26.8.19

Dificultades del antisanchismo

Tiene razón David Mejía cuando escribe, en The Objective, que “de Ciudadanos ya no se puede decir que sea un partido primordialmente antinacionalista ni regenerador: Ciudadanos es, ante todo, antisanchista”. Obsesión que le conduce, a mi juicio, a un callejón sin salida. Porque, al ser el sanchismo algo vacío, sin contenido político, el antisanchismo está condenado a serlo también.

Pedro Sánchez no es socialista, es maquiavélico: el poder es lo que le interesa, lo único que le interesa. Está dispuesto a hacerlo todo por conseguirlo, por mantenerlo, por incrementarlo. Con una falta de escrúpulos en cierto modo admirable. Es un cínico, un antisentimental. En este sentido, es lo contrario de Zapatero. Con respecto a este, lleno de contenido político, el antizapaterismo sí estaba lleno también de contenido político.

Sánchez era, en realidad, el hombre que necesitábamos: el hombre que necesitaba el constitucionalismo en este momento imposible. Ya lo ha demostrado por su cuenta, sin ayuda de nadie, al liquidar a Podemos: su deglución de Pablo Iglesias, lenta, implacable, efectiva, ha sido digna de una mantis religiosa. Sánchez podría haber deglutido también a los nacionalistas. Pero Albert Rivera, en su obcecación, no ha querido: no le ha prestado su apoyo. Cuando el programa histórico de Ciudadanos tenía la ocasión de cumplirse casi al 100%, resulta que Rivera tenía otro programa.

La famosa frase de Roosevelt sobre el dictador Somoza (“tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”) podría habérsele aplicado a Sánchez. Pero Rivera ha impedido que sea “nuestro”. A ver de quién es ahora.

No se me escapa (¡porque nada se me escapa!) que lo anterior implica dar por imposible a Sánchez; ni se plantea la hipótesis de su conciencia. Pero así está la cosa. Esa es la cruda realidad. La realidad con la que tendrían que hacer política los que supuestamente sí tienen conciencia. Esos que, de momento, lo único que hacen es luchar a su vez por su podercillo. Con un maquiavelismo no menos maquiavélico que el de Sánchez, pero sí más torpe.

La situación es desastrosa. Y lo va a seguir siendo. La desmembración del constitucionalismo es una catástrofe sin paliativos. Tampoco se me escapa que la empezó Sánchez, con sus infames alianzas en la moción de censura. Pero que los otros (PP y Cs) hayan decidido seguir por ese camino en vez de corregirlo, confirma que no hay solución. Cuando lleguen al poder, si llegan, va a ser para nada. Para nada de lo importante.

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En El Español.

21.8.19

La barba

Pablo Casado ha dado el gran golpe de efecto de este verano, con su barba o barbita. Con ella les ha robado el protagonismo a la falta de Gobierno, al Open Arms, a los incendios de Canarias, a la listeriosis e incluso a la lampiña Díaz Ayuso, en cuya toma de posesión la lució. No asistió la semana pasada a su sesión de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid y se dijo que estaba de vacaciones, pero no: estaba cultivando su barba. De haberla enseñado entonces hubiera sido catastrófico, como cuando Milikito apareció con barba de tres días para dar imagen de malote.

Y Casado no quiere parecer malote (ni siquiera malote buenote como Milikito), sino aportar gravitas, como ha señalado Jorge Bustos. Albert Rivera debió de intuir por dónde iban los tiros cuando a comienzos del verano salió en el Hola, junto a Malú, con una incipiente perilla. Pero no le terminaba de funcionar y la abortó. La de Casado, que funciona algo mejor, puede que se quede en barba de borrajas (ya veremos si llega a la rentrée), aunque como mínimo seguro que la ha lanzado a modo de barba sonda. A mí me parece que la dirección que marca es la correcta: a falta de ideas nuevas, nuestros políticos tienen pilosidades nuevas que explorar. Aunque el vanguardismo absoluto en este sector ya está ocupado por la ensaimada de Iñaki Anasagasti, el Ferran Adrià de su propia cabellera.

En los tres partidos de la derecha había un inasumible desequilibrio facial: por un lado estaban los afeitaditos Casado y Rivera, iguales como burbujas de Freixenet, y por el otro los barbados Abascal y Espinosa de los Monteros, inclinando la balanza pilosa en favor de Vox. Abascal con una barba entre tercio de Flandes y Abderramán III, y Espinosa de los Monteros con ese barbón babilónico sobre el que Losantos ha soltado chanzas inolvidables. Ahora Casado ha tratado de ocupar con sus pelitos la inmensa estepa que había en medio. Dejando de paso a Rivera en la estacada lampiña: un destino de baby face que deberá compartir con Errejón.

El asunto con Casado es que, más que gravitas, lo que ha logrado de momento ha sido, por un lado, resucitar el rajoyismo en su cara (¡después de tanto esfuerzo por liquidarlo!), y por el otro, como ha clamado Twitter, ser un doble de Alberto Garzón. Problema recíproco en este caso, porque ahora Garzoncito es también un doble del líder del PP. ¡El crepúsculo de las ideologías! ¡Y justo después de que Gillette haya aprendido que, en este campo, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa!

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En The Objective.

19.8.19

Madre tatuada con niño de teta

Ya tengo mi imagen del verano. La he visto esta mañana caminando por la costa: una mujer tatuada, alta, fuerte y oriental dándole la teta a su niño. Lo hacía mientras caminaba también, con una parsimonia envidiable; el niño, en su bamboleo, iba seguro, feliz, alimentado. Era bellísima. Y era en aquel momento una especie de madre de todos, una madre sexual. No la he mirado mucho tiempo porque la acompañaba su pareja, un hombre inevitablemente inferior, por la comparación. El más afortunado de los hombres.

El tatuaje le otorgaba distinción. Ocupaba el hombro y todo el brazo con que sujetaba a su hijo. Era como una orla de la teta, su límite oscuro pero vibrante. El niño, entre el tatuaje y la teta, me recordó a aquellos bebés que retrató Alberto García Alix en la Movida, de padres rockeros. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Qué será del de esta mañana? Al menos ha empezado en una cuna pujante. Un bonito reto para su vida será estar a esa altura; vivir con ese estilo, con esa belleza.

Se ven tantos tatuajes que muchos son horribles. Pero a veces se ven unos preciosos. Y a veces se ven mujeres tatuadas con sus hijos, en brazos, en el carrito o de la mano. Hay algo en la combinación que me seduce, quizá un triunfo de la libertad. Pienso que Umbral no habría perdido la ocasión de escribir hoy un libro titulado Las madres tatuadas. Se habla de las ancianas futuras con sus tatuajes, se fantasea con su arrepentimiento. Pero no se habla de los niños que, cuando sean adultos, buscarán pieles con esa manera pictórica de resultar maternales.

La madre de esta mañana, que era una diosa del amamantamiento, plantada en la tierra con una solidez incontestable, aunque sin pesadez, ligera, me ha recordado a las mujeres que daban de mamar con una naturalidad absoluta cuando yo era niño. Me desconcierta la reivindicación actual de dar el pecho en público, cuando entonces (¡y era aún el franquismo!) estaba normalizado. ¿Qué extravío se ha producido en medio?

Los niños nos poníamos morados mirando a aquellas mujeres, con una fascinación que no debía de ser todavía erótica del todo, aunque ese componente existía sin duda. Era un espectáculo formidable, y muy frecuente. Aquellas tetas gordas, nutritivas, con los pezones muy oscuros, hacían de nosotros más unos Fellinis que unos Landas (unos Landitas seríamos poco después, con los primeros top-less). Me doy cuenta, sin embargo, de que su aceptación social era debida a que se imponía, absorbiendo a las otras, la semántica de la maternidad. Y es esa semántica la que cuesta volver a imponer ahora. Como se ve en este artículo.

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En El Español.

18.8.19

Balón de asfixia

Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella. Cada vez somos menos y cuando desaparezcamos el balón de fútbol se habrá confundido al fin con la Tierra, que es la aspiración totalitaria con la que nació. Chaplin lo vio muy bien en la famosa escena de la pelota de El gran dictador; y lo vio perfectamente Shakespeare, que en El rey Lear (acto I, escena 4) sorprendió con un insulto tremendo y precursor: "¡Vil futbolista!".

En España la ridiculez del fútbol estuvo clara al principio, cuando se le llamó balompié. Pero no tardó en imponerse la voz inglesa, que oculta la ridiculez y da misterio con esas dos sílabas que en español no significan nada: fút-bol. En toda mística hay una fonética enigmática. Al principio hubo cierta resistencia a la actividad futbolística. Cuando yo era niño, en la década de los setenta, todavía los viejos se reían de esos hombres en calzoncillos corriendo detrás de la pelotita. El principio del fin fue el fichaje millonario de Cruyff por el Barcelona, en 1973, que invistió al fútbol con el valor indiscutible del dinero. Al cabo de unos años, ya nadie se reía de aquellos hombres en calzoncillos. Es más, en los ochenta los intelectuales empezaron a salir del armario de esa afición que hasta entonces habían llevado en secreto y lo invistieron también de valor cultural. Los noventa fueron los años definitivos de la consagración, con los intelectuales dedicándose a tope a teorizar sobre el fútbol y erigiendo a Valdano como el intelectual mayor.

Como buen intelectual, o intelectualeta, yo me dejé arrastrar, naturalmente. En uno de mis alardes de falta de personalidad, me rendí a ese deporte que no me gustaba y le eché un montón de horas. Fui un hincha que cantaba goles con el histerismo necesario y me dejaba galvanizar por los berridos de los locutores. Aunque un síntoma de mi desprecio de fondo por el fútbol es que yo realmente no era aficionado de ningún equipo, sino que me definía a la contra: como antimadridista. Sin duda porque entonces vivía en Madrid y le sacaba gusto a llevar la contraria. Las grandes derrotas del Madrid fueron mi alegría de aquella época. Pero no dejaba de ser una pasión triste, y me fui quitando. Sí intentaba convencerme de que me gustaban los partidos de la selección. Y ahí sí que me alegraba cuando ganaba. Pero poco a poco se fue imponiendo la evidencia de que el fútbol me aburre un montón. No soporto un partido entero, pues ahí (y no con las películas de Rohmer) sí que me parece estar asistiendo a cómo crece el césped. Las victorias españolas de la Eurocopa y el Mundial me pillaron ya muy desapegados. Me alegré un poquito, eso es indudable. Pero no mucho más que con los éxitos en el bádminton.

Lo insufrible es el contraste entre mi pacífico desinterés y el achicharramiento ambiente. Para colmo, las nuevas generaciones de futboleros nos llaman haters a los antifutboleros, y nos sueltan unas monsergas en las que descubren el Mediterráneo de "los valores del fútbol"... como si no se hubieran soltado ya en los ochenta y en los noventa, y como si muchos no viniéramos rebotados precisamente de ahí. Los neofutboleros llegan a explicarnos, con cándido adanismo, aquello que nos sabemos de sobra y que está incluido en nuestro desprecio.

El primer delincuente del futbolitismo fue el sobrevalorado Camus, con aquella frase de que "todo cuanto sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol", que les ha permitido creerse campeones de la ética a los presumidos, caprichosos y despiadados futbolistas. Lo que le faltaba a su bestial egoísmo era la coartada de un premio Nobel. En Latinoamérica fueron apóstoles del futbolitismo tipos tan sospechosos como Galeano y Benedetti, y en España el ínclito Vázquez Montalbán. Este, que no percibía lo netamente religioso que era su marxismo, dijo que el fútbol (o el Barça) era el último reducto religioso de su vida. El daño que han causado entre todos (hay muchos más) es incalculable. El fútbol ya era una atosigante moda popular (¡una moda sin esa elegancia última que tienen las modas, que es la de pasar!), con una expansión temible. La literatura era el refugio tradicional de los antifutboleros, con ese emblema enternecedor del niño que se queda leyendo en el recreo mientras sus compañeros se arrean patadas con la excusa de la pelota. Pero esos intelectuales y escritores partidarios del fútbol hicieron que la literatura también se llenase de tan odioso deporte. Con lo que, técnicamente, no queda ninguna salida.

Ya no se puede hacer una vida sin fútbol, del mismo modo que en la Edad Media no se podía hacer una vida sin Dios. Y es que los atributos del viejo Dios son hoy los del fútbol: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia... El fútbol es el nuevo Dios, repartido en los millones de balones de asfixia que pueblan la Tierra y la trabajan para convertirla en el Balón.

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Publicado en Jot Down nº 27, especial Dioses y endiosados.

12.8.19

Las quieren siempre víctimas

Cuando algo se convierte en munición ideológica, no hay nada que hacer. La compleja y tierna realidad queda sepultada bajo el pedrusco abstracto. Un pedrusco duro pero no quieto: se le utiliza como proyectil, con aquella realidad adherida. La finalidad del aplastamiento es que vuele contra los otros.

Lo hemos visto otra vez (no será la última) con la polémica suscitada por la campaña de la nueva Junta de Andalucía contra los “malos tratos”, ilustrada por mujeres sonrientes y con el lema “Pero la vida es más fuerte”. El PSOE, Podemos y sus afines tuitero-mediáticos se han echado encima del engendro producido por el monstruo PP-Cs-Vox: por haber puesto “malos tratos” en vez de “violencia machista”, por haber sacado sonriendo a víctimas del heteropatriarcado y porque estas en realidad solo fuesen modelos.

En la trifulca subsiguiente se ha visto que el PSOE hizo campañas parecidas en el pasado, también con modelos, y que el lema se atiene al Pacto contra la Violencia de Género, que recomienda “mensajes positivos” y que aparezcan “mujeres fuertes y valientes, sin recurrir al cliché de las víctimas”. Pero, como ha escrito Daniel Gascón, en las guerras partidistas el asunto no son las causas, sino la apropiación de ellas: al final el énfasis se pone en el partido que las defiende (contra los demás), no en las causas mismas. No se perdona que estas avancen de la mano del partido equivocado.

Más allá de la lucidez del citado Pacto, cuyas recomendaciones me parecen admirables, detecto en quienes se consideran dueños de la causa la pulsión de pretender que las víctimas no dejen de serlo: al fin y al cabo, es en su condición de víctimas como les resultan rentables. Por eso las quieren siempre víctimas y las quieren siempre suyas.

En este sentido, se ha producido un movimiento de una transparencia asombrosa: colectivos y políticos vinculados al PSOE han llevado a cabo una contracampaña con el trucaje de las fotos, en que las mujeres sonrientes de los carteles aparecen con moratones, heridas, disparos. En el juego de la ficción, han devuelto a la condición de víctimas a las víctimas por las bravas: infligiéndoles ellos mismos los “malos tratos” que habían superado.

La campaña de la Junta de Andalucía es mala, porque no tiene alma. Las fotos son vulgares, planas. El problema no es que las mujeres sonrían, sino que lo hagan sin credibilidad. Deberían haber usado mujeres maltratadas de verdad, o buenas actrices (y buenos fotógrafos), en las que se viera la alegría presente pero también algo del sufrimiento pasado. O sea, que se percibiese de algún modo esa alegría densa, más profunda pero también un poco melancólica, de quien ha sufrido. Que se viese, en fin, la complejidad de la vida, la endiablada lucha de la vida. En refutación de las papillas ideológicas.

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En El Español.

7.8.19

Dos cielos

“Ventaja de las ciudades con mar: tienen dos cielos”. Escribí este aforismo hace algunos años y todavía me viene a la cabeza cuando contemplo el mar, espejo del cielo. Esa doble amplitud acompasada que acoge la mirada perdida.

Ahora estoy en un apartamento prestado (me prestan apartamentos como a Rilke le prestaban palacios) desde el que se ve el mar por la ventana. Tengo tarea este verano, una penosa tarea; pero si alzo la vista veo el mar. Y me demoro en los dos tonos del azul –el de abajo ondulante– y en un velerito blanco que a veces cruza. A mi lado está el fiel ventilador, remedo de la brisa. Y escribo en bañador, sin camiseta y descalzo. Hay una felicidad recóndita, una punzada de alegría al fondo, la punta de un anhelo. Un flexo estudiantil, también azul (azul oscuro), y esta sensación de paréntesis.

Paso muchas horas sentado, esforzándome, pero me concedo tres pausas, a veces cuatro (aparte de las de las comidas, el aseo y el sueño): un paseo por la mañana hacia levante, otro por la tarde hacia poniente, una siestecita lectora (con vencimiento de unos minutos) y a veces una cerveza al mediodía en el mejor chiringuito de la Costa del Sol, con la playa alborotada abajo.

En el paseo de la mañana voy hacia el sol fresco. Es temprano y las playas están vacías. Hay una poética del día de verano que ya da luz pero al que la gente aún no responde. Solo caminantes como yo, esporádicos, con un empeño deportivo pero en realidad estetas. Y unos pocos pescadores con sus cañas repartidos por el malecón. En la loma está la torre quebrada, adjetivo que me lleva (cuando lo formulo) al “corazón quebrado” de Salinger. Pero esa hora no suele ser la de la melancolía.

Al comienzo del paseo de la tarde subo un rato al mirador metafísico, que es como llamo a unos banquitos puestos ante un barandal de tablones con un panorama extraordinario. Hay como más cuerpo de mar desde ahí, y como más cielo; y esa extensión queda contrarrestada –o sujetada– por el golpeteo del agua en las rocas.

Luego sigo hacia el sol que declina, un sol cumplido, denso y a la vez ligero, por una senda con tramos de acantilados y espigas brillantes, por encima de playas con bañistas que se demoran y otros que empiezan a recoger; hay un rumor de últimos chapoteos y risas, lentitudes de cansancio pleno. Me detengo justo cuando el camino va a iniciar el descenso, cuando a lo lejos están a punto de encenderse las luces artificiales que acompañarán a la del faro. Antes de volverme, miro aún desde lo alto el mar ya aposentándose en la noche.

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En The Objective.

5.8.19

El nuevo relato aberrante

No solo tuvimos el crimen, sino también la justificación del crimen, la tibieza con el crimen, la hipocresía con el crimen. Después de cada atentado salía Arnaldo Otegi, de Batasuna, a enjuagarlo, a soltar sus estupideces ideológicas, amenazantes, con el cadáver caliente. Y salían unos cuantos del PNV, Xabier Arzalluz, Joseba Egibar o quien fuera, a reprobarlo sin contundencia al tiempo que se les transparentaban la simpatía por sus chicos (criminales y tal pero vascos, ¿eh?) y los cálculos electorales. El crimen fue la propulsión del nacionalismo vasco, que ahora, ya sin crimen, se ha quedado dando vueltas cómodamente en su órbita. Nuestra memoria histórica es esa para empezar: hemos sido testigos de mucha miseria.

Me acuerdo, por ejemplo, de aquel hombrecillo abertzale, Tasio Erkizia. Había habido un atentado tremendo, una bomba con varias víctimas, y apareció con una tirita en el meñique. El contraste entre el cuidado minúsculo para con el propio cuerpo y la defensa del descuartizamiento de los ajenos era pura obscenidad. Luego me enteré, sin sorpresa, de que había sido cura. Como otro batasuno del momento, Jon Idigoras, había sido torero. Ellos eran la encarnación de la España negra, la que seguía oprimiendo y matando desde presupuestos cerriles, carpetovetónicos. (De Jon Idigoras, por cierto, decía un amigo mío que tras haber fracasado en la fiesta nacional se pasó a la fiesta nacionalista, aún más sangrienta que la anterior.)

Nadie se tomaba en serio a estos tipos, aparte de sus votantes (que practicaban la bellaquería con el voto) y los recogenueces del PNV. Los despreciábamos. Cuando subía Jon Idigoras a la tribuna del Congreso era una especie de pasmarote estilo Gabriel Rufián, pero que ni siquiera emitía frases inteligibles sino directamente orangutanadas (menos cargante, en este sentido, que Gabriel Rufián). Estaba claro que de progresistas no tenían nada. Eran lo más fascista que había en Europa.

No deja de ser sintomático que uno de los efectos de la puesta en cuestión de lo que el podemismo ha denominado “régimen del 78” haya sido la rehabilitación ideológica de los partidarios del crimen. Según el nuevo relato (¡aberrante!), los etarras y los proetarras vienen a ser los únicos que se mantuvieron puros en la lucha antifranquista mientras todos los demás fueron simples prolongaciones del dictador muerto.

Es desolador que el PSOE empiece a consentir –a no combatir– ese discurso. Ahora resulta, dice la vicepresidenta Carmen Calvo, que el “adversario natural” de los socialistas no son esas “izquierdas” que mataron (también) a socialistas sino las “derechas” que no los mataron. Patéticas trampas de la fe partidista. O de algo más cutre: la conveniencia del momento.

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En El Español.