24.8.12

Odio africano

He tenido muchas trifulcas en internet, pero aún no me había asaltado la masa. Es una sensación interesante. Pero no voy de víctima, sino de disfrutón, porque me lo he pasado teta. ¡Al fin ocurre algo, aunque sea en mi contra! No es que yo admita las críticas, es que las celebro. Mis artículos son faltones, porque (¡aunque mi ideal sería la matización infinita: un perpetuo sfumato de la afirmación hasta que se quedase en nada!) me pierde el gusto por las strong opinions a lo Nabokov o el arte de la exageración a lo Thomas Bernhard. No pretendo decir con ello que me alcancen los brillos de estos dos maestros, sino apenas que me refocilo en sus tics. Mis artículos, digo, son faltones, de manera que se merecen críticas igualmente faltonas. Lo que quiero hoy, pues, no es tacharlas, sino hacer una reflexión al paso.

Es sobre ese automatismo inquietante de denostar a UPyD, o de señalar como esbirro de ese partido a todo aquel que se salga del ping-pong sectario o cuyo discurso recuerde, más o menos, a lo que UPyD propone. Aquí opera un delicioso mecanismo de proyección: como el personal suele estar atornillado a lo que vota, y mantiene su adhesión inquebrantable haga lo que haga el votado, da por hecho que el resto de los votantes funcionan así. No concibe que el voto pueda no formar parte de la identidad del que vota, o sea algo relativo y cogido con alfileres; algo que uno pueda (llegado el caso) abandonar. Mi relación con UPyD es esta: es un partido al que voto por el momento, pero al que no pertenezco ni con el que me identifico, y al que calculo que algún día dejaré de votar (para volver al voto en blanco, que es mi salsa).

Estoy al tanto de las sombras de UPyD, porque tengo amigos que conocen sus interioridades, y hay cosas en sus manifestaciones públicas que no me gustan: el personalismo, ciertas purgas internas, ciertos dejes populistas o la tendencia a decir justo lo que puede recabarle determinados votos. Pero estos defectos los comparten los demás partidos; son justo eso: defectos de partido. Son defectos que deploro, y por eso no pertenezco a ningún partido. Lo que llama la atención es, entonces, ese plus de odio que hay hacia UPyD. En las críticas que me hicieron (en Jot Down, en Facebook y en Twitter) parecía que bastaba decir “UPyD” para que fuera un insulto. Pero si los defectos de UPyD los comparten los demás, me temo que lo que irrita son sus virtudes: el principio de racionalización que propugna, que pisa tantos oscurantismos.

Al fin y al cabo, estamos en España. Y este era el centro de mi crítica en el artículo anterior: no nuestros comunistas, sino la mentalidad española; o nuestros comunistas en tanto representantes también de la mentalidad española. Algo que, a modo de bonus track, se ejemplificó con creces en los comentarios.

Uno de los grandes problemas de nuestra izquierda es que sigue demasiado a Franco en lo que este entendía por “España”. En teoría es para oponerse a ello: pero, como da por bueno ese punto de partida, no hace más que recorrer el mismo callejón. Acarreando, como no podía ser menos, los peores vicios españoles (presentes en Franco pero anteriores a Franco): desde el impulso inquisitorial a la obsesión por la pureza de sangre, pasando por el gregarismo, la picaresca y la beatería; esa agitación de monjitas escandalizadas en cuanto se blasfema. También, naturalmente, el odio africano.

He dudado si emplear esta expresión, porque me desagradaban sus connotaciones despectivas hacia nuestros vecinos del sur. Hasta que me he dado cuenta de que, cuando decimos “odio africano”, entendemos perfectamente que hablamos de españoles. Algo normal, teniendo en cuenta que, en efecto, “África” empieza en los Pirineos. Y acaba en el Peñón.

[Publicado en Jot Down]

24.6.12

Las tripas de Frankenstein

La no celebración del debate sobre el estado de la nación posee la diafanidad de las tautologías: ese, exactamente ese es el estado de la nación. El miedo de Rajoy le ha llevado esta vez a expresarse del modo más osado: arrojándonos la verdad, sin tapujos; como no hubieran podido hacerlo mil debates. Él quizá imagina que gana tiempo, escondiéndose; pero ese esconderse es otra emanación del entramado que nos ha conducido a esto, que tiene entre sus componentes principales la falta de control sobre el poder y la dejación institucional. De manera que lo que hace Rajoy es seguir ahondando en las causas del desastre.

También resulta indicativo el que, con la que está cayendo (¡a mí sí me gusta la expresión!), sigan saltando titulares más grandes que los económicos. El jueves había tres: el de la mencionada no celebración del debate, el de la dimisión de Dívar y el de la legalización del partido proetarra por parte del Tribunal Constitucional. La loncha de una sola jornada, cortada al tuntún, que nos hace ver lo podrido que tenemos el jamón entero. Si la hubiéramos cortado otro día, habríamos tenido al Rey en Botsuana, Urdangarin, el Bigotes, Camps, Correa, YPF, MAFO, los ERE de la Junta de Andalucía, el agujero de la cajas, el agujero de las comunidades autónomas, el Parlamento vacío o el Parlamento con pancartas, el aeropuerto sin aviones, los pitidos al himno, el revival de Gibraltar y hasta el juicio a Krahe... Y siempre, sin descanso, la prima en su carrusel, y el déficit y el paro y la pobreza creciendo. Llevamos una racha que abrir el periódico es hacer que nos salte el monstruo de Alien o el de La cosa.

Enric González, aquí mismo, vinculó nuestra “ruina moral” con los apaños de la Transición. Estoy de acuerdo. Aunque a mí tales apaños, en principio, me parecieron bien. Visto lo visto (y conocido el percal), me imagino lo que hubiera pasado si triunfan los de “la ruptura” y se me hiela la sangre. Se hizo, pues, lo más sensato: montar un Frankenstein con todos los pedazos posibles, coserlo y echarlo a andar. El problema ha sido que, una vez que se vio que en efecto andaba, se detuvieron en seco las tareas quirúrgicas. No se siguió trabajando para que nuestro Estado fuese presentable, sino que ya cada cual se puso a mangonear en su sector, con un frenesí franquista del que no se libra aquí nadie. Esto ha sido como el edredoning de Gran Hermano: una fina sábana de legalidad y debajo las orgías.

Lo llamativo es cómo todas las costuras han empezado a abrirse simultáneamente: como si el monstruo hubiera sido construido según el principio de la obsolescencia programada. Los apaños, de pronto, no han aguantado más y ahora tenemos al Frankenstein de la Transición con las tripas fuera. Lo inquietante es que no se ven cirujanos por ninguna parte, ni siquiera científicos locos; sino solo carniceros, y charcuteros.

[Publicado en Jot Down]

15.6.12

Culo de saco

Yo, que he sido (¡y soy!) antizapaterista acérrimo, me revuelvo ahora cuando Rajoy se escuda en la herencia de ZP. Una herencia nefasta, naturalmente: pero el marrón que nos estamos comiendo contiene ya sustanciosos elementos rajoyanos. Su precipitado de incompetencia y contumacia aroma ya el pastel.

Confieso que me he llevado una sorpresa. Era difícil ser un presidente tan malo como Zapatero, y Rajoy lo ha logrado. Pero lo más alucinante ha sido la velocidad: prueba de que no se ha tratado de un proceso, sino de un simple quedarse en bolas. En cuanto ha tomado los mandos, se ha visto que no sirve. Al menos en una situación tan complicada como la nuestra.

A menudo he pensado que Rajoy hubiera sido un presidente aceptable del país que era España antes de los atentados del 11-M. Hacer política ficción no es serio, pero el pacto con mi lector me permite jugar un poco. Rajoy hubiera sido un buen gestor, un hombre apaciguado en la presidencia, lugar muy satisfactorio para un registrador de la propiedad. Con él, la legislatura 2004-2008 hubiera sido aburrida y feliz. Feliz para la derecha, por supuesto; pero también para la izquierda. En especial para tantos escritores y columnistas, que se habrían mantenido contra el poder, ahorrándose el triste trago de la obediencia cortesana. Y para los actores, que habrían seguido rodando secuelas del Hay motivo, con lo que sube eso el caché, al tiempo que mantenían los bolsillos cosquilleantemente llenos. Zapatero, en fin, habría vuelto a perder las elecciones de 2008 y se habría retirado de la política, tras haber sido un agradable líder de la oposición, un contrapunto de color y lirismo a las grises cuentas de Rajoy. La crisis nos hubiera alcanzado, pero de un modo menos traumático. Y además en 2012 ya no hubiera repetido Rajoy y tendríamos otro presidente, del PP o del PSOE, que sin duda sería mejor.

Hasta aquí el cuento: los cántaros de la lechera saltaron por los aires con las bombas del 11-M. Llegó ZP y comenzó el proceso de descomposición en el que seguimos. Desde la perspectiva actual, ya sabemos que Rajoy formó parte de ese proceso. El zapaterismo fue una danza a dos, que consistía en tener el peor gobierno y la peor oposición posibles. La segunda legislatura de ZP nos la tragamos por la estricta inutilidad de Rajoy, que no supo ganar las elecciones más fáciles que ha habido en Europa (exceptuando las últimas, que venían regaladas). Y durante la sórdida legislatura que siguió, la de 2008-2011, Rajoy ha sido cómplice también del encanallamiento (y encallamiento) general. Su estrategia de dejar que el zapaterismo se pudriera solo fue profundamente antipatriótica. Y fue una negligencia: porque la podredumbre ya no hay quien la pare, y menos alguien que tiene una parte tan principal en ella.

Ahora estamos peor. Con Zapatero quedaba una última esperanza: la de que pudiera haber alguien mejor que Zapatero. Rajoy, en cambio, es ya un cul-de-sac: un callejón sin salida. Aunque no sin bajada.

[Publicado en Jot Down]

9.6.12

Extranjero

Para quienes no vivimos bajo el radio de acción directo de los nacionalistas, ese “foco achicharrante” del que hablaba Arcadi Espada, sus monsergas casi se han extinguido con la crisis. Ellos siguen, pero nosotros no les hacemos caso. Tenemos cosas más importantes en las que pensar; es decir, tenemos cosas importantes en las que pensar. Sin embargo, el otro día leí en Twitter (¡últimamente todo pasa en Twitter!) una ristra de catetadas nacionalistas que me volvieron a poner enfermo. Y me recordaron que los nacionalistas son lo más lamentable intelectual y estéticamente que tenemos en España. Una rémora que nos hace perder el tiempo en estupideces como las de este artículo.

Las catetadas se referían esta vez al Primavera Sound, el festival de música indie que tuvo lugar la semana pasada en Barcelona. Copio una muestra (omitiendo autores):
Senyors del #PrimaveraSound: a Catalunya les coses van així. I si no us agrada, calavera, pinta i la ratlla al mig.

què vols d’un festival que patrocina una cervessa amb nom espanyol i d’orígen filipí #primaverasound #SanMiguel

Com subvencionar música estrangera i ignorar la catalana, la nostra cultura.

Com cada any el més típic del #primaverasound és l’odi anticatalà dels pseudogrogrers postmoderns que l’organitzen amb subvencions catalanes

autoodi disfressat de modernor. tot un clàssic...
La explosión tuvo lugar –he sabido luego– después de que uno de los directores del festival, Gabi Ruiz, llamara retarded (retrasado) y retirara la acreditación al crítico Jordi Bianciotto, que había lamentado el poco énfasis catalanista del Primavera Sound. Represalias como las de retirar la acreditación al que critica son, por supuesto, absolutamente improcedentes; y, aunque el festival rectificó, ahí se queda la mancha. Pero más allá de esto, lo que me interesa es el tufo retrógrado, netamente franquista, de los citados tuits. Tufo que también exhalaba el artículo de Bianciotto en cuestión, algo más articulado y matizado, pero retrógrado también. Por este artículo he llegado a otro de Xavier Bru de Sala en el que se acuña la expresión, celebrada por Bianciotto, de “cosmopolitismo excluyente”.

¡Cosmopolitismo excluyente! ¡Qué maravilla! Teniendo en cuenta que el nacionalismo es, por usar otra expresión frecuentada por Espada, “un achique de espacios”, lo que teme Bru de Sala es que lo excluyan del corral y lo encierren en el ancho mundo. Los nacionalistas siempre se lo ponen fácil al columnista: con una transparencia abrumadora, lo que Bru de Sala reivindica frente al “cosmopolitismo excluyente” son nada menos que los trajes regionales. Se ve que en Cataluña una cosa es ser indie y otra independentista. Los primeros deben ir sabiendo qué tipo de festivales alternativos al Primavera Sound les tienen preparados los segundos. Algo así como esta especie de Sardana Sound que describe Bru de Sala: “en Amposta hacen una fiesta solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido”. Anhelo que se complementa a la perfección con aquel bucolismo sin internet con que soñaba Otegui en La pelota vasca...

Ha dado la casualidad de que estos días he regresado a un viejo disco de Caetano Veloso, Estrangeiro. Y he vuelto a pensar en cómo la música brasileña me salvó la vida. Precisamente porque me convertía en extranjero: me sacaba del tostón ambiente y me llevaba a un sitio por el que corría el aire.

[Publicado en Jot Down]

29.5.12

Taller de escritura

A veces me piden consejo sobre escritura. Yo siempre remito al taller donde lo aprendí todo (¡en veinte segundos!):

14.3.12

La voz de una oculta

Acaba de aparecer un libro espléndido, que no puede pasar inadvertido: Las ocultas, firmado por Marta Elisa de León y publicado por Turner. Afirma Cyril Connolly que la palabra de un escritor es “papel moneda cuyo valor depende de las reservas de mente y corazón que lo respaldan”. En tal sentido Las ocultas es un libro rebosante de valor.

Lo sostiene una voz perfectamente armada que cuenta su experiencia; y la cuenta narrándola y desentrañándola, con soltura, capacidad de observación y lucidez. Se trata, como anuncia el subtítulo, de una experiencia de la prostitución. Es un asunto por lo general muy sobrecargado retóricamente y que mueve mucho al prejuicio y la visceralidad, puesto que en él se entrelazan dos potencias universales: la del sexo y la del dinero. La autora lo afronta sin adornos: como una prueba vital que ha tratado de entender y de la que ha sacado sus enseñanzas. Ha sido un esfuerzo, propiamente, de desocultación. El velo que resta, el del seudónimo, no delata una debilidad de la autora, sino de la sociedad: esta, en efecto, no podría resistirse a la tentación de destruir a una mujer que se expone como lo hace la de Las ocultas.

El libro es agua fresca en numerosos sentidos: es fluido, articulado, directo, libre, anticonvencional. Desconcierta. Refuta tópicos. Y habla de primera mano de un tema del que muchos hablan sin saber, enturbiados (¡y enturbiadas!) por el moralismo o la ideología. La prostitución ha sido usada como munición en el enfrentamiento entre los sexos. De una parte, por feministas con una percepción sesgada de la realidad y por marxistas que ven explotación en todo menos en los regímenes que apoyan; de otra, por machistas como Chamfort, que escribió la máxima: “En la guerra de las mujeres con los hombres estos llevan ventaja, puesto que tienen a las putas de su lado”. La autora escapa de esta trampa, porque, sin ignorar las diferencias y tensiones entre hombres y mujeres, no culpabiliza a los unos ni victimiza (e infantiliza) a las otras. Tiende a la comprensión y a la reconciliación.

No por ello su mirada es complaciente. Al contrario: el mundo que describe es duro, áspero, desagradecido. Ella se inició (voluntariamente, siendo universitaria) a los veintiún años y anduvo enredada, con entradas y salidas, a lo largo de diez. El libro da cuenta con precisión del desgaste físico y psíquico, espiritual también, de la prostitución. Esta es uno de los rompientes de la fuerza erótica, con frecuencia en su versión oscura, y la puta se lleva la peor parte. El dinero que ingresa tiene, entre sus contraprestaciones, el de una tremenda pérdida de energía, que reduce (y aniquila, casi siempre) las posibilidades de escapar.

Pero la autora de Las ocultas escapa, y su libro es también la crónica de esa liberación. En el camino le ayudan la amistad, el amor, la maternidad y, sobre todo, su poderosa razón: una razón que incorpora sin delirio elementos oníricos e incluso mágicos, un poco al modo del psicoanálisis de estirpe junguiana. El lector asiste a un proceso de autoanálisis radical, que desenmascara a su vez a la sociedad de la cual la prostitución es sombra.

[Publicado en Jot Down]

* * *
Pueden leerse extractos en la web de la editorial y en El País. Y una entrevista con la autora en AllegraMag.

31.12.11

Felicidad belga

El nuevo Gobierno ha tenido la suerte de que el traspaso se ha producido en Navidad, por lo que en nuestro ánimo es como si siguiéramos sin ninguno. Incluso el tijeretazo de ayer (un auténtico tijeretazo de salida) parece en suspenso, porque aún nos tenemos que comer las uvas. Todo empezará mañana, o como muy tarde después de Reyes: la cuesta de enero va a ser este año un Mortirolo, y Rajoy, amante del ciclismo, tiene marcada la etapa. Una etapa que a lo mejor se prolonga el año entero. O más.

Para la Oposición, por su parte, la patata está en febrero. Por lo que vamos viendo, quien va a arrasar en el congreso del PSOE va a ser el PP. El zapaterismo lo ha dejado todo atado y bien atado: las neuronas que quedaban fueron despedidas hace tiempo y hoy el partido es un erial. El debate es imposible, porque el único servicio que podrían prestar los debatientes sería hacerse el harakiri, como si fueran procuradores franquistas. Y está claro que no se lo van a hacer. Lamento ser tan pesimista, pero el PSOE actual es como esas páginas que, según Borges, sólo podrían ser mejoradas mediante su destrucción.

En cuanto a mí, quisiera desengancharme bastante de la actualidad. Me ha gustado este mes y pico belga que hemos vivido, con ese desvanecimiento del poder en el traspaso. Ha sido como esos fundidos de transición de las películas, en que la imagen nueva se superpone a la antigua y hay un instante fantasmal. Los belgas estuvieron sin Gobierno 589 días, y yo quisiera embarcarme en un paréntesis así. Los tijeretazos irán cortándome, como a todos; pero que me lleguen al menos como saliendo de mi autoalgodón.

El español, sin embargo, no lo soportaría. Si se viera inmerso en una felicidad belga, o suiza, se tiraría pedos en el agua, o se precipitaría hacia la superficie para eructar. Durante este mes lo hemos visto en las tertulias: no teníamos Gobierno, pero los tertulianos (esos tecnócratas del sectarismo) seguían con la matraca. Y el tertuliano es la encarnación del español: el individuo que gritó “vivan las caenas”, que votó Disney en marzo de 2008 y que ahora le ha dado la mayoría absoluta al peor Rajoy posible, un Rajoy ya irremisiblemente contaminado de ZP (que es lo que el español quería).

El surrealista belga Louis Scutenaire, según le oí a Estrella de Diego, escribió que “mourir est un village”. Literalmente, “morir es un pueblo”; aunque la traducción correcta sería: “morir es un pañuelo”. Aquello es pequeño y todo el mundo termina encontrándose. Demasiado tiempo he estado detestando Bélgica, por mis pruritos baudelerianos. Ahora solo aspiro a esa felicidad. Tengo un amigo en Bélgica, pero no voy a preguntarle cómo están las cosas allí: porque mi felicidad va a consistir, simplemente, en no estar aquí.

[Publicado en Jot Down]

22.11.11

Estolidez local

Esta ha sido la primera vez en mi vida en que he votado con algo de convencimiento, y por lo tanto la primera en que he sentido en la cara el puñetazo de la ley D’Hondt. Mientras me escocía, he estado pensando. Y me he dado cuenta de la estólida jaula que supone.

Básicamente, lo que hace es ponerle un cerco provincial al individuo. El viejo anhelo cosmopolita de escapar de lo provinciano es lo que aniquila la ley D’Hondt. Con la ley D’Hondt, la provincia vence. Al individuo que está en minoría en ella se le arrebata la posibilidad de sumarse a otros como él, si están en otras.

No es de extrañar el triunfo de los nacionalistas. La ley D’Hondt es una estructura que genera su propio contenido: al disgregar el electorado y confinarlo en compartimentos estancos, desactiva el universalismo y potencia el localismo. Establece un eficaz sistema de cortafuegos ideológico, por el que solo tienen posibilidades lo masivo o lo palurdo. Por decirlo en términos musicales: lo mainstream o lo folclórico; jamás lo indie. El votante solitario y universalista pierde en favor del acumulativo y provincial.

Yo no puedo sumarme a uno de Zamora que piense como yo, porque mi voto es cazado y aniquilado por los aduaneros de la provincia. Tampoco puedo hacer piña con uno de Vizcaya para impedir que se sienten en el Parlamento los correligionarios del asesino de su padre. No se prima las amplias miras, sino el ceporrismo. Un millón de votantes decentes diseminados por todo el país tienen menos posibilidades que trescientos mil canallas apelotonados en un territorio.

[Publicado en Jot Down]

* * *
PS. En los comentarios en Jot Down me han corregido oportunamente mis errores sobre la ley D'Hondt. A ellos les remito. Además, copio aquí algunos de los tuits de hoy:
mgbarahona
tú tb? RT @malaprensa: Los estragos del periodismo ignorante y cansino. Que el problema no es d'Hondt!!!! http://mun.do/uw03zv

Tsevanrabtan
Hoy me explico por qué @montano66 ha votado a UPyD. Se creyó la propaganda.

Tsevanrabtan
Si alguien como @montano66 -inteligente y brillante- escribe un artículo como el de hoy en @JotDownSpain es que no hay nada que hacer.

Tsevanrabtan
Me parece muy bien que se publique. Yo ejerzo mi derecho a decir, hoy, a mi amigo, que ni idea.

WillyLoman75
lo coherente con este planteamiento no es cambiar la ley, si no todo el sistema territorial de la CE

scopman
el problema que describes es la circunscripción. La LdH es para asignar los escaños según cocientes en cada circun

montano66
Jajaja, bien, amigos: mi problema ha estado en que quería engolosinarme con el nombre "D'Hondt". Pero la circunscripción es mi enemiga! :-)

montano66
D'Hondt, además, es belga. Mi obligación baudelairiana era zurrarle al belga. Se equivocan si me toman por periodista: yo soy un esteta!

montano66
Me siento en compromiso con la verdad, sí: ¡pero si me aparece un caramelito fonético como "D'Hondt", no me priven de chuparlo!

montano66
Admiro este jansenismo que ha impuesto Arcadi Espada: ¡pero no me lo apliquen a mí! Yo soy más de los de Arganzuela! :-)

qtyop
Lo más acojonante del artículo de @montano66 es que acuse a la d'hondt de disgregar: la ley d'hondt tiende a concentrar el voto.

Tsevanrabtan
Nada que hacer, @montano66 ha convencido a todo el mundo de que d'Hondt era el 2º apellido de Hitler.

montano66
Asumo la tarea de limpiar su nombre! Empezando por pedir perdón a todos los d'hondtianos!

montano66
Concentra el voto zamorano, pero disgrega al votante zamorano del malagueño. Pero no D'Hondt: ¡la circunscripción!

montano66
Yo pensaba que odiaba a D'Hondt, porque tiene nombre de malo: ¡pero a quien odio de verdad es a la circunscripción!

FrayJosepho
Veo que te has vuelto d'Hontano66.
* * *
PS2. Más al respecto: El País, Tsevanrabtan, Qtyop (uno y dos).

26.10.11

La Logse que se muerde la cola



El PP quiere cargarse la enseñanza pública, pero llega tarde: ya lo ha hecho el PSOE. Ese trío mortal, Maravall-Rubalcaba-Marchesi, la dinamitaron con la Logse. En 1983 todavía llegó a mi instituto –público– un alumno de la privada que quería más nivel. Hoy eso resultaría risible. Los ricos –incluidos los hijos de los capitostes socialistas– estudian donde quieren; los pobres tienen que comerse la escombrera que les han dejado.

Yo, en tanto socialdemócrata, me opongo a los recortes en Educación, naturalmente. Que el PP, donde ya está pudiendo, haya empezado por ahí es una abyección intolerable. Pero que se organicen manifestaciones solo contra eso me parece una bufonada. Al final los profesores y los sindicatos se movilizan exclusivamente por sus derechos laborales. Me parece muy bien: pero que no se excedan en la matraca. Los sindicatos, por lo demás, con su política de colar a los interinos en las oposiciones frente a los candidatos mejor preparados, están entre los responsables del descalabro educativo.

Y ahora sale el vídeo del PSOE, el de la niñera pobre con el niño rico por esa calle que parece un decorado de Médico de familia. Los tertulianos de todas las cadenas, menos la Ser, repetían anoche que ese niño podría ser el hijo de Blanco o de Montilla. Es verdad, pero a mí me interesa resaltar otra cosa. Ese vídeo supuestamente en favor de la enseñanza pública es la prueba de su hundimiento: ante una población con un nivel cultural decente no podría emitirse, porque lo consideraría un insulto.

Al final el PSOE apela, en ese vídeo, a un doble electorado: al de los restos del analfabetismo franquista, la desdichada población –entre la que se cuentan mis padres– que no pudo acceder a la enseñanza tras la aniquilación de la República; y al de los analfabetos funcionales fabricados por la propia Logse.

[Publicado en Jot Down]

31.8.11

La radio horrísona

Qué suplicio este fin de semana. El sábado, en la playa, a la hora de la Vuelta, busqué en la radio la retransmisión de la Vuelta, pero no había Vuelta: en todas las emisoras (¡en todas!), locutores chamuscados porque no les dejaban entrar en los campos de fútbol. Ahora les piden que paguen por la narración de los partidos, y ponían toda su artillería verbal en criticar la exigencia. Tenían razón, naturalmente: los equipos solo aportan sus mastuerzos con la pelotita; a partir de ahí, es el rapsoda radiofónico el que hace la épica, el que lo hace todo. Elabora un estadio paralelo que se sostiene solo en sus palabras, y es en ese estadio –y solo en ese– en el que pasan cosas. Pero a mí el fútbol me importa un pimiento: yo buscaba la Vuelta y no había Vuelta. Al final la dejaron asomar apenas en el sprint.

La melancolía por el eclipse del ciclismo daría para otro artículo –para otra andanada–, pero hoy sigo bajo los efectos de mi exposición radiofónica. El recorrido por el dial me hacía caer, a cada tramo, en boquetes gritones. El más espeluznante fue el de la Ser, con la tralla que le han puesto a Carrusel deportivo, en un intento explícitamente desesperado por reflotarlo. Había un tal Ponseti (¡Ponseti!) con un optimismo a prueba de bombas; pero él mismo era una bomba. Al tercer berrido, ya anhelaba yo extirparme los tímpanos, para impedir toda posibilidad futura de Ponsetis. Es la escuela de Pepe Domingo Castaño –“¡anima Pepe Domingo Castaño!” es un grito que siempre me ha dejado el ánimo hecho trizas–, que se pasó a la Cope con los demás excarruseles. Se ve que la temporada pasada el duelo se saldó con el fracaso de los otros, que ahora intentan triunfar metiendo más ruido. Probablemente lo consigan.

Digámoslo sin tapujos: el fútbol es lo peor. Es la cloaca de la sociedad, y lo que lo rodea es lo peor de cada sector de la sociedad: sus dirigentes son los peores facinerosos –por usar la expresión favorita del mayor facineroso que hubo–, sus deportistas y entrenadores son los más horteras y descerebrados, su público es el más zafio, y los periodistas que lo cubren son los únicos que están por debajo de los del corazón. Cuando llega el fútbol, se termina todo. Y en la radio es donde mejor se aprecia. Una cadena más o menos elegante como la Ser, pierde los estribos en cuanto aparece el fútbol. Esta temporada además, con la diseminación de los encuentros, la devastación se ha diseminado también: por morbo, seguí ya sintonizando y hubo fútbol el domingo por la mañana, el domingo por la tarde-noche –“¡Ponseti, hoy nos toca estar hasta las doce, Ponseti!”, gritaba su colega a las tres– e incluso el lunes. Ponías la radio a cualquier hora, y solo había jaleo.

Ciertos intelectuales –curiosamente, todos de izquierda y castristas: Vázquez Montalbán, Benedetti, Galeano...– lograron prestigiar el fútbol. Supongo que, como no había pan en los regímenes que propugnaban, querían dejar al menos el circo. Ya va siendo hora de iniciar una reacción elitista. Hay que recuperar, como alguna vez ha propuesto Savater, el insulto que profiere Shakespeare en El rey Lear (acto I, escena 4): “¡Vil futbolista!”; extendiéndola, por supuesto, a los locutores futbolísticos. Hay que reconstruir Europa (¡el mundo entero!) a partir de ese insulto.

[Publicado en Jot Down]

18.8.11

Jeanne Duval y el Papa

La última vez que el Papa fue a Madrid yo vivía en Madrid. Evité sus hordas, obviamente. Esa invasión histérica de felicidad: una especie de tuna-boy scout compuesta por quinientos mil cantautores, todos con la cara de Milikito. Era en mayo de 2003 y pinché en la tele por ver, más que nada, el aspecto de mi querida plaza de Colón. Me regocijaba que a no más de cien metros se encontraba (no sé si se encuentra todavía) el mayor burdel de Madrid: el Hot Girls, en el local de la antigua discoteca Bocaccio. Por la época había salido una columna (bastante papal, por cierto) de Manuel Vicent lamentando la deriva de aquel sitio mítico de la noche progresista madrileña: cómo ahora iban a follar allí los ejecutivos, donde antes había reinado la intelectualidad. Como si la intelectualidad no hubiera ido allí exactamente a lo mismo; como si lo que ellos daban a cambio de follar (disfrazado de teorías e ingeniosidades) no fuera también dinero.

El caso es que mi regocijo pudo ser completado, porque unos días después, todavía con los restos del escenario en la plaza, acompañé a un amigo al Hot Girls. Y digo acompañé porque yo (también bastante papalmente) no quise recurrir a los servicios de ninguna cortesana. Era mi amigo el que iba a lo que iba. Nos tomamos una copa, luego mi amigo entró con una chica y yo me quedé esperándolo, entretenido con el paisaje. De algún modo me pareció más limpio aquel trasiego de ejecutivos y putas que imaginarme a Vicent o a Umbral babeando ante una poetisa engatusada con la Visa Oro de ellos, que en aquel tiempo era el carnet de El País. Pero yo (¡ay!) pertenezco a ese deleznable sector intelectual. Por eso, cuando se me acercaba alguna a proponerme “travesuras sanas”, yo le respondía con boutades, como si me encontrase en el mismísimo Bocaccio. Me dio por soltarles que si aquellos días habían recibido visitas de las autoridades eclesiásticas, ávidas de pecar un poco antes de confesarse; si habían ido por allí obispos, cardenales... e incluso Su Santidad. La reacción de las putas era indefectiblemente la misma: el escándalo. Me regañaban y me daban la espalda, sus culitos de lencería. Me acordé de la Jeanne Duval de Baudelaire, la cortesana negra que se escandalizaba cuando el poeta la llevaba a ver los desnudos del Louvre.

De vuelta ya con mi amigo por la noche madrileña pensé con ternura en las chicas del Hot Girls. Seguro que algunas (eso se me olvidó preguntarlo) habían salido a ver al Papa. Se mezclarían con los histéricos boy scouts, con las hordas de fervorosos Milikitos: todos gritando hacia el escenario sin saber que a su lado estaba la salvación.

[Publicado en Jot Down]

27.1.11

El factor tiempo

Buena columna de Arcadi Espada sobre el buen reportaje de Patrick Symmes aparecido en Letras Libres: "Treinta días viviendo como un cubano". Solo quisiera añadir algo que no aparece (que quizá no puede aparecer) en el reportaje ni en la columna: el factor tiempo. Escribe Espada:
Tal vez lo más atroz de lo que le pasa no esté en el estómago ni en ninguna otra experiencia crudamente sensorial. Es el tiempo. Con 15 dólares en el bolsillo el tiempo no pasa; de tal modo que uno tiene la conciencia constante de que se va muriendo.
Sí, existe ese tiempo del momento, de la jornada. Pero hay otro más importante: el que no se termina. En este tipo de reportajes el autor puede introducirse en todos los aspectos de la vida que ha ido a investigar; salvo en uno: la conciencia de que esa vida es una condena sin plazo. Symmes sabe que su experiencia lo tiene. Tal día se terminará: su tiempo es un tiempo con horizonte. Hemos leído historias de príncipes, o de actores de Hollywood, que han decidido pasar unos días a la intemperie, para saber "cómo vive" el que vive a la intemperie. Pero de ese safari se le escapará la pieza más importante: el machacamiento de todos los días que ya fueron así, y de todos los que seguirán siendo así; sin posibilidad posterior de palacio o de jacuzzi. No se puede, pues, como se presenta el reportaje de Symmes, "vivir un mes en esas mismas condiciones": porque esa acotación del tiempo elimina la condición principal.

[Publicado en Penúltimos Días]