29.10.13

Crímenes caducados

La manifestación de anteayer de la Asociación de Víctimas del Terrorismo fue un error, como es un error toda convocatoria contra la resolución de un tribunal democrático. Más aún, cuando su planteamiento es falaz. Aunque para abreviar hemos solido repetir que la resolución del tribunal de Estrasburgo ha sido “contra la doctrina Parot”, en realidad lo ha sido solo contra su aplicación retroactiva. Los que no estamos muy puestos en temas jurídicos pero hemos querido enterarnos de esto, nos hemos enterado. Por ello ha resultado un tanto exasperante el desbocamiento de algunos columnistas que lo ignoraban; casi diría yo, que han decidido ignorarlo. La AVT siempre cuenta con un plus de excusa y comprensión por mi parte; pero me temo que en este caso ha decidido ignorarlo también. Lo cual es particularmente grave en lo que a la lucha contra el terrorismo (y sus simpatizantes nacionalistas) se refiere, puesto que esta lucha es a la vez a favor de otra cosa: las instituciones democráticas. Cuestionarlas, de un modo que ha recordado un poco a los faroles del 15-M, socava la causa principal. Las víctimas, como todos los ciudadanos, solo cuentan con una cosa sólida: el Estado de derecho. Hay que ser extremadamente cuidadoso con él.

Pero, si no soy ciego, tampoco soy equidistante en este asunto. Por encima de mi desacuerdo con la manifestación y de mi enfado con los columnistas tendenciosos, han venido indignándome estos días las palabras del fiscal superior del País Vasco, Juan Calparsoro, sobre la volatilización de la condición de asesina de la etarra Inés del Río. El hombre ha rectificado luego y, más que cebarme con él, prefiero tomarme sus palabras como el síntoma de una mentalidad generalizada: que es la que explica el mosqueo de las víctimas del terrorismo; y que es para mí, en realidad, lo grave. Más allá de los asuntos penitenciarios de los etarras –a los que a mí, en vez de que permanezcan en la cárcel, casi me hace más gracia verlos salir metafóricamente de la mano de violadores y asesinos comunes–, es ese impulso de olvido blando y fácil de la sociedad el que me preocupa. Ese intento de escamotear el mal mediante el ilusionismo. Lo que ha pasado en el País Vasco durante cuarenta años ha sido una tragedia, con verdugos y con víctimas. Las prisas que tienen algunos por pasar página podría interpretarse como el reverso de una culpa simultánea a la de los crímenes: la de tibieza (acompañada en ciertos casos de la de aprovechamiento). Las víctimas, aunque se equivoquen, son en sí mismas el recordatorio de que los criminales no caducan, porque sus crímenes lo fueron para siempre.

[Publicado en Zoom News]