27.7.20

Adrados

La humanidad es una y su espectáculo es total: lo mejor y lo peor lo ofrece simultáneamente. El entrelazamiento de la tragedia y la comedia es perpetuo. La antropología nunca cierra.

La muerte del helenista Francisco Rodríguez Adrados nos ha recordado la grandeza –la posibilidad de la grandeza– en una semana atravesada, como todas, por la pequeñez.

Así los aplausos a Pedro Sánchez de los hombres y mujeres de Pedro Sánchez (entre los que destacaba Manuel Castells, desgañitándose con las manos). Así la escena de teatro del absurdo en que Teodoro García Egea, a la pregunta sobre las corrupciones de un senador de su partido, respondía con las corrupciones de Pablo Iglesias (rindiéndole un gran servicio a Pablo Iglesias). Así los independentistas, cada vez más ahondados en su sótano; a sus pequeñeces habituales, han añadido la miseria con que han despedido a otro grande, porque los refutaba: Juan Marsé. Así nuestros promotores de escraches, que solo se han dado cuenta del fascismo de los escraches cuando los han empezado a sufrir, y aun así siguen hablando de escraches buenos y malos...

Hace años pasé días felices caminando por la playa con las conferencias de Adrados en los auriculares, con el azul delante del mismo Mediterráneo de su Grecia. Ahora me he puesto, como homenaje ya póstumo, la de Tucídides.

Es sensacional. Adrados arrastra carraspeos, toses, titubeos, tics (“eh eh”), alguna risita, alguna autoironía... junto con su formidable erudición, que se despliega en haces. Todo avanza junto también, con un didactismo raro, más bien abrupto, pero que va imponiendo sus materiales con una viveza asombrosa. Una vez que te metes, estás allí: en Grecia, en Tucídides.

Carlos García Gual, en su bella negrológica, ha hablado del “abigarrado mundo helénico”. Y esa es la Grecia viva, nada “neoclásica”, que transmite Adrados (y transmite el propio Gual y transmitió Nietzsche).

Adrados recuerda en su conferencia que Tucídides decía de su Historia de la guerra del Peloponeso que era “una adquisición para siempre”. Porque había analizado sucesos humanos que, por ser humanos, respondían a las leyes de la naturaleza humana y no dejarían de estar vigentes nunca.

La desastrosa guerra del Peloponeso –en la que participó por cierto la peste, que mató a Pericles y asoló Atenas– fue el gran trauma histórico del mundo griego, y Tucídides se obsesionó en analizarlo para que no se repitiera. Analizó entre otras cosas, dice Adrados, el carácter destructor de los extremismos, que terminan arrastrando al conjunto de la población.

Una adquisición para siempre. Tan para siempre que no han dejado de repetirse las guerras del Peloponeso, con la insaciable insistencia de la pequeñez humana. Del lado de la grandeza quedan los Tucídides y los Adrados.

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En El Español.

23.7.20

'La tierra baldía' en preventa

Ya está lista, en preciosa edición, la nueva traducción de La tierra baldía de T.S. Eliot. La ha llevado a cabo Luis Sanz Irles y yo creo que es la mejor en español hasta ahora. El libro, además de la traducción y el original en inglés del poema, lleva un prólogo de Ernesto Hernández Busto, una nota del traductor y un epílogo mío. El libro está en preventa aquí.

22.7.20

El patriotismo imposible de Podemos

Desde las apoteosis de Vox con la bandera de España (y los énfasis, por qué no decirlo, del PP y el penúltimo Ciudadanos), Podemos ha recurrido con frecuencia a la palabra "patriotismo", para decir qué es y qué no es. La respuesta se puede resumir fácilmente: patriotismo es Podemos (y el PSOE cuando se le acerca), y no lo es todo lo demás.

En realidad, todos los partidos tienden a decir lo mismo, y este es uno de los factores de la irrespirabilidad del ambiente político en España. Pero como en Podemos se da más descarnadamente, con una mayor creencia en la autenticidad propia, el fenómeno resulta más llamativo. O, si se prefiere, más espectacular. Y es el signo de una impotencia. Al fin y al cabo, Podemos se ha puesto a hablar de patriotismo tarde, muy tarde; tal vez demasiado tarde.

Arrastrado por la inercia, notablemente tontorrona, de la izquierda de este país (¡escojo esta fórmula tontorrona también; podría haber dicho "estatal"!), se lanzó a nuestra arena política con un brazo atado a la espalda: el del nacionalismo español. Rubén Darío escribió aquello de "el abrazo imposible de la Venus de Milo". Podría hablarse también del patriotismo imposible de Podemos. Es una desgracia para Podemos (seguramente su condena) y una bendición para los antinacionalistas españoles (que lo somos también, pese a la tabarra que nos dan, del nacionalismo español).

Haber pretendido montar un peronismo español sin nacionalismo español era eso: una imposibilidad. Las multitudes de Venezuela, Argentina y la Grecia de Tsipras iban embutidas en banderas. En España eso solo se daba en los nacionalismos periféricos. Errejón se dio cuenta al principio y lo intentó corregir: le salieron entonces unos discursos con indudable aroma falangista. Pero no cuajó y quizá eso nos salvó de Podemos en 2016.

No tuvimos un Podemos-Vox, que es lo que hubiera arrasado, y entonces apareció Vox para mostrarle a Podemos lo que se había perdido; el combustible que dejó pasar para sus inflamaciones. Vox, por fortuna, tampoco puede hacer mucho porque tiene un techo: es un partido nacionalpopulista pero con el límite que le da el no ser de izquierdas, o el no disponer de las coartadas de la izquierda.
Este panorama, por otra parte, nos indica el desastre performativo que es España: basta que el patriotismo español no sea de todos los españoles (y que su uso sea excluyente) para que esté averiado.

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En The Objective.

20.7.20

El último verano

Hay una extraña euforia. Recuerdo que la hubo también el verano anterior a la otra crisis. Un énfasis en el disfrute de lo de todos los veranos, como si fuesen a terminarse. En este el énfasis está acentuado incluso, sin duda como venganza por el confinamiento vivido. Y puede que por el que viene: la conciencia de que habrá uno nuevo es simultánea a la euforia, la incentiva.

Es cierto que en la calle no están quienes podrían entristecerla: estos permanecen asustados en sus casas; o salen a deshoras, o solo para trabajar (se encierran en sus trabajos). Hay una división anímica. En la calle abundan las mascarillas, que son un recordatorio: pero su efecto es menos amenazante que carnavalesco.

Yo me fijo en cómo Eros se desborda de la zona vedada, imantando los contornos. El borrón de la cara enciende los ojos, que brillan como nunca. Este es el verano de los ojazos: son enormes, expresivos, tienen la urgencia de decir lo que el gesto no puede. Y por debajo (hablo de mujeres) los escotes, cuyo estallido –al menos en el sur– es apabullante. La onda expansiva alcanza a los ombligos (muchos con piercing) y los muslos, con esos pantaloncitos cortos que se han puesto de moda (¡fabulosos en el trasero!).

Pero se olisquea a la vez la desesperación. Todo carpe diem sabe que después viene la noche. Esta se interna, de hecho, en el placer: por eso es desesperado. En el ciclo católico –heredero del pagano–, al carnaval le sucede la cuaresma.

Aunque no faltan avisos: caída del comercio, vacíos en las terrazas de los bares del centro (no tanto en las de barrio). Ni faltan tensiones. El otro día en Málaga un adolescente empujó a un anciano que le regañaba por no llevar mascarilla. Le rompió la pelvis. Fue el encontronazo de dos mundos: el del anciano aprensivo y el del adolescente bravucón. Este aún ignora que lo que se avecina va a cebarse todavía más con él (quizá el anciano también temía eso).

Lo que se avecina. Como en el poema de Cavafis (en la traducción de Bádenas de la Peña): “Los hombres conocen el presente. / El futuro lo conocen los dioses, / únicos dueños absolutos de todas las luces. / Pero del futuro, los sabios captan / lo que se avecina. En ocasiones // su oído, en las horas de honda reflexión, / se sobresalta. El secreto rumor / les llega de hechos que se acercan. / Y a él atienden reverentes. Mientras en la calle, / fuera, el vulgo nada oye”.

Puede que la devastación particular de este virus tenga que ver con que ya no hay sabios en los gobiernos. En casi ninguno del mundo y sobre todo en el de España. Nuestros gobernantes no reflexionaron ni sus oídos se sobresaltaron. Son puro vulgo en el poder: nada oyeron.

Me entero ahora de la muerte de Juan Marsé. El título de esta columna se inspiraba en los versos de Gil de Biedma que lo mencionan: “Fue un verano feliz. / ...El último verano / de nuestra juventud, dijiste a Juan”. En él seguiremos, esperando el invierno. Que este año puede venir adelantado.

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En El Español.

13.7.20

Desesperante

Lo de España es desesperante. Las noticias que ha venido publicando EL ESPAÑOL sobre la corrupción del rey emérito Juan Carlos (técnicamente presunta) confirma el bajísimo nivel de las élites españolas, empezando por su cúspide. Es desesperante y desmoralizador.

Esa “estructura” para eludir al fisco, encargada desde Zarzuela, le da al palacio un ineludible aire de patio de Monipodio. No hay nobleza: hay plebeyez. Nos hemos resignado ya a mantenernos en la deprimente tradición española, de la que pensábamos haber escapado. Nuestro director ha recordado en su Carta de este domingo la chufla de los hermanos Bécquer Los Borbones en pelota. Podríamos recordar también La corte de los milagros de Valle-Inclán. Sí, puro esperpento.

El rey Felipe VI ha roto con su padre y, hasta el momento, su conducta parece ejemplar. Pero ya hemos visto que el artículo 56.3 de la Constitución es un agujero. El que la persona del Rey sea inviolable y no esté sujeta a responsabilidad solo tiene sentido en cuanto a sus actuaciones institucionales. Su extensión a la vida privada del monarca se fundaba en el pacto implícito de que este debía observar una conducta impecable. Ese pacto lo ha roto Juan Carlos I con su conducta nada impecable. Era algo de lo que nos avisaba el pesimismo antropológico; pero, en fin, se fue optimista.

Ahora los monárquicos, los juancarlistas, hacen malabarismos imposibles para preservar al rey que los ha dejado con el culo al aire. No solo a los monárquicos: también a los republicanos que aceptábamos la monarquía porque lo prioritario nos parecía la democracia y el Estado de derecho, que con nuestra monarquía se cumplen sin problema.

Este sería una buen momento para plantearse seriamente la república... si no fuera, en realidad, el peor momento. Una de las paradojas españolas (también desesperante) es que el republicanismo político está hoy más en quienes apoyan la monarquía que en nuestros autodenominados republicanos, que (por su recalcitrancia, su obcecación ideológica y sus aspiraciones totalitarias) vienen a ser una especie de “monárquicos” de la república.

La ganancia de que el jefe del Estado fuese elegido democráticamente en vez de designado por herencia no creo que compensase ahora, la verdad. Los problemas de España no dependen de eso. Además, existe el riesgo de que empeorasen. Al fin y al cabo, en la república mandarían los mismos españoles que mandan en la monarquía (con la única exclusión de los Borbones). Y ya sabemos cómo se comportan los españoles que mandan.

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En El Español.

8.7.20

Irresponsabilidad del Rey

Lo que hizo el rey don Juan Carlos (ese “don” ya canta) fue obedecer literalmente a la Constitución, adelantándose a nuestra época literalista. Se tomó al pie de la letra el artículo 56, que dice que su persona “no está sujeta a responsabilidad”. Por eso sumió la irresponsabilidad como un imperativo.

Cuando leí la Constitución con quince años (era 1981: el ideal para hacerlo), me quedó claro que esa irresponsabilidad escrita tenía como requisito una suprema responsabilidad real. El comportamiento del Rey debía ser ejemplar, en correspondencia con aquello de lo que se le eximía legalmente.

Si lo entendía yo con quince años, ¿cómo no iba a entenderlo él? Y seguro que lo entendió al principio, pero se le olvidó. Ocurre con frecuencia en las vidas públicas españolas: hay fogonazos de inspiración, pero pronto olvido. La prolongación de uno mismo hace que uno mismo entierre lo bueno que creó. Quizá es que las vidas son demasiado largas. O que, como decía Umbral, la vida suele durar más que la biografía. El rey Juan Carlos (¡el “don” ya no me sale!) cumplió su biografía pero su vida siguió.

Su olvido más grave fue el del significado de la monarquía española tras el pacto constitucional. Nuestra llamada “monarquía republicana” era –como la nación para Renan– “un plebiscito cotidiano”. Los republicanos que aceptamos la monarquía no estábamos dispuestos, naturalmente, a las arbitrariedades (más allá de la genealógica que consentíamos). En cada monarca, y en cada día de cada monarca, se jugaba –se juega– la monarquía entera. El rey Juan Carlos, con sus corrupciones, se ejercitaba en el refrán “debajo de mi manto, al rey mato”. (Es decir, a la monarquía.)

La conclusión ya la sabíamos, aunque hiciésemos ese paréntesis real: en la vida pública no queda otra que la fiscalización, el control, la crítica. Sin excepciones. Ana Romero habló en Final de partida del silencio de la prensa durante lustros sobre la conducta del Rey. Sin duda esto alentó su irresponsabilidad literalista.

Lo más divertido es que los republicanos enfáticos de hoy buscan lo mismo: el silencio de la prensa. Tienen mentalidad de reyezuelos. Por ellos (y casi solo por ellos), la alternativa a la monarquía constitucional no está tan clara.

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En The Objective.

6.7.20

Cara y cruz de Echenique

Indudablemente mi vida era mejor cuando “Echenique” solo me evocaba a Alfredo Bryce Echenique. Una secuencia fonética que me producía felicidad, por el recuerdo de la que tuve leyendo La vida exagerada de Martín Romaña: sin duda la novela que más he recomendado, y la que más me han agradecido. (“Especie de Woody Allen peruano”, se decía en alguna solapa.)

La vida ha menguado desde entonces, o ha venido exagerando a peor. Está la edad individual, con sus pesadumbres; pero sobre todo está el ambiente, lo público. El nacionalismo supuso siempre un achicamiento de espacios, al que el populismo le ha añadido una estrechez ceporril de la existencia. Que “Echenique” fuese algo dulce y ahora algo amargo sintetiza el decurso. Antes ironía, distancia, humor (también autohumor); hoy literalismo, pegajosidad, resentimiento.

Cuando la política se come la vida cotidiana es una desgracia. Y si se trata de política basura, esa desgracia nos pone perdidos.

La degradación de la política española no es nueva. Ya estaba degradada antes, por la larga irresponsabilidad del PP y el PSOE principalmente (un fuerte impulso lo dio Zapatero). Pero desde que llegó Podemos la degradación se ha acelerado de manera exponencial. Se han alcanzado unos niveles que solo estaban en las pozas de los nacionalismos (con su espejo nacionalista nacional, que es Vox). No en vano, el populismo viene a ser el nacionalismo de las ideologías.

Podemos ha excitado unos bajos instintos que –fuera de esos ámbitos nacionalistas– estaban sin excitar; tan descarnadamente al menos. Y Vox ha venido a completar los que Podemos se había dejado. Así que ya tenemos excitados en España todos los bajos instintos excitables.

Pablo Echenique, portavoz de Podemos en el Congreso, ejemplifica como nadie esos bajos instintos, su excitación. Es una bomba perfecta de mal rollo. En buena medida, porque nos somete a una tensión insoportable.

Por un lado, admiramos cómo se ha sobrepuesto a su situación física; la voluntad y el ánimo con que no se ha dejado vencer por ella. Por otro, detestamos su sectarismo asfixiante, su juego sucio, su miseria moral. La respuesta a esto que no se puede quedar sin respuesta se ve, pues, colapsada: antes de nuestras explosiones ha habido mucha implosión.

Pero incluso aquí ha logrado Echenique un extraño éxito: su conducta nos ha liberado del pesado fardo de la compasión. Ha logrado que haya algo (su mala baba, sus ataques baratos) más potente que su situación física. Y esto es francamente admirable también.

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En El Español.