16.4.26

La industria salchichera de las tertulias

El primer acierto de Antonio Villarreal en su libro titulado escuetamente Tertulianos (Península) es haberle puesto como subtítulo: Un viaje a la industria de la opinión en España. La noción de viaje es exacta, porque el autor, que se confiesa no oyente asiduo de tertulias, se desplaza hacia el fenómeno (tanto desde su casa como en los propios estudios) con ojos y oídos de explorador: con una distancia que le permite una objetividad superior a la que se estila y una inocencia que le hace reparar en detalles que a los más habituados se les escapan.
 
Y la palabra industria sitúa el asunto en una dimensión potente, jugosa. Entre la mecánica y el comercio, con la interferencia perpetua de la política, las tertulias pasan de entretenimiento confrontativo a entramado de poder; con una expansión que las convierte en cosa seria. Es una industria parecida a la salchichera. En el sentido de la famosa sentencia de que, si quieres comer salchichas, no sepas cómo se hacen. Un efecto del libro de Villarreal, por lo bien que explica cómo se hacen, es que las tertulias pasan a ser aborrecidas. Pero como, al igual que las salchichas, las tertulias son un vicio, el lector aficionado las seguirá consumiendo.
 
Por su parte, la lectura de Tertulianos es en sí deliciosa, por el estilo ameno del autor, que combina el escrúpulo profesional del periodista (reforzado por el rigor de sus años en el periodismo científico) con el interés narrativo del escritor de reportajes, salpimentado con frecuentes golpes humorísticos. Como, además del análisis del tertulianismo presente, Villarreal se ocupa de la historia de las tertulias en España desde la muerte de Franco, el libro nos proporciona una visión paralela de nuestro discurrir político: desde la opinión obtenemos el esbozo de aquello sobre lo que se opinaba.
 
La primera vez que oí la palabra tertulia, y asistí a una representación de su significado, fue en la que tuvo Fernando Fernán Gómez en TVE a finales de los setenta. El decorado imitaba el salón de su casa, al que iban llegando invitados famosos que se echaban un whisky y se ponían a charlar. El otro modelo era La Clave de Balbín, aunque la palabra que aquí se utilizaba era "debate". De esta diferencia también se ocupa Villarreal en Tertulianos. Curiosamente, en la reciente biografía de Borges de Lucas Adur se habla de las dos tertulias principales del Madrid de los años veinte, la de Cansinos Assens y la de Gómez de la Serna. Cansinos exigía un único tema, mientras que en el Pombo se burbujeaba: lo primero se parecía más a un debate y lo segundo era una tertulia.
 
Lo bueno es que Balbín tuvo después la mejor tertulia de radio, la de Hora Cero en Antena 3. Era un ejemplo exacto de lo que Villarreal caracteriza como "tertulia de los años ochenta", con periodistas, pero además con ilustres de otras áreas. Junto con Manuel Martín Ferrand, Consuelo Sánchez Vicente o Víctor Márquez Reviriego, estaban el gran Chicho Sánchez Ferlosio y el catedrático especializado en poesía renacentista Antonio Prieto. Recuerdo que un viernes terminaron hablando de Petrarca.
 
También se recoge en Tertulianos aquellos aquelarres que montaba Hermida con un montón de participantes, a los que les correspondían apenas uno o dos turnos. Mi ídolo será siempre Fernán Gómez, que una noche intervino el último y dijo: "He escuchado con atención a los que me han precedido, que han manifestado opiniones enfrentadas las unas a las otras. Pero yo me encuentro ahora con la papeleta de que no sé qué decir, porque resulta que estoy de acuerdo con todos".
 
* * *