5.7.22

¿Recuerdan que son mortales?

No se me quitaba de la cabeza, observando a los mandatarios de la OTAN en la cumbre de Madrid, que los presidentes democráticos ocupan el puesto restringido y frágil que antes ocupaban con fuerza los soberanos absolutos. Sean más o menos conscientes de sus limitaciones, se suele dar en ellos esa nostalgia del soberano que analizaba Manuel Arias Maldonado en su libro titulado así. Subyace el afán absolutista, o el de la omnipotencia de la política, que se manifiesta en sus maniobras o bufidos contra los controles a su poder. Pero al cabo todos tienen como mínimo, sean los contrapesos mayores o menores, mandatos acotados por el tiempo. No así los oponentes dictatoriales a esta OTAN que viene a ser la expresión fuerte de unos poderes frágiles. La OTAN es hoy la democracia armada; no siempre pulcra hacia su interior y no necesariamente para establecer democracias, pero más limpia que sus enemigos.

Si la OTAN tuvo su culpa, como sostienen algunos, en las motivaciones de Putin para invadir Ucrania, ya no importa: la invasión ha justificado no solo su existencia, sino además su rearme. Vuelve a haber una comprensión, diría que física, de que son los ejércitos los que sostienen en último extremo la paz. Los populistas que hablan de destinar su gasto "a escuelas y hospitales" ignoran, con una obscenidad insoportable, las escuelas y hospitales que destruye un invasor, si se le deja. Lamentablemente no hay avance en la historia, como el espejismo de las últimas décadas nos hizo dar por hecho, sino que estamos en la historia de siempre, con su idioma bronco. No es el mundo que nos gusta, pero es el mundo que hay.

Pero a mí me interesa aquí la psicología de los poderosos; los mandatarios que se pavonearon en la cumbre madrileña. Menos ridículos, ciertamente, que los pomposos absolutistas en circunstancias semejantes, pero también algo ridículos. Hay una rigidez insalvable, supongo que deudora de las determinaciones antropológicas relacionadas con la jerarquía. La danza de las carantoñas y las obsequiosidades entre individuos que venderían a su madre por un segundo más en el poder es un espectáculo de primer orden. En este sentido, me parecen más saludables los denostados "planes de señoras" para las primeras damas y los ahora llamados primeros caballeros. (Yo me hubiera colado sin duda ahí.)

Lo precioso de esta cumbre es que el mejor "plan de señoras", el de la visita al Museo del Prado, los incluyó a ellos, a los jefes. Las imágenes entre los cuadros han sido fascinantes. No eran fotos sin más: se produjo en ellas algo extraordinario, un salto. Ese deambular por las salas, con un cierto pasmo, empequeñecidos. Parecían los simios de Kubrick ante el monolito; o el perrillo de Goya asomando la cabecita bajo algo que les excedía.

Soberanos absolutos encargaron o compraron esos cuadros, a veces con retratos de ellos mismos o sus familiares, de los cuales ya no queda sino los cuadros. Tuve la epifanía, tal vez la tuvieron los propios presidentes, de que estaban ante obras que les sobrevivirán, como han sobrevivido a sus iguales del pasado. Me anticipé a imaginar las salas vacías, desvanecidos los espectros que en esencia ya son ("cadáveres aplazados", como decía Pessoa), con los cuadros superiores en las mismas paredes, perdurando. ¿Acaso husmeaban el retrato de Carlos V en la batalla de Mühlberg recordando que son mortales? ¿Eran conscientes de su insignificancia ante Las Meninas? Imaginé ataques de melancolía y metafísica antes de pasar a cenar.

(En un lapso de tiempo más grande también los cuadros desaparecerán un día, ya lo sabemos. Pero esa es otra historia.) 

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