30.11.20

La movida madrileña

Lo que no le perdonan a Madrid es que haya prosperado por ir (¡bernhardianamente!) en la dirección opuesta a ellos. Madrid los refuta porque ha hecho lo contrario de lo que han hecho ellos, y en consecuencia no solo es una ciudad próspera sino la única vivible de España. La única libre del atufamiento de ellos.

Si no existiera Madrid (y a ello van) no habría punto de comparación para sus desmanes. La plasta que han impuesto en sus sitios podría pasar por necesaria e inevitable. Madrid les prueba que no: que no es solo innecesaria y evitable, sino que sin su plasta se vive en la gloria. Es decir, que vivir sin su plasta es exactamente la felicidad.

Madrid es tal vez lo último que queda en España que es de todos. Ella sola encarna el ideal del entendimiento, del pluralismo, de la convivencia, de la libertad. Es decir, ella sola desmiente a los nacionalistas, a los pringosos, a los pesados, ¡a los paletos!

Dice Trapiello en su estupendo Madrid: “Alguien quería saber el nombre que les dan algunos aborígenes a los que han ido a trabajar a Cataluña o al País Vasco desde otras regiones españolas: charnegos, maquetos... ¿Y en Madrid a los que aquí nos hemos aclimatado? Madrileños, desde el primer día”.

¿Y el paleto entonces? Su uso en realidad es pedagógico. Se le dice en plan cachondeístico al que se mantiene encerrado en sus inercias locales, para que espabile. Su propósito no es intimidatorio sino liberador, ¡kantiano! El madrileño está en ti, solo tienes que rascar un poquito. (Por eso muchos, en efecto, hemos sido madrileños desde la primerísima hora.)

Tiene gracia que los que han arruinado Cataluña estén ahora que trinan con Madrid. Azúa, que hoy es madrileño, escribió su “Barcelona es el Titanic” en 1982. Ya lo vio todo entonces. Por aquellos años yo hacía el bachillerato en Málaga. Aún el profesor de Filosofía nos habló de la vida de la Barcelona en la que estudió, la de los setenta. Me pareció una ciudad apetecible. Pero cuando salí del instituto yo ya solo quería irme a Madrid.

Fue en la movida madrileña cuando se derrotó de verdad a Franco: en la movida madrileña y solo en la movida madrileña. Nunca ha pintado Franco menos en España desde 1936 que en los ochenta. Luego ha vuelto a pintar, asfixiantemente, por el auge de esa modalidad del franquismo que es el antifranquismo.

El franquismo antifranquista: así el independentismo, así el podemismo, así el sanchismo. Inflan el fantasma de Franco como escudo para tener las conductas más franquistas que ha habido en España –nacionalismo aparte– desde la muerte de Franco.

Esperando están (¡franquistamente!) la caída de Madrid. Que se pare la movida.

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28.11.20

Dietario: Postal incompleta

Marco Polo. Pido unos días libres y me voy a Torrequebrada. El atardecer lo paso en el malecón que hay junto al casino. Está lleno de pescadores y yo estoy entre ellos, aunque sin caña. Ni ellos ni yo hacemos nada, pero a ellos de vez en cuando les pican peces. Es una afición contemplativa, con tironcitos. Cuando oscurece vuelvo al apartamento. Al segundo día decretan el cepo municipal y tengo que regresar a Málaga. “El vulgo municipal y espeso”, que decía Rubén Darío. Somos ahora ese vulgo. No es que en Málaga se esté mal, pero tenía ganas de salir en el puente. El cepo, sin embargo, no se ha levantado. Mis aspiraciones son modestas: ser al menos un Marco Polo de la provincia. 

Boxeo. En Torrequebrada me da tiempo a asistir a una escena maravillosa. En un parquecito un padre está enseñando a boxear a su hija. La niña no debe de tener más de siete años; los guantes son del tamaño de su cabeza. Sigue las instrucciones con mucha gracia, pero también con aplicación: se lo toma en serio. Dice el padre: “Izquierda, derecha, guardia… Izquierda, derecha, pego, esquivo, ¡bam bam bam!”. Ella se mueve dando saltitos y pegando cuando hay que pegar. Pienso que esa niña será una gran mujer. Más adelante me cruzo con una pareja. La chica está discutiendo con el novio, que mira al suelo. Se le nota tocado por los reproches. Son un poco tramposos, pero efectivos. ¡Bam bam bam! 

El adjetivador. Termino el Borges de Bioy Casares, que empecé el 1 de enero y que he venido leyendo a sorbos. En él, Bioy transcribe cientos de conversaciones privadas que tuvo con su amigo Borges a lo largo de cuarenta años. La lectura es una gozada (un festival de inteligencia, erudición y maldades), pero se trata de un libro monstruoso. El argumento es horrible: resulta que tu mejor amigo era un magnetofón. Hay una cosa notable al final. Entre los talentos de Borges estaba el de poner adjetivos. Pues bien, cuando se acercaba su muerte (“ha llegado, está aquí”), le preguntaron por ella. El adjetivador alcanzó a decir que era “algo externo, rígido y frío”. 

Solo en el Oasis. El chiringuito Oasis es ahora mi favorito para mirar el mar mientras me tomo una cerveza o un whisky. A lo lejos, por donde se pone el sol, están las grúas que parecen jirafas. Disfruto de la sensualidad, pero últimamente me he dado cuenta de que, como mi amor vive en Madrid, mi relación con Málaga es peculiar: es de sensaciones más que de emociones; o de emociones que no solo penetran hasta un determinado estrato. Falta la trama erótica, la pasión. Hay una cierta distancia, cuyo efecto es agradable pero incompleto. Para mí Málaga es una postal incompleta. 

Cien por cien. En la cola de los euromillones, por el bote: todos queremos comprobar por nosotros mismos que el dinero no da la felicidad. Delante de mí hay dos treintañeros que lo están pasando mal con la pandemia, el segundo parece que peor. “Yo tenía mi vida, tú tenías tu vida, y te ha cambiado la vida cien por cien”, dice el primero. Y el otro: “¿Cien por cien ná má?”. 

Niños magaleños. Los niños malagueños éramos en realidad niños magaleños. La ciudad en la que vivíamos se llamaba Mágala. Hasta que un día aprendíamos a decir Málaga, y eso significaba que nuestra primera infancia había sido dejada atrás. Lo he recordado leyendo Inventario del paraíso, de Víctor Colden, madrileño con familia malagueña que pasaba los veranos aquí. El libro recrea las experiencias y sensaciones de cualquier niño malagueño de los años setenta: unos recuerdos frescos, que el autor ha sabido atrapar justo porque venía de fuera y los percibía con nitidez. Ahora nos los devuelve. Toda novela sobre la infancia tiene el reto de recrear el tiempo mítico, el tiempo que parece no pasar. Colden lo logra con el recurso no lineal de hacer un inventario, como anuncia el título. Va mostrando el paraíso por facetas (lugares, animales, olores, frases, juegos, historias...), en cada una de las cuales está el paraíso entero. 

El primer primo. Primera baja en la familia por coronavirus: un primo hermano. El primero que se muere, tras la extinción de los tíos. Una tristeza con extrañeza: los números de pronto son una persona, un vacío concreto. Un dolor. La mujer, llorando, le decía al ataúd, por el cristal: “Has tenido muy mala suerte”. Otro primo decía: “Hace diez meses no nos podíamos imaginar que íbamos a estar aquí por esto”. Las mascarillas y el gel que nos echábamos en las manos al entrar y salir de la iglesia cobraban una gravedad inesperada; resultaban autorreferenciales, incómodos. Voy a pocas celebraciones familiares: eludo las bodas, bautizos y comuniones que puedo. Pero son ocasiones alegres y mi ausencia no importa. A los entierros sí siento que tengo que ir, para despedir y acompañar. Así que comparezco cuando aquel paraíso va perdiendo piezas. 

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25.11.20

La apuesta de Pascal

Lo de Ciudadanos con Arrimadas son las maniobras desesperadas de un partido póstumo. Está siendo bonito, pero ya da igual. No por ello está dejando de tener una pequeña utilidad: retratar a Sánchez y a su PSOE. Pero también da igual. 

Lo que está haciendo Arrimadas con un partido póstumo y sin fuerza es lo que tendría que haber hecho Rivera cuando el partido estaba vivo y alcanzó su máxima fuerza. Ahora no hay nada que hacer y todo da igual. El PSOE pacta los Presupuestos con Bildu y con ERC, con las mofas de Echenique a Ciudadanos, y Arrimadas sigue pegada como una lapa. Está haciendo lo correcto, lo único relevante que puede hacer con su partido póstumo. Se equivocará si no se despega al final, en el ultimísimo momento: el de la votación definitiva. Pero hasta entonces hace bien en seguir pegada a Sánchez. Es la calavera (guapísima) que le recuerda no solo que es mortal, sino también que es un impresentable. 

He pensado en la célebre apuesta de Pascal, que podría aplicarse al caso. Arrimadas –que será fulminada en las próximas elecciones por un electorado que seguirá corriendo hacia su ruina– está postulando un país que no existe: el país del consenso, naturalmente; el país que tendría que estar gobernado en este momento por una Gran Coalición para bregar con lo que está viviendo y lo que se le viene encima. Por una Gran Coalición o por un PSOE que pactara los grandes asuntos con el PP: acordándolos con él, no tratando de imponerlos como ha hecho hasta ahora. 

Al final Ciudadanos se irá por el sumidero electoral en compañía de ese país habitable por el que apostó. Esta apuesta es pascaliana porque ese país es lo único que merece la pena, y si no existe daría lo mismo ya estar vivo o muerto: la simple ventaja de apostar por él compensaría la probabilidad de que no existiera. En el caso de Pascal, en su apuesta por Dios, por la grandeza de la ganancia; en el caso de Arrimadas, por la miseria de la pérdida. Y perderá. 

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23.11.20

Andamios para las infamias

Qué grima los énfasis de pronto en memoria del asesinado Lluch. Hace pocos días, los enfáticos dedicaban sus énfasis a blanquear a sus asesinos y asociados para habilitar su apoyo a Sánchez. Se comprende que con sus nuevos énfasis lo que pretenden es blanquearse a sí mismos: blanquear su blanqueamiento. El grimoso teatrillo humano en sus enredos entre el servilismo al poder y la autosalvación... 

Sus argumentos, por otro lado (si tenemos la cortesía de considerarlos argumentos y no emisiones retóricas para justificar un fin), no dejaban de ser razonables. Si Bildu es un partido parlamentario legal, ¿por qué no pactar con él? ETA no mata, los Presupuestos son imprescindibles, etcétera, etcétera. Búsquese a cualquier psocialista, aunque sea al menguado Simancas: aunque refutables y más o menos baratos, no eran exactamente tonterías sus argumentos. 

El problema es otro, y este sí muy grave: los andamios con los que se construyen. Como no se ha cansado de repetir el vicepresidente Iglesias, sin que lo desmienta el presidente, los proetarras están integrados en el gran bloque “progresista” que se opone al bloque “fascista” constituido por el PP, Vox y Ciudadanos. Este bloque es el mal que hay que combatir y aniquilar políticamente (esto último ahora: los proetarras –y la tradición ideológica de Iglesias– saben de aniquilaciones no solo políticas). 

La coalición de gobierno –al igual que la moción de censura en que tiene su origen– se funda en ese cargar las tintas contra el PP, Vox y Ciudadanos. Son los malos con los que no se puede negociar ni pactar: los herederos de ese fantasmal franquismo del que nace la verborrea de la izquierda gubernamental (la estricta “izquierda reaccionaria” de la que habló Ovejero). 

De la maldad y la culpa de los otros depende la bondad y la impunidad de ellos. Por eso hay que cebar imaginariamente esa maldad. Solo si el PP, Vox y Ciudadanos son esos ogros franquistas podrá justificarse un pacto tan deleznable como el pacto con Bildu. Y justo eso es lo más deleznable del pacto: que lo justifiquen tales infamias. 

Curioso que en inglés scaffold signifique a la vez andamio y cadalso. Ese andamiaje tiene la intención de ejecutar políticamente a media España: callarla, desarticularla, inutilizarla. Sobre el bien superior del pluralismo y la alternancia en el poder, en un poder con contrapesos, PSOE-Podemos quiere perpetuarse con los menores contrapesos posibles: como Franco, como el PRI. (Un PRI con acarreados pero sin tapados: están a la vista.) 

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16.11.20

Los ventrílocuos del virus

“Nunca el tema de un libro interfirió tanto en su presentación”, dijo Manuel Toscano en la presentación en Málaga de Desde las ruinas del futuro, de Manuel Arias Maldonado (Taurus). El libro va sobre la pandemia y la pandemia, en efecto, obligó a que la presentación fuera a las cuatro y media de la tarde, en la ya habitual sala con la mitad del aforo y los asientos muy separados. 

Pero vino gente. La hora tal vez no fuera tan inhóspita. A mí particularmente me gustaba: me recordaba a las clases universitarias de después de comer, o a las ponencias con que se retoman los congresillos. Hubo que terminar antes de las seis, porque a partir de esa hora en Andalucía no se permiten las actividades no esenciales. Prolongamos el debate un poco fuera, porque hablar de la pandemia sí que tiene algo de esencial. Pero ya iba cerrando todo, con el oscurecimiento. 

Por mi parte, he terminado la lectura de Desde las ruinas del futuro y me atrevo a recomendarlo como la mejor introducción que hay ya a la obra del teórico político y columnista Manuel Arias Maldonado. La pandemia actúa como focalizador temático de los asuntos que el autor había tratado en sus últimos libros, La democracia sentimental (Página Indómita), Antropoceno (Taurus) y Nostalgia del soberano (Catarata): vuelve a ellos a propósito de lo que estamos viviendo estos meses, modulándolos, aplicándolos al caso práctico y añadiendo reflexiones específicas sobre el acontecimiento. 

Como es habitual en los libros de Arias Maldonado, la lectura de este nos pone al día en la literatura especializada sobre el tema, con un rigor exhaustivo que en ningún momento deja de ser claro, accesible. Con paciencia pedagógica, el autor repasa, sopesa y critica cuando es necesario lo que han dicho los otros autores que se han ocupado de la pandemia. Son ya muchos, por cierto. Los suficientes como para haber segregado una película enturbiadora. La tarea de Arias Maldonado tiene algo –como dijera Schopenhauer de Kant– de operación de cataratas. Tal es la tarea ilustrada. 

El espectáculo ha sido en cierto modo patético. Esos autores –Žižek, Agamben, Preciado o Innerarity (pido disculpas a los otros por mezclarlos con este)– han hecho hablar al virus, pero lo que se oía era su voz: eran auténticos ventrílocuos del virus, que han aprovechado la pandemia para asentar sus prejuicios y sus retóricas, y decir lo que de todos modos ya decían e iban a seguir diciendo. Arias Maldonado es más higiénico: reconoce que el virus a lo mejor no tiene nada que decirnos; que somos nosotros los que decimos. Trata de estudiar el fenómeno sin extralimitarse. 

Para Arias Maldonado, el coronavirus no cuestiona la modernidad, puesto que su surgimiento se ha debido justamente a un déficit de modernidad. Tampoco cree que sea un producto del Antropoceno, ya que los virus y las bacterias ya estaban en el Holoceno. La pandemia que ha provocado es un fenómeno, eso sí, relacionado con la globalización. A partir de aquí, el autor repasa los debates científicos, sociales y políticos que se han suscitado con esta situación excepcional: desde la pertinencia, justamente, de los estados de excepción, a los límites del conocimiento y de la acción humana, las respuestas emocionales de la población o las posibilidades de un gobierno mundial. 

Las “ruinas del futuro” del título aluden al desmoronamiento de la idea de futuro, a la falta de confianza en el mismo. Pero la respuesta de Arias Maldonado no es catastrofista. Propone recuperar la consideración de la humanidad como especie biológica, en atención a las condiciones mínimas (unificadoras) que le permiten sobrevivir; lo que alentaría sus capacidades como sujeto político para asegurarlas. 

E invita a un “pesimismo ilustrado”: una prolongación del ejercicio de la razón, pero ya sin los abusos optimistas del pasado, que, en realidad, la hicieron descarrilar con frecuencia. 

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9.11.20

Nuestro Trump triunfante

Nos estábamos organizando para ponerle una demanda al director, cuando recibimos un mail colectivo: era el director, que se ofrecía a apoyarnos si nos decidíamos a poner una demanda. Naturalmente, no contra el director sino contra otro; pongamos que el inversor.
 
Aquello no prosperó (ni en realidad lo merecía), pero yo me llevé un premio: aprendí el truco del ventajismo topológico. Basta que digas situarte en un lado para que parezca que no estás en el de enfrente. En la inmensa mayoría de los casos cuela. 

Ejemplo de ahora: si el Gobierno crea un comité “contra la desinformación”, está ejecutando una operación topológica por medio de la cual se sitúa en el lado de la información. Son los otros los que desinforman. (Los otros y no el Gobierno de Sánchez y Dame los Telediarios Iglesias.) 

Ocurre igual con nuestros autoproclamados antifascistas, que son notablemente fascistas; con nuestros autoproclamados republicanos, que laminan todo republicanismo político; con nuestros antiespañoles, que son unos españolazos; con nuestros antifranquistas, que han recuperado el toque de queda, el pecado y el Nodo; o con muchos de nuestros antitrumpistas, que son nuestros genuinos trumpistas.

(Como nada se nos ahorra, tenemos además a los antisanchistas de Vox, que son un sustento indispensable de Sánchez; y a nuestros autoproclamados trumpistas –suelen ser los mismos–, que le aplauden a Trump las ínfulas totalitarias que denuncian en Sánchez.) 

Pero sí, en la distopía española gozamos del trumpismo triunfante. Tenemos un Trump que cuenta con el apoyo del New York Times (léase El País) y con el de esos escritores que en Estados Unidos critican a Trump, como escribe Lindo, pero aquí defienden a nuestro Trump, incluida Lindo. 

Copio de Lindo: “Trump es un hombre psicológicamente negado para trabajar por un bien colectivo. No puede gobernar pensando un prójimo porque, sencillamente, no lo ve. Solo está dotado para ejercer un poder absoluto, rodeado de una corte de pelotas que asuman sin rechistar sus insensateces”. Lo clava. Lo que pasa es que también clava a Sánchez (y a su corte). 

Trump y Sánchez son cortoplacistas del poder; serían tiranos si no los frenaran los contrapesos de los países democráticos cuyo poder han conseguido (por eso, en la medida de sus posibilidades, han socavado tales contrapesos). La diferencia es que Trump va de lo que va. Mientras que Sánchez va de lo contrario. 

En su primer discurso, el presidente electo Biden ha hecho una prometedora llamada a la unidad de los estadounidenses y ha dicho que “es el momento de cerrar las heridas”. Sánchez lo ha felicitado, y lo cierto es que también él suele hacer esas llamadas. El problema es que, mientras las hace, no deja de desunir y abrir o reabrir heridas. 

Mi alegría por la derrota de Trump es inmensa. Pero parcial: aún no ha sido derrotado (sino todo lo contrario) en España. 

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2.11.20

El día de difuntos de 2020

Tétricas jornadas, pese al sol que hace en Málaga al menos. El otoño lo vemos solo en las etapas de la Vuelta, que rueda por el norte por carreteras con hojas caídas. Aquí en las playas persisten los últimos bañistas. Los demás caminamos en manga corta por el paseo marítimo, sudando, o nos tomamos un whisky en el chiringuito Oasis. Hay una sensualidad decadente, como de fin de época. Y cuando el fogonazo nos da en la cara tiene un algo de existencialista: el sinsentido nos convierte a rachas en el extranjero de Camus. Pero no llevamos revólver. 

Larra sí llevaba pistola, y la descargó en su sien tres meses después de su artículo más pesimista: “El día de difuntos de 1836”. Lo publicó en ‘El Español’, el periódico que se llamaba igual que este en el que escribo. Lo he releído ahora y en él está una de sus conocidísimas frases: “Aquí yace media España; murió de la otra media”. Un pronóstico con cien años exactos de antelación. No está nada mal. Podemos sumar ochenta y cuatro y estamos en este 2020: en un viejo país ineficiente, algo así como España entre dos confinamientos... 

En el artículo, Larra se revuelve en su sillón, cubierto por “una nube de melancolía”, cuando oye una campana que “parecía vibrar más lúgubre que ningún año”. Decide entonces salir. Ve a las gentes que se dirigen al cementerio. Su reacción es sarcástica: “Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”. Los vivos eran para él los muertos en aquella España amodorrada. Podría valer también para esta. 

¿Cómo podemos digerir los más de sesenta mil muertos que hay ya con la pandemia? ¿Cómo podemos digerir la ineficacia, el indecente politiqueo? El Gobierno ha marcado el tono, y el tono es el cortoplacismo por el poder cortoplacista de Sánchez. Los demás no han hecho más que replicar ese tono; para beneficio de Sánchez. Ahora el peor Gobierno de nuestra democracia ha obtenido seis meses de impunidad parlamentaria. No hay ninguna posibilidad de que esto salga bien. 

Me acuerdo estos días del funeral de Estado por las víctimas del covid. Fue en julio y han seguido miles de muertos más, ya sin funeral de Estado: salvo que se considere prorrogado, como los presupuestos. Pomposidad vacía, ahuecada como la voz de Sánchez. El representante perfecto de este Gobierno es el doctor Simón, con sus indecorosas calaveradas. Es eso: una calavera de Halloween. Sonriente. 

A Larra nos lo explicó en la Complutense la profesora Palomo, con la emoción que les ponía a sus clases. Hizo hincapié en aquel artículo y otro antológico de poco después, “La Nochebuena de 1836”. 

El día en que se cumplían ciento cincuenta años del suicidio de Larra yo busqué su portal. Era una tarde gris del febrero madrileño. Localicé la calle Santa Clara, por Ópera, y la empecé a subir. Al poco empecé a oír una máquina de escribir, que resonaba en la calle vacía. Procedía del balcón de Larra. Mientras lo miraba me quise figurar que era él el que tecleaba, anacrónicamente. Y que el mensaje era que había que escribir. Pero se dio el pistoletazo. 

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