Con la última monada de Pablo Iglesias, ese tramabús de horrendo nombre, seguro que los poderosos de este país han encargado más cajas de champán del caro. Y hasta habrán pedido que se las lleven en autobús, para hacer juego. Podemos es lo mejor que les ha pasado en los últimos años, un motivo continuo de brindis.
Pablo es el monito de “la casta” o “la trama” (yo prefiero llamarla “nuestra estólida élite”) y, mientras siga dando sus volteretas populistas (de apariencia progresista pero en verdad reaccionarias), todo estará atado y bien atado. Naturalmente, la deleznable casta o trama o estólida élite es mil veces preferible a Podemos. Esa es la cuestión. Entre otras cosas porque con este partido la corrupción se multiplicaría por mil, y encima nos llevaría a la ruina. Es lo que ha hecho el populismo en sus Argentinas y sus Venezuelas. La razón es muy simple: la única solución es la democracia, más democracia; no ponerla en entredicho con aventuras dudosamente democráticas.
Algunos pasitos se han dado en España contra la corrupción. Hace unas semanas acabó en condenas el juicio por las tarjetas black. Recuerdo que en La Sexta se apresuraron a ponerle el micrófono a Pablo Iglesias, tomándolo por paladín contra la corrupción. Pero el juicio se celebró por la denuncia de UPyD: el partido que más eficazmente estaba luchando contra la corrupción y al que Pablo Iglesias, ¡ay!, saboteó en la Complutense, cuando no dejó hablar a Rosa Díez. Una de sus monadas inaugurales.
* * *
The Objective.
19.4.17
17.4.17
Vuelve la mariscada
La vez que más cerca he estado de convertirme en activista político fue cuando, al ir a pegarme una mariscada con los amigos (¡el verbo pegar es el correcto aquí!), propuse que llevásemos todos la chapita de “Yo también soy Pepe Barrionuevo”. La chapita la habían sacado unos diputados del PSOE para mostrarle su apoyo al exministro del interior, condenado por los GAL. De aquellos gestos viene también la ruina actual del partido. Debieron de darse cuenta ya entonces (1998), porque la chapita desapareció pronto de la circulación. Nosotros, de hecho, no la conseguimos. Así que tuvimos que pegarnos la mariscada de paisano. (Nuestra mariscada, por cierto, era de oferta, lo que en realidad le quitaba verosimilitud a la chapita).
Ahora, de la mano y del Instagram de Ramón Espinar, vuelve la mariscada. Y ha sido un magdalenazo proustiano. Qué bien nos lo pasamos en los ochenta y primeros noventa con la voracidad mariscadora de los socialistas en el poder. Era un constructo en parte real y en parte ficticio, como una proyección que hacíamos de los chistes de Carpanta pero con bogavantes y centollos. Simbolizaba el afán por el dinero y por la buena vida, y los amigotes, aunque nos reíamos con complicidad y hasta simpatía, guardábamos un fondo puritano de censura. Un argumento que corría para apremiar a que los socialistas se fueran era el de que la derecha vendría ya robada, y se sobreentendía que mariscada. Presunción desmentida luego por el PP. La conclusión es que venir robado no cura de seguir robando.
Durante el zapaterismo hubo un declive de la mariscada. La verdad es que cuando los socialistas volvieron se la dejaron fuera. Es la señal de que el de Zapatero era un socialismo prepodemita: adusto, moralizante, espiritual. El menú favorito era el de la empanada ideológica. El regreso de la derecha con Rajoy, en plena crisis, tampoco ha dado margen para el exhibicionismo. Lo que se hayan comido ha sido en los reservados de los restaurantes. O, como en el caso de Rodrigo Rato, tras el biombo de la tarjeta black.
Así que lo de Espinar ha estado bien, porque recupera una tradición languideciente de los mejores años de la política española. Con Podemos se había agudizado la tendencia –ya existente, como acabo de indicar– de la predicación antihedonista. Y es de agradecer que haya surgido del propio Podemos la iniciativa de sacar la mariscada del armario. Un outing beneficioso para todos, a ver si nos relajamos un poquito.
Prometo que en mi próxima mariscada (¡tampoco me pego tantas, no se crean!) llevaré una chapita en que habré mandado poner “Yo también soy Moncho Espinar”.
* * *
En El Español.
Ahora, de la mano y del Instagram de Ramón Espinar, vuelve la mariscada. Y ha sido un magdalenazo proustiano. Qué bien nos lo pasamos en los ochenta y primeros noventa con la voracidad mariscadora de los socialistas en el poder. Era un constructo en parte real y en parte ficticio, como una proyección que hacíamos de los chistes de Carpanta pero con bogavantes y centollos. Simbolizaba el afán por el dinero y por la buena vida, y los amigotes, aunque nos reíamos con complicidad y hasta simpatía, guardábamos un fondo puritano de censura. Un argumento que corría para apremiar a que los socialistas se fueran era el de que la derecha vendría ya robada, y se sobreentendía que mariscada. Presunción desmentida luego por el PP. La conclusión es que venir robado no cura de seguir robando.
Durante el zapaterismo hubo un declive de la mariscada. La verdad es que cuando los socialistas volvieron se la dejaron fuera. Es la señal de que el de Zapatero era un socialismo prepodemita: adusto, moralizante, espiritual. El menú favorito era el de la empanada ideológica. El regreso de la derecha con Rajoy, en plena crisis, tampoco ha dado margen para el exhibicionismo. Lo que se hayan comido ha sido en los reservados de los restaurantes. O, como en el caso de Rodrigo Rato, tras el biombo de la tarjeta black.
Así que lo de Espinar ha estado bien, porque recupera una tradición languideciente de los mejores años de la política española. Con Podemos se había agudizado la tendencia –ya existente, como acabo de indicar– de la predicación antihedonista. Y es de agradecer que haya surgido del propio Podemos la iniciativa de sacar la mariscada del armario. Un outing beneficioso para todos, a ver si nos relajamos un poquito.
Prometo que en mi próxima mariscada (¡tampoco me pego tantas, no se crean!) llevaré una chapita en que habré mandado poner “Yo también soy Moncho Espinar”.
* * *
En El Español.
10.4.17
Los tontos del pueblo (vasco)
Un profesor universitario del País Vasco nos contó hace dos años en Málaga el final de ETA. Él no lo llamo así, pero era el final de ETA.
Una mañana muy temprano salió a caminar por un bosque cercano a su pueblo. Cuando se hubo internado, oyó los alaridos de un hombre. Eran alaridos insistentes, desesperados, rabiosos. Se aproximó sin hacer ruido, ocultándose, hasta que lo vio. Era un etarra que había cumplido hacía poco su condena. En el pueblo no lo trataban como a un héroe, sino como a un tonto. Eso le haría comprender –si no lo había comprendido ya en la cárcel– la gran tontería de su vida. Así que se iba de noche al bosque a gritar. Quizá no por sus crímenes, pero sí por él mismo.
En los callejones sin salida de la mente de los etarras se ha ido acabando ETA. Con el empuje indispensable del Estado, de las fuerzas de seguridad y de los ciudadanos que se opusieron (no tantos, por desgracia), que les han prestado un servicio a su autoconocimiento. Aunque este no se ha implantado del todo. En otros pueblos sí son celebrados los terroristas, y los envuelven en la grasa del sentido: un sentido falso, fraudulento. Y a él se agarran porque no tienen nada más, prorrogando su condición de tontos.
Hay que estar entontecido por la ideología (y lo están tantos, por desgracia) para ver épica, e incluso historia, en el chiste de Gila que protagonizaron los gilis de Bayona. Una panda que daba grima, en la que no faltaron los curas de rigor. Lo nauseabundo fueron como siempre las amenazas. De esas no se desarman. Eso de llamar ahora a los demócratas, como hizo Otegi de acuerdo con el comunicado de ETA, “los enemigos de la paz”. Hasta en el último pedo apestan a lo que han apestado desde el principio.
“Tomamos las armas por el Pueblo Vasco”, dice el comunicado de los tontos del pueblo. Con esas mayúsculas compensatorias, tal vez por lo mucho que lo empequeñecieron.
Un rasgo entrañable (y cargante) de los tontos es querer dárselas de inteligentes. Pero cuando la cuestión es simple, hablar de complejidad, de causas, de razones, etcétera, etcétera, es una muestra más de tontería. Y aquí la cuestión era de lo más simple: unos criminales mataban, secuestraban, coaccionaban. Lo único inteligente era no enredarse y verlo con claridad.
Los nacionalistas son siempre los peores de su “nación”. Y los nacionalistas asesinos son los peores de los peores. Asesinaron porque eran los más tontos.
* * *
En El Español.
Una mañana muy temprano salió a caminar por un bosque cercano a su pueblo. Cuando se hubo internado, oyó los alaridos de un hombre. Eran alaridos insistentes, desesperados, rabiosos. Se aproximó sin hacer ruido, ocultándose, hasta que lo vio. Era un etarra que había cumplido hacía poco su condena. En el pueblo no lo trataban como a un héroe, sino como a un tonto. Eso le haría comprender –si no lo había comprendido ya en la cárcel– la gran tontería de su vida. Así que se iba de noche al bosque a gritar. Quizá no por sus crímenes, pero sí por él mismo.
En los callejones sin salida de la mente de los etarras se ha ido acabando ETA. Con el empuje indispensable del Estado, de las fuerzas de seguridad y de los ciudadanos que se opusieron (no tantos, por desgracia), que les han prestado un servicio a su autoconocimiento. Aunque este no se ha implantado del todo. En otros pueblos sí son celebrados los terroristas, y los envuelven en la grasa del sentido: un sentido falso, fraudulento. Y a él se agarran porque no tienen nada más, prorrogando su condición de tontos.
Hay que estar entontecido por la ideología (y lo están tantos, por desgracia) para ver épica, e incluso historia, en el chiste de Gila que protagonizaron los gilis de Bayona. Una panda que daba grima, en la que no faltaron los curas de rigor. Lo nauseabundo fueron como siempre las amenazas. De esas no se desarman. Eso de llamar ahora a los demócratas, como hizo Otegi de acuerdo con el comunicado de ETA, “los enemigos de la paz”. Hasta en el último pedo apestan a lo que han apestado desde el principio.
“Tomamos las armas por el Pueblo Vasco”, dice el comunicado de los tontos del pueblo. Con esas mayúsculas compensatorias, tal vez por lo mucho que lo empequeñecieron.
Un rasgo entrañable (y cargante) de los tontos es querer dárselas de inteligentes. Pero cuando la cuestión es simple, hablar de complejidad, de causas, de razones, etcétera, etcétera, es una muestra más de tontería. Y aquí la cuestión era de lo más simple: unos criminales mataban, secuestraban, coaccionaban. Lo único inteligente era no enredarse y verlo con claridad.
Los nacionalistas son siempre los peores de su “nación”. Y los nacionalistas asesinos son los peores de los peores. Asesinaron porque eran los más tontos.
* * *
En El Español.
9.4.17
Carme Chacón: un icono
En cuanto ha muerto Carme Chacón, tan pronto, se ha hecho evidente la imagen por la que será recordada: la de ella como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas. Una imagen ya de época y que perdurará. Por mucha fuerza que tenga, un icono solo cuaja a posteriori. Ahora es diáfano.
Fue una operación deliberada de Zapatero, que quería esa imagen. Pero eso no le resta valor: el expresidente se mostró ahí como un artista iconográfico. Al fin y al cabo, esa imagen simboliza su presidencia. En su día fue criticada, y hasta hubo chistes y desprecios. Pero ya no hay duda. Curioso el legado de Zapatero: ha dejado hitos progresistas como ese o como el del matrimonio gay, que han circulado merecidamente por el mundo; por desgracia, también debilitó el Estado de derecho y alentó el nacionalismo, dos cosas reaccionarias por definición.
En este momento se aprecia que Chacón valía más que los políticos que se quedaron cuando ella se fue. Cuando es demasiado tarde. Se postuló como lideresa del PSOE y algunos no lo vimos claro. Pero comparada con los tres candidatos hoy en liza, habría sido mejor con diferencia.
Tienen razón los elogios a los muertos, o la atenuación de la crítica. No es tanto hipocresía como ascenso de nivel: la muerte –y más si es inesperada– sitúa la percepción en un plano más acorde con la realidad profunda, con la realidad verdadera. Siempre me acuerdo de las palabras de Jünger ante el cadáver de un enemigo en la Primera Guerra Mundial: “Allí no había ya ni guerra ni enemistad”. Nuestra política no llega a la guerra, por muy belicosa que se muestre últimamente. Pero la muerte nos recuerda la igualdad esencial; la igualdad en lo que importa.
Ahora, qué paradoja, esta mujer que ha muerto quedará para siempre como emblema de la vida, con su embarazo perdurable ante los militares. Aunque en el icono hay un dolor: ha sido tan rápida su muerte que el hijo que esperaba es un niño aún. Cómo no pensar en él. No hay consuelo, pero él también está en el icono. Un día podrá decir, o decirse, lo que escribió Gil de Biedma ante otra foto de cuando lo esperaban: “Así yo estuve aquí / dentro del vientre de mi madre”.
* * *
En The Objective.
Fue una operación deliberada de Zapatero, que quería esa imagen. Pero eso no le resta valor: el expresidente se mostró ahí como un artista iconográfico. Al fin y al cabo, esa imagen simboliza su presidencia. En su día fue criticada, y hasta hubo chistes y desprecios. Pero ya no hay duda. Curioso el legado de Zapatero: ha dejado hitos progresistas como ese o como el del matrimonio gay, que han circulado merecidamente por el mundo; por desgracia, también debilitó el Estado de derecho y alentó el nacionalismo, dos cosas reaccionarias por definición.
En este momento se aprecia que Chacón valía más que los políticos que se quedaron cuando ella se fue. Cuando es demasiado tarde. Se postuló como lideresa del PSOE y algunos no lo vimos claro. Pero comparada con los tres candidatos hoy en liza, habría sido mejor con diferencia.
Tienen razón los elogios a los muertos, o la atenuación de la crítica. No es tanto hipocresía como ascenso de nivel: la muerte –y más si es inesperada– sitúa la percepción en un plano más acorde con la realidad profunda, con la realidad verdadera. Siempre me acuerdo de las palabras de Jünger ante el cadáver de un enemigo en la Primera Guerra Mundial: “Allí no había ya ni guerra ni enemistad”. Nuestra política no llega a la guerra, por muy belicosa que se muestre últimamente. Pero la muerte nos recuerda la igualdad esencial; la igualdad en lo que importa.
Ahora, qué paradoja, esta mujer que ha muerto quedará para siempre como emblema de la vida, con su embarazo perdurable ante los militares. Aunque en el icono hay un dolor: ha sido tan rápida su muerte que el hijo que esperaba es un niño aún. Cómo no pensar en él. No hay consuelo, pero él también está en el icono. Un día podrá decir, o decirse, lo que escribió Gil de Biedma ante otra foto de cuando lo esperaban: “Así yo estuve aquí / dentro del vientre de mi madre”.
* * *
En The Objective.
5.4.17
Casetas grises
Esto de que quieran ahora animar la Cuesta de Moyano no me hace mucha gracia, la verdad. Las ciudades han de tener también un sitio para el desánimo, y en Madrid la Cuesta de Moyano cumplía estupendamente la función. Para los escritores, al menos. Allí se asomaban –nos asomábamos– a ver el limbo de todos los esfuerzos: la inutilidad última. Qué mínimo que las casetas fueran grises.
Esta manía de colorearlo y dinamizarlo todo. Eliminando la opción de la grisura y el estatismo. La monotonía apagada convertía la visita en algo ascético; relajado y ascético. Subir y bajar la Cuesta de Moyano, mirando los libros de las casetas y las mesas, constituía una especie de minicamino de Santiago. Al término se tenía una relajación aturdida, y unos cuantos libros en el macuto.
Tales compras eran redentoras. Lo siguen siendo aún. Más que limbo, la Cuesta de Moyano es purgatorio. Los libros purgan el ser viejos, el estar usados y olvidados, el no figurar en una rutilante librería. Pero en cualquier momento un lector puede rescatarlos. Darles el empujón al paraíso.
El propio escritor desanimado puede animarse con el gesto. Pero lo suyo es que la lección ocurra sin estridencias. La decisión de pasarse una mañana o una tarde por la Cuesta de Moyano estaba asociada a esa estética gris. Se trataba de sumergirse en una cierta decrepitud. Toparse con libros de Baroja en un escenario de Baroja. Pero la disidencia tranquila no se tolera. Quieren animar la Cuesta de Moyano.
* * *
En The Objective.
Esta manía de colorearlo y dinamizarlo todo. Eliminando la opción de la grisura y el estatismo. La monotonía apagada convertía la visita en algo ascético; relajado y ascético. Subir y bajar la Cuesta de Moyano, mirando los libros de las casetas y las mesas, constituía una especie de minicamino de Santiago. Al término se tenía una relajación aturdida, y unos cuantos libros en el macuto.
Tales compras eran redentoras. Lo siguen siendo aún. Más que limbo, la Cuesta de Moyano es purgatorio. Los libros purgan el ser viejos, el estar usados y olvidados, el no figurar en una rutilante librería. Pero en cualquier momento un lector puede rescatarlos. Darles el empujón al paraíso.
El propio escritor desanimado puede animarse con el gesto. Pero lo suyo es que la lección ocurra sin estridencias. La decisión de pasarse una mañana o una tarde por la Cuesta de Moyano estaba asociada a esa estética gris. Se trataba de sumergirse en una cierta decrepitud. Toparse con libros de Baroja en un escenario de Baroja. Pero la disidencia tranquila no se tolera. Quieren animar la Cuesta de Moyano.
* * *
En The Objective.
22.3.17
Marca Cataluña
No sé si los nacionalistas catalanes son conscientes de cómo están arruinando la marca Cataluña. Tampoco sé si les importa. Ellos van a lo suyo, en el sentido más cerril de la expresión: como buenos nacionalistas. (Y con un enemigo principal, que no son “los españoles”, sino los catalanes que no son nacionalistas).
Lo de la Marca España tuvo su gracia. El temible nacionalismo español del PP se manifestó así: reduciendo los énfasis apoteósicos y metafísicos del “¡Arriba España!” o el “¡Una, Grande y Libre!” a un asunto civil, comercial; de producto que podría encontrarse en las estanterías del Corte Inglés. Era la constatación de que el patriotismo había pasado a ser algo menor, más asequible: un escohotadiano “amigo del comercio”. La idea principal, higieniquísima, es que a la patria hay que sacarle algún dinerillo.
A lo mejor eso es lo patriótico hoy en día. Y lo nacionalista lo contrario: empodrecer el producto. Esa parte fundamental de la Marca España que es Cataluña la están dejando podrida, invendible. Un perjuicio para ellos mismos –los nacionalistas– y para todos.
Mi generación, la de los que éramos niños en la Transición, se crio admirando a Cataluña. Se nos dio (en la enseñanza pública al menos) una visión no nacionalista y sí crítica de la historia de España. Y en esa visión estaba integrada Cataluña como el lugar de España por el que se salía a Europa y por el que entraba Europa...
Y ahora estos palurdos retrógrados, como salidos del pozo español.
* * *
En The Objective.
Lo de la Marca España tuvo su gracia. El temible nacionalismo español del PP se manifestó así: reduciendo los énfasis apoteósicos y metafísicos del “¡Arriba España!” o el “¡Una, Grande y Libre!” a un asunto civil, comercial; de producto que podría encontrarse en las estanterías del Corte Inglés. Era la constatación de que el patriotismo había pasado a ser algo menor, más asequible: un escohotadiano “amigo del comercio”. La idea principal, higieniquísima, es que a la patria hay que sacarle algún dinerillo.
A lo mejor eso es lo patriótico hoy en día. Y lo nacionalista lo contrario: empodrecer el producto. Esa parte fundamental de la Marca España que es Cataluña la están dejando podrida, invendible. Un perjuicio para ellos mismos –los nacionalistas– y para todos.
Mi generación, la de los que éramos niños en la Transición, se crio admirando a Cataluña. Se nos dio (en la enseñanza pública al menos) una visión no nacionalista y sí crítica de la historia de España. Y en esa visión estaba integrada Cataluña como el lugar de España por el que se salía a Europa y por el que entraba Europa...
Y ahora estos palurdos retrógrados, como salidos del pozo español.
* * *
En The Objective.
20.3.17
¿Juego de tronos? ¡La Transición!
Me ha impresionado revisitar la serie de Victoria Prego sobre la Transición, que está entera en la web de RTVE. Cuando se emitió en 1995 causó impacto. Hoy el impacto es doble, debido a una paradoja: veintidós años después, ha ganado actualidad. Otro de los efectos regresivos de la “nueva política”. Los impugnadores de la Transición no están –contra lo que ellos mismos dicen– desenterrando información, sino escondiendo la que teníamos: simplificando una realidad que era complicada, y que en todo momento se percibió así.
Para el historiador Johan Huizinga (¡habría que citar siempre a Huizinga!) el estudioso de la historia ha de contemplarla desde una perspectiva indeterminista: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Una de las virtudes de La Transición es que vemos cómo los persas pueden ganar en cualquier momento la batalla; o como mínimo, justo eso: dar batalla.
Lo alarmante de los impugnadores de la Transición es que se sitúan junto a los actores lamentables de entonces, los que metían miedo: Girón de Velasco, los militares franquistas o los asesinos ultras, en un extremo; y los terroristas de la ETA o el GRAPO, en el otro. Es curioso cómo para todos ellos la acusación favorita era la de “traición”. Los “traidores” Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, principalmente. Estaban (como sus herederos actuales) a favor de la “autenticidad”: la que había llevado a la guerra civil primero y a la dictadura después.
De la “autenticidad” política se ocupa precisamente José Luis Pardo en el último premio Anagrama de ensayo, Estudios del malestar. La define así: “Esa concepción de la política basada en el antagonismo y no en el pacto, y que no se piensa a sí misma como asentada en los cauces del derecho”. Algo que había sido lo típico en la historia de España hasta entonces. La Transición es el momento en que España se salió de la historia de España. El empeño de los que se oponían entonces era que no se saliera; el de los de ahora, meterla de nuevo: volver a las andadas.
Pablo Iglesias, con esa ignorancia sobrada de que hacen gala algunos profesores, le regaló al rey Felipe la serie Juego de tronos. Para que aprendiera sobre la política española, dijo. El Rey tendría que haberle regalado a cambio La Transición: para que aprendiera él, de verdad.
* * *
En El Español.
Para el historiador Johan Huizinga (¡habría que citar siempre a Huizinga!) el estudioso de la historia ha de contemplarla desde una perspectiva indeterminista: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Una de las virtudes de La Transición es que vemos cómo los persas pueden ganar en cualquier momento la batalla; o como mínimo, justo eso: dar batalla.
Lo alarmante de los impugnadores de la Transición es que se sitúan junto a los actores lamentables de entonces, los que metían miedo: Girón de Velasco, los militares franquistas o los asesinos ultras, en un extremo; y los terroristas de la ETA o el GRAPO, en el otro. Es curioso cómo para todos ellos la acusación favorita era la de “traición”. Los “traidores” Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, principalmente. Estaban (como sus herederos actuales) a favor de la “autenticidad”: la que había llevado a la guerra civil primero y a la dictadura después.
De la “autenticidad” política se ocupa precisamente José Luis Pardo en el último premio Anagrama de ensayo, Estudios del malestar. La define así: “Esa concepción de la política basada en el antagonismo y no en el pacto, y que no se piensa a sí misma como asentada en los cauces del derecho”. Algo que había sido lo típico en la historia de España hasta entonces. La Transición es el momento en que España se salió de la historia de España. El empeño de los que se oponían entonces era que no se saliera; el de los de ahora, meterla de nuevo: volver a las andadas.
Pablo Iglesias, con esa ignorancia sobrada de que hacen gala algunos profesores, le regaló al rey Felipe la serie Juego de tronos. Para que aprendiera sobre la política española, dijo. El Rey tendría que haberle regalado a cambio La Transición: para que aprendiera él, de verdad.
* * *
En El Español.
19.3.17
Jot Down 18
Ha salido el número 18 del trimestral en papel de Jot Down, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales. Participo con "El tiempo de las moscas", sobre el fin del aburrimento y de los tiempos muertos en la era digital; o el cambio del oro del tiempo (que buscaba Breton) por la calderilla de Twitter, y de todas las redes sociales. Se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.
6.3.17
El Barea de la plaza
Preciosa la mañana del sábado en Madrid. Se anunciaba lluvia, pero había un cielo velazqueño. El frío, compacto, cortante, le daba sobriedad al acto. Y el sol un toque cálido, dentro del frío.
Yo no había leído La forja de un rebelde hasta que hace tres años colaboré en la edición en Turner de Hotel Florida, de Amanda Vaill, un libro que cuenta la historia durante la Guerra Civil de –entre otros– Arturo Barea y su esposa Ilsa Kulcsar. Desde entonces siempre que paso por delante del edificio de Telefónica, en la Gran Vía, me acuerdo de ellos: ahí se conocieron mientras trabajaban para la República, expuestos a los bombardeos franquistas. También he evocado a Barea cuando he pasado por el antiguo edificio de las Escuelas Pías, en Lavapiés, donde él estudió de niño. El sábado, al pie de ese edificio, se inauguró la placa con su nombre: Plaza de Arturo Barea.
Había emoción por él, porque fue un hombre ejemplar, y había también un sentimiento de reparación histórica. Era bochornoso que su nombre no lo llevase hasta ahora ninguna calle de su Madrid. La iniciativa, aprobada por el Ayuntamiento, partió de dos vecinas del barrio y fue impulsada por William Chislett, excorresponsal de The Times. En el acto del sábado, además de él y una de las vecinas, intervinieron personalidades como Ian Gibson, Elvira Lindo o la alcaldesa Manuela Carmena. Entre algún que otro lugar común, inevitable, se dijeron cosas que honraban adecuadamente a Barea. Yo me quedo con las de Chislett y las de Lindo. En cualquier caso, la emoción hubiese estado incluso sin las palabas.
Pero en mí, por debajo de la emoción, neta, nítida, aleteaba una inquietud. ¿Estaban todos –intervinientes y asistentes– homenajeando al mismo Barea? ¿O para algunos (tal vez muchos) el Barea de la plaza era un Barea fraudulento, edulcorado, simplificado ideológicamente en su condición de “republicano”?
Lo admirable de Arturo Barea es que fue fiel a la República: se esforzó por ella todo lo que pudo y desde 1938 tuvo que vivir en el exilio, hasta su muerte en 1957. Pero miró horrorizado los crímenes de la zona republicana. Y precipitó su exilio –al que se hubiera visto forzado de todas formas tras la victoria de Franco– porque sospechaba que los comunistas, a las órdenes de Stalin, querían matarlo a él y a su mujer. De Barea podría decirse, al cabo, lo que dijo Manuel Alcántara de Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”.
Y no había equidistancia aquí: ambos eran republicanos. Solo que de la República democrática, que no era exactamente la que querían todos ni la que todos ahora reivindican. Para mí el Barea de la plaza será ese: el Barea real.
* * *
En El Español.
Yo no había leído La forja de un rebelde hasta que hace tres años colaboré en la edición en Turner de Hotel Florida, de Amanda Vaill, un libro que cuenta la historia durante la Guerra Civil de –entre otros– Arturo Barea y su esposa Ilsa Kulcsar. Desde entonces siempre que paso por delante del edificio de Telefónica, en la Gran Vía, me acuerdo de ellos: ahí se conocieron mientras trabajaban para la República, expuestos a los bombardeos franquistas. También he evocado a Barea cuando he pasado por el antiguo edificio de las Escuelas Pías, en Lavapiés, donde él estudió de niño. El sábado, al pie de ese edificio, se inauguró la placa con su nombre: Plaza de Arturo Barea.
Había emoción por él, porque fue un hombre ejemplar, y había también un sentimiento de reparación histórica. Era bochornoso que su nombre no lo llevase hasta ahora ninguna calle de su Madrid. La iniciativa, aprobada por el Ayuntamiento, partió de dos vecinas del barrio y fue impulsada por William Chislett, excorresponsal de The Times. En el acto del sábado, además de él y una de las vecinas, intervinieron personalidades como Ian Gibson, Elvira Lindo o la alcaldesa Manuela Carmena. Entre algún que otro lugar común, inevitable, se dijeron cosas que honraban adecuadamente a Barea. Yo me quedo con las de Chislett y las de Lindo. En cualquier caso, la emoción hubiese estado incluso sin las palabas.
Pero en mí, por debajo de la emoción, neta, nítida, aleteaba una inquietud. ¿Estaban todos –intervinientes y asistentes– homenajeando al mismo Barea? ¿O para algunos (tal vez muchos) el Barea de la plaza era un Barea fraudulento, edulcorado, simplificado ideológicamente en su condición de “republicano”?
Lo admirable de Arturo Barea es que fue fiel a la República: se esforzó por ella todo lo que pudo y desde 1938 tuvo que vivir en el exilio, hasta su muerte en 1957. Pero miró horrorizado los crímenes de la zona republicana. Y precipitó su exilio –al que se hubiera visto forzado de todas formas tras la victoria de Franco– porque sospechaba que los comunistas, a las órdenes de Stalin, querían matarlo a él y a su mujer. De Barea podría decirse, al cabo, lo que dijo Manuel Alcántara de Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”.
Y no había equidistancia aquí: ambos eran republicanos. Solo que de la República democrática, que no era exactamente la que querían todos ni la que todos ahora reivindican. Para mí el Barea de la plaza será ese: el Barea real.
* * *
En El Español.
27.2.17
Apaño en el escaño
La nueva política nos remite, en lo político, a los años treinta del siglo pasado como mucho. Y en lo estético al vodevil. El resultado de sus ínfulas de novedad es pues (¿hace falta decirlo?) regresivo en todos los órdenes. Sus líos parecen novelas paródicas de Vizcaíno Casas. Es decir: el producto de una mente franquista.
Colocar a la parienta. El enunciado es chusco: pero la actualidad no nos permite a los columnistas que volemos. Lo que inició Felipe González con Carmen Romero y llevó a un perfeccionamiento notable José María Aznar con Ana Botella, lo ha culminado Pablo Iglesias con Irene Montero. El que el apaño haya sido esta vez en el escaño contiguo –piel con piel, como quien dice– deja la cosa cerrada, simbólica y gráficamente. No se podrá ir más allá... salvo que decidan sentarse uno encima del otro.
Y además no es la primera. A la gente (¡entre la que me incluyo!) se nos partió el corazón al ver a la pobre Tania Sánchez en plan has been en el Congreso, con mirada ida de protagonista de drama sureño, como decía un amigo. A sus espaldas, los puñales de la historia: las miradas de Irene Montero y Pablo Iglesias, la pareja rutilante. No tenemos la culpa de que adonde hayan mandado a Tania Sánchez se le llame “gallinero”; no tenemos la culpa de que la palabra evoque la presencia de un gallito...
Tampoco tenemos la culpa de que a las diputadas les haga tilín el macho alfa de su grupo. Ni ellas deberían preocuparse por ello, puesto que es una conducta natural, evolutiva (léase La evolución del deseo, de David M. Buss). Lo irritante no es la conducta, ni siquiera el beneficio que conlleva, sino las pretensiones de moralizar desde ahí. Una moralización que resultará inevitablemente inquisitorial, por cuanto que tratará de cargar en otro “pecados” propios, y así expiarlos. Y lo pongo entre comillas porque no son pecados objetivos, sino establecidos precisamente por el catecismo de quien acusa. Así Irene Montero cuando llamó a un diputado del PP “machirulo”.
Por cierto, que en el vídeo incluido en la noticia de EL ESPAÑOL se aprecia –como indica un lector en los comentarios– cómo se le ha contagiado a Montero el modo de hablar y la gestualidad Iglesias. Tampoco esto es nuevo: muchos políticos del PSOE imitaban a González, y muchos del PP a Aznar. Aquí lo bonito es el amor, como siempre. Las parejas se contagian, como los perros de sus amos. En Una pena en observación se lamentaba C. S. Lewis, al evocar las exigencias intelectuales de su amada perdida: “Nunca he sido menos estúpido que como amante suyo”. En el caso de Irene y Pablo no se trata de ser menos estúpidos, sino de ser todo lo populistas que se pueda. Y en ese sentido hacen una pareja genial.
* * *
En El Español.
Colocar a la parienta. El enunciado es chusco: pero la actualidad no nos permite a los columnistas que volemos. Lo que inició Felipe González con Carmen Romero y llevó a un perfeccionamiento notable José María Aznar con Ana Botella, lo ha culminado Pablo Iglesias con Irene Montero. El que el apaño haya sido esta vez en el escaño contiguo –piel con piel, como quien dice– deja la cosa cerrada, simbólica y gráficamente. No se podrá ir más allá... salvo que decidan sentarse uno encima del otro.
Y además no es la primera. A la gente (¡entre la que me incluyo!) se nos partió el corazón al ver a la pobre Tania Sánchez en plan has been en el Congreso, con mirada ida de protagonista de drama sureño, como decía un amigo. A sus espaldas, los puñales de la historia: las miradas de Irene Montero y Pablo Iglesias, la pareja rutilante. No tenemos la culpa de que adonde hayan mandado a Tania Sánchez se le llame “gallinero”; no tenemos la culpa de que la palabra evoque la presencia de un gallito...
Tampoco tenemos la culpa de que a las diputadas les haga tilín el macho alfa de su grupo. Ni ellas deberían preocuparse por ello, puesto que es una conducta natural, evolutiva (léase La evolución del deseo, de David M. Buss). Lo irritante no es la conducta, ni siquiera el beneficio que conlleva, sino las pretensiones de moralizar desde ahí. Una moralización que resultará inevitablemente inquisitorial, por cuanto que tratará de cargar en otro “pecados” propios, y así expiarlos. Y lo pongo entre comillas porque no son pecados objetivos, sino establecidos precisamente por el catecismo de quien acusa. Así Irene Montero cuando llamó a un diputado del PP “machirulo”.
Por cierto, que en el vídeo incluido en la noticia de EL ESPAÑOL se aprecia –como indica un lector en los comentarios– cómo se le ha contagiado a Montero el modo de hablar y la gestualidad Iglesias. Tampoco esto es nuevo: muchos políticos del PSOE imitaban a González, y muchos del PP a Aznar. Aquí lo bonito es el amor, como siempre. Las parejas se contagian, como los perros de sus amos. En Una pena en observación se lamentaba C. S. Lewis, al evocar las exigencias intelectuales de su amada perdida: “Nunca he sido menos estúpido que como amante suyo”. En el caso de Irene y Pablo no se trata de ser menos estúpidos, sino de ser todo lo populistas que se pueda. Y en ese sentido hacen una pareja genial.
* * *
En El Español.
23.2.17
Autobús podemita (o lepeniano)
Sabía que Mariano Rajoy y François Hollande venían a Málaga, a la Cumbre Hispano-Francesa, pero me lo había tomado como una noticia nacional o internacional, no local. Como algo que seguir por la prensa o la tele, por internet, lo habitual con las noticias. Tenía que hacer y me aplacé la información. Dediqué la mañana a mis asuntos. Por la tarde necesitaba despejarme y decidí darme una caminata por el paseo marítimo. Para ganar tiempo, cogí el autobús hasta la plaza de la Merced.
Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.
El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de sans-culottes. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.
Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.
* * *
En The Objective.
Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.
El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de sans-culottes. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.
Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.
* * *
En The Objective.
20.2.17
Festival Escohotado
Los adictos a Antonio Escohotado corremos a chutarnos los vídeos suyos que aparecen de vez en cuando en la red. Y entonces no podemos ver solo uno, sino que buscamos más, y rascamos en los ya vistos, y nos pasamos horas hasta acabar con una deliciosa sobredosis de lucidez... Al final, en su Historia de las drogas faltaba una: la droga que el propio Escohotado constituye. Aunque, a falta de análisis en el libro, era la que el propio libro nos suministraba. De haberlo conocido Baudelaire (algo que evitaría, entre otras cosas, por no cometer un anacronismo que hubiera sido descubierto a la larga) habría completado su célebre llamamiento: “Embriagaos: ¡de vino, de poesía, de virtud, de Escohotado, como gustéis!”.
En EL ESPAÑOL, nuestro Mariano Gasparet le hizo una memorable entrevista en 2015. Y en cuanto a vídeos, lo último ha sido la no menos memorable serie que le ha hecho Federico Jiménez Losantos para Libertad Digital, a propósito de la culminación de la magna trilogía Los enemigos del comercio. Cada vídeo se ocupa de un tomo (enlaces: primero, segundo, tercero). A quienes aún no los hayan visto, les recomiendo un reajuste previo. Losantos interviene excesivamente, algo que resulta irritante si se tiene en la cabeza el concepto entrevista. Esto se arregla si se cambia por conversación. Aun así, no termina de desaparecer un elemento entrañable: cómo Losantos no deja de caer en la tentación de explicarle a Escohotado su propio libro. Pero el caso es que funciona: después de todo, lo que hace Losantos es manifestar su entusiasmo, que transmite. La entrevista o conversación entra que da gusto: satisface al enganchado.
Y es muy útil en este 2017 en que algunos se disponen a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con complacencia: pasando por encima de los datos y los cadáveres; o lo que es peor, justificándolos. De ella y de sus protagonistas –particularmente Lenin– se ocupa el último tomo de Los enemigos del comercio; proyecto cuyo título iba a ser, significativamente, Crítica de la razón roja. Escohotado, como buen librepensador, ha tenido el arrojo de meterse en dos peligrosos avisperos del siglo XX: el de las drogas y el del comunismo. Concretamente, los de la prohibición de las primeras y la defensa del segundo, que comparten un blindaje autoritario, totalitario, ideológico y en último término religioso (es decir, dependientes de fe y de dogmas refractarios a la razón). Contra ambos combate Escohotado, en nombre de la libertad y de la gloriosa soberanía del individuo. Indisociables (¡esto lo vamos aprendiendo!) de la propiedad...
Pero el festival promete no terminarse aquí. Al final del tercer vídeo (34:20), Escohotado anuncia que está preparando un libro “sobre la violencia de género y las relaciones hombre y mujer”. Dicho también: “la tradicional guerra entre los sexos”. ¡Era el avispero que le faltaba!
* * *
En El Español.
En EL ESPAÑOL, nuestro Mariano Gasparet le hizo una memorable entrevista en 2015. Y en cuanto a vídeos, lo último ha sido la no menos memorable serie que le ha hecho Federico Jiménez Losantos para Libertad Digital, a propósito de la culminación de la magna trilogía Los enemigos del comercio. Cada vídeo se ocupa de un tomo (enlaces: primero, segundo, tercero). A quienes aún no los hayan visto, les recomiendo un reajuste previo. Losantos interviene excesivamente, algo que resulta irritante si se tiene en la cabeza el concepto entrevista. Esto se arregla si se cambia por conversación. Aun así, no termina de desaparecer un elemento entrañable: cómo Losantos no deja de caer en la tentación de explicarle a Escohotado su propio libro. Pero el caso es que funciona: después de todo, lo que hace Losantos es manifestar su entusiasmo, que transmite. La entrevista o conversación entra que da gusto: satisface al enganchado.
Y es muy útil en este 2017 en que algunos se disponen a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con complacencia: pasando por encima de los datos y los cadáveres; o lo que es peor, justificándolos. De ella y de sus protagonistas –particularmente Lenin– se ocupa el último tomo de Los enemigos del comercio; proyecto cuyo título iba a ser, significativamente, Crítica de la razón roja. Escohotado, como buen librepensador, ha tenido el arrojo de meterse en dos peligrosos avisperos del siglo XX: el de las drogas y el del comunismo. Concretamente, los de la prohibición de las primeras y la defensa del segundo, que comparten un blindaje autoritario, totalitario, ideológico y en último término religioso (es decir, dependientes de fe y de dogmas refractarios a la razón). Contra ambos combate Escohotado, en nombre de la libertad y de la gloriosa soberanía del individuo. Indisociables (¡esto lo vamos aprendiendo!) de la propiedad...
Pero el festival promete no terminarse aquí. Al final del tercer vídeo (34:20), Escohotado anuncia que está preparando un libro “sobre la violencia de género y las relaciones hombre y mujer”. Dicho también: “la tradicional guerra entre los sexos”. ¡Era el avispero que le faltaba!
* * *
En El Español.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







