10.5.10

Termina mal

El pasado lunes Félix de Azúa escribió un tremendo artículo que tenía la virtud de decir la verdad, de resultar exacto. El tremendismo vuelve ser el modo adecuado de referirse a España. Era previsible una negrura así, puesto que el presidente Zapatero sostuvo su última campaña en un optimismo insensato; y ganó. No conviene olvidar esto: los españoles votaron optimismo. Contra los signos de la realidad, votaron la sonrisa. Y tacharon de cenizos a los demás: el pesimismo, como recuerda Azúa, se consideró antipatriota.

Ahora en Libertad Digital se ríen, con razón, de aquel vídeo promocional de la alegría. “Hay que defender la alegría frente a los cenizos, ¿no?”, sigue afirmando en él Víctor Manuel, con su indeleble tristura. No se trataba, claro está, de la alegría trágica de los griegos, que celebraba Nietzsche: una alegría alzada sobre la comprensión de este mundo brutal; sino más bien del zumo tibio de Disneyworld, endulzado con la mentira. Leí el artículo de Azúa justo después de la correspondencia de Jaime Gil de Biedma, de la que hablé la semana pasada. En ella hay varios pasajes que podrían traerse a propósito. Por ejemplo éste, que parece escrito contra la tendencia al lirismo de los artistas del vídeo, así como de su beneficiario:

Porque la prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.
Tras citar estas frases, que pertenecen al artículo de Gil de Biedma "Luis Cernuda y la expresión poética en prosa", señala el prologuista:
[Gil de Biedma] consideraba que la solidez y el civismo de una verdadera sociedad estriban, primordialmente, en la calidad de sus prosistas y que la inveterada superioridad, en España, de los poetas sobre ensayistas y novelistas no era más que un síntoma de decadencia.
Esa misma “alergia hacia los excesos líricos” fue la que le llevó a escribir el poema “Apología y petición” en un formato frío, como cuenta Gil de Biedma en una carta y nos explicó Eduardo Jordá en FronteraD: el de la artificiosa sextina. El distanciamiento que ésta aportaba ha actuado justamente como congelador, que nos ha traído fresco el contenido. De la poesía comprometida de su época, nada puede leerse hoy con la misma actualidad, da igual los versos que se escojan. A los artistas “de la ceja”, y los ufanos electores de entonces, parecían estar destinados los siguientes: “Y a menudo he pensado en otra historia / distinta y menos simple, en otra España / en donde sí que importa un mal gobierno". Yo mismo escribí hace tres años apoyándome en los más conocidos: “De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal.” Me parece razonable la pregunta de en qué medida el catastrofismo colabora con la catástrofe, como advertía Elvira Lindo el miércoles. No tengo clara la respuesta: yo diría que depende. Sí estoy convencido, en cambio, de que el optimismo colabora más.

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Anoche, por cierto, terminé de ver The Wire: una serie tan gloriosa como pesimista. Parece una ilustración de la filosofía schopenhaueriana. Por eso no deprime como Bambi, sino que tiene unos efectos revitalizadores, exaltantes: los que desata, para empezar, el ser tratados como adultos.

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(12.5.10) Critica hoy Elvira Lindo a quienes "sacan a pasear los célebres versos de Gil de Biedma". Olvida algo: que se sacan ahora, pero que han estado muchos años sin sacarse. Es decir: que su uso no ha sido automático, sino que ha dependido de las circunstancias. Cuando los versos han vuelto a tener aplicación, se han sacado: no antes. Y sí: los hombres hacen la Historia. Sólo que nuestros "actores de la Historia" actuales tienen un nivel bajísimo y parecen no haber aprendido nada. Quizá por eso no pueda resucitarse ya el "espíritu de la Transición": porque somos peores.

[Publicado en FronteraD]