16.7.26

El navajero de Ockham

En los tiempos en que el bachillerato era aún digno de ese nombre (mi generación lo pilló un poco), a los estudiantes se les dotaba de una fabulosa arma pendenciera: la navaja de Ockham. Con ella se convertían en navajeros y podían meterse en peleas discursivas con posibilidades de ganar, o al menos hacerles daño a los rivales. Estos solían ser pesados curas, que con los años derivarían en pesados curas ideológicos. Son los que imperan hoy, aunque enfrente tienen a estudiantes desarmados.
 
El monje nominalista franciscano del siglo XIV Guillermo de Ockham, a cuyo trasunto en El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville (también con cualidades sherlockholmesianas), interpretó Sean Connery, estableció como principio de conocimiento que la explicación más simple tiene mayores probabilidades de ser la verdadera. Por ello "no hay que multiplicar los entes sin necesidad". Esta multiplicación innecesaria es la que debe rebanar la navaja, como metafóricamente se le llama a su principio.
 
En este verano calurosísimo me aburro, pese a las euforias mundialistas, y he decidido sacar la vieja navaja estudiantil para, cual navajero de Ockham, y a diferencia de los pánfilos toros de los Sanfermines, pegar algunos tajos en la actualidad.
 
Podemos empezar precisamente por el asunto de las selecciones nacionales. La bobada de Rajoy (que en la selección de Francia no había franceses) ha dado pie a que políticos y tertulianos se pongan campanudos. Yo creo en la ciudadanía universal, formal, sin contenido, pero eso no me impide soltar mis chistecillos también. Así, tras la derrota de Francia en la semifinal escribí: "Ahora sí que se les ha quedado cara de franceses". Lo patético de España es que bastantes comentaristas indignados serían incapaces de afirmar que todos los jugadores de la selección española son españoles. No por jugadores como Yamal o Williams, sino por los catalanes y los vascos. Ahí están los artificiosos nacionalistas para hacer el mohín. Lo que pretenden es multiplicar las selecciones sin necesidad.
 
Otra cuestión deliciosa es la súbita apología del enchufismo a la que estamos asistiendo tras la condena del hermano del presidente Sánchez (mi por otra parte admirado Azagra, al que le gustan la música y no trabajar tanto como a mí). Gracias a la navaja de Ockham desbrozamos una verdad simplicísima: la defensa de lo público que hace nuestra izquierda es porque en lo público encuentra su mina para las colocaciones a dedo.
 
En cuanto al impostado énfasis del Gobierno contra el juicio (en el que no ha habido afectación gubernamental y del que, por otra parte, el entrañable Azagra no ha salido tan mal parado), Caño ha dado con el motivo simple y certero: se trata de ir "preparando el camino –y educando a su tropa– para deslegitimar sentencias futuras que sí afectarán directamente al PSOE y a Sánchez".
 
El presidente es el que está en el fondo de todos los desbroces. Si utilizáramos la navaja de Ockham para afeitar, debajo de la barba estaría Sánchez, con su sonrisa de Pepe Sonrisas. Precisamente el amigo profesor de Filosofía que me informa de que en el instituto ya no se estudia a Ockham fue el que me dijo hace unos meses, a propósito de los escándalos del sanchismo: "Desde el plagio de la tesis todo ha sido una deducción axiomática".
 
En fin, que si, en esto de la corrupción y las maniobras propagandísticas encubridoras, el PSOE y el Gobierno andan como un pato, nadan como un pato y hacen cuá cuá (¡y Cué Cué!) como un pato, a lo mejor el que manda en el PSOE y en el Gobierno es el capo. ¡Lo dice Ockham!
 
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