20.4.16

Zanjas

Estaba mirando el cielo en la foto que invita a mirarlo estos días, por la lluvia de estrellas, cuando la tierra pegó un tironazo: terremoto en Ecuador. Otra vez una catástrofe nos devuelve a nuestro sitio: entre los escombros y los astros. Arriba luces y abajo heridos y muertos. Motivos para deleitarse y motivos para sufrir. Después de todo, nuestro propio planeta es un escombro. Pero las estrellas también: escombros en llamas. Después de todo, aquí abajo se muere porque hay vida.

Es conocida la anécdota del primer filósofo, Tales de Mileto, que por ir mirando el cielo se cayó en una zanja. Para nuestro Eugenio Trías el origen del filosofar no estaba tanto en el asombro, como decía Aristóteles, como en el vértigo: un ‘ataque’ del abismo al que se intenta responder con la razón. Durante un terremoto hay vértigo no solo por los abismos abiertos, sino también por los que se van a abrir. Hay vértigo por la posibilidad de que en cualquier punto se abra un abismo. Y hay ‘vértigo’ también hacia arriba: hacia el techo que se puede desplomar y aplastarnos; el techo, que es el cielo de la casa.

Hace unos meses, en Málaga, un terremoto me sacó de una pesadilla. La cama se mecía, como por una madrastra violenta. Me quedé quieto instintivamente. Sabiendo que no podía hacer nada. Hubo unos segundos de resignación estoica, atentísimos. Casi me vi con aplomo de sabio. Aunque si se mantuvo fue porque la cosa no fue a más. Se paró y no ocurrió nada. De haber ocurrido, ese arranque de filosofía habría sido devorado por el animal con miedo. Supongo.

Y arriba las estrellas mirando. Sin vernos.

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En The Objective/El Subjetivo.

18.4.16

Política del corazón

Nuestra situación política ha estado a punto de cobrarse sus dos primeras víctimas mortales. Ante mis narices. El otro día dos señoras de barrio iban enfrascadas en una conversación que, cuando pasé a su altura, oí que era sobre si el presidente iba a ser Rajoy o Sánchez. Unos pasos más adelante había un semáforo en rojo para los peatones y paré. Pero las señoras no lo vieron y siguieron caminando, que si Iglesias, que si Rivera... Hubo cláxones, frenazos y se salvaron de milagro. Ellas ni se enteraron: habían llegado a la acera de enfrente concentradas en su discusión.

Al contárselo a un amigo, le dije que a ese tipo de señoras yo nunca las había oído hablar de política; que cuando cazaba sus conversaciones siempre eran sobre asuntos personales, familiares, domésticos, o sobre noticias del corazón. “Es que lo del nuevo gobierno es ya como una noticia del corazón”, me replicó mi amigo. Y es verdad. Quién va a entrar en Moncloa intriga ahora lo mismo que quién va a salir de la casa de Gran Hermano. Quizá lo más rápido –pienso ahora– sería encerrarlos a todos en esa casa, que conspiraran entre ellos, pero a la vista de la audiencia, y que esta decidiera al final. Democracia televisiva.

Lo más nuevo de la llamada nueva política no es que tengamos nuevos políticos, sino que todos, incluidos los viejos, se encuentran en una situación nueva: descolocados como concursantes. Descolocación que se traslada al público. Creo que en la calle crece la inquietud no tanto por motivos partidistas como psicológicos: al personal le desasosiega la irresolución; y, quizá, la idea de que no se está haciendo lo suficiente para zanjarla.

En los concursos, como en las competiciones deportivas o en las series, se aceptan las zozobras a cambio de que conduzcan a un desenlace. (Hablo del público en general, que es como el electorado en general: algunos espectadores y votantes asimilar mejor la incertidumbre). Tras una campaña electoral, lo que tranquiliza es saber quién ha ganado; y si no se ha ganado con mayoría absoluta, quién va a gobernar: se esté a favor o en contra, al menos uno sabe a qué atenerse. Los perdedores se sentirán menos felices, pero también menos ansiosos.

El culebrón del 20 de diciembre se está alargando demasiado. No sabemos quién se va a casar con quién, ni si habrá boda. La intriga no parece apuntar ya a un final, sino a otro comienzo de la intriga; cuyo final tampoco está garantizado. Es de esas veces en que no pasa nada, solo tiempo. Y eso es lo que pasa.

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En El Español.

17.4.16

Soria, defunción en funciones


Ilustración: Tomás Serrano

En política tener relación con un paraíso, si es fiscal, conduce al infierno. Así le ha ocurrido al ministro José Manuel Soria, ya exministro (y extodo) tras su dimisión en funciones. En realidad esto último, lo de que haya sido en funciones, le da al conjunto un carácter más bien de limbo: el Gobierno entero parece una prolongación fantasmal; la ausencia de Soria se va a notar poco entre tanto semiausente. Por otra parte se trata de un limbo en el que, como se está viendo, no falta vidilla. Todo lo que pase, eso sí, solo puede ser para mal. Definitivamente: lo que está siendo es un purgatorio.

Cuando Soria dio el salto a la política nacional (o peninsular), en el que se ha acabado estrellando, lo que llamaba la atención es que era un calco de Aznar. Solo que un Aznar mejor desarrollado, más alto y aún más vigoréxico; lo que suponía una promoción tácita de los plátanos de Canarias.

Mi teoría es que a Aznar le gustaba verse en el espejo de Soria, y así ganar de paso unos centimetrillos. De otro modo no se entiende que, cuando Soria se quitó su bigote para no parecerse a Aznar, Aznar se quitara el suyo para parecerse a Soria. Fue un marcaje al hombre que ha tenido un último estertor en esos flecos de Aznar con Hacienda (con el empujoncito de Montoro), como si el expresidente no quisiera dejar por completo de reflejarse en el exministro.

Otro parecido que a mí me parece palmario, aunque creo que nadie ha reparado en ello, es el de su manera de hablar con la manera de hablar de Jesulín de Ubrique. Y no es cuestión tanto de acento como de entonación y sintaxis; y de –como dicen los músicos– fraseo. A lo largo de la semana, cuando le oía a Soria las declaraciones en que se ha ido enredando más y más, como si se echara a sí mismo el lazo, pensaba que en cualquier momento se le iba a escapar un im-prezionante. Y así podría calificarse, en efecto, su tor-peza.

Pero junto a los papeles de Panamá ha aflorado algo más comprometido, más incluso que las empresas tapadera de Jersey: las imágenes del carnaval de Las Palmas de cuando Soria era alcalde. Resulta sintomático el personaje elegido para su disfraz. El nombre de José Manuel y la primera sílaba de su apellido lo inclinaban impepinablemente a José Manuel Soto; sin embargo, decidió disfrazarse de Elvis Presley. Como buen político, quería lo mejor. Para él. Nada de medias tintas: ¡el Rey!

Podría aprovechar ahora para disfrazarse otra vez, si no para cantar el rock de la cárcel, sí el rock de su casa. O el de su defunción política.

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En El Español.

11.4.16

Rajoy, un hombre puro

La presentación de libro más divertida a la que he asistido es la que hizo Tomás Pollán de uno de Savater, A decir verdad me parece. Pollán, filósofo ágrafo como Sócrates, y de envidiable apellido, dijo que Savater era “un hombre puro”. Lo repitió una y otra vez durante su intervención, justificándolo con cualidades extrañas, que no se correspondían, en principio, con la “pureza”. A los asistentes nos sonó a delirio, genialoide pero cargante. Hasta que Pollán dijo en un quiebro: “Porque, claro, están los hombres puro y los hombres cigarrillo...”. Y todo se recompuso de manera maravillosa: las características que había estado enumerando se correspondían, en efecto, con las de los puros.

Mariano Rajoy es también un hombre puro. Que fume puros, como Savater, va aparte: lo esencial es su propia pureza. De lo que dijo en concreto Pollán no me acuerdo. Si se aplicaba a Savater raramente se podrá aplicar a Rajoy (¡supongo que Pollán resaltaría los elementos hedonistas!), pero sí veo lo que el presidente en funciones tiene de puro por su parte. Es de combustión lenta y pausada, que dura horas o legislaturas. Permanece rígido, replegado en capas que acorazan una intimidad inaccesible; con la sola señal de la brasa, amenazante porque quema y es una luz que no alumbra pero se sabe que está ahí. Su humo lo impregna todo, como el poder, configurando una atmósfera indisimulable, no grata para los no fumadores y que produce cierta asfixia.

Frente a él, por supuesto, solo hay hombres cigarrillo: Sánchez, Iglesias y Rivera (este último, en realidad, está a medio camino: es un hombre purito). Es espectacular cómo se han consumido durante las negociaciones los tres, en caladas nerviosas, hasta convertirse en colillas. Unas son más honrosas que otras, pero sobre todas cae la ceniza del interminable puro.

Al final Rajoy aprendió algo de Aznar, que no era tan puro pero también los fumaba. Es conocido que el expresidente se encendía uno enorme al comienzo de sus reuniones europeas, para avisar de que estaba dispuesto a pasarse horas negociando. Los otros dirigentes solían ceder antes, lo que era bueno para su paciencia y para sus pulmones.

Es lo que Rajoy hace siempre, como hombre puro que es. Esta condición le permite seguir incombustible mientras a su alrededor se agotan las cajetillas. Al cabo, hay muchas probabilidades de acertar si no se hace nada en un país en que hacer algo es casi sinónimo de equivocarse. Ahora el cigarrillo Sánchez, para aceptar la gran coalición que proponía el puro, pone su última condición: que se vaya el puro. Pero a Rajoy le queda aún mucho que fumar. El problema de Sánchez es que para él ir a las elecciones sería ir a por tabaco y no volver.

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En El Español.

10.4.16

La frivolidad de Almodóvar


Ilustración: Tomás Serrano

Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer (¡según el dicho de los machistas y los pescaderos!) y detrás de Pedro Almodóvar hay un gran hermano, Agustín Almodóvar, que sale en las películas de Almodóvar como Hitchcock salía en las de Hitchcock. Ahora ha salido también a decir que lo de Panamá era cosa suya, o de sus asesores, y que Pedro no sabía nada. Ha situado a su hermano, pues, en el papel de infanta. Con lo que casi se podría hacer ya otra película de Almodóvar... Me recuerda a lo que declaró Falete cuando su exnovio fingió un secuestro: “Me empiezan a pasar las tragedias que canto en mis canciones”.

El affaire de Panamá ha tenido, sin embargo, un efecto bonito. Almodóvar debió cambiarle el título a su película, Silencio, para que no coincidiera con el de la nueva de Scorsese. Le puso Julieta, y al final se ha visto obligado a hacer algo que no había hecho nunca: guardar silencio durante la promoción; como si el título inicial presionase. Almodóvar pretende evitar así que se hable de playas aproximadamente caribeñas en vez de cine. Por esta ausencia resaltan lo que fueron siempre los estrenos y ruedas de prensa de Almodóvar, esa particular mezcla de Hollywood y Cannes, con toques castizos, que nos dábamos en los tiempos felices.

Yo soy almodovariano y todas sus películas me han gustado (en grados distintos) menos tres, que me parecen malísimas; otras tres las considero obras maestras. Julieta aún no la he visto, pero la crítica de Boyero me da esperanzas: cabe la posibilidad de que me entusiasme. Aunque de Boyero no se puede uno fiar: de Almodóvar pone mal hasta las películas malas.

El problema de Almodóvar ha sido, y sigue siendo, su error de autopercepción. Él piensa que de joven fue un frívolo y que de maduro ha tomado conciencia y por eso se compromete políticamente. Ocurre lo contrario: es su compromiso actual, ramplón y de cantautor, el frívolo. Antes en cambio, en la gloriosa movida, fue un benefactor que nos trajo aire fresco, risas, colorido y ligereza. Justo lo que los españoles necesitábamos para sacudirnos el franquismo. El propio Almodóvar dijo que rodó sus primeras películas “como si Franco no hubiera existido”. Aún hoy sigue siendo la mayor putada que se le ha hecho. El dictador se murió en la cama, pero luego montamos una orgía en la colcha, pasando de su cadáver.

Ahora el muerto está otra vez encima de la mesa; por la fijación que se han fabricado, para tener algo, los neoantifranquistas del “se acabó la diversión”. El que Almodóvar se encuentre hoy entre ellos, como un Ismael Serrano más, hace pensar que sí que la cosa debía de estar atada y bien atada, puesto que ha terminado atando hasta al que más la desató...

De todas formas, como me recuerda (¡a tiempo!) mi amigo Julio Tovar, Almodóvar es un artista. Valga lo anterior para la vida, siempre defectuosa. Queda el arte, incluido el de las películas en que aparece Agustín Almodóvar. Ojalá me guste Julieta.

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En El Español.

6.4.16

Alcazarquivir

“No basta ser cruel. Eres el último”. Así se dirigía Borges al último lobo de Inglaterra, al que imaginaba “furtivo y gris en la penumbra última”. El rey había decidido acabar con los lobos. “Mil años pasarán y un hombre viejo / te soñará en América”. Yo he visto en Europa una noticia sobre Alcazarquivir cuatrocientos treinta y ocho años después de la batalla que lleva ese nombre. Allí han decidido acabar con los perros. Hay vídeos terribles que no he querido ver, pero he imaginado. Y he visto la foto de ese perro asomado a una cornisa de Alcazarquivir.

En aquel desastre africano de 1578 murieron el rey don Sebastián de Portugal y nuestro poeta Francisco de Aldana. Murieron o desaparecieron, porque no se encontraron los cadáveres. Los sebastianistas de Portugal esperan que el rey retorne un día. En España no hay aldanistas. Creo que el sebastianista Pessoa no supo del capitán Aldana. Le hubieran interesado estos versos de su epístola a Arias Montano: “Pienso torcer de la común carrera / que sigue el vulgo y caminar derecho / jornada de mi patria verdadera”. O sobre todo: “Y porque vano error más no me asombre, / en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre”.

Aldana había intentado convencer al rey de que se diesen la vuelta, porque sabía que iban a perder. Pero cuando se vieron frente al enemigo en Alcazarquivir fue partidario de luchar, “pareciéndole que hasta aquel punto hubo lugar de retirarse y que ya no le había”. En la batalla el rey le dijo: “Capitán, ¿por qué no tomáis montura?”. Y Aldana respondió: “Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie”. Escucho las voces ahora, las imagino, como si fuesen del coloquio de los perros.

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En The Objective/El Subjetivo.

4.4.16

El escándalo ha vuelto

Una amiga que conoce a Félix de Azúa me dijo que estaba como un niño con zapatos nuevos cuando entró en la Academia. Yo creo que sé por qué. No por los honores, como esos personajes fatuos de las novelas francesas, sino porque le hacía gracia. A alguien tan autoconsciente e irónico debe de regocijarle ver su biografía acomodada en uno de los trazos establecidos: de vanguardista (novísimo en su caso) a académico. Ninguna de las dos cosas son ya para tanto, pero ahí estaba también la gracia.

Y en que la diversión seguía después. Le ha faltado tiempo a Azúa para hacer el gamberro (para seguir haciendo el gamberro) ya desde su frac. Le corresponde el sillón H, pero no va a quedarse mudo. En cuanto lo han entrevistado, en Tiempo, se ha puesto a lanzar petardos. El titular ha sido “Ada Colau debería estar sirviendo en un puesto de pescado”, y los populistas han ido a socorrer aprovechonamente a las pescaderas, cuando Azúa solo ha hablado de la menesterosa alcaldesa de Barcelona.

Tiene gracia que lo acusen de clasismo. En la misma entrevista, que es puro chisporroteo bernhardiano, dice: “La gente siente fascinación por el lenguaje. [...] Son las élites las que son analfabetas y hacen lo posible por destruirlo”. En eso no se han fijado nuestros populistas, sin duda por sentirse pescados. Ellos componen una élite particular: la que se aúpa masajeando al pueblo. El verdadero clasismo es el que postula pescaderas bobas, capaces de ofenderse por una metáfora.

En el centenario de dadá, nuestros estirados culturetas celebran nominalmente a Tristan Tzara y los suyos al tiempo que arrugan el morro ante Azúa, lo más parecido a un dadaísta que tenemos. André Breton dijo que el escándalo había muerto, pero hoy resucita en Twitter. Lo único que necesitaba era público escandalizable, y reenfocar el punto de mira. Para que hoy salte la chispa no hay que epatar al burgués, sino al antiburgués. Son enternecedores nuestros pseudoizquierdistas, que andan todo el día enseñando las tetas en las iglesias y mandando instancias al Vaticano para que los excomulguen (¡no saben hacer nada sin el Vaticano!). Ellos son nuestras beatas viejas, que visualizo en individuos como Sáenz de Ugarte: y por favor que no se me ofendan las beatas viejas, a las que les mando un beso, sino solo los Sáenz de Ugarte.

Yo, señores, soy de clase baja (¡técnicamente un pescadero!), y los que me salvaron no fueron precisamente los populistas que solo piensan en ellos mismos (son pescadillas que se muerden la Colau), sino los príncipes como Azúa. Ellos me dieron justo lo que necesitaba: elevación.

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En El Español.

3.4.16

Bódalo, abertzale andalú


Ilustración: Tomás Serrano

Con Andrés Bódalo, el ya mítico (¡en solo tres días!) concejal jiennense de Podemos, me encuentro con un auténtico problema juanramoniano. Es conocida la exclamación de Juan Ramón Jiménez ante el poema perfecto: “¡No le toques ya más, que así es la rosa!”. Yo, al tener que escribir sobre Bódalo, estoy ante la tarea de hacer una caricatura verbal de quien es una caricatura perfecta. Tengo que tocarlo sabiendo que es un error tocarlo, porque corro el riesgo de caer en el matiz. Bódalo es un diamante en bruto al que el menor tallado empeorará inevitablemente, porque su valor está en lo de bruto.

Quizá en vez de a la cárcel tendrían que haberlo mandado a Atapuerca, a que lo estudiase Arsuaga. Aunque este está habituado a ocuparse de huesos, no de barrigones y mofletes. Desde la misma Andalucía alucino con esta emanación antropológica. No es la pobreza la causante, sino esa fábrica de tribus retrógradas que es la ideología. La ideología y no la pobreza –aunque sí la incultura– es la que lo ha hecho un aborigen zopenco. Una mula obnubilada con, en palabras de Nieto Jurado, “la dialéctica del puño y la uniceja”.

La estrellita de la boina es chica como sus luces. Parece un tercer ojo, u ojito, diseñado para que los otros dos no vean. O para que vean con la obcecación del Che, al que Savater llamó memorablemente el Rambo de la izquierda. Bódalo y sus camaradas del SAT, Cañamero y Gordillo, tienen su modelo de negocio en escenificar la Andalucía del atraso, regodeándose en ella y haciendo todo lo posible por atrasarla más. Aunque su atrezzo abertzale a la andaluza es, en su ridiculez, la puesta en evidencia más demoledora contra los nacionalismos aparentemente serios. Porque su sustento es el mismo; o sea, ninguno: una excusa hueca para hacer el mamarracho.

Ahora en prisión soñará, alentado por la Clinton de Cádiz, que con él se ha cometido una injusticia franquista, como con Miguel Hernández. Da igual que, a diferencia del poeta de Orihuela, Bódalo aproveche para seguir engordando, y no precisamente a base de cebolla. Y da igual que su condena sea por un delito en una democracia, y que vaya a salir vivo y borriqueando. Pese a su aspecto de Marianico el Corto, es lo que es: un pijo que vive en su mundillo de Snoopy revolucionata.

Hablando de Marianico, en este ambiente de poetas y rimas, Bódalo es una especie de Algarrobico humano que fue a estropear el paisaje de Jódar, uno de los vértices de ese triángulo de las bermudas nominal que un amigo mío gay celebraba con mucha gracia: el formado por Jódar, Guarromán y –sobre todo, decía él– Porcuna. En verdad, ahora que lo pienso, la rosa habría quedado mejorada si el lugar hubiese sido alguno de los otros dos.

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En El Español.

28.3.16

Paradojas penitenciales

Siempre que se termina la Semana Santa me acuerdo del jubilado que, paseando por el centro en un lunes como este, le decía a otro: “Ya hemos vuelto a la normalidad”. La ciudad volvía a ser suya, como de todos los que durante esta semana y un día (medida de condena) sentimos que nos la han secuestrado las procesiones. Algunos se van, otros nos quedamos: obligados a circular por las afueras.

El martes o el miércoles, al llegarme la ráfaga de un locutor ufano en una retransmisión, me dije: ¿y si los penitentes auténticos fuésemos nosotros, los que no vivimos la Semana Santa? En ciudades enfáticas como las andaluzas (hablo desde Málaga), más que la penitencia predomina la autosatisfacción. La retórica de los devotos es netamente ombliguista. La pena por los tormentos de Cristo y por su muerte en la cruz no es impostada: solo que va en un contexto de disfrute, de regodeo. Somos los demás los que nos vemos con el pie cambiado, en una incomodidad que ni siquiera lleva una filosofía (y menos una teología) adjunta.

Por otra parte, me parece bien que sea así. No pretendo que mis gustos (ni mis disgustos) tengan efecto legislativo. Hago cuestión de poder expresarme; pero mis críticas no han de traducirse en la aniquilación de lo que critico. Ni siquiera lo anhelo: prefiero mantenerme en esta franja en que se dan juntos aquello que me incomoda y mi incomodidad. Aunque observo que cada vez menos gente acepta situarse en esta tensión: hay una moda narcisista de querer convertirlo todo en espejo. Naturalmente, se trata de otra de las manifestaciones del nihilismo.

Algo se nos contagia, con todo, la simbología imperante. Y es un contagio que no viene solo de los alrededores, sino además del tiempo pasado: de nuestra infancia. Sube como un petróleo de la antigua fe, con un resultado al menos poético. En nuestra huida del centro, por las playas distantes, en el Torremolinos turístico o la lejana Galicia, por los promontorios del extrarradio o las calles ajenas de los suburbios, somos nosotros los que portamos al Cristo muerto, al Dios en el que no creemos; somos nosotros su ataúd y su sudario, en nuestra deriva procesional privada, sin público.

Se da la paradoja de que somos también nosotros, los no creyentes, los que más sentimos a partir del domingo la resurrección. Tras nuestra retirada volvemos al centro, como el jubilado aquel, con la sensación de que lo estamos estrenando: nuestra novedad es la vuelta “a la normalidad”. La coincidencia con el cambio de hora añade este año otra sensación: la de que es al propio día al que le ha resucitado un trozo. Volvemos a una ciudad con menos noche.

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En El Español.

27.3.16

El señor Cruyff


Ilustración: Tomás Serrano

De algún modo, Cruyff fue nuestra sueca. Me refiero a los niños que no habíamos cumplido los diez cuando el futbolista llegó a España. Demasiado pequeños para padecer los retortijones de Landa o Sacristán con las turistas en bikini, la primera persona rubia y extranjera que nos atrajo fue Johan Cruyff. Y por hacer algo que nosotros hacíamos: jugar, jugar al fútbol.

Caigo ahora en que fue también la primera vez que oímos hablar de muchos “millones de pesetas”, en aquel tiempo en que lo máximo que daban en el concurso estrella, el Un, dos, tres, era uno solo; que además se desvanecía al lado del gran premio: “el coche”. Con Cruyff empezamos a pensar en el dinero en metálico, y pagado –aunque no sin cierto capricho, lo que nos lo mantenía inalcanzable– por algo relacionado con la excelencia.

Recuerdo al dueño de la zapatería del barrio, que a la vez que empezaba a vender botas de futbolista como rosquillas se quejaba de la poca hombría de los jugadores en comparación con los toreros. Era comerciante y aún se daba en su cabeza un conflicto entre los viejos valores y el mercado. Cruyff, con sus millones y su figura de ídolo pop, seductor, irresistible, aceleró el proceso.

Yo sé lo que es jugar en un equipo en el que jugaba Cruyff. Al colegio llegó un niño de melenita rubia al que le pusimos ese mote, porque además era muy bueno, y había una convicción mágica de que estábamos seguros. No conozco en aquella época otro contagio de la tele en la realidad. Lo demás eran remedos, pero nuestro “Cruyff” funcionaba. Nos gustaba estar en el campo, con aquel sol moviéndose.

El Cruyff de verdad supo hacerse mayor, envejecer (lo poco que ha envejecido). Mantuvo la elegancia, y cada vez fueron más palpables su personalidad, su inteligencia, ya en el formato prosaico de un señor con traje. Quienes al final no hemos sido aficionados al fútbol ni tenemos conocimiento pudimos hacernos la idea –por las crónicas, por lo que atisbábamos– de que, como entrenador del Barcelona, era una especie de director de orquesta: dirigía y aparecía música en el césped. O un ballet que acababa en goles.

Gracias a El Mundo hemos podido leer un artículo de Josep Pla de 1974, formidable. A Cruyff lo llama “el señor Cruyff” y alaba en él su “decisión de no hacer cosas inútiles, geniales o descabelladas”; y la “mezcla de observación, de inteligencia, de habilidad, y de decisión” que tiene el ser humano “cuando hace una cosa en serio”. Me he acordado otra vez de lo que para Nietzsche es la madurez del adulto: “haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar”. Cuando lo sabíamos llegó, y ahora nos deja.

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En El Español.