Buenas noches. Con la aceleración de nuestro tiempo, el revival católico al que asistimos ha atravesado a velocidad supersónica todos los periodos de la Historia del Arte. Por remontarnos al trazo originario, el de la Grecia antigua, primero estuvo la fase arcaica, después la clásica y finalmente la helenística o alejandrina, es decir, la de la disgregación autorreferencial y la decadencia. Aplicado al mencionado revival católico, podríamos asociar al periodo arcaico la restauración del Ecce homo de Borja, al periodo clásico la película Los domingos y el disco Lux de Rosalía, y al periodo helenístico la canción que nos propinó La Oreja de Van Gogh en Nochevieja, con ese "Yo creo en Dios" que parecía una estricta operación mercantil. Cómo no recordar el chiste de Billy Wilder contra un músico pésimo: "Tiene el oído de Van Gogh para la música" (en inglés ear es tanto oído como oreja). Pero hay algo que me ha impresionado del periodo arcaico, que suele ser el más recio, el más profundo. Estas Navidades murió Cecilia Giménez, la "restauradora" del Ecce homo de la que tanto nos reímos, y Ricardo hizo en El Mundo una viñeta genial, de gran calado teológico. Cuando ella llega al Cielo, San Pedro le dice: "Querida Cecilia, te presento a Jesucristo". ¡Y este tiene la cara de su Ecce homo! Recordé los versos de Borges en su poema Cristo en la cruz: "El rostro no es el rostro de las láminas. / Es áspero y judío". Y conjeturé borgianamente que ella lo hubiese visto de verdad y, contradiciendo a la tradición, y al propio fresco que restauraba, lo plasmó exactamente así. Como los profetas bíblicos, o la profetisa Casandra, se expuso al oprobio de sus contemporáneos, a sus burlas, a su falta de fe. Pero el suyo era el incomprendido Dios.
