16.7.18

Los enemigos de la Transición

La semana pasada participé en un curso de verano del Escorial sobre los cuarenta años de la Constitución española, que como es sabido se cumplirán en diciembre. Mi mesa era sobre la reforma constitucional y mi postura la resumí así: la reforma de nuestra Constitución es deseable, pero no necesaria ni urgente; y en estos momentos desaconsejable.

Es deseable porque podrían introducirse mejoras que la hiciesen más coherente, más precisa y más racional. No es necesaria ni urgente porque la solución de los peores problemas que tenemos no depende de esas mejoras. Y es desaconsejable en estos momentos porque no existe el clima de consenso que requiere una reforma de la Constitución. Este último, por otro lado, es un falso problema: porque en cuanto ese consenso existiese la Constitución podría reformarse sin más.

El asunto real hoy no es el de la reforma de la Constitución, sino el de quienes no reconocen la Constitución y quieren acabar con ella. Una prueba personal es que para prepararme el curso me sentí impulsado a leer no ya libros sobre la Constitución, sino sobre la Transición; especialmente contra la Transición. Es la Transición lo que se juzga y lo que, en el caso de tales libros, se condena. El asunto real es que algunos llaman despectivamente a nuestra democracia “régimen del 78”.

Los enemigos de la Transición la consideran una mera continuación del franquismo. Este origen viciado contamina todo lo demás, que para ellos es irredimible. El dictador Franco eligió como sucesor al rey Juan Carlos y este es en consecuencia un segundo Franco. Da igual que la Constitución que nos rige desde 1978 sea plenamente democrática y que en ella, por cierto, la Corona no sea un poder constituyente sino un poder constituido. Como da igual que la Constitución no contenga ninguna cláusula de intangibilidad y que, siguiendo los procedimientos que ella misma establece, se podría cambiar absolutamente todo: incluso la monarquía por una república.

Si esto es así, ¿por qué se la desprecia? Es por ese puritanismo sobre su origen. Pero si el problema de la Constitución es que requiere una amplia mayoría para ser reformada, entonces sus enemigos quieren acabar con ella sin esa mayoría e imponer otra que carezca de consenso. Esto supondría volver a nuestras fracasadas constituciones doctrinarias del siglo XIX, hechas por una parte de los españoles contra la otra parte. De ahí el efecto que producen los que desprecian la Constitución y la Transición: pese a sus ínfulas de novedad, no parecen más del futuro, sino más del pasado. Nuestra modernidad sigue estando en 1978.

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En El Español.

10.7.18

El sotánico Setién

La muerte de José María Setién, el obispo de ETA, me ha pillado leyendo el Eclesiastés, el libro de la Biblia que dice: "Vanidad de vanidades y todo es vanidad". Ahora también él descansa, sobre todo de sí mismo y de su miseria. Su gran suerte es que no existe su Dios y no deberá rendirle cuentas. La Nada le absuelve, como nos absolverá a todos. En la Tierra deja, eso sí, una memoria pestífera.

Su existencia nos vino bien, por lo demás, a los jóvenes nietzscheanos de la Transición: para reafirmarnos en nuestro nietzscheanismo. Por él vimos cómo la Iglesia podía entremezclarse con el Mal, y ser dulce con los asesinos y amarga con las víctimas; cómo operaba el resentimiento, provocando pequeñez, abortando toda posibilidad de grandeza. Setién fue muy pequeño. Un personaje turbio (¡sotánico!) como los de las novelas y las películas. Plenamente franquista en todo menos en la bandera.

Se va quedando ya atrás en la memoria, pero, como dije sobre Otegi, era insufrible el suplemento de abyección que muchos ofrecían tras cada asesinato. Y lo sufríamos en nuestra casa, sin el desahogo de internet o las columnas, dándonos cabezazos en las paredes, escupiéndole al televisor o despotricando luego con los amigos en los largos paseos junto al mar. Solo unos días después llegaba el alivio de algún articulista que ponía las cosas en su sitio; y ese articulista solía ser Savater.

El anticlericalismo se me ha ido apaciguando con el tiempo, entre otras cosas porque el anticlericalismo programático es también clerical a su manera. Su aplicación automática incurre necesariamente en injusticias. Pero sujetos como Setién lo explicaban. Un clérigo frío, viscoso, despiadado, causante de un dolor objetivo. Pecador de su propia religión, aunque en el pecado llevaría la penitencia.

Descanse en paz. Es decir, ahora que ya no es.

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En The Objective.

9.7.18

El bueno y el feo-malo

Ya no se puede juzgar a las mujeres por su físico, pero por fortuna a los hombres todavía sí. Digo “por fortuna” porque me viene al pelo para hoy, en que en Moncloa se espera un duelo ante todo estético: el guapo Pedro Sánchez vs. el feo Quim Torra. Cualidades que en este caso se acomodan al ideal platónico: la belleza se corresponde con el bien y la fealdad con el mal. Sé que es maniqueo, pero esta es una de esas veces en que la realidad se pone maniquea a tope. Con el 23-F pasó lo mismo.

En El bueno, el feo y el malo se decía solo bueno donde se quería decir también guapo, algo que se mantiene en Sánchez. La fealdad y la maldad se repartían entre dos sujetos, quizá porque los guionistas quisieron hacérselas más llevaderas; en nuestra película, en cambio –tal vez por problemas de producción, o porque la vida es más implacable que el cine–, ambas quedan sintetizadas en uno solo: Torra. Como ya ocurrió en la inauguración de los Juegos del Mediterráneo en Tarragona, en el encuentro de Moncloa veremos que el supremacista es aquel que intenta llegar con su ceporrismo allí donde no alcanza con su aspecto.

Solo cabe esperar que en el diálogo entre el feo-malo Torra y el guapo Sánchez, este no sea el bueno solo por defecto sino que se comporte verdaderamente bien. Su difícil equilibrio moral (su “funambulismo”, lo ha llamado alguno) quedó evidenciado el viernes cuando la ministra portavoz Isabel Celáa dijo, a propósito del contraste entre la limadura de asperezas del Gobierno con los independentistas y su impugnación ante el Tribunal Constitucional de la moción aprobada en el Parlament el jueves: “Esta impugnación la hacemos en defensa de la Constitución y del Estatut; la legalidad va por un camino y la política por otro”. La última frase es un pelín inquietante, puesto que en un Estado de derecho la política no puede saltarse la legalidad; pero en tanto que el recurso a esta se traduzca también en hechos, habrá esperanza.

La gran novedad aportada por el sanchismo ha sido, no en vano, cosmética: todo es más bonito y moderno que con el PP. Esto es frívolo, y quizá injusto, pero así es como se ve. Si la pasividad de Rajoy dejó en evidencia a los independentistas porque estos se expresaron con plenitud, el buen rollo de Sánchez los dejará aún más en evidencia porque quedarán definitivamente como antipáticos. Siempre que Sánchez sepa cortarles el rollo cuando llegue el momento y no haga concesiones inaceptables. ¡A ver qué pasa hoy!

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En El Español.

2.7.18

¿Exneosanchistas ya?

Por su actitud desapasionada, voluble y dependiente de los hechos, el neosanchismo era uno de esos artefactos con la obsolescencia programada. Yo sabía que su contacto con la realidad sería difícil. Lo que no imaginaba es que todo fuese a ir tan rápido. Una amiga me dijo, por mis críticas a algunas de las primeras medidas del presidente Sánchez: “¿Exneosanchista ya?”. Y sí, los neosanchistas somos ya exneosanchistas. Y algunos estamos al borde del antisanchismo. El timo de la estampita era a nosotros, finalmente. El centro-izquierda en este país: ¡siempre perdiendo!

No había cabos sueltos en la teoría neosanchista. Puesto que Pedro Sánchez era un político vacío, cabía la posibilidad de que fuese rellenado con algo bueno. Le interesaba el poder y su moción de censura fue para conseguirlo, y para conseguir un escaparate electoral. Como el primero en las encuestas era Ciudadanos, decantarse por el centro-izquierda parecía el camino electoralmente ventajoso. Una vez conseguido el poder gracias a los peores votos del Congreso, se trataba de orientarse hacia los mejores. Y si en esta orientación no podía gobernar por la obstrucción de aquellos apoyos iniciales, este fracaso también resultaría beneficioso para las elecciones: los españoles podríamos votar al PSOE para que hiciese la buena política que los malos no le permitían hacer. Pero me temo que sí nos dejamos un cabo suelto: Sánchez. Sin él, la teoría neosanchista tal vez hubiese funcionado.

No creo que el electorado transija con una política no regeneradora, ni con una actitud que no defienda con firmeza el Estado de derecho. Yo pensaba (¡de ahí mi neosanchismo!) que Sánchez estaba al tanto. Pero su comportamiento empieza a ser preocupante en ambos sentidos. Su vergonzoso pacto con Podemos para la presidencia de RTVE, para la que se busca un comisario político (como el que tenía el PP), indica que no se ha enterado de nada.

Más desolador aún es su enjuague con los nacionalistas. Ya veremos si de las palabras pasa a los hechos (al fin y al cabo, cuando el 155 estuvo donde había que estar), pero sus palabras son de momento desoladoras. Y directamente infames cuando culpan al gobierno de Rajoy de la confrontación en Cataluña, y sin afeamiento alguno a los únicos culpables, que son los golpistas. Sánchez dice que él no va a buscar la confrontación. Por desgracia, no asume que se encuentra en la situación de Picasso: él no la ha buscado, no; pero se la ha encontrado. Y soslayar esto no solo es irresponsable, sino también patético.

De nuevo ese adanismo de pseudoizquierda que, en el mejor de los casos, nos hará perder tiempo. Lo bueno es que serán solo dos años. Lo malo, si Sánchez no rectifica, es que se pueden hacer larguísimos.

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En El Español.