26.6.15

El Rey sin crítica

Una situación poco habitual, pero que se repite cuando llega la ocasión, es la del padre diciéndole a su hijo que esté atento, porque va a asistir a un "acontecimiento histórico". Y lo bonito cuando ese niño se vuelto adulto, lo pensé un día, es que en la memoria del acontecimiento ya siempre estará su padre, señalándoselo. Cuando coronaron al rey Juan Carlos I lo viví. Yo tenía nueve años y lo que señalaba mi padre era el televisor, lugar de los acontecimientos. Recuerdo además que mi abuelo se quedó engatusado con la frase: "Si así lo hiciereis, que Dios os lo premie, y si no, que os lo demande". Con el tiempo se ha visto que nunca se le demandó nada, hasta que se lo demandó todo de golpe.

Este ha sido un junio de aniversarios. El día 2 se ha cumplido el primero de la abdicación de don Juan Carlos, y el 19 el de la coronación de Felipe VI. El 24 han vuelto a aparecer juntos en la celebración del trigésimo aniversario de la firma del Tratado de Adhesión de España a la Comunidad Europea. Yo los miraba ya como personajes más reales que los que aparecen en su función real, porque estaba leyendo Final de partida, de Ana Romero, un libro pulcro, amargo y necesario sobre los últimos años del reinado de Juan Carlos I. El cineasta Preston Sturges tituló su autobiografía De los acontecimientos que condujeron a mi muerte, que es el mejor título de autobiografía posible. Valdría para todos, incluso para un rey. Pero Final de partida habla de algo específico y turbio: de los acontecimientos que condujeron a la abdicación.

Junto a estos acontecimientos, que el lector del libro recordará, y verá enriquecidos y ampliados, hay otro que en el libro también se apunta, como apuntó la propia autora en la presentación que hizo en Málaga, y que me parece sustancial: el del silencio de la prensa. La prensa estuvo años callando, reprimiendo todas las críticas o silenciando a los pocos que se atrevían a hacerlas, hasta que al final la realidad estalló y salió a borbotones, descarnadamente. Pero lo interesante de esa realidad, bastante podrida, es que se pudrió en buena parte debido a la falta de fiscalización. El rey Juan Carlos no respondió con una responsabilidad suprema a la irresponsabilidad que le concedía la Constitución para protegerlo, sino más bien lo contrario. Y nadie se lo afeó.

Yo siempre me he definido como republicano sin prisas. Considero que la república es la forma de gobierno más racional, pero considero también que la prioridad es la democracia. Como esta es compatible con la monarquía constitucional, o parlamentaria, no tengo problema en aceptar a un rey. Soy, en fin de cuentas, eso que se llama accidentalista. Pero lo leído en el libro de Ana Romero me ha alarmado y reconozco que me han empezado a entrar prisas en mi republicanismo hasta ahora paciente. De momento me puedo contener, porque Felipe VI me merece confianza. Pero es imprescindible, inaplazable, la crítica. Esta no puede omitirse, ni decaer, en ningún momento. Esta es la lección que hay que aprender de lo ocurrido con don Juan Carlos.

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23.6.15

La bandera compensatoria

El PSOE tiene un problema y ese problema es la bandera de España. El banderón que puso el domingo Pedro Sánchez en su proclamación como candidato a presidente del Gobierno tenía quizá las dimensiones del problema: era una bandera sintomática, una bandera compensatoria. Era darse un atracón de bandera española para compensar la cantidad de actos del PSOE en que la bandera española no ha aparecido. Todas las banderas que han faltado estos años se manifestaron de golpe allí, en forma de superbandera. Puro principio de Arquímedes aplicado a los trapos.

Se parece un poco a lo que hizo Zapatero cuando se le criticaba (¡con cuantísima razón!) por sus concesiones a los nacionalistas: lanzó el sonsonete de "Gobierno de España" en todas las campañas de los ministerios. En el fondo era otra muestra más de su desprecio por las palabras: en tan poca estima las tenía, que no le importaba utilizarlas como camuflaje. El PSOE de Sánchez también ha hecho algunas concesiones a los nacionalistas en los pactos municipales y autonómicos de las últimas semanas. Lo de la bandera quizá sea un intento por atrapar votantes, como si fuese una enorme red, que están huyendo a Ciudadanos. El domingo Sánchez reprimió sus amagos de coleta para parecerse un poco a Albert Rivera.

Pero en el PSOE las coletas se disparan como el brazo del Dr. Strangelove en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Como muestra, los tuits del inefable Pérez Tapias, que fue uno de los contrincantes de Sánchez en las primarias de hace un año (ahí la militancia estuvo bien, por no elegirlo):
Sobreactuación: mucha bandera de España, ¿no?

Hoy eché en falta banderas republicanas...

Me imagino a Rajoy en mitin preelectoral con gran bandera española como telón de fondo... Pelos de punta, ante tanto nacionalismo españolista
En fin, con estos bueyes tiene que arar Sánchez. Su partido ha llegado a tal grado de extravío, que a lo mejor su vuelta a la normalidad solo podía ser pomposa. Contradicciones y razones estratégicas o propagandísticas aparte, el paso de Sánchez ha sido en la buena dirección. Lo ideal sería un trato futuro con la bandera española sin énfasis, con naturalidad. Algo que, por otra parte, quizá sea mucho pedirle no ya al PSOE sino a la propia España.

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19.6.15

Vargas Llosa contra su mortaja

El gran problema del liberalismo español es que no hay liberales. Hay predicadores, sí, del liberalismo. Pero ellos mismos son más conservadores que liberales, y luchan por una libertad con la que no saben qué hacer. La prueba es cómo se parecen unos a otros y qué igualita es la vida que todos llevan: es como si, cohibidos por la libertad en la que han depositado su fe, se replegaran a la condición de oficinistas, a un estadio previo al ejercicio (a lo grande) de esa libertad. Ha tenido que venir un peruano nacionalizado español para ser la excepción entre nosotros. Mario Vargas Llosa: el único liberal que me consta.

El certificado del comportamiento libre quizá sea la sorpresa. El lema del liberal podría ser entonces aquel que consignó Oscar Wilde: "Uno debería ser siempre un poco improbable". Y lo que ha hecho Vargas Llosa después de obtener el premio Nobel ha sido del todo improbable: no dejarse amortajar, resucitar incluso. Para los que tendemos a la indolencia, ha sido un ejercicio abrumador de voluntad. Todavía no nos hemos recuperado de sus esfuerzos.

Vargas Llosa ha seguido disciplinadamente con sus novelas y sus artículos, ha debutado como actor en el teatro (en una obra escrita por él) y ahora, a la edad de setenta y nueve, se ha convertido en personaje de portada del ¡Hola!, que es como hacer de malo de su propio libro La civilización del espectáculo (sobre lo que ha escrito de maravilla Jaime Bayly). Y naturalmente está el motivo de esto último: amor, la pasión; el haberse metido en este lío tremendo como un adolescente. Quizá la clave esté en que la libertad no la aprendió en el liberalismo, sino en el existencialismo. Tiene su belleza que, después de todo, le haya sido fiel en lo fundamental a su ídolo de juventud: Jean-Paul Sartre.

Además de indolente, soy un sentimental. Y por eso mi corazón (¡poco darwinista!) no ha dejado de pensar estos días, frente a la Preysler, en la prima Patricia, la de "la naricita respingada". Comprendo su pena, y también que no tiene solución: quien no mata muere. No estoy hecho para las crueldades de la vida, pero las admiro cuando se hacen por ella. El paso implacable de Vargas Llosa, antichocho, para seguir vivo. (O para confirmar que lo estaba).

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16.6.15

Primer día del podemismo

El primer día del podemismo ha sido largo, pesado y feo. Y no ha sido más que eso: el primer día. Nos espera una buena. Por fortuna han venido Vargas Llosa e Isabel Preysler a brindarnos un refugio frívolo. El romance otoñal, invernal casi, entre estos dos soles nos envejece a todos; pero nos da calorcillo.

Solo otra pareja ha podido competir con ellos en ese campo: la formada por los meñiques de la nueva alcaldesa de Jerez. Después de darle muchas vueltas, he encontrado una explicación: se trata de un homenaje a sus apoyos. Mamen Sánchez, del PSOE, ha accedido a la alcaldía gracias a los votos de IU y de Ganemos Jerez. Esos meñiques son ellos: peña incómoda con el sistema que ha encontrado una solución para estar sin estar propiamente dentro. El equivalente en dedo del pie al juramento "por imperativo legal".

Pero todo se lo ha chupado el caso de Guillermo Zapata, el concejal de Manuela Carmena en Madrid, y sus tuits antiguos sobre judíos o víctimas del terrorismo. A mí el humor negro me gusta y no lo veo reprobable en sí mismo. Yo lo practico a veces y sé de primera mano que hay chistes que puedo hacer, o celebrar, y que no tienen nada que ver con lo que pienso "en serio" acerca de sus asuntos, ni inciden lo más mínimo en mi conducta. Es necesario zafarse de lo políticamente correcto y no ponerle límites moralistas a la libertad de expresión.

Pero la libertad de expresión no se para ahí: el que emite esos chistes no tiene "la última palabra". Aquel que los repruebe también tiene derecho a manifestarlo, e incluso a calificar como le parezca al autor de los chistes. Mi idea de la libertad de expresión es completa: para todos. El que me molesta es el que se arroga la palabra definitiva y, a partir de entonces, si se le critica, pasa a exhibirse como víctima. No es el humor negro, sino este ventajismo, lo que me repugna.

Esta vez no ha sido exactamente ese el caso de Zapata, que se ha excusado y al final ha dimitido, pero sí el de los frentes de opinión partidarios de Podemos. Estos se han convertido en auténticas máquinas de generar contextos que desactivaran a los desdichados tuits. A mí, como gran partidario de las contextualizaciones, me ha parecido bien. Aunque cantaba que esos mismos frentes de opinión son los que generan descontextualizaciones morrocotudas para desprestigiar a los contrarios, en favor de Podemos. Lo de siempre, pues: propaganda.

Pero lo peor del primer día del podemismo en sus alcaldías han sido los arranques de violencia, como los insultos y amenazas a los concejales de Ciudadanos a la salida del pleno madrileño, según denunció su lideresa Begoña Villacís. Esto ha sido lo grave de verdad. Podemos viene con un pedigrí de resentimiento y revanchismo preocupante. La única esperanza es que traicionen su retórica.

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15.6.15

Jot Down 11

Ha salido el número 11 de Jot Down (en papel), con colaboración mía: "Que no lo sepan". Se trataba de hablar del miedo (el lema es ¿Quién dijo miedo?) y yo he escogido un miedo peculiar de escritor: no el miedo a la página en blanco, sino el miedo a la página escrita. Entre los colaboradores de este número (con el que Jot Down celebra su quinto aniversario) están Félix de Azúa, Andrés Trapiello, Javier Marías, Gabriel Albiac, Joaquín Sabina, Arturo Pérez-Reverte, Santiago Auserón, Monserrat Domínguez o Laura Fleixas. Se puede adquirir en librerías (en Málaga está al menos en Luces y en la Fnac) o pidiéndolo por la web.

12.6.15

Zerolo en tres fases

Esta Montanoscopia amenaza con convertirse en una sección de peluquería, pero pensando estos días en Pedro Zerolo he visto que se puede hablar de él por su cabeza, por las tres fases capilares que le conocí. La segunda y la tercera son las conocidas, pero yo tuve ocasión de ver también la anterior: la de su pelo corto de abogado, que combinaba con su traje de abogado. Era un Zerolo de aspecto convencional, que acababa de ser nombrado presidente del antiguo Cogam (Colectivo Gay de Madrid) y al que sus amigos llamaban "el Felipe González gay".

Yo trabajaba entonces de guionista en Antena 3 TV, y mi compañero Fernando del Moral me llevaba al Corazón Negro, el añorado bar de la calle Colmenares en el que ponía copas David Delfín (antes de ser diseñador). Allí se juntaba con sus amigos del ambiente, entre los que estaba Leopoldo Alas, que ya también murió. Yo hablaba poco, porque casi no tenía nada que decir y porque me divertía escuchar. Alas acababa de publicar De la acera de enfrente, y según su propia clasificación yo era un "heterogay": heterosexual con pluma. Pero lo mejor era el capítulo dedicado a la mili, cuyo comienzo celebraba el grupito: "Dicen que en la mili uno se hace un hombre. Falso: yo me hice veintisiete".

Entre estas frases jocosas aparecía Zerolo, al que recuerdo llegando tarde, de trabajar, y más bien serio. Estaría cansado, sin duda, porque de él decía Ferny que tenía mucha gracia, y para confirmarlo repetía dichos suyos con acento canario. Pero con esa imagen seria de Zerolo, con el pelo corto y formal, me quedé hasta que años después lo volví a ver por la tele, ya con los rizos, la sonrisa y la manera de vestir colorida: el look de su faceta pública. Nunca supe a qué se debió el cambio, ni si fue gradual o de un día para otro. Confieso que entre las distintas opciones (todas plausibles), consideré la del cálculo político; al fin y al cabo parecía lo que más le convenía: el "activista gay" perfecto. No lo sé. En cualquier caso, su apariencia contribuía también a su lucha.

De esta fase me molestaba su retórica, pero a mí es fácil que la retórica de un político me moleste. Más me molestaba que fuese un componente del para mí nefasto zapaterismo. Aunque aquí hay una enorme salvedad: él fue el principal impulsor de algo que sí hizo bien Zapatero, la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo. Una ley valiente y justa que mejoró la vida concreta de muchos individuos y que dignificó (e incluso prestigió) a toda la sociedad. En este sentido, Zerolo ha sido indudablemente un benefactor. La retórica que me molestaba queda rebajada ante este reconocimiento.

Y de pronto llegó el final de su vida, que ha resultado tan trágico y triste como ejemplar. Del pelo corto y la melena de rizos pasó al cráneo mondado por la quimioterapia, que vimos porque él lo mostró. Como dijo en una entrevista: "He tenido que pelear mucho en mi vida y salir de muchos armarios, y ahora me ha tocado –y he querido– visibilizar mi cáncer". Su comportamiento durante este último episodio le ha dado quilates a su valentía. Y ha producido para su trayectoria entera una irradiación de elegancia.

Luis Antonio de Villena, del que se hablaba a veces en el Corazón Negro (iba con ellos al bar, pero yo nunca coincidí), suele citar esto de Petrarca: "Un bel morir tutta una vita onora". Se le podría aplicar a Pedro Zerolo, si no fuera porque su vida no necesitaba a la muerte para ser honorable.

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9.6.15

Los dolores del pacto

Al bipartidismo lo ha venido Dios a ver con esto de que las municipales y autonómicas hayan sido antes de las generales. Los, así llamados, nuevos partidos no podrán llegar a las elecciones definitivas con su potencial intacto, sino que habrán tenido que mancharlo, modificarlo e incluso desmembrarlo. El roce con la realidad no sale gratis, y la política consiste justo en eso: en ideas bajadas a la práctica; o, si preferimos ponernos románticos, humilladas por la práctica.

A mí esta mediación me parece saludable, como me lo parece que el campo de pruebas sea municipal y autonómico antes que nacional. Al cabo, el PP y el PSOE no se enfrentarán a fantasmas impolutos, sino a partidos que, aunque nuevos, hayan hecho ya sus pinitos y tengan por donde meterles mano. Un aspecto regocijante de esto último es que el PP y el PSOE podrán atacar mejor a Podemos y Ciudadanos en la medida en que Podemos y Ciudadanos se parezcan más al PP y al PSOE. En fin de cuentas, estos estarán entonces en un terreno conocido, en ese ping-pong que es su zona de confort.

Pero a mí me interesa ahora el momento presente, desde el punto de vista de Podemos y Ciudadanos: su salida inaplazable del "estado de posibilidad", en que todo se mantenía abierto y limpio, para concretarse en algo, que por definición tendrá límites. Ciudadanos no es estrictamente un partido nuevo (sus comienzos fueron hace justo diez años), pero, en la medida en que acaba de inaugurar su relevancia a nivel nacional, concedamos que es el otro partido nuevo del plural de moda. Pues bien: la novedad ahora para los partidos nuevos es que, después de haber estado durante los últimos meses viviendo del futuro, van a tener que empezar a generar pasado.

Se entiende, así, la resistencia, que es sintomática. Van a perder buena parte de su encanto y quieren aplazarlo cuanto puedan. Lo bonito es que, a estas alturas, el no pactar también tendrá su coste. Se ha salido de cuentas y hay que sufrir, como en los tiempos anteriores a la epidural.

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5.6.15

'Adana' Colau

Me he pasado la mañana viendo vídeos de Ada Colau y ahora debería darme una ducha, pero tengo que escribir este artículo. La ducha sería por quitarme los aspectos morales, moralizantes; bueno, y algo físico: su peinado a dos aguas. Ese peinado, una especie de partición del mar Rojo capilar, es en realidad lo más moralizante: podría tomarse por metáfora de la división maniquea del mundo que se cuece más abajo, dentro de esa cabecita.

En tal división, Colau está naturalmente entre los buenos, que para eso luce la metáfora. Un tanto apelmazada, todo sea dicho. Su pelo está más cerca del velo de nuestras monjas ideológicas (que son la expresión máxima de la moralización actual de la política) que de la melena libre de aquella dama joven de la gauche divine que cantó Jaime Gil de Biedma: "Hoy vestida de corsario / en los bares se te ve / con seis amantes por banda / –Isabel, niña Isabel–, // sobre un taburete erguida, / radiante, despeinada / por un viento solo tuyo, / presidiendo la farra". A esta sí que le pegaba el run run, aunque con una letra distinta.

Gil de Biedma precisamente pidió, pensando en los charnegos de Barcelona: "que la ciudad les pertenezca un día". Y por un eco de ese verso me alegré un poco cuando ganó Colau sus municipales. Pero fue un descanso que me concedí: sé que no es eso, no es eso... (El verso, por lo demás, ya quedó arruinado con el president Montilla). De Gil de Biedma, aunque era un señorito (¡y tío de Esperanza Aguirre!), me fío: tenía una visión inteligente, sin simplificaciones. Pero el uso que hace Colau de expresiones como "gente sencilla" o "gente común" me escama. Son de la estirpe del infame "toda la pobre inocencia de la gente" de Víctor Manuel y Ana Belén. Paternalismo de vendedores.

En cualquier caso, si la pura compasión, si la pura bondad funcionara en política, todavía. Pero, como nos recuerda Manuel Arias Maldonado en Revista de Libros, hay una línea que va de Rousseau a Robespierre. Quizá era necesario que se probara el camino, pero a estas alturas de la historia no hay crédito en esa dirección. Deprime que se vuelva a jugar tan alegremente con el fuego roussoniano, como ha hecho Colau esta semana al decir: "Desobedeceremos las leyes que nos parezcan injustas". Una frase en la que se ejercitó, por ejemplo, el golpista Tejero, y que empalma con aquella otra de Artur Mas de que no le pararían "ni tribunales ni constituciones". Cualquier fascista se sentiría cómodo con ellas.

Para evitar esta arbitrariedad antidemocrática (puro "triunfo de la voluntad" nazi), el camino de Colau solo podría desembocar en el establecimiento de un sistema que juzgase del modo más objetivo posible. O sea: algo que se parecería al sistema judicial que ya tenemos. Y con la democracia representativa que ahora tanto se impugna pasa igual. El adanismo, incluido el de nuestra Adana Colau, es siempre partir de cero para llegar –en el mejor de los casos– a lo que había, con destrozos en el transcurso.

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2.6.15

Los alegres comienzos de Ciudadanos

La plasta nacionalista, su carácter abusón e insoportable, se vio una vez más con la pitada al himno español en la final de la Copa del Rey. Un himno es algo antipático por naturaleza: impone rigideces incómodas. En España, tras el empacho franquista, nos hemos tomado nuestro entrañable chunda-chunda con ligereza e ironía. Salvo las autoridades, que deben mantenerse firmes, el himno solemos afrontarlo, cuando nos toca, con una respetuosa resignación, y si es posible haciendo bromitas por lo bajini, o después. Es, al cabo, un trámite corto, sin excesiva presión, llevadero.

La relajación patriótica en que ha vivido España desde que murió el dictador ha sido gloriosa: un lujo que no han podido saborear los catalanes ni los vascos, cuyos merluzos del nuevo nacionalismo corrieron a sustituir a los del anterior (bueno, como señalaba Félix de Azúa en Gente que vive fuera, en no pocas ocasiones se trató de un cambio de bandera por parte de los mismos merluzos). Hoy no es el himno español, sino la pitada antiespañola, la que impone la pomposidad horrísona, obligatoria y opresiva. Pues estamos ante el patético espectáculo de la opresión disfrazada de rebeldía, patrocinada por la sonrisa de conejo del mandamás que debe su puesto (y su sueldo) al Estado que simboliza ese himno.

Contra esta ocupación del espacio público en Cataluña por quienes se arrogan la totalidad siendo solo una parte (y la peor encima), surgió Ciutadans, Ciudadanos. Esta semana se cumplen diez años del manifiesto, firmado por quince intelectuales (7-VI-2005), que daría origen al partido en 2006. Quienes quieran recordar o conocer aquellos comienzos lo tienen fácil, porque la editorial Triacastela ha reeditado tres libros que lo cuentan: Ciudadanos. Sed realistas: decid lo indecible, con textos de, entre otros, Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Félix Ovejero, Xavier Pericay y Fernando Savater; Viajando con Ciutadans, de mi amigo Jordi Bernal; y La creación de Ciudadanos: un largo camino, de Antonio Robles.

En el primero están los fundamentos intelectuales del partido (incluyendo manifiestos, discursos y otro tipo de documentos); y en el tercero la larga historia previa de resistencia al nacionalismo en Cataluña que desembocó en el manifiesto de 2005, así como todo el proceso de creación de Ciudadanos (incluyendo las divergencias ideológicas y los enfrentamientos personales) y momentos importantes de su historia posterior (incluyendo los errores). Pero es el segundo, la crónica de Bernal, el que mejor transmite la vibración de aquellos meses inaugurales.

Desde el primer instante, a sabiendas del silencio a que la prensa del régimen nacionalista iba a someter a Ciudadanos, Espada encomendó a Bernal que escribiese una crónica de cada evento, para que quedara constancia. Bernal se puso a la tarea con ánimo rockero, y cuando las reunió en forma de libro en 2007 (el libro que ahora se reedita) las tituló Viajando con Ciutadans, como eco explícito del Viajando con los Rolling Stones de Robert Greenfield.

Es, en verdad, un viaje liberador: con la frágil ilustración abriéndose paso, como un rompehielos, por el compacto mazacote del oscurantismo. Tiene algo de guerrilla intelectual enfrentada a esa especie de invasor del propio territorio que es todo nacionalista, en tanto que intenta imponerle al vecino su peñazo y expulsarlo de una vida vivible en el país que es de los dos. En las crónicas de Bernal aparecen las palabras, las emociones, las anécdotas y también los rebuznos de esos falangistas del catalanismo que son los maulets; rebuznos que derivaron a veces, como ocurrió en Gerona el 5 de junio de 2006, en agresiones físicas.

Bernal, devoto de Juan Marsé, y por lo tanto aborrecedor de la dulzona "prosa sonajero" de los bardos del periodismo, transmite con su escritura fibrosa el nervio de aquellos días. Su relato termina en vísperas de las primeras elecciones a que iba a concurrir Ciutadans, las autonómicas catalanas del 1 de noviembre de 2006, en que obtendría tres escaños. Esto nos lo cuenta ya en la última página, a modo de epílogo apacible. Jordi Bernal sin duda sabe que el éxito es ya un comienzo de derrota y que lo que importa es justo lo anterior: la lucha y la alegría.

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29.5.15

Ramoncín nos une

Los resultados electorales han dejado contentos a unos y descontentos a otros, pero la división provocada por la política la ha reparado Ramoncín: su anuncio de que no volverá a cantar hasta que le exculpen del caso SGAE ha alegrado (y aliviado) a todos por igual. Al final la transversalidad no era Ciudadanos, sino el Rey del Pollo Frito. Al españolito que viene al mundo le helará el corazón una de las dos Españas, pero se lo calentará Ramoncín. Gracias a estas unanimidades somos una nación. Una nación que hoy reza por la lentitud de la Justicia.

Por su inmutabilidad facial a lo largo de las décadas, iba a escribir que Ramoncín era el Jordi Hurtado del rock. Pero hace ya mucho (justamente décadas) que Ramoncín tiene menos que ver con el rock que con la tele, por lo que es en realidad otro Jordi Hurtado. Ambos se conservan en el formol electrónico de las pantallas. Ramoncín llegó hasta a tener su concurso: aquel Lingo que podría haber presentado Jordi Hurtado perfectamente. (Este, por su parte, siempre tuvo algo de pollo, aunque quizá algo crudo).

Ramoncín llamó la atención al principio cuando apareció disfrazado de punk, creo que el primero del país. A mí me pilló con diez o doce años y el que más se le parecía era el payaso aquel que se pintaba de blanco la cara con rombos en los ojos. Había en él algo demasiado forzado, deliberado, sin ironía, sin humor, sin ligereza: por eso al cabo resultaba una variedad estrambótica de cantautor. La liberación nos llegaría con la Movida, que acabó con los cantautores. (Estos siguieron sacando discos, e incluso triunfando; pero eran ya discos y triunfos de otra época, por más que las fechas coincidiesen).

Pero lo que más sorprendió fue que hablara tan bien. Lo recuerdo desde muy pronto opinando sobre temas de actualidad, primero en la radio y luego en la televisión, en Moros y cristianos o Crónicas marcianas. Hablaba bien pero adocenadamente, con opiniones del montón solo que propulsadas –además de por la correcta sintaxis– por el ademán chulesco. Lo propulsó también Umbral, que lo sacaba en sus columnas de El País. Estos lametones de prestigio incrementaron el ego de Ramoncín, que por una época se vio incómodo con el diminutivo y trató de relanzarse como Ramón Solo. Pero no cuajó.

El momento más bajo de su carrera fue cuando me lo encontré en una ferretería, en el Madrid de los noventa. Por fortuna, él no se enteró. Siempre pensé que había una contradicción esencial entre sus inicios punks y su carrera posterior de tertuliano. Hasta que en estos últimos tiempos he comprendido que los tertulianos son los auténticos punks. Coherencia máxima, pues, y encima ahora sin cantar.

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