26.6.16

Cameron o cómo hacer el ridi


Ilustración: Tomás Serrano

A toro pasado, era un pésimo augurio que un primer ministro del Reino Unido tuviese más cara de tercer moranco que de quinto beatle. En vez de una bella canción tenía que salirle un chiste malo, y no precisamente de humor inglés. Nos enturbiaron las buenas notas de David Cameron en Eton y Oxford, así como sus buenos trajes, su buena dicción y la creencia en el seny de los británicos, que resulta haberse evaporado como el de los catalanes.

Precisamente un catalán ilustre, Josep Tarradellas, que parecía un inglés de los de antes, dijo la célebre frase de que en política se puede hacer todo menos el ridículo. Cameron lo ha hecho hasta convertirse en el hazmerreír de Europa. Le tomó afición a convocar referéndums, que es como jugar a la ruleta rusa con el electorado, y en el tercero le tocó ya la bala que ha acabado con su vida política. Aunque no con su memoria: obtiene de regalo la deshonra, que es otra forma de posteridad. Conforme vayan brotando los efectos del brexit, todos, británicos y no británicos, nos vamos a acordar mucho de él. Ha sido una especie de maracanazo en el país que inventó el fútbol.

Todo por no tener personalidad con los populistas: por ceder a ellos como si fuese el hombre blandengue del Fary. Y también por trasladar fuera de su partido –a su país y a toda Europa, nada menos– las batallitas internas de su partido. Un hombre pequeño que obtiene como logro un desastre grande. Otro hombre minúsculo, Trump, ha calificado de “grandioso” el brexit. Y Marine Le Pen se ha apresurado a envolverse en la bandera del Reino Unido, como –según dijo otro inglés de los de antes– hacen los (¡y las!) canallas. Entre nosotros, Iglesias, Garzoncito, Echenique, Pisarello y los nacionalistas se han enredado en malabarismos para salirse (solo retóricamente) de la corriente en la que están. Como si hubiera populismos buenos y malos y encima el bueno fuese el de ellos.

Mi amigo Antonio García Maldonado ha recordado la maldad del gran Churchill (no confundir con nuestro Churches) sobre el laborista Clement Attlee: “Un taxi vacío llegó al número 10 de Downing Street, se abrió la puerta y salió Attlee”. El viernes Cameron pronunció su discurso de derrota ante el 10 de Downing Street y en octubre se lo llevará otro taxi vacío. Fue la jornada también de la rehabilitación de Neville Chamberlain, que, como señaló Roger Senserrich, ha dejado de ser el peor primer ministro británico de la historia.

En realidad, Cameron nos ha echado un capote a muchos. Veo que nació en 1966, que es el año en que nací. Es un alivio saber que, por mucho que yo haga el ridículo en mi vida, nunca seré el nacido en 1966 que más haya hecho el ridículo. Tampoco (¡espero!) el que haya hecho más daño.

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En El Español.

20.6.16

Rajoy contra el voto útil

Parece que Unidos Podemos le ha echado un cable al PP esta semana, potenciando sus emisiones de peligro o miedo; o sea, reforzando el discurso del PP, cuya acritud corría el riesgo de evaporarse ante la estrategia de las sonrisas. No creo que haya un acuerdo explícito entre las dos candidaturas, pero sus respectivos movimientos se van acomodando en una especie de danza. De tipología macabra, concretamente. En política, al fin y al cabo, pasa lo mismo que en el baile o en el boxeo (que es otra forma de baile): se tiende a que sea a dos. Lo que se está configurando en España es un nuevo bipartidismo; de momento, con las dos partes disgregadas.

El miedo a Unidos Podemos no es una fantasía: viene reforzado por el detalle de que cuando habla blandito suena a mentira y cuando habla duro suena a verdad. Esto no quiere decir que, si llegan al poder, vaya a comportarse de acuerdo con la verdad. Cabe la duda. Pero el discurso revela una actitud totalitaria, dirigista, entrometida, dudosamente democrática. Monedero hablando de órdenes a los jueces y a la guardia civil, Errejón de ingeniería del alma, de lo que deben escribir los escritores y de fundar nuevas verdades, y Bustinduy del “lado correcto de la historia” resultan muy preocupantes. Por no hablar de que, se concrete o no ese espíritu, la aventura de Unidos Podemos acabaría casi con certeza en ruina para el país; o sea, en penalidades y tiempo perdido.

Visto así, ¿no deberíamos votar a Rajoy –como mal menor y para que no se desviara ni una papeleta– todos los que querríamos ahorrarnos esa aventura? Es posible. Pero yo no lo voy a hacer. Después de la desagradabilísima experiencia que tuve con el voto útil en 2008, me juré que ya nunca lo regalaría: el candidato que lo reclamara, se lo tendría que trabajar; fuesen cuales fuesen las circunstancias. No me podía imaginar que estas llegasen a apretar tanto. Pero me mantengo.

El propio Rajoy acude en mi auxilio en mi decisión de no votarle, con su ejemplo reciente. En efecto: ¿qué hizo él mismo, con su no a Sánchez en la investidura, sino renunciar al voto útil? La actitud de Sánchez fue abusiva y chantajista, cierto: ¿por qué tendría que votarle Rajoy a él, y no al revés, si Rajoy había sido el más votado? Pero, al margen de las razones, se llegó a una situación nítida: el voto de Rajoy a Sánchez habría impedido el gobierno de Podemos. Rajoy prefirió optar por sus razones, rebajando así de paso la urgencia del miedo que enfatiza ahora. Y brindándome a mí una excelente coartada para optar por las mías.

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En El Español.

19.6.16

Rivera, el angelote odiado


Ilustración: Tomás Serrano

La primera impresión es la que cuenta, y los que, por ser fans de Arcadi Espada, estuvimos pendientes de Albert Rivera desde el principio conservamos de él la imagen de su cartel inaugural: desnudo y con las manos tapándose sus partes. Después de todo, esa mezcla de desnudez y pudibundez ha gobernado su estilo; en sentido literal también: ha tenido que obedecer a la fórmula, porque de otro modo no resultaba creíble. Rosa Belmonte habló de sus “rizos de angelote”, y de angelote es también su cara. Redondita y de aniñado eterno como Ramoncín, aunque por fortuna sin chupas de cuero y sin cantar. Litros de leche desnatada, y no de alcohol, corren por sus venas.

Su desnudo, en efecto, era como de anuncio de producto lácteo y saludable. Aunque el mensaje no era tan simple. Aparecía como un Adán (Ciut-Adán, le puse yo), pero su propuesta no era exactamente asimilable a lo que entendemos por adanismo. Su afán no era volver al paraíso agreste ni a las falaces bendiciones de la ignorancia, sino a un territorio roturado, humanizado, razonable: el de la Constitución. Amenazada en Cataluña, donde nació su partido, por la fauna oscurantista.

Una vez en la política nacional, Rivera se ha mostrado demasiado amistoso con quienes tendría que haber estado más ceñudo. Este fue su gran fallo de la campaña de diciembre. En ocasiones confunde el espíritu de diálogo con la blandura, como si el centro fuese estar a bien con todos y no en disputa con los extremos. A estas vaporosidades se suma cierta retórica autoayudesca del optimismo y la ilusión, que hace pensar en un Paulo Coelho con buena planta. En la campaña actual ha mantenido esta retórica, pero al menos ha corregido el buenrollismo con los rivales malos. En el debate se dedicó a golpear y se gustó.

Pero al margen de estos episodios de pugilato, llama la atención el odio que suscita. No por todos (tiene muchos votantes), pero sí por sus contrarios, que llegan a declararse enemigos. Nuestros falangistas realmente existentes se han obcecado en llamarle falangista, supongo que para verse demócratas. Hasta el PP de Rajoy gasta una saña contra Ciudadanos que va más allá de la competencia comercial, quiero decir, electoral. Sospecho que hay en el PP otra lucha aparte de la lucha por el voto: la lucha contra su conciencia.

El odio a Rivera, al cabo, es un detector de una de las pestes de la vida política española (política o político-periodística, que lo mismo es): el sectarismo. En un ambiente embrutecido por sectas que necesitan a la de enfrente para reafirmarse y alimentar su discurso, tenía que resultar irritante un angelote que revolotea por encima de la mesa de ping-pong.

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En El Español.

15.6.16

La futura

“Mi futura esposa”. De repente me he fijado en la expresión. Qué potencia aún la de la palabra futuro: se abre paso por el contexto prosaico, la previsible ceremonia y las celebraciones –el mismo hombre diciendo luego “la parienta”–, y deja en ella un destello de ciencia ficción, algo inasible, metálico, robótico. Y eso que se aplica a una mujer de carne y hueso, con la que nos vamos a casar. Imaginen que se refiere a una desconocida, de la que ni siquiera sabemos que existe o que vaya a existir. Mi futura esposa. Mi esposa futura.

Auguro amores verdaderos con las robots. ¿Cómo no vamos a amarlas, si lo van a tener todo y vamos a poder hacerlo todo con ellas, si hemos amado cosas con las que no podíamos tener ni hacer nada? Gil de Biedma escribió de “esas horas miserables / en que nos hacen compañía / hasta las manchas de nuestro traje”. Y yo mismo me sentí acompañado muchas noches en Ibiza por una gotera de mi habitación, que cuando desapareció me dejó más solo. Por no hablar de las socorridas almohadas...

Antes estuvieron las muñecas hinchables, a las que no tuve el gusto de conocer. Billy Wilder no se ahorró un chiste con un viejecillo que corría desesperado con una: “¡Mi pareja ha sufrido un escape!”. Y estuvieron y están los maniquíes, con los que solo he cruzado miradas. Al amor por uno, por una, dedicó Berlanga Tamaño natural. El hombre se termina arrojando al Sena con ella; y ella (solo ella) sale a flote.

Pero yo esperaré a las robots: la Eva futura; la Beatriz y la Laura que, aunque aún no hayan nacido, ya sabemos que no van a morir. Dejaremos este mundo y seguirán ellas (aunque después qué será de ellas).

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En The Objective/El Subjetivo.

13.6.16

El voto del acojonamiento

El voto del miedo está empezando a ser para muchos (¡para mí también!) el voto del acojonamiento. Lo primero que acojona es ver cómo al español, ese ciniquillo cotidiano, que ha estado sosteniendo durante décadas a los corruptos y llenando de corruptelas su privacidad, le ha entrado de pronto un “ataque de pureza”. El resultado a corto-medio plazo, si les entrega el gobierno a los de la retórica de los puños y las sonrisas, va a ser asistir a la refutación en sus propias carnes del mantra “no podemos estar peor”.

Con todo, conozco a pocos cuyo acojonamiento vaya a hacerles votar al PP. Algunos hay, pero me sorprende que no sean muchos. Tampoco lo haré yo. Antes de que empezara la campaña escribí aquí que lo más sensato me parecía votar a Ciudadanos. Una vez empezada la campaña, ya no estoy tan seguro: todas las campañas de Ciudadanos consisten, básicamente, en un denodado esfuerzo para que yo no vote a Ciudadanos. Aun así, les voto a veces. Quizá vuelva a hacerlo el 26 de junio. O eso, o el voto en blanco.

Como se puede apreciar, hay en mí un cierto grado de resignación ante el (posible) bofetón histórico. Estos remilgos no se corresponden, lo reconozco, con las urgencias del acojonamiento. Y es que hay en mí rencor (¡y desprecio!) por el PP, y por el PSOE. Serán los segundos culpables (o responsables, si se quiere poner en lenguaje civil) de lo que ocurra. Los primeros, obviamente, serán Unidos Podemos y los votantes de Unidos Podemos. A veces a mí me entra también un afán de pureza como al Max Estrella de Valle-Inclán: “Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga”.

Supongo que es el momento, en cualquier caso, de recordar a Mandeville y su fábula de las abejas, la de los beneficios públicos de los vicios privados. La España del apaño y el pasteleo, después de todo, progresó (en economía y en libertad). Pudo haberlo hecho más, con más esmero, apuntando más alto. Pero parece que el país tampoco puede dar mucho más de sí hacia arriba. Hacia abajo sí: hacia abajo, todo lo que le echen.

Este mismo artículo vale como síntoma. Aquí estamos en el estupor, dudando, temerosos, estrujados entre la complejidad infinita del mundo y los límites de la acción, con melindres de elegancia, mientras enfrente saltan unos adanes que no han aprendido nada de la historia, salvo la técnica de cómo hacerse con el poder. Para retroceder de nuevo. Y el estupor lo incrementa el que resulte todo tan viejo: “Ya en Roma...”.

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En El Español.

12.6.16

Del Bosque y su trantrán


Ilustración: Tomás Serrano

A los que no somos aficionados al fútbol nos llama la atención el énfasis con el que se abuchea, cuando no entra la pelotita, al mismo al que se aclamaba cuando entraba la pelotita. La pelotita en cuestión es como el pulgar de los emperadores en el circo: si baja, no hay piedad. Ahora estamos en la fase de que al seleccionador Vicente del Bosque se lo coman los leones. Salvo que lleguemos a la final de la Eurocopa y entre la pelotita.

Quizá a Del Bosque le ha pasado lo mismo que a Obama con el Nobel de la Paz: le dieron el marquesado por sus hazañas futbolísticas demasiado pronto, cuando aún había tiempo para que acaudillara derrotas futbolísticas. Su rama familiar habría llegado entonces a la aristocracia y a la decadencia en una sola generación. Pero el entrenador de fútbol es un tipo de guerrero peculiar: no es imprescindible que sea vigoroso, sino que puede salir tranquilón y panzudo. Como es el caso de Del Bosque.

En teoría, es en la cabeza donde se cuece todo en un míster. Ahí puede tener entablado el combate mientras abandona el cuerpo en el sofá. Y por las dimensiones de la de Del Bosque, menudo combate. Hablar del físico es siempre de mal gusto, aunque con Del Bosque resulta pertinente: no en vano, Florentino lo echó del Madrid por feo. O mejor dicho: porque no hacía bonito entre los galácticos. Por aquel tiempo oí una retransmisión brasileña en la que los locutores decían que cómo podía ser entrenador de un equipo tan prestigioso un hombre con semejante barrigão.

Uno podría pensar que el españolito medio se identificaría más fácilmente con alguien tan parecido a él, pero no: los Landas y Sazatorniles de nuestros bares se visualizan como Guardiolas, Mourinhos y Simeones. Son capaces incluso de buscarse los ladrillitos del vientre ante el espejo, como si fuesen Cristianos. Y es ese mismo españolito medio el que, durante la Eurocopa, acariciará y depositará su papeleta electoral... (Cada voto es un gol que puede ser autogol).

Si bien el PP no es el partido con el que más simpatiza Del Bosque, el candidato al que más se aproxima es Rajoy. Están las canas comunes, el aspecto talludito y el que no sea la “chispa” lo que los caracterice precisamente. Comparten además la poca costumbre de dimitir tras las derrotas. Y la obstinación: el mantener el trantrán a lo que salga, con el convencimiento al menos de que será siempre su trantrán.

Un trantrán clásico de Del Bosque es su insistencia en Casillas, al que ha vuelto a convocar pese a que en el Oporto es suplente. Aunque ahora que ha estallado el escándalo de Torbe está bien contar con un chico al que uno no se imagina en orgías. Con él (y con el míster) no se sabe si a la Roja le entrará la pelotita del contrario, pero al menos mantendrá la portería a salvo del vicio.

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En El Español.

11.6.16

Especial fantasmas

Acaba de salir el Jot Down número 15, especial fantasmas. Puede comprarse en librerías y por la web. Yo colaboro con un artículo dedicado a los fantasmas más exaltantes: "Los Grandes Transparentes" de André Breton.

6.6.16

Los timadores

Un componente del populismo es su falta de respeto por el pueblo. Lo engaña, lo utiliza, lo halaga, lo chulea, lo manipula. A veces el pueblo responde aplaudiendo y votando, con lo que el círculo se cierra: la falta de respeto inicial estaba justificada. Retrospectivamente, pues, el pueblo se merecía que lo trataran sin respeto...

La operación de maquillaje en que anda empeñada la coalición Unidos Podemos es asombrosa por su descaro: lo hace a la vista de todos, iluminada por los focos, en el prime time televisivo, con comunicados supuestamente internos que al segundo se filtran. Es un gran truco, pero sin prestidigitación: al contrario, con exhibición de las cartas marcadas. (En todo caso, interponiendo ese biombo para chirleros que viene siendo la apelación al franquismo).

Reconozco que tal exhibicionismo plantea la cuestión de hasta qué punto se le puede llamar engaño. Pasa como cuando Gil y Gil llegó a la alcaldía de Marbella declarando que, por supuesto, iba a hacer negocios. ¿En qué medida fueron engañados sus votantes marbellíes? En el caso de Unidos Podemos, ¿es engaño decir ahora lo contrario que hace dos semanas, como si “la gente” no se acordara de lo que se dijo hace dos semanas? ¿Lo es zafarse de pronto de Venezuela? ¿O esconder las banderas republicanas y comunistas?

En este gran timo de la estampita (o mejor: de la pegatinita), lo pasmoso es la alegría con que muchos parecen dispuestos a ser timados. Haberlo captado es el mérito, más sociológico que político, de Unidos Podemos, que se presenta como un Dioni colectivo y transparente. Declarando casi que va a timar al pueblo. Con un par.

La coalición juega con la simpatía que despiertan los pícaros. Al fin y al cabo, aunque conduzcan al desastre, es en ellos donde parece que está la vidilla. Hay también un relato, según los cánones: Pablo Iglesias, el pillo experto, llevando por el mal camino al amigo mojigato, en este caso Garzoncito. Ver a este hombre con la sonrisa forzada en el nuevo merchandising de los corazoncitos no tiene precio.

La película que va a comprar una buena porción de españoles, según las encuestas, sale ahora en otra película: la que acaba de estrenar Fernando León de Riefenstahl (lean hoy a mi colega Rafael Latorre, que fue al cine y lo cuenta). No deja de ser maravillosa esta conjunción del cine supuestamente artístico y la televisión, que le está dando casi todas las horas a Pablo Iglesias, convirtiéndolo en el Juan y Medio a nivel nacional. La televisión basura y la política basura juntas de la mano: unidas pueden.

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En El Español.

5.6.16

Anguita de nuevo


Ilustración: Tomás Serrano

A Julio Anguita le ha dado vidilla que la llamada “nueva izquierda” lo haya vuelto a poner de actualidad, en un fulgurante ejercicio de memoria histórica en directo. Como Aznar no ha terminado de desaparecer y Mario Conde sigue eternamente camino de la cárcel, se puede afirmar que los noventa están otra vez aquí. (El gran relato de la década fue American Psycho, y lo tenemos también: encarnado en Donald Trump).

Lo paradójico en el lifting o photoshop de las ideologías es que no es el viejo el que rejuvenece, sino los jóvenes los que envejecen. Por pura magia simpática, y nunca mejor dicho respecto a esta izquierda que se pone ahora guay para venderse. Nuestros comunistas han cambiado las hoces y los martillos por los corazoncitos –unos corazoncitos con dulces pigmentos republicanos–, que a mí me traen a la cabeza el infartado de su exlíder. Anguita se recuperó, para alegría de todos, pero la lección soterrada es que el corazón es un órgano frágil. No conviene darle demasiados meneos electorales (y si son revolucionarios, aún menos).

En aras de la lucha de clases, un hombre serio y sobrio como Anguita se expone estos días a babas, mocos y lágrimas: los flujos demasiado humanos de la política sentimental. El espectaculito de Pablo Iglesias lloriqueando en su presencia no se había visto en televisión desde la muerte de Chanquete; y eso que este Chanquete en cuestión está vivo. Eso sí, de su fe ¡no los moverán! Pues el que se mueve corre el riesgo de aprender de los errores de la historia, y eso en el comunismo se lleva chungo.

Si con el lacio Garzoncito teníamos al curita, con el carismático Anguita volvió el obispo. Un obispo indudablemente califal; aunque más que casulla o chilaba, lo que lleva es un chándal in pectore, según la moda de sus admirados Castro y Chávez. Con él volvió además –todo hay que decirlo– la sintaxis. En nuestra desmadejada política, donde el anacoluto abunda tanto como la corrupción, son reconfortantes –como flores raras– sus construcciones verbales.

Aunque es en su discurso bien construido donde anida el problema. Su relato acabado, perfecto, sin flecos, incuestionablemente seductor, ofrece un sentido simple que, como todos los sentidos simples, resulta insuficiente para este mundo complejo. Como buen utopista, proyecta un futuro con instrucciones para llegar a él; pero quienes se pongan a ello se encontrarán con que –al contrario de lo que pasa con los muebles de Ikea– faltan tornillos, e incluso tablones. Y corren el riesgo de que lo que resulte no sea una estantería, sino una jaula... Esto no es algo que pueda pasar, sino que ya ha pasado muchas veces. Los profetas de la “nueva política” no lo son del futuro, sino del pasado.

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En El Español.

1.6.16

Flechas

Se podría pensar que el amor por Río está a punto de ser desgraciado, si la desgracia no hubiera estado presente desde el principio. Es el amor por un sitio caliente, ardiente, cuyo fuego a veces, además de quemar, hiela. Ciudad maravillosa, Lisboa tropical, donde también es posible la felicidad absoluta. En su manifestacion más intensa y simple: la de estar, de estar allí.

Esos fumigadores de la fotografía no le están diciendo al sambódromo nada que el sambódromo ignore: se lo han cantado ya miles de sambas, que conocen la tristeza que hay en la felicidad y la felicidad que hay en la tristeza. El milagro de la alegría brasileña es ese: no es una alegría que reprima la tristeza, que la silencie, que la sepulte; lo que hace es integrarla. Por eso el lazo de su música es ideal para rescatar melancólicos.

Aunque no siempre funciona. He leído en Varados en Río, de Javier Montes, entre otras historias, la de los años sin alegría que pasó en Río nuestra Rosa Chacel. Vivía en un duodécimo piso de Copacabana, ajena en sus exilios, mientras en apartamentos vecinos (como el famoso de Nara Leão) y en los bares de los bajos estaba naciendo la bossa nova.

El nombre completo de la ciudad es São Sebastião do Río de Janeiro, y de las flechas del santo se han servido los músicos para simbolizar sus heridas. El gran Chico Buarque habla en "Estação derradeira" de San Sebastián crivado, acribillado. Y Moacyr Luz hace en "Saudades da Guanabara" este llamamiento conmovedor: “Brasil, tira as flechas do peito do meu Padroeiro / que São Sebastião do Rio de Janeiro / ainda pode se salvar”. Brasil, quita las flechas del pecho de mi patrono, que San Sebastián de Río de Janeiro aún se puede salvar.

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En The Objective/El Subjetivo.