29.12.06

Escalera en eses



Una escalera para bajar o subir, sin bicicleta o con la bicicleta al hombro, desnudo o vestido -o vestido para desnudarse (en cuerpo y alma), o desnudo para vestirse. En eses, por supuesto.

27.12.06

Esplendor femenino (2)

Señala mi amigo el filósofo Horrach otro pasaje de La escafandra en que "Llop se refiere a la impermeabilidad ctónica de las mujeres". Lo cuelgo para que así quede completado el cuadro (aunque a mí esta otra cara me parece igualmente esplendorosa):

Las mujeres son impunes y salen indemnes de la situación más difícil. Una mujer puede frecuentar cualquier ambiente sin contaminarse con sus defectos: todo lo más temporalmente; después, una ducha y ya está. Sólo el amor la condena, arrastrándola hasta donde haga falta: hasta la ausencia de límites si es necesario.

Y aprovecho para recomendar el blog que Horrach ha abierto hace poco. No se pierdan sus consideraciones acerca de "La mujer ctónica", sobre la que está convirtiéndose en nuestro máximo experto.

26.12.06

Esplendor femenino



En La escafandra, el dietario de José Carlos Llop que ando leyendo estos días, encuentro esta anotación sobre la mujer que "ronda la mitad de la treintena". La copio como homenaje navideño a las que tienen esa edad, a las que la tuvieron... y a las que van a tenerla.
Hay una edad en las mujeres –ronda la mitad de la treintena– que las convierte en sujetos de una metamorfosis esplendorosa. Le han tomado ya el pulso al mundo y se han dado cuenta de que ese mundo es suyo: basta con que le echen el ojo. Se saben capaces de todo, poderosas; lo que no les interesa, ni lo ven, y la vida que han tejido a su alrededor da la impresión de que les viniera pequeña. Es el momento del gran salto. Si lo dan, piensan, serán más felices; más infelices si no. Tal vez sea la única equivocación de ese momento: la felicidad no viene por ahí. Pero es un placer verlas caminar, verlas mirar, observarlas mientras están sentadas y charlan entre ellas... Porque ese esplendor femenino nos habla de una visión apasionada de las cosas, cuando nada se mide en términos de nada que no sea la vida en estado puro y sin atadura ninguna.

24.12.06

Heridas navideñas

Félix Bayón
Las Navidades sólo sirven para hacer recuento de bajas. Y este año, naturalmente, falta Bayón. El pasado nos acribilló a mensajillos de móvil, que eran muy de su gusto. Le encantaba poner en circulación todos los que recibía. E inventarse otros. Estaba muy travieso con el boicot al cava y a los "productos catalanes". Yo le escribí: "Estoy seguro de que te cambiarás a una editorial que no sea catalana, ¿no?" Y me respondió: "¡Hombre, tampoco hay que ser un extremista!". El boicot no era más que un juguetito, como todo lo demás. Como el juguete de la verdad, por ejemplo, del que estaba enamorado. Hace poco me enteré de una putada que le hicieron (eso sí que fue un boicot) una política con poder y un, así llamado, empresario de la comunicación. Desde entonces me cabreo cada vez que veo aparecer las jetas de esos dos en una foto. Soy, y quiero ser, deliberadamente injusto con ellos. Vengativo. Pero la semana pasada leí una columna antigua de Bayón en que mencionaba a esa política. Era un matizado elogio. El artículo era posterior a la cabronada, pero Bayón había sabido mantenerse objetivo y se había referido a esa mujer sin saña, ciñéndose a los hechos que trataba ese día. Ese gesto me emocionó. Me emocionó con rabia, porque estaba lleno de belleza y de justicia. Y porque indicaba, sin duda, el camino que hay que seguir.

Pero estamos en Navidad. Cuelgo otro artículo de Bayón: el de hace justo un año en el Málaga Hoy. Para tenerlo en Nochebuena.

Heridas navideñas

Hace unos años pasé la Nochebuena en las urgencias de un hospital. En contra de lo que es habitual, había muchos más médicos y enfermeros que pacientes. La calma se prestaba a las confidencias y pregunté si esperaban una noche difícil. Yo pensaba en accidentes de tráfico, broncas familiares acabadas en agresiones, comas etílicos y cosas así. “No”, me dijo un enfermero, “las noches de Navidad son muy tranquilas, apenas viene nadie. Hay un momento malo, eso sí, alrededor de las ocho o las nueve de la noche. A esa hora están acabando de preparar la cena y hay mucha gente que nos viene con heridas en la mano. El cuchillo jamonero, ya sabe”.

Yo no sabía. A mí los objetos hirientes y punzantes siempre me han provocado repelús y he procurado alejarme de ellos. Quién nos iba a decir que el jamón, ese tótem gastronómico que ha sustituido en nuestra época de abundancias al modesto pollo con el que soñaba el Carpanta de la autarquía, provocase víctimas colaterales. Hasta aquella noche en urgencias, había conocido sólo tres accidentes navideños y ninguno tenía que ver con el jamón. Sé de quien se destrozó una mano tratando de partir un turrón de desafiante dureza, de un colega –prácticamente abstemio, para más inri- que estuvo a punto de perder un ojo a cuenta de un enérgico tapón de champán y de dos golden retriever de un viejo amigo que murieron de peritonitis después de comerse las bolas de cristal de un árbol de Navidad.

Desde entonces, vengo observando que hay bastante gente que tiene una cicatriz en la base del dedo pulgar de la mano izquierda. Son todos víctimas del cuchillo jamonero y me los imagino como miembros de una secta secreta. Es una cicatriz que debe de unir mucho, como unía aquella marca en la mejilla que lucían muchos jóvenes alemanes del comienzo del siglo pasado que, en el gimnasium, se habían batido en duelo a primera sangre como sistema de iniciación a la tribu caballeresca.

Un día, comiendo con dos maravillosos amigos que son a la vez excelentes escritores, observé que ambos pertenecían también a la misma secta secreta. Las cicatrices en la base del dedo pulgar de la mano izquierda no dejaban lugar a dudas. Se lo hice notar y ambos relataron sus accidentes con el orgullo con el que las primerizas cuentan sus partos difíciles. En ambos casos, eso sí, la herida se había producido en un día cualquiera, no en una noche de Navidad. Ya saben ustedes lo exquisitos que son los intelectuales.

Nada rencorosos con el jamón, a mis dos amigos les divertía la historia de los accidentes que habían estado a punto de desangrarlos y que acabaron con una visita al hospital y un montón de puntos de sutura. Gente de éxito pero de inmensa candidez, parecían ignorar su pertenencia a un oficio en el que abundan las envidias. Yo en su lugar, si me preguntaran por la cicatriz, diría que me había herido abriendo una lata de chopped.

17.12.06

Microrrelato sentimental

En verano pasábamos por plazas con turistas. Rehuyendo sus cámaras, decías: "¿Cuántas nos habrán sacado, y no lo sabremos nunca?". Yo te abrazaba, porque me hacía gracia que nos viesen en Tokio detrás de un japonés sonriente. Ahora, que es invierno, pienso que ahí sí seguimos juntos: en álbumes de fotos extranjeras, en un segundo plano, para desconocidos.

[2002]

16.12.06

El morbo de las listillas

Eso es algo que va a perderse con las cuotas: el morbo de las listillas. Esas mujeres adorables que mandaban por méritos propios. Habían tenido que esforzarse más que los hombres (del mismo modo que las de cuota tendrán que esforzarse menos), pero precisamente por ello constituían una auténtica aristocracia. Algunas no tuvieron más remedio que virilizarse en exceso, y son las que menos me gustaban. ¡Pero ah, las que se habían mantenido femeninas en medio de la jungla o el mar de tiburones! ¡Qué mujeres maravillosas! ¡Y se las veía tan contentas! Ahora mis queridas listillas, que pisaban con paso firme y tenían una autoestima a prueba de bombas, porque daban por hecho que su puesto era una expresión suficiente de su valía, se verán expuestas con las demás a la insidiosa pregunta: "¿Pero ésa, es de las de cuota?". La conjura de los necios sigue su curso...

15.12.06

Ideas empezadas

Lo primero que llama la atención en las columnas de Arcadi Espada es que comienzan in medias res. In medias res intelectual: con las ideas empezadas. No las vemos surgir ni arrancar pesadamente, sino que vienen ya en marcha, lanzadas a una enorme velocidad: como meteoritos que enseguida se estrellan en nuestro cerebro. Y lo hacen repetidas veces, en un juguetón chisporroteo: creo que Arcadi Espada es, hoy por hoy, el único periodista español capaz de producir orgasmos múltiples (también intelectuales, claro está).

Es conocida la frase de Ortega de que "la claridad es la cortesía del filósofo". Ahora esa cortesía se ha vuelto un lujo, porque lo es la sintaxis: para el filósofo, para el periodista, para el escritor y para cualquiera que trabaje con palabras. Es más necesaria que nunca, pero no basta. Se impone una cortesía mayor: lo que podríamos denominar el gasto neuronal. El índice de ideas que el escritor tiene a bien ofrecernos por página. Por ceñirnos al periodismo, resultaría interesante hacer la prueba de recolectar un montón de columnas del día y tratar de averiguar cuántas ideas contienen. Nos llamaría la atención la poca cortesía de nuestros columnistas, al punto de que ya nos daríamos con un canto en los dientes si encontrásemos una sola idea por columna. Y en estos casos, aún debemos resignarnos a seguir el cansino ritual: la presentación de la idea, su justificación a propósito de algún asunto de actualidad, sus esbozos de formulación, su estiramiento, sus coletazos y secuelas e incluso su defunción (por lo general, dentro de la misma columna). Al periodismo español le pasa lo que a las teleseries españolas (pongamos las de Milikito): su mecánica consiste en un estiramiento inane con el único objeto de rellenar un espacio, que normalmente sale muerto y sin electricidad. Uno puede dormitar durante la emisión o ausentarse para hacer sus necesidades (incluidas las amorosas), que nunca perderá el hilo. El hilo sigue siempre allí, parmenídeo, rocoso, indestructible durante la hora entera; sólo animado, si acaso, por la interrupción oxigenadora de los anuncios. Tomemos, en cambio, un capítulo de Los Simpson: traten de llevar la cuenta de las ideas que surgen a cada segundo y perderán (esta vez sí) el hilo famoso. Pues bien: Arcadi Espada, sin llegar a esos niveles epilépticos de intensidad, está más cerca de Los Simpson que de Milikito. La diferencia resalta de un modo casi ofensivo: es el que tiene dos ojos en el país de los tuertos (en el que también, ay, abundan los ciegos).

Las columnas de Arcadi Espada, así como las anotaciones de su blog, son un vibrante río de Heráclito. O mejor dicho: son el puente por el que nos asomamos al río de su pensamiento. Como dije al principio, se trata de un pensamiento que ya viene activado, y que atraviesa la página sin que le veamos nacer y morir: como un torrente. La metáfora acuática no deja de tener su pertinencia, incluso física: el propio Arcadi Espada contaba en el prólogo de sus Diarios 2004 que la meditación acerca de lo que va a escribir se produce "bajo la ducha". Nietzsche, al que sólo le parecían saludables los "pensamientos caminados" (y que detectaba nihilismo en las muchas horas que Flaubert pasaba sentado en su escritorio), tendría algo que decir al respecto. Por los resultados, podemos suponer que esa ducha asea y dinamiza la mirada de Arcadi Espada sobre la actualidad. Después, no sabemos si aún en albornoz (habría que ser Pilar Urbano para saberlo), se impone la "escritura rápida".

La originalidad de su punto de vista es un hecho: nadie dice lo que él dice, ni señala los matices que él señala. Salvo excepciones, los columnistas no dicen nada. Cuando dicen algo, suele ser un tópico (partidista). Y cuando no es un tópico, es porque ofrecen nueva munición contra el enemigo (igualmente partidista). Estos últimos son los más brillantes: pero siguen dejando mucho que desear. Un columnista como Arcadi Espada es todo un acontecimiento en el periódico. Un acontecimiento intelectual, pero también climatológico: despeja la atmósfera y refresca el ambiente. Baste echarle un vistazo a sus tres últimas columnas de El Mundo (en el momento en que escribo): nos encontramos con una razonada crítica a la mirada que María San Gil le dedicó al terrorista Txapote en un juicio (cuando todos la celebraban), una reflexión sobre la comida rápida a propósito de las intenciones gubernamentales contra una hamburguesa (bueno, hay que reconocer que aquí es más original el Gobierno) y una defensa atea de la Navidad.

La variada y matizada singularidad de su discurso tiene como referente inmediato la variada y matizada singularidad de la realidad. Una tarea como la suya tiene dos momentos: la captación de lo real y su encauzamiento intelectual mediante el lenguaje; lo que a su vez requiere dos higienes previas: una higiene de la mirada y una higiene de la expresión. Entre las dedicaciones de Arcadi Espada se encuentran por ello la reflexión sobre lo que impide la visión correcta de la realidad y la reflexión sobre las taras de la expresión que falsean el lenguaje. Resulta llamativo cómo ha rescatado para el periodismo, con desparpajo, esos elementos que la filosofía y la literatura habían manoseado hasta dejarlos inservibles. Y ha tenido además la astucia, para que su empeño sea moderno, de buscar la alianza con la ciencia y las nuevas tecnologías (fundamentalmente internet). De este modo algunos, leyendo a Arcadi Espada, nos hemos reencontrado inesperadamente con esas dos viejas conocidas que dábamos por muertas: la realidad y la capacidad del lenguaje para decir la verdad.

Y de paso se han vuelto más acuciantes nuestras duchas: porque estamos deseando salir de ellas para ver qué nuevas ideas nos ha puesto hoy por delante Arcadi Espada.

[Publicado en Kiliedro]

7.12.06

Prosas apátridas

Un lector de este blog (¡preciada especie!) me manda un pasaje de Julio Ramón Ribeyro en que éste manifiesta su admiración por los diarios de Jünger. No me la había imaginado, a pesar de que me gustan mucho estos dos autores, y precisamente como diaristas. La anotación, escrita el 24 de agosto de 1957, pertenece a La tentación del fracaso:

Lectura de Ernst Jünger, de su admirable diario 1939-1940. Resolución de adquirir la continuación del mismo, de reunir informaciones en torno de su persona. Personalidad cautivante, prosa de gran artista. Detalle: es un diario donde no se habla de sí mismo. O mejor: habla de sí mismo pero sin coquetería, con la misma frialdad con que describe las más espantosas escenas de destrucción de la última guerra.

El mismo lector me copia también esta otra (del 30 de septiembre), en que vemos a Ribeyro en esa actitud suya anti-boom, que es la que le hará sobrevivir a casi todos los escritores del boom:

Ayer y hoy vanas tentativas por escribir. Interrumpí tres relatos a las pocas líneas. Impedimento de siempre: dificultad de abordar el tema con una actitud tal que permita un estilo denso, rico en materia verbal. Voluntad de eliminar el diálogo para evitar la teatralidad. Proyecto irrealizable de un relato largo donde no sobre una palabra y tan intachable que su existencia aparezca como necesaria.

La tentación del fracaso es un libro que leí sólo a trozos, y por eso desconocía esa alusión a Jünger. El que más me gusta de Ribeyro, desde su título envidiable, es Prosas apátridas. En tanto retomo mis anotaciones brasileñistas (¡a ver si mañana me pongo!), rescato los pasajes de mi diario en que menciono a Ribeyro (no sin tomarme con ironía estas tareas de secretario de mí mismo):

* * *
(9-I-1992) Hoy, nada más despertarme, dudas, vacilaciones. Para sobrellevar la mañana he llamado a Curro y hemos estado tomando cerveza y recorriendo librerías de viejo antes de almorzar. He encontrado un libro que llevaba mucho tiempo buscando: las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro.
.....Por la tarde he alternado dos películas en la tele, Teresa de Jesús y Los Caifanes, mientras me tapaba en la cama como un enfermo. Luego he empezado La vita nuova de Dante, pero he dejado de leer al cabo de un rato: no porque no me interesara, sino porque sencillamente no tenía ganas de concentrarme. He estado perdiendo luego el tiempo en no sé qué y por último he abierto el libro de Ribeyro, que sí he leído de un tirón, sin esfuerzo: sus palabras se ajustan enteramente a lo que soy ahora.

Ayer olvidé mencionar al gato que se me acercó pidiendo alimento en la Alameda. Me detuve unos segundos a mirarlo, sin poderle dar nada. Luego me marché y no lo he recordado hasta ahora. Cada día hay muchos acontecimientos así, como ese gato, que se nos escapan y, al no ser anotados, nunca más recordaremos.

(5-XII-1994) Noticia de la muerte de Julio Ramón Ribeyro. Esta tarde curiosamente, antes de saberlo, he estado a punto de llevarme al trabajo sus Prosas apátridas. Siempre se habló de su mala suerte: ahora ha ingresado en la muerte de un modo tímido, callado; llevaba ya polvo en el traje. He oído por primera vez su voz en la radio. Tristeza, pero una tristeza dulce, delicada, reticente: como era él.

6.12.06

Zenobia es Pulpillo!!!



He hecho un descubrimiento acojonante: Zenobia, la legendaria esposa de Juan Ramón Jiménez, es Pulpillo, el concursante ese de Gran Hermano de tan singular morfología. Yo creo que es una excelente noticia para cualquier poeta español actual que quiera ir encaminando sus pasos hacia el Premio Nobel: sólo tiene que casarse con Pulpillo. Y seguro que eróticamente hasta encuentra más chicha.

30.11.06

¿Cuál es la pregunta?

La otra madrugada pusieron en la tele Mil e uma, de Susana Moraes. Aparte de por ser brasileña, me interesaba porque hablaba de Marcel Duchamp; pero es una película mala de cojones: pedante, aburrida, retórica, sin un átomo de talento. O sea: estólidamente antiduchampiana. Sólo estuvo bien el travelling final por las playas de Rio, en el que, por cierto, podía distinguirse el busto del Nietzsche de Ipanema. Y la banda sonora de Péricles Cavalcanti, en especial el "Tema de Alice", que canta maravillosamente Adriana Calcanhotto: Se eu não disser nada / como é que eu vou saber / onde fica a entrada / do castelo do querer / qual é a resposta / me diga, então / qual é a pergunta? / Se eu não disser nada / como é que vou saber / onde fica a chave / do mistério do viver. Ah, eso sí es Duchamp puro: ¿que cuál es la repuesta? ¡Dime antes la pregunta! En el estilo de su famosa frase zen: "No hay solución, porque no hay problema".

29.11.06

El ciclista ético

Ahora que ha muerto otro ciclista, me he acordado de aquel joven cuyo corazón le fue trasplantado a Félix Bayón. Éste lo contaba en un texto que es uno de los homenajes a la vida más hermosos que he leído nunca –aunque a estas alturas sea ya también una elegía. En su momento, consulté mi diario por si había alguna entrada correspondiente a aquel 25 de julio de 1992. Y me encontré, con asombro, con que yo también había salido en bicicleta aquella tarde, y que había presenciado una caída, aunque por fortuna leve. He aquí la anotación completa (y de paso añado la que hice sobre la primera medalla de oro para España en aquellos Juegos Olímpicos, que fue para otro ciclista de pista, como el ahora fallecido Isaac Gálvez):

* * *
(25-VII-1992) Por la tarde he salido en bici con mi hermano por la carretera del pueblo. Yo iba detrás de él cuando se ha caído bajando una cuesta. Resulta curioso observar la caída desde fuera: se ve perfectamente, en frío, cómo podría haberse evitado; aunque en ese momento uno no puede hacer nada. Afortunadamente han sido sólo unas raspaduras y un chichón.
.....Luego, por televisión, la inauguración de los Juegos Olímpicos. El sentimentalismo del personal es algo que da risa, aunque uno –con tanto bombardeo– acaba por emocionarse también. Asunto peligroso. (Con gran sentido de la oportunidad, han emitido más tarde un reportaje sobre Goebbels.)

(27-VII-1992) Medalla de oro para el ciclista José Manuel Moreno. Minuto intenso y agónico. La recompensa: el vacío del triunfo, la soledad en torno del abismo. Nada alrededor, con sabor épico. El misterio del poder.

25.11.06

La felicidad del elefante



Me ha impresionado la foto del feto de elefante en el útero materno, que ha hecho National Geographic con un escáner con ultrasonido. Entre la avalancha diaria de imágenes, es difícil que una me toque; pero con esta ha sido a la primera. El elefantito dentro de mamá elefanta, plácido, con esa sonrisa pasiva que es apenas un esbozo. He ahí la felicidad absoluta: ser elefante y no haber nacido.

18.10.06

Cuestionario Proust (2006)

Los principales rasgos de mi carácter
El talento, la gracia, la ligereza, esta lucidez a veces feliz, a veces insoportable... y, por supuesto, mi cándida desesperación.

La cualidad que prefiero en un hombre
Su desprendimiento económico.

La cualidad que prefiero en una mujer
Que resulte baratita (sobre todo sentimentalmente).

Lo que más aprecio de mis amigos
La conversación chispeante, y el que me pueda despedir de ellos sin demasiadas explicaciones (acepto que sea también viceversa).

Mi principal defecto
Cada 30 de febrero siento un doloroso arrebato de humildad.

Mi ocupación favorita
Siempre estoy o follando o pensando (nunca las dos cosas a la vez; aunque las vivo de manera cruzada: follar me estimula el pensamiento, pensar me pone cachondo).

Mi sueño de felicidad
Aprender al sol.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
No aprender nunca (y que encima esté nublado).

Quién me gustaría ser
El hombre en cuyo abrazo desfallecía Beatriz Viterbo.

Dónde me gustaría vivir
En una chabola (¡climatizada!) en lo alto del Pan de Azúcar.

Mi color preferido
El de ese divino oscurecimiento de la carne, progresivo, en anti-sfumato, que rodea el ano de las mujeres.

La flor que más me gusta
Naturalmente, como diría Darío: la rosa sexual.

Mi ave favorita
Cualquier pájaro enjaulado que no cante. (A los canarios y jilgueros que no cesan de cantar les deseo un futuro de pajarito frito.)

Mis autores preferidos
Primer deslinde: que no sean barrocos. Y, de entre los no barrocos, aquellos en cuyas frases se engarzan inteligencia y emoción.

Mis poetas favoritos
Vale aquí también lo de antes, aunque en poesía sí sé disfrutar del barroquismo. Por ejemplo: adoro a Góngora, adoro el Polifemo (pero si tengo que elegir, prefiero a Garcilaso o al capitán Aldana).

Mis héroes de ficción
El cabo atrapado de Jean Renoir, el Sherlock Holmes de Billy Wilder y el Cary Grant de Encadenados.

Mis heroínas de ficción
La Ingrid Bergman de Encadenados, Irma la Dulce y la Félicie del Cuento de invierno de Eric Rohmer.

Mis compositores preferidos
Monteverdi, Mozart, Schubert, Pixinguinha, Noel Rosa, Cartola, Chico Buarque, João Donato, Antonio Carlos Jobim y Luixy Toledo.

Mis artistas favoritos
Tiziano y Marcel Duchamp.

Mis héroes en la vida real
Hoy en día, los ciut-adanes.

Mis heroinas históricas
Mesalina y todas las que se abrieron de patas para gozar ellas mismas, y de paso desprestigiar a sus envarados "grandes hombres".

Los nombres que más me gustan
Ultimamente, los de los mafiosos que salen en Los Soprano. El que más: Ralph Cifaretto. Y en lo que a nombres de lugares se refiere: sin duda, Plaza de Uncibay y Rua Visconde de Pirajá.

Lo que más odio
El abuso de poder, la falta de magnanimidad. El sectarismo. La fe ciega. La mezquindad. La pomposidad. La cursilería.

Los personajes históricos que menos me gustan
Primero: los muy crueles. Segundo: los muy bobos.

La campaña militar que más admiro
Lo del paso de las Termópilas no estuvo nada mal. Fue el Little Big Horn de los espartanos: murieron con las sandalias puestas.

La reforma que más aprecio
No ha llegado aún. Sería la implantación de aquella asignatura que proponía Savater como alternativa a la clase de religión en el bachillerato. Se llamaría "Asignatura Condorcet" y consistiría en un relato a los alumnos de todas las atrocidades que se habían cometido en nombre de la religión cada día del año. Una suerte de Efemérides Fanática, o de Santoral Asesino.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
Me gustaría ser capaz de producir un tsunami cada diez años (donde yo eligiera).

Cómo me gustaría morir
Con noventa y nueve años, tiroteado por mi mejor discípulo porque me ha pillado en la cama con su joven y bella esposa (ella se salva).

El estado actual de mi espíritu
Desclasado.

Las faltas que puedo soportar
Las que aún están por cometerse.

Mi lema
"Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos" (André Breton).

14.10.06

El Mili Vanilli del bricolaje

Hace años, cuando se descubrió que los Mili Vanilli no cantaban sino que sólo movían la boca (y exhibían el careto), acuñé esta definición: "Pedro Osinaga es el Mili Vanilli de la zarzuela".

La ingeniosidad tuvo mucho éxito, pero nadie la celebró tanto como una amiga mía que se partía de risa cada vez que la recordaba.

El destino quiso que esa amiga acabase trabajando en Tele 5, y que pasase un tiempo en Bricomanía, donde se enteró, como es natural, de todos los secretos del programa. El más grave afectaba a su grandote presentador, el manitas pelirrojo de la barba que parece canadiense pero que es vasco (he olvidado su nombre). Un día mi amiga me lo soltó con los ojos abiertísimos:

-¡No te lo vas a creer! ¡Es el Mili Vanilli del bricolaje!

Me desveló que era un manazas, un auténtico inútil, y que todos sus trucos de bricolaje no eran más que una actuación. Me descojoné. Pero luego, ya a solas, estuve meditando sobre este serio asunto: ¿qué diferencia hay entre poner un grifo con autenticidad y ponerlo actuando? Ahora tendría que venir una buenísima idea para cerrar el cuento, pero no se me ocurre.

9.10.06

Mi historia con Marisa Monte

Marisa Monte en Madrid, 13-IX-2006


Este septiembre he faltado por primera vez a mi cita con Marisa Monte, en su gira española, desde 1994. Quizá he entrado en la fase en que la presencia es algo secundario y lo principal se vuelca hacia dentro, hacia lo que se abre o se descuelga por la imaginación. El universo ya está entero en uno mismo: sólo hay que sacar filones. Ponerse la escafandra y hundirse en las aguas calientes.

A Marisa Monte la empecé a escuchar hace exactamente doce otoños. Su nombre me sonaba del programa de Carlos Galilea en Radio 3, Cuando los elefantes sueñan con la música, pero no me había fijado especialmente en ella. El día inaugural fue el 21 de septiembre de 1994, y empezó con una pista falsa. Leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre el disco que acababa de sacar Eric Clapton, From the cradle, y sentí la necesidad urgente de ir a comprarlo. Era ya mediodía. Todo estaba cerrado menos la tienda de discos de El Corte Inglés, en la época en que aún era un lugar suntuoso y no un despojo como ahora. El de Clapton no estaba, pero yo había salido a comprar un disco (esas ansiedades del consumismo cultural) y fui a elegir otro a la sección de Música Brasileña. Bueno, en realidad esa sección no existía, sino la de Música Latinoamericana en general, que ha sido una fuente constante de irritaciones en mi vida. Pocas cosas detesto más que ir en busca de Caetano Veloso, Chico Buarque, Antonio Carlos Jobim o Adriana Calcanhotto y que me salgan al paso Quilapayún, Lucho Gatica o los Calchakis; y todavía escapa uno con suerte si se ha librado del adocenado Víctor Jara, cuyo "Te recuerdo, Amanda" es probablemente el mayor canto a la alienación del obrero que se ha escrito nunca (menos mal que ahora han hecho una versión los Astrud y han liberado el lirismo que había por debajo de ese ladrillo kitsch). En fin: vi el primer disco de Marisa Monte, titulado sólo con su nombre, y lo compré. Llegué a casa. Lo puse. No sé decir qué sentí, porque en realidad no sé decir qué sentía antes de haberlo escuchado. En mi memoria, "1994" y "otoño" son ya ese disco. Hay un eco de tiempo en él: no es que Marisa Monte esté en 1994, sino que 1994 está en Marisa Monte; aquel año y mi vida como subproductos de esa música. "Bem que se quis", "Chocolate" y, por encima de todas, "Preciso me encontrar"... Fue, sí, enamoramiento. La música era inseparable de la mujer. También esa cosa encantadoramente patética de los fans, que yo sólo he sentido con Marisa Monte.

En las semanas siguientes conseguí también Mais y Cor de rosa e carvão, que era su novedad de aquella temporada. Al poco me enteré de que iba a venir a España a presentarlo, en noviembre. Aquel otoño estuvo imantado por aquel acontecimiento. Encargué a Hervás, en Madrid, que comprara las entradas con mucha anticipación (¡toda anticipación era poca!), y el día del concierto partí de Málaga con Weil, en su viejo Ford. El viaje fue una tópica odisea, pero no por tópica dejamos de arriesgar auténticamente nuestras vidas. Ocurrió que se nos echó encima el tiempo, que se desató una tormenta por La Mancha y que tuvimos que avanzar a toda velocidad por una cortina de niebla y lluvia que apenas nos dejaba entrever un palmo por delante. Fue una genuina peregrinación: nos impulsaba la idea de que muchos kilómetros detrás de la atmósfera opaca había una mujer tropical.

Llegamos a tiempo, pero el espectáculo se retrasó. En el mismo escenario del Teatro Monumental habían estado grabando un concierto de la Orquesta de RTVE y tardaron mucho en montar el equipo de Marisa Monte y su grupo. Lo hicieron mal, además, porque el sonido resultó ser horrible. Musicalmente fue imposible sacarle placer al acontecimiento. Pero quedaba la mujer, que era además lo nuevo: la música ya la teníamos en los discos. Recuerdo que salió vestida con un traje negro que recordaba a Rita Hayworth en Gilda, con los hombros desnudos, de piel blanquísima, y unos guantes largos que llegaban hasta más arriba del codo y que se quitó luego (pero, ay, sin numerito de strip-tease). Sus ademanes eran todavía rígidos, solemnes, más de diva de ópera que de estrella del pop. Yo saqué mis prismáticos y me puse a observarla. Descubrí lunares. Gestos íntimos de los ojos y los labios. Minúsculas tensiones del cuello y los brazos. Como decía Luis Antonio de Villena en uno de sus poemas: "Hechizo de presencia viva". Sentía también el trastorno de encomendarme a esa Virgen que se inventó Pessoa, según le leí a José María Alvarez: "Nuestra Señora de las Cosas Imposibles Que Anhelamos En Vano". A pesar de ello, mi memoria de aquella velada se ha quedado como suspendida en irrealidad. Se había anunciado que el concierto iban a emitirlo unas semanas después por televisión, y eso hizo que mi atención se quedase liberada de la pulsión de fijar. Fue como un aplazamiento mental: dejé para ese momento posterior el momento presente. Pero sucedió que el concierto nunca llegó a emitirse, sin duda por la mala calidad del sonido. Así que ahora debo tratar de resucitar en mi memoria los momentos que viví aplazándolos.

Después he ido a tres más, siempre en años pares y en otoño: Granada 1996, Málaga 1998, Madrid 2000; y me he ido comprando los cinco discos siguientes: Barulhinho bom, Memórias, crônicas e declarações de amor, Tribalistas (con Carlinhos Brown y Arnaldo Antunes) y los dos de esta temporada, Universo ao meu redor e Infinito particular. Los conciertos de Granada y Málaga, en teatros, sonaron perfectamente. Marisa Monte ya había cobrado aplomo y a la vez soltura. Su apoteosis pop fue en el de Madrid en octubre del 2000, en que apareció tocada con un pelucón a lo María Antonieta, que se quitaba luego de un manotazo que era como saltar del siglo XVIII al XXI, en plan mujer moderna. Por desgracia, el concierto fue en La Riviera y sonó mal, como ocurre siempre en esa máquina atroz de triturar música. Aparte de la pésima acústica, a La Riviera le pasa como al Calle 54: los dueños quieren que todos sepan lo mucho que facturan, por eso les encargan a los camareros que hagan todo el ruido posible con las botellas, los vasos y la caja registradora.

Pero la emoción estuvo esta vez antes y después del concierto. Yo me había sacado, como siempre, la entrada con mucha antelación. Pero cuando faltaban pocos días, perdí la cartera con ella dentro. Corrí como loco a la Fnac a comprar una nueva, con miedo de que ya no quedasen. Por fortuna, el amor hacia Marisa Monte no es universal y conseguí otra. Recuerdo que luego, en la denuncia de Comisaría, me recreé escribiendo el nombre de Marisa Monte en la relación de lo perdido, como un toque de color en aquel informe gris. El caso es que encontré mi cartera el día después del concierto. No se me había perdido en la calle, sino en un rincón de mi casa. Y allí estaba la entrada, ya por siempre sin usar. La miré conmovido por su pequeña tragedia. Una entrada es un trozo de papel que lleva escrito un nombre, y ese nombre es su destino. Si lleva el nombre de "Marisa Monte", significa que ese trozo de papel se acercará un día físicamente a Marisa Monte (un día que también lleva escrito). Aquella entrada mía se lo perdió; se quedó entera y sin destino. Y pienso ahora si mi ausencia del concierto de Marisa Monte este 2006 no habrá sido por serle fiel a aquella entrada.

[Publicado en Kiliedro]

7.10.06

¿El fin de mis zozobras electorales?

Soy, quizá, un caso típico: abstencionista por cansancio (o por desacuerdo). Todos los partidos realmente existentes me producen exasperación. Es el hecho mismo del discurso político partidista lo que me cabrea. Las pandas de los mítines, por ejemplo, aplaudiendo bobadas con sus banderolas. Como decía Juan de Mairena, en esos casos dan ganas de abuchear: no tanto al orador, cuanto a los aplausos mismos de la masa. Pero nunca lo hace nadie. A los mítines sólo va carne de cañón: detritos humanos que degluten los vociferados tópicos con la misma voracidad lacia que el bocadillo de mortadela. Ahora está de moda poner un panel de jetas jóvenes por detrás del líder que topiquea al micrófono. Son todas, sin excepción, jetas de monaguillos.

Yo hubiese votado al PSOE en 1982, naturalmente. Pero aún era menor de edad. En el 86 ya no voté, ni al PSOE ni a nadie. Nunca he tenido veleidades totalitarias. En la época adolescente del comunismo y el ecologismo, yo estaba con Baudelaire y Nietzsche, con Bertrand Russell, con Savater. Jamás, ni por asomo, me ha dado por tontear con el Ché o con Lenin: presumo de haberlos detestado siempre, de haberles tenido el mismo poco respeto que a los curas. Mi toma de conciencia política, por decirlo así, fue con ocasión del 23-F de 1981. Por eso siempre he sido un defensor de la democracia formal. Pero he estimado que las elecciones eran menos importantes que la garantía de los derechos, que la limitación del poder que la democracia garantiza. Por decirlo de otra manera: las elecciones sólo me interesaban en tanto mecanismo de limitación del poder, independientemente de quien ganase. De este modo, he sido abstencionista sin considerarme por ello menos demócrata. Sólo he votado dos veces en mi vida: las dos sin convicción (por "ir a votar", más que nada) y las dos a Izquierda Unida. La primera fue en las generales de 1989, a Julio Anguita. Por adornar un poco mi voto, asistí a un mitin de campaña en Málaga, en una especie de nave industrial próxima a la estación de trenes. A cada frase oída, me salían diez contra-argumentos. Y la unanimidad de la masa en torno me asfixiaba. Pero yo ya había decidido votar por primera vez en mi vida, y tenía claro que no quería hacerlo al PP ni al PSOE. Unos años después volví a votar, en las municipales. Elegí también al candidato de IU al Ayuntamiento de Málaga: Antonio Romero. Este había destacado como diputado por su laboriosidad, y tenía fama de honesto. Pero cuatro horas después del cierre de los colegios electorales, yo ya estaba arrepentido de mi voto. Los primeros sondeos le daban ganador, y una cuadrilla de correligionarios lo pasearon a hombros, como a un torero, por delante del Ayuntamiento. La escena era patética: Romero no tiene pinta de torero, sino de picador (regordete, con bigote). Y encima luego no ganó él, sino Celia Villalobos. En los periódicos del día siguiente, salía el idiota alzando los brazos en unas elecciones que había ganado el PP. En fin, durante años seguí absteniéndome. Hace un par de elecciones, pensé que al menos debería ir a votar en blanco. Me fui al colegio electoral con gravedad de ciudadano escrupuloso, pero allí descubrí que para el voto en blanco no hay papeletas en blanco, sino que hay que entregar el sobre vacío. Me pareció una estafa. Y además, una violación del secreto de voto: un sobre vacío se sabe que va vacío. Me cabreé tanto que ni siquiera protesté. Así que me largué sin más, decidido a no volver a votar en la vida.

En las elecciones de 2004, sin embargo, en que yo tampoco tenía pensado votar, quizá hubiese votado finalmente al PSOE. Tras el atentado y a causa del atentado, por supuesto. No sé a qué viene la dignidad ofendida que ahora exhibe ese partido: sé de muchos que no votaron en su vida y que votaron al PSOE justamente por los atentados. Yo mismo, como digo, tuve ese impulso. Sólo que no me encontraba en mi circunscripción y físicamente ya no podía votar. Jamás me he alegrado más de algo, porque con el tiempo se ha ido viendo que este gobierno es el peor que ha tenido España desde los tiempos de Godoy. Me hubiese sentido muy sucio de, para una vez que estaba convencido, haberlo hecho de un modo tan nefasto. En el último año y medio he tenido la intención intermitente de votar al PP en las próximas, por una mera cuestión de Estado. Pero ha seguido corriendo el tiempo y el PP se ha revelado también, a estas alturas, como un partido lamentable. Hoy por hoy, no tanto como el PSOE. Pero también. (Por su lado, IU ha terminado convirtiéndose en un partido tan abyecto como inane.)

Y en estas, llegó Ciutadans. Por el blog de Arcadi Espada, he estado al tanto del proceso desde sus inicios. Por primera vez, simpatizo de un modo casi total con el discurso político de un partido. Ayer dio una charla en Málaga el secretario general, Antonio Robles, y sus palabras fueron límpidas: el equivalente verbal del desnudo corporal del candidato Albert Rivera. La desnudez. No se trata de un adanismo ingenuo, en la inauguración de algún paraíso. Es más bien un desnudarse: de ropas viejas y de tópicos. Es un partido higiénico, cuyo ideario es justamente la democracia formal: la ciudadanía. Podría decirse que es un partido formal, y que su radicalismo consiste, básicamente, en la defensa y aplicación de la ley (de la forma) democrática. Y ese es también su contenido, que tal y como están las cosas, suena hoy a verdadera revolución. Los dos ceporros goyescos de los garrotazos se encuentran de pronto con que fuera de su ciénaga hay alguien más guapo, más listo y más limpio que ellos. A ver qué hacen ahora.

Yo, por lo pronto, tengo ya a quien votar.

* * *
(25-V-2009) Deprimente epílogo.

6.10.06

Auto de fe

Si Dios hubiera llegado a saber
que mis tardes iban a ser tan largas,
sin duda alguna, por misericordia,
me hubiese dado el don de la poesía.

[1987]

5.10.06

Mujeres inteligentes

Abro al azar Radiaciones, que se había quedado en mi escritorio, y encuentro esta observación que no recordaba. Está fechada en París, el 23 de noviembre de 1941:


Con las mujeres inteligentes resulta muy difícil salvar la distancia que separa del cuerpo —es como si su espíritu siempre despierto las equipase con un cinturón que hace que el deseo se vaya a pique. Hay demasiada claridad a su alrededor. Quizá los primeros que penetran allí son quienes no poseen una orientación erótica clara. En esta partida de ajedrez eso podría ser una de las jugadas destinadas a que quede asegurada la perduración de la especie.

4.10.06

Templos aún invisibles

Uno de los textos imprescindibles del siglo XX (para el XXI) es el prólogo de Ernst Jünger a sus Radiaciones. Combinándolo con las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino (recordémoslas: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia), tal vez tengamos las claves para la literatura del presente y del porvenir. Transcribo dos párrafos de Jünger:


Nosotros creemos que en la plasmación de un estilo nuevo está la sublime posibilidad de hacer soportable la vida. Sólo caminando hacia adelante se encontrará tal estilo. Las llamas han consumido las últimas ramas secas del romanticismo. Y asimismo ha quedado manifiesto el desconsolador vacío del clasicismo. La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego. Las pretensiones conservadoras, ya sea en el arte o en la política o en la religión, extienden cheques contra activos que ya no existen. Así Huysmans, santo padre de la Iglesia de los tropeles de creyentes a quienes el pánico empuja hoy hacia los altares.

Frente a esto el realismo promete menos, pero cumple más. El realismo renuncia a las especulaciones que no se rigen por el orden de la lógica y no paga con cheques contra fondos invisibles. Eso está bien —¿pero hemos agotado los secretos de las cosas visibles? Toscos segmentos, relieves superficiales, eso es lo único que el positivismo y el naturalismo han ofrecido. Ahí puede haber un punto de partida. En las cosas visibles están todas las indicaciones relativas al plan invisible. Y en los diseños, en las muestras es donde es preciso demostrar que tal plan existe. A eso tienden los ensayos de fusionar el lenguaje jeroglífico con el lenguaje de la razón. En este sentido la obra literaria crea estatuas que el espíritu coloca como ofrendas ante los templos aún invisibles.

3.10.06

El extranjero

Me hace mucha gracia a mí la matraca de "la integración de los inmigrantes". No hay problema alguno. Me refiero a problema de tipo espiritual, es decir, insalvable; el único problema de entrada es el económico, que es secundario. El inmigrante llega y al tercer día ya está con su camiseta del Barça o del Madrid, jaleando el fútbol en el bar aceitoso, enganchado al Carrusel, hurgándose en los dientes con el palillo, meándose en las esquinas, zurrándole a la parienta y sin abrir un libro, como cualquier español. Llega la Semana Santa o la Feria, y los inmigrantes están en la primera fila del fervor y del jolgorio. Se adaptan como nadie a nuestros festejos y no hay cotilleo del Tomate que no controlen. Aquí el único extranjero soy yo, que detesta el fútbol, la Semana Santa y la Feria, y que va por la calle con su camiseta del Gran Vidrio de Duchamp como un extraterrestre no sólo desintegrado, sino sin posibilidad alguna de integración (lo cual es, por cierto, la fuente de mi felicidad).

23.9.06

Duchamp en el Museo del Prado

Si ustedes se pasan por el Prado, no dejen de contemplar las dos obras que tengo allí expuestas. Más que obras, intervenciones; o más precisamente: agujereamientos. Yo era joven y admiraba a Duchamp; también quería pintarle mi bigote a La Monalisa. De eso hace ya muchos años, pero mi creación se mantiene. El que quiera, puede ir a observarla.

El lugar elegido fue uno próximo al Jardín de las Delicias. Por allí andaban los Brueghel, con sus multitudes de apestados, las calaveras, los carros de heno, las guadañas. Y justo en el rincón estaba El Cardenal de Rafael. Una tarde me fui con una aguja y la clavé en su pupila izquierda. Aún se ve el agujero, si ustedes se fijan. Es diminutísimo, pero se percibe. A continuación me volví hacia el cuadro que había enfrente y que contiene mi azul favorito: El paso de la laguna Estigia de Patinir.



Con la misma aguja, ya artística, que conservaría en su punta micropartículas de la otra pintura, puncé a la altura del testículo derecho de Caronte (como prefigurando a Armstrong, ciclán del Tour). Lo hice como acto duchampiano y me enorgullezco de ello. Nadie se ha dado cuenta hasta hoy: los especialistas no han tenido ocasión, pues, de exhibir su histerismo. Tampoco fue tan grave: en nada se resintió la percepción retiniana de esas obras (que es lo que satisface a los políticos y al populacho); pero ambas multiplicaron por mil (secretamente) su valor conceptual. También podría interpretarse (aunque no estaba en mi propósito) como una saludable regresión de Rafael hacia el prerrafaelismo: consideremos el tránsito de la aguja. O como una operación de cirugía sutil por la que se injertan células
de pupila de Cardenal en testículo de Caronte.

Pero me quedo con Duchamp. Era tan fino, que también tenía su toque Lubitsch. Le pintó el bigote a La Monalisa, pero no terminó ahí su relación con la obra. Años después distribuyó entre sus amigos unas tarjetas con la imagen original de Leonardo, pero con esta anotación: "Afeitada". (Claro, ya era inevitablemente suya.)

20.9.06

Artistas heterodosos

Heterodosos porque parecen llamados por Pepiño Blanco: "Venid, artistas, a mí: sed heterodosos". Y los artistas acuden. Han salido ahora cuatrocientos o setecientos que han firmado no sé qué en favor de Rubianes. Es el típico gesto rentable del artista español: pocos de esos cuatrocientos o setecientos pasarán hambre esta temporada. La heterodosia les da de comer. Desde un punto de vista darwinista, no hay nada que objetar. Como decía Diógenes: es una lástima que el hombre no pueda quitarse también el hambre con sólo frotarse la barriga... Pero eso es lo que hay.

El caso es que estamos donde siempre: el artista exhibiéndose (¡esibiéndose!) como heterodoso, el artista como campeón de la libertad. Y comiendo. Y aplaudido por el Poder. Pero hagamos una breve genealogía del caso Rubianes. Parece que ya se ha olvidado dónde forjó su heterodosia este campeón de la libertad.

Estamos en la Cataluña de los meses previos a la aprobación del Estatut. La presión nacionalista es asfixiante. El establishment de la sardana le ha colocado estrellas amarillas a un sector de la población: los no nacionalistas, los que se oponen al Estatut. Les niegan el pan y la sal. Los llaman anticatalanes: los demonizan. Y nuestro heterodoso campeón de la libertad acude entonces a la televisión pública catalana. ¿Y qué hace? ¿Defiende los derechos de los marginados? ¡No! ¡Los putea! ¡Lo de la "puta España" iba por ellos! ¡Por los marginados del momento! Como ya dije en otra ocasión, lo de "me cago en España" no es nada. Yo me cago en España sin ningún problema. Es una frase neutra, algo estupenda quizá, pero que nada significa. No me siento heterodoxo ni héroe por ello. Me cago en España y punto, y me sale gratis. Pero hay contextos. El paraninfo de la Universidad de Salamanca en 1936, por ejemplo, cuando lo de Unamuno y Millán Astray. Si allí hubiera aparecido Rubianes cagándose en España (incluso con esa gestualidad suya idéntica a la de Millán Astray), yo le hubiese puesto un altar: lo tendría en mi listado de héroes civiles. O si el Ayuntamiento de Gerona hubiese hecho una declaración formal de defecación en España en 1964, yo me hubiese hecho gerundense de adopción. Pero no. En 1964 lo que hizo el Ayuntamiento de Gerona fue nombrar "alcalde honorario y perpetuo" al dictador Franco. Y el momento que escogió Rubianes para "cagarse en España" fue el lugar más cómodo y cobarde posible. Dijo en ese momento lo que el Poder quería oír. Por eso el Poder le aplaudió. Nuestro heterodoso campeón de la libertad forjó su heterodosia en un nauseabundo acto de lameculismo al poderoso. Así nacen nuestras leyendas progres.

Por lo demás, lo de si prohibir o no sus obras de teatro: no, claro que no. Que se exhiban con dinero público incluso: no hay problema. Iba a decir que Rubianes tiene muy poco talento, pero no nos engañemos: el 90% de lo que se exhibe con dinero público es mediocre a más no poder (lo que se exhibe con dinero privado, por cierto, suele serlo en un 95). Rubianes no hubiese desentonado. Como no van a desentonar ninguno de los cuatrocientos o setecientos artistas que, a lo largo de esta temporada, iremos viendo desfilar en cobro por su heterodosia.

19.9.06

Juegos reunidos Geyper

Fetiche

Quieto en el suelo
huele a medias negras
el zapato vacío.

* * *
Pena del voyeur

¿Son reales esos cuerpos?
No los toco: los veo.

* * *
Primavera

Lugar propicio para la exclamación:

Qué exultante variedad de señoritas!

* * *
Prisa

Phileas Fogg
se zampa en un segundo
su hot-dog.

(Y Rigodón pide la cuenta
“pog favog”.)

* * *
Macabro récord

Más veloz que Ben Johnson
la muerte nos lleva al foso.

(Y sin doping.)

* * *
Fugit irreparabile tempus

Esto ya empieza
a coger una velocidad
de vértigo.

Nos lo decían
y es cierto.

* * *
Dirección única

¿Por dónde
se va a la Muerte?
Siga recto: no hay pérdida.

* * *
Primer verso a máquina

Agasajadas las hadas.

* * *
Femenino singular

Un poeta.... Una poetisa
Un profeta.. Una profetisa
Un porreta.. Una porretisa.

* * *
Lunario sentimental

Se arrepiente la luna
de haber nacido
cuando canta la tuna.

* * *
Poeta en Nueva York

¡Esto es la Hostia!

* * *
Proust en el café

—¿Qué le pongo, señor?
—Una magdalena. Y quinientos folios.

* * *
Sagrada familia

Verja virgen
............. ...Verga!

* * *
Edipo gay

Mata a la madre y
se folla al padre.

* * *
El secreto de don Juan

Era putero.

* * *
Ya vamos fatal de tiempo

Ya vamos
fatal de tiempo.
Lo siento, pero
tenemos que cortar.

[1987-1989]

11.9.06

El lamento de Heráclito (2)

Venus de Urbino / Etant Donnés... (Tiziano / Marcel Duchamp)


La candente mañana de febrero en que Matilde Urbach murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

(Jorge Luis Borges, "El Aleph" / "Le regret d'Héraclite")

10.9.06

El lamento de Heráclito

Ada Green Glasses, Front View / Reverse (Alex Katz)


Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
Aquel en cuyo abrazo desfallecía Beatriz Viterbo.

(Jorge Luis Borges, "Le regret d'Héraclite" / "El Aleph")

1.9.06

El momento del miedo

Al ver en las librerías El viento de la Luna, he recordado el tiempo en que esa novela era menos que nada: una tarea por hacer y una angustia en la cabeza de Antonio Muñoz Molina. Así describía él mismo el comienzo de una jornada cualquiera de escritura:


Este es el momento del miedo, el de empezar a escribir y sentirse sin fuerzas para hacerlo, sin inspiración, con un abatimiento que no parece posible vencer. Este es el momento que hay que salvar siempre, como se da un salto para salvar una zanja, sintiendo de golpe toda la torpeza y la cobardía del cuerpo. (24-X-2005)

Pertenece a las páginas de su diario que publicó la revista Eñe este invierno. Luego me compré la revista y las leí en papel, pero esas palabras me llegaron primeramente por el oído, en la preciosa lectura, alternada con músicas neoyorquinas, que hizo Lara López en Radio 3. Recuerdo que las escuché paseando por un páramo en una de aquellas tardes en que oscurecía demasiado pronto. El libro en la librería. El trabajo (el mundo) que hay detrás de un libro.

22.8.06

Tejiendo la mañana

Traduzco ahora mi poema favorito del gran João Cabral de Melo Neto: "Tecendo a manhã", de La educación por la piedra (1966).

* * *
Tejiendo la mañana

1
Un gallo solo no teje una mañana:
precisará siempre de otros gallos.
De uno que recoja el grito que él
y lo lance a otro; de otro gallo
que recoja el grito del gallo anterior
y lo lance a otro; y de otros gallos
que con otros muchos gallos se crucen
los hilos de sol de sus gritos de gallo,
para que la mañana, con una tela tenue,
vaya siendo tejida, entre todos los gallos.

2
Y tomando cuerpo en tela, entre todos,
erigiéndose en tienda, donde entren todos,
entretendiéndose para todos, en el toldo
(la mañana) que planea libre de armazón.
La mañana, toldo de un tejido tan aéreo
que, tejido, se eleva de por sí: luz globo.

15.8.06

Un poema de Manuel Bandeira

Traduzco "Evocação do Recife" (1925), del poeta brasileño Manuel Bandeira (1886-1968). Solo una nota: el Capiberibe es un río de Pernambuco, el estado cuya capital es Recife. En este poema la palabra resuena algo así como "Rosebud" en Ciudadano Kane.

* * *
Evocación de Recife

Recife
No la Venecia americana
No la Mauritsstad de los armadores de las Indias Occidentales
No el Recife de los Mascates
Ni siquiera el Recife que aprendí a amar después
—Recife de las revoluciones libertarias
Sino el Recife sin historia ni literatura
Recife sin más nada
Recife de mi infancia
La calle de la Unión donde yo jugaba al caliente y frío
y rompía las cristales de la casa de doña Aninha Viegas
Totônio Rodrigues era muy viejo y se ponía los anteojos
en la punta de la nariz
Después de cenar las familias tomaban la acera con sillas
chismorreos noviazgos risas
Jugábamos en medio de la calle
Los niños gritaban:
¡Sal conejo!
¡No salgas!

A distancia las voces suaves de las niñas cantaban a coro:
Rosal dame una rosa
Clavel dame un capullo

(De aquellas rosas muchas rosas
habrán muerto sin florecer...)
De repente
en lo profundo de la noche
una campana
Un adulto decía:
¡Fuego en San Antonio!
Otro discrepaba: ¡San José!
Totônio Rodrigues pensaba siempre que era en San José.
Los hombres se ponían el sombrero salían echando humo
Y yo tenía rabia de ser un niño porque no podía ir a ver el fuego.

Calle de la Unión...
Qué bonitos eran los nombres de las calles de mi infancia
Calle del Sol
(Tengo miedo de que hoy se llame del Dr. Fulano de Tal)
Detrás de casa quedaba la calle de la Añoranza...
...adonde se iba a fumar a escondidas
En el otro lado estaba el muelle de la calle de la Aurora...
...adonde se iba a pescar a escondidas
Capiberibe
—Capiberibe
Allá lejos el pequeño sertón de Caxangá
Retretes de paja
Un día vi a una muchacha desnuda en el retrete
Me quedé inmóvil el corazón batiendo
Ella se rió
Fue mi primer deslumbramiento
¡Inundación! ¡Las inundaciones! Barro buey muerto árboles destrozos remolino desapareció
Y entre los pilares del puente del tren de hierro
los intrépidos caboclos en balsas de hojas de banano

Novenas
Caballadas
Y yo me recosté en el regazo de la niña y ella se puso
a pasar la mano por mis cabellos
Capiberibe
—Capiberibe
Calle de la Unión donde todas las tardes pasaba la negra de los plátanos
Con su vistoso chal de paño de la Costa
Y el vendedor de cañadú
El de cacahuetes
que se llamaban midubines y no eran tostados eran cocidos
Me acuerdo de todos los pregones:
Huevos frescos y baratos
Diez huevos por un peso
Tanto tiempo hace ya...
La vida no me llegaba por los periódicos ni por los libros
Venía de la boca del pueblo en la lengua equivodada del pueblo
Lengua acertada del pueblo
Porque él es el que habla sabroso el portugués de Brasil
Mientras que nosotros
Lo que hacemos
Es remedar cuales monos
La sintaxis lusa
La vida con una buena porción de cosas que yo no entendía bien
Tierras que no sabía por dónde quedaban
Recife...
Calle de la Unión...
La casa de mi abuelo...
¡Nunca pensé que fuese a acabarse!
Todo allí parecía impregnado de eternidad
Recife...
Mi abuelo muerto.
Recife muerto, Recife bueno, Recife brasileño
como la casa de mi abuelo.

14.8.06

El tamaño sí importa

Después de la primera aparición pública de Raúl Castro en tanto Comandante Vicario, ya no cabe ninguna duda: el tamaño sí importa. El hombre, sencillamente, no da. Ni siquiera provoca miedo, como el Hermano Lobo, sino más bien risa. Es una lástima que papá y mamá Castro no diesen otro ejemplar equiparable. Acertaron con la Revolución al producir un barbudo corpulento; histriónico y dañino, sí, pero al fin y al cabo con ciertos toques físicos que le distinguían (un poquito) de los demás dictadores latinoamericanos. Este Raúl Castro, en cambio, podría figurar, sin alterar el conjunto, en la comitiva de Pinochet, Ríos Montt, Videla o incluso Franco (si consideramos a Franco un dictador latinoamericano más, pero sin sabrosura). Con ese aspecto de oficial chusco peruano, y esa cara a medio camino entre Bryce Echenique y Fujimori, uno podría imaginarse perfectamente a Raúl Castro quemando ejemplares de La ciudad y los perros en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado. No creo yo que los cubanos puedan tomárselo muy en serio. Hoy he estado mirándole bien el uniforme, porque estoy convencido de que la causa de su tardanza en aparecer está en los trabajos de ajuste que han tenido que hacer los sastres de palacio. De repente, han debido reducir de tamaño los uniformes presidenciales, y eso ha llevado su tiempo. Estos trabajos explicarían también por qué Fidel se ha fotografiado en chándal y no en uniforme: sencillamente, ya no le queda ninguno de su talla. Todos han sido dispuestos, quizá precipitadamente, para la sucesión. Pero yo creo que detrás de ese chándal está la CIA. De otro modo, no se explica. En las fotos a color, con esas franjas rojas y blancas, Fidel tiene el aspecto de un veterano del Atlético de Madrid que se quiere hacer la ilusión de que aún forma parte del equipo. Pero en las de blanco y negro, parecía exactamente un presidiario de película de serie B. Lo más gracioso es que también Fidel recordaba a un peruano: en este caso, a Abimael Guzmán exhibido entre rejas. Pero la comedia bufa acabará tarde o temprano. Aunque sobreviva esta vez el dictador, acabará muriendo. Porque el Tiempo, tan cabrón con frecuencia, tiene algo simpático: que es un infalible tiranicida. (Dejemos para otra ocasión el hecho de que también se encarga de todos los tiranizados.)

[Publicado en Penúltimos Días]

13.8.06

Los días felices

He leído otro libro del lote que me trajo Hervás cuando vino con Paloma: Los Días Felices, de Laurent Graff. Paloma, por cierto, me regaló un madelman pirata, que puse junto al hipopótamo de mi escritorio. Hasta el viernes parecían una pareja de leyenda. Hoy parecen una horterada salida de Piratas del Caribe 2. Pero los dejaré ahí: la moda pasará y ellos recobrarán su decencia icónica.

Los Días Felices es la obra de un Cioran pusilánime. Esta pusilanimidad es un hallazgo nihilista: al lado de Graff, Cioran parece un campeón del vitalismo. Y, en verdad, las páginas de Cioran están llenas de energía: de energía destructora, o transparentadora, pero energía al cabo; energía combatiente y epiléptica. Al compararlo con Graff, apreciamos que Cioran no estaba diciendo una boutade cuando se declaraba un "fanático sin fe". Graff ha dado un paso más en la disipación de la vida: no tiene fe, ni tampoco la fuerza de la ausencia de fe. Es sólo un dulce contemplador del error de la existencia y de su progresivo e irremisible deterioro hasta la muerte. Sin pasión; sólo con un sufrimiento recóndito, enlatado en varias capas de pasividad.

El protagonista de la novela, que uno se imagina con la cara del autor que se ve en la solapa, considerando que ya no le interesa más la vida, ingresa en una residencia de ancianos a sus treinta y cinco años, con la idea de permanecer en ella el tiempo que le quede. Lo hace, de acuerdo con su carácter, sin estrépito y sin énfasis. El suicidio ni se lo plantea, justo por lo que tiene de estrepitoso y de enfático. Él no quiere morir. Simplemente, se retira de la vida. Le da lo mismo que el personal de la residencia o los familiares de los internos lo tomen por bobo: lo acepta sin más. Su absoluta falta de rebeldía lo convierte, de facto, en un rebelde absoluto; o en un rebelde del absoluto. Ante la tentación de existir y el inconveniente de haber nacido, ni siquiera grita. Se deja resbalar y punto: su ser es escurridizo de un modo total.

Las descripciones de la residencia y las historietas con los ancianos, que sirven para darle cuerpo a la novela (si no, no sería novela) resultan agradables y tienen la ligereza de esas películas francesas del estilo de Para todos los gustos. Pero lo mejor no es eso, sino las reflexiones sobre la vida y la muerte que va soltando el narrador; y, naturalmente, el narrador mismo como personaje. A los dieciocho años ya se ha comprado su tumba en el cementerio, a la que visita de vez en cuando y para la que va encargando lápidas con sus correspondientes epitafios. Por ejemplo, este que abre la novela: "Aquí estoy, muerto y enterrado, como si hubiera vivido". O este otro del final: "Toda mi vida me he ido dejando morir". En el relato de una de esas visitas hay una imagen preciosa: "Atravieso el cementerio como un turista vestido en una playa nudista. Las tumbas, impúdicas, me desnudan con la mirada, merman a mi paso mi frágil atuendo, una simple hoja de vida en el cuaderno de la muerte". Lo que le produce la existencia no es angustia sino pudor: un pudor de orden metafísico.

El narrador ha vivido lo suyo. Se casó y tuvo hijos. Aunque ni aun entonces le acompañó la épica doméstica ni el romanticismo de la normalidad. Sus consideraciones son más bien zoológicas: "Yo quería una mujer sencilla, modesta, resignada, con la que enfrentarme serenamente al futuro: una esposa. Tras varios meses de búsqueda infructuosa, acabé por encontrar una chica de mi edad, un poco perdida, que también quería casarse. Ella creía en el rollo de la media naranja y tuvo la debilidad de creer que yo podía ser la suya. No le llevé la contraria, ya se desengañaría ella sola". Y con respecto a los niños: "Al principio quise ocuparme de mis hijos, inculcarles el amor a la vida que yo no tenía, pero seguramente me equivoqué en algo o me faltó convicción. Cuando empezaron a crecer, me hicieron ver que no me necesitaban para forjarse su propia idea de la existencia".

Después ingresa en la residencia de ancianos y se abandona a la rutina, con obediencia, con docilidad, bajo un hilo musical de Richard Clayderman. A lo largo de Los Días Felices, que es el nombre del sitio, hay momentos de abatimiento soterrado, otros de observación diseccionadora del teatrillo de la existencia... y otros casi zen, como el de este párrafo que copio para acabar y en el que el narrador le encuentra un cierto gusto a su zumo de nada: "Sin embargo, a veces, sentado en mi banco del jardín de Los Días Felices, me parece alcanzar cierta forma de liberación, de 'sobreexistencia', de superación en el abandono, que me libera de toda subordinación. Es como una ingravidez apaciguadora en un punto inmóvil, una especie de levitación existencial que suspende el curso ordinario de la vida. Se trata de alcanzar al mismo tiempo el punto más lejano y el más cercano a uno mismo, soltar las amarras que nos atan al mundo y dejar ir las cuerdas. Se escapa entonces a toda influencia y se sobrevuela el mundo llevado por un viento nuevo".

10.8.06

Lanzarote

Me he leído esta tarde un librito delicioso: el Lanzarote de Houellebecq, que me dejó Hervás. Ha sido una comprobación involuntaria de que es posible la inteligencia en Lanzarote. Después de Saramago y sus Cuadernos de Lanzarote, y después de las vacaciones de ZP en Lanzarote, uno ya había desestimado la idea de asociar Lanzarote a algo que no fuese sub-inteligencia y cursilería. Pero quedaba Houellebecq. Curiosa mi relación con Houellebecq: no he podido con sus novelas, pero me bebí El mundo como supermercado y ahora me he bebido éste. Son como licores rápidos, digestivos. Uno nota una cierta apertura en el esófago, y de paso se le ventilan los pulmones con una refrescante nada contemporánea. Estamos en un páramo pero eso no es una catástrofe, viene a ser la lección. Queda resumida exactamente así: "Se puede vivir muy bien sin esperar nada de la vida; es lo más corriente, incluso. En general, la gente se queda en casa, se alegran de que su teléfono no suene nunca; y cuando suena, dejan conectado el contestador automático. No hay noticias..., buena noticia. En general, la gente es así; y yo también".

Luego, con cierta culpa, me he puesto a repasar los Cadernos de Lanzarote. Siempre me queda el complejo de haber sido injusto con Saramago. Pero a la quinta línea, ya mejoro: es un idiota sin remisión. Lo cual, por cierto, no lo invalida como novelista. Al contrario. Ya he dicho otras veces que El año de la muerte de Ricardo Reis es una de las cuatro o cinco novelas con las que más he disfrutado en mi vida. Pero es que el novelista ha de ser un poco tonto. Sólo así puede funcionar en esa idiotez de fondo que es, en verdad, toda novela. A los de inteligencia abrasiva, como Azúa, les resulta imposible escribir novelas: no pueden, o les salen malas. Se percibe demasiado el esfuerzo que hacen por estupidizarse. Sólo logran textos equiparables cuando meten a la inteligencia de personaje principal, como en la Historia de un idiota contada por él mismo. Pero su género es el ensayo, y preferentemente el ensayo corto: el latigazo. El auténtico novelista es siempre un cómplice de la vida, y por eso debe tener algo de necio, como la vida misma.

Pero algo subyugante sí que tienen los Cuadernos de Lanzarote: reflejan un viaje por el Infierno, el Infierno de la vida del "escritor consagrado". Sale uno molido de tanta presentación y feria del libro, de tanto congreso y conferencia, de tanto curso de verano, de tanta entrevista, de tanta cena efusiva con amigos escritores y gente importante en general, de tanta carta de lector arrobado y tanto aplauso, de tanta exploración en busca de elogios por periódicos de la Cochinchina... Pero Saramago lo cuenta con orgullo y presumiendo, feliz de poderse pasear por el Infierno en first class. Y su felicidad le viene, claro, aparte de su bobería invencible, de que su acompañante no es Virgilio, sino Beatriz misma. Es lo bueno de los amores maduros... y de que para cuando conoció a su Beatriz, este Dante ya estaba bien instalado en un estatus.

9.8.06

George Duke y el Pan de Azúcar

Para calmar la saudade, que sigue, me he puesto a leer también O Rio de todos os Brasis, del economista Carlos Lessa. El Río de todos los Brasiles. La fecha es esta vez la del 9-III-2001. Se conserva la etiqueta de Sodiler, que era la librería del aeropuerto. Sí, lo recuerdo: compré ese libro poco antes de embarcar. Pensaba que volvería pronto y ya han pasado cinco años y cinco meses. Justo hoy. Pero ahora sólo quiero anotar una sensación. Mi tema favorito de A Brazilian love affair, el disco de George Duke que conocí por Losada, es "Sugar Loaf Mountain". Tiene un ritmo trepidante, perfecto para conducir; de hecho, le da un aire a la sintonía de Starsky y Hutch. Lo que yo no entendía es qué diablos tenía que ver con el Pan de Azúcar. Hasta que conocí los autobuses de Río de Janeiro. Viajar en ônibus es una de las experiencias más intensas que puede vivirse en la ciudad. Hay un trayecto irresistible, el que va de Ipanema a la Barra da Tijuca, con el autobús a toda pastilla por el borde de los acantilados de la Avenida Niemeyer, que es una locura de montaña rusa a pelo, sin raíles. Uno sale con la adrenalina a tope, maravillado. Sin duda, con la alegría del superviviente. Pero hay otro trayecto más sentimental: el de Copacabana al Centro. Resulta igualmente trepidante, pero la ausencia de acantilados le resta un poco de montañarrusismo. Se me olvidaba indicar que las frenadas secas, en las paradas y semáforos, y los abruptos acelerones para reanudar la marcha (que dejan tambaleándose en el pasillo a los pasajeros que acaban de entrar) son un ingrediente indispensable en la diversión. Diversión que yo no dudaría en calificar de dionisíaca. El caso es que el autobús ha dejado atrás Leme y el túnel y ha desembocado en la Bahía de Guanabara. Ya tenemos ahí el Pan de Azúcar. A lo largo de Botafogo y de Flamengo, le veremos bailar entre los trompicones. Aparecerá, desaparecerá, resurgirá entero, se quebrará, se exhibirá con perspectiva, esquinado, recatado, obsceno, de frente, de perfil, en calma, nervioso, doméstico, salvaje... y ni medio minuto seguido retendremos la misma visión. Es una postal caleidoscópica y sincopada, y si uno escucha entonces el tema de George Duke, comprobará que encaja a la perfección —en sus encajes y desencajes.

8.8.06

Vila Isabel

En mis excursiones brasileñistas por la Red me entero ahora de que Vila Isabel ganó este año el desfile de carnaval. Me he llevado una gran alegría. Yo estuve viviendo unas cuantas semanas en ese barrio de la Zona Norte de Rio: las que duró mi lectura de la biografía de Noel Rosa escrita por João Máximo y Carlos Didier (y editada por la Universidad de Brasilia). Nunca he leído con más gusto un tochazo semejante. Se trataba de la Vila Isabel de principios del siglo XX, a la que me asomé desde el Madrid del 2000. Por fortuna, yo tenía casi toda la obra de Noel, incluyendo las grabaciones de los años treinta (de la colección Revivendo), así que fue una lectura ilustrada, con pausas musicales. Una de estas ilustraciones fue particularmente emocionante: la del primer tambor del morro al que dejaron entrar en un estudio de grabación, en enero de 1931. Fue en el samba "Nêga", de Lamartine Babo y Noel Rosa, interpretado por João de Barro (Braguinha) y el Bando de Tangarás, del que formaba parte Noel: Nêga, nêga / Já te dei de tudo / Agora chega [Negra, negra / ya te di de todo / ahora basta]. El tambor sonaba en solitario entre los versos del pegadizo estribillo; y después, se incorporaba la banda junto con otros instrumentos de percusión, entre los que creo recordar que había también latas. Pero yo había escuchado ya mucho a Noel, especialmente en el disco Noel inêdito e desconhecido, en los Sem tostão de Henrique Cazes y Cristina Buarque, en el doble Vivanoel de Ivan Lins y, por encima de todos, en el Songbook que produjo Almir Chediak y que oímos por primera vez, como tantas otras cosas, en el programa de Carlos Galilea. Ahí está, entre su 100% de joyas, la mejor versión de "Feitiço da Vila", interpretada inolvidablemente por Ney Matogrosso, con Francis Hime al piano y Rafael Rabello a la guitarra: A Vila tem / Um feitiço sem farofa / Sem vela e sem vintém / Que nos faz bem [Vila Isabel tiene / un hechizo sin nada de comer / a dos velas y sin un céntimo / que nos hace bien]. Ni sé las horas de dicha que le debo.

7.8.06

Epílogo artístico

En Cidade partida se cuenta bien la historia de Cara de Cavalo, el bandido que pasó a la historia del arte (y a la de la música brasileña) gracias a la bandera-estandarte que le dedicó el gran Hélio Oiticica, que mostraba una fotografía de su cuerpo acribillado a balazos y este lema: Sea marginal, sea héroe. Oiticica fue un artista brasileño, mezcla de Duchamp y Pasolini, que también murió demasiado joven, aunque con veinte años más de los veintidós con que lo hizo Cara de Cavalo. He estado picoteando en el libro que Waly Salomão escribió sobre Oiticica para la serie Perfis do Rio. Ahí está la época, con ese sol de los sesenta-setenta que es el de mi infancia. Poco tendrá que ver mi sol mediterráneo, sin embargo, con aquel tropical... Pero el sol que me llega es más que nada el de las fechas. Incluso de las de antes de mi nacimiento, como aquella de 1964. Entrecierro los ojos y noto una turbulencia luminosa: la del mundo cuando yo aún no existía pero ya estaba en marcha mi materia. (O esa disposición particular que me constituye —por un tiempo.)

Cara de Cavalo era un delincuente perezoso y mediocre, pero en una refriega un tiro suyo mató al policía Le Cocq. "Aquel tiro", cuenta Zuenir Ventura, "alcanzó también al amor propio del cuerpo. (...) Al matar al legendario detective, Cara de Cavalo decretó su propia sentencia de muerte. En pocos minutos, pasó de ser un vulgar proxeneta y extorsionista, feo y pobre, con la cara que le hizo merecer su apodo, a transformarse en un terrorífico bandido". Dos mil agentes fueron movilizados en su busca, en una de las mayores redadas que ha conocido Brasil. Por el camino, murieron hombres sólo por parecerse al "enemigo público número uno", y hubo rivalidades y peleas entre policías, en una de las cuales murió también el otro detective mítico de la época, Perpétuo. Después de un mes y siete días, localizaron a Cara de Cavalo en Cabo Frio, adonde había llegado tras un viaje de autobús y tren. En la madrugada del 3 de octubre de 1964 atacaron su escondrijo. "Según el informe pericial", leemos en Ciudad partida, "de los cien tiros disparados contra Cara de Cavalo, cincuenta y dos alcanzaron su cuerpo, veinticinco de los cuales se alojaron en la región del estómago". Uno de aquellos policías, Sivuca, usó luego una expresión que yo he leído en Rubem Fonseca: "El ombligo del tipo se quedó pegado a la pared".

La bandera-estandarte de Hélio Oiticica fue usada como emblema por el Tropicalismo. En 1968 un concierto de Caetano Veloso, Gilberto Gil y Os Mutantes fue prohibido porque la desplegaron en el escenario. Pero Oiticica es, ante todo, el creador del parangolé: la capa-vestido de un único color que cada cual puede confeccionarse siguiendo las instrucciones del artista. Caetano Veloso tuvo el suyo. Y también Adriana Calcanhotto, que además le dedicó una canción: Pleno ar / puro Hélio / mas / o parangolé Pamplona você mesmo faz.

4.8.06

Ciudad partida

Ayer tarde, para acompañar el calor tropical, busqué entre los libros que aún tengo por leer de los que me traje de Brasil. Escogí Cidade partida, de Zuenir Ventura. En la llamada página de respeto hay una anotación con mi letra: “Río de Janeiro / 7-III-2001”. Y en la esquina superior derecha, el sello de la librería: Berinjela (en color berenjena, como es natural). Era una pequeña librería de viejo situada en los sótanos del edificio Marquês do Herval, Avenida Rio Branco 185. Recuerdo que aquel día vi un ejemplar desgastado de la Antología poética de Cernuda que editó Alianza y me pregunté cómo habría llegado allí. No lo compré, para que lo comprase otro.

Zuenir Ventura es un veterano periodista brasileño, columnista de O Globo y autor de un best-seller de época: 1968: o ano que não terminou. Es también el guionista y entrevistador de ese documental sobre Paulinho da Viola (Meu tempo é hoje, 2002) en el que el músico declaraba memorablemente: "Eu não vivo no passado. O passado vive em mim". En Ciudad partida se establece un paralelismo (no sin ironía y sarcasmo) entre las invasiones bárbaras del Imperio Romano y la situación de Rio de Janeiro, dividido entre la civilización y una barbarie que no sólo la rodea, sino que se adentra en ella: “Sin cinturón de seguridad ni cordón sanitario para aislar el mundo de los pobres del mundo de los ricos, lo que Rio le cedió al enemigo no fueron sólo las mejores vistas. Nuestros bárbaros ya están dentro de las murallas y sus tropas detentan las mejores armas y la mejor posición de tiro”.

El libro está dividido en dos partes. La primera, “La edad de la inocencia”, es una introducción de cuarenta páginas que saben a poco. En ella se demuestra cómo en el Rio de la Bossa Nova, el de los paradisíacos años cincuenta y primeros sesenta, ya estaba incubado (y empezando a abrirse) el huevo de la serpiente. En un estilo diáfano y analíticamente impecable, el autor traza una “crônica noir” de esa época solar, apoyándose en la prensa de entonces. Hay pervivencias antiguas, casi enternecedoras, entre las que comienza a configurarse el Rio que conocemos: “Si algunos personajes de este libro –como los bandidos Cara de Cavalo y Mineirinho o los detectives Le Cocq y Perpétuo- confirman el amateurismo de la época, otros ya anticipan el profesionalismo moderno, al forjar ciertos modelos de comportamiento actual. Este es el caso del general Amauri Kruel, el creador del Escuadrón de la Muerte. Este no sólo inauguró una institución ‘moderna’, sino que también instauró una mentalidad. La violencia y la corrupción no fueron invenciones suyas ni de los años dorados, de igual modo que la música brasileña no fue una invención de los ritmos de la Bossa Nova. Pero el compás doble de violencia y corrupción debe tanto a ese general del Ejército, como la música a su contemporáneo João Gilberto”.

El grueso de la obra lo constituye la segunda parte, “El tiempo de los bárbaros”, que nos habla del Rio de Janeiro actual (actual de 1994, que prosigue -recrudecido). Ahora no se trata ya de inspeccionar hemerotecas, sino de hacer un trabajo de campo. El autor se dedica a visitar durante diez meses la favela Vigário Geral, a raíz de la matanza (“a chacina”, por mencionar esa expresión que suena a humor negro en oídos españoles) que efectuó un grupo de la Policía Militar y que causó veintiún muertos. Esto ocurrió en agosto de 1993. Yo no recuerdo haberme enterado de aquel suceso, pero sí de otro de un mes antes: el asesinato de ocho meninos da rua junto a la iglesia de la Candelária. El guía del periodista por la favela es el joven sociólogo Caio Ferraz, primer habitante de Vigário Geral en obtener un título universitario, "intelectual orgánico" a lo Gramsci y empeñado en concienciar a sus vecinos. Curiosamente, el jefe del narcotráfico, el bandido Flávio Negão, es amigo suyo de la infancia. Zuenir Ventura se pregunta qué ha podido conducir a destinos tan opuestos a dos muchachos criados en las mismas condiciones.

El retrato de la vida en la favela es eléctrico. Uno sale del libro con una impresión profunda de vivencia: de haber estado allí, en esas casas (o barracos) miserables, en esas calles vigiladas por jóvenes narcos con la metralleta al hombro, de haber asistido a sus bailes funks y a sus bautizos, a las refriegas con la policía, a las conversaciones de sintaxis acribillada pero vivaces, que proyectan todo un mundo, o de haber presenciado “a fila do saco”: la cola de compradores que se forma los fines de semana ante una mesa colocada en plena plaza, con un enorme saco lleno de cocaína encima... Y también de haber conocido a personajes inolvidables, como el viejo comunista Nahildo, sabio presidente de la asociación de vecinos, que perdió un hijo en la chacina y que sólo puede humedecerse la boca chupando “piedras de hielo” porque, a causa de sus dolencias de riñón, le tienen racionada el agua; o el joven Boi, que pasa en esos meses de camorrista en Copacabana (al grito de “este es el tranvía del mal de Vigário Geral”) a fugaz estrella funk y a converso al presbiterianismo por último; o la embarazada Andrea, ya dos veces viuda a sus veintidós años, cuyo hermano pequeño también murió mientras robaba un coche. Sobre ésta escribe el periodista: “Le pregunto si no está traumatizada por tantas muertes, y ella parece no entender el sentido de la pregunta. Responde con una sonrisa dulce y una cara de sorpresa”. Pero, sin duda, el capítulo más estremecedor es el de la larga entrevista a Flávio Negão, titulado, muy justamente, "Desde el fondo de las tinieblas". En un momento dado, el autor le pregunta si nunca siente remordimientos después de matar a alguien. Esta es la respuesta: "Sí que lo siento, ¿eh? Pero lo que es quitarle la vida a alguien, vamos a decir, sin ningún fundamento, eso no lo hago. Se la quito cuando sé lo que estoy haciendo". Pero mejor copiarlo en su peculiar portugués: "A gente fica sentido, né? Mas também tirar a vida da pessoa, vamo dizer, sem ter fundamento nenhum, eu não tiro. Tiro sim, quando to sabendo o que tou fazendo."

Además de la vida en la favela, y de los esfuerzos del entrañable Caio Ferraz por instituir la Casa da Paz y hermanar Vigário Geral con la favela vecina y tradicionalmente enemiga, Parada de Lucas, el autor nos da cuenta de la creación del movimiento Viva Rio, surgido en la parte noble de la ciudad y formado por periodistas, intelectuales, empresarios y sindicalistas que se aúnan con el propósito de hacer algo ante el naufragio. Frente a otro sector de la opinión pública que pide la intervención del Ejército en las favelas, ellos tratan de integrar los dos Rios, de tender puentes y vías de comunicación entre la Zona Sur y la Zona Norte, entre la parte baja, civilizada, y los morros y favelas. Se trata, sin duda, de un impulso moral de clase media, que resulta loable pero que al mismo tiempo no deja de ser un signo más de estatus: en este caso, de estatus espiritual. Entre los pobres hay menos posibilidades de exhibición cívica y hay menos capacidad de acción. A mí, en cualquier caso, me ha reconfortado encontrarme con personajes dignos y sensibles como el antropólogo Rubem César, el sociólogo Herbert de Souza (Betinho), el arquitecto y especialista en el funk carioca Manoel Ribeiro, el pastor presbiteriano Caio Fábio o incluso el coronel de la Policía Jorge da Silva, licenciado en literatura inglesa y seguidor de Montesquieu. "Según él", escribe Zuenir Ventura, "de las tres formas básicas de gobierno estudiadas por el filósofo francés -monarquía, república y despotismo, a las que corresponden la honra, la virtud y el miedo-, sólo la última había llegado a las favelas. `Los habitantes de las favelas saben que la república, cuando llega, se larga enseguida. El despotismo vuelve a hacerse cargo´".

El libro deja un poso acre, pero no exento de belleza: esa asfixiante sobredosis de realidad en el fondo renueva la pasión por la vida. Algo me retenía en ese mundo. Ahora, con internet, uno puede seguir leyendo aun después de haber pasado la última página. Así, he visto la favela, a la Policía Militar patrullando sus calles y a un narcotraficante con su metralleta, en segundo plano de una escena cotidiana. Y los cadáveres de la matanza de 1993. Y el reportaje que le dedicó el semanario Veja. Y el interior de la Casa da Paz, ya en funcionamiento. Y la web de Viva Rio. Y la del predicador Caio Fábio. Y he sabido que Flávio Negão fue abatido por la policía medio año después; y también, de paso, quién fue su sucesor y cuándo fue capturado. Y que casi todos los policías acusados de la matanza fueron absueltos en el juicio. Y que esos mismos policías amenazaron de muerte a Caio Ferraz, quien tuvo que salir de Brasil en 1995 (y fuera seguía hace un mes). Y que murió Betinho. Y que las dos favelas vecinas y tradicionalmente enemigas, Vigário Geral y Parada de Lucas, volvieron a la guerra.

* * *
(29.8.13) Sobre el veinte aniversario.

1.8.06

Música estival

Además de a Morrissey, estoy escuchando mucho estos días a Ludovico Einaudi y a Marisa Monte, como en realidad vengo haciendo desde hace meses. Al pianista Einaudi lo descubrí este invierno en el programa de Ramón Trecet. Luego mi cuñado me consiguió Diario Mali y Una mattina, y desde entonces voy por ahí escuchándolos en mi coqueto ipoide azul. Los dos últimos discos de Marisa Monte, en cambio, no los pude meter, porque llevan un dispositivo anticopia. Así que Infinito particular y Universo ao meu redor no he tenido ocasión de disfrutarlos como a mí me gusta, con el mar delante y la brisa caracoleando en los cascos; pero los he escuchado abundantemente en casa. Otro de mis discos del año es la antología de The Mizell Brothers, esos fantásticos hermanos de la música negra de los setenta, que me descubrió Losada. Este también me recomendó hace tiempo Good gracious!, de Lou Donaldson, que he rescatado ahora y que encaja a las mil maravillas con el verano. Otra recomendación (esta vez de una amiga) es The best of Chet Baker sings; en realidad ella me recomendó sólo una canción, "But not for me", pero ya me he dedicado a escuchar el disco entero. Y jazz brasileño de principios de los sesenta: el grupo Bossa Três, del que me pongo de vez en cuando (¡con el repeat incesante!) su versión del "Days of wine and roses" de Mancini. Por diferentes motivos he sacado últimamente dos discos que hacía tiempo que no escuchaba, y ya se han quedado aquí: el Circuladô vivo de Caetano Veloso y A fábrica do poema de mi querida Adriana Calcanhotto. Del primero me ha dado fuerte ahora con "Queixa": "Senhora, e agora me diga aonde eu vou". La otra noche pusieron en Radio 3 el nuevo disco de Ivan Lins, y para seguir meciéndome he vuelto al penúltimo: Jobiniando. Y, para acabar, dos clásicos de clásicos en versiones nuevas (y ya clásicas), que no me canso de oír: el Songbook de Noel Rosa y Ney Matogrosso interpreta Cartola, sin duda dos de los mejores discos de la historia de la música brasileña, que quiere decir de la historia de la Música.

28.7.06

Bernhard como antídoto

Hay dos cosas que se han vuelto a poner de moda: la literatura en la que “pasan cosas” y el optimismo. Frente a ambas, desoladoras, hay un antídoto implacable: Thomas Bernhard.

La literatura en la que “pasan cosas” suele ser un coñazo que no hay quien lo aguante. Esa literatura se dice hecha para la diversión, pero en realidad sólo está hecha para que el autor recaude unos euros. Exactamente como pasa con los tunos. La tuna, que es, literalmente, el cachondeo por obligación, no divierte a nadie y su única función acaba siendo que los estólidos tunos se lleven su propina. Lo mismo ocurre con la literatura en la que, al parecer, “pasan cosas”, y en la que, realmente, lo único que pasa es que el autor se lleva unos euros. Ese es el único elemento susceptible de sorpresa y novedad: ¿cuántos euros va a llevarse el autor (¡y el editor!)? ¿A qué cantidad va a ascender su propina? El resto, el contenido de esa literatura en sí, es de lo más aburrido y previsible: y los códigos del viento, las catedrales de sábanas, los pintores de cruasanes y hasta los cursos de literatura para da vincis no son más que cansinas variaciones del “clavelito, clavelito”. Desengañémonos: en España, el único al que se puede leer realmente es a Javier Marías. Y, a nivel internacional (y ya póstumo), aunque traducido al español (¡por Miguel Sáenz!), a Thomas Bernhard. En sus novelas puede que no “pasen cosas”, pero sí que pasa algo: la literatura. Que es, por cierto, el único acontecimiento digno que puede pasar en una página.

Por otro lado está toda esa patulea de optimistas oficiales que responden a los ominosos nombres de Bucay, Coelho o Rojas Marcos y que, con su optimismo oficial, están conduciendo a la humanidad al borde del suicidio. Nada hay más deprimiente e invitador al suicidio que un blando optimista oficial. Salimos de la conferencia de un blando optimista oficial, por ejemplo del gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay, y el primer impulso es correr al otorrino para suplicarle una extirpación de oídos que nos impida ser ya susceptibles de volver a escuchar en ninguna otra ocasión futura al gordinflón vestido de negro con toque sport Bucay. Bucay, Coelho y Rojas Marcos atufan el mundo con eso que yo llamo optimismo deprimente. En el lado opuesto estaría Thomas Bernhard, que perfuma el mundo con eso que yo llamo pesimismo exaltante. Una vez propuse un experimento, y cualquier antropólogo que quiera probar científicamente esta división mía no tiene más que llevarlo a la práctica. Se trataría de meter en dos chalets iguales a sendos grupos equivalentes de personas y mantenerlas encerradas en ellos durante, digamos, cien días. A los habitantes del chalet A se les daría como única lectura libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. A los del chalet B, sólo libros de Thomas Bernhard. Pues bien: afirmo que el índice de suicidios, al cabo de los cien días, sería infinitamente superior en el chalet A. Los habitantes del chalet A andarían pegándose cabezazos contra las paredes, y arrojándose los unos a los otros los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, de hecho no cesarían de torturarse y descalabrarse los unos a los otros con los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos, y los más afortunados lograrían desarrollar un método para suicidarse autogolpeándose certeramente en la nuca con un libro de Bucay, Coelho o Rojas Marcos, y así poderse librar definitivamente de los libros de Bucay, Coelho y Rojas Marcos. Por el contrario, los habitantes del chalet B habrían formado una comunidad carcajeante que comentaría y se intercambiaría con gusto y avidez los libros de Thomas Bernhard, y no querrían que el encierro se acabase nunca, al menos no en tanto a cada uno le quedase todavía algún libro de Thomas Bernhard por leer, y cuando finalmente llegase la hora de salir, lo harían como unas motos y con ganas de comerse el mundo...

Porque este es el secreto; este es, como diría Salinger, el maldito secreto: los libros que nos exaltan no son los que acumulan banalidades con apariencia de acontecimientos, y que no son sino síntomas de una incapacidad cerval para la diversión, sino aquellos en los que el principal acontecimiento es la literatura, que es un acontecimiento que nos divierte muchísimo; no aquellos libros que nos sustituyen la vida por un sucedáneo para que la podamos digerir blandamente, sino los que nos arrojan a la cara, o nos meten por la boca, la indigestibilidad esencial de la vida, para que comprobemos cómo, a pesar de todo, nos la podemos comer, y la digerimos, y hasta nos gusta, y nos carcajeamos por ello, y aprendemos entonces con orgullo que esto que decimos amar ardientemente no es un potito bledine (¡un potito Bucay!), sino un jabalí crudo (¡un jabalí Bernhard!) que sí que merece el nombre de vida.

[Publicado en Kiliedro]