9.7.26

Paradoja del antifascismo español

El antifascismo español lleva años postulando un fascismo que nunca llega. Esto podría considerarse un fracaso personal del antifascismo español, dada la ansiedad con que lo aguarda. Al modo de los bárbaros de Cavafis, para el antifascismo español el fascismo, al fin y al cabo, es una solución.
 
Una solución, antes que nada, para camuflar, excusar e incluso justificar las pulsiones inequívocamente fascistas del antifascismo español. Lo último ha sido esa llamada de Arnaldo Otegi a levantar "un muro antifascista". Un muro, ya lo dijimos, que, si tiene a Otegi como aparejador, solo podrá ser construido con piedras fascistas. Nada ha habido más fascista en España, desde el final de la dictadura de Franco, que el nacionalismo vasco. Bueno, solo el nacionalismo catalán. En general, los nacionalismos: como lo fue el franquista.
 
La farsa del antifascismo español se ve en cosas como que (¡recuérdalo tú y recuérdalo a otros!) ya llamaba fascista a Albert Rivera, al que le puso el apodo de Falangito. Cuando surgió y cuajó Vox, que, a diferencia de Ciudadanos, sí era y es de ultraderecha (es decir, un partido espejo de los partidos nacionalistas vascos y catalanes; para Vox, España es su autonomía), el antifascismo español experimentó una euforia delatora. En efecto, si Ciudadanos ya era fascista, ¿a qué venía aquel énfasis con Vox? ¿A qué aquella "alerta antifascista" de repente?
 
Recuerdo un intercambio que tuve entonces con un antifascista español que se escandalizaba, decía, de que lo que hasta entonces habían sido conversaciones de bar hubiesen llegado al Parlamento. Yo le respondí que hasta que no había logrado sacarlas del bar no había parado el antifascismo español. Como si le fuese la vida en ello, como ciertamente le iba: mucho tiempo estuvo el antifascismo español sin fascismo enfrente. Durante lustros, el único "¡Viva España!" que se oía era el de las parodias (cargantes) del Gran Wyoming.
 
Vox, ya digo, es de ultraderecha. Y mi repulsión por este partido (una repulsión estomacal) me ha llevado a denostarlo y combatirlo (en la medida de mis menguadas e ineficaces posibilidades) desde que asomó. No han dejado de lloverme improperios por parte de los apretaos del voxismo; improperios que luzco como orgullosas condecoraciones, igual que Oscar Wilde los escupitajos que le lanzaban. Pero, desde el corazón mismo de mi repugnancia, no pierdo de vista dos cosas: una, que Vox no es el peor partido español, porque los hay peores; y dos, que por muy ultraderechista que sea, su ultraderechismo se verá limitado por el Estado de derecho, siempre que este se mantenga activo.
 
A propósito de esto último, lo que da miedo es que el antifascismo español, por medio del presidente Sánchez, le ha allanado el camino al fascismo español, al corroer el Estado de derecho y mostrar lo que se puede hacer con la infiltración partidista en las instituciones. Ha sido, una vez más, una sucia operación interesada.
 
En lugar de mantener activo y firme el Estado de derecho para que contuviera y limitase al fascismo español, lo que ha hecho el antifascismo español ha sido convertirlo en un trapo, en un castillo de cartón mojado con el que se pueda hacer lo que se quiera, despóticamente. Así (esta es la paradoja), el antifascismo español se presenta, muy cucamente, como el único bastión contra el fascismo español. Ya que no podrá serlo el Estado de derecho que ha estropeado.
 
Por otra parte, no sé qué cosas fascistas le quedarán por hacer al fascismo español cuando llegue al poder, en el caso de que algún día llegue. ¡Si todas las cosas fascistas ya las ha hecho el antifascismo español!
 
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