21.9.17

Todo incluido

El hotel era una mezcla de hotel de Torremolinos y hotel de El resplandor. Así lo definían los miembros del equipo que llevaban semanas en él. Yo me incorporé a finales de marzo; ellos habían llegado en febrero. Estábamos rodando una serie de televisión ambientada en Ibiza. De los cinco guionistas, dos nos habíamos quedado en Madrid. Pero hubo una crisis –las cosas se torcieron con el coordinador de guiones– y acabamos en Ibiza también. Los veteranos hablaban del “efecto isla”. A mí me sonaba a algo mágico, supersticioso, o a postureo cursi. Pero en los tres meses que pasé allí comprobé que era cierto. Además de mental, resultó físico: solo que no se daba de inmediato, sino por acumulación.

Era un resort enorme, de esos de all inclusive, o “todo incluido”. Pero aún no habían llegado los turistas de las pulseras de colores. El hotel lo habían abierto solo para nosotros. Generalmente permanecía cerrado durante la temporada baja, que se prolongaba hasta mediados de mayo. Estábamos en la playa d’en Bossa, cerca de la discoteca Space. Por la isla entera había carteles con la imagen del legendario dj Carl Cox, emplazando a su sesión inaugural de mayo. Hasta entonces todo estaba muerto. No sé si las primaveras son siempre desapacibles en Ibiza, pero la de aquel año lo fue: llovió mucho, hizo viento, hubo pocos días plenos de sol. Era 2004. Acababan de ocurrir los atentados de Atocha y la escapada fue, en cualquier caso, un alivio. Suponía un corte anímico con la atmósfera pesada de Madrid.

Me sorprendió el concepto radical de temporada baja que hay en Ibiza. Se ajusta mejor a la otra expresión, más abrupta: fuera de temporada. Yo soy de la Costa del Sol y aquí la vida turística languidece, pero no se extingue. Bastantes hoteles siguen abiertos, y los comercios y los restaurantes. En Ibiza, en aquella larguísima zona de la playa d’en Bossa, se producía una auténtica hibernación. Los hoteles cerraban, apenas quedaban dos o tres sitios donde comer y casi ningún comercio abría. Había locales y locales cerrados y vacíos, sin estanterías siquiera. Hasta mayo no se veía movimiento: primero los pintaban y los acondicionaban y luego los abastecían; casi todos se convertían en supermercados. La vida solo se mantenía en las poblaciones: en la ciudad de Ibiza y en los pueblos, San Antonio, Santa Eulalia, Santa Gertrudis, San José...

Cuando quería salir y no había coche disponible ni tenía paciencia para esperar el autobús –que pasaba de hora en hora, irregularmente–, me iba andando a Ibiza. Una caminata de cuarenta y cinco minutos. La hacía en parte por la playa y en parte por el interior, por la zona de los locales cerrados. Caminar por la playa era hermosísimo pero dificultoso. En la orilla se acumulaban las algas muertas. La posidonia es una especie protegida: sus praderas son las que le dan el tono variable, manchado, al paisaje marino de las Pitiusas. Pero en la arena formaban montañas marrones que parecían el excremento del mar. Al atardecer se llenaban de mosquitos.

En Ibiza me gustaba sentarme en la terraza del hotel Montesol o en alguna de Vara del Rey, pasear por el puerto, recorrer las calles de las viejas casas de marineros, reconvertidas muchas en bares y tiendas hippies, y subir a Dalt Vila, el antiguo núcleo fortificado, para contemplar el panorama desde la muralla, desde algún baluarte. Hacia mar abierto, los islotes próximos y Formentera. Hacia el puerto, el continuo trasiego de los ferrys y los barcos de Baleària. Y las casas vistas desde arriba, con sus habitantes en las azoteas y en las callejuelas, componiendo cuadros pintorescos como sacados del siglo XIX. Los cañones de lo alto recordaban el pasado de invasiones y de ataques piratas de la isla.

La primera vez que subí a Dalt Vila vi en la puerta de un establecimiento un cartelón con recortes de periódico sobre una pareja de artistas hippies: Traspas y Torijano. Eran insultantemente jóvenes y prometedores... en los años setenta, según la fecha. El establecimiento era de ellos: ahora se dedicaban a la artesanía. Me dio vértigo la idea de que, si me asomaba, los vería treinta años después. Renuncié a hacerlo.

Abajo solía caminar por el puerto hasta el faro de Botafoc, el extremo más alejado de la ciudad. Encaramándome por una ladera, llegaba hasta unos acantilados. Al otro lado quedaba el pueblo de Talamanca. No sé si eran esos mismos acantilados, o los que quedaban enfrente, aquellos en cuyo borde se situaba Cioran dudando si arrojarse. Lo cuenta en su Cuaderno de Talamanca, que empieza con esta anotación del 31 de julio de 1966:
Esta noche, sobre las tres, completamente despierto. Imposible seguir más tiempo en la cama. He ido a pasear por la orilla del mar, acompañado de los más sombríos pensamientos. ¿Y si me arrojara desde lo alto del acantilado? He venido hasta aquí por el sol, y yo no puedo soportar el sol. Todo el mundo está moreno, pero yo seguiré blanco, pálido. Mientras me entregaba a toda suerte de reflexiones amargas, contemplaba los pinos, las rocas, las olas “visitadas” por la luna, y de repente me di cuenta de hasta qué punto estaba yo ligado a este hermoso y maldito universo.
Cuando salíamos por la noche los del equipo, el lugar de copas era el Teatro Pereyra, un teatro decimonónico reconvertido en café-bar, con música en directo. Alguna vez fuimos también a Pachá, a un tugurio cercano llamado El Infierno, a un after de Jesús o a la zona de copas de San Antonio, que eran prácticamente los únicos sitios de marcha fuera de temporada. Pero el lugar habitual era el Teatro Pereyra, donde recalaba todo el que iba a Ibiza en esas fechas. El bar lo ocupaba propiamente el antiguo ambigú. Cuando cogimos confianza con los camareros, nos enseñaron el teatro. Se accedía por una puerta situada tras la barra. La visión era impresionante. La sala se conservaba intacta, pero envejecida: los asientos polvorientos, el telón subido, el escenario y los pasillos llenos de cajas de bebidas (hacían de almacén), y por el techo palomas, que revoloteaban de un palco a otro. Parecía que en cualquier momento iba a surgir el fantasma de la ópera...

A veces, si conseguíamos un coche o un jeep de los alquilados por la productora, nos íbamos unos cuantos de excursión a alguna cala, a un chiringuito frente a la isla de Tagomago, a tomar un arroz en Es Cavallet, junto a las salinas, a probar el prodigioso alioli de Es Pins, en la carretera de San Juan, en el interior de la isla, a visitar el mercado hippy de Las Dalias, o a ver cómo los pijipis veían la puesta de sol desde el Café del Mar, en San Antonio. La primera vez no nos podíamos creer que fuesen a aplaudir, pero aplaudieron. Una tarde fuimos tres guionistas y un actor a ver la puesta ante la isla de Es Vedrá. Cuando el sol se ocultó, salimos de nuestro recogimiento, nos miramos y sonreímos. Nos echamos a aplaudir, primero de broma y después no tanto; o mezclando la broma y la no broma. Al final nos quedó como uno de los recuerdos más bonitos: la emoción se había colado en la ironía.

Uno de los primeros fines de semana vino una amiga a visitarme –la única visita que recibí en toda mi estancia– y fuimos a Formentera. Llegamos en el ferry y allí alquilamos un coche. Era un día lluvioso. Subimos al Pilar de la Mola y vimos el famoso faro. Formentera formaba parte del paisaje que se veía desde la playa de mi hotel. A veces me iba a caminar solo en aquella dirección. Llegaba hasta la torre de la Sal Rossa y me internaba por el bosquecillo de la montaña. Otra vez caminé por detrás de la montaña, hasta las salinas. Paseos largos y ascéticos, con frecuencia escuchando música brasileña por el walkman. Todavía existía ese cacharro. Otro rasgo de época: los ordenadores con internet por minutos que había en el hall del hotel y que había que pagar en recepción. Muchas noches inhóspitas las pasé en los chats o en el Messenger, que parecen hoy más viejos que la necrópolis fenicia de Ibiza.

Fue en aquellos meses cuando se desató mi pasión por Thomas Bernhard. Durante años había acumulado libros suyos, pero no los había leído. A Ibiza me llevé Hormigón, porque transcurre en Palma de Mallorca. Lo leí en la primera semana, un día lluvioso, y me entusiasmó. Quise leer más, imperiosamente, ya como un adicto. El apartamento de Madrid se lo había dejado a un amigo en mi ausencia. Lo llamé para que me enviase todos mis libros de Bernhard al hotel. Recibí el paquetón días después y el resto de mi estancia en Ibiza me dediqué a leer a Bernhard; en un estado, ahí sí, de felicidad.

Y había que escribir, por supuesto. Cuando teníamos trabajo, los guionistas nos pasábamos el día en el hotel, escribiendo en nuestras habitaciones, mientras el equipo salía a rodar. El hotel, como he dicho, era inmenso. La entrada estaba en el lado opuesto a la playa. Había un edificio con recepción, un gran hall con mesas bajas y sillones, el bar y el comedor. De ahí se pasaba a un enorme espacio abierto, con una piscina gigante, otra infantil y seis edificios –tres a cada lado– con las habitaciones. El equipo (el personal de producción, el de rodaje, el de maquillaje y vestuario, los actores, los guionistas...) ocupaba solo uno, el del extremo derecho, el más cercano a la playa: los otros cinco estaban vacíos. A veces yo salía y no había absolutamente nadie: un parque temático de la desolación.

Mi habitación estaba en la planta baja. Era una especie de bungaló, con la puerta y las ventanas de madera. Hacia la derecha había un caminito que conducía a una verja alta con un seto. Abriendo la verja, se estaba en la playa. Un día conté los pasos desde la puerta de mi habitación hasta la arena de la playa: veinte. El día que me instalé, me molestó un gorgoteo procedente del sistema de refrigeración. Sonaba todo el día y toda la noche. Pensé llamar para que lo reparasen. Pero lo fui dejando pasar, hasta que me acostumbré. En los momentos de soledad aguda sentí que me hacía compañía, como una mascota. Fue lo más constante que hubo en mi habitación, junto con la escritura de guiones y la lectura de Thomas Bernhard.

Nadie me advirtió el primer día de que el agua del grifo era impracticable: estaba salada. Había que tener agua mineral en el cuarto. Cuando me di cuenta era ya de noche. Tuve que salir, atravesar el inmenso espacio de las piscinas y comprar una botella en la máquina de recepción. El agua del grifo era una de las causantes del “efecto isla”. No era solo que no se pudiera beber, sino que en la ducha no te dejaba el cuerpo limpio del todo. El principal afectado era el pelo, que se iba volviendo áspero. El proceso acumulativo culminaba, al cabo de unas semanas, en un malestar corporal de fondo; no acusado, pero insidioso. En realidad, no me di cuenta hasta que regresé a Madrid y me di la primera ducha “normal”.

Otro causante del “efecto isla” era la comida cotidiana, supergrasienta, del bufé del hotel. Al cabo de unas semanas, estábamos empuercados. También bebíamos mucho. Y circulaba la coca. Casi parecíamos un equipo de Hollywood. Aunque el producto que iba saliendo, cuando pudimos ver el material, era deleznable. En las series de televisión se había propagado entonces, por culpa de Milikito –es decir, de su éxito con Médico de familia–, una suerte de pensamiento mágico. De magia simpática, concretamente. Se consideraba que para atraer a un público amplio había que incluir personajes de todas las franjas de edad. Así que debíamos cruzar tramas y subtramas protagonizadas y subprotagonizadas por los padres, los niños y los abuelos, sin poder desarrollar propiamente ninguna. Por otro lado, los (tampoco abundantes) gags buenos que había en los guiones eran mal dirigidos y peor interpretados. Por eso acabamos no yendo apenas al rodaje.

A principios de mayo, antes de que se abriera el hotel al público, llegó un grupo extrañísimo: lo componían unas cuarenta o cincuenta chicas jóvenes anglosajonas y alemanas, todas con obesidad mórbida. Le preguntamos a un camarero del que nos habíamos hecho amiguetes y nos dijo que eran las chicas que iban a trabajar como cuidadoras de los niños de los clientes durante la temporada. Llegaban antes para un cursillo. Y eran todas así porque así las escogían: introvertidas, con la autoestima baja... para que se centraran en el trabajo y no salieran a probar los placeres diurnos y nocturnos de la isla.

Y al fin abrió el hotel, que se fue llenando rápido. A principios de junio estaba completo. Desde media mañana empezaba el estruendo de los animadores, que no nos dejaba escribir. Al salir de la habitación, se percibía una capa formada con las emanaciones de los protectores solares. Las tumbonas y las piscinas estaban a tope. Desde temprano, los clientes con la pulserita del color convenido ya estaban emborrachándose. El camarero amiguete nos contó que llegaban las familias, soltaban a los niños con las cuidadoras y se dedicaban a estar embriagados toda su estancia. Nos contó la anécdota de una pareja que, después de llevar años alojándose en el hotel, descubrió que al otro lado del seto estaba la playa.

Una mañana iba yo con el ánimo melancólico (tenía una pena que no he contado aquí: en el “todo incluido” algo faltaba) y me puse a caminar por la playa. Estaba llena de bañistas también, pero por la inercia de todas las semanas desapacibles ni se me había ocurrido meterme en el agua. Fui andando por la arena con un cierto espíritu de alucinación, como el extranjero de Camus, aunque sin pistola. Hasta que tropecé tontamente y me quedé un buen rato tal como había caído, sentado de cara al mar. Entonces me di cuenta de que estaba tocado por el “efecto isla”. Los referentes de fuera se habían atenuado. Llevaba más de dos meses en una vida exenta, con sus propios ritmos y sus propias leyes, rodeada. La mente solo encontraba salida en saber que era provisional.

Otra mañana de calor espeso salí a dar una vuelta. Serían las diez o las once. De pronto empecé a ver chicos y chicas medio desnudos, unos quietos y otros deambulando como zombis, solos, en grupo o en pareja, con un erotismo pujante y vicioso aunque pasivo. Se oía música enfrente y allí había muchísimos más: Space había abierto al fin.

* * *
Publicado en Jot Down núm. 19, especial Islas.

20.9.17

El verano de Piglia

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de Radiaciones–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ejemplos de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por Los diarios de Emilio Renzi (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principios de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma –el oráculo– y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el deseo y el cuerpo, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte sus escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del boom, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de Los diarios de Emilio Renzi (o al menos el primero); el libro de cuentos Nombre falso, que incluye la novela corta de igual título ("Homenaje a Roberto Arlt" se subtitula); los libros de ensayos Formas breves y El último lector; y la novela Respiración artificial. (Recomiendo también, de entre sus numerosos vídeos, las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: La ciudad ausente, Plata quemada y Blanco nocturno. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

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En The Objective.

19.9.17

Litoral: especial Torremolinos

Se ha publicado un número especial de la legendaria revista Litoral: "Torremolinos. De pueblo a mito", de cuya edición se ha ocupado Alfredo Taján. Tengo el gusto (¡y el honor!) de colaborar con el artículo "Thomas Bernhard, el turista cero". Empieza (¡bernhardianamente!) así:
Veinticinco años después del turista un millón y después y antes de muchos millones de turistas llegó a Torremolinos Thomas Bernhard, el turista cero. No buscaba diversión sino retiro: calidez en el invierno, luz, inacción; el mar y la atmósfera del mar, “que dilatan las venas”. Era diciembre de 1988. El domingo 18, según el traductor Miguel Sáenz. Aunque el editor Sigfried Unseld escribe que vio un contrato firmado por Bernhard en Torremolinos con otro editor el martes 13. En cualquier caso Bernhard, que pensaba quedarse varios meses, tuvo que regresar a Austria por un agravamiento de su enfermedad el sábado 30. Murió en su piso de Gmunden el domingo 12 de febrero de 1989.

18.9.17

La maldición

Escribí hace poco que el gran tesoro biográfico de mi generación (la de los españoles nacidos en la década de 1960) iba a ser ya la gran relajación patriótica en que habíamos vivido. Hasta ahora, hasta hace unos años. Y salvo que fuésemos del País Vasco o Cataluña, donde la tensión patriótica del nacionalismo franquista fue sustituida por la tensión patriótica de sus nacionalismos respectivos. Pero fuera de ahí: ¡qué dulzura! ¡La dulzura de vivir sin una bandera atosigando!

La española estaba en los edificios oficiales, civil, quietecita. O moviéndose en los desfiles, dos o tres veces al año. O en alguna que otra manifestación, en las que se colaban fotógrafos para cazar aguiluchos (que solían ser escasos, si había; solo abundaban en grupúsculos nostálgicos). Aparecía en el fútbol, cuando jugaba la selección. En alguna carretera de la Vuelta o el Tour (y siempre en menor cantidad que, por ejemplo, la proetarra). Unos cuantos ciudadanos enfáticos o sentimentales la colgaban en su balcón, pero hasta que España ganó el Mundial en 2010 no más de una docena por cada millón de habitantes. Y prácticamente poco más.

La bandera más grande, la de la plaza de Colón de Madrid, no se puso hasta 2001, cuando mandaba el PP en el gobierno y en la alcaldía. Fue interpretada por muchos como el símbolo del nacionalismo español que volvía, o que nunca se había ido. Pero yo he pasado cientos de veces por allí y todas, cuando he ido con alguien, o hemos ignorado la bandera o hemos hecho un chistecillo. Esa es la relación que hemos tenido con los símbolos patrióticos los de mi generación: o ignorarlos o hacer chistecillos. Como ellos tampoco venían hacia nosotros ni nos imponían nada, la consecuencia era la que he dicho: relajación absoluta.

El correlato quizá fuese ingenuo: pensábamos que, al librarnos de la presión patriótica, nos habíamos librado del fastidioso tema de España. O, por decirlo de otro modo, de nuestra desastrosa historia. Sentíamos que, por un milagro, habíamos escapado del destino que hasta entonces había apresado al país. Leíamos las angustias de Quevedo (“Miré los muros de la patria mía...”), Jovellanos, Larra, Galdós, los autores de la generación del 98, Ortega y Gasset o Cernuda con emoción, pero como algo ya desaparecido. Había un corte entre nosotros y nuestros antepasados. Y habíamos tenido la fortuna de quedar en el lado bueno del corte.

La descomposición presente se ha venido gestando desde entonces. La culpa principal es de los dos grandes partidos, el PSOE y el PP, que han oscilado entre la inconsciencia y la irresponsabilidad. Y también, por supuesto, de los nacionalistas, que han conservado la cepa cancerígena del desastre español. Porque aquí estamos de nuevo: en el desastre español de siempre. No nos habíamos librado de él ni de coña. No había habido ningún corte con nuestros antepasados. El fastidioso tema de España regresa como una maldición.

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En El Español.

11.9.17

Sí al diálogo, pero con nosotros

Ya estamos ante un escenario familiar: el de la petición de diálogo por parte de quienes escogen exhibirse como dialogantes en una situación en que no se dan las condiciones para el diálogo. “Siempre hay tiempo para que Rajoy levante el teléfono”, ha dicho Íñigo Errejón, y lo ha dicho no antes sino después de lo sucedido en el Parlament esta semana. También Pedro Sánchez dice, tras mostrar su apoyo al presidente, que tras la restitución de la legalidad ha de venir el diálogo...

El diálogo, efectivamente, es el ideal civilizatorio. Nada hay más noble que aspirar al diálogo. De ahí su merecido prestigio: un prestigio del que pretenden beneficiarse quienes lo exigen a toda costa. Por desgracia, el diálogo no es siempre posible; ni todo hablar es dialogante. Está el diálogo de sordos, que no es diálogo. O el diálogo de besugos. Lo enojoso de estas modalidades es que basta que uno sea el sordo o el besugo para que el otro quede contagiado. Pero si sucede que solo uno lo es, reprocharles la falta de diálogo a los dos es injusto. El plural de diálogo de sordos y diálogo de besugos lo que indica no es que sean culpables necesariamente los dos, sino que no hay diálogo; para ello, como en las riñas, basta con que uno no quiera.

Con nuestros nacionalistas y populistas hay un problema que se añade a su propensión a imponer su criterio (y más allá del diálogo si se les contraría; baste ver el acoso a los alcaldes que han dicho no), y es que no se están dirigiendo como interlocutores a nosotros –los españoles demócratas de hoy–, sino a unos fantasmas: los españoles franquistas de hace más de cuarenta años. A nosotros nos puentean. Por eso es extenuante todo intento de diálogo con ellos: sencillamente, no nos consideran, no nos ven. Están enfangados en una interlocución imposible con espectros del pasado. Quienes defendemos la España constitucional somos remitidos una y otra vez al franquismo. Para ellos no estamos donde estamos, en una democracia descentralizada y poco o nada nacionalista (y con muchos de nosotros pronunciándonos explícitamente como antinacionalistas), sino en una falsa democracia y en el “nacionalismo español”.

No deja de ser una coartada autoexculpatoria, por supuesto. Quieren convencerse de que el golpe se lo están dando a la dictadura de Franco y no a una democracia europea. La pobre Àngels Martínez, por ejemplo, ha alegado para no pedir perdón por su falta de respeto en el Parlament que la bandera española “fue impuesta por las armas”. Los argumentos de ella y quienes piensan como ella desembocan, tarde o temprano, en la despectiva expresión derogatoria “régimen del 78”.

Y aquí se ve quiénes no están de verdad por el diálogo. Porque si una cosa caracteriza a la Constitución de 1978 es haber sido fruto precisamente del diálogo. Un diálogo tan adecuado a nuestra realidad compleja, que si lo desbaratásemos todo y nos pusiésemos otra vez a dialogar para reconstruirlo, el resultado sería algo muy parecido a esa Constitución. Esto, en el mejor de los casos: y siempre y cuando el diálogo fuese real y entre interlocutores reales.

* * *
En El Español.

6.9.17

La muerte de Sócrates

He podido leer ya un libro que llega mañana a las librerías (y se presenta en una de ellas: la Rafael Alberti de Madrid, a las 19h): La mirada de los peces, de Sergio del Molino (Random House). Tras su éxito de la temporada pasada con La España vacía (Turner), muchos lo están esperando, sobre todo en Twitter. Pero tengo una mala noticia para ellos: es un buen libro.

Escrito con su estilo suelto y eficaz, del que se sirve para poner “la carne en el asador” (algo que siempre irrita a los estiraditos), Del Molino narra sobre todo su relación con un antiguo profesor de filosofía del instituto, a partir de la cual reflexiona sobre el pasado y el presente. Hay un elemento serio en esta reflexión: el profesor, Antonio Aramayona, se suicidó el verano pasado. Estaba lúcido pero enfermo, y decidió finalizar su vida antes de que mermara su lucidez y tuviese que depender de cuidadores.

La grandeza de La mirada de los peces está en el retrato vivo que ofrece del profesor. En tanto que vivo, es contradictorio: el profesor aparece en lo que tenía de adorable y ejemplar, pero también en lo que tenía de cargante. Por lo que escribe Del Molino (y por lo que he visto en el documental de Jon Sistiaga), Aramayona inspiraba devociones. El libro no deja de rendirle culto también, pero incluyendo su cuestionamiento. Esto, que puede resultarles chocante a los devotos, es precioso en realidad: porque evita que el personaje se petrifique. El hombre se mató, pero el libro nos lo trae vivo.

En el tiempo que transcurre entre que Aramayona anuncia que se va a matar y el momento en que lo hace, me he acordado de la muerte de Sócrates; de la velada que Platón cuenta en el Fedón: un periodo tenso, con densidad existencial. No faltan la ligereza ni el humor, pero la ocasión de fondo es grave. Hay un componente legislativo común: el suicidio de Sócrates es por respeto a la ley ateniense, aunque haya sido injusta con él; Aramayona exhibe el suyo como activista en favor del derecho a una muerte digna. Y en ambos casos está el propósito de ser coherentes con la propia filosofía, hasta el final.

Después, quedan vivos los discípulos. Los mejores son los que acogen el impulso del maestro pero no se atienen a su literalidad. Así Sergio del Molino.

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En The Objective.

4.9.17

Estos lodos

Nos encontramos en un momento desagradable, pero de una profunda comprensión. La situación es sucia, pero la suciedad la vemos limpiamente. Es una suciedad de una notable nitidez.

Si de algo ha servido la pasividad del presidente Rajoy con los independentistas catalanes (una pasividad que –por mucho que se ajuste a su carácter– ha tenido más de impotencia que de paciencia), ha sido para que podamos verlos en su integridad: cocidos en su propia salsa, sin intermediación. El esquema ha sido el del adolescente que está pidiendo a gritos que el padre le pare los pies; esas prevenciones contra “los tanques” que nunca llegaban eran secretamente una invocación. Pero el desvanecimiento de la autoridad los ha dejado abandonados a sí mismos: de este modo, han expresado y exhibido su calaña hasta las heces, mostrando el tipo de bicharracos que son.

Uno se propone ser civilizado y hasta moderar el tono, por si contribuyera en algo. Pero se enciende ante tanta basura. Y ante el hecho de que toda esta agresividad gratuita, innecesaria, impresentable y soez la están ejerciendo contra un Estado democrático, contra los ciudadanos españoles y contra la mitad como mínimo de sus conciudadanos catalanes. La patología es que disfrazan la agresión de victimismo, en un juego sórdido que es para vomitar.

A la pregunta de ¿qué se ha hecho mal?, uno está tentado de decir: ¡todo! Porque lo que se ha hecho mal ha sido permitírselo todo durante cuarenta años. Lo que hemos hecho mal ha sido lo que no hemos hecho.

Estábamos, en realidad, vendidos. Franco dejó inservible el patriotismo español. Hacía falta una purga, una cuarentena. Todavía a mí, que tenía nueve años cuando el dictador murió, me da reparo coger una bandera española; y de hecho, no la he cogido nunca. Pero esta reticencia (mía y de todos) que, en la práctica, se tradujo en décadas españolas de una incomparable relajación patriótica –que va camino de ser ya nuestro gran tesoro biográfico–, fue aprovechada por los que sí esgrimían una “patria” incontaminada de franquismo: los nacionalistas. De este modo quedaron impunes para ir desarrollando sin obstáculos su propia modalidad de franquismo...

Con frecuencia me acuerdo del verso de Rimbaud: “Por delicadeza perdí mi vida”. La delicada España de la Transición –delicada, sí, digan lo que digan– se va a ir al garete justo por su delicadeza. Seremos los sudistas de nuestro propio país; pero esta vez la derrota será bella, porque será la de los buenos: la de los que estaban contra la esclavitud. Rosa Parks en el autobús de Garganté.

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En El Español.

PD (7.9.17). Vamos a ganar, porque somos mejores. No por nosotros, sino por lo que defendemos.

1.9.17

Jot Down 20

Acaba de salir el nuevo trimestral en papel de Jot Down, el núm. 20, especial Guerras. Yo colaboro con un artículo sobre la relación de Ernst Jünger con la guerra, que fue variando con la edad: "Jünger y el uniforme congénito". La expresión la he tomado de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial, Radiaciones. En un momento de su entrada del 29 de abril de 1941 escribe: "Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él". La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

28.8.17

Vuelta a Umbral

Yo estoy entre los que se alejaron de Francisco Umbral, aún cuando vivía. Para alejarme, naturalmente, tuve que estar muy cerca. Fue mi primer ídolo literario. Uno de los sitios en que descubrí la literatura fue en la dedicatoria de Memorias de un niño de derechas, el primer libro suyo que leí. Me la sé de memoria: “A los desvencijados niños de la guerra, que comieron conmigo el pan negro de salvados y la tajada del miedo”. Yo ya lo conocía del periódico, pero fue ahí donde me conquistó.

Lo que me gustaba era su doble juego, que saboreábamos los iniciados. Por un lado estaba el Umbral de la prensa y de las entrevistas, brillante, frívolo, epatante, antipático a veces; y por otro el de los libros intimistas, lírico, vulnerable, tierno, y brillante también. Los lectores que habíamos accedido a este recinto disfrutábamos todavía más con los fuegos de artificios del exterior. Yo sentía que hacía el numerito para nosotros.

Viví unos años de apasionamiento hasta que al final, por saturación, me distancié. Escribí contra él incluso. El primer pellizco para la vuelta a Umbral lo sentí cuando murió, hace hoy diez años.

En este tiempo hemos conocido el secreto de quién era su padre (y quién su hermano), gracias a la investigación que hizo Manuel Jabois para El País. De pronto tuvimos a un Umbral mejor, más solo, con la doble desgracia del padre refractario y el hijo muerto. Se hizo nítida su herida y cobró heroísmo su pose. Fue dandy por autodefensa. Aunque la segunda desgracia la había contado en Mortal y rosa, un libro que siempre se ha leído, su éxito y su brillo posteriores hicieron que nos olvidáramos con demasiada facilidad de ella: no la teníamos presente. Con su biografía completada, podemos leerlo –releerlo– sobre ese fondo, que da hondura a sus páginas y acrecienta su mérito.

Ahora leo de tarde en tarde algún libro suyo. Últimamente han sido Diario de un español cansado y Un ser de lejanías. Y picoteo viejos artículos en internet. A los placeres de su prosa y el aroma de un tiempo que se ha ido, hoy se añade un efecto curioso. Conserva su frescura, pero nos resulta raro: y es porque nosotros ya no estamos frescos. Ha habido un empobrecimiento del país, o del ambiente. Así, las cosas que él decía para epatar a los burgueses, y que el público lector celebraba, hoy epatarían en parte a ese público lector, ya burguesito. Se ha achicado el espacio. Pero ahí tenemos los libros de Umbral, para meternos en ellos y que se agrande.

* * *
En El Español.

PD.– Enlazo un audio de la Fundación Juan March en que Jorge Urrutia cuenta el descubrimiento de que Umbral era su tío. A partir del 48:20.

26.8.17

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

23.8.17

Pequeños

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o conllevaderos: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”...

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

* * *
En The Objective.

21.8.17

Banderitas a los muertos

Qué atroz posibilidad nos brindan los atentados multitudinarios como el de Barcelona. Por el corte de la muerte podemos conocer la vida que por allí pasaba. Son literalmente tranches de vie. Con la crudeza con que traduce Google: rebanadas de vida. Irrumpe una furgoneta y le hace una vivisección a las Ramblas: una vivisección mortal. Pasó lo mismo con los atentados de Atocha de Madrid, con el de las Torres Gemelas de Nueva York, con los recientes de París, Niza, Berlín, Bruselas, Londres, Manchester... O, de nuevo en Barcelona (menciono solo algunos de los occidentales), con el de Hipercor de hace treinta años.

El juego que hacemos a veces de imaginar quiénes son los que pasan por la calle se cumple de repente en el periódico. Vemos sus caras y sus nombres, sabemos qué estaban haciendo, en qué trabajaban, de dónde venían; incluso adónde pensaban ir. Pero ya con una melancolía terrible porque esas vidas se han terminado. Queda un conocimiento póstumo. Y la conclusión de que saber quiénes van por esos flujos callejeros solo es posible cuando se han parado y están muertos. Las minibiografías del periódico tenían aquí por condición ser epitafios.

El corte que el terrorismo yihadista ha efectuado en las Ramblas tiene también el extraño efecto de ser un homenaje a las Ramblas. Fúnebre pero precioso. Los asesinos han mostrado –al matarla– cuánta vida iba por allí: qué variada y plural, qué cosmopolita. Los que hemos paseado por las Ramblas ya lo sabíamos, esa impresión es inmediata; pero asombran los números: al menos treinta y cinco nacionalidades entre heridos y muertos, en aquel corto tramo de una tarde de agosto.

Aunque para nuestros independentistas habrá siempre una nacionalidad más, desgajada. En el ambiente de duelo real, impecable, de la mayoría, hemos tenido que asistir a mezquindades como la del conseller catalán de Interior, Joaquim Forn, que –en un ejercicio de imperialismo carroñero– ha distinguido entre víctimas españolas y catalanas. Ni siquiera en un momento tan doloroso ha sido capaz de reprimir el impulso abusón de ponerles a los cadáveres la banderita. Una banderita utilizada como pegatina; es decir, sectaria y agresivamente.

En este verano abrasivo de desprecio a los turistas (alguno quizá leería la pintada que ha recordado en Twitter nuestro Cristian Campos: Tourist, you are the terrorist), allí estaban ellos: paseando por las Ramblas. Integrándose en la vida que entre todos formaban. La furgoneta arrolló a los que pilló por delante, sin fijarse en banderitas.

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En El Español.

PD.– El amigo Tsevan Rabtan me ha hecho ver en Twitter que sin el cuarto párrafo el artículo sería mejor. Acierta. Si lo pudiera corregir lo quitaría. Pero en prensa no se puede corregir.