10.2.16

Bernhard y el levantarse

"Estar echado no es agradable ni sano, hay que levantarse enseguida porque si no, se tienen pensamiento estúpidos..., de carácter físico o espiritual, ¿no? Hay que saltar inmediatamente de la cama. [...] Psicológicamente es muy malo quedarse echado. Se empieza a cavilar o a disfrutar, y en realidad es muy perjudicial ese disfrute que se practica, quizá, después de despertarse. [...] Eso es justo lo perjudicial, creo, porque surge de algún modo de cierto aburrimiento. Es más inteligente saltar de la cama y cepillarse enseguida los dientes, naturalmente si todavía se tienen. [...] El dominio de sí mismo es algo muy hermoso, creo, algo muy importante. Porque si uno no se domina en absoluto, está perdido en cualquier caso, y eso viene a añadirse a todo lo demás. Si uno se deja llevar, está listo, como suele decirse, es lo mismo que un carro que va hacia el abismo sin conductor: es de prever que terminará destrozado". (Thomas Bernhard. Un encuentro, conversaciones con Krista Fleischmann, ed. Tusquets).

1.2.16

General Lacy

Algunas emociones suceden ya porque no hemos hecho antes una consulta en Google. Bajaba yo la otra noche por el paseo de las Delicias, en Madrid, cuando me crucé con la perpendicular calle Delicias. Iba con un cierto grado de embriaguez sentimental y me desvié por ella, en busca de otra calle de hace algún tiempo. Era entonces primavera, de noche también pero más temprano. Una mujer me llevó por la calle Delicias, yo encantado de que fuese desde el paseo de las Delicias, a una terraza que había más allá, doblando a la derecha. Quise recordar el nombre de la calle, porque lo fuimos pronunciando para encontrar el sitio y formó parte de la velada. Durante este tiempo me ha faltado para tenerla completa.

La terraza la conocí aquella noche, pese a mis años en la capital. Era la de Bodegas Rosell, en cuya fachada había una pareja en azulejos. Me fijé porque el hombre mira embobado a la mujer, altiva, como si me estuviera representando a mí mismo. Al desembocar esta vez en ella y ver al fin el nombre de la calle, General Lacy, se me multiplicó la emoción, pero a la vez recibí un golpetazo melancólico. General Lacy. Otro general franquista. Un nombre más condenado por la Ley de Memoria Histórica, esa ley que mezcla la historia objetiva con la memoria subjetiva, haciendo un potaje que estropea ambas.

Acerca de abusos así ya advirtió Nietzsche en Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida, la segunda de sus consideraciones intempestivas (intempestivo: “que es o está fuera de tiempo y sazón”). Con eso y con la famosa frase de Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”, ya vamos avisados los vivientes de que nuestras experiencias de amor y desamor, y de todo lo demás, han sucedido en calles que designan también a impresentables. El puritanismo, sectario encima, de que todo tenga lugar en suelos limpios delata más neurosis que otra cosa. Como si hubiera algo más limpio que el olvido, que le quita a todo general sus galones –y sus hazañas y sus carnicerías– para dejarlo reducido a una serie rasa de fonemas.

Pero esta columna tiene un final feliz, por mi ignorancia y porque no consulté Google en su momento. El general Lacy, con lo que suena a esos Kirkpatrick, Fanjul o Saliquet que ya van a quitar del callejero, no era un general franquista, sino –como sin duda sabrá algún lector– uno de los que en el XIX defendieron la Constitución de Cádiz, y murió fusilado. Maravillosamente, fue el franquismo el que le quitó su nombre a una calle en La Coruña.

Aquella noche mía de primavera en la terraza en cuesta de Bodegas Rosell seguirá estando, pues, bajo su nombre. Y esta vez la historia habrá hecho que lo agregue, más allá de su fonética, a mi memoria sentimental. Hasta que el tiempo le quite sus galones.

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25.1.16

El amago total

Lo que ha hecho Rajoy ha sido ni más ni menos que “el amago total”, una técnica que empleaba mi amigo Jurdao para, supuestamente, enganchar a las chicas. Consistía en ligarse a una, llevársela a la cama y, en el ultimísimo momento, no consumar. “Con eso te garantizas –aseguraba mi amigo– una serie inagotable de polvos futuros”. Estaba convencido de que con su media vuelta activaba no sé qué resortes de la psicología femenina. Para él era una inversión. Lo malo es que, hasta donde yo sé, nunca le dio beneficios. Las chicas amagadas ya no querían repetir con aquel individuo tan peculiar.

Quizá el Rey sintió una decepción parecida mientras se alejaba Rajoy el viernes. Se habrá quedado con pocas ganas de repetir, aunque a lo mejor tiene que hacerlo: no depende de su gusto. En este periódico se le ha afeado la conducta al presidente en funciones, y estoy de acuerdo porque Rajoy ha contribuido a mermar ese bien escaso que es ahora la pulcritud institucional. Pero en nuestra circunstancia colectiva lo más punzante es la situación estrictamente individual de dos personajes, Sánchez y Rajoy, que o son presidentes o no son nada. Juegan con el país porque se están jugando sus biografías.

Pulcritud institucional aparte, la jugada de Rajoy ha debido de ser maestra –en términos maquiavélicos– por lo enfadados que estaban el PSOE y Nacho Escolar. Por otro lado, su amago total ha ido en la línea de eso que tanto se predica en estos tiempos moralizantes: la coherencia. Lo esencial en Rajoy es su condición fantasmal: fue un ectoplasma en el plasma, y su pasividad y su indefinición son las propias de un difunto (de la Santa Compaña, por supuesto). Ahora su galleguismo profesional ha dado el do de pecho en la legendaria escalera: ni sube ni baja, simplemente se ha evaporado.

De manera que nunca ha sido más “él mismo” Rajoy, como si estuviese protagonizando una canción de Ismael Serrano. Tras esta otra vuelta de tuerca es el Rajoy supremo: un espectro sin tacha. Y con el Estado entero en una pausa, a su compás. No corren los plazos, no hay tic-tac amenazante, el día a día fluye en una niebla sin horas. Como advierte John Müller, esto puede acabar en ruina, porque el dinero, como todo bicho viviente, lleva su bomba de relojería adosada. Pero estallaría en el futuro, que es otro fantasma de momento.

“Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos”, escribió Borges. En España lo estamos degustando, en las jornadas más puras del rajoyismo.

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18.1.16

Pedagogía antidóberman

Yo sé dónde está el hombre que necesita el PSOE, el Churchill de nuestra socialdemocracia: en el cubo de la basura de las juventudes del partido. Si se busca ahí, seguro que aparece el joven brillante, preparado y con altura de miras al que en cuanto despuntó le cortaron la cabeza. El dirigente que no pudo llegar porque en su lugar llegó Zapatero y prosperaron las Pajines. Ahora se dedicará a otra cosa y no querrá saber nada, seguramente ni milite ya; pero su ficha andará por los archivos. (¡Y quien dice hombre dice también mujer: Churchill o Churchillesa, en vez de Susana Díaz!).

El extravío del PSOE no dudo en calificarlo de alucinante. Pensar que está más cerca de Podemos que del PP, como le dijo el ufano Sotillos a Corcuera, solo puede deberse a una mezcla de ignorancia y narcisismo ideológico (como le vino a decir Corcuera). El PSOE era el centro, el centro-izquierda si se quiere, pero por adornarse en las conversaciones y por ponerles un poco de emoción a sus biografías, los socialistas empezaron a acentuar lo de “la izquierda” para contraponerlo a ese no menos fantasmagórico “la derecha” y verse así más guapos, además de distintos. Un líder en condiciones podría haberlo corregido, pero a ese fue al que laminaron.

En el crepúsculo de las ideologías todos los partidos de poder son pardos. Por eso los más pardillos acentúan lo accesorio y se hacen fuertes ahí, por ver si por la etiquetita el electorado los prefiere a ellos en vez de a los de enfrente. El problema es cuando estos árboles tácticos (o de simple oferta comercial) no dejan ver el bosque que importa: el del Estado de derecho, el de la democracia. Así el PSOE en estos días atolondrados. “Por delicadeza perdí mi vida”, escribió hermosamente Rimbaud. El PSOE corre el riesgo de perder la suya por haberse olvidado de lo fundamental.

“El cambio es que España funcione”, dijo memorablemente Felipe González en vísperas de su victoria de 1982. Ahora Pedro Sánchez amenaza con inmolarse (e inmolarnos) ante el cambio disfuncional que proponen las tribus de Podemos y los bandoleros nacionalistas, cargante regurgitación de la España romántica (¡ahora que nos estábamos medio civilizando!).

Pero los mayores del PSOE tienen bastante culpa. Cuando González amenazó con el dóberman en su spot para las elecciones de 1996, que ganaría Aznar, maleducó a sus votantes y a los pipiolos del propio partido. La exageración electoral se solidificó como elemento identitario y ahora el PSOE no quiere que lo vean con el dóberman que él mismo se inventó. Aunque el precio sea que el Estado (¡lo más socialdemócrata que tenemos!) se desmorone.

El problema del PSOE es que, efectivamente, su electorado lo castigaría por pactar con el PP. Ya no le da tiempo a hacer una pedagogía antidóberman.

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11.1.16

Los invasores

La cantidad de amigos catalanes que me he venido echando en los últimos tiempos, antinacionalistas todos menos uno, me ha ayudado a escapar de la dialéctica tramposa del nacionalismo, que establece que hay un conflicto entre Cataluña y España. No. Si hay un conflicto, es porque los nacionalistas lo han creado, caprichosamente. Y no es en primer lugar con España, con su España mental, sino con los catalanes que no son nacionalistas. Son estos el estorbo para sus delirios que les queda más a mano.

La dialéctica Cataluña-España es aberrante y abusiva, porque en su proyección abstracta violenta a unos seres concretos: los catalanes no nacionalistas. Estos asisten de pronto a la invasión de su propio país por parte de una porción de sus paisanos que se arrogan la posesión del país entero, para sacarlo de quicio. Lo que está pasando sería aberrante y abusivo aunque los independentistas fuesen mayoría. Y lo es aún más cuando apenas alcanzan el 48% del electorado. Están “junts” entre ellos: el 52% está separado. Al crisol del nacionalismo le falta más de la mitad de la “nación”.

No es de extrañar, pues, que sea una misión prioritaria para ellos extranjerizar a quienes se oponen. No es ya que los españoles pasen a ser extranjeros en Cataluña; es que a los propios catalanes se les niega (en tales usos retóricos, para empezar) la condición de catalanes. Hace un par de años traduje la Historia mínima del siglo XX, de John Lukacs (ed. Turner). Desde entonces, dado nuestro desdichado momento, no hago más que recordar lo que dice de la Alemania de entreguerras: “Cuando el nacionalismo sustituyó a las versiones antiguas del patriotismo, se buscó enemigos entre los conciudadanos”.

Esta distinción entre nacionalismo y patriotismo viene de una frase autobiográfica de Hitler: “Yo era nacionalista, pero no patriota”. Artur Mas y los suyos podrían decirlo también. Hasta el mismísimo Godwin estaría de acuerdo en que lo de la “democracia corregida” de ahora, como lo de que al pueblo (¡al Volk!) “no lo pararán ni tribunales ni constituciones” de hace unos años, invita a traer a Adolf a la conversación.

Los nacionalistas hablan de “junts” y hablan de “tots”, y esta apropiación deja en una incómoda nebulosa civil (frágil, vulnerable, marginada por definición) a los que no están juntos con ellos ni pertenecen a ese todos que se arroga el 100% cuando no es más que el 48%.

El nuevo jefe del circo castizo es ese Puigdemont que algunos ya invitan a pronunciar (¡asentirá otra vez a Godwin!) Putschdemont. El hombre, más fiel a este mote que a su apellido, hablaba de expulsar a “los invasores” de Cataluña, como los belgas expulsaron a los nazis. Llamando de este modo invasores nazis a los que son tan belgas o catalanes (¡o españoles!) como él, el tío nazi.

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6.1.16

Lisboa revisitada



"Otra vez vuelvo a verte –Lisboa y Tajo y todo–,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí, como en todas partes".
ÁLVARO DE CAMPOS, Lisbon Revisited

Es el marqués de Pombal, servicial como un mayordomo, el que nos hace pasar a la Lisboa bonita. El taxi que sale de la estación de Sete Rios atraviesa una zona impersonal de la ciudad, con grandes edificios de oficinas que podrían estar en cualquier parte. Pero de pronto aparece la estatua de Pombal y ya sí: la avenida da Liberdade, la praça dos Restauradores, el Rossio, la Baixa... Los sitios que reconoce el que vuelve a visitarla.

Llegamos cuando amanecía, aunque con poca luz: estaba nublado y lloviznaba. La praça do Comércio era muchísimo más espaciosa de como la recordaba de mi anterior viaje. El arco de entrada y la estatua central estaban tapados para su restauración: esto fomentaba la grisura ambiente. En medio había parado un tranvía, cuyas luces, como las de las farolas y las ventanas, se reflejaban en el suelo mojado. Avanzamos hacia la orilla, hasta los dos pilares que acaban en bola, cada una con su gaviota perenne. El agua había subido al último escalón. A lo lejos, el puente 25 de Abril –un trazo japonés en la grisura– parecía una pasarela sobre la nada. Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano. El mesianismo sebastianista dice que el rey volverá en un día de niebla. Será entonces “la Hora”.

Hacia el este del Terreiro do Paço se ven, mirando arriba, las casitas del barrio de Alfama, la catedral y el castillo de São Jorge. Tomamos un café en el embarcadero. Allí, protegidos de la llovizna, hicimos tiempo en un banco, entretenidos con la gente que cada pocos minutos bajaba del ferry, con ajetreo de metro, rumbo a su jornada laboral. Llegó el momento de ir al hotel. Subimos por la rua Augusta hasta la rua da Vitória, que estaba en obras, con la calzada levantada y montones de adoquincitos a los lados. Cuando volvimos a salir, lo hicimos ya con otra actitud. Soltar el equipaje le devuelve a uno la condición de transeúnte sin más, aunque su mirada sea nueva. Ya puede pasear sin lastre, camuflado.

La impresión por la rua Augusta es de dignidad, de elegancia. Predomina un neoclasicismo con gusto que se muestra señorial con los habitantes. Los edificios, con sus buhardillas, le recordaban París a A. Ella vivió allí un año. Paseando más tarde por el Bairro Alto, dijo que el panorama de tejados solo se diferenciaba del parisino en la ausencia de chimeneas.

En las fachadas altas de la Baixa se notaba la corrosión del océano: como el ataque del Atlántico a la ciudad, con afecciones de barco. Lisboa ha sido comparada con un barco; por ejemplo, en Lisboa. Diario de a bordo de José Cardoso Pires (“te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega”). En la librería Bertrand me compré el libro ideal para completar el viaje en casa: la Biografia de Lisboa de Madga Pinheiro, que aún no está en español. Leyendo sobre el terremoto de 1755 caí en que entonces Lisboa experimentó un naufragio, como el de los navegantes portugueses. Fernando Pessoa escribió: “¡Oh mar salado, cuánta de tu sal / son lágrimas de Portugal!”. Al terremoto le siguió un maremoto y los lisboetas que nunca habían navegado vivieron una tempestad también.

Del imperio portugués me seduce la interpretación metafísica de Pessoa en Mensaje. Como si la conquista no fuera de otras tierras, sino del océano infinito: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. La vía del navegante es ascética, mística; su navegación es una prueba: “¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña. / Quien quiere traspasar el Bojador / ha de traspasar el dolor”. Y al final: “Deus ao mar o perigo e o abismo deu, / Mas nele é que espelhou o céu”. Dios le dio al mar el peligro y el abismo, pero fue en él donde reflejó el cielo.

Como si obedeciera justo a esa pauta, el naufragio de la ciudad que constituyó el terremoto tuvo implicaciones filosóficas. Kant se ocupó de él. Y Voltaire, que le dedicó un poema y lo sacó en el Cándido como demostración de que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Según escribió Adorno: “El terremoto de Lisboa fue suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz”. A la larga, la catástrofe produjo una reacción racionalista, ilustrada, con las reformas del marqués de Pombal. Pero los horrores de la destrucción y el fuego, y la iconografía tétrica de las ruinas, supusieron un impulso prerromántico que se extendió a toda Europa.

Como cuenta el arquitecto Juan José Vázquez Avellaneda en Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa, el terremoto se sintió en muchos lugares de fuera de Portugal, entre ellos Sevilla. Las vibraciones hicieron sonar las campanas de la Giralda y, según se consignó en su momento, hubo varios derrumbes en la ciudad que mataron a seis personas. En Lisboa los muertos fueron como mínimo quince mil (algunas cuentas dan más del doble). El epicentro estuvo en el Atlántico, casi a medio camino entre Lisboa y la africana Alcazarquivir, donde tuvo lugar el anterior gran desastre portugués: la batalla de 1578 donde desapareció el rey don Sebastián, con nuestro Francisco de Aldana, militar y poeta.

En Biografia de Lisboa se narra así: “La flota partió para Marruecos con el objetivo de tomar Larache. La ciudad de Lisboa quedó a la espera, pues el viaje no era muy largo. La noticia de la derrota total de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578, no llegó a Lisboa hasta el 12. Menos de cien portugueses habían logrado llegar a Arzila. Se hablaba también de la muerte del rey. [...] Lisboa estaba inquieta. [...] Los hombres parecían aturdidos y las mujeres lloraban. Habían perdido al rey, a sus maridos, a sus hijos y a sus parientes, además de los bienes que todos ellos se habían llevado a la expedición. En Lisboa no había casi nadie sin algún vínculo con la empresa. [...] Las pérdidas afectaban a las distintas clases sociales. Los comerciantes habían prestado dinero al rey y a los nobles para el equipamiento. Los soldados más pobres habían partido para ganar dinero. Las mujeres de la nobleza lloraban en sus palacios y las otras en las calles. Los nobles recriminaban al rey o a los que le habían dejado partir”. De esta angustia nació el anhelo de que el rey volviera.

En 2008 viví unos meses en Arzila (Asilah), que está cerca de Alcazarquivir. Don Sebastián y sus tropas habían desembarcado en Tánger, pero el capitán Aldana y los soldados castellanos que iban a unirse al rey portugués desembarcaron en Asilah. Los taxis de Marruecos son viejos mercedes de color crema: en ellos se va de Tánger a Asilah, en ellos se puede viajar a Alcazarquivir. En Lisboa hay bastantes. Cada vez que cruzaba uno pensaba que eran avisos, recordatorios de la gran derrota, que solo yo, como una especie de visionario del pasado, percibía.

Por el elevador de Santa Justa subimos al convento do Carmo, a sus ruinas que no se reconstruyeron tras el terremoto. Desde allí arriba, y luego desde el mirador de São Pedro de Alcântara, contemplamos la ciudad. Hermosa, no blanca sino rojiza, colorida. Como desde los demás miradores a que nos asomamos en los días siguientes: el de Santa Luzia, el de Graça (que ahora tiene el nombre de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen), los del propio castillo de São Jorge, el de Santa Catarina... Este estaba en obras, como si el monstruo Adamastor que allí tiene su estatua se hubiese propagado por el suelo.

En el centro del jardín del Príncipe Real hay un ciprés enorme; no por su altura sino por su copa: veintitrés metros de diámetro. No lo había visto en mi primer viaje, pero me lo recomendó mi amigo Josepepe. Su primer nombre fue jardín de Río de Janeiro; aunque con el cambio no perdió la conexión brasileñista: Príncipe Real se llamaba el barco en que la familia real portuguesa se trasladó a Brasil en 1807, con la invasión napoleónica. En esa explanada se instalaron barracas en la época posterior al terremoto: muchos lisboetas, incluidos los reyes, le tomaron miedo a dormir en edificios sólidos. Y en el siglo XX llegó a haber una biblioteca al pie del ciprés, bajo la techumbre de sus ramas.

Además de la inexcusable Bertrand y de la Fnac, en el Chiado, otras librerías recomendables son Letra Livre (calçada do Combro, 139), Centro Cultural Brasileiro (largo Dr. António de Sousa Macedo, 5) y Fabula Urbis (rua Augusto Rosa, 27). Entramos en otra de viejo de la que no recuerdo el nombre, cerca del cementerio dos Prazeres. Por allí había una parcela de restos geológicos con este cartel: “Esto era mar hace veinte millones de años”.

Un buen sitio para comer es la Casa da Índia (rua do Loreto, 49-51), donde lo mejor es el arroz con marisco acompañado por vinho verde. Abajo, cerca del río, hay un bar delicioso para picar: Sol e Pesca (rua Nova do Carvalho, 44), decorado con cientos de latas de conserva de todo tipo, que son lo que se consume. Cerca, subiendo por la rua do Alecrim, por la que Saramago hacía pasar a Ricardo Reis, hay (en el número 19) un local perfecto para tomar una copa: la Pensão Amor, un antiguo burdel cuyo nombre se invita a leer ahora alternativamente como “Pensa o Amor” [Piensa el Amor]. Es confortable y esteticista como el legendario Pavilhão Chinês del Bairro Alto (rua Dom Pedro V, 89). Por el camino, por las ruas Diário de Notícias y Atalaia, y las circundantes, hay montones de tascas rebosantes de erasmus. En una de ellas se anunciaba el “copo da crise” [vaso de la crisis]: medio litro de cerveza por 1,25 €. Para tomar un chupito por la tarde hay que ir a A Ginjinha (largo São Domingos, 8), donde sirven licor de cerezas, o de guindas, ginjas. Y para desayunar o merendar, A Suiça (praça Dom Pedro IV, 96-104).

Pero Lisboa sobre todo es caminar, subir y bajar cuestas y escaleras, pisar el empedrado, con pasos casi trotes. “Ser lisboeta es un deporte”, dijo A. O traquetearse en el tranvía. Aunque el lisboeta es un deportista sin aspavientos, o un antideportista en realidad. Es un filósofo. Me llamó la atención la cantidad de conversaciones reflexivas que cazaba, cuando pegaba el oído. Como si los portugueses fuesen franceses amables; personajes de película francesa que reflexionan sobre la vida.

Hay un manual para que el turista que lo desee se convierta en un personaje de Pessoa, bajo sus órdenes: Lisboa: lo que el turista debe ver, la guía que Pessoa escribió. Cualquiera puede colocarse bajo el imperativo pessoano y seguir el itinerario que se marca en el libro. Los desencajes de aquella Lisboa con respecto a la actual pueden considerarse recursos literarios. Hay un momento particularmente hermoso: “Nuestro automóvil cruza de nuevo el Rossio, sube por la rua do Carmo, por la rua Garrett (más conocida como Chiado) y, volviendo hacia la rua Ivens...”. Pessoa ha narrado nuestro paso por delante de A Brasileira y no ha visto su estatua. La ha eludido limpiamente, en un ejercicio (tan suyo) de despersonalización.

Si me tuviera que quedar con un momento de esos días, quizá fuese el del anochecer del primero. Estábamos en el Cais do Sodré, mirando desde el muelle cómo el sol se ponía (había salido finalmente el sol) más allá del puente, por la abertura de Belém hacia el Atlántico. Yo llevaba el librito de Mensagem que me había comprado en mi primer viaje a Lisboa y le traduje a A. el poema “Prece” [Oración], del que hay una versión musical de Gilberto Gil que me gusta mucho. Dice la segunda estrofa: “Pero la llama, que la vida creó en nosotros, / si aún hay vida, aún no se ha extinguido. / El frío muerto en cenizas la ocultó: / la mano del viento puede aún erguirla”. Y los dos últimos versos: “Y otra vez conquistemos la Distancia; / la del mar u otra, ¡pero que sea nuestra!”. En un momento dado, empezamos a oír a nuestras espaldas un sonido de maderas y como de resoplidos; parecía alguna máquina del puerto que se había puesto a funcionar. Cuando nos dimos la vuelta, vimos que eran unos remeros entrenando en un aparato colocado en el suelo. Lisboa, de nuevo, como barco.

Durante los días posteriores al viaje sentí un dolor en las rodillas, no del todo desagradable: era un dolorcito vigoroso, una especie de agujetas en los huesos de tanto andar por los empedrados. Como estaba además la sensación de que Lisboa me iba creciendo por dentro tras haberla dejado, pensé que se trataba de un “estirón espiritual”. Las rodillas se abrían para elevarme a una condición mejor: la de lisboeta.

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Publicado en El País/Jot Down Smart núm. 3, diciembre 2015.
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PS1. Mis fotos de Lisboa (2013): aquí, aquí y aquí.
PS2. Diario de mi primer viaje a Lisboa (1996).

4.1.16

Marxismo de chalet

La primera biblioteca marxista la vi en un chalet, a finales de los ochenta. Pertenecía al padre de un amigo mío que era tesorero de un ayuntamiento de la Costa del Sol, enriquecido por el turismo (el ayuntamiento). El alcalde era del PSOE, aunque el padre de mi amigo no: sus devociones estaban con Fidel Castro y con Mao. Y también, inesperadamente, con Nietzsche. Un día mi amigo viajó a Suiza con su padre. “Es que admira mucho a Nietzsche y quiere peregrinar a Sils-Maria”. En los meses sucesivos repitieron varias veces la peregrinación. El súbito nietzscheanismo del padre de mi amigo era humano, demasiado humano.

A mi amigo no le dio por leer la biblioteca de su padre, pero cuántas de las nuevas hornadas de marxistas no provendrán de las bibliotecas marxistas arrumbadas en los chalets. Esos chalets logrados en buena parte gracias al marxismo, a las carreras marxistas o exmarxistas de los papás. Estudiar los mecanismos del capital, se decía en la época del primer pelotazo, permitía luego con relativa facilidad hacerse rico.

Desde que han vuelto a proliferar los marxistas, me entretengo en preguntar sobre ellos, cuando hay ocasión, y casi todos vienen de familia rica o como mínimo acomodada. Haya o no biblioteca marxista en el chalet, tenemos un marxismo que es eminentemente de chalet. Entendiendo “chalet” como metáfora del nido: vivan donde vivan ahora los polluelos, y habiendo podido ser, en vez de chalet, un ático.

En Podemos están Íñigo Errejón o Rita Maestre. En literatura, Marta Sanz o Belén Gopegui (me partí cuando supe que esta era la “Sor Lubianka” de que habla Trapiello en su diario; mote con el que ya me había partido antes de saberlo). Otro por el que pregunté en su día un poco rutinariamente, y que también me confirmaron, es César Rendueles, autor de Capitalismo canalla. Muerden la mano que les dio de comer langostinos.

En estas cosas he pensado después de ver la discusión entre Corcuera y Sotillos, el hijo de Sotillos, portavoz del primer gobierno de Felipe González. No sé si Sotillos hijo se educó en la biblioteca marxista de papá, pero es, sin duda, un “marxista de papá”. En un momento dado, Corcuera le toca la mano (m. 8:23 del vídeo) para desmentirle que haya trabajado en la vida. La idea que tiene Corcuera de lo que es trabajar está anticuada, pero ahí sí que vimos al fin un episodio de la lucha de clases de que tanto se habla de nuevo. Con el marxista situado en su lugar, que es el de arriba: el del señorito, el del burgués.

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31.12.15

Agenda Montaigne

Tiene Jünger una frase espectacular, que vale para todos: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida, menos una: la cita con la muerte”. Yo, si esa cita asegurada no se me presenta de improviso, con quien me he citado todos los días de 2016 es con Montaigne.

Cuando terminé En busca del tiempo perdido el 18 de noviembre (aniversario de la muerte de Proust, pero fue casualidad), decidí emprender otra lectura grande: de las que marcan época. Me hice una agenda para leer poco a poco Los ensayos de Montaigne, desde el mismo día siguiente hasta el último día del año que mañana empieza. Así, si 2015 ha sido mi año Proust, 2016 será mi año Montaigne. La idea es, naturalmente, que los tiempos ásperos que se avecinan no se lo coman todo. Hay que ocuparse de la actualidad, y eso haremos: pero también hay que acotarla.

Mi plan es leer cuatro páginas cada día, tras unos primeros en que leí algunas más para hacer el ajuste. Llevo ahora doscientas: del tocho de Vallcorba, por supuesto, que sirve también para hacer bíceps. Es un volumen este de Acantilado perfecto para regalar en navidades. Se editó en 2007, pero no es extraño ver aún compradores en las librerías. Existe la conciencia de que es un regalo bueno, y benéfico.

Últimamente, quien más ha hablado de Montaigne entre nosotros ha sido justo el autor que mejor lo ejemplifica: Iñaki Uriarte, cuyos deliciosos Diarios son tan montaigneanos como uriartianos. Las ganas por Montaigne también se me han venido contagiando estos años con las conferencias que hay en la benemérita web de la Fundación Juan March: las de Argullol, García Gual, Claudio Guillén y Peter Burke. El Montaigne de este último (que debería reeditar Alianza) es la mejor introducción por escrito (¡así funciono: recién llegado y ya introduciendo a los demás!).

Anthony Burgess, que empezó a escribir tarde sus novelas pero que en poco tiempo tuvo ya varias gordas publicadas, confesó una vez el secreto de su fecundidad (cito de memoria): “Es muy fácil. Basta escribir cuatro páginas diarias. Si escribes cuatro páginas diarias, en un año has escrito Guerra y paz. Y si esas cuatro páginas diarias las escribes antes del desayuno, tienes el resto del día libre”. Yo estoy haciendo lo mismo, pero con la lectura. Me terminaré Los ensayos de Montaigne sin despeinarme. Mejor dicho: antes de haberme peinado, porque mis cuatro páginas diarias las estoy leyendo antes de levantarme. Y con el resto del día (¡todo el día!) libre. Vaya que si libre: con la libertad que da Montaigne.

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28.12.15

Péplum

Me he dado a la decadencia en estos días finales. Y, como si me hubiese pillado, el Rey dijo en su discurso la palabra “decadencia”. Advirtió contra la decadencia, pero estamos en decadencia. El palacio mismo donde se sentó era decadente: gloria de otros tiempos. Reforzaba el mensaje (que era bueno, de salud pública), pero la pompa resultaba embarazosa. Nos habíamos habituado a la salita de estar de circunstancias. Aunque, para pomposos, nuestros republicanos de salón: esos que constituyen hoy el principal (¡y real!) argumento contra la III República.

Me he dado a la decadencia. He releído la poesía completa de Cavafis. Releer: verbo decadente. Casi todos los poemas tratan de la larga decadencia del helenismo o de la decadencia (la vejez) del sujeto poético; a veces, de las dos juntas. En ambas hay una memoria dorada: la de la plenitud clásica o la de los placeres de la juventud. Hay una figura imposible: la de Juliano el Apóstata, el emperador romano que intenta inútilmente resucitar el paganismo, con el imperio ya cristianizado.

Esta semana hablaba yo con un amigo de nuestra situación política y soltó: “Bah, yo lo que voy a hacer es leerme la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, pero empezando directamente por la caída”. Su frase no me hizo leer a Gibbon, pero sí ponerme La caída del Imperio Romano, un péplum que se rodó en España. La decadencia de Roma y nuestra decadencia. Marco Aurelio muere y llega Cómodo. Del primero se dijo: “En solo una cosa perjudicó a Roma: en haber engendrado”. La Transición no ha sido tan sabia como Marco Aurelio, pero entre sus hijos hay más de un Cómodo.

Nuestra decadencia es un péplum. Veo que la palabra está en el diccionario: “Película ambientada en la Antigüedad clásica”. El vocablo nos lo han ido pegando los críticos de cine. Uno de ellos, Carlos Boyero, ha escrito un artículo hermosísimo, no sobre cine: “Que puedas seguir leyendo y escribiendo, Savater”. Entre el cariño y la indudable admiración, se desliza una frase: “[aunque] disienta de vez en cuando de las opiniones políticas [de Savater]”. No tiene importancia, ni enfría los elogios; pero resulta sintomática.

Ese tipo de salvedades hoy solo se hacen con unos, y no con otros: se hacen con los que, como Savater, defienden limpiamente la Transición, la Constitución (que nos han dado democracia y prosperidad), y atacan no menos limpiamente los nacionalismos y los populismos (que nos han envilecido y arruinado, o amenazan con hacerlo). Son salvedades estrictamente decadentes: síntomas de adónde hemos llegado, y del declive que nos queda. Casi dan ganas, como mi amigo con Gibbon, de saltar directamente a la caída.

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En El Español.