19.3.17

Jot Down 18

Ha salido el número 18 del trimestral en papel de Jot Down, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales. Participo con "El tiempo de las moscas", sobre el fin del aburrimento y de los tiempos muertos en la era digital; o el cambio del oro del tiempo (que buscaba Breton) por la calderilla de Twitter, y de todas las redes sociales. Se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.3.17

Virtudes primarias

Le ha costado, pero al fin se ha decidido: Susana Díaz presentará su candidatura a la secretaría general del PSOE. Se ha pasado los últimos años hablando sentimentalmente, con un quiebro en la voz, de “mi tierra”, refiriéndose a Andalucía; pero qué diablos, su tierra también es España. (Si algo tenemos los andaluces es que podemos ponernos sentimentales en estéreo). En las primarias socialistas, por lo tanto, competirán tres: ella, Pedro Sánchez y Patxi López. Díaz, Sánchez y López: pase lo que pase, el PSOE es ya el verdadero partido de la gente. Aunque está por ver que la gente se dé por enterada y vaya a votarlo tanto como cuando estaba González...

Se ha criticado la falta de virtudes de Susana Díaz. Pero, sin rebuscar demasiado, yo le encuentro dos incontestables, monumentales incluso: una, la de no ser Pedro Sánchez; dos, la de no ser Patxi López. Eso es muchísimo. Aunque puede que no le baste. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez tampoco carece de virtudes. Destacan, en concreto, dos, no menos incontestables y monumentales: la de no ser Susana Díaz y la de no ser Patxi López. Este, por su parte, lejos de quedar desplazado, también puede presumir de dos virtudes tan incontestables y monumentales como las de los otros: la de no ser Pedro Sánchez y la de no ser Susana Díaz. La cosa está bastante empatada en cuanto a virtudes.

La competición entre estos tres fenómenos, con dos virtudes –y quizá ninguna más– cada uno, le pone la decisión muy difícil a la militancia. Esta podrá darse el gustazo, eso sí, de desdeñar a dos de los candidatos. Pero a un precio tal vez excesivo: el de apoyar al tercero. ¿Merecerá la pena, por ejemplo, desdeñar a Pedro Sánchez y Patxi López a cambio de apoyar a Susana Díaz? Es para pensárselo. (Y de ejemplo valdrían igualmente las otras combinaciones).

Con Díaz, que es la que me pilla más cerca, tengo la curiosidad de si pasará Despeñaperros. En caso afirmativo, serían Sánchez y López los despeñados. Los andaluces pasan (¡pasamos!) Despeñaperros sin problemas, pero en Díaz encuentro un estilo andaluz un tanto abrasivo. Con Felipe González funcionaba, porque lo andaluz era en él un vehículo seductor para otras cosas. En Díaz, sin embargo, creo que lo andaluz se lo come todo: parece un prototipo específico para la política autonómica. Los sanchistas ya han empezado a reírse de esto. Aunque no con la abundancia con que lo hace Canal Sur, que depende de la propia Díaz... Por lo demás, que no se pongan gallitos los sanchistas: que la virtud de Díaz de no ser Sánchez puede que le resulte suficiente.

No sabemos, en fin, si las primarias servirán para ir dándole salida a la crisis del PSOE. Lo que sí podemos adelantar es que la terna misma es una expresión monumental e incontestable de la crisis.

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En El Español.

9.3.17

Catacumbismo masculino

¡A los hombres se nos multiplican los placeres! El último es ese al que le he puesto el nombre de “catacumbismo masculino”. Consiste en un encuentro –por lo general comida o cena– entre amigos: solo hombres, sin ninguna mujer. No tarda en fluir una conversación maravillosamente libre, alimentada por el morbo de que no podría mantenerse en público, tal y como están hoy las cosas. En esas catacumbas se respira el inequívoco airecillo de la libertad: un picor revitalizante, gustoso.

Y que no se precipiten los censores (¡ni las censoras!): no se trata de conversaciones exactamente machistas; sino eso, masculinas. Por lo general son (¡somos!) hombres ilustrados, defensores de la igualdad de derechos. Nuestras conversaciones no son las de los trogloditas de toda la vida, sino conversaciones cultas. Cultas y picantes. No hablamos con la impunidad con que hablan los machistas cuando se juntan –los cuales, por otra parte, no necesitan juntarse solo ellos para ejercer–, sino de algo más sofisticado, o quizá ingenuo: gozar de un rincón de espontaneidad con algo parecido a la travesura.

Alguna broma cargada se suelta, naturalmente: nos complacemos en incurrir en incorrecciones políticas; aunque no exentas de ironía, ante todo con nosotros mismos. Nos domina en general un estupor: el de la constatación biográfica del darwinismo de las mujeres. En algún momento descubrimos lo que dijo Josep Pla: “La mujer es el ser antirromántico por excelencia”. Y en el fondo, al tiempo que nos duele, lo admiramos. Y procuramos que nos haga más sobrios.

No son estas las únicas conversaciones que mantenemos, por supuesto. Mi interlocutora favorita, de hecho, es una mujer. Y los mismos amigos nos lo pasamos igual de bien cuando hay mujeres con nosotros. Solo que la conversación es distinta. El catacumbismo masculino produce una conversación (¡y un placer!) singular.

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En The Objective.

6.3.17

El Barea de la plaza

Preciosa la mañana del sábado en Madrid. Se anunciaba lluvia, pero había un cielo velazqueño. El frío, compacto, cortante, le daba sobriedad al acto. Y el sol un toque cálido, dentro del frío.

Yo no había leído La forja de un rebelde hasta que hace tres años colaboré en la edición en Turner de Hotel Florida, de Amanda Vaill, un libro que cuenta la historia durante la Guerra Civil de –entre otros– Arturo Barea y su esposa Ilsa Kulcsar. Desde entonces siempre que paso por delante del edificio de Telefónica, en la Gran Vía, me acuerdo de ellos: ahí se conocieron mientras trabajaban para la República, expuestos a los bombardeos franquistas. También he evocado a Barea cuando he pasado por el antiguo edificio de las Escuelas Pías, en Lavapiés, donde él estudió de niño. El sábado, al pie de ese edificio, se inauguró la placa con su nombre: Plaza de Arturo Barea.

Había emoción por él, porque fue un hombre ejemplar, y había también un sentimiento de reparación histórica. Era bochornoso que su nombre no lo llevase hasta ahora ninguna calle de su Madrid. La iniciativa, aprobada por el Ayuntamiento, partió de dos vecinas del barrio y fue impulsada por William Chislett, excorresponsal de The Times. En el acto del sábado, además de él y una de las vecinas, intervinieron personalidades como Ian Gibson, Elvira Lindo o la alcaldesa Manuela Carmena. Entre algún que otro lugar común, inevitable, se dijeron cosas que honraban adecuadamente a Barea. Yo me quedo con las de Chislett y las de Lindo. En cualquier caso, la emoción hubiese estado incluso sin las palabas.

Pero en mí, por debajo de la emoción, neta, nítida, aleteaba una inquietud. ¿Estaban todos –intervinientes y asistentes– homenajeando al mismo Barea? ¿O para algunos (tal vez muchos) el Barea de la plaza era un Barea fraudulento, edulcorado, simplificado ideológicamente en su condición de “republicano”?

Lo admirable de Arturo Barea es que fue fiel a la República: se esforzó por ella todo lo que pudo y desde 1938 tuvo que vivir en el exilio, hasta su muerte en 1957. Pero miró horrorizado los crímenes de la zona republicana. Y precipitó su exilio –al que se hubiera visto forzado de todas formas tras la victoria de Franco– porque sospechaba que los comunistas, a las órdenes de Stalin, querían matarlo a él y a su mujer. De Barea podría decirse, al cabo, lo que dijo Manuel Alcántara de Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”.

Y no había equidistancia aquí: ambos eran republicanos. Solo que de la República democrática, que no era exactamente la que querían todos ni la que todos ahora reivindican. Para mí el Barea de la plaza será ese: el Barea real.

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En El Español.

27.2.17

Apaño en el escaño

La nueva política nos remite, en lo político, a los años treinta del siglo pasado como mucho. Y en lo estético al vodevil. El resultado de sus ínfulas de novedad es pues (¿hace falta decirlo?) regresivo en todos los órdenes. Sus líos parecen novelas paródicas de Vizcaíno Casas. Es decir: el producto de una mente franquista.

Colocar a la parienta. El enunciado es chusco: pero la actualidad no nos permite a los columnistas que volemos. Lo que inició Felipe González con Carmen Romero y llevó a un perfeccionamiento notable José María Aznar con Ana Botella, lo ha culminado Pablo Iglesias con Irene Montero. El que el apaño haya sido esta vez en el escaño contiguo –piel con piel, como quien dice– deja la cosa cerrada, simbólica y gráficamente. No se podrá ir más allá... salvo que decidan sentarse uno encima del otro.

Y además no es la primera. A la gente (¡entre la que me incluyo!) se nos partió el corazón al ver a la pobre Tania Sánchez en plan has been en el Congreso, con mirada ida de protagonista de drama sureño, como decía un amigo. A sus espaldas, los puñales de la historia: las miradas de Irene Montero y Pablo Iglesias, la pareja rutilante. No tenemos la culpa de que adonde hayan mandado a Tania Sánchez se le llame “gallinero”; no tenemos la culpa de que la palabra evoque la presencia de un gallito...

Tampoco tenemos la culpa de que a las diputadas les haga tilín el macho alfa de su grupo. Ni ellas deberían preocuparse por ello, puesto que es una conducta natural, evolutiva (léase La evolución del deseo, de David M. Buss). Lo irritante no es la conducta, ni siquiera el beneficio que conlleva, sino las pretensiones de moralizar desde ahí. Una moralización que resultará inevitablemente inquisitorial, por cuanto que tratará de cargar en otro “pecados” propios, y así expiarlos. Y lo pongo entre comillas porque no son pecados objetivos, sino establecidos precisamente por el catecismo de quien acusa. Así Irene Montero cuando llamó a un diputado del PP “machirulo”.

Por cierto, que en el vídeo incluido en la noticia de EL ESPAÑOL se aprecia –como indica un lector en los comentarios– cómo se le ha contagiado a Montero el modo de hablar y la gestualidad Iglesias. Tampoco esto es nuevo: muchos políticos del PSOE imitaban a González, y muchos del PP a Aznar. Aquí lo bonito es el amor, como siempre. Las parejas se contagian, como los perros de sus amos. En Una pena en observación se lamentaba C. S. Lewis, al evocar las exigencias intelectuales de su amada perdida: “Nunca he sido menos estúpido que como amante suyo”. En el caso de Irene y Pablo no se trata de ser menos estúpidos, sino de ser todo lo populistas que se pueda. Y en ese sentido hacen una pareja genial.

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En El Español.

23.2.17

Autobús podemita (o lepeniano)

Sabía que Mariano Rajoy y François Hollande venían a Málaga, a la Cumbre Hispano-Francesa, pero me lo había tomado como una noticia nacional o internacional, no local. Como algo que seguir por la prensa o la tele, por internet, lo habitual con las noticias. Tenía que hacer y me aplacé la información. Dediqué la mañana a mis asuntos. Por la tarde necesitaba despejarme y decidí darme una caminata por el paseo marítimo. Para ganar tiempo, cogí el autobús hasta la plaza de la Merced.

Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.

El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de sans-culottes. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.

Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.

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En The Objective.

20.2.17

Festival Escohotado

Los adictos a Antonio Escohotado corremos a chutarnos los vídeos suyos que aparecen de vez en cuando en la red. Y entonces no podemos ver solo uno, sino que buscamos más, y rascamos en los ya vistos, y nos pasamos horas hasta acabar con una deliciosa sobredosis de lucidez... Al final, en su ‘Historia de las drogas’ faltaba una: la droga que el propio Escohotado constituye. Aunque, a falta de análisis en el libro, era la que el propio libro nos suministraba. De haberlo conocido Baudelaire (algo que evitaría, entre otras cosas, por no cometer un anacronismo que hubiera sido descubierto a la larga) habría completado su célebre llamamiento: “Embriagaos: ¡de vino, de poesía, de virtud, de Escohotado, como gustéis!”.

En EL ESPAÑOL, nuestro Mariano Gasparet le hizo una memorable entrevista en 2015. Y en cuanto a vídeos, lo último ha sido la no menos memorable serie que le ha hecho Federico Jiménez Losantos para ‘Libertad Digital’, a propósito de la culminación de la magna trilogía ‘Los enemigos del comercio’. Cada vídeo se ocupa de un tomo (enlaces: primero, segundo, tercero). A quienes aún no los hayan visto, les recomiendo un reajuste previo. Losantos interviene excesivamente, algo que resulta irritante si se tiene en la cabeza el concepto ‘entrevista’. Esto se arregla si se cambia por ‘conversación’. Aun así, no termina de desaparecer un elemento entrañable: cómo Losantos no deja de caer en la tentación de explicarle a Escohotado su propio libro. Pero el caso es que funciona: después de todo, lo que hace Losantos es manifestar su entusiasmo, que transmite. La entrevista o conversación entra que da gusto: satisface al enganchado.

Y es muy útil en este 2017 en que algunos se disponen a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con complacencia: pasando por encima de los datos y los cadáveres; o lo que es peor, justificándolos. De ella y de sus protagonistas –particularmente Lenin– se ocupa el último tomo de ‘Los enemigos del comercio’; proyecto cuyo título iba a ser, significativamente, ‘Crítica de la razón roja’. Escohotado, como buen librepensador, ha tenido el arrojo de meterse en dos peligrosos avisperos del siglo XX: el de las drogas y el del comunismo. Concretamente, los de la prohibición de las primeras y la defensa del segundo, que comparten un blindaje autoritario, totalitario, ideológico y en último término religioso (es decir, dependientes de fe y de dogmas refractarios a la razón). Contra ambos combate Escohotado, en nombre de la libertad y de la gloriosa soberanía del individuo. Indisociables (¡esto lo vamos aprendiendo!) de la propiedad...

Pero el festival promete no terminarse aquí. Al final del tercer vídeo (34:20), Escohotado anuncia que está preparando un libro “sobre la violencia de género y las relaciones hombre y mujer”. Dicho también: “la tradicional guerra entre los sexos”. ¡Era el avispero que le faltaba!

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En El Español.

17.2.17

La Justicia en pelota

Esta mañana, mientras se esperaba con una ansiedad un tanto plebeya la sentencia sobre el caso Nóos, se coló en Twitter un poeta romántico: Gustavo Adolfo Bécquer. Es que nació un 17 de febrero (de 1836) y muchos se han puesto a recordar sus romanticismos: sus golondrinas, sus lunas, sus “yo no sé qué te diera por un beso”... La compartimentada mente española no retiene que es también el coautor del álbum satírico-pornográfico Los Borbones en pelota. Por eso, cuando ha salido la sentencia, le ha faltado el gancho que lo mantuviese en los trending topics...

Una lástima, porque el trasunto de la mañana era justamente ese: el de dejar a los Borbones en pelota, por medio de la infanta Cristina. Y si la Infanta resultaba absuelta, como ha ocurrido, la que se quedaba en pelota era la Justicia. La banca antimonárquica siempre gana. (Nótese que no se trataba aquí de señalar que la Infanta, o los Borbones, o la Justicia iban desnudos como en el cuento, sino de desnudarlos).

Lo más divertido ha sido la reacción de Miquel Roca, abogado de la Infanta, padre de la Constitución y miembro de un partido nacionalista e independentista (¡que España es mucha España!): ha dicho que estaba “levitando” con la absolución de su defendida. Lo que ha arrojado una sombra en lo que ya estaba judicialmente claro: ¿es que pensaba que la sentencia solo podría serle favorable de un modo milagroso, o místico? En la mañana se ha quedado flotando un ectoplasma de cloaca celestial.

Pero hay que aceptar la sentencia, en sus absoluciones y en sus condenas. Los que no tenemos formación jurídica nos encontramos siempre en estos casos en la misma situación. Por un lado, incapaces de juzgar técnicamente el asunto, y en su defecto dando por bueno el resultado (y aceptando el principio general de que hay que juzgar actuaciones concretas, con pruebas, según la ley, etcétera). Y por otro lado, proyectando impresiones, observaciones o reflexiones que ya caen fuera de lo judicial. Juicios al paso que no tienen que ver, propiamente, con el juicio.

En el caso Nóos, lo abrumador ha sido su carácter sintomático: la corrupción que han podido permitirse quienes optaban por ella en las altas esferas (incluidas las monárquicas, donde estaba el condenado Urdangarin); el dinero que afloraba por estrictas razones de cortesanía; y la extendida conciencia de impunidad. Muchos han estado levitando por encima de sus posibilidades. Ahora, aunque el abogado Roca suba, es el momento de bajar. Pero, ¿volverán las oscuras golondrinas?

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En The Objective.

13.2.17

Mariano Iglesias y Pablo Rajoy

El mejor momento del tumultuoso fin de semana político ha sido cuando de la boca de Javier Arenas –el prometedor Javier Arenas, que tiene tanto futuro por detrás– salió el demonio en forma de lapsus. “José María Rajoy”, se le escapó. Y todos en el congreso del PP rieron nerviosamente. Los congresistas no estaban allí para recordar a Aznar, sino para aclamar a don Mariano. Cosa que hicieron sin sombra de ambigüedad gallega. Luego el Telediario dijo, en plan Nodo, que en el partido que manda en el Telediario se respiraba alegría. Lo triste es que era verdad.

En Vistalegre no hubo tanta al principio. En la antigua plaza de toros había ambiente de circo romano, y los participantes de Podemos parecían decir tácitamente: “Moraturi te salutant”. Aunque por una vez fue el populacho el que cortó el rollo y los gritos de “¡Unidad, unidad!” hizo que los gladiadores se comportasen de un modo menos encarnizado. Menos encarnizado entre ellos, que al “enemigo” ese que está fuera le sacaron los tridentes, las hachas y las bolas de pinchos. El problema siempre es el mismo: si el enemigo está fuera por definición, todo enemigo que surja dentro hay que mandarlo fuera. Suavemente, como en la democracia que detestan; o abruptamente, como en el comunismo que añoran.

El nivel era tan bajo en el PP y en Podemos, que hubiera podido ser un gran día para el PSOE. Por desgracia, a Susana Díaz le dio por intervenir también, abortando ese silencio que sumaba. Los sonrojantes piropos que le echó antes Abel Caballero fueron lo más populista (¡o demagógico!) del sábado. Esta manía de dar por sentado que aparecer es siempre mejor que desaparecer hizo que el PSOE –al menos el PSOE susanista (¡quedan el patxilopista y el sanchista, por PSOEs que no quede!)– resultase el tercer perdedor. Hubo un momento de la mañana en que aquello parecía un Carrusel Deportivo de tercera regional: ¡cerocerismo en el PP, en Podemos y en el PSOE!

Pero, derrota general aparte, de puertas para adentro PP y Podemos tuvieron sus ganadores claros: Mariano Rajoy y Pablo Iglesias; quienes, por lo demás, se benefician mutuamente. A Rajoy le viene bien un Iglesias faltón en Podemos; alguien que haga ruido pero que no represente ningún peligro, como sí lo representaba Íñigo Errejón. Y a Iglesias le viene estupendo seguir teniendo enfrente a alguien como Rajoy, sin carisma pero al fin y al cabo de la Derecha, lo que le excusa de refinar su discurso (algo que se adapta de maravilla a sus aptitudes). Felicitemos pues, forzando el lapsus de Arenas, a Mariano Iglesias y Pablo Rajoy.

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En El Español.

9.2.17

Épica para ridículos

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de españoles es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de nacionalistas.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

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En The Objective.