1.1.15

Estética del negro

Durante una época fui negro y fui feliz. Pensándolo ahora, me doy cuenta de que fui negro. O al menos estaba inmerso en el mundo, real y simbólico, de la negritud. Me aficioné a Brasil, país de negros. Iba a un bar de música negra, el Dr. Funk, en el que ligaba con negras. Me hice novio de una, con la que me fui a vivir. Consumía películas porno de negras, y me compraba todos los meses la revista Ébano (versión española de Black Tail), a veces con mi chica negra, ante el kiosco, de la mano. El kiosquero pensaría que lo mío era pasarse. Además, mis mitos eróticos eran las hermanas Williams.

Había un problema en sus partidos de tenis: y es que solían ser de una hermana Williams, Serena o Venus, contra otra que no era la otra hermana Williams, Venus o Serena, sino Arantxa o Conchita por lo general. Mi sueño era ver el partido de una hermana Williams contra la otra hermana Williams, para evitar el bajonazo (gatillacesco) de los contraplanos. A veces les tocaba jugar entre sí, pero nunca logré pillar aquellos partidos. Lo conseguí cuando era demasiado tarde: ya no estaba con mi novia negra sino con otra blanca (muy blanca).

Pero estábamos en mi época de negro. A lo anterior hay que sumar que trabajaba como negro. Hacía trabajos universitarios como negro, igual que El artista de los trabajos universitarios de David Leavitt, y mi retórica académica fluía sin cortapisas. Escribía también capítulos de teleseries como negro, y mi imaginación, mi gracia y mi habilidad para los diálogos fluían sin cortapisas. Y empezaba a participar en internet (en chats y foros, que es lo que había entonces) bajo nombres que no eran míos y por eso me daban libertad: mis palabras fluían sin cortapisas. Como si yo fuese el negro de seres imaginarios.

En inglés, ya sabemos, negro es ghostwriter: pero mi teoría es que el fantasma no es ahí el que escribe, sino el que no escribe. El fantasma es el que está sin estar mientras se produce la escritura.

El negro escribe para no firmar, y si escribiera para firmar se paralizaría. Solo puede escribir si no es autor. Es lo que a mí me pasa, o me ha venido pasando.

Me pasó desde el comienzo. Con dieciséis o diecisiete años decidí ser escritor. Mi primer día (hubo un primer día) me coloqué ante una hoja en blanco, iluminada por el flexo, y no supe qué escribir. Tenía el propósito de no anotar cualquier cosa, sino algo auténtico: que surgiera de mi interior; que pudiera corroborar y firmar. Recuerdo el vacío. Pero no tanto el de la página sino el de mí mismo. Me sentí hueco. No con el oscuro magma de una intimidad que pudiera clarificar mediante la escritura, sino blanco también, como la página.

Unos años después, Octavio Paz me lo hizo ver en un verso: “la mirada ciega de mirarse mirar”. El problema es la conciencia, la autoconciencia. El blanco paralizador.

No deja de ser una contraposición facilona, pero tiene su verdad. El blanco estéril, lo negro fecundo. Al fin y al cabo el que engendra es el semen negro: el que se queda en el útero sin luz. El que sale es blanco como una película desvelada. Despertada del sueño de la vida: derramada en la vigilia prosaica. (A lo que despierta el “alma dormida” de Jorge Manrique es a la muerte).

En el negro se da la potencia de crear, sin el embarazo del yo. Produce una escritura paradójicamente fecunda y desembarazada. Suele ser por encargo, y con limitaciones: pero el peso de la autoría lo lleva otro. El negro se limita a bailar. O a producir artesanalmente lo que para el autor sería una agonía. En realidad, en la escritura del negro no hay autor: hay solo producción y firma. El negro escribe el texto; el que lo ha contratado lo firma; y la turbulencia del yo queriéndose expresar queda dinamitada.

El yo, que según Freud es “la residencia de la angustia” (o “el recinto del miedo”, si se prefiere la traducción argentina), es víctima de un gozoso tiranicidio. Y obtener su resultado benéfico es lo que busca, sin duda, el escritor que se disfraza con un seudónimo; y más aún el que se multiplica en heterónimos (como Fernando Pessoa) o en apócrifos (como Antonio Machado). André Breton y sus surrealistas tantearon la liberación mediante la escritura automática (que pretendía eclipsar al yo para que se manifestara el subconsciente) o los cadáveres exquisitos (en que no hay autor, sino jugador que aporta sintagmas sueltos que se ensamblarán con otros que desconoce).

A la metafísica que (con la ayuda de la gramática) instaura el yo, Nietzsche la llamaba “la metafísica del verdugo”. Se trataba de postular un sujeto para cargarlo de culpas y a continuación acusarlo y ejecutarlo. Era un pastel con veneno. En el terreno de la creación el resultado es el de la autoría estéril. Para Nietzsche, la premisa de la fecundidad artística es la embriaguez. En un sentido amplio, que incluye el “embriagaos de todo” de Baudelaire y la conexión clásica (y arcaica) con las musas. La inspiración. O la activación de las potencias vitales, arraigadas en lo oscuro.

El proceso saludable, según Nietzsche, sería el del despliegue de lo afirmativo, en primer lugar; y en segundo lugar el de la negación correctora. Es decir, primero la acción creadora del Sí ebrio, del instinto dionisiaco; y segundo, la intervención sobre ese magma del No, de la conciencia crítica y apolínea. Se trata de crear obras limitadas en las que habite lo ilimitado: formas con lo informe dentro. Algo así como vida en conserva. O baterías (artísticas) con electricidad acumulada.

La decadencia se da cuando es el No lo que se antepone. Cuando el exceso de autocontrol aniquila toda la fuerza de la obra, dejando un cadáver (no pocas veces prestigioso). Con esto está relacionado el taller de escritura que Augusto Monterroso concentró en su frase sobre los dos escritores que hay en todo escritor: “el escritor que escribe (que puede ser malo) y el escritor que corrige (que debe ser bueno)”. El escritor decadente, o nihilista, es el que corrige lo que ni siquiera ha escrito. El que antepone la crítica, ahogando la vitalidad.

Me acuerdo de un amigo escritor, cerebral, hipercrítico, que cuando le conté que durante una época de mi vida me ponían muy cachondo las negras, me soltó un discurso multicultural: “Claro, qué mayor estrategia de aproximación entre razas que el sexo, para quebrar la preponderancia de occidente y sabotear mediante los elementos corporales el imperialismo blanco, bla bla bla bla”. A lo que yo le respondí: “Pero tío, a mí solo me gustaban las negras”. Como le hubiera respondido un negro.

[Publicado en Jot Down en papel 8, especial Fundido a negro]

31.12.14

Mi columna favorita de 2014

"El Derby del destino manifiesto", Fernando Savater, El País, 22-VI-2014.

Entre mis columnas favoritas de cada año está siempre la del Derby de Epsom de Fernando Savater, en junio. Este 2014 ha sido la número cuarenta. Las primeras están recogidas en el libro El juego de los caballos, y la siguiente tanda en A caballo entre milenios. Luego han venido más. Me imagino que al final irán todas en un único volumen crujiente. Savater, además de contar la carrera, va ofreciendo pinceladas y reflexiones sobre las circunstancias del momento. A veces he soñado con ir al Derby de Epsom, no para ver a los caballos sino para ver a Savater viéndolos.

[Publicado en Highway]

30.12.14

Pedro Sánchez, colgado

Pedro Sánchez no va y no va. Es que se le ve: no va. Tiene algo que no funciona y ese algo es Pedro Sánchez. Cae bien, pero da lo mismo. Habla como un actor, no del todo bueno. O como un vendedor de enciclopedias que tampoco es bueno del todo. El problema es que la enciclopedia que tiene que vender es él mismo. Pero se vende mal. Y lo peor es que se ve eso: que se vende.

Podemos ha difundido por la atmósfera política una especie de gas que hace que la inconsistencia resalte más que nunca. A mí la verdad es que tampoco los de Podemos me parecen consistentes ("¡a Montano no se la cuelan!", como dice Andrea Mármol, no sin exageración), pero que los otros andan desvanecidísimos es algo incuestionable. Y me preocupa. Mi espíritu institucionalista me hace ver ahora los telediarios a la caza de consistencia –y credibilidad– en Rajoy, en Soraya, en Sánchez, en Díaz... Pero no hay manera: vuelvo con el zurrón vacío. El bipartidismo es hoy un animal cojo de las dos patas. Un bípedo inane.

Se palpa la desesperación y parece que ha llegado la hora de las contorsiones. A Sánchez lo hemos visto en el programa de Cuatro Planeta Calleja, en pleno Día de los Inocentes, escalando una roca vertical y descolgándose por un autogenerador de energía eólica de setenta metros de altura. Entre tanto, iba soltando sus pildoritas políticas, a ver si así entraban. Pero no. Es un problema de guión, de actuación y de todo. El haber ido a un programa así es ya una derrota. Es seguir el proceso de abaratamiento de la política.

No me imagino a ningún elector que haya decidido votar a Sánchez tras verlo colgado. ¿Qué tiene que ver eso con las razones por las que se podría votar a Sánchez? Estas pantomimas son, más bien, razones para no votarlo... Aunque ni siquiera eso: son, como digo, síntomas de que todo está ya básicamente perdido. El PSOE es hoy menos que nunca un autogenerador de energía electoral.

[Publicado en Zoom News]

24.12.14

Bajas del 14

Y ahora, para quienes hemos perdido a un ser querido este año, llegan las Fiestas. Para nosotros y para los demás, pero en especial para nosotros. La ausencia adquirirá un espesor de presencia, y desfilarán las Navidades que vivimos con él (hablo de mi padre). Pero del todo triste no se podrá estar, porque delante tendremos a los niños (mis sobrinos). Ellos se llevan la estela del abuelo en su alegría. Y es el mejor homenaje.

No hay que exagerar los duelos. Esos lutos de antes. Es bueno que salte alguna lágrima entre luces, al desgaire de una risa. No en un ambiente oscuro. El propio ser que nos dejó va como desprendiéndose del traje del último año, el de la enfermedad, y regresando a otro anterior, más alegre. Busca quedarse en el recuerdo con una estampa feliz. Para alentar la vida.

He estado muy sensible a las bajas del 2014, que por momentos parecían caer como en la Europa de hace cien años. Todos llevarán en su tumba, o en su biografía, la misma cifra como cierre. Hermanados ellos por un número, y quienen los echan de menos por eso, por su falta. Claudio Abbado, Álex Angulo, Pedro Aparicio, Lauren Bacall, Di Stéfano, Gabica, García Márquez, Adelaida García Morales, Ignacio García-Valiño, James Garner, Juan Gelman, Félix Grande, Charlie Haden, Iyengar, P. D. James, Manu Leguineche, Virna Lisi, Paco de Lucía, Lorin Maazel, Rafael Martínez-Simancas, Ana María Matute, Paul Mazursky, Gerard Mortier, Mike Nichols, Leopoldo María Panero, Pertegaz, Alain Resnais, Jair Rodrigues, Mickey Rooney, Pete Seeger, Mark Strand, Adolfo Suárez, Shirley Temple, Jaume Vallcorba, Eli Wallach, Robin Williams y Johnny Winter, por citar solo a unos cuantos. (También, un gran empresario, un gran banquero, una duquesa y una reina).

Pongo aparte al poeta José Emilio Pacheco, porque quiero despedirme con su mujer (me resisto a llamarla su viuda): dejar sus palabras como regalo. Hace poco encontré esta entrevista que le hicieron en el velatorio y me impresionó. Hay que tomarla como ejemplo. Feliz Navidad.



[Publicado en Zoom News]

16.12.14

Podemos y el sexo

Dicen que poner ahora "Podemos" en un titular online incrementa las visitas tanto como poner "sexo". Yo he preferido no arriesgarme y he puesto las dos. Se supone que han entrado ustedes en masa. A ver qué hago yo ahora con ustedes. Aunque al colocarles el cebo he picado yo también: me veo obligado a escribir algo que no se aleje del todo del titular; incluso que se corresponda con él, más o menos.

Podemos y el sexo. Para empezar, las dos acepciones del nombre del partido tienen una connotación sexual. El Podemos de podar: castrar. El Podemos de poder: la potencia viril. Como ven, hay para las chicas y para los chicos. ¡Paridad! También tiene una acepción sexual lo de casta: persona que practica la castidad; o sea, que no practica. Podar la casta sería, pues, propiciar el despipote. Quitar la nata asexuada que nos dirige y que "todo el monte sea orgasmo", como se llamaba un viejo programa irreverente de Radio 3. Las congregaciones de los podemistas, por su parte, con todos gritando "¡ahora podemos! ¡ahora podemos!", ¿qué parecen, sino el varón que se da ánimos a sí mismo después de un gatillazo? (Eso podría decir Sabina al comienzo de su segundo intento en Madrid, que en principio es esta noche).

Antes de la crisis, en 2007, los españoles se mostraban conformísimos con la economía de mercado. Lo recordaba Belén Barreiro en El País: "El apoyo al capitalismo era más alto en España que en Alemania o Francia". Era la época de las vacas gordas y los españoles se lo montaban bien con el sistema. Pero llegó la crisis y poco después, en 2012, España era "uno de los países más anticapitalistas, con un nivel de apoyo similar al de Rusia y solo por encima de Grecia, Jordania, Túnez, Japón y México". Barreiro hace unas reflexiones más finas, más documentadas y más profesionales. Mi deducción es abrupta: que "los españoles" no son unos anticapitalistas, sino unos capitalistas sin dinero. Al extender esta frustración al arrumbamiento del sistema, se comportan como el que quiere acabar con el sexo solo porque no se le empalma (¡metáfora masculinizante!).

Mi amigo el novelista Juan Francisco Ferré me contaba hace poco que un aspecto de la Transición que no se suele mencionar es su carácter libidinoso. En efecto, fue un periodo vibrante, con incitaciones. La instauración de la democracia traía pareja una oleada de vitalismo. Si se abusaba de la expresión "no hay que confundir la libertad con el libertinaje" es porque la libertad se excedía maravillosamente, tirando con frecuencia por lo sexual. También de un modo más amplio: había una erotización del ambiente. El país se volvió joven y tenía las pulsiones de un joven. Ahora ocurre todo lo contrario. El martillazo sostenido de la crisis económica, junto con los pichatristes que nos han venido gobernando en las últimas legislaturas, nos han dejado con la sexualidad de una caja de cartón. Predicar el Estado de Derecho, como hacemos algunos, no tiene morbo: es como defender, según la memorable expresión de Luis Cernuda, "el aguachirle conyugal".

El quid de la cuestión es que, a partir de un determinado momento de normalidad democrática, las ilusiones y las pasiones hay que ponerlas en otro sitio, no en la política. Lo que puede ofrecer esta es limitado. Pero la tendencia arcaica persiste: hay un ansia por que se reerotice la política. Y al final los españoles se han enganchado a Podemos, que sube en las encuestas como una erección.

[Publicado en Zoom News]

9.12.14

El elefante cuatribarrado

Algunos tenemos que ir tomándonos con deportividad nuestro gran error político: el haber hecho nuestra una idea demasiado pulcra del Estado de Derecho. Ya somos un estorbo. Estamos condenados a dar la nota, a molestar, a no estar conformes con nada. Nuestro discurso era modestito: defendíamos sin más complicaciones la legalidad democrática. Pero eso basta para que en esta España imposible pasemos por subversivos. Nuestra defensa del sistema nos ha convertido en piedrecitas que entorpecen el funcionamiento del sistema.

El único beneficio es de carácter intelectual: comprendemos de primera mano por qué la Historia de España ha sido el desastre que ha sido. Al parecer no hay más cera que la que arde, y con estos mimbres etcétera etcétera. ¿Pesimismo? Constatación de lo que tenemos delante de las narices. En teoría todo está abierto. Pero la práctica viene siendo de una cerrazón asfixiante. Incluso un artículo tan animoso como el que destacados miembros de Libres e Iguales han publicado en El País, intentando deshacer la condena, es necesario aquí porque se siente que impera esa condena.

La foto del rey don Felipe VI junto a Artur Mas me dejó mal cuerpo el Día de la Constitución, que fue cuando apareció en El Mundo. Para mí Mas es una especie de Tejero catalanista, en tanto enemigo y agresor –como el golpista– de nuestro Estado democrático; es cierto que no quiere imponernos una dictadura, pero el que cuente con más apoyo para su delirio anticonstitucional lo convierte en un Tejero más grave. Desde esta visión, que el Jefe del Estado aparezca junto a él de un modo tan campechano (¡mal momento para recuperar ese gen!) me parece, como a Arcadi Espada, obsceno. Mucho más que la foto de don Juan Carlos con el elefante de Botsuana, que fue algo no ejemplar pero, en fin de cuentas, extrapolítico. Mi opinión tiene hilo directo con mi estómago. Y la foto me lo ha revuelto. Como si hubiese visto a don Felipe con otro elefante: el elefante cuatribarrado, más parecido al Elefante Blanco del 23-F que al de Botsuana.

Subiendo del estómago a la cabeza, entiendo los beneficios de la cordialidad. Y ahora que estoy con Escohotado, percibo lo de que de civilizatorio tiene el comercio, incluso en esas instancias. Pero es triste. Y deprimente. Los apaños que se hicieron para llegar a la Constitución fueron liberadores, puesto que se dirigían a la libertad y la racionalidad. Los apaños que puedan hacerse con el nacionalismo son siempre en la dirección opuesta. La melancolía que al final queda es que el sustrato de España es esa pulsión por el apaño en sí; o, si no sale, por la ruptura. Y que cuando el apaño ha conseguido algo beneficioso tampoco vale, porque lo que sigue vigente es la pulsión.

[Publicado en Zoom News]