo, se ha ejercitado en modos franquistas que no se veían desde Franco, al menos tan desaforadamente: de la propaganda (¡el Nodo!) al caudillismo, del moralismo inquisidor al manoseo de los tribunales, de la priorización ideológica al afán por dividir a los españoles (bajo la misma retórica, por cierto, de la unidad)...

Me he acostumbrado también (ocurrirá de nuevo con esta columna) a que cuando establezco comparaciones como la anterior me salten defensores de Franco, ofendiditos.

Ha ocurrido a propósito de las protestas en Cuba. Cuando, en mi estrategia pedagógica, comparo el castrismo con el franquismo (que es, al fin y al cabo, nuestra dictadura de referencia), no tardan en saltar franquistas protestones. En el fondo es una cuestión odorífica: se impone la tendencia a que la propia mierda huela bien.

Aunque en el caso de Cuba lo mollar es lo que ocurre con los de enfrente: no ya la resistencia a llamar dictadura a la dictadura cubana, sino la abierta defensa de la dictadura cubana porque la consideran una democracia de verdad y no como la española.

Es desesperante, pero aquí estamos: más que en la guerra cultural, en la guerra semántica. No hay acuerdo con los significados y esto significa la voladura del lenguaje. No hay conversación, sino frotaciones de palabras: un perpetuo uso sofístico de ellas, una lucha de poder que no deja ningún resquicio en paz.

Solo podemos manejarnos por equivalencias, por no volvernos locos (si realmente no lo estamos). Quienes dicen que en España no hay democracia pero en Cuba sí nos están diciendo, al cabo, a quienes entendemos que es al revés, qué entienden ellos por democracia. (Y por presos políticos. Y por exiliados.)

Pero esto solo puede servirnos a nosotros, no a ellos. Hay tribus semánticas enfrentadas entre sí. O sea, que hay emisiones verbales, pero no interlocutores. No sirve de nada tener razón. La desgracia está consumada. 

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12.7.21

Una nueva interpretación de Sánchez

Las interpretaciones usuales hablan de un Sánchez sádico y sin piedad que castiga a quienes más lo ayudaron: Calvo, Ábalos y Redondo en la última remodelación del Gobierno, que algunos han llamado carnicería.

Yo creo que no se alejan de la realidad. Aunque la realidad es múltiple, y –aunque parezca mentira– Sánchez también. Así, a Sánchez lo recorre una corriente subterránea, como a todo. Motivaciones ocultas que tal vez no sean perceptibles ni por el propio Sánchez, pero que operan.

La nueva interpretación que propongo, simultánea a la anterior, es la siguiente: Sánchez ha querido premiar a quienes más lo ayudaron. Y el mayor premio que Sánchez intuye, tal vez a espaldas de Sánchez, es liberar de Sánchez a sus más próximos; en especial a quienes más lo sufren, es decir, a sus ministros.

Para los que vemos desde fuera la tostada que es Sánchez, su engorroso narcisismo, su dificultosa relación con la verdad, su presencia de maniquí engolado, no podemos sino agradecer al Altísimo (no confundir con Sánchez) que nos haya librado de su compañía.

La célebre frase del pesimismo griego, que recordaba el joven Nietzsche, de que lo mejor era no haber nacido y lo segundo mejor, si se ha nacido, era morir cuanto antes, podría aplicarse al caso. Lo mejor es no haber sido ministro de Sánchez y lo segundo mejor, si se es ministro de Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Calvo, Ábalos, Redondo, y de paso Celaá, Campo, Laya, Duque y Uribes ya tienen su premio. Han alcanzado lo segundo mejor, tras el contratiempo inicial. Ya están libres de Sánchez. El universo volverá a ser un sitio no moldeado únicamente por el careto (aproximadamente de cartón, cuando no de piedra pómez) de Sánchez.

Y eso lo intuye ese Sánchez secreto, subterráneo, que he postulado al principio. Escogió sustituir a los más cercanos, junto a un grupito extra de camuflaje, para premiarlos con lo mejor que él les podía dar.

Algo tan bueno, por cierto, que ese Sánchez oculto le querría regalar también a Sánchez. También este sabe, ocultamente, que lo mejor es no haber sido Sánchez y lo segundo mejor, si se es Sánchez, es dejar de serlo cuanto antes.

Aunque aquí la cosa está más complicada, por el irreprimible deseo de Sánchez de persistir en su ser, siendo por encima de cualquier cosa Sánchez. Deseo que le impedirá hacer la remodelación perfecta de su Gobierno, que sería aquella en que fuese cesado Sánchez. 

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7.7.21

Doble de Ventoux

Este 7 de julio se desafía en el Tour un viejo proverbio provenzal: "Quien sube al Ventoux no está loco. Sí lo está quien repite". Los ciclistas repetirán en la misma tarde, porque se sube una vez detrás de otra. Nunca se había hecho.

En el perfil parecen dos tetas, pero son la misma teta, desplegada: con su pezón además, que es lo que semeja la torre de telecomunicaciones que la corona. Pero esta torre, y el monte entero, lo que emite son metáforas, símbolos. Sensualidad (sexo) y amor, pero también muerte y ética, mística, riesgo, conocimiento de uno mismo.

La carrera está liquidada, porque –salvo caída o pájara improbable– ya la ha ganado Pogacar, de manera que el Tour, liberado de la competición, queda para el placer contemplativo y la minihistoria de cada etapa. Todos son enanos a hombros de Pogacar, pero los enanos también tienen sus cuitas.

Con Indurain pasaba lo mismo, solo que como el campeón era el nuestro la pura contemplación se daba con dificultades: los minutos transcurrían en el escenario de la victoria. Con Pogacar esta es ajena, y así podemos recrearnos en lo importante.

He leído el Breviario provenzal de Vicente Valero (Periférica), que tiene el acierto de empezar por el Mont Ventoux. Su viaje prosigue por otros escenarios provenzales, tras el rastro de –además de Petrarca– Mallarmé (que también subió al Ventoux), René Char, Camus, Picasso, Francis Ponge, Rilke o Van Gogh. Y Cézanne, que pintó obsesivamente la otra gran montaña de la región, Sainte-Victoire.

Valero recuerda la subida inaugural de Petrarca al Ventoux, a pie con su hermano, en 1336, con la que nace “nuestra moderna conciencia estética del paisaje”. Conciencia que deriva en autoconfesión: “lo que la contemplación de la belleza del paisaje ha provocado en Petrarca ha sido el recogimiento, el recuerdo y una reflexión sobre el rumbo que ha tomado su vida”. La consulta al azar que hace en la cumbre de las Confesiones de san Agustín le convence de la necesidad, ante todo, del conocimiento de sí mismo.

La relación del Mont Ventoux con el amor, por la Provenza y por Petrarca, se combina con su relación con la muerte: subiendo el monte por la zona pelada de roca que parece nieve (nieve que quema en julio como en los poemas del amor cortés) murió el ciclista Tom Simpson en el Tour de 1967.

En “Mitologías del Mont Ventoux”, uno de los artículos que he recogido en Inspiración para leer (Jot Down Books), establezco una asociación icónica con el “ciclista ético” de Duchamp de su dibujo Tener el aprendiz al sol. Cuyo esfuerzo absorto sería complementario del descanso (¡soberano!) que propone el Ricardo Reis de Pessoa: “Siéntate al sol. Abdica / y sé rey de ti mismo”.

A todas estas emisiones estaré atento durante la etapa. Esta vez, además de la doble subida al Ventoux, hay el estímulo de la doble bajada, ya que no termina en alto. Así se completa el monte, pues quienes lo han subido lo bajan después. Petrarca cuenta que lo hizo “pensativo y silencioso”. 

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5.7.21

Las mascarillas de Esquilache

No detecto, como Arcadi Espada, un espíritu aborregado en la persistencia de las mascarillas pese al levantamiento de su obligatoriedad, sino más bien una queja (o al menos un escepticismo) contra el Gobierno. Los enmascarillados no se fían del presidente. Aunque yo sí me la he quitado y tampoco.

Me sorprendió la mañana del primer sábado sin mascarillas que el único que no la llevaba era yo. Así ha seguido siendo toda la semana: quienes vamos a cara descubierta somos minoría. Esta inercia del embozo la ha asociado Espada –y también Guillermo Garabito– con el motín de Esquilache. Un motín sin algaradas, solo de resistencia pasiva. Como en aquel refrán del Quijote: “Debajo de mi manto, al rey mato”.

Cada ciudadano que lleva la mascarilla por la calle le está diciendo a Sánchez que no le cree. Lo que eleva a ese ciudadano a una condición más presentable que la de los turiferarios del presidente: sanchistas no solo a cara destapada sino a calzón quitado (o en su caso bragas).

Sociológicamente hay miga además. En este año y pico experimental hemos asistido a la implantación de una costumbre que ahora se resiste a retirarse.

Saltársela tenía aliciente hasta hace dos sábados: podía sentirse el regusto de lo prohibido. Nos quitábamos la mascarilla por descampados y callejones desiertos, cuando no nos veía nadie. O unos segundos, solo unos segundos, en calles concurridas. Estaba barato ser un disidente. Pero ahora que nos deja el Gobierno ya no tiene gracia.

Hemos aprendido de paso las virtudes del anonimato. Un anonimato más mental que otra cosa (un anonimato de avestruz), porque a todos nos reconocían –y reconocíamos a todos– con la mascarilla puesta. Pero qué descanso era pensar que no, que se podía actuar impunemente, como bandidos de trivialidades.

Un descanso que formuló Borges así: “El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”. Sí, la mascarilla nos ha desatado de la triste costumbre de ser alguien y le hemos encontrado placer.

Yo, sin embargo, voy ya desembozado. Soy el de la cara entre los sin cara. Deseando terminar con esta época ominosa –y contribuir a su terminación–, pese a la estética y la ética que le reconozco. Al final se me ha hecho largo todo esto, este pesado casticismo. Voy empujando con ánimo ilustrado (¡aunque en contra del Gobierno!). 

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28.6.21

Nuestros secesionistas no son demócratas

Aunque Félix Ovejero no lo formula exactamente así, una conclusión de su último libro, impecable, Secesionismo y democracia (Página Indómita), es que nuestros secesionistas no son demócratas.

Y digo los nuestros porque otros sí lo podrían ser: los que se acogieran a la cuarta de las cuatro teorías que inspecciona Ovejero. Pero los secesionistas españoles –sean catalanes o vascos– no pueden hacerlo sin mentir. Algo, mentir, que sí hacen con frecuencia.

Antes de enumerar esas cuatro teorías con que se defiende la secesión, diré que Secesionismo y democracia es un libro breve y certero, una fulminante lección magistral. Analiza y desmonta con potencia ilustrada, con distancia racional y conocimiento (impresiona la bibliografía que pone en juego en sus pocas páginas) las argumentaciones que los secesionistas de un Estado esgrimen para separarse de él.

Las teorías a que recurren son otros tantos capítulos –todos rápidos– de esta obra: 1) la teoría plebiscitario-libertaria, 2) la teoría adscriptiva, 3) la teoría de la minoría permanente y 4) la teoría de la reparación.

Según la 1, los secesionistas creen tener derecho a la secesión porque los individuos pueden asociarse como quieran. Según la 2, porque cada nación tiene derecho a un Estado propio. Según la 3, por el derecho de las minorías dentro de un Estado en el que nunca serán mayoría. Y según la 4, por falta de democracia o por injusticia indiscutible del Estado al que pertenecen.

Sintetizo abruptamente las refutaciones de Ovejero (¡para la faena buena está el libro!).

De la 1, porque un Estado es "un territorio político común, indivisible, donde todo es de todos sin que nadie sea dueño de parte alguna". A esa indivisibilidad están ligadas la democracia y el imperio de la ley.

De la 2, porque de la definición de "nación" (que ya es problemática en sí) no se deduce que esta tenga derecho a un Estado propio. Dice Ovejero de quienes lo afirman: "por ahí asoma la bolita del trilero: se estira hacia lo normativo la definición de nación".

De la 3, porque son muchas las minorías que se podrían identificar, incluso otras minorías dentro de una minoría; además de la abusiva consideración de "permanente" a algo cambiante. Lo que alienta es la pretensión de "desvincularse de las leyes de todos".

De la 4, porque simplemente no se dan las circunstancias en España: un país democrático en el que no se producen injusticias probadas y sistemáticas contra nadie. Y, como dice Ovejero, "la secesión, sin injusticia, supondría una violación de elementales compromisos con la igualdad de los ciudadanos". Por esto, además de en la mentira, nuestros secesionistas se ejercitan en el chantaje.

"He de decir", declara Ovejero a propósito de sus principios, "que los míos se instalan en la tradición de la izquierda, del socialismo"; aunque en lo que a este asunto respecta, "los pueden compartir también las mejores variantes del liberalismo".

Ovejero recuerda la proclama entera de los revolucionarios franceses, de la que se olvida la primera mitad: Unité, Indivisibilité de la République; Liberté, Égalité, Fraternité. Pero nuestra izquierda reaccionaria no está en eso, sino exactamente en lo contrario.

Termino con otra cita de Secesionismo y democracia: "Si la democracia y la igualdad nos importan, no hay secesión justificada; si hay secesión, se acaba con la buena democracia y se socava la igualdad". 

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26.6.21

Dietario: Verano cero

Segunda dosis. Para la segunda dosis de la vacuna no hay que esperar como para la primera. Doy el carnet, me indican una cabina y antes de alcanzarla está la enfermera en la puerta con la jeringuilla en la mano. Rapidez industrial, se ve que adquirida con la experiencia. He quedado con Diego Ríos Padrón, con el que coincidí la otra vez aunque no nos vimos. Hablamos en los minutos de precaución de después, con un ojo en nuestro organismo por si notamos efectos. Al final nos tiramos una hora charlando. Le pregunto sobre su reto de este año de ilustrar cada día un poema. El resultado es admirable. Se puede seguir en Twitter e Instagram (@LaMalagaModerna). 

Mefistófeles esquina Hamlet. Cojo el autobús para ir del Palacio de Ferias a Teatinos y me fijo en el nombre de la calle: Max Estrella. Aquí hubo uno que hizo mi bachillerato, me digo. Luego nos internamos por la calle Mefistófeles y en una parada veo que estamos en Mefistófeles esquina Hamlet. Sea quien sea, se la coló al Ayuntamiento. Pero la locura es en los alrededores del Palacio de Justicia, que miro ya a pie: plaza Kipling, avenida Borges, calles Kafka, Pirandello, Mallarmé, ¡Frank Capra! ¡Mesonero Romanos! Tengo que sentarme en un banquito para reponerme del mareo. 

La de Hitler. No he ido este año al festival de cine, pero me he acordado del que viví junto a mi amigo Fernando Merinero, que vino a presentar su documental Las huellas de Dylan. Como todos los del mundillo se presentaban diciendo con qué película venían, yo, para no quedarme callado, tomé la costumbre de presentarme, muy serio: "Hola, soy el director de Ellos robaron la picha de Hitler". Me aprovechaba de que su verdadero director, Pedro Temboury, era poco conocido. Me gustaba observar la reacción de mis interlocutores, que se esforzaban por aparentar normalidad

Churros anarquistas. Detecto un brote anarquista en Casa Aranda. Mientras me tomo mis churros (acordándome de aquella frase espléndida que se decía cuando la fundaron: "¡Aranda ha conseguido freír el aire!"), me fijo en el cartel que han puesto, informativo pero también un poco contestatario: “Prohibido fumar en la terraza debido a las restricciones impuestas por las autoridades”. 

El regate del gorrión. Han vuelto los gorriones, mis pájaros favoritos. Estuvieron escondidos un tiempo, se habló incluso de que se extinguían. Pero otra vez que están aquí, y me parece que más alegres. El otro día, uno que volaba bajo se me coló entre las piernas y dio una vuelta, como en un regate. Parecía una escena de Walt Disney. 

Entrevistas. Me hacen entrevistas por el libro que acabo de publicar, Inspiración para leer (Jot Down Books). Una ha sido para el diario Sur, otra para Canal Sur, otra para El Mundo... Como no tengo costumbre, puedo percibir el efecto con cierta pureza. Y el efecto es que uno se cree que tiene algo que decir, solo porque le han preguntado. 

El infierno al lado. Me ha sucedido la peor desgracia que a un hombre le puede suceder: se han puesto a hacer obras en el piso de al lado. No una cosita rápida, un chapú, sino una reforma integral. Han dejado las paredes peladas y han levantado la solería entera; hasta los marcos de las ventanas han quitado. Llevan semanas de martillazos, taladradoras, radiales, polvo y hasta voces de los albañiles (siempre hay uno torpecillo y otro que se lo explica todo, a él y al bloque). Me han puesto el infierno al lado y no hay manera de vivir. Pero se vive. Esa es la lección siempre: que se vive. Hasta me he echado mis siestecitas ya con los porrazos. 

El momento del ventilador. Por fin enciendo el ventilador. Cada año retraso todo lo que puedo el momento, porque es irreversible: ya no lo apagaré hasta entrado noviembre. Ahora, con la subida de luz, me dicen que tendré que hipotecarme. Pues me hipotecaré, porque no concibo un verano sin ese vientecillo permanente en la cara. Un grato efecto secundario es el zumbido. En un principio parece molesto, pero uno se acostumbra en seguida, por su líquida uniformidad, y no tarda en reconocer sus ventajas: es un ruido que se traga todos los demás ruidos. Incluso atenúa bastante los martillazos de las obras. Pero hay otro efecto, que me hace gracia: cuando sopla la brisa por la calle (y en este junio casi todos los días han sido de brisa) pienso que es un ventilador invisible el que la genera. 

Verano cero. El día en que se publica este dietario (como siempre, el último sábado del mes) es el del fin de las mascarillas por la calle. En mi caso, se cumplen además las dos semanas tras la segunda dosis, en que se supone que estoy inmunizado. Sensación de que empieza otra época; pero una época rara, como en suspenso. Me acuerdo de estos versos de T.S. Eliot: "¿Dónde está el verano, el inconcebible / verano cero?". 

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23.6.21

Gurruchaguear

No sé qué voy a hacer ahora con el final de las mascarillas, Montano, me dice un amigo. Me he acostumbrado a gurruchaguear. ¿Qué es eso?, le pregunto. Y su respuesta ocupa este artículo (¡yo me despido aquí!). 

Pues nada, aprovechar la servidumbre de la mascarilla para la libertad, es decir, para el libertinaje, naturalmente: las guarradas, ¡el gurruchagueo! ¿Te acuerdas de Gurruchaga, el de la Orquesta Mondragón? ¿Te acuerdas de lo que hacía con la boca, retorciendo los labios, sacando la lengua, lamiendo obscenamente al aire? Era sucio el tío, un pervertido. Solo el histrionismo refrenaba lo cerdo que era, o parecía. Un psicópata. Un depravado. Supongo que empecé a imitarlo por rebeldía. Las primeras veces que nos dejaron salir tras el confinamiento. Yo no tengo perros, ni hijos, así que solo pude pasear cuando se autorizó la excusa deportiva. Me ponía mi chándal y salía. Por supuesto, no hacía deporte. ¡Odio el deporte! ¡Considero degradante el deporte! Pero había que llevar chándal para contentar a la poli. Qué paradoja: si no querías que te molestara la poli, tenías que llevar chándal como un Soprano. Solo si parecías un mafioso, la poli te dejaba en paz. Yo iba humilladísimo por la calle, con mi lamentable chándal, preguntándome en qué había quedado mi rebeldía, con lo que yo he sido. Si aparecía un poli, trotaba un poco. Era una vergüenza. Algo tenía que hacer. Algo rebelde tenía que hacer. ¡Algo punki! Entonces apareció una tía trotando de verdad, viniendo hacia mí. Cómo estaba. Su boing boing era digno de Sabrina. ¿Te acuerdas de aquello? ¿La captación auditiva de la vista? Ella decía boys boys, pero nosotros oíamos boing boing... ¡Nadie oyó boys boys! Total, que le hice como cuando Sabrina al televisor. Eran los tiempos de Gurruchaga y me salió desde mi absoluta frustración sexual. La misma, ¿para qué nos vamos a engañar?, de ahora. Es el triste destino de los alfeñiques. Así que me puse a gurruchaguear tras la mascarilla y la tía, lógicamente, ni se enteró. Me sentí bien, Montano, tengo que decirte que me sentí de putísima madre. Y me puse a hacerlo con las demás. Con todas, tío. ¡Con todas! Y así todos los días. En este año y pico de mascarillas no debe de quedar ni una en Málaga a la que yo no le haya gurruchagueado. ¡Soy el Casanova, el don Juan, el Espartaco Santoni del gurruchagueo! Sé que es patético, pero me ha dado vidilla. Esa ha sido, de hecho, mi única vidilla. Lo único que me hacía sentir que yo no era un puto tornillo del sistema. El problema es que lo he automatizado, ya me sale solo, tía con la que me cruzo, gurruchagueo que le hago, y no sé qué va a pasar a partir del 26, cuando haya que quitarse la mascarilla. Bueno, el 26 si puedo aún no me la quito, remolonearé todo lo que pueda... Pero en algún momento habrá que quitársela, y le voy a gurruchaguear fijo a la primera con la que me cruce. Me va a salir automático y va a ser un cante, Montano. Me zurrará, yo que soy un mierdecilla. Me linchará la masa. Voy a salir hasta en el telediario... 

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21.6.21

Sánchez y los límites de su ficción

“¿Qué tenemos que hacer para caerle bien?”, le preguntamos a nuestro amigo cuando nos llevaba a cenar con su padre. Este manejaba pasta y algo podía caer, cosa que a los veinte años (eran los ochenta) nos iba fenomenal. “Dorarle la píldora”, dijo sin dudarlo. Yo, que temía pasarme, quise saber hasta qué límite. La respuesta de nuestro amigo fue categórica: “No hay límite”.

Lo he recordado pensando en el presidente Pedro Sánchez, cuyo consejero Iván Redondo debe de tenerlo más calado que mi amigo a su padre cuando dijo que se tiraría por un barranco tras él. Aquello debió de gustarle a Sánchez, y si pilló la referencia a El ala oeste de la Casa Blanca más: que su consejero le diese tratamiento de presidente de los Estados Unidos, aunque fuera inventado, le parecería lo mínimo.

No ha habido históricamente mejor consejero que el siervo que le decía al general victorioso: “Recuerda que eres mortal”. Redondo, en cambio, no deja de recordarle a Sánchez lo inmortal que es, con lo que se juntan el hambre con las ganas de comer en este.

Pensaba en Sánchez porque he llegado a la conclusión de que está haciendo un experimento, seguramente aconsejado por Redondo. Está probando los límites de su ficción, es decir, si esta tiene algún límite. Hasta ahora la conclusión es que no.

Cada vez lo explicita más. Pasada la época de las mentiras o contradicciones, en que Sánchez decía un día lo contrario del anterior, que cabe atribuir, bien es verdad, a que la vida es un permanente fluir, como declaró Heráclito (“nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez”), ahora Sánchez explora, como un autor metaliterario, el propio artefacto narrativo.

Daniel Gascón ha sabido detectar la influencia de Javier Marías en su relato sobre el encuentro con Joe Biden: esa amplificación narrativa del tiempo, en la que a 29 segundos se les puede dedicar 29 páginas. Para ello hace falta, no cabe duda, una cierta capacidad de fabulación. Pero esta ya la demostró Sánchez cuando dedicó una parrafada a todo lo que había aprendido en aquel comité científico del que meses después se supo que no existía.

Este lunes llega otro hito: su teatralización de los indultos, para la que ha escogido un teatro. En un prodigioso juego de espejos, se quitará la máscara encima de un escenario para revelarnos que es un actor. ¿Cabrá entonces seguir considerándolo un farsante, si opta por decirnos su verdad fundamental? 

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14.6.21

Paradojas manifiestas en Colón

La convocatoria de la manifestación de Colón me parecía un error, pero el error ha sido mío. Por otro lado, quienes se oponían eran el horror: el horror gubernamental. Y así, entre el error y el horror estamos. En un ambiente ya necesariamente desagradable, pero con gradaciones. Es peor el horror.

Las manifestaciones no me gustan. He ido a poquísimas en mi vida. A las de provincias no les veo sentido, así que en Málaga no me he manifestado jamás. En Barcelona sí, pero fue el 8-O y allí estaba el propósito soterrado de que la capital catalana no siguiera despeñándose por el provincianismo.

Y dos veces en Madrid, una contra ETA después de un atentado y otra contra la guerra del Golfo. Aquí me incomodaban un tanto los manifestantes (esos Bottos sobreactuados, la proliferación de castristas), pero concluí que había que estar y estuve: haciendo chistecillos, pero también haciendo bulto.

Fue entonces (el mejor chistecillo, por cierto, no fue mío, sino del amigo que me acompañaba, señalando a aquellos Bottos y castristas que se dirigían a la mani: “¡Hoy sí que habrá entradas para Los lunes al sol”!) cuando recordé un viejo artículo de Fernando Savater: “Paradojas manifiestas”.

Allí Savater –convocante ahora de la manifestación de Colón– reflexionaba sobre las compañías no siempre gratas que nos encontramos en las manifestaciones. Aquella era contra Pinochet y partía también de Colón. En el artículo va dando cuenta de lo que le rechina durante la marcha, con comentarios al paso, y concluye: “Había que venir, después de todo. Pese a las paradojas que se manifestaban junto a nosotros, pero sin olvidarlas”.

El problema ahora es Vox, para los delicados entre los que me cuento. Su auge se ha cargado –como escribí la semana pasada– el patriotismo constitucional, sin duda por impotencia de este. Pero la fuerza que rasca es espuria, de instintos chungos. Estamos en un terreno ya necesariamente embrutecido.

Hay otra fuerza posible, sin embargo: la que surge de la pura revuelta contra las infamias del Gobierno. Este es, en realidad, el que justifica la manifestación en principio dudosa. Es el Gobierno, incluso, el que legitima a Vox y le resta gravedad a su compañía.

Luego, ya en Colón (lo he visto por la tele), Rosa Díez ha hablado de “la buena gente”, desdichadísima expresión; e Isabel Díaz Ayuso ha metido improcedentemente al Rey en cuanto a la firma que deberá ponerles a los indultos. Pero el discurso de Andrés Trapiello –violentado él mismo en su subida de tono, emocionante ofrenda cívica– le ha dado sentido a la jornada: era justo eso, lo que él ha dicho.

Savater empezaba aquel viejo artículo hablando con sorna de los pareados de las manifestaciones. Ciertamente, son poco estéticos (¡jamás los corearemos los finos!). Pero en Colón se ha visto uno que no estaba mal: “Yo, votante del PSOE, / al pueblo pido perdón / y al Gobierno dimisión”. 

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