27.8.22

Dietario: Cuento de verano

En bandeja de plata. Vuelvo a Torrequebrada, al cuarto y la terraza que me deja Nádia, con la que mantengo ahora una amistad humorística (les dice de mí a otras brasileñas: "Ele é cheio de histórias!"). Durante un mes, si nada precipita mi marcha, desayunaré frente al mar, que a esa hora es la bandeja de plata donde me vienen el café solo y el pan con aceite y jamón. Podré ser más o menos feliz, pero viviré en el decorado de la felicidad. 

Sigue la escalada. El sábado quedo con Rafa Gª Maldonado en el Rastro de Fuengirola, donde él vive. Hace mucho calor y voy mangacortista y pantaloncortista. Al verlo llegar con sus mangas largas le digo: "¡Llevo todos los cortismos que puede llevar un hombre, y si lleva más, no es un hombre!". En los puestos no hay nada que merezca la pena, salvo una edición de Bella del Señor que él se compra. Sí pesco frases, como siempre. Una señora recuerda con cariño lo que decía uno que ha muerto y cuya pareja iba con otros: "Más vale un bombón compartío que una mierda p'a cada uno". Un vendedor dice la que es ya definitivamente la mejor frase de vendedor de la historia: "Las mujeres no vienen a comprar, ¡vienen a quitarme dinero!". Luego, comiendo churros, Rafa me habla de su nueva novela, que saldrá en otoño: El desaliento, en que recrea su experiencia como sanitario en Senegal. 

Primer baño. Qué momento el de meterse un año después en el mar. Es como volver a la verdadera patria: la de la flotación, la de la ingravidez. Una paz placentera, hecha de agua, cielo y sol. Con la alegría de que queda todo agosto por delante; y la inquietud, al emerger de un corto buceo, por lo rápido que pasará. 

Aguas calientes. Este verano el mar está caliente. Hace demasiado calor y ni siquiera hay brisa. En el apartamento me paso las horas con la que fabrica el ventilador. El agua calentorra sí me gustaba de niño. Entonces las madres nos llevaban a la playa de la Misericordia, donde desembocaba la corriente de la central térmica que había allí. Era maravillosa la mentalidad de las madres: no tenían en cuenta la toxicidad de los residuos, pero el agua era buena para los niños porque venía calentita. Recuerdo que aquellas tardes nos daban de merendar (era finales de los setenta) los polvos naranjas que se echaban en agua del grifo para hacer zumo, Tang creo que se llamaban. El complemento sólido no era menos artificial: bollería industrial o, condescendiendo algo con lo natural, un bocadillo de mortadela con aceitunas. Estoy convencido de que los niños malagueños de mi generación estamos inmunizados contra cualquier ataque atómico que se produzca: nos metieron de pequeños en la marmita radiactiva. (¡También jugábamos alegremente con el mercurio de los termómetros rotos!) 

Cosas del directo. Me convoca Paco Beltrán para entrevistarme en su podcast Pianista en un burdel. Me dice que la luz me tiene que dar de frente y el único sitio en el apartamento con esa luz es en la terraza. No se emitirá en directo, pero la grabación sí lo será. Hemos quedado en que nos conectaremos hoy, un martes de mediados de agosto, a las once y media de la mañana. Los días anteriores he vigilado que no dé el sol a esa hora en el sitio en el que voy a poner la mesa y que las condiciones acústicas sean las adecuadas. Todo ha ido bien, en los días anteriores. Pero hoy el jardinero se ha puesto a trabajar en el jardincito de abajo con su horrísono soplahojas, y por mi terraza se han descolgado unas cuerdas y a continuación dos trabajadores. Resulta que han venido a reparar en las fachadas (¡hoy!) los desperfectos de la lluvia de barro de marzo. Así que falta media hora para la conexión con Beltrán y tengo al soplahojas debajo y a los obreros gritándose muy obreramente en mis narices. Pero cuando llega el momento, ¡milagro! El soplahojas se para y los obreros se largan a otra pared desde la que ya no se les oye. Cosas del directo esto también, supongo. 

Cuento de verano. Como todos los años, me propuse leer poco y escribir mucho, pero he escrito poco y he leído mucho. Encima me he montado un ciclo de películas de Éric Rohmer en la terraza, por la noche: minicine de verano, con el ventilador (sin rebequita). Una se titula Cuento de verano, pero casi todas son cuentos de verano. En cuanto a la lectura, horas tumbado o en la mesita frente al mar. Un placer culpable. El propósito segrega su zumo cuando se incumple: gustoso pero un poco amargo. Mi cuento de cada verano, ahora que lo pienso, es que voy a escribir. 

Fin del cuento. Llego al final de agosto barbudo y melenudo (bueno, con las hebras formando una masa, mi canto del cisne capilar). Siempre hay un día transparente, en que el azul del mar se intensifica y corre un airecillo fresco: se insinúa septiembre de pronto y es una sorpresa. Las noticias anuncian que el cuento no acabará bien. 

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En Diario Sur.