31.12.07

Biedmianas

1.– Hay una especie particularmente risible de mentecatos, y es aquella de los que afirman que la poesía de Gil de Biedma es fría y cerebral, "sin alma". Lo divertido de estos estirados antibiedmistas es que han picado dócilmente el anzuelo que tendió el propio Biedma. Éste, en efecto, para protegerse, y para coquetear, y también para no resultar embarazoso (por pudor, por estilo; por educación), gustaba de presentar sus poemas como meros artefactos: sólo hablaba, al referirse a ellos, de elementos técnicos, de estructura, de trucos, de disposición de materiales, de juegos con la tradición... Y nuestros entrañables mentecatos se lo tragaron y se pusieron a soltar contra Gil de Biedma lo que Gil de Biedma decía (parcialmente) de sí mismo...

2.– Están también los biedmistas: tan bienintencionados, y hasta simpáticos, como chapuceros. Siempre me llamó la atención el abismo que hay entre los poemas de Gil de Biedma y los del noventa por ciento de sus seguidores. Entendí lo que pasaba cuando leí aquel librito de la correspondencia entre Gil de Biedma y Joan Ferraté, así como los diarios del poeta, en que se pormenorizaba la evolución de ciertos poemas, de los que se iba mostrando sus diferentes fases. Esas primeras fases de lo que ya conocíamos y admirábamos como poemas acabados, tenían (¡justamente!) el aspecto de los poemas que poblaban los libros de la inmensa mayoría de los biedmistas. Ahí estaba la explicación: los biedmistas publicaban como poemas lo que Gil de Biedma hubiese considerado meros borradores.

3.– Los poemas de Jaime Gil de Biedma, sí: cuantísimas veces leídos ya, desde hace años, y siempre con alguna sorpresita en cada nueva lectura. La de ahora me ha dejado alucinado. ¿Cómo es que nunca me había parado en ella, con la de veces que he leído "Pandémica y Celeste"? Pero ahí está, la impresionante imagen (el endecasílabo del sol hasta me lo sabía de memoria... pero nunca me había asaltado su grandeza):
Mi amor,
............íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

29.12.07

Muchachito atónito

Delicioso librito de Luis Antonio de Villena: Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma). A propósito de este poeta, contaré cómo supe su homosexualidad. Tiene su encanto, porque surgió de la lectura, espontáneamente. Yo había leído ya a mucho a Gil de Biedma, en aquella coqueta antología de Alianza, dando siempre por hecho que cuando hablaba de amor y erotismo se refería a mujeres. Era la lectura normal, por inercia. Y era ésa justamente, como dice Luis Antonio de Villena en su librito, y como decía también Dalmau en su biografía, la que pretendía el poeta que hicieran los no avisados. Pero Gil de Biedma disponía los elementos con mucha elegancia y sin traicionarse (con un poco de astucia, pero sin engaño): lo contrario de lo que hizo Aleixandre con su patético empleo del femenino (que ha corroído, a mi juicio, su obra; aunque la cobardía de Aleixandre mantiene una función poética: nos sirve para admirar más la valentía de Cernuda). Gil de Biedma no utiliza femeninos, sino expresiones ambiguas como "cuerpo", etcétera (esto lo señala Villena en sus Retratos). Cuando utiliza el femenino, lo hace lícitamente: dice "loca" o "¡si no fueses tan puta!", que en su tiempo no tenían una connotación tan declarada como hoy, pero resultaban inequívocas en el guetto gay. Cuando yo era adolescente no tenía elementos para entender tales guiños, y esos femeninos, tomados al pie, junto con la mención de los famosos "pechitos de manzana" de Joaquina, me hicieron dar por hecho que sus poemas eran heterosexuales. Pronto me aficioné a otros poetas que sí eran explícitamente gays, como Cavafis, Cernuda o el propio Villena. En la poesía de éste, por cierto, puede decirse que tomé consciencia de los placeres del verano (el sol, el mar, la piel indolente): unos placeres demasiado usuales en un malagueño como para haberme parado alguna vez a considerarlos. El caso es que ya me había habituado a leer poemas sobre muchachitos, cuando volví a Gil de Biedma, sin sospechar aún que era homosexual. El descubrimiento se produjo con "Peeping Tom":
Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Tu recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.

Este poema ya lo había leído yo innumerables veces, imaginándome siempre el revolcón con una chica. Pero en aquella ocasión, de pronto, vi que era con otro chico. No sé qué provocó esa iluminación: quizá la palabra "muchachito" me predispuso inconscientemente para el hallazgo; quizá el aire furtivo de la escena; quizá la rareza de la palabra "cuerpo"; o (volviendo al primer verso) le hecho de que el tal muchachito estuviese atónito. El caso es que me asaltó de golpe la verdad. Recuerdo mi estupor, entre morboso e incrédulo. Y lo más bonito: de pronto me sentí observado también por el muchachito atónito. Sí, el poema se completó milagrosamente: ese mismo muchachito que ha contemplado la escena, me ha cazado también en mi descubrimiento. Fue una sorpresa sobre la sorpresa. Me sentía impune en mi espionaje escabroso de la homosexualidad del poeta recién desvelada, cuando vi que el muchachito me estaba mirando a mí también, desde el poema.

22.12.07

Luces

Llueve, y el mundo se concentra en llover. Así lo escribió, para siempre, José Emilio Pacheco. Hoy no saldré de casa. Me han traído los periódicos y he desayunado asomado al sonido de la lluvia. La primera del invierno, que empezaba esta mañana y no ayer, pese a los auspicios de la hipopótama. El Málaga Hoy trae un hermoso artículo de Eduardo Jordá sobre la feliz coincidencia de Bayón y Connolly, que mencioné el otro día. Y el Babelia una inteligente crítica (que no veo on-line) sobre la exposición de Chema Cobo. La imagen con que ilustro esta entrada es, precisamente, la felicitación navideña que nos han mandado Chema y Rosa a los amigos. Luces. Ayer estuve un buen rato sentado frente al mar, fumando puritos y mirando la niebla. En el horizonte había un barco del que sólo se veía su silueta borrosa, con cuatro luces prendidas. El azul mediterráneo es perfecto y me encanta; pero también me gusta cuando este mar se pone cantábrico: las hosquedades del alma, con las olas revueltas y el azote de la brisa fuerte, encuentran al fin su correlato objetivo. (Y tampoco está mal que uno pueda amortizar la pelliza siquiera un par de semanas al año.) Saqué el libro que me acababa de comprar en una librería de viejo: A Sentimental Journey de Laurence Sterne. En una edicioncita preciosa de 1957. Perfecto para meterlo en el bolsillo (tiene el mismo tamaño que el moleskine). Lleva un prólogo de Virginia Woolf, que empieza con un estimulante canto a las virtudes del escritor de "mediana edad", a propósito de que Sterne hubiese escrito su Tristram Shandy ya con cuarenta y cinco años:

No young writer could have dared to take such liberties with grammar and syntax and sense and propriety and the long-standing tradition of how a novel should be written. It needed a strong dose of the assurance of middle age and its indifference to censure to run such risks of shocking the lettered by the unconventionality of one's style, and the respectable by the irregularity of one's morals.

Me recordó, de algún modo, a la también estimulante reseña de Rodrigo Fresán sobre la última novela de Douglas Coupland (que encontré en el blog de Manuel Jabois). Dice Fresán que "el verdadero desafío y la verdadera transgresión" pasa "por el escándalo de sensibilizar a los lectores más que por el horrorizarlos". Pues sí. Ese es uno de los temas de nuestro tiempo: ya no vale, para transgredir, ponerse a dar alaridos punks. Los punkies son también la tuna. Estas últimas semanas he estado escuchando muchísimo, otra vez, a João Gilberto. Y no he dejado de pensar en la proeza de este hombre: atado a la hermosura sutil, entre el estruendo, desde hace ya cincuenta años. Como dice Zuza Homem de Mello en su librito sobre el artista: "João sempre tratou a música com ternura, como a deusa de sua vida". A mí me gusta dar saltos de vez en cuando, y pegar voces. Pero sé que la auténtica transgresión, hoy, está más bien del lado del silencio. Esto sigue siendo lo insuperable.

20.12.07

La miseria cotidiana

En el País Vasco están los asesinos, que son quienes son y son sólo eso: asesinos. Y también están los demás nazionalistas, que no son asesinos (algo es algo) pero tampoco dejan de exhibirse cotidianamente como esa otra cosa que son: unos miserables. Enésimo ejemplo (de aquí):
[ANV, PNV, IU, EA y A] acaban de rechazar una propuesta socialista que pedía "todo el peso de la Ley" contra los asesinos de los dos guardias civiles de Capbreton.
.....—¡Todo el peso de la ley...! —le acaba de decir uno de los concejales del PNV a Francisco García, el portavoz socialista—. Eso es muy fuerte, ¿cómo vamos a apoyar nosotros eso?

19.12.07

El crepúsculo celta

Sabía que Cyril Connolly había frecuentado Málaga, y recuerdo haber visto una foto suya en Torremolinos. Pero ignoraba lo que me contó la semana pasada Jordá: que su lugar de residencia era La Cónsula, que pertenecía a la familia de su primera mujer. Aquella finca es hoy una prestigiosa escuela de hostelería. Y lo asombroso es que en su jardín están las cenizas de Félix Bayón. Fueron enterradas allí por motivos gastronómicos, y resulta que había también motivos literarios. No sé si Bayón leyó a Connolly, pero sin duda suscribiría esta frase: "El escritor debe ser un detector de mentiras que exponga las falacias en las palabras y los ideales antes de que maten a medio mundo". Pertenece a Enemigos de la promesa, donde se encuentra este otro párrafo intachable:
Es la sobremesa de un día sofocante. El almuerzo ha consistido en una tortilla, vichy y melocotones. La mesa está a la sombra de un plátano, y un gramófono suena en la habitación contigua. Siempre procuro escribir por la tarde, pues corre suficiente sangre irlandesa por mis venas para que tema el temperamento irlandés. La forma literaria que éste adopta, conocida como el crepúsculo celta, consiste en una adicción a la melancolía y un uso exagerado de palabras, y los buenos escritores irlandeses exorcizan al demonio disciplinándose en una cultura extranjera y más rigurosa. Yeats traducía del griego, mientras que Joyce, Synge y George Moore huyeron a París. En cuanto a mí, el latín de Augusto y el inglés neoclásico me parecen los mejores correctivos, pero no siempre dan el resultado apetecido y, si escribo cuando oscurece, las sombras del crepúsculo esparcen sus tonos purpúreos desde el principio hasta el fin de mi prosa.

15.12.07

El mal de Vila-Matas

Después de escribir ayer sobre Vanexxa, y sobre todo después de escribir lo de "acojonantemente buena", me acordé de un pasaje del diario de mi amigo Hervás (que está inédito y me parece, sí, acojonantemente bueno):
Cuando Vila-Matas habla de música lo percibo como un hombre viejo. ¿Pero qué dice el viejo este de Rosario Flores o Tom Waits —quien será, por cierto, más viejo que Vila-Matas? Las referencias musicales las puede hacer Ray Loriga, pero ¿Vila-Matas? En cambio es fantástico tropezarse con sus valoraciones futbolísticas.

Ese sería, propiamente, el mal de Vila-Matas. Su famoso libro, por otra parte, me regala un título perfecto para el día que me decida a escribir un tratado sobre ética: El bien de Montano.

14.12.07

Vanexxa

Hoy en día sólo hay una especie más baja que la de los cantautores españoles: la de los raperos españoles. El rap español es de una ramplonería y una mediocridad insufribles. Y es también, pese a ciertas proclamas pomposas, de una patética docilidad. El rap español no es más que la tuna en chándal. Sólo se había venido salvando esporádicamente hasta ahora cuando se aflamencaba (como, un poco, en La Mala Rodríguez). Este año, sin embargo, he empezado a escuchar a Vanexxa, que es buenísima y que demuestra que el problema no estaba en el género, sino en la falta de talento de los que lo han ejercido hasta ahora en España. Falta de talento que, por cierto, no es generacional: al tiempo que los raperos españoles se cuelgan del ripio, el topicazo y el adocenamiento, florecen espléndidos grupos indies de pop, con un nivel como no había habido antes por aquí. Vanexxa, en realidad, mezcla las dos cosas: el rap y el pop. Yo no entiendo de música, pero me gusta. Me parece acojonantemente buena. Y sus letras (y el modo de cantarlas y decirlas) son un prodigio de energía, sentimiento, ironía, chulería, ingenuidad, grito y contención. Se está empezando a hacer famosa y tal vez la conozcan ya. Para los rezagados, aquí va "Espejismo". El otro día la presentó en Radio 3 con mucha gracia: "Esta canción le está gustando a todo el mundo, porque habla del amor convencional". (Más en MySpace.)

13.12.07

El tiempo de las bicicletas

Cervezas ayer tarde con Curro en la plaza de Uncibay. Antes subimos un momento a su casa para que me dejara el libro de conversaciones sobre Cioran y Fiesta bajo las bombas de Elias Canetti. A Canetti siempre lo he detestado. Me ha pasado lo mismo que con Eliade (al que he detestado, sin embargo, un poco menos que a Canetti). A los dos les sucedió la misma desgracia conmigo: al abrir al azar el primer libro de cada uno que cayó en mis manos, me saltó un ataque a Nietzsche. Lo molesto, en ambos casos, no fue tanto el ataque como el poco talento y la medianía del ataque. Así murieron para mí, antes de nacer, esos dos autores. De Eliade llegué a leerme luego su diario portugués, en el que habla, por cierto, de una jornada que pasó en Málaga en los años treinta (recuerdo brochazos de sol y una deambulación nocturna por el puerto). Weil, que lo admira, me ha hablado mucho de él, y mientras me ha hablado Weil me ha gustado Eliade. Pero en cuanto se ha alejado Weil con su admiración por Eliade y me he quedado a solas, siempre he vuelto a detestar a Eliade. A Canetti ni me he planteado leerlo jamás (y eso que Weil también recomendó durante un tiempo Masa y poder, y otro amigo La lengua absuelta). Le he pedido el libro a Curro porque hace tres noches leí una referencia de Azúa a un texto cruel de Canetti sobre Iris Murdoch, con escabrosos detalles sexuales. Ese era el único que me interesaba y el único que leí anoche (y voy a leer) del libro de Canetti. El detalle sexual no era para tanto: consistía, básicamente, en la absoluta pasividad de Iris Murdoch mientras la penetraba Canetti. Lo escabroso es más bien que lo cuente Canetti. Es un texto bastante lacio, por lo demás, como ya me imaginaba que sería Canetti. Azúa hacía un atinado comentario sobre el diferente modo de odiar de Bernhard en comparación con Canetti: "También al austriaco le excitaba el odio, pero jamás se permitió un descenso a la abyecta prensa amarilla. Es la diferencia entre un gran artista y un malogrado, por más Premio Nobel que le cayera". Luego leí el libro de conversaciones sobre Cioran, del tirón, aunque expurgando. La mejor, desde luego, es la de Savater ("es un Savater un tanto extraño", me había advertido Curro, "un Savater metafísico pero que está muy bien"), y después la de la mujer de Cioran, Simone Boué, con Cioran ya muerto y poco antes de morir ella misma, "ahogada en una playa". Habla del tiempo de las bicicletas:
Teníamos unas bicicletas muy viejas y pensamos que para el viaje necesitábamos unas nuevas, pero en aquellos tiempos era muy difícil conseguir cualquier cosa. La única vía era el mercado negro. Finalmente, como si fuéramos niños, mi abuela nos consiguió dos bicicletas. [...] Recuerdo que entramos por Port Bou y un policía de la frontera no nos permitió pasar en bicicleta porque consideró que el camino era demasiado duro para una mujer. Nos obligó a ir hasta Figueras en autobús. Cuando llegamos a Figueras, cogimos nuestras bicicletas y volvimos a Port Bou; queríamos hacer todo el trayecto montados en ellas, bajando por la costa, era un reto que nos habíamos propuesto.

Dieron las doce y empezó Galilea. Dedicó el programa a Mônica Salmaso, que iba perfecta con Cioran. Una de las canciones era un poema de Pessoa, que yo ya conocía de A música em Pessoa: Na ribeira deste rio/ Ou na ribeira daquele/ passam meus dias a fio/ Nada me impede, me impele,/ Me dá calor ou dá frio...

11.12.07

Nihilismo

Un síntoma alarmante de nihilismo, de nihilismo mío y de nihilismo de la época (¡me agazapo aquí en el Zeitgeist!), es que lo que se me quedó de American Psycho (de la película, la novela no la leí) no fueron los horrendos crímenes, sino todo aquel maravilloso carrusel de las cremitas masculinas. Todo aquel ascetismo cosmético de samurai...

6.12.07

Orejudo

Nada, parece que esto de las vacaciones blogueras no va conmigo... Escribiré, pues: hasta que deje de escribir (¡no descarto socavones sin aviso previo!). Pero vamos al tomate (o antitomate, en este caso: porque hablaré de la televisión que no salpica). Hace un par de noches vi a Antonio Orejudo en El público lee, de Canal Sur 2, que es, sin duda, el mejor programa literario que ha habido en mucho tiempo en la tele. Tal vez deberían exportar la fórmula a TVE. Curiosamente, su éxito se debe a lo contrario que el del otro programa de libros que funcionaba, el francés Apostrophes. Éste se apoyaba en la brillantez del presentador Pivot; El público lee, en cambio, reposa en la humildad y bonhomía del presentador Vigorra.

Orejudo estuvo bien. Le habían puesto a tres lectores que rozaban ligeramente el frikismo. Uno de ellos era una especie de Jesulín de Ubrique estudiante de Filología Inglesa (lo pronunció todo en cerrado andaluz, salvo la expresión stream of consciousness, en perfecto inglés, yo diría que de Oxford). El chavalito, por lo demás, era portador de unas considerables orejas: se ve que el encargado del casting quiso jugar conceptualmente con el apellido del invitado... Junto con el orejudo en minúsculas estaban un joven matemático estirado y formalito, y una señora que podría ser calificada de espantosa. Era una mujer de cincuenta y muchos, estirada, pagada de sí misma (¡revenida!), y con un discurso mezcla de maruja andaluza y feminista de manual. Esta señora, como era de prever, proporcionó los mejores momentos del programa. Por ejemplo, cuando le afeó al autor algunos pasajes de Fabulosas narraciones por historias (que era la novela de que se hablaba, con motivo de su reedición). Le dijo la señora: "¿No podrías haber eliminado algunos grumillos? Es que la novela tiene algún que otro grumillo bien desagradable... ¿Qué trabajo te hubiera costado haber eliminado esos grumillos? Haberle pasado un poco de bechamel a esos grumillos, vamos...". Vigorra le pidió que leyera alguno de esos pasajes "con grumillos". La señora se azoró. Pero al final leyó uno que hablaba de qué feo que los hombres lleguen al mundo saliendo del "fandango" de la mujer. "He dicho fandango", especificó la señora, "pero lo que viene en el libro es una palabra muy desagradable, de cuatro letras". Orejudo salió bien del aprieto: "¡Justo por eso mismo me regañó mi madre!". Luego se vengó, poniéndole esta dedicatoria: "A Fulanita, que me dio miedo desde el principio".

Por lo demás, me cayó estupendamente Orejudo (descontando una tontuna fláccidamente progre que emitió) y me entraron ganas de leerme su libro, del que se mencionaron chanzas muy apetecibles sobre (¡contra!) la Generación del 27: esa generación en la que sólo hubo dos auténticos poetas, muy grandes, Cernuda y Lorca, rodeados de señoritos del verso.

24.11.07

De todas las historias de la Historia

De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España... porque termina de un modo que ni se imaginó el poeta: cuando de pronto parecía haberse llegado a un final aceptablemente feliz y nuestro ceporrismo congénito se retiraba; cuando el país al fin lograba meterse en la democracia y vivía treinta años más o menos prósperos y modernos... va y se suicida (con una sonrisa de prime time). Nos queda el consuelo de saber cuál ha sido el principal error: el cuartelillo que se les dio a los nazionalistas vascos y catalanes durante la transición democrática. España logró salir de la dictadura. Ésta se apoyaba en una idea asfixiante y estólida de España. Tal fue el motivo por el que se dio por hecho, sin más consideraciones, que todo lo que se opusiera a esa idea de España (y, en la práctica, a toda idea de España) era ya democrático. La novatada va a pagarla España, probablemente, con la vida. Lo que ocurrió fue justo lo contrario: en los nazionalismos siguió anidando la peste de la dictadura; el virus se conservó en ellos como en una cepa blindada, y ahora son ya el cáncer imparable que conocemos. La deslealtad institucional al estado español que han tenido los nazionalistas vascos y catalanes en estos treinta años ha sido uno de los episodios más bellacos (e imbéciles) de la reciente historia de Europa. No sé qué solución puede tener esto. Yo no le veo ninguna. Porque ese cáncer ha coincidido, en el tiempo, con otra catástrofe que aniquila el horizonte: el hecho de que los partidos políticos no parezcan ser hoy otra cosa que el refugio profesional de los individuos más mediocres, ignorantes y obedientes de la población.

22.11.07

Enemigos de la ornamentación

Leo muy poco ahora: el trabajo apenas me deja tiempo. Sigo, pues, con Wittgenstein y Ricardo Reis. Están resultando ser una buena pareja. Tienen algo, ambos, de primitivos: en el rozarse personalmente con la realidad, sin intermediación erudita. En Ricardo Reis hay alusiones mitológicas, pero no estorban a ese fin. La realidad es atrapada en su esencia (con conciencia de lo que no se sabe), rehuyéndose el rodeo y la ornamentación. En Wittgenstein es explícita esa furia antiornamental. El biógrafo Monk explica que Wittgenstein detestaba el ornato porque era el signo de la decadencia austro-húngara. Hay una coherencia implacable en el extremismo antiornamental de Wittgenstein: lo mismo que le hace detestar los edificios y los muebles con volutas, es lo que le lleva a escribir el Tractatus. El propósito de ser claro, de hablar con claridad pero sin achicar la profundidad (la despiadada severidad) de lo que se dice. Ese cocktail seductor de Wittgenstein, de lógica y mística. En cuanto a Ricardo Reis: el hipérbaton latinista contribuye igualmente, aunque parezca paradójico, a ese "hablar con claridad" —con la sombra presionando desde el otro lado.

21.11.07

Nueva manera de leer 'El País'

Esta mañana he bajado a caminar antes del desayuno. Hacía tiempo que no salía a la calle tan temprano: qué belleza de mujeres recién levantadas, camino de sus factorías, oficinas, despachos y mostradores. (¡Tan arregladitas, para la jungla laboral!) Me he parado en el OpenCor a hojear la prensa. Ahí, con El País, en esa lectura incómoda de pie y apresurada, en que no puede uno repanchigarse con el periódico, he descubierto una nueva manera de leerlo. Es sabido que muchos empiezan el periódico por detrás: pero es un trayecto corto, porque siempre suele haber obstáculos que interrumpen: principalmente, la sección de Economía. Pero en El País ese obstáculo ya no existe. Ahora, leyendo desde atrás, uno va pasando por Televisión, Deporte, Cultura, Sociedad, Opinión... ¡Todo seguidito, sin interrupciones! Al llegar a Opinión, me he dado cuenta de que ya no me interesaba seguir retrocediendo: ¿Economía, España, Internacional? Pues no.

Así que el nuevo diseño del periódico me ha dado un nuevo método de lectura. Una revista diaria de "Vida & Artes" es ya El País para mí. Ni más, ni menos.

20.11.07

No todo es estomagancia

No todo es estomagancia entre los cantautores españoles. Hay uno que se salva de la quema: el vasco Jabier Muguruza. Tiene un notable nivel de excelencia, elegancia y sensibilidad. Una melancolía norteña ciertamente dulce y refinada. Ahora suelen poner en Radio 3 canciones de su último disco, Konplizeak. Se puede escuchar la titulada "Irene" con sólo entrar en su página. En el vídeo, por cierto, sale una chica que es un primor (¡y encima se la ve con bicicleta!). Muguruza también participa en el disco de homenaje a Leonard Cohen producido por Alberto Manzano, Acordes con Leonard Cohen, donde canta una versión (en castellano) de "Chelsea Hotel".

* * *
(19-II-2010) Veo que el enlace del texto ya sólo conduce a la página, no a la canción. Pero aquí puede escucharse "Irene". Y aquí "Chelsea Hotel".

18.11.07

Amor de chapapote

Somos hijos del desastre. Somos hijos, en verdad, de todo, incluido el desastre. Las operaciones puritanas por liquidar el pasado, o endulzarlo, o por cuartear lo que nos ha conducido hasta aquí, tienen un fondo enfermo. O, como mínimo, de autoilusión. Pudo apreciarse esta semana en un caso particular. Se cumplían los cinco años del chapapote y en la Ser entrevistaron a una pareja que se conoció allí. Él era de Muxía, uno de los pueblecitos manchados por el alquitrán, y ella una voluntaria de Barcelona. Se enamoraron, se casaron y tuvieron una hija. Ambos son prototipos de ecologistas buenazos. La locutora le pidió a él que contara qué le había enamorado de ella: "Es muy buena, muy ecologista". Ella, hablando del cambio climático, se echó a llorar: ciertamente, le duele el Planeta como a Unamuno le dolía España (y está loquita por Gore). Uno se imagina al Amor, como figura alegórica, emergiendo del alquitrán y adhiriéndose a sus monos ennegrecidos en aquellas jornadas: el chapapote fue el flujo en que se encontraron sus flujos. La Catástrofe Ecológica les colocó el colchón, y ellos se revolcaron en él (aquellas noches habría olor a petróleo entre los sudores y los jadeos: follarían con la habitación perfumada de aquello contra lo que estaban luchando). Ella se quedó a vivir allí. Hace dos años y medio nació Lucía y la quieren como a nada en el mundo. Una hija que no existiría de no haber existido el chapapote, como tampoco hubiera existido ese amor. La vida que llevan hoy los dos, los tres, se la deben al chapapote. La locutora les preguntó si no eran conscientes de ello; pero no entendieron la dimensión (¡atroz!) de la pregunta. La mujer se fue de nuevo por los cerros pánfilos de Rousseau: "Claro, eso demuestra que, en esta sociedad individualista, cuando das, recibes más de lo que das. Yo fui a dar mi tiempo para luchar contra el chapapote, y a cambio recibí más: mi amor, mi hija". La pregunta tendría que haber sido formulada así, a ver si se enteraban: "¿Preferirían ustedes, hoy, que no se hubiera producido el chapapote, con lo que no se hubiesen enamorado, ni hubiese nacido su hija?" Esa era la pregunta. Demasiado para un ecologista: con sólo atisbarla, probablemente hubiesen estallado en directo.

17.11.07

Llamadle estomagante

Pues sí, ganó Ismael Serrano, con su su banda del Mirlitón interior. Pero no le llaméis Ismael: llamadle estomagante. Lo que más llama la atención de este individuo es lo profunda e irreversiblemente reaccionario que es. Él podrá pensar de sí mismo lo que quiera, y exhibirse como progresista y tal. Pero su estética se diferencia en muy poquitas cosas de la de María Ostiz. Y su ética, no digamos. De entre toda su obra repulsiva (¡aplastantemente repulsiva!), destaca la meliflua "Papá cuéntame otra vez", en que, sin cortarse un pelo, se enrosca en la izquierda en tanto cuento infantil. Esa canción, en realidad, lo resume todo: si el rebelde es el que se rebela contra el padre, el pijiprogre es un falso rebelde de segunda generación, que lo que hace es prolongar la presunta rebeldía paterna de ayer (cotizada en el mercado de hoy). Me recuerdan a esos hijos de Josu Ternera que se hacen también terroristas, como papi.

13.11.07

Contra el almanaque anglosajón

Ayer salí temprano a pasear, justo después de comer (últimamente venía haciéndolo con la tarde más avanzada, o casi acabándose). La temperatura seguía ideal, en este noviembre de camisas ligeras. El verano ha sido suavísimo, y el otoño se sucede perfecto: si esto va a ser el cambio climático, que no nos toque Gore las pelotas (al menos, por estas latitudes). Luego se levantó un poco de fresco, pero entonces noto cómo mi cuerpo es el de un animal de sangre caliente. Mi cuerpo, en realidad, es un puto termostato: aguanta fenomenalmente tanto el frío como el calor. Siempre he sido un chollo para mis novias: en invierno doy calor, y en verano fresquito (y doy borrascas y huracanes, cuando se tercia). Estuve un rato mirando el mar. Sereno oleaje, y en el cielo ese tipo de nubes que, según las enciclopedias, se llaman "cirros". Los atardeceres en Málaga son catastróficos. Entre otras cosas, porque no existen. El sol se pone enseguida detrás del monte, y se acabó el espectáculo. Aquí para ver un rayo verde hay que irse a Nerja o a Marbella. Queda sólo el efecto del crepúsculo en la dirección opuesta: ahí sí pueden apreciarse bonitos pasteles en el mar. Se aprecian, de hecho, pasteles preciosos: rosas, celestes, una suerte de solidificación cobalto justo antes de que se eche la noche encima. Ayer, sin embargo, me levanté antes. Llamé a Curro y quedamos en la plaza de la Marina. La última vez que lo vi me dejó el Tractatus de Wittgenstein. "¿Qué, cómo llevas el Tractatus?", me dijo a modo de saludo. Y yo ya me puse a payasear: "¡Absorbido me tiene! ¡Absorbidísimo! ¡Llevo una semana absorto en la proposición uno! ¡Ni siquiera he podido pasar a la proposición uno uno, y menos a la uno uno uno! ¡En la uno me he quedado, absorbidísimo: el mundo es todo lo que acaece, según la traducción de Tierno! ¡El mundo es todo lo que acaece! ¡Ahí sigo, de ahí no salgo!". Antes de sentarnos a tomar una cerveza, Curro quiso pasarse por la librería para ver si había llegado el libro de entrevistas sobre Cioran. Mientras él husmeaba, yo me puse a mirar el expositor de los almanaques. A los fetichistas de las fechas nos entra ya el nerviosismo a estas alturas del año. El mercado del alamanaque es duro: los Rothko, los Klee, los Miró y los Monet , que son los que mejor adornan las paredes, desaparecen enseguida. A poco que te descuidas, quedan únicamente los Picassos (y no puede ser uno tan suicida como para pasarse un año con Picasso en la pared, y menos en Málaga). Resulta significativo, por cierto, que Duchamp no esté instalado en estos merchandisings : después de todo, su castillo de la pureza no se ha enfangado en el comercio, como los demás. La elección del almanaque tiene su miga. Uno elige una serie de imágenes que lo acompañará durante un año entero. Hay muchos almanaques que no están mal: si fuese para tenerlos sólo una o dos semanas, no habría problema. ¡Pero todo un año! ¡Ahí hay que hilar fino! Al final hay que escoger imágenes que no se agoten demasiado rápido. Imágenes que no resulten invasivas, y que tengan muchos matices. Imágenes pasivas, que tú vayas a buscarlas cuando las mires; no activas, que se lancen a ti como fieras. Al final, ya digo, apenas cumplen los requisitos Rothko, Klee, Miró y Monet. Este 2007, sin embargo, he tenido a Leonardo da Vinci. Mi hermano estuvo el año pasado en Italia y me trajo un almanaque con sus cuadros y grabados. Era bueno, y ha aguantado bien hasta octubre. Pero, desde entonces y hasta fin de año, el almanaquista había concentrado las imágenes de pitanzas con la excusa de la ciencia anatómica (piernas desolladas, vientres de preñadas abiertos como estuches). Cosa chunga: he tenido que desmontarlo. El problema, en lo que a almanaques se refiere, es que se han impuesto los anglosajones: esos que empiezan la semana por el domingo, cosa que detesto. Es como equiparar el descanso divino del séptimo día con la nada previa a la creación. Yo quiero almanaques que empiecen por el lunes. A mí sí me gustan los lunes. Adoro el vigoroso lunes, con su pujanza de día primero de la semana. En el almanaque anglosajón, sin embargo, el lunes lleva ya una indeseable joroba de domingo. Una joroba turbia de tedio y de desiertas avenidas que casa mal con el nervio del atlético lunes: es como si al espíritu tiburón del lunes se le encasquetara un chándal dominical. Pero es una batalla perdida: ya no hay ningún almanaque en el mercado que no sea anglosajón. Ayer escogí, por primera vez, uno de Turner. Este pintor siempre me ha gustado, aunque jamás había tenido un almanaque suyo. Desde luego, cumple los requisitos. Su pintura es pasiva: apacibles nieblas de oro y plata, resplandores amortiguados. Anoche mismo lo colgué en la pared, con su envoltorio transparente: es como tener ya a a la vista al 2008, metido en su celofán. El 1 de enero rasgaré el plástico para que el año pueda sacar la patita. (El fetichismo de las fechas es una manera de erotizar el tiempo: a esa cosa abstracta, le damos cuerpo. Para acariciarla, para follárnosla —y para que nos folle.)

El libro de entrevistas sobre Cioran no había llegado aún, pero Curro se compró los cuadernos de Valéry. Nos fuimos a beber unas Alhambras al Café Negro: cruzaban rusas tetonas. Y chicas guapas de la tierra y ceporrines, uno de los cuales dejó al paso una frase de psicología dinámica: "Ezo ya va en la perzona". Luego, en un bar de tapas, pedí wittgensteinianamente unas crocquetas. Ya camino de casa hablé por el móvil con Hervás, que regresó hace seis días de Buenos Aires y aún conserva el horario argentino ("me acuesto a las nueve de la mañana y me despierto a las cinco de la tarde"). Se me ocurrió una idea para un relato: un hombre se enamora de una bonaerense (un amor imposible, por supuesto) y, al volver a España, conserva durante el resto de su vida el horario de allá. La historia se titularía, inevitablemente, "Desfase horario". Me dio nostalgia de Brasil, por extensión, y entré en el supermercado de El Corte Inglés a comprar una Brahma. Me la tomé a medianoche, acordándome de las de Copacabana, Ipanema, Camburi, Itapoã y Abaeté. (También nos gusta a los fetichistas de las fechas sentir el año por anticipado, cuando el almanaque está limpio.)

10.11.07

Nube en el ojo



Fantástica exposición de Chema Cobo en la galería Alfredo Viñas. Anoche estuve en la inauguración (permanecerá hasta el 9 de enero). La galería queda encima de lo que fue el Doctor Funk, mi garito favorito de Málaga de todos los tiempos, y algo de aquellas vibraciones funkies seguí notando bajo mis pies (sólo me faltó tener en la mano un Vat 69 con Seven-up junto a Palomo, como era la costumbre —o que apareciesen la pujante Guillerma y el indescriptible Zack Potatoes). "Busca, busca referencias duchampianas", me dijo Cobo al verme. Está el título "Identité, même", o ese inquietante "Desertic breakfast", que es un ascético desayuno contemporáneo, hecho de píldoras y pastillas, con la escenografía del "Cultivo de polvo". Y están, sobre todo, las escaleras: la de "Mirage (Inverted)" y la de "Nu", que es la que ilustra esta entrada. "Nu" es mi cuadro favorito de la exposición: la escalera de Duchamp, pero con el desnudo volatilizado. Es una escalera fantasmagórica (que me evoca a la de Rebeca, de Hitchcock, con atmósfera de Poe —¡y Delvaux!), que se erige ella misma en desnudo. En el artículo-entrevista que salió el lunes en el Adn de Málaga venía esto al respecto:
Y tal es su juego de mostrar lo que no se enseña que resultan obras como Desnudo, incluida en la muestra de Viñas. "Es una referencia a Duchamp, a su obra Desnudo bajando una escalera, una parodia del cubismo que marcó un hito en su época". Es sólo una referencia, explica Cobo, a quien su obra le recuerda La Venus del espejo, de Velázquez. "Cuando era niño me llamaba mucho la atención; era un desnudo, sí, pero sólo se le veían las posaderas y lo único que reflejaba el espejo era una cara borrosa; lo principal del desnudo no se veía". Lo mismo ocurre con su Desnudo: "Es el desnudo que se ve y no se ve". De hecho, es de un fantasma, aunque, como aclara Cobo, "un desnudo es tal en tanto en cuanto hay alguien que mire: sin un voyeur no hay desnudo".

Sobre el título de la exposición, por cierto, dice lo siguiente:

Nube en el ojo puede ser "una simple nube en el ojo como una mancha blanca, o tener el ojo puesto en una nube, o simplemente empañado de nubosidad".

Otro cuadro que me encanta es "The doors of heaven", al que podríamos también buscarle su alusión duchampiana (la puerta de "Étant Donnés", aunque hecha de columnas como brazos o huesos). Pero la más sutil irreverencia del artista quizá esté en el cuidado de la pincelada, llena de matices: ese puro goce retiniano que se da en sus cuadros, junto con el conceptual.

9.11.07

Detrás de la montaña



Este verano Losada me contó en Fuengirola la idea de su exposición de otoño en Montilla, que ha estado hasta el 3 de noviembre. De los diversos títulos que consideraba, "Detrás de la montaña" fue el elegido. Ofrece otro aspecto aún no tratado en este blog: la montaña no sólo para subirla o bajarla, ni como camino de perfección o tobogán de juego, ni como perfil de llave que abre o que cierra, sino también como biombo del horizonte. Es, de hecho, algo que se interpone entre el horizonte y el observador, para que éste se invente un horizonte mental. Puede ser también el envoltorio de un regalo: ¿qué hay detrás de la montaña? O un parapeto: ¿quién?

Los cuadros de la imagen sugieren una narración. En el blog de Losada hay más grupos de cuatro, además del texto del catálogo.

8.11.07

El rinoceronte

El joven Wittgenstein llega a Cambridge arrollando. En las discusiones Bertrand Russell se desespera, porque no consigue que su discípulo reconozca que "no hay un rinoceronte en la habitación". Así se lo repite por carta a su amante Ottoline (al principio Russell piensa que Wittgenstein es alemán):
Mi ingeniero alemán es muy discutidor y agotador. No admitiría que es cierto que no hay un rinoceronte en la habitación... Volvió y no dejó de discutir mientras me estaba vistiendo. // Mi ingeniero alemán, creo, es un necio. Cree que nada empírico es cognoscible..., le pedí que admitiera que no había ningún rinoceronte en la habitación, pero no lo hizo.

Y añade el biógrafo Monk:

En una época posterior de su vida, Russell insistió mucho en estas discusiones, y afirmó que había mirado debajo de las mesas y de las sillas del aula en un esfuerzo por convencer a Wittgenstein de que no había presente ningún rinoceronte.

Leo todo esto tronchándome de risa. Hasta que descubro que sí que había un rinoceronte en la habitación: Wittgenstein.

3.11.07

Irrespirables cumbres

Mi programa de otoño es límpido: Wittgenstein y Ricardo Reis. Las odas de Ricardo Reis (por enésima vez) y la biografía de Wittgenstein de Ray Monk. Y bossa nova. Acabo de empezarlo todo. El joven Wittgenstein se encuentra en Manchester diseñando cometas (este dato lo coge Manolito Rivas y hace una tarta de mermelada). Y al releer, muy temprano, una de mis odas preferidas de Reis, caigo por primera vez en la alusión clarísima (aunque Reis no lo supiera) a la cumbre pelada del Mont Ventoux: irrespiráveis píncaros,/ perenes sem ter flores. Doy la oda en portugués y la traducción de Ángel Campos Pámpano:

Não consentem os deuses mais que a vida.
Tudo pois refusemos, que nos alce
.....A irrespiráveis píncaros,
.....Perenes sem ter flores.
Só de aceitar tenhamos a ciência,
E, enquanto bate o sangue em nossas fontes,
.....Nem se engelha connosco
.....O mesmo amor, duremos,
Como vidros, às luzes transparentes
E deixando escorrer a chuva triste,
.....Só mornos ao sol quente,
.....E reflectindo um pouco.


[No consienten los dioses sino vida.
Todo pues rehusemos, que nos alce
.....a irrespirables cimas,
.....perennes mas sin flores.
La ciencia de aceptar tengamos sólo,
y mientras dé la sangre en nuestras sienes,
.....ni se arruga con nosotros
.....el mismo amor, duremos,
cual vidrios, a las luces transparentes
y dejando escurrir la lluvia triste,
.....sólo tibios al sol caliente,
.....y reflejando un poco.]

1.11.07

Tu rostro mañana

Hace unas tardes terminé Tu rostro mañana, la novela intermitente de estos últimos cinco años. Años esenciales, para mí, en los que el sufrimiento me ha limado el nihilismo. La vida antes era un páramo de nada algodonosa. Ahora es un rosal, con sus indispensables espinas. Me alegra saberlo, y me duele. Apenas me reconozco en mi rostro de ayer. Aunque en el de hoy tampoco, todavía. Habrá que esperar al de mañana. O habrá que trabajárselo. Más o menos sé (ahora sí) por dónde hay que tirar.

Ha estado bien esta manera de leer, por entregas. Con los años colándose por enmedio. Con los olvidos y los recuerdos (las ausencias y las presencias) colaborando con la lectura. Copio una de las parrafadas finales, que no revela nada de la historia; salvo su pertinencia. Es un pasaje hermoso, con su toque de desazón. Habla de por qué contar; y también, implícitamente, de por qué recordar: por qué tener presente en la memoria. El narrador le pregunta a Wheeler: "¿Por qué me ha contado todo esto hoy, Peter?" Y le recuerda lo que el anciano le dijo una vez: "En realidad no debería contar uno nunca nada". Sigue así:
Wheeler me sonrió con una mezcla de melancolía y malicia, ambas fueron muy tenues, casi imperceptibles. Juntó las dos manos sobre el bastón y me contestó:
.....'Así es, Jacobo, uno no debería contar nunca nada... hasta que uno mismo es pasado, hasta su final. El mío avanza ligero y llama ya a la puerta con insistencia. Tienes que ir entendiendo la debilidad, habrá un día en que te alcanzará a ti. Y al llegar ese momento, le toca a uno decidir si algo queda borrado para siempre, como si no hubiera ocurrido ni hubiera tenido cabida en el mundo, o si le da una oportunidad de...' Dudó un instante, buscó la palabra, no debió de encontrar la justa, se conformó con la aproximación: '...De flotar. De que alguien más pueda investigarlo o contarlo. De que no se pierda enteramente. Entiéndeme: no te estoy pidiendo nada, ni eso ni lo contrario. Ni siquiera estoy convencido de haber obrado bien, es decir, de haber obrado como yo quería. En este último tramo ya no sé cuáles son mis deseos, ni si los tengo. Es extraño, parece inhibirse, sustraerse la voluntad hacia el fin. En cuanto salgas por esta puerta y te alejes, probablemente me arrepentiré. Pero me consta que Mrs Berry, que conoce la mayor parte, jamás dirá una palabra a nadie cuando yo no esté. Contigo no estoy tan seguro, en cambio, y así lo dejo a tu elección. Quizá prefiero que calles, bien puede ser. Pero a la vez me tranquiliza pensar que contigo mi historia aún podría...'. Volvió a buscar otra palabra mejor, pero siguió sin dar con ella: '...Sí, aún podría flotar. Y en verdad no es más que eso, Jacobo: sólo flotar'.

En efecto: no es más que eso y no hay otra palabra mejor. Flotar. Nuestras vidas transmutadas en palabras, sobre el mundo. Un poco más, al menos. Sin nosotros.

26.10.07

La gran pregunta político-sociológica

La gran pregunta políticosociológica que será respondida en las elecciones de marzo, es la siguiente:

¿El prime time televisivo se identificará con el electorado?

O dicho de otra manera:

¿El electorado sabrá diferenciar entre sus aficiones televisivas y sus (auténticos) intereses políticos?

O de otra:

¿Votará el electorado al presidente más televisivo o al que sea mejor gobernante?

Esta prueba políticosociológica que se nos avecina es de sumo interés. Nos informará acerca de un hecho esencial: si el embrutecimiento televisivo aún discierne de que fuera hay algo llamado "realidad", que se rige por otras leyes; o si lo ha olvidado, y en consecuencia se encamina a un suicidio colectivo (triste pero no trágico, sino cómodo: desde el sofá).

24.10.07

El canon de Montano

Me he animado a rellenar yo también el cuestionario que el 4 de octubre le pasó Arcadi Espada a Martín de Riquer en el suplemento cultural de El Mundo para que estableciera (o esbozara) su canon literario. He decidido (por nada, sólo por aligerarme de compromisos) cancelar mi colaboración con Kiliedro, y ésta me parece una buena forma de despedida. Sólo he cambiado de orden las dos últimas preguntas, para concluir con la memorable frase de Cervantes.

1. Mejor libro de caballerías. Los únicos que he leído (exceptuando el Quijote) son los libros de caballerías de Fernando Savater: El juego de los caballos y A caballo entre milenios. Los he disfrutado muchísimo, a pesar de que no me gusta la hípica. Me parecen particularmente deliciosas las crónicas del Derby de Epsom.

2. Mejor poema de amor. Diré cinco: "La unión libre" de André Breton (que incluye el verso "Mi mujer de sexo de algas y de bombones antiguos"); "Pilares" de Octavio Paz (que incluye "Yo me pierdo en tus ojos/ y al perderme te miro/ en mis ojos perdida" y "con los ojos cerrados,/ con mi tacto y mi lengua,/ deletreo en tu cuerpo/ la escritura del mundo"); el soneto XII del Cancionero de Petrarca (el que empieza "Si del tormento áspero mi vida"); el "Poema leído en la boda de André Salmon" de Apollinaire (que incluye el adorable "el Amor hoy quiere que mi amigo André Salmon se case"); y "A una transeúnte" de Baudelaire ("Fugitiva belleza / cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer").

3. Mejor poema épico. En la tradición escrita: las crónicas ciclísticas de Carlos Arribas en El País. En la tradición oral: las retransmisiones radiofónicas de Javier Ares. Un ejemplo de estas últimas: "¡Ataca Pantani! ¡El Elefantito! ¡El Divino Caaalvo!".

4. El mejor verso. Van diez: "cesó todo y dejéme" (San Juan de la Cruz); "entre las azucenas olvidado" (ídem); "Só mornos ao sol quente" [sólo tibios al sol caliente] (Ricardo Reis); "que el viento mueve, esparce y desordena" (Garcilaso de la Vega); "en nuestros labios, de chupar cansados" (Francisco de Aldana); "El mar, y nada más" (Luis Cernuda); "I have measured out my life with coffee spoons" [He medido mi vida con cucharillas de café] (T. S. Eliot); "en la mutilación de la metralla" (Ramón López Velarde); "Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos" (Pere Gimferrer); "No basta ser cruel. Eres el último" (Jorge Luis Borges).

5. La mejor traducción. Las que hizo Andrés Sánchez Pascual de Nietzsche y de Jünger, y las que hizo Miguel Sáenz de Thomas Bernhard. Ya dije alguna vez que me parecen obras maestras del español.

6. Mejor cuento infantil. Sin duda, Pinocho. Me impresionó especialmente una versión televisiva que emitieron a mediados de los setenta. Era muy descarnada, casi traumática, hecha con actores de carne y hueso (a Pinocho lo interpretaba un niño peloncete llamado Andrea: me inquietó que un niño tuviese nombre de niña). Hace poco reviví el cuento gracias a las reflexiones que le dedica Paul Auster en La invención de la soledad.

7. La mejor novela policíaca. Las de mis dos detectives favoritos: Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Más otra de Agatha Christie sin Poirot: Diez negritos.

8. La mejor biografía. Don Ramón María del Valle-Inclán de Gómez de la Serna, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía de Safranski, Gustave Flaubert de Herbert Lottman, Noel Rosa: uma biografia de João Máximo y Carlos Didier, y O anjo pornográfico: a vida de Nelson Rodrigues de Ruy Castro.

9. La mejor novela de aventuras. La línea de sombra de Joseph Conrad, que cuenta la aventura del paso de la primera juventud a la (primera) madurez. El eje es la lucha contra un enemigo insondable e insidioso: la calma chicha en alta mar. Y otra de Conrad: El espejo del mar (en la traducción de Javier Marías), que habla de la aventura del mar a pelo, sin novela.

10. Las mejores memorias. Las de Nietzsche: Ecce homo. Un libro injustamente calificado de ególatra, cuando es un puro chisporroteo humorístico. Nietzsche se nos muestra más entrañable que nunca, y su autoironía es total. Incluye además unas sublimes páginas sobre la inspiración y el símbolo, a propósito de Así habló Zaratustra. En esa línea juguetonamente petulante siempre he adorado "La confesión desdeñosa" de André Breton (incluida en Los pasos perdidos). Otras memorias excelentes, y cuya escritura constituye un ejemplo de castellano diáfano, son las de Luis Cernuda: Historial de un libro. Y, por supuesto, la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard. ¡Y el Mira por dónde de Savater!

11. El mejor himno. El "Himno a la Luna" de Leopoldo Lugones (incluido en Lunario sentimental). Si hubiera que escoger el de algún país, el brasileño, que dice la palabra "retumbante": "Ouviram do Ipiranga às margens plácidas/ de um povo heróico o brado retumbante". Ivan Lins tiene una versión del himno. Aunque él mismo compuso un himno mucho mejor, la canción "Meu país": "Aqui é o meu país/ nos seios da minha amada". ("Seios" significa, patrióticamente, "senos").

12. La mejor crónica o reportaje. La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, en cuyo prólogo hace la siguiente declaración: "y a esta causa, digo y afirmo que lo que en este libro se contiene es muy verdadero, que como testigo de vista me hallé en todas las batallas y reencuentros de guerra; y no son cuentos viejos, ni Historias de Romanos de más de setecientos años, porque a manera de decir, ayer pasó lo que verán en mi historia, y cómo y cuándo, y de qué manera". Destaco también el informe que escribió Vargas Llosa sobre la matanza de Uchuraccay, en los Andes (que leí en uno de los tomos de Contra viento y marea). Y la historia de la bossa nova escrita por Ruy Castro, Chega de saudade. História e histórias da Bossa Nova: un magnífico reportaje de cuatrocientas páginas.

13. La mejor obra sobre Barcelona. Sin duda, los poemas de Jaime Gil de Biedma. En especial "Barcelona ja no és bona", con sus irresistibles pasajes: "Oh mundo de mi infancia, cuya mitología/ se asocia -bien lo veo-/ con el capitalismo de empresa familiar!". Y si tuviese que decir la mejor sobre Málaga: El otro reino de la muerte, titulado en otra edición Málaga en llamas, de Gamel Woolsey (que era muchísimo mejor escritora que su marido Gerald Brenan).

14. El libro más útil. Apariencia desnuda de Octavio Paz y Duchamp. El amor y la muerte, incluso de Juan Antonio Ramírez: ambos son utilísimos para aproximarse a la comprensión de una de las cosas fundamentales de esta vida, como es el Gran Vidrio de Marcel Duchamp.

15. La mejor novela psicológica. Por el camino de Swann, de Marcel Proust, que es el único tomo que he leído (¡por ahora!) de En busca del tiempo perdido: por las evocaciones de su infancia, las reflexiones sobre la magdalenesca memoria y el estudio, más que sobre los celos, sobre el amor no correspondido; con aquella inolvidable conclusión: "¡Y pensar que he malgastado los mejores años de mi vida por una mujer que no era mi tipo!". Aunque mi mayor descubrimiento literario relacionado con la psicología no me lo dio una novela, sino el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa: en él encontré que podía escribirse sobre la intimidad de un modo que yo jamás había sospechado.

16. La mejor fantasía. Las de Borges, en Ficciones y El Aleph. Y los cuatro primeros libros (hasta Relatos de poder inclusive: ni uno más) de Carlos Castaneda.

17. El mejor drama. Escogeré dos guiones de cine, y sus películas: Breve encuentro de David Lean y El apartamento de Billy Wilder. Las dos están relacionadas: cuando Wilder vio Breve encuentro, se fijó en el personaje que le presta el apartamento a la pareja de amantes. ¿Qué hará él mientras tanto?, pensó. Y ese fue el origen de su futura película. En Breve encuentro, por cierto, hay una frase memorable, cuando el protagonista le dice a la protagonista, para animarla a que acepte su invitación: "Vamos, la mediana edad sólo se vive una vez". (El drama, o la tragedia, es la disyuntiva entre el Orden y la Aventura.)

18. El mejor libro científico. La evolución del deseo de David M. Buss, que es como una operación de cataratas románticas para el corazón. También experimenté un gran placer científico con el desenmarañamiento que hace Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora. Añado un ensayito de ciencia psicoanalítica: "Duelo y melancolía" de Freud (incluido en El malestar en la cultura).

19. El mejor tratado político. La Historia de Roma de Indro Montanelli: ahí está todo, pasado, presente y porvenir. Y también Jünger: Radiaciones (sólo los tomos de la Segunda Guerra Mundial) y La emboscadura.

20. La mejor obra cómica. Leyendo me he sonreído muchas veces, pero apenas me han salido carcajadas. Éstas se han producido, por ejemplo, con Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa, La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique y casi todos los libros de Thomas Bernhard (en especial Tala, El imitador de voces y los pasajes contra Stifter y Heidegger de Maestros antiguos).

21. La mejor frase de Cervantes. Esta del admirable prólogo del Quijote, tan justamente repetida: "procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos". (Vale.)

[Publicado en Kiliedro]

23.10.07

Sin sueño

Sin sueño (La proyección)


Sin sueño (Ojos azules)


Sin sueño (Té verde)


Sin sueño (Luz rosa)


Sin sueño (Resplandor apático)


Sin sueño (Salida de emergencia)


Sin sueño (Luz blanca)


Esta es una extraordinaria serie del gran Chema Cobo. Aquí puede verse una referencia completa de aquella exposición. Aquí una entrevista de este sábado en el Sur. Y aquí un vídeo.

22.10.07

Autoconsciencia bukowskiana

Ayer estuve picoteando en el diario de Charles Bukowski, El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, que leí hace un lustro. Yo leí tarde a Bukowski, sin duda porque conocí pronto a los bukowskianos: mi detestación por ellos se extendió a su ídolo. Pero en algún momento cayeron en mis manos sus poemas, que me encantaron, y después leí este librito en prosa: en él descubrí que Bukowski detestaba a los bukowskianos tanto como yo. Está harto de borrachos que le dan la tabarra por ahí, y de tías que le mandan poemas:
Mujeres hablando de sus reglas, de sus tetas y pechos y de cómo se dejan follar. Totalmente anodino. Lo tiro todo a la basura.

Lo que le gusta es ir al hipódromo y escuchar música clásica. Y beber solo. Y escribir. Predomina la autoconsciencia irónica, que es de lo que carecen los cargantes bukowskianos:

Es como cuando ligaba con mujeres en los bares. Solía pensar, quizá ésta sea la que estaba buscando. Otra rutina más. Y sin embargo, durante el acto sexual, pensaba: ésta es otra rutina. Estoy haciendo lo que se supone que tengo que hacer. Me sentía ridículo, pero seguía adelante en cualquier caso. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Yo últimamente también estoy cargante con lo de arrimar el ascua de lo que me gusta a la sardina bernhardiana... pero es que veo una conexión entre Bukowski y Bernhard. Ambos cogen el toro por los cuernos, casi como primitivos (tanto con respecto a la vida como con respecto al lenguaje), y se lanzan a escribir. Incluyen historietillas en sus libros, pero lo fundamental es el personaje (caricaturizado) que va por ahí, repitiéndose. Exactamente como en los dibujos animados de nuestra infancia, los personajes cómicos del cine mudo o el mismo don Quijote, tal y como lo desmenuzó Sánchez Ferlosio en su discurso del Premio Cervantes. Con aquella frase magnífica que lo resume todo: "El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad".

17.10.07

El necio

¡Llevo toda la mañana recalentándome la cabeza con Carod! ¡Menudo necio! ¡Menudo gilipollas! ¡El idiota en cuestión! ¡Qué sintomatiquísimo es lo este vídeo! ¡"Yo me llamó así y no asá!" ¡Ahí te cazamos, fascista! ¡La pura esencia del nacionalismo! ¡El imbécil que ajusta la palabra a la cosa de un modo asfixiante y unívoco! ¡Sin ironía! ¡Sin distanciamiento! ¡Sin que corra airecillo de ninguna clase! ¡Stop a la brisa! ¡La careta la tengo pegada con toneladas de pegamento al rostro! ¡Yo me llamo "Josep Lluís" porque si no, me muero! ¡Me da un calambre sólo de pensar que no me llamo "Josep Lluís"! ¡Me abismo, me infarto y me desmorono si mi identidad no es unívoca y sin resquicio! ¡Soy una pura mierda compacta que se llama única y exclusivamente "Josep-Lluís"!

Lo mejor que podemos hacer sus contemporáneos es llamarlo a partir de ahora, como un láser descompactador, "José Luis". ¡A ese idiota hay que salvarlo de sí mismo! ¡Urgentemente! ¡Ya! ¡Y además, nos va la vida en ello: porque es que tío, a la menor ocasión que tenga, es que nos mata, nos aniquila a todos!

15.10.07

El monte que sube

Una noticia así no sale todos los días: un monte que sube. El estirón del monte, ciclista o escalador de sí mismo. Me recuerda a la cisterna "que a sí misma se bebe" de Octavio Paz. O al glamuroso "pez soluble" de Breton (en francés quedaba aún mejor, con esa evocación del veneno soluble: poisson/poison). Así que el Mont-Blanc sube 2,15 metros. Las subidas de un monte no son en el vacío: debe echar por delante (por arriba) más monte, para subir. El Mont-Blanc como el primer alpinista que llega a su nueva cumbre. O como el ciclista (aparatoso, un panda en bici) que cruza la meta —aunque sin alzar los brazos, porque entonces tendría que subirse ahí también para alcanzar la cima.

13.10.07

El mérito de Bunbury

Hay que reconocerle un mérito a mi detestado Enrique Bunbury: ha logrado, siendo rockero, el mismo nivel de atorrancia que un cantautor. (¿Héroe del Silencio? Esbirro de la Pomposidad.)

12.10.07

Vida en claro



No han solido gustarme los poetas malagueños. No por prejuicio: simplemente, ha sucedido así. Con nuestras cumbres oficiales, Altolaguirre y Prados, no he podido nunca. Ni una emoción en ellos, en lo que a mí respecta. Me parece bien que sigan de segundones del 27 (esa generación, por otra parte, tan sobrevalorada: auténticos poetas sólo había dos, Cernuda y Lorca). Hinojosa tuvo su gracia con aquel acento chic en la palabra "Californía"; aunque para mí será siempre el que le mandó la foto del muro surrealista a Breton, aquella "Vista de Málaga" que salió en el número 5 de La Révolution Surréaliste (octubre de 1925). Entre los poetas actuales, sólo me gusta Álvaro García. Y, de los de antes, José Moreno Villa. Los poemas de Jacinta la pelirroja son una delicia. Su autobiografía Vida en claro, también (es transparente y triste, y civilizada). Es autor de dos versos que siempre me han inquietado: "He descubierto en la simetría / la raíz de mucha iniquidad". Y, sobre todo, escribió este soneto libre sobre la metafísica del esquí:
Por el silencio voy, por su inmensa ladera,
en un fino deslice veloz y sin cesura.
Si fuese así la muerte... Un patinar en hielo,
entre tierra y celaje, amodorrado y laxo.

Casi pisando voy mi dudoso albedrío.
Los puntos cardinales no me sirven de nada.
Y el tiempo es sólo un vago concepto del espacio
entre las lentas combas del adoptado ritmo.

¿Tengo mi voluntad de la rienda? ¡Quimera!
¿No me será posible dejar algo, un acorde,
un versículo puro en que converjan todos?

Voy en la sorda nube que desdeña el ruido.
No puedo más; dejadme en esta magnitud,
en esta desnutrida esencia del silencio.

10.10.07

Octubre y el comenzar

Sé que ya es recochineo, pero ayer volví a la playa. Es que me asomé a la ventana después de comer y vi un azul resplandeciente en el cielo, como en el poema de Luis Cernuda: "Ninguna nube inútil, / ni la fuga de un pájaro,/ estremece tu ardiente / resplandor azulado". Esta vez el mar también estaba azul: ese azul mediterráneo que, a juzgar por el cuadro de Alex Katz, debe de ser como el dark green de Daytona. Me demoré en el agua, quizá porque mi cuerpo sabía que esta sí era la última zambullida del año. Venían olas un poco más crecidas que la otra vez. Después en la toalla, con los ojos cerrados, advertí que su sonido se parecía al de los cazas que despegan de un portaviones: un breve estallido resbalante y después la disolución (del avión en el cielo, de la ola en la orilla). Me puse a leer Heidegger y el comenzar, un librito editado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid con un par de conferencias que dio allí Rüdiger Safranski en la primavera de 2005. Empieza de este modo animoso:
¡Quién no conoce el placer del comienzo! Un nuevo amor. Un nuevo trabajo. Un nuevo año. Una nueva época. [...] El mito del instante fulgurante en que todo parece empezar de nuevo. [...] Un nuevo comienzo equivale a una posibilidad de transformación, un acto de libertad.

Pronto entra en materia heideggeriana:

La inautenticidad no es declive ni alienación: es la forma originaria de nuestra existencia. Antes de que descubramos algo "propio" en nosotros y podamos hacer algo con nosotros, nos hallamos absorbidos por el mundo, hasta cierto punto estamos perdidos en él, distraídos. El ser-ahí no está "inmediata y regularmente" consigo mismo, sino ahí fuera, con sus asuntos y con los otros.

Según Heidegger, según Safranski: hay que "quitar de enmedio los encubrimientos y oscurecimientos". Me daba pereza seguir, así que dejé el libro un rato. Al sol le quedaba todavía un buen colchón de cielo. A unos cincuenta metros, en la orilla, había un pescador. Y como cien metros más allá, una pareja de chicas. Se estaban besando. Cuando yo entré en la arena, para buscar un sitio, la más menudita se estaba quitando la parte de arriba del bikini. Tenía unas tetitas minúsculas, preciosas. Era muy delgada, casi escuálida, y parecía un adolescente con pechitos. Ahora se besaban y se acariciaban, con esa sabiduría corporal que sólo parecen tener las mujeres. Me tumbé bocarriba. A veces pasaban caminantes cerca, algunos en grupo, y se escuchaban frases al vuelo. Cacé una con acento que me pareció italiano: "estruttura cortante". Retomé el libro. Safranski habla de la angustia y el tedio, que, según Heidegger, son "los dos estados capaces de provocar la salida de lo habitual".

En todo caso, si se examina el efecto de esta experiencia aniquiladora en Heidegger, se observa que la nada guarda un parecido sorprendente con el Dios misericordioso. Pues la experiencia de la nada contribuye a un "peculiar darse la vuelta ante el pensar y el preguntar cotidianos"; en el lenguaje de la religión, esto se llama renacer.

Siguen unas enjundiosas reflexiones sobre el tedio y el "hórror vacui", hasta que desembocamos aquí:

Cuando todo se ha detenido, hay que ponerse en marcha. [...] El "sí mismo" por el que uno se decide nace, por así decirlo, de un acto de decisión. Pues este "sí mismo" no está esperando entre bastidores a que se le llame. Empieza a existir desde el instante en que nos decidimos por él. No es algo encontrado, sino inventado por la decisión.

Seguí tumbado hasta que se puso el sol. Entonces me levanté y me fui. El pescador seguía en la orilla, absorto en su pesca. Las chicas estaban ahora entrelazadas. La que mantenía la parte de arriba del bañador, que era rojo, apartaba a veces su boca de los besos para darle una calada a un cigarrillo. Y, por unos instantes, hacían un ménage-a-tròis con el humo.

9.10.07

El empujoncito

Acaba de empezar el curso y mis amigos profesores ya están que trinan. Al parecer, este año los alumnos vienen peor que nunca. Se suceden las anécdotas. El alumno de último curso de bachillerato que lee torpemente en voz alta, silabeando (y, por supuesto, sin enterarse de lo que lee). Una clase en la que ningún alumno sabe ordenar cronológicamente estas épocas: "Renacimiento, Antigüedad, Edad Media, Ilustración". La profesora que ve a un alumno con una camiseta del Ché Guevara, le pregunta de quién es esa imagen, el alumno se la mira sin mucha atención y dice: "¿Yo qué sé? ¡Un moro!". El profesor que emplea la primera clase en hablar de las optativas del curso siguiente. Una alumna le pregunta: "¿Qué es la Sociología?". El profesor empieza a responder: "La Sociología es la ciencia que estudia...". En ese punto le interrumpe la alumna: "Ah, ¿que hay que estudiar? ¡Entonces pido Educación Física!". Pero la mejor es una de los exámenes de septiembre. Un alumno de último curso que, según el profesor, es un auténtico ceporro que no da ni golpe, vuelve a suspender. Cuando ve su nota, corre a lloriquearle al profesor. Entre sus argumentos destaca este: "Anda, profe, dame un empujoncito. Si ya estoy a punto de acabar. Dame un empujoncito, anda, como han hecho los otros".

Ahí lo tenemos: el empujoncito. Nuestro sistema educativo se ha convertido en eso: una cadena de empujoncitos, por medio del cual se va aupando a los alumnos de curso en curso hasta el final. Sin que hayan necesitado hacer ningún esfuerzo. Nuestro sistema educativo es una escalera mecánica por medio de la cual el alumno puede entrar en primaria y salir en secundaria sin haberse tomado el trabajo de subir por sí mismo ni un solo escalón. La metáfora también vale para los alumnos que quisieran subirlos: no pueden, porque la escalera está atestada por los que se han apalancado en ella, constituyendo una barrera que obliga a todos a ir al cansino ritmo automático.

Escucho a mis amigos profesores como si fuesen videntes que tienen ya un pie en el futuro. Porque, de hecho, es así: ellos ya están viendo en los institutos cómo va a ser la sociedad de aquí a diez o quince años. Sus alumnos son la avanzadilla: es el inicio de la ola que luego romperá en la sociedad. Aunque, en realidad, ya ha roto. La catastrófica Logse ya lleva expelidas unas cuantas promociones. En todos los sectores puede atisbarse el bajonazo del nivel. Ya hasta hay alumnos logse que son profesores logse: los profesores más ceporros que se han visto jamás en España. Hace quince años se distinguían claramente los profesores de instituto de los de universidad: los de institutos eran, de lejos, muchísimo mejores. Hoy esa distancia ya no existe. La igualación se ha producido a la baja.

La última pieza que le han añadido a la escalera mecánica es la de que se puede pasar de curso con cuatro suspensos. El político sólo conseguirá con ello camuflar las estadísticas. Literalmente, esa medida abarata aún más los títulos. Se trata de una política inflacionaria en lo que a educación se refiere: los títulos van perdiendo respaldo, son puro papel. Lo salvaje es que, tras la escalera mecánica, se encuentra la pared vertical, a pelo, de la vida laboral (y de la realidad a secas). Entonces el alumno que ni siquiera ha sido enseñado a subir escalones, es obligado a escalar. Nunca se ha dado un contraste tan sangrante entre el paternalismo consentidor del sistema educativo y el carácter navajero e implacablemente darwinista del sistema laboral en el que desemboca. Al final de la cadena de empujoncitos lo que le espera al alumno, en cuanto asoma por el agujero, es a un cretino con el bate de béisbol reventándole la cara. (Obviamente, estoy hablando sólo de los pobres: los ricos tienen otro paisaje, empezando por los hijos de los que aniquilaron nuestro bachillerato.)

[Publicado en Nickjournal]

7.10.07

Azul y espacio

Ayer tuve que salir al mediodía a hacer un recado. Vi que hacía un tiempo espléndido (cielo sin nubes, sol, calor) y decidí irme a la playa después de comer. Ya me había despedido definitivamente hace un par de semanas, así que lo viví como lo que es: un lujo. Puse en el coche el concierto de Ivan Lins que grabé de Radio 3. Durante unos momentos, con la música, el aire por la ventanilla y el resplandor gris, de plata, sobre la carretera, regresó la sensación de ligereza que solía envolverme antes, cuando aún no tenía este alquitrán dentro que hace que todo pese tanto. Entre las canciones estaba "Depois dos temporais", con ese clímax de "só havia, só havia azul e espaço". El mar, sin embargo, estaba verde. Me di el último chapuzón (esta vez sí) del año y después me tumbé a leer las Iluminaciones de Rimbaud. Yo no había leído nunca ese libro (pensaba que sí, pero ayer comprobé que no) y me quedé pasmado: un altísimo porcentaje de la poesía en prosa que se ha escrito desde entonces no es más que su remedo. Sólo conocía el poema en verso "Marine", aunque ni siquiera sabía que ése era su lugar. Nos lo dio en fotocopias el profesor de Literatura en tercero de Bup, como ejemplo de poema en que el referente aparece sólo por indicios (qué tiempos). Ayer me gustó más que nunca, en la magnífica traducción de Juan Abeleira (Ed. Hiperión):
Marina

Las carrozas de plata y de cobre,
Las proas de acero y de plata
Baten la espuma,
Levantan las cepas de las zarzas.
Las corrientes del arenal
Y los surcos inmensos del reflujo
Avanzan circularmente hacia el este,
Hacia los pilares del bosque,
Hacia los fustes de la escollera
Cuyo ángulo golpean torbellinos de luz.

Me pareció que en ese poema están, completos, sin novedad, los novísimos. Hoy me he ido al paseo marítimo con Una temporada en el infierno, que he leído sentado en un banco. Y se acabó Rimbaud por ahora. He seguido pensando en sus años de Abisinia. Y me he atrevido a formular una lección, después de todo: quizá la precocidad es una pérdida de tiempo.

6.10.07

El último Rimbaud

Espectaculares los últimos capítulos del Rimbaud de Graham Robb: su vida africana, sin romanticismo ni mitología; y justo por ello más impresionante. El biógrafo se reservaba esta traca desde el prólogo, en el que decía rumbosamente:
Mi experiencia personal en las ciudades y las zonas rurales de África oriental me ha sido menos útil para escribir este libro que la "dura realidad" de la investigación literaria. Resulta demasiado fácil mantener el apego a imágenes e ideas del pasado cuando se tiene la cabeza ocupada en guías de bolsillo, horarios, mosquiteras y pastillas depuradoras de agua. No hay nada como la brutal impresión producida por la información verificable: cartas redescubiertas, testimonios de otros viajeros en una Abisinia desaparecida, historias de terror nunca contadas relacionadas con las transacciones comerciales de Rimbaud, y el levantamiento del mapa de sus exploraciones en una de las terrae incognitae más extensas que quedan en el mundo.
.....Llama la atención que las biografías de quienes han salido en busca de Rimbaud e incluso han tratado de vivir igual que él lleguen exactamente a las mismas conclusiones que las historias románticas de los biógrafos sedentarios.

Una vez más, una nebulosa que había en la mente queda concretada. El último Rimbaud. Sus acciones, los datos. En sus cartas desde Abisinia sorprende la coexistencia de dos elementos aparentemente incompatibles: la descripción seca e implacable del entorno, junto con la queja autocompasiva. El resultado es efectivo: se potencia la sensación de absurdo. Y al final la enfermedad en la pierna, el regreso a Francia, la amputación, la muerte... al tiempo que "triunfa" en París, por su cuenta, el poeta que fue hasta los diecinueve años. Una fábula sin moraleja: aunque ejemplar.

5.10.07

Monarquía o República

Nazis de ERC en pleno ejercicio nazi
Soy republicano: pero republicano sin urgencia. Me parece que, habiendo democracia y estado de derecho, no es demasiado importante que el sistema político sea una monarquía o una república. Evidentemente, lo más ajustado desde el punto de vista racional e ilustrado, es que fuese una república. Pero si la democracia es aseada y efectiva, pienso que no es urgente su instauración. Sería como un prurito escrupuloso que no estaría mal, que sería lo ideal, que sería racionalmente lo suyo, etcétera, pero que en términos prácticos es algo muy muy secundario. Hoy en día, en España, nos encontramos además con unos mastuerzos republicanos que, los conocemos de sobra, están más cerca del nazismo que de la democracia. Y estos peligrosísimos gilipollas ponen lo secundario (la República) por delante de lo esencial (la Democracia), hasta el punto de que van directamente a arramblar con ésta. Este es el contexto histórico en el que hoy en día leemos los términos "Monarquía" o "República". Lo demás son escrúpulos (¡y adornos!) intelectuales. (Al final sería muy propio de esta España de los demonios conseguir poner la guindita de un Presidente de la República... para un pastel que a esas alturas ya habría quedado demolido.)