13.1.20

Flamante Gobierno

No sé si Pedro Sánchez le ha comunicado la composición del nuevo Gobierno al Rey por teléfono para no darle el disgusto en persona, o porque se sobreentiende que el Rey tiene internet, como todo el mundo, y ya la conocía como todo el mundo. El interés estará en el juramento del cargo de los nuevos ministros ante Su Majestad, en el que conoceremos todos a la vez si aportan creatividad como cuando juran la Constitución. Tal como están las cosas, con que no mencionen la guillotina el acto habrá transcurrido por cauces razonables. Dentro de lo razonable que pueda ser nuestro esperpéntico momento histórico, claro está.

El anuncio por piezas del flamante Gobierno ha sido para mí un magdalenazo proustiano, que me ha evocado épocas remotas: junio de 2018, concretamente, en que ya vivimos algo similar. Pero el recuerdo me ha llegado no sin estupor: ¿cómo es posible que aquel brillo se deteriorase tan pronto, hasta hacerse olvidar? Ahora estamos avisados y sabemos que el deterioro no tardará en llegar, y que se producirá de manera más apoteósica. Sánchez ha demostrado ser un buen director de casting y un mal director teatral. La obra se le volverá a ir de las manos, en parte por su actuación (también es un actor pésimo).

“El Gobierno hablará en varias voces pero siempre con una sola palabra”, ha dicho en su discurso del domingo por la mañana. Como esa palabra va a ser la suya, no resultará muy de fiar. Lo cual no es necesariamente malo en este contexto. Los primeros movimientos mantis-religiósicos de Sánchez hacia Pablo Iglesias nos hacen concebir esperanzas. Aunque Iglesias es también un killer, por lo que el desenlace está abierto. Este Gobierno tiene algo de trampolín de barco pirata de las películas, al que llegan los dos rivales a enfrentarse personalmente, tras haberse cargado cada uno por su cuenta a un montón. Abajo, por si fuera poco, aguardan los tiburones.

El Gobierno, en cualquier caso, no ha quedado nada mal: parece de gente preparada; con la excepción de Iglesias, las Montero, Garzón, Calvo y Sánchez. Técnicamente está muy bien blindarse con tecnócratas para montarse con garantías festines ideológicos. Al menos no se descuida la realidad de las cosas, mientras se tiene empaquetada como facha a toda la oposición, para que no dé problemas. Yo simplemente me permitiría corregir a los comentaristas que dicen que Sánchez e Iglesias no se cuentan entre los tecnócratas de este Gobierno de tecnócratas. Lo son también: solo que tecnócratas de sí mismos.

Moncloa, por su parte, ha tenido lo que quería: imágenes en el telediario de la manifestación de Vox contra Sánchez que poder dar tras las del discurso de Sánchez. Los líderes voxistas son tan fieles a Sánchez, y tan necesarios para Sánchez, que no dudo en calificarlos de ministros en la sombra.

* * *
En El Español.

8.1.20

La lógica del bipartidismo

En realidad, se ha impuesto la lógica del bipartidismo: llevada al extremo, que es el guerracivilismo. Los dos grandes partidos, azuzados por sus demonios, que están en otros partidos, han puesto fin al espíritu de la Transición, o a lo que quedaba de él. Su sentido se revela ahora: hemos terminado transitando en bucle a lo que había al comienzo. Ahora, a ver hacia dónde vamos. Es como un empezar de nuevo, pero muy antiguo. Las proclamas "entusiasmantes" (como decían los socialistas de antaño) nos pillan ya con la historia muy vieja y repetida. Es el tiempo de los que no se cansan de equivocarse.

Pero está bien. Había un aire como de fin de ciclo. Y teníamos ya como dos generaciones y media de españoles que estaban precisando de una lección histórica. Y no me refiero tanto a las desgracias como a la comprensión: a comprobar en qué se traducen sus pensamientos. Estos años van a ser muy pedagógicos, y a su término rescataremos a los no recalcitrantes. (Los recalcitrantes se quedarán para siempre en plan abuelas rockeras de la ideología, tipo Cotarelo.)

Durante toda la Transición alentó el guerracivilismo, quizá inevitablemente. La herida de la guerra civil y de la dictadura era demasiado profunda. Era una herida, por lo demás, muy anterior: venía de las dos Españas del siglo XIX como mínimo, de las guerras carlistas. En la Transición se llegó a acuerdos, los fundamentales para que hubiera un marco legal democrático y un modelo de país, que no es poca cosa. Y hubo paz. Pero el guerracivilismo se mantenía, soterrado. En la lucha partidista, bipartidista. Siempre que los dos grandes partidos elevaban el tono de su enfrentamiento, manifestaban un deseo de exclusión del otro. No pretendían ser críticas por tal o cual cosa, sino aniquilaciones. Ocurrió con las campañas contra Felipe González, por ejemplo. Y ocurrió cuando Felipe González sacó aquel dóberman o Alfonso Guerra mitineaba contra "la deresha". Jugaban con fuego, pero sabían que lo hacían y se detenían a tiempo. Lo imprescindible para mantener el caldo caliente.

Ha tenido que llegar otra generación más ignorante de políticos para que jueguen con fuego pero sin saber que lo están haciendo. O sabiéndolo, pero dándoles igual: fijándose solo en su provecho. Así el por fin investido presidente Pedro Sánchez, que ya no va a aprender nada. Y así su flamante vicepresidente Pablo Iglesias, que tal vez sí que aprenda. Iglesias es ahora el único resquicio de esperanza: solo él puede aportar un principio de sensatez, de moderación, de coherencia. En sí mismas no muy notables las suyas, pero espectaculares si las comparamos con las de Caballo Loco.

* * *
En The Objective.

6.1.20

¡Todo el mundo al suelo!

Con esta sesión de investidura hemos llegado al momento más bajo de nuestra democracia. Pero no es definitivo: aún podemos bajar más. Treinta y nueve años después se ha obedecido plenamente a Tejero: “¡Todo el mundo al suelo!”. Y ahí está todo el mundo, revolcándose. Unos más que otros, naturalmente: los de Sánchez más. Arrastrando al resto. Es asfixiante la polarización. Ahora estamos donde los peores querían que estuviéramos. Condenados a ser unas alimañas. No serlo será el gran propósito ético (y estético) del año nuevo.

Lo que ha hecho Sánchez, con su PSOE, no tiene nombre. Cuando empezó a decaer el partido hace unos años, los analistas llegaron a la conclusión de que su única manera de regresar al poder sería aliándose con los populistas y los nacionalistas. Pero una cosa era llegar a esa conclusión y otra ejecutarla. Sánchez la ha ejecutado, sin escrúpulos. Su única lógica es la lógica del poder.

Ya la practicó en la moción de censura. Pero entonces cabía la posibilidad de que él se impusiera a sus nefastos socios y los utilizase de comodín. Hoy ha sido al revés: son los nefastos socios de Sánchez lo que se imponen a él y lo utilizan de comodín. El PSOE ha renunciado a ser un partido de gobierno a cambio de gobernar una legislatura. La última que gobernará. De esta saldremos. El que no va a salir es el PSOE.

Todas las derrotas han venido juntas, como si se cosecharan en un solo día los errores de cuarenta y cuatro años: la derrota del constitucionalismo, la del centro-izquierda, la de la Ilustración, la de la igualdad, la de la libertad, la de la democracia liberal... y también la del republicanismo político. Y la de la socialdemocracia. ¿Qué socialdemócrata es ese que habla, como Sánchez en la tribuna, del “libre desarrollo de las identidades nacionales”? Sánchez le ha entregado España a los que quieren destruirla y le ha entregado la izquierda a Podemos. Sánchez se ha quedado sin nada. Bueno, solo con esa presidencia hueca que le queda ridícula.

El gesto más repugnante de la investidura, con todo, ha sido de su socio Iglesias: cuando se levantó a callar, con gesto mandón, no a la proetarra que denostaba al Rey, sino a los que abucheaban a la proetarra. Calma, calma, pedía, cuando él ha sido el gran incendiario, el gran embrutecedor. Si bien se piensa, es el mismo esquema que el de su debut en la vida pública: cuando, siendo un jovenzuelo, mandó callar a Rosa Díez en la universidad; en el fondo, por los mismos motivos. Y en la tribuna, mientras, la proetarra Aizpurua satisfecha como una matona que se sabe protegida por los jefes.

Por lo demás, era desolador ver a Casado diciendo cosas con acierto pero sin gravitas (y con esa insoportable bancada del PP ovacionando cuando la ocasión exigía un silencio sepulcral), a Abascal rebozado en su empanada ideológica y a Arrimadas pidiendo lo que no puede, cuando su partido no lo pidió cuando podía. Tiene un aire bíblico su empeño en tentar a los socialistas para que de entre ellos surja algún no como el de la gran Oramas; pero los socialistas están tan perdidos que ninguno caerá en la tentación, que en este caso (¡ay!) era la tentación de hacer el bien.

Pero ya es mejor que no haya tránsfugas, algo que enrarecería aún más el ambiente. La suerte está echada. La ha echado Sánchez. Hay que apurar el cáliz hasta el fondo.

* * *
En El Español.

31.12.19

Lecturas 2019

No digo "libros", sino "lecturas", porque algunas no son libros. El orden, como siempre, es cronológico. No incluyo las lecturas abandonadas; sí las terminadas en diagonal (un 10% aprox.), aunque no las especifico. Lo bonito de estas listas es que, al repasarlas, el año me parece más denso.

1. Los años felices. Josefina Vicens.
2. [Divina] Comedia. Dante (tr. J. Mª Micó).
3. Aurora. Friedrich Nietzsche.
4. Uma furtiva lágrima. Nélida Piñon.
5. Poemas. William Carlos Williams (trs. J. Coronel Urtecho y E. Cardenal).
6. La península. Julien Gracq.
7. Primeras personas. Juan Cruz.
8. Poesia I (1902-1929). Fernando Pessoa (ortónimo).
9. Rubayat. Omar Jayyam (trs. C. Janés y A. Taherí).
10. Hola, Melón. Cristóbal Ruiz.
11. Malaherba. Manuel Jabois.
12. Guía de extraviados. Juan Gracia Armendáriz.
13. El tenista argentino. Álvaro García.
14. (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI. Manuel Arias Maldonado.
15. Texto sentido. Sanz Irles.
16. "La gorra". Thomas Bernhard.
17. Diligencias. Andrés Trapiello.
18. L'apprenti dans le soleil. Franck André Jamme.
19. "¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?". Thomas Bernhard.
20. "Midland en Stilfs", Thomas Bernhard.
21. La tierra desnuda. Rafael Navarro de Castro.
22. Las tradiciones (1979-1988). Andrés Trapiello.
23. Sábado, domingo. Ray Loriga.
24. "Emma Zunz". Jorge Luis Borges.
25. Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas. Santiago Gerchunoff.
26. Cambiar de idea. Aixa de la Cruz.
27. "Ciudad". Jónatham F. Moriche.
28. Mañana tendremos otros nombres. Patricio Pron.
29. Diario. Hélène Berr.
30. Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz.
31. Piel roja. Juan Gracia Armendáriz.
32. El milagro Spinoza. Una filosofía para iluminar nuestra vida. Frédéric Lenoir.
33. A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición. Javier Padilla.
34. Descendimiento. Ada Salas.
35. Correspondencia. Spinoza.
36. Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina.
37. Carta florentina. Guillermo Carnero.
38. El Kulterer. Thomas Bernhard.
39. Poética y poesía (F. Juan March). Ada Salas.
40. Poesia II (1930-1933). Fernando Pessoa (ortónimo).
41. El orden del tiempo. Carlo Rovelli.
42. Poesia III (1934-1935). Fernando Pessoa (ortónimo).
43. Ilíada. Homero (tr. F. Gutiérrez).
44. Oriente. José Carlos Llop.
45. Nos vemos en esta vida o en la otra. Manuel Jabois.
46. Por las ramas. Roberto Merino.
47. "Cortejo". Guillaume Apollinaire.
48. La Vida Nueva (versión final). Raúl Zurita.
49. El director. David Jiménez.
50. Homero. C. M. Bowra.
51. Crónicas de la vida que pasa. Fernando Pessoa.
52. Vida y papel. Félix de Azúa.
53. Cronografías. Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo. Graciela Speranza.
54. Las mejores palabras. De la libre expresión. Daniel Gamper.
55. Aquí (cómic). Richard McGuire.
56. Revolución. Juan Francisco Ferré.
57. La huida de la imaginación. Vicente Luis Mora.
58. Eneida. Virgilio.
59. Quiero cansarme contigo. Javier Gomá.
60. A mí no me iba a pasar. Laura Freixas.
61. Diario último (2016). Ignacio Carrión.
62. Aquí y ahora. Diario de escritura. Miguel Ángel Hernández.
63. Yo iba a ser Homero (Antología poética bilingüe). Paulo Leminski.
64. Por la parte de Swann. Marcel Proust (tr. C. Manzano).
65. Una cierta edad. Marcos Ordóñez.
66. El final del affaire. Graham Greene.
67. “Poema leído en la boda de André Salmón”. Guillaume Apollinaire.
68. La orgía de los cultos. Leopoldo Alas.
69. Regreso a Reims. Didier Eribon.
70. La muerte de Virgilio. Hermann Broch.
71. Microgeografías de Madrid. Belén Bermejo.
72. España. Manuel Vilas.
73. La isla de los conejos. Elvira Navarro.
74. Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá.
75. Sur. Antonio Soler.
76. Una temporada con Marcel Proust. René Peter.
77. Conversaciones con Goethe. J. P. Eckermann.
78. Antología poética. Miguel de Unamuno (ed. A. Trapiello).
79. Luz de agosto. William Faulkner.
80. Sartoris. William Faulkner.
81. La hija de la española. Karina Sainz Borgo.
82. El amor loco. André Breton.
83. Debut. Christina Rosenvinge.
84. Un corazón demasiado grande. Eider Rodríguez.
85. La peor parte. Fernando Savater.
86. Dignidad. Javier Gomá.
87. La emboscadura. Ernst Jünger.
88. Blitz. David Trueba.
89. El sol en la cabeza. Geovani Martins.
90. Diarios (ed. completa). Iñaki Uriarte.
91. Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada (cómic). Raquel Riba Rossy.
92. El idioma materno. Fabio Morábito.
93. El sueño (1690). Sor Juana Inés de la Cruz.
94. Relaciones y soledades (Aforismos). Arthur Schnitzler.
95. Nueva antología poética. Rainer Maria Rilke (ed. J. Ferreiro Alemparte).
96. Pájaros que se quedan. Eduardo Jordá.
97. Alegría. Manuel Vilas.
98. Lejos de Kakania. Carlos Pardo.
99. Mal que bien. Enrique García-Máiquez.
100. La anomalía catalana. Cristian Campos.
101. El sonido y la furia. William Faulkner.
102. Separatistas ante los ropones. Julio Valdeón.
103. Un juicio sin final. Pablo Ordaz.
104. Muchacha de Castilla. Mercedes Cebrián.
105. Diálogos con Ferlosio (ed. José Lázaro).
106. Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. Wolfram Eilenberger.
107. Poesía completa (1953-1991). Claudio Rodríguez.
108. El mar, el mar. Iris Murdoch.
109. Calle de sentido único. Walter Benjamin.
110. Proust, Premio Goncourt. Thierry Laget.
111. Posibilidades en la sombra. Mariano Peyrou.
112. Praga. Manuel Vázquez Montalbán.
113. Tres o cuatro cosas que sé de cine. Carlos Font.
114. La casa de leer en lo oscuro. Maria Azenha (tr. J. Á. Cilleruelo).
115. La tempestad. William Shakespeare.
116. De vuelta del mar (Poemas). Robert Louis Stevenson (ed. J. Marías).
117. Dante. La novela de su vida. Marco Santagata.
118. Claros del bosque. María Zambrano.
119. La frontera. Pascal Quignard.
120. Sed de lex. Arcadi Espada.
121. Sur Plusieurs Beaux Sujects. Wallace Stevens.
122. Adiós a la época de los grandes caracteres. Abraham Gragera.
123. El optimismo de la voluntad. Conversación con Antoine Spire. Eric J. Hobsbawm.
124. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador. Horacio Castellanos Moya.
125. Duchamp en España. Pilar Parcerisas.
126. Pau Brasil. Oswald de Andrade (tr. A. Sánchez Robayna).
127. Lectura fácil. Cristina Morales.
128. Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia / Panamá o las aventuras de mis siete tíos. Blaise Cendrars (tr. E. Molina).
129. Las caridades de Alcipo y otros poemas. Marguerite Yourcenar (tr. S. Baron Supervielle).
130. El sentido de un final. Julian Barnes.
131. Galería de fantasmas. Juan Luis Panero.
132. Vida con mi amigo. Bárbara Jacobs.
133. El revés y el derecho. Albert Camus.

30.12.19

Días históricos

Estos meses no han dado tregua y ni en fin de año la tenemos, pero hoy me quiero tomar la columna para contar cómo viví la caída del Muro de Berlín, antes de que se escape este 2019 del trigésimo aniversario. Mi vivencia no fue excepcional, pero tuvo su gracia.

La madre de Antúnez se había ido de viaje y Antúnez nos invitó a Hormigo y a mí a que pasásemos unos días en su casa. Teníamos veintidós, veintitrés años. Yo había vivido un par de cursos en Madrid, pero en Málaga nunca me había alojado fuera del piso de mis padres. Aquellos días fueron una especie de excursión a mi propia ciudad. Un noviembre extranjerizante, o turístico, en las calles de siempre; un cierto extrañamiento acogedor. Recuerdo las luces y las risas. Una libertad rara.

En la casa, un cuarto piso que daba a la estación de tren y al entonces América Multicines, escuchábamos dos discos de música brasileña, a la que nos acabábamos de aficionar: Totalmente demais, de Caetano Veloso, y O eterno deus Mu dança, de Gilberto Gil (con intervención de Ed Motta, cuyo vozarrón imitábamos). Yo leía a ratos La orgía de los cultos, de Leopoldo Alas, y el libro sobre Goethe que tenía Antúnez de la colección Júcar. En el vídeo nos pusimos Superdetective en Hollywood, El Padrino, el Calígula de Tinto Brass, alguna película de francesitas... Recuerdo las habitaciones desordenadas, el whisky en la terraza con sol de otoño. No sé qué nos hacíamos de comer. Soltábamos nuestras gansadas a toda voz. Nos imaginábamos que la vida era así.

La primera mañana me desperté muy temprano y encendí la tele. En aquel tiempo recuperaban viejos programas de los setenta, que no habíamos vuelto a ver desde niños. Fue una conmoción encontrarse otra vez con Vicky el Vikingo, que había sido mi serie favorita de dibujos animados. De pronto pusieron una muy antigua de Sancho Gracia: Los camioneros. Su sintonía, que yo tenía sepultada, fue un magdalenazo proustiano. Entusiasmado, me puse a aporrear las puertas de mis amigos: “¡Yupiiiii, Los camioneros!”. Eran las siete de la mañana y se pasaron años recordándomelo.

A la vuelta de un paseo por el puerto (aquel viejo puerto de Málaga destartalado, con el silo que ya no existe y las grúas que ya no están), me encerré a darme un baño de Cleopatra con las pociones de la madre de Antúnez. Cuando llevaba un rato en el agua caliente, aturdido por los perfumes, casi hundido en la espuma, me empezaron a aporrear la puerta. Pensé que era en venganza por lo de la mañana. Pero no: era por la caída del Muro de Berlín.

A la mañana siguiente nos hicimos fotos en una especie de malla vertical que había en el Parque. Sacábamos las manos por los resquicios como si fuésemos berlineses saliendo. Todo era juego entonces. También en los días históricos.

* * *
En El Español.

25.12.19

El gran amor de Alfonso Sánchez

En el primer libro del abogado y editor Carlos Font, Tres o cuatro cosas que sé de cine (¡una delicia para cinéfilos!), se cuenta, entre otras muchas, la historia del gran amor del legendario crítico Alfonso Sánchez. Naturalmente, por una actriz: la no menos legendaria, aunque veo que sigue viva, Anouk Aimée.

Cuenta Font que el crítico tenía una cita anual con ella en el festival de Cannes. Cenaban juntos en la clausura y de esa cena él se alimentaba todo el año. El procedimiento amatorio de Alfonso Sánchez era un tanto picaresco: sobornaba a un camarero para que, en la asignación de mesas, lo sentara junto a Anouk Aimée. Ella siempre se sorprendía por la coincidencia, y concluían entre risas que era "el destino". El encuentro, por supuesto, no pasaba de los postres.

Font dice que le oyó la historia al propio Alfonso Sánchez en el documental de quince minutos que le dedicó José Luis Garci en 1980. Está en YouTube y es muy bueno. En él se muestra una masculinidad pasada, delicada, de los feos antiguos: los que miraban a las mujeres, a las bellas mujeres, como diosas inaccesibles. No hay resentimiento, sino adoración; su deseo incumplido es menos frustrado que sublimado. Para los amantes del cine, la sublimación se proyectaba en la pantalla. Una felicidad palpable, pero hecha de anhelo.

El relato de Alfonso Sánchez difiere en algún detalle del de Font, cuyo recuerdo lo había redondeado. El crítico y la actriz se cruzaban todos los años por los festivales, él la miraba embobado y ella se reía; pero fue solo en un festival de San Sebastián cuando sobornaba al camarero para que lo sentase en todas las comidas junto a ella. Hasta que ella lo pilló soltando la propina y le dijo, supongo que en francés: "Así que el destino, ¿no?". "Este es el gran fracaso de mi vida", concluye el crítico.

Me había quedado yo melancólico con el asunto, pensando en esas imposibilidades que se deben a la asimetría ("sapo namorando a lua", cantaba João Gilberto), y me puse a buscar artículos y vídeos sobre Alfonso Sánchez, cuya voz cascada es uno de los sonidos de mi infancia, como ese rostro al que no amó Anouk Aimée. Hay una necrológica preciosa de Diego Galán en El País (Alfonso Sánchez murió en 1981, un año después del documental) y un artículo de Manuel Segura en La Verdad de Murcia, en que aparece una encantadora foto del crítico con la actriz. Pero ha sido viendo su intervención en uno de aquellos programas suyos de TVE cuando he caído en su extraordinario parecido físico con Picasso (minuto 15:55). Es decir, con un hombre que sí tuvo éxito con las mujeres.

Ya sabemos que fue por su fama de artista, por su poder, por su dinero, por su magnetismo... porque no era un hombre gris como Alfonso Sánchez. Pero hoy que estamos en Navidad podríamos imaginar, a modo de cuento, o de película, que Anouk Aimée le corresponde. Y que cuando Alfonso Sánchez dice en el documental "si me llama por teléfono, vamos a la boda en seguida, a las cinco de la tarde", suena en efecto el teléfono y es esa "criatura maravillosa" para decirle que sí.

* * *
En The Objective.

23.12.19

El apedreamiento

Me desayuno el día del sorteo de Navidad con la noticia de que tendremos gobierno antes de Reyes, el peor gobierno posible. No hay que esforzarse mucho para que surjan las metáforas. A los españoles nos ha tocado el Gordo, el gordo Junqueras; con un efecto tan abaratador que resulta punitivo. Ni siquiera equivale a la pedrea, sino que es un apedreamiento. Hemos sido tan malos que los Reyes no esperarán a su noche para dejarnos el carbón. Nos lo dejarán antes. Y con ese carbón seremos apedreados. Un apedreamiento merecido.

Últimamente aflora un orgullito absurdo, muy rebelión de las masas, cuando se les dice a los españoles que votan mal. Pero lo cierto es que en las últimas elecciones votamos fatal; incluido yo, que no voté. Cuando aparece un sujeto como Sánchez, un cuerpo electoral mínimamente sano debería haber tenido su expulsión como prioridad absoluta. La corresponsabilidad de unos rivales de tan poca talla y con tantos errores como Casado o Rivera, más la irredimible sombra de Vox, no ha de enturbiar el juicio. Quizá estemos excusados, pero somos imperdonables.

Sánchez es un cínico sin principios que solo ambiciona el poder, a cualquier precio. En mis rachas neosanchistas, yo fantaseaba con esa falta de escrúpulos puesta al servicio del bien: por carecer de principios, cabía la posibilidad de que Sánchez actuara en favor de los buenos. Naturalmente, si se le obligaba. Por eso defendí el apoyo (con severas condiciones) de Rivera. Pero los números no han dado esta vez y estamos vendidos. El que se haya afianzado "la banda de Sánchez" de que hablaba Rivera no le quita culpa a este, puesto que su omisión la ha promovido. En un reparto de culpabilidades en el que, naturalmente, el culpable principalísimo es Sánchez. Junto a ese partido patético que es ya el PSOE.

En la insistencia obscena de que, si no lo apoyaban (¡gratis!) los constitucionalistas, tendría que echarse en brazos de los anticonstitucionalistas, me he acordado de don Antonio Machado, al que tanto se adoró en el PSOE de otros tiempos: "Entre el hacer las cosas bien y el hacerlas mal está el no hacerlas". No ha habido en nuestra política un político más antimachadiano que Sánchez, al que le da igual hacer las cosas bien o mal, con tal de que las haga Sánchez, en beneficio de Sánchez.

Ahora, como los Estados Unidos de Trump o el Brasil de Bolsonaro, España dependerá de la fortaleza (y la resistencia) de sus instituciones democráticas. Esas que quieren menoscabar o destruir los socios de Sánchez. La última esperanza –no del todo descabellada– es que Sánchez los traicione también a ellos.

* * *
En El Español.

18.12.19

Jot Down 29

En el nuevo trimestral de Jot Down, nº 29, especial Locura, colaboro con el artículo "Cada loco con su tema", en el que divago sobre unas cuantas cosas relacionadas con la locura; más en sus acepciones cotidianas o culturales que en la estrictamente psiquiátrica. La revista, como siempre, se puede comprar en librerías y por la web de Jot Down.

16.12.19

El bolso

Anda Rajoy intentando caer simpático en todas las entrevistas y consiguiéndolo a veces, incluso conmigo. Pero yo ante todo veo un bolso, un bolso irreversible. Y cuando me descuido me obligo a ver ese bolso. El que Soraya dejó en su escaño vacío o vaciado (vaciado por Rajoy, de Rajoy) en el momento clave de la moción de censura.

Aquel Rajoy de piel, tasado en dos mil euros, asistió a la España que se nos venía encima: la de Sánchez con sus socios. Una España peor, en la que tiene muchísima responsabilidad el irresponsable Rajoy. Sus memorias, naturalmente, las titula Una España mejor. No las pienso leer. A mí me da igual lo que escriban los bolsos.

En su retirada discreta de la política, que no ha estado mal (ha sido ordenada como un Brexit ordenado), hubo una excepción sangrante: su comparecencia ante el tribunal de Marchena durante el juicio del procés. Fueron las terceras declaraciones más patéticas; después de, por este orden, las de Marina Garcés y Zoido. Solo que la pobre Garcés no pintaba nada y Zoido y Rajoy pintaban mucho. Asistir a la indigencia político-intelectual de ambos, a su desconcierto de gobernantes chapuceros en el momento más grave de nuestra historia actual, explica bastante lo que nos pasa, que es de todo.

Luego estuvo aquel acto junto a Felipe González en el que los dos pedían altura de miras y pactos de Estado. Y tenían razón, claro, pero daban grima. ¿Con qué autoridad lo pedían? Me hacen mucha gracia esas famas de grandes estadistas de González y Aznar, y ahora de Rajoy (Zapatero jamás ha estado en esa lista). Yo tiendo a creérmelas, porque me gusta lo agradable. Pero lo cierto es que no ha habido ni un solo “gran estadista” en España que no haya dejado el Estado hecho unos zorros.

Escribe Arcadi Espada en la entrevista que le ha hecho a Mariano Rajoy en El Mundo que “este hombre ha cumplido su vocación personal más profunda, que siempre fue la de llegar a ser expresidente”. Tiene razón, aunque habría que precisar que expresidente ya llegó a serlo en sus años de Moncloa. Su carácter póstumo, apalancado, equivalía a una presidencia vacante.

Y sin embargo lo echamos de menos. Porque lo que ha venido después ha sido peor, mucho peor: esta sórdida agua de borrajas de la política española asociada ya al nombre de Sánchez, que desbancará a Zapatero como el peor presidente de nuestra historia reciente. Y eso que aún no ha terminado de arrancar.

De eso se beneficia hoy Rajoy: de no ser Sánchez. No es poca virtud. Pero no se puede olvidar que Sánchez iba dentro de aquel bolso.

* * *
En El Español.

11.12.19

La espuma de las obras

He leído un libro divertidísimo y la mar de instructivo: Proust, Premio Goncourt, de Thierry Laget (Ediciones del Subsuelo). Se ocupa del Goncourt que le concedieron en 1919 a Marcel Proust por A la sombra de las muchachas en flor, segundo tomo de En busca del tiempo perdido (el primero, Por el camino de Swann, se había publicado en 1913, antes de la guerra, y ya estaba casi olvidado).

Lo instructivo es que el premio fue despreciado por la prensa, que prefería la novela del excombatiente Roland Dorgelès, Las cruces de madera. Se ensañó con Proust con una profusión mareante, que prueba que los periódicos de entonces eran tan infectos como las redes sociales de ahora. La novedad es que hoy todos participamos directamente en la infección.

Instructivos son también los entresijos del premio, la cantidad de vanidades de nombres olvidados y de detalles de gusanera. Ocurre lo mismo cada vez que se estudia un episodio de la historia: metes un palo en el hormiguero y se llena de hormigas. La realidad es abigarrada, infinita, y lo que va quedando es una decantación. Retornar a sus complejidades produce aturdimiento. Se nos termina olvidando que todo ha sido siempre un lío.

El propio Proust tuvo que trabajarse el premio, porque nada es gratis: resulta embarazoso leer sus cartas de adulación. Y luego, cuando lo obtiene, el cachondeo sobre él y su obra. Como nosotros mismos con cualquier libro que sale. Recuerdo que en una biografía de Baudelaire se citaban risitas de otros por Las flores del mal; lo ridiculizaban como hoy ridiculizaríamos a Suso de Toro. Con Proust no se ahorran chistes, agotan los juegos de palabras: "Proustitución", "proustatitis"... Parece Twitter por momentos.

Dan ganas de escapar, de consumirse en la inacción. Y sin embargo seguimos, porque sabemos algo más poderoso: todo lo anterior no es más que la espuma de las obras. Son las obras lo que cuenta: lo que se escapa. Al lector que lee A la sombra de las muchachas en flor no le interesa otro mundo. Como no le interesaba a Proust cuando escribió ese tomo, ni cuando continuó escribiendo los siguientes. El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros.

Tal vez por lo que escribió Aristóteles en un memorable pasaje de su Ética a Nicómaco (1167b y ss.; traducción oral de Lledó): "Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad; y la obra es en cierto modo su creador en acto; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser." Efectivamente: lo mejor del autor.

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En The Objective.

9.12.19

Señoritos feudales

Lo peor de las insistentes repeticiones electorales ni siquiera son los gobiernos que no se forman o se forman a partir de ellas, sino el deprimente espectáculo de las sesiones constitutivas del Congreso, cada una más carnavalesca que la de antes. Todo es ya descomposición y destrucción. De todas las historias de la historia, la de España es la más estúpida, porque termina estúpidamente. Cuando parecía haber acabado con sus demonios, se deja vencer por ellos por pura estupidez.

"No nos representan", era el grito del 15-M contra nuestros representantes políticos. Este grito lo hizo suyo Podemos, y ocho años después sí que nos representan: un tercio del Congreso es (con la connivencia del PSOE) un circo de patéticos impresentables, con sus caprichitos maleducados. Los coros y danzas de los juramentos creativos expresan lo que son quienes los profieren: señoritos feudales, caciques de lo suyo. Muchos se dicen republicanos y de izquierdas, pero son enemigos de la ley común y del Estado: es decir, de lo único que ampara a los débiles; de lo que articula la democracia y garantiza la ciudadanía.

Eso y no otra cosa socavan, movidos por un particularismo egocéntrico y desquiciado. Incapaces de neutralidad institucional, que represente (¡esta vez sí!) a todos, no dejan pasar la ocasión de expresarse mediante sus mojones ideológicos, sus pamplinas, sus tics. Están todo el día predicando contra el individualismo extremo del "neoliberalismo", y cuando les llega su gran momento comunitario sacan, como un guiñol, al "individuo" que llevan dentro.

En el fondo es la acostumbrada religión, en su versión más rudimentaria: la superstición. Se creen que están en la promesa, pero están en el juramento: han reinventado el juramento. Prometer "por el planeta", o "por las Trece Rosas", o "por la democracia y los derechos sociales", no son más que jaculatorias para que no se les tome por pecadores al aceptar el mal, o lo impuro: la Constitución. Y lo mismo los de Vox con sus juramentos "por España", en esta pesada espiral de parodias invertidas.

En todos ellos anida la bellaquería de pensar que la Constitución es incompatible con las Trece Rosas, con la democracia, con los derechos sociales, con España e incluso con el planeta. (Al margen están los independentistas, claro, cuyas monsergas son directamente antidemocráticas: derivaciones hitlerianas del Führerprinzip, por muy cuqui Rosique que se sea.)

Al final todos estos pijos ideológicos, si no pueden imponer cada uno su política por la fuerza, por la guerra, descubrirán aquello que permite la convivencia (resignada, si se quiere) de unos con otros: el parlamentarismo. Después de la destrucción de todo, la reconstrucción deberá traer, con mucho esfuerzo, algo muy parecido a lo que ahora tenemos. Con mucho esfuerzo y con mucha suerte.

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En El Español.

2.12.19

Cercas, novelista maldito

Tuve una mala reacción, instintiva, antigua, al oír el agradecimiento del Rey a Javier Cercas en la entrega del premio Cerecedo. La figura del escritor áulico está históricamente desprestigiada, en general con razón; sobre todo para nuestra sensibilidad moderna, de querencia (¡todavía!) vanguardista. El modelo apreciado es el del escritor contra el poder, o al menos no rendido al poder. Cercas viene de ganar el Planeta (que se percibe como rendición comercial) y verlo acariciado, con un añadido personal incluso, por Felipe VI me provocó ese rechazo automático.

Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad de Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.

En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!

Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.

Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.

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En El Español.