31.12.10

Conformidad


Miguel Gómez Losada, Intervención en un charco (felicitacion 2011)

En vistas de que no iba a poder terminar Moby Dick para las campanadas, salvo que me hubiese encerrado en el cuarto, privándome de mis paseos rituales de estas fechas, me he relajado y leído (o releído) otras cosas: aparte de Crepúsculo de los ídolos, un librito de cartas de Duchamp (Cartas sobre el arte 1916-1956, Ed. Elba) y Bartleby, el escribiente. Mañana volveré a Moby Dick, de modo que han sido lecturas entre ballena y ballena, como si Nietzsche, Duchamp y Bartleby estuvieran en su vientre. Y también los personajes de Mad Men, cuya cuarta temporada terminé anoche. Con respecto al calendario, la ballena misma ha quedado como ballena-bisagra entre 2010 y 2011...

Hace poco he sabido que en los jeroglíficos egipcios los nombres propios aparecen dentro de una especie de estuche: un estuche que se asemeja a un sarcófago; o, nuevamente, al interior de una ballena. Así queda también empaquetado el año que se va. Ha sido uno de los más plomizos de mi vida; pero, no sé si contagiado por la manía numérica, estoy contento ahora. Llevo además unas semanas con un feliz sentimiento de conformidad: lo acepto todo, lo doy todo por bueno. Como decían nuestros antepasados: vale.

24.12.10

La sonrisa del sherpa

Un amigo alpinista me está hablando de su afición, que si la épica de los ochomiles y tal. Yo, por no hacer mudanza en mi costumbre, le pregunto que cómo se lo montan sexualmente en la alta montaña, "porque algo tiene que haber". Solo pretendía hacer una broma, pero resulta que sí: que hay tomate. Del campamento base para arriba, todo es una orgía vertical. El peligro pone el cuerpo a tope, instaurando la típica filosofía del instante que se da en las condiciones extremas. Allí te agarras a lo que sea, incluidos tus colegas de escalada. La falta de oxígeno, además, va intensificando los orgasmos. Es el efecto ahorcamiento de El imperio de los sentidos, o lo que perseguía David Carradine cuando tuvo su accidente sexual (a Kung Fu deberíamos considerarlo ahora un alpinista in péctore, que quiso montarse su Everest en Bangkok). A esta nueva luz, la ruta de los ochomiles es la ruta de los pillines: lo que van buscando es más gustito. Incluso las amputaciones adquieren un nuevo estatus: son piezas que se pierden en la carrera del placer. Y en las siguientes expediciones supongo que tendrán su juego: fistfuckings más rodados (suaves como un guante sin dedos). "Pero los que se ponen las botas son los sherpas", me sopla mi informante. Como no podía ser menos, son los reyes del mambo allí: los jineteros de ese trópico congelado. Se me vienen entonces sus caras, con esas perpetuas sonrisillas, y me digo que cómo no había caído antes. Es el landismo de las grandes cumbres. Las prendas de abrigo deben de ponerlos tan cachondos como a Alfredo Landa los bikinis. Por lo demás, no tendrán rival en su terreno: a esa altitud y con ese frío, ni un senegalés podría ofrecer mayores prestaciones. Conque el alpinismo, el esforzado alpinismo, no era más que una variante tortuosa del turismo sexual... Como se entere Houellebecq, se nos convierte en la versión francesa de Pérez de Tudela. Hasta a mí mismo me están entrando ganas de hacer mis pinitos. En este instante creo que nada me apetecería más que un sesenta y nueve en una de esas tiendas suspendidas, que en los precipicios cumplen la función de los viejos seats panda. Al fin entiendo ese deporte, y me parece que lo adoro. Incluso comprendo a los aludes, que no son más que el deseo de la propia montaña de sumarse a la bacanal.

21.12.10

Cuento de Navidad

Muchos se preguntan qué fue del Calvo de la Suerte. Yo lo sé. He podido reconstruir su historia. No hay mucho que contar, cabrá en tres párrafos. Eso sí: es triste. Aunque les anticipo que este cuento tiene un final feliz; al menos como yo lo veo. Al Calvo lo dejamos, lo recordarán, en el momento de su despido. Después de ocho años protagonizando la campaña de la lotería navideña, había logrado convertirse –pese a ser flaco– en la perfecta encarnación del Gordo. ¡Ah, aquellos anuncios! Él vestido de negro, sobre la nieve blanca. A su paso el mundo iba recobrando el color. Soplaba burbujas, las burbujas de la suerte. Todos creíamos que iba a ser eterno. Y él también. Se entrampó. Contrajo deudas a cuenta de su ingreso anual. Cuando se lo suprimieron, el Calvo se hundió. Fue el hombre con más mala suerte de aquel año. Era octubre y le tocó la antilotería: a sus finanzas se las tragó un agujero negro; gordo, gordo...

En cuanto supieron la noticia, los acreedores se precipitaron a recuperar lo que pudieron. El Calvo se quedó en la calle. Durante semanas vagó por la ciudad, y a su paso todo lo que era en color se volvía gris: blanco y negro. Algunos transeúntes lo reconocían y le soplaban ficticias burbujas. Notaba que era querido, pero no le ayudaba nadie. Aquel final de otoño fue especialmente crudo. Y más crudo fue el primer día de invierno. Nevó sin clemencia. Por la noche su resistencia se quebró. Se dejó caer junto a un portal, bajo los copos. Tenía frío. Se hurgó en los bolsillos del abrigo y halló una caja de cerillas. Encendió la primera. De aquella débil luz y aquel calor pequeño hizo en su mente una chimenea generosa. De niño había sentido mucha pena por la cerillera del cuento. Se imaginaba encontrándola y rescatándola. La habría llevado junto a una chimenea así. Pero ni él la encontró, ni a él lo encontrarían. Las cerillas se agotaban y con ellas se agotaba su vida. Comprendió que le quedaba poco, pero que cada minuto contaba. El breve fogonazo, la débil luz y el calor pequeño...

Cuando prendió la penúltima, recordó algo. Metió su mano en el bolsillo del pecho y sacó un arrugado papel. Era un décimo de la lotería. Recordó que la tarde anterior un hombre se lo dio por la calle. Suerte, Calvo, le había dicho. Era un hombre gordo. El Calvo sonrió, con melancolía, con cansancio. ¿Y si...? Pero el sorteo tendría lugar muy lejos: al otro lado de la noche. Encendió la última cerilla. Con el décimo podría prolongar su fuego. Las probabilidades de que me toquen son ínfimas, musitó, dediqué mi vida a alentar sueños imposibles; pero sólo hay noche, y este fuego es real. Acercó el décimo a la llama... Y es en este instante cuando yo aparezco. Pasaba por delante, lo vi débil, vi que era el Calvo, vi que daba suerte y se lo arrebaté. Ni siquiera tuve que emprender carrera: el Calvo, al ir a levantarse, se desplomó. He podido reconstruir los hechos porque he tenido dinero, mucho dinero, para pagar detectives. Localizaron a transeúntes, y a una vecina del edificio de enfrente que toda la noche lo espió por la ventana (pensé, dijo, que era un simple mendigo). El resto era fácil de deducir, o de imaginarlo un poco. Aunque no lo parezca, este cuento es la historia de una salvación. Mi vida iba cuesta abajo, pero por suerte encontré al Calvo. Me acuerdo de él cada vez que aquí, en Río de Janeiro, alguien dice la palabra careca.

19.12.10

Un agujero especial

En el capítulo 5 de la cuarta temporada de Mad Men, la hija de Draper confiesa que ya sabe cómo se tienen los niños: "El papá hace pipí dentro de la mamá". Caliente, caliente, princesita. A su edad yo andaba más despistado. Pensaba que se tenían sólo porque papá y mamá dormían juntos. Se casaban, se acostaban cada noche y por la mera frecuentación la mujer se quedaba embarazada. Es curioso, pero quizá por ese enaltecimiento de las propiedades fecundadoras del tálamo –o del sueño à deux– me gustaban tanto las escenas de cama de los McMillan (que no eran de sexo sino de conversación; de carantoñas como mucho). Encontraba que en la expresión "cama de matrimonio" ya estaba contenido todo. Y, para mi mente infantil, no hacía falta más...

Luego el niño va entreviendo que los adultos hacen guarrerías. La idea que yo me formé era particularmente marrana: el hombre metía su apéndice de mear en el agujero de mear de la mujer. Era una guarrería pura, a la que no le adivinaba ningún beneficio. Una vez, regresando a casa desde el colegio, lo estuve hablando con mi compañero Maldonado. Me obsesionaba una idea: ¿y qué pasa si a la mujer le entran ganas de orinar? (Obsérvese que aquí el joven Montano coincide con la joven Draper: da por hecho que, si las ganas le vinieran al hombre, lo haría sin más; al fin y al cabo tenía dónde hacerlo.) Fue entonces cuando Maldonado me descubrió un mundo: "Anda ya, si las mujeres tienen un agujero especial para eso". Un agujero especial. De pronto aparecía ahí un detalle fisiológico que a mí no me constaba. La presencia de un hueco. Como si las mujeres hubieran llevado todo el rato un estuche escondido, sin que yo me hubiera dado cuenta.

El otro día pasé por la esquina de la revelación y la fotografié. Tiene su gracia –y su simbolismo–lo que allí hay ahora: una oficina de Mapfre (¡el respaldo!), semáforos, carril bici, el balcón de un piso que se alquila, un centro bucal "para niños y adultos"...




16.12.10

Cuerdas de acero

Vuelvo a escuchar, después de bastante tiempo, la canción "Cordas de aço", del disco Ney Matogrosso interpreta Cartola. La enlazo, doy su letra y la traduzco (en el orden en que la compuso Cartola, aunque Matogrosso altera las estrofas al principio):

Ah, estas cordas de aço
Ah, estas cuerdas de acero
esse minúsculo braço
este minúsculo brazo
do violão, que os dedos meus acariciam
de la guitarra, que mis dedos acarician
Ah, esse bojo perfeito
Ah, este hueco perfecto
que trago junto ao meu peito
que traigo junto a mi pecho
só você, violão, compreende
sólo tú, guitarra, comprendes
por quê perdi toda alegria
por qué perdí toda alegría

E, no entanto, meu pinho
Y, aun así, mi [madera de] pino
pode crer, eu adivinho
¿te lo puedes creer?, adivino
aquela mulher até hoje está nos esperando
que esa mujer todavía nos está esperando
Solte o seu som da madeira
Suelta tu sonido de la madera
Eu, você e a companheira
Yo, tú y la compañera
à madrugada iremos pra casa cantando.
de madrugada iremos a casa cantando.

15.12.10

Claudicación en el uso de preposiciones

Esta costumbre que tiene la muerte de llevárselos de dos en dos. Se forman curiosas parejas. El mismo día murieron, hace años, Ava Gardner y Dámaso Alonso: el animal más bello del mundo y el más feo. Ahora les ha tocado a Enrique Morente y Valentín García Yebra: dos civilizadores. El nombre del segundo iba en aquellos libros bilingües de latín, con los que nos metíamos en las aguas de la lengua muerta con flotador. Cicerón, Julio César, Virgilio... Me quejaba tanto de la asignatura, y ahora es casi la que más recuerdo. La nostalgia del latín. De aquellas panzadas para los exámenes salíamos con una impregnación que nos acompañaba inadvertidamente en las cervezas: polvo latino en las alas estudiantiles. Anteanoche supe por Al59 que García Yebra es también autor de un título bellísimo: Claudicación en el uso de preposiciones. No recuerdo ninguno comparable, aparte de Anatomía de la melancolía o La educación sentimental. Es una batalla épica ese título, derrotada. Como de un Bogart filológico, o un combatiente de las Termópilas que aún tuviera tiempo de comprender (y anotar) que los persas han pasado.

14.12.10

Omega

De Morente me enteré por Hervás. No he sido sensible a su arte porque no soy sensible al flamenco (salvo alguna ráfaga jonda que me pille en el momento adecuado), pero por Hervás supe de su grandeza. He oído mucho a mi amigo hablar de su admiración por Morente, sobre todo por el disco Omega, y llegué a acompañarlo en 2003 a un concierto que Morente dio en el Conde-Duque, escenario de mis emociones brasileñistas. Este verano Hervás fue a entrevistarlo a Granada, desde Córdoba. Pasó el día en su casa del Albaicín. Comió con su familia. Por la tarde Morente tenía que ir al estudio, creo que a grabar algo, e invitó a Hervás a que fuese con él. Pero Hervás, por esas reacciones tontas que tenemos a veces, le contestó que debía regresar a Córdoba. Desde el autobús me llamó, arrepentido. Le dije que había hecho bien, que así no se hacía pesado, y que ya habría otra ocasión. Pero no, no ha habido otra ocasión. Queda el consuelo de la sombra: esa riqueza de lo que pudo ser; que, en realidad, no es ningún consuelo. Es simplemente hermoso.

La entrevista apareció en el número de Boronía dedicado al flamenco, que puede leerse aquí (págs. 12-19). A Morente le encantó y llamó a Hervás para decírselo. Sí, era un grande.

13.12.10

El circo romano

Yo estoy a favor del doping, naturalmente. O sea, que me parece muy bien que los políticos, jueces y periodistas que se echan encima de los atletas estén hasta las cejas de cocaína (como suelen estarlo, en una proporción relevante). Esa es la realidad: los antidoping no pasarían un control antidoping. Y son malos para la salud: ahí tenemos las depresiones de los deportistas cazados, ahí tenemos la muerte de Pantani. La sociedad del espectáculo manifiesta aquí una de sus grietas: se machaca al deportista que se la ha jugado para satisfacer las expectativas espectaculares. O no: porque triunfa el Espectáculo a secas, que es el dios al que se le sacrifica. De este modo los medios duplican sus contenidos: primero la exaltación, después el sacrificio; babosa la primera, moralista el segundo. Es puro circo romano: una estructura que pide carne.

Pero yo personalmente, como espectador, aborrezco el segundo acto. Me quedo sólo con el primero: la competición, la gloria. En julio me dedico a ver el Tour y después apago los televisores. Quiero asistir a la pedalada exenta. Para mí sólo el día, sin noche; sólo el sol. Como para las rosas de Ricardo Reis:
Las rosas amo del jardín de Adonis,
esas volucres amo, Lidia, rosas,
.....que en el día en que nacen
.....en ese día mueren.
La luz para ellas es eterna, porque
nacen nacido ya el sol, y acaban
.....antes que Apolo deje
.....su curso visible.
Hagamos así nuestra vida un día,
inscientes, Lidia, voluntariamente
.....que hay noche antes y después
.....de lo poco que duramos.
Así es todo lo alegre, aunque se prolongue: flor de un día.

11.12.10

Yellow flag



Ese cuadro, que se ve tan pequeñito, es enorme: 182,9 x 487,7 cm. Se titula "Yellow flag", su autor es Alex Katz y estuvo expuesto en Málaga, en el CAC (flag, katz, cac), de marzo a junio de 2005. Aparecía enfrente en cuanto uno entraba en la sala. La primera vez que lo vi me impactó. Volví bastantes veces. Me gustó mucho la exposición entera. Olía a pintura, olía a nuevo. Yo acababa de regresar de Madrid. En ese cuadro están las sensaciones de aquella época, que iba a describir ahora pero que he decidido silenciar. Ha pasado demasiado tiempo; no ha pasado nada.

10.12.10

El año de la ballena

Año catastrófico. Por ver si lo enderezo en sus postrimerías, he retomado la lectura inicial: Moby Dick. Debí de abandonarla el mismo 1 de enero, como tantas otras a lo largo del año. Como tantas cosas. Llevo una larguísima temporada con poca inspiración para leer. Coherentemente, cuando no estoy para la lectura tampoco estoy para la escritura: la página es refractaria en las dos direcciones. Y yo soy refractario a la página. Mi herida: sé que la escritura es lo único que me queda y sé que la escritura es poco. Ojalá pudiera envolverme como una momia (momia de marfil), pero no me sale. La ballena como metáfora del año. Se me ha escapado. A la vez, quizá, estoy en su vientre. Cazarla sería nacer.

Decido también volver a Nietzsche, Crepúsculo de los ídolos, que sí he leído muchas veces, para compaginarlo con Melville. Escribe en el prólogo: "incluso en la herida continúa habiendo una fuerza curativa". (Blanco, el blanco. Borrón y vita nuova.)

7.12.10

Nostalgia por la nostalgia

La nostalgia que habría que tener no es la nostalgia por el libro, sino la nostalgia por la nostalgia por el libro. El libro subsistirá, llevará una vida paralela –aunque menor– a la del libro electrónico; la nostalgia por el libro, en cambio, desaparecerá con nuestra generación. Yo soy un descastado, también en esto. No siento nostalgia. Leeré donde más cómodo me resulte. Iré a remolque de los tecnólogos.

Yo he detestado los libros: esos ejércitos que se personan en las mudanzas. El horror de las cajas de libros. Y la invasión de las paredes, las estanterías, los armarios. El viscoso papel. Las pulgas de la tinta. El corte de la hoja en la nariz. Toda esa épica aparatosa de los mamotretos. Acumulando polvo. Propiciando estornudos. Enrojeciendo ojos. Las manos infestadas de celulosa, pálidas. Todo este error que es nuestra vida, y que no se prolongará.

5.12.10

Abbati y los bernhardianos tristes

Tiene algo de bernhardiana la novela de Hugo Abbati, Correspondencias, editada en E.D.A. Libros; pero lo tiene de un modo tan sutil, que yo no insistiría en esa influencia. Abbati posee voz propia y hay que leer su novela por sí misma. Me había propuesto escribir un reseña para recomendarla; pero como el editor, Paco Torres, es mi amigo, se me colaba demasiado el espíritu de la promoción. Así que he preferido dejar la promoción sin más: ¡léanla, mis queridos lectores! ¡La recomiendo, la recomiendo! Para saber de la novela pueden asomarse a la noticia que dio el editor, los interesantes comentarios de esta otra entrada, y la crítica de José Luis Amores en Revista de Letras.

* * *
Pero ah! En este último enlace no puedo dejar pasar un detallín, no sobre Abbati sino sobre Bernhard, porque me parece sintomático. Sintomático de un cierto género de bernhardianos que, aunque comen del mismo pan que yo, parece que lo hacen con una pomposidad que repudio. Los considero bernhardianos tristes. Así Amores cuando se refiere con superioridad a "una lectora que se autoadjetiva a sí misma como empedernida sobre Tala: 'lo mejor era lo del sillón de orejas…, una y otra vez'". Excusando su sintaxis, habría que decirle a Amores que sí, que esa lectora tiene razón: lo mejor de Tala es lo del sillón de orejas, una y otra vez; y lo de los Auersberger, una y otra vez; y todo lo que se repite una y otra vez. El bernhardiano que no se troncha de risa con las gansadas de Bernhard es un bernhardiano espurio. Tiene una imagen de Bernhard demasiado grave, demasiado cultural. Uno lee a Bernhard y se eleva con su ligereza; en cambio, lee a estos bernhardianos engrúdicos y se hunde. El que no percibe que Bernhard es ante todo un humorista, no percibe nada. Sólo materia (más materia) para su estolidez.

27.11.10

Caricias de papel

El antirromanticismo de Noel Rosa, delicioso, recomendable. Siempre lo digo pero es verdad: es el Billy Wilder brasileño, sólo que dedicado a la canción y no al cine; y muerto jovencísimo, a los veintiséis años. Una de sus letras más punzantes es la del fox-trot "Julieta", compuesto con Eratóstenes Frazão en 1933, que enlazo y traduzco:
Julieta
Julieta
não és mais o anjo de bondade
ya no eres el ángel de bondad
como outrora sonhava
que otrora soñaba
o teu Romeu
tu Romeo
Julieta
Julieta
tens a volúpia da infidelidade
tienes el vicio de la infidelidad
e quem te paga as dívidas sou eu...
y quien te paga las deudas soy yo...
Julieta
Julieta
tu não ouves meu grito de esperança
no oyes mi grito de esperanza
que afinal de tão fraco nem alcança
que al final de tan débil ni alcanza
as alturas do teu arranha-céu
las alturas de tu rascacielos
Tu decretaste a morte aos madrigais
Tú decretaste la muerte de los madrigales
e constróis um castelo de ideais
y construyes un castillo de ideales
no formato elegante de um chapéu
con la forma elegante de un sombrero
Julieta
Julieta
nem falar em Romeu tu hoje queres
ni hablar de Romeo hoy quieres
borboleta sem asas, tu preferes
mariposa sin alas, prefieres
que te façam carícias de papel
que te hagan caricias de papel
Nos teus anseios loucos, delirantes
Con tus anhelos locos, delirantes
em lugar de canções queres brilhantes
en lugar de canciones quieres brillantes
em lugar de Romeu, um coronel
en lugar de Romeo, un ricachón.
Y otra de propina: "Com mulher não quero mais nada". (Ambas grabaciones son del disco de 1995 Noel inédito e desconhecido.)

* * *
(15.02.13) Un vídeo con la interpretación de "Julieta":

19.11.10

Las imágenes del aprendiz

He inaugurado un blog específico de imágenes, para seguir colgando algunas de las que vaya haciendo. En poco tiempo resultará repetitivo: yo fotografío casi siempre las mismas cosas. Tengo buenos amigos fotógrafos, pero yo no soy fotógrafo. Sólo sé (o me interesa) seleccionar algo, encuadrar y disparar; después, si acaso, recorto un poco la foto en la pantalla. El resto lo ignoro, el resto me lo hace el iPhone. Hace unos días Josepepe me copió dos frases de "Las babas del diablo", el cuento de Cortázar en que se inspiró Antonioni para Blow up:
Cuando se anda con la cámara, hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una piedra [...] le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre.
La cámara como complemento de los paseos, como hace Francisco Luna. Así pues: Las imágenes del aprendiz.

* * *
(30-XI) Le he cambiado el título al blog. Ahora se llama con una afirmación de Borges: La belleza es frecuente.

18.11.10

La historia troceada

Yo también estoy con los saharauis, faltaría más, y contra la burricie de Marruecos. Pero hoy no quiero hablar de las injusticias universales, sino del modo en que algunos se suben a esas injusticias. Me dan grima, como siempre, los alardes de dignidad de Bardem, Toledito, Alberto San Juan, etcétera. Tengo la impresión de que son algo así como disc-jockeys de la historia: seleccionan el trozo que les conviene, para depositar su dignidad en él, como quien mete sus joyas en la caja de seguridad de un banco, y se olvidan del resto. Mi amigo Losada recuperó el término equivalente a disc-jockey que se usaba antes en España: selector musical. Pues nuestros entrañables reivindicativos son eso: selectores de la historia. Quiero decir que escogen un trozo de la culebra e ignoran lo que hubo antes y lo que habría después. En el caso concreto del Sáhara: ¿hubieran apoyado una guerra del ejército franquista contra Marruecos, cuando la Marcha Verde? O mirando al futuro: ¿apoyarían una guerra de España contra Marruecos, en favor del Sáhara? Por lo que dijeron cuando Perejil ya intuímos que no. Si hubiera una guerra contra Marruecos ellos se situarían en ese nuevo trozo de la culebra y se envolverían también en la dignidad, pacifista entonces, olvidándose del resto. Como hacen siempre. La banca (quiero decir, el alma bella) siempre gana.

* * *
Por lo demás, hojeando ayer el blog de Santiago Sierra encontré este interesante documento, que me hizo pensar que sí que arriesga algo, después de todo. En cuanto a la Ministra, qué nivelazo argumental: "La coincidencia con el PP debería hacer pensar a los artistas". A los artistas, y al joven Felipe González.

* * *
Me viene a mano, como casi siempre ahora, un ciclo de conferencias de la Fundación Juan March: el impartido por Diego Gracia (¡magnífico!) sobre La ética de la responsabilidad. Recomiendo en especial la segunda, la dedicada a Max Weber. En ella se establece de un modo diáfano en qué consiste la responsabilidad: en actuar según los principios, pero teniendo en cuenta las consecuencias de su aplicación práctica. Es una línea de equilibrio, frágil, esforzada, de la que quedan fuera tanto nuestros artistas como nuestros políticos, con sus respectivas irresponsabilidades del confort poético y la obscenidad del poder.

15.11.10

La alegría de la huerta

De Berlanga yo me quedo con la alegría; y, como mi pensamiento es insidioso, no puedo dejar de compararla con la plomiza tristeza de, por ejemplo, un León de Aranoa. Éste se la coge con papel de fumar, hace su desguace ideológico y el resultado es que sus pobres siempre están tristes, porque sacarlos riendo sería hacerle el juego al sistema: ignorante de que el sistema, si gusta de algo, es precisamente de la parcelación. Berlanga, en cambio, lo lanza en aluvión todo, como en la vida: en sus planos secuencia no sólo se pelean los actores, sino también la alegría y la tristeza, la tragedia y la comedia. Los pobres se carcajean mientras se mueren de hambre; el verdugo es un desgraciado. Para ese río revuelto (¡nietzscheano!) no hay compuertas: su corriente nos azota y nos hace cosquillas a la vez. A los personajes de León de Aranoa los compadecemos, porque su punto de vista hace que nos sintamos burguesamente superiores: sus películas son menos herederas del comunismo que del Domund. En las de Berlanga, en cambio, no hay manera de compadecer a esos bicharracos: si les damos una limosna, nos morderán la mano; si los invitamos a cenar, nos destrozarán la casa. Pero aquí he incurrido en truco, porque aranoescamente he situado la persona verbal en el lugar de la clase privilegiada, cuando es al revés: somos nosotros los que mordemos la mano que nos da la limosna, somos nosotros los que destrozamos la casa de quien nos invita a cenar. León de Aranoa "sienta un pobre a su mesa". Berlanga desenmascara esa operación (como también lo hizo Buñuel). El arte no debe dar sermones, sino vitriolo.

Pero hay una obra de Berlanga que es pura alegría, aunque pocos la vieron. Quienes hablan de la decadencia de sus últimas filmaciones, olvidan que entre ellas se cuenta ese botellón de champán que es la serie Blasco Ibáñez (la novela de su vida). Nadie confió en ella, ni la televisión, que la tuvo guardada y luego la emitió de golpe en dos tandas de varias horas. Yo empecé a verla por la coartada cultural y aquello era un despipote. Qué alegría contagiosa, qué burbujeo. Ramón Langa hacía de Blasco Ibáñez convirtiéndolo en Ramón Langa: una sinvergonzonería jocosa, irresistible. Entre Langa y Berlanga montaron una buenísima. La gamberrada enfadó a los herederos de Blasco Ibáñez, que desautorizaron la serie: no se puede sacar al abuelo del ataúd con la polla tiesa y todos sus vicios incólumes.

Terminemos con una nota melancólica. Al fin y al cabo, se ha muerto Berlanga. Ayer mi amiga Almudena recordaba el final de La vaquilla. Qué diferencia con las monsergas de hoy sobre la "memoria histórica", tan sectarias, tan aprovechonas; tan fraudulentamente sentimentales. Berlanga lo hace mucho mejor: sin que falte la tragedia, pero ahorrándonos la retórica.

31.10.10

La compañía de las imágenes

Siempre que menciono a mi cuñado me acuerdo de una fan que me regañó: "¡Tú no puedes tener cuñado!". Pues sí: mi malditismo llega a esos extremos. Esta vez, además, debo hablar de mi cuñado, porque el domingo pasado me regaló un iPhone y éste ha sido el protagonista de mi semana, que he vivido entre la música y las fotos. El iPhone es un diamante negro, suave, como una Kaaba de bolsillo, o un Aleph. Pero no incurro en delicuescencias: lo he incorporado con naturalidad; ahora simplemente tengo una mascota lista. La primera mejora ha sido recobrar la compañía de las imágenes. Mi videocámara está estropeada y hace meses que paseo sin grabar; quiero decir, sin fijarme: abandonado a mi soledad paseística. Llevar encima el recurso de detener los instantes, en cambio, hace que uno vaya atento: atento a los instantes dignos de ser retenidos. Del pastel del mundo, uno selecciona una porción; y es de la selección misma de la que se desprende la dulzura. Es justo eso: la compañía de las imágenes. Y también está la música: la versión de Bossa Três de "Days of wine and roses", de la que estoy enamorado. Mi amiga Mabel me hizo la adaptación de los primeros veinte segundos y, siguiendo sus instrucciones, logré ponerla como sintonía. Esto ha empezado a crearme problemas, porque ahora cuando alguien me llama me quedo hipnotizado con la música y tardo en responder, y a veces se me pasa el tiempo y me quedo sin el amigo pero con la canción. En resumen: el iPhone contribuye a mi soledad, pero me la hace más bonita. Aquí hay una selección de las fotos de estas jornadas.

27.10.10

La sopa boba

El domingo asistimos a Ritter, Dene, Voss, que es la primera obra de Bernhard que veo representada. En esta adaptación española la han titulado Almuerzo en casa de los Wittgenstein, aunque en el original son los Worringer. Es un reclamo legítimo, siempre y cuando se entienda que Bernhard se tomó bastantes libertades con Ludwig y sus hermanas. A mí me gustó menos que al crítico del Málaga Hoy, pero estuvo bien la experiencia. Ésta tenía de rara, ante todo, la entonación: el Bernhard que leemos machaconamente, con su ligereza mecánica, maquinal, aquí aparecía entonado, tamizado por el artecillo de los actores. Estos eran buenos profesionales, pero supongo que no podían hacer otra cosa. Yo, desde luego, no me imagino qué otra cosa podrían hacer. Bernhard me pareció más débil que en la página, más rendido a sus trucos. Pero sus parrafadas siguieron siendo memorables. Copio aquí la de la sopa, por ejemplo:
El comedor
del que han salido todas las desgracias
Padre madre hijos
nada más que representantes del infierno
en sopas y salsas se ha ahogado
siempre todo
lo que valía algo
si tenía un pensamiento auténtico
si tenía un pensamiento valioso
mi madre lo ahogaba en su sopa
si tenía un sentimiento auténtico
si tenía un sentimiento valioso
me lo tapaba con su salsa
Y nuestro padre toleraba sin escrúpulos
lo que nuestra madre mataba en mí
por eso he odiado siempre
este comedor
desde este lugar
desde este lugar paterno
sólo se han dictado sentencias de muerte
El enlace es fácil, para el oído español, con otro pasaje del tercer acto (éste pertenecía al segundo) sobre la ayuda o subvención a los artistas; es decir, lo que para nosotros es la sopa boba:
A los jóvenes artistas no hay que ayudarlos
no hay mayor absurdo
que ayudar a los jóvenes artistas
ayudar a los artistas en general
es absurdo
Los artistas deben ayudarse a sí mismos
sobre todo los jóvenes artistas
deben ayudarse a sí mismos
por eso los jóvenes artistas no llegan a nada
porque continuamente los ayudan
quien ayuda a un artista
lo aniquila
sobre todo quien ayuda a un joven artista
lo destruye y lo aniquila
ésa es la verdad
Verdad bernhardiana, arte de la exageración. Lo bonito fue ver tanto público: público aniquilante, pero público. Me dije: "Bernhard, el tío". Quizá venían por Carmen Machi, pero allí estaban. Aplaudiendo a Bernhard. Todos yéndose a sus vidas después, y yo con ellos. Yo, concretamente, a mi vida bernhardiana: entre la rabia y la herida; el amor, el sarcasmo.

26.10.10

Rompehielos



Estás ahogado en un mar de subjetividad, me dijo Curro. La realidad objetiva es un obstáculo insalvable para ti. Es posible, me quedé pensando. No me lo había formulado en esos términos filosóficos, pero podría ser. Soy un esteta –yo que jugué a ello–, pero de un modo más absoluto del que jamás habría sospechado. Lo malo es que la cosa ha dejado de tener gracia. Desprecio la vida artística, pero la vida que llevo es asfixiantemente artística; quiero decir que es una danza abstracta, una representación. Disociación tremenda: nunca había comprendido tanto el mundo, y nunca había estado tan paralizado. Ciertos recursos que me funcionaban antes (que tiraban de mí) los he abandonado, por vergüenza. Hay tics que se deshacen en cuanto los localizas, como la tensión de un músculo. Me veo cada vez más empujado a la condición de autor tarado, esos de los que siempre abominé: los tímidos de provincia; también de la provincia de la vida.

Para la vida, pues, no sirvo; pero es importante la vida, porque hay que alimentar a la memoria. Uno va abriendo el tiempo como un rompehielos. El presente es desagradable, es frío, es duro, es una pesadez; es un frente de batalla. Pero no hay más remedio que estar ahí, dando cabezazos. Sólo después lo ya abierto y traspasado, la estela, ofrece un principio de legibilidad. Es como el Angelus Novus de Walter Benjamin, sólo que a un nivel estrictamente biográfico. Quizá sea ése uno de los consuelos: cómo se opera el milagro retrospectivo. Se van componiendo frases por detrás; como si surgieran como serpientes de la tierra que se ha arado. Por eso vienen años de lectura del instante que pasó como un galimatías. Es una maldición, pero es nuestra maldición: al fin y al cabo, esto también ocurre en nuestro tiempo.

21.10.10

Almanaque de esqueletos



Qtyop, el amigo robot, me manda este almanaque de esqueletos. "Más que desnudas", dicen por ahí. Los rayos X como el strip-tease que se fabrica el que mira. También podría verse como un exceso de mirada: la mirada que no se detiene en la frontera de la piel, sino que sigue; atraviesa este mundo de carne y se adentra en el de las esencias, que es el de los huesos. Me acuerdo de Octavio Paz, de su Nocturno de San Ildefonso: "Cada año fue monte de huesos".

18.10.10

La lucha por la vida



A veces prescindo voluntariamente de un poder; en parte por tener el gesto, en parte porque me molesta el poder que se gana de manera barata. Y siempre, indefectiblemente, la otra persona no ve el gesto: sólo el poder que se ha quedado libre, y se hace con él obscenamente. El ser humano es un animal infecto.

Es como esas señoronas que les sostienes la puerta y pasan sin hacer el amago de sujetarlas ellas para que te puedas ir, ni darte las gracias. Pasan como si fueras su criado. Ignorando lo fácil que me hubiera sido estamparle la puerta en su jeta.

17.10.10

Escribo para leerme

Estaba pensando en esa cosa aberrante que es escribir para la Historia de la Literatura, como han vuelto a hacer muchos ahora, cuando me he preguntado que para qué escribo yo. Ha habido un silencio (mental) inicial. Como si el periodista me hubiese formulado una pregunta embarazosa. He ensayado respuestas frívolas, pero entonces ha aparecido: Escribo para leerme. Me he puesto contentísimo: es exactamente eso. En todas sus acepciones, también en la narcisista, pero sobre todo en la menesterosa: ir sacando algo de luz de lo oscuro; ir sacando algo de lo que es nada (la nada que soy). La página en blanco c'est moi y escribo para que haya algo que leer. Luego he metido la frase en el Google. Resulta que ya se ha usado dos mil doscientas veces.

16.10.10

Exilios

Empiezo a escuchar el ciclo de conferencias de Ramón Xirau sobre nuestros exiliados en América tras la guerra civil. Su presentador, José Luis Yuste, enumera los exilios que ha habido en la historia moderna y contemporánea de España, según la lista que hizo otro conferenciante, Vicente Lloréns:
Expulsión de los judíos en 1492.
Persecución inquisitorial de los judíos conversos y de los heterodoxos en el siglo XVI.
Expulsión de los moriscos en 1609 y en 1613.
Expulsión de los jesuitas, que fueron más de cuatro mil, en 1767.
Exilio de los afrancesados, más de dos mil familias, en 1813.
Emigración de los liberales en 1814 y en 1823.
Emigraciones carlistas en 1833, 1848 y 1876.
Exilio de progresistas y demócratas en las postrimerías de la época isabelina.
Emigraciones republicanas en 1874 y 1939.
Y expatriaciones políticas tras el fin de la última guerra civil.
Yuste ha citado antes estas palabras de Manuel Azaña: "Las rivalidades políticas se depuran en España no mediante sucesivas integraciones de los extremos contrarios sino merced a grandes amputaciones sociales".

Xirau empieza el ciclo distinguiendo a los exiliados por sus edades; las edades a que llegaron al otro país. Los más nostálgicos, curiosamente, resultaron ser los que llegaron niños. Menciona a uno de aquellos niños: Luis Rius. Ahora leo su necrológica de 1984. Xirau llegó a México en la adolescencia, y su padre, el filósofo Joaquín Xirau, dijo: "No vamos a vivir entre paréntesis".

Hay otro exilio, que es el del que se queda, pero con su mundo roto. Basta con que se extranjerice todo alrededor. Entonces lee a los exiliados como si se leyera a sí mismo. Lee a Cernuda, por ejemplo: "tierra nativa, más mía cuanto más lejana". Ayer estuve tomándome un whisky frente al mar. Estuve fijándome en su borde: nunca trazado con tiralíneas, sino irregular siempre. El límite del mar, donde comienza o termina. Incluso en los días de poco oleaje, en los días tranquilos, la orilla es una turbulencia.

15.10.10

Candelas en los cuernos

Los correbous huelen ya como pescado podrido. Cuando apareció la noticia de que el Parlament los había blindado, después de haber prohibido las corridas de toros, quise escribir sobre el asunto (¡como un columnista más!). Pero mis ocupaciones no columnísticas me lo impidieron. Tomé algunas notas, sin embargo, que armo aquí ahora malamente.

* * *
La protección legal de los correbous en Cataluña no es más que una manera de cerrar el significado de la prohibición de las corridas de toros. Son dos frases del mismo mensaje. La neurosis nacionalista no podía dejar abierto el sentido de la medida anterior: no podía permitir que la prohibición de las corridas de toros pudiera leerse, en efecto, como una defensa de estos animales; era imprescindible afianzar (¡explicitar!) que se trataba de otra cosa: contribuir a la diferencia, a la separación de España. La patología nacionalista se aprecia en el tinglado que montaron en el Parlament, con aquel ridículo despliegue de Wagensbergs con banderillas: esos mismos Wagensbergs que no aparecerán ahora con candelas en los cuernos. Se trataba entonces de acentuar aquello otro, para que posteriormente chirriara más esto. Una bofetada conceptual diseñada para hacer daño.

Aunque no creo que haya un diseñador frío detrás; una especie de Mariscal estratega trazando un caminito de Cobis. El nacionalismo es tan patético, que necesita de la cursilería y la fe reales. Si faltan estas y se abre un huequecito en la mollera del nacionalista, este simplemente dejará de ser nacionalista. O, lo que es lo mismo a efectos prácticos, dejaría de tener el nacionalismo como el componente fundamental de su vida: se convertiría en una persona normal. Lo que me parece, pues, es que estas cosas suceden por una lógica exenta. El nacionalista pone su corazón, pero la dinámica va sola. O sea: yo creo que el nacionalista realmente cree que las corridas de toros son malas para el toro. Pero porque se trata de una tortura española. Con los correbous, en cambio, el animal no sufre: porque el hecho de que sea una tradición catalana actúa de bálsamo anestesiante sobre el bicho. Tenía apuntado un pequeño desarrollo a la atlética manera sobre si algunos nacionalistas no considerarían que el bou incluso disfruta y blablabla, pero paso. Menudo coñazo el de esta panda; y el de los que nos picamos también. Si quieren más, lean lo que puso Desierto Polaco en su blog (él es catalán, de Barcelona).

14.10.10

Nuevo arte de entrevistar

El troll se sutiliza. Hay un nuevo modelo, de segunda generación, que ya no se conforma con el patanismo del principio, sino que asume retos. Para ello necesita entornos hostiles, exigentes: entornos con filtros. Uno prestigioso es el de las ciberentrevistas con personalidades, que se suceden ahora en medios como El País o El Mundo. El troll se ha aficionado a mandar preguntas, y yo a veces me entretengo localizándolas. En la de ayer a Menéndez Salmón, por ejemplo, he identificado seis que son segurísimo de trolls; y quizá haya algunas más demasiado sutiles para mí. Lo que hacen es muy sofisticado y, como digo, de la máxima exigencia. El troll, ante todo, ha de pasar el corte. Para ello tiene que procurar que su pregunta: a) no sea ofensiva; y b) resulte interesante para el criterio del que las selecciona. Dentro de esos márgenes, el troll introduce su coña. Una vez que cuela, la diversión está garantizada: el entrevistado trata de bailar elegantemente (incluso engoladamente) sobre un suelo que, en realidad, está lleno de globos, serpentinas y matasuegras. Lo de Salmón fue muy divertido en esas cuantas ocasiones. (Me río sabiendo que, si un día me veo en esas, me la pegarán también.)

Por lo demás, los viejos trolls están lejos de desaparecer. Siguen con sus gansadas fáciles, en los sitios donde les dejan. Lo llamativo es que todavía existen señores que les regañan: señores que, aunque llevan lustros en internet, parece que no se han enterado de nada; de nada de lo que pasa a este lado del presupuesto.

12.10.10

Ministros bernhardianos

La realidad imita al arte, y si el arte es bernhardiano, la realidad lo imita más. Oigo que tres ministros de Chile aconsejaron al presidente que diera por muertos a los mineros atrapados al principio. Por fin parece que van a rescatarlos mañana. Como son treinta y tres mineros, para cada ministro habrá once mineros supervivientes, un equipo de fútbol correteando por su conciencia, que se supone de césped mullido. En las noches de insomnio, en vez de contar ovejitas, podrán contar mineros, y probablemente se duerman antes de llegar al once. Pero pienso en soledades, un día antes de la operación. La soledad del minero de turno en la cápsula, subiendo en el ataúd vertical. Y la soledad del último minero, del último que quede abajo cuando los demás ya han subido. Esos minutos a solas en la gran tumba de la tierra. El relato de Bernhard no era sobre mineros, sino sobre espeleólogos. Es mi preferido de El imitador de voces y está todo Bernhard ahí:
Espeleólogos

Los llamados espeleólogos, que dedican su vida a explorar cuevas y suscitan siempre el mayor interés, sobre todo entre los lectores de revistas ilustradas de las grandes ciudades, han explorado recientemente también la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, que hasta ahora había estado siempre totalmente inexplorada, como hemos sabido por el periódico. A finales de agosto y en condiciones meteorológicas ideales, según informa el Salzburger Volksblatt, los espeleólogos penetraron en la cueva con la firme intención de volver a salir de esa cueva hacia mediados de septiembre. Sin embargo, como los espeólogos no habían vuelto de la cueva ni siquiera a finales de septiembre, un equipo de salvamento, formado con el nombre de Equipo de salvamento de espeleólogos, se dirigió a la cueva para socorrer a los espeleólogos que penetraron originalmente en la cueva a finales de agosto. Pero tampoco ese equipo de salvemento de espeleólogos había vuelto a mediados de octubre de la cueva, lo que indujo al Gobierno del Land de Salzburgo a enviar a la cueva un segundo equipo de salvamento de espeleólogos. Este segundo equipo de salvamento de espeleólogos se componía de los hombres más fuertes y valientes del Land y estaba equipado con los más modernos, así llamados, aparatos de salvamento espeleológico. Sin embargo, el segundo equipo de salvamento de espeleólogos, igual que el primero, penetró, sí, en la cueva, de acuerdo con lo previsto, pero ni siquiera a principios de diciembre había regresado de la cueva. En vista de ello, la oficina responsable de la espeleología del Gobierno del Land de Salzburgo encargó a una empresa constructora de Pongau que tapiase la cueva existente entre Taxenbach y Schwarzach, lo que se hizo ya antes del nuevo año.

8.10.10

Un selecto club

A Almudena, que me dio la idea

Hay un selecto club del que forman parte escritores como Borges, Jünger, Bernhard, Salinger, Cioran, Onetti, Galdós, Kafka, Alfonso Reyes, Rulfo, Joyce, Proust, Darío, Nabokov, Greene, Cernuda, Lispector, Cavafis, Rilke, Apollinaire, Breton, Celan, Chesterton, Svevo, Unamuno, Highsmith, Simenon, Machado, Vallejo, Connolly o Pessoa. Los demás escritores (incluso los escritores sin obra como yo) nos sentimos muy orgullosos de pertenecer a tan distinguido club. Pero cada año, por estas fechas, uno de nosotros es expulsado de él, sin miramientos. La ejecutora de la patada en el culo es la Academia Sueca, que, aunque malvada, al menos se compadece de los pequeños y escoge a los más envalentonados. Ayer le tocó a Vargas Llosa y sentí mucha pena: prefería que hubiera seguido perteneciendo a mi club.

7.10.10

¿No, niño?

De Vargas Llosa, Premio Nobel, sólo quiero enlazar hoy mi "Historia secreta de una pasión", y copiar su final más limpio, más nihilista, uno de los más excelsos y desoladores de la historia de la literatura. Es el de Conversación en La Catedral, que no desvela nada (salvo el telón de la vida):
Todo igualito pero más chiquito, todo igualito pero más chato, sólo la gente distinta: se había arrepentido de haber ido, niño, se había regresado esa noche jurando no volveré. Ya se sentía bastante jodido aquí, niño, allá ese día además de jodido se había sentido viejísimo. ¿Y cuando se acabara la rabia se acabaria tu trabajo en la perrera, Ambrosio? Sí, niño. ¿Y qué haría? Lo que había estado haciendo antes de que el administrador lo hiciera llamar con el Pancras y le dijera okey, échanos una mano por unos días aunque sea sin papeles. Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría, ¿no, niño?

6.10.10

Indigestiones generacionales

No falla: a quienes fundan su discurso (o su propuesta) en términos generacionales, nos los tendremos que comer dos veces. Primero en sus gansadas juveniles; después en sus arrepentimientos de cuarentones. Así Bret Easton Ellis, que la semana pasada estuvo en España hablando de lo mal chico que fue. Cuando nosotros decíamos de él lo que él dice ahora de sí mismo, nos acusaban de antimodernos. Y de antimodernos nos seguirán acusando: porque lo moderno será ahora esa lamentación. Hay quienes definen qué es lo moderno y no somos nosotros. (Y no acudan los puntillosos a precisar que si posmoderno, equis, afterpop o cualquier otra categoría de una época específica: cuando yo digo moderno quiero decir moerno; o sea, a la page: y vale para todas las épocas.)

A este efecto tan desagradable para el comensal, me gusta llamarlo Efecto Enrique del Pozo, porque Enrique del Pozo es el prototipo del individuo al que nos hemos tenido que comer dos veces, en dos versiones a cuál más indigesta: en la versión A, como melifluo cantante del dúo Enrique y Ana (¡"Amigo Félix"!, ¡"Cocoguaua"!, ¡"Dale con el hulahop"!); y en la versión B, como víbora histérica y locaza de la televisión basura. Aplíquenlo y verán cómo funciona. Por ejemplo, con los primeros que nos dieron la tabarra generacional dos veces: los sesentayochistas. Primero se entregaron a la Revolución, que fue su "Cocoguagua" particular. Y después se pavonearon basurilmente en el Poder.

Ahora tenemos a nuestros jóvenes (¡y no tan jóvenes!) neovanguardistas sentando cátedra moerna. Lo enternecedor es observar cómo se ríen de los antiguos. Al más abstruso de estos papagayos le leí hace poco unas risitas sobre cierto teórico de la posmodernidad española de los ochenta: es decir, se reía de su equivalente en aquel entonces. Dentro de veinte años (qué digo veinte: diez, cinco), el chaval será ya una pieza de museo y los que vengan en la próxima hornada se reirán de él. Los nocillas son los productores presentes de la chatarra literaria del futuro.

Al cabo, somos nosotros los más modernos: porque ya los estamos viendo a ellos como los bibelots que en el futuro serán. (Y este nosotros que empleo no es generacional, sino intempestivo: hablo, naturalmente, por nosotros, los intempestivos.)

4.10.10

El círculo

Hace un tiempo, buscando otra cosa, caí en el blog de un desconocido que lamentaba la no publicación en español de cierto libro. Yo, por azar, disponía de determinada información al respecto. Se lo mencioné a una persona. Ésta, a su vez, tenía contacto con una editorial que buscaba autores extranjeros. Lo dijo allí. Les interesó. El libro ha salido hace poco y ahora leo a aquel desconocido celebrando que se haya publicado. Ignora que él fue la causa. Tras dudarlo, he decidido que no se lo voy a decir.

2.10.10

Tiros por la culata

Hace ya años que la democracia española sólo les funciona bien a los nacionalistas, quizá para darles la razón a los que sostienen que el régimen actual es el franquismo por otros medios: ya que ellos, los nacionalistas, son los herederos estructurales de Franco (digo estructurales, porque el colorín de las banderas sí que habría que cambiárselo a los angelitos). A los demás, todos los tiros nos salen por la culata. No ha habido profundización democrática que no haya empeorado las cosas. Lo he pensado estos días a propósito de las primarias de mañana en el PSOE madrileño. Zapatero llegó a la secretaría general por unas primarias. O sea: la catástrofe que es Zapatero se la debemos a la implantación en su partido de ese prurito democrático que son las elecciones primarias. Y en el partido de enfrente, el PP, esa otra catástrofe que es Rajoy procede también de un prurito democrático: el de la renuncia de Aznar a estar más de ocho años en el poder. No fue democrático el nombramiento a dedo de Rajoy, por supuesto; pero sí esa autolimitación. La cual, por otra parte, considero que tuvo mucho que ver con la incompetencia de Aznar tras los atentados del 11-M: era ya un gobernante sin reflejos, abandonado, que sólo pensaba en su retiro imperial dejando en el trono a su delfín. Cuando su cabeza estaba en otro sitio, le llegó el momento más importante de su mandato: y lo hizo fatal. Así se le coló Zapatero, que no tuvo escrúpulos. Y en esta mierda estamos: con el peor Gobierno y la peor Oposición que ha padecido España desde la muerte de Franco. Aunque, al menos, los nacionalistas están felices.

* * *
PS. Me corrige un lector: "ZP no llegó a la secretaría general del PSOE por unas primarias, sino mediante el procedimiento habitual de elección de un secretario general. Que también consiste en votar a quien se presenta para el cargo, sí, pero unas primarias no le convierten a uno en nada más que candidato, y lo de la secretaría general tiene otro fuste...".

30.9.10

Las Barranquillas

Hay algo halagador, y a la vez mosqueante, para el animal que llevo dentro (mi ego): los días en que no escribo, el blog recibe muchas visitas. Más de la media. Ayer, por ejemplo, 298. Lo halagador es imaginar a mis fans como los yonquis de Las Barranquillas: merodeando para ver cuándo obtienen la dosis, la dulce dosis de mi palabra. Deambulan y pinchan, y al pinchar incrementan la cifra de mi contador: yo la veo al día siguiente y sus pinchazos van directos a la vena de mi ego; son el opiáceo que precisa mi narcisismo. Pero yo soy un narcisista melancólico, un narcisista oscuro. Por eso pienso también que los visitantes regresan para comprobar que no hay ninguna entrada mía más, felices de mi silencio. La obra maestra de ese post que no he escrito y que siempre es uno de los más visitados.

26.9.10

Hasta su regreso de Italia

Cuando murió Juan Marichal, me bajé de la página de la Fundación Juan March las veintidós conferencias que hay suyas y las voy escuchando poco a poco. Son muy buenas. Pensaba referirlo aquí cuando las terminase; pero me he encontrado con otro asunto que quiero decir ahora y aprovecho para recomendarlas ya. Ese otro asunto es Benjamin Constant (1767-1830), al que en el ciclo La conciencia liberal se le dedica la segunda sesión. Ha resultado ser un fino pensador político, una suerte de Hannah Arendt del siglo XIX (la propia Arendt, según cuenta Marichal, se ocupó de su pensamiento). En internet está disponible su discurso más emblemático, de 1818: "Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos". De aquí entresaco unas líneas que cita Marichal y que suponen una descripción perfecta de lo que ha de entenderse por libertad (por libertad política):
[La libertad] es el derecho a no hallarse sometido más que a las leyes, de no poder ser detenido, ni condenado a muerte, ni maltratado de ningún modo, por la decisión arbitraria de uno o de muchos individuos. Es el derecho de cada cual a expresar su opinión, de escoger su industria y de ejercerla; de disponer de su propiedad, e incluso de abusar de ella; de ir y venir sin requerir permiso y sin tener que dar cuenta de sus motivos ni de sus gestiones. Es el derecho a reunirse con otros individuos, sea para dialogar sobre sus intereses, sea para rendir culto al objeto de una creencia común, o sea simplemente para llenar sus días y sus horas de la manera más conforme a sus inclinaciones y a sus fantasías. Finalmente, es el derecho a influir en la administración del gobierno, por el nombramiento de todos o de algunos funcionarios, o a través de representaciones, peticiones o demandas que deberán ser atendidas por la autoridad.
Pero Benjamin Constant es, ante todo, el autor del Adolfo. Y para mí algo más estrafalario: el protagonista de una frase de André Breton; apenas eso. En una de las vaciladas de "La confesión desdeñosa" (el memorable texto incluido en Los pasos perdidos), escribe Breton: "Por este lado, me siento del todo en comunión con hombres como Benjamin Constant (¡hasta su regreso de Italia!)...". Instantáneamente me quedé electrificado con esa expresión, al igual que Curro, apóstol del bretonismo también. Desde entonces, siempre que queremos defender la primera época de algo o alguien dividido en dos, proclamamos: ¡Hasta su regreso de Italia! Esa frontera (¡su regreso de Italia!) marca un enigma que ni siquiera ahora, en que he consultado varias biografías online de Constant, he logrado desentrañar. Pero mejor así: una sombra ominosa, una frontera gratuita que corta en dos una vida y la segunda parte de esa vida es desdeñada por Breton. 

* * * 
(23.1.21) El enlace con el texto de Constant ya no conduce a ningún sitio. Pero la obra, con el título de La libertad de los antiguos frente a la de los modernos, ha sido publicada recientemente en Página Indómita, con prólogo de Manuel Toscano.

24.9.10

La china popular

El mejor chiste de chinos me lo inventé yo; aunque hace tanto tiempo y lo hemos contado tantas veces, que puedo estar equivocado. Es muy simple: "¿Cómo se dice garçon en chino? Chavalín". Se nos ocurrió en el restaurante al que solíamos ir en Fuengirola, una noche que no sabíamos cómo llamar al camarero. De paso, a aquel chico se le quedó de mote "el Chavalín". El menú era baratísimo, no llegaba a trescientas pesetas, y retrospectivamente nos hemos asustado al pensar qué nos estaríamos comiendo bajo las amables formas del rollito de primavera, el cerdo agridulce o el chop-suey. Entonces no importaba. Entonces primaban las risas. No estuvieron mal los noventa, pienso ahora. Fue el decenio de nuestra treintena. Yo creía que íbamos madurando bien. Pero algunos de nosotros ha resultado que estaban ya en un proceso de embrutecimiento irreversible. La cuarentena –esto lo he aprendido a posteriori– es la edad en que se destapa el parásito, el trepa, el ciniquillo. Si hubiésemos sido políticos, estarían copando ya subsecretarías. Y de algún modo las están copando: las subsecretarías de su propia miserabilidad.

Pero yo quería hablar de los chinos. He pensado en ellos esta tarde porque he visto a una china preciosa. Caminaba por delante de mí con un vestido rojo, corto y que marcaba sus carnes. Era una china con carnes: una china jamona, como Gong Li. Iba seria y altiva, y yo detrás, observándola. Ha llegado entonces a una calle que debía de ser su calle, porque se ha parado a saludar a un anciano con familiaridad. Mientras hablaba con él, otra vecina que cruzaba le ha dirigido un saludo. Y después otra. A las dos les ha respondido con soltura, sonriendo. Las otras también le habían sonreído. Se veía que la china era la reina del barrio. Parecía una película de Marisol, en que la china fuese Marisol. He pensado que no es frecuente que los chinos sean tan expansivos. El Chavalín era expansivo (nos suministraba sus sospechosos menús expansivamente). Y esta china malagueñizada también. Era, definitivamente, una china popular. ¿Sería ya una de esas chinitas adoptadas, que ha crecido? No sé, pero he pensado también en ellas, en las chinitas adoptadas. Son niñas guapísimas, y serán adolescentes y mujeres guapísimas. La textura de España se volverá más sofisticada. Nos pillará viejos ya, y las miraremos. Nuestro verde y su amarillo, como la bandera de Brasil.

22.9.10

Dramas familiares

Para despedir el verano me he metido en el lodazal de dos dramas familiares: el de Alexander Herzen (ruso) y el de José Donoso. El primero lo describió él mismo en Crónica de un drama familiar; y el segundo la hija de Donoso, Pilar Donoso, en Correr el tupido velo. Son dos lecturas pringosas. Se aprende mucho del ser humano en ellas, aunque la lección es turbia. Hay un puente involuntario entre ambas: quien provoca el drama familiar de Herzen, el poeta alemán George Herwegh, es muy parecido a Donoso. Son dos seres menesterosos y caprichosos, neuróticos, manipuladores. Artistas, en el sentido lamentable de la palabra. Fatalmente, las mujeres pican: la de Herzen con Herwegh, la de Donoso con Donoso. Pero otras son más avispadas, como la de García Márquez, que condesciende con los escritores: "Cómo sufren, pobrecitos...". Copio al paso una declaración despampanante de Rita Macedo, la ex de Carlos Fuentes:
Ya no tengo edad para gozar lamiendo a un señor de la cabeza a los pies. Por eso no busco amante, ni lo quiero. Prefiero entretenerme con cosas menos humillantes, como las conversaciones y la música, y dejarle eso a los niños.
¡Admirable! Eso solo recompone nietzscheanamente el libro. El resto es chapoteo en debilidades. Aunque para ello hace falta fortaleza. Correr el tupido velo me lo mandó mi amigo Josepepe de Bélgica; el mismo ejemplar –de la edición chilena– que le sirvió para la reseña de su blog. Como bien dice: "No se lee una biografía (una verdadera biografía, se entiende, no una hagiografía) sin salir del libro harto del personaje y de sus neurosis". Es el efecto de la excesiva intimidad. Pilarcita escribe al principio: "creo en el olvido como parte de la supervivencia". Pero con este libro la superviviencia se la ha puesto cruda. No sé si se extinguirá el fantasma, o si se habrá corporeizado. En mi caso, que no he leído a Donoso (con excepción de la Historia personal del 'boom'), sus gesticulaciones suceden en el vacío y no se posan en nada. Son como el ademán del arte pero sin el arte. El día que lo lea, quizá encuentren una pista de aterrizaje en mi estimación.

Para Herzen, en cambio, sí me ha bastado este librito, que en realidad es un extracto de sus "monumentales memorias", Pasado y pensamiento. Aunque ya conocía su nombre, de Herzen empecé a saber por el excelso artículo que le dedicó Isaiah Berlin en El estudio adecuado de la humanidad. Transcribo la referencia al material recogido en esta Crónica. Después de mencionar que el poeta Herwegh sedujo a la mujer de Herzen, sigue Berlin:
Las opiniones progresistas y un tanto shelleyanas de Herzen acerca del amor, la amistad, la igualdad de los sexos y la irracionalidad de la moralidad burguesa, fueron puestas a prueba y rotas por esta crisis. Casi se volvió loco de dolor y celos; su amor, su vanidad, sus opiniones más profundas acerca de la base de todas las relaciones humanas, sufrieron un choque traumático del cual nunca se recuperó completamente. Hizo lo que muy pocos hicieron nunca: describir cada detalle de su agonía, cada paso de su cambiante relación con su esposa, con Herwegh y la esposa de Herwegh, como le parecían retrospectivamente; anotó cada comunicación ocurrida con ellos, cada momento de cólera, de desesperación, afecto, amor, esperanza, odio, desprecio doloroso y suicida autodesprecio. Cada tono y matiz de su propia condición moral y psicológica se pone en altorrelieve contra el fondo de su vida pública en el mundo de exiliados y conspiradores franceses, italianos, alemanes, rusos, austriacos, húngaros, polacos, que se movían fuera y dentro del escenario en el cual él era el héroe central, absorto en sí mismo, trágico.
Herzen empieza con unas impresiones vívidas y lúcidas de los momentos que siguieron al fracaso de la revolución de 1848. Después se desencadena el drama, y dice (siete años después):
Hubo un tiempo en que juzgaba con severidad y apasionamiento al hombre que destruyó mi vida; hubo un tiempo en que deseaba sinceramente matar a ese hombre... Desde entonces han pasado siete años; verdadero hijo de nuestro siglo, he consumido el deseo de venganza y enfriado mi concepción impetuosa con un prolongado e ininterrumpido análisis. En esos siete años he conocido mi límite personal y el límite de muchas otras cosas; por eso, en vez de un puñal, cojo en mi mano un escalpelo, y, en lugar de imprecar y maldecir, me dispongo a escribir un documento de patología psíquica.
El propio Herzen le había dado antes un nombre: la enfermedad de la verdad. Pero, aunque yo también tiendo a la introspección y el enfangamiento, añoro ahora el roce de un sol fuera del cráneo. Como escribió Gimferrer: "Si pierdo la memoria, qué pureza".

21.9.10

Boquitas pintadas

Yo fui amigo de los amigos de Luis Antonio de Villena, que eran muy malos y cada vez que aparecía un libro suyo decían: "Ha salido un nuevo Clásico del Humor". Era en la época del Corazón Negro. Para entonces yo ya no era fan de Villena, pero lo había sido. Me había gustado su poesía hasta La muerte únicamente inclusive; así como sus libros de prosa hasta Chicos. Luego lo seguí picoteando un poco pero lo terminé abandonando. Hasta el reciente Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma no volví a disfrutar con su lectura. Y ahora otra vez –como pronosticaba Curro– con Nuevas semblanzas y generaciones. Es un libro descuidado: escrito con descuido y editado con descuido; pero conveniente para pasar una tarde espumosa de verano, que es lo que yo hice. Lo leí hace dos semanas, he venido postergando esta nota y, ahora que la escribo, encuentro que el libro se me ha borrado ya de la cabeza. Es un libro para eso, para unas vacaciones. Es un libro medio basura, aunque con sortijas ensartadas. Hay mucho cotilleo literario y el poso que deja es tirando a triste y decadentón. Los escritores son pobres bichos. A mí antes me estimulaba el rollo esteticista, pero ya se pasó. Casi prefiero el sacerdocio de la literatura, sin disfraces. Cuenta Villena historias y por lo general me digo: "No me hubiera gustado estar ahí". He cambiado yo, porque antes me fascinaban. Me sigue gustando contarlas, de todas formas; pero ya con un como mohín de hastío. Las anécdotas de escritores semejan historias de circo: el monito y sus cositas. Gustan porque son fáciles. Las mejores de este libro son las gays, con ese toque de irreverencia amable que pone Luis Antonio de Villena. Aleixandre hablando de tragarse el semen, que según Federico "sabe a rosas". Mujica Láinez pintándose los labios para las felaciones. Al final, ésta es la imagen que me ha quedado del libro: Mujica Láinez con la boquita pintada. Pero salen muchos: Guillén, Cioran, Borges, Octavio Paz, Barthes, María Zambrano, Rubem Fonseca, Benet, Umbral, Chacel, dos Goytisolos, Gimferrer, José María Álvarez, Javier Marías, Baena, Aumente, Brines, Haro Ibars, dos Paneros... Queda mal Alberti y me alegra; pero es justo en su retrato donde el libro tiene su mejor estampa: "Rafael, que decía imaginar la muerte como el sesteo en un largo viaje de avión sin detenerse nunca. Un vuelo infinito". Ahí sí: pero sin la compañía de los escritores.

19.9.10

Montañas muertas

Ayer, cuando Mosquera y Nibali subían a la Bola del Mundo retorciéndose preciosamente en sus bicicletas, exaltando las rampas con su esfuerzo, algunos payasetes asomaban de entre el público y mostraban un cartel a las cámaras: "Vuelta aquí no". Eran los ecologistas. Estos pamplinas quieren una montaña sólo para ellos, para sus delicuescencias roussonianas y sus babas eunucas. Quieren montañas muertas. No catapultas para la épica, sino toboganes sobre los que deslizarse escuchando por el iPod a Kenny G.

16.9.10

La ansiedad por las influencias

He vuelto a escuchar dos excelentes conferencias de las que hay en web de la Fundación Juan March sobre Montaigne: la de García Gual y la de Argullol. Tuvieron lugar en días distintos, pero se da un cruce curioso entre ambas: García Gual dice que Montaigne no conocía las Confesiones de San Agustín, mientras que Argullol sostiene que sin las Confesiones de San Agustín "no se explica" Montaigne. Ahora no recuerdo si Argullol emplea exactamente la expresión "no se explica", pero lo dice en el tono en que suele emplearse esa expresión. Es un tono que define una cierta manera de entender la tradición cultural: como un encadenamiento legible. La consecuencia práctica de que unos autores "no se expliquen" sin otros es que los actuales debemos estar a la page: no vayamos a defraudar (o resultarles "inexplicables") a los eruditos del futuro... Pero en este aspecto García Gual parece estar mejor documentado.

No, la tradición cultural no es un encadenamiento legible, ni inevitable. Da saltos, se producen brotes, despistes, avances, retrocesos y deambulaciones que no son ni un avanzar ni un retroceder. No existe un modo (o al menos un modo unívoco) de "hacer bien los deberes". De nuestros nocillas hay cosas que me gustan, cosas de las que aprendo; pero también hay algo que me desagrada profundamente: esa ufanía del empollón convencido de que está llevando bien el curso. Ese convencimiento estólido de que es posible llevar bien el curso. Padecen no la ansiedad de la influencia, sino la ansiedad por las influencias: ese miedo cerval a que el profe pueda pillarles sin haber leído a Pynchon o a Foster Wallace. En los tiempos de Montaigne hubieran devorado, sin duda, las Confesiones de San Agustín: y hoy estarían olvidados.

O no. Porque Petrarca, dos siglos antes de Montaigne, sí conocía muy bien las Confesiones de San Agustín (fue el libro que abrió en el Mont Ventoux). Esa es la cuestión: que puede que sí y que puede que no. El curso sólo se aprueba por chiripa, y en el bien entendido de que los aprobados en junio serán suspendidos inmisericordemente en septiembre. No sean tan aplicados.

14.9.10

Imágenes de Asilah




Hace dos años de mi estancia en Asilah. No tengo nostalgia, ni me apetece volver; pero se me han quedado buenos recuerdos. Fue una experiencia un tanto extraña. En realidad, seguí haciendo mi vida de siempre, sólo que con un decorado exótico. En YouTube he encontrado esos dos vídeos con excelentes imágenes. Alcanzo a verlas como algo familiar y mío. He repasado los textos que escribí allí y veo que componen una especie de novelita: "31 de julio", "Assilah", "Miel de Agadir", "Lecturas africanas", "Soledad iluminada", "Septiembre y ramadán", "Sigue la bossa", "Música concreta", "Caza sutil", "Chapuzón atlántico", "Proyecto abortado", "El desastre anual", "Cuentas de Asilah", "La última vez".

12.9.10

Promesas



El viernes puse la radio a eso de las tres y media y estaba sonando "Always and forever" de Pat Metheny. Renacieron por unos minutos las antiguas sobremesas de Ramón Trecet. Mientras las revivía me di cuenta de que se habían perdido para siempre. Estaban hechas de la conjunción de la hora y la música, y ya sólo queda la hora. Durante años asociamos Diálogos 3 a esa luz, la luz lacia de la siesta. Era un intersticio de la jornada entre la crepitación y el abandono. Había una desazón dulce; sueños, fracasos, esperanzas. Modulando con las estaciones. Ahora esa hora sucede sin su gasa musical, y tiene el cuerpo más frío. Dentro guarda las promesas que sólo le daba la música.

11.9.10

La fricción de la vida española

Cuando Weil regresó de su primer viaje a la India, le pregunté si había sentido el choque cultural. "Sí, al volver", sentenció. Ahora el amigo Schelling me cuenta su estancia de seis meses en Montreal y parece el viaje de un astronauta: flotando en un ámbito no sin gravedad, pero sí sin fricción. "La fricción de la vida española", formula Schelling. Allí, dice, encontré algo insólito: funcionarios que lo que querían era ayudarte. En un rato resolvía los trámites que en España le hubieran llevado semanas. Y se lo resolvían suavemente, con amabilidad. Pensó entonces, pensamos, en este cepo que es nuestro entrañable país: un hormiguero de mónadas incomunicadas que se rozan y se agreden, se pinchan, se desgastan. Para abrirse un recinto confortable, uno tiene que dejarse la piel en el empeño. Y, si lo consigue, lo que ingresa es ya un Cristo magullado. Así, toda construcción de un gabinete de trabajo es, en la práctica, la construcción de un asilo, o de una morgue. El trabajo lo agotó uno en construirse el gabinete y, cuando lo termina, ya sólo le queda fuerza para amortajarse en él. Trato de imaginarme un momento en Montreal, sin fricción. Existe una esperanza y se la manifiesto a Schelling: "¿Pero esta fricción no nos da musculatura, no nos hace vibrantes? ¿Y no están más amortecidos allí en Montreal, bovinos, apazguatados? O sea, ¿hay un déficit de vitalidad allí, por falta de práctica en la fricción?". "En absoluto", concluye Schelling. "Montreal es una de las ciudades más animadas que he conocido. La energía ahorrada la gastan en vivir".

Con esto pensaba cerrar mi entrada. Pero la realidad insidiosa no consiente paraísos que duren más de un minuto. Buscando ahora en Google, me he topado con una terrorífica fricción. Algo chungo debe de haber en Montreal si han aplaudido la peliculastra de ese.

10.9.10

Otoño de Montaigne

Ha llegado el momento de ponerse con Montaigne. Hay autores que son "de los míos" pese a que no los he leído apenas: Montaigne es uno de ellos. Bernhard lo fue también durante bastantes años. Están ahí, como un mar, los miras, metes a veces sólo un pie o una mano, te mojas la cabeza y sabes que llegará el día de la inmersión. Lees sobre ellos, aunque no los lees a ellos: pero no hay prisa, o hay pereza. O hay la tranquilidad de saber lo que sucederá. Y sucede. Hubo al fin un verano de Bernhard, el de 2004, y ahora habrá un otoño de Montaigne. Saco el volumen de Acantilado. Leo los prólogos; copio esto del de Compagnon:
Montaigne se retiró para reencontrarse, para "conversar consigo mismo, y detenerse y fijarse en sí"; en lugar de esto, topó con la melancolía, con "quimeras y monstruos fantásticos", y se puso a escribir para curarse; empezó a llevar un registro de sus lecturas como los ascetas de la Antigüedad tardía pagana y cristiana. Consignando ejemplos, pensamientos y citas en carnés, la introspección de Montaigne no fue en principio nada personal. El yo no le preexistía; al contrario, se trataba de constituirlo a través de las lecturas y la escritura. En Los ensayos, la escritura sobre uno mismo es inseparable de la constitución de uno mismo.
El sueño del libro gordo: que pase mucho tiempo en su lectura, una época; y que cuando se termine, uno esté cambiado.

* * *
La torre de Montaigne, no de marfil sino de piedra. Iñaki Uriarte, montaigneano autor de Diarios (1999-2003), se fotografió allí:



Eduardo Jordá me ha mandado otra que sacó hace cuatro años. La pongo tras "Los últimos días de Montaigne", un poema de su libro La estación de las lluvias, que es uno de los seleccionados para la antología Pero sucede, que edita ahora Renacimiento:
Cuando empezó septiembre, bajó el río
más crecido, y llegó un hombre de Italia
con intención de verlo. Muy débil de la vista,
malo el oído, peor el aliento,
perdido el paladar y la memoria,
no quiso ver a nadie: "Estoy de viaje".
No le gustaban ya las tardes frescas
ni las primeras lluvias, él, que como los patos
amaba la humedad y el barro dócil.
Desdeñó ver el huerto de manzanos
y acariciar las uvas rojas, fuertes
como sus gruesos cálculos biliares.
Con la mano alejó a su secretario
que entraba con un libro de Platón.
Las ocas epicúreas engordaban.
El viento era jovial. Pero los hombres
mataban por disputas teológicas.
Cada nube era un signo sin sentido.

Y un día le asaltó la parálisis.
Su lengua fiel se volvió sediciosa
y obstinada, igual que un hugonote.
Escribía: "Traedme mi caballo",
"Mi jubón", "Mi orinal", "Mi libro", "Basta".
Hizo llamar a tres de sus vecinos:
quería despedirse. Iba en contra de sus consejos,
pero contradecirse era su orgullo.
Puso una nota más en los "Ensayos"
rebosantes de notas añadidas.
Pidió que lo llevaran hasta su biblioteca,
y no pudo. En la cama, a solas,
añoró a Mademoiselle de Gournay. Rozó su frente,
por desgracia intocada, y se maldijo.
Su lecho olía a fósforo y a nada.
Lamentó todo aquello que iba a dejar atrás:
las colinas de Roma, un rey benévolo,
su posada en París, el fuego de sus amigos.
Se arrastró a la ventana. El horizonte
era un hombre obcecado. Los labriegos
mentían a sus hijos. Quiso oír misa.



* * *
(1-X) Ha vuelto a faltarme inspiración para leer.