31.3.21

Días dobles

Hace un año por estas fechas yo estaba encerrado, como todo el mundo. El confinamiento tuvo su poética –una poética acosada por la muerte, que empujaba. Muchos dicen que no pudieron leer. Yo sí, casi no hice otra cosa que leer. Lo que no vi fueron películas ni series. Solo la radio, los periódicos, internet. El sol daba un rato, de refilón, en mi ventana y salía a absorberlo. Era escaso como el oro. Era oro.

Lo pienso mientras exprimo estos días de primavera para que sean dobles: para que cada uno me dé en su lote el que me debe del año pasado. Aunque sigue empujando la muerte. O por eso: porque sigue empujando la muerte. Pero podemos salir.

Estoy en Torrequebrada, en mi torreón prestado. Leo y escribo con vistas al mar y luego salgo. Me asomo al mirador metafísico. Hace un día radiante, pero el horizonte está neblinoso: se ha formado una franja a lo largo, delgada pero espesa. Como si la puerta entre los mundos fuese blanca. Camino por el malecón que hay al pie del Casino. Desde allí, rodeado de mar, veo cómo el día se desploma. Es un desplome lento, hermoso. En algún momento se enciende el faro de Fuengirola, a lo lejos. Y las luces del litoral.

Antes de comer me siento en el Yucas a tomar una caña. El chiringuito está encima del mar y el placer es refinadísimo. Como de un emperador romano más epicúreo que estoico; o mejor un poeta: un Horacio con su cervecita y sus aceitunas. El año pasado evocaba esta terraza vacía y ahora estoy en ella, disfrutándola el doble de lo que la hubiera disfrutado el año pasado, que ya era mucho.

Me he traído mis cuatro libros de estas vacaciones y quiero hacer un juego oracular: abrir al azar cada uno y poner el pasaje que señale con el dedo a ciegas.

“Está equivocado. El odio nos es desconocido, sí, no debemos permitírnoslo. Nosotros no ponemos pasión, pero el tiempo no avanza y nunca olvidamos nada. Lo de hace diez años es ayer para nosotros. Es hoy mismo incluso, está pasando”. (Tomás Nevinson, Javier Marías.)

“Las olas en la playa de Bellavista estallan lejos, fuertes y altas, monótonas e iguales. Hacen un ruido inmenso y pesado, como lo que cae a plomo. Se persiguen rebotando espuma cristalina y blanca, en la cresta una neblina que se alza salpicada antes de deshacerse, como humo que se seca al contacto con el aire”. (Mexicana, Manuel Arroyo-Stephens.)

“Todo lo ignoro y me duele el pecho. He dejado de trabajar y no quiero moverme de aquí. Estoy mirando el papel secante blanco sucio, que se extiende, pegado a los rincones, sobre la gran edad de la mesa inclinada”. (Libro del desasosiego, Fernando Pessoa.)

“Si vienes por aquí, / Por la ruta que probablemente seguirás / Desde el lugar de donde vienes probablemente; / Si vienes por aquí en mayo, / Cuando florecen los espinos, / Encontrarás los setos vivos / Blanqueados otra vez con voluptuosa dulzura”. (Cuatro cuartetos, T.S. Eliot; tr. J. E. Pacheco.)

Pero la mayor parte del tiempo lo paso en el torreón, viendo las acrobacias de las gaviotas y los cormoranes que cruzan a lo lejos con su cuello alargado. También cruza algún barquito. Me tumbo en el sofá de la terraza a leer. Me da el sol. Oigo las olas. Es la otra vida que estaba en esta.

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29.3.21

Una semana emboscado

Me he venido con cuatro libros a mi torreón prestado de Torrequebrada, con vistas al mar. El domingo ha amanecido gris y silencioso. Ha cambiado la hora. Cruzan gaviotas y cormoranes. Tengo conexión pero no me voy a conectar, salvo para despachar compromisos como el de esta columna. Por fortuna, tengo pocos.

El propósito es solo en parte penitencial. En realidad, es lúdico: se aspira al placer que advendrá cuando el tiempo se haya asentado. Ahora está revuelto, por la agitación perpetua de la actualidad (y además una tan deprimentísima como la española), con sus extensiones tuiteras. El martilleo incesante de las distracciones, condenadamente insatisfactorio.

Pienso, claro, en La emboscadura de Ernst Jünger, que nació un 29 de marzo (de 1895). Es un libro de 1951 (en España lo editó Tusquets en 1988), y en él se dice ya esto: “La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado”.

Yo voy a aprovechar esta Semana Santa para emboscarme (más que santa, va a ser bendita). Los cuatro libros que me he traído son:

El Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, en la edición de Pre-Textos, que es ya la mejor. No solo porque es la más compacta y bonita, sino porque la ordenación cronológica de Jerónimo Pizarro convierte el Libro en lo que siempre fue: un diario. Un diario del fantasmal Bernardo Soares.

Cuatro cuartetos, el gran poema de T.S. Eliot, en la edición de José Emilio Pacheco (Alianza). La traducción de Pacheco (este la llama “aproximación”) es buenísima, y además va espléndidamente anotada y con una “Cronología” que es una biografía muy personal que el poeta mexicano escribe del estadounidense. “Y cada intento es un nuevo principio / Y un tipo diferente de fracaso”.

Tomás Nevinson, la nueva novela de Javier Marías (Alfaguara): es decir, la nueva novela de nuestro mejor novelista. Llevo solo cincuenta páginas y ya estoy dentro, naturalmente. Y me he llevado una sorpresa: sale el jardincito madrileño que es uno de mis lugares, como ya salía en el Madrid de Andrés Trapiello. Lo mejor es que Marías lo irrealiza, porque su escena sucede en 1994, cuando estaba cerrado: “No debía de ser el del Príncipe de Anglona, porque se abrió al público unos años más tarde, pero es como si fuera éste, en mi ya titubeante recuerdo”.

Y Mexicana de Manuel Arroyo-Stephens (Acantilado), el libro que el autor quería ver y no pudo, porque se murió el verano pasado en su casa de campo de El Escorial. Este precioso volumen (“homenaje personalísimo, ameno y original a México”, dice la solapa) tiene así algo inquietante, entre milagroso y trágico: lo tengo en la mesa, pero es inaccesible a quien lo escribió. En medio está la frontera entre la vida y la muerte; y lo que cae de este lado es justamente milagroso.

Leeré, pasearé, escribiré, miraré el mar. Me desintoxicaré. Habrá que volver al mundo, pero bien puedo escaparme una semana. Desenredarme: soltarme. 

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27.3.21

Dietario: Edades

Edades. Baja un grupo de chicas por la Alameda. Ríen, dan saltitos: están de cumpleaños. Una lleva un globo fucsia con la forma del número dos. Otra otro con la forma del número tres. Van desordenadas. Las observo intentando averiguar si celebran un veintitrés o un treinta y dos. No lo consigo. Las mascarillas ayudan al camuflaje. Me alejo pensando que, si ellas conocieran mi duda, se preocuparían se fuesen de veintitrés y se alegrarían si fuesen de treinta y dos. 

El descubrimiento de Málaga. La lectura de Madrid, de Andrés Trapiello, me hizo pensar en mi descubrimiento de Madrid, cuando me fui a estudiar con diecinueve años. Pero Madrid no fue mi único descubrimiento: además descubrí Málaga, cuando regresé en las vacaciones. Era la primera vez que podía compararla con otra cosa y me encontré inesperadamente con una ciudad más entrañable, más suave, más luminosa, más lenta. Y con el mar, claro. Como soy un poco ceporro, el “azul mediterráneo” también lo descubrí en Madrid: en un cuadro de Picasso que vi en una exposición. Al volver, me hice un forofo del sur como nunca lo había sido en el sur. Así sigo. Pero para recuperar la afición debo escaparme de vez en cuando a Madrid, algo que hace mucho que no hago. 

Gato urbano. Voy por una calle solitaria de Torremolinos. Un poco más adelante, en la acera de enfrente, un gato avanza a paso rápido y se dispone a cruzar. Me preocupa, porque oigo por detrás de mí que se acerca un coche. El gato lo ve y se para, como un buen peatón; incluso se retira un par de pasos en su acera. Cuando el coche ha pasado, el gato se sitúa en el bordillo, mira a los lados y cruza. En mi acera (una furgoneta me lo tapaba) había cinco o seis gatos pegándose un festín con la comida que les pone un hombre. Esa tentación le da aún más mérito al gato urbano, que ya come junto a los otros sin haber tenido que gastar ninguna de sus siete vidas. 

Conservatorio. Quedo con mi hermana en el café Polifonía del Ejido. Al pasar por delante del Conservatorio, oigo instrumentos que ensayan. La sensación es que la música pugna por salir, pero aún no encuentra el modo. Más que música, es la promesa de la música. Está, sin embargo, ahí. Me acuerdo de mi amiga Eva Valdivia, que está aprendiendo a tocar la trompeta. Su sueño es tocar rancheras y el “A mi manera” de Sinatra. Todavía le queda mucho, pero ya se ha puesto en el camino. 

Parque. Tengo una consulta médica por teléfono a las diez y decido irme al Parque a esperar la llamada, para que la espera sea bonita. Hacía tiempo que no paseaba por ahí, porque ahora suelo cruzar hacia el paseo marítimo por el puerto. Me paro ante el panel que cuenta la historia del Parque. La foto de cuando lo estaban construyendo podría ser una imagen apocalíptica del futuro. Incluye un listado de las plantas, en latín. Me fijo en algunos nombres: Musa x paradisiaca, Citharexylum spinosum, Petrea volubilis, Phoenix reclinata… Al final no oigo el teléfono y se me escapa la consulta. Me ponen otra al día siguiente. 

Platero y su sombra. Veo la estatua de Platero y me acerco. Los toboganes y los columpios están vacíos. El burrito tiene delante su sombra y parece que la mira. Es su sombra y la de todas las infancias malagueñas. Todos tenemos una foto de niño subido en Platero. Le acaricio el cuello y la cabeza: su aspereza de bronce. El lomo, en cambio, está pulido y brilla: como si los miles de niños que nos montamos en él durante tantos años lo hubiésemos transmutado en oro. 

Las del 40. Han llamado a mi madre para la vacuna del covid. Les ha tocado, pues, a los nacidos en 1940. En el ambulatorio solo hay dos hombres, uno en silla de ruedas. El resto son mujeres, que más o menos se apañan. Las del 40. Tal vez la última vez que tuvieron que juntarse por la edad fue en el colegio, las que pudieron ir. Predomina el buen humor, un humor negro. Dice una: “Aquí vamos a quitar viejos de encima, que está la economía mu mala”. Por delante de mi madre pasa una amiga del pueblo, que también vive en el barrio. Está asustada. Pero cuando sale, después de los quince minutos de precaución, es otra. Le pregunto que cómo le ha ido y dice, eufórica: “Bicho malo nunca muere”. Justo detrás viene mi madre, que se ríe. 

Errores de entretiempo. Elegir la ropa en esta época del año es todo un arte, un arte arriesgado. Tiene algo de apuesta. El error se paga con el frío o con el sudor. Los vaivenes habituales de marzo son ahora más extremos: hemos alternado días casi de verano –con gente en la playa– con otros de invierno. El tiempo cambia también según las horas. El truco de quienes prefieren ganar en cualquier caso es llevar mudas. Pero, tal como están las cosas, hace falta salir con un armario de quitaipón. Lo suyo es jugársela, llevar lo menos posible. Si se falla, frío. Y si se acierta: ligereza. 

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22.3.21

Estética de la mascarilla

Eros irrumpió el verano pasado en forma de topless: hubo una verdadera explosión, nunca vi tantas tetas en la playa. La carne coartada durante meses por las mascarillas encontró el modo de estallar. Ahora es perceptible cómo se va cargando de nuevo, en esta primavera eufórica pese a las muertes, las desgracias de muchos y la ruina que ya se va asentando. Es la vida que empuja, sin piedad a veces.

Pero incluso en el día a día enmascarillado Eros se abre paso, espera cualquier resquicio para colarse. Están la figura, el movimiento, la voz. Están los ojos, encendidos a tope, devorando cuerpos y ellos mismos ofreciendo los cuerpos de sus dueños y sus dueñas: destilados de luz de la carne oculta.

Es fabuloso cómo todo se ha recompuesto alrededor de las caras escondidas. El borrado facial ha espiritualizado, estilizado lo visible; pero a la vez lo ha imantado. Como si lo que no cae en la cara se hubiera repartido por el resto, que obtiene ganancia.

Entre desconocidos, la cara es el gran misterio. Yo he estado tres meses, por circunstancias laborales, haciendo amistad con un grupo de hombres y mujeres cuyas caras no he visto. Me pareció prodigiosa la integridad de esos seres, nacidos para mí sin cara pero perfectos: individuos con todos sus rasgos resplandecientes, menos la nariz y la boca.

Yo ahora estoy fascinado con las bocas, cuando se muestran de pronto: son fascinantes, bellísimas, brutales. Son bocas de depredadores, agresivas, pornográficas. Esto se atenuará cuando volvamos a acostumbrarnos a ellas, pero esta percepción nítida me ha turbado. Somos animales, casi monstruos, por las bocas. (Como por el sexo: al que no nos acostumbramos y por eso su poder no se disipa.)

Una conocida a la que no reconocí se bajó la mascarilla y me evocó a Rita Hayworth quitándose el guante: fue un striptease facial maravilloso. Y está lo que he dado en llamar “escote de nariz”. Cuando hay una mujer frente a mí en el metro, inclinándose para mirar su móvil, atisbo su nariz naciente por el borde de la mascarilla, el espacio que abre hacia la boca. La mirada se pierde en lo no visible. El otro día tuve premio: alcancé a verle a una el piercing que llevaba en una aleta.

Uno, por otra parte, descansa también al llevar la mascarilla, aunque resulte pesado. Es un escondite, una relajación, un descanso en el fondo. Hurtarse al mundo, recobrar una cierta impunidad, un aire furtivo. Miramos y nos excitamos, pero hay a la vez la posibilidad continua de la introspección. De hacernos la ilusión de que somos avestruces.

Pero la mascarilla no solo postula estéticas esteticistas: participa también del arte comprometido. La crítica al poder que viene ejecutando es implacable, con su retrato acerado de los políticos. Cuando estos salen con la mascarilla puesta, del presidente del Gobierno al último tránsfuga, quedan denunciados como lo que son: unos bandoleros. 

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17.3.21

Casquería

Yo también practico los tuits de un segundo, esos en los que asoma una verdad, una verdad descarnada, o tal vez un desahogo borrico. Aparecen por una necesidad o un impulso y al momento se borran, como si se cumplieran en el parpadeo. Otros muchos mueren antes de que se le dé al “enviar”, tuits monstruosos o inconvenientes que llegan a ser escritos, cargados, pero ahí se paran. Los del parpadeo, en cambio, han logrado abrirse camino hasta el mundo en el que desentonan. Son un estallidito y nada más.

Pero hay cazadores de estallidos y a Teresa Rodríguez le cazaron el lunes este, que ha seguido circulando –capturado– después de que lo borrase (le edito un par de erratas): “Iglesias provocó en 2019 una repetición electoral solo para ser vicepresidente. Así le dio a Vox, a sabiendas, la oportunidad de ser tercera fuerza política en España. Ahora se va porque se aburre y para su vendetta personal con Errejón. La política con minúsculas: la casquería”.

Una radiografía fulminante, precisa; una vivisección. De repente en Twitter asomó esa loncha de carne cruda (más cruda, desde luego, que los guisos recalentados –de estolidez supina– que nos sirve el ínclito Carnecrudo, sologripista de todos los coronavirus ideológicos) y su autora no podía más que retirarla al momento, justo por su crudeza. Era obsceno ese desnudo hasta el esqueleto de Pablo Iglesias. Un strip-tease de vísceras: casquería.

Acudimos de inmediato los moscardones, oliendo el cadáver. Pero fue retirado de inmediato, antes de su transmutación en mortadela, en chopped puro. Iglesias fue el primero en oler su propio cadáver, ese incómodo hedor de la necrosis, y ha salido de la Moncloa y de sus series para batirse, no por Madrid, sino por su supervivencia.

Si hubiese dedicado un 10 % de ese celo a la pandemia, como era su responsabilidad, tal vez esta hubiese sido menos asesina en España. Pero no, se ha dedicado a politiquear, arrastrando al resto. No olvidamos que la primera cacerolada, a los tres días del confinamiento, la hicieron los suyos. Ahora se presenta como candidato a Madrid a matar o a morir, pero sobre todo a heder. (El no de Íñigo Errejón y Mónica García ha sido un palazo en los nudillos cuando trataba de salir de la tumba.)

Teresa Rodríguez escribió más tarde: “Sí, he borrado el tuit. Lo pienso y lo siento pero no aporta nada”. Y: “El que tiene boca (y Twitter), se equivoca”. Pero el caso es que el que tiene boca (y Twitter) a veces dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. En un parpadeo.

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15.3.21

El abstencionista del millón

Permitan que me presente: soy el abstencionista del millón. De ese millón de votantes de Ciudadanos que se abstuvo en las últimas elecciones generales y al que supuestamente Inés Arrimadas ha venido a buscar con sus recientes maniobras. Así lo sostienen algunos analistas.

Como creo que nunca se han enterado de por qué nos abstuvimos (que es la razón no solo por la que Arrimadas no va a encontrarnos en su búsqueda, sino también por la que nos quedaremos confinados en la abstención probablemente), me he decidido a explicarlo.

(Sé que es pretencioso arrogarse la representatividad de ese millón. ¡Pero menudos somos los de ese millón! Somos superiores y finos, naturalmente; sofisticados y destilados, en efecto. Y no estamos por embarrarnos. Lo que siempre me ha hecho gracia ha sido la superioridad con respecto a nosotros de los que sí se embarran. Tal vez nuestra displicencia connota su barro.)

Queríamos un partido bisagra y veleta, sí. Un partido que se hiciese cargo del carácter ondoyante de la vida, de modo que la política no lo entorpeciera y que, si pudiese ser, lo facilitara. Un partido contra los apretaos de todo signo, contra los anquilosamientos, contra el apelmazamiento partidista, frecuentemente aplastador.

Un partido pragmático, que se hiciese cargo de los bueyes con los que en esta España hay que arar (unos bueyes toscos, estólidos, deprimentes), por ver si se les encauzaba un poquito en la buena dirección; que en política no es otra que la del aseo institucional, la pulcritud democrática y el sentido común –sin adherencias retóricas ni delirios ideológicos– respecto a las cuestiones prácticas.

Desde el principio pensamos que Cs no era un partido de poder que viniese a romper el bipartidismo, sino un partido que debía impulsar una corrección virtuosa del bipartidismo. Al fin y al cabo, los nacionalistas venían impulsando desde hacía décadas (con notable éxito) correcciones viciosas del bipartidismo. Con gran satisfacción esto último de los dos grandes partidos del bipartidismo, el PSOE y el PP: principalísimos responsables de todas nuestras desgracias políticas y campeones del cortoplacismo, el abuso y la irresponsabilidad.

La propuesta era demasiado elevada para lo que aquí se estila. Por eso durante años Cs obtuvo apenas un hilillo de votos. Tuvieron que venir el 15-M y Podemos, y luego Vox, para que comprobásemos el éxito fulminante con que podían ser agraciadas, en cambio, las propuestas bajunas.

La tremenda crisis debida al independentismo catalán propició el ascenso electoral de Cs en las generales de abril de 2019. De pronto, el partido tenía poder en el Congreso para cumplir su misión de árbitro. Y lo que hizo Albert Rivera con ese poder fue tirarlo a la basura, cegado por la ambición de alcanzar un poder mayor y autosuficiente.

Quienes nos caricaturizan a los que nos abstuvimos en las segundas elecciones de aquel año, las de noviembre, nos dicen tres cosas: 1) que la foto de Colón junto al PP y Vox fue anterior a las elecciones en que aún votamos a Cs; 2) que Pedro Sánchez no tomó la iniciativa ni hizo ningún gesto para pactar con Cs; y 3) que Rivera fue a las segundas elecciones con la promesa de que no pactaría con Sánchez. Respondo a ellas:

1) Nos limitamos a no atender al chantaje del mantra de “la ultraderecha” emitido por ese PSOE que había pactado con los únicos que eran más dañinos que la ultraderecha en España (es decir, por este orden, los nacionalistas –que acababan de dar un golpe de Estado– y Podemos). Por más que considerásemos que la ultraderecha era, en efecto, la ultraderecha y la execrábamos, y que fotografiarse con ella había sido un error.

2) No se trataba de esperar ninguna iniciativa de Sánchez, pájaro al que ya conocíamos de sobra. Sino de utilizar el poder parlamentario de que por fin se disponía para enjaular al pájaro. O al menos dejarlo en evidencia en tanto pájaro, para que no le saliesen gratis (como le salieron y salen) sus pajarerías.

3) En cuanto Rivera hizo aquella promesa electoral supimos y dijimos que se equivocaba. Está bien que los políticos cumplan sus promesas; pero, cuando su cumplimiento se ve claramente que deriva en desastre, no está mal incumplirlas por una razón superior. Que en el caso de Cs, mira por dónde, coincidía con su espíritu fundacional. (El remoquete del asunto es que Rivera hizo en el último momento su oferta de pacto, cuando ya no valía y estaba débil: con lo que terminó de espantar a los votantes que aún le quedaban.)

Llegaron las elecciones y Cs se hundió. Unos votantes se fueron al PP, otros a Vox y los de mi millón nos abstuvimos. Los votantes de Vox no iban a volver, los del PP parece que tampoco y quedábamos los del millón, los finos, los no embarrados, que pedíamos lo de siempre: bisagrismo y veletismo, no en beneficio propio sino en el de las puertas y los vientos del país.

Se fue Rivera, vino Arrimadas. La situación no era fácil, y encima con la pandemia, pero fuimos aceptando la prioridad de no contribuir al embrutecimiento de la situación. Hasta que ha llegado el gran embrutecimiento de Ciudadanos. Y nuestro confinamiento en la abstención probablemente.

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8.3.21

Tan estúpidamente

Viene ocurriéndome que la indignación me pilla en mitad de semana, cuando no tengo columna. Se pierde así el impulso por el que salen solas: ese motor furioso con que la calentura moral fluye sintácticamente. Cuando estaba en Twitter esto borboteaba en los tuits, pero ahora que no estoy (llevo dos días sin estar, una proeza) todo se va gestionando en mi cráneo como en una olla exprés.

Todavía los jueves estoy a punto de estallar, pero el fin de semana me apacigua, y para cuando llega el domingo, que es cuando escribo, las catástrofes están flácidas. A esto contribuye su carácter alucinante, su barroquismo irreal. Vivimos atrapados en una asfixiante empanada de Nodos que son simultáneamente autos sacramentales y de fe. Mientras el país se hunde.

Sí, el momento es menos noventayochista que barroco. Las ceremonias pomposas y vacías, con un retorcimiento de los significantes bajo los cuales los significados se han evaporado; o han sido aplastados, ¡o apisonados! Solo que ni en los significantes hay esmero, como lo había en nuestro Siglo de Oro. Lo que nos embadurna es un merengue aparatoso, pringoso, inane. No hay cuchillo que lo corte, ni puñetazo que lo desmorone. (Mi indignación del jueves lo intuye y por eso llega al domingo desactivada.)

También está mi crisis del tono. El problema, como siempre, es el tono. ¿Para qué vociferar? Ahora nuestros más conspicuos vociferantes están adscritos a Vox, de manera que con sus vociferaciones ayudan a conformar un rebaño que transcurrirá por un cauce que no rozará al sanchismo. Para este es una vía de escape del antisanchismo, que lo deja así limpio y asentado. Todo se juega en la enfática autosatisfacción inmediata del que se ve antisanchista, aunque el resultado sea más sanchismo.

El sanchismo. He aquí la clara expresión de nuestra actualidad política. El presidente Sánchez no hace nada que no hayan hecho sus predecesores (mentir, actuar a corto plazo sin excesiva preparación, pensar antes que nada en su poder, primar la propaganda, coaccionar los controles), pero lo hace de un modo tan abrumador, tan descarado, tan cuantitativo, que se produjo hace ya tiempo el célebre salto cualitativo. Su descubrimiento ha sido monstruoso: le sale gratis, da igual.

Mientras el país se hunde. Muerte, ruina, paro, endeudamiento, sacrificio de dos o tres generaciones, riesgo de disgregación irreversible de la nación española. Psicotización, sí. Pero el domingo me llega como amortiguado. Quizá por la conciencia que todo se esté produciendo tan estúpidamente.

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3.3.21

Los vivos y los muertos

1 de marzo. Día festivo en Andalucía por el desplazamiento del festivo de ayer, que cayó en domingo. Paso toda la mañana y media tarde trabajando y termino por fin la tarea en que llevo empeñado un montón de semanas. Una cierta liberación, vacía. En la calle hay vacío también. No hace sol, sino un cielo gris uniforme. Cuando cierran las terrazas, quedan transeúntes fantasmales. Yo soy uno de ellos, en el puerto ya, mirando el mar que también se desustancia.

Es de noche cuando regreso. Ceno palomitas de microondas, por ponerle un toque saltarín a la jornada, y me meto en la cama a leer. Tengo tres libros fijos en la mesilla, que voy picoteando desde principios de año (son libros fragmentarios): el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa (en la edición de Pre-Textos, que me faltaba y está muy bien), las Prosas reunidas de Wislawa Symborska (¡un tomo delicioso como los ensayos de Montaigne; son los ensayos de Symborska!) y O óbvio ululante de Nelson Rodrigues (¡columnas libérrimas de mi escritor brasileño favorito!).

El cuarto libro es mudable. Coloqué hace unos días la nueva traducción de Los muertos de James Joyce (por Nuria Barrios, en Navona). Es este el que escojo. Metido en la manta, a la luz de mi rinconcito, paso tres horas –con adormilamiento en medio– en una casa, unas calles nevadas y un hotel de Dublín a principios del siglo XX. Todos estarían muertos ya, si hubieran vivido. Todos viven (y mueren) en las páginas. Desde estas se proyecta nuestra condición, en la frontera de la vida y la muerte, en una noche nevada o en una tarde gris. Sería igual con sol, pero los decorados tenues representan mejor la pasarela.

El relato de Joyce tuvo la suerte de la película de John Huston, el mejor testamento de la historia del cine. Huston dio con el tono y respetó lo que el relato contiene. Como muchos, vi primero la película. Las lecturas posteriores, en inglés y en español (mi traducción preferida era la de Isabel Butler para Alianza Cien), ahondaban aún más en el camino marcado; lo enriquecían hasta el infinito. Ahora (la nueva traducción me ha parecido espléndida, quizá la mejor ya) he vuelto a sentir la conmoción.

La fiesta, el baile, mientras afuera nieva. Las edades, la música. Las pasiones pasadas. La conclusión de Gabriel Conroy, luego en el hotel, cuando conoce la lejana muerte por su esposa Gretta del joven Michael Furey: “Mejor adentrarse audazmente en el otro mundo, en la gloriosa plenitud de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con el paso de los años”. Y después: “Aunque jamás había sentido nada parecido por mujer alguna, sabía que tal sentimiento debía ser amor”. Y antes: “No quería admitir, ni siquiera en su interior, que su rostro [el de Gretta] ya no era hermoso, pero sabía que ya no era el rostro por el que Michael Furey había desafiado la muerte”.

“Uno tras otro, todos se convertirían en sombras”, ha pensado sobre los participantes en la fiesta de esa noche. Y, por último, naturalmente, en toda Irlanda nieva. “Su alma desfallecía poco a poco mientras escuchaba el sonido de la nieve que caía levemente sobre el universo y que, como el postrero descenso que a todos aguarda, levemente caía sobre los vivos y sobre los muertos”.

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1.3.21

A las mil maravillas

En su última columna en El Mundo, Trapiello relacionó al tál Hasél con el Cojo Manteca y dio la fecha de la manifestación en que este se hizo famoso: 23 de enero de 1987. Al verla me quedé pillado, porque fue una fecha importante para mí, sin que yo la tuviera registrada: por ese día decidí abandonar la carrera de Periodismo.

Había acudido a aquella manifestación de estudiantes no como manifestante, aunque era estudiante, sino para cubrirla. Era un trabajo para la asignatura de Redacción Periodística. Iba con otro compañero, que haría de fotógrafo. Salimos con la multitud de Atocha y llegamos hasta las puertas del ministerio de Educación en la calle Alcalá. Allí se armó el lío.

Yo estaba delante y vi que los que tuvieron la culpa fueron los manifestantes –o los más lanzados de ellos–, que se pusieron a tirarles cosas a los policías. Estos cargaron al final y experimenté una ración de historia. Que no me gustó. Capté un poco lo sublime y lo siniestro de la masa, del movimiento caótico, abrumador, con proyectiles, y salí de aquel Maelström como pude (mi amigo se había quedado haciendo fotos).

En las calles aledañas ya había silencio. Y a la altura de Gran Vía la vida era normal. Pero la experiencia me acompañaba. Yo iba como en una burbuja en la que aún rebotaba la violencia. Me extrañaba que no me lo viera nadie. Era banal, después de todo. Y no era para mí. Yo había anotado en mi carnet de Ciencias de la Información, desafiantemente, la frase de Valle-Inclán: “La Prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”. Lo mío era lo sublime estético, no lo sublime político. Este me pareció soez.

También he encontrado estos días, trasteando en la web de la Fundación Juan March, los números de su revista Saber Leer. Yo leí el primer número en aquellos años madrileños y siempre he recordado que había un artículo de Juan Benet sobre La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, en el que elogiaba al autor por poner “a las mil maravillas”. La expresión ha sido para mí un símbolo de la frescura de escribir durante todo este tiempo y quise comprobar si mi memoria me había engañado.

Mi primera sorpresa al pinchar ha sido ver que aquel número era justo de enero de 1987. Y la segunda, no tan sorprendente como emocionante, ratificar que allí estaba, en efecto, el artículo de Benet y el elogio de la expresión. Benet cita la frase en que viene: “El globo funcionaba a las mil maravillas”. Y comenta: “Un escritor con más escrúpulos, con menos desparpajo cervantino, se lo piensa mucho antes de escribir ‘a las mil maravillas’”.

¿Por qué no lo he olvidado en treinta y cuatro años cuando tantísimas cosas he olvidado ya? A las mil maravillas. El Cojo Manteca. El tál Hasél. Barcelona, la ciudad de los prodigios, ardiendo. Y yo preservando lo importante. 

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