29.2.20

Que no lo sepan

Mayor que el miedo a la página en blanco es el miedo a la página escrita. Esta constituye ya una prueba, y por ahí puede saberse que uno es un impostor. Endiablado oficio, colgado entre dos angustias. Decía Jaime Gil de Biedma que a él no le gustaba escribir, sino haber escrito. Pero haber escrito también tiene sus inconvenientes. En toda página está plasmado un fracaso. Le devuelve a uno el bofetón de sus limitaciones. Por muy aparente que se muestre el edificio, el autor sabe que son escombros. Y no es una percepción romántica, sino realista. Si "el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", como apuntó Hölderlin, la cruda realidad es que es un mendigo igualmente cuando escribe, cuando ha escrito.

El primer impulso es esconder la página. Que no la lean, que no lo sepan. Que no sepan lo mal escrita que está, las tonterías que dice, las incoherencias y los huecos que contiene. Pero siempre se da a leer. Y entonces uno se hunde. Todo por dentro, sin que se note. Hay una vergüenza soterrada. Como si le hubiesen encargado un traje y uno entregara una caja con retales, con mangas mal cosidas, con botones sueltos. Ese momento desconsolado de la página en que ha sido enviada y aún no ha tenido lector. El autor espera que le llamen para decirle que de qué va, que por qué ha mandado esa mierda, que a quién pretende engañar, que es un estafador. Y no deja de sorprenderle cuando no le dicen nada, cuando su engendro cuela, e incluso, como sucede a veces, cuando le dicen que está muy bien.

Aquí se produce algo de magia, o de alucinación. El autor podría replicar a los elogios con un "el rey va desnudo", referido a su propia página. Pero lo cierto es que observa cómo se reconstruye el traje. Para su sorpresa, basta con que el lector la celebre para que él la celebre también. Las ruinas que percibía antes, de pronto están rehechas. La lectura de alguien que no es él les ha dado solidez, y esa impresión se le contagia. Cuando relee lo que él mismo escribió y que le parecía chapucero, lo encuentra digno. Sabe que el lector no conoce la diferencia entre lo ambicionado y lo conseguido; pero en el nido del ego empieza a crecer el pollo de la autosatisfacción.

Aunque en realidad va contrarrestada. El proceso ha supuesto, en términos generales, un incremento de la niebla. Naturalmente, una desconfianza ante la percepción propia. Si lo que uno escribe depende de la mirada del otro, ¿con qué mirada lo escribe? En adelante solo hará tanteos, sin saber muy bien lo que está manejando. Escribirá desde la incertidumbre. Está condenado a componer partituras en el vacío. El de la escritura es un arte inestable. Lo cual, por otra parte, responde a su origen: la letra es un intento de cifrar el aire, el aire articulado de la voz, y su esencia volátil la mantiene. Se trata de hacer algo con humo, sin que deje de ser humo.

Pero el miedo a la inestabilidad se da junto con el miedo a la fijación: hay un ping-pong de miedos. El miedo a quedarse embalsamado en lo escrito. Al fin y al cabo uno sigue su curso, pero la página permanece ahí, como un cadáver. Un cadáver que nos reclama, porque posee un cierto poder gravitatorio. Cada página escrita tira del autor hacia la muerte. Y el autor solo puede librarse o aplazarse (somos "cadáveres aplazados", escribió el Ricardo Reis de Pessoa) sembrando más cadáveres. A la vez, en mitad de este panorama tétrico, uno sabe que tendría que tomárselo sin tragedia, con humor y distancia; que tendría que ser más zen, más Montaigne. Pero como no siempre lo consigue, al final uno termina sintiéndose ridículo, que es la variante menos sabia de la sabiduría. Con lo que la angustia crece aún más, y se enturbia. Ni siquiera podemos agarrarnos a ella, ni ir, a estas alturas, de Flaubert.

El miedo a la página en blanco, pues, no es el miedo al vacío: es el miedo a llenarlo. El error fue dedicarse a esto.

* * *
Publicado en el trimestral de Jot Down nº 11, especial ¿Quién dijo miedo? (verano 2015). Y en la web de Jot Down (febrero 2020).

24.2.20

Por lo que son

La política de la identidad, que es la moda no tanto política como religiosa de nuestro tiempo, ha alcanzado la perfección en el Gobierno Sánchez-Iglesias (¿o es Iglesias-Sánchez? El orden de los idénticos no altera la identitariedad). El fundamento es pasmoso, pero les funciona: ellos son los buenos porque son ellos y los otros son los malos porque no son ellos. La oposición asume este circuito cerrado porque ha decidido (o es lo que le sale) aparecer como malota.

Fue de una transparencia adorable lo que le dijo Iglesias a Sánchez en la sesión de investidura de enero (¡cuánto tiempo ya!): “No nos van a atacar por lo que hagamos, nos van a atacar por lo que somos”. Era la formulación invertida de lo que hay en su cabeza (yo no he mirado ahí dentro, pero contamos con una extensísima videoteca para saber lo que se cuece): es él el que viene odiando a muchos no por lo que hacen sino por lo que son; y es él el que reclama la adoración a su persona no por lo que hace sino por lo que es.

La gran frase de la tradición progresista española es esta de Cervantes que tanto cita Trapiello: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Frase aplastada ahora por la política de la identidad y desmentida a diario por este Gobierno. Las respuestas caradurísticas de Sánchez –quien jamás practica la cortesía de la argumentación racional, sino que se atrinchera en el cemento armado, en el embarramiento del terreno y, naturalmente, en sus mantras de “la derecha” y “la ultraderecha”, con los que trata de neutralizar la crítica– son la refutación de todo progresismo.

Con Iglesias pasa igual, y con casi todos los ministros y ministras. Es un Gobierno identitario a tope, al igual que los partidos que lo sostienen, la tertulianería afín y los politólogos y politólogas de comunión gubernamental, que se rigen por Sanchezprinzip y el Iglesiasprinzip (que vienen a ser un único prinzip) con una docilidad que, a estas alturas, no deja de asombrarme; lo cual es sin duda mérito mío.

Así que en nuestra España bastaba con que un gobernante se autoerigiera en tótem para que sus acólitos respondiesen: “Sí, bwana”. En realidad, siempre ha sido bastante así (no solo con el PSOE, sino también con el PP). Lo alucinante del momento es que esté siendo tan así. Y justo por aquellos que decían venir a democratizar España y que han fundado su acción política en la denuncia de las carencias democráticas de los otros.

Pero ya se ve que el problema de los otros es que no eran ellos, imperdonable pecado para quienes fundan la política en su propia identidad.

* * *
En El Español.

20.2.20

El Río de las postales



El milagro en Río es la superposición: cómo la ciudad mítica, el Río de las postales, se impone a la real. Está siempre con ella, ligeramente por encima: como una sombra de luz, o una aureola. La potencia de la ciudad mental, que lleva el viajero, y también el habitante de Río, condiciona la percepción. No dejamos de advertir sus defectos, pero estos quedan absueltos casi al instante: como si el convencimiento de una alquimia (un dispositivo no premeditado: ¿un autoengaño?) transformase la suciedad en oro. Estar en Río es ser un rey Midas de la mirada. Alguien escribió al llegar: “Nunca pensé que mis ojos valiesen tanto”. Tal vez sea por el amor: Río de Janeiro es una ciudad que enamora y sus amantes ya van tergiversados por su filtro amoroso. Por más que se desplome la ciudad real, la ideal está siempre sustentándola.

Yo mismo, encima del Pan de Azúcar, veía los desperdicios de la playa Vermelha de abajo, o, enfrente del Pan de Azúcar, los de la playa de Botafogo. Toda la bahía de Guanabara es un basurero flotante, al igual que la laguna (la Lagoa) que está al pie del Corcovado. Produce pena y depresión. Pero uno se descubre al momento soslayando las inmundicias. Hay una fuerza que vence: la fuerza de lo que queda de belleza, que es muchísimo.

Está además la delincuencia. En el año 2000 me encontraba en la ciudad cuando estrenaron la película Bossa Nova, una comedia sentimental flojísima de Bruno Barreto, que solo valía por lo bonito que salía Río. El director había optado abiertamente por una estética de postal y la prensa ironizaba. Leí, por ejemplo, que una mujer había quedado con una amiga para ir al estreno. Mientras la esperaba ante su portal de Ipanema, decía, “sentí eso tan familiar para un carioca: el cañón de una pistola apuntándome a la sien”. Le robaron lo que llevaba encima, pero aun así fue con su amiga al cine. Y a la salida comentó que qué ciudad maravillosa la que salía en la película, que era en ella donde le gustaría vivir. Lo bueno era que, con su distanciamiento y todo, ella sabía que estaba viviendo justo en aquella ciudad.

A mí me costó trabajo encontrar Río. Exactamente, media jornada. Llegué un 21 de marzo y en la radio del taxi hablaban del comienzo del otoño, “la estación melancólica de los poetas, de las hojas caídas...”. Pero el sol era radiante y hacía un calor como el del verano en Madrid. Rubem Fonseca se quejaba del eurocentrismo que no tenía en cuenta el calendario tropical: su novela Agosto se editó en Francia como Un été brésilien. Pero al parecer los propios cariocas acogían gustosamente los tópicos del otoño europeo. Mi asiento en el avión me había impedido ver la ciudad desde el aire. Yo me había imaginado una llegada como la del “Samba do avião” de Jobim, pero ni siquiera desde el taxi pude ver nada reconocible. Extensiones de favelas, un callejeo, túneles y la llegada al hotel, en una de las calles interiores de Copacabana. Salimos (yo iba con N., que había vivido allí algunos años), y entre el solazo, el jet lag y los edificios altos del paseo marítimo, me sentí agobiado y con un sentimiento hondo de decepción. “¡Esto es Benidorm!”, no paraba de decirle a N. Luego vi ya el Pan de Azúcar, y asomando por detrás de los edificios el Corcovado, y más tarde la roca de Arpoador, desde la que se veía ya el morro Dois Irmãos y la Pedra da Gávea. Nos tomamos unas cervezas y unos espetinhos de pollo en el bar Garota de Ipanema, donde se compuso la canción, y antes de que se hiciera de noche ya me había enamoriscado de Río.

El enamoramiento de verdad, el flechazo, ocurrió al cabo de una semana. Nuestro plan era estar un día en Río, viajar a Belo Horizonte y a Vitória, donde N. tenía que visitar a su familia y resolver ciertos asuntos burocráticos, y al fin volver a Río, donde pasaríamos casi un mes. En el autobús de regreso estuve leyendo Noites tropicais, las memorias musicales del letrista y productor Nelson Motta, que van desde el nacimiento de la bossa nova con João Gilberto, que frecuentaba la casa de su padre, a finales de la década de 1950, hasta el lanzamiento de Marisa Monte a finales de la de 1980, que dirigió él; en medio, el tropicalismo (Motta, de la generación de Caetano Veloso y Gilberto Gil, fue el periodista que aplicó el término), los festivales, su amor por Elis Regina, la música disco brasileña (Motta montó la primera discoteca de Río, situada en el morro de Urca, el que está al lado del Pan de Azúcar), su amistad con Tim Maia y el rock... En algún momento de mi lectura se produjo el clic y quise llegar a Río cuanto antes, y conocer bien Río, y saborearlo y vivirlo. El primer paseo de aquella noche, tras dejar las cosas en el hotel de Copacabana, fue ya el de un enamorado.

El amor se incrementó con los días en la ciudad, y con las lecturas de después, libros de memorias y biografías fundamentalmente: atisbos de la ciudad a lo largo de los años, en las vidas de otros. La historia de la bossa nova de Ruy Castro, que da cuenta de todo el grupo y en especial de João Gilberto; la biografía de Noel Rosa, de João Máximo y Carlos Didier, que ofrece un magnífico retrato de Río desde 1910 hasta 1937; la historia del tropicalismo, de Carlos Calado; la biografía del periodista y autor teatral Nelson Rodrigues, también de Ruy Castro (una biografía que es al tiempo una historia del periodismo y la política del Brasil del siglo XX; incluye la construcción del estadio de Maracanã y la implantación de las puntuaciones en el desfile del carnaval, en que tuvo mucho que ver el hermano mayor de Nelson, Mário Filho); y las biografías, en fin, de Orlando Silva, Antonio Carlos Jobim, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão, Chico Buarque, Tim Maia, Cazuza, Hélio Oiticica, Vinicius de Moraes... Antes de mi viaje había leído otros libros, de Machado de Assis, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o las memorias de Caetano Veloso, Verdade tropical; pero aquel Río era aún abstracto, como el de las canciones, las películas, las fotos, los dibujos animados, los anuncios y los documentales. O, más que abstracto, era un Río en avanzadilla, que iba a tomar cuerpo en el de verdad, al tiempo que lo realzaba con la mencionada idealización.

El Río de las postales es el de la rutilante Zona Sur (Flamengo, Botafogo, Leme, Copacabana, Ipanema, Leblon...), el de Lapa, con sus arcos, y el del centro histórico. De la Zona Norte, asfixiada, polvorienta, apenas se cuela el estadio de Maracanã, cerca de Tijuca y Vila Isabel. Chico Buarque se acordó de ese Río postergado en “Subúrbio”, una canción triste y emocionante, en la que, además de repasar los hermosos nombres de esos barrios (Penha, Irajá, Vigário Geral, Nova Iguaçu, Maré, Madureira, Pavuna, Inhaúma, Realengo, Meriti, Pilares...), presenta esta antipostal: “Allí no hay brisa / no hay verdeazules / no hay frescura / ni atrevimiento / [...] Casas sin color / calles de polvo, ciudad / que no se pinta / que no es vanidosa / [...] No hay turistas / no aparece en foto en las revistas / Allí está Jesús / pero de espaldas ”. Y pide: “Desbanca a la otra / esa que abusa / de ser tan maravillosa”.

La denominación de Río como ciudad maravillosa la acuñó en 1912 la francesa Jeanne Catulle-Mendès y se consagró en 1935 con la célebre marcha de carnaval de André Filho, “Cidade maravilhosa”, que se erigió como himno. Como escribe el economista Carlos Lessa en O Rio de todos os Brasis, Río fue de ese modo “la tarjeta de visita del país y el certificado de brasileñidad, en tanto lugar único que combinaba la naturaleza tropical con la modernidad urbana”. Tras las reformas de principios del siglo XX, se la consideró también el París de los trópicos; un París con mucho de Lisboa. Y a finales de ese siglo, con la proliferación de los shoppings y la expansión hacia Jacarepaguá y la Barra da Tijuca (expansión reforzada por estos Juegos Olímpicos de 2016), empezó a escorarse hacia una especie de Miami sudamericana, no del gusto de todos. Gal Costa la cantaba en la década de 1960, con palabras de Caetano Veloso, como “a melhor cidade da América do Sul”.

Pero su carácter más perdurable es el de Río como paraíso tropical. Dice Ruy Castro en Río. Carnaval de fuego que cuando Américo Vespucio llegó en 1502 “vio en Guanabara algo muy parecido a la idea que los antiguos se hacían del Paraíso: un carnaval de montañas, sierras, playas, ensenadas, islas, dunas, restingas, manglares, lagunas y bosques, todo bajo un cielo sin fin. Una obra maestra de la naturaleza, habitada por gente feliz, bronceada y amoral: hombres y mujeres que vivían cantando y bailando al sol, todo el mundo desnudo, fornicando alegremente en matorrales y arenas, durmiendo en hamacas a la luz de la luna o en románticas chozas de paja, y con gran abundancia de frutas, pájaros y peces al alcance de la mano. Nadie tenía necesidad de plantar, solo de recoger, y viva la vida”. Sobre su geología apunta Lessa: “Todo está muy erosionado, con formas redondeadas y pulidas. La sensualidad de los cerros es producto de la antigüedad de los movimientos tectónicos. Son formas que no intimidan, sino al contrario, invitan a abrazarlas y a tocarlas”. Y de nuevo Castro: “Por más que los hombres hayan intentado destruirla en todos estos siglos, Río ha resistido al urbanicidio que ha asolado a otras metrópolis. De las grandes ciudades modernas, es de las pocas que pueden reconocerse fácilmente en mapas y grabados del siglo XVII: ya estaban allí (y estarán siempre) las montañas que forman el skyline carioca”.

Aunque hay excepciones en el aprecio: ya sabemos que el antropólogo Claude Lévi-Strauss detestó la bahía de Guanabara. En Tristes trópicos estropea la postal: “Después de esto me siento aún más embarazado para hablar de Río de Janeiro, que me rechaza a pesar de su belleza tantas veces celebrada. ¿Cómo decir? Me parece que el paisaje de Río no está a la escala de sus propias dimensiones. El Pan de Azúcar, el Corcovado, todos esos puntos tan alabados, se le aparecen al viajero que penetra en la bahía como raigones perdidos en los rincones de una boca desdentada. Casi constantemente sumergidos en la bruma fangosa de los trópicos, esos accidentes geográficos no llegan a llenar lo suficiente un horizonte como para que uno se sienta satisfecho”. En las crónicas del argentino Roberto Arlt desde Río en 1930, recogidas en Aguafuertes cariocas, asistimos a una exasperación creciente, que termina cuarteando la imagen de postal que transmitía al principio. Tampoco Saramago estaba cómodo en Río. Como dice en su diario, se sentía desorientado en la ciudad, “dividida como está, en tres o cuatro partes que se comunican por túneles”. Cuando al fin sube al Corcovado, “localicé los accidentes orográficos perforados por los túneles, tracé mentalmente las vías de comunicación, puse nombre a los barrios, situé las playas, identifiqué las montañas de los alrededores, hice inventario de las favelas y de los barrios lujosos”. Lo aprendió entonces todo, pero “me bastó regresar al nivel del mar y a Copacabana para empezar a desaprender”. También Bioy Casares confesó en Unos días en el Brasil que se encontraba “un poco abrumado en esta ciudad populosa y vertical, sin esperanzas de entenderla topográficamente”.

De esta incomodidad en la “ciudad del paraíso” se ha ocupado recientemente Javier Montes en Varados en Río, donde rastrea las experiencias cariocas de Rosa Chacel, Stefan Zweig, Manuel Puig y Elisabeth Bishop. Son disonancias que, de algún modo, tienden un puente individual con las disonancias colectivas: las de la herencia de la esclavitud, la pobreza, la desigualdad social, la violencia, la del fracaso político. Río de Janeiro es, al cabo, una Cidade partida, como supo ver el periodista Zuenir Ventura en el libro que tituló así. En él estudiaba el Río violento de la década de 1990, con los crímenes del narcotráfico en las favelas y los de los escuadrones de la muerte vinculados con la policía, pero situaba su origen en el Río dorado de las décadas de 1950 y 1960: esbozaba una crónica noir que iba en paralelo a la solar de la bossa nova. Esa crónica, de hecho, ya la fue trazando en aquellos años el cronista Antônio Maria, quien, como señalaba Ruy Castro, escribía en los periódicos sobre el lado oscuro de Copacabana al mismo tiempo que triunfaban las canciones que la mitificaban, como la que llamaba a aquella playa “princesinha do mar”. Pero la división se aprecia en el propio Antônio Maria, que es autor de “Valsa de uma cidade”, otro de los grandes homenajes al Río luminoso: “Rio de Janeiro, gosto de você...”.

Y es que los cariocas, los brasileños en general, tienen el arma para manejarse en esa división: la alegría. La alegría particular de los brasileños, que acoge con naturalidad la tristeza, según proclama el samba. El filósofo francés Clément Rosset llamó a la alegría “la fuerza mayor”. Y esa es la fuerza, en fin de cuentas, que eleva a la ciudad: el contagio de su gente. El visitante que se deja encuentra ahí la verdadera fórmula del Río de las postales.

[Publicado en Jot Down núm. 16, especial América]

19.2.20

La política no lo puede todo

Una de las noticias intelectuales del año viene siendo, desde hace unos cuantos, el libro de Manuel Arias Maldonado, quien ha alcanzado la meritoria cadencia de Woody Allen con sus películas. A finales de 2016 publicó La democracia sentimental (Página Indómita), y desde entonces Antropoceno (Taurus, 2018), Fe(Male) Gaze (Anagrama, 2019) y en este 2020 acaba de salir Nostalgia del soberano (Catarata). Todos ellos precisos, eruditos, académicamente rigurosos, con los datos al día, pedagógicos, elevados y valientes.

Siempre se ocupa de acuciantes asuntos del momento (la sentimentalización de la política, el cambio climático, las relaciones sexuales en el siglo XXI), que somete a su mirada larga, documentada, perspicaz. En Nostalgia del soberano parte del auge actual de los populismos y los nacionalismos, que encierran un anhelo cuya formulación sería el eslogan de los partidarios del brexit en Gran Bretaña: “recuperar el control”. La tesis del libro, escribe Arias Maldonado, es que “las turbulencias políticas causadas por la crisis económica, que a su vez activan con fuerza temores latentes asociados con los distintos aspectos de la globalización, deben interpretarse como expresión de una nostalgia de la soberanía. O sea, como el anhelo por una potencia política capaz de imponer orden en un presente amenazante e incierto”.

La “nostalgia del soberano” se refiere, pues, a la añoranza por la omnipotencia del soberano absoluto, heredero de Dios, y por extensión por la omnipotencia de la política; es decir, por el poder sobre la realidad. El libro se articula en torno a dos análisis o estudios complementarios. Por un lado, el de la evolución de esa soberanía de origen teológico, que del soberano pasa –con Rousseau y la Revolución francesa– al pueblo, a la “voluntad general”, que mantiene sus pretensiones absolutistas. Por otro, el del carácter ilusorio de tales pretensiones de poder absoluto, tanto en el antiguo soberano como en la moderna voluntad popular: que se arrogan, o a los que se atribuye, capacidades que en verdad no tienen.

Arias Maldonado repasa lo que han dicho autores clásicos y modernos sobre la cuestión (Bodin, Hobbes, Rousseau, Kant, Constant, Burke, De Maistre, Sieyès, Hegel, Marx, Kojève, Schmitt, La Boétie, Shklar, Arendt...) y se ocupa de fenómenos como los mencionados nacionalismo y populismo; el autoritarismo; los delirios de omnipotencia del nazismo y el comunismo; la irresponsabilidad utópica en nuestro tiempo; el miedo al futuro o su abolición y el refugio en un pasado mítico que no existió nunca, del que se aspira a extraer potencias que serán nefastas.

En la “devaluación del futuro”, que de ser el gran motor de la modernidad, el inspirador del progreso, ha pasado a ser “el lugar donde todo irá mal”, encuentran los populistas y los nacionalistas su razón de ser, ya que solo ellos (según ellos) podrían revertir la situación, “recuperando la vieja afirmación soberana”. Sigue latiendo la aspiración religiosa a la salvación: las ilusiones se proyectan “hacia un tiempo mesiánico llamado a romper el prosaico guion de la historia convencional”. Pero “la ausencia de alternativas plausibles al modelo liberal capitalista”, en una época en que las utopías quedan “por detrás”, genera una frustración que se traduce en “un melancólico declinismo”. Al futuro real no se le da ninguna opción: porque “o el futuro luce impecable, o no es futuro”.

El actual repliegue soberano indica que persiste la creencia de que “la política –si quiere– todo lo puede”. Una política cuyo actor ya no sería el soberano individual sino el pueblo soberano, que comparte con el anterior el carácter absolutista. El liberalismo constitucional es la doctrina que busca limitar la lectura “soberanista” de la voluntad popular. La propuesta de Arias Maldonado es una “soberanía para escépticos”, que comprenda en sus justos términos qué es y qué puede (y qué no puede) la soberanía, y que preserve nuestras frágiles democracias liberales. Se trataría de “rebajar las expectativas de los ciudadanos sobre las verdaderas capacidades de la política”, ya que “esta no tiene por objeto hacernos felices ni es responsable de nuestras frustraciones personales, sino que tiene encomendada la tarea de crear aquellas condiciones que nos permitan convivir pacíficamente con los demás”.

La política, sencillamente, no lo puede todo: “adolece de limitaciones constitutivas, que no pueden ser superadas por muy buena política que se haga”. Arias Maldonado ofrece un buen catálogo: pluralidad humana, escasez relativa de bienes, imposibilidad del consenso total, peligrosidad de unos hombres para con otros, tendencia de los seres humanos a abusar de su poder, vulnerabilidad emocional del ser humano, doblez del lenguaje, inestabilidad consustancial a la actividad política...

Yo me he acordado de estas palabras salutíferas (y melancólicas) de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, que copié hace años y he conservado: "Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas".

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En The Objective.

17.2.20

Los amigos de Gistau

La muerte de David Gistau me ha recordado a la del también periodista Félix Bayón hace catorce años, por la cantidad de cariño que ha desalojado. Ambos eran grandes, imponían y acogían. Digo bien “cantidad”, porque, aunque la calidad ha sido exquisita, la cantidad abruma. Y digo bien “desalojado”, porque, por una especie de principio de Arquímedes, todo ese cariño es un molde cálido del amigo muerto, que lo reconstruye marcando su ausencia: una ausencia llena de lo que ha dejado. (Lo que quizá no he dicho bien ha sido “cariño”, porque era más: fraternidad, amor, admiración, veneración.)

Con Bayón pasó igual. Son personas que cultivan el arte de la amistad, algo que me parece admirable (y casi diré que imposible) desde mi creciente misantropía. Durante años después de la muerte de Bayón me estuve encontrando con personas que tenían una historia, un afecto con él. Ese hilo cotidiano se tensó cuando murió y se convirtió en algo trágico y bellísimo. Son extraños surcos que la vida hace en la muerte, pues el resultado (ya sin el amigo) es más vida, al advenir la conciencia del oro de lo vivido.

Yo no llegué a ser amigo de Gistau (nos saludamos solo algunas veces), pero sí de sus amigos Manuel Jabois, Jorge Bustos, Hughes y Rafa Latorre, que decían de él cuando vivía lo mismo que dicen ahora, hasta con la misma intensidad. Ellos han escrito las mejores columnas (con la de Rosa Belmonte, con la de Rubén Amón, con la de Ignacio Camacho, con la de Arturo Pérez-Reverte, con alguna otra; Suanzes ha hecho una recopilación estupenda). Me emocionó encontrarme en dos de ellas el mismo gesto, que retrata a un hombre. Cuando Bustos tuvo un problema con periodistas del Congreso, Gistau lo esperaba en la puerta para que entrase con él. Cuando Hughes empezó a cubrir los partidos del Bernabéu, Gistau lo acompañaba y lo defendía. Ha habido otros testimonios de esa presencia protectora: favores, aliento.

Y está la risa, claro, la risotada. Otra cosa que compartía con Bayón. De esa tuve una muestra. La última vez que lo vi fue en mayo del año pasado en la presentación de Malaherba, la novela de Jabois. Me dijo que estaba pensando en mudarse a Málaga con su familia. Se acercó un amigo mío de allí, Antonio García Maldonado, quien, por algo que surgió en la conversación, me hizo contar una anécdota que yo había escrito en una columna. Gistau rompió a reír geológicamente, su risa era un manto de lava. Luego mi amigo salió y le dije a Gistau: “Este trabaja en Moncloa escribiéndole discursos a Sánchez”. Y Gistau: “¡Es muy bueno! ¡Qué cabrón!”. Y de nuevo las risas...

De ellas me he estado acordando estos días, y se imponían de un modo extraordinario a la tristeza. Daban ganas de reír más. De la muerte de tíos como Gistau y Bayón se sale con unas ganas tremendas de vivir.

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En El Español.

PD. Homenaje de Luis Herrero con José Luis Garci, Luis Enríquez y Manuel Jabois en su programa de EsRadio.

10.2.20

Dialogar contra lo dialogado

Mientras Sánchez se encontraba reunido con Torra el pasado jueves, un encuentro en la cumbre de la coherencia con el sentido común, Ferreras entrevistaba en La Sexta a un diputado de En Comú Podem. Era uno de esos gorditos de ahora con barbita, jerseicito y hablar desenfadado, inequívocamente guay. Celebraba con verdadero amor el diálogo, la apertura a los distintos, la nueva época de entendimiento que comenzaba.

No recuerdo si por pregunta de Ferreras o por la propia deriva del discurso del gordito (con cuyo nombre no me quedé), de pronto apareció la expresión “la derecha”. Todo lo que un segundo antes era amor, diálogo, apertura a los distintos y entendimiento, pasó a ser odio, demonización, cerrazón a los distintos y desentendimiento. La vieja época seguía imperando aquí.

Siempre me asombra que ellos mismos no se den cuenta. Ni siquiera creo que sean cínicos; al menos gente como el gordito no. Es que la exclusión de “la derecha” (¡el verdadero distinto, el verdadero otro para ellos!) es el suelo sobre el que se asientan. Un suelo que dan por hecho, que consideran natural: es su premisa. Ni siquiera perciben el empaquetamiento falaz que hacen con lo de “la derecha”.

No resulta muy prometedor un diálogo que parte de la fetichización de las palabras. Para empezar, de la propia palabra “diálogo”, que no se toma en sentido recto, sino de manera acrítica, sentimentalmente, como arma arrojadiza. No es un diálogo entre unos y otros, sino un diálogo contra “la derecha” (otra fetichización). Al final es un juego de poder que utiliza la palabra “diálogo” para enmascararse. Es un diálogo en realidad contra el diálogo. Más aún: contra lo dialogado.

Es cansado repetirlo una vez más, pero en nuestra democracia lo dialogado es la Constitución, son las leyes elaboradas y aprobadas por el Parlamento. Quienes incumplieron la Constitución e infringieron esas leyes son los que se salieron del diálogo. Lo escribo por enésima vez y tengo la sensación de que repetirlo es malo: puede que, del mismo modo que cuando una mentira se repite termina pareciendo una verdad, cuando una verdad se repite termina pareciendo una mentira.

Pero no queda otra. Al menos para no volverse loco. En esta fangosa actualidad, deprimente y sórdida, de abyecta lucha por el poder a cualquier precio, de envilecimiento de lo que uno ama, que son las palabras y su sentido, lo único que puede hacer uno es quedarse aislado en la verdad. Pasar por antidialogante cuando su ideal es el diálogo. El de las palabras con sentido.

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En El Español.

5.2.20

Literatura en directo

Confieso que no tenía muchas ganas de que me gustase la nueva novela de Gonzalo Torné, El corazón de la fiesta (Anagrama). El autor ha tenido últimamente desagradables discusiones en Twitter con amigos míos sobre asuntos en los que yo estaba de acuerdo con mis amigos. Además, su “exceso de ser inteligente” (como decía Jaime Gil de Biedma de Gabriel Ferrater) me lo hace irritante en ocasiones; sobre todo cuando detecto tonterías políticas (desde mi sesgo no necesariamente infalible, claro está) en la corriente de su inteligencia.

Leer a la contra, buscando defectos, con perspectiva degradante, es también un placer; triste, pero placer. Aunque el placer mayor (el placer alegre) adviene cuando la lectura que se inició con ese propósito es derrotada por la obra, que la convierte en lectura celebratoria, admirativa. No me ocurre con frecuencia, pero esta vez me ha ocurrido. Y hay una cierta redención aquí, porque lo que de verdad amamos, que es la literatura, vence sobre nuestras propias pejigueras. Estas no fueron suficiente para frenarla. Nuestro amor, al cabo, se reveló superior.

No he leído (lo haré pronto) las dos primeras novelas de Torné, Hilos de sangre y Divorcio en el aire, y la tercera, Años felices, me gustó, aunque no me entusiasmó como El corazón de la fiesta; tal vez la leí peor. El tono que he celebrado en la de ahora lo encontré por primera vez en el prólogo que escribió el autor para la edición conjunta de Intrusos y huéspedes & Habitación doble de Luis Magrinyà. Un tono que yo caracterizaría de esta manera: ¡alegría de escribir! Una escritura vibrante, viva, sin una sola frase inerte (como dijo Savater de la de Borges), que es la que he vuelto a encontrar en El corazón de la fiesta. Con el mérito añadido (un mérito fundamental) de que no entorpece la narración, sino al contrario: contribuye a su fluidez. La narración va, de hecho, montada en esa fluidez.

Al leerla he tenido la intuición de que va a quedar. Esto solo me ha pasado en la novelística española de las últimas décadas con Javier Marías (aunque recientemente hubo otro caso: Lectura fácil, de Cristina Morales). La impresión, en verdad excitante, era la de estar asistiendo a la literatura en directo. Tanto por tratarse, en sí misma, de una extraordinaria novela actual, como por su manera de operar con la realidad del momento, sirviéndose de ella para crear una obra que la trasciende. La intención de hablar del presente es habitual entre los novelistas, pero lo que suele salirles son relatos de corte periodístico o sociológico, de poco calado, irreales a fuerza de convencionales (incluidas las convencionalidades ideológicas), escasos de pensamiento, de pensamiento literario. El prodigio de El corazón de la fiesta es que emplea referentes de la actualidad que se transforman ante nuestros ojos en literatura perdurable. Los lectores futuros tendrán la novela, pero los de ahora tenemos la novela y la realidad que ha atrapado o postulado, en su complejidad, en su profundidad y en su metamorfosis en ficción; es una sensación de lectura en estéreo.

Jordi Amat ha escrito en The Objective sobre el tema central de la novela, el dinero, que el autor resalta con la cita inicial de lord Byron: “Dinero, dinero, dinero...”. En su órbita, están también el poder, la corrupción, el clasismo y, en el anclaje catalán de la trama, el nacionalismo. Es notable como sitúa a este (un elemento abrasivo de la actualidad política española) en un doble eje: por un lado, como instrumento clasista y xenófobo de poder; por otro, como recurso de auxilio existencial (para quienes lo practican) en este mundo infinito y pasajero. Su disección de la sociedad catalana me ha recordado (yo he sido el primer sorprendido) al Contra Catalunya de Arcadi Espada; y su retrato del Rey de Cataluña (de este modo genial llama a un trasunto de Jordi Pujol) al Ubú President de Albert Boadella. Otras evocaciones (en mí como lector): el Bigas Luna de Huevos de oro y Yo soy la Juani (el personaje de Violeta Mancebo tiene algo de la Juani, e incluso de Rosalía) y novelistas de Barcelona como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán.

He encontrado además que el entramado lírico-conceptual de la novela, sus interesantes análisis sobre los sentimientos y las relaciones personales, así como su manera de mirar el mundo, las acciones cotidianas, los paisajes, procede de poetas catalanes como los ya mencionados Gil de Biedma y Ferrater o Carlos Barral. Y, naturalmente, de la que el autor considera su principal influencia: “la narrativa judía norteamericana”.

Y todo esto plenamente integrado, dinamizado, en una narración que funciona. La alegría de la escritura de Gonzalo Torné produce la alegría de la lectura.

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En The Objective.

(9.2.20) Se me quedaron varias cosas fuera. La que más lamento es alguna mención a la pareja (intermitente) que “enmarca” la historia, la de Clara y Joan-Marc, que le dan algo de luz y aire a la sórdida historia central. Aunque me ha parecido entender por Twitter que a Torné no le interesa demasiado el cine, me han venido asociaciones cinéfilas, que especifico porque son emocionales. Son, en época actual, como esas parejas de Alfred Hitchcock que observan la vida, investigan, reflexionan e incluso hacen chistes sobre ella, como la de ‘La ventana indiscreta’ o la de ‘Vértigo’ (antes de que James Stewart caiga en su historia pasional). El final me ha recordado también al de ‘Eyes wide shut’ de Stanley Kubrick, cuando, al final de toda la peripecia, Tom Cruise le dice a Nicole Kidman: “¿Y qué podemos hacer ahora?”. Y ella responde: “Follar”. (Un final, por cierto, que celebraba Eugenio Trías.) La última frase de ‘El corazón de la fiesta’ no la desvelaré, naturalmente. Y no es sexual. Pero, como en el diálogo citado, es también aparentemente anticlimática, por lo cotidiana, pero al momento se percibe como una salida maravillosa.

3.2.20

Amiguismo/enemiguismo

Leo en El Español sobre la tendencia del Gobierno al amiguismo, con la creación de ministerios y altos cargos nuevos para favorecer a la gente: en particular, a la gente amiga del Gobierno. Me parece bien, porque por alguien hay que empezar.

También en la dirección del fomento de la amistad, el presidente Sánchez ha convocado el próximo fin de semana a todos sus ministros a unas “jornadas de convivencia” en Quintos de Mora, que pueden acabar como el rosario de la aurora; aunque tampoco se descarta que haya tomate. Tal vez Iglesias lamente ir con su pareja, porque podría haber sido el Rasputín del finde. Pero no quiero ser heteropatriarcal: cabe la posibilidad (¡en realidad la deseo!) de que haya alguna Rasputina.

El problema de la política basada en los afectos es que no recurre solo a los afectos a favor, sino también a los afectos en contra. De hecho, son estos últimos los que más operan en política: aquí el odio mueve más que el amor. Lo pernicioso de la primacía de los afectos es que impone la dialéctica amigo/enemigo. El amiguismo del Gobierno tiene el inconveniente del enemiguismo que simultáneamente fomenta.

El Gobierno no le ha dado a la oposición los cien días preceptivos. Desde el primero le está zurrando. La acusa de excitar la crispación cuando la excitación de la crispación ha sido el motor de Sánchez, que llegó al poder gracias a su crispada moción de censura.

Creo que no habíamos tenido un Gobierno fundado en la enemistad hacia la mitad (simbólica) de la población desde el de Arias Navarro. A esa mitad la protege en esta ocasión la democracia y las instituciones del Estado de derecho: esas que el podemismo y el sanchismo contagiado de podemismo ven como un obstáculo y se proponen erosionar.

El discurso oficial es hoy asfixiante: todos los críticos son empaquetados como “fachas”. Esta vieja inclinación tan facilona de nuestra izquierda (para mí pseudoizquierda: a estas alturas, no hay en España ni un solo verdadero progresista que no haya sido llamado “facha”; y si no ha sido llamado “facha”, no es un verdadero progresista) se ha solidificado y absolutizado ahora. Antes había algunos argumentos, y entre ellos estaba la acusación de “facha”. Hoy está únicamente la acusación de “facha”.

El populismo era esto: una especie de nacionalismo de la ideología. Y, como todo nacionalismo, lo primero que hace es extranjerizar: en este caso, a los que no comulgan ideológicamente. Se les debe excluir porque son “fachas”, enemigos.

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En El Español.