29.6.20

Todos los conguitos

Los nacidos en los sesenta hemos recibido otro torpedo en nuestra línea de flotación: ¡los conguitos! ¡Ahora nos quieren quitar los conguitos! ¡Los acusan de racistas! Nuestro pequeño reino afortunado no solo se desmenuza por el tiempo, sino también porque sus piezas están condenadas.

Hace mucho que no los tomo, pero no hace falta: los tengo en el paladar sin ningún esfuerzo de memoria. La caniquita de chocolate dentro de la cual estaba el cacahuete; las opciones de echarse a la boca una o más caniquitas y, una vez en la boca, de dejar que el chocolate se disolviera o masticar para que se mezclase todo...

Nos parecía friendly que apareciesen negritos en el sobre. Nos gustaban mucho los negritos (los pocos que había en la vida española). Y no solo para comerlos. Ante todo (¡lujosa capacidad cognitiva!), sabíamos diferenciar el dulce de los seres humanos. Mejor dicho: jamás se nos ocurrió confundirlos. Sabíamos que no nos estábamos comiendo a ningún ser humano, ni siquiera su representación.

Los mismos que nos inflamos de comer conguitos vimos luego Raíces y durante semanas vivimos –como solo se vivían entonces las series– lo que había sido la esclavitud en Estados Unidos, con todas (¡todas!) sus implicaciones. Recuerdo también otra serie un poco anterior sobre la lucha abolicionista. Y nos emocionaba (y dolía) la historia de Martin Luther King... En ningún momento se interfirieron los conguitos con esto: eran unos dulces de kiosco. Solo unos dulces. Comer conguitos no nos impidió ser antirracistas.

La época pop nos daba espacio mental, la capacidad de no apegarnos a los contenidos; es decir, de jugar con los significantes. Esta apertura dentro de los cráneos era moderna, hacía que corriese el aire por la plasta nacionalcatólica de la que veníamos (y a la que estamos volviendo, solo que el lugar del catolicismo lo ocupan la corrección política y los dogmas de la izquierda reaccionaria).

La cumbre por este camino la alcanzó en los ochenta Glutamato Ye-Yé con su “Todos los negritos tienen hambre y frío / tiéndeles la mano, te lo agradecerán”. Todavía me río cuando la canturreo. La risa (¡y estas explicaciones son un tributo al espíritu de la pesadez que hoy se impone!) no era por los “negritos”, sino por los biempensantes que los querían debajo para poderlos compadecer y sentirse fenomenal.

Sus equivalentes son los que ahora se autoproclaman “antirracistas” y se ponen a ver seres humanos en unas bolitas de chocolate rellenas de cacahué.

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En El Español.

24.6.20

Estatua ecuestre de Simón

Yo no le tengo odio a Fernando Simón, le tengo incluso simpatía, pero es evidente que se ha equivocado. Maite Rico ha ordenado sus profecías y leerlas hoy –a la luz de los muertos– es escalofriante. “España no va a tener más allá de algún caso diagnosticado”, dijo el 31 de enero. Ha sido una especie de Nostradamus a la inversa: pronosticó normalidad y ha sucedido el Apocalipsis.

Esa es la cuestión: que hizo pronósticos. Pronósticos que no acertaron. Y el desacierto ha costado vidas y devastación. La mentalidad punitiva predominante –que aqueja a la derecha tanto como a la izquierda– lo acusa ahora de criminal. No es un criminal. Simplemente se equivocó. Con indudable incompetencia. Supongo que seducido por el poder (arropado por su maquinaria), ha tendido a actuar más como hombre del Gobierno que como hombre de la ciencia. En el mejor de los casos, es un funcionario fallido.

Un capitoste de la prensa (sin decir su nombre) lo ha llamado “bobo”. Tal vez ahí esté la clave. No creo que sea bobo, pero se le está empleando como bobo útil.

El movimiento hacia su exaltación –simétrico a aquel otro que lo acusa de criminal– prueba que el pobre Simón ya es solo un muñeco. Da igual quién sea, lo que haya hecho o dejado de hacer. Interesa como factor partidista. La incongruencia brutal entre sus resultados y la adoración que recibe indica que es solo una ficha en la guerra ideológica. Como en el viejo estructuralismo, solo importa su posición en el tablero.

El espectáculo es –otra vez en España– berlanguiano. Miles de muertos y han hecho camisetas con su cara y sus frases, le han dado el premio Castelar, van a inaugurar una plaza con su nombre. Solo falta que le hagan una estatua ecuestre. Sería la primera estatua de la era post-estatuas.

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En The Objective.

(2.7.20) Finalmente le han hecho la estatua ecuestre:


22.6.20

El luto del inquisidor

El padre de Pablo Iglesias pasó por el FRAP sin ser terrorista, como esos faquires que pasan por el fuego sin quemarse. O como Bill Clinton, que se fumó un porro sin tragarse el humo. En eso debe de fundamentarse la demanda que le ha puesto a Cayetana Álvarez de Toledo, y será interesante ver cómo la Justicia resuelve este asunto de memoria histórica reciente.

Ya sabemos que la hipocresía es un homenaje que el vicio le rinde a la virtud. Por eso yo me conformo con ese reconocimiento tácito de que el terrorismo es malo. O de que ser terrorista “no mola”, por emplear el lenguaje del hijo. A este, por cierto, sí parecía “molarle” que su padre hubiese sido “frapero”, como puso en un tuit (en el que además hacía un uso pop del piolet).

El rifirrafe sobre el FRAP, tan significativo, sepultó sin embargo un detalle aún más significativo de aquella sesión parlamentaria del 27 de mayo. Antes de que Álvarez de Toledo llamase a Iglesias “hijo de terrorista”, el hijo en cuestión había escenificado en qué consiste el luto para el Gobierno.

Era el día en que empezaba el luto oficial por los muertos por coronavirus en España y, en su primer cruce con el portavoz del PP, les soltó Iglesias a los diputados de este partido: “¿No se les cae la cara de vergüenza de reírse en un día de luto?”.

De lo que se reían era de la insinuación que acababa de hacer Iglesias –mussolinianas manos a la cintura– de que el portavoz del PP había llamado “a la insubordinación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado”. (Se puede ver la secuencia completa en el vídeo.)

O sea, Iglesias primero provoca con una falsedad (las palabras de Teodoro García Egea fueron gruesas, pero no llamaban a insubordinación alguna) y luego les reprocha a los provocados su reacción. Montándose para ello en la novedad del día: el luto. Al que le intenta sacar beneficio partidista desde el primer momento.

Como un curilla, lo que le interesa a Iglesias de la ética es culpar desde ella: señalar a los malos, trazarles un cerco. No la utiliza para la ordenación de su conducta, sino para fiscalizar las conductas ajenas. Y solo de acuerdo con lo que a él personal o ideológicamente le conviene.

Su luto es el luto del inquisidor: una ocasión emocionalmente cargada desde la que ejercer su chantaje. Hay que sentir en cada momento lo que él ha decidido que hay que sentir. Y si no, te acusa. Otra trampa populista.

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En El Español.

15.6.20

Woody burbujeante

He leído yo también el libro de Woody y lo he disfrutado como nadie. Qué manera de reconciliarme con la vida, y con el mundo; gracias, como suele ocurrir, a un pesimista sin apaños. Decía Cioran que las religiones son “cruzadas contra el humor” (también lo son las ideologías). Y aquí tenemos a un espécimen rarísimo en nuestra época: un antipredicador con un humor maravilloso.

Con A propósito de nada (Alianza), Woody Allen ha inventado un género: la autobiografía burbujeante. No sé si lo sería ya la del cineasta Preston Sturges, que no he leído pero cuyo título –ideal para toda autobiografía– promete burbujas: De los acontecimientos que condujeron a mi muerte. Lo bueno es que se murió mientras la estaba escribiendo.

Golpes así tiene Woody en la suya, y no voy a privar a esta columna de dos de los geniales, aunque se hayan citado mucho: “Algunas personas ven el vaso medio vacío, otras lo ven medio lleno. Yo siempre veía el ataúd medio lleno”. Y: “No creo en un más allá y realmente no veo qué importancia pueda tener que la gente me recuerde como un cineasta o como un pedófilo o que no me recuerde en absoluto. Lo único que pido es que esparzan mis cenizas cerca de una farmacia”.

El libro de Woody es una película de Woody; o mejor: es todas las películas de Woody (que siempre han tenido mucho de literatura), con todos sus elementos en estado de esplendor. Yo lo compré porque era debido, pero solo esperaba pasar un tiempo entrañable en compañía del viejecillo, un grato momento crespuscular como cuando me meto en el cine a ver sus últimas películas. Y me he encontrado con un trallazo de libro, con un nervio juvenil, pujante, sin decadencia. Lo crepuscular es solo temático, pero es que eso lo cultivaba ya desde el principio.

A propósito de nada utiliza un procedimiento infalible (cuando se hace bien) de meter vida en la escritura: el coloquialismo. Es como si Woody estuviera sentado en una silla, o en un taburete de monologuista, hablándoles directamente a los lectores, en una larguísima parrafada que ocupa todo el libro. Las separaciones que hay cada muchas páginas son engañosas, porque todo va del tirón. Hay un ligero desaliño, que no sé si está cuidado pero que fomenta el efecto. Y que va con la estética de sus películas, en la que los aspectos técnicos no son los fundamentales.

De sus películas es casi de lo que menos habla, aunque dice cosas que están bien. De lo que más, de las mujeres, el sexo y el amor, de su familia judía, de su manera de ver la existencia, de sus miedos y neurosis, de Nueva York (de Manhattan), de la radio y de su descubrimiento del cine cuando era niño (al que dedica páginas deslumbrantes), del mundillo de los guionistas y los cómicos en el que se integró de muy joven...

Y al final, cómo no, del temita: su relación con Soon-Yi y las acusaciones de Mia Farrow de que abusó de la hija Dylan cuando era niña. A algunos esta parte les ha decepcionado. Yo iba prevenido para saltármela si hacía falta, pero no ha sucedido: me la he leído con sumo interés y no me ha parecido que el libro perdiese calidad. Su tono se vuelve más sombrío, pero sin exceso: junto a la maldad y la locura humanas (encarnadas en la desquiciante Mia Farrow), está el amor por Soon-Yi, que ilumina. Woody se defiende a fondo, naturalmente (con indudable credibilidad). Pero aun en esas circunstancias se percibe que es un gran hombre, un hombre magnánimo.

Así que terminé el libro con agradecimiento. Y es precioso que también como objeto sirva para agradecer y reconfortarse: porque su portada imita los títulos de crédito de sus películas, con esa tipografía blanca (aquí en relieve) sobre fondo negro, y tocarla es como tocarlas.

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En El Español.

(17.6.20) Me he acordado después de otra autobiografía burbujeante: la de Fernando Savater, Mira por dónde.

9.6.20

Uno de mis detestados

Se ha muerto Pau Donés, uno de mis detestados, y la pena es más grande que si hubiese sido uno de mis adorados. No porque me sintiese culpable, pues nunca le deseé ningún mal, sino porque yo quiero a mis detestados realmente: quiero que estén ahí, felices y a tope de salud, para que yo pueda ejercer sin sombra mi alegría detestadora.

Es una dialéctica rara, quizá poco comprensible, en estos tiempos de literalismos; unos tiempos antiirónicos (por debajo de la carcasa de risitas) en los que alienta la pulsión de aniquilar al contrario. Yo quiero que el contrario siga ahí, sobreviviendo a mis detestaciones y aun haciéndose fuerte con ellas, contra ellas. Él, al fin y al cabo, me hace el favor de poder definirme también en su contra. Lo que me gusta es esa electricidad, que haya nervio.

Por eso me dio mucha tristeza cuando me enteré de su cáncer. El mundo perdió para mí parte de su gracia, y estos cinco años sin chistecillos contra Pau Donés, con un cariño nuevo y melancólico por Pau Donés, han estado, paradójicamente, más alejados de la vida. Esta era mejor cuando Pau Donés daba rienda suelta a su buenrollismo y yo soltaba mis pullas.

Solo un pesimista cenizo, de esos que constituyen en sí mismos un sólido argumento contra la existencia, podría decir en estos casos: “¿Ves en qué acabó tu buenrollismo?”. Pero eso sería no haber entendido nada. La lucha contra la tiranía del buenrollismo no era, ciertamente, para instaurar la tiranía del malrollismo...

Pau Donés me prestó un servicio añadido: lo utilicé para meterme –por fastidiar a sus catecúmenos– con el escritor David Foster Wallace, al que llamé “el Jarabe de Palo estadounidense” por su parecido (bandana incluida) con el español. Ahora los dos están muertos. Se acabó la comedia, el dulce guiñol de los cachiporrazos, y se ha quedado el escenario vacío.

Tal vez no haya mayor homenaje a la vida que las canciones pegadizas: esos estribillos que se adhieren a los minutos con la vocación de persistir, y ahí pueden tirarse una tarde, semanas enteras; forzando una inmortalidad en forma de musiquilla. También yo he canturreado millones de veces, qué remedio, “por un beso de la Flaca daría lo que fuera” y “todo me parece bonito”. Y este triunfo de Pau Donés sobre su detestador me parece ahora bonito.

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En The Objective.

8.6.20

Recuperación de la primavera

Gracias a la fase 2, que estrenamos en Málaga el lunes pasado, pude bajar por fin al centro en pantalones. En la fase 1, para salir del cerco kilometral, era imprescindible la coartada del deporte. Así que me estuve disfrazando con el chándal, por no ser descortés con la policía (aunque mi aspecto fuese el de un Soprano). Confieso que no he sufrido demasiado con las restricciones. Más bien me las he ido tomando como un niño, disfrutando lo que tenían de novedoso. Y cuando lo novedoso ha sido volver a vestirme como siempre, la alegría ha encajado consigo misma.

Un reencuentro ha sido el de la ciudad a otras horas. No ya las primeras y las últimas del día, únicas autorizadas hasta entonces, sino las centrales. Salí de mi casa a las cinco y, aunque sabía que se trataba de una recuperación, me sorprendió encontrar la primavera crujiente, dorada, como un hojaldre recién salido del horno. Llevaba semanas cocinándose para nadie. Me di un paseo embelesado, con los minutos amontonándose con una parsimonia divina. Uno era un príncipe solo por pasear. Con la mascarilla, eso sí: como un cráneo de Yorick incrustado en la mandíbula para recordarnos que somos mortales.

Otra tarde tuve que ir a Correos y la primavera estaba allí sentadita. La empleada, una mujer de unos cuarenta años, llevaba un vestido de tirantes, formal pero con un escotazo que enseñaba casi la mitad de sus tetas redondas, enormes, limpísimas. Había algo precioso: era guapa, pero no hasta el punto de eclipsar las tetas, que eran sus soles. Me atendió con una eficiencia suprema, era la empleada perfecta. Y yo agradecí en silencio la generosidad de una mujer que se pone un escote así para pasarse todo su turno sentada ante clientes que van a asomarse inevitablemente como desde un balcón.

Le pregunté luego a mi amiga Sofía Rincón, que es una escotista maravillosa, si una mujer que se escota de ese modo busca miradas descaradas, que a mí nunca me salen, o más bien crear tensión, imantar el espacio, propiciar un juego de vistazos rápidos y nerviosismo en su interlocutor. Me respondió que lo segundo, claro. “Si la hubieras mirado descaradamente se habría sentido incómoda, porque te estarías saltando las reglas del juego”.

Mi tarde ya estaba arreglada, y yo creo que la semana entera, pero seguí hasta el paseo marítimo, donde me encontré con que habían reabierto el chiringuito Oasis, sin duda el mejor de la ciudad. Allí me tomé a principios de marzo mi última cerveza, y me senté para tomarme la primera de la desescalada. Había solo una pareja con un bebé, dos mesas a mi izquierda. Delante el mar, con olas tranquilas, convenientemente sonoras. A mi derecha, algo alejados en la arena, bañistas de postal. Soplaba una brisa fresca, absolutoria, que movía las sombrillas. Y cuando llegó mi caña y le di el primer sorbo, fue la perfección.

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En El Español.

7.6.20

Los últimos románticos

Esta semana ha llegado a las librerías Los últimos románticos, la nueva novela de Txani Rodríguez y la primera en Seix Barral. De las dos anteriores, Agosto (Lengua de Trapo) y Si quieres, puedes quedarte aquí (Tres Hermanas), escribí en su día y estaban muy bien; pero Los últimos románticos es la mejor hasta ahora, la más perfecta. Es una novela con unos pocos elementos dosificados y combinados con maestría, de manera que crean todo un mundo: al terminarla se tiene la sensación de que es un mundo completo, muy rico, señal de que esos pocos elementos son los que tenían que ser y que están muy bien organizados. Ocurre, pues, como con las buenas composiciones de música de cámara. Tiene algo también de película intimista. Pero la protagonista, que narra en primera persona, y está muy pendiente de sus sensaciones, de sus anhelos, de sus nostalgias, de sus preocupaciones (entre ellas, las de una posible enfermedad cuyo diagnóstico espera), no deja de estar atenta al mundo: a su casa y a sus vecinos, a la fábrica de papel en la que trabaja, a sus compañeros, al paisaje que la rodea, áspero y desangelado, a la época que se desmorona... La escritura, precisa, matizada, penetrante, va calando como lluvia fina, desde su estupenda frase inicial, algo más contundente: "Las cosas pasaron como pasan los trenes de mercancías: con un estruendo de velocidad anunciado desde lejos". La mezcla de cotidianeidad estrecha, vecindario indiferente u hostil y vida laboral conflictiva hizo que me preguntara en algún momento de mi lectura quiénes eran los "románticos" del título. Y me di cuenta en seguida de que el título era irónico, pero solo en parte: romántica, en el sentido profundo, es la protagonista con sus insatisfacciones y sus anhelos (ese amor telefónico que vive, relacionado con viajes y escapada), es el empleado de Renfe, es la vecina confinada por la enfermedad y su hijo o es el personaje que podría hacer suyo este verso de Luis Cernuda: "Mejor la destrucción, el fuego". Son románticos por desajustados con el mundo.

Pongo la reseña de El Cultural, creo que la primera que ha salido:



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Aunque no tiene que ver con la novela, cuando la autora me dijo el título definitivo de Los últimos románticos (tuvo otro al principio que también me gustaba: Mi fabuloso acto de desaparición), me acordé de la canción "O último romântico" de Caetano Veloso, con la que termino para desearle suerte en su singladura:

1.6.20

Comisión de No Destrucción

La Comisión de Reconstrucción debería transformarse urgentemente en la Comisión de No Destrucción, porque como siga reconstruyendo como lo viene haciendo no va a quedar nada. Nació como sustituta de aquellos nuevos Pactos de la Moncloa que propuso Pedro Sánchez al principio de la pandemia. Pero visto el espíritu destructivo que viene animando la reconstrucción, me temo que aquellos Pactos de la Moncloa habrían sido unas Dinamitaciones de la Moncloa.

Tal vez tenía razón Cioran al pensar que toda acción es demoniaca. Según el filósofo rumano, no hay manera de hacer el bien; como mucho se puede evitar hacer el mal, no haciendo nada. La inacción como ética es sin duda una medida drástica. Aunque simpatizo bastante con Cioran, yo no la propondría para todos los seres humanos. Pero sí para los políticos españoles.

Estos acudirían a la Comisión de No Destrucción a estarse quietos. Y, sobre todo, a callar. El tiempo que estuviesen quietecitos y calladitos redundaría en beneficio de la ciudadanía, que respiraría aliviada mientras no la estuviesen destruyendo. Está la pandemia, sí, y está el hundimiento económico. Pero mejor tener dos jinetes del Apocalipsis en vez de cuatro. Y digo cuatro porque la acción destructiva de nuestros políticos se duplica en la parte de la ciudadanía envenenada por ellos.

La destrucción de la Comisión de Reconstrucción, como ha escrito Laura Fàbregas en su crónica de la última sesión, la llevó a cabo Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno. O sea, la llevó a cabo el Gobierno. Este persiste en su lógica fundacional, la de la moción de censura: el frentismo. La alianza del PSOE con populistas y nacionalistas, sin importarle que estos sean independentistas o proetarras. Y enfrente, los malos: el PP, Ciudadanos y Vox, empaquetados como “extrema derecha” (apelativo que solo se modula cuando hace falta votos de Ciudadanos o el PP).

Este esquema comodísimo y nefasto es en el que se sostiene el presidente Sánchez, porque no ha sabido (ni quizá querido) sostenerse de otra manera. Que ni la situación tremenda que estamos viviendo lo haya sacado de ahí, confirma que es irrecuperable. La responsabilidad que puedan tener Ciudadanos, PP e incluso Vox queda definitivamente opacada por la destrucción que viene de Moncloa.

La costumbre era que una comisión no resolviese nada. La novedad es que se dedique a lo contrario de aquello para lo que se creó. O a lo mejor no. A lo mejor se creó para continuar el frentismo por otros medios.

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En El Español.