25.10.20

Tres preguntas sobre Umbral

Julio Valdeón ha tenido la gentileza de contar con mi opinión –entre otras– en su reportaje de La Razon “Umbral, un dandy que hoy estaría prohibido”. Pongo aquí aparte las tres preguntas que me mandó y mis respuestas:

 

Una de las constantes en la literatura umbraliana es el sexo, entendido como acto de suprema libertad. ¿Ha caducado esa visión suya? ¿Puede/debe reivindicarse? 

No sé si como “acto de suprema libertad”. Creo que hacía lo que podía, como todos y como todas. Lo que llamaba la atención en la época era la franqueza, y las elaboraciones literarias alrededor del asunto. Hace poco he leído su Diario de un escritor burgués, escrito en 1977, y maravilla su desinhibición sobre el sexo. La desinhibición de un hombre educado en el catolicismo y, por lo tanto, con una represión de fondo que trataba de solventar: indagando en su libertad pero también con los tics de la época, que hoy llaman la atención. Su visión era masculina, y desde ella escribía, porque era la suya (expresando también sus vulnerabilidades). Algo que hoy no se entiende, ni quizá se acepta. Es como si se exigieran resultados morales (o moralistas) de inmediato, sin el pedregoso y titubeante camino de perfección.

 

¿Qué lectura cree que haría hoy de su escritura la nueva izquierda, o izquierda woke, o izquierda reaccionaria? ¿Lo cancelaría?

Umbral sería hoy duro de roer para esa pseudoizquierda. Sencillamente porque era un hombre que escribía lo que le daba la gana. La relación entre la libertad del decir y la censura moral que se produce hoy con esa pseudoizquierda es igual a la que se producía antes con los biempensantes. Con una diferencia: antes irritar a los biempensantes te proporcionaba simultáneamente un montón de cómplices. El provocador, así, contaba con la irritación de unos (aquellos a los que quería irritar) y la complicidad de otros (que eran para los que escribía). Hoy, sin embargo, el provocador no cuenta con cómplices. Está más solo que la una. Porque aquellos que antes eran sus cómplices hoy son los nuevos biempensantes. La consecuencia es que ya no es divertido.

 

A veces creo que a Umbral, como escritor, sólo conocemos o valoramos los que lo hemos leído en sus diarios, en sus mejores libros de memorias, etc. Y que ahí late, junto a la prosa descarnada y deslumbrante, una ternura que desconocen los habituales de sus columnas, no digamos los que sólo recuerdan el programa con la siniestra Mila. ¿Está usted de acuerdo o quizá exagero, por el lado bueno, por mi cariño hacia Umbral?

Acaba de dar usted la clave de mi fascinación por Umbral a mis dieciséis años. Yo lo conocía por sus columnas y por sus entrevistas en radio y televisión. Me hacía gracia, como Cela con sus gamberraditas, pero poco más. Entonces, a mis dieciséis años, leí por primera vez un libro suyo: Memorias de un niño de derechas. Ahí descubrí ese otro tono lírico e intimista, con esa ternura de la que usted habla, ya desde la dedicatoria, que me sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. A partir de entonces fue maravilloso asistir a sus boutades sabiendo que eran un teatrillo para el público, pero que había otro Umbral, el intimista y tierno, para los iniciados. Ese doble juego fue lo que me fascinó.

19.10.20

Sánchez, guapo electoral

He estado leyendo a Borges últimamente (alguna tarea elevada hay que tener en estos tiempos bajísimos) y me he encontrado con una expresión estupenda: “guapo electoral”. No sé si sigue vigente en Argentina, o en Buenos Aires, pero en oídos españoles la expresión es maravillosa, y sin significado.

En Borges, y en los diálogos de Borges con Bioy Casares, sale mucho “guapo” como sinónimo de malevo, matón, cuchillero. Pero a veces se dice de un cuchillero que se convirtió en “guapo electoral”. Lo he buscado y resulta que guapo electoral es el matón que se convierte en el guardaespaldas de un candidato. Y en efecto, en España no tiene significado lo de guapo electoral. Salvo que (¡por iluminación!) se vea que nuestro guapo electoral es Sánchez.

Sánchez malevo, matón, cuchillero, guardaespaldas de sí mismo. Un guapo electoral con toda la jeta. Un cuchillero que protege a un candidato: así Sánchez, que protege al candidato Sánchez hasta que llega a presidente del Gobierno, una posición privilegiada para seguir practicando el cuchillerismo.

En El hombre que fue Jueves de Chesterton, tan querido por Borges, el jefe de los anarquistas que subvertían el orden era el jefe de la policía cuya misión era preservarlo. Las dos personas se superponían, en tareas opuestas. Así Sánchez.

No es que Sánchez quiera subvertir el orden. Ni tampoco es que quiera preservarlo, la verdad. Lo que quiere Sánchez es un orden que se acomode a Sánchez. Un orden o un desorden; lo mismo le da, con tal de que sea sanchista.

El narcisismo autoritario con el que podemos caracterizar ya, de manera irreversible, a Sánchez sería igual de temible pero tal vez no tan fastidioso si gozase de un poquito de estabilidad. Pero Sánchez es una brújula loca que dice y se desdice buscando el solo beneficio de Sánchez. Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez, empezando por Sánchez. El suyo es una suerte de adanismo al minuto cuya fórmula sería: “Donde dije digo digo Diego y siempre quise decir Sánchez”.

Contaba Borges que el “guapo” de no sé qué pueblo argentino se llamaba Soto, y que a ese pueblo llegó un circo cuyo domador de leones se llamaba también Soto. Este cobró fama de inmediato por sus heroísmos circenses. Pero cada vez que el guapo, matón o cuchillero se lo encontraba en algún sitio, decía: “Acá sobra un Soto”. Y el domador tenía que largarse.

Acá, en España, pasa un poco lo mismo: sobramos todos los que no somos Sánchez; o siquiera sanchistas, como mal menor a ojos de Sánchez.

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14.10.20

Encarnación de la época

Me ha interesado mucho ‘El final de la aventura’ de Antonio García Maldonado (La Caja Books), porque en este su primer libro el autor muestra, por extenso, algo que suele asomar en sus artículos (en especial en los de ‘The Objective’): la preocupación apasionada por los problemas de la época, que se funde con las preocupaciones personales. De modo que se produce una suerte de encarnación de nuestro tiempo: este respira en el autor, se manifiesta en sus peripecias a manera de parábolas –narrativamente–, y dota de tensión y dramatismo sus reflexiones. Reflexiones que, por ello, no son solo intelectuales, sino también existenciales.

Su instinto espoleado por la insatisfacción ha dado con una formulación brillante: el asunto de nuestro tiempo es la falta de aventura. Hallazgo que redondea con la consideración de la aventura como un impulso colectivo, o que junto con su carácter individual tiene efectos colectivos. Esto le permite ocuparse de las cuestiones de la época con vivacidad: como si le fuera la vida en ello; la vida que vale. Me he acordado de la canción de Caetano Veloso “O último romântico”, que dice en un verso: “Tolice é viver a vida assim sem aventura” (‘tolice’ es tontería, estupidez). La inquietud de Antonio García Maldonado tiene ese indudable origen romántico: lo bueno es que sería un romanticismo que está al día, perfectamente informado de la problemática contemporánea.

Además de repasar algunas aventuras históricas, como las grandes aventuras de la navegación y los descubrimientos, ‘El final de la aventura’ constata el parón de nuestros días, en que las aventuras reales –las de la vanguardia tecnológica y científica, por ejemplo– están reservadas a unos pocos: la abrumadora acumulación de conocimientos exige una especialización extrema también en este campo. No obstante, el autor se resiste a ser pesimista (algo que indica en el libro y resalta en la espléndida entrevista que le han hecho en ‘El Asombrario’) y apunta a dos aventuras colectivas que le aguardan a la humanidad: la lucha contra el cambio climático y las exploraciones espaciales que están por venir (“la colonización espacial como la aventura de nuestros hijos”, escribe).

Con una excelente escritura ensayística, Antonio García Maldonado tantea estos acuciantes asuntos, se pregunta y esboza propuestas, apoyándose en fuentes especializadas y, lo que es muy grato para el lector, en novelas, series y películas: la más recurrente de todas, ‘Master and Commander’. Por la implicación del autor, ‘El final de la aventura’ termina siendo una “biografía involuntaria”, algo que él mismo reconoce en la coda, de tono más confesional. Aquí se encuentra mi párrafo favorito del libro, que me permito citar entero para concluir, porque lo resume a la perfección:

A veces reconozco que estoy pasando un mal momento a través de gestos intuitivos en los que reparo cuando ya están en marcha. Cuando voy a una librería y me encamino sin pensarlo a la sección de libros de ciencia, sé que estoy buscando respuestas que no existen, o que no están ahí, que el gesto obedece más a la necesidad que a la curiosidad que siempre he tenido por la astronomía, la física o la medicina. De la misma forma que me pasa cuando imagino y miro con envidia la vida de la vanguardia científico-técnica que sí tiene acceso a las aventuras de nuestro tiempo. O cuando me pongo alguna película de aventuras, como la que ha servido de guía discreto en este libro. Lo que desde fuera puede parecer un pasatiempo banal y una sana costumbre para evadirse, para mí suele significar lo contrario. Somatizo rápido, y suele empeorarme, además del ánimo, el asma y las contracturas. ‘La mente sufre y el cuerpo pide ayuda’, como le recordaba el cardenal Lamberto a un sufrido –y diabético– Michael Corleone en ‘El Padrino III’.

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En The Objective.

12.10.20

El Jardín de Epicteto

A los ‘happy few’ (los pocos felices, que somos muy pocos y cada vez menos felices) solo nos cabe el repliegue helenístico o alejandrino. Lo he escrito más de una vez en los últimos años, porque están siendo años de descomposición y el repliegue es lo que se corresponde. Después del interés por la vida pública de Platón y Aristóteles en la Grecia clásica, vino la desbandada hacia la privacidad de los escépticos, los cínicos, los epicúreos, los estoicos... Una figura contemporánea equivalente sería el emboscado de Jünger.

Lo que está pasando en España es desolador. Yo estoy asustado con lo que estamos viviendo y aún más con lo que viene. Jorge San Miguel, en un artículo reciente sobre “la nueva normalidad” que está montando el Gobierno, aconseja “desinvertir emocionalmente en el país y, desde luego, en el 78”. En efecto, solo es fuente de frustración mantener el vínculo con algo que se deshace sin remedio. “Desinvertir emocionalmente y cultivar un jardín; el que lo tenga y mientras se pueda salir a la calle”, concluye San Miguel.

El jardín remite al de Epicuro: un recinto de placeres, o al menos de serenidad placentera, de ausencia de dolor y perturbaciones. Aunque me temo que los placeres van a ser un lujo. Habrá que disfrutarlos cuando se presenten, cuanto se pueda. Pero preventivamente yo invitaría a la reclusión en el Jardín de Epicteto. De los estoicos grecolatinos –Zenón, Crisipo, Séneca, Marco Aurelio...–, Epicteto fue el que con más ahínco predicó la imperturbabilidad. Los ‘happy few’ tendremos que ejercitarnos en ella para no terminar amargados.

“¿Cómo se desinvierte emocionalmente en tu país?”, preguntó Kehre, un compatriota que vive en Alemania. No es fácil. Ni siquiera creo que sea posible. Pero hay que distanciarse un poco para no ser devorado, para no formar parte del fango. Tal vez por medio de la comedia. Lo más difícil es encontrar el tono. Uno que lo ha encontrado ha sido Ramón de España, con sus divertidísimas piezas (en vídeo y por escrito) sobre el “manicomio catalán”. Un manicomio que ya ocupa toda la península (y sus islas).

No sé muy bien si el derrotismo fomenta la derrota, pero sí que el triunfalismo no fomenta el triunfo (y que luchar ahora no sirve para nada). Si estamos en una posición perdida, como creo, la cuestión es si entregamos también los momentos que preceden al definitivo. Porque esos aún podrían ser nuestros: hasta la patada en la puerta.

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En El Español.

5.10.20

Woody con mascarilla

Me metí en el cine con rabias varias, el viernes del estreno, según el modesto ritual que articula mi vida, que el día que no haya Woody (falta poco) se desarticulará por completo. Woody Allen es como un reloj de arena al que le quedan pocos granos. Cualquiera puede ser el último. Tal vez el de ‘Rifkin’s Festival’ fue el último. Aunque esta es su película cuarenta y nueve y dice que quiere llegar a la cincuenta.

Desde hace ya un montón de años Woody es mi termómetro, también sentimental. Unas veces voy solo, otras acompañado. Cuando voy solo me gusta ir furtivamente por la tarde, a la primera sesión. Pero el viernes no pude hasta la de las diez y media. Al menos iba embozado en mi mascarilla.

Se me sentó detrás un grupito de cinéfilos veinteañeros que parecían salidos de los noventa: de cuando ellos estaban naciendo. Los tiempos en que Woody hacía ‘Poderosa Afrodita’. Eran enternecedores, pero cuando se pusieron a hablar de ‘Persiguiendo a Amy’ me levanté y me fui varias filas más adelante, aprovechando que la sala estaba casi toda vacía.

Entonces empezó la película y volvieron las sensaciones de siempre. Por supuesto que es floja, pero qué vulgaridad juzgarla. La recepción de Woody es acumulativa: solo con la musiquilla, la iluminación, las tribulaciones y parrafadas de los personajes uno está sintiendo todas sus películas a la vez. Hay una resonancia maravillosa. Se me instala una entrañable melancolía, muy parecida a la felicidad.

La gracia española de ‘Rifkin’s Festival’ está en San Sebastián, naturalmente. Woody la ha convertido en un postalón más mediterráneo que cantábrico. Es como un Central Park gigante. O mejor, como un gran parque de atracciones del que ha tenido la cortesía de no sacar el túnel del terror (tal vez por eso protestó Bildu en el rodaje: se sintió excluido). Es la San Sebastián paradisíaca del libro de Fernando Savater, quien durante muchos años solo pudo pasearse por ella con escolta.

En cuanto a los actores, me encantó Wallace Shawn, me puso tontorrón Gina Gershon, encontré que Elena Anaya ganaba mucho en el doblaje y recordé que Sergi López no solo es el peor actor del mundo sino también el más desagradable (pero tranquilos: sale muy poco).

Antes de que empezara la película salieron muchas instrucciones higiénicas en la pantalla. Por ejemplo, “no olvides volver a ponerte la mascarilla cuando termines tus palomitas”. Y el orden en que había que salir luego, empezando por las primeras filas. Como yo estaba en ellas, pude camuflar mi huida con la prevención.

Detrás sonaba la musiquilla de los créditos, ya una banda sonora para mí.

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En El Español.

30.9.20

La linterna de Eduardo Jordá

Qué encanto han tenido siempre para mí los libros de artículos. El primero, 'Sobre vivir' de Fernando Savater, lo leí en una primavera madrileña cuando yo era estudiante y me impregnó de las sensaciones que ya se repetirían (con mayor o menor intensidad) con todos los demás: el agradable trastorno provocado por la conjunción del tiempo volandero de los periódicos y el más estable de los libros, una cierta nostalgia por el pasado reciente y ya inasible, la delicia de la sedimentación de la estrepitosa actualidad en estampas que sin embargo conservan algo de aquel estrépito... 

Borges dijo que "todo poema, con el tiempo, es una elegía". Y todo artículo también. Aunque los peores desaparecen implacablemente. Y los mejores conservan algo de vidilla: son elegías con vidilla. 

Ahora he leído uno de artículos muy buenos y con mucha vidilla de Eduardo Jordá, 'Fuera, en la oscuridad' (ed. Newcastle), que se fueron publicando entre 2004 y 2019. El orden en el libro no es cronológico, sino que el autor los ha dispuesto de manera que formen un año simbólico (de Año Nuevo a Navidad) hecho con artículos de diversos años. Esto propicia que se acentúen simultáneamente el carácter temporal y el cíclico, que remeda la eternidad. Jordá es también un excelente poeta y en sus artículos –además de numerosas menciones a la poesía– late una aspiración a lo que permanece. 

El título está tomado del poema "Out in the Dark" de Edward Thomas, al que Jordá dedica el último artículo y que traduce entero al final del volumen. En la presentación cuenta que, poco antes de morir en la batalla de Arras (1917), "Thomas vivía con su mujer –la gran Helen– y sus tres hijos en una casita ruinosa de Epping Forest. La estufa de parafina no funcionaba, hacía mucho frío, llovía y llovía sin parar, y el día de Nochebuena, su hija pequeña le dijo que tenía miedo de entrar en la sala de su casa porque estaba a oscuras. Thomas cogió a su hija de la mano, la llevó hasta la sala y le hizo ver que no tenía ningún motivo para sentir miedo". Después escribió el poema, que termina así: 

Qué débil y pequeña es esta luz, 
y todo el universo a nuestra vista, 
y el amor y los gozos, 
frente al poder, 
si no puedes amarla, de la noche. 

Inspirándose en él, Jordá hace la siguiente declaración (que vale como poética para sus artículos y para su escritura en general): "Para mí, escribir –cuando uno es un verdadero escritor y no un simple diletante o un pomposo literato– es mirar lo que ocurre 'ahí fuera' en el mismo momento en que 'ahí fuera' reina una oscuridad tan densa que parece que no vaya a disiparse jamás. Escribir es el deseo desesperado de arrojar un poco de luz que nos ayude a encontrar acomodo en este mundo". 

Los artículos de 'Fuera, en la oscuridad' son, en este sentido, linternas que nos alumbran: proponen un cobijo en la realidad sin eludir que está rodeado de sombras. La atención a lo frágil, a los atisbos prometedores en este mundo hosco, es una de las capacidades de Jordá. Por eso esta selección de artículos (de la que han sido excluidos los de la cruda actualidad política, que el autor también trata en los periódicos con una exquisitez no exenta de valentía) es serena, emocionante y reconfortante. 

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28.9.20

Naufragio

España se ha metido en una ratonera tontísima. El que sea tontísima nos inclinaría a pensar que con un poco de inteligencia se podría salir de ella. Y así sería, en efecto. En contra de esa esperanza está nuestra historia: caracterizada precisamente por la falta de ese poco de inteligencia. 

La Transición nos había malacostumbrado. Ese poco de inteligencia se produjo. Por ese poco hemos vivido casi cuarenta años de libertad, prosperidad y aceptable paz civil. Con un marco, el de la Constitución de 1978, que permitía que se afrontase cualquier tipo de problema político real. 

Lo malo ha venido cuando han empezado a introducirse (a reintroducirse) todo tipo de problemas políticos irreales. El primero, la falacia de que la Constitución de 1978 es el obstáculo para la resolución de los problemas políticos reales. Es como si no se soportase que algo hubiese salido medianamente bien en nuestra desastrosa historia. 

La aspiración tan antipragmática de cargarse la Constitución me recuerda a aquellos hitos suicidas del “más vale honra sin barcos que barcos sin honra” y similares. Es, ciertamente, una aspiración muy española. 

Y qué vergüenza para los que nos sentimos herederos del ideal de la II República (no tanto de su desdichada plasmación) ver que “república” ocupa el lugar de “honra” ahí. Porque en la famosa frase lo de “honra”, además de suicida y absurdo, era fraudulento. Lo que fue promesa de ilustración es hoy moneda de oscurantismo. 

Soy muy pesimista. La deriva ya era preocupante cuando llegó la pandemia. La conciencia de su gravedad, con el primer estado de alarma, fue un punto de inflexión. Se pudo haber rectificado entonces, ante la realidad atroz (resumida en dos palabras: ruina y muerte) que se nos venía encima. Ha ocurrido todo lo contrario. Es terrorífico. 

Como ha dicho Ignacio Varela, el desastre se ha debido a un “fallo multiorgánico” de nuestra sociedad: de todas las instancias políticas, y también de la población. Pero el máximo responsable es el Gobierno Sánchez-Iglesias. Quizá porque es la expresión tangible de ese fallo multiorgánico: en él ha desaguado casi todo lo que en España falla, casi todo lo que está equivocado. 

Ahora desde el propio Gobierno se está en lo de la “honra”, en aquel sentido fraudulento y pomposo, en vez de en los barcos. Se está en fomentar la división, en burlar la Constitución y atacar al Rey mientras nos hundimos. Naturalmente, por el poder. Será un milagro que nos salvemos de este naufragio. 

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21.9.20

Mangacortismo

Sí, ya sé que el país se hunde, que el virus no se va, que lo que viene es terrorífico, que lo de este gobierno no tiene nombre, que menudo el PP con la Kitchen y con Ayuso, que qué asco Otegi y qué horror Torra... pero en el último día oficial del verano tengo que abordar lo que me ha venido atormentando aún más que lo anterior: ¡el mangacortismo!

Ha sido mi obsesión de estos meses. No porque esté en contra, sino porque estoy a favor. Me obsesionan los que están en contra. 

Lo natural, lo normal para los hombres en la estación calurosa es la camiseta –incluso la de tirantes–, el torso desnudo (si estamos en la tropical Málaga), el polito o niqui (si estamos en una novela de Javier Marías) y –aquí venía yo– la camisa de manga corta. Pero, por alguna razón, esta está proscrita. Alguien dijo que no y muchos se lo creen. 

Es un fascinante espectáculo de servidumbre voluntaria. Yo puedo contemplarlo con una cierta ingenuidad, porque no me enteré hasta hace pocos veranos de la proscripción. Siempre he llevado mis camisas de manga corta, no necesariamente hawaianas, con la conciencia de ser lo que soy: alguien pintón, un artista. Y resulta que no, que voy vestido de abuelete. 

Se lo pillé a un Maldonado –uno de los muchos que pululan por la Costa– en una conversación. Dijo algo despectivo contra las camisas de manga corta (no contra mí, que ese día llevaba camiseta) y entonces vi de golpe a todos los esforzados mangalarguistas que han poblado los veranos de mi vida, incluido ese Maldonado (he de aclarar que no se trata de Arias Maldonado, que comparte mangacortismo conmigo). 

El espectáculo, como digo, es fascinante. Cuarenta grados a la sombra y el mangalarguista no se pone una camisa de manga corta ni a tiros. Se mantiene empapado de sudor en la de manga larga, que además no se puede remangar más allá del codo (es otro de los palos de esa cruz). Lo que me fascina es eso: cómo ha interiorizado una norma que nadie sabe de dónde ha surgido y hace de ella religión (rama ascética). 

Mientras yo me miraba y remiraba para comprobar si mi camisa de manga corta me hacía parecer un abuelete (¡y concluyendo rabiosamente que no, que mi aspecto era el de un artista y además fresquito!), no dejaba de observar los sufrimientos de los portadores de camisa de manga larga, empapados en sudor y con aparatosos arremangamientos nunca más allá del codo, en torno al cual se formaban unas peloteras de tela espantosas... 

Lo divertido es que empieza a imponerse otra moda que entra un poco en colisión: la del pantalancortismo. Este verano he visto a un centauro que llevaba pantalón corto y camisa de manga larga. En todos los ámbitos se cabalgan contradicciones.

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16.9.20

Con su espectacular monotonía

Ante la noticia de que han hallado “posibles indicios de vida en Venus”, John Müller tuiteó algo sensacional: “Acabamos con ese planeta hace trillones de años y tuvimos que venir a este”. Le respondí: “Pensar que ya no estamos en Venus es demasiado optimista, amigo Müller”. Sí, es muy optimista pensar que ya no estamos en el descuartizamiento y la calcinación. 

Luego me acordé de “El embarco para Citerea” de Guillermo Carnero. Citerea es la isla de Venus y el poema adquiere ahora un aire futurista: “Hoy que la triste nave estar al partir, / con su espectacular monotonía...”. (Este segundo verso me parece el mejor adjetivado de la poesía universal.) 

El poeta explica que ha tomado el título del cuadro de Watteau en que personajes frívolos suben al barco que va al amor, ignorantes de lo que les espera. Pero el pintor los mira desde una cierta distancia: él no está entre ellos, se le pasó la ilusión. Carnero lo expresa así: “quiero quedarme en la ribera, [...] / oír lejanos en la oscuridad / los remos, los fanales, y estar solo”.

El indicio de la vida en Venus lo da un gas fétido, la fosfina, que existe también en la Tierra. “Se asocia –según los investigadores– a microbios que viven en entornos donde no hay oxígeno, incluido el fondo de algunos lagos, las aguas fecales y el intestino de animales, incluidos los humanos”. 

No está mal. Me recuerda a lo de Yeats: “el amor ha erigido su mansión / en el lugar del excremento”. Y al poema terrible que Baudelaire también le dedicó a Citerea. El navegante avista esa “triste y negra isla” y, ya de cerca, distingue en su costa a un ahorcado picoteado por pajarracos: “Fosas eran los ojos y del saqueado vientre / los gruesos intestinos colgaban por los muslos...” (tr. Sarrión). 

Al final de “Un viaje a Citerea”, el navegante (¡Baudelaire!) se descubre a sí mismo: “–¡Oh Venus!, en tu isla no encontré frente a mí / sino una horca simbólica donde pendía mi imagen... / –¡Ah, Señor! ¡Otorgadme el coraje y la fuerza / de aceptar sin disgusto mi corazón, mi cuerpo!”. 

Jaime Gil de Biedma, que también escribió su “Desembarco en Citerea”, cita ese penúltimo verso en otro, “De senectute”: “Amanece otro día en que no estaré invitado / ni a un momento feliz. Ni a un arrepentimiento / que, por no ser antiguo, / –ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage!– / invite de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”. 

Concluye con un verso memorable, en el que me permito insertar un corchete para la ocasión: “De la vida [en Venus] me acuerdo, pero dónde está”. Algunos seguimos allí, descuartizados y calcinados: su espectacular monotonía.

14.9.20

Dos viejos debates

Qué experiencia para los de mi generación volver a ver antiguos programas de la tele. Aquellos que vimos sin ninguna duda, puesto que los vimos todos. Nuestra vida iba por dos cauces, el de la vida y el de la tele: que no se mermaban entre sí, puesto que los dos iban a tope y en los dos estábamos. Teníamos todo el tiempo para los dos. 

Entonces había que verlos cuando los emitían, y por lo general solo los emitían una vez. Por eso los volvemos a ver ahora con la certeza de que la experiencia anterior estuvo en un momento concreto de nuestra vida. Es como meterse en nuestros ojos de tal día concreto. Y, por extensión, del momento histórico, el que corría alrededor de la pantalla. 

En YouTube se pueden ver muchas cosas (¡a veces me pongo Colombo!), pero no hay nada como el formidable almacén de RTVE A la Carta. Los más ilustrativos son los programas de conversación. Por ejemplo, el de la tertulia que tuvo en 1981 Fernando Fernán-Gómez: está entera la época en aquellas charlas. Si los jóvenes se asoman, se harán una idea. 

Este verano me he puesto dos debates que recordaba bien, aunque con las filtraciones de la memoria. Revivirlos ha sido bastante espectacular. 

El primero es el dedicado a El compromiso de los intelectuales en 1987, moderado por Victoria Prego y con la participación de (¡agárrense!) Octavio Paz, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo y Fernando Savater. Todos hombres, sí, pero los tiempos eran falócratas. Lo cual tenía también sus cosas buenas. Los falos se conjugaban con los cerebros, que estaban engrasados. Hoy, sencillamente, no podríamos ver un programa así: no por los falos, sino por los cerebros. (Hasta Vázquez Montalbán está aceptable.) 

El segundo es la discusión que tuvieron en el Querido Pirulí de Fernando García Tola, en 1988, Savater y Javier Sádaba (a partir del 22:42). La revisitación aquí me produjo un sobresalto: ¡Sádaba es un proto-Zapatero! La misma carita edulcorada, la misma retórica curil, la misma estrategia pasivo-agresiva, estrictamente inquisitorial. El burreo al que lo somete Savater es épico: la inteligencia afilada y sin grasa (¡rápida, chispeante!) de Savater frente a la paquidérmica maquinaria neuronal de Sádaba, que echa la caña a su cerebro a ver si se le engancha alguna ideílla, siempre mala... 

Sádaba no era proetarra, pero era de los que alimentaban la sopa boba del etarrismo. Habla de “la paz” de manera untuosa. Mientras que ETA había asesinado diez días antes y volvería a asesinar nueve días después. Y aún es lo suficientemente miserable como para soltarle a Savater (además de que se le entiende “como se entiende a la policía”, 44:45) que si tiene problemas en Zorroaga “tú sabrás por qué” (49:25). 

De modo que a mi edad he vuelto a exaltarme ante la pantalla como a mis veintiún años, con la irritación añadida de que el sabadismo es lo que impera hoy. Por lo demás, los viejos dinosaurios falócratas fueron abatidos, junto con sus cerebros. Quedan Vargas Llosa y Savater, a los que llaman “fachas”. 

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12.9.20

Jot Down 32

Ha salido el nuevo Jot Down en papel, núm. 32, especial Decadencia. Incluye una (¡preciada!) entrevista a Iñaki Uriarte. En cuanto a mi colaboración, se titula "El pecador nietzscheano" y empieza así:
Todo iba demasiado rápido. Me aficioné a la revista Estetas y decadentes. Poco después me soltó un amigo al que me acababan de presentar –era nuestra primera conversación–: “Estoy hasta los huevos de estetas y decadentes”. Eran los ochenta. Él tenía dieciocho años y yo diecinueve. Yo había escrito un poemita que terminaba con estos dos versos: “Soy un anciano / de diecinueve años invividos”. Pero la frase de mi nuevo amigo me hizo estar también hasta los huevos de estetas y decadentes.