25.8.20

Entrevista: "En democracia, el derecho de autodeterminación no tiene sentido"

Por Óscar Benítez

Procedente del mundo televisivo, José Antonio Montano (Málaga, 1966), es conocido en la actualidad por sus columnas en cabeceras como Jot Down, El Español y The Objective, así como por las irreverentes reflexiones que suele desgranar en su cuenta de Twitter. El Liberal ha charlado con él sobre asuntos tales como la destitución de Álvarez de Toledo, la marcha del Rey Emérito al extranjero o la gestión de Sánchez de la pandemia, al que Montano considera «el peor presidente para la peor crisis».

La destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP ha sido interpretada por medios como El País como un giro a la moderación por parte de Casado. ¿Es una interpretación correcta?
Es una interpretación correcta de acuerdo con la caricatura vigente: esa que dice que el reaccionario nacionalismo es progresista y el progresista antinacionalismo es reaccionario. Una caricatura en cuya autoría ha participado notablemente El País (con la excepción, por cierto, de sus mejores articulistas: Fernando Savater, Félix de Azúa y Daniel Gascón). Que un periódico que apoya al gobierno Sánchez-Iglesias hable de “moderación” es de risa. Por otra parte, me parece que Cayetana Álvarez de Toledo no era una buena portavoz: era demasiado superior a su partido (y me temo que al electorado español). Creo que en política ella solo podría ser lideresa o nada.

Recientemente, Íñigo Errejón ha reivindicado el escrache como «forma de protesta puntual que visibiliza una problemática social» al tiempo que condenaba el «acoso» y «persecución ideológica» que sufren Pablo Iglesias e Irene Montero. ¿Es una actitud coherente?
Claro que es coherente. Para Errejón es una pura herramienta ideológica, y por lo tanto es buena si la aplican los suyos y mala si se la aplican a los suyos. No está en el “qué”, sino en el “quién” y “a quién”. En el embrutecido ámbito civil que propone hay buenos y malos, que además no lo son según lo que hagan, sino según la ideología que profesen. Errejón es un necio que no ha aprendido nada de la historia. Esto vale también para Monedero y los Iglesias.

En el periodo 2017-2019, la inversión extranjera en Cataluña cayó un 83% respecto al trienio anterior. ¿Por qué datos como éste no parecen hacer mella en el electorado nacionalista?
Porque el nacionalista, para ser nacionalista, ya tuvo que prescindir previamente de la realidad. Todo lo que esta haga a continuación es, como quien dice, un llover sobre mojado. Aun así, nos quedaba la duda de si la fe de los nacionalistas catalanes se retraería ante las pruebas más crudas de la realidad. Pero ya hemos visto que no: era una fe sólida. Son unos buenos nacionalistas, y como buenos nacionalistas hundirán a su “nación”.

Por otro lado, parte del separatismo, con Puigdemont a la cabeza, ha aprovechado el aniversario de los atentados en las Ramblas para alimentar teorías conspirativas semejantes a las que prosperaron tras el 11M. ¿Le sorprende?
Es lo mismo que lo anterior. Lo bueno, para mí, es que siempre me sorprende: nunca termino de acostumbrarme a la bellaquería.

Según el último CEO, el 50% de los catalanes rechaza ahora la secesión. Sin embargo, el 78,3% sigue creyendo que Cataluña tiene derecho a decidir su futuro como país en un referéndum. Pero, ¿es lícito el derecho de autodeterminación en democracia?
No creo que sea lícito. Pero sobre todo me parece absurdo. En un país democrático ese derecho no tiene sentido. La motivación, además, es sórdida: en la medida en que lo piden los ricos y se fundamenta en pulsiones oscuras, como la de extranjerizar a conciudadanos.

Los escándalos del Rey emérito han situado a la monarquía en el centro del debate. ¿Sería la republicana plurinacional que proponen algunos preferible a la actual monarquía constitucional?
En absoluto. En lo de “plurinacional” está el truco del almendruco. Yo estaría por la república, pero una república tan parecida en la práctica a nuestra monarquía constitucional que no sé si merecería la pena el trastorno. Ya he dicho muchas veces que el principal obstáculo para la república en España son nuestros republicanos vociferantes: esos que pretenden un régimen sectario, no uno para todos como el que tenemos en la actualidad. Por contra, el que sí está trabajando con solvencia en favor de la república es el rey emérito. El que haya escogido como país de retiro los Emiratos Árabes es otro importante aldabonazo.

En una ocasión, escribió que uno de los hechos más sintomáticos de la política española era el odio a Ciudadanos, al que no se le perdonaba su «antinacionalismo fundacional». ¿Qué opina del giro impuesto por Inés Arrimadas a la formación, abriéndose a pactar con el PSOE?
Lo de Arrimadas creo que ya da un poco igual. Ciudadanos es un partido póstumo. Tuvo su gran momento y lo dejó pasar. No creo que haya otro. En cualquier caso, le seguiré dando, por cortesía, tratamiento de partido todavía vivo. Esos pactos con el PSOE me parecen bien en la medida en que sean buenos para el país, es decir, que tengan amplitud de miras; y en la medida en que no respalde las majaderías en que el PSOE anda metido (que es el otro aspecto del propósito anterior). Un signo prometedor de esos pactos es el berrinche que se pillan los populistas y los nacionalistas. Berrinche que habría sido épico si Rivera no hubiese tirado a la basura la fuerza que alcanzó Ciudadanos.

Vox ha anunciado para septiembre un moción de censura a Pedro Sánchez, en un movimiento que según PP y Cs solo beneficiará al actual presidente. ¿Es así?
Por supuesto. Los dos presidentes más inanes que hemos tenido, Rajoy y Sánchez, gozaron de la inmensa fortuna de disponer de un poderoso argumento externo cuando ellos mismos carecían de argumentos. El argumento de Rajoy fue Podemos. El argumento de Sánchez es Vox. En ambos casos, el único argumento. Bueno, con el tiempo hay que reconocer que Rajoy sí que disponía de un argumento suplementario en su favor, pero esto solo podíamos saberlo después (en el grado brutal en que ya lo sabemos): no ser Sánchez.

La OMS atribuye las restricciones de viaje a España a las dudas sobre la gestión de los rebrotes por parte del Gobierno. ¿Cómo valora usted la gestión de Sánchez?
Nefasta, ¿no? Ahí están los números fúnebres, sanitarios y económicos, incontestables. Ha sido el peor presidente para la peor crisis. Cuando decretó el primer estado de alarma dispuso de un momento de adhesión general, como si la gravedad de las circunstancias lo hubiese investido de gravitas, e incluso auctoritas. Pero ese momento lo dilapidó en poquísimos días. Es un hombre que ha llegado al poder para dividir y no para unir. Si eso se suma a que no sabe nada, concluimos que solo le queda la propaganda, el Nodo. Y en eso está, con su Goebbelsito de cabecera. Pero hay una apostilla más pesimista: aunque el principal responsable es Sánchez, es el país entero el que ha fallado. España se ha revelado como un país que no funciona.

La actriz Rose McGowan ha desvelado en su cuenta de Twitter que el cineasta Alexander Payne mantuvo relaciones sexuales con ella cuando tenía 15 años, por lo que le ha exigido que se disculpe públicamente. ¿Cree que los artistas acusados de actitudes inmorales deben ser censurados o ninguneados por el público como defiende parte de la izquierda contemporánea?
¡La cultura de la cancelación! Llevo semanas intentando no escribir una columna sobre el tema, como ya han hecho todos mis colegas columnistas. Pretendía singularizarme y ser “el columnista que no ha escrito su columna sobre la cultura de la cancelación”. Y ahora va usted y me hace esta pregunta con la que me tengo que pronunciar. Bien, me pronunciaré: estoy en contra de la cultura de la cancelación. Pero sobre todo estoy en contra de que en español se utilice con ese sentido la palabra “cancelación”.

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En El Liberal.

19.8.20

El triunfo de la caricatura

La política española vive en estado de irrealidad, una de cuyas manifestaciones es la autonomía de ciertas caricaturas. Su origen se reparte entre el partidismo, la rentabilidad y la pereza. Y se desarrolla así: un comentarista crea una caricatura, y a partir de ese momento opera con ella y solo con ella. No solo al margen, sino en contra de la realidad.

Lo volvemos a ver ahora con la destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP. Aquellos que la metían en el saco extremista de Vox dicen ahora que se irá a Vox. Ignoran que nadie en el PP ha criticado más a Vox que ella. Pero crearon su caricatura sobre esa ignorancia (deliberada) y de la caricatura ya no salen.

Técnicamente es una automamada ideológica. El comentarista (pongamos que Gerardín Tecé) se lo inventa y luego se chupa lo que se inventa. Lo más grimoso es cuando se corre. Esa autosatisfacción.

No es la de Álvarez de Toledo la única caricatura que circula, pero es muy significativa. Al cabo, es la expresión particular de una caricatura general: la de que toda contestación al nacionalismo es “facha”. O sea, la caricatura de que lo verdaderamente progresista es lo reaccionario en este país. Y viceversa: es una caricatura con dos sentidos; siendo el primero la coartada del segundo. El resultado es la impunidad con que en este país se puede ser verdaderamente reaccionario. Con un efecto sociológico apabullante: en ningún sitio hay tantos fascistas percibiéndose a sí mismos como antifascistas.

Esta caricatura era anterior al surgimiento de Vox. Surgimiento que, a un tiempo, la desenmascaró y la consolidó.

La desenmascaró porque el énfasis ante Vox probaba que hasta entonces habían estado operando con una caricatura y lo sabían: si ya acusaban de facha 'antes', ¿a qué venía el énfasis 'ahora'? (Se podría pensar que porque se les daba la razón, pero era justo lo contrario.)

Y la consolidó porque, por supuesto, siguieron con ella: no era fácil renunciar a semejante bicoca. Ser reaccionario y pasar por progresista debe de producir un gusto enorme, además de tener incontables ventajas.

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En The Objective.

17.8.20

Nuestros antepasados

He escrito alguna vez (me repito, pero la realidad se repite y no quiero tener menos armas) que el gran logro de Zapatero fue volver a meternos en nuestra historia, de la que por fin nos estábamos escapando. Éramos españoles descarriados y nos recondujo. Esto ha supuesto un fastidio tremendo, a cambio de una ganancia impagable: hemos restablecido el hilo con la tradición española.

Nuestros antepasados, que durante la Transición nos parecían unos seres extrañísimos, unos inútiles incomprensibles a los que les aplicábamos una mirada antropológica, se han vuelto nítidos de pronto. Venimos de ellos y somos ellos: volvemos a ser ellos. La desastrosa historia que hicieron es la que estamos volviendo a hacer.

Lo raro fue la Transición. Pero tuvo tanto éxito que nos precipitamos a decretar el fin de la historia de España, como Fukuyamas castizos. El famoso pronóstico de Gil de Biedma (“de todas las historias de la Historia, / la más triste sin duda es la de España, / porque termina mal”) nos parecía entrañable por equivocado. Habíamos logrado milagrosamente darle esquinazo a nuestro destino.

Era, lo vemos ahora, una ficción. Historiadores como Fusi habían creído en el final feliz, y por eso se sintieron descolocados cuando empezó a incumplirse. Otro de mis clásicos es citar lo que Fusi escribió de Zapatero en su Historia mínima de España (Turner, 2012), pero es que es fabuloso que el expresidente haya entrado en los libros de historia como el responsable de “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Tarea que han proseguido Podemos, Vox y Sánchez.

La contrapartida, como digo, es que ahora entendemos por qué hubo guerra civil, por qué la historia de España ha sido la que ha sido: es exactamente la que estamos viviendo, con esta descomposición en plena pandemia. En la cuarentena algunos se pusieron con los Episodios nacionales de Galdós para leer sobre la España actual. Yo acabo de terminar la excelente biografía de Valle-Inclán escrita por Alberca (Tusquets) y qué agobio de país (agobio, por cierto, que no remite cuando hay república).

Naturalmente, si todo se ha descosido es porque estuvo mal cosido. Pero habrá que admitir el mérito que tuvo coser aquello, que es esto que ahora se nos descose... Por lo demás, los que conocimos la dulzura de vivir la brecha con nuestros antepasados no podemos dejar de mirar a los españoles que hoy vuelven a las andadas como seres póstumos. (Los otros, los muertos.)

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En El Español.

4.8.20

Solución de leyenda

Al enterarme del exilio del rey Juan Carlos I he pensado más en su biografía que en la historia: cómo se la redondea, por simetría. Vuelve adonde estuvo su padre, dejando a su hijo donde él estuvo. No sé si es una injusticia (“es una vergüenza para España”, le leo a un voxista; “es una salida deshonrosa, cutre, por la puerta de atrás”, le leo a un podemita), pero me parece una buena solución: una solución de leyenda.

Hablo de estética, por supuesto. La vida se le deshilachaba en sus últimos manejos, ciertamente lamentables. Le quedaban años feos. La potencia simbólica del exilio, sin embargo, contrarresta esa fealdad. Le pone un colofón vistoso para los libros de historia. Quedándose en España (que a lo mejor es lo que tendría que haber hecho) no lo habría conseguido.

No está mal un destino shakespeariano para alguien que no parece muy complejo. Supongo que le fastidiará la situación (“estoy tomando aguantaformo”, le dijo a Raúl del Pozo hace no mucho), pero para su biografía va muy bien. Se acopla con el niño exiliado, que vuelve a ser él mismo. La rácana mirada historicista que predomina en la actualidad puede que no aprecie esa belleza, literaria.

Nunca me explicaré –escribí aquí de ello– su falta de comprensión de lo que significaba ser un rey también para los republicanos: esa exigencia de ejemplaridad fáctica que debía corresponderse con su irresponsabilidad legal. Porque para no ser intachable, mejor tener a un presidente de la república al que poder juzgar o echar en unas elecciones. Pero también es verdad que le tocó una época no muy escrupulosa: su conducta casi fue equiparable a la de muchos de los gobernantes electos.

El juicio de la historia será positivo, incuestionablemente. Posibilitó la democracia en España, que vivió en paz y prosperidad durante su reinado. Le gustaron además las mujeres y el dinero. Conforme pasen los siglos esto resultará casi entrañable, como la “verdura de las eras” que decía Jorge Manrique. Y, salvo por el viejo mandato absoluto, que no cató, apuró lo de ser rey con frenesí: dos exilios, una abdicación y un reinado (más el principado con Franco, que no lo escondo).

Cuarenta años de democracia en paz y prosperidad: se dice pronto, pero no los hubo antes en nuestro país y no sabemos si se repetirán. Al menos tanto tiempo seguido.

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En The Objective.

3.8.20

Merecimiento

Tampoco yo logro visualizar el desastre que se avecina. Por el momento, el mar mantiene su calma. Me he venido a tender en ella la vista, confiado en que se me adentre un poco en el espíritu. Estoy en ese apartamento prestado que da al horizonte azul, por cuyas fotos Félix Ovejero me llama “marquesito”. Pero soy pobre, como Rilke: un pobre al que le prestan palacios de verano. (Escribo al aire del ventilador, mientras que afuera la atmósfera está quieta y achicharra.)

Hay el convencimiento de que tras el paréntesis de agosto caerán chuzos de punta. Puede que algunos se adelanten y rompan el paréntesis. No sabemos cómo será, porque nunca lo hemos vivido. Por eso el miedo todavía es abstracto: eco de libros y películas, de las historias de los más viejos. Será peor que en 2008. Entonces el PIB no cayó un 18,5%. Ni el país estaba en descomposición; desde luego, no como hoy. Ni teníamos el peor gobierno posible. Ni el peor parlamento.

Ahora hay dos carreras locas: la de la realidad y la de la propaganda. Esto va a acabar muy mal, porque van en sentido contrario. Nos vamos a enterar de lo que es un choque de trenes, con descarrilamiento y explosiones. Ganará la realidad, naturalmente: la realidad catastrófica. Pero la dinámica hará que se le eche encima cada vez más propaganda. Va a ser insufrible.

La esperanza de que la pandemia fomentase al menos la unidad se desvaneció pronto. Y no lo hizo sola: fue torpedeada desde todos los flancos; empezando por el del gobierno, que jamás se la trabajó.

Así se arruina un país, al modo peronista. Y aunque Podemos no tiene la principal culpa, ya es casualidad que nos suceda con los peronistas en el poder. La principal culpa la tiene el presidente Sánchez; por él y porque en él se han concentrado todos los hilos perversos de la política española desde hace décadas. Es el máximo responsable, y al mismo tiempo el simple peón de una fatalidad.

La culpa es de los españoles. Nos iremos al guano con merecimiento. Y, a pesar de que he empleado “culpa”, no me refiero a un merecimiento moral, de expiación cristiana, sino a uno puramente físico. Las realidad tiene sus leyes, y entre ellas está la de que no pueden pasar el filtro electoral la mentira, la ineficacia, la necedad ni el embrutecimiento ideológico sin que eso se pague.

Alzo la mirada. Por el ventanal hay un mar neblinoso, de un azul dulce, paciente, como avanzando hacia su desaparición.

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En El Español.

27.7.20

Adrados

La humanidad es una y su espectáculo es total: lo mejor y lo peor lo ofrece simultáneamente. El entrelazamiento de la tragedia y la comedia es perpetuo. La antropología nunca cierra.

La muerte del helenista Francisco Rodríguez Adrados nos ha recordado la grandeza –la posibilidad de la grandeza– en una semana atravesada, como todas, por la pequeñez.

Así los aplausos a Pedro Sánchez de los hombres y mujeres de Pedro Sánchez (entre los que destacaba Manuel Castells, desgañitándose con las manos). Así la escena de teatro del absurdo en que Teodoro García Egea, a la pregunta sobre las corrupciones de un senador de su partido, respondía con las corrupciones de Pablo Iglesias (rindiéndole un gran servicio a Pablo Iglesias). Así los independentistas, cada vez más ahondados en su sótano; a sus pequeñeces habituales, han añadido la miseria con que han despedido a otro grande, porque los refutaba: Juan Marsé. Así nuestros promotores de escraches, que solo se han dado cuenta del fascismo de los escraches cuando los han empezado a sufrir, y aun así siguen hablando de escraches buenos y malos...

Hace años pasé días felices caminando por la playa con las conferencias de Adrados en los auriculares, con el azul delante del mismo Mediterráneo de su Grecia. Ahora me he puesto, como homenaje ya póstumo, la de Tucídides.

Es sensacional. Adrados arrastra carraspeos, toses, titubeos, tics (“eh eh”), alguna risita, alguna autoironía... junto con su formidable erudición, que se despliega en haces. Todo avanza junto también, con un didactismo raro, más bien abrupto, pero que va imponiendo sus materiales con una viveza asombrosa. Una vez que te metes, estás allí: en Grecia, en Tucídides.

Carlos García Gual, en su bella negrológica, ha hablado del “abigarrado mundo helénico”. Y esa es la Grecia viva, nada “neoclásica”, que transmite Adrados (y transmite el propio Gual y transmitió Nietzsche).

Adrados recuerda en su conferencia que Tucídides decía de su Historia de la guerra del Peloponeso que era “una adquisición para siempre”. Porque había analizado sucesos humanos que, por ser humanos, respondían a las leyes de la naturaleza humana y no dejarían de estar vigentes nunca.

La desastrosa guerra del Peloponeso –en la que participó por cierto la peste, que mató a Pericles y asoló Atenas– fue el gran trauma histórico del mundo griego, y Tucídides se obsesionó en analizarlo para que no se repitiera. Analizó entre otras cosas, dice Adrados, el carácter destructor de los extremismos, que terminan arrastrando al conjunto de la población.

Una adquisición para siempre. Tan para siempre que no han dejado de repetirse las guerras del Peloponeso, con la insaciable insistencia de la pequeñez humana. Del lado de la grandeza quedan los Tucídides y los Adrados.

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En El Español.

23.7.20

'La tierra baldía' en preventa

Ya está lista, en preciosa edición, la nueva traducción de La tierra baldía de T.S. Eliot. La ha llevado a cabo Luis Sanz Irles y yo creo que es la mejor en español hasta ahora. El libro, además de la traducción y el original en inglés del poema, lleva un prólogo de Ernesto Hernández Busto, una nota del traductor y un epílogo mío. El libro está en preventa aquí.

20.7.20

El último verano

Hay una extraña euforia. Recuerdo que la hubo también el verano anterior a la otra crisis. Un énfasis en el disfrute de lo de todos los veranos, como si fuesen a terminarse. En este el énfasis está acentuado incluso, sin duda como venganza por el confinamiento vivido. Y puede que por el que viene: la conciencia de que habrá uno nuevo es simultánea a la euforia, la incentiva.

Es cierto que en la calle no están quienes podrían entristecerla: estos permanecen asustados en sus casas; o salen a deshoras, o solo para trabajar (se encierran en sus trabajos). Hay una división anímica. En la calle abundan las mascarillas, que son un recordatorio: pero su efecto es menos amenazante que carnavalesco.

Yo me fijo en cómo Eros se desborda de la zona vedada, imantando los contornos. El borrón de la cara enciende los ojos, que brillan como nunca. Este es el verano de los ojazos: son enormes, expresivos, tienen la urgencia de decir lo que el gesto no puede. Y por debajo (hablo de mujeres) los escotes, cuyo estallido –al menos en el sur– es apabullante. La onda expansiva alcanza a los ombligos (muchos con piercing) y los muslos, con esos pantaloncitos cortos que se han puesto de moda (¡fabulosos en el trasero!).

Pero se olisquea a la vez la desesperación. Todo carpe diem sabe que después viene la noche. Esta se interna, de hecho, en el placer: por eso es desesperado. En el ciclo católico –heredero del pagano–, al carnaval le sucede la cuaresma.

Aunque no faltan avisos: caída del comercio, vacíos en las terrazas de los bares del centro (no tanto en las de barrio). Ni faltan tensiones. El otro día en Málaga un adolescente empujó a un anciano que le regañaba por no llevar mascarilla. Le rompió la pelvis. Fue el encontronazo de dos mundos: el del anciano aprensivo y el del adolescente bravucón. Este aún ignora que lo que se avecina va a cebarse todavía más con él (quizá el anciano también temía eso).

Lo que se avecina. Como en el poema de Cavafis (en la traducción de Bádenas de la Peña): “Los hombres conocen el presente. / El futuro lo conocen los dioses, / únicos dueños absolutos de todas las luces. / Pero del futuro, los sabios captan / lo que se avecina. En ocasiones // su oído, en las horas de honda reflexión, / se sobresalta. El secreto rumor / les llega de hechos que se acercan. / Y a él atienden reverentes. Mientras en la calle, / fuera, el vulgo nada oye”.

Puede que la devastación particular de este virus tenga que ver con que ya no hay sabios en los gobiernos. En casi ninguno del mundo y sobre todo en el de España. Nuestros gobernantes no reflexionaron ni sus oídos se sobresaltaron. Son puro vulgo en el poder: nada oyeron.

Me entero ahora de la muerte de Juan Marsé. El título de esta columna se inspiraba en los versos de Gil de Biedma que lo mencionan: “Fue un verano feliz. / ...El último verano / de nuestra juventud, dijiste a Juan”. En él seguiremos, esperando el invierno. Que este año puede venir adelantado.

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En El Español.

13.7.20

Desesperante

Lo de España es desesperante. Las noticias que ha venido publicando EL ESPAÑOL sobre la corrupción del rey emérito Juan Carlos (técnicamente presunta) confirma el bajísimo nivel de las élites españolas, empezando por su cúspide. Es desesperante y desmoralizador.

Esa “estructura” para eludir al fisco, encargada desde Zarzuela, le da al palacio un ineludible aire de patio de Monipodio. No hay nobleza: hay plebeyez. Nos hemos resignado ya a mantenernos en la deprimente tradición española, de la que pensábamos haber escapado. Nuestro director ha recordado en su Carta de este domingo la chufla de los hermanos Bécquer Los Borbones en pelota. Podríamos recordar también La corte de los milagros de Valle-Inclán. Sí, puro esperpento.

El rey Felipe VI ha roto con su padre y, hasta el momento, su conducta parece ejemplar. Pero ya hemos visto que el artículo 56.3 de la Constitución es un agujero. El que la persona del Rey sea inviolable y no esté sujeta a responsabilidad solo tiene sentido en cuanto a sus actuaciones institucionales. Su extensión a la vida privada del monarca se fundaba en el pacto implícito de que este debía observar una conducta impecable. Ese pacto lo ha roto Juan Carlos I con su conducta nada impecable. Era algo de lo que nos avisaba el pesimismo antropológico; pero, en fin, se fue optimista.

Ahora los monárquicos, los juancarlistas, hacen malabarismos imposibles para preservar al rey que los ha dejado con el culo al aire. No solo a los monárquicos: también a los republicanos que aceptábamos la monarquía porque lo prioritario nos parecía la democracia y el Estado de derecho, que con nuestra monarquía se cumplen sin problema.

Este sería una buen momento para plantearse seriamente la república... si no fuera, en realidad, el peor momento. Una de las paradojas españolas (también desesperante) es que el republicanismo político está hoy más en quienes apoyan la monarquía que en nuestros autodenominados republicanos, que (por su recalcitrancia, su obcecación ideológica y sus aspiraciones totalitarias) vienen a ser una especie de “monárquicos” de la república.

La ganancia de que el jefe del Estado fuese elegido democráticamente en vez de designado por herencia no creo que compensase ahora, la verdad. Los problemas de España no dependen de eso. Además, existe el riesgo de que empeorasen. Al fin y al cabo, en la república mandarían los mismos españoles que mandan en la monarquía (con la única exclusión de los Borbones). Y ya sabemos cómo se comportan los españoles que mandan.

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En El Español.

8.7.20

Irresponsabilidad del Rey

Lo que hizo el rey don Juan Carlos (ese “don” ya canta) fue obedecer literalmente a la Constitución, adelantándose a nuestra época literalista. Se tomó al pie de la letra el artículo 56, que dice que su persona “no está sujeta a responsabilidad”. Por eso sumió la irresponsabilidad como un imperativo.

Cuando leí la Constitución con quince años (era 1981: el ideal para hacerlo), me quedó claro que esa irresponsabilidad escrita tenía como requisito una suprema responsabilidad real. El comportamiento del Rey debía ser ejemplar, en correspondencia con aquello de lo que se le eximía legalmente.

Si lo entendía yo con quince años, ¿cómo no iba a entenderlo él? Y seguro que lo entendió al principio, pero se le olvidó. Ocurre con frecuencia en las vidas públicas españolas: hay fogonazos de inspiración, pero pronto olvido. La prolongación de uno mismo hace que uno mismo entierre lo bueno que creó. Quizá es que las vidas son demasiado largas. O que, como decía Umbral, la vida suele durar más que la biografía. El rey Juan Carlos (¡el “don” ya no me sale!) cumplió su biografía pero su vida siguió.

Su olvido más grave fue el del significado de la monarquía española tras el pacto constitucional. Nuestra llamada “monarquía republicana” era –como la nación para Renan– “un plebiscito cotidiano”. Los republicanos que aceptamos la monarquía no estábamos dispuestos, naturalmente, a las arbitrariedades (más allá de la genealógica que consentíamos). En cada monarca, y en cada día de cada monarca, se jugaba –se juega– la monarquía entera. El rey Juan Carlos, con sus corrupciones, se ejercitaba en el refrán “debajo de mi manto, al rey mato”. (Es decir, a la monarquía.)

La conclusión ya la sabíamos, aunque hiciésemos ese paréntesis real: en la vida pública no queda otra que la fiscalización, el control, la crítica. Sin excepciones. Ana Romero habló en Final de partida del silencio de la prensa durante lustros sobre la conducta del Rey. Sin duda esto alentó su irresponsabilidad literalista.

Lo más divertido es que los republicanos enfáticos de hoy buscan lo mismo: el silencio de la prensa. Tienen mentalidad de reyezuelos. Por ellos (y casi solo por ellos), la alternativa a la monarquía constitucional no está tan clara.

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En The Objective.

6.7.20

Cara y cruz de Echenique

Indudablemente mi vida era mejor cuando “Echenique” solo me evocaba a Alfredo Bryce Echenique. Una secuencia fonética que me producía felicidad, por el recuerdo de la que tuve leyendo La vida exagerada de Martín Romaña: sin duda la novela que más he recomendado, y la que más me han agradecido. (“Especie de Woody Allen peruano”, se decía en alguna solapa.)

La vida ha menguado desde entonces, o ha venido exagerando a peor. Está la edad individual, con sus pesadumbres; pero sobre todo está el ambiente, lo público. El nacionalismo supuso siempre un achicamiento de espacios, al que el populismo le ha añadido una estrechez ceporril de la existencia. Que “Echenique” fuese algo dulce y ahora algo amargo sintetiza el decurso. Antes ironía, distancia, humor (también autohumor); hoy literalismo, pegajosidad, resentimiento.

Cuando la política se come la vida cotidiana es una desgracia. Y si se trata de política basura, esa desgracia nos pone perdidos.

La degradación de la política española no es nueva. Ya estaba degradada antes, por la larga irresponsabilidad del PP y el PSOE principalmente (un fuerte impulso lo dio Zapatero). Pero desde que llegó Podemos la degradación se ha acelerado de manera exponencial. Se han alcanzado unos niveles que solo estaban en las pozas de los nacionalismos (con su espejo nacionalista nacional, que es Vox). No en vano, el populismo viene a ser el nacionalismo de las ideologías.

Podemos ha excitado unos bajos instintos que –fuera de esos ámbitos nacionalistas– estaban sin excitar; tan descarnadamente al menos. Y Vox ha venido a completar los que Podemos se había dejado. Así que ya tenemos excitados en España todos los bajos instintos excitables.

Pablo Echenique, portavoz de Podemos en el Congreso, ejemplifica como nadie esos bajos instintos, su excitación. Es una bomba perfecta de mal rollo. En buena medida, porque nos somete a una tensión insoportable.

Por un lado, admiramos cómo se ha sobrepuesto a su situación física; la voluntad y el ánimo con que no se ha dejado vencer por ella. Por otro, detestamos su sectarismo asfixiante, su juego sucio, su miseria moral. La respuesta a esto que no se puede quedar sin respuesta se ve, pues, colapsada: antes de nuestras explosiones ha habido mucha implosión.

Pero incluso aquí ha logrado Echenique un extraño éxito: su conducta nos ha liberado del pesado fardo de la compasión. Ha logrado que haya algo (su mala baba, sus ataques baratos) más potente que su situación física. Y esto es francamente admirable también.

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En El Español.

29.6.20

Todos los conguitos

Los nacidos en los sesenta hemos recibido otro torpedo en nuestra línea de flotación: ¡los conguitos! ¡Ahora nos quieren quitar los conguitos! ¡Los acusan de racistas! Nuestro pequeño reino afortunado no solo se desmenuza por el tiempo, sino también porque sus piezas están condenadas.

Hace mucho que no los tomo, pero no hace falta: los tengo en el paladar sin ningún esfuerzo de memoria. La caniquita de chocolate dentro de la cual estaba el cacahuete; las opciones de echarse a la boca una o más caniquitas y, una vez en la boca, de dejar que el chocolate se disolviera o masticar para que se mezclase todo...

Nos parecía friendly que apareciesen negritos en el sobre. Nos gustaban mucho los negritos (los pocos que había en la vida española). Y no solo para comerlos. Ante todo (¡lujosa capacidad cognitiva!), sabíamos diferenciar el dulce de los seres humanos. Mejor dicho: jamás se nos ocurrió confundirlos. Sabíamos que no nos estábamos comiendo a ningún ser humano, ni siquiera su representación.

Los mismos que nos inflamos de comer conguitos vimos luego Raíces y durante semanas vivimos –como solo se vivían entonces las series– lo que había sido la esclavitud en Estados Unidos, con todas (¡todas!) sus implicaciones. Recuerdo también otra serie un poco anterior sobre la lucha abolicionista. Y nos emocionaba (y dolía) la historia de Martin Luther King... En ningún momento se interfirieron los conguitos con esto: eran unos dulces de kiosco. Solo unos dulces. Comer conguitos no nos impidió ser antirracistas.

La época pop nos daba espacio mental, la capacidad de no apegarnos a los contenidos; es decir, de jugar con los significantes. Esta apertura dentro de los cráneos era moderna, hacía que corriese el aire por la plasta nacionalcatólica de la que veníamos (y a la que estamos volviendo, solo que el lugar del catolicismo lo ocupan la corrección política y los dogmas de la izquierda reaccionaria).

La cumbre por este camino la alcanzó en los ochenta Glutamato Ye-Yé con su “Todos los negritos tienen hambre y frío / tiéndeles la mano, te lo agradecerán”. Todavía me río cuando la canturreo. La risa (¡y estas explicaciones son un tributo al espíritu de la pesadez que hoy se impone!) no era por los “negritos”, sino por los biempensantes que los querían debajo para poderlos compadecer y sentirse fenomenal.

Sus equivalentes son los que ahora se autoproclaman “antirracistas” y se ponen a ver seres humanos en unas bolitas de chocolate rellenas de cacahué.

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En El Español.