22.2.24

Al PSOE solo le queda Sánchez

Los resultados de las elecciones son en fin de cuentas hitos emocionales. Inyectan en cada partido un estado de ánimo que suele durar hasta las siguientes elecciones. Dicho estado de ánimo va siendo modulado por los altibajos de los acontecimientos; aunque estos no son decisivos: lo decisivo es la lucha por el poder, su consecución, su pérdida. Curiosamente, el ejercicio mismo del poder es secundario con respecto a su logro. Por eso casi todo el esfuerzo se va en las campañas, que duran en la práctica las legislaturas enteras. El político es un sujeto que prioritariamente se dedica a luchar por el poder y, con lo que le queda de tiempo y energía, a hacer cosas. (Salvo excepciones, es casi mejor para la ciudadanía que se dedique solo a lo primero.)
 
Los efectos anímicos del 28-M duraron hasta el 23-J, y los de estos han durado hasta el 18-F. Tras el 28-M el PP estuvo gallito y el PSOE achantado. Tras el 23-J, el PSOE gallito y el PP achantado. Tras el 18-F el PP vuelve a estar gallito y el PSOE achantado. Esto durará hasta las siguientes elecciones: las vascas, las europeas... Nuestros partidos políticos son como personajes de Almodóvar: permanentemente al borde de un ataque de nervios. O de Tennessee Williams: a punto del estallido emocional sobre el tejado de zinc caliente. Son ciclotímicos de libro, en ciclos marcados por las citas con las urnas.
 
Mientras que, gracias a su éxito el 18-F, en el PP parece haberse aplacado el impulso conspirador y los brutísticos puñales contra el César han vuelto a sus fundas, el desastre electoral gallego del PSOE ha sacado del desván el estado de ánimo derrotista que se esperaba el 23-J. Entonces hubo una inesperada tregua y han sido siete meses menos cinco días de alivio y obediencia al líder. Al líder lo siguen obedeciendo, pero se especula sobre malestares y discrepancias que no traspasan el ámbito conjetural. En cualquier caso, la existencia de estas especulaciones es el dato: tal vez no pase nada, pero esas especulaciones son lo que pasa.
 
Las noticias para el PSOE son muy malas y yo tengo la peor. Se habla de que con Sánchez abandonó su esencia, de que ha dejado de ser un partido de mayorías y ahora se limita a asociarse con populistas, comunistas, regionalistas, nacionalistas, proetarras, golpistas y delincuentes varios para mantenerse en el Gobierno; y que esto, como se ha visto en Galicia, lo llevará a la ruina. Se sueña vagamente con la posibilidad de la vuelta a un PSOE sin Sánchez, de nuevo sin Sánchez. Mi noticia peor es que eso no es posible porque ya entonces, cuando aún no estaba Sánchez ni se habían producido los destrozos de Sánchez, el PSOE no funcionaba.
 
Cuando llegó Sánchez, el PSOE se encontraba en un estado de atonía perdedora. Las primarias que se disputaron en 2017 entre Patxi López, Susana Díaz y Pedro Sánchez (de regreso este tras su salida forzada de 2016) eran en sí mismas un certificado de defunción del PSOE: ¡qué tres! Pero Sánchez le compró a Pablo Iglesias su estrategia de pactos, presentó la moción de censura y llegó a presidente. Un golpe con el que no contaba el PSOE y que le devolvió el poder al PSOE. Fue Sánchez el que lo sacó de la atonía perdedora, el que lo revitalizó. A partir de aquí, Sánchez extremó la sanchización del PSOE, desmantelando los dispositivos de crítica interna y sometiendo a los suyos a una fidelidad epiléptica. Pero no había otra. La noticia peor es que al PSOE solo le queda Sánchez. 
 
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