30.1.20

En la muerte de Cioran

(21-VI-1995) Ha muerto Cioran. Una noticia rara, pues lo increíble era que hasta ayer estuviese vivo. Cioran siempre ha tenido para mí el aura de los clásicos. Por eso, cuando hace unos años se corrió el rumor de que iba a venir a Málaga a dar una conferencia, pasé una temporada entre la excitación y la incredulidad de poder asistir a una aparición milagrosa; algo así como si nos visitase Diógenes, atravesando los siglos. Finalmente la realidad se comportó con sensatez y Cioran no vino: continuó siendo el autor legendario que yo imaginaba, aquel que escribió las páginas más puras que he leído jamás. Ese ser inaccesible, sin embargo, es retratado hoy en la prensa como alguien amable y atento, capaz de ofrecerle al visitante un abrigo y unas botas para que se proteja del frío (como le sucedió a Félix de Azúa) o de acompañarlo hasta la misma boca del metro advirtiéndole de los peligros nocturnos de París (como le sucedía a Savater). Y está bien que todas esas páginas demoledoras las escribiera un hombre así; casi es inevitable que las escribiera un hombre así. Como el propio Cioran dijo en una ocasión (a propósito de su amigo Guido Ceronetti): “Los seres menos insoportables que existen son los que odian a los hombres. No hay que huir jamás de un misántropo”. Y es que la lucidez de Cioran, por ser completa, era también temiblemente cortés y compasiva; una compasión, por cierto, nada meliflua, sino despiadada. Acierta Savater cuando dice que “nadie formuló diagnósticos más aterradores con un aire menos intimidatorio”. Y también al escribir que “no carecía de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor”. Un santo sin fe y con humor: ¿cabe un modelo más recomendable? Al leerlo nunca he sentido angustia, sino alegría, fuerza, vitalidad. La indescriptible dicha de ir viendo caer demolidos, uno a uno, todos los sustentos, todos los engaños, todas las coartadas; de asistir a la dinamitación rigurosa de las máscaras y de los espejismos. También yo desaparecía (con el mundo) en la belleza transparente, inmaculada, de la negación. Y si algo he sentido, ha sido la nostalgia de no haberme podido quedar confinado en ella. (Sí, hubiese querido quedarme allí, no ser nada. Hubiese querido ser Cioran –para no serlo.)

27.1.20

Una misma palabra loca

Me evocaba ligeramente algo Pedro Sánchez en la Gala de los Goya, con su pajarita y su cara de madera, hasta que caí: era un muñeco de ventrílocuo. Encantado de ser lo que era, aunque su voz se la debiera a otro. Antes había estado en un helicóptero mirando las zonas devastadas por el temporal y, si bien no sonreía, tenía básicamente la misma expresión. Ya que estábamos en la noche de los actores, volví a acordarme de Victor Mature, que ponía una cara idéntica tocando el piano en un cafetín picante que en el Gólgota bajo la cruz de Cristo. (Sánchez Mature, Sánchez Maduro...)

Cuando, en el anuncio del Gobierno de coalición, dijo que este hablaría “con varias voces pero con una misma palabra”, no nos advirtió que iba a ser una palabra loca, fluctuante, caprichosa, sin atadura, puramente instrumental. Llama la atención que en esa palabra no esté el PSOE, sino solo Podemos y los independentistas. Ni siquiera está el PSOE entre las “varias voces”. El PSOE ha desaparecido. Y esa es la (grave) pregunta: ¿dónde está el PSOE?

El PSOE es una carcasa vacía, a imagen de Sánchez. Que este cambie de criterios de un día para otro, e incluso dentro del mismo día (y a veces de la misma hora), podría explicarse por razones psicológico-morales (entre las que estaría desde luego el cinismo). Pero que cada bandazo sea secundado por unanimidad por su partido demuestra eso: que el partido no existe, o que el partido es Sánchez. San Bernardo afirmó que quien solo se sigue a sí mismo es discípulo de un loco. ¿Qué son entonces quienes lo siguen a él?

Yo, que tengo simpatías por el surrealismo, veo a veces a Sánchez como un héroe surrealista, alguien que encarna estas palabras de André Breton: “En lo que llamamos lógica solo veo el culpable ejercicio de una debilidad. Puedo decir, sin ninguna afectación, que lo que menos me preocupa es sentirme consecuente conmigo mismo”. Lo cual puede tener su gracia en Sánchez, que es de quien emana el asunto, pero ¿y en los sanchistas? Hay sanchistas que son intelectuales, politólogos, profesionales (se supone) del pensamiento y que han dado los mismos golpes de timón de Sánchez sin dar una sola explicación. Mucho antifascismo, mucho antifascismo, y al final su lógica parece ser la del “decisionismo” de Carl Schmitt. ¡El Sánchezprinzip!

Aunque es cierto que el coro de la militancia gritaba “Con Rivera no” y “Con Iglesias sí”, lo que indica un sesgo indudable (el sesgo, en realidad, de la perdición del PSOE), sigo convencido de que Ciudadanos le hubiese valido igual a Sánchez para su único objetivo, que era ser presidente. Ahora es presidente y luce como presidente. Sin voz, con la voz de otros, con la política, el lenguaje, la retórica y los intereses ideológicos de otros. Pero presidente.

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En El Español.

24.1.20

La decadencia del decadente

Ha salido el tercer y último tomo (salvo que escriba más adelante un cuarto con sus años de ancianidad) de las memorias de Luis Antonio de Villena, Las caídas de Alejandría (1997-2018). Lo ha editado Pre-Textos, como los dos anteriores: El fin de los palacios de invierno (1951-1973) y Dorados días de sol y noche (1974-1996). Espléndidos títulos todos. En medio ha escrito, en consonancia, un notable y extraño poemario, Imágenes en fuga de esplendor y tristeza (Visor), y un intenso libro de duelo por la muerte de su madre, Mamá (Cabaret Voltaire). Los cinco constituyen un ciclo fulgurante.

Las memorias se leen maravillosamente: las he estado recomendando a quienes me han pedido lecturas. Constituyen un canto a la tolerancia, a la educación, a la cultura, al placer, a la belleza, a la vida libre, a la singularidad; por eso resultan hoy especialmente subversivas. Aportan un aire liberador y turbador. Son excesivas, como la vida, y algo repetitivas, también como la vida. Pero enganchan y embrujan: como sabe hacerlo la vida. Están al borde de ser obras maestras y no lo son por un cierto descuido final, un ligero desaliño en el acabado que (y esto es bonito) significa en verdad un triunfo de la vida sobre el arte. El esteticismo de Villena es eminentemente vital. Su escritura –singular y seductora– es buena y a veces muy buena, pero podría ser mejor: y eso que resta es lo que gana la vida.

En Las caídas de Alejandría el tema no deja de resultar instructivo: se trata de la decadencia del decadente. El hombre que desde su juventud jugó al decadentismo (con una pasión que en realidad era ascendente) se ve ahora en la decadencia real: la de la edad, la de los amores y amistades, la emocional, la física, la económica, la del humanismo, la del país, la de la época. En parte estamos ante uno de esos crepúsculos personales que se toman como colectivos (como decía, a propósito de Michel Houellebecq, Arcadi Espada), pero en parte es ciertamente una constatación de la decadencia del mundo (tal vez yo esté aquejado de crepúsculo también).

El propio Villena se sorprende cuando repasa versos de su juventud y comprueba la verdad que decían, aunque él entonces no sabía nada. Como: “Y si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno”. O: “Es muy arduo vivir. / Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno”. Poses de la veintena que resultaron premonitorias: solo que cuando se proyectaban tenían encanto y cuando se viven no. Al final adviene la comprensión del tiempo, el conocimiento de su sustancia y sus devastaciones. El término de un ciclo, como lo vivió su maestro Oscar Wilde. Que perfecciona, con el dolor, el conjunto: aquilatando el placer.

Pero Villena no se rinde y en Las caídas de Alejandría están igualmente sus espléndidas experiencias americanas de los últimos años: los encuentros en Ecuador y Colombia con chicos a los que conoce por internet. Sus quejas de que estamos en una “Edad Media tecnológica” no reparan es que es también la tecnología la que lo salva. Como a todos.

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En The Objective.

20.1.20

Costumbrismo

Mientras esté Vox no hay nada que hacer, la verdad. Los más listos del PP y Ciudadanos ya se han dado cuenta, pero no saben qué hacer: y es porque no hay nada que hacer. Vox es la gran desgracia del constitucionalismo (después del mutis del PSOE), porque lo infecta y lo inutiliza. Toda crítica al nuevo Gobierno se irá por el desagüe, porque está Vox. Vox es lo soñado por Sánchez. Vox es el gran premio político de Sánchez, como Podemos lo fue de Rajoy.

Habrá que ejercer la crítica, claro, pero sabiendo que es inútil. Esta conciencia de la inutilidad, me parece, podría aprovecharse para bajar el tono. O para practicar otros caminos no frontales. A mí se me ocurre el costumbrismo. Un costumbrismo de inevitables toques esperpénticos, porque tales son nuestras costumbres.

La semana de la toma del poder del Gobierno (retoma del PSOE, toma de Podemos) ha sido un espectáculo notablemente jocoso. ¡Cuántas lecciones sociológicas! ¡Cuántas estampas antropológicas! La súbita suavidad de los podemitas me ha recordado a un poeta maldito que había en Málaga. Te cruzabas con él y era áspero, desagradable, te insultaba a ti y lo insultaba todo. Una tarde me lo crucé y estaba dócil, feliz, amabilísimo. Se lo conté a mi amigo Weil y me dijo: “Es que le han dado una subvención”.

El peluchesco Castells, que hasta hace podo insistía en que en España no había democracia, estaba como un niño con zapatos nuevos. Haciendo bromas sobre el peso de la cartera ministerial, llevándose la mano sentimentalmente al corazón, inclinándose ante el Rey como no se había visto en un cortesano desde Felipe IV... Parecía uno de esos burguesotes fatuos de Flaubert.

Garzoncito iba a su ministerio como un niño de primera comunión. La determinación con la que avanzaba hacia su destino funcionarial hacía sospechar que en su cabeza bullían hazañas de Sierra Maestra o la selva Lacandona. Por fortuna, el capitalismo le permite conductas más aseadas, que casan más con su carácter. Se había tomado la revolución como unas oposiciones y se había sacado la plaza.

Lo de los Iglesias-Montero es sin duda lo más maravilloso. Un matrimonio próspero que podría ser del Opus Dei. Entendió la ley del ascenso social rápido en nuestra época: critica a la casta, excitando los bajos instintos del electorado, y en cinco años serás casta. Momento a partir del cual no es de buen gusto la crispación. Su caso es una gran parábola marxista: la infraestructura (el chalet) segregó la superestructura (los ministerios). Es decir, el chalet quería ministros dentro, y los Iglesias-Montero van y obedecen al chalet.

Podríamos seguir, pero hay que terminar. Con Sánchez, cómo no. Qué henchido anda. Su empeño en desjudicializar la Justicia, desparlamentalizar el Parlamento y superejecutivizar el Ejecutivo nos hace comprender su obsesión con Franco. El puesto de caudillo lo quería para él.

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En El Español.

13.1.20

Flamante Gobierno

No sé si Pedro Sánchez le ha comunicado la composición del nuevo Gobierno al Rey por teléfono para no darle el disgusto en persona, o porque se sobreentiende que el Rey tiene internet, como todo el mundo, y ya la conocía como todo el mundo. El interés estará en el juramento del cargo de los nuevos ministros ante Su Majestad, en el que conoceremos todos a la vez si aportan creatividad como cuando juran la Constitución. Tal como están las cosas, con que no mencionen la guillotina el acto habrá transcurrido por cauces razonables. Dentro de lo razonable que pueda ser nuestro esperpéntico momento histórico, claro está.

El anuncio por piezas del flamante Gobierno ha sido para mí un magdalenazo proustiano, que me ha evocado épocas remotas: junio de 2018, concretamente, en que ya vivimos algo similar. Pero el recuerdo me ha llegado no sin estupor: ¿cómo es posible que aquel brillo se deteriorase tan pronto, hasta hacerse olvidar? Ahora estamos avisados y sabemos que el deterioro no tardará en llegar, y que se producirá de manera más apoteósica. Sánchez ha demostrado ser un buen director de casting y un mal director teatral. La obra se le volverá a ir de las manos, en parte por su actuación (también es un actor pésimo).

“El Gobierno hablará en varias voces pero siempre con una sola palabra”, ha dicho en su discurso del domingo por la mañana. Como esa palabra va a ser la suya, no resultará muy de fiar. Lo cual no es necesariamente malo en este contexto. Los primeros movimientos mantis-religiósicos de Sánchez hacia Pablo Iglesias nos hacen concebir esperanzas. Aunque Iglesias es también un killer, por lo que el desenlace está abierto. Este Gobierno tiene algo de trampolín de barco pirata de las películas, al que llegan los dos rivales a enfrentarse personalmente, tras haberse cargado cada uno por su cuenta a un montón. Abajo, por si fuera poco, aguardan los tiburones.

El Gobierno, en cualquier caso, no ha quedado nada mal: parece de gente preparada; con la excepción de Iglesias, las Montero, Garzón, Calvo y Sánchez. Técnicamente está muy bien blindarse con tecnócratas para montarse con garantías festines ideológicos. Al menos no se descuida la realidad de las cosas, mientras se tiene empaquetada como facha a toda la oposición, para que no dé problemas. Yo simplemente me permitiría corregir a los comentaristas que dicen que Sánchez e Iglesias no se cuentan entre los tecnócratas de este Gobierno de tecnócratas. Lo son también: solo que tecnócratas de sí mismos.

Moncloa, por su parte, ha tenido lo que quería: imágenes en el telediario de la manifestación de Vox contra Sánchez que poder dar tras las del discurso de Sánchez. Los líderes voxistas son tan fieles a Sánchez, y tan necesarios para Sánchez, que no dudo en calificarlos de ministros en la sombra.

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En El Español.

8.1.20

La lógica del bipartidismo

En realidad, se ha impuesto la lógica del bipartidismo: llevada al extremo, que es el guerracivilismo. Los dos grandes partidos, azuzados por sus demonios, que están en otros partidos, han puesto fin al espíritu de la Transición, o a lo que quedaba de él. Su sentido se revela ahora: hemos terminado transitando en bucle a lo que había al comienzo. Ahora, a ver hacia dónde vamos. Es como un empezar de nuevo, pero muy antiguo. Las proclamas "entusiasmantes" (como decían los socialistas de antaño) nos pillan ya con la historia muy vieja y repetida. Es el tiempo de los que no se cansan de equivocarse.

Pero está bien. Había un aire como de fin de ciclo. Y teníamos ya como dos generaciones y media de españoles que estaban precisando de una lección histórica. Y no me refiero tanto a las desgracias como a la comprensión: a comprobar en qué se traducen sus pensamientos. Estos años van a ser muy pedagógicos, y a su término rescataremos a los no recalcitrantes. (Los recalcitrantes se quedarán para siempre en plan abuelas rockeras de la ideología, tipo Cotarelo.)

Durante toda la Transición alentó el guerracivilismo, quizá inevitablemente. La herida de la guerra civil y de la dictadura era demasiado profunda. Era una herida, por lo demás, muy anterior: venía de las dos Españas del siglo XIX como mínimo, de las guerras carlistas. En la Transición se llegó a acuerdos, los fundamentales para que hubiera un marco legal democrático y un modelo de país, que no es poca cosa. Y hubo paz. Pero el guerracivilismo se mantenía, soterrado. En la lucha partidista, bipartidista. Siempre que los dos grandes partidos elevaban el tono de su enfrentamiento, manifestaban un deseo de exclusión del otro. No pretendían ser críticas por tal o cual cosa, sino aniquilaciones. Ocurrió con las campañas contra Felipe González, por ejemplo. Y ocurrió cuando Felipe González sacó aquel dóberman o Alfonso Guerra mitineaba contra "la deresha". Jugaban con fuego, pero sabían que lo hacían y se detenían a tiempo. Lo imprescindible para mantener el caldo caliente.

Ha tenido que llegar otra generación más ignorante de políticos para que jueguen con fuego pero sin saber que lo están haciendo. O sabiéndolo, pero dándoles igual: fijándose solo en su provecho. Así el por fin investido presidente Pedro Sánchez, que ya no va a aprender nada. Y así su flamante vicepresidente Pablo Iglesias, que tal vez sí que aprenda. Iglesias es ahora el único resquicio de esperanza: solo él puede aportar un principio de sensatez, de moderación, de coherencia. En sí mismas no muy notables las suyas, pero espectaculares si las comparamos con las de Caballo Loco.

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En The Objective.

6.1.20

¡Todo el mundo al suelo!

Con esta sesión de investidura hemos llegado al momento más bajo de nuestra democracia. Pero no es definitivo: aún podemos bajar más. Treinta y nueve años después se ha obedecido plenamente a Tejero: “¡Todo el mundo al suelo!”. Y ahí está todo el mundo, revolcándose. Unos más que otros, naturalmente: los de Sánchez más. Arrastrando al resto. Es asfixiante la polarización. Ahora estamos donde los peores querían que estuviéramos. Condenados a ser unas alimañas. No serlo será el gran propósito ético (y estético) del año nuevo.

Lo que ha hecho Sánchez, con su PSOE, no tiene nombre. Cuando empezó a decaer el partido hace unos años, los analistas llegaron a la conclusión de que su única manera de regresar al poder sería aliándose con los populistas y los nacionalistas. Pero una cosa era llegar a esa conclusión y otra ejecutarla. Sánchez la ha ejecutado, sin escrúpulos. Su única lógica es la lógica del poder.

Ya la practicó en la moción de censura. Pero entonces cabía la posibilidad de que él se impusiera a sus nefastos socios y los utilizase de comodín. Hoy ha sido al revés: son los nefastos socios de Sánchez lo que se imponen a él y lo utilizan de comodín. El PSOE ha renunciado a ser un partido de gobierno a cambio de gobernar una legislatura. La última que gobernará. De esta saldremos. El que no va a salir es el PSOE.

Todas las derrotas han venido juntas, como si se cosecharan en un solo día los errores de cuarenta y cuatro años: la derrota del constitucionalismo, la del centro-izquierda, la de la Ilustración, la de la igualdad, la de la libertad, la de la democracia liberal... y también la del republicanismo político. Y la de la socialdemocracia. ¿Qué socialdemócrata es ese que habla, como Sánchez en la tribuna, del “libre desarrollo de las identidades nacionales”? Sánchez le ha entregado España a los que quieren destruirla y le ha entregado la izquierda a Podemos. Sánchez se ha quedado sin nada. Bueno, solo con esa presidencia hueca que le queda ridícula.

El gesto más repugnante de la investidura, con todo, ha sido de su socio Iglesias: cuando se levantó a callar, con gesto mandón, no a la proetarra que denostaba al Rey, sino a los que abucheaban a la proetarra. Calma, calma, pedía, cuando él ha sido el gran incendiario, el gran embrutecedor. Si bien se piensa, es el mismo esquema que el de su debut en la vida pública: cuando, siendo un jovenzuelo, mandó callar a Rosa Díez en la universidad; en el fondo, por los mismos motivos. Y en la tribuna, mientras, la proetarra Aizpurua satisfecha como una matona que se sabe protegida por los jefes.

Por lo demás, era desolador ver a Casado diciendo cosas con acierto pero sin gravitas (y con esa insoportable bancada del PP ovacionando cuando la ocasión exigía un silencio sepulcral), a Abascal rebozado en su empanada ideológica y a Arrimadas pidiendo lo que no puede, cuando su partido no lo pidió cuando podía. Tiene un aire bíblico su empeño en tentar a los socialistas para que de entre ellos surja algún no como el de la gran Oramas; pero los socialistas están tan perdidos que ninguno caerá en la tentación, que en este caso (¡ay!) era la tentación de hacer el bien.

Pero ya es mejor que no haya tránsfugas, algo que enrarecería aún más el ambiente. La suerte está echada. La ha echado Sánchez. Hay que apurar el cáliz hasta el fondo.

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En El Español.