31.12.18

¡Otra vez!

Otra vez acaba el año, otra vez comienza. Y lo hace envuelto en luces, porque los días de Navidad son los días de las luces. Serían perfectos –también por los abrazos, las buenas palabras, la comida, la bebida y hasta las compras calefactoras (el consumismo nos da genuino calor humano)– si no fuera por la parte acústica: los horrendos villancicos, la espeluznante música que nos ponen en los especiales de televisión (¡y los petardos!). El vals de mañana no compensa.

Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.

Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.

Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.

Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.

Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.

* * *
En El Español.

30.12.18

Lecturas 2018

Dijo un amigo de Twitter que mi lista anual de lecturas es el vestido de Pedroche de los intelectualetas. Y sí: además de la expectación (tampoco trascendente: juguetona), muestra y oculta, y tiene transparencias reveladoras. Más que el número (aunque también me pico con el número), me interesan las manchas cromáticas (temáticas, autorales) y el contorno. En este, inevitablemente se recorta también lo que no se es: el límite. Todo lo que no he leído, o el tipo de cosas que no he leído... Y esta ausencia, ciertamente, es una obscenidad. Van en el orden cronológico en que las empecé:

1. Biblia del Oso (1). Libros históricos I.
2. Libro del desasosiego. Fernando Pessoa (tr. Á. Crespo).
3. Lisbon: what the tourist should see. Fernando Pessoa.
4. Los cisnes salvajes de Coole. W.B. Yeats.
5. Historias. Juan Ramón Jiménez.
6. Platero y yo. Juan Ramón Jiménez.
7. Experiencia. Martin Amis.
8. La torre. W.B. Yeats.
9. Espacio. Juan Ramón Jiménez.
10. Diario de un poeta reciencasado. Juan Ramón Jiménez.
11. O sol na cabeça. Geovani Martins.
12. Tú serás Baudelaire. Fernando Poblet.
13. Lo que está y no se usa nos fulminará. Patricio Pron.
14. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Friedrich Nietzsche.
15. Ordesa. Manuel Vilas.
16. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Friedrich Nietzsche.
17. Humano, demasiado humano (I). Friedrich Nietzsche.
18. Correspondencia 1914-1922. Marcel Proust/Jacques Rivière.
19. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
20. Thomas Bernhard, Viena y yo. Antonio Ríos Rojas.
21. Asuntos de delirio. Luis Antonio de Villena.
22. Celebración de libertino. Luis Antonio de Villena.
23. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
24. Un andar solitario entre la gente. Antonio Muñoz Molina.
25. T.S. Eliot. Northrop Frye.
26. La llamada de la tribu. Mario Vargas Llosa.
27. El entusiasmo. Remedios Zafra.
28. The Waste Land and other poems. T.S. Eliot.
29. Biblia del Oso (2). Libros históricos II.
30. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Avantos Swan).
31. La tierra baldía [El yermo]. T.S. Eliot (tr. J.Mª Álvarez).
32. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Palomares).
33. Sobre Eugenio Trías (ed. David Trías).
34. "La cabra de Portsmouth (Notas de un diario)". Iñaki Uriarte.
35. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. Sanz Irles).
36. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J.L. Rey).
37. La tierra baldía (reconstrucción editorial). T.S. Eliot.
38. La funesta manía de pensar. Eugenio Trías.
39. El árbol de la vida. Eugenio Trías.
40. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. J. Malpartida).
41. La tierra baldía. T.S. Eliot (tr. A. Bartra).
42. "Goethe y Mr. Eliot". Luis Cernuda.
43. Introducción a La tierra baldía. V. Patea.
44. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. J.Mª Valverde).
45. Cuatro cuartetos. T.S. Eliot (tr. A. Jaume).
46. Antología. Ezra Pound.
47. Subida al Monte Ventoso. Francesco Petrarca.
48. Comentarios a La tierra baldía. Christopher Ricks y Jim McCue.
49. Cuaderno de campo. María Sánchez.
50. Poemas. Ausiàs March.
51. Mamá. Luis Antonio de Villena.
52. La dispersión. Eugenio Trías.
53. Heterodoxias y contracultura. Fernando Savater y Luis Antonio de Villena.
54. Correo literario. Wislawa Szymborska.
55. Poemas de Flash Gordon. Luís Pousa.
56. Muda. Ernesto Hernández Busto.
57. The private worlds of Marcel Duchamp. Jerrold Seigel.
58. Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa.
59. Negra espalda del tiempo. Javier Marías.
60. El hilo de la verdad. Eugenio Trías.
61. El fumador pasivo. Daniel Gascón.
62. El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Patricio Pron.
63. En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq.
64. El arte de la ficción. James Salter.
65. La obra maestra desconocida. Balzac.
66. “Contar el fracaso en el arte”. Pierre Barolsky.
67. El tiempo regalado. Andrea Köhler.
68. Feminismo pasado y presente. Camille Paglia.
69. El oficio de vivir. Cesare Pavese.
70. Un proyecto de Constitución española. Ramón Tamames.
71. Antología poética. Cesare Pavese.
72. “La negra espalda de Javier Marías”. Juan Antonio Rivera.
73. El gobierno de la fortuna. Juan Antonio Rivera.
74. La hazaña secreta. Ismael Grasa.
75. Introducción a la Constitución española. Ramón Tamames.
76. El golpe posmoderno. Daniel Gascón.
77. La vida interior de las plantas de interior. Patricio Pron.
78. Todos os contos. Clarice Lispector.
79. Y. Andrés Trapiello.
80. La uruguaya. Pedro Mairal.
81. Una noche con Sabrina Love. Pedro Mairal.
82. 155. Los días que estremecieron a Cataluña. Teresa Freixes.
83. Biblia del Oso (3). Libros proféticos y sapienciales.
84. La vida cotidiana. Daniel Gascón.
85. Y ahora, lo importante. Beatriz Navas Valdés.
86. Las gaviotas de hielo. Sanz Irles.
87. Extravíos. Cioran.
88. La escritura invisible. Manuel Alberca.
89. El dolor de los demás. Miguel Ángel Hernández.
90. Un miércoles de enero. Bob Pop.
91. El luminoso regalo. Manuel Vilas.
92. La transición democrática. Javier Paniagua.
93. "Equilibrios. El aprendiz bajo el sol". Antonio Juárez.
94. Ubú en bicicleta. Alfred Jarry.
95. Crisis constitucional e impulso constituyente. Pablo Iglesias/Javier Pérez Royo.
96. Un largo Termidor. Gerardo Pisarello.
97. La Transición contada a nuestros padres. Juan Carlos Monedero.
98. El precio de la Transición. Gregorio Morán.
99. CT o la Cultura de la Transición (ed. Guillem Martínez).
100. Elogio de la Transición. Antonio Papell.
101. Vértigo y pasión. Eugenio Trías.
102. Nuevas semblanzas y generaciones. Luis Antonio de Villena.
103. Lo bello y lo siniestro. Eugenio Trías.
104. Cambridge en mitad de la noche. David Jiménez Torres.
105. En el País del Bidasoa (col. Baroja & yo). Sergio del Molino.
106. El país de la niebla (col. Baroja & yo). David Jiménez Torres.
107. Los pequeños mundos (col. Baroja & yo). Jon Juaristi.
108. El ermitaño del Rey. Julio Manuel de la Rosa.
109. Confesiones de un filósofo desaparecido en combate. Enrique Ocaña.
110. Léxico familiar. Natalia Ginzburg.
111. Novela familiar. John Lanchester.
112. El puente. Hart Crane.
113. "El ruiseñor sobre la piedra". Luis Cernuda.
114. "Silla del rey". Luis Cernuda.
115. "Tres poetas metafísicos". Luis Cernuda.
116. Epístola a Arias Montano. Francisco de Aldana.
117. El enigma del Escorial. Henry Kamen.
118. Trilogía de Madrid. Francisco Umbral.
119. Coplas a la muerte de su padre. Jorge Manrique.
120. Un buen tío. Arcadi Espada.
121. El final del amor. Marcos Giralt Torrente.
122. Epístola moral a Fabio. Andrés Fernández de Andrada.
123. El temblor (Lisboa, sábado de Santos de 1755). Juan Carlos Gea.
124. Antropoceno. Manuel Arias Maldonado.
125. Amor (Poesía reunida, 1988-2010). Manuel Vilas.
126. Los que miran. Remedios Zafra.
127. El purgatorio. Javier Salvago.
128. Variaciones y reincidencias (Poesía 1977-1997). Javier Salvago.
129. Sobrevivir a un gran amor, seis veces. Luis Racionero.
130. El asesino tímido. Clara Usón.
131. Uma forma de saudade. Carlos Drummond de Andrade.
132. La Tercera Guerra Mundial. Ismael Grasa.
133. El revés de la trama. Graham Greene.
134. Stoner. John Williams.
135. Gótico cantábrico. Martín López-Vega.
136. La familia socialista. Fruela Fernández.
137. El explorador polar. Joseph Brodsky (trs. E. Hdez. Busto/E. Zaidenberg).
138. Mis premios. Thomas Bernhard.
139. Diario de Ithaca. Miguel Ángel Hernández.
140. Romanza. Catálogo de Miguel Gómez Losada (CAC Málaga).
141. Jorge Manrique o tradición y originalidad. Pedro Salinas.
142. Arias Montano. Ben Rekers.
143. Poesía completa. José Ángel Valente.
144. Anatomía del 'procés'. VV.AA.
145. Contra Catalunya. Arcadi Espada.
146. Gran Vilas. Manuel Vilas.
147. Biblia del Oso (4). Nuevo Testamento.
148. Intenta olvidarme (Antología poética). Mario Quintana (tr. E. Gª-Máiquez).
149. Conversaciones con Octavio Paz. Enrico Mario Santí.
150. Benet. La ambición y el estilo. Rafael García Maldonado.
151. No leer. Alejandro Zambra.
152. Vidas de Nietzsche. Miguel Morey.
153. Todos llevan máscara. Diario 1995-1996. Laura Freixas.
154. Patria. Fernando Aramburu.
155. Poesía, situación irregular. Enrique Lihn.
156. Filosofía del futuro. Eugenio Trías.
157. La deriva reaccionaria de la izquierda. Félix Ovejero.
158. Colección particular. Gonzalo Eltesch.
159. Hopper. Mark Strand.
160. Cantos. Giacomo Leopardi.
161. Humano, demasiado humano (II). Friedrich Nietzsche.
162. Signor Hoffman. Eduardo Halfon.
163. Monasterio. Eduardo Halfon.
164. Duelo. Eduardo Halfon.
165. Otto Lara Resende ou Bonitinha, mas ordinária. Nelson Rodrigues.
166. Biblioteca bizarra. Eduardo Halfon.
167. Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg.
168. El jardín de los frailes. Manuel Azaña.
169. El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello.
170. Leopardi. Antonio Colinas.
171. Blanco nocturno. Ricardo Piglia.
172. Los casos del detective Croce. Ricardo Piglia.
173. Nietzsche: biografía de su pensamiento. Rüdiger Safranski.
174. Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Juan Claudio de Ramón.
175. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. Rafa Latorre.
176. Permafrost. Eva Baltasar.
177. El cuaderno del año del Nobel. José Saramago.
178. Hoguera y abanico. Versiones de Bashō. Ernesto Hernández Busto.
179. Las bacantes. Eurípides.
180. Europa. Julio Martínez Mesanza.
181. Comimos y bebimos. Notas de cocina y vida. Ignacio Peyró.
182. Poemes civils/Poemas civiles. Joan Brossa.
183. Blanco en lo blanco. Eugénio de Andrade.
184. Misterioso asesinato en Manhattan (guión). Woody Allen.
185. Viaje de invierno. Wilhelm Müller/Franz Schubert.
186. Retrato de un joven malvado. Francisco Umbral.
187. Benito Arias Montano. Aubrey F. G. Bell.
188. El ímpetu cruel de mi destino (Antología poética). Francisco de Aldana.
189. Conocer Nietzsche y su obra. Fernando Savater.
190. Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya. Miriam Moreno Aguirre.
191. Mediterráneas. Umberto Saba.
192. Cervantes y la invención del Quijote. Manuel Azaña.
193. Morgue. Gottfried Benn.
194. Noel Rosa. De costas para o mar. Jorge Caldeira.
195. "La 'Carta para Arias Montano'. Génesis y análisis de la última actitud estética de Francisco de Aldana". Lola González.
196. Antología poética. Sophia de Mello Breyner Andresen.
197. La metáfora de Borges. Juan Manuel García Ramos.
198. Los pensamientos del té. Guido Ceronetti.
199. El libro vacío. Josefina Vicens.
200. Sobre la lectura. Marcel Proust.

Epílogo. Mi propósito para 2019: leer menos. No hay que leer tanto.

29.12.18

Jot Down 25

Desde principios de diciembre está a la venta el nuevo trimestral de Jot Down, nº 25, especial Futuro imperfecto. Adelanto aquí el primer párrafo y el último de mi colaboración, "Bomba de relojería":
El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.
[...]
La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.

26.12.18

Cuento de Navidad contado por un idiota

Al final el procés es eso: un cuento de Navidad contado por un idiota. Dickens más Shakespeare. Y Andersen, con un hombretón en vez del niño que dice que el procés va desnudo: “¡Qué república ni qué cojones! ¡La república no existe, idiota!”. Pero no es el momento de comer perdices todavía, porque la revelación del mosso no basta para que caiga el velo y se rompa el engaño. El velo y el engaño están atados y bien atados en el independentismo. La respuesta inmediata ha sido ir a por el hombre que ha dicho la verdad. Una respuesta estrictamente oscurantista.

La nación es un plebiscito cotidiano, decía Renan, y la república catalana es un cuento sostenido por dos millones de catalanes (que son muchos, pero no la mayoría). Un cuento en el que creen con tanta fe, y partiendo tan de la mentira, que da igual que se les diga la verdad: que la república no existe (idiotas), que los políticos presos no son “presos políticos”, que lo que hicieron el año pasado no se le hace a un país democrático, que las razones que se esgrimen para la independencia son falsas, que si hay aquí unos “fascistas” son ellos, que no hay hoy “nacionalismo español” equiparable al nacionalismo catalán, que hay más “republicanismo” en la monarquía parlamentaria española que en la república que ellos han engendrado.

La degradación creciente del independentismo, su estrepitoso aire de parodia, se debe a su carácter ficticio, en su roce aberrante con la realidad. Los independentistas luchan por una libertad que ya tienen, y por eso luchan en el vacío: aunque no flotando, puesto que no se quedan en la ficción, sino tropezando con la realidad, hundiéndose en un viscoso fango material.

Estamos aquí peleando contra ellos porque si se salen con la suya nos van a llevar a la ruina a todos (¡y porque es legítimo que se salgan con la suya!). Pero esta pelea nos degrada también a los demás, porque es absurda, tonta, embarazosísima. Los independentistas nos han metido en una situación superembarazosa de la que no vemos el modo de escapar.

De fondo les aseguro que hay afán de concordia (¡y más en estas entrañables fiestas!). Pero no se puede dialogar con quienes están instalados a machamartillo en la ficción. Tendrían que empezar ellos, saliendo de ella. El único final feliz del cuento es que se salgan del cuento.

* * *
En The Objective.

24.12.18

Pedagogías de la Transición

No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.

Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.

En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!

* * *
En El Español.

17.12.18

¿Qué fue de la izquierda progresista?

Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.

Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.

Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.

Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.

* * *
En El Español.

12.12.18

Acertar con el diagnóstico

Continúa deteriorándose la situación en Cataluña, en una farsa sin fondo que ahora fantasea con la sangre en un intento desesperado por que brote la épica. Esa fantasía no es tanto la del crimen como la del martirio, pero esconde un impulso desdichadamente tanático en cualquier caso. Por fortuna, no muchos parecen dispuestos a seguirlo; pero si lo siguieran el resultado tampoco sería la épica, sino una farsa incrementada, más absurda aún, hasta la náusea. La irrisión ya es inaudita, con ese Consell per la República que Puigdemont ha montado en Bélgica, en plan Palmar de Troya del catalanismo, o con el estrafalario Torra en la Generalitat, un Ubú president que ha dejado pequeño a Pujol y a Boadella convertido en el guionista de Bambi. Los que en su día compramos el mito de Cataluña como avanzadilla europeizante de España seguimos pasmados ante el socavón.

La parte buena son los libros que están saliendo, algunos espléndidos. Para desgracia de los independentistas (y bochorno de sus descendientes), todo está quedando bien documentado. La ignorancia no será una coartada. Los dos últimos que he leído (los cito con los subtítulos también, que dicen mucho) son Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña. Breviario de tópicos, recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana, de Juan Claudio de Ramón (Deusto) y Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido. El autosacrificio catalán, de Rafa Latorre (La Esfera de los Libros). Al leerlos juntos he visto que resultan complementarios: el de De Ramón centrado en las ideas, en las palabras, y el de Latorre en los hechos; sin que falten hechos en el primero ni ideas en el segundo. Y los dos logran lo que el primero exige: acertar con el diagnóstico.

“La necesidad de acertar con el diagnóstico” a que urge Juan Claudio de Ramón, para no insistir en el error en el intento de solucionar o paliar el problema, o al menos para no seguir agravándolo, la cumple con brillantez en su libro, como venía haciendo con sus artículos. Este Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña podría haberse titulado Ejercicios de tiro, todos en el blanco. Van pasando los tópicos (“Hace falta tender puentes”, “El origen del problema está en la sentencia del Estatut”, “No se puede judicializar la política”, “Es un problema político que requiere una solución política”...) y ¡pumba! El índice es un listado de las piezas cobradas. La conclusión general, que también subraya Francesc de Carreras en el prólogo, es que la causa principal de la crisis catalana es endógena: el nacionalismo catalán. (Los factores exógenos podrán haber influido más o menos, pero secundariamente). Y como el nacionalismo se alimenta del oscurantismo y la mentira, la respuesta ha de ser ilustrada, restablecer la verdad. De Ramón, con su admirable paciencia, de lo que trata es de persuadir. Al menos, a los que no son todavía cerrados creyentes.

Rafa Latorre hace una crónica vibrante de la escalada enloquecida del independentismo, con una capacidad precisa de observación de la que no se evapora la sorpresa. Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido es un título que quiere preservar el carácter alucinante de la realidad que narra. Cuando en el futuro no se dé crédito, este libro será una prueba de que sucedió. La habilidad de Latorre por resaltar lo significativo alcanza al pasado, del que extrae perlas que hoy lo explican todo. Por ejemplo esta de 2010, que comenta con agudeza: "Montilla le había señalado al nacionalismo el enemigo y había enquistado la idea que provocaría la infección del procés. Hela aquí: 'No hay tribunal que pueda juzgar ni nuestros sentimientos ni nuestra voluntad. Somos una nación'. Es difícil encontrar en la historia de las ideas políticas una impugnación tan perfecta de la democracia expresada en menos palabras. Es un milagro conceptual". A continuación basta añadir esto de la solapa: "Así fue cómo una comunidad próspera de un país estable de la Unión Europea se embarcó en un proceso que la conducía a un destino incierto y peligroso".

Este miércoles en el Congreso hay un pleno sobre Cataluña. Me temo que no todos los políticos que intervengan acertarán con el diagnóstico, ni siquiera algunos de los que desearían hacerlo. Tendrían que haber leído estos dos libros.

* * *
En The Objective.

10.12.18

Se acabó la dulzura de vivir

Con el éxito de Vox de acabó definitivamente la dulzura de vivir: el lujo del que hemos disfrutado los españoles desde la muerte de Franco hasta hace nada; hasta antes de Vox, pero que con Vox se confirma. La relajación patriótica de estar años y años sin bandera, con una irrelevancia casi absoluta de la bandera. Con dos excepciones españolas: el País Vasco y Cataluña, que no disfrutaron del lujo porque en cuanto murió Franco se les vino encima el franquismo alternativo de sus nacionalismos. Después de España, tuvieron hasta en la sopa a sus Españitas, como las llamaba inolvidablemente el ácrata Agustín García Calvo. Pero fuera de esas regiones atosigantes: ¡qué dulzura! De esa dulzura ya pasada tendremos que alimentarnos el resto de nuestra vida... Una vida que se presenta políticamente atosigante también.

Me acuerdo con frecuencia de una anotación mía de 1991, que documenta aquel descanso. Pertenece a mi diario Oficio pasajero, que aún no he querido publicar. Yo andaba estudiando unas oposiciones de Literatura y escribí esto: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo –si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas)”.

Aquello era vida: andar abatido y sumido en la “zozobra de la voluntad”, pero sin presión patriótica. Qué ligereza se percibe ahora. Y exactamente dulzura. El “tema de España” sonaba a chino: estaba resuelto. Ni un roce cotidiano. Ahora se percibe también lo que había de dejadez, y quizá irresponsabilidad, en ello: ¡pero que nos quiten lo no patrioteado! La conclusión es melancólica a tope: aquel lujo era insostenible. Por nuestra ausencia de bandera se colaron –y con cuánta pesadez, algunas chorreando sangre– las otras banderas. Parece que el ser humano, animalito, no puede estar sin bandera: si atenúa elegantemente la suya, lo aplastan con otras. Parece que hay que ser patriota de algún modo, en legítima defensa; me refiero a un patriotismo más caliente que el constitucional. Aunque a algunos nos pilla ya muy viejos.

Los nacionalistas vascos y catalanes, y nuestros populistas, querían un espejo y ya lo tienen: Vox. Pero deben seguir trabajando, hasta que Vox haya cometido, si las comete, algunas de las aberraciones ultraderechistas (¡o ultraizquierdistas!) que todos ellos han cometido ya. Hasta las heces.

* * *
En El Español.

3.12.18

Elecciones generales: primer asalto

Aunque en estas elecciones andaluzas ha imperado como nunca el tipismo, con una campaña y unos debates a los que solo les ha faltado que los presentase Juan y Medio, el voto ha sido inevitablemente en clave nacional. La inanidad de los candidatos –como dijimos– no solo invitaba a ello, sino que casi lo exigía. Era el único aliciente: o votaba uno en clave nacional, o se quedaba en casa. Muchos andaluces han optado por lo segundo.

Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.

Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).

Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.

La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.

Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.

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En El Español.

30.11.18

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

28.11.18

Leonorismo

Queda descartado, con nuestros republicanos realmente existentes, pensar en una república ahora para España. Pero cuánto nos hubiéramos ahorrado con una república. Sandrine Morel dio una clave en La Térmica: a ojos extranjeros, el encanto de los independentistas catalanes está en que enarbolan la “república”, lo que los emparenta con los republicanos de la guerra civil; asimilando por contraposición a nuestra monarquía con el franquismo. Todo aquel asombro internacional con la transición democrática española parece haberse desprendido, como carne endeble, y queda el hueso anterior: la República y Franco. Y a España le toca ser Franco (¡Francoland!) si los independentistas son la República. ¿Cómo deshacer este endiablado engendro? Si hasta muchos españoles –muchos ‘cotarelos’– lo promocionan...

Cansa repetir otra vez que nuestra monarquía parlamentaria representa más los valores republicanos que los independentistas y los ‘cotarelos’, quienes en esencia están más próximos a Franco, en tanto que nacionalistas y antiliberales; o que el discurso del rey fue democráticamente impecable contra (¡sí!) los golpistas. Pero a este cansancio se le une el de la poca ejemplaridad del emérito, que nos recuerda que la monarquía, aunque sea parlamentaria, se la juega con cada heredero, con cada monarca y exmonarca... Entre una cosa y la otra, los republicanos que aceptamos sin problema la monarquía estamos bastante cansados. Bregando con unos y con otros, sin descanso.

Pero hoy he querido echarme, al menos mentalmente. Y pienso en una república ya para España. Una república que fuese no el régimen sectario que pretenden algunos, sino una democracia para todos: como la monarquía que tenemos. Sería bonito, después de todo, dejarlo aquí: con Leonor a las puertas. Una reina rubia incumplida, perfecta ya para siempre; con un reinado sin errores, porque nunca ocurrió. Surgiría entonces, seguramente, un anhelo de felicidad no vivida, de felicidad posible, siempre futura; una posibilidad infinita, jamás manchada por las contingencias de su realización. Tendríamos un leonorismo como los portugueses tienen su sebastianismo.

Sería, sí, la jugada perfecta. Ojalá viniese esa república ya. Por ella misma –por su política concreta, por su prosaísmo civil, racionalista– y por la emanación luminosa del leonorismo, que sería una especie de manto que la protegiera. Las ventajas serían incalculables, tanto en el orden de la realidad como en el de la fantasía, y cada cual tendría donde acogerse (los más esteticistas, jugando a súbditos de la reina imposible). Pero por encimísima de todo, gozaríamos del bendito silencio: el fin (¡por fin!) de la turra de nuestros “republicanos”.

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En The Objective.

26.11.18

Paradojas andaluzas

El hecho de ser un descastado me protege un poco de la política andaluza. Pero solo un poco: también me afecta, como a todo andaluz. Simplemente intento que no me abrase, o que lo haga por la espalda. A las elecciones les temo como a un nublao, porque me quedo sin excusa. No tengo más remedio que ponerme. El lunes pasado me vi por profesionalidad el debate de Canal Sur y mi conclusión fue que la profesionalidad no está pagada. De ahí el mérito impagable de amigos periodistas como Carlos Mármol, Berta González de Vega, Agustín Rivera, Teodoro León Gross, Rafael Porras, Ignacio Martínez o el siempre añorado Félix Bayón, que sacaba oro del erial.

El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.

El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).

Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.

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En El Español.

19.11.18

Rosalía destruye vuestro mundo

Me he subido al carro del rosaliísmo con un desparpajo que no es normal. Ya se había subido antes que yo toda España, y todo el mundo, pero las masas no me estorban. Estoy hechizado con el fenómeno de Rosalía y en ese fenómeno están las masas. Otra cosa es que yo ahora, con la euforia, me ponga el primero. Hay, sí, euforia: y celebración, admiración, asombro. ¡Todo está siendo más bello que la Victoria de Samotracia!

Para esta columna la alegría debe ser en parte política. Cuando un número indecente de sus conciudadanos catalanes se estaban dedicando a lo más bajo, que es el nacionalismo, ella se dedicaba a lo más alto, que es el arte. Los testimonios hablan de su esfuerzo de años, de su entrega; de su trabajo a partir de su talento. Estaba consagrada a su obra, y esta obra –dicen los entendidos– es una genialidad. Yo, que no entiendo, estoy convencido. Me he dejado convencer también con desparpajo.

Es que el asunto da un morbo tremendo. La Cataluña que los nacionalistas pretenden aplastar de pronto florece en una artista apabullante. Una artista que canta en español y que utiliza elementos típicamente españoles (un tipismo que hoy es una provocación): el flamenco, los toros, los nazarenos... Naturalmente, propulsándolos mucho más allá de su cepo identitario, mezclándolos con influencias internacionales y trayéndolo todo a la punta del tiempo. Por este lado también han protestado los otros puristas: los del casticismo flamenco, gitano, andaluz o español.

Puestos a decir estupendidades, diré una que como andaluz puedo permitirme: hay más respeto por Andalucía en un “quiyo” de Rosalía que en la programación completa de Canal Sur en todos los años de su achicharrante historia. (Y que en toda la campaña electoral autonómica que nos espera, con unos primeros días ya difíciles de batir).

Pero la diversión está, como casi siempre últimamente, en el independentismo. No sabe cómo digerir a Rosalía. Uno le afea que no dijera nada de los presos al recoger sus dos Grammys y dice que lo suyo no es “cultura catalana”. Otro, el mismísimo preso Junqueras, la felicita y enlaza una columna en el que se dice que lo suyo sí es “cultura catalana”. La columna es de la escritora y diputada de ERC Jenn Díaz, que –atrapada en las trampas de la fe– defiende aquello contra lo que milita. Un tal Gat Negre no tarda en llamarla al orden: “Català és tot aquell que lluita per la independència de Catalunya, parli com parli”. Pero la pieza más estrambótica es el artículo que considera un triunfo que Rosalía eludiera pronunciarse explícitamente sobre el procés. Como si no les hicieran la vida imposible a los que osan, si es en la mala dirección...

Ella no quiere entrar en polémica y hace bien. No debe enfangarse (para eso ya estamos los columnistas, que nos la apropiamos). Pero lo que Rosalía representa va contra lo que va y no contra lo otro. Su manera de ser catalana, plural, diversa, bilingüe, sin comunión patriótica, compatible con ser española, destruye el mundo nacionalista. Me he acordado por esto del Luis Cernuda de Los placeres prohibidos: “Abajo, estatuas anónimas, / Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; / Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo”. También por el puro esplendor de Rosalía.

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En El Español.

18.11.18

Activa mente

Hace cinco años, en junio de 2013, publiqué en Jot Down el artículo "Una oda de Ricardo Reis". (También aquí). En él daba cuenta del descubrimiento que hice de la corrección en un poema de ese heterónimo pessoano: donde siempre se había publicado "altiva mente" resulta que debía ser "activa mente".



Ahora he visto publicada por primera vez la corrección. En el libro Yo soy una antología. 136 autores ficticios (Pre-Textos):



Aparece aquí:



Y aquí una nota sobre las correcciones en las odas de Ricardo Reis:



(19.11.18) Veo que la edición original del libro en portugués, Eu sou uma antologia. 136 autores fictícios (Tinta da China) se publicó en noviembre de 2013. (Y la edición de bolsillo en mayo de 2016).

14.11.18

Viva el señor don Cristóbal

La retirada en Los Ángeles de la estatua de Cristóbal Colón me ha producido un desagrado no patriótico, ciertamente, sino filosófico, existencial. Una náusea. Ha sido otra manifestación de nihilismo, de individuos que no aprecian su existencia. Los ufanos derribaestatuas no estarían ahí sin Colón. Derribaban una de sus condiciones de posibilidad, quedándose colgados en un limbo obsceno, como fantasmas. No solo avanza el nihilismo: también la necedad. Revestida de puritanismo, como viene siendo costumbre.

Una pesadez, una tristeza, lo está aplastando todo. La vida asusta. Y por lo tanto asusta la historia. Las salvajadas que nos han conducido hasta aquí. No soportamos la carga de materia y sangre que arrastramos, la carga puramente carnal, descarnada. Quisiéramos ser ángeles, y rebañamos aquello de donde venimos, arrasándolo. Nosotros somos los genocidas: los genocidas de quienes nos precedieron.

Frente a esta mentalidad torturada, tan peñaza, qué alivio reencontrarse con la alegría de una canción como “Las tres carabelas” de Augusto Algueró, que los tropicalistas convirtieron en pepsicola, o colacola: la chispa misma de la vida. Me despedí de Brasil, pero ya vuelvo (¡la pasión tira!). Pónganse las “Três caravelas” de Caetano Veloso y Gilberto Gil, con los arreglos jocosos del maestro Duprat, y seguimos.



El “navegante atrevido” que “salió de Palos un día” fue “hacia la tierra cubana”. Y dice luego la canción, deliciosa, guasonamente: “Mira tú qué cosas pasan / que algunos años después / en esta tierra cubana / yo encontré a mi querer”. Acontecimiento ante el que no puede sino exclamar: “Viva el señor don Cristóbal, / que viva la patria mía, / vivan las tres carabelas: / la Pinta, la Niña y la Santa María”.

La felicidad personal, el amor (¡el amor fati!), como aceptación (no necesariamente justificación) de la historia; de la propia biografía y de la historia en su totalidad: no cabe mayor muestra de antinihilismo. La afirmación de la vida, como quería Nietzsche, sin rechazar lo desagradable, lo doloroso, lo oscuro. La afirmación de la vida es tan inequívoca, tan incondicional, que lo acoge. No se anda con los melindres de los moralistas.

El tropicalismo era, al fin y al cabo, una deglución: un ejercicio de antropofagia cultural, en la tradición brasileña (la étnica y la vanguardista), que se apropiaba de todo con ánimo dionisíaco. En el añadido en portugués de la canción (además de “viva Cristóvão Colombo / que para nossa alegria / veio com três caravelas...”) dicen: “Muita coisa sucedeu / daquele tempo pra cá: / o Brasil aconteceu. / É o maior que que há?!”. No hay nada más grande, en efecto, que haber llegado a existir. Y para esto era imprescindible todo lo anterior.

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En The Objective.

12.11.18

La frustración del magnicida

En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración. Por grandes que sean sus ambiciones el resultado, aunque consiga llevar a cabo lo que pretendía, será inevitablemente pequeño: no un magnicidio sino, inevitablemente, un pequeñicidio. En algunos casos, incluso, un irrisoricidio.

Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.

Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.

Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.

En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.

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En El Español.

5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

* * *
En El Español.

1.11.18

Lisboa revisitada



"Otra vez vuelvo a verte –Lisboa y Tajo y todo–,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí, como en todas partes".
ÁLVARO DE CAMPOS, Lisbon Revisited

Es el marqués de Pombal, servicial como un mayordomo, el que nos hace pasar a la Lisboa bonita. El taxi que sale de la estación de Sete Rios atraviesa una zona impersonal de la ciudad, con grandes edificios de oficinas que podrían estar en cualquier parte. Pero de pronto aparece la estatua de Pombal y ya sí: la avenida da Liberdade, la praça dos Restauradores, el Rossio, la Baixa... Los sitios que reconoce el que vuelve a visitarla.

Llegamos cuando amanecía, aunque con poca luz: estaba nublado y lloviznaba. La praça do Comércio era muchísimo más espaciosa de como la recordaba de mi anterior viaje. El arco de entrada y la estatua central estaban tapados para su restauración: esto fomentaba la grisura ambiente. En medio había parado un tranvía, cuyas luces, como las de las farolas y las ventanas, se reflejaban en el suelo mojado. Avanzamos hacia la orilla, hasta los dos pilares que acaban en bola, cada una con su gaviota perenne. El agua había subido al último escalón. A lo lejos, el puente 25 de Abril –un trazo japonés en la grisura– parecía una pasarela sobre la nada. Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano. El mesianismo sebastianista dice que el rey volverá en un día de niebla. Será entonces “la Hora”.

Hacia el este del Terreiro do Paço se ven, mirando arriba, las casitas del barrio de Alfama, la catedral y el castillo de São Jorge. Tomamos un café en el embarcadero. Allí, protegidos de la llovizna, hicimos tiempo en un banco, entretenidos con la gente que cada pocos minutos bajaba del ferry, con ajetreo de metro, rumbo a su jornada laboral. Llegó el momento de ir al hotel. Subimos por la rua Augusta hasta la rua da Vitória, que estaba en obras, con la calzada levantada y montones de adoquincitos a los lados. Cuando volvimos a salir, lo hicimos ya con otra actitud. Soltar el equipaje le devuelve a uno la condición de transeúnte sin más, aunque su mirada sea nueva. Ya puede pasear sin lastre, camuflado.

La impresión por la rua Augusta es de dignidad, de elegancia. Predomina un neoclasicismo con gusto que se muestra señorial con los habitantes. Los edificios, con sus buhardillas, le recordaban París a A. Ella vivió allí un año. Paseando más tarde por el Bairro Alto, dijo que el panorama de tejados solo se diferenciaba del parisino en la ausencia de chimeneas.

En las fachadas altas de la Baixa se notaba la corrosión del océano: como el ataque del Atlántico a la ciudad, con afecciones de barco. Lisboa ha sido comparada con un barco; por ejemplo, en Lisboa. Diario de a bordo de José Cardoso Pires (“te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega”). En la librería Bertrand me compré el libro ideal para completar el viaje en casa: la Biografia de Lisboa de Madga Pinheiro, que aún no está en español. Leyendo sobre el terremoto de 1755 caí en que entonces Lisboa experimentó un naufragio, como el de los navegantes portugueses. Fernando Pessoa escribió: “¡Oh mar salado, cuánta de tu sal / son lágrimas de Portugal!”. Al terremoto le siguió un maremoto y los lisboetas que nunca habían navegado vivieron una tempestad también.

Del imperio portugués me seduce la interpretación metafísica de Pessoa en Mensaje. Como si la conquista no fuera de otras tierras, sino del océano infinito: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. La vía del navegante es ascética, mística; su navegación es una prueba: “¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña. / Quien quiere traspasar el Bojador / ha de traspasar el dolor”. Y al final: “Deus ao mar o perigo e o abismo deu, / Mas nele é que espelhou o céu”. Dios le dio al mar el peligro y el abismo, pero fue en él donde reflejó el cielo.

Como si obedeciera justo a esa pauta, el naufragio de la ciudad que constituyó el terremoto tuvo implicaciones filosóficas. Kant se ocupó de él. Y Voltaire, que le dedicó un poema y lo sacó en el Cándido como demostración de que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Según escribió Adorno: “El terremoto de Lisboa fue suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz”. A la larga, la catástrofe produjo una reacción racionalista, ilustrada, con las reformas del marqués de Pombal. Pero los horrores de la destrucción y el fuego, y la iconografía tétrica de las ruinas, supusieron un impulso prerromántico que se extendió a toda Europa.

Como cuenta el arquitecto Juan José Vázquez Avellaneda en Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa, el terremoto se sintió en muchos lugares de fuera de Portugal, entre ellos Sevilla. Las vibraciones hicieron sonar las campanas de la Giralda y, según se consignó en su momento, hubo varios derrumbes en la ciudad que mataron a seis personas. En Lisboa los muertos fueron como mínimo quince mil (algunas cuentas dan más del doble). El epicentro estuvo en el Atlántico, casi a medio camino entre Lisboa y la africana Alcazarquivir, donde tuvo lugar el anterior gran desastre portugués: la batalla de 1578 donde desapareció el rey don Sebastián, con nuestro Francisco de Aldana, militar y poeta.

En Biografia de Lisboa se narra así: “La flota partió para Marruecos con el objetivo de tomar Larache. La ciudad de Lisboa quedó a la espera, pues el viaje no era muy largo. La noticia de la derrota total de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578, no llegó a Lisboa hasta el 12. Menos de cien portugueses habían logrado llegar a Arzila. Se hablaba también de la muerte del rey. [...] Lisboa estaba inquieta. [...] Los hombres parecían aturdidos y las mujeres lloraban. Habían perdido al rey, a sus maridos, a sus hijos y a sus parientes, además de los bienes que todos ellos se habían llevado a la expedición. En Lisboa no había casi nadie sin algún vínculo con la empresa. [...] Las pérdidas afectaban a las distintas clases sociales. Los comerciantes habían prestado dinero al rey y a los nobles para el equipamiento. Los soldados más pobres habían partido para ganar dinero. Las mujeres de la nobleza lloraban en sus palacios y las otras en las calles. Los nobles recriminaban al rey o a los que le habían dejado partir”. De esta angustia nació el anhelo de que el rey volviera.

En 2008 viví unos meses en Arzila (Asilah), que está cerca de Alcazarquivir. Don Sebastián y sus tropas habían desembarcado en Tánger, pero el capitán Aldana y los soldados castellanos que iban a unirse al rey portugués desembarcaron en Asilah. Los taxis de Marruecos son viejos mercedes de color crema: en ellos se va de Tánger a Asilah, en ellos se puede viajar a Alcazarquivir. En Lisboa hay bastantes. Cada vez que cruzaba uno pensaba que eran avisos, recordatorios de la gran derrota, que solo yo, como una especie de visionario del pasado, percibía.

Por el elevador de Santa Justa subimos al convento do Carmo, a sus ruinas que no se reconstruyeron tras el terremoto. Desde allí arriba, y luego desde el mirador de São Pedro de Alcântara, contemplamos la ciudad. Hermosa, no blanca sino rojiza, colorida. Como desde los demás miradores a que nos asomamos en los días siguientes: el de Santa Luzia, el de Graça (que ahora tiene el nombre de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen), los del propio castillo de São Jorge, el de Santa Catarina... Este estaba en obras, como si el monstruo Adamastor que allí tiene su estatua se hubiese propagado por el suelo.

En el centro del jardín del Príncipe Real hay un ciprés enorme; no por su altura sino por su copa: veintitrés metros de diámetro. No lo había visto en mi primer viaje, pero me lo recomendó mi amigo Josepepe. Su primer nombre fue jardín de Río de Janeiro; aunque con el cambio no perdió la conexión brasileñista: Príncipe Real se llamaba el barco en que la familia real portuguesa se trasladó a Brasil en 1807, con la invasión napoleónica. En esa explanada se instalaron barracas en la época posterior al terremoto: muchos lisboetas, incluidos los reyes, le tomaron miedo a dormir en edificios sólidos. Y en el siglo XX llegó a haber una biblioteca al pie del ciprés, bajo la techumbre de sus ramas.

Además de la inexcusable Bertrand y de la Fnac, en el Chiado, otras librerías recomendables son Letra Livre (calçada do Combro, 139), Centro Cultural Brasileiro (largo Dr. António de Sousa Macedo, 5) y Fabula Urbis (rua Augusto Rosa, 27). Entramos en otra de viejo de la que no recuerdo el nombre, cerca del cementerio dos Prazeres. Por allí había una parcela de restos geológicos con este cartel: “Esto era mar hace veinte millones de años”.

Un buen sitio para comer es la Casa da Índia (rua do Loreto, 49-51), donde lo mejor es el arroz con marisco acompañado por vinho verde. Abajo, cerca del río, hay un bar delicioso para picar: Sol e Pesca (rua Nova do Carvalho, 44), decorado con cientos de latas de conserva de todo tipo, que son lo que se consume. Cerca, subiendo por la rua do Alecrim, por la que Saramago hacía pasar a Ricardo Reis, hay (en el número 19) un local perfecto para tomar una copa: la Pensão Amor, un antiguo burdel cuyo nombre se invita a leer ahora alternativamente como “Pensa o Amor” [Piensa el Amor]. Es confortable y esteticista como el legendario Pavilhão Chinês del Bairro Alto (rua Dom Pedro V, 89). Por el camino, por las ruas Diário de Notícias y Atalaia, y las circundantes, hay montones de tascas rebosantes de erasmus. En una de ellas se anunciaba el “copo da crise” [vaso de la crisis]: medio litro de cerveza por 1,25 €. Para tomar un chupito por la tarde hay que ir a A Ginjinha (largo São Domingos, 8), donde sirven licor de cerezas, o de guindas, ginjas. Y para desayunar o merendar, A Suiça (praça Dom Pedro IV, 96-104).

Pero Lisboa sobre todo es caminar, subir y bajar cuestas y escaleras, pisar el empedrado, con pasos casi trotes. “Ser lisboeta es un deporte”, dijo A. O traquetearse en el tranvía. Aunque el lisboeta es un deportista sin aspavientos, o un antideportista en realidad. Es un filósofo. Me llamó la atención la cantidad de conversaciones reflexivas que cazaba, cuando pegaba el oído. Como si los portugueses fuesen franceses amables; personajes de película francesa que reflexionan sobre la vida.

Hay un manual para que el turista que lo desee se convierta en un personaje de Pessoa, bajo sus órdenes: Lisboa: lo que el turista debe ver, la guía que Pessoa escribió. Cualquiera puede colocarse bajo el imperativo pessoano y seguir el itinerario que se marca en el libro. Los desencajes de aquella Lisboa con respecto a la actual pueden considerarse recursos literarios. Hay un momento particularmente hermoso: “Nuestro automóvil cruza de nuevo el Rossio, sube por la rua do Carmo, por la rua Garrett (más conocida como Chiado) y, volviendo hacia la rua Ivens...”. Pessoa ha narrado nuestro paso por delante de A Brasileira y no ha visto su estatua. La ha eludido limpiamente, en un ejercicio (tan suyo) de despersonalización.

Si me tuviera que quedar con un momento de esos días, quizá fuese el del anochecer del primero. Estábamos en el Cais do Sodré, mirando desde el muelle cómo el sol se ponía (había salido finalmente el sol) más allá del puente, por la abertura de Belém hacia el Atlántico. Yo llevaba el librito de Mensagem que me había comprado en mi primer viaje a Lisboa y le traduje a A. el poema “Prece” [Oración], del que hay una versión musical de Gilberto Gil que me gusta mucho. Dice la segunda estrofa: “Pero la llama, que la vida creó en nosotros, / si aún hay vida, aún no se ha extinguido. / El frío muerto en cenizas la ocultó: / la mano del viento puede aún erguirla”. Y los dos últimos versos: “Y otra vez conquistemos la Distancia; / la del mar u otra, ¡pero que sea nuestra!”. En un momento dado, empezamos a oír a nuestras espaldas un sonido de maderas y como de resoplidos; parecía alguna máquina del puerto que se había puesto a funcionar. Cuando nos dimos la vuelta, vimos que eran unos remeros entrenando en un aparato colocado en el suelo. Lisboa, de nuevo, como barco.

Durante los días posteriores al viaje sentí un dolor en las rodillas, no del todo desagradable: era un dolorcito vigoroso, una especie de agujetas en los huesos de tanto andar por los empedrados. Como estaba además la sensación de que Lisboa me iba creciendo por dentro tras haberla dejado, pensé que se trataba de un “estirón espiritual”. Las rodillas se abrían para elevarme a una condición mejor: la de lisboeta.

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Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 3, diciembre 2015.
Y en la web de Jot Down (2018).

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PS. Mis fotos de Lisboa (2013): aquí, aquí y aquí.

31.10.18

Bye bye, Brasil

El amor por Brasil se me ha agriado. Veintinueve años tenía: empezó justo en octubre de 1989, cuando me aficioné a las cintas de la colección Personalidade. Fue en la antesala de los 90 y no me enteré de los 90, porque los pasé escuchando música brasileña. Y de ahí pasé al idioma, a la literatura, a las mujeres, a la comida, a la cultura y a Brasil mismo, que conocí en dos largos viajes. Me dicen que aguante, pero no. Mi amor era al país entero y mi rechazo lo es ahora también. Hasta que pase Bolsonaro. (Una cosa es cuando a un pueblo le dan un golpe de Estado y otra cuando es el pueblo el que vota al militarote). Mi amor estaba hecho de placer. Con amarguras solidarias, pero recubiertas enseguida de placer. Ahora el careto irrisorio de Bolsonaro me estropea todo placer posible e imposible.

Tengo amigas brasileñas que han votado a Bolsonaro. No he podido convencerlas de que no. El miedo era, por encima de todo, “Venezuela”. Con el candidato del PT, Haddad, ese miedo era falso. Pero era inútil decirlo: con tantísima tradición petista de abrazos y colegueo con Chávez, Maduro, los Castro... Lo más patético para ellas, y para todos los votantes de Bolsonaro, es que el “Maduro” entre Bolsonaro y Haddad era Bolsonaro. Todo por lo que lo han votado (la segunda razón era “limpiar Brasil”) empeorará. Brasil será peor. Cuando triunfa el populismo todo se va (más) a la mierda. Esto es una ley física, metafísica. Y científica: porque está suficientemente contrastada.

Pero más que el triunfo de Bolsonaro ha sido el fracaso de la pseudoizquierda latinoamericana. Todavía me acuerdo de cuando el PT llamaba fascista al socialdemócrata Cardoso. Si llevaban décadas malversando la palabra “fascista”, ¿qué credibilidad iban a tener ahora que era verdad? Ni un candidato formado, razonable y de centroizquierda como Haddad ha podido hacer nada para salvarse del discurso histórico de su partido y concentrar el apoyo de todos los demócratas brasileños. El miedo a la venezuelización era falso con él; pero quien lo tuviera o lo propagara encontraba elementos para alimentarlo.

Además de la corrupción del sistema y de la brutal desigualdad social (que se ha manifestado en el voto: según el Estadão, Bolsonaro ha ganado en el 97% de las ciudades más ricas y Haddad en el 98% de las pobres), la culpa del apoyo masivo a Bolsonaro la tiene esa pseudoizquierda brasileña equivalente a la nuestra de Podemos. Impresentabilidades como esta de Echenique son las que fabrican bolsonaristas: “El odio de Bolsonaro ha ganado en Brasil con el apoyo de los millonarios y noticias falsas. En España, Bolsonaro es Casado, Rivera y VOX”.

Ahora la única defensa contra Bolsonaro en Brasil es la del Estado de derecho: ese que los Echeniques no contribuyen precisamente a fortalecer. En la medida en que sea fuerte, el estrago de Bolsonaro será menor. De lo contrario, como repetían en Twitter los brasileños, y yo entre ellos: Desordem e retrocesso. Estaré atento y les deseo suerte, pero hasta nueva orden pongo entre paréntesis mi brasileñismo. Bye bye, Brasil.

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En The Objective.

29.10.18

Zumbándole a Sánchez

En una situación política tan grave como la de España, es un desastre la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez y la de Sánchez contra Casado y Rivera, como se vio el pasado miércoles en el Congreso. Tres partidos que deberían estar gobernando en coalición contra los nacionalistas y los populistas –al coste electoral que fuese– se están peleando entre ellos; uno en alianza con los nacionalistas y los populistas. La bajura de miras de nuestros políticos clama al cielo.

A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.

Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.

Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.

Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.

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En El Español.

22.10.18

El albondigón

Encuentro en el libro Benet. La ambición y el estilo (el original homenaje de Rafael García Maldonado a Juan Benet en el veinticinco aniversario de su muerte) que Mercedes Formica llamaba “el Albondigón” a la mezcla de partidos fascistas, tradicionalistas y conservadores que formó Franco para sostenerse. No sé si es porque Sánchez ha ligado ya su nombre al del dictador –y nos acordaremos de Sánchez más que del dictador cada vez que pasemos por los alrededores de la Almudena– por lo que, al leer lo del albondigón, he pensado automáticamente en Sánchez.

En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.

Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.

El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.

Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.

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En El Español.