31.12.18

¡Otra vez!

Otra vez acaba el año, otra vez comienza. Y lo hace envuelto en luces, porque los días de Navidad son los días de las luces. Serían perfectos –también por los abrazos, las buenas palabras, la comida, la bebida y hasta las compras calefactoras (el consumismo nos da genuino calor humano)– si no fuera por la parte acústica: los horrendos villancicos, la espeluznante música que nos ponen en los especiales de televisión (¡y los petardos!). El vals de mañana no compensa.

Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.

Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.

Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.

Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.

Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.

* * *
En El Español.

30.12.18

Lecturas 2018

Dijo un amigo de Twitter que mi lista anual de lecturas es el vestido de Pedroche de los intelectualetas. Y sí: además de la expectación (tampoco trascendente: juguetona), muestra y oculta, y tiene transparencias reveladoras. Más que el número (aunque también me pico con el número), me interesan las manchas cromáticas (temáticas, autorales) y el contorno. En este, inevitablemente se recorta también lo que no se es: el límite. Todo lo que no he leído, o el tipo de cosas que no he leído... Y esta ausencia, ciertamente, es una obscenidad. Van en el orden cronológico en que las empecé:

1. Biblia del Oso (1). Libros históricos I.
2. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. Á. Crespo).
3. Lisbon: what the tourist should see. Fernando Pessoa.
4. Los cisnes salvajes de Coole. W.B. Yeats.
5. Historias. Juan Ramón Jiménez.
6. Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.
7. Experiencia. Martin Amis.
8. La torre. W.B. Yeats.
9. Espacio. Juan Ramón Jiménez.
10. Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jiménez.
11. O sol na cabeça. Geovani Martins.
12. Tú serás Baudelaire. Fernando Poblet.
13. Lo que está y no se usa nos fulminará. Patricio Pron.
14. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
15. Ordesa. Manuel Vilas.
16. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Friedrich Nietzsche.
17. Humano, demasiado humano (I). Friedrich Nietzsche.
18. Correspondencia 1914-1922. Marcel Proust/Jacques Rivière.
19. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
20. Thomas Bernhard, Viena y yo. Antonio Ríos Rojas.
21. Asuntos de delirio. Luis Antonio de Villena.
22. Celebración de libertino. Luis Antonio de Villena.
23. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
24. Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina.
25. T.S. Eliot. Northrop Frye.
26. La llamada de la tribu. Mario Vargas Llosa.
27. El entusiasmo. Remedios Zafra.
28. The Waste Land and other poems. T.S. Eliot.
29. Biblia del Oso (2). Libros históricos II.
30. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Avantos Swan).
31. La tierra baldía [El yermo]. T.S. Eliot (tr. J.Mª Álvarez).
32. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Palomares).
33. Sobre Eugenio Trías (ed. David Trías).
34. "La cabra de Portsmouth (Notas de un diario)". Iñaki Uriarte.
35. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Sanz Irles).
36. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Rey).
37. La tierra baldía (reconstrucción editorial). T.S. Eliot.
38. La funesta manía de pensar. Eugenio Trías.
39. El árbol de la vida. Eugenio Trías.
40. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J. Malpartida).
41. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Bartra).
42. "Goethe y Mr. Eliot". Luis Cernuda.
43. Introducción a La tierra baldía. V. Patea.
44. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
45. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
46. Antología. Ezra Pound.
47. Subida al Monte Ventoso. Francesco Petrarca.
48. Comentarios a La tierra baldía. Christopher Ricks y Jim McCue.
49. Cuaderno de campo. María Sánchez.
50. Poemas. Ausiàs March.
51. Mamá. Luis Antonio de Villena.
52. La dispersión. Eugenio Trías.
53. Heterodoxias y contracultura. Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.
54. Correo literario. Wislawa Szymborska.
55. Poemas de Flash Gordon. Luís Pousa.
56. Muda. Ernesto Hernández Busto.
57. The private worlds of Marcel Duchamp. Jerrold Seigel.
58. Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa.
59. Negra espalda del tiempo. Javier Marías.
60. El hilo de la verdad. Eugenio Trías.
61. El fumador pasivo. Daniel Gascón.
62. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Patricio Pron.
63. En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq.
64. El arte de la ficción. James Salter.
65. La obra maestra desconocida. Balzac.
66. “Contar el fracaso en el arte”. Pierre Barolsky.
67. El tiempo regalado. Andrea Köhler.
68. Feminismo pasado y presente. Camille Paglia.
69. El oficio de vivir. Cesare Pavese.
70. Un proyecto de Constitución española. Ramón Tamames.
71. Antología poética. Cesare Pavese.
72. “La negra espalda de Javier Marías”. Juan Antonio Rivera.
73. El gobierno de la fortuna. Juan Antonio Rivera.
74. La hazaña secreta. Ismael Grasa.
75. Introducción a la Constitución española. Ramón Tamames.
76. El golpe posmoderno. Daniel Gascón.
77. La vida interior de las plantas de interior. Patricio Pron.
78. Todos os contos. Clarice Lispector.
79. Y. Andrés Trapiello.
80. La uruguaya. Pedro Mairal.
81. Una noche con Sabrina Love. Pedro Mairal.
82. 155. Los días que estremecieron a Cataluña. Teresa Freixes.
83. Biblia del Oso (3). Libros proféticos y sapienciales.
84. La vida cotidiana. Daniel Gascón.
85. Y ahora, lo importante. Beatriz Navas Valdés.
86. Las gaviotas de hielo. Sanz Irles.
87. Extravíos. Cioran.
88. La escritura invisible. Manuel Alberca.
89. El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández.
90. Un miércoles de enero. Bob Pop.
91. El luminoso regalo. Manuel Vilas.
92. La transición democrática. Javier Paniagua.
93. "Equilibrios. El aprendiz bajo el sol". Antonio Juárez.
94. Ubú en bicicleta. Alfred Jarry.
95. Crisis constitucional e impulso constituyente. Pablo Iglesias/Javier Pérez Royo.
96. Un largo Termidor. Gerardo Pisarello.
97. La Transición contada a nuestros padres. Juan Carlos Monedero.
98. El precio de la Transición. Gregorio Morán.
99. CT o la Cultura de la Transición (ed. Guillem Martínez).
100. Elogio de la Transición. Antonio Papell.
101. Vértigo y pasión. Eugenio Trías.
102. Nuevas semblanzas y generaciones. Luis Antonio de Villena.
103. Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías.
104. Cambridge en mitad de la noche. David Jiménez Torres.
105. En el País del Bidasoa (col. Baroja & yo). Sergio del Molino.
106. El país de la niebla (col. Baroja & yo). David Jiménez Torres.
107. Los pequeños mundos (col. Baroja & yo). Jon Juaristi.
108. El ermitaño del Rey. Julio Manuel de la Rosa.
109. Confesiones de un filósofo desaparecido en combate. Enrique Ocaña.
110. Léxico familiar. Natalia Ginzburg.
111. Novela familiar. John Lanchester.
112. El puente. Hart Crane.
113. "El ruiseñor sobre la piedra". Luis Cernuda.
114. "Silla del rey". Luis Cernuda.
115. "Tres poetas metafísicos". Luis Cernuda.
116. Epístola a Arias Montano. Francisco de Aldana.
117. El enigma del Escorial. Henry Kamen.
118. Trilogía de Madrid. Francisco Umbral.
119. Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique.
120. Un buen tío. Arcadi Espada.
121. El final del amor. Marcos Giralt Torrente.
122. Epístola moral a Fabio. Andrés Fernández de Andrada.
123. El temblor (Lisboa, sábado de Santos de 1755). Juan Carlos Gea.
124. Antropoceno. Manuel Arias Maldonado.
125. Amor (Poesía reunida, 1988-2010). Manuel Vilas.
126. Los que miran. Remedios Zafra.
127. El purgatorio. Javier Salvago.
128. Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997). Javier Salvago.
129. Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Luis Racionero.
130. El asesino tímido. Clara Usón.
131. Uma forma de saudade. Carlos Drummond de Andrade.
132. La Tercera Guerra Mundial. Ismael Grasa.
133. El revés de la trama. Graham Greene.
134. Stoner. John Williams.
135. Gótico cantábrico. Martín López-Vega.
136. La familia socialista. Fruela Fernández.
137. El explorador polar. Joseph Brodsky (trs. E. Hdez. Busto/E. Zaidenberg).
138. Mis premios. Thomas Bernhard.
139. Diario de Ithaca. Miguel Ángel Hernández.
140. Romanza. Catálogo de Miguel Gómez Losada (CAC Málaga).
141. Jorge Manrique o tradición y originalidad. Pedro Salinas.
142. Arias Montano. Ben Rekers.
143. Poesía completa. José Ángel Valente.
144. Anatomía del 'procés'. VV.AA.
145. Contra Catalunya. Arcadi Espada.
146. Gran Vilas. Manuel Vilas.
147. Biblia del Oso (4). Nuevo Testamento.
148. Intenta olvidarme (Antología poética). Mario Quintana (tr. E. Gª-Máiquez).
149. Conversaciones con Octavio Paz. Enrico Mario Santí.
150. Benet. La ambición y el estilo. Rafael García Maldonado.
151. No leer. Alejandro Zambra.
152. Vidas de Nietzsche. Miguel Morey.
153. Todos llevan máscara. Diario 1995-1996. Laura Freixas.
154. Patria. Fernando Aramburu.
155. Poesía, situación irregular. Enrique Lihn.
156. Filosofía del futuro. Eugenio Trías.
157. La deriva reaccionaria de la izquierda. Félix Ovejero.
158. Colección particular. Gonzalo Eltesch.
159. Hopper. Mark Strand.
160. Cantos. Giacomo Leopardi.
161. Humano, demasiado humano (II). Friedrich Nietzsche.
162. Signor Hoffman. Eduardo Halfon.
163. Monasterio. Eduardo Halfon.
164. Duelo. Eduardo Halfon.
165. Otto Lara Resende ou Bonitinha, mas ordinária. Nelson Rodrigues.
166. Biblioteca bizarra. Eduardo Halfon.
167. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg.
168. El jardín de los frailes. Manuel Azaña.
169. El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello.
170. Leopardi. Antonio Colinas.
171. Blanco nocturno. Ricardo Piglia.
172. Los casos del detective Croce. Ricardo Piglia.
173. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Rüdiger Safranski.
174. Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Juan Claudio de Ramón.
175. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. Rafa Latorre.
176. Permafrost. Eva Baltasar.
177. El cuaderno del año del Nobel. José Saramago.
178. Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Ernesto Hernández Busto.
179. Las bacantes. Eurípides.
180. Europa. Julio Martínez Mesanza.
181. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida. Ignacio Peyró.
182. Poemes civils/Poemas civiles. Joan Brossa.
183. Blanco en lo blanco. Eugénio de Andrade.
184. Misterioso asesinato en Manhattan (guión). Woody Allen.
185. Viaje de invierno. Wilhelm Müller/Franz Schubert.
186. Retrato de un joven malvado. Francisco Umbral.
187. Benito Arias Montano. Aubrey F. G. Bell.
188. El ímpetu cruel de mi destino (Antología poética). Francisco de Aldana.
189. Conocer Nietzsche y su obra. Fernando Savater.
190. Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Miriam Moreno Aguirre.
191. Mediterráneas. Umberto Saba.
192. Cervantes y la invención del Quijote. Manuel Azaña.
193. Morgue. Gottfried Benn.
194. Noel Rosa. De costas para o mar. Jorge Caldeira.
195. "La 'Carta para Arias Montano'. Génesis y análisis de la última actitud estética de Francisco de Aldana". Lola González.
196. Antología poética. Sophia de Mello Breyner Andresen.
197. La metáfora de Borges. Juan Manuel García Ramos.
198. Los pensamientos del té. Guido Ceronetti.
199. El libro vacío. Josefina Vicens.
200. Sobre la lectura. Marcel Proust.

Epílogo. Mi propósito para 2019: leer menos. No hay que leer tanto.

29.12.18

Jot Down 25

Desde principios de diciembre está a la venta el nuevo trimestral de Jot Down, nº 25, especial Futuro imperfecto. Adelanto aquí el primer párrafo y el último de mi colaboración, "Bomba de relojería":
El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.
[...]
La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.

26.12.18

Cuento de Navidad contado por un idiota

Al final el procés es eso: un cuento de Navidad contado por un idiota. Dickens más Shakespeare. Y Andersen, con un hombretón en vez del niño que dice que el procés va desnudo: “¡Qué república ni qué cojones! ¡La república no existe, idiota!”. Pero no es el momento de comer perdices todavía, porque la revelación del mosso no basta para que caiga el velo y se rompa el engaño. El velo y el engaño están atados y bien atados en el independentismo. La respuesta inmediata ha sido ir a por el hombre que ha dicho la verdad. Una respuesta estrictamente oscurantista.

La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.

La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.

Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.

De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede dialogar con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.

* * *
En The Objective.

24.12.18

Pedagogías de la Transición

No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.

Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.

En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!

* * *
En El Español.

17.12.18

¿Qué fue de la izquierda progresista?

Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.

Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.

Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.

Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.

* * *
En El Español.

12.12.18

Acertar con el diagnóstico

Continúa deteriorándose la situación en Cataluña, en una farsa sin fondo que ahora fantasea con la sangre en un intento desesperado por que brote la épica. Esa fantasía no es tanto la del crimen como la del martirio, pero esconde un impulso desdichadamente tanático en cualquier caso. Por fortuna, no muchos parecen dispuestos a seguirlo; pero si lo siguieran el resultado tampoco sería la épica, sino una farsa incrementada, más absurda aún, hasta la náusea. La irrisión ya es inaudita, con ese Consell per la República que Puigdemont ha montado en Bélgica, en plan Palmar de Troya del catalanismo, o con el estrafalario Torra en la Generalitat, un Ubú president que ha dejado pequeño a Pujol y a Boadella convertido en el guionista de Bambi. Los que en su día compramos el mito de Cataluña como avanzadilla europeizante de España seguimos pasmados ante el socavón.

La parte buena son los libros que están saliendo, algunos espléndidos. Para desgracia de los independentistas (y bochorno de sus descendientes), todo está quedando bien documentado. La ignorancia no será una coartada. Los dos últimos que he leído (los cito con los subtítulos también, que dicen mucho) son Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Breviario de tópicos, recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana, de Juan Claudio de Ramón (Deusto) y Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. El autosacrificio catalán, de Rafa Latorre (La Esfera de los Libros). Al leerlos juntos he visto que resultan complementarios: el de De Ramón centrado en las ideas, en las palabras, y el de Latorre en los hechos; sin que falten hechos en el primero ni ideas en el segundo. Y los dos logran lo que el primero exige: acertar con el diagnóstico.

“La necesidad de acertar con el diagnóstico” a que urge Juan Claudio de Ramón, para no insistir en el error en el intento de solucionar o paliar el problema, o al menos para no seguir agravándolo, la cumple con brillantez en su libro, como venía haciendo con sus artículos. Este Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña podría haberse titulado Ejercicios de tiro, todos en el blanco. Van pasando los tópicos (“Hace falta tender puentes”, “El origen del problema está en la sentencia del Estatut”, “No se puede judicializar la política”, “Es un problema político que requiere una solución política”...) y ¡pumba! El índice es un listado de las piezas cobradas. La conclusión general, que también subraya Francesc de Carreras en el prólogo, es que la causa principal de la crisis catalana es endógena: el nacionalismo catalán. (Los factores exógenos podrán haber influido más o menos, pero secundariamente). Y como el nacionalismo se alimenta del oscurantismo y la mentira, la respuesta ha de ser ilustrada, restablecer la verdad. De Ramón, con su admirable paciencia, de lo que trata es de persuadir. Al menos, a los que no son todavía cerrados creyentes.

Rafa Latorre hace una crónica vibrante de la escalada enloquecida del independentismo, con una capacidad precisa de observación de la que no se evapora la sorpresa. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido es un título que quiere preservar el carácter alucinante de la realidad que narra. Cuando en el futuro no se dé crédito, este libro será una prueba de que sucedió. La habilidad de Latorre por resaltar lo significativo alcanza al pasado, del que extrae perlas que hoy lo explican todo. Por ejemplo esta de 2010, que comenta con agudeza: "Montilla le había señalado al nacionalismo el enemigo y había enquistado la idea que provocaría la infección del procés. Hela aquí: 'No hay tribunal que pueda juzgar ni nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación'. Es difícil encontrar en la historia de las ideas políticas una impugnación tan perfecta de la democracia expresada en menos palabras. Es un milagro conceptual". A continuación basta añadir esto de la solapa: "Así fue cómo una comunidad próspera de un país estable de la Unión Europea se embarcó en un proceso que la conducía a un destino incierto y peligroso".

Este miércoles en el Congreso hay un pleno sobre Cataluña. Me temo que no todos los políticos que intervengan acertarán con el diagnóstico, ni siquiera algunos de los que desearían hacerlo. Tendrían que haber leído estos dos libros.

* * *
En The Objective.

10.12.18

Se acabó la dulzura de vivir

Con el éxito de Vox de acabó definitivamente la dulzura de vivir: el lujo del que hemos disfrutado los españoles desde la muerte de Franco hasta hace nada; hasta antes de Vox, pero que con Vox se confirma. La relajación patriótica de estar años y años sin bandera, con una irrelevancia casi absoluta de la bandera. Con dos excepciones españolas: el País Vasco y Cataluña, que no disfrutaron del lujo porque en cuanto murió Franco se les vino encima el franquismo alternativo de sus nacionalismos. Después de España, tuvieron hasta en la sopa a sus Españitas, como las llamaba inolvidablemente el ácrata Agustín García Calvo. Pero fuera de esas regiones atosigantes: ¡qué dulzura! De esa dulzura ya pasada tendremos que alimentarnos el resto de nuestra vida... Una vida que se presenta políticamente atosigante también.

Me acuerdo con frecuencia de una anotación mía de 1991, que documenta aquel descanso. Pertenece a mi diario Oficio pasajero, que aún no he querido publicar. Yo andaba estudiando unas oposiciones de Literatura y escribí esto: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo –si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas)”.

Aquello era vida: andar abatido y sumido en la “zozobra de la voluntad”, pero sin presión patriótica. Qué ligereza se percibe ahora. Y exactamente dulzura. El “tema de España” sonaba a chino: estaba resuelto. Ni un roce cotidiano. Ahora se percibe también lo que había de dejadez, y quizá irresponsabilidad, en ello: ¡pero que nos quiten lo no patrioteado! La conclusión es melancólica a tope: aquel lujo era insostenible. Por nuestra ausencia de bandera se colaron –y con cuánta pesadez, algunas chorreando sangre– las otras banderas. Parece que el ser humano, animalito, no puede estar sin bandera: si atenúa elegantemente la suya, lo aplastan con otras. Parece que hay que ser patriota de algún modo, en legítima defensa; me refiero a un patriotismo más caliente que el constitucional. Aunque a algunos nos pilla ya muy viejos.

Los nacionalistas vascos y catalanes, y nuestros populistas, querían un espejo y ya lo tienen: Vox. Pero deben seguir trabajando, hasta que Vox haya cometido, si las comete, algunas de las aberraciones ultraderechistas (¡o ultraizquierdistas!) que todos ellos han cometido ya. Hasta las heces.

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En El Español.

3.12.18

Elecciones generales: primer asalto

Aunque en estas elecciones andaluzas ha imperado como nunca el tipismo, con una campaña y unos debates a los que solo les ha faltado que los presentase Juan y Medio, el voto ha sido inevitablemente en clave nacional. La inanidad de los candidatos –como dijimos– no solo invitaba a ello, sino que casi lo exigía. Era el único aliciente: o votaba uno en clave nacional, o se quedaba en casa. Muchos andaluces han optado por lo segundo.

Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.

Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).

Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.

La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.

Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.

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En El Español.