5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

* * *
En El Español.

1.11.18

Lisboa revisitada



"Otra vez vuelvo a verte –Lisboa y Tajo y todo–,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí, como en todas partes".
ÁLVARO DE CAMPOS, Lisbon Revisited

Es el marqués de Pombal, servicial como un mayordomo, el que nos hace pasar a la Lisboa bonita. El taxi que sale de la estación de Sete Rios atraviesa una zona impersonal de la ciudad, con grandes edificios de oficinas que podrían estar en cualquier parte. Pero de pronto aparece la estatua de Pombal y ya sí: la avenida da Liberdade, la praça dos Restauradores, el Rossio, la Baixa... Los sitios que reconoce el que vuelve a visitarla.

Llegamos cuando amanecía, aunque con poca luz: estaba nublado y lloviznaba. La praça do Comércio era muchísimo más espaciosa de como la recordaba de mi anterior viaje. El arco de entrada y la estatua central estaban tapados para su restauración: esto fomentaba la grisura ambiente. En medio había parado un tranvía, cuyas luces, como las de las farolas y las ventanas, se reflejaban en el suelo mojado. Avanzamos hacia la orilla, hasta los dos pilares que acaban en bola, cada una con su gaviota perenne. El agua había subido al último escalón. A lo lejos, el puente 25 de Abril –un trazo japonés en la grisura– parecía una pasarela sobre la nada. Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano. El mesianismo sebastianista dice que el rey volverá en un día de niebla. Será entonces “la Hora”.

Hacia el este del Terreiro do Paço se ven, mirando arriba, las casitas del barrio de Alfama, la catedral y el castillo de São Jorge. Tomamos un café en el embarcadero. Allí, protegidos de la llovizna, hicimos tiempo en un banco, entretenidos con la gente que cada pocos minutos bajaba del ferry, con ajetreo de metro, rumbo a su jornada laboral. Llegó el momento de ir al hotel. Subimos por la rua Augusta hasta la rua da Vitória, que estaba en obras, con la calzada levantada y montones de adoquincitos a los lados. Cuando volvimos a salir, lo hicimos ya con otra actitud. Soltar el equipaje le devuelve a uno la condición de transeúnte sin más, aunque su mirada sea nueva. Ya puede pasear sin lastre, camuflado.

La impresión por la rua Augusta es de dignidad, de elegancia. Predomina un neoclasicismo con gusto que se muestra señorial con los habitantes. Los edificios, con sus buhardillas, le recordaban París a A. Ella vivió allí un año. Paseando más tarde por el Bairro Alto, dijo que el panorama de tejados solo se diferenciaba del parisino en la ausencia de chimeneas.

En las fachadas altas de la Baixa se notaba la corrosión del océano: como el ataque del Atlántico a la ciudad, con afecciones de barco. Lisboa ha sido comparada con un barco; por ejemplo, en Lisboa. Diario de a bordo de José Cardoso Pires (“te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega”). En la librería Bertrand me compré el libro ideal para completar el viaje en casa: la Biografia de Lisboa de Madga Pinheiro, que aún no está en español. Leyendo sobre el terremoto de 1755 caí en que entonces Lisboa experimentó un naufragio, como el de los navegantes portugueses. Fernando Pessoa escribió: “¡Oh mar salado, cuánta de tu sal / son lágrimas de Portugal!”. Al terremoto le siguió un maremoto y los lisboetas que nunca habían navegado vivieron una tempestad también.

Del imperio portugués me seduce la interpretación metafísica de Pessoa en Mensaje. Como si la conquista no fuera de otras tierras, sino del océano infinito: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. La vía del navegante es ascética, mística; su navegación es una prueba: “¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña. / Quien quiere traspasar el Bojador / ha de traspasar el dolor”. Y al final: “Deus ao mar o perigo e o abismo deu, / Mas nele é que espelhou o céu”. Dios le dio al mar el peligro y el abismo, pero fue en él donde reflejó el cielo.

Como si obedeciera justo a esa pauta, el naufragio de la ciudad que constituyó el terremoto tuvo implicaciones filosóficas. Kant se ocupó de él. Y Voltaire, que le dedicó un poema y lo sacó en el Cándido como demostración de que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Según escribió Adorno: “El terremoto de Lisboa fue suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz”. A la larga, la catástrofe produjo una reacción racionalista, ilustrada, con las reformas del marqués de Pombal. Pero los horrores de la destrucción y el fuego, y la iconografía tétrica de las ruinas, supusieron un impulso prerromántico que se extendió a toda Europa.

Como cuenta el arquitecto Juan José Vázquez Avellaneda en Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa, el terremoto se sintió en muchos lugares de fuera de Portugal, entre ellos Sevilla. Las vibraciones hicieron sonar las campanas de la Giralda y, según se consignó en su momento, hubo varios derrumbes en la ciudad que mataron a seis personas. En Lisboa los muertos fueron como mínimo quince mil (algunas cuentas dan más del doble). El epicentro estuvo en el Atlántico, casi a medio camino entre Lisboa y la africana Alcazarquivir, donde tuvo lugar el anterior gran desastre portugués: la batalla de 1578 donde desapareció el rey don Sebastián, con nuestro Francisco de Aldana, militar y poeta.

En Biografia de Lisboa se narra así: “La flota partió para Marruecos con el objetivo de tomar Larache. La ciudad de Lisboa quedó a la espera, pues el viaje no era muy largo. La noticia de la derrota total de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578, no llegó a Lisboa hasta el 12. Menos de cien portugueses habían logrado llegar a Arzila. Se hablaba también de la muerte del rey. [...] Lisboa estaba inquieta. [...] Los hombres parecían aturdidos y las mujeres lloraban. Habían perdido al rey, a sus maridos, a sus hijos y a sus parientes, además de los bienes que todos ellos se habían llevado a la expedición. En Lisboa no había casi nadie sin algún vínculo con la empresa. [...] Las pérdidas afectaban a las distintas clases sociales. Los comerciantes habían prestado dinero al rey y a los nobles para el equipamiento. Los soldados más pobres habían partido para ganar dinero. Las mujeres de la nobleza lloraban en sus palacios y las otras en las calles. Los nobles recriminaban al rey o a los que le habían dejado partir”. De esta angustia nació el anhelo de que el rey volviera.

En 2008 viví unos meses en Arzila (Asilah), que está cerca de Alcazarquivir. Don Sebastián y sus tropas habían desembarcado en Tánger, pero el capitán Aldana y los soldados castellanos que iban a unirse al rey portugués desembarcaron en Asilah. Los taxis de Marruecos son viejos mercedes de color crema: en ellos se va de Tánger a Asilah, en ellos se puede viajar a Alcazarquivir. En Lisboa hay bastantes. Cada vez que cruzaba uno pensaba que eran avisos, recordatorios de la gran derrota, que solo yo, como una especie de visionario del pasado, percibía.

Por el elevador de Santa Justa subimos al convento do Carmo, a sus ruinas que no se reconstruyeron tras el terremoto. Desde allí arriba, y luego desde el mirador de São Pedro de Alcântara, contemplamos la ciudad. Hermosa, no blanca sino rojiza, colorida. Como desde los demás miradores a que nos asomamos en los días siguientes: el de Santa Luzia, el de Graça (que ahora tiene el nombre de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen), los del propio castillo de São Jorge, el de Santa Catarina... Este estaba en obras, como si el monstruo Adamastor que allí tiene su estatua se hubiese propagado por el suelo.

En el centro del jardín del Príncipe Real hay un ciprés enorme; no por su altura sino por su copa: veintitrés metros de diámetro. No lo había visto en mi primer viaje, pero me lo recomendó mi amigo Josepepe. Su primer nombre fue jardín de Río de Janeiro; aunque con el cambio no perdió la conexión brasileñista: Príncipe Real se llamaba el barco en que la familia real portuguesa se trasladó a Brasil en 1807, con la invasión napoleónica. En esa explanada se instalaron barracas en la época posterior al terremoto: muchos lisboetas, incluidos los reyes, le tomaron miedo a dormir en edificios sólidos. Y en el siglo XX llegó a haber una biblioteca al pie del ciprés, bajo la techumbre de sus ramas.

Además de la inexcusable Bertrand y de la Fnac, en el Chiado, otras librerías recomendables son Letra Livre (calçada do Combro, 139), Centro Cultural Brasileiro (largo Dr. António de Sousa Macedo, 5) y Fabula Urbis (rua Augusto Rosa, 27). Entramos en otra de viejo de la que no recuerdo el nombre, cerca del cementerio dos Prazeres. Por allí había una parcela de restos geológicos con este cartel: “Esto era mar hace veinte millones de años”.

Un buen sitio para comer es la Casa da Índia (rua do Loreto, 49-51), donde lo mejor es el arroz con marisco acompañado por vinho verde. Abajo, cerca del río, hay un bar delicioso para picar: Sol e Pesca (rua Nova do Carvalho, 44), decorado con cientos de latas de conserva de todo tipo, que son lo que se consume. Cerca, subiendo por la rua do Alecrim, por la que Saramago hacía pasar a Ricardo Reis, hay (en el número 19) un local perfecto para tomar una copa: la Pensão Amor, un antiguo burdel cuyo nombre se invita a leer ahora alternativamente como “Pensa o Amor” [Piensa el Amor]. Es confortable y esteticista como el legendario Pavilhão Chinês del Bairro Alto (rua Dom Pedro V, 89). Por el camino, por las ruas Diário de Notícias y Atalaia, y las circundantes, hay montones de tascas rebosantes de erasmus. En una de ellas se anunciaba el “copo da crise” [vaso de la crisis]: medio litro de cerveza por 1,25 €. Para tomar un chupito por la tarde hay que ir a A Ginjinha (largo São Domingos, 8), donde sirven licor de cerezas, o de guindas, ginjas. Y para desayunar o merendar, A Suiça (praça Dom Pedro IV, 96-104).

Pero Lisboa sobre todo es caminar, subir y bajar cuestas y escaleras, pisar el empedrado, con pasos casi trotes. “Ser lisboeta es un deporte”, dijo A. O traquetearse en el tranvía. Aunque el lisboeta es un deportista sin aspavientos, o un antideportista en realidad. Es un filósofo. Me llamó la atención la cantidad de conversaciones reflexivas que cazaba, cuando pegaba el oído. Como si los portugueses fuesen franceses amables; personajes de película francesa que reflexionan sobre la vida.

Hay un manual para que el turista que lo desee se convierta en un personaje de Pessoa, bajo sus órdenes: Lisboa: lo que el turista debe ver, la guía que Pessoa escribió. Cualquiera puede colocarse bajo el imperativo pessoano y seguir el itinerario que se marca en el libro. Los desencajes de aquella Lisboa con respecto a la actual pueden considerarse recursos literarios. Hay un momento particularmente hermoso: “Nuestro automóvil cruza de nuevo el Rossio, sube por la rua do Carmo, por la rua Garrett (más conocida como Chiado) y, volviendo hacia la rua Ivens...”. Pessoa ha narrado nuestro paso por delante de A Brasileira y no ha visto su estatua. La ha eludido limpiamente, en un ejercicio (tan suyo) de despersonalización.

Si me tuviera que quedar con un momento de esos días, quizá fuese el del anochecer del primero. Estábamos en el Cais do Sodré, mirando desde el muelle cómo el sol se ponía (había salido finalmente el sol) más allá del puente, por la abertura de Belém hacia el Atlántico. Yo llevaba el librito de Mensagem que me había comprado en mi primer viaje a Lisboa y le traduje a A. el poema “Prece” [Oración], del que hay una versión musical de Gilberto Gil que me gusta mucho. Dice la segunda estrofa: “Pero la llama, que la vida creó en nosotros, / si aún hay vida, aún no se ha extinguido. / El frío muerto en cenizas la ocultó: / la mano del viento puede aún erguirla”. Y los dos últimos versos: “Y otra vez conquistemos la Distancia; / la del mar u otra, ¡pero que sea nuestra!”. En un momento dado, empezamos a oír a nuestras espaldas un sonido de maderas y como de resoplidos; parecía alguna máquina del puerto que se había puesto a funcionar. Cuando nos dimos la vuelta, vimos que eran unos remeros entrenando en un aparato colocado en el suelo. Lisboa, de nuevo, como barco.

Durante los días posteriores al viaje sentí un dolor en las rodillas, no del todo desagradable: era un dolorcito vigoroso, una especie de agujetas en los huesos de tanto andar por los empedrados. Como estaba además la sensación de que Lisboa me iba creciendo por dentro tras haberla dejado, pensé que se trataba de un “estirón espiritual”. Las rodillas se abrían para elevarme a una condición mejor: la de lisboeta.

* * *
Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 3, diciembre 2015.
Y en la web de Jot Down (2018).

* * *
PS. Mis fotos de Lisboa (2013): aquí, aquí y aquí.

31.10.18

Bye bye, Brasil

El amor por Brasil se me ha agriado. Veintinueve años tenía: empezó justo en octubre de 1989, cuando me aficioné a las cintas de la colección Personalidade. Fue en la antesala de los 90 y no me enteré de los 90, porque los pasé escuchando música brasileña. Y de ahí pasé al idioma, a la literatura, a las mujeres, a la comida, a la cultura y a Brasil mismo, que conocí en dos largos viajes. Me dicen que aguante, pero no. Mi amor era al país entero y mi rechazo lo es ahora también. Hasta que pase Bolsonaro. (Una cosa es cuando a un pueblo le dan un golpe de Estado y otra cuando es el pueblo el que vota al militarote). Mi amor estaba hecho de placer. Con amarguras solidarias, pero recubiertas enseguida de placer. Ahora el careto irrisorio de Bolsonaro me estropea todo placer posible e imposible.

Tengo amigas brasileñas que han votado a Bolsonaro. No he podido convencerlas de que no. El miedo era, por encima de todo, “Venezuela”. Con el candidato del PT, Haddad, ese miedo era falso. Pero era inútil decirlo: con tantísima tradición petista de abrazos y colegueo con Chávez, Maduro, los Castro... Lo más patético para ellas, y para todos los votantes de Bolsonaro, es que el “Maduro” entre Bolsonaro y Haddad era Bolsonaro. Todo por lo que lo han votado (la segunda razón era “limpiar Brasil”) empeorará. Brasil será peor. Cuando triunfa el populismo todo se va (más) a la mierda. Esto es una ley física, metafísica. Y científica: porque está suficientemente contrastada.

Pero más que el triunfo de Bolsonaro ha sido el fracaso de la pseudoizquierda latinoamericana. Todavía me acuerdo de cuando el PT llamaba fascista al socialdemócrata Cardoso. Si llevaban décadas malversando la palabra “fascista”, ¿qué credibilidad iban a tener ahora que era verdad? Ni un candidato formado, razonable y de centroizquierda como Haddad ha podido hacer nada para salvarse del discurso histórico de su partido y concentrar el apoyo de todos los demócratas brasileños. El miedo a la venezuelización era falso con él; pero quien lo tuviera o lo propagara encontraba elementos para alimentarlo.

Además de la corrupción del sistema y de la brutal desigualdad social (que se ha manifestado en el voto: según el Estadão, Bolsonaro ha ganado en el 97% de las ciudades más ricas y Haddad en el 98% de las pobres), la culpa del apoyo masivo a Bolsonaro la tiene esa pseudoizquierda brasileña equivalente a la nuestra de Podemos. Impresentabilidades como esta de Echenique son las que fabrican bolsonaristas: “El odio de Bolsonaro ha ganado en Brasil con el apoyo de los millonarios y noticias falsas. En España, Bolsonaro es Casado, Rivera y VOX”.

Ahora la única defensa contra Bolsonaro en Brasil es la del Estado de derecho: ese que los Echeniques no contribuyen precisamente a fortalecer. En la medida en que sea fuerte, el estrago de Bolsonaro será menor. De lo contrario, como repetían en Twitter los brasileños, y yo entre ellos: Desordem e retrocesso. Estaré atento y les deseo suerte, pero hasta nueva orden pongo entre paréntesis mi brasileñismo. Bye bye, Brasil.

* * *
En The Objective.

29.10.18

Zumbándole a Sánchez

En una situación política tan grave como la de España, es un desastre la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez y la de Sánchez contra Casado y Rivera, como se vio el pasado miércoles en el Congreso. Tres partidos que deberían estar gobernando en coalición contra los nacionalistas y los populistas –al coste electoral que fuese– se están peleando entre ellos; uno en alianza con los nacionalistas y los populistas. La bajura de miras de nuestros políticos clama al cielo.

A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.

Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.

Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.

Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.

* * *
En El Español.

22.10.18

El albondigón

Encuentro en el libro Benet. La ambición y el estilo (el original homenaje de Rafael García Maldonado a Juan Benet en el veinticinco aniversario de su muerte) que Mercedes Formica llamaba “el Albondigón” a la mezcla de partidos fascistas, tradicionalistas y conservadores que formó Franco para sostenerse. No sé si es porque Sánchez ha ligado ya su nombre al del dictador –y nos acordaremos de Sánchez más que del dictador cada vez que pasemos por los alrededores de la Almudena– por lo que, al leer lo del albondigón, he pensado automáticamente en Sánchez.

En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.

Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.

El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.

Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.

* * *
En El Español.

17.10.18

La impostura de Castells

El prestigioso Manuel Castells ha decidido encabezar la lucha mundial contra el fascismo, olvidadizo (como diría Borges) de que lleva tiempo luchando por el fascismo. Bueno, no exactamente por el fascismo (su autoimagen no se lo permitiría), pero sí contra el Estado de derecho, que es contra lo que está el fascismo. El prestigioso Manuel Castells es uno de esos intelectuales que llevan años desprestigiando el Estado de derecho y, por lo tanto, allanándole el camino al fascismo.

Por eso, su "Carta abierta a los intelectuales del mundo" me parece una impostura. Naturalmente, estoy de acuerdo con todo lo que dice contra el candidato brasileño de ultraderecha Bolsonaro. ¿Pero qué credibilidad tiene Castells para decirlo? Hace tres años, por ejemplo, Pablo Iglesias dijo que no había democracia en Europa. Y Castells lo suscribió "enteramente" (m. 56:48 del vídeo completo). ¿Qué democracia pone entonces en peligro Bolsonaro? ¿Esa misma que negó Castells?

También se ha venido ejercitando en su lucha contra el Estado de derecho con su apoyo al independentismo catalán y sus falacias contra la democracia española. En El golpe posmoderno Daniel Gascón le llama memorablemente "cheerleader de la secesión". Repasar algunos de sus artículos de La Vanguardia produce una conmoción melancólica que deriva en pesimismo antropológico (baste uno de los últimos: "Después de la Diada"). Desde su supuesta izquierda, Castells recurre –en palabras de Gascón– "a los argumentos supremacistas de los nacionalismos de ricos". Fernando Palmero lo caló igualmente en una columna del año pasado: "Profesores corruptos". Si Castells –según Wikipedia– es el quinto académico de Ciencias Sociales más citado del mundo, ¿cómo será el sexto?

No deja de parecerme alucinante el poco respeto al Estado de derecho de tantos intelectuales a los que les va la marcha ideológica. Esta postura, que en los siglos XIX y XX aún podía excusarse porque no se conocían en su plenitud los desastres a los que esa postura llevaba, es hoy una frivolidad. O, si nos ponemos serios: una bellaquería. Hoy no hay duda de que los que contribuyeron a socavar la democracia de Weimar tienen su responsabilidad en la llegada de Hitler. Si se desprecian las "formas" democráticas (¡la "democracia formal"!) puede que el "contenido" no lo pongan los nuestros, sino los otros: y entonces no tendremos defensa.

Hacia el final de la carta se refiere Castells, en un plural de aire mayestático, a los que "a lo largo de nuestra vida hemos adquirido con nuestra lucha e integridad una cierta autoridad moral". El resto de esta carta tan campanuda tiene la misma veracidad.

* * *
En The Objective.

15.10.18

Error de protocolo

Al fin Pedro Sánchez me representa: su error de protocolo simboliza ese gran error de protocolo que es mi vida entera. Pero no voy a hablar de mí sino de él, que está quemando su presidencia como un juerguista el fin de semana. La posibilidad de que esté siendo un sueño rápido le hace querer vivirlo de todas las maneras.

El 12 de octubre pasó de recibir los abucheos a presidir una república de nueve segundos. Los he cronometrado: ese tiempo transcurre desde que se sitúa al lado del Rey –superándolo, en terminología dialéctica– hasta que se lo lleva el figurín de protocolo (que tenía, por cierto, un aire a Albert Rivera). Lo mejor del vídeo, con todo, es cuando Sánchez se retira respetuosamente, con las manos entrelazadas por delante, la cabeza semiagachada y el gesto entre sereno, introspectivo y grave del que ha recibido la primera comunión.

El mismo Día de la Hispanidad, Albert Boadella proclamó la autonomía de Tabarnia durante nueve segundos también. Tanto Sánchez como Boadella superaron en un segundo, pues, a la República Catalana del año pasado, que duró ocho. Fue una jornada doblemente feliz. Una pinza humorística memorable a la gran parodia del independentismo.

Luego se ha dicho que el error no fue de Sánchez sino de las instrucciones que le dieron, o que Ana Pastor se adelantó más de la cuenta. Pero da igual. El error no tuvo ninguna importancia. Lo significativo ha sido la aspereza con que se ha juzgado: el lugar insufrible en que se ha convertido la política española ha puesto pomposidad donde no había más que para unas risas. Los españoles nos hemos convertido en unos nuevos ricos de la fiscalización del prójimo. Francamente, nos estamos volviendo un coñazo.

El protocolo está bien, hay que cumplirlo. Forma parte de la gran representación de la vida pública. Pero si uno se equivoca, la crítica no puede ser metafísica, sino que ha de referirse solo a la actuación. Era un fallo de lenguaje y punto; y tanto menos importante cuanto que fue de inmediato corregido.

Pero hay otra cosa significativa: además de los inquisidores del protocolo, están los supuestamente antiprotocolo como Pablo Iglesias, que ejercen una inquisición igual de protocolaria. Tanto unos como otros contribuyen a la expansión de aquello que combatía Nietzsche: el espíritu de la pesadez.

En cuanto a los abucheos a Sánchez: estuvieron mal, naturalmente, en el contexto de la Fiesta Nacional. Como está mal que Sánchez esté sosteniendo el Gobierno de la nación en aquellos que no acuden a una ceremonia así. Pero eso es ya otra historia: la de todos estos días.

* * *
En El Español.

8.10.18

8-O: una fecha luminosa

Recuerdo que la convocatoria de la manifestación fue antes del discurso del Rey del 3 de octubre y después de la oscura fecha del 1. La sensación que predominaba era esa: de “noche oscura del alma”. Maldije los empujones de la historia, yo que soy un lírico; que unos papafritas como los indepes me marcasen la agenda. Pero a Barcelona había que ir, a acompañar a mis amigos catalanes (antinacionalistas, por supuesto). La sorpresa fue que lo que se esperaba una jornada de resistencia triste, minoritaria, resultó una jornada luminosa, multitudinaria, alegre, de la que nos hemos pasado hablando todo el año, con agradecimiento y felicidad.

El discurso del Rey no prometía el éxito del 8 de octubre, pero sí dio moral. Hacía falta una reparación, verbal aunque fuese. El presidente Rajoy no tuvo a bien darla. Así que la dio –la tuvo que dar– Felipe VI. Un articulista catalán se quejaba hace poco de aquel discurso “sin perdón ni empatía”. Hasta en pleno golpe de Estado se le pide al Rey que esté empático con los sensibles golpistas. Pero el Rey no estuvo esta vez por el merengue e hizo algo inaudito: tratar a “los catalanes” como adultos. Fue el primero en década que se los tomó en serio, y desde esa seriedad solo cabía regañarles. Porque habían sido malos, muy malos. Habían asaltado una democracia con procedimientos fascistas o fascistoides. Y eso no se le hace a una democracia.

Junto con esto último lo grave (¡nunca me cansaré de repetirlo!) es que los nacionalistas catalanes han ido y siguen yendo –antes que contra los españoles– contra sus convecinos catalanes no nacionalistas. La impresión sorprendente en Barcelona sobre los que se manifestaban el 8 de octubre es que se trataba de una mayoría oprimida. La llamada mayoría silenciosa era, en efecto, una mayoría silenciada, que recuperaba el espacio público arrebatado o cedido. En el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate) se hablaba de en qué se sostuvo la “concordia” catalana de la Transición: en que los no nacionalistas hubiesen aceptado que el poder lo detentasen en exclusiva los nacionalistas. Un equilibrio truculento que se han cargado los propios nacionalistas, por abusones. La respuesta ha sido la emergencia de la Cataluña no nacionalista. Rompiéndoles a lo grande el relato del “un sol poble”. El 8 de octubre se vio en Barcelona a los catalanes contra los que pretendían construir los nacionalistas su “nación”.

Fue una fecha de felicidad política que nos ha alumbrado en todo este año de notable infelicidad política.

* * *
En El Español.

3.10.18

La gallina

Creo que fue Forges el que dijo que para relajarse ante un poderoso –por ejemplo, ante el jefe al pedirle un aumento de sueldo (sí, debía de ser Forges)– lo mejor era imaginarlo con una gallina encima de la cabeza. Esa gallina (no imaginada, sino real) es la que veo yo en la cabeza de nuestros autoproclamados republicanos, que tienen la palabra “República” todo el día en la boca al tiempo que demuestran con cada una de sus palabras y cada una de sus acciones que no tienen ni idea de republicanismo. Son de hecho, hoy, los de conducta menos republicana del país.

A los independentistas catalanes (incluida Talegón e incluido Cotarelo) también les veo la gallina, que viene a ser la misma gallina. “Som tossudament republicans”, decía una pancarta este 1 de octubre, eco del “Tossudament alçats” del tuno Lluís Llach, que hizo suyo ERC. "Tossudament" es la manera catalanista de decir "cipotudamente": o sea, que es su manera de ejercer el empecinamiento español del que se ha ocupado Jorge Bustos. Se dicen antiespañoles y yo les veo la gallina de la más obcecada españolidad encima de la cabeza (en el caso de Llach, concretamente, encima del gorrito).

Mucha "República catalana" y no aceptan ni uno solo de los valores del republicanismo político, empezando por el de la separación de poderes. Cuando los independentistas le piden al Gobierno que suelte a los "políticos presos" lo que están mostrando, por encimísima de todo, es que no saben de qué va el republicanismo, en el que la democracia es inseparable de la ley. Insultan, de hecho, al republicanismo con la mera enunciación de esa expresión falsa en un Estado de derecho, "presos políticos". Mientras escribo estas líneas, el Parlament acaba de aprobar la desobediencia al Tribunal Supremo...

Como el Jueves de Chesterton, el hombre que es Torra ejerce al mismo tiempo de jefe de la policía y de jefe de los que se enfrentan a ella, asaltando, por ejemplo, el Parlament. El puesto que le debe a la ley lo utiliza para violarla: la peor corrupción, y a la vista de todos. En España hay que remontarse a Franco para asistir a aberraciones semejantes. Sí, nuestros antifranquistas también llevan en la cabeza la gallina del franquismo.

Los manifestantes independentistas del 1 de octubre iban muy ufanos: muchísimos jóvenes con caras como de querer libertad, como de estar en el camino democrático. Pero yo les veía la gallina en la cabeza. Una gallina doble: en primer lugar, todo esto se lo están haciendo a una democracia; en segundo lugar, se lo están haciendo antes que a nadie a sus convecinos catalanes. Contra eso se movilizan: contra una democracia y contra sus convecinos. Mucha "República" y bla bla bla. Pero yo les veo la gallina.

* * *
En The Objective.

1.10.18

La putrefacción (catalana)

¡Qué memorable ejercicio leer ahora Contra Catalunya de Arcadi Espada! Y digo leer y no releer porque (¡negligencia en mi arcadismo!) no lo había leído en la edición de 1997, sino que acabo de hacerlo en la nueva de Ariel. Sin duda hubiera estado bien leerlo antes, pero este ha sido el mejor momento. Me permite llegar al aniversario del ominoso 1 de octubre ciertamente oxigenado.

La putrefacción de la sociedad catalana por obra de los nacionalistas es el tema del libro, y produce melancolía (y rabia) ver cómo lo que estaba ocurriendo hace veinte años, y desde veinte años antes de la escritura de esta crónica, haya continuado ocurriendo más de veinte años después. Con un grado de putrefacción creciente. El 1 de octubre de 2017 fue el punto culminante: en él se encontraron la borrachera nacionalista en su cota máxima y la torpeza del Estado tratando de contener en un día el fruto de cuatro décadas de dejadez.

El tema de Contra Catalunya es, en realidad, esa dejadez: la putrefacción debida a esa dejadez. La complicidad casi unánime de los que callaron y dejaron hacer a los nacionalistas, cuando no colaboraron abiertamente con ellos. “Ahora, más de veinte años después –escribe Espada en el postfacio de 2018–, una lectura amable puede concluir que este libro fue un presagio y que advertía con más o menos detalle de la catástrofe moral y política que se iba a desencadenar en Cataluña y en el resto de España. No despreciaré ninguna amabilidad. Pero creo que este libro no era anuncio de lo que iba a pasar sino descripción de lo que ya estaba pasando. Una crónica. Un tipo de enfermedad. Pues lo que estaba pasando entonces es lo mismo que sustancialmente está pasando ahora: la distribución sostenida, envolvente y eficaz de un compacto amasijo de mentiras”.

Uno que lo vio desde el principio fue Federico Jiménez Losantos, al que unos terroristas de Terra Lliure le pegaron un tiro en la pierna en 1981. En 1982 escribió Félix de Azúa en El País su artículo antinacionalista “Barcelona es el Titanic”. Es un artículo justamente célebre. Se ha olvidado, sin embargo, la respuesta que le propinó Carlos Barral: excelente síntoma de los mecanismos de defensa del pudridero, y eso por parte de alguien no nacionalista, de izquierdas y tan sofisticado como Barral. Menos sofisticado fue Manuel Vázquez Montalbán en el artículo –este también célebre– en que salió en defensa de Jordi Pujol cuando el caso de Banca Catalana (1984): “De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”.

Espada sitúa en aquel episodio de 1984 el momento crucial de la rendición de la izquierda ante el nacionalismo: “La tarde de Banca Catalana fue la primera vez que los [nacionalistas] los llamaron [a los socialistas] una y otra vez traidores”. La consecuencia fue rápida y desoladora: “Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos”.

Contra Catalunya era (y es) la expresión con que los nacionalistas han tratado siempre de conjurar e impedir la crítica. No es contra ellos, sino “contra Catalunya”. Arcadi Espada se atrevió a transgredir esa barrera hace veinte años, pagándolo, naturalmente, pero también haciéndose un nombre. Y un hombre: en el libro está cómo se hace. Abriéndose paso en el caparazón de silencio.

Y están además el periodismo y Barcelona. Espada detesta las novelas y no diré esta vez que Contra Catalunya sea una novela, por más que haya disfrutado (incluso novelísticamente) con el libro. Sí diré que si un novelista escribiese sobre aquella Barcelona, en su novela tendría que estar la de Contra Catalunya para que resultase veraz, y tendría que recibir en consecuencia, por parte de los putrefactos, esa misma acusación. Que yo sepa, aún no ha sucedido.

* * *
En El Español.