17.9.26

Triunfo de Landa (y Mas)

La presentación este martes en Málaga de La caída de Luis Ocaña en el col de Menté, de Christian Laborde (Sr. Scott), en compañía de su traductor Sanz Irles, y la relectura de este gran poema, junto con los triunfos en la última Vuelta Ciclista a España de los habitualmente perdedores Enric Mas y Mikel Landa, me ha impulsado a reflexionar sobre esos dos impostores, que decía Kipling: el éxito y el fracaso. Y sobre cómo han de ir unidos y cómo el uno le da sentido (e incluso alumbra) al otro, y viceversa.
 
Impresionaron las palabras emocionadas, entrecortadas por los sollozos, de Landa tras su victoria en la etapa reina. Hacía once años que no ganaba. Años de esfuerzo sin recompensa, de mala suerte a veces. Sin embargo, siempre tuvo seguidores, que hacían de sus derrotas casi un estandarte, con algo de broma y con mucho cariño. Hasta publicaron un volumen colectivo en su honor: Landismo (Libros de Ruta). Me lo regaló una de las participantes, Txani Rodríguez, alavesa como Landa. Otro de los que escriben es Pello Ruiz Cabestany, que fue mi Landa particular (¡qué pocas alegrías ciclísticas me dio mi ídolo!). Y otro es Carlos Arribas, que concluye así su lista de razones por las que es landista: "Porque nunca ganará el Tour, el Giro o la Vuelta. Porque la derrota es el estado natural de la persona".
 
El mallorquín Mas, que es menos carismático que Landa, no ha suscitado escritos ni cariño (salvo los de su paisano Daniel Capó, que lo ha ensalzado siempre), sino solo risitas. He de reconocer que también las mías. El público es implacable y, aunque reconoce el esfuerzo, no suele sentir piedad por el ciclista que renquea. El reconocimiento queda sepultado por la decepción. En esta Vuelta, el perdedor Mas se ha redimido por fin. Es cierto que una piedra en el camino acabó con el imbatible Tadej Pogačar, pero Mas había demostrado antes que podía seguirle: esta credencial ha atenuado el efecto de chiripa. Con su maillot rojo en el pódium final se le notaba a la vez alegre (de hecho, muy alegre), aliviado y resentido. Tuvo que soportar, en efecto, muchas risitas durante su carrera de eterna promesa fallida.
 
Hay un poema precioso de Emily Dickinson (el que empieza "El éxito resulta más dulce / para quienes nunca lo alcanzan...") en que dice que el triunfador no llega a percibir su propio triunfo con la nitidez con que lo hace, desde fuera, el fracasado. Hemos visto a decenas de ciclistas prometedores que se fueron sin ganar. Los despreciábamos un poco, terminaron siendo a nuestros ojos meros rellenos del pelotón. Los desindividualizamos, sin ver que eran ellos los que tenían una plena noción del triunfo: el triunfo que jamás saborearon. Se retiraron en silencio y pasamos a otra cosa, a otros ciclistas.
 
Mikel Landa pudo haber sido uno de ellos. Pero ganó el otro día y, por su emoción, nos asomamos a lo que llevaba dentro: el dolor, la rabia, la resistencia que luchaba en él contra la resignación; su reivindicación feliz de repente. La percepción del triunfo desde dentro.
 
La crueldad del público, al final, es necesaria para que el fracaso sea poderoso: y haga poderoso al triunfo. La caída de Pogačar ha aquilatado sus victorias pasadas y futuras. La caída de Ocaña le permitió comprender, antes de ganar su Tour de Francia, lo que era ganar un Tour de Francia.
 
Se trata de jugar, pero en serio. Saber que el triunfo y la derrota son dos impostores, pero sin que dejemos de aceptar su valor. Al cabo, nos afectan.
 
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