18.6.18

Toda la razón

Uno de los aspectos del procés, que no se ha resaltado, es que los independentistas nos han puesto a los que nos oponemos a ellos en una situación muy violenta: la de tener toda la razón. No es mérito nuestro, sino de ellos: por ellos, por su entrega a la mentira y a la irracionalidad, tenemos toda la razón.

Es algo que no ocurre casi nunca en nuestro mundo ambiguo, ni en el casi siempre relativizable tráfico intelectual. Estamos educados en el pensamiento crítico, nos mantenemos alerta sobre nuestros sesgos, guardamos en el trasfondo una reserva de que lo que decimos pueda estar equivocado. Y esto nos ocurre incluso a quienes disfrutamos con la retórica de la contundencia: de la que reconocemos ante todo que es una retórica.

Es impresionante, pero esto de tener toda la razón quema como la locura. No estamos acostumbrados y es difícil de manejar. Abruma. Por eso es una situación violenta; y embarazosa. No es extraño que muchos quieran escapar de aquí.

Pienso, por ejemplo, en los que firmaron el último manifiesto equidistante. Entre ellos estaba la nueva responsable de Opinión de El País, Máriam Martínez-Bascuñán. Hace unos meses nos contó a unos cuantos en Málaga, cuando vino al Aula de Pensamiento Político que dirige Manuel Arias Maldonado, que la brevedad de sus columnas la obligaba a una concentración verbal que resultaba más asertiva de lo que le gustaría. Ese rechazo de la asertividad es un rasgo saludable... salvo que, para poder ejercerse, postule una equivalencia entre dos bandos que no son equivalentes.

En el caso del procés, los equidistantes que no son independentistas tratan de restaurar un paisaje racional que es ilusorio: postulándoles una razón a aquellos que no la tienen, porque la han perdido. Daniel Gascón recuerda en El golpe posmoderno que para Christopher Hitchens “la tarea del intelectual es mostrar la complejidad de las cosas, atender a la gama de grises”, pero que hay casos en que debe consistir “en trazar una línea entre los grises, en hacer distinciones esenciales y sencillas”.

A los que estamos contra los independentistas nos ha caído toda la razón, y nuestra responsabilidad es asumirlo. La experiencia, además de embarazosa y violenta, es sumamente desagradable. Hemos sido devueltos a una situación antigua. Nos hace parecer energúmenos, tan cargados de certeza. Pero al final es el mejor favor que les podemos hacer también a ellos. Los delirantes no necesitan consentimiento de su delirio, sino una frontera de racionalidad.

* * *
En El Español.

16.6.18

Inspiración para leer

Leo mucho ahora. Llevo dos años leyendo mucho. Pero ni aun así soy un buen lector. Con los libros que no me gustan, sencillamente no puedo; y con los que me gustan, debo esperar el momento adecuado. Soy un lector perezoso, esquivo, fácilmente derrotable. Siempre he necesitado inspiración para leer.

El caso más llamativo es el de esos autores que sabía que me iban a gustar pero para los que no encontraba el momento. Hubo años de demora hasta que me entregué a su lectura. Me ha pasado con algunos de mis favoritos: Bernhard, Jünger, Proust, Montaigne.

Con Bernhard me pasé años leyendo solo el principio de Tala y de Hormigón. Me divertían enormemente, pero algo me impedía avanzar. Leía una o dos páginas y los dejaba. Meses después volvía a abrirlos, leía esas mismas páginas y me volvía a interrumpir. A la vez, algo me decía que Bernhard era mi autor e iba acumulando sus libros. Era quizá la fabricación, medio involuntaria, de un destino. Aquí conté cómo se desató. Me tuve que ir unos meses a Ibiza por trabajo y le presté a un amigo mi apartamento de Madrid. Entre las lecturas me llevé Hormigón, solo porque transcurría en parte en Baleares (en Palma). Y al fin llegó el momento: lo leí entero y quise más. Telefoneé a mi amigo para que me mandase todos los libros de Bernhard que tenía en el apartamento, un montón. Y ya no paré hasta que leí a Bernhard completo.

La fiebre por Jünger fue anterior. Me compré Radiaciones en cuanto se publicó en España, por mi afición al género de los diarios. Pero cada vez que lo empezaba me empantanaba en la lectura. La primera sección, “Jardines y carreteras”, en que Jünger cuenta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en su pueblecito alemán y su avance por la campiña francesa en la retaguardia del ejército, me aburría. Lo empezaba una y otra vez, y una y otra vez lo abandonaba. Algo, sin embargo, me hacía insistir. Esto es lo significativo. En uno de mis intentos, tomé la resolución de empezar por la sección segunda, “Primer diario de París”. Y ahí se produjo el clic. La primera anotación (18-II-1941) empieza así: “Antes de las primeras luces del alba llegada al descargadero de la estación de Avesnes, donde fui despertado mientras dormía profundamente”. Luego cuenta un sueño, que termina con esta imagen prodigiosa: “Junto a uno de aquellos campos, que estaba cubierto de un espeso sembrado verde, veía a mi madre, que estaba aguardándome; era una mujer joven, maravillosa. Yo me sentaba a su lado y cuando me cansaba ella tiraba de aquel campo como si fuera una manta verde y nos cubría con él”. Jünger concluye: “El cuadro visto en este sueño me ha llenado de dicha y ha estado proporcionándome calor mucho tiempo, mientras de pie en la fría rampa de descarga dirigía las operaciones”.

A partir de ahí leí entusiasmado el libro hasta el final, y cuando lo acabé volví a la sección que me había saltado, que me entusiasmó también. Luego adquirí más libros de Jünger –el siguiente fue La emboscadura– y me pasé meses leyendo a Jünger. Pero hay algo interesante, de lo que me he dado cuenta hace poco. La lectura de Radiaciones la hice en agosto. Y aquel diciembre escribí esto: “Conforme pasan los meses crece en mí el influjo de los diarios de Jünger, que leí este verano. A veces recuerdo pasajes concretos, pero casi siempre es un tono general el que me asiste. En estos tiempos en que suelo tener poca memoria, me sorprende este sabor que se niega a retirarse del paladar. Se trata exactamente de una presencia. Desde que leí Radiaciones noto que un calor me acompaña. Es de esas lecturas que dejan poso”.

Lo interesante es que cuando hice esta anotación me había olvidado de que la idea es la misma de aquella primera de Jünger que me gustó, la del sueño que estuvo proporcionándole calor durante las frías operaciones en el descargadero. Solo he caído al repasarla recientemente. De manera que el propio Jünger introdujo subliminalmente en mí esa noción de calor, que contagió luego mi lectura. Es maravilloso, por cuanto que Jünger tiene fama de autor frío.

Y la idea vale para toda lectura lograda, que es siempre un calor. Acuden ahora los versos de Gil de Biedma sobre su infancia, que podrían ser también un emblema de la lectura (la infancia recuperada, al cabo): “De mi pequeño reino afortunado / me quedó esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito”. Todo libro es una estufa. Solo que, en mi caso, no prende a veces.

Cuando la obra es larga, se trata solo de que uno no se ve con la fuerza de persistir. La subjetividad que se sabe inestable se siente abrumada ante las semanas o meses que debería mantenerse en el tono que le exige un libro. La obra larga prototípica es En busca del tiempo perdido, que durante muchísimos años aplacé. Llegué a leer dos veces el primer tomo entero, y decenas de veces las sesenta primeras páginas, hasta la magdalena. Todas esas veces fueron, naturalmente, intentos de leer entera la obra de Proust que se atascaron ahí. Hasta que hace dos años lo conseguí. Y ese logro, esa dedicación de meses, ha desatado mi pulsión lectora actual.

La siguiente lectura larga fue Los ensayos de Montaigne. Pero en vez de zambullirme como en la Recherche, me hice un cronograma para leerla poco a poco durante todo un año, a unas cuantas páginas por día. Fue un año feliz, pero el procedimiento, que es cómodo, desmenuza la obra de tal modo que esta queda muy diluida. Así me encuentro con que de Los ensayos conservo la memoria de una cotidianidad ligera, casi volátil, mientras que la Recherche constituyó toda una experiencia: fue una vivencia más arraigada.

Con las lecturas largas se pretende en el fondo eso: una transformación. Y el miedo a meterse en ellas es el miedo a la transformación.

Aunque el libro que más me ha transformado curiosamente no lo he leído. Se trata del Libro del desasosiego de Pessoa, que lleva treinta años transformándome y que estoy leyendo ahora por primera vez. Esto es una confesión, que sorprenderá a los que me siguen, porque es un libro del que he hablado (y hasta escrito) mucho. Pero solo he leído de él páginas sueltas. La primera vez que me encontré con la prosa de Pessoa fue en el suplemento literario de El País, que ofrecía una muestra de la traducción de Ángel Crespo cuando el Libro se publicó en España. Me supuso una conmoción: yo no sabía que se podía escribir así. Me lo compré (la preciosa edición de Seix Barral con el cuadro de Almada Negreiros en portada) y me pasé años leyéndolo por aquí y por allá. Solo pasajes, pero con una intensidad abrumadora. Eran como una esencia que se expandía por mi vida entera, determinándola. Ahora, como digo, me he puesto al fin a leer el libro completo, en orden. Lo estoy disfrutando, pero me doy cuenta de que no era necesario: ya lo había leído, aunque hubiese leído solo unas pocas páginas.

Nada hay comparable a la pasión por un autor, que te tiene leyéndolo durante una temporada, de manera insistente y febril. Yo la he tenido entre otros, incluyendo a los mencionados, por Agatha Christie (que fue la primera), Savater, Nietzsche, Cernuda, Cavafis, Cioran, Baudelaire, Breton, Antonio Machado, Petrarca, Borges, Vargas Llosa, Octavio Paz, Luis Antonio de Villena, García Martín, Muñoz Molina, José María Álvarez, Javier Marías, Shakespeare, Cervantes, Gil de Biedma, Valente, Gimferrer, Azúa, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Bryce Echenique, Auster, Safranski, Trías, Trapiello, Eliot, Poe, Conrad, Piglia... Esta pequeña lista es también la de mis límites, porque hay autores (¡demasiados!) a los que no he leído o he leído poco, solo uno o dos libros, muchos de ellos clásicos imprescindibles: Kafka, Nabokov, Faulkner, Virginia Woolf, Jane Austen, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Musil, Broch, Galdós, Benet, Ferlosio, Eça de Queiroz, Guimarães Rosa, Henry James... Al ver sus nombres hay culpa, por supuesto: ¿qué hago leyendo a otros en vez de leerlos a ellos?

Pero es una culpa que se disuelve en la vida, porque uno termina leyendo lo que tiene que leer, en el momento en que la vida lo pide. Eludo también el peligro de la exhaustividad: no terminan de convencerme aquellos que lo han leído todo. El requisito de la inspiración es en parte una coartada de mi pereza lectora, de un cierto acomodamiento; pero también es la garantía de que mis lecturas responden al menos a una necesidad vital: son, o pretenden ser, lecturas vivas.

* * *
Publicado en el trimestal Jot Down nº 22, especial Bibliofilia.

14.6.18

Jot Down 23

Ha salido el trimestral nº 23 de Jot Down, especial Underground, donde colaboro con el artículo "La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena", que empieza así:
¿Underground Luis Antonio de Villena? Sí, y quizá sea nuestro último, nuestro único escritor underground, genuinamente underground. Aunque el suyo sería un underground particular: dandístico, decadente, esteticista, hedonista, paganizante, aristocratizante... Un underground excéntrico para el propio underground; un underground del underground, pero por encima.
La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.6.18

PPP

Con el nuevo Gobierno, rutilante, entusiasmante (adorable adjetivo que empleaban los socialistas en los fastos de 1992), ¡qué viejos se han quedado el PP y Podemos! Y qué nitidísimamente se ve ahora cómo se necesitaban el uno al otro. Ya se sabía, pero la novedad es esa: la nitidez con que se percibe.

Reconozco que lo que he llamado “dulce interregno socialdemócrata” se irá deshaciendo en la medida en que este Gobierno perfecto que aún no ha hecho nada (y perfecto porque aún no ha hecho nada) empiece a hacer cosas: la perfección no puede trasladarse del terreno de la ilusión al de la realidad. Pero lo incuestionable, de momento, es el nuevo régimen de percepción.

Hemos salido de la bronca entre el PP y Podemos. Una bronca en la que el PP tenía razón, pero dentro de la lógica de esa bronca: por eso la alimentaba. Y el PSOE se situaba en ella en la medida en que se inclinaba hacia Podemos e incurría en su retórica falaz. Por fortuna, las encuestas hicieron bajar a Podemos y subir a Ciudadanos. Y el PSOE tomó la sabia decisión de seguir la estela del que subía. El Gobierno que Sánchez ha hecho –permítanme que lo formule de un modo oracular– es el que hubiera hecho Rivera si Rivera fuese Sánchez. Podemos lo atacará también, pero para esos ataques el objetivo ideal era el PP. Dirigidos al PSOE, pierden punch.

Los militantes de Ciudadanos están fastidiados porque se han quedado sin el poder que acariciaban. Los meros simpatizantes, en cambio, estamos contentos: nunca vimos a Ciudadanos como un partido de poder, sino como un partido instrumental para que mejorara el (descarriado) bipartidismo. Y es lo que ha propiciado. Por ahora.

Para las próximas elecciones, sean ya cuando sean, el PSOE depende de sí mismo. Ciudadanos, del fallo del PSOE. El PP, del fallo consecutivo del PSOE y de Ciudadanos (salvo que, como apuntan las primeras encuestas, los votantes de derecha acudan en auxilio del PP, en cuyo caso este solo dependería del fallo del PSOE). En cuanto a Podemos: descenso matemático.

Esta última es una mala noticia para el PP. O una buena: si eso le empuja a regenerarse, a falta del recurso tan fácil que tenía de apostarlo todo al miedo a Podemos mientras se mantenía degenerado. En cualquier caso, y pese a que persiste el atorrante problemón catalán, que sigue siendo el más grave que tenemos, algo hemos ganado: hemos salido del bucle PPP.

* * *
En The Objective.

11.6.18

Neosanchistas

Qué dulce interregno socialdemócrata el de esos días que fueron de la investidura de Pedro Sánchez a las palabras de Meritxell Batet sobre el temita catalán. Una semana completa de ilusión, con la tarde fabulosa del desfile de los nombres ministeriales. Consciente de que no tardaría en disiparse, decidí disfrutarla a tope y vivir con alocada intensidad mi neosanchismo. Y sí, he sido feliz políticamente como no lo había sido casi nunca... Me ha sentado bien abandonarme un poco.

He de aclarar que me siento aún neosanchista, y que los neosanchistas somos los que nos hemos subido al carro del sanchismo a última hora, cuando era ya carro triunfador, con ánimo gratuito y festivalero. No hemos creído nunca en Sánchez, porque lo hemos visto como un vendedor de enciclopedias cuyo lenguaje era simplote. Aunque hemos admirado la épica que se ha montado él solito, desde su defenestración en Ferraz (que, por otro lado, aplaudimos). Pero ahora hemos entrevisto que la enciclopedia que vendía podía ser buena, y que el hombre ambicioso de poder ha escogido el camino que nos parece el adecuado: el del centro-izquierda.

Los neosanchistas, a diferencia de los sanchistas, no hemos hecho nada por instaurar el sanchismo, y por lo tanto no consideramos que el sanchismo nos deba nada ni vamos a intentar cobrarnos nada. Simplemente estamos abiertos a que Sánchez lo haga bien; es lo que deseamos. Y cuando lo haga mal lo criticaremos. Los sanchistas, en cambio, lo justificarán. Como le han venido justificando todo lo que ha hecho hasta llegar a Moncloa.

Los sanchistas justifican la moción de censura de Sánchez y su formación de un Gobierno no para convocar elecciones sino para gobernar como un gesto desinteresado en favor de España. Los neosanchistas sabemos que Sánchez lo ha hecho, en primerísimo lugar, porque era no solo lo mejor sino lo único que podía hacer por sí mismo y por su partido. El Gobierno que ha formado tenía que ser, ante todo, un Gobierno escaparate: de escaparate electoral. Nuestra valoración es a partir de aquí. Y nos parece un buen Gobierno, que ha cambiado para bien el ambiente; pero a partir de aquí.

Mi tesis, como escribí la semana pasada, es que Sánchez les ha hecho el timo de la estampita a los nacionalistas y los populistas. El berrinche que unos y otros se pillaron con el nuevo Gobierno fue una confirmación. Las palabras de Batet podrían empezar a desmentirlo... Pero hay que esperar a ver lo que hacen, y cómo les sale. Los neosanchistas nos vemos tan advenedizos que corremos el riesgo de precipitarnos en nuestra siguiente fase: la de ser exneosanchistas.

* * *
En El Español.

4.6.18

Sánchez y la lógica del renacido

Mi confianza en Pedro Sánchez, mi optimismo de momento, se basa en lo que podríamos llamar “la lógica del renacido”. La formulo así: uno no renace tantas veces para después suicidarse. Y se suicidaría si su gobierno fuese de obediencia a los que le han votado la moción.

Lo mejor para el país hubiera sido probablemente una convocatoria electoral. La moción de censura no para convocar elecciones sino para formar gobierno era lo que le interesaba a Sánchez, y también a su partido. El PSOE estaba descartado en las encuestas y Sánchez, fuera del parlamento, tenía escasa capacidad de maniobra. Todo apuntaba al triunfo de Ciudadanos, y Ciudadanos, el tonto, se abandonó a celebrarlo en su jacuzzi de banderas. Sánchez, en cambio, mantuvo la tensión: supo ver la única posibilidad que tenía y jugó a ella, con audacia. Hoy es presidente y Albert Rivera un muñeco de cartón mojado.

Las intervenciones de apoyo a Sánchez por parte de lo peor del parlamento fueron repugnantes sin excepción. Aunque hubo algo más repugnante aún: la ausencia de Mariano Rajoy de su escaño. El presidente cuya política ha sido la del chantaje en favor de lo institucional, despreciaba impresentablemente lo institucional; como ha hecho en demasiadas ocasiones. Su única virtud en todos estos años han sido los vicios de sus contrincantes.

Dio grima, por supuesto, ver a Sánchez dorándoles la píldora a los peores y machacando a Rivera. Pero la política es sucia. Sánchez estaba, implacablemente, en la lucha por el poder. Yo quise entender, con todo, que era Sánchez el que estaba timando a los nacionalistas y los populistas y no al revés. Les ofrecía baratijas (como lo de “nación de naciones”) a cambio del oro de sus votos. Pero lo cierto es que públicamente no se comprometió a nada con ellos y que ellos votaron constitucionalismo: en contra de lo que proclamaban tan alegremente, es lo que votaron. Durante el numerito final de los de Podemos con su “¡Sí se puede!”, yo me estaba mondando de risa.

Ahora Sánchez depende de sí mismo. Aunque no le dejen gobernar, le bastará exhibirse como presidente constitucionalista para tener posibilidades en las siguientes elecciones. Debe actuar como una especie de Rivera socialdemócrata: recuperar el centro-izquierda (ese del que Rivera se ha ido alejando con cortedad de miras).

Mi optimismo de momento es ese: el de la lógica del renacido. Pero en mí convive ese optimismo con un pesimismo: el de que la lógica nunca tiene la fuerza suficiente como para imponerse por sí sola. Y menos en la política.

* * *
En El Español.