5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

* * *
En El Español.

1.11.18

Lisboa revisitada



"Otra vez vuelvo a verte –Lisboa y Tajo y todo–,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí, como en todas partes".
ÁLVARO DE CAMPOS, Lisbon Revisited

Es el marqués de Pombal, servicial como un mayordomo, el que nos hace pasar a la Lisboa bonita. El taxi que sale de la estación de Sete Rios atraviesa una zona impersonal de la ciudad, con grandes edificios de oficinas que podrían estar en cualquier parte. Pero de pronto aparece la estatua de Pombal y ya sí: la avenida da Liberdade, la praça dos Restauradores, el Rossio, la Baixa... Los sitios que reconoce el que vuelve a visitarla.

Llegamos cuando amanecía, aunque con poca luz: estaba nublado y lloviznaba. La praça do Comércio era muchísimo más espaciosa de como la recordaba de mi anterior viaje. El arco de entrada y la estatua central estaban tapados para su restauración: esto fomentaba la grisura ambiente. En medio había parado un tranvía, cuyas luces, como las de las farolas y las ventanas, se reflejaban en el suelo mojado. Avanzamos hacia la orilla, hasta los dos pilares que acaban en bola, cada una con su gaviota perenne. El agua había subido al último escalón. A lo lejos, el puente 25 de Abril –un trazo japonés en la grisura– parecía una pasarela sobre la nada. Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano. El mesianismo sebastianista dice que el rey volverá en un día de niebla. Será entonces “la Hora”.

Hacia el este del Terreiro do Paço se ven, mirando arriba, las casitas del barrio de Alfama, la catedral y el castillo de São Jorge. Tomamos un café en el embarcadero. Allí, protegidos de la llovizna, hicimos tiempo en un banco, entretenidos con la gente que cada pocos minutos bajaba del ferry, con ajetreo de metro, rumbo a su jornada laboral. Llegó el momento de ir al hotel. Subimos por la rua Augusta hasta la rua da Vitória, que estaba en obras, con la calzada levantada y montones de adoquincitos a los lados. Cuando volvimos a salir, lo hicimos ya con otra actitud. Soltar el equipaje le devuelve a uno la condición de transeúnte sin más, aunque su mirada sea nueva. Ya puede pasear sin lastre, camuflado.

La impresión por la rua Augusta es de dignidad, de elegancia. Predomina un neoclasicismo con gusto que se muestra señorial con los habitantes. Los edificios, con sus buhardillas, le recordaban París a A. Ella vivió allí un año. Paseando más tarde por el Bairro Alto, dijo que el panorama de tejados solo se diferenciaba del parisino en la ausencia de chimeneas.

En las fachadas altas de la Baixa se notaba la corrosión del océano: como el ataque del Atlántico a la ciudad, con afecciones de barco. Lisboa ha sido comparada con un barco; por ejemplo, en Lisboa. Diario de a bordo de José Cardoso Pires (“te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega”). En la librería Bertrand me compré el libro ideal para completar el viaje en casa: la Biografia de Lisboa de Madga Pinheiro, que aún no está en español. Leyendo sobre el terremoto de 1755 caí en que entonces Lisboa experimentó un naufragio, como el de los navegantes portugueses. Fernando Pessoa escribió: “¡Oh mar salado, cuánta de tu sal / son lágrimas de Portugal!”. Al terremoto le siguió un maremoto y los lisboetas que nunca habían navegado vivieron una tempestad también.

Del imperio portugués me seduce la interpretación metafísica de Pessoa en Mensaje. Como si la conquista no fuera de otras tierras, sino del océano infinito: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. La vía del navegante es ascética, mística; su navegación es una prueba: “¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña. / Quien quiere traspasar el Bojador / ha de traspasar el dolor”. Y al final: “Deus ao mar o perigo e o abismo deu, / Mas nele é que espelhou o céu”. Dios le dio al mar el peligro y el abismo, pero fue en él donde reflejó el cielo.

Como si obedeciera justo a esa pauta, el naufragio de la ciudad que constituyó el terremoto tuvo implicaciones filosóficas. Kant se ocupó de él. Y Voltaire, que le dedicó un poema y lo sacó en el Cándido como demostración de que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Según escribió Adorno: “El terremoto de Lisboa fue suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz”. A la larga, la catástrofe produjo una reacción racionalista, ilustrada, con las reformas del marqués de Pombal. Pero los horrores de la destrucción y el fuego, y la iconografía tétrica de las ruinas, supusieron un impulso prerromántico que se extendió a toda Europa.

Como cuenta el arquitecto Juan José Vázquez Avellaneda en Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa, el terremoto se sintió en muchos lugares de fuera de Portugal, entre ellos Sevilla. Las vibraciones hicieron sonar las campanas de la Giralda y, según se consignó en su momento, hubo varios derrumbes en la ciudad que mataron a seis personas. En Lisboa los muertos fueron como mínimo quince mil (algunas cuentas dan más del doble). El epicentro estuvo en el Atlántico, casi a medio camino entre Lisboa y la africana Alcazarquivir, donde tuvo lugar el anterior gran desastre portugués: la batalla de 1578 donde desapareció el rey don Sebastián, con nuestro Francisco de Aldana, militar y poeta.

En Biografia de Lisboa se narra así: “La flota partió para Marruecos con el objetivo de tomar Larache. La ciudad de Lisboa quedó a la espera, pues el viaje no era muy largo. La noticia de la derrota total de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578, no llegó a Lisboa hasta el 12. Menos de cien portugueses habían logrado llegar a Arzila. Se hablaba también de la muerte del rey. [...] Lisboa estaba inquieta. [...] Los hombres parecían aturdidos y las mujeres lloraban. Habían perdido al rey, a sus maridos, a sus hijos y a sus parientes, además de los bienes que todos ellos se habían llevado a la expedición. En Lisboa no había casi nadie sin algún vínculo con la empresa. [...] Las pérdidas afectaban a las distintas clases sociales. Los comerciantes habían prestado dinero al rey y a los nobles para el equipamiento. Los soldados más pobres habían partido para ganar dinero. Las mujeres de la nobleza lloraban en sus palacios y las otras en las calles. Los nobles recriminaban al rey o a los que le habían dejado partir”. De esta angustia nació el anhelo de que el rey volviera.

En 2008 viví unos meses en Arzila (Asilah), que está cerca de Alcazarquivir. Don Sebastián y sus tropas habían desembarcado en Tánger, pero el capitán Aldana y los soldados castellanos que iban a unirse al rey portugués desembarcaron en Asilah. Los taxis de Marruecos son viejos mercedes de color crema: en ellos se va de Tánger a Asilah, en ellos se puede viajar a Alcazarquivir. En Lisboa hay bastantes. Cada vez que cruzaba uno pensaba que eran avisos, recordatorios de la gran derrota, que solo yo, como una especie de visionario del pasado, percibía.

Por el elevador de Santa Justa subimos al convento do Carmo, a sus ruinas que no se reconstruyeron tras el terremoto. Desde allí arriba, y luego desde el mirador de São Pedro de Alcântara, contemplamos la ciudad. Hermosa, no blanca sino rojiza, colorida. Como desde los demás miradores a que nos asomamos en los días siguientes: el de Santa Luzia, el de Graça (que ahora tiene el nombre de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen), los del propio castillo de São Jorge, el de Santa Catarina... Este estaba en obras, como si el monstruo Adamastor que allí tiene su estatua se hubiese propagado por el suelo.

En el centro del jardín del Príncipe Real hay un ciprés enorme; no por su altura sino por su copa: veintitrés metros de diámetro. No lo había visto en mi primer viaje, pero me lo recomendó mi amigo Josepepe. Su primer nombre fue jardín de Río de Janeiro; aunque con el cambio no perdió la conexión brasileñista: Príncipe Real se llamaba el barco en que la familia real portuguesa se trasladó a Brasil en 1807, con la invasión napoleónica. En esa explanada se instalaron barracas en la época posterior al terremoto: muchos lisboetas, incluidos los reyes, le tomaron miedo a dormir en edificios sólidos. Y en el siglo XX llegó a haber una biblioteca al pie del ciprés, bajo la techumbre de sus ramas.

Además de la inexcusable Bertrand y de la Fnac, en el Chiado, otras librerías recomendables son Letra Livre (calçada do Combro, 139), Centro Cultural Brasileiro (largo Dr. António de Sousa Macedo, 5) y Fabula Urbis (rua Augusto Rosa, 27). Entramos en otra de viejo de la que no recuerdo el nombre, cerca del cementerio dos Prazeres. Por allí había una parcela de restos geológicos con este cartel: “Esto era mar hace veinte millones de años”.

Un buen sitio para comer es la Casa da Índia (rua do Loreto, 49-51), donde lo mejor es el arroz con marisco acompañado por vinho verde. Abajo, cerca del río, hay un bar delicioso para picar: Sol e Pesca (rua Nova do Carvalho, 44), decorado con cientos de latas de conserva de todo tipo, que son lo que se consume. Cerca, subiendo por la rua do Alecrim, por la que Saramago hacía pasar a Ricardo Reis, hay (en el número 19) un local perfecto para tomar una copa: la Pensão Amor, un antiguo burdel cuyo nombre se invita a leer ahora alternativamente como “Pensa o Amor” [Piensa el Amor]. Es confortable y esteticista como el legendario Pavilhão Chinês del Bairro Alto (rua Dom Pedro V, 89). Por el camino, por las ruas Diário de Notícias y Atalaia, y las circundantes, hay montones de tascas rebosantes de erasmus. En una de ellas se anunciaba el “copo da crise” [vaso de la crisis]: medio litro de cerveza por 1,25 €. Para tomar un chupito por la tarde hay que ir a A Ginjinha (largo São Domingos, 8), donde sirven licor de cerezas, o de guindas, ginjas. Y para desayunar o merendar, A Suiça (praça Dom Pedro IV, 96-104).

Pero Lisboa sobre todo es caminar, subir y bajar cuestas y escaleras, pisar el empedrado, con pasos casi trotes. “Ser lisboeta es un deporte”, dijo A. O traquetearse en el tranvía. Aunque el lisboeta es un deportista sin aspavientos, o un antideportista en realidad. Es un filósofo. Me llamó la atención la cantidad de conversaciones reflexivas que cazaba, cuando pegaba el oído. Como si los portugueses fuesen franceses amables; personajes de película francesa que reflexionan sobre la vida.

Hay un manual para que el turista que lo desee se convierta en un personaje de Pessoa, bajo sus órdenes: Lisboa: lo que el turista debe ver, la guía que Pessoa escribió. Cualquiera puede colocarse bajo el imperativo pessoano y seguir el itinerario que se marca en el libro. Los desencajes de aquella Lisboa con respecto a la actual pueden considerarse recursos literarios. Hay un momento particularmente hermoso: “Nuestro automóvil cruza de nuevo el Rossio, sube por la rua do Carmo, por la rua Garrett (más conocida como Chiado) y, volviendo hacia la rua Ivens...”. Pessoa ha narrado nuestro paso por delante de A Brasileira y no ha visto su estatua. La ha eludido limpiamente, en un ejercicio (tan suyo) de despersonalización.

Si me tuviera que quedar con un momento de esos días, quizá fuese el del anochecer del primero. Estábamos en el Cais do Sodré, mirando desde el muelle cómo el sol se ponía (había salido finalmente el sol) más allá del puente, por la abertura de Belém hacia el Atlántico. Yo llevaba el librito de Mensagem que me había comprado en mi primer viaje a Lisboa y le traduje a A. el poema “Prece” [Oración], del que hay una versión musical de Gilberto Gil que me gusta mucho. Dice la segunda estrofa: “Pero la llama, que la vida creó en nosotros, / si aún hay vida, aún no se ha extinguido. / El frío muerto en cenizas la ocultó: / la mano del viento puede aún erguirla”. Y los dos últimos versos: “Y otra vez conquistemos la Distancia; / la del mar u otra, ¡pero que sea nuestra!”. En un momento dado, empezamos a oír a nuestras espaldas un sonido de maderas y como de resoplidos; parecía alguna máquina del puerto que se había puesto a funcionar. Cuando nos dimos la vuelta, vimos que eran unos remeros entrenando en un aparato colocado en el suelo. Lisboa, de nuevo, como barco.

Durante los días posteriores al viaje sentí un dolor en las rodillas, no del todo desagradable: era un dolorcito vigoroso, una especie de agujetas en los huesos de tanto andar por los empedrados. Como estaba además la sensación de que Lisboa me iba creciendo por dentro tras haberla dejado, pensé que se trataba de un “estirón espiritual”. Las rodillas se abrían para elevarme a una condición mejor: la de lisboeta.

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Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 3, diciembre 2015.
Y en la web de Jot Down (2018).

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PS. Mis fotos de Lisboa (2013): aquí, aquí y aquí.

31.10.18

Bye bye, Brasil

El amor por Brasil se me ha agriado. Veintinueve años tenía: empezó justo en octubre de 1989, cuando me aficioné a las cintas de la colección Personalidade. Fue en la antesala de los 90 y no me enteré de los 90, porque los pasé escuchando música brasileña. Y de ahí pasé al idioma, a la literatura, a las mujeres, a la comida, a la cultura y a Brasil mismo, que conocí en dos largos viajes. Me dicen que aguante, pero no. Mi amor era al país entero y mi rechazo lo es ahora también. Hasta que pase Bolsonaro. (Una cosa es cuando a un pueblo le dan un golpe de Estado y otra cuando es el pueblo el que vota al militarote). Mi amor estaba hecho de placer. Con amarguras solidarias, pero recubiertas enseguida de placer. Ahora el careto irrisorio de Bolsonaro me estropea todo placer posible e imposible.

Tengo amigas brasileñas que han votado a Bolsonaro. No he podido convencerlas de que no. El miedo era, por encima de todo, “Venezuela”. Con el candidato del PT, Haddad, ese miedo era falso. Pero era inútil decirlo: con tantísima tradición petista de abrazos y colegueo con Chávez, Maduro, los Castro... Lo más patético para ellas, y para todos los votantes de Bolsonaro, es que el “Maduro” entre Bolsonaro y Haddad era Bolsonaro. Todo por lo que lo han votado (la segunda razón era “limpiar Brasil”) empeorará. Brasil será peor. Cuando triunfa el populismo todo se va (más) a la mierda. Esto es una ley física, metafísica. Y científica: porque está suficientemente contrastada.

Pero más que el triunfo de Bolsonaro ha sido el fracaso de la pseudoizquierda latinoamericana. Todavía me acuerdo de cuando el PT llamaba fascista al socialdemócrata Cardoso. Si llevaban décadas malversando la palabra “fascista”, ¿qué credibilidad iban a tener ahora que era verdad? Ni un candidato formado, razonable y de centroizquierda como Haddad ha podido hacer nada para salvarse del discurso histórico de su partido y concentrar el apoyo de todos los demócratas brasileños. El miedo a la venezuelización era falso con él; pero quien lo tuviera o lo propagara encontraba elementos para alimentarlo.

Además de la corrupción del sistema y de la brutal desigualdad social (que se ha manifestado en el voto: según el Estadão, Bolsonaro ha ganado en el 97% de las ciudades más ricas y Haddad en el 98% de las pobres), la culpa del apoyo masivo a Bolsonaro la tiene esa pseudoizquierda brasileña equivalente a la nuestra de Podemos. Impresentabilidades como esta de Echenique son las que fabrican bolsonaristas: “El odio de Bolsonaro ha ganado en Brasil con el apoyo de los millonarios y noticias falsas. En España, Bolsonaro es Casado, Rivera y VOX”.

Ahora la única defensa contra Bolsonaro en Brasil es la del Estado de derecho: ese que los Echeniques no contribuyen precisamente a fortalecer. En la medida en que sea fuerte, el estrago de Bolsonaro será menor. De lo contrario, como repetían en Twitter los brasileños, y yo entre ellos: Desordem e retrocesso. Estaré atento y les deseo suerte, pero hasta nueva orden pongo entre paréntesis mi brasileñismo. Bye bye, Brasil.

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En The Objective.

29.10.18

Zumbándole a Sánchez

En una situación política tan grave como la de España, es un desastre la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez y la de Sánchez contra Casado y Rivera, como se vio el pasado miércoles en el Congreso. Tres partidos que deberían estar gobernando en coalición contra los nacionalistas y los populistas –al coste electoral que fuese– se están peleando entre ellos; uno en alianza con los nacionalistas y los populistas. La bajura de miras de nuestros políticos clama al cielo.

A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.

Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.

Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.

Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.

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En El Español.

22.10.18

El albondigón

Encuentro en el libro Benet. La ambición y el estilo (el original homenaje de Rafael García Maldonado a Juan Benet en el veinticinco aniversario de su muerte) que Mercedes Formica llamaba “el Albondigón” a la mezcla de partidos fascistas, tradicionalistas y conservadores que formó Franco para sostenerse. No sé si es porque Sánchez ha ligado ya su nombre al del dictador –y nos acordaremos de Sánchez más que del dictador cada vez que pasemos por los alrededores de la Almudena– por lo que, al leer lo del albondigón, he pensado automáticamente en Sánchez.

En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.

Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.

El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.

Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.

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En El Español.

17.10.18

La impostura de Castells

El prestigioso Manuel Castells ha decidido encabezar la lucha mundial contra el fascismo, olvidadizo (como diría Borges) de que lleva tiempo luchando por el fascismo. Bueno, no exactamente por el fascismo (su autoimagen no se lo permitiría), pero sí contra el Estado de derecho, que es contra lo que está el fascismo. El prestigioso Manuel Castells es uno de esos intelectuales que llevan años desprestigiando el Estado de derecho y, por lo tanto, allanándole el camino al fascismo.

Por eso, su "Carta abierta a los intelectuales del mundo" me parece una impostura. Naturalmente, estoy de acuerdo con todo lo que dice contra el candidato brasileño de ultraderecha Bolsonaro. ¿Pero qué credibilidad tiene Castells para decirlo? Hace tres años, por ejemplo, Pablo Iglesias dijo que no había democracia en Europa. Y Castells lo suscribió "enteramente" (m. 56:48 del vídeo completo). ¿Qué democracia pone entonces en peligro Bolsonaro? ¿Esa misma que negó Castells?

También se ha venido ejercitando en su lucha contra el Estado de derecho con su apoyo al independentismo catalán y sus falacias contra la democracia española. En El golpe posmoderno Daniel Gascón le llama memorablemente "cheerleader de la secesión". Repasar algunos de sus artículos de La Vanguardia produce una conmoción melancólica que deriva en pesimismo antropológico (baste uno de los últimos: "Después de la Diada"). Desde su supuesta izquierda, Castells recurre –en palabras de Gascón– "a los argumentos supremacistas de los nacionalismos de ricos". Fernando Palmero lo caló igualmente en una columna del año pasado: "Profesores corruptos". Si Castells –según Wikipedia– es el quinto académico de Ciencias Sociales más citado del mundo, ¿cómo será el sexto?

No deja de parecerme alucinante el poco respeto al Estado de derecho de tantos intelectuales a los que les va la marcha ideológica. Esta postura, que en los siglos XIX y XX aún podía excusarse porque no se conocían en su plenitud los desastres a los que esa postura llevaba, es hoy una frivolidad. O, si nos ponemos serios: una bellaquería. Hoy no hay duda de que los que contribuyeron a socavar la democracia de Weimar tienen su responsabilidad en la llegada de Hitler. Si se desprecian las "formas" democráticas (¡la "democracia formal"!) puede que el "contenido" no lo pongan los nuestros, sino los otros: y entonces no tendremos defensa.

Hacia el final de la carta se refiere Castells, en un plural de aire mayestático, a los que "a lo largo de nuestra vida hemos adquirido con nuestra lucha e integridad una cierta autoridad moral". El resto de esta carta tan campanuda tiene la misma veracidad.

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En The Objective.

15.10.18

Error de protocolo

Al fin Pedro Sánchez me representa: su error de protocolo simboliza ese gran error de protocolo que es mi vida entera. Pero no voy a hablar de mí sino de él, que está quemando su presidencia como un juerguista el fin de semana. La posibilidad de que esté siendo un sueño rápido le hace querer vivirlo de todas las maneras.

El 12 de octubre pasó de recibir los abucheos a presidir una república de nueve segundos. Los he cronometrado: ese tiempo transcurre desde que se sitúa al lado del Rey –superándolo, en terminología dialéctica– hasta que se lo lleva el figurín de protocolo (que tenía, por cierto, un aire a Albert Rivera). Lo mejor del vídeo, con todo, es cuando Sánchez se retira respetuosamente, con las manos entrelazadas por delante, la cabeza semiagachada y el gesto entre sereno, introspectivo y grave del que ha recibido la primera comunión.

El mismo Día de la Hispanidad, Albert Boadella proclamó la autonomía de Tabarnia durante nueve segundos también. Tanto Sánchez como Boadella superaron en un segundo, pues, a la República Catalana del año pasado, que duró ocho. Fue una jornada doblemente feliz. Una pinza humorística memorable a la gran parodia del independentismo.

Luego se ha dicho que el error no fue de Sánchez sino de las instrucciones que le dieron, o que Ana Pastor se adelantó más de la cuenta. Pero da igual. El error no tuvo ninguna importancia. Lo significativo ha sido la aspereza con que se ha juzgado: el lugar insufrible en que se ha convertido la política española ha puesto pomposidad donde no había más que para unas risas. Los españoles nos hemos convertido en unos nuevos ricos de la fiscalización del prójimo. Francamente, nos estamos volviendo un coñazo.

El protocolo está bien, hay que cumplirlo. Forma parte de la gran representación de la vida pública. Pero si uno se equivoca, la crítica no puede ser metafísica, sino que ha de referirse solo a la actuación. Era un fallo de lenguaje y punto; y tanto menos importante cuanto que fue de inmediato corregido.

Pero hay otra cosa significativa: además de los inquisidores del protocolo, están los supuestamente antiprotocolo como Pablo Iglesias, que ejercen una inquisición igual de protocolaria. Tanto unos como otros contribuyen a la expansión de aquello que combatía Nietzsche: el espíritu de la pesadez.

En cuanto a los abucheos a Sánchez: estuvieron mal, naturalmente, en el contexto de la Fiesta Nacional. Como está mal que Sánchez esté sosteniendo el Gobierno de la nación en aquellos que no acuden a una ceremonia así. Pero eso es ya otra historia: la de todos estos días.

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En El Español.

8.10.18

8-O: una fecha luminosa

Recuerdo que la convocatoria de la manifestación fue antes del discurso del Rey del 3 de octubre y después de la oscura fecha del 1. La sensación que predominaba era esa: de “noche oscura del alma”. Maldije los empujones de la historia, yo que soy un lírico; que unos papafritas como los indepes me marcasen la agenda. Pero a Barcelona había que ir, a acompañar a mis amigos catalanes (antinacionalistas, por supuesto). La sorpresa fue que lo que se esperaba una jornada de resistencia triste, minoritaria, resultó una jornada luminosa, multitudinaria, alegre, de la que nos hemos pasado hablando todo el año, con agradecimiento y felicidad.

El discurso del Rey no prometía el éxito del 8 de octubre, pero sí dio moral. Hacía falta una reparación, verbal aunque fuese. El presidente Rajoy no tuvo a bien darla. Así que la dio –la tuvo que dar– Felipe VI. Un articulista catalán se quejaba hace poco de aquel discurso “sin perdón ni empatía”. Hasta en pleno golpe de Estado se le pide al Rey que esté empático con los sensibles golpistas. Pero el Rey no estuvo esta vez por el merengue e hizo algo inaudito: tratar a “los catalanes” como adultos. Fue el primero en década que se los tomó en serio, y desde esa seriedad solo cabía regañarles. Porque habían sido malos, muy malos. Habían asaltado una democracia con procedimientos fascistas o fascistoides. Y eso no se le hace a una democracia.

Junto con esto último lo grave (¡nunca me cansaré de repetirlo!) es que los nacionalistas catalanes han ido y siguen yendo –antes que contra los españoles– contra sus convecinos catalanes no nacionalistas. La impresión sorprendente en Barcelona sobre los que se manifestaban el 8 de octubre es que se trataba de una mayoría oprimida. La llamada mayoría silenciosa era, en efecto, una mayoría silenciada, que recuperaba el espacio público arrebatado o cedido. En el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate) se hablaba de en qué se sostuvo la “concordia” catalana de la Transición: en que los no nacionalistas hubiesen aceptado que el poder lo detentasen en exclusiva los nacionalistas. Un equilibrio truculento que se han cargado los propios nacionalistas, por abusones. La respuesta ha sido la emergencia de la Cataluña no nacionalista. Rompiéndoles a lo grande el relato del “un sol poble”. El 8 de octubre se vio en Barcelona a los catalanes contra los que pretendían construir los nacionalistas su “nación”.

Fue una fecha de felicidad política que nos ha alumbrado en todo este año de notable infelicidad política.

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En El Español.

3.10.18

La gallina

Creo que fue Forges el que dijo que para relajarse ante un poderoso –por ejemplo, ante el jefe al pedirle un aumento de sueldo (sí, debía de ser Forges)– lo mejor era imaginarlo con una gallina encima de la cabeza. Esa gallina (no imaginada, sino real) es la que veo yo en la cabeza de nuestros autoproclamados republicanos, que tienen la palabra “República” todo el día en la boca al tiempo que demuestran con cada una de sus palabras y cada una de sus acciones que no tienen ni idea de republicanismo. Son de hecho, hoy, los de conducta menos republicana del país.

A los independentistas catalanes (incluida Talegón e incluido Cotarelo) también les veo la gallina, que viene a ser la misma gallina. “Som tossudament republicans”, decía una pancarta este 1 de octubre, eco del “Tossudament alçats” del tuno Lluís Llach, que hizo suyo ERC. "Tossudament" es la manera catalanista de decir "cipotudamente": o sea, que es su manera de ejercer el empecinamiento español del que se ha ocupado Jorge Bustos. Se dicen antiespañoles y yo les veo la gallina de la más obcecada españolidad encima de la cabeza (en el caso de Llach, concretamente, encima del gorrito).

Mucha "República catalana" y no aceptan ni uno solo de los valores del republicanismo político, empezando por el de la separación de poderes. Cuando los independentistas le piden al Gobierno que suelte a los "políticos presos" lo que están mostrando, por encimísima de todo, es que no saben de qué va el republicanismo, en el que la democracia es inseparable de la ley. Insultan, de hecho, al republicanismo con la mera enunciación de esa expresión falsa en un Estado de derecho, "presos políticos". Mientras escribo estas líneas, el Parlament acaba de aprobar la desobediencia al Tribunal Supremo...

Como el Jueves de Chesterton, el hombre que es Torra ejerce al mismo tiempo de jefe de la policía y de jefe de los que se enfrentan a ella, asaltando, por ejemplo, el Parlament. El puesto que le debe a la ley lo utiliza para violarla: la peor corrupción, y a la vista de todos. En España hay que remontarse a Franco para asistir a aberraciones semejantes. Sí, nuestros antifranquistas también llevan en la cabeza la gallina del franquismo.

Los manifestantes independentistas del 1 de octubre iban muy ufanos: muchísimos jóvenes con caras como de querer libertad, como de estar en el camino democrático. Pero yo les veía la gallina en la cabeza. Una gallina doble: en primer lugar, todo esto se lo están haciendo a una democracia; en segundo lugar, se lo están haciendo antes que a nadie a sus convecinos catalanes. Contra eso se movilizan: contra una democracia y contra sus convecinos. Mucha "República" y bla bla bla. Pero yo les veo la gallina.

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En The Objective.

1.10.18

La putrefacción (catalana)

¡Qué memorable ejercicio leer ahora Contra Catalunya de Arcadi Espada! Y digo leer y no releer porque (¡negligencia en mi arcadismo!) no lo había leído en la edición de 1997, sino que acabo de hacerlo en la nueva de Ariel. Sin duda hubiera estado bien leerlo antes, pero este ha sido el mejor momento. Me permite llegar al aniversario del ominoso 1 de octubre ciertamente oxigenado.

La putrefacción de la sociedad catalana por obra de los nacionalistas es el tema del libro, y produce melancolía (y rabia) ver cómo lo que estaba ocurriendo hace veinte años, y desde veinte años antes de la escritura de esta crónica, haya continuado ocurriendo más de veinte años después. Con un grado de putrefacción creciente. El 1 de octubre de 2017 fue el punto culminante: en él se encontraron la borrachera nacionalista en su cota máxima y la torpeza del Estado tratando de contener en un día el fruto de cuatro décadas de dejadez.

El tema de Contra Catalunya es, en realidad, esa dejadez: la putrefacción debida a esa dejadez. La complicidad casi unánime de los que callaron y dejaron hacer a los nacionalistas, cuando no colaboraron abiertamente con ellos. “Ahora, más de veinte años después –escribe Espada en el postfacio de 2018–, una lectura amable puede concluir que este libro fue un presagio y que advertía con más o menos detalle de la catástrofe moral y política que se iba a desencadenar en Cataluña y en el resto de España. No despreciaré ninguna amabilidad. Pero creo que este libro no era anuncio de lo que iba a pasar sino descripción de lo que ya estaba pasando. Una crónica. Un tipo de enfermedad. Pues lo que estaba pasando entonces es lo mismo que sustancialmente está pasando ahora: la distribución sostenida, envolvente y eficaz de un compacto amasijo de mentiras”.

Uno que lo vio desde el principio fue Federico Jiménez Losantos, al que unos terroristas de Terra Lliure le pegaron un tiro en la pierna en 1981. En 1982 escribió Félix de Azúa en El País su artículo antinacionalista “Barcelona es el Titanic”. Es un artículo justamente célebre. Se ha olvidado, sin embargo, la respuesta que le propinó Carlos Barral: excelente síntoma de los mecanismos de defensa del pudridero, y eso por parte de alguien no nacionalista, de izquierdas y tan sofisticado como Barral. Menos sofisticado fue Manuel Vázquez Montalbán en el artículo –este también célebre– en que salió en defensa de Jordi Pujol cuando el caso de Banca Catalana (1984): “De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”.

Espada sitúa en aquel episodio de 1984 el momento crucial de la rendición de la izquierda ante el nacionalismo: “La tarde de Banca Catalana fue la primera vez que los [nacionalistas] los llamaron [a los socialistas] una y otra vez traidores”. La consecuencia fue rápida y desoladora: “Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos”.

Contra Catalunya era (y es) la expresión con que los nacionalistas han tratado siempre de conjurar e impedir la crítica. No es contra ellos, sino “contra Catalunya”. Arcadi Espada se atrevió a transgredir esa barrera hace veinte años, pagándolo, naturalmente, pero también haciéndose un nombre. Y un hombre: en el libro está cómo se hace. Abriéndose paso en el caparazón de silencio.

Y están además el periodismo y Barcelona. Espada detesta las novelas y no diré esta vez que Contra Catalunya sea una novela, por más que haya disfrutado (incluso novelísticamente) con el libro. Sí diré que si un novelista escribiese sobre aquella Barcelona, en su novela tendría que estar la de Contra Catalunya para que resultase veraz, y tendría que recibir en consecuencia, por parte de los putrefactos, esa misma acusación. Que yo sepa, aún no ha sucedido.

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En El Español.

24.9.18

Sánchez, melón calado

Hay que reconocerle a Pedro Sánchez una cortesía exquisita para con los electores: estos irán a las urnas sabiendo con exactitud lo que votan, si le votan. Abra o no el famoso melón constitucional, él sí se ha abierto como presidente: es un melón calado. Alguna ventaja tenía que tener esta campaña electoral simultánea a una acción de gobierno.

Lo mejor de la presidencia de Sánchez a estas alturas es que será breve: dos añitos como mucho. Y si al final sigue, al menos los electores habrán votado su política. Algo que no ha ocurrido hasta ahora: una de las características del electorado español, por el momento, es que históricamente ha votado poquísimo a Sánchez.

¡Qué lejos queda mi neosanchismo! Han pasado cien días: un mundo. El rutilante gobierno que vimos en el escaparate como una caja de bombones está preso ya de una obsolescencia no programada sino descontrolada. Sánchez como presidente anda como vaca sin cencerro, y sus ministros (¡y ministras!) como pollos (¡y pollas!) sin cabeza. Serán solo dos añitos como mucho, sí: pero si se agota la legislatura, puede resultar agotador.

Fui comprensivo con la moción de censura de Sánchez, porque era la medida desesperada (maquiavélica) de un candidato descartado. Gracias a ella entró en juego, y desde la cumbre. Pero parece que a nuestros políticos siempre les falta saber dónde están y por qué están. Una vez en la cumbre, se creen que están ahí no por azares ni triquiñuelas sino por lo que son. Y se ponen a gobernar sin pudor, y casi diría que sin vergüenza. El caso de Sánchez es irritante porque el origen de su poder es espurio: lo apoyaron –además de sus ochenta y cuatro diputados– los populistas y los nacionalistas (separatistas y filoterroristas incluidos); o sea, lo peor del parlamento. Pero una cosa era aprovecharse de la urgencia que tenían por echar a Mariano Rajoy y otra gobernar de acuerdo con ellos o teniéndolos en cuenta.

El daño que Sánchez le ha hecho –o le va a hacer– al centro izquierda es incalculable: probablemente lo va a barrer del panorama español durante lustros. Salvo que Ciudadanos espabile y colonice ese terreno que el PSOE abandona; aunque puede que sea un terreno quemado. Está arruinada la solución que a algunos nos parecía la deseable: la alianza entre el PSOE y Ciudadanos (“el Pacto del Abrazo”, como lo llamó el director de este periódico), que hubiera centrado y mejorado a ambos partidos.

Pero en vez de aliarse con quienes lo hubiesen mejorado, Sánchez ha escogido hacerlo con quienes lo empeoran. Quizá era lo que se le adecuaba.

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En El Español.

19.9.18

El tiempo grande



Me temo que tengo un pie dentro y otro fuera de la actualidad. Y casi diría que eso es lo que hay que tener. Como columnista debo mantenerme informado, cosa que hago con gusto: me lo paso pipa en el estrépito, en la trituración eléctrica de la jornada. Pero cuando todo es actualidad me ahogo. Hacen falta fugas, accesos al tiempo grande. Y para eso –además de la contemplación, el sueño, el erotismo, los paseos, la embriaguez o la amistad catacumbística– están las artes: la literatura, la música, el cine, la pintura.

Hoy voy a escribir un poco de pintura, porque fue el pintor Miguel Gómez Losada el que me habló del tiempo grande. Estábamos entre los cuadros de su exposición Romanza en el CAC Málaga y trataba de describir su trabajo: "Yo no quiero ocuparme del tiempo chico, el tiempo de la información, el que se pierde todos los días, el que mañana no significa nada, sino del tiempo grande. Quiero que mis cuadros se puedan ver mañana, que no estén lastrados por ningún elemento caduco. Que sean esenciales, que contengan lejanía...". Me parece un modo ejemplar de ser un artista contemporáneo: estar en la punta del tiempo, pero elaborando un tiempo limpio, fijado en la obra.

He visto evolucionar a Gómez Losada, desde que nos conocimos a principios de los noventa, y se me ocurre que ha tenido un crecimiento vegetal, orgánico: hay continuidad en su arte, en el que no detecto rupturas sino ganancias, en depuración, en vitalidad, en libertad, en riesgo, en soltura, en ahondamiento, en ligereza. La continuidad ha sido también física: en su esfuerzo y en su dedicación. Aunque suene a tópico (y eso que son escasísimos los casos), ha seguido su camino sin concesiones, de acuerdo con su llamada íntima; en comunicación con el mundo, pero sin dejarse manosear por el mundo. Siendo un perfecto conocedor del arte contemporáneo, el español y el de fuera, él era consciente plenamente de la osadía de lo que estaba haciendo. Una osadía no estrepitosa, sino sutil, valiosa de verdad. Me acuerdo de este aforismo de Nietzsche: "No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble".

Quien visite Romanza (la exposición estará hasta el 25 de noviembre) se hallará en una sala mágica, poética, magnetizada por una pintura de muchos quilates. Ahora que tantos pintores pintan para internet, Gómez Losada –cuyos cuadros también funcionan por internet– ofrece el valor añadido de su pincelada, de su textura, de su lienzo vibrante. No hay zonas muertas en sus obras: todo está vivo. Cuando uno se sitúa ante ellas, está ante genuinas presencias; tanto más imponentes por cuanto que ahora son figuras humanas, mujeres casi todas. El enorme cuadro central, El Rito (de 975 x 280 cm), domina de tal modo la sala que todos los demás cuadros parecen formar parte de él, con sus figuras ejecutando también el rito a su manera. El propio espectador ejecuta su ritual de miradas y pasos, en ese ámbito de intensa belleza, de evocación, de trascendencia, de misterio, de homenaje a la vida. Habitando por unos minutos el tiempo grande.

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En The Objective.

17.9.18

Estación de Francia

El sueño ilustrado español ha sido francés y ahora Manuel Valls tiene que ver con ese sueño. El jueves estuvo en Málaga, en La Térmica, para presentar el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate). Predominaba entre los asistentes, junto con la admiración, un cierto espíritu catetillo. Habíamos llenado la sala para ver a un político (¡uno al menos!) que hubiese hecho un buen bachillerato. Algo que en Francia vale más –pensábamos– que todos nuestros másteres y doctorados juntos. El sueño era también personal: al ver los resultados en un hombre de origen español añorábamos lo que hubiese podido hacer con nosotros el bachillerato francés.

Valls no decepcionó. Era algo insólito por estos pagos: un intelectual de acción. Es decir, un político con pensamiento. Su discurso era preciso, riguroso, claro, complejo, de largo alcance. Con la dosis adecuada de retórica, representación y seducción. “Es la NBA”, me dijo un amigo. Su implicación en la política española, que se concretará con su candidatura a la alcaldía de Barcelona (no lo confirmó expresamente, pero es indudable que se va a presentar), producirá un efecto paradójico: elevará el nivel... pero por esa razón veremos cuán bajo era el de los canditatos (¡y candidatas!) locales.

Es una gran ocasión para Barcelona, con beneficios para Cataluña, el resto de España y el resto de Europa. El simbolismo es directo, como ideado a propósito: un hispano-francés (o catalano-francés) nacido en Barcelona puede devolverle a su ciudad el espíritu afrancesado que le veíamos los españoles. Ahora sabemos que el cosmopolitismo que le otorgábamos a Cataluña era en realidad de Barcelona, y el problema ha sido últimamente que la región ha tirado de la capital y no al revés como antes. (No sé en qué medida hablo de lo que sucedía de verdad, pero tales eran nuestras proyecciones: no despectivas sino admirativas; quizá provincianas).

Mis amigos barceloneses y yo nos detuvimos para escuchar los discursos del pasado 8 de octubre, tras la manifestación feliz, ante la Estación de Francia. Involuntariamente fue también simbólico. Contra los que hablan de nacionalismo español, allí había “mezcla de banderas españolas, catalanas y europeas”, como escribe Valls en el prólogo de Anatomía del ‘procés’ y como vimos quienes lo vivimos. Mario Vargas Llosa habló aquel día de la Barcelona cosmopolita que conoció. Y me acordé de mi profesor de Filosofía del instituto, que había estudiado en Barcelona y nos contaba cosas como si aquello fuese París. Se trata ahora de que Barcelona vuelva a ser nuestra puerta de Europa y no ese socavón en que Europa parece interrumpirse por la obra nefasta de los nacionalistas. Con Valls tendrá una oportunidad, quizá la última.

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En El Español.

13.9.18

La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena

¿Underground Luis Antonio de Villena? Sí, y quizá sea nuestro último, nuestro único escritor underground, genuinamente underground. Aunque el suyo sería un underground particular: dandístico, decadente, esteticista, hedonista, paganizante, aristocratizante... Un underground excéntrico para el propio underground; un underground del underground, pero por encima.

Me he pasado los últimos meses leyendo y releyendo a Luis Antonio de Villena, cuya obra empecé a seguir en 1984, y la verdad es que tiene mérito su coherencia. Es uno de esos autores que se han pasado la vida escribiendo sobre otros autores y al final (y al principio) son como ellos. Villena estaría en su propia lista de autores predilectos: ha sido digno de los que escogió. Autores heterodoxos y extravagantes, raros, vitales, inmorales (o inmoralistas), idealistas también, tremendamente singulares: se parecen entre ellos por su singularidad. Ahora él mismo, que nació en 1951, anda recapitulando sobre su trayectoria en los dos libros de memorias que ha sacado, El fin de los palacios de invierno y Dorados días de sol y noche (Pre-Textos, 2015 y 2017), y en Mamá (Cabaret Voltaire, 2018). Aunque la escritura autobiográfica ha sido habitual en él, por ser un escritor de la cultura y de la vida.

De entre sus últimos libros prefiero Dorados días de sol y noche, que es un festival de osadía, mucho más osado ahora que se cuenta que cuando se vivió (1974-1996), que ya lo era. Publicar un libro así en 2017 es una provocación. Que ha pasado inadvertida precisamente por su carácter subterráneo. Villena sigue donde estaba, con admirable integridad; pero ese sitio en el que estaba, en el que está, rechina ahora más que nunca. La época no está para esas cosas. Su canto al sexo libre, sucesivo, promiscuo, acumulativo, heterodoxo, homoerótico en su caso, mercenario con frecuencia, eminentemente placentero, sin asentamiento ni rutinización, sin el horizonte de fundar una familia, como se ha terminado imponiendo hasta en el mundo gay, resulta hoy chocante; se sale del común, que tiende a ser puritano. Contra el común dejó escritos Villena estos versos: "No bebo en la fuente común. Y cuanto es / vulgar o cotidiano me repugna. / [...] / Y detesto lo común (ya sabéis) tanto como lo innoble”. Nada es simple en Villena, sin embargo. Está poseído por contradicciones, tensas y fecundas. Como indicó en otro poema: "Soy de los que ardientemente detestan la injusticia, / de los que creen que es indigno casi cualquier privilegio; / y al tiempo soy clasista y amo la diferencia. / Creo en el pueblo y me llena de rabia la pobreza, / mas soy también individualista, singular extremo".

El desfile de cuerpos de Dorados días de sol y noche, una auténtica numerología carnal, pudiera hacer pensar que es la cantidad lo que importa, pero no: Villena persigue el ideal platónico de la Belleza. Solo que este ideal se encarna en la materia pasajeramente: apenas en algunos cuerpos, y aun en estos apenas durante algún tiempo. Por fidelidad a ese ideal es por lo que cambia de objeto continuamente el enamorado de la Belleza. Villena lo explica así en ese tomo de sus memorias:

Creo que mi segura promiscuidad [...] viene, en lo hondo, de mi adolescencia reprimida, cuando pude confundir, en sueños literarios, amor y belleza. Y fue la belleza –incluso con mayúscula– la que siempre ha privado. Como en el Uno universal de los neoplatónicos, en el fondo todos son el mismo. Muchos, pero meras emanaciones de esa única Belleza superior, que en algún momento nos colmará. El Uno. Y mientras tanto, buscamos y buscamos llenos de deseo y sed, y obviamente a uno le sucede otro.

Es una concepción pagana, alejada de la idea cristiana de la "persona" como objeto de amor. Una idea que también –desde fuera del cristianismo– avivaron en su momento los surrealistas, sobre todo André Breton, con su defensa del amor único. Pero Villena no se ve afectado por esta idea, que es, en el fondo, la que impera mentalmente (la que se considera recomendable), se la obedezca o no. Él va por otro carril, que si ya era subversivo en su día, hoy es dinamita pura. La lectura de ese tomo de sus memorias, el de los años de su esplendor erótico, es por ello eminentemente gozosa.

Y melancólica, crepuscular, también. Por el contraste con nuestro tiempo pacato y porque el autor escribe sobre sus buenos años desde unos años no tan buenos: los de su entrada en la vejez, con el decaimiento del cuerpo y el parte de bajas de alrededor. Lo admirable es cómo él sigue en lo suyo: en los amigos y amantes jóvenes, con una insistencia en parte ridícula (y ese toque ridículo es lo provocador) y en parte heroica. El aire que desprende es inequívoco: es el aire de la libertad.

En la libertad cifra Villena, precisamente, la esencia de la contracultura, de la que fue uno de los primeros teóricos españoles. En 1975, con veinticuatro años, publicó La revolución cultural (Desafío de una juventud) (Planeta), que completó unos años después con la segunda parte de Heterodoxias y Contracultura, de cuya primera parte se ocupó Fernando Savater (Montesinos, 1982). Aquí escribe, de acuerdo con su visión de que la contracultura es una constante histórica: “Veríamos así, enseguida, que ese afán de libertad, de novedad, de individualismo (frente a lo normativo y gregario) y de cultura viva, sensible, frente a las fosilizadas estructuras de lo académico o de lo oficial, no es paradójicamente nada nuevo”. Sus componentes serían: “La voluntad de la marginación optimista, la búsqueda posible de la felicidad aquí y ahora –en la tierra–, el deseo permanente de ser (también en lo íntimo) confraternales y libres”. En esa línea estarían para Villena desde los goliardos (“beats de la Edad Media”) hasta los románticos, Baudelaire, Rimbaud, Huysmans, De Quincey, los anarquistas, los surrealistas, los escritores beats estadounidenses, Alan Watts, los hippies o los músicos de rock de los sesenta y setenta del pasado siglo.

Desde el principio Villena se interesó también por el dandysmo, lo que nos permitiría relacionarlo con esa perspectiva amplia que él tiene de la contracultura. En 1974 publicó El dandysmo (Felmar), en 1979 Oscar Wilde (Dopesa) y en 1983 Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandysmo (Tusquets), donde, además de ofrecer una teoría general, escribe de figuras como William Beckford, Lord Byron, Antonio de Hoyos y Vinent o Luis Cernuda. Y, nuevamente, de Wilde, de quien propone la consigna: “One should always be a little improbable” [Uno debería ser siempre un poco improbable]. Para Villena, “la predilección del dandysmo por la aristocracia, o por lo aristocrático –siendo, evidentemente, una clase social ‘pasada’– tiene un significado triple. De un lado, condena el presente, dominado por la burguesía mesocrática (y ya comenta Dalí que la burguesía es el verdadero enemigo de la aristocracia); de otro, recaba para sí la primacía de la estética (la aristocracia se manifiesta y se engrandece en la belleza y en el lujo), sin la cual, podríamos decir, no hay verdadero dandysmo; y, finalmente, apuesta –otra vez– por lo que es singular e individualizador, frente al colectivismo uniformizante y romo”. El dandy puro debe consagrarse a la inutilidad y terminar en el fracaso. “El final del dandy –concluye Villena– ha de ser triste o suicida”. O como dice en un verso: “Perder es un último acto de dandysmo”.

Ese camino hacia lo alto y hacia lo bajo –en este orden– define en buena parte la obra (y la vida) de Villena. El anhelo de alzarse, que él definió con el título de uno de sus libros, La tentación de Ícaro (Laertes, 1986), expresa las ganas de plenitud, de vida intensa, de vida que merezca ser llamada Vida. Pero este anhelo se estrella contra la realidad limitada, contra la mezquindad del mundo. Así, el que ha querido elevarse hasta el sol, como en el mito, verá derretirse sus alas y no tendrá otro destino que caer. Y hay orgullo, y esteticismo, en tal trayecto curvo. Como escribe en el poema “Villamediana” de La muerte únicamente (Visor, 1984): “¿Caer? ¡Qué importa caer! El impulso es la vida. / Morir al acercarse al sol, tocarlo con las manos, / y precipitarse al hondo chillando jubiloso en la agonía. / Pues que nadie quitará al saturnal intento / la gloria, con caer, y el bello honor de haber subido”. Y en “Cuesta abajo”, de Huir del invierno (Hiperión, 1981): “Perder es el gesto más noble de la vida. / Pero no hay que engañarse. Sólo quien tuvo pierde”. Y después, en ese mismo poema: “Gustar el fango con paladar de príncipe”.

En su libro más luminoso, Hymnica (Hiperión, 1979), está “La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena”, que dice así:
¿Y qué puedo decir? ¿Asentir? ¿Negarlo?
He bajado las escaleras que he bajado
(muy en penumbra, a menudo), me he tendido
con los cuerpos que ha sido –con esos precisamente–
aunque no, desde luego, con cuantos he deseado.
Con la vista me voy, sin evitar atajos,
a los lugares aquellos que no sospecha nadie.
A ciertas horas no se llame a mi teléfono;
donde voy aquel rato no lo nombro al amigo
–ese que tiene casa y mujer y empleo asegurado–.
Lo que bebo en tu copa (he hablado de ti
todo el poema) lo adjetivo para que no se entienda.
Lo que hago contigo lo niega mi faz por la mañana.
Por la esquina maleva paso, embozado, muchas noches.
¿Asentir? ¿Negar? Sé bien que se murmura.
Pero yo no hago caso. (Y no se escandalicen los prudentes.)
Que toda vida que se vive plena es vida para escándalo.
Sí, el escándalo es justo ese: poner la vida por delante, y por encima; aspirar a la belleza (a la Vida y a la Belleza). Aunque con ello se caiga.

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Publicado en Jot Down nº 23, especial Underground.

12.9.18

Jot Down 24

Ha salido el nuevo trimestral en papel de Jot Down, núm. 24, especial Francia. Yo colaboro con el artículo "Mitologías del Mont Ventoux", que he dividido en cuatro apartados: 1. El ciclista ético; 2. Tom Simpson; 3. Petrarca; y 4. Signo ascendente. El apartado 1 empieza así:
Lo primero fue el imperativo ético: el dibujo de Marcel Duchamp Avoir l’apprenti dans le soleil [Tener el aprendiz al sol], que yo descubrí en el libro La vida como azar de José Jiménez. El enigmático título de Duchamp aparece al pie de ese dibujo de 1914 que, como escribe su autor, “representa a un ciclista ético subiendo una cuesta reducida a una línea”. El fondo del ciclista y de su cuesta lo atraviesan pentagramas: el dibujo está hecho en papel pautado, en papel musical. Las pedaladas del ciclista compondrían, pues, arte. Su ascenso ético tendría un resultado estético. Bajo un sol que no se ve –el sol del título– pero que alumbra y calienta la imagen. El ciclista, por lo demás, solo está concentrado en su tarea, unido a su bicicleta.
La revista se puede adquirir en librerías o en la web de Jot Down.

10.9.18

Todos son ya Boadella imitándoles

Llevo ya un montón de Diadas citando este aforismo de Nietzsche, que se cumplirá otra vez mañana: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. La comedia sigue porque los líderes independentistas no solo no atenúan, sino que intensifican su histrionismo (todos son ya Boadella imitándoles); pero sobre todo porque dos millones de catalanes les apoyan. Un apoyo que es en sí mismo histriónico a estas alturas.

Y a estas alturas el columnista duda si seguir con lo mismo. Hay un cansancio acumulado, por la gota malaya de la tabarra catalanista. Pero también el convencimiento de que las agresiones contra la democracia, por más que insistan, no deben quedar sin respuesta. Este es uno de esos pulsos pesados en que no se puede flaquear, aunque el brazo duela. Solo que mientras que ellos, los nacionalistas, se lo pasan pipa con su delirio estólido que les llena la vida, nosotros los antinacionalistas maldecimos todo el tiempo que nos están haciendo perder y que nos la vacía.

Una clave decisiva la ofreció el comediante mayor Quim Torra en julio, cuando tras su visita a Moncloa declaró en Catalunya Ràdio: “Le he dicho a Sánchez que tengo cincuenta y cinco años, los hijos mayores y nada que perder”. Qué triste vida la que a esa edad carece de otro horizonte más apetecible que la inmolación por una causa idiota. La riquísima vida reducida a una pijada abstracta, que además se sustenta en la mentira. Por otro lado, está el egoísmo escalofriante del president, como señalaba un lector de El País: el que Torra considere que no tiene nada que perder le parece razón suficiente; sin atender a lo que puedan perder los otros. Es, como supo ver Boadella, otra variante del padre Ubú.

Así que estamos en la rueda del año, pasando en 2018 por las fechas ominosas de 2017. Ya se han cumplido las del 6 y el 7 de septiembre, en que los finos señoritos independentistas aprobaron en el Parlament una ley equivalente a la ley habilitante de Hitler de 1933. Y hasta que llegue el 1 de octubre hay que pasar otra vez por la Diada. La historia catalanista se repite como comedia atroz. Y con fingido escándalo cuando se denuncian obviedades como que TV-3 es una televisión propagandística y manipuladora.

Pero ante todo hay que insistir en que la manifestación de mañana es contra España y los españoles solo en segundo lugar. En primer (¡en primerísimo!) lugar es contra los conciudadanos catalanes de los manifestantes. Se trata de seguir metiéndoles el palitroque por la oreja a sus vecinos. Me acuerdo de aquella comedia que estuvo de moda hace un tiempo: La catarsis del tomatazo. Me temo que el procés seguirá siendo un tomatazo sin catarsis.

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En El Español.

5.9.18

El entusiasmo como trampa

Remedios Zafra. El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital. Barcelona, Anagrama, 2017. 264 pp. 19,9 €.

Al leer sobre la problemática de los creadores o entusiastas actuales en El entusiasmo de Remedios Zafra (Premio Anagrama de Ensayo 2017), me he acordado de un texto que me dejó tocado de jovencito, en los ochenta. En la antología Joven poesía española de la editorial Cátedra (1979), la poética de uno de los antologados, José Luis Jover, consistía en una lista de decenas y decenas de nombres de poetas en ejercicio entonces, al término de la cual decía: “Una sola cosa es cierta. Que somos demasiados”. La conciencia de ser demasiados se ha multiplicado exponencialmente en estas cuatro décadas, debido sobre todo a internet. Y este es uno de los aspectos de los que se ocupa la autora en su libro. Un libro que es de ensayo pero que –intentaré explicarlo luego– puede leerse en parte como una novela. Una novela de tesis.

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) es escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, y de Antropología Social y Cultural en la Uned. Ha publicado, entre otras obras, Netianas. N(h)acer mujer en Internet (Lengua de Trapo, 2005), Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010), (h)adas. Mujeres que crean, programan, ‘prosumen’, teclean (Páginas de Espuma, 2013) y Ojos y Capital (Consonni, 2015). El título nuevo prosigue la línea de investigación de los citados, orientada, como la autora escribe en su página web, hacia el “estudio crítico de la cultura contemporánea, la ciberantropología, la creación y las políticas de la identidad en las redes” y “desde enfoques feministas y antropológicos”.

La idea central de El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital es que el entusiasmo puede ser una trampa para quienes se dedican a tareas culturales (creativas, relacionadas con el ramo o incluso académicas). Al poner tanta pasión en lo que hacen, se tiende a considerar que con el propio trabajo ya están pagados, lo que les hace susceptibles de explotación. Explotación que se cumple y se generaliza en la medida en que son muchos los que suelen aspirar a los trabajos, la situación económica lo propicia y la tecnología lo permite. La autora cuenta en alguna entrevista lo que un jefe le dijo en su día: “Eres tan entusiasta que es imposible no abusar de ti”. Me ha recordado a la tesis de Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe: que sor Juana era cómplice de la fe que la condenaba.

En este caso, la fe es en la creación. El libro se desarrolla desde esa premisa. A partir de una frase de Fernando Pessoa, la autora establece esto al principio: “Puede que solo dos estados de ánimo constante hagan que la vida valga la pena ser vivida. Yo diría el noble goce de una pasión creadora o el desamparo de perderla”. Las cursivas son de la autora e indican lo que toma de Pessoa; significativamente, ella pone “pasión creadora” donde el poeta portugués puso “religión”. Para Zafra, la pasión creadora es “esa pasión que punza y arrastra y que nos motiva a anteponer el deseo frente al inmovilismo, el hacer frente al tener, una práctica creativa frente a, por ejemplo, un trabajo alienante, esa sensación que perturba ‘profundamente’ frente a la que resigna o reconforta”.

El progreso les ha permitido a “los pobres” estudiar y crear “allí donde unos mínimos democráticos garanticen la educación pública”. Sin embargo, parecen subsistir los esquemas del pasado acerca de quiénes pueden dedicarse a la creación. Según la autora, “si el poder en Occidente tuviera voz”, pareciera llegarnos el eco de esta frase: “No es bueno que los pobres creen”. En efecto, en su día fueron idealizados los artistas “primero como hombres, y segundo como individuos capaces de vivir al límite y de lindar con el precipicio de la pobreza”. Pero esta opción tenía truco, puesto que la escogían sujetos procedentes de contextos acomodados. A los pobres ni siquiera se les presentaba la posibilidad de “desear crear”. Hoy, gracias a las condiciones mencionadas, son muchos los que lo desean y lo intentan. Pero solo pueden llevarlo a cabo de manera óptima quienes tienen la subsistencia asegurada por otros medios. Hay una criba social, por lo tanto. Fomentada por la concepción de la actividad creativa más como una afición, algo que se hace por gusto, que como un trabajo que deba ser remunerado. A lo que se suma el temor a que “las palabras dinero o sueldo entren en conflicto con la inspiración, que algo ensuciara el mundo abstracto y limpio de la obra, aun cuando está hecha entre detritus y miseria”.

El resultado es la precarización del trabajo creativo, un caso particular –y particularmente agudo– de la precarización general. El grueso del libro lo dedica Zafra a describir y analizar el engranaje endiablado de esta situación, y su efecto en vidas concretas. Para que se visibilice mejor lo último, propone a un personaje, Sibila, afectada por la vivencia de la precariedad en un mundo conectado: “Sibilia es entusiasta y trabajadora. Su nombre es Cristina, María, Ana, Inés, Silvia, Laura..., incluso cuando es Jordi o Manuel, siempre está feminizada. En todos los casos, pongamos que su nombre es Sibila”. Por el uso de este personaje principal, y de otros episódicos como “el hombre fotocopiado”, la señora Spring o el señor Spingel, y por el predomino de lo descriptivo, e incluso de lo narrativo, con momentos líricos y filosóficos, es por lo que el ensayo puede leerse en parte como una novela. La propia autora propicia esta percepción al priorizar lo concreto –con una mirada antropológica y etnográfica– frente a la abstracción de las grandes cifras.

Precisamente una de sus luchas es contra la imposición de lo cuantitativo en el conocimiento. Para Zafra, “la infiltración del mercado en el saber y el viraje capitalista del conocimiento” privilegian una objetividad basada en la cuantificación. Las cosas deben ser traducidas a datos, según una lógica que las simplifica y que prescinde de “aquellos aspectos del pensamiento más complejos, ambiguos, matizados e incluso contradictorios”. Se trata de “una lógica exponencial y performativa que se alimenta de índices de impacto y que se afana por crear valor y cultura académica con ellos”. Los investigadores son precarizados, y su singularidad queda neutralizada “en dinámicas de temporalidad y burocracia en beneficio de una productividad cedida a los rankings”. En las publicaciones importa ante todo el nivel de indexación, por lo que resulta determinante dónde se publica en detrimento de qué se publica. “Bajo la impostura neoliberal de la apariencia –escribe Zafra– conseguir o ‘tener’ determinados números se posiciona sobre ‘ser’ o ‘hacer’ libre y honestamente una investigación, un trabajo reflexivo, una obra creativa”.

El factor decisivo hoy es el de la digitalización: el cambio profundo que en tantas cosas está suponiendo la era digital. Están desapareciendo antiguas dicotomías como las que había entre lo real y lo virtual, lo público y lo privado, la afición y el trabajo o la producción y el consumo. Con respecto a este último par, la autora propone el término ‘prosumo’, que acuñó en su obra (h)adas. Zafra señala con agudeza que esta fusión de la producción y el consumo tiene lugar en el trabajo creativo de un modo equivalente al del trabajo doméstico, otro trabajo no remunerado y tradicionalmente ejercido por mujeres. Lo que vendría a corroborar la idea en que insiste la autora de que la precariedad está en buena medida feminizada.

La sobresaturación de información, la velocidad y la caducidad son otras dimensiones de la precariedad. Todo es transitorio, rápido, inestable. Los trabajadores creativos viven “solos y conectados”, en un aislamiento físico que hace abstracción del cuerpo pero que concede una importancia suprema a la imagen. La visualización es una obsesión existencial, puesto que en el mundo de internet ser es ser visto. Esto provoca que el pago sea muchas veces no en dinero sino en mera visibilidad. Los sujetos aislados deben ir construyendo la marca de su yo, para singularizarse ante los otros sujetos con los que deberán competir por los mismos trabajos precarizados. La escasez de estos trabajos frente a la enorme demanda hace que su consecución se considere en sí misma un triunfo; aunque reporten poco dinero, ningún dinero o incluso haya que pagar por ellos. El propio trabajo es el pago, y si el trabajador creativo va enlazando unos con otros es con la esperanza de que en algún momento podrá salir de la precariedad para crear de una vez en condiciones.

A este aplazamiento perpetuo de la vida dedica Zafra los pasajes más amargos de El entusiasmo: “Esa inconsciente tentación que se convierte en hábito de aplazar la vida a un ‘después de’ (imaginando que la juventud, la salud y la energía estarán siempre). ‘Después de’ esta razón o este impedimento: cuando tenga trabajo de verdad, cuando me vaya de casa, cuando devuelva el préstamo, cuando arregle mis dientes, cuando supere esta crisis, cuando olvide ese amor. Entonces, quizá llegará la vida que permitirá expulsar el aire retenido en la impostura de años. Y por fin decir lo que se piensa, hacer lo que se quiere, vivir como se sueña”. Este aplazamiento perpetuo, o “juventud dilatada”, mientras se va envejeciendo de facto tiene que ver –aunque esto no se menciona en el libro– con la maldición de la Sibila clásica, que pidió la vida eterna pero se le olvidó pedir también la eterna juventud. Por eso la Sibila de la cita inicial de La tierra baldía de T.S. Eliot (la Sibila de Petronio) pide: “Quiero morir”.

Pero Remedios Zafra no llega a ese extremo. Al contrario, propone medidas de resistencia. Su visión es crítica, pero no derrotista. Sugiere la “infiltración de tiempo y espacios vacíos” para “ralentizar la percepción de las cosas”, una lentitud de propicie el pensamiento, una revalorización del fracaso como territorio fecundo, el uso de la red para hacer circular ideas y resignificar conceptos, el cultivo del entusiasmo íntimo que impulsa la genuina creación frente al inducido por el sistema, o la alianza colectiva de los hasta ahora solitarios: la resistencia será mayor “si el sujeto no está solo y se hace ‘plural y político’, especialmente si lográramos una versión mejorada de los viejos plurales, un plural capaz de cohesionar frente a la injusticia, sin aniquilar la libertad y la pulsión creadora”.

Vuelvo al principio. Al joven poeta de 1979 que constataba: “Una sola cosa es cierta. Que somos demasiados”. Una constatación trágica: ¿qué hacer contra el gran número? No se puede hacer nada. Tomarlo con humor, como hace el poeta. Lo que no termina de convencerme del planteamiento de Zafra es su carácter maniqueo: los creadores o entusiastas son seres angelicales que se lo merecen todo (con el habitual sonsonete victimista del “nos dijeron” o “nos han hecho creer”), mientras que el mercado, el capitalismo y el neoliberalismo son la encarnación del mal; frente a ellos, la autora habla varias veces de “hacer la revolución”, una propuesta un tanto vaporosa –en el mejor de los casos– a estas alturas. Aunque Remedios Zafra se declara poco complaciente, noto un fondo de complacencia ahí. Por eso señalé que el libro tenía algo de novela de tesis. A mí también me apena la explotación de los entusiastas, y me espanta el engranaje que se describe y analiza en El entusiasmo. Pero a mi pena se suma el no saber cómo se podría solucionar. ¿Quién lo pagaría?, como diría Josep Pla. ¿O cómo lidiamos con el hecho de que “el talento literario no es un fenómeno de masas”, como escribió Wislawa Szymborska? Si Zafra reprueba la competencia, porque “rompe los lazos entre iguales”, ¿cómo hacemos para filtrar el número?

De momento, el premio Anagrama de Ensayo 2017 se lo dieron a ella y no a todos los que se presentaron. Y estuvo bien dado.

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En Revista de Libros.

4.9.18

Brasil en llamas

Mi grito de guerra viajero, “¡Nada cultural!”, me impidió entrar en el Museo Nacional de Brasil en mis visitas a Río. La idea es que los museos siempre estarán ahí, sin mudanza, mientras que la calle muda cada cinco minutos. En los viajes con los días contados, me cuesta sacrificar por un museo media hora en un chiringuito de Copacabana tomando un agua de coco o una cerveza bem geladinha. Pero ahora Copacabana sigue ahí y el museo ha desaparecido. Podré volver a Copacabana y al Museo Nacional ya no.

Y la próxima vez lo hubiese hecho. El año pasado un amigo me arrastró a la Fundación Gulbenkian de Lisboa y no me arrepentí. Al contrario, me arrepentí de mi grito de guerra, que me pareció ridículo cuando oí el tictac de relojes del siglo XVIII o vi un montaje prodigioso de una Venus Anadiómena helenística con una Cabeza de funcionario egipcio. El montaje era puro Duchamp, y bien mirado era también como estar en la mismísima Copacabana. (Por cierto, que hace unos años también se quemó la obra del Duchamp brasileño, Hélio Oiticica).

Cuando veía el Museo Nacional arder, tras el aviso de Jaime Llopis, que vive en Río, no pude evitar acordarme de Ernst Jünger: “La etapa museística es la etapa previa al mundo del fuego”. Él se refería a la cultura anquilosada, acumulativa, sin energía para el futuro. El caso de Brasil, en cambio, es el de un presentismo tropical que desprecia el pasado y que, quizá por ello, nunca alcanza el famoso futuro al que se percibe orientado. Solo unos pocos –estudiosos, artistas, escritores– se dan cuenta de la riqueza del pasado y de que en él está la energía para el futuro.

Hay una especie de noventayochismo también en Brasil; una queja que aflora ante las inoperancias cotidianas con esta formulación o sus variantes: “É por isso que o Brasil não vai pra frente!”. Ya en 1932 el gran Noel Rosa componía y grababa “Quem dá mais?”, que cuenta la venta en lotes del país en una subasta; y no a un extranjero (no es un reproche xenófobo): “¿Cuánto va a ganar el subastador / que es también brasileño / y en tres lotes vendió Brasil entero?”.

“El Ministerio de Cultura jamás nos dio un céntimo”, dice en O Globo el rector de la Universidad Federal de Río de Janeiro, de la que depende el Museo Nacional. Qué amargura estos países ricos y desiguales, sin cultura de lo público, en los que tantísimo dinero se va por el sumidero de la corrupción y en los que impera la cortedad de miras. Mi país favorito, Brasil, que tantas alegrías me ha dado, hoy me produce tristeza.

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En The Objective.

3.9.18

Lecturas de verano

La columna “Más leer y menos clicar” de Lorenzo Silva me ha hecho pensar en mis propias lecturas de verano, abundantes y felices. Y si mi descanso no ha sido completo es porque no he logrado desconectarme de las redes sociales: he mantenido el cacharro al lado y lo he consultado con demasiada frecuencia. Pero la superioridad del leer sobre el clicar se ve también aquí: ahora recuerdo mis lecturas –el poso de mis lecturas– y no mis clics.

Sobre dos de ellas he escrito ya: Un buen tío, de Arcadi Espada (Ariel), y Antropoceno, de Manuel Arias Maldonado (Taurus). De entre las demás, destaco algunas. La primera, Vértigo y pasión, de Eugenio Trías (Galaxia Gutenberg), un ensayo apasionado sobre la película Vértigo de Alfred Hitchcock, que aproveché para revisitar tres veces. El San Francisco contemplativo de la década de 1950 encendido por el deseo a una mujer, que muere, resucita y muere. Con dos momentos máximos, de plenitud y de vacío: el del regreso de entre los muertos de Kim Novak, envuelta en una luz verde, y el de James Stewart al final, perdido ante el abismo en el campanario.

Mi participación a principios de julio en un curso de verano del Escorial hizo que a la vuelta leyese sobre el monasterio. El enigma del Escorial, de Henry Kamen (Espasa), es una espléndido ensayo sobre su origen y su significado, con un seguimiento de Felipe II (a través de los documentos, entre ellos muchas cartas suyas) que desmonta los tópicos que lo han embalsamado y oscurecido. La novela histórica de Julio Manuel de la Rosa El ermitaño del Rey (Algaida) recrea la vida de Benito Arias Montano, el sabio al que le fue encomendada la tarea de formar la biblioteca del Escorial. Releí de paso el gran poema que le dedicó Francisco de Aldana: la Epístola a Arias Montano.

He leído mucha literatura autobiográfica, porque las vidas contadas siguen interesándome más que las vidas imaginadas (y suelen ser más sorprendentes). Aunque he leído tres novelas estupendas que han hecho que me arrepienta de mis desdenes hacia el género: El revés de la trama, de Graham Greene (Seix Barral), Stoner, de John Williams (Baile del Sol), y Cambridge en mitad de la noche, del columnista de El Español David Jiménez Torres (Entre Ambos), del que también he leído un delicioso librito autobiográfico sobre su relación con la obra de Pío Baroja: El país de la niebla (Ipso). De la misma colección Baroja&yo he leído además En el País del Bidasoa, de Sergio del Molino, y Los pequeños mundos, de Jon Juaristi. Al mismo tiempo, me he reconciliado con un escritor antibarojiano, Francisco Umbral, del que me he leído Trilogía de Madrid (Planeta): qué gusto captar sus trucos, sus tics, y aun así disfrutarlo, comprobar que sigue vivo.

En Confesiones de un filósofo desaparecido en combate (Pre-Textos), Enrique Ocaña da cuenta de su desvío de una carrera prometedora como filósofo por su exploración de las drogas y sus andanzas marginales; pero el resultado ha sido un filósofo más potente. El poeta Javier Salvago relata en El purgatorio (Renacimiento) cómo su trabajo de guionista radiofónico y televisivo acabó con su vena poética, estimable pero nunca caudalosa; ha venido a ser un Rimbaud cuya Abisinia fue el guionismo. Clara Usón habla también de su purgatorio, o de su infierno, en El asesino tímido (Seix Barral), que cruza con la desgraciada historia de la actriz Sandra Mozarowski (de la que se rumoreaba que fue amante del rey Juan Carlos, y que esto tuvo que ver con su temprana muerte). Las memorias sentimentales de Luis Racionero, Sobrevivir a un gran amor, seis veces (RBA), se publicaron en 2009 y hoy son dinamita: leerlas ahora produce un regocijo suplementario, en la onda del catacumbismo masculino. Un libro autobiográfico peculiar, divertidísimo, es Mis premios, de Thomas Bernhard (Alianza), que recomiendo como la mejor introducción a este autor.

Pero de todos los que he leído el mejor ha sido un clásico contemporáneo que me faltaba: Léxico familiar, de Natalia Ginzburg (Lumen). Y el segundo otro con el mismo adjetivo en el título: Novela familiar, de John Lanchester (Anagrama). Son memorias centradas en la familia, con el narrador envuelto entre los seres cercanos, sobre todo el padre y la madre. La emoción del libro de Ginzburg está en su estilo sereno y vivaz, que permite que afluya un mundo cuya cotidianidad atraviesa el fascismo italiano y la guerra. Lanchester, con menos vivacidad, hace algo parecido; aunque la emoción en su caso la producen las vidas de su padre y su madre, que narra por separado hasta que se encuentran (algo excepcional, porque transcurren por varios continentes). El efecto de los dos libros es una mezcla de melancolía y agradecimiento. Esas historias familiares son también la historia del lector.

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En El Español.

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Completo la lista con los mejores libros de poesía que he leído este verano. Además de la Epístola a Arias Montano, otros dos clásicos: las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique y la Epístola moral a Fabio, que era anónima y ahora es de Andrés Fernández de Andrada. De estos poemas se ocupaba Luis Cernuda en su ensayo “Tres poetas metafísicos”, que he repasado también; junto a los dos poemas que le dedica al Escorial: “El ruiseñor sobre la piedra” y “Silla del rey”. He leído un poema largo que tiene importancia en la novela mencionada de David Jiménez Torres: El puente, de Hart Crane (Trea). Y de esta misma editorial otro poema largo, impresionante: El temblor, de Juan Carlos Gea, sobre el terremoto de Lisboa de 1755. Para completar las memorias de Javier Salvago he leído Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997) (Renacimiento). Aparte, Amor. Poesía reunida (1988-2010), de Manuel Vilas (Visor). Y Y, de Andrés Trapiello (Pre-Textos): preciosos poemas campestres que he leído frente al mar (aunque sí que hay uno sobre el mar). El último ha sido la antología poética bilingüe de Joseph Brodsky El explorador polar (Kriller71), traducida por Ernesto Hernández Busto (los poemas en ruso) y Ezequiel Zaidenwerg (los poemas en inglés). Del prólogo –del primero– cito esto para terminar: “Lo que el Tiempo le hace al Hombre se contrarresta con lo que el Lenguaje le hace al Tiempo”.

27.8.18

Apocalipsis didáctico

Agosto da un respiro para hacer los deberes, y uno que tenía pendiente era leer el nuevo libro de Manuel Arias Maldonado, Antropoceno. La política en la era humana (Taurus), que el autor me dedicó en febrero. La ola de calor y las noticias sobre inundaciones y tifones han sido el acompañamiento del planeta a unas páginas que hablan de esas cosas, entre otras muchas. De pronto el resto de la actualidad parecía frívola en comparación con el asunto que puede impedir que haya más actualidad.

Cuenta el decimonónico Aleksandr Herzen que un día en que se quejaba del mal tiempo le respondió una anciana: “Bueno, mejor que haga mal tiempo a que no haga ninguno”. El peligro al que nos enfrentamos en el siglo XXI es al de que el tiempo empeore hasta el punto de que deje de hacer tiempo. Para los seres humanos, naturalmente. El término Antropoceno, “un concepto colosal”, designa una nueva era geológica debida a la incidencia de la humanidad sobre el planeta Tierra, que habría alterado la relativa estabilidad climática de la era anterior, el Holoceno: justo aquella en que pudo desarrollarse la humanidad. Con el Antropoceno –una de cuyas manifestaciones sería el cambio climático– entraríamos en una era desconocida, en la que tendríamos que aprender a vivir... si hubiera condiciones para ello. En estos momentos nos encontraríamos en la transición del Holoceno al Antropoceno, y a analizar sus implicaciones (de todo tipo, pero sobre todo políticas) dedica Arias Maldonado su libro.

Con su rigor, su erudición, su capacidad de síntesis y de análisis y su claridad expositiva habituales, el autor nos pone al día sobre un tema del que a la vez nos convence de que es el más importante de nuestro tiempo, puesto que está en juego la supervivencia de la especie humana. El libro recoge todos los matices del debate, las discrepancias, las distintas corrientes. Entre estas se encuentra la que considera que ya no hay nada que hacer y nos encaminamos hacia la extinción. Arias Maldonado propone no tirar la toalla, sino –a modo de apuesta pascaliana– actuar como si realmente pudiéramos hacer algo. Condición indispensable para ello es la concienciación: una nueva Ilustración ecológica que corrija y complete la modernidad.

La oportunidad podría surgir del riesgo que se cierne. En este sentido, “el Antropoceno es un apocalipsis didáctico: opera simultáneamente como relato distópico orientado a la transformación del presente y como amenaza real situada en algún punto del futuro. Didáctico porque se trata de corregir nuestro curso de acción para que no se hagan realidad las peores posibilidades del Antropoceno y podamos evitar el infierno climático en la tierra”. El conocimiento científico del alcance planetario de nuestras acciones tiene una conclusión moral: no podemos seguir eludiendo nuestra responsabilidad ecológica.

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En El Español.