3.3.15

Nota

Esta semana mi artículo de Zoom News saldrá el jueves. Y a partir de la próxima volveré a los dos semanales, martes y jueves.

1.1.15

Estética del negro

Durante una época fui negro y fui feliz. Pensándolo ahora, me doy cuenta de que fui negro. O al menos estaba inmerso en el mundo, real y simbólico, de la negritud. Me aficioné a Brasil, país de negros. Iba a un bar de música negra, el Dr. Funk, en el que ligaba con negras. Me hice novio de una, con la que me fui a vivir. Consumía películas porno de negras, y me compraba todos los meses la revista Ébano (versión española de Black Tail), a veces con mi chica negra, ante el kiosco, de la mano. El kiosquero pensaría que lo mío era pasarse. Además, mis mitos eróticos eran las hermanas Williams.

Había un problema en sus partidos de tenis: y es que solían ser de una hermana Williams, Serena o Venus, contra otra que no era la otra hermana Williams, Venus o Serena, sino Arantxa o Conchita por lo general. Mi sueño era ver el partido de una hermana Williams contra la otra hermana Williams, para evitar el bajonazo (gatillacesco) de los contraplanos. A veces les tocaba jugar entre sí, pero nunca logré pillar aquellos partidos. Lo conseguí cuando era demasiado tarde: ya no estaba con mi novia negra sino con otra blanca (muy blanca).

Pero estábamos en mi época de negro. A lo anterior hay que sumar que trabajaba como negro. Hacía trabajos universitarios como negro, igual que El artista de los trabajos universitarios de David Leavitt, y mi retórica académica fluía sin cortapisas. Escribía también capítulos de teleseries como negro, y mi imaginación, mi gracia y mi habilidad para los diálogos fluían sin cortapisas. Y empezaba a participar en internet (en chats y foros, que es lo que había entonces) bajo nombres que no eran míos y por eso me daban libertad: mis palabras fluían sin cortapisas. Como si yo fuese el negro de seres imaginarios.

En inglés, ya sabemos, negro es ghostwriter: pero mi teoría es que el fantasma no es ahí el que escribe, sino el que no escribe. El fantasma es el que está sin estar mientras se produce la escritura.

El negro escribe para no firmar, y si escribiera para firmar se paralizaría. Solo puede escribir si no es autor. Es lo que a mí me pasa, o me ha venido pasando.

Me pasó desde el comienzo. Con dieciséis o diecisiete años decidí ser escritor. Mi primer día (hubo un primer día) me coloqué ante una hoja en blanco, iluminada por el flexo, y no supe qué escribir. Tenía el propósito de no anotar cualquier cosa, sino algo auténtico: que surgiera de mi interior; que pudiera corroborar y firmar. Recuerdo el vacío. Pero no tanto el de la página sino el de mí mismo. Me sentí hueco. No con el oscuro magma de una intimidad que pudiera clarificar mediante la escritura, sino blanco también, como la página.

Unos años después, Octavio Paz me lo hizo ver en un verso: “la mirada ciega de mirarse mirar”. El problema es la conciencia, la autoconciencia. El blanco paralizador.

No deja de ser una contraposición facilona, pero tiene su verdad. El blanco estéril, lo negro fecundo. Al fin y al cabo el que engendra es el semen negro: el que se queda en el útero sin luz. El que sale es blanco como una película desvelada. Despertada del sueño de la vida: derramada en la vigilia prosaica. (A lo que despierta el “alma dormida” de Jorge Manrique es a la muerte).

En el negro se da la potencia de crear, sin el embarazo del yo. Produce una escritura paradójicamente fecunda y desembarazada. Suele ser por encargo, y con limitaciones: pero el peso de la autoría lo lleva otro. El negro se limita a bailar. O a producir artesanalmente lo que para el autor sería una agonía. En realidad, en la escritura del negro no hay autor: hay solo producción y firma. El negro escribe el texto; el que lo ha contratado lo firma; y la turbulencia del yo queriéndose expresar queda dinamitada.

El yo, que según Freud es “la residencia de la angustia” (o “el recinto del miedo”, si se prefiere la traducción argentina), es víctima de un gozoso tiranicidio. Y obtener su resultado benéfico es lo que busca, sin duda, el escritor que se disfraza con un seudónimo; y más aún el que se multiplica en heterónimos (como Fernando Pessoa) o en apócrifos (como Antonio Machado). André Breton y sus surrealistas tantearon la liberación mediante la escritura automática (que pretendía eclipsar al yo para que se manifestara el subconsciente) o los cadáveres exquisitos (en que no hay autor, sino jugador que aporta sintagmas sueltos que se ensamblarán con otros que desconoce).

A la metafísica que (con la ayuda de la gramática) instaura el yo, Nietzsche la llamaba “la metafísica del verdugo”. Se trataba de postular un sujeto para cargarlo de culpas y a continuación acusarlo y ejecutarlo. Era un pastel con veneno. En el terreno de la creación el resultado es el de la autoría estéril. Para Nietzsche, la premisa de la fecundidad artística es la embriaguez. En un sentido amplio, que incluye el “embriagaos de todo” de Baudelaire y la conexión clásica (y arcaica) con las musas. La inspiración. O la activación de las potencias vitales, arraigadas en lo oscuro.

El proceso saludable, según Nietzsche, sería el del despliegue de lo afirmativo, en primer lugar; y en segundo lugar el de la negación correctora. Es decir, primero la acción creadora del Sí ebrio, del instinto dionisiaco; y segundo, la intervención sobre ese magma del No, de la conciencia crítica y apolínea. Se trata de crear obras limitadas en las que habite lo ilimitado: formas con lo informe dentro. Algo así como vida en conserva. O baterías (artísticas) con electricidad acumulada.

La decadencia se da cuando es el No lo que se antepone. Cuando el exceso de autocontrol aniquila toda la fuerza de la obra, dejando un cadáver (no pocas veces prestigioso). Con esto está relacionado el taller de escritura que Augusto Monterroso concentró en su frase sobre los dos escritores que hay en todo escritor: “el escritor que escribe (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno)”. El escritor decadente, o nihilista, es el que corrige lo que ni siquiera ha escrito. El que antepone la crítica, ahogando la vitalidad.

Me acuerdo de un amigo escritor, cerebral, hipercrítico, que cuando le conté que durante una época de mi vida me ponían muy cachondo las negras, me soltó un discurso multicultural: “Claro, qué mayor estrategia de aproximación entre razas que el sexo, para quebrar la preponderancia de occidente y sabotear mediante los elementos corporales el imperialismo blanco, bla bla bla bla”. A lo que yo le respondí: “Pero tío, a mí solo me gustaban las negras”. Como le hubiera respondido un negro.

[Publicado en Jot Down en papel 8, especial Fundido a negro]

31.12.14

Mi columna favorita de 2014

"El Derby del destino manifiesto", Fernando Savater, El País, 22-VI-2014.

Entre mis columnas favoritas de cada año está siempre la del Derby de Epsom de Fernando Savater, en junio. Este 2014 ha sido la número cuarenta. Las primeras están recogidas en el libro El juego de los caballos, y la siguiente tanda en A caballo entre milenios. Luego han venido más. Me imagino que al final irán todas en un único volumen crujiente. Savater, además de contar la carrera, va ofreciendo pinceladas y reflexiones sobre las circunstancias del momento. A veces he soñado con ir al Derby de Epsom, no para ver a los caballos sino para ver a Savater viéndolos.

[Publicado en Highway]