18.5.20

Psicología del 'apretao'

El 8 de noviembre de 2014 leímos en Málaga el manifiesto de Libres e Iguales, en contra del referéndum ilegal que Artur Mas había convocado al día siguiente en Cataluña y a favor de la ciudadanía común de todos los españoles. No era un acto partidista y la consigna era clara: no se podía sacar banderas de ningún partido.

Pero cuando el periodista Teodoro León Gross inició la lectura, los siete u ocho que había de Vox, de entre los poco más de cien asistentes, desplegaron su bandera de Vox. En cuanto acabamos, me fui hacia ellos para soltarles cuatro frescas. Se pusieron entre victimistas y chulos, diciendo que si no tenían derecho o qué.

En unos minutos, estaba ahí cifrado el populismo entero. De izquierda o de derecha, me da igual: es igual de repulsivo. Primero, el carácter abusón, apropiacionista, traicionero, atufante. Después, la respuesta pasivo-agresiva, en modulaciones pringosas.

Estropearon un acto que, por otra parte, tampoco sirvió para mucho. Vox no era entonces un partido relevante electoralmente, pero ya eran los mismos pájaros. En pocos años, el panorama político español iba a ser –por ellos y por Podemos (y por los nacionalistas, que ya estaban; y por los papelones de los dos partidos grandes, muy empequeñecidos)– más invivible que la película de Hitchcock.

Ahora, en plena pandemia, Vox se ha cargado toda oposición posible al nefasto Gobierno Sánchez-Iglesias. En una semana en que hemos llegado en España a los 27.650 muertos por coronavirus (oficialmente), la noticia son las protestas berlanguianas en la calle Núñez de Balboa y afines.

Ni siquiera es necesario que esté Vox mayoritariamente en ellas: les ha dado su estética y basta. Un balón de oxígeno para el PSOE y Podemos, como les viene dando desde que empezó a subir electoralmente (alentado por el PSOE y Podemos).

Pero en Vox están muy ufanos. Y acusando a los demás de cobardes, equidistantes, vendidos, etcétera: lo de siempre con los apretaos. Hay apretaos en todos los partidos, pero hay partidos particularmente proclives al apretamiento: así Podemos, así ERC, así Junts per Cat, así las Cup, así el PNV, así Bildu, así Vox.

La psicología del apretao es muy simple: la rige una suerte de magia simpática (o antipática). Como yo detesto a Sánchez, se dice el apretao de Vox, mi detestación tumbará a Sánchez. Cuando lo que ocurre en la práctica es que lo sostiene. Pero eso el apretao no lo ve: por eso es un apretao.

* * *
En El Español.

13.5.20

Encerrado con un solo juguete

Los paseos que ya podemos darnos, con disfraz deportivo (tiene gracia que el mismo chándal que fue nuestro uniforme de preso sea el que nos permite escapar), ha suavizado tanto el confinamiento que ya no lo parece. Pero queda el recuerdo de la fase dura, estas semanas de asfixia en que cada cual abría como podía sus boquetes.

El mío ha sido solo uno: la lectura. Un boquete y un juguete, el juguete infinito. He visto telediarios, he escuchado a Alsina y he estado (demasiado) en Twitter, pero la lectura ha sido mi mundo paralelo, en un momento en que no había mundo. O sea, la lectura ha sido mi único mundo.

Ni siquiera he hecho consumo audiovisual. Tenía ganas solo de leer, nada de series ni películas, como para acentuar (despóticamente) mi preferencia por los libros. Hasta que uno, las memorias de Fernando Fernán Gómez, El tiempo amarillo (Capitán Swing), me llevó a ver los programas sobre Fernán Gómez que hay en YouTube y tres películas (buenísimas) de las que dirigió: La vida por delante (1958), La vida alrededor (1959) y El mundo sigue (1963).

Y revisité, naturalmente, La silla de Fernando. Escogí el libro, de hecho, por una parrafada que recordaba de este delicioso documental que le hicieron David Trueba y Luis Alegre. Cuando cayó el cerco de Madrid en la guerra, Fernán Gómez lo único que quería era salir y andar. “¡Andar, andar!”, decía. Y así llegó a Leganés. Con una sensación de “inauguración del mundo”.

He tenido suerte con mis lecturas de confinamiento. Tampoco he sido tonto escogiéndolas. Menciono algunas más que también recomiendo (varias las tengo en marcha):

El Quijote en la edición “en castellano actual” de Andrés Trapiello (Destino y Austral), que se lee con una gozosa fluidez semántica, en una prosa de neto sabor cervantino.

De Trapiello he leído también la novela Días y noches (Espasa), tristísima: sobre el desmoronamiento del ejército republicano al final de la guerra civil, el cruce de la frontera a Francia por los Pirineos, el campo de concentración de Saint Cyprien y el exilio a México en el Sinaia.

Los Cuadernos (1957-1972) de Emil Cioran (Tusquets), donde está el Cioran de siempre en su esplendor (oscuro); con un añadido beneficioso: detalles cotidianos, biográficos, que aparecen por aquí y por allá, punteando el pensamiento... y las agonías.

El Borges de Adolfo Bioy Casares (Destino), en que este recoge sus conversaciones con Jorge Luis Borges a lo largo de cuarenta años. ¡Un festín de inteligencia, de conocimiento literario, de anécdotas, de ironías y de maldades! Y también, por cierto, de comentarios útiles para la escritura y para la vida.

Lo mucho que te amé de Eduardo Sacheri (Alfaguara), una historia ambientada en el Buenos Aires de finales de la década de 1950 (y años siguientes) que se lee como una película: una película hecha de frases con valor literario. Cuatro hermanas con sus novios (y el peronismo y el cine), y una historia de amor reprimido. Recrea muy bien un cierto ambiente de cotidianeidad mediocre, con sus vacíos, que me ha recordado al de otra novela que se reivindica ahora: Stoner de John Williams (Baile del Sol).

A infância de Portinari de Mário Filho (Bloch), una recreación prodigiosa de la infancia del pintor brasileño Cândido Portinari en Brodowski, una pequeña población del estado de São Paulo. El libro, editado en Río de Janeiro en 1966, es una obra maestra que me ha dejado admirado, asombrado: cada página brilla. Pero mi sorpresa ha crecido al saber que este libro no existe en la literatura brasileña: no se ha vuelto a editar en portugués, ni se ha traducido a ningún idioma. Tal vez se deba a que su autor era muy célebre en otra faceta, como cronista deportivo: el estadio de Maracanã lleva su nombre. Confío en que algún día lo recuperen.

Una Odisea de Daniel Mendelsohn (Seix Barral) es un ensayo narrativo, con erudición y emociones. El autor, profesor de filología clásica, da un seminario sobre la Odisea de Homero, al que su padre le pide asistir. El libro combina, pues, la relación del autor con su padre y las reflexiones sobre la Odisea, con aspectos en los que no se suele caer. El resultado es notable.

Niveles de vida de Julian Barnes (Anagrama) es ya uno de los grandes libros de duelo por la muerte de la amada, comparable a Una pena en observación de C. S. Lewis (Anagrama también). Lo leí después de que lo citara Fernando Savater, autor de otro buen libro reciente de este género desolado: La peor parte (Ariel). Con su finura habitual y una penetración conmovedora, Barnes habla del amor, la seducción, los globos aerostáticos y el hundimiento del mundo por la pérdida de la persona que lo sostenía.

El 6 de abril, día del encuentro con Laura, empecé el Cancionero de Petrarca, en la traducción rimada de Ángel Crespo (Alianza): también sobre la pérdida de la amada –en vida y en muerte.

El Diario de cabotaje de Rafael García Maldonado (Anantes), al que ya le dediqué una columna: “Un diario logrado”. Su poso ha ido creciendo con el tiempo. En los días más duros de la pandemia, el autor, que es farmacéutico, estaba desbordado en su farmacia... al tiempo que su libro recién salido no podía venderse por el cierre de las librerías. Se merece una reparación.

Reina de Elizabeth Duval (Caballo de Troya) es una novela autobiográfica excepcional, tal vez la que más rabia me ha dado que haya visto interrumpida su difusión por la cuarentena. Pero es tan brillante e iba tan lanzada, con tanta soltura, que tal vez este revés le siente bien, porque le añade un toque trágico. El libro seguirá ahí para quienes vayan pudiendo accediendo a él, algo a lo que yo animo. Cuando lo leí, me dije: “vuelve la vieja libertad”. No la libertad formal, sino la libertad que se ejercita: incurriendo en el libertinaje, por supuesto. El agudo Pablo Muñoz destacaba un rasgo: el “pudor”. Y esta es una de sus cualidades más seductoras. Pero, como es también un libro promiscuo, podríamos decir que se trata de una “promiscuidad pudorosa”: lo que lo hace definitivamente irresistible. La autora cuenta, en forma de diario, con profundidad y ligereza, las andanzas de su personaje (un personaje conscientemente constituido, “novelesco”) por París en sus años universitarios, que siguen siendo estos (Duval nació en el 2000). Hay vida, sexo, relaciones, identidad, máscaras, filosofía, política, poder, estética, literatura y reflexión sobre la literatura. La autora, que se considera “activista trans”, tiene la inteligencia de no dejarse atrapar por ningún “colectivo”. Es un espíritu (¡y un cuerpo!) libre y su discurso es singular.

Por último, La luz del sol de Álvaro Galmés Cerezo (Pre-Textos), el libro más hermoso que hay ahora en las librerías cerradas: háganse también con él cuando las abran. Es un ensayo, bellamente escrito, que recorre las doce horas del día; no las horas mecánicas del reloj, sino las que la luz del sol configura. Con referencias pictóricas, arquitectónicas, musicales y literarias, enraizadas en su experiencia de contemplador del sol, el autor compone un viaje por el día que es un tratado sobre la atención a la luz, y una invitación a sus placeres. Qué intenso ha sido leerlo en el encierro, sin sol. Aunque el sol estaba en sus páginas.

(Tampoco hoy me olvido de los muertos por coronavirus en España: 26.920 –oficialmente– al terminar este artículo.)

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En The Objective.

11.5.20

Histerismo anti-Cs

Para mí no tuvo especial relevancia que Inés Arrimadas votara a favor de la nueva prórroga del estado de alarma que solicitó Pedro Sánchez. Hizo lo correcto y punto (allá los que votaran lo incorrecto). Lo relevante ha sido la relevancia que se le ha dado.

Hay ya (oficialmente) 26.621 muertos por coronavirus en España cuando escribo estas líneas. Pero el miedo de algunos es que vuelva Ciudadanos. Habría que tranquilizarlos, porque Ciudadanos no va a volver. Perdió su ocasión, y no creo que la recupere.

El histerismo desatado en contra nos hace ver una vez más la fuerza de que llegó a disponer Albert Rivera. Lo potente que fue lo que tuvo: cincuenta y siete diputados para combatir a los histéricos; para forzar a Sánchez a tomar el camino verdaderamente progresista o desenmascararlo. Tenía nitroglicerina y la tiró a la basura (sin que ni siquiera explosionase la basura; solo implosionó su partido).

Ahora Arrimadas hace lo que puede con sus diez escaños. Y está bien que, al menos testimonialmente, haga lo correcto. Lo correcto esta vez era votar la prórroga, porque no había otra opción sensata, y no callar las críticas al Gobierno: por su lamentable gestión de la crisis sanitaria y por su politiqueo cortoplacista. Lo correcto era hacer las dos cosas, en su aparente (solo aparente) contradicción.

Este juego más o menos complejo y decididamente antisectario es lo que nunca se le ha perdonado a Cs. Para llevarlo a cabo en España hace falta muchísima energía y no poco talento. Así dijo Manuel Alcántara de Manuel Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”. Cuando Rivera incurrió a su vez en el sectarismo (sin alcanzar nunca, por cierto, el de sus rivales) solo quiso descansar.

Es muy trabajoso soportar tanto odio. El odio a Cs es probablemente el hecho más relevante, más sintomático, de la política española. Es un odio que, como dije en otro momento, no tiene que ver con sus defectos, sino con sus virtudes. Además de su antisectarismo, está su antinacionalismo fundacional. Denunciar el carácter reaccionario del nacionalismo y propugnar una España de ciudadanos libres e iguales ofende, en su progresismo, a los que se dicen progresistas pero se apoyan en la reacción (¡un saludo, Carmen Calvo!).

Siempre estuvo claro que la moción de censura contra Mariano Rajoy era en realidad contra Ciudadanos, que iba por entonces primero en las encuestas. Los nacionalistas y los populistas nunca ocultaron este propósito, ni tampoco la parte podrida del PSOE (que me temo ya que alcanza a casi todo el partido).

Ahora los de ERC y los del PNV se han echado a temblar y han amenazado con sus vetos (¡ellos, los del meloso “diálogo”!) por un simple gesto de Arrimadas. Imagínense si tuviera cincuenta y siete escaños.

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En El Español.

4.5.20

Plan B

Interesante asunto el de la oposición, como han señalado Josu de Miguel y Manuel Arias Maldonado. Si Ciudadanos y el PP son los que le votan las prórrogas del estado de alarma al Gobierno, mientras que sus supuestos aliados no, ¿quiénes son la oposición, estos o aquellos?

El presidente Sánchez y los medios afines siguen hablando de aquellos, con la cuota de demonización correspondiente (mantienen el juego de equipararlos a Vox). Mientras que estos (los independentistas; sin Podemos esta vez, pero porque está en el Gobierno) no son oposición, sino solo unos primos malotes.

Con 25.264 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas, el panorama político en España sigue siendo descorazonador. Hay una pequeñez generalizada; empezando por la de Sánchez, que ha dilapidado él solito todo el poder de que se invistió al inicio de la pandemia.

Su nueva frase, la de que “no hay plan B para el estado de alarma”, con la que exige que le voten una prórroga más, es jugosísima... por la conclusión desoladora que arroja. Cabe sospechar, como ha tuiteado Rubén Amón, que ni siquiera hay plan A. Pero dando por cierta la lógica del presidente, ¿se da él mismo cuenta de lo que significa?

Queda al descubierto el doble eje sobre el que ha montado su política. Están por un lado sus apoyos para el poder, sus apoyos para formar Gobierno. Y por el otro los apoyos para el Estado, los apoyos que reclama por el bien común. Que sean diferentes unos y otros solo indica el camino aberrante en el que se ha metido; en el que nos ha metido a todos.

Si no hay un plan B y, para evitar caer en ese vacío, el Gobierno solo puede contar con el apoyo de Ciudadanos y el PP, entonces es que hay dos oposiciones: la oposición al Gobierno (a la que Sánchez le pide el apoyo por razones de Estado), y la oposición al Estado (que es la aliada de Sánchez para el Gobierno).

Esta segunda oposición nunca se ha escondido. Baste recordar lo que dijo la diputada Montse Bassa, de ERC, en la sesión de investidura: “Me importa un comino la gobernabilidad de España”. O lo que les dijo a los miembros del Gobierno su colega Gabriel Rufián el otro día: “¿Cuánto les importa la legislatura?”. Para luego esgrimir otra vez el fantasma de “la alternativa”, que para él es solo “Torquemada Abascal y sus colegas”. (Y Pablo Iglesias y los suyos están también aquí, aunque en modulación gubernamental ahora.)

El problema es que Sánchez fundó su carrera política en el “no es no”, cuando tampoco había plan B. Y luego llegó al Gobierno apoyándose en los de la oposición al Estado. Esos que están deseando que el Estado se hunda, sin que los haya frenado la pandemia: al contrario, considerando esta, nauseabundamente, una oportunidad.

Por eso Ciudadanos y el PP, oposición al Gobierno pero no al Estado, deben apoyar otra vez el plan A. Aunque no exista.

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En El Español.

29.4.20

El bulo elíptico

Hay un sintagma de moda: “los bulos de la ultraderecha”. Se repite tan machaconamente que termina teniendo un efecto pavloviano (esa será la pretensión, sin duda): las pocas veces que uno oye “bulos” a solas, completa mentalmente “de la ultraderecha”.

Así asoma el propósito ideológico. No se trata de combatir los “bulos” en aras de la verdad. Se trata de combatir los “bulos de la ultraderecha”. No tanto por ser “bulos”, entonces, como por ser “de la ultraderecha”. La ultraizquierda, y la izquierda, quedan libres del engranaje: no lanzan bulos. Este es el otro efecto pavloviano.

La protección que les brinda lo anterior hace que la izquierda y la ultraizquierda lancen bulos como el que más, solo que con una impunidad notable. Y con una operatividad, por tanto, más efectiva. Estamos en una pura guerra partidista: se lucha, como ha escrito Daniel Gascón, por el monopolio de la intoxicación.

La ultraderecha y la derecha lanzan bulos, naturalmente. Pero la ultraizquierda y la izquierda también. La lucha contra los bulos ha de ser transversal, porque si no ella misma es un bulo.

Hay un tipo de bulo particular que no está consignado como tal y en el que se ejercitan los que insisten hoy en lo de “los bulos de la ultraderecha”. Es lo que propongo llamar “bulo elíptico”, porque consiste en una elipsis mentirosa. Por ejemplo: “Ha sido condenada por parar un desahucio”. O: “Están en la cárcel por poner urnas”.

En la serie de hechos que se presentan en la frase se omite uno: el fundamental. Con lo cual la serie es falsa. Lo que se presenta como una verdad es una mentira. El emisor de bulos elípticos es un corruptor, porque corrompe la realidad en beneficio de la ideología. Practican el maquiavelismo de “el fin justifica los medios” mediante la amputación de lo de en medio.

El bulo elíptico es un montaje de la realidad por medio de las frases. Procede como el Nodo al ofrecer una realidad falsa, propagandística. Es el Nodo de las frases. Así que aquí tenemos a los supuestos antifranquistas Pablo Iglesias, Irene Montero, Gabriel Rufián o Pilar Rahola ejerciendo una vez más su franquismo. Noticieros (es decir, fabricantes de noticias) del régimen.

(No me olvido de lo importante: esto lo escribo cuando llevamos –oficialmente– 23.822 muertos por coronavirus.)

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En The Objective.

27.4.20

El partido que el PSOE eligió no ser

He recordado estos días una frase que me dijo una amiga hace años: “Cuando una mujer duda entre dos hombres, en realidad está dudando entre las dos mujeres que sería según eligiera a uno o a otro”. A los partidos políticos les pasa igual cuando piensan en sus alianzas electorales. Así, cuando el PSOE decidió apoyarse en Podemos y en los independentistas para formar Gobierno eligió no ser el partido que pudiera proponer, ni sacar adelante, un gran acuerdo de Estado.

Lograrlo sería lo ideal, desde luego. En España Hay ya 23.190 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Se espera una crisis económica devastadora. Si el PSOE y el PP no alcanzan un acuerdo en estas circunstancias, por el bien de todos, no lo alcanzarán nunca. El problema es que el PP, azuzado por Vox, está poco dispuesto. Y el PSOE, con Podemos en el Gobierno y con sus guiños (que siguen) a los independentistas, está incapacitado para ello.

Tener a Podemos en el Gobierno significa, entre otras cosas, tener caceroladas contra el Rey orquestadas desde el Gobierno. Y tener acusaciones falsas contra el poder judicial lanzadas desde el Gobierno. Desde la parte podemita del Gobierno, sí: pero de las que el presidente Sánchez (que ni siquiera las ha criticado, pese a su extrema gravedad) es el responsable máximo. Aquella cacerolada, por cierto, abrió paso a las que han tenido lugar luego contra el Gobierno. Para mí improcedentes e impresentables: pero legitimadas por el Gobierno.

El verdadero problema del hipotético pacto (que, insisto, desearía que se produjera) es que supondría en buena medida una refutación del Gobierno. Este Gobierno no nació para ese pacto, sino para todo lo contrario. Y si Sánchez no ha hecho nada efectivo en su favor (más allá de los vagos pronunciamientos), es porque un pacto así, aun con lo apremiante que resulta, va contra su carrera política: desde su “no es no” fundacional, que marcó su destino (y su condena).

Pero Sánchez es solo el segundo culpable. El primero es la militancia del PSOE: la que lo rescató, y la encarnada en el inolvidable grupito de Ferraz de las dos últimas noches electorales. Como un coro griego que empujara a la tragedia, la primera noche gritó “¡Con Rivera no!” y la segunda “¡Con Iglesias sí!”. Y Sánchez obedeció en los dos casos. Estaba ya todo ahí.

Si la realidad lo desmintiera (lo digo una vez más: es lo que deseo), sería un milagro.

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En El Español.

20.4.20

Rituales de misantropía

Hace ya varias columnas que consigno el número de muertos por coronavirus. Necesito hacerlo. No por rutina sino por todo lo contrario: para no perder perspectiva. Así pues, son ya 20.453 muertos (oficialmente) cuando escribo estas líneas.

Sobre ese fondo (que en 20.453 casos no es fondo, porque lo es todo) hacemos nuestra vida confinada. Y la vida de las breves salidas para la compra. Se va segregando una nueva cotidianeidad, con tus tics, con sus tropismos, que ojalá que sean también breves, porque son muy tristes. Como estos detalles serán lo primero que se vaya por el desagüe, quiero anotar algunos, para que consten.

Yo, que era el príncipe de la cortesía en mi bloque, el que se quedaba sosteniendo la puerta del portal hasta que llegara el renqueante ancianito, soy ahora el que sale sin mirar atrás, el que apresura el paso si alguien viene. Me he convertido en el energúmeno del bloque. Pero no llamo la atención, porque a todos les ha pasado igual: todos son el energúmeno del bloque. (Salvo el renqueante ancianito, al que ya nadie le sostiene la puerta.)

Por la calle voy como un astronauta. Con el chándal (mi traje astral) cerrado hasta la barbilla, la mascarilla, las gafas (empañadas) y los guantes. El distanciamiento social empieza por uno mismo: uno se convierte en ese extraño que camina con lentitud, para estar más tiempo fuera. Cuando está nublado es menos doloroso, aunque no menos bello, que cuando hace sol. Los cuatro rincones de todos los días son el paraíso. Un paraíso expulsado.

Cuando viene un transeúnte, demasiadas veces con su perro, la maniobra de separación se inicia desde treinta metros como mínimo. Solo hay que esperar a ver quién de los dos abandona la acera y pasa por la calzada vacía en el momento de cruzarnos. Y si no es posible esta opción, se llegan a producir desvíos, vueltas atrás, detención en un punto alejado hasta que pase el otro. Hay una evidente incomodidad por su presencia. Molesta que esté ahí cuando nosotros estamos.

Pienso en el agente secreto de Joseph Conrad, que llevaba una bomba en el bolsillo mientras paseaba entre la multitud. Ahora no hay multitud, pero nos comportamos hacia el otro como si llevara una bomba. La bomba vírica. Todos somos agentes secretos para todos. Todos podemos llevar el virus y por eso nos rehuimos. (Alguno camina despreocupadamente, por cierto, y a ese lo miramos mal.)

Pero en este territorio ganado por Tánatos (que se da más apretadamente, con mayor tensión, en las colas y en los pasillos del supermercado, donde se produce una oscilación entre la rigidez y la hostilidad), empieza a atisbarse a Eros: agazapado aún, dispuesto a saltar. He captado ya miradas lujuriosas de mujeres por encima de sus mascarillas. Y me he sorprendido a mí lanzándolas. El cuerpo pide venganza, pide guerra.

Tras el presente movimiento (atroz) de separación, vendrá otro de aproximación. Y acercarse y tocarse sabrá a poco y se querrá más, se querrá copular. Yo no sé si después de la pandemia habrá un “nuevo paradigma”, como predica el asténico Castells. Sí sé que habrá, para empezar, algo no nuevo sino muy antiguo: una explosión sexual.

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En El Español.

15.4.20

La república de los muertos

18.056 muertos por coronavirus (oficialmente) cuando escribo estas líneas. Previsión del FMI de que nuestro PIB caerá un 8% y el paro subirá al 20,8%. Y la tendencia número uno en Twitter es “República”. España es un país delirante.

Todos los 14 de abril de los últimos años ha venido siendo así. Que lo sea también en mitad de esta epidemia catastrófica confirma el carácter quimérico y alejado de la realidad que ha tenido siempre. Hoy además es delictivo. Y encima con el Gobierno (la parte podemita, de la que el máximo responsable es Pedro Sánchez) participando descosidamente, con los mensajes de Pablo Iglesias, Irene Montero, Alberto Garzón...

La república no es para ellos, lo hemos dicho mil veces, un marco plural en el que quepan todos (como sí lo es nuestra monarquía parlamentaria), sino un régimen sectario solo para unos (contra los otros). Los republicanos pluralistas vemos en estos tipos el principalísimo obstáculo para que algún día haya en España una república civilizada. Que en lo fundamental, por cierto, se parecería bastante a esta monarquía: por eso no tenemos prisa.

Los delirios de Iglesias y los suyos, aparte de delictivos hoy, son indicativos de la deriva irreal de la política española de los últimos tiempos. Pongamos que desde Zapatero, inclusive (¡vaya si inclusive!). Con atisbos anteriores: aquellas abominaciones hacia Aznar que, como dijo Savater, eran una especie de culto al líder a la inversa. Se postulaba, en contra, un país que no existía: porque era Jauja.

Recuerdo una manifestación que hubo hace no muchos años contra los peajes en las autopistas. Los manifestantes llevaban la bandera republicana: como si en una hipotética república no hubiera que pagar peajes. De igual modo, en las recientes manifestaciones de los jubilados solo se esgrimía, junto con las banderas partidistas y regionales, la republicana. Aunque las pensiones se las pedían al país representado por la bandera constitucional. O sea, al país real (tontos no eran).

Cuando nos ha asaltado la pandemia, estábamos en otras cosas. Todas ideológicas o tácticas, sin conexión con la realidad. Al margen del papelón del 8-M (en que se confundía la asistencia a una manifestación con una causa; porque lo que importaba en verdad era lo primero), nada hay más significativo que lo ocurrido con el ministro Illa.

Lo pusieron en el ministerio de Sanidad, sin tener conocimiento ni competencia en la materia, solo porque había que poner a “un catalán” y él era catalán. Con el coronavirus ya expandiéndose por otros países, el ministro, en vez de estar preparándose para la posible llegada a España, en vez de estar haciendo acopio de material sanitario como recomendaba la OMS, en lo que estaba era en la mesa de negociación con los independentistas.

Y así todo. Pero no hasta ahora. Porque, como vemos, siguen.

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En The Objective.

13.4.20

Segundo 11-M

Nuestra política se las ha arreglado para ser de nuevo sórdida en unas circunstancias terribles. 16.972 muertos por coronavirus hay oficialmente cuando escribo estas líneas, muchísimo sufrimiento concreto en personas concretas, un país entero confinado y unas previsiones socioeconómicas devastadoras. Pero nuestros políticos actúan como si no lo supieran.

Y digo como si porque sí que lo saben: las recurrencias de su discurso lo prueban. Solo que no obran en consecuencia. Su prioridad es conservar el poder o intentar alcanzarlo. En lo que les sobra de esta preocupación, tal vez atiendan un poco a la realidad. Pero, de nuevo aquí, con un obstáculo: su incompetencia. Y lastrados siempre por el partidismo. Y por la cortedad de miras. Por las inercias, en fin, que les llevaron a ser políticos.

En el maremágnum ha salido a flote, casi milagrosamente, la propuesta correcta: unos nuevos Pactos de la Moncloa. Da igual que se llamen así o de otro modo: se trataría de unos grandes acuerdos de Estado, unos grandes consensos, para afrontar lo que tenemos y lo que se nos viene. Tan desesperada es la situación que se ha formulado justo lo que hay que hacer.

El problema es que esta propuesta va en contra de toda la biografía política del presidente Sánchez. Por esto, y porque realmente ni se la ha empezado a trabajar aún, sino más bien al contrario, cabe la sospecha de que sea una nueva trampa de Sánchez para desunir. Desunir mediante la invocación de la unión, y cuando necesita la unión: Sánchez puro. Aun así, hay que intentarlo. Todos tienen que intentarlo. Por todos. No hay otra salida.

Mi pesimismo viene ahora: creo que es perfectamente posible que sigamos sin salida. O sea, que nos estrellemos. El deterioro de nuestra política es atroz. Solo veo embrutecimiento.

No puedo evitar acordarme del 11-M, en que los políticos de todos los partidos hicieron exactamente lo peor que podían hacer. Con el país en carne viva, actuaron como miserables, pensando solo en lo mismo: conservar el poder o intentar alcanzarlo. Y luego, cuando Zapatero alcanzó la presidencia, en vez de procurar una legislatura que restañara las heridas, lo que hizo fue abrirlas más. Con el inevitable concurso de la oposición. Y con aquellas mismas heridas abriéndose y pudriéndose cada vez más hemos llegado hasta hoy.

Late estos días un tipo de guerracivilismo particularmente pringoso: aquel que consiste no en matar al otro, sino en acusarlo de criminal. Lo mismo que sucedió en el 11-M. Algo se ha avanzado en civilización cuando uno no está dispuesto a ejercer el crimen. Pero el instinto tanático se mantiene si sí ve como posible criminal al otro.

Esta dialéctica amigo-enemigo, con la lucha a muerte latente, es la que habría que romper. Nos urge romperla. El problema es que no tenemos el mejor Parlamento (ni el mejor Gobierno) para conseguirlo.

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En El Español.

6.4.20

Chistorritas

He vuelto a acordarme de lo que anota Iñaki Uriarte en su diario después de una visita al hospital: “Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas”. Ahora estamos todos en el mismísimo O.K. Corral. Las balas silban como nunca.

Una ha alcanzado al dueño de un restaurante de Málaga, El Botijo, donde mis amigos y yo hemos sido felices en los últimos años. Se llamaba Gabriel Domínguez y ha muerto a los sesenta y ocho por coronavirus.

La noticia nos llegó uno de estos días de confinamiento en que, como todos los días de confinamiento, los amigos soñábamos con vernos allí: aquel era el escenario del reencuentro ideal. Ahora, si volvemos, habrá una baja.

Es curioso cómo nacen los mitos cotidianos: esa espontaneidad que va configurando un ámbito perfecto, hasta que cuaja y nos damos cuenta. Tratamos entonces de que no se desmorone, hacer lo que hacíamos para que siga. Se pierde a partir de ahí un poco de frescura, pero compensa: hemos llegado a un lugar confortable, propicio para la felicidad.

Empezamos a ir porque quedaba enfrente de La Térmica, donde mi amigo Manuel Arias Maldonado inició hace cinco años su hoy prestigiosa Aula de Pensamiento Político. Después de la conferencia, cruzábamos para cenar en El Botijo con el invitado de la jornada.

Uno de los primeros, Félix Ovejero, fue el que nos constituyó. Lo estábamos pasando tan bien hablando, que dijo: “Pero qué grupo más bueno tenéis aquí. ¿Qué hacéis, os reunís periódicamente?”. Y lo cierto es que no. Nos veíamos poco (en realidad, aunque vivíamos en la misma ciudad, casi todos nos habíamos conocido por internet). Pero pasamos a frecuentarnos a partir de entonces. Ovejero (su mirada exterior) nos dio la orteguiana “conciencia de grupo”.

En este tiempo, ¡cuántas cenas gratísimas! Con los amigos habituales y con los invitados. Entre los que recuerdo, además de a Ovejero, a José Luis Pardo, Pablo de Lora, Daniel Gamper, Olivia Muñoz-Rojas, Myriam Redondo, Víctor Lapuente, José Ignacio Torreblanca, Máriam Martínez-Bascuñán, Javier Moscoso, José Luis Villacañas, Manuel Cruz, Ignacio Peyró, Juan Claudio de Ramón, Daniel Gascón, Ricardo Dudda, Ramón González Férriz, Josu de Miguel, Carlos Granés, Santiago Gerchunoff, Paloma de la Nuez, Ana Carrasco-Conde o Javier Gomá. Y con los camareros cálidos y eficaces que hoy se dolerán de la pérdida.

En el menú que la frecuentación había venido decantando, el punto estelar era el de las chistorritas. Yo les hacía muchas fiestas cuando llegaban, y mis amigos, por complacerme, por no dejarme solo en mi histrionismo juguetón, se las hacían también. Era un momento jocoso que concentraba la alegría de aquellas veladas. Que volverán, porque tienen que volver.

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En El Español.

1.4.20

Los renos de Auden

También yo estoy fascinado, como tantos, por la incursión de animales salvajes en las ciudades en estos días de confinamiento mundial. No son invasiones aún, sino eso: incursiones. La avanzadilla de los que van viendo que no hay hombres interponiéndose y se cuelan hasta donde antes solo había hombres o animales domésticos. Sabíamos que si un día los hombres desaparecieran ocurriría, pero no que ocurriría tan pronto. La primera noche de cuarentena en Málaga ya se vio un jabalí por el paseo marítimo.

La impresión es que están al acecho. Después de milenios, no se han resignado, no se han conformado. Solo han sido vencidos. Como en el poema de Claudio Rodríguez, están en derrota, no en doma. La empalizada humana era un asunto diario. Cuando se ha plegado, no han tardado en pasar. El espectáculo es de una belleza inquietante, porque nos excluye.

Así sería el mundo sin nosotros, como han escrito Manuel Arias Maldonado y Elvira Lindo, y ya formuló el científico Alan Weisman. En el libro de Arias Maldonado Antropoceno, que se publicó en 2018 y cada día cobra más actualidad, se hablaba del renacimiento de la naturaleza en la zona acotada de Chernóbil: la mera ausencia del ser humano, aun con accidente nuclear, era beneficiosa para la vida salvaje.

En Málaga, además del jabalí, ha sido avistado un pato verde volando ante un balcón. He ido tomando nota de otros avistamientos: pavos reales en calles de Madrid, corzos bajo el acueducto de Segovia, un cervatillo correteando por una playa vizcaína, coyotes en San Francisco, zorros en Bruselas, un puma en Santiago de Chile, una civeta malabar (que se creía extinta) en la ciudad de Meppayur, también en la India miles de tortugas poniendo sus huevos en las playas de Odisha, un delfín en el puerto de Sóller, peces y cisnes en los canales de Venecia, dos patos paseando por la entrada de la Comédie Française de París, otro jabalí con sus jabatos transitando por una acera italiana... Solo faltan pangolines, los transmisores del coronavirus.

Escribe W. H. Auden al final de su poema “La caída de Roma”, que ha recordado Timothy Cranmer: “Sin las dotes de la riqueza o la compasión, / pajarillos de patas color escarlata, / empollando sus huevos moteados, / observan cada ciudad infectada de gripe. // En otro lugar del todo distinto, enormes / rebaños de renos atraviesan / millas y millas de musgo dorado, / silenciosamente y muy deprisa” (tr. Eduardo Iriarte).

Volveremos y ellos se irán (se irán expulsados). Pero ya sabemos que están ahí, esperando la ocasión. Si un día nos vamos para siempre, ellos volverán para siempre.

* * *
En The Objective.

(5.4.20) Me manda como lujoso regalo mi amigo Víctor V. Úbeda, gran traductor, esta excelente versión rimada del poema de Auden:
La caída de Roma
(a Cyril Connolly)

Rompe el mar en la escollera.
La lluvia azota en el campo
un viejo tren olvidado.
Se hacina el hampa en las cuevas.

Las galas se disparatan.
Las fuerzas del Fisco buscan
defraudadores en fuga
por provinciales cloacas.

Duermen los ritos privados
a las sagradas rameras.
Los literatos se entregan
a un amigo imaginario.

Catón, parco y cerebral,
loa antiguas disciplinas;
en cambio, la infantería
se alza por soldada y pan.

Tibio está el lecho de César.
En un formulario rosa
un gris funcionario anota
ESTE CURRO ES UNA MIERDA.

Sin lujos ni condolencia,
patirrojos pajaritos
contemplan desde sus nidos
las urbes de gripe infectas.

Entretanto, en otros pagos,
vastos rebaños de renos
cruzan en raudo silencio
millas de musgo dorado.


Acuarela: Errabundo (5.4.20)