26.6.21

Dietario: Verano cero

Segunda dosis. Para la segunda dosis de la vacuna no hay que esperar como para la primera. Doy el carnet, me indican una cabina y antes de alcanzarla está la enfermera en la puerta con la jeringuilla en la mano. Rapidez industrial, se ve que adquirida con la experiencia. He quedado con Diego Ríos Padrón, con el que coincidí la otra vez aunque no nos vimos. Hablamos en los minutos de precaución de después, con un ojo en nuestro organismo por si notamos efectos. Al final nos tiramos una hora charlando. Le pregunto sobre su reto de este año de ilustrar cada día un poema. El resultado es admirable. Se puede seguir en Twitter e Instagram (@LaMalagaModerna). 

Mefistófeles esquina Hamlet. Cojo el autobús para ir del Palacio de Ferias a Teatinos y me fijo en el nombre de la calle: Max Estrella. Aquí hubo uno que hizo mi bachillerato, me digo. Luego nos internamos por la calle Mefistófeles y en una parada veo que estamos en Mefistófeles esquina Hamlet. Sea quien sea, se la coló al Ayuntamiento. Pero la locura es en los alrededores del Palacio de Justicia, que miro ya a pie: plaza Kipling, avenida Borges, calles Kafka, Pirandello, Mallarmé, ¡Frank Capra! ¡Mesonero Romanos! Tengo que sentarme en un banquito para reponerme del mareo. 

La de Hitler. No he ido este año al festival de cine, pero me he acordado del que viví junto a mi amigo Fernando Merinero, que vino a presentar su documental Las huellas de Dylan. Como todos los del mundillo se presentaban diciendo con qué película venían, yo, para no quedarme callado, tomé la costumbre de presentarme, muy serio: "Hola, soy el director de Ellos robaron la picha de Hitler". Me aprovechaba de que su verdadero director, Pedro Temboury, era poco conocido. Me gustaba observar la reacción de mis interlocutores, que se esforzaban por aparentar normalidad

Churros anarquistas. Detecto un brote anarquista en Casa Aranda. Mientras me tomo mis churros (acordándome de aquella frase espléndida que se decía cuando la fundaron: "¡Aranda ha conseguido freír el aire!"), me fijo en el cartel que han puesto, informativo pero también un poco contestatario: “Prohibido fumar en la terraza debido a las restricciones impuestas por las autoridades”. 

El regate del gorrión. Han vuelto los gorriones, mis pájaros favoritos. Estuvieron escondidos un tiempo, se habló incluso de que se extinguían. Pero otra vez que están aquí, y me parece que más alegres. El otro día, uno que volaba bajo se me coló entre las piernas y dio una vuelta, como en un regate. Parecía una escena de Walt Disney. 

Entrevistas. Me hacen entrevistas por el libro que acabo de publicar, Inspiración para leer (Jot Down Books). Una ha sido para el diario Sur, otra para Canal Sur, otra para El Mundo... Como no tengo costumbre, puedo percibir el efecto con cierta pureza. Y el efecto es que uno se cree que tiene algo que decir, solo porque le han preguntado. 

El infierno al lado. Me ha sucedido la peor desgracia que a un hombre le puede suceder: se han puesto a hacer obras en el piso de al lado. No una cosita rápida, un chapú, sino una reforma integral. Han dejado las paredes peladas y han levantado la solería entera; hasta los marcos de las ventanas han quitado. Llevan semanas de martillazos, taladradoras, radiales, polvo y hasta voces de los albañiles (siempre hay uno torpecillo y otro que se lo explica todo, a él y al bloque). Me han puesto el infierno al lado y no hay manera de vivir. Pero se vive. Esa es la lección siempre: que se vive. Hasta me he echado mis siestecitas ya con los porrazos. 

El momento del ventilador. Por fin enciendo el ventilador. Cada año retraso todo lo que puedo el momento, porque es irreversible: ya no lo apagaré hasta entrado noviembre. Ahora, con la subida de luz, me dicen que tendré que hipotecarme. Pues me hipotecaré, porque no concibo un verano sin ese vientecillo permanente en la cara. Un grato efecto secundario es el zumbido. En un principio parece molesto, pero uno se acostumbra en seguida, por su líquida uniformidad, y no tarda en reconocer sus ventajas: es un ruido que se traga todos los demás ruidos. Incluso atenúa bastante los martillazos de las obras. Pero hay otro efecto, que me hace gracia: cuando sopla la brisa por la calle (y en este junio casi todos los días han sido de brisa) pienso que es un ventilador invisible el que la genera. 

Verano cero. El día en que se publica este dietario (como siempre, el último sábado del mes) es el del fin de las mascarillas por la calle. En mi caso, se cumplen además las dos semanas tras la segunda dosis, en que se supone que estoy inmunizado. Sensación de que empieza otra época; pero una época rara, como en suspenso. Me acuerdo de estos versos de T.S. Eliot: "¿Dónde está el verano, el inconcebible / verano cero?". 

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