30.3.25

'El País' de Vivan las 'caenas'

[Montanoscopia] 

1. Ha bastado que Oughourlian se distancie un milímetro de Sánchez para que la redacción de El País, que le ha lamido a Sánchez hasta la pelusilla del ombligo, prepare un manifiesto "en defensa de su independencia". Arcadi Espada habla, por la directora Pepa Bueno, de "El País de Viva la Pepa". Se podría hablar mejor de "El País de Vivan las caenas".

2. Son particularmente repulsivos los que andan siempre cogiéndosela con papel de fumar pero que en cuanto ven el terreno allanado, apisonado, cuando ya ven que es suelo firme, se lanzan a expresarse con una contundencia impropia, como gustándose en su inopinada contundencia. Ha pasado ahora con algún misceláneo una vez que la "corresponsala de género" ha decretado la fatwa contra Luisgé Martín.

3. Me he apasionado por el cine de Chantal Akerman (por las películas y documentales suyos que hay en Filmin). Son filmaciones aburridas y maravillosas. Éric Rohmer, al que también adoro, parece los hermanos Marx a su lado. Lo de "ver crecer una planta" (o "ver pintar una puerta") es a Akerman a la que se le podría aplicar más que a Rohmer. La crítica ha tenido el hallazgo de decir que son películas contemplativas y no narrativas. Mi favorita es Los encuentros de Anna, autobiográfica. También me encanta la monumental Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Me he enamorado de las respectivas actrices: Aurore Clément y Delphine Seyrig; la primera es hoy una abuela, la segunda murió en 1990, con 58 años (la edad que tengo y a la que murió Thomas Bernhard).

4. En la entrada sobre Delphine Seyrig de Wikipedia aparece como último dato biográfico algo que en realidad no es de su vida: "Fue el amor no correspondido de Michael Lonsdale". En la entrada de este actor viene lo siguiente: "Como reveló en sus memorias, durante las clases de teatro con Tania Balachova en 1947 conoció y se enamoró de una de sus compañeras, Delphine Seyrig, con quien no consiguió concretar una relación. 'Era ella o ninguna, y por eso a los 85 años sigo soltero', escribió". Él murió en 2020.

5. Chantal Akerman se suicidó en 2015, poco después de que muriera su madre, una polaca superviviente de Auschwitz que acabó en Bélgica, donde la cineasta nació. A su madre le dedicó News from home, que aún no he visto, y No home movie, su última película. Su afán autobiográfico no omite el cuerpo: la propia Akerman sale en Yo, tú, él, ella (de 1974) desnuda, gordita, felpudónica, guapísima. Me he acordado de la memorable acuñación de Arcadi Espada (de nuevo): "felpudos Nouvelle Vague". Hubo un tiempo en que la mujer europea se dejaba felpudo y leía a Pascal. Así Maud. Por desgracia, ese tiempo ya pasó.

6. Cerveza con Enrique García-Máiquez antes de su charla con José Antonio Trujillo sobre la hidalguía en La Malagueta a propósito de su libro Ejecutoria, que me dedica. De nuestra amena e instructiva conversación se me queda flotando una idea: la del peligro de la satisfacción del columnista. En efecto, produce tanta satisfacción terminar una columna, a veces surgida de la nada, que el columnista ya se considera cumplido por ese día y no hace nada más. Esto no se da en Máiquez, que tiene columna todos los días y, sorteando ese peligro, hace muchas otras cosas, pero sí en mí: mis miércoles y mis sábados, en que escribo para los jueves y los domingos, son solo articulísticos. Francisco Umbral, columnista diario como Máiquez, decía que escribía su columna a primera hora y después se ponía a escribir de verdad

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28.3.25

El reverso de las librerías cuquis

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 1:10]

Buenas noches. Se ha escrito y hablado mucho del libro de Luisgé Martín sobre el parricida José Bretón, también en nuestro programa. Tengo claras dos cosas: una, que el asesino se ha servido del autor para seguir haciéndole daño a la madre de los niños asesinados; otra, que el libro no se debe prohibir. Aquí solo me quiero ocupar de un aspecto relacionado con esto último: el de esas librerías que se iban a negar a vender el libro… antes de que la propia Anagrama haya aplazado sine die su publicación. Creo que la editorial se equivoca y que intenta aplacar a los lectores que ella misma ha maleducado. Pero el impulso censor de las primeras me ha sorprendido. De pronto me he dado cuenta de que está relacionado con la proliferación de librerías cuquis, esas tan bonitas y tan bien cuidadas en las que no hay modo de quitarse al librero de encima. Igual que los restaurantes en que el chef te pregunta a cada sorbo de la sopa. Reconozco que yo tengo una relación un tanto neurótica con las librerías. Las adoro, me dejo mi sueldo en ellas, pero no quiero que el librero me importune. Entro furtivamente, busco mis libros, sin preguntar jamás, los pago y me voy. Mi librería perfecta es la librería funcional, en la que el librero es un aséptico funcionario que no se mete en mi vida ni en mis gustos. Pero cada vez hay más libreros que se expresan y manifiestan su exquisita sensibilidad, y lo que es peor: intentan contagiártela. Y además, editorializan en sus estanterías. El reverso de tanta bondad exhibida no podía ser otro que la ocultación de los libros considerados malvados. El conflicto moral que plantea El odio, de Luisgé Martín, no puede solventarse mediante la prohibición o el boicot. No son las librerías las que deberían decidir, ni siquiera (ya) la editorial, sino los lectores.

27.3.25

Decepción tras decepción tras decepción

El penúltimo ha sido Diego Manrique. El último Luis Gago. Uno inaugural, del que ya he hablado demasiado, Antonio Muñoz Molina. Y otros de su estilo, capitostes de nuestra cultura. Y un montón de jóvenes y menos jóvenes que van por el tobogán de la vileza, tal vez sin saberlo. La inercia de apoyar al PSOE, haga lo que haga el PSOE, ha metido a muchos en un camino tenebroso. Porque ese es el camino que ha tomado el PSOE. No parecen ser conscientes del salto: les nubla la inercia que los lleva.
 
Yo, por mi parte, voy de decepción en decepción (¡tras decepción!). Es algo solo mío, algo que expreso. No se me ocurriría espetarle a nadie: "¡Me has decepcionado!". Sería un chantaje emocional patético, y ciertamente pasivo-agresivo. Que tendría un requisito más patético aún: el de haberse ilusionado. Mi decepción va por otro carril, y como digo es algo mío en exclusiva. Enjuicio a otros, pero hablo de mí. Es una decepción íntima.
 
Sencillamente, me trastorna que un cuerpo político (la sociedad española, y en principalísimo lugar la cultura española) no haya expulsado a un sujeto tóxico como el presidente Sánchez. Que lo haya admitido y asimilado. Que lo haya aceptado. Que lo haya consentido. Y todo porque es del partido adecuado. Y todo porque es del PSOE. La aceptación de cualquier cosa, porque la hace el PSOE, la aceptación sin límite de cualquier barrabasada: eso es lo que me trastorna. Y eso lo hemos terminado de aprender ahora.
 
Aunque ya defendieron los Gal en su día. Hay un veterano articulista de El País que escribió un artículo repugnante en favor del terrorismo de Estado. No digo el nombre porque no lo he encontrado en la hemeroteca (tal vez lo hayan retirado), pero ahí sigue con su prestigio, agasajado por todos. Mientras reprueban a los díscolos como Fernando Savater, que siempre denunció la guerra sucia. Tal vez por eso es díscolo: por haber ido denunciado las guerras sucias de cada momento.
 
En cambio Diego Manrique, de repente, ¡qué decepción! En su día dije que él, en música, y Carlos Arribas, en ciclismo, eran los mejores prosistas de El País. Lo que le debemos a Manrique, en prensa y radio, es incalculable. Pero ahora va y salta con que si "el pelotón de fusilamiento" de El Mundo, o con que si en The Objective "cañonean a Moncloa"... Una mentalidad netamente franquista, anticrítica, gubernamental. ¡Y todo por un sujeto como Sánchez!
 
Y Luis Gago, admirable durante toda su trayectoria de musicólogo, traductor, editor de Revista de Libros y hasta de entrevistador de Miguel Sáenz (¡de lo más refinado que tenemos!), va y escribe en El País un artículo eruditísimo sobre El príncipe del País de las Mentiras, de Erika Mann, la hija de Thomas Mann, del que cita frases fantásticas sobre la mentira ("a quien miente una sola vez, no se le cree, pero a quien miente siempre sí se le creerá") y va y alude ¡a Miguel Ángel Rodríguez! Que bien aludido está, pero caramba: ¡ni mu de nuestro, no ya príncipe, sino emperador de las mentiras Sánchez!
 
Ya dijo Octavio Paz que todo el mundo es falible, que todo el mundo tiene sus sesgos o, si se quiere, su ideología; pero hay un indicio de salud intelectual (y política y moral): la crítica también a los propios, o a los supuestamente propios. Si no hay esto, lo único que hay son emisiones verbales estratégicas o tácticas, palabrería instrumental, obediencia ciega. Esto en sí mismo es lo suficientemente odioso. Pero si encima es por alguien como Sánchez, ¡qué decepción!
 
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23.3.25

El pétreo franquismo sociológico

[Montanoscopia]  
 
1. Escribió Arias Maldonado un importante artículo en The Objective en que se pregunta cuándo se inició el deterioro de la política española desde la Transición, que ha culminado en nuestra penosa actualidad. Su respuesta es original: fue la mayoría absoluta del PP de Aznar en 2000, que no pudo ni quiso digerir el PSOE. Estoy de acuerdo en parte, aunque al final aparece una clave más profunda: "cultura política es destino". Al cabo, a España le falta cultura democrática. Antes también la derecha había acosado a González. Siempre sobrevuela, a derecha y a izquierda, la idea de la falta de legitimidad del otro. Esto hacia el exterior de los partidos. Y hacia el interior: la obediencia ciega, cerril. Obviamente, con Aznar se exacerbó esta tendencia. Pero cuando estalló, literalmente, fue con el 11-M. En concreto (y esta sería mi respuesta a la pregunta de Arias), cuando Zapatero, en lugar de emprender en 2004 una legislatura cauterizadora de las heridas, que uniera al país tras al trauma, hizo todo lo contrario. Y de fondo, ya digo, hasta las heces del hoy sanchista, el pétreo franquismo sociológico. 
 
2. El domingo pasado hice la bromita de que Luisgé Martín había compaginado su trabajo en Moncloa con el "meterse en la piel" del parricida Bretón para su libro El odio. La madre de los niños asesinados ha dicho que el escritor "ha sido la pluma del diablo". Mentalmente he extremado la bromita: sí, pero eso fue cuando le escribía los discursos a Sánchez. En realidad, es un asunto insoportable. Sin duda de ahí las bromitas. Soy partidario de que no se prohíba el libro, que será sobre esa insoportabilidad: la del mal, la del caso. Pero ahora solo pienso en el sufrimiento de la madre. Daniel Arjona ha leído el libro y ha escrito un artículo extraordinario en El Mundo. El final es devastador: "¿Cómo es posible que Luisgé Martín, cuando al principio de El odio analiza cuatro causas posibles que expliquen por qué a Bretón 'le entusiasma colaborar con él', omita la más evidente? Cita el deseo de confesión, la pura vanidad, la justificación de sus actos y, por último, la soledad. Pero no se ocupa, o no quiere ocuparse porque quizás entonces no podría dar rienda suelta a su fascinación, de lo que la madre no ha dudado en observar: el deseo de continuar causándole con la publicación de estas 177 páginas todo el dolor posible". 
 
3. Por otro lado, puede que Luisgé Martín haya querido exponerse, en sentido taurino. Es decir: asumir un riesgo. Solo he leído un libro suyo, El amor del revés, sobre su vivencia de la homosexualidad, que es valiente. Su mayor mérito literario es la recuperación de la obrita que mencioné el otro día, La literatura considerada como una tauromaquia, de Michel Leiris. En él escribía este autor: "lo que sucede en el terreno de la escritura, ¿no carece de valor si queda 'estético', anodino, desprovisto de sanción, si no hay nada, en el hecho de escribir una obra, equivalente [...] a lo que para el torero es el cuerno acerado del toro [...]?". Lo que pasa es que esta vez, como hemos visto, la cornada ha sido también (o ante todo) para otra persona.  
 
4. Se ha producido una carambola maravillosa. Quedé con el arquitecto Juan Antonio Espinosa, cuya tesis doctoral, publicada por la Universidad de Sevilla, es Arquitectura y enfermedad en la obra de Thomas Bernhard. Me estuvo hablando de sus andanzas por Austria, en que visitó las casas de Bernhard y habló, entre otros, con su hermanastro y albacea Peter Fabjan. En el Instituto Cervantes de Viena consiguió el vídeo de unas jornadas celebradas allí a finales de 2005 sobre las relaciones entre Bernhard y España. Me pasó una copia, que vi la otra noche. Uno de los participantes es el traductor Miguel Sáenz, quien hacia el final de su intervención dice con orgullo que entre los comentarios del blog de Arcadi Espada se encontró con uno que decía que él "hace que los libros de Bernhard sean obras maestras de la literatura en español". Le pedí que buscara la frase a Verónica Puertollano, que conserva los archivos, y como sospechaba la había escrito yo. 
 
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20.3.25

Julio Iglesias y el arte banal

Muchos dicen ahora que qué gran idea escribir un libro sobre Julio Iglesias, que esa idea estaba ahí. ¿Pero qué hubiera sido de ese libro si no lo llega a escribir Ignacio Peyró? El español que enamoró al mundo es un libro feliz porque el tema es feliz y el estilo también lo es. La gran idea es haber visto que necesitábamos un libro feliz.
 
Al igual que otros, como Nadal Suau, me he puesto a pensar qué ha significado Julio Iglesias en mi vida. La respuesta de "casi nada" me ha hecho pensar a su vez en el arte banal, en sus virtudes. Sirvan estas líneas como contraste –y complemento– de las que escribí el jueves pasado sobre el "arte serio" a propósito de Tardes de soledad. El torero y el cantante ligero: dos extremos del arte. (Como sombras de cada uno están el bombero torero y el cantante pesado, es decir, el cantautor.)
 
Los años noventa me los pasé escuchando música brasileña y, gracias a mi amigo Losada, funk. Pero en los ochenta lo que escuchaba era música clásica y pop –español e internacional– de la Movida, con La Edad de Oro como canon. Antes, inevitable tributo a la literatura, había incurrido en Serrat y Paco Ibáñez. Nadie más alejado que Julio Iglesias de mi gusto.
 
Pero Julio Iglesias, como Raphael, Manolo Escobar o Mari Trini estuvo ahí siempre. El sonsonete de esas canciones que uno no escoge termina formando parte de la experiencia. Ahora valoro lo escuchado al sesgo, sin que se le preste atención. Se mete por unos conductos distintos de la memoria, tal vez más persistentes.
 
Julio Iglesias se diferenció de todos los demás por su fama mundial a partir del primer tercio de los ochenta. Yo le había tenido una simpatía previa al personaje por su denostada película La vida sigue igual, que vi de niño en el cine de verano y cuya historia me llegó. (Durante años estuve convencido de que el equipo en el que jugó de portero no fue el Real, sino el Atlético de Madrid. He encontrado el porqué: se superpuso a la cara de Julio Iglesias la del portero Reina, que se le parecía.)
 
El único defensor de Julio Iglesias en el mundillo intelectual en aquella época fue Juan Cueto, al que yo admiraba mucho. Le celebraba la defensa como una boutade, pero con la edad me he dado cuenta de que no estaba fingiendo y de que, como con tantas otras cosas, fue un adelantado.
 
El adelanto está justamente en la apreciación de que el arte banal merece un sitio. Ahora aprecio aquella papilla musical de que se hablaba, aquella inanidad sin roce, sin aristas: la emisión de un bálsamo que no moleste a nadie. Conseguir un producto tan sedoso, y encima sin la calidad de mi amada bossa nova, tiene también su gracia.
 
Escribe Peyró que Julio Iglesias no se dejó afectar por las irrupciones de su tiempo, "Dylan y Cohen, la psicodelia y Van Morrison, Bowie y los Beatles y los Kinks", a las que asistió "con una indiferencia infinita". Y de repente encuentro en ello una postura limpia y admirable, de santo musical. Tan limpiamente santo que lo suyo apenas es música.
 
De uno de los míos, el brasileño Péricles Cavalcanti, me hacen gracia estos versos de una canción (los doy traducidos): "Yo podría ser un escritor de moda / del que se habla muy mal / y él ni se incomoda". Estar en ese nirvana, pasando de todo y de todos. He ahí la gran lección banal (¡y lo banal es tan difícil!) de Julio Iglesias.
 
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16.3.25

No se puede ser bueno en este país de todos los diablos

[Montanoscopia]  
 
1. Igual que la guerra civil fue la belle époque para Alberti, según este anotó en aquella foto que descubrió Trapiello, la pandemia fue la belle époque de Sánchez: parlamento cerrado, peroratas todo el día en la tele, a veces con militares de escolta, reuniones con un comité científico fantasma y ancianos muriéndose en las residencias de la Comunidad de Madrid con los que apedrear luego a Ayuso. ¡Qué época más bella para Sánchez! ¡Todo aprovechable, como con el cerdo!
 
2. No murió nadie más. Desde luego, nadie atribuible al Gobierno (a su incompetencia). Solo la cifra esa de 7.291 con que ahora machacan. Los más de cien mil restantes no cuentan, porque no se les puede sacar rendimiento político. A la obscenidad propagandística no le podía faltar el toque sentimental de una Ángeles Caballero o la impostación ¡moral! de un Muñoz Molina. La arremetida es en todos los frentes, con la excusa del quinto aniversario. Cómo ensucian el dolor. Cómo le embuten pastel a la muerte. Autoadornándose en todo momento, faltaría más. La operación ha de ser rentable hasta el último filete. Nada gratuito, todo útil.
 
3. Sigo encandilado con Muñoz Molina: con cómo ejercita su "voz moral", largamente elaborada, un artefacto retórico muy logrado, en sí mismo admirable (yo lo admiré), en la inmoralidad. Una carcasa de palabras ya sin auctoritas, pese al empaque que se autoconcede, y contradictoriamente al servicio partidista. En su último artículo en El País, "Tu verdad no, la verdad", sobre el quinto aniversario del confinamiento, predica que "la falta de respeto a los hechos concretos es tan grave como la falta de respeto a las víctimas", y habla de "la mentira, que volverá a dejarnos inermes y amnésicos". ¿Cómo se puede ser sanchista y escribir estas frases? Bueno, claro: siendo sanchista.
 
4. Otro escritor sanchista, Luisgé Martín (este abiertamente sanchista, puesto que trabajó en Moncloa), publica El odio, sobre José Bretón, quien justo estos días ha confesado que en efecto asesinó a sus niños, por lo que viene cumpliendo condena. El novelista, dice la web de la editorial Anagrama, "durante más de tres años estuvo en contacto con José Bretón". O sea, que al tiempo que ejercía de sanchista Luisgé estaba metiéndose en la piel de un asesino de sus hijos. ¡Muy apropiado!
 
5. Los personajes entrañables del sanchismo son los misceláneos. Esos de quienes dijo con sorna Toscano que "nada humano les es ajeno, salvo las fechorías de Sánchez". En cada entrega van analizando concienzudamente la actualidad, una actualidad en la que no existe Sánchez. Como Georges Perec en la novela en que falta la letra e, nuestros misceláneos componen un enorme lipograma en que todo ocurre sin que aparezca el presidente. Más que a Perec, recuerda un cuento de Borges con heresiarcas que no osan pronunciar la palabra prohibida. No deja de ser fascinante la España que dibujan. Puede que, después de todo, sean unos magnicidas literarios. Para ellos, Sánchez simplemente no está. Se lo han cargado en sus páginas.
 
6. Soy consciente del efecto paródico de la sucesión de mis antisanchismos. Toda obsesión se manifiesta como danza paródica. Soy el Jack Nicholson de Mejor imposible del antisanchismo. Esto, con todo, me podría reportar algún beneficio si no fuera también antipepero, antivoxista, por supuesto antipodemita, antisumarita y despreciador supremo de todos nuestros nacionalismos, independentismos y proterrorismos. Soy antitodo lo que se mueve en la política española. Mi desprecio ha alcanzado un punto loco de no retorno. ¡Si yo solo era un buen chico constitucionalista, socialdemócrata para más inri! Pero no se puede ser bueno en este país de todos los diablos.
 
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14.3.25

A favor de la chaqueta acolchada

[La Brújula (Opiniones ultramontanas), 2:25
 
Buenas noches. He dejado pasar un mes a ver si se me pasaba el enfado, pero no se me pasa. Los Pantomima Full, esos piernas del humor, se metieron con mi uniforme cotidiano: la chaqueta acolchada. Pese a mi calentón, decidí no ocuparme de ello, porque esta sección mía ha sido ya demasiadas veces una sección de moda. Pero mis fans me empujan a que me pronuncie. Muchos me consideran un árbitro de la elegancia: ¡Montanus Arbiter! Aunque claramente se trata de una elegancia alternativa, que bien se podría confundir con absoluta falta de elegancia. En cualquier caso, es la mía y la defiendo a muerte. El columnista Hughes también se metió con la chaqueta acolchada, aunque de un modo más fino y resaltando sus virtudes: "Es comodísima, abriga, no pesa". También la definió memorablemente como un "fachaleco con mangas". Y concluyó: "Estamos a un tijeretazo de ser todos unos cayetanos". Yo repudio el fachaleco, pero adoro la chaqueta acolchada, que es socialdemócrata y sufridita. Su ausencia de peso es fundamental, y se aviene con mi ideal de la ligereza. También es importante que se la pueda hacer un engurruño. Y lo contrario, que se despliegue como un Transformer. El aspecto uniformador que otorga, de hombres y mujeres Michelín, también me gusta. Los Pantomima Full se reían de la falta de personalidad de los que llevamos chaqueta acolchada. Pero la personalidad está sobrevalorada. Y además da mucho frío. Yo creo que lo que más abriga de la chaqueta acolchada es precisamente la falta de personalidad que propicia. Los enchaquetados acolchados somos una especie de hoplitas urbanos, con algo de luchadores de sumo. Parecemos perpetuos supervivientes del Titanic que no nos atrevemos a quitarnos el chaleco salvavidas. Con la chaqueta acolchada quizá no vivimos, pero sí sobrevivimos. ¡Esta es la clave!

13.3.25

El metrónomo de la muerte


Por supuesto que Tardes de soledad es una película taurina. No es "neutral", como se ha dicho, por mostrar el dolor del toro. El dolor del toro está integrado en la tauromaquia. La división es la de los antitaurinos, que por ese dolor rechazan la tauromaquia. Lo que no es el director Albert Serra es un aficionado a los toros. Pero ha entendido la fiesta en su totalidad. A mí me pasa igual, en los dos aspectos. Por eso la película me ha conmocionado.

Los antitaurinos, en cierta medida, contribuyen a la fiesta: moral y estéticamente; incluso ontológicamente. Marcan el límite que no se ha de traspasar, el del sufrimiento y la muerte del animal, pero que sin embargo se traspasa. De este modo perturban su estética. Desde un punto de vista superior, indican lo que no debería estar sucediendo. Y sin embargo sucede. La tauromaquia sucede, contraviniendo todas las advertencias. Es algo demasiado grande: sublime, en sentido kantiano; también siniestro. Es un resto de barbarie combinado con la más refinada civilización.

Hará como cuarenta años que no voy a los toros ni veo corridas por la tele. Entonces, como estudiante de filosofía, las contemplaba filosóficamente. En verdad, la soledad del torero en el círculo. Afrontando la acometida de la realidad. No sabía de lances ni de suertes, pero apreciaba la compostura en la resolución, con destellos de belleza. Desdeñaba el jaleo, la frivolidad del público, pero entendía que formaba parte de la vida. Al fin y al cabo, era un sacrificio revestido de fiesta. Entre la multitud estábamos, puntos negros, los reconcentrados filósofos: melancolizantes, íntimamente exaltados.

Durante la proyección de la película, en la cueva de Eleusis, lo he vuelto a vivir. Caigo ahora en la diferencia entre la celebración solar de los toros y esta forma de verlos a oscuras, con una plenitud nueva. En un momento me di cuenta de que tenía tensas las manos, y todo el cuerpo. Dos horas con el corazón en un puño: de repente Serra había reinventado también el cine. Desde su punto de vista, este sería el propósito. En los toros ha encontrado la manera de conseguirlo.

Los toros por el cine: la percepción (epifánica) de que se trata de un arte serio. Solo la cuadrilla, al modo de los graciosos de las tragedias de Shakespeare, Lope o Calderón, pone un contrapunto cómico (aunque la del torero Roca Rey no deja de estar admirablemente implicada). Un arte serio: con la muerte depurando. En el toreo puede haber florituras y hasta payasadas, pero incluso en ellas danza la muerte. No caben risas cuando el toro está en la plaza (puede que sí alguna risa nerviosa). Michel Leiris deseó lo mismo para la literatura en La literatura considerada como una tauromaquia.

Víctor Gómez Pin tituló su libro sobre los toros con una expresión de Proust: La escuela más sobria de la vida. (Subtítulo: La tauromaquia como exigencia ética.) El filósofo cita en la Fundación Juan March este pasaje del último tomo de En busca del tiempo perdido: "Afortunados aquellos a los que, por cercana que se halle la una de la otra, les suene antes la hora de la verdad que la hora de la muerte". Al torero esto le ocurre siempre.

Y todo el tiempo en Tardes de soledad, por los prodigiosos micrófonos, la respiración del toro. Su efecto es el del metrónomo de la muerte. Una muerte que tiene la consecuencia inmediata de intensificar la vida. Fiesta, misterio, estímulo nietzscheano, revulsivo para que dejemos de ser cadáveres ("cadáveres aplazados que procrean", anotó el Ricardo Reis de Pessoa). Ciertamente, debería estar prohibido.

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9.3.25

Las doblemente enchufadas de Ábalos

[Montanoscopia] 

1. El consejo de redacción de un periódico suele ser adusto. Es como una mesa de cirujano de la doliente actualidad. Pero cuando la actualidad aporta putas enchufadas en la Administración es muy difícil mantener la adustez. Así ocurre, me dicen, en el de The Objective en los últimos tiempos. Pero la realidad esperpéntica tiene dos filos: el de la risa y el de la desgracia. La amarga mueca de la que hablaba Valle-Inclán. 

2. Qué papelón este 8-M el de los partidos que más exultaban en los 8-M: el PSOE de Ábalos, el Podemos de Monedero, el Sumar de Errejón. Ahora no logramos quitarnos de la fantasía que estos iban a las manis a refregarse la cebolleta. Mi corazoncito sigue estando con Ábalos y sus doblemente enchufadas. Al fin y al cabo, no le hizo mal a nadie salvo al Presupuesto. En las novelas de Galdós estaban las mantenidas y ahora todos los españoles hemos experimentado lo que es tener mantenidas a nuestro cargo. Aunque solo las usufructuara el entonces mano derecha de Sánchez. El presidente, por su parte, se atuvo al principio bíblico de que su mano izquierda no supiera (ni quisiera saber) lo que hacía su mano derecha. 

3. Apoteósico reportaje en El País, cuyo titular lo dice todo: "Cada vez más solteras (y más felices): 'Muchos hombres no saben estar a la altura'". Con esto pasa como con el que está fuera de Twitter y entra en Twitter para decir lo bien que está fuera de Twitter: si estuviera tan bien, no habría tenido la necesidad de entrar para proclamarlo. Yo creo en la soltería y en la felicidad (¡cómo no voy a creer!), pero si necesitas darle una armazón teórica, o ideológica, es que algo falla. Lo más divertido del reportaje es un demógrafo que dice: "Los hombres buscan mujeres que ya no existen y las mujeres hombres que aún no existen". ¡El tipo va y les planta a las tías, en pleno reportaje de ellas, que anhelan el príncipe azul! Por otro lado, es una malagueña la que dice que muchos hombres "no saben estar a la altura". Un diagnóstico que en realidad afecta a los hombres que tiene más a mano, los malagueños: frecuentemente majarones. Aunque el problema que tenemos los (¡escasísimos!) malagueños no majarones es que no encontramos malagueñas a nuestra altura. 

4. Una de esas mujeres felices de estar solteras suelta el siguiente speech: "Si aparece un señor adulto funcional, desertor de la masculinidad hegemónica tradicional y con una responsabilidad afectiva básica con el que compartir mi vida, pues mira, genial y si no, pues también". Y otra habla de "cuidado al otro", "complicidad luminosa", "dinámicas relacionales", "aspiraciones afectivas"... ¡A ver si el hombre que aún no ha nacido es aquel capaz de soportar esta jerga! 

5. Una mujer admirable es Amarna Miller. Desde que dejó su anterior trabajo (lo hizo limpiamente: sin renegar de él), se ha dedicado a viajar: por África, por la India, por todas partes. Va dejando sus comentarios, sus fotos y sus vídeos en las redes sociales (yo la sigo en Instagram). Es precioso ver cómo la va curtiendo el mundo: en su caso es la edad (que siempre trabaja) más una experiencia intensa, muy aireada. Es por ello una belleza moral. 

6. Agustín Rivera me recomendó el podcast de la editorial Anagrama. En cada episodio dialogan dos de sus autores. Escogí el de Leila Guerriero y Juan Tallón. Muy interesante, pero yo solo quiero contar una anécdota pronunciativa: para no decir argentinamente Tachón, Guerriero (extremando ese consejo de pronunciar "li" cuando es elle) decía Talión. 

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6.3.25

La ideología es el primer refugio de los bribones

Los tertulianos, a los que los columnistas les debemos no ser lo más bajo de la prensa (hay tertulianos que son también columnistas, por lo que son simultáneamente lo primero y lo segundo más bajo), resaltaban siempre, a propósito de las acusaciones a Monedero de ser un baboso con sus alumnas y otras mujeres (incluso compañeras), que parecía mentira que fuese de Podemos, partido que ha destacado por luchar contra esas conductas. En realidad, Podemos jamás ha luchado contra esas conductas. Solo las ha esgrimido para atacar a los demás. Nunca fue una norma de actuación, sino un arma. Con Sumar ocurre lo mismo a este respecto, como vimos con Errejón un poco antes.

La ideología no es el último refugio de los canallas (a los que prefiero llamar bribones en esta columna), sino el primero. Es en concreto un trampolín. En esta pesadísima época de sarpullido ideológico, los de la tabarra acusatoria no se han privado de incurrir en el comportamiento que reprobaban. Podían practicarlo impunemente porque se habían atrincherado en la ideología correcta: aquella desde la que, por un lado, se podía disparar y, por el otro, se estaba protegido. El ser humano tiende a ser un cabroncete. Si estás en una posición de superioridad, sin control, la tendencia se desboca.

En el PSOE ha pasado lo mismo. Pasa a mansalva. El autoproclamado antifranquismo de Sánchez es el baluarte de su franquismo particular. Su monserga con Franco le sirve para blindarse frente a las críticas a su autocracia. Siendo de facto su definición de franquista "todo aquel que se opone a Sánchez". (Y siendo que muchos nos oponemos a Sánchez justo por lo que tiene de franquista.) 

Con lo de las putas y el dinero es idéntico. Un partido que quiere abolir la prostitución cobijó a usuarios de la misma. Un partido que se presentaba como sanador de la corrupción (¡con lo que ese partido ha sido en corrupción!) ganó una moción de censura contra el PP por esa causa. La defendió Ábalos. Todo esto no a pesar de, sino precisamente por ello. El recurso ideológico es una simple estratagema. Se trata únicamente de erigirse en una posición de ventaja.

La topología, como en otras ocasiones, nos puede ayudar. Si uno logra situarse en el lugar desde el que se ataca, la fiscalización va hacia fuera y no hacia dentro. La construcción de ese lugar se lleva a cabo ideológicamente: con acarreos de materiales ideológicos. Una vez construido, uno puede hacer de su capa un sayo: puede ser un fascista bajo la capa del antifascismo, un machista bajo la capa del feminismo, incluso un trumpista (son los personajes del momento) bajo la capa del liberalismo, o un traidor (¡un saludo, Abascal!) bajo la capa del patriotismo.

La muestra más pimpante, de anteayer, es la lepenización del PSOE. Puesto que el PSOE se autoproclama antilepenista y dirige todas sus flechas contra el lepenismo, está a salvo para hacer un pacto puramente lepenista con Puigdemont, con Junts. El propio Sánchez calificó de lepenista a Junts, cuando el president era Torra, hace apenas unos años, pero ahora que Sánchez pacta con Junts, el garbanzo deja de estar en el cubilete. Y todos los sanchistas españoles, que se perciben a sí mismos como antilepenistas, aplauden el lepenismo de Sánchez y del PSOE.

La ideología (o el partidismo, que vendría a ser la ideologización vacía de unas siglas) sirve, en suma, tanto para arremeter como para esconderse. Igual que los pederastas encuentran un hábitat propicio en el seno de la Iglesia, los bribones están en su salsa en la ideología, en los partidos.

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3.3.25

Sábana de sonido


No se pierdan el podcast de música funk que ha preparado primorosamente el pintor Miguel Gómez Losada. Se titula 957 Funk. El capítulo piloto está en dos partes aquí: primera y segunda. La presentación es sobria, punteada de autobiografía, y la música de una belleza vibrante. ¡Sábana de sonido!