10.7.18

El sotánico Setién

La muerte de José María Setién, el obispo de ETA, me ha pillado leyendo el Eclesiastés, el libro de la Biblia que dice: "Vanidad de vanidades y todo es vanidad". Ahora también él descansa, sobre todo de sí mismo y de su miseria. Su gran suerte es que no existe su Dios y no deberá rendirle cuentas. La Nada le absuelve, como nos absolverá a todos. En la Tierra deja, eso sí, una memoria pestífera.

Su existencia nos vino bien, por lo demás, a los jóvenes nietzscheanos de la Transición: para reafirmarnos en nuestro nietzscheanismo. Por él vimos cómo la Iglesia podía entremezclarse con el Mal, y ser dulce con los asesinos y amarga con las víctimas; cómo operaba el resentimiento, provocando pequeñez, abortando toda posibilidad de grandeza. Setién fue muy pequeño. Un personaje turbio (¡sotánico!) como los de las novelas y las películas. Plenamente franquista en todo menos en la bandera.

Se va quedando ya atrás en la memoria, pero, como dije sobre Otegi, era insufrible el suplemento de abyección que muchos ofrecían tras cada asesinato. Y lo sufríamos en nuestra casa, sin el desahogo de internet o las columnas, dándonos cabezazos en las paredes, escupiéndole al televisor o despotricando luego con los amigos en los largos paseos junto al mar. Solo unos días después llegaba el alivio de algún articulista que ponía las cosas en su sitio; y ese articulista solía ser Savater.

El anticlericalismo se me ha ido apaciguando con el tiempo, entre otras cosas porque el anticlericalismo programático es también clerical a su manera. Su aplicación automática incurre necesariamente en injusticias. Pero sujetos como Setién lo explicaban. Un clérigo frío, viscoso, despiadado, causante de un dolor objetivo. Pecador de su propia religión, aunque en el pecado llevaría la penitencia.

Descanse en paz. Es decir, ahora que ya no es.

* * *
En The Objective.

9.7.18

El bueno y el feo-malo

Ya no se puede juzgar a las mujeres por su físico, pero por fortuna a los hombres todavía sí. Digo “por fortuna” porque me viene al pelo para hoy, en que en Moncloa se espera un duelo ante todo estético: el guapo Pedro Sánchez vs. el feo Quim Torra. Cualidades que en este caso se acomodan al ideal platónico: la belleza se corresponde con el bien y la fealdad con el mal. Sé que es maniqueo, pero esta es una de esas veces en que la realidad se pone maniquea a tope. Con el 23-F pasó lo mismo.

En El bueno, el feo y el malo se decía solo bueno donde se quería decir también guapo, algo que se mantiene en Sánchez. La fealdad y la maldad se repartían entre dos sujetos, quizá porque los guionistas quisieron hacérselas más llevaderas; en nuestra película, en cambio –tal vez por problemas de producción, o porque la vida es más implacable que el cine–, ambas quedan sintetizadas en uno solo: Torra. Como ya ocurrió en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo en Tarragona, en el encuentro de Moncloa veremos que el supremacista es aquel que intenta llegar con su ceporrismo allí donde no alcanza con su aspecto.

Solo cabe esperar que en el diálogo entre el feo-malo Torra y el guapo Sánchez, este no sea el bueno solo por defecto sino que se comporte verdaderamente bien. Su difícil equilibrio moral (su “funambulismo”, lo ha llamado alguno) quedó evidenciado el viernes cuando la ministra portavoz Isabel Celáa dijo, a propósito del contraste entre la limadura de asperezas del Gobierno con los independentistas y su impugnación ante el Tribunal Constitucional de la moción aprobada en el Parlament el jueves: “Esta impugnación la hacemos en defensa de la Constitución y del Estatut; la legalidad va por un camino y la política por otro”. La última frase es un pelín inquietante, puesto que en un Estado de derecho la política no puede saltarse la legalidad; pero en tanto que el recurso a esta se traduzca también en hechos, habrá esperanza.

La gran novedad aportada por el sanchismo ha sido, no en vano, cosmética: todo es más bonito y moderno que con el PP. Esto es frívolo, y quizá injusto, pero así es como se ve. Si la pasividad de Rajoy dejó en evidencia a los independentistas porque estos se expresaron con plenitud, el buen rollo de Sánchez los dejará aún más en evidencia porque quedarán definitivamente como antipáticos. Siempre que Sánchez sepa cortarles el rollo cuando llegue el momento y no haga concesiones inaceptables. ¡A ver qué pasa hoy!

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En El Español.

2.7.18

¿Exneosanchistas ya?

Por su actitud desapasionada, voluble y dependiente de los hechos, el neosanchismo era uno de esos artefactos con la obsolescencia programada. Yo sabía que su contacto con la realidad sería difícil. Lo que no imaginaba es que todo fuese a ir tan rápido. Una amiga me dijo, por mis críticas a algunas de las primeras medidas del presidente Sánchez: “¿Exneosanchista ya?”. Y sí, los neosanchistas somos ya exneosanchistas. Y algunos estamos al borde del antisanchismo. El timo de la estampita era a nosotros, finalmente. El centro-izquierda en este país: ¡siempre perdiendo!

No había cabos sueltos en la teoría neosanchista. Puesto que Pedro Sánchez era un político vacío, cabía la posibilidad de que fuese rellenado con algo bueno. Le interesaba el poder y su moción de censura fue para conseguirlo, y para conseguir un escaparate electoral. Como el primero en las encuestas era Ciudadanos, decantarse por el centro-izquierda parecía el camino electoralmente ventajoso. Una vez conseguido el poder gracias a los peores votos del Congreso, se trataba de orientarse hacia los mejores. Y si en esta orientación no podía gobernar por la obstrucción de aquellos apoyos iniciales, este fracaso también resultaría beneficioso para las elecciones: los españoles podríamos votar al PSOE para que hiciese la buena política que los malos no le permitían hacer. Pero me temo que sí nos dejamos un cabo suelto: Sánchez. Sin él, la teoría neosanchista tal vez hubiese funcionado.

No creo que el electorado transija con una política no regeneradora, ni con una actitud que no defienda con firmeza el Estado de derecho. Yo pensaba (¡de ahí mi neosanchismo!) que Sánchez estaba al tanto. Pero su comportamiento empieza a ser preocupante en ambos sentidos. Su vergonzoso pacto con Podemos para la presidencia de RTVE, para la que se busca un comisario político (como el que tenía el PP), indica que no se ha enterado de nada.

Más desolador aún es su enjuague con los nacionalistas. Ya veremos si de las palabras pasa a los hechos (al fin y al cabo, cuando el 155 estuvo donde había que estar), pero sus palabras son de momento desoladoras. Y directamente infames cuando culpan al gobierno de Rajoy de la confrontación en Cataluña, y sin afeamiento alguno a los únicos culpables, que son los golpistas. Sánchez dice que él no va a buscar la confrontación. Por desgracia, no asume que se encuentra en la situación de Picasso: él no la ha buscado, no; pero se la ha encontrado. Y soslayar esto no solo es irresponsable, sino también patético.

De nuevo ese adanismo de pseudoizquierda que, en el mejor de los casos, nos hará perder tiempo. Lo bueno es que serán solo dos años. Lo malo, si Sánchez no rectifica, es que se pueden hacer larguísimos.

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En El Español.

27.6.18

Otegi en Twitter

Que Twitter es y será una porquería ya lo sabemos. Discépolo lo clavó, avant la lettre: “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”. Sí, Twitter es un cambalache en el que están, estamos, todos; entre ellos, con mucha voz, los impresentables. Trato de evitarlos, pero me llegan rebotados. No haberlos bloqueado antes es siempre el error.

El que más me irrita (¡me inrita, crucificándome!) es Arnaldo Otegi, miserable donde los haya. Jesús Nieto ya manifestó aquí su molestia, que hago mía. El tipo se siente uno más, con una autoestima del calado de su miseria, y resulta insufrible cuando te caen sus comentarios sobre la actualidad. Siempre de una necedad incomparable; pero aunque fuesen inteligentes: ¿qué nos importa lo que diga un sujeto que suscribió las bombas, los secuestros y los tiros en la nuca?

Me acuerdo de cuando salía en la tele tras cada atentado de ETA, con su cara de piedra pómez; más insensible y siniestro aún que el obispo Setién. Excusando los crímenes, amenazando con ellos, con una retórica babosa y repulsiva. Y ahora ese hombre está entre nosotros. Empuercándonos con su mera presencia. Y muchos dejándose. Muchos, incluso, agasajándole. Esto es lo preocupante, lo deprimente, en realidad: cómo en ciertos sectores han decidido incorporarlo.

El último mojón suyo que me ha caído es el que soltó cuando dejaron en libertad provisional a los de La Manada: “Nuestro pueblo no se merece vivir en un Estado que ampare agresiones contra las mujeres”. Ya se le recordó el mimo con que su ETA trató a las mujeres. Aunque no habría ni que habérselo recordado.

El único asunto aquí es el de la psicopatía ideológica. Espontáneamente tiendo a descartar el cinismo, incluso en Otegi. No me parece que Otegi sea cínico, sino algo peor: un tipo auténtico en su vileza. Un psicópata ideológico para el que lo que existe es una ideología abstracta, desligada del mundo y de los hombres (¡y las mujeres!). Una ideología que utilizará el crimen cuando lo considere necesario. Y esto no es algo que vaya a pasar, sino que ya pasó. Otegi estuvo ahí. Y ahora está, abyectamente, entre nosotros.

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En The Objective.

25.6.18

El bisturí de Gascón

El mejor libro sobre el procés es El golpe posmoderno de Daniel Gascón (Debate). No los he leído todos, ni falta que hace: hay libros cuya excelencia invita a este tipo de afirmaciones; se proyecta sobre los no leídos, que ya solo pueden aspirar a ser igual de buenos. Aunque El golpe posmoderno se publicó hace dos meses, cobra aún más vigencia en estos días en que el nuevo Gobierno (¡qué poco nos ha durado la alegría a los neosanchistas!) parece querer dar el procés por no sucedido. Pero el procés sucedió, y en este libro quedará para la historia. Y para la vergüenza de sus ejecutores.

Gascón, autor también de varios libros de cuentos y una novela, ha sido uno de los analistas más agudos de estos meses, desde la revista cuya edición española dirige, Letras Libres. Se ha consagrado el estilo articulístico que venía practicando en los últimos años: una suerte de editorialismo con swing; o auctoritas con encanto. Sus reflexiones, sobrias, equilibradas, apoyadas en datos al modo anglosajón, combinan la elegancia con la determinación por decir la verdad, sin componendas. Hace lo que su maestro Christopher Hitchens recomendaba, según citamos el pasado lunes: trazar una línea cuando es necesario. Su equilibrio no es equidistancia.

Los que tenemos la suerte de conocerlo apreciamos en Gascón una cualidad poco común: su capacidad para escuchar. Y no solo escucha (¡debe de ser el único español que escucha!), sino que únicamente escucha. Recuerdo una noche de copas en Madrid en que estábamos con él cuatro o cinco columnistas. Todos epatando con nuestras brillanteces, pugnando por acaparar la palabra. Cuando él iba a decir algo, se le quitaba la palabra también; pero, a diferencia de nosotros, no forcejeaba, sino que se quedaba escuchando. Como si estuviese aprendiendo. Así una y otra vez. Luego se va a su casa y con lo escuchado y lo pensado escribe unos artículos en que se ve que es el que más sabe.

El bisturí de Gascón está en su plenitud en El golpe posmoderno, que es una disección escueta pero exhaustiva. Su precisión, más que la de una intervención quirúrgica, es la del crimen perfecto. En sus páginas trata de reflexionar a partir del estupor que enuncia al principio: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Lo sucedido en los últimos meses de 2017 fue “un curso de política en tiempo real, un experimento en el que se debatía quién tiene la autoridad legítima y en el cual se enfrentaban dos concepciones de la democracia: una liberal pluralista, la otra iliberal y plebiscitaria. Una apelaba a la división de poderes; la otra, a la voluntad general de 'un solo pueblo’”. La singularidad está en ese carácter posmoderno del golpe, en sus componentes narcisistas, emotivos y de diseño, en la unanimidad de las falsedades, en la ausencia de “violencia física explícita”.

El subtítulo del libro, 15 lecciones para el futuro de la democracia, avanza la amplitud de su punto de vista: a partir de los acontecimientos de Cataluña –cuyo relato al hilo del análisis compone una crónica vibrante–, Gascón saca conclusiones o plantea preguntas de alcance global. Al fin y al cabo, la intentona golpista del independentismo catalán se inserta en este momento histérico de la historia.

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En El Español.

21.6.18

Y ahora, lo importante

Esta es mi recomendación entre las "Lecturas para el verano" que ha recopilado Ana Laya en The Objective:

Beatriz Navas Valdés
Y ahora, lo importante
Caballo de Troya (2018)


Un libro impresionante y delicioso, ligero, sencillo, sin pretensiones, pero que contiene una época y está ligado a la vida. Son los diarios de una chica madrileña de catorce años en 1992 (y en la parte final de quince en 1993; más un epílogo escrito en 2017): una chica deslumbrantemente lista que vive con intensidad (la intensidad que da la adolescencia) y sabe contarlo, con reflexiones al paso. Tuvo el acierto de ir copiando cada día las noticias de prensa más importantes, lo que ofrece un contexto público de su vida privada. El resultado es encantador, emocionante y admirable. Sociológicamente tiene además interés porque, como ha dicho la autora en una entrevista, “fuimos la última generación de adolescentes para la que el mundo estaba en la calle”.

20.6.18

Duelo de empoderadas

Lo dejamos ayer en que Feijóo había tomado al fin la decisión de decidirse y su decisión ha sido la más cobardona; o sea, tal como está el patio pepero, la mejor. Se quedará en el terruño, dedicado a sus labores regionales. Los nuevos hombres somos así: somos nosotros los aquejados por el síndrome de la vicepresidenta, mientras las mujeres de nuestro alrededor salen a dar la batalla. En el caso de las mujeres del PP, a muerte, encarnizadamente, sin piedad. Puede que la sangre salpique hasta las rías.

En Twitter, donde gustan las peleas más que en el pueblo irlandés de ‘El hombre tranquilo’, todo es expectación y saliveo ante el próximo congreso del PP. Aunque la pelea no va a ser naif como en la película de Ford, sino que va a parecer una de Tarantino. ‘Kill Bill’, concretamente. Nos vamos a enterar de lo que son dos mujeres empoderadas luchando por el poder.

Los que están en el tomate saben que la enemistad feroz entre Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal (¡qué dos nombres de novela decimonónica!) ha articulado la política del PP, y por extensión la política nacional, en los últimos años. Pero ha sido una enemistad soterrada, que quizá –descontando algunas imágenes en que se las veía un poco tensas– no hubiésemos percibido sin la indicación de analistas y tertulianos. Ahora esa enemistad sale a la palestra y nos vamos a enterar. Después de haber presentado sus candidaturas, ambas le han quitado hierro al duelo. O sea, que van a matarse.

No sé si esta hegeliana lucha a muerte terminará beneficiando a alguno de los hombres (como el joven Casado) que pasaban por allí... pero en el planteamiento las fuertes son ellas y ellos unos alfeñiques. El problema es que, como escribe Berta González de Vega (¡otro nombre a la par!), eso no contará para el feminismo sectario, que no toma a las mujeres en conjunto sino que distingue entre buenas y malas. (Lo de siempre, vamos: solo que ahora el juicio moral no lo da la Iglesia sino la ideología, la verdadera religión actual).

Nuestro torturado imaginario –en parte real, en parte ficticio– dice que las mujeres, cuando se ponen, son más crueles que los hombres. Parte del morbo ante el duelo entre Sáenz de Santamaría y Cospedal viene de ahí. No podemos evitar que ese imaginario nos afecte, y aun nos arrastre a no perdernos ni un tic del duelo. Pero en la página fría hay que resaltar lo importante: dos mujeres van a competir por la presidencia de uno de los dos grandes partidos de España, y puede que una de ellas por la presidencia del gobierno en el futuro.

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En The Objective.

19.6.18

Pablo Casado sale de la cuna

Parece que Pablo Casado, al verse tan joven y guaperas como Sánchez, se ha dicho: “¿Por qué no me hago un Sánchez?”. Y ha procedido. Falta comprobar si la suerte también premia a los audaces en el PP. Por lo pronto, está claro que ha llegado la hora del cambio generacional en todo el espectro político. Los insultantemente jóvenes se han propuesto destapar el tapón.

La presentación de su candidatura ha tenido algo de anti-Rajoy y anti-Feijóo: ha dicho un sí inequívoco (“yo sí quiero presidir el PP”) que deja en evidencia a los dos titubeantes gallegos, quienes encarnan el tópico como si hiciesen de ello una cuestión personal. Pero este súbito brote de personalidad en Casado no ha dejado de resultar sorprendente, porque hasta ahora era un chico de partido, cuya cara joven ponían justo para preservar la de los viejos, a modo de cortafuegos de la corrupción.

La juventud de Casado es insultante también en eso: no es corrupto, siquiera sea porque no le ha dado tiempo. Solo tiene lo de los estudios, que no es lo ideal pero al menos encaja en la órbita juvenil. Quizá el que se apresurara a decirlo cuando pillaron a Cifuentes le salve, porque ya estamos casi en la mentalidad norteamericana de primar la confesión sobre las acciones. Aunque quién sabe si habrá por ahí algún vídeo del chico Casado robando golosinas...

Pensando en él ya como posible líder, la verdad es que está en la gama de Sánchez y Rivera. Guapos con percha. Al lado de ellos, Iglesias sí que podrá representar algo distinto, más en la línea del españolito tradicional. Aunque Casado tiene un toque singular: su aspecto es el de los chicos de derechas que se ven por Madrid. Si bien, como buen madrileño, no nació en Madrid sino en otro sitio (Palencia). Y hasta tuvo la cortesía de hacerlo antes del golpe del 23-F (exactamente veintidós días antes), brindándoles así la oportunidad a sus rivales de la izquierda antifranquista de insinuar que estuvo implicado en la conspiración.

En la puerta de Génova, tras su sí asertivo, ha dicho que estos últimos años ha estado dando explicaciones por corruptos del PP (“traidores”, los ha llamado) a los que no ha conocido. Y eso ha sido, como suele decirse, ciertamente un “marrón”. Me he acordado del soneto de Quevedo “La vida empieza en lágrimas y caca…”. Casado ha debido de considerar que ya iba siendo tiempo de salir de esa complicada cuna.

Queda por saber si su decisión lo empujará a él mismo o si servirá solo para empujar a Feijóo, de quien mientras escribo estas líneas dicen que al fin ha tomado la decisión de decidirse.

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En The Objective.

18.6.18

Toda la razón

Uno de los aspectos del procés, que no se ha resaltado, es que los independentistas nos han puesto a los que nos oponemos a ellos en una situación muy violenta: la de tener toda la razón. No es mérito nuestro, sino de ellos: por ellos, por su entrega a la mentira y a la irracionalidad, tenemos toda la razón.

Es algo que no ocurre casi nunca en nuestro mundo ambiguo, ni en el casi siempre relativizable tráfico intelectual. Estamos educados en el pensamiento crítico, nos mantenemos alerta sobre nuestros sesgos, guardamos en el trasfondo una reserva de que lo que decimos pueda estar equivocado. Y esto nos ocurre incluso a quienes disfrutamos con la retórica de la contundencia: de la que reconocemos ante todo que es una retórica.

Es impresionante, pero esto de tener toda la razón quema como la locura. No estamos acostumbrados y es difícil de manejar. Abruma. Por eso es una situación violenta; y embarazosa. No es extraño que muchos quieran escapar de aquí.

Pienso, por ejemplo, en los que firmaron el último manifiesto equidistante. Entre ellos estaba la nueva responsable de Opinión de El País, Máriam Martínez-Bascuñán. Hace unos meses nos contó a unos cuantos en Málaga, cuando vino al Aula de Pensamiento Político que dirige Manuel Arias Maldonado, que la brevedad de sus columnas la obligaba a una concentración verbal que resultaba más asertiva de lo que le gustaría. Ese rechazo de la asertividad es un rasgo saludable... salvo que, para poder ejercerse, postule una equivalencia entre dos bandos que no son equivalentes.

En el caso del procés, los equidistantes que no son independentistas tratan de restaurar un paisaje racional que es ilusorio: postulándoles una razón a aquellos que no la tienen, porque la han perdido. Daniel Gascón recuerda en El golpe posmoderno que para Christopher Hitchens “la tarea del intelectual es mostrar la complejidad de las cosas, atender a la gama de grises”, pero que hay casos en que debe consistir “en trazar una línea entre los grises, en hacer distinciones esenciales y sencillas”.

A los que estamos contra los independentistas nos ha caído toda la razón, y nuestra responsabilidad es asumirlo. La experiencia, además de embarazosa y violenta, es sumamente desagradable. Hemos sido devueltos a una situación antigua. Nos hace parecer energúmenos, tan cargados de certeza. Pero al final es el mejor favor que les podemos hacer también a ellos. Los delirantes no necesitan consentimiento de su delirio, sino una frontera de racionalidad.

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En El Español.

16.6.18

Inspiración para leer

Leo mucho ahora. Llevo dos años leyendo mucho. Pero ni aun así soy un buen lector. Con los libros que no me gustan, sencillamente no puedo; y con los que me gustan, debo esperar el momento adecuado. Soy un lector perezoso, esquivo, fácilmente derrotable. Siempre he necesitado inspiración para leer.

El caso más llamativo es el de esos autores que sabía que me iban a gustar pero para los que no encontraba el momento. Hubo años de demora hasta que me entregué a su lectura. Me ha pasado con algunos de mis favoritos: Bernhard, Jünger, Proust, Montaigne.

Con Bernhard me pasé años leyendo solo el principio de Tala y de Hormigón. Me divertían enormemente, pero algo me impedía avanzar. Leía una o dos páginas y los dejaba. Meses después volvía a abrirlos, leía esas mismas páginas y me volvía a interrumpir. A la vez, algo me decía que Bernhard era mi autor e iba acumulando sus libros. Era quizá la fabricación, medio involuntaria, de un destino. Aquí conté cómo se desató. Me tuve que ir unos meses a Ibiza por trabajo y le presté a un amigo mi apartamento de Madrid. Entre las lecturas me llevé Hormigón, solo porque transcurría en parte en Baleares (en Palma). Y al fin llegó el momento: lo leí entero y quise más. Telefoneé a mi amigo para que me mandase todos los libros de Bernhard que tenía en el apartamento, un montón. Y ya no paré hasta que leí a Bernhard completo.

La fiebre por Jünger fue anterior. Me compré Radiaciones en cuanto se publicó en España, por mi afición al género de los diarios. Pero cada vez que lo empezaba me empantanaba en la lectura. La primera sección, “Jardines y carreteras”, en que Jünger cuenta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en su pueblecito alemán y su avance por la campiña francesa en la retaguardia del ejército, me aburría. Lo empezaba una y otra vez, y una y otra vez lo abandonaba. Algo, sin embargo, me hacía insistir. Esto es lo significativo. En uno de mis intentos, tomé la resolución de empezar por la sección segunda, “Primer diario de París”. Y ahí se produjo el clic. La primera anotación (18-II-1941) empieza así: “Antes de las primeras luces del alba llegada al descargadero de la estación de Avesnes, donde fui despertado mientras dormía profundamente”. Luego cuenta un sueño, que termina con esta imagen prodigiosa: “Junto a uno de aquellos campos, que estaba cubierto de un espeso sembrado verde, veía a mi madre, que estaba aguardándome; era una mujer joven, maravillosa. Yo me sentaba a su lado y cuando me cansaba ella tiraba de aquel campo como si fuera una manta verde y nos cubría con él”. Jünger concluye: “El cuadro visto en este sueño me ha llenado de dicha y ha estado proporcionándome calor mucho tiempo, mientras de pie en la fría rampa de descarga dirigía las operaciones”.

A partir de ahí leí entusiasmado el libro hasta el final, y cuando lo acabé volví a la sección que me había saltado, que me entusiasmó también. Luego adquirí más libros de Jünger –el siguiente fue La emboscadura– y me pasé meses leyendo a Jünger. Pero hay algo interesante, de lo que me he dado cuenta hace poco. La lectura de Radiaciones la hice en agosto. Y aquel diciembre escribí esto: “Conforme pasan los meses crece en mí el influjo de los diarios de Jünger, que leí este verano. A veces recuerdo pasajes concretos, pero casi siempre es un tono general el que me asiste. En estos tiempos en que suelo tener poca memoria, me sorprende este sabor que se niega a retirarse del paladar. Se trata exactamente de una presencia. Desde que leí Radiaciones noto que un calor me acompaña. Es de esas lecturas que dejan poso”.

Lo interesante es que cuando hice esta anotación me había olvidado de que la idea es la misma de aquella primera de Jünger que me gustó, la del sueño que estuvo proporcionándole calor durante las frías operaciones en el descargadero. Solo he caído al repasarla recientemente. De manera que el propio Jünger introdujo subliminalmente en mí esa noción de calor, que contagió luego mi lectura. Es maravilloso, por cuanto que Jünger tiene fama de autor frío.

Y la idea vale para toda lectura lograda, que es siempre un calor. Acuden ahora los versos de Gil de Biedma sobre su infancia, que podrían ser también un emblema de la lectura (la infancia recuperada, al cabo): “De mi pequeño reino afortunado / me quedó esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito”. Todo libro es una estufa. Solo que, en mi caso, no prende a veces.

Cuando la obra es larga, se trata solo de que uno no se ve con la fuerza de persistir. La subjetividad que se sabe inestable se siente abrumada ante las semanas o meses que debería mantenerse en el tono que le exige un libro. La obra larga prototípica es En busca del tiempo perdido, que durante muchísimos años aplacé. Llegué a leer dos veces el primer tomo entero, y decenas de veces las sesenta primeras páginas, hasta la magdalena. Todas esas veces fueron, naturalmente, intentos de leer entera la obra de Proust que se atascaron ahí. Hasta que hace dos años lo conseguí. Y ese logro, esa dedicación de meses, ha desatado mi pulsión lectora actual.

La siguiente lectura larga fue Los ensayos de Montaigne. Pero en vez de zambullirme como en la Recherche, me hice un cronograma para leerla poco a poco durante todo un año, a unas cuantas páginas por día. Fue un año feliz, pero el procedimiento, que es cómodo, desmenuza la obra de tal modo que esta queda muy diluida. Así me encuentro con que de Los ensayos conservo la memoria de una cotidianidad ligera, casi volátil, mientras que la Recherche constituyó toda una experiencia: fue una vivencia más arraigada.

Con las lecturas largas se pretende en el fondo eso: una transformación. Y el miedo a meterse en ellas es el miedo a la transformación.

Aunque el libro que más me ha transformado curiosamente no lo he leído. Se trata del Libro del desasosiego de Pessoa, que lleva treinta años transformándome y que estoy leyendo ahora por primera vez. Esto es una confesión, que sorprenderá a los que me siguen, porque es un libro del que he hablado (y hasta escrito) mucho. Pero solo he leído de él páginas sueltas. La primera vez que me encontré con la prosa de Pessoa fue en el suplemento literario de El País, que ofrecía una muestra de la traducción de Ángel Crespo cuando el Libro se publicó en España. Me supuso una conmoción: yo no sabía que se podía escribir así. Me lo compré (la preciosa edición de Seix Barral con el cuadro de Almada Negreiros en portada) y me pasé años leyéndolo por aquí y por allá. Solo pasajes, pero con una intensidad abrumadora. Eran como una esencia que se expandía por mi vida entera, determinándola. Ahora, como digo, me he puesto al fin a leer el libro completo, en orden. Lo estoy disfrutando, pero me doy cuenta de que no era necesario: ya lo había leído, aunque hubiese leído solo unas pocas páginas.

Nada hay comparable a la pasión por un autor, que te tiene leyéndolo durante una temporada, de manera insistente y febril. Yo la he tenido entre otros, incluyendo a los mencionados, por Agatha Christie (que fue la primera), Savater, Nietzsche, Cernuda, Cavafis, Cioran, Baudelaire, Breton, Antonio Machado, Petrarca, Borges, Vargas Llosa, Octavio Paz, Luis Antonio de Villena, García Martín, Muñoz Molina, José María Álvarez, Javier Marías, Shakespeare, Cervantes, Gil de Biedma, Valente, Gimferrer, Azúa, Clarice Lispector, Emily Dickinson, Bryce Echenique, Auster, Safranski, Trías, Trapiello, Eliot, Poe, Conrad, Piglia... Esta pequeña lista es también la de mis límites, porque hay autores (¡demasiados!) a los que no he leído o he leído poco, solo uno o dos libros, muchos de ellos clásicos imprescindibles: Kafka, Nabokov, Faulkner, Virginia Woolf, Jane Austen, Dickens, Dostoievski, Tolstoi, Musil, Broch, Galdós, Benet, Ferlosio, Eça de Queiroz, Guimarães Rosa, Henry James... Al ver sus nombres hay culpa, por supuesto: ¿qué hago leyendo a otros en vez de leerlos a ellos?

Pero es una culpa que se disuelve en la vida, porque uno termina leyendo lo que tiene que leer, en el momento en que la vida lo pide. Eludo también el peligro de la exhaustividad: no terminan de convencerme aquellos que lo han leído todo. El requisito de la inspiración es en parte una coartada de mi pereza lectora, de un cierto acomodamiento; pero también es la garantía de que mis lecturas responden al menos a una necesidad vital: son, o pretenden ser, lecturas vivas.

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Publicado en el trimestal Jot Down nº 22, especial Bibliofilia.

14.6.18

Jot Down 23

Ha salido el trimestral nº 23 de Jot Down, especial Underground, donde colaboro con el artículo "La vida escandalosa de Luis Antonio de Villena", que empieza así:
¿Underground Luis Antonio de Villena? Sí, y quizá sea nuestro último, nuestro único escritor underground, genuinamente underground. Aunque el suyo sería un underground particular: dandístico, decadente, esteticista, hedonista, paganizante, aristocratizante... Un underground excéntrico para el propio underground; un underground del underground, pero por encima.
La revista se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.6.18

PPP

Con el nuevo Gobierno, rutilante, entusiasmante (adorable adjetivo que empleaban los socialistas en los fastos de 1992), ¡qué viejos se han quedado el PP y Podemos! Y qué nitidísimamente se ve ahora cómo se necesitaban el uno al otro. Ya se sabía, pero la novedad es esa: la nitidez con que se percibe.

Reconozco que lo que he llamado “dulce interregno socialdemócrata” se irá deshaciendo en la medida en que este Gobierno perfecto que aún no ha hecho nada (y perfecto porque aún no ha hecho nada) empiece a hacer cosas: la perfección no puede trasladarse del terreno de la ilusión al de la realidad. Pero lo incuestionable, de momento, es el nuevo régimen de percepción.

Hemos salido de la bronca entre el PP y Podemos. Una bronca en la que el PP tenía razón, pero dentro de la lógica de esa bronca: por eso la alimentaba. Y el PSOE se situaba en ella en la medida en que se inclinaba hacia Podemos e incurría en su retórica falaz. Por fortuna, las encuestas hicieron bajar a Podemos y subir a Ciudadanos. Y el PSOE tomó la sabia decisión de seguir la estela del que subía. El Gobierno que Sánchez ha hecho –permítanme que lo formule de un modo oracular– es el que hubiera hecho Rivera si Rivera fuese Sánchez. Podemos lo atacará también, pero para esos ataques el objetivo ideal era el PP. Dirigidos al PSOE, pierden punch.

Los militantes de Ciudadanos están fastidiados porque se han quedado sin el poder que acariciaban. Los meros simpatizantes, en cambio, estamos contentos: nunca vimos a Ciudadanos como un partido de poder, sino como un partido instrumental para que mejorara el (descarriado) bipartidismo. Y es lo que ha propiciado. Por ahora.

Para las próximas elecciones, sean ya cuando sean, el PSOE depende de sí mismo. Ciudadanos, del fallo del PSOE. El PP, del fallo consecutivo del PSOE y de Ciudadanos (salvo que, como apuntan las primeras encuestas, los votantes de derecha acudan en auxilio del PP, en cuyo caso este solo dependería del fallo del PSOE). En cuanto a Podemos: descenso matemático.

Esta última es una mala noticia para el PP. O una buena: si eso le empuja a regenerarse, a falta del recurso tan fácil que tenía de apostarlo todo al miedo a Podemos mientras se mantenía degenerado. En cualquier caso, y pese a que persiste el atorrante problemón catalán, que sigue siendo el más grave que tenemos, algo hemos ganado: hemos salido del bucle PPP.

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En The Objective.

11.6.18

Neosanchistas

Qué dulce interregno socialdemócrata el de esos días que fueron de la investidura de Pedro Sánchez a las palabras de Meritxell Batet sobre el temita catalán. Una semana completa de ilusión, con la tarde fabulosa del desfile de los nombres ministeriales. Consciente de que no tardaría en disiparse, decidí disfrutarla a tope y vivir con alocada intensidad mi neosanchismo. Y sí, he sido feliz políticamente como no lo había sido casi nunca... Me ha sentado bien abandonarme un poco.

He de aclarar que me siento aún neosanchista, y que los neosanchistas somos los que nos hemos subido al carro del sanchismo a última hora, cuando era ya carro triunfador, con ánimo gratuito y festivalero. No hemos creído nunca en Sánchez, porque lo hemos visto como un vendedor de enciclopedias cuyo lenguaje era simplote. Aunque hemos admirado la épica que se ha montado él solito, desde su defenestración en Ferraz (que, por otro lado, aplaudimos). Pero ahora hemos entrevisto que la enciclopedia que vendía podía ser buena, y que el hombre ambicioso de poder ha escogido el camino que nos parece el adecuado: el del centro-izquierda.

Los neosanchistas, a diferencia de los sanchistas, no hemos hecho nada por instaurar el sanchismo, y por lo tanto no consideramos que el sanchismo nos deba nada ni vamos a intentar cobrarnos nada. Simplemente estamos abiertos a que Sánchez lo haga bien; es lo que deseamos. Y cuando lo haga mal lo criticaremos. Los sanchistas, en cambio, lo justificarán. Como le han venido justificando todo lo que ha hecho hasta llegar a Moncloa.

Los sanchistas justifican la moción de censura de Sánchez y su formación de un Gobierno no para convocar elecciones sino para gobernar como un gesto desinteresado en favor de España. Los neosanchistas sabemos que Sánchez lo ha hecho, en primerísimo lugar, porque era no solo lo mejor sino lo único que podía hacer por sí mismo y por su partido. El Gobierno que ha formado tenía que ser, ante todo, un Gobierno escaparate: de escaparate electoral. Nuestra valoración es a partir de aquí. Y nos parece un buen Gobierno, que ha cambiado para bien el ambiente; pero a partir de aquí.

Mi tesis, como escribí la semana pasada, es que Sánchez les ha hecho el timo de la estampita a los nacionalistas y los populistas. El berrinche que unos y otros se pillaron con el nuevo Gobierno fue una confirmación. Las palabras de Batet podrían empezar a desmentirlo... Pero hay que esperar a ver lo que hacen, y cómo les sale. Los neosanchistas nos vemos tan advenedizos que corremos el riesgo de precipitarnos en nuestra siguiente fase: la de ser exneosanchistas.

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En El Español.

4.6.18

Sánchez y la lógica del renacido

Mi confianza en Pedro Sánchez, mi optimismo de momento, se basa en lo que podríamos llamar “la lógica del renacido”. La formulo así: uno no renace tantas veces para después suicidarse. Y se suicidaría si su gobierno fuese de obediencia a los que le han votado la moción.

Lo mejor para el país hubiera sido probablemente una convocatoria electoral. La moción de censura no para convocar elecciones sino para formar gobierno era lo que le interesaba a Sánchez, y también a su partido. El PSOE estaba descartado en las encuestas y Sánchez, fuera del parlamento, tenía escasa capacidad de maniobra. Todo apuntaba al triunfo de Ciudadanos, y Ciudadanos, el tonto, se abandonó a celebrarlo en su jacuzzi de banderas. Sánchez, en cambio, mantuvo la tensión: supo ver la única posibilidad que tenía y jugó a ella, con audacia. Hoy es presidente y Albert Rivera un muñeco de cartón mojado.

Las intervenciones de apoyo a Sánchez por parte de lo peor del parlamento fueron repugnantes sin excepción. Aunque hubo algo más repugnante aún: la ausencia de Mariano Rajoy de su escaño. El presidente cuya política ha sido la del chantaje en favor de lo institucional, despreciaba impresentablemente lo institucional; como ha hecho en demasiadas ocasiones. Su única virtud en todos estos años han sido los vicios de sus contrincantes.

Dio grima, por supuesto, ver a Sánchez dorándoles la píldora a los peores y machacando a Rivera. Pero la política es sucia. Sánchez estaba, implacablemente, en la lucha por el poder. Yo quise entender, con todo, que era Sánchez el que estaba timando a los nacionalistas y los populistas y no al revés. Les ofrecía baratijas (como lo de “nación de naciones”) a cambio del oro de sus votos. Pero lo cierto es que públicamente no se comprometió a nada con ellos y que ellos votaron constitucionalismo: en contra de lo que proclamaban tan alegremente, es lo que votaron. Durante el numerito final de los de Podemos con su “¡Sí se puede!”, yo me estaba mondando de risa.

Ahora Sánchez depende de sí mismo. Aunque no le dejen gobernar, le bastará exhibirse como presidente constitucionalista para tener posibilidades en las siguientes elecciones. Debe actuar como una especie de Rivera socialdemócrata: recuperar el centro-izquierda (ese del que Rivera se ha ido alejando con cortedad de miras).

Mi optimismo de momento es ese: el de la lógica del renacido. Pero en mí convive ese optimismo con un pesimismo: el de que la lógica nunca tiene la fuerza suficiente como para imponerse por sí sola. Y menos en la política.

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En El Español.

30.5.18

La vida buena

Se acaba de publicar una joyita: La hazaña secreta, de Ismael Grasa (Turner). Un libro pequeño que uno puede llevar en el bolsillo como si llevase los principios de la civilización. El autor lo define como “una reflexión ética y cívica disfrazada de manual de urbanidad”.

Es un libro finísimo, auténtico pero con cierta coña a su vez: con unos particularismos que el autor eleva a consejos universales; aunque de un modo nada impositivo, sutilmente juguetón. Hay mucho del espíritu de Montaigne, y al cabo lo que alienta es el ejemplo de su trazo: cada cual puede hacer de la vida cotidiana su reino, disponiendo sus elementos afines.

Ha querido la suerte que me leyese justo antes un excelente ensayo de filosofía moral que publicó en el año 2000 Juan Antonio Rivera: El gobierno de la fortuna (Crítica). Entre sus muchos estímulos, resalto la idea de que el sujeto puede concebirse como una serie de “yoes sucesivos”, y para la vida buena conviene que el yo presente piense también en los futuros. La mortalidad actuaría como imperativo: “Solo porque el tiempo de vida es irremediablemente limitado tiene caso ser racional, es decir, atinar para tratar de llevar la mejor vida de entre las posibles”.

Grasa parte de esta misma noción –que es una noción clásica– para su propuesta de apuntalamiento de la vida: “El fin es ser un hombre. Porque la dignidad empieza en la consciencia de la muerte y en cierta clase de desesperación. Y así es como buscamos la felicidad”. La gran idea que cruza La hazaña secreta es que “lo interior se sujeta en lo exterior, y no al revés. No existe lo profundo desvinculado de las cosas, de los gestos, de las rutinas”. Por ello, “todo lo que uno hace, en la medida en que está bien hecho, tiene algo de ceremonial”.

Las instrucciones de este prontuario para la vida diaria me han recordado a las de El turista accidental, y Grasa no deja de tomarse la jornada como una especie de aventura turística menor. Grasa, de hecho, ha tomado su título de esta frase de Gómez de la Serna: “No hay más que la hazaña secreta, la aventura del atardecido”. Me ha gustado especialmente cuando a ese turista de lo cotidiano le sobrevienen ráfagas morales, algo nihilistas (o neuróticas) pero serenas. Como en este párrafo: “Uno tiene que ir al peluquero, tiene que ir al dentista, tiene que cortarse las uñas. Cuando ha acabado, uno se sienta en una silla y deja que se repose un rato sobre él toda la tristeza del mundo. Quizá acuda también, como una racha de viento, cierta clase de entusiasmo. Después uno se levanta y continúa con lo que queda del día”.

Pero mi momento preferido de La hazaña secreta quizá sea este, que acaba con la misma palabra que el anterior (un palabra clave): “De joven me dijeron que debía hacerme la cama al levantarme, y lo mismo he dicho luego a otros. Si uno no tiene ninguna tarea, si uno está triste, quizá deba sentarse en la cama que acaba de hacer y respetar así la estructura del día”.

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En The Objective.

28.5.18

Los intereses particulares

Es deprimente observar cómo, en este momento gravísimo de la España constitucional, los partidos constitucionalistas están solo en aquello que beneficia sus intereses particulares. Estos pueden coincidir con los intereses generales; pero si los partidos están en ello es exclusivamente por lo primero.

Ahora lo estamos viendo con la perspectiva de elecciones anticipadas. La postura de cada partido coincide descaradamente con el grado de beneficio o perjuicio que le otorgan las encuestas. Ciudadanos, que las encabeza, quiere elecciones ya. El PP lo más tarde posible, a ver si el panorama mejora. El PSOE después de un periodo en que su líder pueda lucirse como presidente... Y sobre estas expectativas los tres montan sus retóricas.

El barco de madera podrida del Gobierno de Rajoy, y del PP por extensión –ese PP que llegó al poder con la matraca de que iba a acabar con la corrupción del PSOE; y lo hizo: solo para instaurar la propia (lo que me estoy riendo ahora con las ínfulas del estadista Aznar)–, tiene como única virtud el ser la cara del Estado en este momento de amenaza para el Estado. Es una virtud cierta, aunque accidental. Lo desesperante es cómo abusa para hacerla pasar por sustancial. Clama al cielo también la actitud vampírica que mantiene con el Estado: intentando absorber la fortaleza de este, a cambio de debilitarlo. Probablemente lo que quede de Rajoy sea su pequeñez.

La moción de censura de Sánchez ha sido una maniobra audaz. Admirable desde el punto de vista maquiavélico, pero que solo tiene beneficios para él y su partido. Al principio al menos. El PSOE estaba descartado, desvanecido, y con Sánchez fuera del parlamento. Gracias a la moción de censura, el PSOE ha tomado la iniciativa y Sánchez podrá exhibirse en el parlamento: en el debate como mínimo, y si es investido presidente hasta las próximas elecciones. Su problema es que al barco de la moción se le han empezado a subir las ratas desaforadamente. Ahora a ver qué hace con ellas.

Ciudadanos quiere elecciones y las quiere ya: también, porque es lo que más beneficia a Ciudadanos. De hecho, la espera ya empieza a desgastarlo. El festival de la semana pasada con la bandera española y con Marta Sánchez cantando su hórrido himno (¡manchando el chunda-chunda con esa letra!) no transmitía exaltación, sino más bien autocomplacencia decadente. Rivera está lento, y encima Sánchez le ha comido la tostada. Incluso gestualmente: en su comparecencia para anunciar la moción, Sánchez había ganado gravedad presidenciable, mientras que a Rivera no se le quita el aspecto aniñado.

La salvación solo será para quien alcance la presidencia y sea (accidentalmente) la cara del Estado: lo único que se ha mostrado fuerte, aunque lo vayan debilitando; lo único que sigue respondiendo a los intereses generales. En estos momentos de vacas flacas para el patriotismo constitucional, resulta que era lo acertado.

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En El Español.

25.5.18

Curso de verano

El 12 de julio participaré en una mesa redonda del curso de verano de El Escorial (U. Complutense) 40 años de la Constitución Española: ¿Es necesaria su reforma para atender los desafíos de nuestro país? Aquí el pdf del programa.

21.5.18

El mayo vallecano

De la extrema izquierda al chalet: la reproducción de este trayecto por Pablo Iglesias e Irene Montero ha sido el gran homenaje a Mayo del 68 y lo demás son tonterías. Encima les ha quedado muy gráfico, al concentrar en dos años lo que los mayistas hicieron en veinte.

Aunque los mayistas eran más como Íñigo Errejón, porque llegaron a aquel mayo desde sus chalets y lo de después fue técnicamente una vuelta a casa. Para que luego digan que no hay lucha de clases, si hasta entre los marxistas se da. Al final, el beneficiado de las ganas de chalet de los Iglesias Montero es Errejón, cuya única virtud es que tiene matado el gusanillo: llegó a la política ya chaleteado; no sé si desde un chalet familiar, pero sí como mínimo desde el chaletesco Pozuelo. Mientras que a Iglesias le penaliza ser realmente de Vallecas: es decir, alguien que, como los de Vallecas, no quiere la revolución (esa cosa de los de Pozuelo), sino un chalet si se presenta la oportunidad.

La desgracia de Iglesias y Montero (procedente ella de otro barrio no rico, Moratalaz) es que están atrapados en un circuito trágico: aquello que les ha permitido prosperar es justo lo que les impide disfrutar de ello; al menos, sin que cante. Porque lo que les ha permitido prosperar es la predicación de la moral sobre la política (o como forma de política), que ha sido según Rafa Latorre “la gran aportación de Podemos a la vida pública española”.

Así, entre todas las críticas contra los Iglesias Montero (incluida la del impostor Kichi, que, a diferencia de cualquier currante, prefiere seguir viviendo en su “piso de currante”), ninguna es tan acerada como la del Iglesias de no hace mucho, que hasta clavó el precio. Pareciera que hubiese querido introducirse en el molde exacto del pecado diseñado por él mismo...

Lo de la consulta a las bases no es más que la consumación del equívoco, al dejar en manos de los otros la dignidad y la coherencia propias. Se tratará, por cierto, de una consulta performativa, estremecedoramente vinculante: si gana el no, la reprobación de la compra del chalet se traducirá en que sus compradores –enviados al paro– tendrán imposible pagar la hipoteca.

Si gana el sí, en cambio, la cosa será no solo más alegre sino francamente divertida, ya que Podemos se habrá convertido en el primer partido de nuestra historia política en aprobar de forma explícita la compra de chalets. La moraleja sería puramente mayista: los Iglesias Montero habrían sido realistas al pedir lo imposible. ¡La imaginación al chalet!

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En El Español.

16.5.18

El día tal como era

Por la noche me autodiagnostiqué estrés electrónico. Apagué el iphone y lo arrojé al cajón de la mesilla. Me había llevado un libro a la cama, El hilo de la verdad de Eugenio Trías, pero no leí nada: me enredé una vez más en internet, en Twitter; hasta que, estragado, corté. Tomé la decisión de desintoxicarme. No fue racional, sino por puro asco.

Al día siguiente me dejé el iphone en casa y salí con un casio en la muñeca. Retrocedí tecnológicamente veinte años y reapareció la entrañable mascota que todos teníamos entonces: el día tal como era, hecho de horas y momentos muertos, un animal grande, tranquilo, algo inquietante pero cariñoso.

Pude leer por fin a Trías y encontré su asombrosa consideración del tiempo. Para él el presente es también inaccesible, como el futuro y el pasado. Son tres eternidades, y las tres “componen la orla anular del tiempo”. Pero existe un cuarto término, que es el que proporciona el gozne con el que se articulan los otros tres: “Ese cuarto término, que con demasiada frecuencia se asimila, erróneamente, a la dimensión presente, lo constituye el Instante. [...] A través del Instante el tiempo ‘entreabre sus pestañas’ desde el límite, desde el Horizonte [...]; a través del Instante el tiempo pestañea”.

Sin el instante, el tiempo es una abstracción. Solo el instante “le da sustancia, carne y posibilidad de experiencia a la temporalidad”. Sin el instante no hay experiencia. El tiempo del tedio, su eterno presente, es un tiempo sin instantes. Como lo es el tiempo acribillado a pseudoinstantes de internet. Al menos, para el que padece estrés electrónico.

No he logrado volver a salir sin el iphone, pero lo haré. El día tal como era sigue ahí. Solo hay que desconectarse, que desintoxicarse. Pero da miedo aquella mascota.

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En The Objective.

14.5.18

Las cabinas de Mercero

Se ha repetido lo de la semana pasada, en que iba a escribir sobre ETA pero se interpuso Íñigo. Ahora iba a escribir sobre el ultraderechista Torra pero se ha interpuesto Mercero. Es como si un ángel quisiera que me centrase en el bien y no en el mal. Escribiré, pues, de Mercero; aunque al final volveré brevísimamente a Torra (¡no quiero que se me escape!).

Antonio Mercero, que murió el sábado, estuvo siempre en mi vida, como José María Íñigo, aunque su nombre lo conocí más tarde. Entre las primeras series que vi en televisión, en la fase de la memoria confusa, estuvo su Crónicas de un pueblo, con aquella sintonía que fue luego la de mi afición a la radio, puesto que es la que ponía Luis del Olmo en su Protagonistas. En la adolescencia estuvo Verano azul, a la que casualmente volví el pasado agosto porque leí un libro de Mercedes Cebrián que recomiendo: Verano azul: unas vacaciones en el corazón de la Transición (Alpha Decay). Y años después Farmacia de guardia, serie que vi muy poco pero que también tuvo importancia: abrió el camino para las teleseries de los noventa, a las que me dediqué profesionalmente. Pero mi Mercero favorito es el del telefilme La cabina y el de la película Espérame en el cielo.

Miro la fecha de la primera emisión de La cabina en TVE y me asombra: 13 de diciembre de 1972. Yo tenía seis años y la recuerdo perfectamente; la entendí, la sentí perfectamente. A los niños nos dejaban verlo todo y también aquel telefilme kafkiano (en realidad, cuando leímos más tarde a Kafka tendríamos que haberlo reconocido como “merceriano”). Recuerdo el impacto: la rareza, el agobio. El escalofriante final. Y que durante mucho tiempo miré las cabinas con aprensión, como bestias o trampas. Incluso de adulto no he entrado jamás en una cabina sin acordarme de La cabina.

Espérame en el cielo (1988) es una comedia eficacísima, divertidísima, una parodia fantástica de Franco y del franquismo... a la que Mercero le incrusta una genialidad, casi propia de Lubitsch: una historia de amor, entre trágica y tierna. El doble de Franco, al que el aparato del Estado secuestra para que haga del dictador, está enamorado y trata de comunicarse con su amada llevándose la mano a la oreja durante sus discursos. Si el encierro de La cabina era una metáfora del franquismo, este hombre se encuentra encerrado dentro del mismísimo Franco, que viene a ser para él otra especie de cabina.

Y así volvemos a Quim Torra, el ultraderechista con nombre de personaje de Mortadelo y Filemón, y con las mismas luces. El procés es la cabina en que está encerrada hoy Cataluña. Su franquismo realmente existente.

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En El Español.

7.5.18

Íñigo, el bigote superlativo

Iba a hablar de ETA, de los criminales de ETA y de sus cómplices, que van a durar más que ETA, pero se ha interpuesto Íñigo. Que era de Bilbao además: otra de las excepciones de ese “pueblo vasco” abusivo, abrasivo, del que se adueñan los nacionalistas con su asalto premoderno a las palabras. Un asalto que no se queda en el terreno lingüístico, porque este es solo el trampolín para joder luego a la gente.

Ahora, con José María Íñigo, vuelvo a pensar en la virtud de los que han pasado por esta vida sin hacer daño. No hay justicia después de la muerte igualadora, pero aquí en la vida, ¡qué estela benéfica la de los buenos! Por un lado los asesinos etarras (con el repelente Otegi de niño de San Ildefonso del euskonazismo) y los nefastos Setién, Arzalluz, Egibar y todos los que estuvieron rebozándose en los crímenes que no cometieron; y por el otro los hombres como Íñigo. La paradoja moral: hombres vivos que representan a la muerte; hombres muertos que representan a la vida. Íñigo es ahora de estos.

A los niños de los 60 se nos van muriendo ya todos menos Raphael, que va a ser el Alberti de la generación televisiva de nuestra infancia. No ha dejado de sorprenderme que Íñigo tuviera solo setenta y cinco años. En realidad lo raro es que tuviera alguna edad, porque para nosotros está en el estuche de oro de nuestra memoria mítica. Qué solapamiento prodigioso el de los años infantiles: aparezco jugando, haciendo mil cosas, y a la vez está Íñigo con su programa, en un presente continuo en el que también están Uri Geller y Solzhenitsyn, y todos los cantantes y personajes de la época, mejorados por la presencia de Íñigo. Todas sus entrevistas estaban bien, porque el 50% al menos de los presentes no fallaba nunca: era Íñigo.

Las peculiaridades del mundo al que llega el niño forman parte de su mundo con la misma sustancialidad que las cosas no peculiares. Así que el bigote de Íñigo era una de las cosas sustanciales de nuestro mundo. Lo peculiar era, en todo caso, que solo él lo llevara y fuese su dueño. Un verano mi padrino, que vivía en Madrid, vino de vacaciones a Málaga con el bigote de Íñigo. Impresionaba verlo de cerca y en el ámbito familiar. Pero aunque mi padrino lo llevara no era su bigote, sino el de Íñigo. Aún hoy cuando se describe a alguien con un bigote así los de entonces decimos: “Tiene el bigote de Íñigo”. Es una marca generacional.

Él nos enseñó también el primer superlativo de nuestra vida: aquel Directísimo con que titulaba su programa. Íñigo, el bigote y el superlativo; el bigote superlativo: su bigotísimo. Qué pena más limpia cuando se muere alguien bueno; se queda en la vida como una dulzura, para que sigamos.

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En El Español.

2.5.18

Pepe Botella

El mejor sitio de la plaza del Dos de Mayo de Madrid es el bar Pepe Botella, donde tantas horas he pasado. Fumando puritos (antes de la ley que lo prohíbe), leyendo, escribiendo incluso, mirando, escuchando y charlando con amigos o alguna amiga. Me recuerdo allí con Corrección de Thomas Bernhard y El largo adiós de Raymond Chandler. Y qué felicidad cuando se pillaba una de las ventanitas que dan a la plaza o, si miras al frente, al espejo en cuyas manchas como de cobre el propio rostro desaparece a tramos (otro motivo de felicidad).

No es casual que el sitio más civilizado de la plaza que conmemora aquel día castizo tenga el nombre del francés que iba a representar a los afrancesados. A estos hay que conmemorarlos hoy, y a José Bonaparte. Propongo hacerlo mediante la audición de una documentada conferencia impartida en la Fundación Juan March por el historiador Manuel Moreno Alonso, que lo pone todo al revés con credibilidad: “José I y los afrancesados”.

Pese al desprecio que se le ha profesado, José I fue nuestro primer rey constitucional, un "rey republicano"; y los afrancesados, quizá, lo mejor que hemos tenido. La saña contra ellos, ejercida desde la España ceporra, es prueba suficiente. Hay una imagen que lo resume todo: en las partidas de guerrilleros –esos patriotas antifranceses– algunos llevaban a caballo la guitarra, claveteada con estampitas de santos.

Fuera del casticismo, y contra el casticismo, en el Pepe Botella somos personajes de una película francesa.

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En The Objective.

1.5.18

La crueldad de abril

Entenderá La tierra baldía de T. S. Eliot quien entienda la primera frase del verso cinco, aparentemente paradójica. En la traducción de Sanz Irles: “Nos abrigó el invierno”. Es una frase nihilista, de desentendimiento de la vida. La crueldad de abril consiste en eso: en que la primavera invita a la vida; pero, ¿qué pasa cuando no hay vida? La primavera es la estación de la vida, pero también la de las depresiones. Para los no equipados el letargo invernal era, al fin y al cabo, una solución. “Nos abrigó el invierno” porque el frío de fuera nos excusó de vivir, y replegándonos estábamos calentitos. La posición del cadáver: esa era la solución.

Pero el poema de Eliot empieza después: cuando esa solución se resquebraja, cuando ya no es suficiente. Entenderá La tierra baldía quien entienda la frase “nos abrigó el invierno”, pero la entienda en pasado. Como nostalgia fetal. El presente es el de la intemperie, el de la crueldad de abril. Un presente tenso, roto, incómodo, neurótico, sórdido, violento, mortífero, ridículo, apocado. Predominan el malestar, la angustia, la amenaza, el desconcierto, el tedio, el sinsentido; la punzante conciencia del papelón histórico del ser humano en las postrimerías de la modernidad.

Cuesta trabajo imaginar el impacto que provocarían los versos de Eliot en sus lectores contemporáneos, los de principios del siglo XX. Podemos atisbarlo por el impacto que produjo en nosotros cuando los leímos por primera vez. Entonces no conocíamos las claves de La tierra baldía ni de su gran poema anterior, La canción de amor de J. Alfred Prufrock, por lo que nuestra conmoción fue un estricto logro artístico del poeta. Un logro que sobrevivía en las traducciones. Yo leí esos dos poemas en la de José María Valverde, cuyo Eliot (en español), sin duda por ser el primero, es para mí el canónico. Incluso con sus defectos, porque esos defectos iban en la corriente de la conmoción general: formaban parte de la experiencia. Y hasta los tramos oscuros debidos al traductor y no al poeta reforzaban sus aspectos enigmáticos.

Desde entonces he leído muchas traducciones de La tierra baldía. Además, naturalmente, del original de Eliot, quien en mi percepción particular es el más extravagante de sus traductores: aquel que acertó a plasmar en inglés el poema con una admirable precisión. Valga el juego borgiano para recordar una vez más lo que dijo Borges: que el arte de la traducción dispensa variaciones sobre la misma obra. En toda lectura ocurre, pero en esa lectura especial que es la traducción ocurre de un modo más intenso. No deja de ser un gusto: cómo una misma obra, un mismo poema, emite destellos distintos. Y ensombrecimientos nuevos también.

La traducción de La tierra baldía de mi amigo Sanz Irles (de próxima publicación) está entre las mejores que he leído. Traslada efectiva y elegantemente la sonoridad de Eliot, y hace gala de algo que no suele tenerse en cuenta pero que es sustancial en literatura (y aún más en poesía): la sensibilidad semántica. Una virtud que no siempre tienen los traductores ni (¡ay!) los autores. Sanz Irles se aproxima a la precisión evocadora de Eliot y propicia, cuando ha de hacerlo, su aire oracular. Consigue formulaciones memorables en español, equivalentes a las inglesas, que son la recompensa inmediata del lector de este poema complicado. Gracias a ellas podrá tener la experiencia –o al menos una experiencia– de La tierra baldía.

Las formulaciones memorables de Eliot, junto con la selección de los elementos, la disposición de las situaciones y la composición o el montaje tanto de las cinco partes de La tierra baldía como del poema entero, construyen un artefacto potentísimo que emite radiaciones poéticas. Basta con que lo active el lector. Si este sintoniza con el poema, será alcanzado por su poesía de inmediato, automáticamente. Como todo gran poema, La tierra baldía tiene el poder de afectar por medio de la intuición y de sus incitaciones. A partir de ahí, el lector que quiera seguir profundizando, estudiando, investigando el rico corpus de alusiones que el poema contiene, verá cómo su experiencia se amplifica. La primera lectura, valiosa en sí, puede ser el principio de una serie de lecturas cada cual más valiosa. Aunque todas deberán conservar, si no quieren quedar embalsamadas por la erudición, un eco al menos del estupor de la primera.

Siempre me gusta pensar, o imaginar, que ese estupor lo sintió también T. S. Eliot. La versión inicial del poema era casi el doble de larga y llevaba otro título: Él imita a la policía con diferentes voces (frase tomada de una novela de Dickens). Ezra Pound supo ver en el poema que le entregó Eliot un poema mejor, y gracias a su tijera –y a la inteligencia de Eliot por aceptar sus cortes– La tierra baldía es el poema que conocemos: quizá el mejor del siglo XX en lengua inglesa, y según algunos en cualquier lengua. Con el tiempo, Eliot marcó sus distancias, diciendo de la obra que no fue más que un “desahogo contra la vida” y un “refunfuño rítmico”. Pero los poetas son coquetos cuando más se desnudan. Como dijo Nietzsche: “todo lo que es profundo ama la máscara”.

La tierra baldía se publicó en 1922, el año en que murió Proust y se publicó el Ulises de Joyce; poco después del final de la Gran Guerra, y en plena crisis matrimonial y personal del poeta, que fue profundamente infeliz durante su composición. Esta infelicidad impregna el poema. Pero su efectividad estriba en los recursos modernos empleados, en una época en que estaban agotados los del romanticismo. Eliot se aplicó su propia consigna de que hay que separar “el hombre que sufre y la mente que crea”. Su objetivación o despersonalización (o, como diría Pessoa, su impersonación) en diversas voces y personajes, en los restos de canciones que el poema incluye, en las alusiones a mitos, a textos sagrados y a otras obras literarias, reproduce la apariencia caótica de una cultura en descomposición: doliente, pero también de una perturbadora belleza.

La poética fragmentaria de La tierra baldía está incrustada, a modo de clave, en tres oraciones del propio poema, que aparecen en momentos diferentes. A saber: “no puedes saberlo ni adivinarlo, pues solo has visto / un montón de imágenes rotas donde golpea el sol”; “no logro conectar / nada con nada”; y “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Obsérvese que las dos primeras expresan impotencia: “no puedes”, “no logro”, muy en concordancia con el espíritu del poema. Mientras que la tercera, situada casi al final, expresa una acción, frágil pero afirmativa: “apuntalé”. En ello habría consistido la tarea de Eliot: “con estos fragmentos apuntalé mis ruinas”. Otro buen traductor de La tierra baldía, José Luis Palomares, recuerda a propósito a Hofmannsthal: “el papel del poeta consistirá en ser ‘el hermano silencioso de todas las cosas’ en un mundo amenazado por la creciente fragmentación”.

Pero volvamos al comienzo. La crueldad de abril es la de la esterilidad en una estación que llama a la fecundidad. Se trata de una esterilidad tanto personal, humana, como cultural y natural. La leyenda del Rey Pescador, apuntada en el poema, aúna esas dimensiones: la impotencia del rey contagia de impotencia a su reino. Hay una espera tensa, crispada, de la disolución del hechizo. Mientras tanto, en un mundo en decadencia de muertos en vida, cadáveres sembrados como plantas que no brotan, perros, ratas, murciélagos “con cara de niño” y ninfas que han huido del río infectado, sus habitantes padecen una sexualidad que no proporciona ni placer ni hijos: hay soledad a dos, neurasténica; violaciones, abortos, cópulas rutinarias y prostibularias, sexo por engaño. Con referencias, claras o encubiertas, a la Biblia, a los Upanishads, a Dante, a Wagner, a Baudelaire, a Verlaine, a Nerval, a Sófocles, a Petronio, a Homero, a Safo, a Ovidio, a Shakespeare, a autores de teatro isabelinos, a poetas metafísicos ingleses, a trovadores provenzales, a leyendas artúricas, a viejos ritos, a mitos griegos, a Cristo, a San Agustín, a Buda y a multitud de cosas más. En un tiempo en que conviven lo contemporáneo y lo antiguo, con ese Stetson que es un empleado de la City y a la vez un excombatiente de la primera guerra púnica, o el Tiresias tebano que asiste –y desde antes de que ocurriera, por su capacidad visionaria– a la sórdida cita entre “la secretaria” y “el joven purulento” en el apartamento londinense de la primera. Y con las “torres que se derrumban” simultáneamente en “Jerusalén Atenas Alejandría / Viena Londres / irreales”.

Hasta que, tras la insidiosa sequía, tras su acuciante purgatorio, habla el trueno y llueve. El poema ha representado una ceremonia de muerte y renacimiento, que culmina en el catártico verso final: “Shantih shantih shantih”. Eliot traduce shantih en su última nota como “la paz que trasciende el conocimiento”. Podría interpretarse como un desenlace nihilista: aunque presumiblemente plena, esa paz vendría a ser un retorno al abrigo invernal, sin las tensiones de la primavera; un nuevo refugio contra la crueldad de abril. Pero cabe otra interpretación: la de una paz que “trasciende el conocimiento” pero asumiéndolo, sin anularlo. Un poco al modo de esa formulación del budismo más refinado: “samsara es nirvana”. Traduciéndolo abruptamente en términos cristianos: en la condena está la salvación. Tal vez por ello el conocimiento del mundo condenado de La tierra baldía, ese poema infeliz, nos produce felicidad.

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En Jot Down.

30.4.18

La ideología como pre-juicio

No hay nada más reaccionario que la ideología: porque en ella la realidad ya ha quedado fijada en una momia esquemática; en la ideología ya está resuelta, solucionada, la compleja y problemática realidad. La ideología es la gran máquina contra la realidad, hecha para aplastarla.

La ideología es útil en tanto visión sintética del mundo que sirve para la acción. Es un atajo simplificador, que puede ayudar a salir de la parálisis propiciada por el exceso de complejidad. Pero, en la medida en que vaya olvidando este carácter y vaya considerando que su simplificación operativa de la realidad es la realidad, la ideología se enfrentará a la realidad. Su visión coagulada tiende a coagular la realidad líquida.

En un recomendable análisis de Arias Maldonado en Revista de Libros, “La ideología de la ideología” (parte I y parte II), se destaca la descripción que el politólogo italiano Giovanni Sartori hace de la ideología como “un sistema de creencias basado en 1) elementos fijos, caracterizado por 2) una alta intensidad emotiva y por 3) una estructura cognitiva cerrada”.

Últimamente vemos cómo muchos vuelven a acogerse a la ideología, a las ideologías; sin duda por ese “componente ansiolítico que –según Arias Maldonado– comparten con las religiones”. Cada vez más hay insinuaciones preocupantes de lo que en el siglo XX ya se desató, con catastróficas consecuencias. Y, como entonces, con políticos alentándolo irresponsablemente. Calentando en vez de enfriando.

Esta semana han sido las reacciones a la sentencia de La Manada. La indignación legítima –que en parte comparto– se convierte en otra cosa cuando la ideología se interpone; o, cabría decir, se antepone: porque la ideología determina la visión de antemano. Para ella no hace falta juicio, porque basta con su pre-juicio.

Junto con las críticas y las reclamaciones que fomentarán, quizás, leyes más justas (que, con todo, tendrán que seguir viéndoselas con los casos concretos que se vayan presentando), ha habido una turbia amalgama de pulsiones, excesos retóricos, pronunciamientos irracionales, desprecio por la separación de poderes y –lo más inquietante– la apelación al “veredicto social” al margen de los mecanismos legales. No ya legislar, sino enjuiciar en caliente. Sin juicio formal ni garantías procesales. Y a cargo no de jueces, sino de “la gente”, a la que se sitúa al borde de convertirse en horda.

Todavía hay frenos. Y estas manifestaciones se dan en el contexto de una población mayoritariamente civilizada. Paro a estas alturas ya sabemos que todo es frágil y que puede romperse en cualquier momento. El problema de promover la "horda correcta", si cuaja, es qué hacer cuando se presente la "horda incorrecta". ¿Qué argumentos usar, solo los de "contenido"? Si los fuertes, los que valen, son los formales, los institucionales: justo esos que se ha contribuido a debilitar.

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En El Español.

23.4.18

Valls tras Colau: una restitución

La posibilidad de que Manuel Valls sea alcalde de Barcelona ha hecho que se me dispare la imaginación. Y el anhelo de que Barcelona vuelva a ser lo que fue: nuestra París mediterránea –justamente en mi imaginario. Después de la alcaldesa Ada Colau el cambio sería estruendoso.

Valls tras Colau sería (¡exactísimamente!) la Ilustración tras el Oscurantismo. O Truffaut tras Ozores. O Isabelle Huppert tras Empar Moliner. O Proust tras Suso de Toro. Sería un experimento inédito en España: qué hace aquí uno con el bachillerato francés cursado. Reconozco mi provincianismo, pero el afrancesamiento en España han sido esas ganas (nobles) de proyectar civilización en Francia, por ver si nos rebotaba algo.

También las proyectamos en Barcelona, pensando que era lo más cerca que teníamos. Contra lo que el discurso nacionalista afirma, Barcelona (Cataluña en general) no ha sido odiada, sino admirada en España; a veces desde el complejo de inferioridad, que se ha traducido en modos rudos o chistes impotentes del resto de los españoles hacia los catalanes; iguales a los que se han hecho con los franceses, a los que obviamente se ha admirado.

El discurso sentimental es pringoso, pero seguiré con él. Había, sí, admiración. Cuando Punset escribió hace unos meses que siempre se había avergonzado de su acento catalán al hablar en castellano, y proyectaba esa vergüenza suya en una supuesta hostilidad (franquista, cómo no) de los otros, no di crédito. Punset desde siempre nos ha parecido inteligente justo por su acento, que asociábamos a la inteligencia. Y ya vemos qué duraderamente, porque nos ha dado el pego durante cuarenta años.

Los acontecimientos de los últimos tiempos me vienen obligando a pensar que quizá lo mejor de Cataluña era lo que el resto de España había proyectado en ella, esa proyección afrancesada; y lo peor –peor que su realidad– la idea estrecha (excluyente, jibarizadora) que de ella tenían y tienen los nacionalistas.

Valls aportaría, cómo no, grandeur; y lo que es más importante: una idea abstracta de ciudanía (en la que, por ser formal, cabrían todos: en el respeto a la ley democrática), muy superior al sectarismo emocional de Colau, que en eso es como Trump. Colau: la alcaldesa de la mitad (o menos de la mitad) de los barceloneses y de todos los peronistas.

Caigo ahora en que la luminosa manifestación del 8 de octubre la acabé, junto con mis amigos barceloneses, ante la Estación de Francia, donde escuchamos los discursos. ¿Fue una premonición?

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En El Español.

19.4.18

El árbol de la vida

He terminado El árbol de la vida, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el azar objetivo de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en Poesía y Verdad.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese dato que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de El árbol de la vida es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería mi filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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En The Objective.

16.4.18

Pájaros (¡y pájaras!) Dodó

Siempre me ha fascinado el pájaro Dodó, esa ave de algunas islas del océano Índico que, por no tener competencia, se fue atrofiando hasta convertirse en un bicho antievolutivo. La torpeza no le impedía llevar una vida regalada, pero el ser humano llegó a sus islas –las Mascareñas– en el siglo XVI, y a finales del XVII ya lo había exterminado. Según Wikipedia, el nombre puede venir del portugués dodô, que significa “estúpido”, o del neendarlés dodoor, que significa “holgazán”. Con sus alas nulas ni siquiera podían permitirse el vuelo gallináceo, los animalitos.

Nuestros políticos (¡y políticas!) son a menudo pájaros (¡y pájaras!) Dodó: cuando se instalan en un contexto de poder sin competencia, o en prácticas tramposo-delictivas que se vuelven habituales y ante las que, por ello, se baja la guardia. Pasó con la corrupción de CiU en Cataluña, del PSOE en Andalucía o del PP en Valencia y Madrid; y con las tramas de financiación del PSOE y el PP nacionales. Pasa con los poderes largos y semiabsolutos en democracias defectuosas, con opiniones públicas (o electorados) sectarios o complacientes. El problema está siempre en el ser humano: el ser humano político y el ser humano votante, que se abandonan. Y con el abandono viene la tentación (para el político) o el perdón automático (para el votante afín).

Ahora ha pasado con Cristina Cifuentes, cuyo máster estúpido y holgazán solo se explica por eso: por una inercia de prácticas impunes generalizadas. Hay que ser escrupulosísimos con las acusaciones concretas y, a la hora de afirmar, atenerse a lo resuelto judicialmente, con pruebas y conforme a derecho; tal y como Arcadi Espada y Tsevan Rabtan nos han educado (a palos a veces). Pero alrededor de ese perfil nítido cunde siempre una sombra, una sospecha que nos hace pensar la realidad en términos de novela negra. El periodista y escritor argentino Jorge Fernández Díaz (nada que ver con nuestro exministro homónimo, de triste recordación; aunque con el actual Zoido se ha vuelto a demostrar que no hay nada que no sea empeorable) lo cuenta a propósito de sus novelas: en ellas escribe sobre lo que sabe pero no podría publicar en un periódico por no tenerlo atado.

Esa sombra, esa sospecha, hace que se extienda la desmoralización. A la que contribuyen los partidos políticos y los medios de comunicación cómplices. En estos días son particularmente repulsivos los periodistas de partido; esos columnistas o tertulianos que tratan de salvar a toda costa al PP. “¡No se puede comparar una trampa en un máster con la trama de los ERE o un golpe de Estado!”, vienen a decir. Y en eso tienen razón, claro. Pero con su partidismo abyecto alimentan el caldo podrido en que se cuece todo lo demás. Naturalmente, ocurre igual con los periodistas de enfrente, cuando les toca a los suyos. Estamos siempre en un extenuante ping-pong.

Los peores son, con todo, aquellos –periodistias o políticos– para quienes la corrupción no tiene que ver con la naturaleza humana, sino con la ideología. Situado en la ideología correcta, el político será virtuoso por definición. Esta es la idea que late en los populismos, que cuando llegan al poder resultan los más corruptos de todos. Simplemente porque no priorizaron lo único que cabe, dada la naturaleza humana: el control, el control democrático (incluida la fiscalización del electorado). Lo único que podría hacer que nuestros políticos (¡y políticas!) espabilaran y no cayesen en la tristísima condición de pájaros (¡y pájaras!) Dodó.

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En El Español.

15.4.18

Radiaciones

Del Prólogo de Ernst Jünger a su diario, Radiaciones:
El modo de llevar un diario, lo que quiere decir el modo de poner orden en el aflujo de hechos y pensamientos, forma parte del curso, de la misión que el autor se propone. Hay en eso un consuelo solitario del que se siente necesitado. En una situación en que son los técnicos quienes administran los Estados y los remodelan de acuerdo con sus ideas, están amenazadas de confiscación no sólo las digresiones metafísicas y las consagradas a las Musas, lo está también la pura alegría de vivir. [...] La lucha por un modo propio de ser, la voluntad de salvaguardar un modo propio de ser es uno de los grandes, de los trágicos asuntos de nuestro tiempo.[...] En nuestra cabeza, en nuestro pecho es donde están los circos en que, vestidos con los disfraces del tiempo, se enfrentan la Libertad y el Destino.