28.6.22

El lugar de Balbín

Para ver La Clave había que violentar un poco las cosas. Con el energumenismo de mis dieciséis años, obligaba a que los viernes por la noche se pusiera la segunda cadena en el televisor y no la primera, que era la que todos querían ver. Me comportaba así porque me moría si no veía La Clave: la presentación, la película y el coloquio.

Para este, por lo general, ya solo quedábamos mi madre y yo en la salita, ella haciendo punto pero con el oído pegado. Una noche, no recuerdo el tema, estaban Juan Goytisolo, el dibujante Máximo y el baloncestista Corbalán. En una de las intervenciones de este, con la brillantez que estilaba, mi madre me preguntó si era un intelectual. No, le dije, los intelectuales son los otros. Eran de habla emborronada, ciertamente, Goytisolo y Máximo.

Luego compramos un televisor en color y el otro lo pusimos en el mueble de fuera, frente al que yo acercaba un sillón las noches de los viernes. Con el ruido de la salita de fondo y el ir y venir de los demás al baño o la cocina, yo me encapsulaba en la penumbra con una aparatosidad que hoy me parece ridícula y me abochorna, paro que entonces me daba la vida. (Estoy a punto de que me produzca ternura, pero no me la termina de producir.)

No me enteraba de todo, a veces en realidad me aburría, pero ver La Clave (no había nada parecido) era algo existencial: formaba parte del proceso de abrirme paso a machetazos para salir, no sabía adónde. Tal vez hacia alguna de aquellas sillas en las que unos personajes cultos, que sabían cosas y sabían decirlas, con sus erudiciones y a veces con sus bromas, con su gestualidad seductora, estaban como en la cumbre de la vida.

Yo quería ser unos u otros, pero alguien fundamental era José Luis Balbín, que ahora se ha muerto. También me fijaba en su lugar. Era un lugar educativo. El más raro realmente, el más prodigioso. Corría el riesgo de quedar inadvertido, por ser casi invisible, un mero lugar de paso: aquel desde el que se reparte el juego. No decía nada, solo decía sobre el decir: sobre las reglas, los turnos, la libertad de palabra, la neutralidad, la justicia. Era el lugar que propiciaba los discursos, el que permitía su circulación y la confrontación entre ellos.

Sí, qué raro y prodigioso ese filo. Aquel hincapié en el equilibrio, en el reparto de voces, en la idea de que cada una podía tener su réplica; de que cada una, por convincente que fuese, tenía su contravoz. En verdad, era el mismo espíritu del parlamento, cuya pedagogía se explicitaba en los comienzos de la democracia. La Clave venía a ser un parlamento de expertos, cuyo debate no llegaba a conclusiones ni tenía consecuencias ejecutivas.

Años después Balbín repitió la jugada en su tertulia de radio, la primera y la mejor que ha habido. Se hablaba de actualidad, de política, pero también de la vida. Recuerdo una noche en que Chicho Sánchez Ferlosio explicó como funcionaban las multiplicaciones de la bicicleta de montaña con que circulaba por Madrid. Y otra en que Antonio Prieto dio una lección sobre Petrarca. Puede que España estuviera ya tan embrutecida como ahora, pero la tertulia de Balbín no.

Fue una sorpresa para mí que el PSOE se cargara La Clave. Es una sorpresa de la que en verdad no me he recuperado, pero a la que me he acostumbrado. En las primeras elecciones en que pude votar, las generales de 1986, ya no lo voté. 

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25.6.22

Dietario: Espontaneidad ensayada

Saltimbanqui. La academia Malaca cumple cincuenta años. Hace treinta me rechazaron en la primera entrevista de trabajo de mi vida. Fui un poco porque algo había que hacer después de haber terminado la carrera, aunque mi sueño no era ser profesor de español para extranjeros. Yo era un esteta entonces (bueno, casi lo sigo siendo) y no estaba dispuesto a ciertas cosas. Así me fue, así me ha ido. Recuerdo la subida al Cerrado de Calderón y la búsqueda de la academia. Recuerdo la entrevista, en que el entrevistador dijo que un profesor de idiomas tenía que ser simpático, divertido, dinámico. Y recuerdo mi respuesta: "Mire usted, yo no soy un saltimbanqui". Pero lo que define al que yo era entonces no es tanto esa respuesta como que saliese pensando que me iban a llamar.

En La Odisea. Tenía ganas de cenar en la mesa grande del patio de La Odisea y Arias consigue reservarla para después de la conferencia de Josu de Miguel en La Malagueta, para nosotros y los demás catacumbistas. El sitio es perfecto y la velada estupenda. Josu es una especie exótica en nuestro país: un constitucionalista que defiende la Constitución, algo que no está bien visto en su gremio. Nos habla de su jornada en la ciudad: "He visto tantos museos en Málaga que me he mareado. En el Picasso nadie me pidió ticket y entré sin más. Luego vi a un vigilante y le comenté que qué bien que fuera gratis. ¿Cómo que gratis?, me dijo. ¡Usted se ha colado! Otro vigilante que lo oyó le echó la bronca. Me dijeron que tenía que pagar. Me llevaron a taquilla y como tengo el carnet de profesor me salió a cero euros. Me miraron con ganas de asesinarme, pero yo ya había visto el museo y lo que hice fue salir a fumarme un purito".

La Málaga de Losada. Mi amigo el pintor cordobés Miguel Gómez Losada ha escrito un libro, Diario de pintura, y es muy bueno: el libro de un maestro; de un maestro libre. Lo presentamos en Luces. Quedamos por la mañana en el Rastro de Fuengirola, comemos en La Carihuela Chica y en Málaga nos tomamos una copa en el Only You. Llegamos a la librería animados aunque nerviosos. La presentación, que hacemos a modo de diálogo, queda bien, espontánea. Dice Losada, feliz: "Y no la habíamos ensayado". Y yo: "Bueno, llevamos veintinueve años ensayándola". Es el tiempo que hace que nos conocemos. Fue en Madrid a finales de 1993, y en el verano de 1994 ya vino a pasar unos días a Málaga. Él, por su parte, conocía muy bien la Costa del Sol, sobre la que tiene una mirada enriquecedora que me ha transmitido. También sobre la ciudad, en la que más tarde vivió unos años, que culminaron en su gran exposición en el CAC de 2018, Romanza. Nuestro sitio malagueño de los noventa era el Dr. Funk.

Picante. Después de Luces vamos al Tano de Huelin, el más cercano al mar. Losada pide el mítico picante y le dice a la camarera: "Venimos de muy lejos por este picante". La camarera: "Si supierais lo simple que es. Lo hacemos los mismos camareros". Le pedimos que nos dé la fórmula. "Nos cortan el cuello".

Domingo electoral. Voy con mi madre a votar al colegio del barrio. A partir de este día, los carteles que han poblado la ciudad en junio empezarán a ponerse viejos. Retirarán la mayoría, pero quedarán unos cuantos con los candidatos ilusionados aún, ignorantes del batacazo que se iban a pegar casi todos. Mi hermana me manda una foto de mi sobrino mayor votando: es la primera vez que puede hacerlo. Al día siguiente miro cuántos votaron lo que yo: diez. Solo diez en el barrio.

Cine furtivo. Ir al cine es ya una actividad decadente pero entrañable, con algo de furtiva. Más si se va solo. Es sábado por la tarde y voy al Albéniz a ver Tenéis que venir a verla, la última de Jonás Trueba. La puerta está cerrada. Llamo como si estuviera de visita en una casa. Abren y me dicen que el pase se ha retrasado veinte minutos. Hago tiempo por la zona. Me asomo al espacio donde estuvieron los cines Astoria y Victoria: a esos les fue peor. Vuelvo y entro por fin. Somos cuatro en la sala, como son cuatro los personajes de la película. Es una delicia rohmeriana, con el toque propio que sabe darle el director: conversaciones intrascendentes con la abrumadora vida de fondo, un piano, un libro, un viaje en tren, dos casas, un paseo por el Madrid nocturno y otro por el campo... A la salida me cruzo con Toscano y Julia, que van a ver Cinco lobitos. Entro con ellos y me monto de repente una sesión doble como las de los buenos tiempos.

Ética. Cenando en Los Delfines (¡este dietario siempre desemboca en el pulpo frito!), tenemos una conversación como las de la película de Jonás Trueba. Bromeamos con Toscano, que es profesor de ética en la universidad, sobre las cosas que no puede hacer por su trabajo. Él se queja entre risas: "¡Los profesores de ética vivimos con una mano atada a la espalda!". 

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21.6.22

El 'ayusazo' tranquilo

Batacazo es la palabra que más se repite en los titulares de la mañana post-electoral. Batacazo del PSOE (batacazo de Sánchez) y batacazo de la izquierda. Batacazo también, de algún modo, de Vox, que se queda con voz pero sin voto. Batacazo, desde luego, de Ciudadanos, que desaparece. Yo, que me engolosino con las palabras, me quedo paladeando la palabra batacazo.

Pero se refieren sobre todo a Sánchez: suyo y solo suyo es el gran batacazo (le dieron, en efecto, la patada a él en el culo de Espadas). Su fracaso personal no es tanto que haya ganado el PP como que Vox no vaya a entrar en el gobierno andaluz. Con esto a Sánchez todavía le quedaba una carta. Sin esto no le queda ninguna. El único argumento de Sánchez es el espantajo de Vox: por eso lo ha fomentado todo lo que ha podido, en otra de sus ya numerosas irresponsabilidades. Pero en Andalucía se ha estrellado: no habrá un Gallardo como el de Castilla y León dando la nota todos los días; la de Olona habría sido más articulada pero igual de gravosa para el PP. ¡Malísima noticia para Sánchez!

Está tan perdido el PSOE de Sánchez que no pudo ser más alucinógeno el "análisis" de Lastra en la noche electoral. Soltó exactamente la retahíla que lo ha llevado al fracaso, y con cuánta autosatisfacción. Sea cinismo o ignorancia (no descarto ninguna de las dos posibilidades), esa insistencia chocará una y otra vez con el muro. El PSOE solo podrá sobrevivir sin Sánchez, quitándoselo de en medio (algo que vieron diáfanamente sus mayores cuando lo intentaron en octubre de 2016). El problema es que Sánchez se ha ocupado de que no haya otro PSOE que el de Sánchez, hecho de Lastras y así.

Conviene recordar, de nuevo, aquel clarividente coro de los militantes que gritaban en Ferraz: "¡Con Iglesias sí, con Rivera no!". En ese momento exacto se estaban cargando al PSOE. (Si, como dicen algunos, en realidad eran podemitas, entonces fue asesinato y no suicidio; pero me pega el suicidio.)

También aquella noche se fraguó indirectamente el suicidio de Cs, que Rivera llevaba muy adelantado. La derrota del pobre Marín (ahora no me sale llamarle Joe Rígoli) es en realidad la de Rivera, quien –anti-Cid Campeador– sigue perdiendo elecciones después de muerto. Como dice Varela, Cs es una marca destruida.

Por su parte, el otras veces fino Vallespín sostiene que Moreno Bonilla le ha ganado a Vox por su moderación, en cierto modo contra Ayuso. Olvida que Ayuso le ganó igualmente a Vox con menos moderación. El que tiene razón es Latorre, que ha sabido ver que el PP le gana a Vox cuando exhibe liderazgo, sea moderado o menos moderado. Si bien es verdad que el tono de Moreno Bonilla está más próximo al que quiere Feijóo para ganar con el PP las próximas elecciones generales. No serán inmediatas, pero calculo que supondrán, como las de Andalucía, un ayusazo tranquilo.

Al PP le ha tocado la lotería con la disposición del parlamento andaluz, con una izquierda débil y descompuesta, y con un Vox que ni pincha ni corta y que cumplirá magníficamente la función de dejarle al PP brillar como partido de centro. Rodríguez cometió tal vez la imprudencia de decir que han "pinchado el globo de la ultraderecha” en Andalucía. Ella misma se ha cortado las alas para tachar al PP de ultraderecha en el futuro, cosa que la izquierda venía haciendo con tanta alegría. Hasta Cs era ultraderecha. Pero ha tenido que venir la derecha, no la izquierda, para parar a la ultraderecha. 

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14.6.22

Consideraciones andaluzas

En clave nacional. Toda España mira a Andalucía y Andalucía se mira mirando a toda España. Las elecciones del próximo domingo (19-J) serán inevitablemente en clave nacional. No se descuidan los aspectos autonómicos, que también cuentan (en el voto pesará lo que los partidos han hecho en la región, así como el perfil de sus candidatos regionales), pero la política española está tan encrespada que no se desaprovecha ninguna ocasión para el pugilato. Ya sucedió con las autonómicas de Cataluña, Madrid y Castilla y León. Y va a suceder en Andalucía, probable trampolín para Feijóo y previsible foso de Sánchez.

Derechización. La prensa socialdemócrata habla de la 'derechización' de Andalucía y trata de explicarse qué ha pasado y por qué, con una consternación muy regocijante. La explicación la encontraría en sus propias páginas, si se leyera (si pudiera leerse): en ese PSOE que defiende y que se ha alejado de los votantes que no votan solo por las siglas, sino también por lo que se dice y hace bajo ellas. Hay votantes de simpatías socialdemócratas que, a diferencia de la prensa socialdemócrata, reprueban la alianza de Sánchez con podemitas, independentistas y proetarras; así como su persistente ineficacia en la gestión.

Juanma y Juan. Es curioso cómo se dan un aire los candidatos del PP y el PSOE, Juanma (Moreno Bonilla) y Juan (Espadas): una cierta bonhomía en ambos, un carácter templado, discursos no estridentes (salvo en algún desentono mitinero). Casi podría ser cada uno el candidato del partido contrario. Pero Juan es más como era Juanma antes de verse investido de poder. Eso le ha faltado a Juan: la investidura. Y le ha sobrado la sombra de Sánchez y su Gobierno. Bueno, y también el recuerdo de lo que el PSOE fue (o más bien llegó a ser) en Andalucía.

Dos tazas. Algunos andaluces profesionales (ciertos chirigotistas y Teresa Rodríguez) le han reprochado a Macarena Olona que no sea andaluza, minando así una de las bendiciones (¡y ventilaciones!) de la tierra que dicen exaltar: la de que da igual de dónde se sea. Hay un problema, sin embargo, con la candidata de Vox, y es justo el contrario: su impostación de andalucismo, hasta unos niveles ciertamente embarazosos. El estilo de Vox es el énfasis y a la matraca españolista le superpone ahora la andalucista. ¿No queríamos nacionalismo? ¡Pues Vox nos endilga dos tazas! Un cargante duplicado de la brasa nacional.

Represaliados franquistas. Tan extraviada anda la izquierda que Yolanda Díaz, en una visita a Córdoba no para escuchar sino para hablar (en un mitin), ha pedido el voto "en nombre de los represaliados franquistas". Mucho se tiene que torcer la cosa para que no arrastre masas. Antes dijo una frase reveladora: "En 2018 no ganaron ellos, perdimos nosotras". El masculino para la derecha, el femenino para la izquierda. Género ideológico. La pomposa "¡alerta antifascista!" de Pablo Iglesias entonces era casi una llamada: por favor, que los otros voten mucho a Vox para que nuestro discurso no flote en el vacío.

Voto crepuscular. Aunque lo que el cuerpo me pide es la abstención (¡no llevar una triste velilla en la trágica mojiganga, como el anarquista de Luces de bohemia!), he estado más cerca que nunca de votar al PP. Por castigar a Sánchez y su PSOE (¡desde mi socialdemocracia cada vez más quimérica!). Pero mi resistencia íntima es demasiado fuerte, por más que racionalice sobre la relatividad del voto: ¡mi desclasamiento tiene un límite! Además, no puedo votar al PP mientras exista el riesgo de que gobierne con Vox, algo que no soportaría. Total, que me quedo con el crepuscular Ciudadanos. 

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7.6.22

Contra el mangalarguismo

Se ha adelantado el verano y ya pueblan nuestras ciudades (¡y playas!) esos esforzados de la ruta estival que son los mangalarguistas con orugamiento. La misma manga larga que eligieron ponerse, porque alguien les dijo que la camisa de manga larga en verano es elegante, ahora se la recogen por el antebrazo como una oruga que trepa.

El resultado es ese flotador de tela que llevan enroscado en cada brazo, pulserones flácidos, torpes floripondios que acarrean como quien acarrea una vida equivocada. Y encima se les desmenuza con frecuencia, alfombrillas en cascada o capirotes sin cartón, quedando una cosa como de bata de cola de folclórica arrastrándose por el mundo: infame aleteo de grajos en los alrededores del codo, sin poderse desprender.

Todo mangalarguista es un delincuente, cuyo delito, además de contra la estética, lo comete contra sí mismo; y cuya pena, por cierto, es su propia comisión: esos rostros congestionados por los calores, esos brazos impotentes a los que se les ha encasquetado el papelón; por no hablar del sudoroso pelo (¡las guedejas pringosas!) o la brillosa calva, y los goterones por las patillas y el cogote encharcado. El mangalarguista es un eccehomo veraniego, lacerado por las consecuencias de su error. Y yo me troncho cuando va tan erguidito (¡siempre va tan erguidito!) porque, por obedecer servilmente a la dictatorial etiqueta (¡menudo aristócrata: suele presumir de aristócrata!), se percibe a sí mismo como ejemplo de buen gusto.

Yo lo hubiera dejado ahí, como regocijo íntimo que no hace escarnio, como diversión privada para cuando me cruzo o me encuentro con mangalarguistas. Pero, como suele suceder con los perdidos, resulta que son unos inquisidores. La tienen tomada con nosotros los mangacortistas, contra los que están en campaña permanente: haciendo mofa de nuestro gusto y cuestionando nuestra elegancia. Por eso había que pasar al contraataque.

La camisa de manga corta, además de lo fresquita que es (¡se va en volandas con ella por el verano!), responde a una virtud tanto estética como intelectual: la de la admirable simplicidad. Como Guillermo de Ockham, no multiplica los entes innecesariamente; en este caso, los entes de tela. La famosa navaja del filósofo se aplica aquí al corte y confección: no permite los enredosos silogismos escolásticos por encima de la muñeca y evita con un tajo preventivo los repliegues churriguerescos que hacen del brazo humano una aparatosa columna salomónica. Como sentenció el límpido arquitecto Adolf Loos, "ornamento es delito". Y, lo apunté antes, orugamiento también.

No es casualidad que el exquisito José Carlos Llop cite el mangacortismo como elemento civilizatorio esencial en su poema "Civilización", incluido en Mediterráneos. Tras repasar unos cuantos, concluye: "Al fondo, la invención de los afectos, / que nos hace sentirnos menos solos, / y una camisa de verano, azul pálido, / de manga corta y con bolsillo".

Lo repulsivo del mangalarguismo es su movimiento de ida y vuelta, la voluta inútil: el mangalarguista se pone la manga larga para luego subírsela, coaccionando el tejido de un modo que hubiera aborrecido Heidegger. Es un bajar y subir innoble, retórico, cabriolesco, que se desdice en su decir y se complace en exhibir su error. Hay un anhelo culpable de la manga corta, contra la que se carga desde el engrudo artificiosamente creado.

El energuménico mangalarguista no ceja. Sus pontificaciones se internan en territorio mangacortista, que trata de dividir con una casuística por la que sí serían permisibles la guayabera y la camisa de manga corta con palmeritas, que te hacen hípster. Pero el mangacortismo es uno y el mejor héroe mangacortista es el que, en efecto (¡ideal estético subversivo!), parece un jubilado. 

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