6.5.19

PSOE y PP: resurrección y muerte

Los dos peores presidentes de la democracia, Zapatero y Rajoy, dejaron sus partidos en un estado más lamentable aún que el país. Esto demuestra que no tenían nada personal contra el país, sino que el empeorar las cosas formaba parte de su carácter (y carácter es destino).

Milagrosamente, el PSOE ha resucitado, gracias a la audacia de un Sánchez que ha sacado agua de donde no la había. Ahora, tras las elecciones del 28-A, estamos en un momento curioso: esperando que se confirme que Sánchez es peor que Zapatero y Rajoy juntos, o bien que lo desmienta y se revele como un presidente aceptable. Contra esto último van los meses que lleva en el poder. Pero han sido unos meses propagandísticos, cuyo único objetivo era conservar el poder, o alcanzarlo de verdad. ¿Qué hará ahora en que empieza realmente su presidencia? Yo no espero nada de él, pero sí de su ambición: al fin y al cabo, para gobernar un país el primer requisito es que haya país.

El que lo tiene mal es el PP, cuya situación parece irreversible: desangrándose por Vox y por Ciudadanos, y con Casado dando los inequívocos manotazos del que se ahoga. En mi opinión de antivoxista, pasó una cosa buena en las elecciones (junto con otras malas, como el éxito del independentismo y el proetarrismo): que el voto a Vox no haya servido para formar gobierno. En las elecciones del 26-M veremos si sus votantes persisten o se desgajan. Por lo que veo en Twitter, son votantes muy convencidos. Y con graves cuentas pendientes con el PP. Insisten en lo inútil que fue la mayoría absoluta de Rajoy en 2011, o en el patetismo del famoso bolso de Soraya en su escaño el día de la moción de censura. Ni olvidan ni perdonan. Ya veremos hasta cuándo. Por su parte, los votantes más finos del PP se han ido a Ciudadanos, como partido de una derecha más moderna y sin corrupción. El PP es, hoy, un partido del que todos se van y al que nadie llega.

La crisis del bipartidismo se ha resuelto, pues, de manera descompensada. Vox ha dinamitado el espejismo de que la derecha vaya a llegar al poder nacional, mientras dure Vox (pese a Andalucía y a lo que se rasque en las municipales y autonómicas). El PSOE vuelve a ser nuestro PRI durante una buena temporada. Ahora todo depende de Sánchez. Solo un gobierno catastrófico propiciaría que lo sustituyera la derecha catastrofista. (Ni lo uno ni lo otro, por lo demás, está descartado).

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1En El Español.

30.4.19

Por delicadeza

Ha habido una cosa bellísima, puramente española, quijotesca: España estaba dispuesta a suicidarse huyendo de Vox para demostrar que no es un país fascista, sabiendo que en su huída podía caer en manos de los únicos que son más fascistas que Vox. Podría decir lo de Rimbaud: "Por delicadeza, perdí la vida".

Es un país tonto y adorable. Un país noble. Diga lo que se diga, persiste la culpa del franquismo. La culpa de la guerra civil y la culpa de la dictadura: también las víctimas se sienten culpables, por esas tortuosidades de la psicología. Hay una culpa colectiva que se empezó a pagar en la Transición. Aunque fuese injusto en el fondo (hoy se ve con mayor claridad esa injusticia), la bandera española debía ser purgada. Franco, qué le vamos a hacer, la dejó pingando. Era un trapo comprometido. Una de las subtramas de la Transición ha sido la recuperación de la bandera. Y cuando ya la teníamos casi recuperada han llegado los de Vox a devolverla a la casilla de salida. De nuevo, una bandera con connotaciones espurias.

Ha sido bello y absurdo el movimiento de España de huir de lo que no era. Le ha perdonado a Sánchez sus tonteos con el independentismo y su desactivación del bloque constitucionalista (en lo que también hay que contar las torpezas y altisonancias de Casado y Rivera) solo para dejar claro que no, que la ultraderecha no. Durante toda la Transición ha podido votar a la ultraderecha si quería, y nunca ha querido. Solo muy al principio salía Blas Piñar. Aguantó los crímenes del terrorismo etarra y ahora las impresentables agresiones de los nacionalistas catalanes. Y cuando, con Vox, ha asomado una respuesta de la calaña de estos nacionalistas, la mayoría de los españoles ha huído de ahí.

Esta mentalidad, naturalmente, ha abonado ese nacionalismo que la destruye. Contra el fascismo de los Puigdemont, Torra, Rufián y Otegi no parece tener los antídotos que tiene contra el de los Abascal y Ortega Smith. Políticamente es suicida, pero estéticamente (incluso moralmente) es de una belleza conmovedora. Con su punto cruel, como todo lo bello. Qué delicado ese movimiento hacia Sánchez. Qué educadamente ha dejado en evidencia a los Rufián y Otegi, que en la noche electoral la seguían insultando.

Como pegote anticlimático he de decir que habría seguido siendo así aunque hubiesen ganado Casado y Rivera (la propaganda de Sánchez era falsa, y no digamos la de Iglesias). Pero lo estético ha sido el subrayado en la dirección contraria: esa quijotesca coquetería.

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En The Objective.

29.4.19

Justicia poética

Los que pensamos que sería bueno para el país un pacto entre Ciudadanos y el PSOE nos quedamos chafadísimos anoche. Casi se podría añadir: como era previsible. El aliento lo daban al principio los resultados: el PSOE con 123 escaños y Ciudadanos con 57 son los dos únicos partidos que suman mayoría absoluta en el Congreso (excluyendo, naturalmente al PP con sus 66). Pero en seguida se deshizo la posibilidad: con la militancia del PSOE gritándole a Pedro Sánchez que "con Rivera no", y con Albert Rivera arremetiendo contra el PSOE (como en una prolongación de su segundo debate televisivo) y dando por hecho que el nuevo gobierno sería de Sánchez "con Podemos y los independentistas".

Me consta que todavía en estas elecciones ha habido votantes que han votado en Ciudadanos al partido de centro que ya no quiere ser: por inercia lo seguían viendo como la bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Pero Ciudadanos se concibe ahora como un partido de poder, el partido de la derecha; con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Mi impresión, sin embargo, es que pese al resultado estupendo Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí anda.

En el otro lado, como decía, está esa militancia socialista que gritaba contra Rivera. Este es ahora el malo por haberle puesto el "cordón sanitario" al PSOE. Pero en realidad el odio del PSOE a Rivera –y su "cordón sanitario" de facto– era anterior. La discordia, sea como sea, parece insalvable. Yo aún confío en que mi adorado Ibex 35 empuje un poco, pero lo veo difícil.

El batacazo del PP le deja las cosas imposibles a Pablo Casado. Su perspectiva en la legislatura que entra es la de una altisonancia no avalada por los números. Aunque para altisonancia la de Vox, cuyos berridos de ayer se siguen oyendo, primero con Javier Ortega Smith y después con Santiago Abascal: demostrando que lo suyo es el podemismo de derechas. Mientras tanto, Pablo Iglesias, quizá el máximo responsable del embrutecimiento retórico del país, seguía jugando a la moderación: apareció con el mismo jersey y el mismo tono tranquilito del debate, que tanta renta le han dado. Podemos ha perdido casi la mitad de sus escaños, pero acaricia el poder con el PSOE. El partido que empezó yendo a por todas, ha terminado siendo la bisagra de un bipartidismo malo.

Mención aparte merecen los también triunfadores ERC y Bildu (y en menor medida, aunque también en la onda, el PNV): el odio, la rabia, el desprecio, el absoluto egoísmo y la discordia que expresaban los discursos de Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi sí que daban miedo, o deberían darlo. Pero España solo está vacunada contra uno de nuestros fascismos.

Le queda ahora a Pedro Sánchez encargarse de la situación. No deja de haber justicia poética en el hecho de que a él vaya a caerle la patata del tema catalán, y todas las demás patatas: la recesión que al parecer se avecina, el incremento del paro, todo lo que le concierne a un gobierno en firme. Era un poco irritante lo que estaba haciendo con solo 84 diputados. Ahora con 123 ya sí podrá decirse que el pueblo español lo ha querido. A mí particularmente eso me deja más conforme. Si vamos a peor, será la democracia. Y si vamos a mejor también.

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En The Objective.

28.4.19

Rivera piensa en el futuro

Los dos triunfadores de la noche electoral, Pedro Sánchez y Albert Rivera, se han pisado en la televisión, porque Sánchez ha empezado a hablar en la sede del PSOE al mismo tiempo que Rivera en la de Ciudadanos. La retransmisión ha tenido que ser por partes. Sánchez aparece en directo, y cuando dice que va a hablar con todos, la militancia responde: "¡Con Rivera no, con Rivera no!". Y luego se ponen victimistas con lo del cordón sanitario...

Hay expectativa ante lo que pueda decir Rivera, porque lo cierto es que sus números sumarían con los de Sánchez para formar un gobierno con mayoría absoluta. La estrategia electoral de Rivera ha tenido finalmente éxito y casi ha doblado sus escaños: de los 32 obtenidos en 2016 ha pasado a 57. Pero esa estrategia ha consistido en decir explícitamente que no pactaría con Sánchez.

Escucho al fin a Rivera y desaparecen las dudas: empieza atacando al PSOE ("nosotros no vamos a rodear el congreso") y a reivindicarse como liberal. En la sede de Ciudadanos hay alegría. Rivera aparece empequeñecido bajo el cartelón electoral, que lo representa a él solo. Abajo, en carne y hueso, está con muchos, entre quienes destacan Inés Arrimadas y Begoña Villacís: la primera ha sido protagonista de las elecciones que acabamos de vivir; la segunda lo será de las municipales que vienen.

Solo habla Rivera. Reivindica a su equipo como el mejor preparado del país y dice de Ciudadanos lo que Alfonso Guerra decía del PSOE: que es el partido que más se parece a España. Habla de un modo acelerado, en el estilo en que lo hizo en el segundo debate electoral: como si quisiera seguir la campaña. Da por hecho que el gobierno va a ser del PSOE con Podemos y los independentistas. Descarta, sin mencionarlo, ese posible pacto con el PSOE que, según dicen, quiere el Ibex 35.

Rivera lo tiene ahora claro. Solo habla de hacer oposición, de liderarla, y de gobernar España en unos años. Esto lo formula en forma de promesa. Los militantes, que aplauden y agitan banderas españolas y del partido, lo aclaman: "¡Presidente, presidente!". Rivera piensa en el futuro. Definitivamente, ya concibe el partido no como bisagra sino como uno de poder. Los números aún están lejos, pero él habla de la progresión: del aumento de un 80%, dice, en pocos años. El hundimiento del PP, con el que aspiraba a gobernar ahora, tal vez lo vea como una posibilidad de crecimiento. El "vamos", que era el lema de la campaña, parece mantenerlo en marcha. Es como si siguiera encarnando el cartelón que tiene detrás.

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En El Español.

24.4.19

El debate final

Antes de que empezara el debate final (segundo y último) me he acordado de esos japoneses que en las corridas de toros se van después del tercero, antes de que los toreros repitan: porque total, ya los han visto. Ayer, total, ya vimos a los cuatro candidatos debatiendo. ¿Para qué otra vez? Pero ha resultado que esta ha sido más entretenida. No ha llegado a cuajar ninguna faena memorable, pero ha habido chispacitos. El formato de Atresmedia era más dinamizador. Lástima que Tele 5 no esté en el grupo, porque el epílogo ideal sería que los candidatos se tirasen con Isabel Pantoja del helicóptero de Supervivientes (una posibilidad que me inspiró un tuit de Maite Rico).

Mi balance intuitivo, sumando los dos debates, sería este: el único que gana votos es Pablo Iglesias; el único que los pierde es Pedro Sánchez; y Pablo Casado y Albert Rivera se quedan como estaban. Estos dos no han conseguido su propósito de noquear a Sánchez, aunque –sobre todo en este segundo debate– lo han tenido tambaleándose varias veces. Pero no han logrado rematar la faena, sobre todo por Rivera: demasiado nervioso y verborreico, con golpecitos histéricos en vez de buenos golpes (aunque algunos ha dado de estos, y entonces sí le ha salido bien). Pero el que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte, un beso vampírico con el que le ha chupado votos.

La gran estrella del debate ha sido el jersey negro de Iglesias, que le ha funcionado muy bien. Por algún motivo, el jersey transmite confortabilidad, confianza hogareña (y si es en Galapagar no digamos). Iglesias ha entrado divinamente en el sistema y el sistema lo quiere. Debería ir a más debates y a menos mítines. Creo que este Iglesias, más tranquilo, más moderado, con el puntito justo de reivindicación, hubiese ganado las anteriores elecciones. Pero claro, le faltaba aún el componente fundamental: ser padre y tener una hipoteca. Aquí se le ha terminado de forjar el carácter. Y en esos meses pasados en la minería del pañal. Lo desconcertante es cómo ha tirado su minuto de oro: el tío ha ido fenomenal durante todo el debate en plan Iglesias nuevo y en el momento decisivo va y saca al Iglesias viejo... Ha sido el único momento del debate en que le ha ido bien a Sánchez: pero se terminaba justo ahí y este se ha quedado sin usufructuarlo.

Casado y Rivera empezaron bastante bien, golpeándole duro a Sánchez, no como ayer sino como adultos, sin aniñamiento. Y Sánchez, a diferencia de ayer, lo acusaba. Durante los primeros minutos parecía que la velada iba a ser una masacre. Pero empezaron a disiparse –sobre todo Rivera, como digo– y la cosa no cuajó. Sánchez se recompuso y tuvo ráfagas presidenciales. Pero él mismo las abortaba pronto: con sus tics, sus resoplidos, su acartonada gestualidad, sus menesterosas dotes de actor. Pero lo peor es cuando se le contraría de verdad y se enfada: entonces le brota sin poder dominarlo el déspota que lleva dentro. Los guapos están muy mal acostumbrados. Con todo, mi impresión es la de ayer: es el único que da como presidente. Casado y Rivera no dan. Aunque tal vez les baste serlo para que den.

En fin, que el perdedor ha sido Sánchez, pero no mucho. Casado y Rivera han estado ahí, manteniéndose (ayer mejor Rivera, hoy mejor Casado). Y ha ganado Iglesias, aunque tampoco mucho, y sin que le vaya a servir para nada.

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En The Objective.

23.4.19

¡Que viva el régimen del 78!

Después de una tarde atroz de dudas sobre si abstenerme o votar el mal menor, ha llegado el debate y les adelanto el resultado: se me va a hacer muy cuesta arriba votar el mal menor. Albert Rivera y Pablo Casado son muy bisoños, no dan como gobernantes. Y para colmo lo tendrían que hacer con Vox. Mi malestar es supremo. Por otra parte, Pedro Sánchez, que sí da como gobernante (tal vez solo ahora, después de serlo), tiene unos tics de caradura realmente heladores.

A pocos minutos de que empezara el debate escribí en Twitter: "Pablo Iglesias sería un genio si apareciera sin coleta y disfrazado de vicepresidente". Ha aparecido con coleta y sin traje... pero asombrosamente vicepresidencial. Ha abandonado el tono de rapero y ha hablado en un tono tranquilo, paternalista, dando instrucciones a los demás y pidiendo moderación (¡él!). Como atrezzo llevaba esa Constitucioncita que ha paseado por los mítines, pero que en televisión da mal: como las pelotas de ping-pong en las retransmisiones de ping-pong. Lo entrañable es que ahora es un predicador que intenta convencer de las virtudes del régimen del 78 a toda una generación a la que él mismo alentó contra el régimen del 78. Los más ortodoxamente marxistas de sus seguidores pensarán que de la infraestructura chaletiana emana la superestructura constitucional...

Pero volvamos brevemente al principio. Si la primera impresión es la que cuenta, Iglesias parecía el sobrinito entre tres tíos: ellos con traje y altos y él en mangas de camisa y más bajo. Pero pronto se vio que solo quería a uno de ellos, el más alto: con el que tenía tanta confianza que se permitía tirarle de vez en cuando de las orejas.

Empezó Rivera y empezó mal: acelerado, poco consistente, nada presidenciable. Luego ha ido mejorando, pero no tanto como para ganar el debate. A la gravedad de las cosas que dice le falta un tono de gravedad. Le falta gravedad en general, sí: es volátil, ligero, poco firme, excesivamente aniñado. Este último ha sido siempre su problema, pero ahora está más aniñado que nunca. Seguramente por el cotilleo que todos conocemos por las revistas del corazón, se siente rejuvenecido. Craso error para su propósito. Su mejor frase la ha dicho cuando hablaba de reformismo y lamentaba los últimos gobiernos del PP y del PSOE: "Hemos perdido una década". Pero me temo que en esta década hemos perdido también a Rivera.

Cuando tomó la palabra Casado, sorprendió una ligera ronquera. Llegué a pensar que era deliberada, justamente por darle un tono más adulto a su también juvenil voz. Aunque luego ha ido entonándose, creo que también para mal. Cuando está cómodo suelta frases hechas que da igual que sean verdad o no (muchas son verdad), porque suenan a hechas, a precocinadas. Ha tratado de hacer memoria histórica de la crisis reciente sufrida por los españoles. Y ha hablado también (como hizo Rivera) del independentismo. Pero no sé, todo sonaba un poco ahuecado.

En cuanto a Sánchez, está de vuelta de todo. No lleva ni un año un año en Moncloa y ya tiene el síndrome. Se le ve la soberbia, el desprecio por el contrario, lo pagado de sí mismo que está, el cinismo. Está muy muy pasado con sus gestos, sus comentarios por lo bajini: "No se puede mentir más", "Qué decepción" (¡esto hasta cinco veces seguidas, con impostación de actor del método!). Puede ser temible y será temible. La única esperanza (¡poca, la verdad!) es que fuese temible con los malos. Pero los malos volverán a ser sus aliados seguramente. Al final, como era previsible, invocó a Vox. Aunque lo cierto es que no le ha hecho tanta falta como se pensaba. De hecho, casi ha usado más "la derecha" que "las derechas".

En resumen, ventaja de Sánchez e Iglesias sobre Rivera y Casado. No definitiva, aunque no parece que estos vayan a remontar. El verdadero interés de este debate está en que es solo el primero de dos consecutivos. ¿Qué pasará en el de mañana? ¿Tendrá efecto, como en el ciclismo, el "cansancio acumulado"? ¿Habrá alguna "pájara"? Me temo que todo sea bastante igual. Pero a ver.

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En The Objective.

22.4.19

La aristócrata

Tiene Cayetana Álvarez de Toledo un envaramiento a veces sin humor, esa cierta pomposidad de quien pronuncia, sin ironía, las grandes palabras; propende a lo retahilesco, que emite desde su hieratismo delgado y rubio, con su dulce acento argentino y un efecto de altivez, exhibicionista de su inteligencia. Pero ante todo tiene razón y está siendo glorioso.

En el momento más bajo de nuestra política ha entrado en campaña una aristócrata, en el sentido etimológico. De la aristocracia española no ha habido nunca nada que esperar, porque a la grosería y la ignorancia ha unido el mal gusto; ha sido una aristocracia muy al nivel del populacho (ha sido, de hecho, nuestro genuino populacho: en el pueblo llano ha habido muchísimos más ejemplos de nobleza). En Cayetana Álvarez de Toledo la genealogía va al revés: es su excelencia personal la que le da brillo al título.

Su choque con la mentalidad demagógica imperante me produce un regocijo no solo estético y político, sino también conceptual. Por la aparente paradoja de que sea la aristócrata la que defiende la ciudadanía común, es decir, la soberanía de cada uno de los ciudadanos, frente a los populistas y los nacionalistas, que con sus andanadas populacheras contra la ley democrática alientan, de facto, una arbitrariedad equivalente a la de los viejos aristócratas revenidos.

Cayetana Álvarez de Toledo está en el PP y defiende los valores de su partido, naturalmente. Pero por encima de ellos defiende la ciudadanía mencionada. No le acopla a esta contenidos espurios como hace Vox (y como hace de vez en cuando el líder de su propio partido, Pablo Casado), sino que sabe distinguir entre sus contenidos ideológicos particulares y la limpia noción de ciudadanía, abierta a todos.

El fenomenal espectáculo esta viniendo por su defensa de esto último, por eso lo disfrutamos y celebramos también los no votantes del PP. Lo deprimente –lo que da idea del embrutecimiento general– es que esa aseada defensa provoque tanto alboroto. Abundan los comentaristas que tachan a Cayetana Álvarez de Toledo de privilegiada, cuando lo relevante no es que lo sea –como lo es, en efecto–, sino que se haya implicado en la lucha por el privilegio esencial de todos los españoles: el de la ciudadanía de los libres e iguales.

Pero todo esto va tan alucinantemente a la contra y veo hacia ella tantos remilgos que me temo que Cayetana Álvarez de Toledo sea una ruina electoral.

En cuanto a los dos debates que se nos vienen encima con los candidatos: volvió la hora de los plebeyos. La de los políticos que rebajan a los votantes y con los que los votantes se sienten a gusto. Aunque hagan aspavientos de disgusto.

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En El Español.

17.4.19

Lisboa, París

Mientras leo Tus pasos en la escalera de Muñoz Molina, ambientada en una Lisboa extraña, ha empezado a arder Notre-Dame de París. Me entero cuando la termino y parece un contagio apocalíptico de la novela. Me acuerdo de ese París lisboeta que encuentro en mi colección de novelas de Simenon en portugués. Un Maigret con algo de Pessoa, aunque activo y felizmente casado. Uno de los aciertos de Tus pasos en la escalera es que no aparece Pessoa, ni casi nada de la Lisboa más transitada. Aparece el Campo de Ourique, los muelles y sobre todo el puente: no a lo lejos como en las postales, sino desde allí mismo. En mi último viaje estuve debajo, oyendo pasar los coches y los trenes y el zumbido del viento. Como un arpa enorme desde unos pasos más allá, como escribe Muñoz Molina. Su novela es un thriller psicológico, sí, con un aire perturbador y onírico a lo Schnitzler, que se resuelve en una crítica petrarquista.

La primera vez que estuve en Lisboa, solo, llevaba recortado un reportaje de Muñoz Molina sobre la ciudad, que leí por la noche en la pensión tras mi primer día de callejeo. Mis impresiones se reforzaron, se tamizaron. Los días siguientes fueron más perceptivos aún. Para los de mi edad Lisboa se hizo imprescindible, en los ochenta, por el Libro del desasosiego de Pessoa, El año de la muerte de Ricardo Reis de Saramago, El invierno en Lisboa de Muñoz Molina y el incendio del Chiado de 1988. Por este comprendimos la fragilidad de la ciudad que apenas habíamos empezado a amar. Una fragilidad que ya había comprendido todo Portugal, y todo el mundo, por el terremoto de 1755.

Mi París, como el de tantos, es el de Baudelaire, el de Breton, el de Truffaut y Rohmer, el de Martín Romaña y, especialmente, el de Jünger: el de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial. En este último he vuelto a estar recientemente con una lectura desoladora: la del diario de Hélène Berr, una joven judía que terminó deportada y muerta en un campo de concentración. Ella era parisina y sus últimos años en París fueron los de Jünger. No se conocieron, pero tal vez se cruzaron. Al cabo, eran ciudades distintas. Para Jünger era el París que ocupaba el ejército alemán al que pertenecía. Para Berr era el París en el que debía llevar una estrella amarilla y en el que habían perdido la ciudadanía los judíos, que fueron siendo exterminados allí también. Jünger pertenecía al ejército alemán pero no era nazi. Aunque le avergonzaba el espectáculo de los judíos con la estrella amarilla, no se rebeló: por su idea de fidelidad, antigua, al ejército. Sí pensó en el suicidio. Tampoco lo hizo porque concluyó, como escribe en un célebre pasaje, que "desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él".

He buscado ese pasaje de Radiaciones porque sabía que en él hablaba de Notre-Dame. Así empieza (29 de abril de 1941): "Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia?".

Ahora dejo de escribir para mirar en las noticias si han sobrevivido al incendio esos demonios.

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En The Objective.

15.4.19

Mi modesta Gran Coalición

La precampaña electoral de las generales ha sido más fea que el Fary chupando limón, y la campaña promete superar el hito. Una campaña que es a su vez precampaña de las europeas y de las municipales, más de algunas autonómicas (pero estas en Andalucía nos las quitamos de encima ya). El campo está embarrado, como ha señalado la prensa socialdemócrata. Aunque a la prensa socialdemócrata se le olvida señalar la trazabilidad del embarramiento. Si se critica el tono bronco de "las derechas" pero se olvida que se debe a los impresentables apoyos (con equivalente tono bronco) de "las izquierdas", estamos donde se suele estar desdichadamente en España: en el sectarismo. El único negocio político rentable.

Yo estoy cansado y estoy pesimista, y realmente no tengo nadie a quien votar. Pero en vez de no votar o de escribir alguna gamberrada en las papeletas, que es lo que me pide el cuerpo (aunque para eso ya está Twitter), voy a comportarme como un pequeño estadista: un pequeño estadista inútil. Aprovechando las tres elecciones que tengo por delante, armaré con mis votos la Gran Coalición que nuestros irresponsables tres partidos constitucionalistas no han armado ni armarán. Así, votaré a Ciudadanos en las generales, al PP en las municipales y al PSOE en las europeas. Lo mío es ciertamente una ruina.

Votaré a Ciudadanos en las generales enfadadísimo con Albert Rivera y su estúpida política de alejamiento del centro, cuando es ahora cuando tendría que haberse asentado en él –aun a costa de votos– para no regalárselo a Pedro Sánchez, quien lo había abandonado antes para encontrárselo (¡gratis!) de repente. En el fondo sigo apostando, a falta de Gran Coalición, por el acuerdo postelectoral PSOE-Ciudadanos: una apuesta absurda a estas alturas.

En las municipales de Málaga tenemos la desgracia de que el candidato de Ciudadanos es un coletas: o sea, alguien al que me impide votar no solo mi ideología, sino también mi religión. Al PSOE ya lo voté en las anteriores elecciones, por motivos sentimentales. Ahora, no sin forzarme a mí mismo, votaré al PP. Votaré, concretamente, al veterano Francisco de la Torre, el alcalde con el que Málaga ha pegado el subidón. Un subidón que no siempre me gusta, pero que es un subidón.

Y en las europeas votaré a Josep Borrell, por las alegrías antinacionalistas que nos ha dado (grandes aunque incompletas), y para apoyar al PSOE no sanchista. De paso, me ahorro votar esa lista de Ciudadanos para Europa que se ha permitido prescindir de Teresa Giménez Barbat.

Como ven, ya tengo mi modesta Gran Coalición armada. Sin esperanza y casi sin convencimiento. Y sabiendo que el propósito principalísimo de la campaña en marcha y de la precampaña y la campaña que vienen será que yo me arrepienta y termine no votando a ninguno.

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En El Español.