28.1.23

El oro del día

[Dietario]

Año nuevo. Cojo temprano el trenecillo hasta Carvajal, para caminar a Torrequebrada y pasar con el mar y el sol el primer día del año. Todo está cerrado. Para tomar un café debo entrar en el bar de la gasolinera. Luego echo a andar con calma. En el vacío de la mañana pasa cada pocos minutos algún corredor, alguna ciclista: es el motor del 2023 intentando arrancar para ponerse en marcha. También me cruzo con alguna que otra familia lenta como yo. Los contemplativos parecemos depositados en el año que no avanza. Las horas son aún dudosas.

El oro del día. Mi primera lectura del año es Todo el oro del día, una antología poética del portugués Eugénio de Andrade. Llego al poemita del que está sacado el título: "Coge / todo el oro del día / en el tallo más alto / de la melancolía".

La comida de las listas. El año pasado por estas fechas Toscano, Julia, Lola y yo hicimos una cena de lo más extravagante. Nos llevamos cada uno nuestra lista de lecturas del año y después del pulpo frito (estábamos en Los Delfines, por supuesto) las fuimos repasando y comentando por turnos. El proceso se hizo largo (terminamos en un oscuro pub irlandés alumbrando los últimos papeles con la linternilla del móvil), pero lo pasamos tan bien que no hemos dudado en repetir. Nos alentaba la conciencia de que no habría en esos momentos nadie más raro que nosotros en Málaga. Esta vez quedamos al mediodía, para evitar al menos lo de la linternilla. Al llegar les digo a Julia y Lola que lo de “la comida de las listas” también vale en la otra acepción.

Un doble. Mientras miro libros en Proteo, noto un aliento tenso a mi lado. Al verlo me sobresalto: muy cerca de mí también mira libros un doble de mi amigo Curro, al que siempre ha obsesionado el tema del doble (en los noventa le hice un vídeo en que repite durante varios minutos, con diferentes modulaciones y velocidades, ¡doppelgänger, doppelgänger!). El doble no encuentra lo que busca y se va por el pasillo con la misma mueca de Curro y su ofuscación digna, cargado de su energía reconcentrada. Pienso en un Curro solitario que nunca hubiese encontrado un interlocutor en la ciudad, sin posibilidad de las largas caminatas filosofantes que nos dábamos por el paseo marítimo. También lo pienso de mí: las personas afines con las que sin duda me cruzo y que se pierden. Una vez en la calle le escribo a Curro, que desde hace diez años vive en Madrid, para contarle que tiene un doble malagueño. Le digo que es idéntico a él, solo que ligeramente más bajito. Esto le indigna: "¡Cómo se atreve!".

Antropología del ajedrez. En la web en la que echo partidas rápidas de ajedrez se da un espectaculito antropológico. Antes de jugar uno debe escoger su nivel. El más bajo es debutante y el siguiente principiante, que sería el mío. Pues bien: suele haber más nivel en las partidas de debutantes. Es que abundan los de un nivel superior que bajan a cazar pardillos. Lo descubro cuando bajo a cazar pardillos.

Contra mi programa. Me fastidia este auge de Málaga. Yo aspiraba a una grata ciudad de provincias pessoana en la que llevar a cabo mi pessoano exilio de la vida. ¡Este avispero ahora de triunfadorcillos autosatisfechos atenta contra mi programa!

'Sehnsucht'. Me recogen Toscano y Julia (Lola no ha podido venir) para visitar en Córdoba la exposición de nuestro amigo Losada, Tú y yo, 'sehnsucht'. Esta es una palabra del romanticismo alemán que indica "anhelo hacia alguna cosa intangible". Según C. S. Lewis, sería "un incontrolable deseo en el corazón del hombre hacia no se sabe qué". El viaje en coche lo hacemos con niebla. Toscano conduce. Nos cuenta que en su edificio es conocido como "el nadador". Él es filósofo, profesor de Ética, pero para los vecinos es el hombre que nada en la piscina común hasta bien entrado noviembre. Los cuadros de Losada son extraordinarios, las obras de un maestro ya. Nos explica que trata de dar las menos pinceladas posibles. Su reto es una depuración que, a su vez, no resulte exhibicionista. Hay hondura y ligereza y emoción. Y sorpresa sutil. Al salir buscamos un sitio donde comer, pero la ciudad está llena de turistas y resulta complicado. Esto nos permite callejear durante casi una hora, un paseo precioso espoleado por el hambre. Pido que entremos un segundo en el patio de la Mezquita, en cuya fuente tengo recuerdos. Después de comer en el restaurante que encontramos por fin, pido algo más: ir a ver el atardecer al río. Nos desperdigamos en el puente. Yo voy perdiendo la noción del tiempo y me dejo arrullar por el pasado, entre el río que pasa y los músicos. Hace diez años venía con frecuencia. Desde el puente romano mirábamos "el puente feo", y delante la masa de nubes reflejadas en el agua. Y en el otro lado, el que da al crepúsculo, la corriente, símbolo del tiempo que va a su perdición. 

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