13.10.21

Un tropezón en el pastel de Almodóvar

Ya solo voy al cine para ver la de Woody Allen y la de Pedro Almodóvar. Es una actividad claramente crepuscular, como de despedida de las salas. Que se lo merecen: son humillantes las instrucciones que te sueltan antes de la película sobre el uso de las papeleras, las mascarillas y los móviles. Una reducción adolescente del espectador, que algunos espectadores sentimos como patadas en el culo.

Mi humor no era el mejor, como se puede ver, cuando empezó Madres paralelas. Y salí peor aún: proclamé en Twitter que la película era muy mala, que estaba ya entre las otras insalvables de Almodóvar, que son Kika, La mala educación y Los amantes pasajeros. Pero, curiosamente, con los días fue mejorando en mi cabeza. Me dejó, de forma inesperada, un poso acogedor. Como si se me hubiera desplegado dentro algo de lo que vi. Así que, preventivamente, rescato Madres paralelas de las irrecuperables. Tendría que verla otra vez, pero será dentro de unos años. Me pasó algo parecido con Los abrazos rotos, y en la revisitación me gustó.

Sé lo que me sacó de Madres paralelas, lo que me irritó: el simplismo ideológico. No el posicionamiento político del director, que comparto en parte, sino la manera ramplona, sin elaboración artística, con que lo manifiesta. Ahora sé, o intuyo, que bajo ese entramado corre otra cosa prometedora, más parecida al cine. Pero el entramado es delictivo. Me quedaré ya en este para algunos comentarios.

Somos malos lectores de nosotros mismos. Almodóvar no entiende (aunque en Dolor y gloria parecía entenderlo) que su tarea política la llevó a cabo con éxito en la Transición: cuando les dio contenido a las libertades formales que se proclamaron entonces. Almodóvar fue uno de los que propulsaron a España lejísimos del franquismo, más lejos de lo que está ahora. Él mismo ha contribuido últimamente a su retorno. El punto de inflexión fue la frase final, que francamente no venía a cuento, de Carne trémula. De pronto aparece una culpa rara, como un arrepentimiento de la frivolidad: con lo civilizadora que fue para un país tan pesado como España la frivolidad.

En Madres paralelas Almodóvar parece de pronto un cantautor: hace acopio de temas de la “agenda progresista” y monta un pastel propagandístico, casi una ponencia del PSOE o Podemos. Hay una frase contra Rajoy y otra contra los “apolíticos”, se habla de la ley de memoria histórica, de los muertos de las cunetas, de los falangistas de la guerra civil, de una violación grupal que evoca a la de la Manada... Aparece además una transexual y surge una relación lésbica, entre mujeres bisexuales. Para que la agenda esté completa, se representa a Lorca. Y como guinda del pastel, hay una cita final de Eduardo Galeano.

Está todo tan atado ideológicamente, hay un control tan ortodoxo de los ítems, que sorprende el punto que se escapa: un genuino tropezón. El arte suele estar en el sitio en que se descuida el artista, en aquello que elude su hipervigilancia. El tropezón al que me refiero no llega a arte, porque también está aquejado de un cierto populismo. Solo que, y aquí está la gracia, del otro: el voxista, concretamente. Resulta que el violador principal de la aludida Manada es un inmigrante latinoamericano: en la foto aparece con su tez tostada, su bigotín y su sonrisilla...

Lo bonito de este detalle chusco es que implica, después de todo, el triunfo del arte, o de la técnica al menos, sobre la ideología. Almodóvar simplemente necesitaba, por exigencias del guión, un bebé “un poco étnico” (como dice Rossy de Palma) para que el padre blanco pensase que no era suyo. Y el director manchego desbarata el férreo armazón psocialista-podemita de la película mediante la introducción de ese elemento voxista solo porque le venía bien argumentalmente. ¡Este es nuestro Pedro! ¡El que seguirá haciendo buenas películas! 

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