En algún momento de su trayectoria Pedro Sánchez descubrió que, hiciera lo que hiciera, iba a contar con un retén de electores importante y con intelectuales y periodistas no necesariamente a sueldo (aunque también a sueldo) que le brindarían apoyos y coartadas sin fin. La célebre frase de un personaje de Dostoievski, "si Dios no existe, todo está permitido", la empezó a vivir desde dentro entonces. Es cierto que no podría plantarse en la Quinta Avenida con una pistola y dispararle a la gente: pero en la Gran Vía sí. No le faltarían justificadores, e incluso ensalzadores. El acto surrealista supremo ya no es hacerlo, sino aplaudir al que lo hace. Lo de España es surrealista.
La voluntad de poder de Sánchez fue implacable desde el principio. Allí donde atisbó un hueco para la trampa, la ejecutó con cuajo: plagio de su tesis, cambiazo de papeletas en el Comité Federal del PSOE... Lo primero le salió bien y lo segundo no, pero da igual: aquí figuran como indicativos de un carácter; y ya sabemos que carácter es destino.
A la hora de tantear al electorado para sacarle votos la cosa no estaba tan clara. Entonces pensaba (como pensábamos todos) que había líneas rojas que no se podrían traspasar sin debacle en las urnas. Como parecía que en aquella época los votantes se decantaban por Ciudadanos, Sánchez asumió algunos elementos de su discurso, por ver si se los llevaba: refuerzo del Estado de derecho y la separación de poderes, transparencia, lucha contra la corrupción, resistencia y combate a los discursos nacionalistas... Pese a sus turbios socios de la moción de censura contra Mariano Rajoy, aquellos elementos los mantuvo inicialmente: eran al menos la coartada discursiva para conductas dudosas. Hasta la mismísima campaña electoral de 2023 los mantuvo.
Aunque para entonces ya había comprobado, a raíz de las acciones que fue ejecutando como presidente, que las llamadas líneas rojas no eran más que, como dice Daniel Gascón, metas volantes. Desde la misma noche electoral del 23-J, con lo del "somos más" y el "muro", emprendió una carrera loca por cruzar las que le quedaban, empezando por la amnistía, que nadie de su entorno, ni él mismo, defendió hasta aquella noche. Al terminar de confirmar que no pasaba nada, Sánchez entendió que Dios no existe pero Sánchez sí, y que todo le estaba permitido.
Ahora Sánchez es lo que es: un autócrata con su guardia pretoriana de militantes, periodistas, académicos y petardas ideológicas, más esa sopa tibia de misceláneos que también le sirve de colchón. Elecciones masivas no las va a ganar nunca, pero con ese núcleo duro –indestructible terrón carpetovetónico– más los pactos con lo peorito de la nación (tan peores, que no se consideran nación y sabotean la nación: nuestra nación ilustrada, en pos de sus nacioncitas oscurantistas), aspira a alcanzar los diputados suficientes para seguir gobernando. Como ahora.
Lo último ha sido que en plena crisis de Ceuta, con un montón de muertos ya (y no han parado de crecer), el tío pone una playlist con canciones para el verano y se va de vacaciones. Alguno lo tachó de error, pero Sergio Campos tiene calado al presidente: "No. Es una excelente idea, porque lo que busca es el cabreo, la división y la violencia". Exacto. Toda división, o toda resta, le suma. Es un quemasangre que alimenta la polarización, la crispación. Se trata de arrojar a la mayor cantidad de votantes posible a Vox: para partir el voto de la oposición y para movilizar contra "el fascismo", el mismo "fascismo" que engorda. O sea, que para Sánchez cuanto peor mejor.
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En The Objective.