Parece que ha dejado de hablarse de la instauración del horario único, pero me temo que el Estado hubiese mantenido el de invierno, que es el que le conviene. Aijó aijó, silbando a trabajar con ese sol pálido y frígido que no invita a alegrías; y a las seis de la tarde recogiditos en casa para ver el Nodo (un Nodo que ya se extiende en España hasta a los programas del corazón: ni un solo periodista-soldado del sanchismo se ha quedado sin reclutar a cargo del Presupuesto).
Ahora, sin embargo, le he pillado el gusto al cambio de hora, e incluso al cambio de las horas. Estoy por la transitoriedad, por Heráclito. Se acabó la nostalgia del invariable pedrusco de Parménides. Si solo permanecen la Historia y la morcilla de mi tierra ("se hacen las dos con sangre, se repiten"), yo deseo que cambien las horas, y que cambie la hora.
Solemos ir por el día distraídos con otras cosas que no son las horas. Estas, como la iluminación del teatro, van mudando mientras se desarrolla la trama, que es lo que aparentemente importa. Pero la trama es banal, nada comparable con las evoluciones del cielo. Me acuerdo de aquel documental de hace veinte años: El cielo gira, de Mercedes Álvarez. Y del libro La luz del sol, de Álvaro Galmés, que hace con palabras, casi de un modo metafísico, lo que hacían los pintores impresionistas. Fue mi principal lectura del confinamiento: ayudándome a discernir lo que sucedía por la ventana, encima de la anodina calle.
En las películas contemplativas de Chantal Akerman, y en las algo menos contemplativas, pero también contemplativas, de Éric Rohmer, las variaciones del día están presentes. El corto de Akerman del colectivo O estado do mundo filma un anochecer en Shanghái, con los luminosos, las músicas, los barcos. En News from home, días y noches del Nueva York de 1976. En Toute une nuit, una noche de Bruselas, repartida en cien encuentros. En casi todas sus películas la cámara se queda quieta durante minutos, ante el mar o un desierto, fachadas, carreteras, árboles. En interiores también: pasillos, habitaciones, muebles, camas, el metro.
En el fondo es una épica que es una lírica (¡y una estética!) que alcanza a todos. Tal vez un drama (más que una tragedia). Y una poética, como en Pere Gimferrer: "Alguna cosa més que el do de síntesi: / veure en la llum el trànsit de la llum" [Algo más que el don de síntesis: / ver en la luz el tránsito de la luz]. Y una ética: en La hazaña secreta, Ismael Grasa invita a respetar "la estructura del día".
Y el cambio de hora, que de repente adoro. Que anochezca más tarde, y de una manera brusca. Sucumbidos en el invierno con las tardes cortísimas, con las noches echadas encima de sopetón (aunque en la costa se demoran un poco las brasas), uno entiende que es una penitencia dura pero prometedora. La carga de melancolía refuerza la posterior felicidad del día largo. En la mecánica del placer participa el dolor previo. Se venía alargando desde Navidad, y de pronto la definitiva hora extra. Estirón de la luz.
* * *
En The Objective.