30.3.20

El crepúsculo de los ideólogos

Un tic odioso del presidente Sánchez en sus comparecencias durante el estado de alarma es ese de que “el virus no entiende de ideologías”. Odioso y sintomático: porque revela que Sánchez cree que repitiéndolo gana credibilidad; es decir, revela que Sánchez sabe que carece de credibilidad por su insistente utilización de la ideología para dividir a los españoles.

No en vano, ha llegado a esta crisis terrible con la mitad de los ciudadanos a los que gobierna empaquetados como “fachas”. La oposición nunca fue para él una oposición razonable: siempre fue “la derecha”, “la ultraderecha”, “el trifachito”. Hasta el mismísimo 8 de marzo, de consecuencias tétricas, utilizó la ideología para excluir a los críticos.

Ahora intenta adoptar el papel de estadista que llama a la unidad, que es lo que tiene que hacer. Pero, aun así, en su partido se le desflecan con gruesas críticas a las comunidades gobernadas por el PP: en una representación de lo que sería el PSOE en la oposición en la presente crisis. Exactamente lo que fue Sánchez en la del ébola, que resultó insignificante comparada con la actual.

Y si Sánchez y el PSOE viven en esta contradicción, que al fin y al cabo los refrena un poco, qué decir de sus socios de Podemos. Estos están desatados de un modo imposible: por un lado, mantienen un discurso gubernamental casi de palafreneros; por el otro, desean incendiar las calles desde lo más cerca que la gente está de ella, que es desde sus balcones.

La cacerolada contra el Rey, con su lema de “CoronaCiao”, cuando ya iban dos mil muertos por el coronavirus, indica que siguen a lo suyo. Están comidos por la ideología y no queda nada en ellos que no sea ideología.

Un ejemplo deprimente es el de Irene Montero, que nunca aprende nada. En la reaparición tras su contagio (y antes de recaer) seguía con su bla bla bla: que si “la derecha” o “la derecha ultra”, que si el machismo, que si el feminismo... Y peor fue antes: cuando de la desgracia de sus mellizos prematuros salió hablando –contra el PP, Ciudadanos y Vox– de “los trillizos reaccionarios”. La vida la somete a una prueba durísima y lo único que saca es munición barata.

Esta gente no vale un duro y va a ser barrida de nuestra vida política. Asistimos al crepúsculo de los ideólogos, aunque ellos no lo sepan aún. Llevamos miles de muertos en España (6.528 cuando escribo estas líneas): la realidad ha desarmado la farfolla retórica con la que siguen. No es que el virus no entienda de ideologías, es que los de la ideología no han entendido el virus: la nueva situación que los expulsa.

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En El Español.

23.3.20

Exilio interior

Me sorprendió la extrañeza de que en las calles y terrazas de los libros hubiese todavía gente. Como si la vida cotidiana permaneciese en ellos, mientras nosotros somos personajes raros de los que buscábamos en la literatura. La sensación de que la irrealidad está en nosotros.

Muchas veces he pensado en la nostalgia de los exiliados de la República, sobre todo mi querido Luis Cernuda: aquella imposibilidad de volver a su tierra (“la patria se siente como un dolor”, decía Arturo Barea desde Londres); la sensación irreparable de frustración, de amputación, de mundo perdido.

Cernuda escribió (en un poema que, en realidad, es casi más sobre el tiempo que sobre el exilio): “Tierra nativa, más mía cuanto más lejana”. Ahora tenemos durante todo el día la experiencia que Goethe atribuía al anochecer: “Lo cercano se aleja”. Estamos en nuestras casas cerca geográficamente de una vida que, sin embargo, nos resulta inalcanzable.

Volveremos pronto a ella, por eso no podemos compararnos a los exiliados de verdad, muchos de los cuales (como el propio Cernuda) no regresaron. Pero algo de exilio interior hay.

Aunque el paseo marítimo sigue a un rato de mi casa, no puedo asomarme a él, como hacía con frecuencia. Ni puedo cenar con amigos. Ni puedo ir a Madrid, como tenía pensado esta semana (no veré ya nunca el concierto que iba a dar Gal Costa el martes). Las ciudades son escenarios vacíos de la vida que no está.

Y aun así, los del confinamiento somos los privilegiados. Fuera están los que tienen que trabajar arriesgándose, por todos; en especial los trabajadores de los hospitales. Y los que sufren la enfermedad, y los que han muerto, y sus familiares y amigos. Esta situación paradójica de que solo podemos ayudar quitándonos de en medio. Y tratando de llevarlo lo mejor posible.

Fuera está también la pelea política, el obsceno contraste entre la entrega de los que están a pie de obra y los que luchan por el poder, tratando de aprovechar las circunstancias. Esas mezquindades que también empujan al exilio interior, incluso cuando no hay epidemias.

Los populistas y los nacionalistas tan zafios como siempre, aplicando en todo momento su causa abstracta a la realidad, aunque esta esté en carne viva. Bochornosamente ven una “ventana de oportunidad” en el desastre.

Y el presidente Sánchez intentando recuperar a la desesperada su pose de estadista. No sé si sabiendo lo que sabemos todos (me atrevería a decir que los suyos inclusive): que tendría que haber llegado a esta crisis con el respeto ya ganado y no echado a perder.

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En El Español.

18.3.20

Un diario logrado

Cuando leo un diario logrado me doy cuenta de que con nada disfruto más como lector. A veces me olvido, porque no todos los diarios están logrados. Pero cuando lo están, ¡qué maravilla! Eso me pasa, por ejemplo, con los de Ernst Jünger, Josep Pla, Andrés Trapiello, Iñaki Uriarte, José Luis García Martín, José Carlos Llop, Julio Ramón Ribeyro, Ignacio Peyró, Enrique García-Máiquez o Miguel Sánchez-Ostiz. Este último ha prologado el que acabo de leer: el Diario de cabotaje de Rafael García Maldonado (ed. Anantes), cuya primera entrega, Una inmensa soledad, comprende los años 2014 y 2015.

El diario es para mí el género supremo, el que lo tiene todo: ensayo, narración, lirismo. Quizá no el más poderoso, que sería la novela, porque le falta la fuerza de la ficción. Pero cualquier diario tiene algo de novela, de novela sin ficción o con una ficción atenuada; la ficción, al menos, del relato que se fabrica con elementos seleccionados de la realidad. Uno de los hilos de Diario de cabotaje es la ambición de García Maldonado de ser novelista (ha publicado ya varias novelas), ambición que se cumple también en el diario. Su decisión estilística de que esté escrito en tercera persona le da un aire de novela, sin que ello le reste intimidad. Es, en efecto, un diario íntimo escrito en tercera persona. Algo notable.

Como en todo diario logrado, en este nos metemos en un mundo que se nos hace familiar en seguida y que nos interesa, en el que queremos seguir: la vida entre Fuengirola (donde vive el autor), Coín (donde trabaja de farmacéutico) y Málaga (que visita con frecuencia), aparte de esporádicos viajes (como a Menorca o a Toledo) o la evocación de una estancia en Senegal; la relación con su mujer y la llegada del primer hijo, con sus reflexiones sobre el amor, el sexo, el matrimonio y la paternidad; la relación también con sus padres, sus hermanos, sus demás familiares (con el recuerdo de los antepasados) y sus amigos; su vida profesional en la farmacia, con los esfuerzos del trabajo, las preocupaciones empresariales y el contacto cotidiano con la enfermedad y el dolor, con las personas a las que atiende; su vocación literaria, como lector y escritor, lo que lee y lo que escribe y lo que reflexiona al respecto, sus ilusiones, sus dudas, sus críticas al mundillo literario; sus observaciones sobre el ser humano y sobre un mundo –el nuestro presente– que cada vez le gusta menos; sus angustias y obsesiones, su ansiedad, sus momentos de calma y alegría, su empeño en aprovechar el tiempo.

Una escritura de gran calidad erige esa vida en las páginas, y el efecto es justo el de una novela de la vida cotidiana, con sus escenarios, sus personajes, sus tramas impresionistas, sus emociones, sus pensamientos. Copio unas palabras del comienzo: “Por mucho que nos inventemos historias, añade, la gran literatura sólo tiene un argumento: la angustia del hombre en el tiempo. Por eso él mismo se ha transformado en literatura. Está solo, completamente solo. Quiere a mucha gente y lo quieren a él algunos más, tiene amigos y tiene amor, pero no puede quitarse de encima la sensación de orfandad y desamparo. Una soledad cósmica y metafísica, sí, pero soledad al cabo. Una inmensa soledad”. Y otras del final: “Ciertamente, si escribimos los que lo hacemos, dice, es porque nos horroriza el no ser, la posibilidad de no estar, y como eso es a partir de una edad (la línea de sombra de Conrad) el pensamiento invasivo y desagradable más recurrente, el hombre lúcido (¿el hombre desgraciado?) inventa todo tipo de tretas para huir de tan insoportable idea. Una de las estratagemas que el artero humano pensante ideó es la de la posibilidad metafísicamente compleja de sobrevivir a la biología en forma de palabras y hojas. Dejar, por decirlo de algún modo, la vida encuadernada, y pensar que de esa forma, remota e inexplicablemente, se pueda alcanzar una eternidad que, paradójicamente, también nos desasosiega”.

Diario de cabotaje es una lectura perfecta para estos días de cuarentena, y lo será para siempre. Sale a la venta este viernes 20 de marzo, con todas las librerías cerradas. Pero lo pueden pedir por la web de la editorial. Lo celebrarán.

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En The Objective.

16.3.20

Pobre Proust

Le temo a la España de los balcones como a un nublao. En mi barrio ya han empezado a establecerse comunicaciones a gritos entre los vecinos por las ventanas. Y me pasan vídeos escalofriantes de zapateados flamencos y de instructores de actividades varias, en plan animadores de hotel (esos que convierten muchos hoteles en un infierno). No hemos llegado aún a lo de Italia, en que todas las fachadas son un show, pero le temo. Yo aspiraba a un confinamiento tranquilo, pero voy a tener que ponerme los auriculares con las suites para clavecín de Bach como escudo sonoro, como cuando voy a los chiringuitos.

No hice lo de Proust, que es insonorizar la casa con planchas de corcho, y ahora ya no me da tiempo. En realidad, no lo quiero. Aunque el ruido es irritante con frecuencia, viene bien: es el aviso de la vida. La vida que intenta sacarte de la página. Por experiencia sé que cuando la página es de verdad buena te absorbe y no oyes nada. El ruido tal vez te está diciendo que no deberías seguir. Otras veces lo oyes pero es un acompañamiento más que una agresión: pájaros, niños, algún motor, algún perro, televisores lejanos, gente que cruza. Entonces se escribe con una sensación gustosa de no estar solo en el mundo (aunque el mundo no te lea).

Proust puede valer para la idea de que todo el tiempo lo llevamos dentro y que podemos meternos ahí a investigar. La cuarentena nos sabría a poco. El Proust del que me acuerdo, sin embargo, en estos días del coronavirus no es Marcel sino su padre Adrien, experto epidemiólogo. Benefactores los Prousts, cada uno a su manera.

En el frente de la epidemia están y estarán los enfermos, el personal sanitario, las autoridades, los abastecedores de alimentos y de medicinas: para ellos es el esfuerzo, el agotamiento, el dolor. El resto únicamente debemos cuidar de nosotros mismos y, si los tenemos, de algunos seres cercanos; nuestra mayor ayuda es no contagiarnos ni contagiar, no estorbar. Ser cortafuegos. Una solidaridad que se ejerce mediante la soledad. Aquí la práctica de la virtud nos abre un espacio para nuestras cosas. Estamos confinados por obligación, pero podemos transformar nuestra obligación en un gusto.

El problema es que muchos solo sabrán hacerlo de un modo expansivo, armando jaleo en sus encierros. Torturando a los Prousts que tengan de vecinos sin sus planchas de corcho. (Tampoco habrá tantos, para qué nos vamos a engañar.)

Va a ser un experimento ver cómo los mediterráneos aguantan una vida noruega. Ahora distrae un poco la simple novedad, pero pronto harán mella la acumulación de los días. Y probablemente las terribles noticias del exterior. Y el abyecto y repulsivo espectáculo al que venimos asistiendo: el de la peste ideológica (incluida la nacionalista), que durará más que el coronavirus.

En cuanto a mí, solo lamento no estar en el ventanal soleado con vistas al mar que me prestan a veces. En mi ventana cotidiana da el sol apenas un rato, hacia la una de la tarde, y el mar no se ve. Pero ya me ha dado mucho el sol y he visto mucho el mar. Y será glorioso reencontrarme con ellos después, cuando todo esto se acabe y llegue el efecto rebote que dicen, como en el fin de las guerras.

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En El Español.

9.3.20

Fabricando a la mala

Me quedé fascinado con el personaje. Daba saltitos en el vídeo como esos ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas que quieren acoplarle a su producto una imagen moderna, desenfadada, encarnada en ellos. El producto de este hombre era cómo no había que ser hombre, eso que ahora llaman "nuevas masculinidades". Ese era, es, su modelo de negocio, y lo vendía bien, con una escenificación dinámica a bordo de unos zapatitos rojos que no tenían nada que envidiar a los del expapa Benedicto XVI.

Entré en su Twitter a ver si había lo que sospechaba. Lo había: ataques destemplados a mujeres. A mujeres de derechas, claro: las "malas" para él. Su esforzado feminismo programático le eximía de la autoviligancia, y el feroz machismo alojado en el petimetre salía a chorro contra las mujeres propicias (propiciatorias).

Ocurre en muchos autoproclamados feministas: en cuanto aparece la mujer adecuada van a por ella con un encarnizamiento despiadado. Se arrogan la posición del bien y desde ella determinan dónde está el mal. Como lo hacen convencidos, desde la superioridad moral, ni se dan cuenta del espectáculo que ofrecen: el de un machismo escalofriante.

Ocurre también con muchas mujeres feministas: las que anteponen el contenido ideológico al marco formal de los derechos. El formalismo es universal y acoge a todas las mujeres (y a todos los hombres). El contenidismo es parcial y excluye a las mujeres (y a los hombres) que no comulgan con el contenido en cuestión. Toda ideología es parcial por naturaleza; absolutizarla es absolutizar la parcialidad. Ningún sectarismo es universal, porque solo se es sectario frente a otros.

Naturalmente, hay una tarea intelectual y política imprescindible: la de vigilar las inercias del formalismo, para que no se cuelen aspectos de contenido que pasen por formales, tergiversándolo. Como es imprescindible el señalamiento o la denuncia de los machismos camuflados, y también de las desigualdades no percibidas, o que se perciben falsamente como igualdades. Es necesario afinar cada vez más la percepción, el reconocimiento, la corrección: porque, aunque hay mucho hecho, queda mucho por hacer.

El problema es cuando la abstracción ideológica se impone a todo lo demás, como una maquinaria apisonadora. Ahí ya no cabe reflexión, ni debate, ni posibilidad de mejora fáctica. Lo que impera es una fe que dictamina desde el bien, confinando en el mal a quienes no lo aceptan. De nuevo una línea religiosa que separa a los buenos de los malos; es decir, una línea que fabrica a los malos. En este caso a las malas.

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En El Español.

7.3.20

Cada loco con su tema

1. El malecón

Este verano contemplaba un malecón y los solitarios que paseaban por él. En realidad, yo era uno de esos solitarios: me fijaba en los que iban como yo, en su burbuja, con el mar a los lados, con el mar en la punta, sin hablar con nadie. Pensé en cómo íbamos aislados en nuestros pensamientos, y en que en ese momento éramos estrictamente unos locos. Pensé también en los que viven solos, sin nadie que los limite. Y pensé en la importancia de esos límites, que son los límites de nuestro delirio. “Acote el goce”, me decía hace años un amigo lacaniano. Al final, de la locura nos salva la conciencia de los otros. Que los otros nos consten, al menos. En el malecón nos veíamos los unos a los otros. Cada uno aislado, pero sabiendo que había otras islas.

En las discusiones, en las emisiones verbales políticas o filosóficas, el pluralismo es fuente de salud mental. Todos tendemos a enroscarnos en nuestras ideas, en nuestras retóricas; casi toda mente es un círculo vicioso. Prácticamente nadie le da la razón al otro. Pero si el otro está, es posible que vaya calando su semilla, quizá ya sin él, mientras nos alejamos, o al cabo de un tiempo. Y en cualquier caso su mera presencia es salutífera. En las sociedades plurales, variadas, las locuras particulares se contienen entre sí. Aunque me cierre a los otros, los otros están. Aunque me niegue a salir de mi obcecación, al menos compruebo que ella no gobierna el mundo, que hay resistencias. Hay otros casos además del mío.


2. Efecto enloquecedor de la mentira

La locura –hablo del uso cotidiano del término, sin precisión psiquiátrica– tiene que ver con el desajuste entre la percepción (o la conciencia de lo que se percibe) y la realidad (o al menos lo que considera “realidad” la percepción mayoritaria de las personas). El caso prototípico de loco es, en este sentido, don Quijote, que ve gigantes donde hay molinos. Es muy interesante, a propósito, esta reflexión de Harry G. Frankfurt en su libro Sobre la verdad, sobre el efecto enloquecedor de la mentira:
Las mentiras no tienen otro objetivo que perjudicar nuestra concepción de la realidad. Por ello, su objetivo es, de manera muy real, enloquecernos. Si nos las creemos, nuestro intelecto está ocupado y gobernado por las ficciones, fantasías e ilusiones que el mentiroso ha urdido para nosotros. Lo que aceptamos como real es un mundo que otros no pueden ver, tocar o experimentar de manera directa. En consecuencia, una persona que cree una mentira está obligada por ella a vivir ‘en su propio mundo’, un mundo en el que los demás no pueden entrar y en el que ni siquiera el mentiroso reside de verdad. Así, la víctima de la mentira se encuentra, en función del grado de privación de verdad, expulsada del mundo de la experiencia común y aislada en un reino ilusorio en el que no hay ningún camino que los otros puedan encontrar o seguir.
El asunto, naturalmente, está en el atractivo de la “locura” en tanto huida de esa “experiencia común”. Cuando esta se considera sosa, aburrida, limitadora, la locura puede suponer una liberación. No en vano, de una vida común, aprisionada, obligatoria, sin estímulos, se dice que es “alienante”: enajenada, precisamente.


3. Partidarios de vivir

Se suele recurrir a una inversión de los términos para expresar esta paradoja: frente a una falsa vida cuerda, la verdadera vida sería la vida loca. Hay muchas canciones que lo expresan. En la de Joan Manuel Serrat Cada loco con su tema la conclusión de sus preferencias “locas” es: “Antes que nada soy / partidario de vivir”. En otro de sus clásicos, los niños instalados en la vida con su afán de juego y libertad son Esos locos bajitos. En la música brasileña, que es la que me gusta, abundan los ejemplos: el brasileño, pueblo vitalista, es muy sensible a las propuestas de felicidad desafiante. Así Caetano Veloso en O último romântico: “Tolice é vivir a vida assim sem aventura / Deixa ser pelo coração / Se é loucura, então melhor não ter razão”. O la Balada do louco de Os Mutantes: “Dizem que sou louco por pensar assim / Se eu sou muito louco por eu ser feliz / Mas louco é quem me diz / E não é feliz / [...] Eu juro que é melhor / Não ser o normal”. No ser "el normal", o no ser normal: he ahí la clave. Ese era el imperativo de André Breton: "Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos".


4. El amor loco

Íntimamente relacionado con lo anterior está la locura amorosa. Un “dulce tormento” para los trovadores y toda la tradición deudora del amor cortés. Un bien absoluto para Breton, hasta el punto de que termina El amor loco con estas palabras para su hija pequeña: “Te deseo que seas locamente amada”. En nuestra lengua, ningún poema es más explícito que el fabuloso soneto de Antonio Machado cuyo primer cuarteto dice: “Huye del triste amor, amor pacato, / sin peligro, sin venda ni aventura, / que espera del amor prenda segura, / porque en amor locura es lo sensato”. Relacionado con la alucinación amorosa está también este verso de agradecimiento de Borges: “Por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad”. Que a su vez podría asociarse a la “locura divina” de los rapsodas: percepciones de un vida más amplia, menos chata.


5. Cuestión de medida

Al final, todo es cuestión de medida. Del mismo modo que el veneno en manos del sabio es medicina y la medicina en manos del necio es veneno, podría decirse que la locura en manos del sabio es cordura y la cordura en manos el necio es locura. Antonio Escohotado, al que le leí la primera idea, suele citar a Paracelso: “solo la dosis hace de algo un veneno”. Incluso en el vitalismo moderado, la locura suele figurar como ingrediente. El epicúreo Horacio recomendaba: “Mezcla a tu prudencia un grano de locura”. Y el más arrojado Ernst Jünger: “Para que los dioses nos sean propicios, para tener a la suerte de nuestro lado, se requieren dos cosas: no exhibirse demasiado como buena persona y tener un cierto grado de locura”.

Friedrich Nietzsche, investigador del fondo oscuro, irracional, de la cultura griega, y de la cultura en general, relacionó genialmente dos grandes máximas griegas de sabiduría: “Conócete a ti mismo” y “De nada demasiado”. O sea: conócete a ti mismo, pero no demasiado.


6. Salud mental

Nietzsche decía de las Conversaciones con Goethe de J. P. Eckermann que era “el mejor libro alemán que existe”. Yo que lo he leído recientemente creo saber por qué: el Goethe de esas páginas encarna el ideal de la salud mental absoluta. El propio Nietzsche se aproximaba a ese ideal, solo que de un modo menos sereno, más pugnaz y compulsivo, más entrecortado, y sin estar completada por el placer (o al menos el bienestar) físico, el amor y la felicidad (aunque a cambio de esta Nietzsche tuvo mucha alegría). Sin embargo, su filosofía es una explosión de cordura, una dinamitación de los resortes que la impiden, y conduce definitivamente a la sabiduría: a la real, la que aprecia (y se instala en) “el sentido de la tierra”. Los enemigos de ella –los religiosos de todo tipo, los teológicos e ideológicos, o los resentidos sin más– han pretendido utilizar la locura de los últimos años de Nietzsche como una consecuencia de su filosofía sana: como si esta estuviera enferma desde el principio y la locura fuese su verdadera cara, la confirmación; o como si, pensando así, se acababa inevitablemente loco. Podríamos responderles nietzscheanamente que se acogen a ese razonamiento mezquino solo porque les excede la salud mental.


7. Nuestro loco

Los locos están en el misterio de un modo aún más abrumador que los cuerdos; o quizá lo estén para los cuerdos, cuando los miran o piensan en ellos. Yo pienso a veces en el Nietzsche loco, o en el Nietzsche ido. Y en el Hölderlin loco también: en otra orilla ya.

Nuestro loco (literario) ha sido Leopoldo María Panero. Era risible y era verborreico (Jaime Gil de Biedma le llamaba Blablapoldo Panero). Pero estaba en contacto con “lo otro” y ha sido nuestro último maldito. Cuentan que Octavio Paz, precisamente por su interés por la otredad, quiso conocerlo en un viaje a España en los años 70 del pasado siglo. Mientras Paz intentaba entablar conversación, Panero no paraba de decir: “¡Octavio Paz es más tonto que de aquí a Tijuana!”. La única vez que lo encontré en persona tuvo su gracia. Yo trabajaba de guionista en Antena 3 TV y una mañana lo vi en el bar tomando cocacolas: pedía una, se la bebía y pedía otra. Me dijeron que iba como invitado a un programa de entrevistas que tenían Lola Flores y su hija Lolita, Sabor a Lolas.

Pero mi amigo Curro, el mejor lector de poesía (y filosofía) que conozco, es devoto de la de Panero. Y mis amigas con mayor sensibilidad poética, Cristina y Araceli, estuvieron en conexión con él. Cristina lo encontró enjaulado, literalmente, en una caseta de la Feria del Libro. Se miraron, pero sus guardianes no la dejaban acceder. Al final logró acercarse, en un descuido de estos. Panero le escribió como dedicatoria: “Cuando rrrruge la marabunta”. Y Araceli se lo encontró en un bar de Las Palmas. Pasaron toda la tarde charlando y Panero la bautizó como “Andros”. No volvieron a verse ni a escribirse. Años después se cruzaron en Córdoba. Tras un recital en que armó uno de sus líos, se lo estaban llevando entre unos cuantos. Entonces la vio y le dijo: “¡Andros!”.


8. Al borde siempre

Lo cierto es que siempre estamos al borde de la locura. Hay veces en que nuestro teatro mental, que es el teatro del mundo, parece desmoronarse. No solemos caernos, pero sí constatar qué frágil es el límite. Estas cosas pensaba por el malecón.

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Publicado en Jot Down en papel núm. 29, especial Locura.

6.3.20

Jot Down 30

Ha salido el nuevo Jot Down en papel, el núm. 30, especial Sine qua non. Yo colaboro con el artículo "El último regalo de papá Noel", dedicado a Agatha Christie: ¡mi sine qua non como lector!

El título lo he tomado de la canción de Georges Brassens "La première fille", aquí subtitulada".

4.3.20

Posibilidades de un anillo

He visto un anillo que encontraron en la acera de una zona poco transitada, al borde del extrarradio, frente a un edificio de oficinas. Alguien lo perdió o alguien lo tiró. La posibilidad de esto último se debe a la inscripción que el anillo, de plata, lleva en el lado de dentro. En claras letras mayúsculas dice: PUTA SELECTIVA.

Sentí un azote eléctrico cuando lo leí. ¡Qué maravilla! La escena que me figuré automáticamente es la de un amante que le regala ese anillo a su amada, a modo de piropo por su parte, como aspirando a una complicidad erótica superior, algo sórdida; él querría verse como el 'seleccionado' por ella, sería su regocijo. Pero a ella no le hace gracia y lo tira.

Lo podría haber tirado también si el regalo fue por despecho. Él la está acusando de puta, con disgusto. Lo de selectiva sería por aquilatar, por refinar su infamia y hacerla más dolorosa. Su dolor es mórbido, naturalmente. Mandar hacer esa inscripción para acusarla revelaría una manera torturada de ser, el hombre está pringado sin remisión. La mujer lo desprecia cuando recibe el anillo y lo tira.

Otro desenlace para la primera posibilidad es que ella hubiera recibido el anillo con la complicidad que su amante demandaba, y que si estaba en la acera es porque lo hubiese perdido. El anillo, de hecho, no parece nuevo. Tal vez la mujer llevara usándolo mucho tiempo. Eran una feliz pareja erótica; a lo mejor ella se acostaba también con otros hombres y él lo aceptaba, o lo celebraba incluso. O quizá no lo perdió, sino que lo tiró –efectivamente– después de un tiempo. El anillo era el monumento de una relación terminada.

Les he hablado de la inscripción a mis amigos y hemos buscado más posibilidades. Hay una historia encerrada ahí, muchas historias posibles. No las hemos agotado. Uno me dio una apasionante: ella misma es la que se hace inscribir el anillo, 'su' anillo. Es una loba y ese anillo es su emblema. Va con hombres que desconocen la inscripción y a ella –que los ha 'seleccionado'– le gusta tener su verdad al alcance pero velada, solo para ella.

O puede que ella se lo haya mandado inscribir, sí, pero para ofrecerse a un único hombre. En este sentido, sería como la Eloísa de Abelardo, cuyas palabras recreó José María Álvarez en este poema: "De todas las palabras / Que una mujer le ha dicho a un hombre / Las más hermosas siguen siendo / Déjame ser tu puta". Me imagino ese amor ardiente, que termina con el anillo tirado.

Estaba decantándome por esta última posibilidad, por exaltación surrealista (¡petrarquista!), cuando otro amigo consideró el diámetro del anillo: si era grande, tal vez fuese el anillo de un hombre y no el de una mujer. Y sí, el diámetro es grande. ¿Se lo hizo inscribir un hombre entonces? ¿Por qué? ¿Era un homenaje íntimo a su amada? ¿O un insulto privado? ¿O se trata de una historia homoerótica, con todas las posibilidades antedichas pero entre hombres? ¿O era, definitivamente, el anillo de una mujer, pero lo llevaba en el dedo gordo?

Me doy cuenta ahora de que he hablado del anillo con amigos, pero no con amigas. ¿Qué me habrían dicho ellas?

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En The Objective.

(5.3.29) Más posibilidades. Una amiga me asegura que ese anillo no puede ser de una mujer, aunque cree que una mujer puede habérselo regalado a un hombre con esa inscripción. Yo he pensado después que a lo mejor se trataba de un anillo... ¡de boda! Otro amigo me recuerda que también Octavio Paz cita la frase de Eloísa, en Piedra de sol: "'déjame ser tu puta', son palabras / de Eloísa, mas él cedió a las leyes, / la tomó por esposa y como premio/ lo castraron después". Y uno más me dice que así definía el Pepe Carvalho a su amante: "una puta selectiva más que selecta". ¿Serían lectores de Manuel Vázquez Montalbán?

2.3.20

La mesa polimórfica

La esencia de la llamada "mesa de diálogo" entre el Gobierno y la Generalitat quedó patente poco después de la primera reunión. Uno de los miembros de la mesa, el ministro Castells, decidió no escuchar a los estudiantes constitucionalistas de las universidades catalanas en su ronda "El ministro escucha". Un enunciado campanudo pero incompleto: el ministro solo escucha a los que quiere escuchar.

Así también la mesa de diálogo: con respecto al conjunto de la sociedad y con respecto a ella misma.

Sus componentes son mónadas incomunicadas, con un resultado no de armonía universal sino de desasosegante guirigay. No hay diálogo sino sucesión de monólogos. Algo que podría ser hasta entretenido si los actores no fueran unos plomos asintácticos. Podría decirse que son monologuistas del Club de la Tragedia, siendo la primera tragedia el desprecio que todos tienen por las palabras. Empezando (ya lo señalé) por la palabra "diálogo".

Me siento menos incómodo cuando se la llama "mesa de negociación". Aunque la comodidad sería perfecta si aquello sobre lo que negocian no fuese el poder a costa de todo lo demás, empezando por el bien común. Los que se sientan a la mesa son hombres de negocios de su empresa política particular.

El problema es que también la negociación es un lenguaje que ha de apoyarse en una sintaxis y en un léxico compartido. Lo que no es el caso tampoco en esa mesa. Se negocia a varias bandas entre timadores profesionales que saben que los otros también lo son. Sería más bien, pues, una "mesa de juego". De juego sucio, concretamente.

Por supuesto, antes que en la calle es mejor que estén sentados ("arrecogíos de la droga", como decimos en Málaga). Pero el juego pierde su carácter lúdico cuando se sabe que los jugadores se levantarán antes de alcanzar alguna conclusión de acuerdo con sus reglas.

Ferrer Molina ha hecho una notable aportación: no se trataría tanto de una mesa, fuese de lo que fuese, como de una cama, de una cama redonda. Un lugar para hacer guarrerías.

Creo que tiene razón, pero de esos pichatristes (las miembras de la mesa también lo son) no hemos de esperar guarrerías orgiásticas. Las guarrerías son –insisto– las que le hacen al "diálogo" en cuyo nombre actúan.

Por un lado está la palabra móvil, fluctuante, del sanchismo: una ruleta de significantes que cada vez caen en un significado distinto, a conveniencia del crupier. Por el otro, la palabra rígida, inamovible, del independentismo; cuyos significantes serían más fiables que los anteriores si no estuviesen acoplados (pétreamente) a significados falaces.

Junto a lo del ministro Castells, la esencia de lo que se cocía en la mesa la ofrecieron los propios independentistas. Estos filtraron momentos del "diálogo" en que quedaban como cerriles antidialogantes. Pero lo hicieron con el propósito contrario: señal de que no tienen ni idea de lo que son.

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En El Español.