18.5.16

La edad

Estoy a punto de cumplir cincuenta años y para mí ya todo es fecha. Cincuenta. A esta edad se suicidó Gabriel Ferrater. Lo había prometido: no quería oler a viejo. Metió la cabeza en una bolsa de plástico, como si fuese basura, y se asfixió. En cambio, Ernst Jünger anotó al cumplirlos: “Es la mitad de la vida, si no se la mide con la vara, sino que se la pesa con la balanza”. Al final rozó los ciento tres, por lo que medida con la vara era menos de la mitad.

A los diez años me mudé de barrio y todo empezó de nuevo. Los veinte quise cumplirlos en El Escorial, con ambición, pero era lunes y lo pillé cerrado. En los treinta me encontraba en forma: subía montes en bici como el “ciclista ético” de Duchamp. El día de mis cuarenta me sentí aligerado: de ser un viejo treintañero pasé a ser un joven cuarentón; aquella tarde volví a ver Ordet, que trata del resucitar. Los cincuenta me llegan con una sensación de fracaso en todos los frentes. (Aunque la cosa, por supuesto, no va a quedar así).

Los cincuenta son también una unidad de medida histórica: la mitad de un siglo, por lo que uno mismo puede ponerse como segmento temporal. Esto que tengo ahora en la cabeza y en mi cuerpo, la experiencia, como una escala vivida. Sumándome puedo hacerme cargo de todo.

Y más esa mujer, Emma Morano, la última decimonónica: una secuoya humana. Rubén Darío contaba en sus memorias que en Extremadura se encontró con un anciano que hablaba de un tal “Pepito”. Ese Pepito era Espronceda, muerto en 1842. Pero el tiempo no para y toda sorpresa es transitoria. Darío murió hace cien años, el doble (solo el doble) de mi inminente edad.

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En The Objective/El Subjetivo.

16.5.16

La pequeñez de los grandes

El drama de la política española es la pequeñez de los dos grandes partidos. Por ser tan pequeños han sido incapaces de formar una gran coalición. Aunque, de haberla formado, quizá esa pequeñez habría impedido que la coalición fuese realmente grande... Durante el zapaterismo me dio por repetir un chiste negro, que valdría también para el rajoyismo; no expresa (¿hace falta decirlo?) un deseo, sino una amargura: entre nosotros es metafísicamente imposible un magnicidio, porque lo máximo que saldría sería un pequeñicidio.

Nos pasa lo que escribió en La emboscadura el gran Jünger (este sí): “Una de las notas características y específicas de nuestro tiempo es que en él van unidas las escenas significativas y los actores insignificantes”. Si esto valía para la Europa y el mundo de mediados del siglo XX, más vale para la España de principios del XXI.

El PP y el PSOE han sido, en último extremo, unos malísimos comerciantes. Tenían el negocio político perfecto: un bipartidismo en el que ellos eran los partidos uno y dos. Si se ha cuarteado ha sido por una estólida mezcla de irresponsabilidad, avaricia, incompetencia y mediocridad. Puede que esta sea la prueba irrefutable: han sido tan pequeños que se han arruinado a ellos mismos. (El PSOE, de momento, todo hay que decirlo, en mayor medida que el PP).

En treinta años han sido incapaces de ponerse de acuerdo en cosas grandes como una buena ley de educación, garantizar la independencia de la justicia o tomar medidas eficaces contra la corrupción. Bien al contrario: han contribuido al desastre de la educación, han utilizado la justicia todo lo que han podido y han hecho de la corrupción su gasolina, hasta que el motor se les ha gripado.

Tras estos patéticos meses de danza inane, Rajoy acude a las nuevas elecciones con el miedo a Iglesias y Garzón como único argumento, y con el aliviadero de los ataques a Rivera, que le conviene como pseudomalo para que le funcionen los malos de verdad. Sánchez, por su parte, está exclusivamente concentrado en ponerse pegatinas que se le despegan. Como tuiteó el amigo Todo: “El PSOE tuvo décadas para forjar una socialdemocracia española; prefirió un antifranquismo lerdo, y ahora va a pagarlo. Vamos a pagarlo”.

Cuando vengan, si vienen, otros peores que el PSOE y el PP, habrá que tener claras dos cosas. Primera: que serán, en efecto, peores que el PSOE y el PP; porque estos, al fin y al cabo, están nominalmente por una democracia que es más grande que ellos. Segunda: que la mayor responsabilidad habrá sido del PSOE y del PP. Por haberlo hecho tan mal. Por ser tan pequeños.

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En El Español.

15.5.16

Alberto Garzón, un curita cañón


Ilustración: Tomás Serrano

Después de fichar al militar, Pablo Iglesias se dio cuenta de que le faltaba un cura para construir su proyecto alternativo de franquismo, que él llama de antifranquismo, y entonces se fijó en el que más daba el perfil: Alberto Garzón. Hasta entonces ambos habían sido los Pimpinela de nuestra política, que se lanzaban unos denuestos tan cargados de reproches que se veía que ahí había temita. A poco que le diesen la vuelta a la tortilla, procederían a enrollarse. Como se ha confirmado. En la foto de los botellines los dos eran Luis Miguel Dominguín diciendo simultáneamente que se han acostado con Ava Gardner. (Algo de lo que también presumía El Fary).

Creo que los grandes beneficiados del pacto son los cantautores, que no tendrán que repartirse los mítines. Y luego ya los votantes que están más a la izquierda del PSOE, incluidos algunos del propio PSOE, que están más a la izquierda de sí mismos y de sus chalets. Aunque el primer beneficiado, en realidad, ha sido mi colega Tomás Serrano, que lleva un tríptico fabuloso de zarpas: la del selfie, la del reparto y la del brindis. Más la caricatura que ilustra el presente artículo. En toda esta obra gráfica se pueden apreciar las virtudes cristianas de Garzón: en concreto, lo de poner su otra mejilla, que es lo que significa poner sus siglas. Serrano ha sabido ver que Iglesias y Garzón componen un dúo cómico, solo que el que recibe las bofetadas aquí es el serio.

En el último barómetro del CIS, Alberto Garzón aparece como el político más valorado por los españoles. Esto habla del resto eclesiástico que a los españoles les queda: Garzón, pese a su encendida ideología, transmite una suerte de honestidad apolítica, o que está por encima de la política; una suerte de ecumenismo, más que de comunismo. Y el que, pese a ser el más valorado, no sea el más votado, habla de lo cachondos que son los españoles.

Volviendo a la fase pimpinelesca de la pareja, la verdad es que si Pablo Iglesias me hubiese dicho lo que le dijo a Garzón (“típico izquierdista tristón, aburrido y amargado”, “pitufo gruñón”, “sigue viviendo en tu pesimismo existencial”, “cuécete en tu salsa de estrellas rojas”), yo también me habría enamorado. Que alguien se caliente tanto con uno resulta halagador. Además, si uno está tan falto de estímulos, ¿cómo no se va a ir con el representante de la izquierda alegre y faldicorta?

Bromas aparte, ambos van a hacer historia en la izquierda de este país: Pablo Iglesias cargándose al PSOE y Alberto Garzón a IU, o sea, al PCE. Eso sí, lo que venga a cambio mejor que nos pille confesados. Aunque sea por el curita Garzón.

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En El Español.

9.5.16

Actores

La pregunta de hasta dónde llegará la serie Cuéntame ya tiene respuesta: llega hasta hoy mismo. Ya ha llegado. Ha saltado de la pantalla del televisor a los periódicos; de los guionistas que trabajaban con el pasado a los periodistas que trabajan con el presente. Para una serie que pretendía reflejar las últimas décadas de la historia de España no podía haber un final más preciso; aunque justo por ello infeliz. La acusaron de edulcorada y ha confluido en la amargura general. Así ha trazado de paso el arco de nuestra percepción.

Yo no era asiduo de Cuéntame, pero la noticia de su renovación año tras año me causaba melancolía. Por un motivo personal. En 2001 formé parte del equipo de guionistas de otra serie que se estaba preparando. Nuestro productor quería como director al de Cuéntame y decía: “Para cuando empecemos a rodar ya estará libre, porque esa serie tiene los días contados”. La nuestra no salió al final, y durante estos quince años Cuéntame me ha recordado el fracaso. (Ha sido a su vez una manera insidiosa de mantenerme en la cabeza aquel 2001, mientras se alejaba).

En otras series que sí se llegaron a rodar tuve ocasión de tratar con los actores. (Uno fue, por cierto, Ángel de Andrés López, que nos dejó tristemente la semana pasada). Siempre me llamó la atención en ellos cómo, conociendo los trucos del ego de primera mano, tenían tan gordo el suyo, que exhibían como si no perteneciera también al ámbito de la interpretación. Sin duda trataban de compensar la incómoda sensación de ser muchos, o de no ser nadie. Pero el resultado daba pena, porque repudiaban la sabiduría que les brindaba su oficio. En vez de ser taoístas, digamos, tendían a ser napoleones.

Ahora veo una actuación fabulosa de Imanol Arias, haciendo no de señor Alcántara sino de Imanol Arias: la del vídeo en que pedía hace dos años que se marcara la casilla solidaria en la declaración de la renta. Está cálido, seductor, convincente. Realmente profesional: deberían darle un Goya honorífico, o un Oscar. ¡Gran actor, cuyo arte hemos podido degustar como nunca!

Y caigo en que, después de todo, nos ha salido el homenaje perfecto a Cervantes. Los españoles le hemos visto en estos años el cartón al juego de las apariencias. Nos hemos adiestrado en desconfiar de lo que se nos presenta, como en el Quijote, porque puede ser una ficción. Pero después de este conocimiento áspero nos tenemos que relajar, taoístamente. Sin renunciar a él. No podemos replegarnos en falsas autenticidades, como las que proclaman esos napoleones de ahora que pretenden colarnos su actuación.

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En El Español.

8.5.16

Trump, un Nerón para el imperio


Ilustración: Tomás Serrano

Lo que nos faltaba era un Nerón en el imperio, y ahí tenemos a puntito a Donald Trump. Parece que Estados Unidos no quería quedarse fuera esta vez del circuito del fantasma que recorre el mundo y ha decidido ofrecerse a lo grande: proporcionando un populista que deja pequeños a los otros. Qué exótico brote valleinclanesco en Nueva York el de esta mezcla de Mussolini, Jean-Marie (¡y Marine!) Le Pen y Ruiz-Mateos, con pelo entre de Anasagasti y Alaska, o quizá incluso de Rosa Villacastín (¡tiene mucho mérito ese pelo: ensaimada frita con brillos de cruasán!).

Los extremos se tocan, y este rebrote abrupto de masculinidad caduca podría desfilar en el Orgullo Gay con notable éxito, entre las drags. Trump tiene pinta, de hecho, de estar formando siempre parte de un desfile estrafalario; aunque, para ser exactos, a él le pegaría más el de gigantes y cabezudos (iría en este segundo sector), con su escayola de colores chillones y su gestualidad rígida. Trump, tan ostentóreo, está al completo, a pequeña escala (es una manera de hablar) en nuestro Gil y Gil, que fue un Trump avant la lettre: ambos se enriquecieron con el negocio inmobiliario, hicieron el macaco en televisión y dijeron burradas que conectaban con el pueblo. Está escrito que, si Trump sale presidente, dejará Estados Unidos como Gil dejó Marbella.

Otros extremos que se tocan: el xenófobo Trump, el despreciador de mexicanos y latinoamericanos en general, es lo más parecido que hay hoy en Estados Unidos a un fantoche de los que de vez en cuando gobiernan (¡triste herencia española!) los países de América Latina. Trump de presidente sería lo más parecido a un Pinochet, a un Trujillo, a un Castro o a un Chávez (¡Maduro tendría al fin a un interlocutor de su nivel!). En el caso de Trump, naturalmente, con el freno de un Estado de derecho; justo el que él trataría de burlar.

Pero todos sus equivalentes quedan eclipsados por Nerón, del que parece un retrato vivísimo. Es como si la palabra “imperio” que desde el siglo pasado se aplica al dominio estadounidense hubiese estado invocando a un personaje así desde el principio. El que apareciera era solo cuestión de tiempo. Por el momento hay que esperar a ver si he llegado la hora definitiva: la suya y la de todos.

Como Nerón, entre excentricidad y excentricidad, acabaría incendiando Estados Unidos y el mundo; aunque para empezar al que ha dejado chamuscado con su triunfo en las primarias es a su partido. Cuyo símbolo, por cierto, es un elefante como los del antirromano Aníbal. Ya solo Hillary Clinton, esa especie de Cleopatra, puede salvar a Roma.

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En El Español.

4.5.16

Fama

Contaba Sabino Méndez en Corre, rocker que, en los tiempos gloriosos de Loquillo y los Trogloditas, una fan llegó al hall de un hotel donde se encontraban los músicos y dijo: “¿Quién es Sabino Méndez, que me lo voy a tirar?”. Antes de que Sabino Méndez contestara, se levantó otro: “Yo soy Sabino Méndez”. Y subió con la chica a la habitación.

A un amigo mío se le acercó una vez una venezolana en un garito de Fuengirola: “¡No me lo puedo creer! ¿Tulio Zuloaga?”. Mi amigo asintió, pensando que ser Tulio Zuloaga era algo bueno. Más tarde supo que así se llamaba un cantante famoso de Venezuela, y que en efecto se parecían. Pero aquella noche se limitó a montarse en el carrusel, tratando de hablar poco para no delatarse. Y no necesitó hablar mucho, porque todo se lo hacía ella. Incluido un polvo descomunal, según mi amigo, con una entrega absoluta y devota por parte de la chica que, además de placer, le produjo a él una melancolía tremenda. Se pasó meses suspirando: “El mejor polvo de mi vida no lo he echado yo, sino Tulio Zuloaga”.

He visto de cerca el fenómeno de la fama en dos amigos, uno feo y otro guapo. Los dos han follado en abundancia. Más el guapo, pero el otro tampoco se puede quejar. Trabajé como guionista con un actor ni guapo ni feo en una serie que se rodaba en invierno-primavera para que se estrenase en junio. “Ojalá pegue –decía el actor–, porque si tengo familla este verano me hincho”.

Al menos aquella serie en concreto, aquel verano, no pegó.

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En The Objective/El Subjetivo.

2.5.16

Coser el virgo

Iñaki Gabilondo ha dado la clave en la estupenda entrevista de EL ESPAÑOL: “Podemos todavía no ha elegido entre la virginidad y el matrimonio”. Pero es la clave no solo sobre Podemos, sino sobre todos los partidos. Principalmente sobre el PSOE.

Con Podemos, en efecto, está claro. El partido de los profesores se resiste a salir de la virginidad del aula y casarse con lo que hay fuera. Sus guerras son solo teóricas, por un lado, y por el otro guerras departamentales. Supuestamente tienen opiniones muy radicales sobre la realidad, solo que se trata de una realidad abstracta. O sea, su realidad está aquejada de la simpleza de los manuales. En cuanto salen de esta islita, se acojonan con el oleaje. En los sitios en los que gobiernan –sobre todo la alcaldía de Madrid– el día a día es un chapoteo.

Ciudadanos dio el paso de comprometerse con el PSOE. Pero todo indicaba que no solo pensaba llegar virgen al matrimonio, sino seguir siéndolo en la luna de miel y después. En su pacto de Andalucía, el marido, con esa cara de Joe Rígoli, sigue presumiendo de virginidad; aunque hay sospechas de que por la noche pasan cosas en la cama. A nivel nacional, Rivera no puede disimular el alivio por que no haya habido boda con Sánchez. Ahora tiene un par de meses para seguir siendo virgen él solito, que está tirado. Lo difícil vendrá cuando vuelva a comprometerse después del 26-J, con Rajoy lo más seguro. Para entonces lo máximo que podrá hacer será ponerse un camisón de esos con agujerito.

El PP, por su lado, vive en lo que Luis Cernuda llamaba “el aguachirle conyugal”. Lo suyo es el matrimonio, pero con poca movida. Como el paso de la virginidad al matrimonio se hizo mediante el sacramento, considera que el matrimonio sigue siendo virginal básicamente. Hay una continuidad digamos que santa, por lo que ejerce el poder como un bendito. Y lo hace en aras de una realidad que presenta como incuestionable pero que también está simplificada.

En cuanto al PSOE, aunque hace mucho que se casó –con el poder, con la realidad (si bien respecto a esta a veces se ha echado sus canitas al aire)–, parece que detrás de lo que anda ahora es de coserse el virgo. Podría ejemplificar el matrimonio moderno, pero ha entrado en el bucle melancólico de la añoranza por la perdida pureza. Lo último ha sido lo de Maritxell, que con lo de que “PP y Ciudadanos son partidos de derechas, muy lejanos del PSOE”, se ha comportado (¡disculpen el horripilante juego de palabras!) como una auténtica Maritxellestina.

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En El Español.

1.5.16

¡Hasta Jordi Hurtado!


Ilustración: Tomás Serrano

Entramos en territorio desconocido. Mañana día 2 acaba nuestra legislatura más corta, sin gobierno, y el 3 inicia su baja laboral Jordi Hurtado. Para lo primero nos habíamos venido preparando durante cuatro meses. Lo segundo nos cae de sopetón. Nos sentimos como galos que ven desplomarse el cielo sobre la cabeza. Se nos viene una época de vagar como vaca sin cencerro. Desaparece el único elemento de continuidad que nos quedaba, nuestra última institución. No tenemos ya asideros: somos trapecistas sin red.

Siempre he pensado que los españoles no mienten cuando dicen que ven los documentales de La 2. Lo que pasa es que consideran Saber y ganar un documental de La 2. Jordi Hurtado es el primer animal de la tarde: el pez longevo en su pecera de eternidad. Un pez con algo de osito: la mascota de todas las casas. Una mascota, además, que cuenta con la ventaja de ser inmortal. A diferencia de nuestros perros, gatos y jilgueros, nunca habrá que enterrarlo ni guardarle luto. El televisor en que aparece Jordi Hurtado es una urna antifuneraria.

Conservado en el formol de su buen rollo, Jordi Hurtado es un Ramoncín sin enfados ni juventud de pollo frito. La suya fue, si acaso, de pollo hervido, con su conducta siempre antipunk. Irrumpió en plenos ochenta con Si lo sé no vengo, con un frenesí optimista que no debía de ser bueno para el metabolismo. Aquella aceleración lo habría consumido en escasos años y habría dejado una momia tan joven como el Hurtado actual pero sin dinamismo. Por fortuna, duró poco. Anduvo peregrinando por programas que no cuajaban, hasta que en 1997 cuajó, y de qué manera, Saber y ganar. Miles de emisiones después es un trilobites (con gafitas) en su ámbar electrónico.

Leo que nació un 16 de junio: la fecha en que transcurre el Ulises de Joyce, el famoso Bloomsday, que es lo más parecido que hay en la literatura al Día de la Marmota. Así que desde el comienzo estuvo emparentado con la repetición. Nos habíamos habituado a ese sol de sobremesa con sonrisita, y su ausencia durante las próximas semanas nos causará la misma conmoción que el eclipse a los incas falsos de Tintín. Y algo de Tintín tiene Jordi Hurtado, por cierto: con su poquito de Milú.

Es también un anti Houdini que no quería escapar jamás de la caja, pero que finalmente ha escapado. Y no por su gusto, sino porque lo tienen que operar, como cuando tienen que ir a reparar una estatua del museo de cera. Durante su convalecencia vivirá tardes peladas, sin el alivio que los enfermos de todos estos lustros o milenios han tenido con la compañía infalible de Jordi Hurtado.

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En El Español.

30.4.16

Esta tarde, 'Tulipanes y delirios'


Esta tarde presentamos en Málaga la segunda novela de Luis Sanz Irles, Tulipanes y delirios. La primera fue Una callada sombra. Magníficas las dos: excelente prosa, destreza narrativa, interesantes historias, experiencia vital y literaria aquilatando cada página... A Sanz Irles se le puede leer también en Twitter y, sobre todo, en su blog Lapsus calami, dedicado fundamentalmente a desmenuzar con gusto y conocimiento sus lecturas. ¡Grande el amigo Irles!

25.4.16

Cervantes: profeta, payasete

No he leído aún la biografía de Cervantes que ha escrito Jordi Gracia, pero me da mala espina una expresión que este le repite a Manuel Sollo en la entrevista de Biblioteca Pública: “su proyecto de vida”. Se refiere al zarandeado Cervantes. Como si Cervantes, en sus siglos XVI-XVII, hubiera tenido un “proyecto de vida” autoayudesco de los que se estilan en los siglos XX-XXI. Con algo así, entrañablemente proyectivo por parte de Jordi Gracia, a lo mejor habría llegado a catedrático. Como Jordi Gracia.

Pero está bien así. Con Cervantes todo está bien. Es verdad lo que se dice de que hoy Cervantes no ganaría el premio Cervantes, sino que lo ganaría Lope de Vega. Pero este es el verdadero homenaje que España le rinde a su autor: seguir siendo la misma España, para que la lectura de Cervantes siga teniendo sentido. Que nuestro ministro de Educación no sepa cómo se llama don Quijote en realidad resguarda al Quijote. Le deja al lector un espacio precioso, el de su lectura, libre de ministros de Educación (y de premios Cervantes).

Una vez resalté lo trágico de la biografía de Cervantes: un país triturando a un hombre para exprimirle el zumo, que resulta ser dulce. Lo trágico, en sentido vitalista, nietzscheano, es que lo uno va con lo otro; y lo bonito es justamente el resultado. En Las vidas de Miguel de Cervantes, Trapiello resalta otro aspecto de lo mismo: “No estamos sosteniendo que Cervantes fuese escritor porque fue pobre, sino que la pobreza le ayudó a serlo. Lo fue a pesar de todo, pese, incluso, al propio Cervantes, al que vemos a menudo, como uno de aquellos profetas de Israel, huir de la Palabra”.

Ahora que se ha despedido a Cervantes hasta su próximo gran aniversario, que será el del medio milenio de su nacimiento, en 2047, sugiero como homenaje pasado, además de la lectura de sus obras, la audición de las cuatro conferencias del profesor Márquez Villanueva en la Fundación Juan March: joyas cervantinas en contenido y tono. Cuando me las puse hace unos años, no pude sino releer el Quijote. Y lo que se me quedó fue un momento menor del que no me acordaba, en el que Cervantes le hace hacer a su personaje el payasete.

Para que Sancho pueda jurar que ha dejado loco en Sierra Morena a don Quijote, este le brinda un espectaculito: “Y desnudándose con toda priesa los calzones, quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante, y se dio por contento y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco”. Esta es la gracia con que se ha mantenido vivo, en todos los aniversarios.

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En El Español.