De todos mis agostos, este es el único en que he logrado lo que me había propuesto: ¡trabajar! Mi problema con los anteriores es que me proponía lo mismo, pero me los pasaba leyendo. Cuando digo trabajar quiero decir escribir. Es curioso, pero los dos polos de la literatura, escribir y leer, son en realidad opuestos: uno esforzado, otro relajado. Por eso se tiende al segundo. Ya lo advirtió Karl Kraus: "El escritor que se dedica a leer es como el camarero que se dedica a comer".
Para controlar la tendencia (divinamente) ociosa escogí solo tres libros que cronogramé para leerlos a sorbitos y que me durasen el mes entero, sin desmandarse. Solo en los últimos días, como me había portado bien, me permití dos lecturitas más, que resultaron deliciosas. Daré los cinco títulos dentro de dos párrafos.
Antes va el párrafo sobre la escritura. Colapsé en mi librito sobre Thomas Bernhard, que mis resignados lectores (¡divinamente ociosos!) conocen, por una razón elemental: en vez de actuar como (el productivo) Bernhard actué como un (improductivo) personaje de Bernhard. Hablé con mi editor de Athenaica para que lo dejáramos para la primavera del año que viene y descansé de mi proyecto con otro proyecto: la edición del segundo tomo de mi diario, Oficio pasajero 2, correspondiente a 2000-2002, que publicará Sr. Scott en noviembre. Este ha sido mi trabajo de agosto, un trabajo intenso de jardinero inglés (¡o japonés!): hacer que el bosquecillo sea un jardín sin dejar de parecer (¡y ser en el fondo!) bosquecillo. Un trabajo en buena medida de poda. Un trabajo intenso y satisfactorio, al que he dedicado muchísimas horas (todas con ventilador).
Las tres lecturas que me han acompañado cada jornada han sido: El camino del Zen, de Alan Watts; Trastorno, de Bernhard (otra relectura, y la más gozosa); y Jorge Luis Borges, de Fernando Savater (el mismo libro que se reeditó tiempo después como Borges: la ironía metafísica). Las dos lecturas extra: la novela Los antropólogos, de la autora de origen turco Ayşegül Savaş (recomendada por mi amiga Mandarina; antropología de la vida cotidiana extranjerizante), y Gente a cenar, nuevos artículos de la infalible Nora Ephron. El de Watts es extraordinario: erudito sobre el Zen y práctico; radical en lo relativo al "despertar directo", con levedad taoísta. El de Savater no se lo pierdan: resulta que es uno de sus mejores libros, ligero, hondo, chispeante, ¡una maravilla! Savater y Borges: combinación encantadora de dos escritores con encanto.
Mi estado anímico ha sido de aislamiento y misantropía, reconozco que con fruición feliz. En todo el mes solo he tenido tres cenas con amigos y dos días de playa con una amiga (¡una ex!). El resto, aplicado trabajo en casa durante todo el día y paseo con la fresca. Para fomentar el carácter meditativo de estos paseos (y para poder recurrir ahora a la hipálage) me compré una caja de meditativos puritos, que, de la brasa a la ceniza, se han ido deshaciendo en humo como agosto.
En cuanto a la rentrée, en la que ya hemos reentrado, me han coincidido dos noes: uno que yo he propinado y otro que me han propinado. Este último ha sido una enseñanza en la dirección correcta: la de la humidad. Siempre es una cura lo que te baja del pedestalito; también lo que te muestra tu irrelevancia, lección fatalmente metafísica. Con el otro he atajado el primer hilo que intentaba apresarme para arruinarme el otoño y no se sabe cuántas estaciones. Pero ambos noes, el no querido y el querido, tienen la misma consecuencia prometedora: ¡más tiempo para mí!
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En The Objective.