18.6.18

Toda la razón

Uno de los aspectos del procés, que no se ha resaltado, es que los independentistas nos han puesto a los que nos oponemos a ellos en una situación muy violenta: la de tener toda la razón. No es mérito nuestro, sino de ellos: por ellos, por su entrega a la mentira y a la irracionalidad, tenemos toda la razón.

Es algo que no ocurre casi nunca en nuestro mundo ambiguo, ni en el casi siempre relativizable tráfico intelectual. Estamos educados en el pensamiento crítico, nos mantenemos alerta sobre nuestros sesgos, guardamos en el trasfondo una reserva de que lo que decimos pueda estar equivocado. Y esto nos ocurre incluso a quienes disfrutamos con la retórica de la contundencia: de la que reconocemos ante todo que es una retórica.

Es impresionante, pero esto de tener toda la razón quema como la locura. No estamos acostumbrados y es difícil de manejar. Abruma. Por eso es una situación violenta; y embarazosa. No es extraño que muchos quieran escapar de aquí.

Pienso, por ejemplo, en los que firmaron el último manifiesto equidistante. Entre ellos estaba la nueva responsable de Opinión de El País, Máriam Martínez-Bascuñán. Hace unos meses nos contó a unos cuantos en Málaga, cuando vino al Aula de Pensamiento Político que dirige Manuel Arias Maldonado, que la brevedad de sus columnas la obligaba a una concentración verbal que resultaba más asertiva de lo que le gustaría. Ese rechazo de la asertividad es un rasgo saludable... salvo que, para poder ejercerse, postule una equivalencia entre dos bandos que no son equivalentes.

En el caso del procés, los equidistantes que no son independentistas tratan de restaurar un paisaje racional que es ilusorio: postulándoles una razón a aquellos que no la tienen, porque la han perdido. Daniel Gascón recuerda en El golpe posmoderno que para Christopher Hitchens “la tarea del intelectual es mostrar la complejidad de las cosas, atender a la gama de grises”, pero que hay casos en que debe consistir “en trazar una línea entre los grises, en hacer distinciones esenciales y sencillas”.

A los que estamos contra los independentistas nos ha caído toda la razón, y nuestra responsabilidad es asumirlo. La experiencia, además de embarazosa y violenta, es sumamente desagradable. Hemos sido devueltos a una situación antigua. Nos hace parecer energúmenos, tan cargados de certeza. Pero al final es el mejor favor que les podemos hacer también a ellos. Los delirantes no necesitan consentimiento de su delirio, sino una frontera de racionalidad.

* * *
En El Español.

16.6.18

Inspiración para leer

Leo mucho ahora. Llevo dos años leyendo mucho. Pero ni aun así soy un buen lector. Con los libros que no me gustan, sencillamente no puedo; y con los que me gustan, debo esperar el momento adecuado. Soy un lector perezoso, esquivo, fácilmente derrotable. Siempre he necesitado inspiración para leer.

El caso más llamativo es el de esos autores que sabía que me iban a gustar pero para los que no encontraba el momento. Hubo años de demora hasta que me entregué a su lectura. Me ha pasado con algunos de mis favoritos: Bernhard, Jünger, Proust, Montaigne.

Con Bernhard me pasé años leyendo solo el principio de Tala y de Hormigón. Me divertían enormemente, pero algo me impedía avanzar. Leía una o dos páginas y los dejaba. Meses después volvía a abrirlos, leía esas mismas páginas y me volvía a interrumpir. A la vez, algo me decía que Bernhard era mi autor e iba acumulando sus libros. Era quizá la fabricación, medio involuntaria, de un destino. Aquí conté cómo se desató. Me tuve que ir unos meses a Ibiza por trabajo y le presté a un amigo mi apartamento de Madrid. Entre las lecturas me llevé Hormigón, solo porque transcurría en parte en Baleares (en Palma). Y al fin llegó el momento: lo leí entero y quise más. Telefoneé a mi amigo para que me mandase todos los libros de Bernhard que tenía en el apartamento, un montón. Y ya no paré hasta que leí a Bernhard completo.

La fiebre por Jünger fue anterior. Me compré Radiaciones en cuanto se publicó en España, por mi afición al género de los diarios. Pero cada vez que lo empezaba me empantanaba en la lectura. La primera sección, “Jardines y carreteras”, en que Jünger cuenta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en su pueblecito alemán y su avance por la campiña francesa en la retaguardia del ejército, me aburría. Lo empezaba una y otra vez, y una y otra vez lo abandonaba. Algo, sin embargo, me hacía insistir. Esto es lo significativo. En uno de mis intentos, tomé la resolución de empezar por la sección segunda, “Primer diario de París”. Y ahí se produjo el clic. La primera anotación (18-II-1941) empieza así: “Antes de las primeras luces del alba llegada al descargadero de la estación de Avesnes, donde fui despertado mientras dormía profundamente”. Luego cuenta un sueño, que termina con esta imagen prodigiosa: “Junto a uno de aquellos campos, que estaba cubierto de un espeso sembrado verde, veía a mi madre, que estaba aguardándome; era una mujer joven, maravillosa. Yo me sentaba a su lado y cuando me cansaba ella tiraba de aquel campo como si fuera una manta verde y nos cubría con él”. Jünger concluye: “El cuadro visto en este sueño me ha llenado de dicha y ha estado proporcionándome calor mucho tiempo, mientras de pie en la fría rampa de descarga dirigía las operaciones”.

A partir de ahí leí entusiasmado el libro hasta el final, y cuando lo acabé volví a la sección que me había saltado, que me entusiasmó también. Luego adquirí más libros de Jünger –el siguiente fue La emboscadura– y me pasé meses leyendo a Jünger. Pero hay algo interesante, de lo que me he dado cuenta hace poco. La lectura de Radiaciones la hice en agosto. Y aquel diciembre escribí esto: “Conforme pasan los meses crece en mí el influjo de los diarios de Jünger, que leí este verano. A veces recuerdo pasajes concretos, pero casi siempre es un tono general el que me asiste. En estos tiempos en que suelo tener poca memoria, me sorprende este sabor que se niega a retirarse del paladar. Se trata exactamente de una presencia. Desde que leí Radiaciones noto que un calor me acompaña. Es de esas lecturas que dejan poso”.

Lo interesante es que cuando hice esta anotación me había olvidado de que la idea es la misma de aquella primera de Jünger que me gustó, la del sueño que estuvo proporcionándole calor durante las frías operaciones en el descargadero. Solo he caído al repasarla recientemente. De manera que el propio Jünger introdujo subliminalmente en mí esa noción de calor, que contagió luego mi lectura. Es maravilloso, por cuanto que Jünger tiene fama de autor frío.

Y la idea vale para toda lectura lograda, que es siempre un calor. Acuden ahora los versos de Gil de Biedma sobre su infancia, que podrían ser también un emblema de la lectura (la infancia recuperada, al cabo): “De mi pequeño reino afortunado / me quedó esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito”. Todo libro es una estufa. Solo que, en mi caso, no prende a veces.

Cuando la obra es larga, se trata solo de que uno no se ve con la fuerza de persistir. La subjetividad que se sabe inestable se siente abrumada ante las semanas o meses que debería mantenerse en el tono que le exige un libro. La obra larga prototípica es En busca del tiempo perdido, que durante muchísimos años aplacé. Llegué a leer dos veces el primer tomo entero, y decenas de veces las sesenta primeras páginas, hasta la magdalena. Todas esas veces fueron, naturalmente, intentos de leer entera la obra de Proust que se atascaron ahí. Hasta que hace dos años lo conseguí. Y ese logro, esa dedicación de meses, ha desatado mi pulsión lectora actual.

La siguiente lectura larga fue Los ensayos de Montaigne. Pero en vez de zambullirme como en la Recherche, me hice un cronograma para leerla poco a poco durante todo un año, a unas cuantas páginas por día. Fue un año feliz, pero el procedimiento, que es cómodo, desmenuza la obra de tal modo que esta queda muy diluida. Así me encuentro con que de Los ensayos conservo la memoria de una cotidianidad ligera, casi volátil, mientras que la Recherche constituyó toda una experiencia: fue una vivencia más arraigada.

Con las lecturas largas se pretende en el fondo eso: una transformación. Y el miedo a meterse en ellas es el miedo a la transformación.

Aunque el libro que más me ha transformado curiosamente no lo he leído. Se trata del Libro del desasosiego de Pessoa, que lleva treinta años transformándome y que estoy leyendo ahora por primera vez. Esto es una confesión, que sorprenderá a los que me siguen, porque es un libro del que he hablado (y hasta escrito) mucho. Pero solo he leído de él páginas sueltas. La primera vez que me encontré con la prosa de Pessoa fue en el suplemento literario de El País, que ofrecía una muestra de la traducción de Ángel Crespo cuando el Libro se publicó en España. Me supuso una conmoción: yo no sabía que se podía escribir así. Me lo compré (la preciosa edición de Seix Barral con el cuadro de Almada Negreiros en portada) y me pasé años leyéndolo por aquí y por allá. Solo pasajes, pero con una intensidad abrumadora. Eran como una esencia que se expandía por mi vida entera, determinándola. Ahora, como digo, me he puesto al fin a leer el libro completo, en orden. Lo estoy disfrutando, pero me doy cuenta de que no era necesario: ya lo había leído, aunque hubiese leído solo unas pocas páginas.

Nada hay comparable a la pasión por un autor, que te tiene leyéndolo durante una temporada, de manera insistente y febril. Yo la he tenido entre otros, incluyendo a los mencionados, por Agatha Christie (que fue la primera), Savater, Nietzsche, Cernuda, Cavafis, Cioran, Baudelaire, Breton, Antonio Machado, Petrarca, Borges, Vargas Llosa, Octavio Paz, Luis Antonio de Villena, García Martín, Muñoz Molina, José María Álvarez, Javier Marías, Shakespeare, Cervantes, Gil de Biedma, Valente, Gimferrer, Azúa, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Bryce Echenique, Auster, Safranski, Trías, Trapiello, Eliot, Poe, Conrad, Piglia... Esta pequeña lista es también la de mis límites, porque hay autores (¡demasiados!) a los que no he leído o he leído poco, solo uno o dos libros, muchos de ellos clásicos imprescindibles: Kafka, Nabokov, Faulkner, Virginia Woolf, Jane Austen, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Musil, Broch, Galdós, Benet, Ferlosio, Eça de Queiroz, Guimarães Rosa, Henry James... Al ver sus nombres hay culpa, por supuesto: ¿qué hago leyendo a otros en vez de leerlos a ellos?

Pero es una culpa que se disuelve en la vida, porque uno termina leyendo lo que tiene que leer, en el momento en que la vida lo pide. Eludo también el peligro de la exhaustividad: no terminan de convencerme aquellos que lo han leído todo. El requisito de la inspiración es en parte una coartada de mi pereza lectora, de un cierto acomodamiento; pero también es la garantía de que mis lecturas responden al menos a una necesidad vital: son, o pretenden ser, lecturas vivas.

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Publicado en el trimestal Jot Down nº 22, especial Bibliofilia.

14.6.18

Jot Down 23

Ha salido el trimestral nº 23 de Jot Down, especial Underground, donde colaboro con el artículo "La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena", que empieza así:
¿Underground Luis Antonio de Villena? Sí, y quizá sea nuestro último, nuestro único escritor underground, genuinamente underground. Aunque el suyo sería un underground particular: dandístico, decadente, esteticista, hedonista, paganizante, aristocratizante... Un underground excéntrico para el propio underground; un underground del underground, pero por encima.
La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.6.18

PPP

Con el nuevo Gobierno, rutilante, entusiasmante (adorable adjetivo que empleaban los socialistas en los fastos de 1992), ¡qué viejos se han quedado el PP y Podemos! Y qué nitidísimamente se ve ahora cómo se necesitaban el uno al otro. Ya se sabía, pero la novedad es esa: la nitidez con que se percibe.

Reconozco que lo que he llamado “dulce interregno socialdemócrata” se irá deshaciendo en la medida en que este Gobierno perfecto que aún no ha hecho nada (y perfecto porque aún no ha hecho nada) empiece a hacer cosas: la perfección no puede trasladarse del terreno de la ilusión al de la realidad. Pero lo incuestionable, de momento, es el nuevo régimen de percepción.

Hemos salido de la bronca entre el PP y Podemos. Una bronca en la que el PP tenía razón, pero dentro de la lógica de esa bronca: por eso la alimentaba. Y el PSOE se situaba en ella en la medida en que se inclinaba hacia Podemos e incurría en su retórica falaz. Por fortuna, las encuestas hicieron bajar a Podemos y subir a Ciudadanos. Y el PSOE tomó la sabia decisión de seguir la estela del que subía. El Gobierno que Sánchez ha hecho –permítanme que lo formule de un modo oracular– es el que hubiera hecho Rivera si Rivera fuese Sánchez. Podemos lo atacará también, pero para esos ataques el objetivo ideal era el PP. Dirigidos al PSOE, pierden punch.

Los militantes de Ciudadanos están fastidiados porque se han quedado sin el poder que acariciaban. Los meros simpatizantes, en cambio, estamos contentos: nunca vimos a Ciudadanos como un partido de poder, sino como un partido instrumental para que mejorara el (descarriado) bipartidismo. Y es lo que ha propiciado. Por ahora.

Para las próximas elecciones, sean ya cuando sean, el PSOE depende de sí mismo. Ciudadanos, del fallo del PSOE. El PP, del fallo consecutivo del PSOE y de Ciudadanos (salvo que, como apuntan las primeras encuestas, los votantes de derecha acudan en auxilio del PP, en cuyo caso este solo dependería del fallo del PSOE). En cuanto a Podemos: descenso matemático.

Esta última es una mala noticia para el PP. O una buena: si eso le empuja a regenerarse, a falta del recurso tan fácil que tenía de apostarlo todo al miedo a Podemos mientras se mantenía degenerado. En cualquier caso, y pese a que persiste el atorrante problemón catalán, que sigue siendo el más grave que tenemos, algo hemos ganado: hemos salido del bucle PPP.

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En The Objective.

11.6.18

Neosanchistas

Qué dulce interregno socialdemócrata el de esos días que fueron de la investidura de Pedro Sánchez a las palabras de Meritxell Batet sobre el temita catalán. Una semana completa de ilusión, con la tarde fabulosa del desfile de los nombres ministeriales. Consciente de que no tardaría en disiparse, decidí disfrutarla a tope y vivir con alocada intensidad mi neosanchismo. Y sí, he sido feliz políticamente como no lo había sido casi nunca... Me ha sentado bien abandonarme un poco.

He de aclarar que me siento aún neosanchista, y que los neosanchistas somos los que nos hemos subido al carro del sanchismo a última hora, cuando era ya carro triunfador, con ánimo gratuito y festivalero. No hemos creído nunca en Sánchez, porque lo hemos visto como un vendedor de enciclopedias cuyo lenguaje era simplote. Aunque hemos admirado la épica que se ha montado él solito, desde su defenestración en Ferraz (que, por otro lado, aplaudimos). Pero ahora hemos entrevisto que la enciclopedia que vendía podía ser buena, y que el hombre ambicioso de poder ha escogido el camino que nos parece el adecuado: el del centro-izquierda.

Los neosanchistas, a diferencia de los sanchistas, no hemos hecho nada por instaurar el sanchismo, y por lo tanto no consideramos que el sanchismo nos deba nada ni vamos a intentar cobrarnos nada. Simplemente estamos abiertos a que Sánchez lo haga bien; es lo que deseamos. Y cuando lo haga mal lo criticaremos. Los sanchistas, en cambio, lo justificarán. Como le han venido justificando todo lo que ha hecho hasta llegar a Moncloa.

Los sanchistas justifican la moción de censura de Sánchez y su formación de un Gobierno no para convocar elecciones sino para gobernar como un gesto desinteresado en favor de España. Los neosanchistas sabemos que Sánchez lo ha hecho, en primerísimo lugar, porque era no solo lo mejor sino lo único que podía hacer por sí mismo y por su partido. El Gobierno que ha formado tenía que ser, ante todo, un Gobierno escaparate: de escaparate electoral. Nuestra valoración es a partir de aquí. Y nos parece un buen Gobierno, que ha cambiado para bien el ambiente; pero a partir de aquí.

Mi tesis, como escribí la semana pasada, es que Sánchez les ha hecho el timo de la estampita a los nacionalistas y los populistas. El berrinche que unos y otros se pillaron con el nuevo Gobierno fue una confirmación. Las palabras de Batet podrían empezar a desmentirlo... Pero hay que esperar a ver lo que hacen, y cómo les sale. Los neosanchistas nos vemos tan advenedizos que corremos el riesgo de precipitarnos en nuestra siguiente fase: la de ser exneosanchistas.

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En El Español.

4.6.18

Sánchez y la lógica del renacido

Mi confianza en Pedro Sánchez, mi optimismo de momento, se basa en lo que podríamos llamar “la lógica del renacido”. La formulo así: uno no renace tantas veces para después suicidarse. Y se suicidaría si su gobierno fuese de obediencia a los que le han votado la moción.

Lo mejor para el país hubiera sido probablemente una convocatoria electoral. La moción de censura no para convocar elecciones sino para formar gobierno era lo que le interesaba a Sánchez, y también a su partido. El PSOE estaba descartado en las encuestas y Sánchez, fuera del parlamento, tenía escasa capacidad de maniobra. Todo apuntaba al triunfo de Ciudadanos, y Ciudadanos, el tonto, se abandonó a celebrarlo en su jacuzzi de banderas. Sánchez, en cambio, mantuvo la tensión: supo ver la única posibilidad que tenía y jugó a ella, con audacia. Hoy es presidente y Albert Rivera un muñeco de cartón mojado.

Las intervenciones de apoyo a Sánchez por parte de lo peor del parlamento fueron repugnantes sin excepción. Aunque hubo algo más repugnante aún: la ausencia de Mariano Rajoy de su escaño. El presidente cuya política ha sido la del chantaje en favor de lo institucional, despreciaba impresentablemente lo institucional; como ha hecho en demasiadas ocasiones. Su única virtud en todos estos años han sido los vicios de sus contrincantes.

Dio grima, por supuesto, ver a Sánchez dorándoles la píldora a los peores y machacando a Rivera. Pero la política es sucia. Sánchez estaba, implacablemente, en la lucha por el poder. Yo quise entender, con todo, que era Sánchez el que estaba timando a los nacionalistas y los populistas y no al revés. Les ofrecía baratijas (como lo de “nación de naciones”) a cambio del oro de sus votos. Pero lo cierto es que públicamente no se comprometió a nada con ellos y que ellos votaron constitucionalismo: en contra de lo que proclamaban tan alegremente, es lo que votaron. Durante el numerito final de los de Podemos con su “¡Sí se puede!”, yo me estaba mondando de risa.

Ahora Sánchez depende de sí mismo. Aunque no le dejen gobernar, le bastará exhibirse como presidente constitucionalista para tener posibilidades en las siguientes elecciones. Debe actuar como una especie de Rivera socialdemócrata: recuperar el centro-izquierda (ese del que Rivera se ha ido alejando con cortedad de miras).

Mi optimismo de momento es ese: el de la lógica del renacido. Pero en mí convive ese optimismo con un pesimismo: el de que la lógica nunca tiene la fuerza suficiente como para imponerse por sí sola. Y menos en la política.

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En El Español.

30.5.18

La vida buena

Se acaba de publicar una joyita: La hazaña secreta, de Ismael Grasa (Turner). Un libro pequeño que uno puede llevar en el bolsillo como si llevase los principios de la civilización. El autor lo define como “una reflexión ética y cívica disfrazada de manual de urbanidad”.

Es un libro finísimo, auténtico pero con cierta coña a su vez: con unos particularismos que el autor eleva a consejos universales; aunque de un modo nada impositivo, sutilmente juguetón. Hay mucho del espíritu de Montaigne, y al cabo lo que alienta es el ejemplo de su trazo: cada cual puede hacer de la vida cotidiana su reino, disponiendo sus elementos afines.

Ha querido la suerte que me leyese justo antes un excelente ensayo de filosofía moral que publicó en el año 2000 Juan Antonio Rivera: El gobierno de la fortuna (Crítica). Entre sus muchos estímulos, resalto la idea de que el sujeto puede concebirse como una serie de “yoes sucesivos”, y para la vida buena conviene que el yo presente piense también en los futuros. La mortalidad actuaría como imperativo: “Solo porque el tiempo de vida es irremediablemente limitado tiene caso ser racional, es decir, atinar para tratar de llevar la mejor vida de entre las posibles”.

Grasa parte de esta misma noción –que es una noción clásica– para su propuesta de apuntalamiento de la vida: “El fin es ser un hombre. Porque la dignidad empieza en la consciencia de la muerte y en cierta clase de desesperación. Y así es como buscamos la felicidad”. La gran idea que cruza La hazaña secreta es que “lo interior se sujeta en lo exterior, y no al revés. No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos, de las rutinas”. Por ello, “todo lo que uno hace, en la medida en que está bien hecho, tiene algo de ceremonial”.

Las instrucciones de este prontuario para la vida diaria me han recordado a las de El turista accidental, y Grasa no deja de tomarse la jornada como una especie de aventura turística menor. Grasa, de hecho, ha tomado su título de esta frase de Gómez de la Serna: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. Me ha gustado especialmente cuando a ese turista de lo cotidiano le sobrevienen ráfagas morales, algo nihilistas (o neuróticas) pero serenas. Como en este párrafo: “Uno tiene que ir al peluquero, tiene que ir al dentista, tiene que cortarse las uñas. Cuando ha acabado, uno se sienta en una silla y deja que se repose un rato sobre él toda la tristeza del mundo. Quizá acuda también, como una racha de viento, cierta clase de entusiasmo. Después uno se levanta y continúa con lo que queda del día”.

Pero mi momento preferido de La hazaña secreta quizá sea este, que acaba con la misma palabra que el anterior (un palabra clave): “De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día”.

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En The Objective.

28.5.18

Los intereses particulares

Es deprimente observar cómo, en este momento gravísimo de la España constitucional, los partidos constitucionalistas están solo en aquello que beneficia sus intereses particulares. Estos pueden coincidir con los intereses generales; pero si los partidos están en ello es exclusivamente por lo primero.

Ahora lo estamos viendo con la perspectiva de elecciones anticipadas. La postura de cada partido coincide descaradamente con el grado de beneficio o perjuicio que le otorgan las encuestas. Ciudadanos, que las encabeza, quiere elecciones ya. El PP lo más tarde posible, a ver si el panorama mejora. El PSOE después de un periodo en que su líder pueda lucirse como presidente... Y sobre estas expectativas los tres montan sus retóricas.

El barco de madera podrida del Gobierno de Rajoy, y del PP por extensión –ese PP que llegó al poder con la matraca de que iba a acabar con la corrupción del PSOE; y lo hizo: solo para instaurar la propia (lo que me estoy riendo ahora con las ínfulas del estadista Aznar)–, tiene como única virtud el ser la cara del Estado en este momento de amenaza para el Estado. Es una virtud cierta, aunque accidental. Lo desesperante es cómo abusa para hacerla pasar por sustancial. Clama al cielo también la actitud vampírica que mantiene con el Estado: intentando absorber la fortaleza de este, a cambio de debilitarlo. Probablemente lo que quede de Rajoy sea su pequeñez.

La moción de censura de Sánchez ha sido una maniobra audaz. Admirable desde el punto de vista maquiavélico, pero que solo tiene beneficios para él y su partido. Al principio al menos. El PSOE estaba descartado, desvanecido, y con Sánchez fuera del parlamento. Gracias a la moción de censura, el PSOE ha tomado la iniciativa y Sánchez podrá exhibirse en el parlamento: en el debate como mínimo, y si es investido presidente hasta las próximas elecciones. Su problema es que al barco de la moción se le han empezado a subir las ratas desaforadamente. Ahora a ver qué hace con ellas.

Ciudadanos quiere elecciones y las quiere ya: también, porque es lo que más beneficia a Ciudadanos. De hecho, la espera ya empieza a desgastarlo. El festival de la semana pasada con la bandera española y con Marta Sánchez cantando su hórrido himno (¡manchando el chunda-chunda con esa letra!) no transmitía exaltación, sino más bien autocomplacencia decadente. Rivera está lento, y encima Sánchez le ha comido la tostada. Incluso gestualmente: en su comparecencia para anunciar la moción, Sánchez había ganado gravedad presidenciable, mientras que a Rivera no se le quita el aspecto aniñado.

La salvación solo será para quien alcance la presidencia y sea (accidentalmente) la cara del Estado: lo único que se ha mostrado fuerte, aunque lo vayan debilitando; lo único que sigue respondiendo a los intereses generales. En estos momentos de vacas flacas para el patriotismo constitucional, resulta que era lo acertado.

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En El Español.

25.5.18

Curso de verano

El 12 de julio participaré en una mesa redonda del curso de verano de El Escorial (U. Complutense) 40 años de la Constitución Española: ¿Es necesaria su reforma para atender los desafíos de nuestro país?. Aquí el pdf del programa.

21.5.18

El mayo vallecano

De la extrema izquierda al chalet: la reproducción de este trayecto por Pablo Iglesias e Irene Montero ha sido el gran homenaje a Mayo del 68 y lo demás son tonterías. Encima les ha quedado muy gráfico, al concentrar en dos años lo que los mayistas hicieron en veinte.

Aunque los mayistas eran más como Íñigo Errejón, porque llegaron a aquel mayo desde sus chalets y lo de después fue técnicamente una vuelta a casa. Para que luego digan que no hay lucha de clases, si hasta entre los marxistas se da. Al final, el beneficiado de las ganas de chalet de los Iglesias Montero es Errejón, cuya única virtud es que tiene matado el gusanillo: llegó a la política ya chaleteado; no sé si desde un chalet familiar, pero sí como mínimo desde el chaletesco Pozuelo. Mientras que a Iglesias le penaliza ser realmente de Vallecas: es decir, alguien que, como los de Vallecas, no quiere la revolución (esa cosa de los de Pozuelo), sino un chalet si se presenta la oportunidad.

La desgracia de Iglesias y Montero (procedente ella de otro barrio no rico, Moratalaz) es que están atrapados en un circuito trágico: aquello que les ha permitido prosperar es justo lo que les impide disfrutar de ello; al menos, sin que cante. Porque lo que les ha permitido prosperar es la predicación de la moral sobre la política (o como forma de política), que ha sido según Rafa Latorre “la gran aportación de Podemos a la vida pública española”.

Así, entre todas las críticas contra los Iglesias Montero (incluida la del impostor Kichi, que, a diferencia de cualquier currante, prefiere seguir viviendo en su “piso de currante”), ninguna es tan acerada como la del Iglesias de no hace mucho, que hasta clavó el precio. Pareciera que hubiese querido introducirse en el molde exacto del pecado diseñado por él mismo...

Lo de la consulta a las bases no es más que la consumación del equívoco, al dejar en manos de los otros la dignidad y la coherencia propias. Se tratará, por cierto, de una consulta performativa, estremecedoramente vinculante: si gana el no, la reprobación de la compra del chalet se traducirá en que sus compradores –enviados al paro– tendrán imposible pagar la hipoteca.

Si gana el sí, en cambio, la cosa será no solo más alegre sino francamente divertida, ya que Podemos se habrá convertido en el primer partido de nuestra historia política en aprobar de forma explícita la compra de chalets. La moraleja sería puramente mayista: los Iglesias Montero habrían sido realistas al pedir lo imposible. ¡La imaginación al chalet!

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En El Español.

16.5.18

El día tal como era

Por la noche me autodiagnostiqué estrés electrónico. Apagué el iphone y lo arrojé al cajón de la mesilla. Me había llevado un libro a la cama, El hilo de la verdad de Eugenio Trías, pero no leí nada: me enredé una vez más en internet, en Twitter; hasta que, estragado, corté. Tomé la decisión de desintoxicarme. No fue racional, sino por puro asco.

Al día siguiente me dejé el iphone en casa y salí con un casio en la muñeca. Retrocedí tecnológicamente veinte años y reapareció la entrañable mascota que todos teníamos entonces: el día tal como era, hecho de horas y momentos muertos, un animal grande, tranquilo, algo inquietante pero cariñoso.

Pude leer por fin a Trías y encontré su asombrosa consideración del tiempo. Para él el presente es también inaccesible, como el futuro y el pasado. Son tres eternidades, y las tres “componen la orla anular del tiempo”. Pero existe un cuarto término, que es el que proporciona el gozne con el que se articulan los otros tres: “Ese cuarto término, que con demasiada frecuencia se asimila, erróneamente, a la dimensión presente, lo constituye el Instante. [...] A través del Instante el tiempo ‘entreabre sus pestañas’ desde el límite, desde el Horizonte [...]; a través del Instante el tiempo pestañea”.

Sin el instante, el tiempo es una abstracción. Solo el instante “le da sustancia, carne y posibilidad de experiencia a la temporalidad”. Sin el instante no hay experiencia. El tiempo del tedio, su eterno presente, es un tiempo sin instantes. Como lo es el tiempo acribillado a pseudoinstantes de internet. Al menos, para el que padece estrés electrónico.

No he logrado volver a salir sin el iphone, pero lo haré. El día tal como era sigue ahí. Solo hay que desconectarse, que desintoxicarse. Pero da miedo aquella mascota.

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En The Objective.

14.5.18

Las cabinas de Mercero

Se ha repetido lo de la semana pasada, en que iba a escribir sobre ETA pero se interpuso Íñigo. Ahora iba a escribir sobre el ultraderechista Torra pero se ha interpuesto Mercero. Es como si un ángel quisiera que me centrase en el bien y no en el mal. Escribiré, pues, de Mercero; aunque al final volveré brevísimamente a Torra (¡no quiero que se me escape!).

Antonio Mercero, que murió el sábado, estuvo siempre en mi vida, como José María Íñigo, aunque su nombre lo conocí más tarde. Entre las primeras series que vi en televisión, en la fase de la memoria confusa, estuvo su Crónicas de un pueblo, con aquella sintonía que fue luego la de mi afición a la radio, puesto que es la que ponía Luis del Olmo en su Protagonistas. En la adolescencia estuvo Verano azul, a la que casualmente volví el pasado agosto porque leí un libro de Mercedes Cebrián que recomiendo: Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la Transición (Alpha Decay). Y años después Farmacia de guardia, serie que vi muy poco pero que también tuvo importancia: abrió el camino para las teleseries de los noventa, a las que me dediqué profesionalmente. Pero mi Mercero favorito es el del telefilme La cabina y el de la película Espérame en el cielo.

Miro la fecha de la primera emisión de La cabina en TVE y me asombra: 13 de diciembre de 1972. Yo tenía seis años y la recuerdo perfectamente; la entendí, la sentí perfectamente. A los niños nos dejaban verlo todo y también aquel telefilme kafkiano (en realidad, cuando leímos más tarde a Kafka tendríamos que haberlo reconocido como “merceriano”). Recuerdo el impacto: la rareza, el agobio. El escalofriante final. Y que durante mucho tiempo miré las cabinas con aprensión, como bestias o trampas. Incluso de adulto no he entrado jamás en una cabina sin acordarme de La cabina.

Espérame en el cielo (1988) es una comedia eficacísima, divertidísima, una parodia fantástica de Franco y del franquismo... a la que Mercero le incrusta una genialidad, casi propia de Lubitsch: una historia de amor, entre trágica y tierna. El doble de Franco, al que el aparato del Estado secuestra para que haga del dictador, está enamorado y trata de comunicarse con su amada llevándose la mano a la oreja durante sus discursos. Si el encierro de La cabina era una metáfora del franquismo, este hombre se encuentra encerrado dentro del mismísimo Franco, que viene a ser para él otra especie de cabina.

Y así volvemos a Quim Torra, el ultraderechista con nombre de personaje de Mortadelo y Filemón, y con las mismas luces. El procés es la cabina en que está encerrada hoy Cataluña. Su franquismo realmente existente.

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En El Español.

7.5.18

Íñigo, el bigote superlativo

Iba a hablar de ETA, de los criminales de ETA y de sus cómplices, que van a durar más que ETA, pero se ha interpuesto Íñigo. Que era de Bilbao además: otra de las excepciones de ese “pueblo vasco” abusivo, abrasivo, del que se adueñan los nacionalistas con su asalto premoderno a las palabras. Un asalto que no se queda en el terreno lingüístico, porque este es solo el trampolín para joder luego a la gente.

Ahora, con José María Íñigo, vuelvo a pensar en la virtud de los que han pasado por esta vida sin hacer daño. No hay justicia después de la muerte igualadora, pero aquí en la vida, ¡qué estela benéfica la de los buenos! Por un lado los asesinos etarras (con el repelente Otegi de niño de San Ildefonso del euskonazismo) y los nefastos Setién, Arzalluz, Egibar y todos los que estuvieron rebozándose en los crímenes que no cometieron; y por el otro los hombres como Íñigo. La paradoja moral: hombres vivos que representan a la muerte; hombres muertos que representan a la vida. Íñigo es ahora de estos.

A los niños de los 60 se nos van muriendo ya todos menos Raphael, que va a ser el Alberti de la generación televisiva de nuestra infancia. No ha dejado de sorprenderme que Íñigo tuviera solo setenta y cinco años. En realidad lo raro es que tuviera alguna edad, porque para nosotros está en el estuche de oro de nuestra memoria mítica. Qué solapamiento prodigioso el de los años infantiles: aparezco jugando, haciendo mil cosas, y a la vez está Íñigo con su programa, en un presente continuo en el que también están Uri Geller y Solzhenitsyn, y todos los cantantes y personajes de la época, mejorados por la presencia de Íñigo. Todas sus entrevistas estaban bien, porque el 50% al menos de los presentes no fallaba nunca: era Íñigo.

Las peculiaridades del mundo al que llega el niño forman parte de su mundo con la misma sustancialidad que las cosas no peculiares. Así que el bigote de Íñigo era una de las cosas sustanciales de nuestro mundo. Lo peculiar era, en todo caso, que solo él lo llevara y fuese su dueño. Un verano mi padrino, que vivía en Madrid, vino de vacaciones a Málaga con el bigote de Íñigo. Impresionaba verlo de cerca y en el ámbito familiar. Pero aunque mi padrino lo llevara no era su bigote, sino el de Íñigo. Aún hoy cuando se describe a alguien con un bigote así los de entonces decimos: “Tiene el bigote de Íñigo”. Es una marca generacional.

Él nos enseñó también el primer superlativo de nuestra vida: aquel Directísimo con que titulaba su programa. Íñigo, el bigote y el superlativo; el bigote superlativo: su bigotísimo. Qué pena más limpia cuando se muere alguien bueno; se queda en la vida como una dulzura, para que sigamos.

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En El Español.

2.5.18

Pepe Botella

El mejor sitio de la plaza del Dos de Mayo de Madrid es el bar Pepe Botella, donde tantas horas he pasado. Fumando puritos (antes de la ley que lo prohíbe), leyendo, escribiendo incluso, mirando, escuchando y charlando con amigos o alguna amiga. Me recuerdo allí con Corrección de Thomas Bernhard y El largo adiós de Raymond Chandler. Y qué felicidad cuando se pillaba una de las ventanitas que dan a la plaza o, si miras al frente, al espejo en cuyas manchas como de cobre el propio rostro desaparece a tramos (otro motivo de felicidad).

No es casual que el sitio más civilizado de la plaza que conmemora aquel día castizo tenga el nombre del francés que iba a representar a los afrancesados. A estos hay que conmemorarlos hoy, y a José Bonaparte. Propongo hacerlo mediante la audición de una documentada conferencia impartida en la Fundación Juan March por el historiador Manuel Moreno Alonso, que lo pone todo al revés con credibilidad: “José I y los afrancesados”.

Pese al desprecio que se le ha profesado, José I fue nuestro primer rey constitucional, un "rey republicano"; y los afrancesados, quizá, lo mejor que hemos tenido. La saña contra ellos, ejercida desde la España ceporra, es prueba suficiente. Hay una imagen que lo resume todo: en las partidas de guerrilleros –esos patriotas antifranceses– algunos llevaban a caballo la guitarra, claveteada con estampitas de santos.

Fuera del casticismo, y contra el casticismo, en el Pepe Botella somos personajes de una película francesa.

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En The Objective.

1.5.18

La crueldad de abril

Entenderá La tierra baldía de T. S. Eliot quien entienda la primera frase del verso cinco, aparentemente paradójica. En la traducción de Sanz Irles: “Nos abrigó el invierno”. Es una frase nihilista, de desentendimiento de la vida. La crueldad de abril consiste en eso: en que la primavera invita a la vida; pero, ¿qué pasa cuando no hay vida? La primavera es la estación de la vida, pero también la de las depresiones. Para los no equipados el letargo invernal era, al fin y al cabo, una solución. “Nos abrigó el invierno” porque el frío de fuera nos excusó de vivir, y replegándonos estábamos calentitos. La posición del cadáver: esa era la solución.

Pero el poema de Eliot empieza después: cuando esa solución se resquebraja, cuando ya no es suficiente. Entenderá La tierra baldía quien entienda la frase “nos abrigó el invierno”, pero la entienda en pasado. Como nostalgia fetal. El presente es el de la intemperie, el de la crueldad de abril. Un presente tenso, roto, incómodo, neurótico, sórdido, violento, mortífero, ridículo, apocado. Predominan el malestar, la angustia, la amenaza, el desconcierto, el tedio, el sinsentido; la punzante conciencia del papelón histórico del ser humano en las postrimerías de la modernidad.

Cuesta trabajo imaginar el impacto que provocarían los versos de Eliot en sus lectores contemporáneos, los de principios del siglo XX. Podemos atisbarlo por el impacto que produjo en nosotros cuando los leímos por primera vez. Entonces no conocíamos las claves de La tierra baldía ni de su gran poema anterior, La canción de amor de J. Alfred Prufrock, por lo que nuestra conmoción fue un estricto logro artístico del poeta. Un logro que sobrevivía en las traducciones. Yo leí esos dos poemas en la de José María Valverde, cuyo Eliot (en español), sin duda por ser el primero, es para mí el canónico. Incluso con sus defectos, porque esos defectos iban en la corriente de la conmoción general: formaban parte de la experiencia. Y hasta los tramos oscuros debidos al traductor y no al poeta reforzaban sus aspectos enigmáticos.

Desde entonces he leído muchas traducciones de La tierra baldía. Además, naturalmente, del original de Eliot, quien en mi percepción particular es el más extravagante de sus traductores: aquel que acertó a plasmar en inglés el poema con una admirable precisión. Valga el juego borgiano para recordar una vez más lo que dijo Borges: que el arte de la traducción dispensa variaciones sobre la misma obra. En toda lectura ocurre, pero en esa lectura especial que es la traducción ocurre de un modo más intenso. No deja de ser un gusto: cómo una misma obra, un mismo poema, emite destellos distintos. Y ensombrecimientos nuevos también.

La traducción de La tierra baldía de mi amigo Sanz Irles (de próxima publicación) está entre las mejores que he leído. Traslada efectiva y elegantemente la sonoridad de Eliot, y hace gala de algo que no suele tenerse en cuenta pero que es sustancial en literatura (y aún más en poesía): la sensibilidad semántica. Una virtud que no siempre tienen los traductores ni (¡ay!) los autores. Sanz Irles se aproxima a la precisión evocadora de Eliot y propicia, cuando ha de hacerlo, su aire oracular. Consigue formulaciones memorables en español, equivalentes a las inglesas, que son la recompensa inmediata del lector de este poema complicado. Gracias a ellas podrá tener la experiencia –o al menos una experiencia– de La tierra baldía.

Las formulaciones memorables de Eliot, junto con la selección de los elementos, la disposición de las situaciones y la composición o el montaje tanto de las cinco partes de La tierra baldía como del poema entero, construyen un artefacto potentísimo que emite radiaciones poéticas. Basta con que lo active el lector. Si este sintoniza con el poema, será alcanzado por su poesía de inmediato, automáticamente. Como todo gran poema, La tierra baldía tiene el poder de afectar por medio de la intuición y de sus incitaciones. A partir de ahí, el lector que quiera seguir profundizando, estudiando, investigando el rico corpus de alusiones que el poema contiene, verá cómo su experiencia se amplifica. La primera lectura, valiosa en sí, puede ser el principio de una serie de lecturas cada cual más valiosa. Aunque todas deberán conservar, si no quieren quedar embalsamadas por la erudición, un eco al menos del estupor de la primera.

Siempre me gusta pensar, o imaginar, que ese estupor lo sintió también T. S. Eliot. La versión inicial del poema era casi el doble de larga y llevaba otro título: Él imita a la policía con diferentes voces (frase tomada de una novela de Dickens). Ezra Pound supo ver en el poema que le entregó Eliot un poema mejor, y gracias a su tijera –y a la inteligencia de Eliot por aceptar sus cortes– La tierra baldía es el poema que conocemos: quizá el mejor del siglo XX en lengua inglesa, y según algunos en cualquier lengua. Con el tiempo, Eliot marcó sus distancias, diciendo de la obra que no fue más que un “desahogo contra la vida” y un “refunfuño rítmico”. Pero los poetas son coquetos cuando más se desnudan. Como dijo Nietzsche: “todo lo que es profundo ama la máscara”.

La tierra baldía se publicó en 1922, el año en que murió Proust y se publicó el Ulises de Joyce; poco después del final de la Gran Guerra, y en plena crisis matrimonial y personal del poeta, que fue profundamente infeliz durante su composición. Esta infelicidad impregna el poema. Pero su efectividad estriba en los recursos modernos empleados, en una época en que estaban agotados los del romanticismo. Eliot se aplicó su propia consigna de que hay que separar “el hombre que sufre y la mente que crea”. Su objetivación o despersonalización (o, como diría Pessoa, su impersonación) en diversas voces y personajes, en los restos de canciones que el poema incluye, en las alusiones a mitos, a textos sagrados y a otras obras literarias, reproduce la apariencia caótica de una cultura en descomposición: doliente, pero también de una perturbadora belleza.

La poética fragmentaria de La tierra baldía está incrustada, a modo de clave, en tres oraciones del propio poema, que aparecen en momentos diferentes. A saber: “no puedes saberlo ni adivinarlo, pues solo has visto / un montón de imágenes rotas donde golpea el sol”; “no logro conectar / nada con nada”; y “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Obsérvese que las dos primeras expresan impotencia: “no puedes”, “no logro”, muy en concordancia con el espíritu del poema. Mientras que la tercera, situada casi al final, expresa una acción, frágil pero afirmativa: “apuntalé”. En ello habría consistido la tarea de Eliot: “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Otro buen traductor de La tierra baldía, José Luis Palomares, recuerda a propósito a Hofmannsthal: “el papel del poeta consistirá en ser ‘el hermano silencioso de todas las cosas’ en un mundo amenazado por la creciente fragmentación”.

Pero volvamos al comienzo. La crueldad de abril es la de la esterilidad en una estación que llama a la fecundidad. Se trata de una esterilidad tanto personal, humana, como cultural y natural. La leyenda del Rey Pescador, apuntada en el poema, aúna esas dimensiones: la impotencia del rey contagia de impotencia a su reino. Hay una espera tensa, crispada, de la disolución del hechizo. Mientras tanto, en un mundo en decadencia de muertos en vida, cadáveres sembrados como plantas que no brotan, perros, ratas, murciélagos “con cara de niño” y ninfas que han huido del río infectado, sus habitantes padecen una sexualidad que no proporciona ni placer ni hijos: hay soledad a dos, neurasténica; violaciones, abortos, cópulas rutinarias y prostibularias, sexo por engaño. Con referencias, claras o encubiertas, a la Biblia, a los Upanishads, a Dante, a Wagner, a Baudelaire, a Verlaine, a Nerval, a Sófocles, a Petronio, a Homero, a Safo, a Ovidio, a Shakespeare, a autores de teatro isabelinos, a poetas metafísicos ingleses, a trovadores provenzales, a leyendas artúricas, a viejos ritos, a mitos griegos, a Cristo, a San Agustín, a Buda y a multitud de cosas más. En un tiempo en que conviven lo contemporáneo y lo antiguo, con ese Stetson que es un empleado de la City y a la vez un excombatiente de la primera guerra púnica, o el Tiresias tebano que asiste –y desde antes de que ocurriera, por su capacidad visionaria– a la sórdida cita entre “la secretaria” y “el joven purulento” en el apartamento londinense de la primera. Y con las “torres que se derrumban” simultáneamente en “Jerusalén Atenas Alejandría / Viena Londres / irreales”.

Hasta que, tras la insidiosa sequía, tras su acuciante purgatorio, habla el trueno y llueve. El poema ha representado una ceremonia de muerte y renacimiento, que culmina en el catártico verso final: “Shantih shantih shantih”. Eliot traduce shantih en su última nota como “la paz que trasciende el conocimiento”. Podría interpretarse como un desenlace nihilista: aunque presumiblemente plena, esa paz vendría a ser un retorno al abrigo invernal, sin las tensiones de la primavera; un nuevo refugio contra la crueldad de abril. Pero cabe otra interpretación: la de una paz que “trasciende el conocimiento” pero asumiéndolo, sin anularlo. Un poco al modo de esa formulación del budismo más refinado: “samsara es nirvana”. Traduciéndolo abruptamente en términos cristianos: en la condena está la salvación. Tal vez por ello el conocimiento del mundo condenado de La tierra baldía, ese poema infeliz, nos produce felicidad.

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En Jot Down.

30.4.18

La ideología como pre-juicio

No hay nada más reaccionario que la ideología: porque en ella la realidad ya ha quedado fijada en una momia esquemática; en la ideología ya está resuelta, solucionada, la compleja y problemática realidad. La ideología es la gran máquina contra la realidad, hecha para aplastarla.

La ideología es útil en tanto visión sintética del mundo que sirve para la acción. Es un atajo simplificador, que puede ayudar a salir de la parálisis propiciada por el exceso de complejidad. Pero, en la medida en que vaya olvidando este carácter y vaya considerando que su simplificación operativa de la realidad es la realidad, la ideología se enfrentará a la realidad. Su visión coagulada tiende a coagular la realidad líquida.

En un recomendable análisis de Arias Maldonado en Revista de Libros, “La ideología de la ideología” (parte I y parte II), se destaca la descripción que el politólogo italiano Giovanni Sartori hace de la ideología como “un sistema de creencias basado en 1) elementos fijos, caracterizado por 2) una alta intensidad emotiva y por 3) una estructura cognitiva cerrada”.

Últimamente vemos cómo muchos vuelven a acogerse a la ideología, a las ideologías; sin duda por ese “componente ansiolítico que –según Arias Maldonado– comparten con las religiones”. Cada vez más hay insinuaciones preocupantes de lo que en el siglo XX ya se desató, con catastróficas consecuencias. Y, como entonces, con políticos alentándolo irresponsablemente. Calentando en vez de enfriando.

Esta semana han sido las reacciones a la sentencia de La Manada. La indignación legítima –que en parte comparto– se convierte en otra cosa cuando la ideología se interpone; o, cabría decir, se antepone: porque la ideología determina la visión de antemano. Para ella no hace falta juicio, porque basta con su pre-juicio.

Junto con las críticas y las reclamaciones que fomentarán, quizás, leyes más justas (que, con todo, tendrán que seguir viéndoselas con los casos concretos que se vayan presentando), ha habido una turbia amalgama de pulsiones, excesos retóricos, pronunciamientos irracionales, desprecio por la separación de poderes y –lo más inquietante– la apelación al “veredicto social” al margen de los mecanismos legales. No ya legislar, sino enjuiciar en caliente. Sin juicio formal ni garantías procesales. Y a cargo no de jueces, sino de “la gente”, a la que se sitúa al borde de convertirse en horda.

Todavía hay frenos. Y estas manifestaciones se dan en el contexto de una población mayoritariamente civilizada. Paro a estas alturas ya sabemos que todo es frágil y que puede romperse en cualquier momento. El problema de promover la "horda correcta", si cuaja, es qué hacer cuando se presente la "horda incorrecta". ¿Qué argumentos usar, solo los de "contenido"? Si los fuertes, los que valen, son los formales, los institucionales: justo esos que se ha contribuido a debilitar.

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En El Español.

23.4.18

Valls tras Colau: una restitución

La posibilidad de que Manuel Valls sea alcalde de Barcelona ha hecho que se me dispare la imaginación. Y el anhelo de que Barcelona vuelva a ser lo que fue: nuestra París mediterránea –justamente en mi imaginario. Después de la alcaldesa Ada Colau el cambio sería estruendoso.

Valls tras Colau sería (¡exactísimamente!) la Ilustración tras el Oscurantismo. O Truffaut tras Ozores. O Isabelle Huppert tras Empar Moliner. O Proust tras Suso de Toro. Sería un experimento inédito en España: qué hace aquí uno con el bachillerato francés cursado. Reconozco mi provincianismo, pero el afrancesamiento en España han sido esas ganas (nobles) de proyectar civilización en Francia, por ver si nos rebotaba algo.

También las proyectamos en Barcelona, pensando que era lo más cerca que teníamos. Contra lo que el discurso nacionalista afirma, Barcelona (Cataluña en general) no ha sido odiada, sino admirada en España; a veces desde el complejo de inferioridad, que se ha traducido en modos rudos o chistes impotentes del resto de los españoles hacia los catalanes; iguales a los que se han hecho con los franceses, a los que obviamente se ha admirado.

El discurso sentimental es pringoso, pero seguiré con él. Había, sí, admiración. Cuando Punset escribió hace unos meses que siempre se había avergonzado de su acento catalán al hablar en castellano, y proyectaba esa vergüenza suya en una supuesta hostilidad (franquista, cómo no) de los otros, no di crédito. Punset desde siempre nos ha parecido inteligente justo por su acento, que asociábamos a la inteligencia. Y ya vemos qué duraderamente, porque nos ha dado el pego durante cuarenta años.

Los acontecimientos de los últimos tiempos me vienen obligando a pensar que quizá lo mejor de Cataluña era lo que el resto de España había proyectado en ella, esa proyección afrancesada; y lo peor –peor que su realidad– la idea estrecha (excluyente, jibarizadora) que de ella tenían y tienen los nacionalistas.

Valls aportaría, cómo no, grandeur; y lo que es más importante: una idea abstracta de ciudanía (en la que, por ser formal, cabrían todos: en el respeto a la ley democrática), muy superior al sectarismo emocional de Colau, que en eso es como Trump. Colau: la alcaldesa de la mitad (o menos de la mitad) de los barceloneses y de todos los peronistas.

Caigo ahora en que la luminosa manifestación del 8 de octubre la acabé, junto con mis amigos barceloneses, ante la Estación de Francia, donde escuchamos los discursos. ¿Fue una premonición?

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En El Español.

19.4.18

El árbol de la vida

He terminado El árbol de la vida, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el azar objetivo de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en Poesía y Verdad.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese dato que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de El árbol de la vida es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería mi filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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En The Objective.

16.4.18

Pájaros (¡y pájaras!) Dodó

Siempre me ha fascinado el pájaro Dodó, esa ave de algunas islas del océano Índico que, por no tener competencia, se fue atrofiando hasta convertirse en un bicho antievolutivo. La torpeza no le impedía llevar una vida regalada, pero el ser humano llegó a sus islas –las Mascareñas– en el siglo XVI, y a finales del XVII ya lo había exterminado. Según Wikipedia, el nombre puede venir del portugués dodô, que significa “estúpido”, o del neendarlés dodoor, que significa “holgazán”. Con sus alas nulas ni siquiera podían permitirse el vuelo gallináceo, los animalitos.

Nuestros políticos (¡y políticas!) son a menudo pájaros (¡y pájaras!) Dodó: cuando se instalan en un contexto de poder sin competencia, o en prácticas tramposo-delictivas que se vuelven habituales y ante las que, por ello, se baja la guardia. Pasó con la corrupción de CiU en Cataluña, del PSOE en Andalucía o del PP en Valencia y Madrid; y con las tramas de financiación del PSOE y el PP nacionales. Pasa con los poderes largos y semiabsolutos en democracias defectuosas, con opiniones públicas (o electorados) sectarios o complacientes. El problema está siempre en el ser humano: el ser humano político y el ser humano votante, que se abandonan. Y con el abandono viene la tentación (para el político) o el perdón automático (para el votante afín).

Ahora ha pasado con Cristina Cifuentes, cuyo máster estúpido y holgazán solo se explica por eso: por una inercia de prácticas impunes generalizadas. Hay que ser escrupulosísimos con las acusaciones concretas y, a la hora de afirmar, atenerse a lo resuelto judicialmente, con pruebas y conforme a derecho; tal y como Arcadi Espada y Tsevan Rabtan nos han educado (a palos a veces). Pero alrededor de ese perfil nítido cunde siempre una sombra, una sospecha que nos hace pensar la realidad en términos de novela negra. El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz (nada que ver con nuestro exministro homónimo, de triste recordación; aunque con el actual Zoido se ha vuelto a demostrar que no hay nada que no sea empeorable) lo cuenta a propósito de sus novelas: en ellas escribe sobre lo que sabe pero no podría publicar en un periódico por no tenerlo atado.

Esa sombra, esa sospecha, hace que se extienda la desmoralización. A la que contribuyen los partidos políticos y los medios de comunicación cómplices. En estos días son particularmente repulsivos los periodistas de partido; esos columnistas o tertulianos que tratan de salvar a toda costa al PP. “¡No se puede comparar una trampa en un máster con la trama de los ERE o un golpe de Estado!”, vienen a decir. Y en eso tienen razón, claro. Pero con su partidismo abyecto alimentan el caldo podrido en que se cuece todo lo demás. Naturalmente, ocurre igual con los periodistas de enfrente, cuando les toca a los suyos. Estamos siempre en un extenuante ping-pong.

Los peores son, con todo, aquellos –periodistias o políticos– para quienes la corrupción no tiene que ver con la naturaleza humana, sino con la ideología. Situado en la ideología correcta, el político será virtuoso por definición. Esta es la idea que late en los populismos, que cuando llegan al poder resultan los más corruptos de todos. Simplemente porque no priorizaron lo único que cabe, dada la naturaleza humana: el control, el control democrático (incluida la fiscalización del electorado). Lo único que podría hacer que nuestros políticos (¡y políticas!) espabilaran y no cayesen en la tristísima condición de pájaros (¡y pájaras!) Dodó.

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En El Español.

15.4.18

Radiaciones

Del Prólogo de Ernst Jünger a su diario, Radiaciones:
El modo de llevar un diario, lo que quiere decir el modo de poner orden en el aflujo de hechos y pensamientos, forma parte del curso, de la misión que el autor se propone. Hay en eso un consuelo solitario del que se siente necesitado. En una situación en que son los técnicos quienes administran los Estados y los remodelan de acuerdo con sus ideas, están amenazadas de confiscación no sólo las digresiones metafísicas y las consagradas a las Musas, lo está también la pura alegría de vivir. [...] La lucha por un modo propio de ser, la voluntad de salvaguardar un modo propio de ser es uno de los grandes, de los trágicos asuntos de nuestro tiempo.[...] En nuestra cabeza, en nuestro pecho es donde están los circos en que, vestidos con los disfraces del tiempo, se enfrentan la Libertad y el Destino.

9.4.18

Vuelvo a repetir

El prurito literario que tiene el columnista y que le pide no repetirse (al menos no demasiado) se estrella contra la repetitiva actualidad. Esta le obliga a la repetición. Al final, lo único que cabe, literariamente hablando, es hacer variaciones sobre el mismo tema.

La cuestión es si la redundancia afecta a la verdad. El principio de Goebbels de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” puede que tenga el efecto contrario si lo que se repite mil veces es una verdad. Esta, además, suele contar con la desventaja propagandística –que diría Arias Maldonado– de su prosaísmo árido, de su realismo, frente al atractivo emocional de la mentira, que tiende a ser poética. Y hay otro componente: el ánimo del que dice esa verdad. El hastío o asco que puede sentir, por ejemplo, ante la abusiva avalancha del mentiroso, que le incita a replegarse. Nada hay más cansado que estar repitiéndoles una verdad a ceporros que no la aceptan y a los que encima les da igual. Ellos están en otra cosa: en sus mentiras o, si se las creen, en sus autoengaños.

Me refiero aquí, naturalmente, no a las verdades dudosas sobre las que se puede discutir, sino a las verdades fehacientes: las que responden a mentiras descaradas. La recomendable duda aquí no procede, porque no sería metódica sino cosmética: esa que exhiben muchos para atribuirse una cualidad que mola; y que, en cuanto se rasca un poco, se ve que no poseen (se apoyan en unos pedruscos de fe ideológica que no rompe ni Dios).

Heme de nuevo aquí dispuesto a repetir algunas verdades sobre el procés que he dicho ya pero que hay que volver a decir. Con cansancio, pero con convicción. Ahora que al nefasto Puigdemont lo han soltado en Alemania y otra vez anda difundiendo sus mentiras. El personaje se ha instalado en Berlín, la ciudad que se libró del muro pero a la que le ha caído en desgracia un marmolillo: el marmolillo de Berlín.

Vayan, pues, cuatro verdades:

1. Lo que los independentistas catalanes han intentado ha sido un golpe antidemocrático contra un Estado de derecho: contra la Constitución española y contra el Estatut catalán; contra los españoles y contra más de la mitad de los catalanes.

2. No hay presos políticos en España, sino políticos presos por actos ilegales que se escudan en una coartada política y la explotan hasta las heces. La “judialización de la política” está exclusivamente relacionada con la actuación delincuencial de los políticos. (Ocurre también en los casos de corrupción).

3. La España de hoy es una democracia, no un Estado fascista. Si fuese un estado fascista, los independentistas catalanes no habrían podido llegar tan lejos como han llegado. Pero para justificar su agresión impresentable a una democracia tienen que mentir diciendo que no es una democracia sino un Estado fascista. El recurso a esta coartada les delata.

4. El odio que los independentistas catalanes atribuyen a los españoles no solo es falso, sino que lo que ocurre es justo lo contrario: son los independentistas catalanes los que odian a los españoles (incluidos muy especialmente los catalanes no independentistas), pero su grasiento narcisismo les hace proyectar su propio odio en aquellos a quienes odian.

El gran problema político es que están en la mentira y en el delirio dos millones de ciudadanos, alentados por la élite más pútrida que ha habido en España desde que se extinguió la franquista. No sé qué solución tiene este problema. Sí sé que la solución no pasará por la aceptación de las mentiras. Por más que canse repetir la verdad.

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En El Español.

8.4.18

El día como excusa

(21-V-1997) En realidad, el día es una excusa para escribir el diario; y puede que la vida entera no sea más que una excusa para escribir en general. La vida va por un lado y la escritura por otro: se reflejan, pero lo más íntimo de cada una es lo que queda en el otro lado del espejo. La escritura crea otro mundo, otra vida. El día escrito es un día nuevo. Y ese día nuevo y extraño será lo único que quede (el tiempo que quede). El otro se mantendrá por los siglos tan secreto como en el momento de pasar. (La escritura no daña la vida porque sencillamente no la alcanza.)

El día como excusa. No lo vivimos, sino que pasamos por él. Esta mañana, repasando mis anotaciones de hace unos años, he revivido aquellos días como no los viví entonces. El diario a lo mejor crea la ficción de vida que a la propia vida le falta. Lo que escribimos no es lo que hemos vivido, sino lo que habremos de vivir al releerlo. Tenemos que inventarnos nuestra propia vida, porque la vida pasa sin nosotros.

4.4.18

El agravio de la edad

Hablaba un hombre en la tele, curtido, con la barba canosa. Su expresión era rígida. No lo reconocí. Era Sergi Bruguera. Después de saberlo, seguí sin encontrar en sus rasgos al chico de los partidos de tenis de principios de los noventa. Los años de Indurain en el ciclismo. Su Roland Garros se solapaba con el Giro. Años felices.

Me ha pasado como con tantos antiguos compañeros de colegio a los que he buscado por internet y he visto. Algunos siguen ahí, conservan detalles que recuerdan al niño que fueron. Pero muchos ya no están: sepultados en el hombre. ¿Habrá pasado lo mismo conmigo?

También he buscado, por supuesto, a mi amor de los dieciséis años. Platónico, cómo no. Hoy es una señora a la que le gusta Paulo Coelho y se hace fotos turísticas en Venecia. Y mi amor de los veintiuno es la esposa de un diplomático y aparece enjoyada en las recepciones de países más o menos exóticos. (A la primera yo me la imaginaba como Isabel Freire cuando leía a Garcilaso; y a la segunda me la evocaba el Idilio de Sigfrido de Wagner).

En Un andar solitario entre la gente, Antonio Muñoz Molina dedica una página muy bonita (la 55) a la edad de la amada. Una página celebratoria. Y es verdad. La amada (no la examada) se salva. Los seres queridos se salvan. El amor absuelve; sin esfuerzo ni impostura: lo que ve resplandece.

Aunque uno no necesariamente se cuenta. Como escribió Guillaume Apollinaire en Cortejo, un poema emocionante: “Un día me esperaba a mí mismo / Me decía Guillaume ya es tiempo de que vengas / Con un lírico paso llegaban los que amo / Y yo no estaba entre ellos”.

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En The Objective.

2.4.18

¡Qué cruz!

¡Qué cruz para un país tener nacionalistas y tener populistas! Es como tener almorranas. Todo el santo día con la matraca insufrible. Básicamente, el método Rufián: el empalme de dos neuronas, siempre las mismas (puesto que quizá sean las únicas) y siempre en la misma dirección. La misma estolidez repetida hasta la saciedad, hasta las heces. El mundo infinito reducido a un hilo idiota.

Decía T. S. Eliot que el ser humano no puede soportar demasiada realidad, pero es que los nacionalistas y los populistas no soportan ninguna. La han reducido toda a una papilla uniforme, de la que se alimentan para escupírnosla luego. No hacen más que escupirnos su asquerosa papilla nacional-populista. Y una vez que nos han pringado con ella, una vez que han embarrado el terreno con su papilla infecta, ya no podemos hacer otra cosa que tratar de salir de su succión, y limpiárnosla y protegernos de ella y darles manguerazos a esos tíos plastas para aminorar su ensuciamiento.

Así llevamos años. Absolutamente paralizados por el capricho delincuencial de estos sujetos abusones. Un país entero paralizado y hundiéndose porque las almorranas nacional-populistas impiden cualquier tipo de acción que no sea la de ocuparse de las almorranas nacional-populistas. En vez de estar bregando con la realidad y con los problemas de la realidad, hay que estar bregando con las ficciones y los delirios de estos personajes, hay que estar metidos en absurdas peleas tontísimas que consisten en explicar lo básico una y otra vez, porque con ellos se vuelve una y otra vez a la casilla de salida, para nada.

¡Qué cruz también con el PP y el PSOE, que no ayudan un pimiento! Los, así llamados, “dos grandes partidos”, que son en buena medida los responsables de la situación, por su irresponsabilidad.

Han estado durante décadas ellos solos, repartiéndose entre ellos el pastel, y repartiéndoselo con los nacionalistas, extralimitándose sectariamente con sus gobiernos nacionales y autonómicos, fomentando el clientelismo y la corrupción, rebajando como condenados el nivel educativo, cultural y cívico del país, embruteciendo a sus militantes y a su electorado, utilizando torticeramente el poder judicial y los medios de comunicación cuanto han podido y abonando, en fin, el terreno para que el nacionalismo se desatara y el populismo prendiera.

Así que muchos antinacionalistas y antipopulistas tenemos que estar aquí defendiendo el Estado y la Constitución de nuestra España haciendo abstracción de esos partidos que nos son lanzados por los nacionalistas y los populistas como contraejemplos. Nos vemos obligados a estar defendiendo una estructura vacía (¡estructura que es la que nos ha traído la libertad, la democracia y el progreso!) porque los personajes que la habitan dejan mucho que desear. Y así perdemos las energías: haciendo ejercicios de abstracción con los ceporros en este país tan ceporramente negado para la abstracción.

El único consuelo es que, aunque el PP y el PSOE hubieran sido ejemplares, los nacionalistas y los populistas seguirían con su matraca igual, sin cambiar ni un ápice su discurso resentido, dañino y mentiroso. ¡Y la que nos espera todavía con esta cruz! Ayer fue Domingo de Resurrección y aquí nadie ha resucitado.

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En El Español.

29.3.18

El error fue dedicarse a esto

Mayor que el miedo a la página en blanco es el miedo a la página escrita. Esta constituye ya una prueba, y por ahí puede saberse que uno es un impostor. Endiablado oficio, colgado entre dos angustias. Decía Jaime Gil de Biedma que a él no le gustaba escribir, sino haber escrito. Pero haber escrito también tiene sus inconvenientes. En toda página está plasmado un fracaso. Le devuelve a uno el bofetón de sus limitaciones. Por muy aparente que se muestre el edificio, el autor sabe que son escombros. Y no es una percepción romántica, sino realista. Si "el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona", como apuntó Hölderlin, la cruda realidad es que es un mendigo igualmente cuando escribe, cuando ha escrito.

El primer impulso es esconder la página. Que no la lean, que no lo sepan. Que no sepan lo mal escrita que está, las tonterías que dice, las incoherencias y los huecos que contiene. Pero siempre se da a leer. Y entonces uno se hunde. Todo por dentro, sin que se note. Hay una vergüenza soterrada. Como si le hubiesen encargado un traje y uno entregara una caja con retales, con mangas mal cosidas, con botones sueltos. Ese momento desconsolado de la página en que ha sido enviada y aún no ha tenido lector. El autor espera que le llamen para decirle que de qué va, que por qué ha mandado esa mierda, que a quién pretende engañar, que es un estafador. Y no deja de sorprenderle cuando no le dicen nada, cuando su engendro cuela, e incluso, como sucede a veces, cuando le dicen que está muy bien.

Aquí se produce algo de magia, o de alucinación. El autor podría replicar a los elogios con un "el rey va desnudo", referido a su propia página. Pero lo cierto es que observa cómo se reconstruye el traje. Para su sorpresa, basta con que el lector la celebre para que él la celebre también. Las ruinas que percibía antes, de pronto están rehechas. La lectura de alguien que no es él les ha dado solidez, y esa impresión se le contagia. Cuando relee lo que él mismo escribió y que le parecía chapucero, lo encuentra digno. Sabe que el lector no conoce la diferencia entre lo ambicionado y lo conseguido; pero en el nido del ego empieza a crecer el pollo de la autosatisfacción.

Aunque en realidad va contrarrestada. El proceso ha supuesto, en términos generales, un incremento de la niebla. Naturalmente, una desconfianza ante la percepción propia. Si lo que uno escribe depende de la mirada del otro, ¿con qué mirada lo escribe? En adelante solo hará tanteos, sin saber muy bien lo que está manejando. Escribirá desde la incertidumbre. Está condenado a componer partituras en el vacío. El de la escritura es un arte inestable. Lo cual, por otra parte, responde a su origen: la letra es un intento de cifrar el aire, el aire articulado de la voz, y su esencia volátil la mantiene. Se trata de hacer algo con humo, sin que deje de ser humo.

Pero el miedo a la inestabilidad se da junto con el miedo a la fijación: hay un ping-pong de miedos. El miedo a quedarse embalsamado en lo escrito. Al fin y al cabo uno sigue su curso, pero la página permanece ahí, como un cadáver. Un cadáver que nos reclama, porque posee un cierto poder gravitatorio. Cada página escrita tira del autor hacia la muerte. Y el autor solo puede librarse o aplazarse (somos "cadáveres aplazados", escribió el Ricardo Reis de Pessoa) sembrando más cadáveres. A la vez, en mitad de este panorama tétrico, uno sabe que tendría que tomárselo sin tragedia, con humor y distancia; que tendría que ser más zen, más Montaigne. Pero como no siempre lo consigue, al final uno termina sintiéndose ridículo, que es la variante menos sabia de la sabiduría. Con lo que la angustia crece aún más, y se enturbia. Ni siquiera podemos agarrarnos a ella, ni ir, a estas alturas, de Flaubert.

El miedo a la página en blanco, pues, no es el miedo al vacío: es el miedo a llenarlo. El error fue dedicarse a esto.

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Publicado en el trimestral de Jot Down nº 11, especial ¿Quién dijo miedo? (verano 2015) con el título "Que no lo sepan".

26.3.18

¿Qué vamos a hacer con ellos?

El procés está resultando tan largo (¡tan agotadoramente largo!) que da tiempo para pensar en todo. Y para sentirlo todo, casi de todas las maneras. Mi ánimo es hoy menos pugnaz que melancólico. Una melancolía no exenta de ternura. Ahora veo a los independentistas como unos inútiles entrañables. El último ha sido el primero, Carles Puigdemont, al que han detenido en Alemania. En una gasolinera: nivel Vaquilla.

Han querido empezar la casa por el tejado: pretendían independizarse de España cuando su chapucismo español les incapacitaba para ello. Todo estaba atado y bien atado en estos tipos: por ser españoles (por ser, de hecho, los últimos españoles de los que pueblan la Historia de España) no podían culminar con éxito su empresa. En ningún momento han parecido revolucionarios franceses, sino personajes de Las autonosuyas de Vizcaíno Casas o, mejor, del dibujante Ibáñez: Pep Gotera y Otili (chapuzas a domicili).

Reírse de ellos es ya como reírse del tonto del pueblo. Acabo de hacerlo y me siento fatal (un poco). Las risas se me quitaron con el tuit de aquella madre independentista en la última cacerolada al Rey. El tuit, que fue en catalán –quizá el más escalofriante de todo el procés–, lo doy en la traducción de Cristian Campos: “Mi hijo se ha puesto a llorar durante la cacerolada porque se pensaba que nos podrían meter en la prisión por hacerla. Qué mierda de país nos está quedando cuando un niño de siete años tiene miedo de que encierren a sus padres por aporrear una cacerola”.

Es deprimente. Por lo que tiene de sintomático acerca de lo que se cuece en esas cabecitas... Están destruyendo a sus hijos y no lo saben. Insisto (esto es lo sustancial): no lo saben. ¡En qué situación tan embarazosa se han metido y nos han metido! ¡Y de un modo tan absolutamente innecesario! ¡Qué desolador cuando tantos se van por el desagüe así! ¿Qué vamos a hacer con ellos?

Lo peor es el insulto que se deduce del comportamiento de los independentistas en estos meses; el insulto hacia nosotros, el resto de los españoles (incluidos los catalanes no independentistas). El desprecio con el que han tratado al Estado español y la impunidad con la que se creían estar actuando son el reflejo de lo muy superiores que se sentían; es decir, de lo muy inferiores que nos veían. No nos tenían ningún respeto. A algunos nos ha costado creerlo, pero lo de la xenofobia y el supremacismo era verdad. Lo repugnante de sus lágrimas es que son sinceras.

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En El Español.

22.3.18

La Revolución en directo

Con la Revolución rusa me pasó lo que con la Revolución francesa. Comparecieron ambas por primera vez en las clases del instituto. Quiero decir al completo, en toda su secuencia: antes –en el colegio, en el picoteo de las enciclopedias, en la tele– solo tuve estampas aisladas. Mi profesora de Historia era buena, minuciosa, y yo creo que marxista; al menos prestaba atención a las “condiciones materiales”. Pero ante todo era rigurosa: no nos escamoteaba los hechos. Y con las dos revoluciones me pasó lo mismo, conforme las íbamos estudiando. Primero indignación ante las injusticias sufridas por el pueblo francés o ruso, segundo exaltación con el estallido liberador, tercero horror ante los crímenes y la dictadura en que concluía el estallido. Que las dos revoluciones desembocasen en lo mismo insinuaba una ley; ley que se cumplía en todos los demás ejemplos históricos. No tardé en llegar a la conclusión de que las formalidades eran imprescindibles, y que el fin no justificaba los medios. Quizá había que emplear la fuerza en una situación cerrada, en condiciones de opresión sin salida; pero no había un bien posterior al Estado de derecho, ni mejor que el Estado de derecho. No había justicia posible que rebasara el pluralismo. Entre los márgenes de la “democracia formal” tendríamos que vivir: como bien en sí mismo para los que no teníamos depositada excesiva fe en la política; como mal menor para aquellos cuyo anhelo fuera, imperiosamente, la justicia universal. Lo he tenido tan claro desde los diecisiete años que nunca ha dejado de sorprenderme el afán por “intentarlo de nuevo” pese a las lecciones de la historia, ya inapelables. Se podría ir mejorando, en dirección a la justicia, pero a partir de una conciencia estricta de qué es lo que no puede violarse. Mi consternación la produce el comprobar una y otra vez que muchos –los que “vuelven a las andadas”– carecen de esa conciencia.

En este 2017 en que se cumplen cien años de la Revolución rusa he leído un libro que me ha hecho revivir el proceso: las Cartas desde la revolución bolchevique de Jacques Sadoul (ed. Turner). No es un libro de historia, sino un libro escrito desde la historia. Las cartas están fechadas en Rusia (en Petrogrado –San Petersburgo– o Moscú) entre octubre de 1917 y enero de 1919, conforme se desarrollan los acontecimientos. Esto hace que tengan espontáneamente la perspectiva que Johan Huizinga exigía a todo historiador: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Aunque Sadoul en el fondo es un determinista, que cree (o va creyendo) en el advenimiento final del comunismo, se encuentra metido en los hechos y es testigo de su multiplicidad, de su aleatoriedad, de sus posibilidades distintas de concreción. Sus cartas producen en el lector, pues, la experiencia de asistir a un proceso abierto. Como escribe en una de ellas: “Había pensado que en un periodo de agitación revolucionaria, por una parte, el riesgo de un posible accidente en los círculos que frecuento hacía preferible el informe cotidiano y que, por otra parte, la impresión fijada día a día ofrecía la ventaja de presentar al lector una sensación más verdadera del carácter necesariamente caótico de los acontecimientos que un informe escrito en frío, cuando una perspectiva de algunos días o algunas semanas permite estimar con más facilidad el valor relativo de los hechos y evitar los juicios apasionados, más tendenciosos pero más vivos”.

Jacques Sadoul (1881-1956) era un abogado y político francés socialista (más tarde, uno de los fundadores del Partido Comunista Francés) que fue enviado a Rusia por el exministro de Armamento y diputado Albert Thomas, también socialista, para que le enviase cartas sobre la situación en aquel país. El interés del gobierno de Francia era que Rusia permaneciera en combate en la Primera Guerra Mundial, para debilitar a Alemania en su lucha en dos frentes, el oriental y el occidental; por más que las condiciones del ejército ruso fueran desastrosas. El anhelo de salir de la guerra fue una de las razones –junto con la miseria, la explotación, la autocracia zarista, el hambre– que desencadenaron la revolución de febrero de 1917, que derrocó al zar e instauró un gobierno provisional, que se mantendría en el poder hasta que se celebrase una asamblea constituyente. Pero habían pasado ocho meses y Rusia seguía en la guerra, para desesperanza de la población y del mismo ejército, cuyos soldados desertaban por centenares de miles; en muchas ocasiones, con el asesinato de los oficiales. Sadoul llegó a Petrogrado unas semanas antes de que se produjese la revolución de octubre, que tendría lugar el 25 de octubre (según el calendario juliano, que regía en Rusia) o el 7 de noviembre (según nuestro calendario, el gregoriano, que se implantaría también en Rusia en 1918). Y lo primero que constata es: “El deseo de una paz inmediata, a cualquier precio, es general”. Un deseo asociado a la revolución: “Que el pueblo ruso sienta en conjunto aversión y odio por la guerra, que aspire ardientemente a la paz, sea cual sea, que haya podido percibir en la revolución un medio más seguro para alcanzar esa paz, todo esto me parece hoy claro y evidente”.

Un aspecto fundamental del libro es todo el proceso diplomático por el que Sadoul intentará que las potencias aliadas reconozcan a los bolcheviques y les apoyen, para que estos puedan permanecer en la guerra, con un ejército renovado. Pero tales potencias, empezando por la Francia de Sadoul, no solo no los reconocerán, sino que alentarán –abierta o solapadamente– la contrarrevolución. Por su parte, la Rusia bolchevique firmará forzadamente con Alemania, tras una negociación tortuosa, la paz de Brest-Litovsk, al tiempo que se ve envuelta en su propia guerra civil. Sadoul, que en un principio se define como “no bolchevique”, terminará convertido en un bolchevique ferviente. Su doble lealtad, la patriótica y la revolucionaria, terminará venciéndose del lado de la segunda. De hecho, fue condenado a muerte en Francia por un tribunal militar; aunque no se ejecutó la sentencia.

El 25 de octubre de 1917, Sadoul escribe:
El movimiento bolchevique ha estallado esta noche. Desde mi habitación oí el lejano ruido de algunos tiroteos. Esta mañana, las calles están tranquilas. [...] Hora tras hora, nos vamos enterando de que las estaciones, el banco de estado, el telégrafo, el teléfono, la mayoría de los ministerios han caído sucesivamente bajo el control de los insurrectos. [...] El palacio de invierno está rodeado por los bolcheviques. [...] Todas las intersecciones están vigiladas por guardias rojos. Circulan patrullas por todos lados, algunos coches blindados pasan rápidamente. Algunos disparos por aquí y por allá. La numerosa multitud de curiosos huye, se tumba, se aparta bajo las paredes, se amontona bajo las puertas, pero la curiosidad es más fuerte y pronto se acercan a mirar entre risas. Ante el [instituto] Smolny, numerosos destacamentos, de la guardia roja y del ejército regular, protegen el comité revolucionario. [...] Los bolcheviques son cada vez más entusiastas. Los mencheviques, por lo menos algunos, bajan la cabeza. Han perdido la confianza. No saben qué decisiones tomar. Realmente, entre todo este personal revolucionario, únicamente los bolcheviques parecen ser hombres de acción, llenos de iniciativa y audacia.
De ese primer día, hay una indicación significativa: “El gobierno provisional está asediado en el palacio de invierno. Ya lo hubieran hecho prisionero si el comité revolucionario hubiera querido usar la violencia, pero la segunda revolución no debe derramar una sola gota de sangre”. Y solo tres días después, tras la resistencia de Kérenski, primer ministro del gobierno provisional: “Lo que [a Trotski] le preocupa, por encima de todo, es la situación política. Los mencheviques están meditando una mala pasada. Pero, para evitar nuevas tentativas antibolcheviques, habrá que ejercer una represión implacable y el abismo entre las fuerzas revolucionarias se ahondará todavía más”. El 31 de octubre: “La calle está totalmente tranquila. Hecho increíble, durante la semana sangrienta, gracias al puño de hierro y a la poderosa organización de los bolcheviques, los servicios públicos (tranvías, teléfono, telégrafo, correos, transportes, etcétera) no han dejado de funcionar normalmente. Nunca el orden ha estado mejor asegurado”.

Con esta inmediatez van apareciendo los acontecimientos en las cartas. Sadoul logra tener acceso a Lenin y a Trotski, sobre todo a Trotski, y va dando cuenta de sus conversaciones cotidianas con los “dictadores del proletariado” (esta expresión usa). Asistimos a las dificultades de la revolución, sus contratiempos, sus éxitos, las estrategias cambiantes, la presión acuciante de las circunstancias, las dificultades económicas, la violencia... En enero de 1918 narra la disolución de la asamblea constituyente por parte de los bolcheviques, tras su fracaso en ella. Las tensiones van desembocando paulatinamente en el sistema de partido único, con la represión y supresión de sus enemigos.

Durante mi lectura estuve esperando el momento en que los bolcheviques matan al zar y su familia. Pero estos crímenes son escamoteados. Tuvieron lugar el 17 de julio de 1918. Hay una carta de Sadoul del 12 de julio, y la siguiente es ya del 25. No sé si tiene algo que ver, pero a partir de esta carta el tono es más abstracto, más doctrinario. Casi propagandístico. O quizá se deba a que son ya las últimas cartas y se impone el afán de recopilación. En cualquier caso, es un afán guiado por la perspectiva bolchevique. Sadoul se ha convertido en militante. Escribe: “El poder revolucionario de los sóviets dura desde noviembre, y nunca ha sido tan robusto. Sin embargo, a la lucha por su vida, ha añadido la inmensa tarea de destruir el viejo mundo político, internacional, económico y social, y luego crear el estado comunista”. Hace suyo el lema “todo el poder a los sóviets”, porque significa “todo el poder directamente entregado a los obreros y los campesinos”, algo que “sintetiza el esfuerzo político de la revolución de noviembre”. A los que criticaron la disolución de la asamblea constituyente los llama, en lenguaje de partido, “pseudo-revolucionarios –juguetes conscientes o inconscientes de la burguesía– echados por el pueblo ruso”. Y desacredita la democracia parlamentaria, en favor de los sóviets:
Los bolcheviques no han querido imponerle a Rusia una constituyente, miserable copia de nuestros viejos parlamentos burgueses, auténticos soberanos colectivos, absolutos e incontrolables, dirigidos por un puñado de hombres demasiado a menudo vendidos a la gran industria o a la alta banca, cuya clamorosa insuficiencia ha arrojado hacia el antiparlamentarismo anárquico a tantas democracias occidentales. Nuestros parlamentos no son, nos lo figurábamos antes de la guerra, hoy estamos seguros, más que una caricatura de representación popular. Los sóviets, por el contrario, son instituciones propias de los obreros y los campesinos, exclusivamente constituidas por trabajadores enemigos del régimen capitalista, decididos no a colaborar con este régimen, sino a combatirlo y a abatirlo.
Más adelante: “Los rusos han comprendido muy rápido la superioridad de las asambleas soviéticas legislativas, ejecutivas y trabajadoras respecto a los cuerpos parlamentarios, respecto a nuestras chácharas de antiguo modelo. [...] Sobre el libre juego de las instituciones soviéticas, el poder real está abajo. Surge de las capas profundas del pueblo”. Y defiende abiertamente la dictadura:
En efecto, únicamente la forma flexible de los sóviets ha permitido realizar y hacer que se acepte una dictadura, es decir un gobierno de hierro, implacable, aterrador, pero absolutamente inevitable en una crisis revolucionaria tan aguda. / La dictadura de los sóviets es, claro está, la dictadura en beneficio de los trabajadores. Solo otorga el derecho de ciudadanía a los individuos creadores de valores sociales, a aquellos que ofrecen a la colectividad más de lo que reciben de ella. La fuerza de imposición de los dictadores es pues utilizada por el pueblo laborioso contra las clases parásitas anteriormente dirigentes que intentan sin descanso recuperar sus privilegios con el sabotaje, la violencia o la traición.
La dimensión religiosa apenas se disimula: Sadoul habla de “la santa causa del proletariado universal”, de la “fe extraordinaria, bajo la dirección de Lenin, inteligencia admirablemente viva, equilibrada, lúcida, voluntad soberana, mano de hierro”, de que por lograr mantenerse en el poder frente a tantas adversidades “los soviéticos han realizado un milagro”, y de que “los campesinos y los obreros de Rusia penan y sufren por sus hermanos, por poner fin en el mundo a la explotación del hombre por el hombre”. Hay una confianza mesiánica, providencial sobre lo que está ocurriendo “en este vasto laboratorio del socialismo que es Rusia”. Las penalidades están justificadas:
Ciertamente, no todo va a mejor en el mejor de los mundos. Exigirá todavía meses, y sin duda, años de experiencia, de tanteos y de ajustes. Evidentemente no podrá realizarse de manera completa hasta que el proletariado de uno o dos grandes países europeos, entendiendo por fin las lecciones de esta revolución, acuda a unir sus esfuerzos con los del proletariado ruso. Por otra parte, como dice Lenin, cuando muere la vieja sociedad no se puede clavar el cadáver en el féretro y meterlo en la tumba. Este cadáver se descompone a nuestro alrededor. Se pudre, nos infecta a nosotros mismos. Estamos obligados a luchar por la creación y el desarrollo de brotes de la nueva sociedad en una atmósfera viciada por los miasmas de la burguesía en putrefacción. No puede ser de otra manera. Cualquier sociedad deberá pasar del régimen capitalista al régimen socialista dentro de un estado capitalista en descomposición y mediante incesantes combates contra la infección.
Y termina diciendo (así concluye la última carta): “He procurado hablarle solo de la situación en Rusia. Aquí prácticamente no sabemos nada de la situación en Francia. Espero sin embargo que la revolución inevitable y necesaria esté en marcha”.

Para terminar, quisiera referirme al prólogo de Constantino Bértolo (que es el traductor de la obra, junto con Inés Bértolo). Hace una excelente presentación de Jacques Sadoul y sus cartas, que sitúa en su contexto literario e histórico. Las tensiones, e incluso contradicciones, de Sadoul tienen que ver con la situación en que se encontró la izquierda europea ante la Gran Guerra, desgarrada entre sus ideales de clase, internacionalistas, y las lealtades nacionales. Bértolo resalta cómo estas Cartas desde la revolución bolchevique nos muestran algo poco común: una “intimidad política”. Su visión de este libro, naturalmente, no es simplista, atiende a su complejidad; pero propone algo que a mí no tiene más remedio que rechinarme. Como apunté al principio, mi lectura ha vuelto a constatar el desastre que fue en último término la revolución. Pero Bértolo se resiste a esta lectura. Él sigue confiando en la “emancipación que, en el relato dominante de hoy, se entiende, desea o pretende como agotada u obsoleta”, y apela a los “distintos y nuevos espacios que se reclaman, con no mucho entusiasmo en verdad, como herederos morales de aquel relato”, desde los que “se busca hoy la construcción de un nuevo imaginario revolucionario”. Lo bueno de las cartas de Sadoul es que, por su carácter de documento histórico, admiten las dos lecturas.

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Publicado en el trimestal Jot Down nº 21, especial URSS.