24.2.17

Mi Nietzsche (en veinte aforismos)

Esta selección de Aforismos que hizo Andrés Sánchez Pascual para Edhasa contiene, casi sin excepciones, el Nietzsche que más quiero. Selecciono yo a mi vez mis veinte preferidos:

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Todo lo que es profundo ama la máscara.

Las cosas grandes exigen que se calle acerca de ellas o que se hable de ellas con grandeza, es decir, con inocencia –cínicamente.

Oro.– No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble.

Original.– Lo que distingue a una auténtica cabeza original no es ser la primera en ver algo nuevo, sino el ver como nuevas las cosas viejas, conocidas de antiguo, vistas por todo el mundo y no tenidas en cuenta por nadie. El primer descubridor es por lo general aquel fantoche tan habitual y tan desangelado –el azar.

Sólo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis.

Hablar mucho de sí mismo es también un medio de ocultarse.

Para no apartarme de mi manera de ser, que dice sí y que sólo de manera indirecta, sólo contra su voluntad, tiene que ver con la contradicción y la crítica, voy a señalar enseguida las tres tareas en razón de las cuales se tiene necesidad de educadores. Se ha de aprender a ver, se ha de aprender a pensar, se ha de aprender a hablar y escribir: la meta en estas tres cosas es una cultura aristocrática.

Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos.

Un oficio es algo bueno: lo interponemos entre nosotros y los demás y así tenemos un escondite tranquilo y artero y podemos hacer y decir lo que todo el mundo considera que tiene derecho a aguardar de nosotros. También puede utilizarse de ese modo una fama precoz: presuponiendo que, detrás de ella, pueda nuestro yo, sin que se lo oiga, volver a jugar libremente consigo y a reírse de sí mismo.

Sé una placa de oro –así las cosas se inscribirán sobre ti con letras de oro.

El estado genial de una persona es aquel en que, con respecto a una y la misma cosa, se encuentra simultáneamente en estado de amor y en estado de burla.

Signos de aristocracia: no pensar nunca en rebajar nuestros deberes a deberes de todo el mundo; no querer ceder, no querer compartir la propia responsabilidad; contar nuestros privilegios propios y su ejercicio entre nuestros deberes.

Muerte.– Gracias a la segura perspectiva de la muerte podría estar mezclada a cada vida una exquisita y aromática gota de ligereza –¡y lo que vosotros, extrañas almas de boticario, habéis hecho de ella es una gota de veneno que sabe mal y vuelve repugnante la vida entera!

La salud se anuncia: 1) por un pensamiento con un vasto horizonte; 2) por sentimientos de reconciliación, de consuelo, de perdón; 3) por el melancólico reírse de la pesadilla con que hemos estado peleando.

Enemigos de la verdad.– Las convicciones son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras.

El artista trágico no es un pesimista –dice precisamente incluso a todo lo problemático y terrible, es dionisiaco...

Que vuestra vida esté separada de la calle por un elevado muro de jardín: y si el perfume de las rosas de vuestro jardín llega al otro lado, llevado por el viento, que inspire nostalgia al corazón de alguien.

Nuestros defectos son siempre nuestros mejores maestros: pero con nuestros mejores maestros siempre somos desagradecidos.

Fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...

Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar.

23.2.17

Autobús podemita (o lepeniano)

Sabía que Mariano Rajoy y François Hollande venían a Málaga, a la Cumbre Hispano-Francesa, pero me lo había tomado como una noticia nacional o internacional, no local. Como algo que seguir por la prensa o la tele, por internet, lo habitual con las noticias. Tenía que hacer y me aplacé la información. Dediqué la mañana a mis asuntos. Por la tarde necesitaba despejarme y decidí darme una caminata por el paseo marítimo. Para ganar tiempo, cogí el autobús hasta la plaza de la Merced.

Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.

El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de sans-culottes. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.

Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.

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En The Objective.

20.2.17

Festival Escohotado

Los adictos a Antonio Escohotado corremos a chutarnos los vídeos suyos que aparecen de vez en cuando en la red. Y entonces no podemos ver solo uno, sino que buscamos más, y rascamos en los ya vistos, y nos pasamos horas hasta acabar con una deliciosa sobredosis de lucidez... Al final, en su ‘Historia de las drogas’ faltaba una: la droga que el propio Escohotado constituye. Aunque, a falta de análisis en el libro, era la que el propio libro nos suministraba. De haberlo conocido Baudelaire (algo que evitaría, entre otras cosas, por no cometer un anacronismo que hubiera sido descubierto a la larga) habría completado su célebre llamamiento: “Embriagaos: ¡de vino, de poesía, de virtud, de Escohotado, como gustéis!”.

En EL ESPAÑOL, nuestro Mariano Gasparet le hizo una memorable entrevista en 2015. Y en cuanto a vídeos, lo último ha sido la no menos memorable serie que le ha hecho Federico Jiménez Losantos para ‘Libertad Digital’, a propósito de la culminación de la magna trilogía ‘Los enemigos del comercio’. Cada vídeo se ocupa de un tomo (enlaces: primero, segundo, tercero). A quienes aún no los hayan visto, les recomiendo un reajuste previo. Losantos interviene excesivamente, algo que resulta irritante si se tiene en la cabeza el concepto ‘entrevista’. Esto se arregla si se cambia por ‘conversación’. Aun así, no termina de desaparecer un elemento entrañable: cómo Losantos no deja de caer en la tentación de explicarle a Escohotado su propio libro. Pero el caso es que funciona: después de todo, lo que hace Losantos es manifestar su entusiasmo, que transmite. La entrevista o conversación entra que da gusto: satisface al enganchado.

Y es muy útil en este 2017 en que algunos se disponen a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con complacencia: pasando por encima de los datos y los cadáveres; o lo que es peor, justificándolos. De ella y de sus protagonistas –particularmente Lenin– se ocupa el último tomo de ‘Los enemigos del comercio’; proyecto cuyo título iba a ser, significativamente, ‘Crítica de la razón roja’. Escohotado, como buen librepensador, ha tenido el arrojo de meterse en dos peligrosos avisperos del siglo XX: el de las drogas y el del comunismo. Concretamente, los de la prohibición de las primeras y la defensa del segundo, que comparten un blindaje autoritario, totalitario, ideológico y en último término religioso (es decir, dependientes de fe y de dogmas refractarios a la razón). Contra ambos combate Escohotado, en nombre de la libertad y de la gloriosa soberanía del individuo. Indisociables (¡esto lo vamos aprendiendo!) de la propiedad...

Pero el festival promete no terminarse aquí. Al final del tercer vídeo (34:20), Escohotado anuncia que está preparando un libro “sobre la violencia de género y las relaciones hombre y mujer”. Dicho también: “la tradicional guerra entre los sexos”. ¡Era el avispero que le faltaba!

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En El Español.

17.2.17

La Justicia en pelota

Esta mañana, mientras se esperaba con una ansiedad un tanto plebeya la sentencia sobre el caso Nóos, se coló en Twitter un poeta romántico: Gustavo Adolfo Bécquer. Es que nació un 17 de febrero (de 1836) y muchos se han puesto a recordar sus romanticismos: sus golondrinas, sus lunas, sus “yo no sé qué te diera por un beso”... La compartimentada mente española no retiene que es también el coautor del álbum satírico-pornográfico Los Borbones en pelota. Por eso, cuando ha salido la sentencia, le ha faltado el gancho que lo mantuviese en los trending topics...

Una lástima, porque el trasunto de la mañana era justamente ese: el de dejar a los Borbones en pelota, por medio de la infanta Cristina. Y si la Infanta resultaba absuelta, como ha ocurrido, la que se quedaba en pelota era la Justicia. La banca antimonárquica siempre gana. (Nótese que no se trataba aquí de señalar que la Infanta, o los Borbones, o la Justicia iban desnudos como en el cuento, sino de desnudarlos).

Lo más divertido ha sido la reacción de Miquel Roca, abogado de la Infanta, padre de la Constitución y miembro de un partido nacionalista e independentista (¡que España es mucha España!): ha dicho que estaba “levitando” con la absolución de su defendida. Lo que ha arrojado una sombra en lo que ya estaba judicialmente claro: ¿es que pensaba que la sentencia solo podría serle favorable de un modo milagroso, o místico? En la mañana se ha quedado flotando un ectoplasma de cloaca celestial.

Pero hay que aceptar la sentencia, en sus absoluciones y en sus condenas. Los que no tenemos formación jurídica nos encontramos siempre en estos casos en la misma situación. Por un lado, incapaces de juzgar técnicamente el asunto, y en su defecto dando por bueno el resultado (y aceptando el principio general de que hay que juzgar actuaciones concretas, con pruebas, según la ley, etcétera). Y por otro lado, proyectando impresiones, observaciones o reflexiones que ya caen fuera de lo judicial. Juicios al paso que no tienen que ver, propiamente, con el juicio.

En el caso Nóos, lo abrumador ha sido su carácter sintomático: la corrupción que han podido permitirse quienes optaban por ella en las altas esferas (incluidas las monárquicas, donde estaba el condenado Urdangarin); el dinero que afloraba por estrictas razones de cortesanía; y la extendida conciencia de impunidad. Muchos han estado levitando por encima de sus posibilidades. Ahora, aunque el abogado Roca suba, es el momento de bajar. Pero, ¿volverán las oscuras golondrinas?

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En The Objective.

13.2.17

Mariano Iglesias y Pablo Rajoy

El mejor momento del tumultuoso fin de semana político ha sido cuando de la boca de Javier Arenas –el prometedor Javier Arenas, que tiene tanto futuro por detrás– salió el demonio en forma de lapsus. “José María Rajoy”, se le escapó. Y todos en el congreso del PP rieron nerviosamente. Los congresistas no estaban allí para recordar a Aznar, sino para aclamar a don Mariano. Cosa que hicieron sin sombra de ambigüedad gallega. Luego el Telediario dijo, en plan Nodo, que en el partido que manda en el Telediario se respiraba alegría. Lo triste es que era verdad.

En Vistalegre no hubo tanta al principio. En la antigua plaza de toros había ambiente de circo romano, y los participantes de Podemos parecían decir tácitamente: “Moraturi te salutant”. Aunque por una vez fue el populacho el que cortó el rollo y los gritos de “¡Unidad, unidad!” hizo que los gladiadores se comportasen de un modo menos encarnizado. Menos encarnizado entre ellos, que al “enemigo” ese que está fuera le sacaron los tridentes, las hachas y las bolas de pinchos. El problema siempre es el mismo: si el enemigo está fuera por definición, todo enemigo que surja dentro hay que mandarlo fuera. Suavemente, como en la democracia que detestan; o abruptamente, como en el comunismo que añoran.

El nivel era tan bajo en el PP y en Podemos, que hubiera podido ser un gran día para el PSOE. Por desgracia, a Susana Díaz le dio por intervenir también, abortando ese silencio que sumaba. Los sonrojantes piropos que le echó antes Abel Caballero fueron lo más populista (¡o demagógico!) del sábado. Esta manía de dar por sentado que aparecer es siempre mejor que desaparecer hizo que el PSOE –al menos el PSOE susanista (¡quedan el patxilopista y el sanchista, por PSOEs que no quede!)– resultase el tercer perdedor. Hubo un momento de la mañana en que aquello parecía un Carrusel Deportivo de tercera regional: ¡cerocerismo en el PP, en Podemos y en el PSOE!

Pero, derrota general aparte, de puertas para adentro PP y Podemos tuvieron sus ganadores claros: Mariano Rajoy y Pablo Iglesias; quienes, por lo demás, se benefician mutuamente. A Rajoy le viene bien un Iglesias faltón en Podemos; alguien que haga ruido pero que no represente ningún peligro, como sí lo representaba Íñigo Errejón. Y a Iglesias le viene estupendo seguir teniendo enfrente a alguien como Rajoy, sin carisma pero al fin y al cabo de la Derecha, lo que le excusa de refinar su discurso (algo que se adapta de maravilla a sus aptitudes). Felicitemos pues, forzando el lapsus de Arenas, a Mariano Iglesias y Pablo Rajoy.

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En El Español.

9.2.17

Épica para ridículos

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de españoles es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de nacionalistas.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

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En The Objective.

6.2.17

Los motivados

Los ciudadanos que, en plan familia de Farruquito, acompañen a Artur Mas y sus dos consejeras al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, con espíritu ligeramente intimidatorio ante el juicio por el 9-N, estarán desplazándose, les guste o no, por la alfombra mamarracha que les ha puesto Donald Trump.

¡Qué gran contextualizador está resultando el nuevo presidente de Estados Unidos! En su toma de posesión ya dejó en evidencia a nuestros populistas con su “hoy devolvemos el poder al pueblo”. Ha desacreditado igualmente a los liberales españoles que, por declararse trumpistas, han dejado claro que liberales no son. Y ahora, para prepararle la semana al independentismo catalán, se ha enzarzado también con la Justicia.

Al juez que ha suspendido su veto migratorio lo ha llamado “supuesto juez”, y a la suspensión misma la ha tachado de “ridícula”. Desde un punto de vista democrático y más o menos respetuoso de Montesquieu no hace falta aclarar quién es de verdad ahí el ridículo, y hasta el supuesto. Y sin duda el abusón. Pues justo en ese espacio se congregarán este lunes, tan pancha y trumpianamente, nuestros nacionalistas...

Da apuro volver a lo mismo, pero a la realidad tozuda solo cabe responderle con tozudez, aunque sea hastiada. Un mes y una semana he aguantado este 2017 sin hablar del nacionalismo. Ya ni entretiene. Esto es una película de Ozores que está resultando demasiado larga... En la primera hora, risotadas; más que por la calidad de los chistes, por su enormidad. Pero el metraje ha seguido horas y horas y uno ya no sabe dónde meterse: mientras, los caricatos siguen (¡incansables!) con su numerito.

Esto es un pulso entre un brazo fofo, el de los no nacionalistas, al que le gustaría estar empleándose en otras cosas, y el brazo firme y motivado de los nacionalistas. Tiene gracia, pero en Madrid (¡en Madrit!) está cuajando motivado como adjetivo desdeñoso. Se cruza uno con un esforzado del correr, resoplando en un día precioso, y dice: “Ahí va un motivado”... Pero hay una tolerancia básica: “Cada loco con su tema”, como cantaba Serrat.

El problema es cuando los motivados se ponen a estropearte la vida. A uno le aburre seguir con la matraca, pero es que se para a pensarlo (¡se para una vez más a pensarlo!) y sigue sin dar crédito: he aquí en la Europa democrática a una facción de individuos empeñados en destruir un Estado de manera desleal, gratuita, caprichosa, impresentable. Y que no pase nada lo envuelve todo en una irrealidad alucinógena. El juicio que hoy empieza es una ocasión para que pase algo. Pero a ver qué pasa.

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En El Español.

31.1.17

Aznar, punki de mayor

Me he sentado a escribir sobre José María Aznar cuando ha llegado la noticia de la muerte de Paloma Chamorro, nuestra benefactora de La Edad de Oro. Y me he acordado de lo que contó hace poco Jesús Quintero sobre la primera entrevista que le hizo a Aznar a principios de los noventa. Quintero le había indicado al cámara que mantuviese un primer plano del entrevistado, y nada más comenzar le espetó: “¿Usted ha sido punki?”. No sé qué se trasluciría en su rostro, pero el futuro presidente pensaría sin duda en mazmorras para el entrevistador...

Lo gracioso es que, si bien a Aznar no nos lo imaginamos punki de joven, ha llegado a ser técnicamente, en muchos aspectos, punki de mayor. Algunos lo han tachado incluso de antisistema. Extremando el juego, ocupa una posición equiparable a la Pablo Iglesias: Aznar vendría a ser hoy para el PP un elemento de presión radicalizadora equivalente al que supone Iglesias para el PSOE. En ambos casos, se trata de un empuje ideologizador –cada uno en su propio sector ideológico, claro está–, en contra de dejadeces más o menos pragmáticas y de tibiezas conceptuales.

¿Qué pretende Aznar, qué busca, qué quiere? Yo creo que dar miedo. Ha escogido como destino personal justo lo que se le reprochaba, como si siguiera el célebre consejo: “Aquello que te censuran, cultívalo, porque eso eres”. Les daba miedo a los contrarios y para completar su vocación ha decidido darles miedo también a los propios. La renuncia a la presidencia de honor de su partido alimenta ese efecto, y el revuelo sobre la posibilidad (poco probable) de que funde un partido propio.

Aznar no es exactamente el jarrón chino que, según Felipe González, no se sabe dónde colocar; sino más bien eso: un punki que se coloca donde más miedo mete. Cuando se lo topan los que hoy mandan en el PP, de Mariano Rajoy para abajo, ponen una cara tan rara como la del joven Aznar cuando recibió la pregunta de Quintero.

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En The Objective.

30.1.17

¿Qué país de las hadas?

Me ha llamado la atención el título del artículo de Pablo Muñoz en EL ESPAÑOL sobre la novela Años felices, de Gonzalo Torné: “Un catalán exiliado para derribar la Transición”. La novela promete ser buena (por el momento solo la he hojeado: sí he apreciado la calidad de la prosa) y el artículo es bueno. Pero me rechina esta obsesión con la Transición, que ya es mía también (¡de rebote!).

Produce un cierto vértigo, y una melancolía notable, haber sido testigo de una época histórica: y ver cómo los más jóvenes la recrean, con acusada fantasía –y fantasmagoría. De mi melancolía forma parte, naturalmente, la deducción sobre mis propias fantasías y fantasmagorías hacia el pasado que no viví. Si la memoria de uno mismo es inestable, la de lo que no vivió (¡la “memoria histórica”!) sí que debe de ser ya una novela...

Muñoz salvaguarda la ambigüedad y la riqueza de Años felices. Pero no puede evitar su cuñita generacional en contra de la Transición, que no sé aún en qué medida está en la obra. Quizá sea un abuso alegórico por parte del reseñista equiparar “el país de las hadas” de la novela (ese Nueva York de los sesenta, “inconcreto y graciosísimo”) con “la España de las burbujas chispeantes de la Transición”. No lo sé.

Sí sé que de “país de las hadas” aquella España tuvo poco. Hace unos días hemos recordado el asesinato, por parte de la extrema derecha, de los abogados laboralistas de Atocha. Hubo otros asesinatos de la extrema derecha. Y más de la extrema izquierda. No se ha resaltado lo suficiente cómo el acuerdo constitucional, pacífico, tuvo en sus bordes esas salpicaduras de sangre, como una escenificación tétrica de lo que intentaba superar: el baño de la guerra civil. Contra la proyección waltdisneyesca de la Transición que se hace ahora, el apaño constitucional fue un logro eminentemente pesimista; en realidad, mira por dónde, gramsciano: pesimista de la inteligencia, optimista de la voluntad.

Para darles prestigio a las obras (iba a escribir productos) culturales, se ha puesto de moda resaltar su carácter político. Suele ser mal síntoma. Porque, en efecto, todo es político: pero justo por ello no es necesario enfatizarlo; al menos no sistemática, neuróticamente. Ese énfasis abarata. Cuando se dice de una obra artística que es política, por lo general se está incurriendo en una simplificación: ideológica, abstractizante. Y se está socavando la función verdaderamente política, civilizadora, de toda obra: la de dar cuenta de la complejidad del mundo; incluso de la complejidad del mundo político, del poder.

“Las cosas no son tan sencillas”, debería ser la conclusión de toda novela posible e imposible. (Y, en la medida de sus limitaciones, de toda columna).

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En El Español.

26.1.17

La nieve cubrirá todas las cosas

No es lo más edificante, pero cuando a un terrorista le estalla en las manos la bomba que pensaba poner, matándolo o mutilándolo a él solo, se produce en las personas normales una alegría irreprimible. Puede que sea un sentimiento vergonzante, para quienes no somos partidarios de la pena capital: ¿nos regocijamos de esa muerte, pero no estaríamos dispuestos a aplicarla...? Por eso no termina de haber moralidad ahí. Pero sí sensación de justicia: de justicia poética. Por un momento pareciera que funcionan en favor del bien, o en contra del mal, los engranajes del mundo...

Pero esos engranajes van por su cuenta, ajenos a los hombres. Y a veces producen lo más doloroso: una injusticia que, por la perfección del daño, resulta poética también. Así la muerte de los que se disponían a salvar a otros. Bomberos, policías, guardias civiles, soldados, socorristas. O vecinos, familiares, incluso desconocidos. Individuos que detectaron a otro en apuros y lo consideraron (a veces sin pensar) su prójimo: arriesgando o dando la vida por él. Ahora ha ocurrido con los seis socorristas del helicóptero en la nieve de Italia.

“La nieve cubrirá todas las cosas”, canta en italiano João Gilberto. Cubrirá también los gestos de nobleza, en este universo indiferente. Yo he asistido a un sacrificio así, justo en Bahía. En la laguna de Abaeté, cercana a Salvador, se ahogó un muchacho que intentó salvar a su hermana. Pusieron su cuerpo negro en la arena blanca. Era absurdo y desazonador, pero también insoportablemente hermoso.

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En The Objective.

23.1.17

La guinda sexual de la Transición

El lío de la “alta personalidad del Estado” y la “vedete” fue procesado con finura y gracia en su momento –cuando don Juan Carlos aún estaba en el trono– con este chiste encantador:

–Diga tres parejas de famosos.
–Carlos y Diana. Paquirri y la Pantoja. Bárbara Rey.

Ahora ya conocemos los detalles sórdidos: engaños, espionaje, chantaje, pagos con dinero público... Pero el comienzo de la era Trump me pide evasión y prefiero enfocar el asunto –al menos hoy– desde una perspectiva frívola, que no anula la otra pero que también forma parte de la (¡inagotable!) realidad.

Y es que leyendo los reportajes de estos días, que han desatado mis evocaciones, he caído en la cuenta de que Bárbara Rey no solo le gustaba al ídem, sino también a los muchachitos de la Transición. Había pues un interesante acompasamiento de pulsiones, que cada cual satisfacía en la medida de sus posibilidades. La alta jefatura del Estado a lo grande, y los adolescentes de entonces echando mano (¡nunca mejor dicho!) de las fotos del Interviú...

Para nosotros (hablo de los muchachitos de entonces; las muchachitas tendrán su propia visión) Bárbara Rey no fue cualquier cosa, sino nada menos que la primera mujer a la que vimos desnuda. Y este es un plural contrastadamente generacional: en las rememoraciones con mis coetáneos aflora siempre ella. Antes estuvo Marisol en el mismo Interviú, pero solo enseñaba los pechos y su belleza era limpia, asexuada casi, entre de Botticelli y Danone. La primera mujer fue Bárbara. Por ella yo tuve, por ejemplo, noticia del vello púbico: sorpresa biográfica de la que aún no me he recuperado.

Se habló mucho de sus largas piernas cuando debutó en Palmarés. Paco Gandía contaba: “Para darle un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Ahora es imposible no percibir el machismo, que en aquellos tiempos se confundía con el ambiente. Pero el machismo español era siempre de hombres bajitos y acomplejados revoloteando en torno a gigantas. Tenía mucho de autoparódico (involuntariamente autoparódico), como en la célebre perorata de El Fary –ese Paco Gandía de la canción– contra “el hombre blandengue”.

El habitante de la Zarzuela era alto, aunque hemos ido sabiendo que allí se cocía otra especie de landismo. Triunfador, eso sí: más tipo Puigcorbé, que fue el Landa de la Transición (y que terminaría interpretando a don Juan Carlos). Quizá la democracia consistió en que del Rey para abajo todos estuviésemos viendo a la misma mujer en pelotas. Al final resulta que el patriotismo constitucional no era tan frío.

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En El Español.

16.1.17

El crepúsculo de las estrellas

Pronto pondrán el vídeo en el canal de la Fundación Manuel Alcántara. Estén atentos, porque a los que asistimos el viernes no se nos va la discusión homérica que tuvieron Carlos Alsina y Jesús Quintero en las jornadas sobre periodismo que han organizado en Málaga Teodoro León Gross, Agustín Rivera y María Angulo. En la mesa de Alsina y Quintero –titulada “Cuando el entrevistador es la estrella”– estaban además León Gross, intentando moderar no menos homéricamente, y Fernando Sánchez Dragó, cuyo perfil bajo en la trifulca resultó tal vez lo más homérico.

Hubo un triángulo latente en todas las sesiones, que se acentuó hasta estallar en esa: en un vértice, los periodistas de la época dorada; en otro, los de la nuestra menesterosa; y en el último los asistentes, casi todos alumnos de periodismo, en la encrucijada entre las ganas y las perspectivas. Estos aplaudían sucesivamente a los otros dos, porque los dos tenían razón; cada uno desde su posición distinta: esa era la tragedia. La nobleza de tales aplausos estaba en que se emitían desde el centro mismo de la trituración. Eran aplausos trágicos, también.

Jesús Quintero, El Loco de la Colina, lo fue todo en los ochenta. Yo, que lo seguí desde el primer programa, me quedé abrumado al ver que su discurso era en pasado enteramente. Me sentí arrojado a ese pasado, porque yo había sido testigo de aquellas glorias que nadie parecía comprender. Quintero era como la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, una estrella incomprensible ya: histriónica y asustada, con el único recurso de la denostación del presente. Me acordé de lo que dijo Arcadi Espada de Michel Houellebecq: que confundía sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos.

Carlos Alsina defendió la prosa gris frente a la poesía multicolor. Dijo que solo aceptaba que le llamaran “estrella” porque así pagaban más. Tachó a los otros de “nostálgicos” y abogó por abrirse paso entre las limitaciones del día a día. Alguien me dijo luego: “Quintero se duele de que el público ya no está; Alsina se preocupa por qué hacer para que vuelva”. Al cabo, era una cuestión de edad: Alsina no puede permitirse aún el catastrofismo. Intenta bregar con el mundo que hay.

Aunque con la edad está el carácter. Quintero ya era catastrofista de joven, desde su gloria. Su esteticismo dejaba entre paréntesis el mundo, en unos años que celebraban a Cioran y Pessoa. Quizá la diferencia esté en que entonces se ganaba dinero con eso y ya no. Lo que se ha perdido es una salida económica para la melancolía.

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En El Español.

(18.1.2017) A partir del 46:50.