29.1.22

Dietario: Helado de malagueña

El baile del frío. Dos chicas toman el sol en bikini. En verano no llamarían la atención, pero es invierno y son las únicas: hay una suerte de sensualidad por escasez; sube el valor de las pieles. Se levantan y van a la orilla. Se meten en el mar con paso firme. Y empiezan los saltitos, los gritos, la agitación de brazos. Es el baile del frío.

Molinillos de mar. Hay tanto viento que los molinillos de mar de Benalmádena-Costa hacen ruido: suenan como un motor, parece que la estructura va a echar a volar. En algunos la luz del mediodía se enreda mientras dan vueltas frenéticamente. Es como si estuvieran haciendo un batido de sol.

La edad de las mujeres. Me cuenta Arias una anécdota ("carne de dietario") que le pasó en el paraninfo de la universidad, durante el acto de toma de posesión de los nuevos profesores titulares y catedráticos (él ganó su cátedra de Ciencia Política en junio): "Tenía a cada lado, en mi asiento preasignado, a dos mujeres de edad indefinida. Una de ellas creía conocer a la otra. Hablaron un poco. Ambas habían estudiado en el mismo colegio, pero no estaban del todo seguras de haber coincidido. Pasaron un rato buscando pistas, indicios, hasta que yo les dije: 'Veo que os cuesta mucho decir vuestro año de nacimiento, que despejaría de inmediato la incógnita'. Y se rieron, porque era verdad: una era del 61 y la otra del 65".

Viejos amigos. Espero a Materlín en Los Manueles de Torremolinos. Mesa para dos en la planta de arriba. Le he dejado el mejor sitio, el que da al mar, pero al llegar me he sentado un segundo para ver lo que verá. Materlín y yo nos conocemos desde hace quince años, pero esta es nuestra primera cita. Nos conocemos de internet. Él es de Chile y vive en Bélgica. A veces nos hemos mandado regalos por correo. Entra con una mascarilla amarilla y sé que es él, a pesar de que nunca lo he visto, ni siquiera en foto. Desde el primer minuto la charla fluye, como si fuéramos viejos amigos. Que es lo que somos. Yo le he traído el libro Excéntricos en la Costa del Sol, y él una figurita del capitán Haddock comprada en el Museo Hergé.

Helado de malagueña. Materlín le ha hablado de su paso por Málaga a su amigo Roberto Merino, gran cronista de Santiago de Chile. Merino quiere saber por qué un helado que servían antiguamente en Santiago, de pasas con ron, se llamaba "de malagueña". Se lo explico a Materlín para que se lo cuente a Merino. Y le digo que ese helado se sigue tomando aquí y que se llama "Málaga". Materlín escribe en su blog: "Tal vez Merino, habitué de una heladería, consiga que ésta reponga el helado de malagueña. De ser así, ya nadie podrá atreverse a decir que la literatura no sirve para nada". Desde Málaga animamos.

Cuidado con el taxista. Comida de Navidad en el Tano con Irles, Arias, Diéguez, Toscano y Pirri. Conversación de vuelo nada gallináceo mientras devoramos alitas de pollo. Tras el postre se retiran los dos primeros y los demás nos metemos en un taxi para tomar una copa en el muelle. Veníamos hablando de la esperanza de vida y Diéguez, catedrático de Filosofía de la Ciencia, dice que depende de los telómeros. Yo no sé lo que son, pero es Pirri el que se atreve a preguntarlo. "Son lo que hay en los extremos de los cromosomas", nos empieza a explicar Diéguez. En esto interrumpe el taxista: "Perdonen que les moleste, pero llevo veintinueve años de taxista en Málaga y es la primera vez que escucho una conversación inteligente. Es que los malagueños son unos ignorantes y jamás, jamás, han hablado en este taxi de neurociencia". Sigue despotricando un rato. Lo recordamos luego, muertos de risa, ante nuestras copas. Pero entonces caemos en que la palabra "neurociencia" no la habíamos dicho. El taxista se la sabía.

Pinchitos de gambas. Cenáculo (esta vez es almuerzo: almuerzáculo) con Nadales, Toscano y Arias. Pedimos pinchitos de gambas en el Mercado de El Carmen, antes Gran Poder. El encargado nos conoce como "los filósofos". Cada vez que se acerca, en efecto, nos pilla filosofando. Generalmente, sobre la vida. Hemos reconocido unas mesas más allá al hombre al que le tocó una millonada en la lotería hace muchos años. Era encuadernador. Cuando Palomo y yo pasábamos por su puerta camino de la casa de Andújar, Palomo decía que le gustaría ser él, allí encuadernando tranquilamente libros en su cubículo. Después de que le tocase la lotería Palomo dijo: "¡Ahora sí que me gustaría ser él!". Le cuento la historia a mis amigos y miramos al hombre. ¿Qué está haciendo en este momento? Comer pinchitos de gambas, como nosotros. Al final, filosofamos, estamos viviendo como él.

Mañana del 6 de enero. Por el paseo marítimo de Fuengirola, una espaciada lentitud de adultos sin juguetes; sin hijos ni juguetes.

Donjuanismo. Me gustaría tener éxito con las mujeres para tener éxito con una mujer. 

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25.1.22

Gento y otras palabras

Una palabra del periódico absorbió toda la actualidad porque era una de las palabras originarias: Gento. Una de las palabras de la infancia, del paraíso. Igual que aquellas piedras que aparecían al comienzo de Cien años de soledad: "pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos". El tiempo del periodismo es pequeño, menudencias del día (que a veces pueden ser catástrofes mundiales), pero aparte, como en una bolsa (¡la bolsa uterina!), está eso que dice el artista Gómez Losada en su recién publicado Diario de pintura: el tiempo grande. Este irrumpe en sensaciones, descuidos, recuerdos, en pasadizos de la percepción que abren la magdalena o el adoquín de Proust. Y también en palabras, como la palabra Gento.

Cuando murió la semana pasada reapareció su nombre inmortal. Ponían Paco Gento, pero hay que dejarlo en Gento, que es como se decía. Gento. Mi padre me echaba la pelota por el pasillo del pisito y yo corría como Gento, y chutaba como Pirri, o como Amancio, o como Gárate. Y paraba como Iríbar. La pelota daba en la puerta que no cruzamos desde hace cuarenta y cinco años y no volveremos a cruzar ya. Había otros nombres, del Málaga: Viberti, Migueli, Macías, Búa, Vilanova, Deusto. Y Benítez, que se acaba de morir también. Son palabras que aprendimos a la vez que pan, mesa, silla, agua, ventana o tenedor. Para los niños eran iguales, tenían el mismo rango, pero en el curso de la vida unas seguían y otras se iban quedando por el camino.

Ahora me llama la atención que convivieran mantel y Robert Mitchum (¡Mitchum!). O lápiz y Gary Cooper. O colegio y Mortadelo. O campo y Fofó. O columpio y Torrebruno. O tobogán y Valentina. Locomotoro. Rintintín. Bonanza. Correcaminos. Kiko. Don Cicuta. Pippi. Flipper. Chiripitifláutico. El burrito blanco de Norit. La perrita Marilín (nuestra primera Marilyn). ¡Herta Frankel! Tan natural como mar estaba la palabra Citesa, la fábrica en que trabajaba mi padre; y la palabra góndola, el modelo de teléfono que fabricaban (góndola, palabra tan asentada en mi memoria como jamón). Y Cherino, el nombre del cortijo en que mi abuelo cuidaba las cabras. Había una mula que se llamaba Peregrina, que estuvo para mí desde el principio como sal o sábana. Y en el pueblo, en las vacaciones, había también un hombre extraordinario de nombre extraordinario: Pepito Rondi, tan común en mi niñez como Miguel o Josefita. Había más palabras: Filomátic, Sofico, Terlenka, ¡Tívoli! Hace poco he sabido que Raphael tomó su grafía de Philips, cuyo luminoso estuvo en el centro de Málaga durante años (hay una foto magnífica de pocos días después de mi nacimiento, en mayo de 1966). Philips: palabra que siento tan antigua como bañador o bocadillo.

Era algo más que la división entre nombres comunes y propios: todos estaban afectados por la misma imantación, por la misma cotidianidad. Solo que unos se han seguido usando todos los días y los otros no, y es en estos donde ha permanecido aquel tiempo, como guardado en un cofre o en un tarro de elixir. Hay algo precioso, añadido: que no depende exactamente de la propia biografía. Mis palabras son las mías y son las que me emocionan de un modo particular, pero las de los otros también transmiten ese halo. Se aprecia en Proust, en En busca del tiempo perdido, por supuesto; y en La infancia recuperada de Savater; o en las evocaciones nostálgicas, llenas de nombres que desconocemos, de Woody Allen o José Luis Garci; o en novelas como Los cachorros de Vargas Llosa, Un mundo para Julius de Bryce Echenique o Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco; en los recuerdos brasileños de Lispector o polacos de Szymborska.

El fútbol lo dejé hace mucho, a los diez años. Pero he guardado sus palabras. Así Gento. 

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18.1.22

El hueco simbólico de Ciudadanos

Iba a titular este artículo "El lugar simbólico de Ciudadanos", pero es un lugar próximo a su desaparición: un hueco inminente. Me he permitido anticiparme. El ciclo electoral que acaba de comenzar será presumiblemente el de la extinción del partido que en abril de 2018 encabezaba las encuestas. Dos meses después gobernaba Pedro Sánchez, gracias a la moción de censura que su PSOE le hizo al PP con la alianza de la extrema izquierda populista, el nacionalismo vasco, los proetarras y los independentistas catalanes que venían de su intentona de golpe de Estado posmoderno. Pero más que acabar con el PP, un partido en fin de cuentas homologado, asimilable, útil para su gramática, querían acabar con Ciudadanos, que era el que mejor y más decididamente se oponía a todos ellos. Lo han conseguido. (La subida de Vox fue la guinda del intento, el cierre de la trampa: la garantía del despilfarro energético de la oposición por una vía muerta.)

Algunos tonteamos entonces con lo que llamé neosanchismo. Consistía en no creer ni confiar en Sánchez, pero constatar su vacío de un modo neutral: es decir, considerando que, puesto que Sánchez estaba vacío, cabía también la posibilidad de que se rellenase con algo bueno. Su trayectoria solo avalaba dos cosas (además de dicho vacío): su empecinamiento y su ambición. Dado que las encuestas favorecían a Ciudadanos, los neosanchistas pensamos que Sánchez se situaría ahí. Por puro cálculo electoral lo sustituiría de facto, y por lo tanto timaría a sus socios de moción. Dos cosas más contribuyeron a nuestro consentimiento: el hartazgo por el presidente Rajoy y una cierta admiración por la jugada audaz de Sánchez, que sacaba a su partido de una situación precaria. Obviamente, nos equivocamos. El vacío de Sánchez estaba en realidad signado por unas cualidades personales nada estimables (que se han ido desplegando con el tiempo). Y su pacto con lo peor del Congreso era en sí mismo, en verdad, irredimible.

Los neosanchistas nunca llegamos a votar a Sánchez. Pronto fuimos exneosanchistas y después antisanchistas. Lo nuestro era votar a Ciudadanos (ya que no podíamos votar a UPyD, que había sido de verdad lo nuestro). Confiábamos, para entonces desde el antisanchismo, en que el poder electoral de Albert Rivera empujara a Sánchez al buen camino por la fuerza. Pero Rivera no estuvo por ello, ni naturalmente Sánchez. Algunos castigamos a Rivera con la abstención. Fuimos un millón, según las cuentas. Contribuimos al hundimiento de Ciudadanos, ahora creo que equivocándonos también. Aunque una razón límpida nos asistía: Ciudadanos se había traicionado a sí mismo. No habíamos votado a Ciudadanos, pero tampoco estaba exactamente Ciudadanos entre las ofertas electorales de las segundas elecciones de 2019, pese a que se seguía llamando Ciudadanos.

El caso es que no estaba realmente, pero sí estaba simbólicamente. O al menos topológicamente: un lugar, entre los extremos, que genera su símbolo. Ahora no recuerdo si lo ha dicho Fernando Savater o Arcadi Espada (me he puesto entrevistas con los dos recientemente), pero en Ciudadanos han coexistido los errores, incluso nefastos, de sus políticas y sus políticos con la necesidad que subsiste de su espacio, pese a tales errores. Es cierto que en todos los partidos se da el contraste entre el ideal y la práctica, pero con ninguno se corre el riesgo de que su ideal se quede electoralmente vacío. Con Ciudadanos sí. Cuando desaparezca, muchos nos quedaremos definitivamente sin ningún partido al que votar. Supongo que aún se podría evitar, pero no lo parece. Y sin Ciudadanos todo irá a peor, como está yendo: con esta inquietante y suicida polarización de los extremos enloquecidos. 

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17.1.22

Del presidente como líder de la oposición

El caso del presidente Sánchez es muy curioso: quería el poder, alcanzó el poder y probablemente (gracias a la inoperancia de la oposición) se mantendrá en el poder. Es un tecnócrata del poder. Pero no sabe qué hacer con el poder. Nunca lo ha sabido. No lo quiere para hacer cosas sino como pedestal: para que se vea que él es el presidente. Es lo que le gusta (gustarse). Tal vez se deba a que tiene un tipín. Se dice que "carácter es destino", pero también lo es el tipín: parecer un maniquí ha determinado su destino político. Sánchez es un presidente maniquí en el escaparate.

En realidad, sigue comportándose como líder de la oposición. Así funciona su cabeza, esa es su política. Desde la presidencia del Gobierno, ejerce una férrea oposición a la oposición. Por este camino, ha alcanzado la perfección al acusar al PP de "negacionismo político". Lo ha hecho en una entrevista de la cadena Ser y en un acto del PSOE en Granada. Por el juego de espejos frecuentemente sórdido de la política, lo que hace Sánchez es negar al PP al tacharlo de negacionista: otra de sus estrategias de exclusión. El negacionista es Sánchez, para empezar. O, por decirlo con mayor precisión, un afirmacionista del negacionismo. O un endosador de negacionismos ajenos.

El vídeo de Granada tiene miga, y es de una transparencia deslumbrante. El presidente habla de la necesidad de "un nuevo proyecto de país", que él "sintetezaría" (sic) en un verbo: crecer. "Nosotros queremos que España crezca, que crezca en economía, en empleo, en justicia social, en derechos, en libertades". Pero hay algo que se interpone y no es la realidad (las dificultades de lo real), ante lo que habría que actuar con conocimiento, inteligencia, habilidad, incluso suerte. No. Lo que se interpone es la oposición, solo la oposición. "¿Qué es lo que tenemos enfrente? Tenemos una oposición ne-ga-cio-nis-ta". Y concluye, tras repasar medidas suyas a las que se ha opuesto la oposición: "La derecha demuestra que el negacionismo político también existe".

Con su señalamiento como negacionistas a quienes cuestionan su política, Sánchez busca un blindaje sin resquicio. Como ha escrito Daniel Gascón, "la etiqueta de negacionismo implica una acusación de ceguera ante la evidencia y una impugnación moral". A Sánchez no le gusta la crítica. Para su corazón de déspota el único problema es lo que se le opone. Por eso su acción de gobierno se concentra en oponerse a la oposición. 

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11.1.22

Savater y 'El País'

El año periodístico ha arrancado con el bombazo de Savater el sábado en El País. Así empezaba, a la vuelta de las vacaciones navideñas, su columna semanal: "Si ustedes solo se informan por este periódico, quizá no sepan que el mes pasado publiqué un libro, Solo integral (ed. Ariel). Se compone de una selección de mis columnas de los últimos seis años en esta misma página". En la edición digital, el periódico ha insertado entrañablemente un enlace en que se ve que sí que dio cuenta del libro: en un párrafo sobre el diseño de su portada dentro de un artículo sobre las mejores portadas de 2021, un mes después de su publicación. Mención única. Frente al silencio de El País, otros periódicos sí se han ocupado abundantemente de Solo integral desde finales de noviembre: El Mundo, La Razón, el Abc, El Español, Vozpópuli o The Objective, donde además de una estupenda entrevista de Laura Fàbregas yo mismo le dediqué un artículo.

En cierto modo El País, su actual dirección, ha actuado en legítima defensa, puesto que Savater exhibe su desdén en el prólogo de Solo integral, en que añora los tiempos de la anterior dirección: "Era aquel El País de entonces dirigido por Antonio Caño, donde escribían José Ignacio Torreblanca, Maite Rico, Rubén Amón... Un dream team que desconcertaba e irritaba por igual a nuestra clientela más talibán pero que bastantes seguimos echando de menos". Yo también: fue el último momento en que El País volvió a parecerse al periódico que leíamos los viejos lectores de El País. Hay quienes sostienen que aquel periódico no existió nunca, que fue un espejismo que proyectamos y que ahora recordamos como recordamos nuestra juventud. Puede ser. En cualquier caso, El País es el único periódico con el que he tenido una relación sentimental. Por eso es para mí el más importante: también cuando lo repruebo, cada vez con más frecuencia.

Para mí El País siempre ha sido el periódico de Savater. En el sentido de pertenencia, en favor de Savater: es Savater el que le otorga distinción. Pero iban juntos. La primera vez que vi a Savater fue en el antiguo suplemento de Libros, en el que descubrí también a Cioran, Pessoa y Leopardi. Sobre una foto de Savater con su barba negrísima de la época, venía la frase "Adversus melancholicos". Era el título de la reseña que hacía Muguerza de los libros de Savater de 1982, La tarea del héroe e Invitación a la ética. Lo bueno es que yo me fijé por la atracción que tenía para mí la melancolía: ignoraba aún que adversus melancholicos significa "contra los melancólicos", que eran a los que se oponían sus dos libros alegres; para alegrarlos, en casos como el mío.

Desde entonces he leído todo lo de Savater, en sus libros y en el periódico. También lo anterior a mi enganche. Cuarenta años se cumplen en este 2022. Un día, cuando ya no iba a hacer ninguna tesis doctoral, se me ocurrió la idea perfecta: estudiar la relación entre Savater y El País a lo largo de los años. Se la regalo al tesinando que la quiera. Saldría una historia apasionante de la Transición. Por un lado, la trayectoria de Savater; por el otro, la trayectoria de El País; con su entrelazamiento y sus roces. Significativamente, su primer artículo salió al día siguiente del lanzamiento del periódico (“Nabokov o el destierro como estilo”, 5-V-1976). No hay aquí espacio para esbozar siquiera la relación, pero citaré al menos tres artículos conflictivos contra la línea editorial de El País (publicados todos menos uno en el periódico): “Viva el perder”, en que respondía a otro de Cebrián tras las elecciones vascas de 2001; “Casa tomada”, que censuró El País y tuvo que publicar en El Correo (2007); y “Convencido”, en que anunció que votaría a Ayuso en las autonómicas madrileñas de 2021, para escándalo de articulistas y lectores que no se escandalizan con Sánchez. En el del sábado, “Año del tigre”, muestra un brío como el de sus mejores tiempos, que promete espectáculo: “Se acabó la farsa de inventar derechistas antropófagos frente a fraudulentos izquierdistas beatos. No acepto redimir a golpe de buenas intenciones a los que solo hacen rico en ideología. Ni seguir embelleciendo por decreto el pasado para disimular el fracaso en emancipar el futuro”.

Yo tomo partido por Savater porque (afinidades aparte) lo he entendido siempre o casi siempre, y además en todo momento ha hecho por explicarse. A El País, en cambio, no siempre lo he entendido. Y ahora cada vez menos. Pero conserva la mayor virtud: sigue siendo el periódico de Savater. 

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10.1.22

A título personal

Más allá de las razones plausibles del ministro Garzón contra las macrogranjas y la inconveniencia para la economía española de que se haya puesto guay en The Guardian (qué mejor medio, por otra parte), más allá incluso de su presumible buena fe (si bien algo panfilota), me interesa el asunto del fileteado. No el de las carnes industriales, sino el de los ministros y hasta los presidentes del Gobierno; y en fin, para qué nos vamos a engañar, el de todos, yo incluido.

El fileteado universal: bajo ese imperio estamos. Todos somos varios, cada uno con su registro, sus funciones y su corazoncito. Por ejemplo, los que en Twitter somos faltones luego resultamos unas bellísimas personas, atentísimas, unos príncipes de la delicadeza. Dependemos del escenario y de nuestro público de cada instante. No es que seamos hipócritas, es que somos actores. Es decir, tenemos una conciencia profunda de lo que es la persona: una máscara.

La ministra Alegría pareció entenderlo cuando fileteó a Garzón, cortando de su carne ministerial una loncha de otro género. Las declaraciones a The Guardian, dijo Alegría, fueron "a título personal". Ocurrió algo parecido con el presidente Sánchez hace unos años, cuando la entonces vicepresidenta Calvo declaró que el presidente Sánchez no había dicho algo que sí había dicho el candidato Sánchez: su fileteado en este caso fue temporal. (Algo que hace consigo mismo continuamente Sánchez, que funciona como una sucesión de filetes de Sánchez.)

Garzón, sin embargo, se resiste a ser fileteado a título ministerial por parte de Alegría. Insiste en que habló "como ministro y no a título personal". Tal vez porque tiene interiorizado lo de que "lo personal es político". Aunque en este caso tendría que haber precisado que lo que dice a título personal lo dice, justo por eso, como ministro; un apunte de fileteado conceptual hay también, por lo tanto, en Garzón.

El problema de estos políticos nuevos es que llegaron al poder propulsándose con aquella denuncia contra los viejos: "No nos representan". De ahí la tentación de pretender representarse al menos a sí mismos. Con lo que prolongan su error de partida: la personalización (con la consecuente sentimentalización) de un instrumento complejo y delicado como el poder.

Lo contrario de eso no es el cinismo, sino la conciencia teatral: la que impide que la máscara o persona finja una autenticidad además de falsa desastrosa. Un ministro ha de representar el papel de ministro, cuya condición más higiénica es la impersonalidad. 

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4.1.22

La leyenda de la Biblia del Oso

Aquella advocación de Álvaro de Campos, Nuestra Señora de las cosas imposibles que buscamos en vano, podría cobijar el anhelo por esa literatura española que no fue: la fertilizada por la Biblia del Oso. A diferencia de lo que les ocurrió a los ingleses o a los alemanes, los españoles no tuvimos traducción de la Biblia a nuestra lengua. No la tuvimos, pero existió: la que llevo a cabo Casiodoro de Reina durante doce años de huida de España y publicó en Basilea en 1569. La ilustración de la portada, con un oso encaramado a un panal de miel, le dio nombre.

En los tiempos modernos, Marcelino Menéndez Pelayo condenó al hereje pero exaltó su obra, que exaltaron también Rafael Sánchez Ferlosio, Juan Benet y Félix de Azúa; pero yo me enteré por un artículo que le dedicó Antonio Muñoz Molina en El País, impregnado justamente del mencionado imposible: "Imagino un idioma cuya literatura tiene un gran espacio en blanco en el centro: la obra maestra de la literatura en ese idioma permanece oculta durante siglos, olvidada o prohibida; el nombre de su autor no lo conocen más que dos o tres eruditos. El problema más grave no es la injusticia del desconocimiento, la falta de recompensa por un esfuerzo y un logro que fueron irrepetibles; más grave que la injusticia es la pérdida para ese idioma y para esa literatura, toda la fecundidad que no condujo a nada, todas las influencias que una obra así podría haber irradiado".

Hay algo de proyección borgiana en esa vasta literatura posible pero inexistente, con la que podemos fantasear. Aunque la melancolía se atenúa si pensamos que en realidad sí existió: es la propia Biblia del Oso, libro de libros en un español radiante del siglo XVI. Ahora ha vuelto a editarla Alfaguara, según sus anteriores ediciones de 1987 y 2001, corregidas y con una importante introducción nueva de Andreu Jaume, la frase más destacada de la cual es precisamente: "Desde el punto de vista de la lengua, Casiodoro de Reina hizo el trabajo, como mínimo, de cien escritores, puesto que en su traducción ensayó tanto el tono épico como el lírico, el elegíaco como el hímnico, haciendo que el español resonara con una variedad de timbres inéditos". Pero una brizna de esa influencia sí se escapó, y qué brizna: la del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, del que hay constancia filológica de que leyó la Biblia del Oso. (También se especula, aunque no está probado, que la conoció Cervantes.)

El afán de Casiodoro de Reina era preilustrado: aspiraba a que todos pudieran leer libremente la Biblia, en su lengua materna. Eso estaba prohibido en España, pero se internó con decisión en terreno prohibido, convencido de que "prohibir la divina Escritura en lengua vulgar no se puede hacer sin singular injuria de Dios e igual daño de la salud de los hombres". Jaume resalta la osadía de la interpretación individual, sin intermediación eclesiástica, cuya fijación de una interpretación unívoca estanca el pensamiento y el espíritu. La primera lectura es la del traductor; la traducción de la Biblia es, de hecho, escribe Jaume, "una alegoría de la lectura". El libre examen: flor exótica en nuestra tradición.

Yo leí la Biblia del Oso a lo largo de 2018, en los cuatro tomos que fui consiguiendo de segunda mano de la edición de 2001. Fue además mi primera lectura completa de la Biblia, que hice no como creyente sino por interés literario, que es lo mío. Confieso que me aburrí en muchos momentos, aunque en cada página había encanto a ráfagas, en frases y expresiones crujientes, expresivas, con sabor. La prosa contenía asperezas sintácticas que, por su parte, producían un efecto oracular, oscuro, que casaba bien con el hecho de que fuera un texto sagrado. La mayor impresión me la llevé cuando pasé del Antiguo Testamento, con su "temor y temblor", al Nuevo: la irrupción de Jesús es revolucionaria, con su delicadeza aérea, casi taoísta, una expansión extraordinaria de dulzura. Con la que contrastaba la acción posterior de Paulo, apretada, dogmática, energuménica. Se entendía que lo que triunfó no fue el cristianismo, sino el paulismo; aunque este estuviese alimentado por Jesús, cuya sutileza tal vez se hubiera disipado por sí sola.

Cotejé la traducción de Casiodoro de Reina con la versión revisada por su discípulo Cipriano de Valera, que se publicó en 1602. Este cambió, por ejemplo, "tetas" por "pechos", una pérdida indudable. En el Cantar de los cantares de Reina podemos leer esta maravilla: "Mi amado es para mí un manojico de mirra, que reposará entre mis tetas". O: "Tus dos tetas, como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre los lirios". O el pasaje que citaba Muñoz Molina y que me llevó finalmente a su lectura: "Tu estatura es semejante a la palma, y tus tetas, a los racimos. Yo dije: Yo subiré a la palma, asiré sus racimos, y tus tetas serán ahora como racimos de vid, y el olor de tus narices, como de manzanas. Y tu paladar, como el buen vino, que se entra a mi amado suavemente y hace hablar los labios de los viejos".

Como los Reyes Magos vienen mañana por la noche, termino con su momento del Evangelio según san Mateo: "Y ellos [los magos], habiendo oído al rey, fuéronse; y he aquí que la estrella, que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos hasta que llegando se puso sobre donde estaba el niño. Y, vista la estrella, gozáronse mucho de gran gozo. Y entrando en la casa hallaron al niño con su madre María, y postrándose adoráronlo; y abriendo sus tesoros ofreciéronle dones: oro e incienso y mirra". (A algunas casas llevarán también la Biblia del Oso.) 

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3.1.22

Conveniencia de las listas

Desde que llevo una lista de lecturas leo mucho, lo que me hace sospechar que leo para mi lista de lecturas. Leo para incrementar su número y leo para que resulte atractiva. Aunque el impulso principal es el de leer para mí: para mis emociones y mis intereses, para las obligaciones también. Por eso, al cabo del año (la lista es anual) queda plasmado un curioso mapa, un mapa intelectual y sentimental en el que emergen territorios que habían sido inundados por el olvido.

El protagonismo del número es indudable. Mi lista no es jerárquica, sino numerada cronológicamente. Anoto cada lectura nueva con su número de orden, lo que promueve que haya un número posterior: es el dinamismo de la aritmética. Como en la vida, conforme se acerca el final se va haciendo nítido el plazo: el instante en el que ya no habrá tiempo para leer más nada. Se acelera entonces el ritmo, acucia la preferencia por las lecturas breves que aumenten la cifra todo lo que se pueda. Es lo que denomino mi fase El Puma, cuyo lema es: "Númerá, númerá, viva la numerasión". Tiene algo de locura, pero me lo paso pipa.

Es cosa del personaje en que uno se ha convertido. Con efectos contagiosos: de mi círculo, llevan también listas, que yo sepa, Toscano, Julia, Lola o mi sobrina Ana (que en su primer año ha llegado a cincuenta y dos libros). Una consecuencia secundaria es que entre finales de diciembre y principios de enero prácticamente solo hablamos de listas. Revisamos nuestras respectivas lecturas (quedamos para hacerlo, preferentemente comiendo pulpo frito) y filosofamos sobre el hecho de llevar listas.

Lo importante, en fin de cuentas, como con todo, es su relación con la vida. El año termina viviéndose de una manera entre negligente y atropellada. No se prestigia lo suficiente el tesoro que es cada día. El río del tiempo (metáfora tan socorrida como certera) se lo va llevando todo y el 31 de diciembre queda como una masa de experiencia inarticulada. Es el momento de sacar la lista de lecturas, que en sí misma es otra lectura, la última lectura (aunque falte en la lista): el año se reconstruye.

Jalonado por lo que uno fue leyendo, en su orden, el resto de lo vivido se ordena también. Reaparecen piezas y relaciones, el año que sepultamos recobra valor. Lo esencial es que siempre hay más vida de lo que parecía. La lista es una gran intensificadora. 

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1.1.22

La novedad del año

Las previsiones para el 2022 no son buenas. Al menos, existe el riesgo de que sea un mal año; tal vez peor que los dos anteriores (efectos directos de la pandemia aparte). Pero es tal la potencia del año nuevo, de la idea de año nuevo, que no podemos evitar el cosquilleo en esta fecha inaugural.

El almanaque es una convención sedimentada, que produce efectos mágicos. El viaje circular de la Tierra en torno al Sol incita a percibir el tiempo como un círculo, sin que por ello abandonemos su concepción lineal, característica de Occidente. Este doble juego, el del tiempo lineal y el tiempo circular, propicia que cada año, en que somos más viejos, recibamos el 1 de enero un soplo de rejuvenecimiento. Se impone la ilusión de que todo está por hacer, a lo que contribuyen las hojas en blanco de las agendas.

Un componente indispensable es la numerología. El año está compuesto de números, que desprenden un aroma, una sensación: de nuevo, una convención con efectos estéticos. Cuando llegó el 2000, los matemáticos insistían en que era aún el último año del siglo XX y que para el siglo XXI tendríamos que esperar al siguiente. Pero esta precisión intelectual carecía de la fuerza del puro dos, que aparecía por primera vez en nuestra vida. El dos y los ceros. La combinación de estos números se repitió en el 2002 y en el 2020, y se volverá a repetir –por última vez en dos siglos, hasta el 2200– en el 2022. Todos estos años arrastran el poder del 2000, aquella renovación.

El 2000 fue para mí un año bueno. El 2002 un año bueno y malo. Esperaba con ganas el 2020, otro año redondo. Puse en la pared la portada de un almanaque en el que el primer cero de 2020 era sustituido por la esfera de un reloj, un reloj con las horas en números romanos. En torno, colores, serpentinas, dibujo de fuegos artificiales. Arriba: "Feliz Año Nuevo". Debajo: "Que la luz de los sueños nos guíe en el nuevo año". En marzo, cuando la expansión de la pandemia y el confinamiento, ya resultaba sarcástico. Tal vez por eso lo dejé: dos años después, no lo he quitado todavía. Puede que esperando la recomposición de lo que se estropeó entonces.

Esperamos el 2022 con la ilusión de siempre. En Otro poema de los dones, Jorge Luis Borges celebra la mañana porque "nos depara la ilusión de un principio". Con el 1 de enero ocurre igual. Al mismo tiempo, nos consta lo que dice el Eclesiastés: "No hay nada nuevo bajo el sol". Pero cada año sí hay algo nuevo y es ese mismo año. Al menos el número, al menos el círculo que se inicia; al menos el almanaque y el ademán de que empezamos de nuevo. La novedad del año, de todos los años, es el año que comienza.

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En Vocento (libro obsequio de Año Nuevo).