Escribo antes de que se haya producido el eclipse, pero ya les digo que no habré ido a mirarlo. Quizá me asome a la ventana para ver cómo se oscurece el día, o a lo mejor me acerco al mar para lo mismo: su opacidad a destiempo, que distraerá la tarde. Pero no alzaré los ojos: ¡no le rendiré pleitesía a ese embaucador, el cielo, con sus numeritos!
Lo que no puede ser es que el ciudadano medio, habitualmente un cretino, de repente se transforme en Carl Sagan, ese Antonio Gala de la astronomía, para volver a ser el cretino de siempre en cuanto se le haya pasado el embeleso. ¡Hasta el presidente Sánchez se ha puesto en plan poeta! ¡Solo hay que no tener gusto! Un espectáculo bajo, el del cielo...
Desde luego, no me pondré esas gafas promocionadas por el Gobierno, cuya función eminente es achicharrarles los ojos a los españoles, para que se queden aún más ciegos de lo que están bajo el sanchismo. Tal vez, cuando le llegue a usted esta columna al día siguiente del eclipse, esté ciego también y no pueda leerla. Me lo tomaré con deportividad.
Hace poco, Juan Cruz (ese lince de la vista que en 2021 declaró sentir "vergüenza" por la "saña" con que se trataba a Ábalos) conmemoró en El País el trigésimo aniversario de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, su novela más vendida y más patata. ¡Una alegoría majarona! En ella todo el mundo se va quedando ciego menos una mujer, sin duda trasunto del autor, que conserva las anteojeras ideológicas. El plan del Gobierno es que todos los españoles se hayan quedado ciegos menos Sánchez, que no se pondrá las gafas ni loco. Solo que yo tampoco me las pondré, como digo, y seré testigo ocular de la tostada. Habrá un duelo de miradas planetario.
También se están luciendo mis colegas, que han agotado las menciones a eclipses de la historia de la literatura universal, fardando como si no se las hubiese soplado la IA. No faltan las únicas dos que a mí me vinieron espontáneamente a la memoria: la de Tintín en el templo del sol y el cuentito El eclipse de Augusto Monterroso, que es una respuesta a la historieta de Hergé.
Como saben, Tintín engaña a los incas (¡nada menos!) fingiendo durante un eclipse que es él con su poder quien oscurece el sol. Monterroso (guatemalteco) no consiente que un fraile español les haga el mismo truco a los mayas. Tras el intento tintinesco del fraile, "chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado)". Los mayas (como los incas de verdad) no se chupaban el dedo y conocían "las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares".
Por otro lado, no dejan de resultar entrañables esos malabarismos del cielo por llamar la atención. ¡Como si no fuera suficiente la aparatosa tramoya diaria de la luna, los planetas, el sol y las demás estrellas! Es ese énfasis innecesario, esa voluta churrigueresca del eclipse, lo que me pone de los nervios. Es un infantil "¡mamá, mírame!" de libro.
Solo a la luna, siempre humillada cuando aparece colgada del día como una aspirina traslúcida, le reconozco un meritillo: que se haya mostrado gamberra (igual que en los cachondos y anticlimáticos poemas lunarios de Laforgue y de Lugones) solo dos jornadas después de que el sol esté más potente y gallito, del 10 de agosto en que le consagraron la parrilla del Escorial. Fue como apagarle el fuego a Homer Simpson en plena barbacoa.
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En The Objective.