20.8.26

La asexualización de las atletisas

Ahora no se puede sexualizar a las mujeres, aunque ellas se sexualicen a sí mismas más que nunca. Gloriosamente, he de añadir. Con excepciones religiosas e ideológicas, también pujantes por otro lado. Entre las últimas está la excepción de la excepción: las petardas ideológicas, hipersexualizadas con sus escotazos pero al mismo tiempo inquisitoriales con quienes los exaltan. No quieren ser sexualizadas, sino que se atienda a su discurso ideológico. Es decir, a su verdadera pornografía.
 
En el Tour de Francia femenino, que ha sido un evento extraordinario (más emocionante que el masculino), no pude dejar de fijarme en esos culos en sus culottes, ni en las uñas rojas que asomaban al término de los guantes, ni en las melenas rebasando los cascos, ni en lo guapa que estaban sudadas, ni en sus sonrisas tras el esfuerzo, ni en esos torsos ciclísticos en general planos (tan delicados como potentes); tampoco (¡el elefante en la habitación!) en la proyección de los roces pedaleantes, pura delicia duchampiana (¡Duchamp, que creó esas obras sutilmente perversas que son las "cuñas de castidad"!). Cuando subían el Mont Ventoux se imponía el dictum de Goethe: "El eterno femenino nos atrae hacia lo alto".
 
Después se ha celebrado el Campeonato de Europa de Atletismo, en cuyas retransmisiones televisivas se ha aplicado por primera vez la norma titulada Elevando el nivel: Pautas para una cobertura mediática respetuosa en el atletismo femenino. El listado de cosas que deben evitar los cámaras y los realizadores parece dictado por la Conferencia Episcopal, y en realidad es como una búsqueda calenturienta y viciosa de la mosca sicalíptica. Creo que era el director de cine José Luis Borau el que decía que para él un plano es un asunto moral; aquí está claro que no se permiten planos inmorales: de acuerdo con una moralidad muy mojigata (o sea, radicalmente inmoral). Otra clave está en la mención del "respeto": ¡como si las atletisas en la plenitud de su ejercicio físico no fueran respetabilísimas!
 
He estado liado con otras cosas y, a diferencia del Tour femenino, no he seguido el Campeonato. Solo una vez pinché y estaba el lanzamiento de martillo. Me gustan las mujeres del lanzamiento de martillo, como las del lanzamiento de jabalina y cualquier cosa que lancen; y también me gustan las del salto de longitud, de altura y con pértiga; y las gacelas de la pista: ¡me gusta toda la gama, de las grandes a las pequeñas, de las rudas a las estilizadas! ¡Me gustan las mujeres en toda su prodigiosa variedad! Pero esta vez el lanzamiento de martillo quedaba soso. En realidad, se invisibilizaba a la mujer en favor de su deporte. El martillo volaba sin mujer que lo lanzase. No dejaba de ser una depravación, pero ligada a la muerte y no a la vida. De la mente sana en cuerpo sano se ha pasado a la mente enferma sin el cuerpo.
 
En relación con estas cortapisas está el declive del topless: ¡luz de mi vida, fuego de mis entrañas! Desde mis diez años en que empezaron a poblar las playas, las tetas son mi genuina magdalena de Proust, que además responden a la descripción de la Recherche: "esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino". ¡Cuánto bien me hicieron! ¡Y ningún mal (salvo el deseo)! ¡Competidoras del sol, divinas tetas! Sus dueñas las exhibían con una naturalidad envidiable. Eran la felicidad para todos. Un triunfo absoluto de la vida. Pero, como decía Jünger, todo lo que atañe a la alegría de vivir parece hoy amenazado de confiscación.
 
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