30.7.26

Grecian 2030, el estadista intermitente

Uno de los mejores motes que conozco se lo puso una amiga a un hombre importante de la prensa española que, cuantos más años pasaban, más negro tenía el pelo: Grecian 2000. "¿Has leído hoy lo de Grecian 2000?". Yo particularmente no creo que se lo tintara, pero el efecto del mote era en sí mismo arrasador: producía en la percepción una noción irreversible de artificialidad. El negro de su pelo ya siempre me pareció postizo. Un buen mote es un camino sin retorno.
 
En la comparecencia de fin de curso del presidente Sánchez, que tuvo lugar entre los incendios y sus vacaciones (no incompatibles estas con la perduración de los incendios), me acordé de Grecian 2000; no del personaje, sino del tinte. A nuestro Kennedy le ha salido un oportuno mechón blanco sobre la frente que funciona como aquellas primeras canas en las sienes de Felipe González, ya avanzado su mandato. Da peso de estadista, le va bien al disfraz.
 
Estoy tentado de ponerle también a Sánchez el mote de Grecian 2000; ¡o mejor, Grecian 2030! Es tan favorablemente preelectoral su mechón que en estos momentos lanzo el bulo de que no le ha salido solo: se lo tiñe de blanco. ¿No existe la moda del anal bleach? Si se puede blanquear el ano, ¿cómo no se va a poder blanquear una mechita de nada? Busco un anuncio del genuino Grecian 2000 y en realidad no se presenta como "tinte", sino como "loción anticanas". Pero bien se podría habilitar una línea alternativa del producto que fuese una "loción procanas". Para usarla poquito, solo para estadistas.
 
En Hollywood siempre hubo un actor para cada cosa, y el de las canas estratégicas era Stewart Granger. Eran seductoras sus irrupciones de blanco. En el caso de los estadistas, se supone que las preocupaciones por el aparato estatal y el bien común afloran en forma de canas. Las canas serían una manifestación ética del capitán de la nave.
 
Un estadista que ha encanecido en el poder es un estadista que se ha preocupado por ejercerlo adecuadamente, tras asomarse a su insondable abismo y ser consciente de su endiablada complejidad. Del exministro de Franco y posterior líder de la derecha Fraga Iribarne se decía que tenía el Estado en la cabeza; pero era una cabeza con escaso pelo y no le lucía. Lo suyo es tener en la cabeza pelo además del Estado; o más que el Estado, la preocupación por el Estado, que emergerá como canas resultonas. Los ciudadanos vemos así al estadista como un padre al que no paramos de darle problemas.
 
A Sánchez se le ve feliz con su mechón. Sea natural o artificial, su mensaje es refutar a quienes piensan que al presidente se la sopla el Estado. El mechoncito blanco indicaría la honda preocupación estatal del presidente; tal vez entremezclada, eso sí, con las preocupaciones por la situación penal de su familia, de medio PSOE y de bastante peña vinculada a su Gobierno.
 
Aprovechando que el mechón le da un toque extra de estadista, Sánchez se ha puesto a hablar de "pactos de Estado". Pactos que no piensa pactar con nadie, no se trata de eso: sino de esgrimirlos para acusar a quienes no "pacten".
 
Sánchez, en realidad, no es un estadista a tiempo completo, sino un estadista intermitente. Es a su vez un estadista contradictorio, porque habla del Estado mientras lo desmantela. Un poco como los hermanos Marx en aquel tren con cuya madera alimentaban el fuego de la locomotora. "¡Más madera!", y cada vez menos tren.
 
Es previsible que lo último que quede del Estado sea su mechón blanco de estadista.
 
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