Llegué a Río un 21 de marzo, el día en que empezaba el otoño tropical. En el taxi del aeropuerto de Galeão al hotel de Copacabana la radio hablaba de "la estación de los poetas", las hojas caídas, la tristeza de los cielos grises... Por la ventanilla el sol azotaba como en el mes de julio en Madrid y las playas estaban a tope. Me enternece el estado de ánimo específico que trata de imponer el almanaque sea cual sea la realidad climática, porque soy receptivo a su influjo. Además de la adoración por el almanaque está la adoración por las palabras, y la palabra "otoño" es de las más potentes. Alberga ella sola todo un programa estético.
El caso es que estoy afectado por el comienzo del otoño oficial, a pesar de que en este instante escribo ligero de ropa (lo más ligero de ropa que puedan imaginarse) y con el ventilador encendido. Tiendo a pensar que el error no está en quienes somos sensibles al almanaque y a las palabras, sino en el verano que insiste en extenderse. Llevamos años así.
El frente de batalla está en los puestos de castañas asadas, que pronto intentarán imponer el ambiente otoñal entre un gentío que atraviesa su humareda en chanclas y pantalón corto. Las castañas asadas son las grandes damnificadas climáticas. Se han convertido en un absurdo entre los helados y los polvorones, que empalman directamente entre sí, puenteándolas. Son quizá el símbolo de los que cantan a las hojas caídas (o "muertas", en francés), innecesarios ya como castañas.
También tiene potencia, por cierto, la palabra "marzo", y por eso las canciones brasileñas en que aparece (por ejemplo, la célebre Águas de março, que en Brasil están "cerrando el verano") las sentimos en España primaverales. Otras, como Outono, que no menciona el mes, sí nos infunden melancolía.
El cambio de las estaciones, que era uno de los estímulos de la vida europea, también se está perdiendo. En Vamos a tocar el agua, del costarricense Luis Chaves, en que cuenta su estancia durante un año en Berlín junto a su familia, lo que más le fascina al narrador es haber salido del verano perpetuo de su país para encontrarse con las cuatro estaciones; hasta el punto de que estructura el libro con el nombre de ellas. (Aprovecho para recordar aquí a Vivaldi y a Rohmer, que también hicieron cosas bonitas con las cuatro.)
Pese a lo que escribí hace unos pocos artículos, creo que aún voy a darme un baño otoñal. En Málaga, donde vivo, casi es un delito regirse por el almanaque y no por los placeres que la realidad nos brinda. Que sea el mar el que nos expulse, con su frío, y no los números del calendario.
Les aseguro que había pensado escribir de política, ligándola si acaso a la estación: ¡"El otoño del patriarca"! El título de García Márquez en el que involuntariamente retrataba al dictador Castro... Pero vi que ya lo usó Feijóo contra Sánchez. Pensé entonces en "El patriarca del otoño", es decir, Sánchez como Abraham de la decadencia española. ¡Pero me dio un perezón! Habrá tiempo de volver a la política, qué remedio. Hoy me he permitido un descansito (otro descansito) a cuenta del otoño tropical.
Mi ventilador, por el momento, lo que remueve son las hojas (vivas) de mis libros. Ahora el de poesía Rama desnuda, que releo veinticinco años después en el ejemplar que su autor, Andrés Trapiello, me firmó el sábado después de una comida memorable con más amigos en Los Delfines. La última comida del verano oficial (no menos tropical).
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En The Objective.

