10.7.18

El sotánico Setién

La muerte de José María Setién, el obispo de ETA, me ha pillado leyendo el Eclesiastés, el libro de la Biblia que dice: "Vanidad de vanidades y todo es vanidad". Ahora también él descansa, sobre todo de sí mismo y de su miseria. Su gran suerte es que no existe su Dios y no deberá rendirle cuentas. La Nada le absuelve, como nos absolverá a todos. En la Tierra deja, eso sí, una memoria pestífera.

Su existencia nos vino bien, por lo demás, a los jóvenes nietzscheanos de la Transición: para reafirmarnos en nuestro nietzscheanismo. Por él vimos cómo la Iglesia podía entremezclarse con el Mal, y ser dulce con los asesinos y amarga con las víctimas; cómo operaba el resentimiento, provocando pequeñez, abortando toda posibilidad de grandeza. Setién fue muy pequeño. Un personaje turbio (¡sotánico!) como los de las novelas y las películas. Plenamente franquista en todo menos en la bandera.

Se va quedando ya atrás en la memoria, pero, como dije sobre Otegi, era insufrible el suplemento de abyección que muchos ofrecían tras cada asesinato. Y lo sufríamos en nuestra casa, sin el desahogo de internet o las columnas, dándonos cabezazos en las paredes, escupiéndole al televisor o despotricando luego con los amigos en los largos paseos junto al mar. Solo unos días después llegaba el alivio de algún articulista que ponía las cosas en su sitio; y ese articulista solía ser Savater.

El anticlericalismo se me ha ido apaciguando con el tiempo, entre otras cosas porque el anticlericalismo programático es también clerical a su manera. Su aplicación automática incurre necesariamente en injusticias. Pero sujetos como Setién lo explicaban. Un clérigo frío, viscoso, despiadado, causante de un dolor objetivo. Pecador de su propia religión, aunque en el pecado llevaría la penitencia.

Descanse en paz. Es decir, ahora que ya no es.

* * *
En The Objective.

9.7.18

El bueno y el feo-malo

Ya no se puede juzgar a las mujeres por su físico, pero por fortuna a los hombres todavía sí. Digo “por fortuna” porque me viene al pelo para hoy, en que en Moncloa se espera un duelo ante todo estético: el guapo Pedro Sánchez vs. el feo Quim Torra. Cualidades que en este caso se acomodan al ideal platónico: la belleza se corresponde con el bien y la fealdad con el mal. Sé que es maniqueo, pero esta es una de esas veces en que la realidad se pone maniquea a tope. Con el 23-F pasó lo mismo.

En El bueno, el feo y el malo se decía solo bueno donde se quería decir también guapo, algo que se mantiene en Sánchez. La fealdad y la maldad se repartían entre dos sujetos, quizá porque los guionistas quisieron hacérselas más llevaderas; en nuestra película, en cambio –tal vez por problemas de producción, o porque la vida es más implacable que el cine–, ambas quedan sintetizadas en uno solo: Torra. Como ya ocurrió en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo en Tarragona, en el encuentro de Moncloa veremos que el supremacista es aquel que intenta llegar con su ceporrismo allí donde no alcanza con su aspecto.

Solo cabe esperar que en el diálogo entre el feo-malo Torra y el guapo Sánchez, este no sea el bueno solo por defecto sino que se comporte verdaderamente bien. Su difícil equilibrio moral (su “funambulismo”, lo ha llamado alguno) quedó evidenciado el viernes cuando la ministra portavoz Isabel Celáa dijo, a propósito del contraste entre la limadura de asperezas del Gobierno con los independentistas y su impugnación ante el Tribunal Constitucional de la moción aprobada en el Parlament el jueves: “Esta impugnación la hacemos en defensa de la Constitución y del Estatut; la legalidad va por un camino y la política por otro”. La última frase es un pelín inquietante, puesto que en un Estado de derecho la política no puede saltarse la legalidad; pero en tanto que el recurso a esta se traduzca también en hechos, habrá esperanza.

La gran novedad aportada por el sanchismo ha sido, no en vano, cosmética: todo es más bonito y moderno que con el PP. Esto es frívolo, y quizá injusto, pero así es como se ve. Si la pasividad de Rajoy dejó en evidencia a los independentistas porque estos se expresaron con plenitud, el buen rollo de Sánchez los dejará aún más en evidencia porque quedarán definitivamente como antipáticos. Siempre que Sánchez sepa cortarles el rollo cuando llegue el momento y no haga concesiones inaceptables. ¡A ver qué pasa hoy!

* * *
En El Español.

2.7.18

¿Exneosanchistas ya?

Por su actitud desapasionada, voluble y dependiente de los hechos, el neosanchismo era uno de esos artefactos con la obsolescencia programada. Yo sabía que su contacto con la realidad sería difícil. Lo que no imaginaba es que todo fuese a ir tan rápido. Una amiga me dijo, por mis críticas a algunas de las primeras medidas del presidente Sánchez: “¿Exneosanchista ya?”. Y sí, los neosanchistas somos ya exneosanchistas. Y algunos estamos al borde del antisanchismo. El timo de la estampita era a nosotros, finalmente. El centro-izquierda en este país: ¡siempre perdiendo!

No había cabos sueltos en la teoría neosanchista. Puesto que Pedro Sánchez era un político vacío, cabía la posibilidad de que fuese rellenado con algo bueno. Le interesaba el poder y su moción de censura fue para conseguirlo, y para conseguir un escaparate electoral. Como el primero en las encuestas era Ciudadanos, decantarse por el centro-izquierda parecía el camino electoralmente ventajoso. Una vez conseguido el poder gracias a los peores votos del Congreso, se trataba de orientarse hacia los mejores. Y si en esta orientación no podía gobernar por la obstrucción de aquellos apoyos iniciales, este fracaso también resultaría beneficioso para las elecciones: los españoles podríamos votar al PSOE para que hiciese la buena política que los malos no le permitían hacer. Pero me temo que sí nos dejamos un cabo suelto: Sánchez. Sin él, la teoría neosanchista tal vez hubiese funcionado.

No creo que el electorado transija con una política no regeneradora, ni con una actitud que no defienda con firmeza el Estado de derecho. Yo pensaba (¡de ahí mi neosanchismo!) que Sánchez estaba al tanto. Pero su comportamiento empieza a ser preocupante en ambos sentidos. Su vergonzoso pacto con Podemos para la presidencia de RTVE, para la que se busca un comisario político (como el que tenía el PP), indica que no se ha enterado de nada.

Más desolador aún es su enjuague con los nacionalistas. Ya veremos si de las palabras pasa a los hechos (al fin y al cabo, cuando el 155 estuvo donde había que estar), pero sus palabras son de momento desoladoras. Y directamente infames cuando culpan al gobierno de Rajoy de la confrontación en Cataluña, y sin afeamiento alguno a los únicos culpables, que son los golpistas. Sánchez dice que él no va a buscar la confrontación. Por desgracia, no asume que se encuentra en la situación de Picasso: él no la ha buscado, no; pero se la ha encontrado. Y soslayar esto no solo es irresponsable, sino también patético.

De nuevo ese adanismo de pseudoizquierda que, en el mejor de los casos, nos hará perder tiempo. Lo bueno es que serán solo dos años. Lo malo, si Sánchez no rectifica, es que se pueden hacer larguísimos.

* * *
En El Español.

27.6.18

Otegi en Twitter

Que Twitter es y será una porquería ya lo sabemos. Discépolo lo clavó, avant la lettre: “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”. Sí, Twitter es un cambalache en el que están, estamos, todos; entre ellos, con mucha voz, los impresentables. Trato de evitarlos, pero me llegan rebotados. No haberlos bloqueado antes es siempre el error.

El que más me irrita (¡me inrita, crucificándome!) es Arnaldo Otegi, miserable donde los haya. Jesús Nieto ya manifestó aquí su molestia, que hago mía. El tipo se siente uno más, con una autoestima del calado de su miseria, y resulta insufrible cuando te caen sus comentarios sobre la actualidad. Siempre de una necedad incomparable; pero aunque fuesen inteligentes: ¿qué nos importa lo que diga un sujeto que suscribió las bombas, los secuestros y los tiros en la nuca?

Me acuerdo de cuando salía en la tele tras cada atentado de ETA, con su cara de piedra pómez; más insensible y siniestro aún que el obispo Setién. Excusando los crímenes, amenazando con ellos, con una retórica babosa y repulsiva. Y ahora ese hombre está entre nosotros. Empuercándonos con su mera presencia. Y muchos dejándose. Muchos, incluso, agasajándole. Esto es lo preocupante, lo deprimente, en realidad: cómo en ciertos sectores han decidido incorporarlo.

El último mojón suyo que me ha caído es el que soltó cuando dejaron en libertad provisional a los de La Manada: “Nuestro pueblo no se merece vivir en un Estado que ampare agresiones contra las mujeres”. Ya se le recordó el mimo con que su ETA trató a las mujeres. Aunque no habría ni que habérselo recordado.

El único asunto aquí es el de la psicopatía ideológica. Espontáneamente tiendo a descartar el cinismo, incluso en Otegi. No me parece que Otegi sea cínico, sino algo peor: un tipo auténtico en su vileza. Un psicópata ideológico para el que lo que existe es una ideología abstracta, desligada del mundo y de los hombres (¡y las mujeres!). Una ideología que utilizará el crimen cuando lo considere necesario. Y esto no es algo que vaya a pasar, sino que ya pasó. Otegi estuvo ahí. Y ahora está, abyectamente, entre nosotros.

* * *
En The Objective.

25.6.18

El bisturí de Gascón

El mejor libro sobre el procés es El golpe posmoderno de Daniel Gascón (Debate). No los he leído todos, ni falta que hace: hay libros cuya excelencia invita a este tipo de afirmaciones; se proyecta sobre los no leídos, que ya solo pueden aspirar a ser igual de buenos. Aunque El golpe posmoderno se publicó hace dos meses, cobra aún más vigencia en estos días en que el nuevo Gobierno (¡qué poco nos ha durado la alegría a los neosanchistas!) parece querer dar el procés por no sucedido. Pero el procés sucedió, y en este libro quedará para la historia. Y para la vergüenza de sus ejecutores.

Gascón, autor también de varios libros de cuentos y una novela, ha sido uno de los analistas más agudos de estos meses, desde la revista cuya edición española dirige, Letras Libres. Se ha consagrado el estilo articulístico que venía practicando en los últimos años: una suerte de editorialismo con swing; o auctoritas con encanto. Sus reflexiones, sobrias, equilibradas, apoyadas en datos al modo anglosajón, combinan la elegancia con la determinación por decir la verdad, sin componendas. Hace lo que su maestro Christopher Hitchens recomendaba, según citamos el pasado lunes: trazar una línea cuando es necesario. Su equilibrio no es equidistancia.

Los que tenemos la suerte de conocerlo apreciamos en Gascón una cualidad poco común: su capacidad para escuchar. Y no solo escucha (¡debe de ser el único español que escucha!), sino que únicamente escucha. Recuerdo una noche de copas en Madrid en que estábamos con él cuatro o cinco columnistas. Todos epatando con nuestras brillanteces, pugnando por acaparar la palabra. Cuando él iba a decir algo, se le quitaba la palabra también; pero, a diferencia de nosotros, no forcejeaba, sino que se quedaba escuchando. Como si estuviese aprendiendo. Así una y otra vez. Luego se va a su casa y con lo escuchado y lo pensado escribe unos artículos en que se ve que es el que más sabe.

El bisturí de Gascón está en su plenitud en El golpe posmoderno, que es una disección escueta pero exhaustiva. Su precisión, más que la de una intervención quirúrgica, es la del crimen perfecto. En sus páginas trata de reflexionar a partir del estupor que enuncia al principio: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Lo sucedido en los últimos meses de 2017 fue “un curso de política en tiempo real, un experimento en el que se debatía quién tiene la autoridad legítima y en el cual se enfrentaban dos concepciones de la democracia: una liberal pluralista, la otra iliberal y plebiscitaria. Una apelaba a la división de poderes; la otra, a la voluntad general de 'un solo pueblo’”. La singularidad está en ese carácter posmoderno del golpe, en sus componentes narcisistas, emotivos y de diseño, en la unanimidad de las falsedades, en la ausencia de “violencia física explícita”.

El subtítulo del libro, 15 lecciones para el futuro de la democracia, avanza la amplitud de su punto de vista: a partir de los acontecimientos de Cataluña –cuyo relato al hilo del análisis compone una crónica vibrante–, Gascón saca conclusiones o plantea preguntas de alcance global. Al fin y al cabo, la intentona golpista del independentismo catalán se inserta en este momento histérico de la historia.

* * *
En El Español.

21.6.18

Y ahora, lo importante

Esta es mi recomendación entre las "Lecturas para el verano" que ha recopilado Ana Laya en The Objective:

Beatriz Navas Valdés
Y ahora, lo importante
Caballo de Troya (2018)


Un libro impresionante y delicioso, ligero, sencillo, sin pretensiones, pero que contiene una época y está ligado a la vida. Son los diarios de una chica madrileña de catorce años en 1992 (y en la parte final de quince en 1993; más un epílogo escrito en 2017): una chica deslumbrantemente lista que vive con intensidad (la intensidad que da la adolescencia) y sabe contarlo, con reflexiones al paso. Tuvo el acierto de ir copiando cada día las noticias de prensa más importantes, lo que ofrece un contexto público de su vida privada. El resultado es encantador, emocionante y admirable. Sociológicamente tiene además interés porque, como ha dicho la autora en una entrevista, “fuimos la última generación de adolescentes para la que el mundo estaba en la calle”.

20.6.18

Duelo de empoderadas

Lo dejamos ayer en que Feijóo había tomado al fin la decisión de decidirse y su decisión ha sido la más cobardona; o sea, tal como está el patio pepero, la mejor. Se quedará en el terruño, dedicado a sus labores regionales. Los nuevos hombres somos así: somos nosotros los aquejados por el síndrome de la vicepresidenta, mientras las mujeres de nuestro alrededor salen a dar la batalla. En el caso de las mujeres del PP, a muerte, encarnizadamente, sin piedad. Puede que la sangre salpique hasta las rías.

En Twitter, donde gustan las peleas más que en el pueblo irlandés de ‘El hombre tranquilo’, todo es expectación y saliveo ante el próximo congreso del PP. Aunque la pelea no va a ser naif como en la película de Ford, sino que va a parecer una de Tarantino. ‘Kill Bill’, concretamente. Nos vamos a enterar de lo que son dos mujeres empoderadas luchando por el poder.

Los que están en el tomate saben que la enemistad feroz entre Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal (¡qué dos nombres de novela decimonónica!) ha articulado la política del PP, y por extensión la política nacional, en los últimos años. Pero ha sido una enemistad soterrada, que quizá –descontando algunas imágenes en que se las veía un poco tensas– no hubiésemos percibido sin la indicación de analistas y tertulianos. Ahora esa enemistad sale a la palestra y nos vamos a enterar. Después de haber presentado sus candidaturas, ambas le han quitado hierro al duelo. O sea, que van a matarse.

No sé si esta hegeliana lucha a muerte terminará beneficiando a alguno de los hombres (como el joven Casado) que pasaban por allí... pero en el planteamiento las fuertes son ellas y ellos unos alfeñiques. El problema es que, como escribe Berta González de Vega (¡otro nombre a la par!), eso no contará para el feminismo sectario, que no toma a las mujeres en conjunto sino que distingue entre buenas y malas. (Lo de siempre, vamos: solo que ahora el juicio moral no lo da la Iglesia sino la ideología, la verdadera religión actual).

Nuestro torturado imaginario –en parte real, en parte ficticio– dice que las mujeres, cuando se ponen, son más crueles que los hombres. Parte del morbo ante el duelo entre Sáenz de Santamaría y Cospedal viene de ahí. No podemos evitar que ese imaginario nos afecte, y aun nos arrastre a no perdernos ni un tic del duelo. Pero en la página fría hay que resaltar lo importante: dos mujeres van a competir por la presidencia de uno de los dos grandes partidos de España, y puede que una de ellas por la presidencia del gobierno en el futuro.

* * *
En The Objective.

19.6.18

Pablo Casado sale de la cuna

Parece que Pablo Casado, al verse tan joven y guaperas como Sánchez, se ha dicho: “¿Por qué no me hago un Sánchez?”. Y ha procedido. Falta comprobar si la suerte también premia a los audaces en el PP. Por lo pronto, está claro que ha llegado la hora del cambio generacional en todo el espectro político. Los insultantemente jóvenes se han propuesto destapar el tapón.

La presentación de su candidatura ha tenido algo de anti-Rajoy y anti-Feijóo: ha dicho un sí inequívoco (“yo sí quiero presidir el PP”) que deja en evidencia a los dos titubeantes gallegos, quienes encarnan el tópico como si hiciesen de ello una cuestión personal. Pero este súbito brote de personalidad en Casado no ha dejado de resultar sorprendente, porque hasta ahora era un chico de partido, cuya cara joven ponían justo para preservar la de los viejos, a modo de cortafuegos de la corrupción.

La juventud de Casado es insultante también en eso: no es corrupto, siquiera sea porque no le ha dado tiempo. Solo tiene lo de los estudios, que no es lo ideal pero al menos encaja en la órbita juvenil. Quizá el que se apresurara a decirlo cuando pillaron a Cifuentes le salve, porque ya estamos casi en la mentalidad norteamericana de primar la confesión sobre las acciones. Aunque quién sabe si habrá por ahí algún vídeo del chico Casado robando golosinas...

Pensando en él ya como posible líder, la verdad es que está en la gama de Sánchez y Rivera. Guapos con percha. Al lado de ellos, Iglesias sí que podrá representar algo distinto, más en la línea del españolito tradicional. Aunque Casado tiene un toque singular: su aspecto es el de los chicos de derechas que se ven por Madrid. Si bien, como buen madrileño, no nació en Madrid sino en otro sitio (Palencia). Y hasta tuvo la cortesía de hacerlo antes del golpe del 23-F (exactamente veintidós días antes), brindándoles así la oportunidad a sus rivales de la izquierda antifranquista de insinuar que estuvo implicado en la conspiración.

En la puerta de Génova, tras su sí asertivo, ha dicho que estos últimos años ha estado dando explicaciones por corruptos del PP (“traidores”, los ha llamado) a los que no ha conocido. Y eso ha sido, como suele decirse, ciertamente un “marrón”. Me he acordado del soneto de Quevedo “La vida empieza en lágrimas y caca…”. Casado ha debido de considerar que ya iba siendo tiempo de salir de esa complicada cuna.

Queda por saber si su decisión lo empujará a él mismo o si servirá solo para empujar a Feijóo, de quien mientras escribo estas líneas dicen que al fin ha tomado la decisión de decidirse.

* * *
En The Objective.

18.6.18

Toda la razón

Uno de los aspectos del procés, que no se ha resaltado, es que los independentistas nos han puesto a los que nos oponemos a ellos en una situación muy violenta: la de tener toda la razón. No es mérito nuestro, sino de ellos: por ellos, por su entrega a la mentira y a la irracionalidad, tenemos toda la razón.

Es algo que no ocurre casi nunca en nuestro mundo ambiguo, ni en el casi siempre relativizable tráfico intelectual. Estamos educados en el pensamiento crítico, nos mantenemos alerta sobre nuestros sesgos, guardamos en el trasfondo una reserva de que lo que decimos pueda estar equivocado. Y esto nos ocurre incluso a quienes disfrutamos con la retórica de la contundencia: de la que reconocemos ante todo que es una retórica.

Es impresionante, pero esto de tener toda la razón quema como la locura. No estamos acostumbrados y es difícil de manejar. Abruma. Por eso es una situación violenta; y embarazosa. No es extraño que muchos quieran escapar de aquí.

Pienso, por ejemplo, en los que firmaron el último manifiesto equidistante. Entre ellos estaba la nueva responsable de Opinión de El País, Máriam Martínez-Bascuñán. Hace unos meses nos contó a unos cuantos en Málaga, cuando vino al Aula de Pensamiento Político que dirige Manuel Arias Maldonado, que la brevedad de sus columnas la obligaba a una concentración verbal que resultaba más asertiva de lo que le gustaría. Ese rechazo de la asertividad es un rasgo saludable... salvo que, para poder ejercerse, postule una equivalencia entre dos bandos que no son equivalentes.

En el caso del procés, los equidistantes que no son independentistas tratan de restaurar un paisaje racional que es ilusorio: postulándoles una razón a aquellos que no la tienen, porque la han perdido. Daniel Gascón recuerda en El golpe posmoderno que para Christopher Hitchens “la tarea del intelectual es mostrar la complejidad de las cosas, atender a la gama de grises”, pero que hay casos en que debe consistir “en trazar una línea entre los grises, en hacer distinciones esenciales y sencillas”.

A los que estamos contra los independentistas nos ha caído toda la razón, y nuestra responsabilidad es asumirlo. La experiencia, además de embarazosa y violenta, es sumamente desagradable. Hemos sido devueltos a una situación antigua. Nos hace parecer energúmenos, tan cargados de certeza. Pero al final es el mejor favor que les podemos hacer también a ellos. Los delirantes no necesitan consentimiento de su delirio, sino una frontera de racionalidad.

* * *
En El Español.

16.6.18

Inspiración para leer

Leo mucho ahora. Llevo dos años leyendo mucho. Pero ni aun así soy un buen lector. Con los libros que no me gustan, sencillamente no puedo; y con los que me gustan, debo esperar el momento adecuado. Soy un lector perezoso, esquivo, fácilmente derrotable. Siempre he necesitado inspiración para leer.

El caso más llamativo es el de esos autores que sabía que me iban a gustar pero para los que no encontraba el momento. Hubo años de demora hasta que me entregué a su lectura. Me ha pasado con algunos de mis favoritos: Bernhard, Jünger, Proust, Montaigne.

Con Bernhard me pasé años leyendo solo el principio de Tala y de Hormigón. Me divertían enormemente, pero algo me impedía avanzar. Leía una o dos páginas y los dejaba. Meses después volvía a abrirlos, leía esas mismas páginas y me volvía a interrumpir. A la vez, algo me decía que Bernhard era mi autor e iba acumulando sus libros. Era quizá la fabricación, medio involuntaria, de un destino. Aquí conté cómo se desató. Me tuve que ir unos meses a Ibiza por trabajo y le presté a un amigo mi apartamento de Madrid. Entre las lecturas me llevé Hormigón, solo porque transcurría en parte en Baleares (en Palma). Y al fin llegó el momento: lo leí entero y quise más. Telefoneé a mi amigo para que me mandase todos los libros de Bernhard que tenía en el apartamento, un montón. Y ya no paré hasta que leí a Bernhard completo.

La fiebre por Jünger fue anterior. Me compré Radiaciones en cuanto se publicó en España, por mi afición al género de los diarios. Pero cada vez que lo empezaba me empantanaba en la lectura. La primera sección, “Jardines y carreteras”, en que Jünger cuenta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en su pueblecito alemán y su avance por la campiña francesa en la retaguardia del ejército, me aburría. Lo empezaba una y otra vez, y una y otra vez lo abandonaba. Algo, sin embargo, me hacía insistir. Esto es lo significativo. En uno de mis intentos, tomé la resolución de empezar por la sección segunda, “Primer diario de París”. Y ahí se produjo el clic. La primera anotación (18-II-1941) empieza así: “Antes de las primeras luces del alba llegada al descargadero de la estación de Avesnes, donde fui despertado mientras dormía profundamente”. Luego cuenta un sueño, que termina con esta imagen prodigiosa: “Junto a uno de aquellos campos, que estaba cubierto de un espeso sembrado verde, veía a mi madre, que estaba aguardándome; era una mujer joven, maravillosa. Yo me sentaba a su lado y cuando me cansaba ella tiraba de aquel campo como si fuera una manta verde y nos cubría con él”. Jünger concluye: “El cuadro visto en este sueño me ha llenado de dicha y ha estado proporcionándome calor mucho tiempo, mientras de pie en la fría rampa de descarga dirigía las operaciones”.

A partir de ahí leí entusiasmado el libro hasta el final, y cuando lo acabé volví a la sección que me había saltado, que me entusiasmó también. Luego adquirí más libros de Jünger –el siguiente fue La emboscadura– y me pasé meses leyendo a Jünger. Pero hay algo interesante, de lo que me he dado cuenta hace poco. La lectura de Radiaciones la hice en agosto. Y aquel diciembre escribí esto: “Conforme pasan los meses crece en mí el influjo de los diarios de Jünger, que leí este verano. A veces recuerdo pasajes concretos, pero casi siempre es un tono general el que me asiste. En estos tiempos en que suelo tener poca memoria, me sorprende este sabor que se niega a retirarse del paladar. Se trata exactamente de una presencia. Desde que leí Radiaciones noto que un calor me acompaña. Es de esas lecturas que dejan poso”.

Lo interesante es que cuando hice esta anotación me había olvidado de que la idea es la misma de aquella primera de Jünger que me gustó, la del sueño que estuvo proporcionándole calor durante las frías operaciones en el descargadero. Solo he caído al repasarla recientemente. De manera que el propio Jünger introdujo subliminalmente en mí esa noción de calor, que contagió luego mi lectura. Es maravilloso, por cuanto que Jünger tiene fama de autor frío.

Y la idea vale para toda lectura lograda, que es siempre un calor. Acuden ahora los versos de Gil de Biedma sobre su infancia, que podrían ser también un emblema de la lectura (la infancia recuperada, al cabo): “De mi pequeño reino afortunado / me quedó esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito”. Todo libro es una estufa. Solo que, en mi caso, no prende a veces.

Cuando la obra es larga, se trata solo de que uno no se ve con la fuerza de persistir. La subjetividad que se sabe inestable se siente abrumada ante las semanas o meses que debería mantenerse en el tono que le exige un libro. La obra larga prototípica es En busca del tiempo perdido, que durante muchísimos años aplacé. Llegué a leer dos veces el primer tomo entero, y decenas de veces las sesenta primeras páginas, hasta la magdalena. Todas esas veces fueron, naturalmente, intentos de leer entera la obra de Proust que se atascaron ahí. Hasta que hace dos años lo conseguí. Y ese logro, esa dedicación de meses, ha desatado mi pulsión lectora actual.

La siguiente lectura larga fue Los ensayos de Montaigne. Pero en vez de zambullirme como en la Recherche, me hice un cronograma para leerla poco a poco durante todo un año, a unas cuantas páginas por día. Fue un año feliz, pero el procedimiento, que es cómodo, desmenuza la obra de tal modo que esta queda muy diluida. Así me encuentro con que de Los ensayos conservo la memoria de una cotidianidad ligera, casi volátil, mientras que la Recherche constituyó toda una experiencia: fue una vivencia más arraigada.

Con las lecturas largas se pretende en el fondo eso: una transformación. Y el miedo a meterse en ellas es el miedo a la transformación.

Aunque el libro que más me ha transformado curiosamente no lo he leído. Se trata del Libro del desasosiego de Pessoa, que lleva treinta años transformándome y que estoy leyendo ahora por primera vez. Esto es una confesión, que sorprenderá a los que me siguen, porque es un libro del que he hablado (y hasta escrito) mucho. Pero solo he leído de él páginas sueltas. La primera vez que me encontré con la prosa de Pessoa fue en el suplemento literario de El País, que ofrecía una muestra de la traducción de Ángel Crespo cuando el Libro se publicó en España. Me supuso una conmoción: yo no sabía que se podía escribir así. Me lo compré (la preciosa edición de Seix Barral con el cuadro de Almada Negreiros en portada) y me pasé años leyéndolo por aquí y por allá. Solo pasajes, pero con una intensidad abrumadora. Eran como una esencia que se expandía por mi vida entera, determinándola. Ahora, como digo, me he puesto al fin a leer el libro completo, en orden. Lo estoy disfrutando, pero me doy cuenta de que no era necesario: ya lo había leído, aunque hubiese leído solo unas pocas páginas.

Nada hay comparable a la pasión por un autor, que te tiene leyéndolo durante una temporada, de manera insistente y febril. Yo la he tenido entre otros, incluyendo a los mencionados, por Agatha Christie (que fue la primera), Savater, Nietzsche, Cernuda, Cavafis, Cioran, Baudelaire, Breton, Antonio Machado, Petrarca, Borges, Vargas Llosa, Octavio Paz, Luis Antonio de Villena, García Martín, Muñoz Molina, José María Álvarez, Javier Marías, Shakespeare, Cervantes, Gil de Biedma, Valente, Gimferrer, Azúa, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Bryce Echenique, Auster, Safranski, Trías, Trapiello, Eliot, Poe, Conrad, Piglia... Esta pequeña lista es también la de mis límites, porque hay autores (¡demasiados!) a los que no he leído o he leído poco, solo uno o dos libros, muchos de ellos clásicos imprescindibles: Kafka, Nabokov, Faulkner, Virginia Woolf, Jane Austen, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Musil, Broch, Galdós, Benet, Ferlosio, Eça de Queiroz, Guimarães Rosa, Henry James... Al ver sus nombres hay culpa, por supuesto: ¿qué hago leyendo a otros en vez de leerlos a ellos?

Pero es una culpa que se disuelve en la vida, porque uno termina leyendo lo que tiene que leer, en el momento en que la vida lo pide. Eludo también el peligro de la exhaustividad: no terminan de convencerme aquellos que lo han leído todo. El requisito de la inspiración es en parte una coartada de mi pereza lectora, de un cierto acomodamiento; pero también es la garantía de que mis lecturas responden al menos a una necesidad vital: son, o pretenden ser, lecturas vivas.

* * *
Publicado en el trimestal Jot Down nº 22, especial Bibliofilia.

14.6.18

Jot Down 23

Ha salido el trimestral nº 23 de Jot Down, especial Underground, donde colaboro con el artículo "La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena", que empieza así:
¿Underground Luis Antonio de Villena? Sí, y quizá sea nuestro último, nuestro único escritor underground, genuinamente underground. Aunque el suyo sería un underground particular: dandístico, decadente, esteticista, hedonista, paganizante, aristocratizante... Un underground excéntrico para el propio underground; un underground del underground, pero por encima.
La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.