26.12.20

La Nochebuena perfecta

[Dietario]

Zapatos rojos. Mañana lluviosa. Me apresuro al trabajo sin otro interés que llegar al metro. Me gustan los días desapacibles, pero esta vez tengo prisa. De pronto, una inesperada nota de color: el bolso y los zapatos rojos de una anciana. Va junto a otra, cada una con su paraguas. Caminan trabajosamente, pero la de los zapatos rojos tiene eso que reclaman los rockeros: actitud. Me acuerdo de la felicidad de Ratzinger cuando lo hicieron papa: cuando salió llevaba unos zapatitos rojos con una ilusión que borró su imagen de cardenal iracundo. Isabel Cabrera me cuenta que vio a otra anciana con zapatos rojos por el centro. Hablamos de lo admirable que es ese empeño discretamente llamativo, que expresa un afán por no rendirse, por ir dejando pinceladas en la cotidianidad gris.

Alcornoque. Mi madre (80 años) no puede ya con Trump, con su resistencia a reconocer que ha perdido: “Hay que ser alcornoque”, le dice al televisor. Una respuesta malagueña en toda regla. Hace años, cuando se pusieron de moda los culebrones venezolanos, le pregunté si le resultaba extraño aquel modo de hablar. Me respondió que no, que lo entendía sin problema... “¿pero por qué dicen lo botan en vez de lo espachan?”.

Hilo musical. Tarde nublada con viento y frío; a ratos, lluvia horizontal. No hay un alma en el Muelle Uno, salvo la mía. He quedado después y hago tiempo mirando las gaviotas, posadas multitudinariamente en el agua. Unas hojas de otoño, que han volado al mar desde el Parque, flotan a mis pies, componiendo una metáfora de la estación. Todo invita al recogimiento; del que me saca a patadas el hilo musical. Días después, cuando me meto bajo el alumbrado de calle Larios, no doy crédito a que suene el Aleluya a todo volumen. La música se interrumpe cada pocos minutos con instrucciones sanitarias. No creo que estas compensen los nervios que le destrozan a la población. El efecto, por lo demás, es siniestro. Málaga parece estos días un supermercado de la sordidez.

Villancico. En El Corte Inglés suena un villancico demoledor, con un verso que capto de repente: “El niño que está en la cuna en una cruz morirá”. A esta contracción de la existencia fue sensible T.S. Eliot, que en su poema sobre los Reyes Magos pone en boca de estos: “Este Nacimiento fue / dura y amarga angustia para nosotros, como Muerte”. Quevedo habló también de que están juntos “pañales y mortaja”. Pero sigue el villancico, con su letra camuflada bajo el tono alegre y rutinario de todo villancico, y los clientes seguimos con nuestras compras.

Stella Maris. El arquitecto David García-Asenjo ha escrito el estimulante Manifiesto arquitectónico paso a paso. Un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. Parte de la observación de que muchas de las iglesias construidas en España desde la segunda mitad del siglo XX son obras de arquitectura contemporánea, y que ellas supusieron para buena parte de la población su primer contacto con este tipo de arquitectura. Es verdad, eran construcciones raras en cuya condición reparo ahora gracias a este libro. García-Asenjo analiza bastantes, casi todas de Madrid. No hay ninguna de Málaga, aunque el autor me dice que tenemos una excelente: la iglesia de Stella Maris, construida por García de Paredes en 1961. Confieso que no había entrado nunca, aunque sí me había fijado en su mole de ladrillo visto: una declaración de sobriedad. El otro día, pasando por la Alameda, la vi abierta y me asomé. Es preciosa: una calidez geométrica, acogedora, con la luz precisa. Un refugio en el corazón de la ciudad. Era media mañana y había unos cuantos fieles en los bancos. El toque pandémico: antes de la pila del agua bendita estaba el dispensador de hidrogel.

Enmascarillados. Tengo nuevos compañeros de trabajo y no conozco sus caras, porque la jornada la pasamos con la mascarilla. Lo sorprendente es que no hacen falta. Ellos y ellas tienen una expresividad propia, fundada en la voz, en los gestos, en la mirada. Después de dos semanas, uno se levanta la mascarilla para beber y le veo por primera vez la boca: es un elemento intruso, que desarbola la imagen que ya me hice de él.

La Nochebuena perfecta. Ahora que se pide distancia social hasta en Nochebuena, recuerdo al autor de teatro Miguel Romero Esteo, que fue profesor mío en la universidad. Su distancia social era absoluta y por ello dio con la Nochebuena perfecta. Me lo encontré la tarde de un 24 de diciembre por el paseo marítimo: era aficionado al sol de invierno, como yo. Fuimos a tomar una caña junto a los astilleros Nereo. Al despedirnos (él vivía por allí, solo) le pregunté si tenía algo pensado para esa noche. “Me ha invitado Enrique Baena, pero lo que voy a hacer es quedarme en mi casa, cenar un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas”.

* * *