18.5.24

Los Beatles son la tuna

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 3:41:35
 
Buenas noches. Pensaba ocuparme de una de mis mayores detestaciones de todos los tiempos: el cantautor Víctor Manuel. Ahora tiene disco y gira, con un título que ha encendido todas mis alarmas: Víctor Manuel Sinfónico. Pero he visto que nuestro Edu Galán lo adora y no quiero provocar una guerra civil en el Nanosegundo, que además ganaría él. Así que me he ido a por una pieza de caza aún mayor: ¡los Beatles! A mí me encantaban, como a todo el mundo. Me parecían refrescantes, desenfadados, ¡alegres! Pero una tarde me metí en el cine a ver la película Qué noche la de aquel día, protagonizada por ellos, y empecé a sentir un extraño malestar. En mi butaca me puse a pensar qué me estaba pasando, mientras la película seguía. En ella unos mozalbetes vestidos de negro correteaban de acá para allá con sus guitarras, cantando canciones pegadizas de letras tontas y molestando con sus gracietas y gamberradas a cualquiera que se cruzara en su camino. ¿A qué me recuerda esto?, me pregunté. Y la respuesta que me di me dejó seco: ¡la tuna, me recuerda a la tuna! ¡Los Beatles son la tuna! Desde entonces no he podido dejar de ver a John, Paul, George y Ringo como unos cargantes tunos. Y todas sus canciones son para mí variantes de "Clavelitos", y les oigo las bandurrias y las panderetas. Sé que en este momento la audiencia ha pasado a detestar en masa a los Beatles y tampoco podrán dejar de verlos ya como tunos. Ese documental que se ha recuperado ahora, Let it be, debería pasar a titularse La tuna en la azotea. Hace tiempo escribí este haiku: "Se arrepiente la luna / de haber salido / cuando canta la tuna". Aunque no rime, también se arrepiente cuando cantan los Beatles.

16.5.24

Las mejores gracias

Después de la representación en Málaga de la nueva obra de Els Joglars, El rey que fue, Ramon Fontserè me dijo que había empezado a leer a Thomas Bernhard por mí. Volví a sentir esa inundación de alegría de otras veces. En esta ocasión me lo decía un fuera de serie (¡un Menuhin, un Celibidache de la actuación!), pero me ocurre con cualquiera que me lo diga, un amigo, un desconocido, algún nick que me desliza un mensaje. Se trata de una alegría limpia, desprendida, sin vanidad.
 
La vanidad se cuela cuando nos reconocen lo que hemos hecho; en mi caso, lo que he publicado. Es una compañera inevitable y boba, que nos rebaja ante nosotros mismos. Un medidor divertido es el programa de Joaquín Soler Serrano. En las entrevistas de A fondo, las loas retóricas del entrevistador son tan apabullantes, que los escritores se derriten. Hay unas tomas de Octavio Paz henchido de satisfacción que bastarían para arruinar su carrera. Ningún escritor supera el trance, salvo Josep Pla. Este, en medio del chaparrón, extiende la mano con cierta impaciencia y la mueve como espantando moscas. Pasa algo parecido en un vídeo de José Antonio Muñoz Rojas con Fernando Sánchez Dragó. Este le suelta todo un panegírico sobre 'Objetos perdidos', a lo que el poeta de Antequera replica: "Pero si es solo un divertimento, hombre".
 
Yo reconozco que no he llegado a la sabiduría sobria de Pla o Muñoz Rojas. Cuando me elogian un escrito, se me hace el chocho pepsicola. Es una alegría indudable, pero uno advierte la mancha. Tal vez tiene que ver con la indigencia con que uno escribe: ese menoscabo íntimo del que terminan saliendo palabras. En realidad, deberían ser leídas en una penumbra perpetua, por seres también menoscabados y silentes. El elogio fulgurante y la vanidad que desata no dejan de percibirse como una traición. Una actitud intermedia podría ser la de Valle-Inclán: "Maté la vanidad y exalté el orgullo". Pero el orgullo también enturbia. La alegría que mencioné al principio es otra cosa. Cuando un lector nos da las gracias no por lo que hemos escrito, sino por un autor que le hemos descubierto o que ha empezado a leer por nuestra recomendación o contagio, surge esa alegría que llama la atención por su pureza. Y por su fuerza: nos brota de dentro espontáneamente, con una potencia inesperada. A mí me han dado las gracias, además de por Thomas Bernhard, por Ernst Jünger, Eugenio Trías, Iñaki Uriarte, Nelson Rodrigues o Adriana Calcanhotto (esta no una escritora, sino una cantante brasileña); y por algunos libros concretos, el último Matar el nervio, de Anna Pazos.
 
Hay una paradoja en lo desinteresado que resulta el contagio de intereses. Podría esbozarse una rápida teoría del yo: la vanidad remite a su hueco, a su vacío especular. La puesta en circulación de los gustos de uno, en cambio, nos postula como vías de transmisión. El sujeto aquí es saludablemente transitivo: lo que cuenta es lo que no se queda en él. Es cierto que esto ocurre también con la escritura, pero el carácter onanista de esta contamina el proceso. El mejor yo sería aquel en torno a cuyo hueco pululan sus gustos como satélites. Aunque estos gustos han conectado con él, por eso son sus gustos, no son obra suya. Es decir, es como si aquello que somos o hemos hecho nos resultara sospechoso, pero no aquello que nos gusta. Y cuando esto último es reconocido por otro, nos alegramos. La limpia espontaneidad de esta alegría apunta a que lo que más nos gusta de nosotros es nuestro gusto.
 
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15.5.24

'Zona de confort': presentación en Madrid y charla en La Brújula

Este sábado 18 de mayo presentamos Zona de confort en Madrid (librería Tipos Infames, 12:30h) con Rafa Latorre. Ayer en el programa de este, La Brújula (Onda Cero), Javier Gomá tuvo el detalle de invitarme a su sección de los martes, Filosofía mundana, para hablar del libro. Audio aquí.

12.5.24

Ubú rey y Ubú president

[Montanoscopia] 
 
1. Con sus perniciosas (y baratísimas) palabras contra la inmigración, por halagar al electorado catalán (ese electorado que se las trae), puede que Feijóo se haya autoanulado como futuro presidente del Gobierno. Al menos como el presidente que necesitamos: alguien que no alimente los bajos instintos del pueblo, sino que los refrene, incluso que los eduque. Aunque para las tareas pedagógicas desde el poder hace falta una auctoritas que no se le atisba a ningún político en España. Por eso se entregan a lo fácil, que coincide con lo peor: el abyecto populismo.
 
2. No veré Eurovisión, porque no lo hago nunca: repudio esa Europa hortera de las autonomías. No la aguanto ni irónicamente. Este año, durante su emisión (escribo unas horas antes; espero que para cuando ustedes lo lean haya ganado Israel), empezaré a ver Shoah, contra el antisemitismo campante. Ese antisemitismo que infecta el repudio civilizado contra el vil Netanyahu, su incompetencia en el 7-O y su belicismo de después para esconderse en los escombros y los muertos de la población civil palestina. Lo digo, naturalmente, sin perder de vista la culpa primera de los criminales de Hamás.
 
3. Els Joglars ha logrado algo muy difícil y muy noble con El rey que fue, que por fin hemos visto en Málaga (y sigue la gira): no ahorrar ni uno de los elementos bufos del emérito Juan Carlos sin por ello ahogar su tragedia. Se da todo junto, lo bufo y lo trágico, como en la vida. Uno suelta sus risas (incluso sus risotadas) y al mismo tiempo mantiene el corazón en un puño. Qué tragedia shakespeariana la de este rey que empieza y termina en el exilio, sin padre y sin hijo, cuya acción política fue buena en lo decisivo pero irresponsable en lo demás, y con un carácter y unos ademanes que no invitan a la compasión. La obra resalta este impulso de Shakespeare, pasado por la comedia española (fundamentalmente la de los propios Joglars) y un cierto eco del Ubú de Jarry y El rey se muere de Ionesco. Albert Boadella dirige la obra y Ramon Fontserè, virtuoso absoluto de la actuación, encarna a don Juan Carlos (es casi su actuación la que le restituye el don) con todos sus matices. Hacia el final (tras el "Golfo p'adentro" y el "Golfo p'afuera"), el clímax con la portentosa tempestad: el pasado que se remueve, con sus fantasmas. Y el himno nacional con la fanta de jubileta.
 
4. En cuanto apareció el rey emérito en el escenario, una enarcedida del público gritó: "¡Viva la República!". No hacía falta que lo dijera, porque en seguida iba a decirlo en la misma obra el bufón. Pero qué sintomáticas estas emulsiones "políticas" sobre el universo simbólico: sin ningún distanciamiento brechtiano ya, nuestros ideologizados se comportan en el teatro como los niños en el guiñol de cachiporras. Qué vergüenza hubieran pasado con ellos nuestros ilustrados republicanos de entonces.
 
5. Después de la función cenamos unos cuantos amigos con Fontserè y las actrices (también fantásticas) Dolors Tuneu y Pilar Sáenz, esta responsable además del vestuario. Deliciosa velada que nos convirtió en aristócratas de esa corte ambulante. De repente, armonía, buena conversación, humor. Y (por nuestra parte) agradecimiento.
 
6. Asoma Pujol, más Ubú president que nunca, para apoyar a Puigdemont en las elecciones catalanas. Con ello se anuda el anillo pútrido del nacionalismo. Convergencia converge consigo misma, como en una automamada perfecta. Por otro lado, resultan risibles las proclamas contra la ultraderecha independentista de Sílvia Orriols por parte de los demás independentistas. Como si la Orriols no fuera el frasco de sus esencias xenófobas.
 
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9.5.24

Integridad de Luis Cernuda

Ahora Luis Cernuda, que nunca tuvo nada, salvo la gloria del poeta, y que pagó muy cara su integridad (la pagó con todo), es utilizado por Luis García Montero para su agenda ideológica, indefectiblemente sectaria. Los cernudianos que hemos tenido la cortesía, para con Cernuda, de mantenernos en una cierta intemperie nos revolvemos contra la apropiación del poeta catedrático (¡con la de problemas que tuvo Cernuda con los poetas catedráticos!) y director del Instituto Cervantes, nombrado por el Gobierno al que defiende, Cernuda en mano.
 
En su última columna en El País, "Los equidistantes", García Montero habla de "la deriva antidemocrática que vive la derecha española". Un sintagma por supuesto falaz, y muy de Moncloa. Y una y otra vez "la derecha", como en todas sus intervenciones. La historia es una película de buenos y malos y los buenos son los suyos. El pensamiento de Cernuda era más ofuscado. Despreciaba a los franquistas (sus palabras contra ellos tienen una rabia que jamás alcanzará García Montero), pero también a los republicanos que le censuraron en la revista Hora de España los versos homoeróticos de su homenaje a Lorca, "A un poeta muerto (F. G. L.)", y al "sacripante del Partido" que se llevaba a los sospechosos en Valencia durante la guerra civil.
 
En la documentada biografía Luis Cernuda de Antonio Rivero Taravillo (Tusquets), se ve que en la guerra Cernuda es un republicano desilusionado de los comunistas, que lee Retour de l'URSS de André Gide cuando otros aplaudían a Stalin (y lo seguirían aplaudiendo durante lustros, para luego hacerse los tontos). Cuando hoy tenemos que tragarnos las tergiversaciones de la, así llamada, memoria histórica, Cernuda ya posee en el verano de 1938 la mentalidad que, cuarenta años después, propiciaría la Transición. Surge el rumor de que un pacto entre los combatientes va a terminar con la guerra civil, y Cernuda le escribe a su amigo Rafael Martínez Nadal:
Mi querido Rafael: ¿Has leído las declaraciones de Franco? No sé si los periódicos de ahí reproducirían unas declaraciones de Vayo a un periodista de L'Oeuvre. Chico, creo que el pacto está en puertas. Tengo una alegría enorme. Creo que pronto podremos volver a España. Lo horrible es pensar en los muertos, para después llegar a lo mismo aun alegrándonos de volver a lo mismo, porque esa es la única solución posible. Y Federico... Cuando me acuerdo de esto siento remordimientos por alegrarme del fin de la guerra y de la vuelta a España. [...] Si este pacto que se vislumbra es cosa segura, yo regresaría sin perder tiempo.
Esa es la actitud limpia: vital y trágica; no las monsergas puritanas de hoy, efectuadas normalmente por los sucios. Ese anhelo de pacto no es incompatible, sino justo lo contrario, con la integridad: son dos ramas del mismo tronco. En la biografía hemos asistido a las penurias de Cernuda por Inglaterra y París, cómo busca pequeños trabajos de supervivencia. Martínez Nadal al fin le consigue algo: una colaboración mensual en la revista Blackfriars, de los dominicos de Oxford. Pero Cernuda la rechaza:
Lo que no podría decidirme a aceptar sería la publicación en esa revista. No por ser católica, en modo alguno, sino por tener un partido en la guerra de España. ¿Comprendes lo que siento? No soy capaz de odio hacia otros españoles, pero por eso mismo quisiera mantenerme fuera de cualquier bando. Aparte de que si aceptara, muchos podrían interpretarlo como un intento mío de abandonar a los casi vencidos por los vencedores. Bastante he sufrido en España y pocos o ningunos miramientos debo allí a nadie; al contrario, injusticias es lo que les debo. Pero está demasiado cerca mi salida de España, y los republicanos en demasiada mala situación para que esa colaboración pareciera poco generosa de parte mía.
Lo mismito que García Montero. Como decía André Breton: "Parece ser que hay un modo más o menos digno de conducirse, y basta".
 
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5.5.24

Nuestro peronismo escindido y el final de la grandeza

[Montanoscopia]  
 
1. Recordé en La Brújula que Paul Auster y Victoria Prego se subieron juntos en la barca de Caronte. Pero olvidé otro muerto ilustre de unos días antes: Francisco Rico. Cuando Auster y Prego subieron, Rico ya estaba a bordo: dando más miedo, sin duda, que el barquero. Rafael Maldonado y yo le habíamos hecho un homenaje involuntario el sábado de su muerte. Tal vez estaba viviendo aún sus últimos minutos. Teníamos una charla sobre literatura y amistad en el festival Aqueteleo y dijimos que los dos escritores que van a quedar de su generación, Javier Marías y Andrés Trapiello, eran enemigos entre sí. Pero Rico aparecía como personaje en la obra de ambos: en las novelas de Marías y en los diarios de Trapiello. Aparte de sus libros filológicos (para mí especialmente queridos los de Petrarca; un Petrarca ha sido el último), me gustaban sus intervenciones televisivas y radiofónicas. En una de estas le dijo a Juan Benet una genialidad: "El novelista es un crítico frustrado". Veo ahora que nació un 28 de abril y murió un 27. Matemáticamente, en términos de almanaque, le cuadraron las cuentas: una vida redonda.  
 
2. La irresponsabilidad ha caracterizado la biografía política de Sánchez. Irresponsable fue su "no es no" a Rajoy, muestra de obcecación partidista frente a la institucionalidad y el pragmatismo. Irresponsable su conducta en Ferraz en octubre de 2016. Irresponsable su lucha contra el viejo PSOE. Irresponsable su moción de censura de 2018 en alianza con los populistas, los proetarras y los golpistas del independentismo catalán (con el golpe fresco). Irresponsable fue su Gobierno de coalición con Podemos: un gobierno no progresista, sino estrictamente reaccionario. Irresponsable su colonización de las instituciones, el debilitamiento del Estado de derecho, los indultos, la amnistía, la rehabilitación de Puigdemont, la polarización, la acusación a los jueces que hacen su trabajo y a los ciudadanos críticos de "fachas". Irresponsable su carta de hace dos miércoles, en que embutía el supuesto amor a su esposa en el odio de sus mandoblazos. Irresponsables sus cinco días de desaparición, mientras su partido lo identificaba a él (¡y solo a él!) con la democracia. Irresponsable su amenaza de irse e irresponsable su discurso al quedarse. ¡Irresponsable! 
 
3. Como savateriano vuestro que soy, muchos me han preguntado si votaré al PP en las elecciones europeas, ya que Savater irá, testimonialmente, el último de la lista. Lo voté cuando se presentó para el Senado por UPyD, con Trapiello. Pero esta vez no. Dudo entre votar a Ciudadanos (todavía) o a Izquierda Española. Al PP no. Algún resto de identitarismo me queda aplicado al voto y el PP, francamente, no es lo mío.  
 
4. Ayuso en el 2 de mayo: bellísima, peligrosísima. Estas performances carismáticas (y rebosantes de capital erótico) en política las carga el diablo. Es una Evita, pero sin Perón. Al revés que Sánchez (Begoña no cuenta políticamente). Del mismo modo que nos hemos salvado de Podemos y de Vox porque no existe un Podemos-Vox, del peronismo nos vamos a salvar porque Perón y Evita están escindidos en España.  
 
5. Antonio G. Maldonado, con Los sentidos del tiempo (La Caja Books), ha escrito un ensayito perfecto. Lo es aquel en que, con buena escritura, el autor logra aunar una inquietud personal y otra general. Aquí vuelve a la de su anterior libro, El final de la aventura, expresión que reformula bellísimamente como "el final de la grandeza": el cierre de horizontes debido al desencantamiento racionalista del mundo. Pero su pulsión romántica no desborda la ilustrada: es la propia ciencia la que nos devuelve el asombro. El principio de la grandeza. 
 
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3.5.24

Paul Auster y Victoria Prego en la barca de Caronte

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 3:41:10
 
Buenas noches. Me llama la atención un fenómeno que se produce con los muertos famosos: nunca mueren solos. Cuando uno lo hace, pronto le sigue otro, a veces más. Es como si Caronte quisiera aprovechar el viaje. Tal vez, al tratarse de muertos de peso, pretenda equilibrar el cargamento de la barca. Ahora han sido Paul Auster y Victoria Prego. Pienso en de qué hablarán en su navegación por la laguna Estigia. La pareja que más me impresionó fue la de Ava Gardner y Dámaso Alonso, que murieron el mismo día de hace un montón de años. De la actriz Ava Gardner se decía (con una elocuencia vedada en estos tiempos) que era "el animal más bello del mundo". Pues bien, a Caronte no se le ocurrió otra cosa que hacerla acompañar por el animal más feo, que es lo que parecía el filólogo y poeta del 27 por comparación. De Victoria Prego no tengo ninguna opinión ultramontana que decir, porque la admiraba como periodista y como cronista de la Transición; pero sí de Paul Auster. Me parecía un novelista menor. Con encanto, que es por lo que tenía tantos lectores, pero menor. Planteaba bien sus novelas, pero luego no sabía qué hacer con el planteamiento y siempre se le venían abajo. Sus tramas, que solían ser laberínticas, a menudo se topaban con una pared infranqueable. Su éxito era, por esta razón, un equívoco. Pero este equívoco resultaba austeriano, pues lo colocaba a él como autor y también a los lectores en la situación de sus personajes: extraviados en un camino por el que ya no pueden avanzar. Tal vez de esto le esté hablando Auster a Prego en la barca de Caronte. Mientras Caronte sonríe, porque por fin van a avanzar más allá del último punto. Franquearán la pared.

2.5.24

El 'procés' español (y nuestro destino sudamericano)

"En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes", escribió Nietzsche. Lo mismo en las fiestas partidistas. Así ocurrió en el histriónico espectáculo que montó el PSOE el pasado fin de semana, en apoyo e imitación de su líder. En la calle Ferraz se vieron imágenes como las del independentismo catalán y como las del peronismo y demás populismos latinoamericanos. Fue un paréntesis europeo, y el PSOE estuvo en el interior del paréntesis. Ahí sigue.

El último error de Sánchez, para Sánchez, fue no dimitir el lunes. Para España fue bueno, dentro de lo malo: una salida irregular de Sánchez hubiese consolidado su irregularidad, tal vez para siempre. No nos íbamos a quitar nunca de encima el sanchismo simbólico. Sánchez debe salir del Gobierno por el procedimiento reglamentario. Son los españoles los que deben darle la patada: en las urnas y solo en las urnas. Ya van tarde los españoles, pero en algún momento se pondrán al día. Eso sí: pagarán, con creces, el retraso.

Está dejando un país invivible. No me refiero a la vida común: aquí siempre se vive bien (ya ocurrió en el franquismo, en cuanto se salió del hambre). Me refiero a la vida civil. Sánchez nos está metiendo en una suerte de procés español, en el que, como en el catalán, se pretende excluir de la vida civil, extranjerizar, a una parte de la población. Una parte grande: la mitad como poco. Aquí la extranjerización no es nacional, sino ideológica. Los malos han de quedar fuera. No es un presidente para todos, sino solo para los suyos: los que quedan de su lado del muro que él enarboló. Y contra los otros. El PSOE ha abandonado algo aún más grave que el constitucionalismo: ha abandonado el pluralismo.

Un presidente narciso como Sánchez no podía sino terminar desembocando en el peronismo, en el culto a su personalidad y su careto. Con el jaleamiento de los populistas que él introdujo en el Gobierno y de los nacionalistas y proetarras que ha legitimado, quiere ahora meterles mano a los jueces y a la prensa. Cada vez está más claro que Europa no nos va a salvar. Volveremos a ser una reserva bandolera y torera para el turismo típico de antes. Y nos vamos a encontrar, como en el poema conjetural de Borges, con nuestro "destino sudamericano". Nos las van a devolver todas los anticolonialistas. Los espadones del XIX, que imitaron y conservaron allí, los tendremos de vuelta. "Sigue el futuro", tuiteó Juan Cruz tras la decisión de Sánchez de no irse. Sí: el futuro de la España de siempre, de la que un día soñamos librarnos.

El sanchismo ha tenido ya algunas consecuencias en mí: me he polarizado, y todo por haber llevado una estricta vida política constitucionalista en este país de todos los demonios. También he pasado a despreciar a un número inasumible de compatriotas, por su fijación, sus tragaderas y su pancismo. En el, así llamado, mundo de la cultura mi desprecio se centuplica. Solo les faltaba tener un Franco propio para que su franquismo (no solo sociológico) se regodeara hasta las heces.

Sánchez nos ha envenenado con su discurso invariablemente falaz, en el que ataca con saña aquello mismo que él encarna como nadie. Predica la regeneración el primer degenerado. Llama a limpiar la vida pública el que más la ensucia. Aunque esta vez no va a haber una guerra civil en España, nos ha enseñado (inició esta tarea pedagógica Zapatero) cómo empiezan las guerras civiles. Es una porquería esto de estar tocando con la mano la piel de las guerras civiles.

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