15.8.16

Gusto por la dictadura

Dos días antes de que Fidel Castro, el Franco particular de nuestros antifranquistas profesionales, cumpliese noventa años, asistí a una charla de Jorge Edwards, uno de los primeros escritores que denunciaron su dictadura. La charla fue en Marbella (¡cultura en pleno agosto costasoleño!) y resultó refrescante. Entre otras anécdotas, Edwards contó que asistió con Pablo Neruda en París a una cena de intelectuales y que, al escuchar los primeros retazos de conversación (sobre el estructuralismo, sobre Heidegger), Neruda lo agarró y le dijo: “Estamos fritos. Esta noche vamos a tener que ser inteligentes”.

Pero lo más relevante fue lo que relató de los meses que pasó en Cuba en 1971, como encargado de negocios de la embajada chilena. Nada más llegar, el dictador le endosó, de madrugada, un sermón propagandístico de tres horas. Sermón que al día siguiente le desmintieron aparte los escritores cubanos. Le hablaron, entre otras cosas, de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), unos campos de concentración en la práctica a los que iban aquellos a quienes el régimen consideraba “lacras sociales”: los homosexuales, los alcohólicos, los santeros... Edwards, contra lo que se estilaba, optó por denunciarlo y escribió su Persona non grata, que es lo que le había declarado el régimen castrista y, tras el libro, la izquierda de entonces.

Esto se sabe de sobra, o se sabía hasta hace nada: porque últimamente, con el surgimiento de la autodenominada “nueva izquierda”, parece que vamos para atrás. Una definición de “nueva izquierda” podría ser, de hecho: “aquella que ha recuperado los peores tics de la vieja izquierda”. Entre ellos, el aplauso a un dictador como Castro, al que ahora se han apresurado a felicitar por su cumple. Un cumple que es inevitablemente sórdido: cada año más es un año más que lleva como dictador; contando estos últimos de chándal en el banquillo. En total, cincuenta y siete: casi un franquismo y medio.

Lo irritante es que lo celebran los mismos que están todo el día cuestionando nuestra democracia, no tanto por sus muchas faltas reales como por sus –según ellos– faltas ideológicas. Estas se resumen siempre en una: es heredera de Franco. O sea, acusan a una democracia de no ser una democracia al tiempo que defienden una dictadura.

Su insistente recurso a tachar de franquistas a quienes son demócratas queda al desnudo en estos casos: es una mera estratagema no en favor de la democracia, sino en favor de su ideología, no precisamente democrática. Al final, como buenos antidemócratas que son, les gusta un dictador más que a un tonto un palote: siempre que sea el dictador adecuado.

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En El Español.

10.8.16

El mercado sexual

A un amigo (que luego resultó ser exhibicionista y le pusimos de apodo El Gabardina) le gustaba apostarse en el paseo marítimo a observar a las mujeres que hacían deporte. Este esfuerzo era para él la prueba de que querían estar, mantenerse, en el mercado sexual. La simple idea le excitaba.

Lo recuerdo mientras me deleito con las jugadoras de voley playa y las de rugby, con las tenistas, las nadadoras y las gimnastas: las que no son incuestionablemente bellas, crean belleza con sus actuaciones, como Simone Biles con su precisión prodigiosa, música corporal. Y a la espera de que lleguen la semana que vienen mis atletas (¡mis atletisas!): la corredora Michelle Jenneke, la saltadora de altura Blanka Vlasic, la pertiguista Allison Stokke... ¡Y las jabalinistas finlandesas, y las lanzadoras de martillo, y las gacelas africanas, y las musas caribeñas y orientales! Y todas esta vez en la femenina Río, la “Cidade Mulher” que cantaba Noel Rosa.

Pero en el espectáculo de las deportistas (y los deportistas, para quienes les gusten los hombres) hay un elemento de autosuficiencia, atractivo en sí pero que expulsa. No parece que se ejerciten para mercado sexual alguno, sino que todo en ellas –su sexualidad también– se cumple en el ejercicio. Nos queda mirar (el voyeurismo es el otro polo del exhibicionismo, nunca salió de su circuito El Gabardina) y recrearnos en esas perfecciones en las que no solo no hay lugar para nosotros, sino que tampoco nos dejan imaginar que lo haya para nadie.

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En The Objective/El Subjetivo.

8.8.16

Falta Cary Grant

La lectura este domingo de la Carta del Director de EL ESPAÑOL, con la metáfora del cinturón de castidad, aplicada a la llave que tiene ahora Rajoy para abrir el candado (o no) de la legislatura, me ha recordado uno de los argumentos más descacharrantes de Billy Wilder. Lo contaba Hellmuth Karasek en su libro de conversaciones con el director. En la época de las Cruzadas, un caballero y sus hombres parten para Tierra Santa; en el pueblo solo quedan las mujeres, con sus cinturones de castidad colocados, y el cerrajero, que es Cary Grant.

La película no pudo hacerse porque el actor murió cuando se consideraba el proyecto. La mera mención de Cary Grant evoca situaciones lúbricas con clase, alegría, dinamización. Lo contrario de lo que tenemos en este verano fofo y desinvestido, dominado por el tedio, el sopor y la parálisis. Mariano Rajoy tiene, sí, la llave del cinturón de castidad. Lo que no tiene son ganas. Está claro que desea quedarse, pero es un deseo manso, poco acuciante, nada libidinoso.

Por esta suerte de antiliderazgo que ejerce el presidente en funciones, su falta de libido se ha transmitido a todo el país. Los psicoanalistas hablan precisamente de “investir” de libido un objeto, cuando se desea. La falta de investidura política, aun en su formato de investidura fracasada –con el marear la perdiz de Rajoy–, se corresponde con la falta de investidura generalizada en ese otro sentido. La desgana se ha contagiado. Cada vez son más los que dicen que no votarán en unas terceras elecciones. Ahora que se ha fundado la Asociación de Asexuales, parece que lo único que queremos los españoles es meternos en ella y que nos dejen en paz.

Estamos, pues, en lo contrario de una divertida película de Billy Wilder. Esta mezcla de vacío político, calor de agosto y ambiente vacacional se parece más bien a una obra de teatro del absurdo, repetitiva, existencialista, con personajes sin consistencia. Esos personajes somos nosotros y son también nuestros políticos, Rajoy y los demás, que parecen haberse instalado en una fase de robotización. Un siglo después de la batalla del Somme, nuestra política reproduce la guerra de trincheras: no hay avance, sino estancamiento en el lodo, con ratas.

Falta Cary Grant: alguien que le diera marcha al asunto. En su lugar tenemos a Rajoy, parado, con su estrategia del aguante y la petrificación. Sé que los que lo votaron como mal menor lo votaron a él. Y que su retirada es solo una entre otras (no muchas) soluciones posibles. Pero también sé que, entre ellas, es justo la que tiene más a la mano, porque depende solo de él.

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En El Español.

1.8.16

Leche de cucaracha

Que la mejor noticia de julio haya sido que a la humanidad la salvará la leche de cucaracha lo dice todo. Nuestro gran Villarreal lo ha contado con su habitual maestría y su envidiable distanciamiento, pero mi estómago iba dando saltos precientíficos con la lectura. “Por delicadeza perdí la vida”, dijo Rimbaud. Los delicaditos como yo la perderemos por nuestros escrúpulos. Ni siquiera podremos adornarnos ya con el esteticista “¡faisán o hambre!”. Será hambre o leche de cucaracha.

El mes avanzaba sin excesiva brillantez, pero se torció definitivamente con el desmochamiento del Mont Ventoux. Ya venía siendo uno de los peores Tours de la historia y aquello terminó matándolo. No llegar a la cumbre del Ventoso porque hay viento es como no ir a Zahara de los Atunes porque hay atunes. Para más inri, el espectaculito de Chris Froome subiendo sin bicicleta, con pasitos de pato, metió la carrera y nos metió a todos en una hondonada de la que aún no hemos salido.

La pena del Tour es que contábamos con él, como todos los veranos, para que nos amortiguara los desastres del mundo. Y no solo nos ha fallado el amortiguador, sino que los desastres se han incrementado. Qué semanas horrorosas. Los psicópatas del yihadismo han seguido precipitando el siglo XXI en la Edad Media, o en las cavernas. Junto a las bombas y los fusiles, han vuelto los cuchillos y las hachas, y se han incorporado los camiones. También se han lanzado a asesinar psicópatas sin coartada religiosa. Y han seguido las guerras y los refugiados. Y la represión de Erdogan tras la intentona. Y Maduro y Daniel Ortega. Y el horizonte de Le Pen. Y la candidatura de Trump...

En cuanto a este corral, que decía Valle-Inclán (y eso que no conocía a la fauna que estaba por poblarlo), el golpe a cámara lenta y low cost de los nacionalistas catalanes se ha combinado con la inoperancia de los partidos mayoritarios para formar gobierno y el jugueteo irresponsable de Rajoy con la investidura. Tras la asonada, Forcadell, esa fusión inaudita de Landelino Lavilla y Tejero en una sola persona, se ha ido de vacaciones a Etiopía. Retomará el “quiet tot el món!” (en buen catalán, “tothom quiet!”) en la rentrée.

Tampoco está asegurado el amortiguador extra que tenemos cada cuatro años para sobrellevar agosto, el de los Juegos Olímpicos. La tradición carioca del carnaval dice que todo parece abocado a la catástrofe hasta un minuto antes y que luego funciona. Pero de momento pinta mal en Río. Más allá de la función amortiguadora, los que amamos Brasil andamos con el corazón en un puño.

Y encima Arrimadas se ha casado. Con otro.

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En El Español.

31.7.16

Hillary, borriquita contra Trump


Ilustración: Tomás Serrano

El destino, imitando quizá por contagio a los guionistas de Hollywood, ha diseñado un duelo de infarto para el final de este 2016, como si no tuviésemos ya bastante. Por primera vez, uno de los dos grandes partidos estadounidenses presenta a una mujer como candidata presidencial. Y, como antagonista, el otro partido no presenta a un candidato normal, sino a un patán retrógrado, xenófobo, irracional, barato, estúpido y machista. La calaña de este añito se ve en que tales adjetivos no le restan, sino que le dan votos. La cosa se presenta reñida entre la civilización y la barbarie.

Así pues, para que Hillary Clinton sea la primera mujer presidenta de Estados Unidos deberá derrotar a un espantajo, esta vez sí, heteropatriarcal. Su país se la juega y el mundo se la juega. Resultaría desolador que el gran legado de Obama fuese un electorado que aupase a Trump. Sería un legado negro, en la otra acepción de la palabra. Pero confiemos de momento y pensemos en Hillary como la prolongación de la luz de su ébano bonito (¡luz temblorosa, que el mundo no está para reflectores!). Y también, por soñar que no quede, como adelanto de una futura presidencia de Michelle Obama, a la que muchos han visto postularse con la brillantez de su discurso en apoyo de Hillary.

Dada la magnitud de este combate alegórico, querríamos que Hillary Clinton no tuviese mácula. Es importante simbólicamente que sea mujer, y que con ella, como la propia Hillary dijo en su proclamación, se haya roto el techo de cristal. Pero parece que su virtud definitiva no está en ella misma, sino fuera: consiste en ser la alternativa a Trump. Comparada con Trump: ¡qué gran presidenta!, podemos afirmar ya de antemano. Con Trump, por contra, ni siquiera estamos seguros de poder afirmar que fue un presidente horrible tras su mandato, porque a lo mejor no quedaba mundo desde el que hacerlo.

Bajando a lo pequeño, qué gran momento será cuando Hillary tome posesión del despacho oval en que Bill anduvo con Lewinsky. Proliferan los chistes sobre su desquite con hipotéticos becarios... Pero su gran desquite será estar simplemente allí: al fin y al cabo, parece que fue por esa apuesta por lo que en aquel momento se contuvo.

Su affaire particular, por otra parte, ella lo ha tenido antes de llegar a la presidencia: el del uso de su mail privado para tratar asuntos oficiales reservados. Teniendo en cuenta que ella tenía clarísimo que su objetivo era presentarse a presidenta, estuvo un poco burra ahí. Lo cual no deja de ser un homenaje a la mascota de su partido. Y también en este terreno le gana a Trump, cuya existencia es un homenaje sin pausa al elefante en la cacharrería.

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En El Español.

27.7.16

Imitadores de Hemingway

Yo, que tiendo al idolismo con los autores (con algunos autores), nunca he sido de los de Hemingway. Apenas lo he leído y su figura tampoco la he admirado. Pero siempre ha estado ahí, y ante eso me rindo. Es una simple cuestión de fuerza, de fuerza suya: cómo su presencia se mantiene.

Hace dos años trabajé para Turner en la edición de Hotel Florida, de Amanda Vaill, y pude seguir con detalle la trayectoria de Hemingway en la Guerra Civil española. No fue ejemplar: estuvo con los buenos, pero disfrutando de una experiencia que le venía bien vital y profesionalmente, y que le dio muchos dólares. En sus crónicas se inventó cosas, puso épica donde había miseria y, cuando se presentó un momento delicado, el de la desaparición a manos de los comunistas de José Robles, traductor y amigo de John Dos Passos, le recomendó a este que dejara de investigar, que no se metiera en líos.

Se cuenta una anécdota sintomática de su fanfarronería. El crítico Max Eastman había dicho en una reseña que Hemingway escribía como si llevase “una mata de pelo postizo en el pecho”. Cuando Hemingway se lo cruzó, se abrió la camisa y le espetó: “Mira esto, Max. ¿Te parece postizo?”.

Pero he tenido dos grandes momentos literarios con Hemingway en libros que no eran de Hemingway. Uno humorístico: cuando, en La vida exagerada de Martín Romaña, Bryce Echenique describe una Pamplona llena de imitadores del Hemingway que imitaba a los mozos de San Fermín. Y otro emocionante. En Vieja escuela, de Tobias Wolff, el chico protagonista, que quiere ser escritor, se descubre juzgando a Hemingway por algo que él mismo revela en un pasaje. Y reconoce: “Lo juzgué, pero también comprendí que él me permitía hacerlo”. El fanfarrón, al cabo, tuvo esa cortesía.

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En The Objective/El Subjetivo.

25.7.16

Alpargatas pijas

Íñigo Errejón ha vivido su Semana de la Alpargata, de sustancioso trazado conceptual. La empezó el domingo 17, adelantando el tuit más lamentable del aniversario de la Guerra Civil (disculpen la puntuación y la sintaxis: son suyas): “Esta noche hace 80 años, las mejores de nuestras abuelas y abuelos comenzaban a salir en alpargatas a luchar por los humildes y la libertad”. Y la ha acabado el domingo 24, luciendo unas alpargatas pijas –no sabemos si para desmentir u homenajear a “aquellas” abuelas y abuelos– en el vídeo que acompaña a su entrevista en El País.

Obsérvese que en su tuit ya había algo pijo (o llámenlo clasista) que delataba su mentalidad: “esas” abuelas y abuelos en alpargatas salían a luchar “por los humildes”. O sea, no eran ellos propiamente los humildes: como si esas alpargatas de 1936 las llevasen ya entonces los privilegiados. Consciente o inconscientemente, Errejón se estaba colocando con siete días de antelación la alfombra por la que pasaría con sus alpargatas de la entrevista. Eran, al cabo, las mismas del tuit.

Además de la entrevista, me he puesto su discurso de la noche electoral del 26 de junio y su intervención de hace dos semanas en los cursos de verano de El Escorial. La impresión es básicamente la misma: un señorito entregado a un pasatiempo descomunal (¡un Superpokémon Go!), que le llena la vida y le da sentido. No pasaría nada si los demás no formáramos parte de su entretenimiento; pero, como el juego en cuestión es político, los demás nos la jugamos con él. El travestismo de las alpargatas no se quedaría en la satisfacción personal de verse como un hipster rústico, marchando en Belchite: la cosa terminaría en bailecitos encima del prójimo, e incluso en alguna que otra patada en el culo de los disconformes.

Su elaboración verbal está llena de elementos jugosos, a cuál más inquietante. Por ejemplo, ese “vamos a heredar nuestro país”. ¿Cuándo se hereda algo? Cuando su propietario anterior ha fallecido. Hay en esa frase aparentemente inocente, pues, más allá de su cursilería, una semilla de aniquilación; siquiera en el plano de los deseos. O esas llamadas (tan falangistas) a “la España nueva”, o al “orden nuevo”... que mete a lo que no le encaja en el ataúd simbólico de lo “viejo”.

Tiene gracia que hable también de “nueva estética”, que tirará del pueblo con la colaboración de los escritores, los pintores, los músicos y los cineastas, cuyas obras deberán ser producidas, naturalmente, según las consignas del Partido... Todo tan nuevo como lo que se nos viene mostrando de dicha estética: Lluís Llach, Quilapayún, Silvio Rodríguez o las alpargatas.

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En El Español.

24.7.16

Erdogan, pisando fuerte


Ilustración: Tomás Serrano

Para los antiguos galos, como sabemos por Astérix, el mayor miedo era que el cielo se les desplomara sobre la cabeza. Para un gobernante moderno, en cambio, el mayor miedo es que el suelo se le abra bajo los pies. No otra cosa es un golpe de Estado. El que Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, esté pisando ahora más fuerte que antes es la prueba de que el golpe que le han intentado dar ha fracasado. Es a los golpistas a los que el suelo se les ha abierto bajo los pies, y parece que de paso el cielo se les ha desplomado sobre la cabeza.

Fracasar en un golpe de Estado es como mearse encima. Aunque nos repugnan los golpistas –y más en esta semana española del octogésimo aniversario del golpe de Franco que desembocó en guerra civil, y que también con las noticias turcas hemos revivido–, uno no puede evitar ponerse narrativamente en su lugar. Y sentir, como un desvanecimiento, el chasco de cuando no sale: el ridículo de haber arruinado la vida y haber hecho a la vez un papelón histórico. Es, sí, como mearse encima; o como quedarse con el culo al aire. Listo para darse un baño turco en los propios sudores, y con final infeliz.

Si no fuese por los muertos y heridos de estos días, y por las represalias que ya han empezado, el intento (o la intentona: curioso que cuando un golpe fracasa pase a femenino; como si los machotes solo dieran golpes exitosos) parece un chiste de Gila. Se descarta que haya sido un autogolpe, pero Erdogan estaba al tanto y ha jugado con los golpistas para que se precipitaran y se metiesen un autogol. Ahora son muchísimos los castigados, porque en Turquía cuando se buscan cabezas de turco salen a montones.

El presidente Erdogan es ahora el purgante Erdogan (¡qué gran primera dama sería en esta tesitura Bescansa, de laxantes Bescansa!) y está encerrando a sus opositores, esa actividad tan del gusto de los autócratas. Está dejando Turquía planchada para que no tenga arrugas antierdoganistas. La arruga, para Erdogan, no es bella. Aunque lo único que ha hecho ahora ha sido incrementar la represión que ya venía ejerciendo desde antes del golpe. Erdogan es un autócrata respaldado por las urnas (los turcos también le tienen afición al hispánico “vivan las caenas”; en esto no nos separó Lepanto), con el consentimiento de la Unión Europea y Estados Unidos.

El cinismo a lo Roosevelt (“es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”) es sin duda un mal menor, y más como está el patio. Lo malo es cuando el ungido sale rana. O lo que apuntaba desde el principio: islamista. Fue el que inauguró con Zapatero (que hizo de Ana Belén ahí) la Alianza de Civilizaciones. Ojalá la pillaran ahora en las cárceles turcas.

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En El Español.

18.7.16

Los ochenta

De toda buena historia de la Guerra Civil se ha de salir con mal cuerpo, y así he salido de la Historia mínima de la Guerra Civil española que acaba de publicar Enrique Moradiellos en la editorial Turner. Yo me la he leído en estos días de julio para llegar al 18 en el estado de abatimiento que la fecha requiere. Ochenta años ya y uno no puede recordar sin alterarse la tragedia. Procedemos de ese cenagal de sangre: de la obcecación que lo precedió y la obcecación en que se prolongó; de la obcecación, también, que le sucedió durante muchos años.

Tragedia es la palabra justa: uno asiste a la representación funesta, captando los errores y las derivas como si no tuvieran remedio. Mientras están pasando en el libro –sintético y completo, y por ello quizá más efectivo en términos de conmoción– parece que lo pudieran tener, pero las fuerzas en contra son tan abrumadoras que uno se ahoga como se ahogaron los protagonistas. Al final solo hay sacudida y catarsis. Queda dolor, estupor, rabia. También desprecio: qué mal lo hicieron. Y un fondo de vergüenza: en aquellas circunstancias nosotros no lo habríamos hecho mejor, seguramente.

Entre tantas cosas, qué impotencia pensar al paso en mi padre, niño de la guerra, cuya mayor frustración fue no haber podido estudiar. Él nació en 1933. Entre las consecuencias desastrosas estuvo esa, escribe Moradiellos: “La generación nacida en 1931 volvió a situarse en niveles de escolarización y alfabetización de principios del siglo XX”. Pero porque la vida de mi padre fue como fue nací yo. Si no, habría nacido otro. Esta es la conciencia que quema. No hay apaño posible.

Si cuando murió Franco se hizo mejor fue porque las circunstancias eran más favorables y porque se había aprendido la lección de la guerra (y de la dictadura). Qué paradoja que ahora hablen de “memoria histórica” los que han olvidado esa lección y quieren volver a las andadas.

Me acuerdo de mi escuela de los setenta y de mi instituto de los ochenta, sobre todo de mi instituto (público), en el que estudié como no pudo hacerlo mi padre. La Guerra Civil no estaba olvidada en absoluto. Al contrario: nos la enseñaron bien. Leímos a Machado, a Lorca, a Miguel Hernández; tuvimos hasta el lujo de leer a Cernuda. Para nosotros estaba clarísimo que con la Constitución se recuperaba la República, aunque hubiese un rey. Poníamos el acento donde había que ponerlo: en la democracia. Eso dijo Octavio Paz en su discurso de Valencia de 1987. Y Vázquez Montalbán, que estaba allí, se lo afeó. Tenía razón Octavio Paz, por supuestísimo.

Igual que Umbral fue un “niño de derechas”, nosotros éramos niños republicanos (con rey). No, no se olvidó nada en la Transición, como dicen muchos jovencitos de ahora y muchos abuelos rockeros de la ideología. No se hacía más que recordar: en los libros, en las películas, en los periódicos, en la tele. Y porque se recordaba estábamos todo el día sacando la lección, que no se enfriaba nunca. Y llevando, justo por ello, la vida menos franquista que se ha llevado en España desde la muerte de Franco.

La de los ochenta, sí, fue la España menos franquista que he conocido. Las que han venido después no han tenido tanta suerte. Y la de 2016, en comparación, es un establo que apesta a Franco por todos lados, gracias a nuestros estólidos antifranquistas irresponsables. Han pasado más años, pero la distancia parece menor ahora. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

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En El Español.

17.7.16

Boris Johnson en su salsa


Ilustración: Tomás Serrano

Parece que Gran Bretaña, tras el referéndum del brexit, en vez de acobardarse por el resultado, le ha cogido gusto a dar la nota. Así, ha seguido en un crescendo que ha culminado (¡por ahora!) en el nombramiento como ministro de Exteriores de Boris Johnson, el bufón rubio, el Trump inglés, ese King Kong contra la Unión Europea que ha sabido ver mi colega Tomás Serrano: un gorila que estudió en Oxford y que podría hacer payasadas también en latín.

Se conoce que, arruinada la tradición del sentido común, al Reino Unido ya solo le quedaba la otra, la de la excentricidad, y a ella se ha entregado decididamente. Ahora el país es una especie de dandy colegiado, dedicado a la autodestrucción esteticista. Según esta lógica, le está saliendo bonito. Es como tener un familiar estrafalario que arruinará su hacienda entera y de paso parte de la nuestra. Pero no de manera insulsa, sino dando espectáculo.

El empeño del dandy no es la atracción, sino la repulsión. Pretende, mediante sus efectos, molestar, irritar y, en consecuencia, quedarse aislado. A ningún británico le cuadra esto hoy más que a Boris Johnson. Que le hayan encargado dirigir la diplomacia a él, que se ha pasado los últimos años haciendo chistecillos sobre los gobernantes con los que ahora deberá tratar, es una manera muy efectiva de tocar las pelotas.

El periódico alemán Die Welt ha señalado en un mapa todos los países con políticos víctimas de Johnson: muy completito. De su surtido de insultos, me ha enamorado uno dedicado al turco Erdogan que John Carlin traduce como “pajero follacabras”. No sé por qué, pero en él veo a Johnson. ¡Lo veo!

Alguien ha dicho que esto es como si en España nombraran ministro de Asuntos Exteriores a Pérez-Reverte. Yo añadiría: o a Sostres. Hay otro ejemplo a mano, no hipotético sino que ya tuvo lugar: el argentino Héctor Timerman, ministro de Cristina Kirchner al que el gran Lanata parodiaba en su programa como “Timerpunk, canciller poco diplomático”. La propia Unión Europea debería financiar un equipo de televisión que siguiera a Johnson en todas sus acciones “diplomáticas”. Saldría de ahí un fabuloso reality cómico: instructivo aunque con visos de irrealidad. Y de irracionalidad.

Aunque sí que hay una línea racional posible, si atendemos los intereses de la nueva primera ministra que lo ha nombrado, Theresa May. Según los analistas, con ese puesto lo tendrá apartado, sin tiempo para conspirar y cociéndose en la salsa del brexit que él mismo promovió. Podría verse incluso como una condena ejemplarizante. ¿Y si al final Johnson lidera el retorno a la UE?

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En El Español.