[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 2:14]
Buenas noches. Mi trayectoria como opinador ultramontano ha sido osada. Llamé "piernas" a Kafka y a Tolstói. Dije que los hermanos Machado son los hermanos Calatrava de la poesía. Antes, que Nabokov no es más que un crucigramero: el Ocón de Oro de la literatura. Que Faulkner es un Marcial Lafuente Estefanía con subjuntivas. Que García Márquez es Antonio Gala con gallinazos. Y pregunté quién demonios había metido en el canon a Chejov. Pero una última cobardía me atenazaba: no me atrevía a meterme con William Shakespeare, quizá un gigante demasiado poderoso para mis bromitas. Pero nuestro querido Javier Gomá me abrió el camino hace unas semanas en La Brújula, cuando se atrevió a ponerle reparos al cisne de Avon. En efecto, Shakespeare está sobrevalorado. Es retórico, desordenado, efectista. Sus obras tienen más trucos que Juan Tamariz, pero además son un peñazo. Romeo y Julieta es un anuncio de perfume. Macbeth es una escabechina sin sentido, como un spaghetti western. El sueño de una noche de verano es como los Morancos de Triana disfrazándose para el carnaval. Otelo es una historia vulgar de celos, como los de Shakira por Piqué. La fierecilla domada es el discurso sobre el "hombre blandengue" del Fary. Antonio y Cleopatra es una mala canción de Pimpinela. Lo de "pero Bruto es un hombre honrado" (de Julio César) es como una frase de la política española. Y lo de "mi reino por un caballo" (de Ricardo III) no es más que la historia del actual rey Carlos de Inglaterra, que obtuvo el reino y además el caballo. En cuanto a su obra más célebre, Hamlet, está claro el dilema que a Shakespeare le preocupaba de verdad, porque eso es lo que se sentía en el fondo: "Ser o no ser un piernas". He ahí la cuestión.