17.2.17

La Justicia en pelota

Esta mañana, mientras se esperaba con una ansiedad un tanto plebeya la sentencia sobre el caso Nóos, se coló en Twitter un poeta romántico: Gustavo Adolfo Bécquer. Es que nació un 17 de febrero (de 1836) y muchos se han puesto a recordar sus romanticismos: sus golondrinas, sus lunas, sus “yo no sé qué te diera por un beso”... La compartimentada mente española no retiene que es también el coautor del álbum satírico-pornográfico Los Borbones en pelota. Por eso, cuando ha salido la sentencia, le ha faltado el gancho que lo mantuviese en los trending topics...

Una lástima, porque el trasunto de la mañana era justamente ese: el de dejar a los Borbones en pelota, por medio de la infanta Cristina. Y si la Infanta resultaba absuelta, como ha ocurrido, la que se quedaba en pelota era la Justicia. La banca antimonárquica siempre gana. (Nótese que no se trataba aquí de señalar que la Infanta, o los Borbones, o la Justicia iban desnudos como en el cuento, sino de desnudarlos).

Lo más divertido ha sido la reacción de Miquel Roca, abogado de la Infanta, padre de la Constitución y miembro de un partido nacionalista e independentista (¡que España es mucha España!): ha dicho que estaba “levitando” con la absolución de su defendida. Lo que ha arrojado una sombra en lo que ya estaba judicialmente claro: ¿es que pensaba que la sentencia solo podría serle favorable de un modo milagroso, o místico? En la mañana se ha quedado flotando un ectoplasma de cloaca celestial.

Pero hay que aceptar la sentencia, en sus absoluciones y en sus condenas. Los que no tenemos formación jurídica nos encontramos siempre en estos casos en la misma situación. Por un lado, incapaces de juzgar técnicamente el asunto, y en su defecto dando por bueno el resultado (y aceptando el principio general de que hay que juzgar actuaciones concretas, con pruebas, según la ley, etcétera). Y por otro lado, proyectando impresiones, observaciones o reflexiones que ya caen fuera de lo judicial. Juicios al paso que no tienen que ver, propiamente, con el juicio.

En el caso Nóos, lo abrumador ha sido su carácter sintomático: la corrupción que han podido permitirse quienes optaban por ella en las altas esferas (incluidas las monárquicas, donde estaba el condenado Urdangarin); el dinero que afloraba por estrictas razones de cortesanía; y la extendida conciencia de impunidad. Muchos han estado levitando por encima de sus posibilidades. Ahora, aunque el abogado Roca suba, es el momento de bajar. Pero, ¿volverán las oscuras golondrinas?

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En The Objective.

13.2.17

Mariano Iglesias y Pablo Rajoy

El mejor momento del tumultuoso fin de semana político ha sido cuando de la boca de Javier Arenas –el prometedor Javier Arenas, que tiene tanto futuro por detrás– salió el demonio en forma de lapsus. “José María Rajoy”, se le escapó. Y todos en el congreso del PP rieron nerviosamente. Los congresistas no estaban allí para recordar a Aznar, sino para aclamar a don Mariano. Cosa que hicieron sin sombra de ambigüedad gallega. Luego el Telediario dijo, en plan Nodo, que en el partido que manda en el Telediario se respiraba alegría. Lo triste es que era verdad.

En Vistalegre no hubo tanta al principio. En la antigua plaza de toros había ambiente de circo romano, y los participantes de Podemos parecían decir tácitamente: “Moraturi te salutant”. Aunque por una vez fue el populacho el que cortó el rollo y los gritos de “¡Unidad, unidad!” hizo que los gladiadores se comportasen de un modo menos encarnizado. Menos encarnizado entre ellos, que al “enemigo” ese que está fuera le sacaron los tridentes, las hachas y las bolas de pinchos. El problema siempre es el mismo: si el enemigo está fuera por definición, todo enemigo que surja dentro hay que mandarlo fuera. Suavemente, como en la democracia que detestan; o abruptamente, como en el comunismo que añoran.

El nivel era tan bajo en el PP y en Podemos, que hubiera podido ser un gran día para el PSOE. Por desgracia, a Susana Díaz le dio por intervenir también, abortando ese silencio que sumaba. Los sonrojantes piropos que le echó antes Abel Caballero fueron lo más populista (¡o demagógico!) del sábado. Esta manía de dar por sentado que aparecer es siempre mejor que desaparecer hizo que el PSOE –al menos el PSOE susanista (¡quedan el patxilopista y el sanchista, por PSOEs que no quede!)– resultase el tercer perdedor. Hubo un momento de la mañana en que aquello parecía un Carrusel Deportivo de tercera regional: ¡cerocerismo en el PP, en Podemos y en el PSOE!

Pero, derrota general aparte, de puertas para adentro PP y Podemos tuvieron sus ganadores claros: Mariano Rajoy y Pablo Iglesias; quienes, por lo demás, se benefician mutuamente. A Rajoy le viene bien un Iglesias faltón en Podemos; alguien que haga ruido pero que no represente ningún peligro, como sí lo representaba Íñigo Errejón. Y a Iglesias le viene estupendo seguir teniendo enfrente a alguien como Rajoy, sin carisma pero al fin y al cabo de la Derecha, lo que le excusa de refinar su discurso (algo que se adapta de maravilla a sus aptitudes). Felicitemos pues, forzando el lapsus de Arenas, a Mariano Iglesias y Pablo Rajoy.

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En El Español.

9.2.17

Épica para ridículos

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de españoles es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de nacionalistas.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

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En The Objective.

6.2.17

Los motivados

Los ciudadanos que, en plan familia de Farruquito, acompañen a Artur Mas y sus dos consejeras al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, con espíritu ligeramente intimidatorio ante el juicio por el 9-N, estarán desplazándose, les guste o no, por la alfombra mamarracha que les ha puesto Donald Trump.

¡Qué gran contextualizador está resultando el nuevo presidente de Estados Unidos! En su toma de posesión ya dejó en evidencia a nuestros populistas con su “hoy devolvemos el poder al pueblo”. Ha desacreditado igualmente a los liberales españoles que, por declararse trumpistas, han dejado claro que liberales no son. Y ahora, para prepararle la semana al independentismo catalán, se ha enzarzado también con la Justicia.

Al juez que ha suspendido su veto migratorio lo ha llamado “supuesto juez”, y a la suspensión misma la ha tachado de “ridícula”. Desde un punto de vista democrático y más o menos respetuoso de Montesquieu no hace falta aclarar quién es de verdad ahí el ridículo, y hasta el supuesto. Y sin duda el abusón. Pues justo en ese espacio se congregarán este lunes, tan pancha y trumpianamente, nuestros nacionalistas...

Da apuro volver a lo mismo, pero a la realidad tozuda solo cabe responderle con tozudez, aunque sea hastiada. Un mes y una semana he aguantado este 2017 sin hablar del nacionalismo. Ya ni entretiene. Esto es una película de Ozores que está resultando demasiado larga... En la primera hora, risotadas; más que por la calidad de los chistes, por su enormidad. Pero el metraje ha seguido horas y horas y uno ya no sabe dónde meterse: mientras, los caricatos siguen (¡incansables!) con su numerito.

Esto es un pulso entre un brazo fofo, el de los no nacionalistas, al que le gustaría estar empleándose en otras cosas, y el brazo firme y motivado de los nacionalistas. Tiene gracia, pero en Madrid (¡en Madrit!) está cuajando motivado como adjetivo desdeñoso. Se cruza uno con un esforzado del correr, resoplando en un día precioso, y dice: “Ahí va un motivado”... Pero hay una tolerancia básica: “Cada loco con su tema”, como cantaba Serrat.

El problema es cuando los motivados se ponen a estropearte la vida. A uno le aburre seguir con la matraca, pero es que se para a pensarlo (¡se para una vez más a pensarlo!) y sigue sin dar crédito: he aquí en la Europa democrática a una facción de individuos empeñados en destruir un Estado de manera desleal, gratuita, caprichosa, impresentable. Y que no pase nada lo envuelve todo en una irrealidad alucinógena. El juicio que hoy empieza es una ocasión para que pase algo. Pero a ver qué pasa.

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En El Español.

31.1.17

Aznar, punki de mayor

Me he sentado a escribir sobre José María Aznar cuando ha llegado la noticia de la muerte de Paloma Chamorro, nuestra benefactora de La Edad de Oro. Y me he acordado de lo que contó hace poco Jesús Quintero sobre la primera entrevista que le hizo a Aznar a principios de los noventa. Quintero le había indicado al cámara que mantuviese un primer plano del entrevistado, y nada más comenzar le espetó: “¿Usted ha sido punki?”. No sé qué se trasluciría en su rostro, pero el futuro presidente pensaría sin duda en mazmorras para el entrevistador...

Lo gracioso es que, si bien a Aznar no nos lo imaginamos punki de joven, ha llegado a ser técnicamente, en muchos aspectos, punki de mayor. Algunos lo han tachado incluso de antisistema. Extremando el juego, ocupa una posición equiparable a la Pablo Iglesias: Aznar vendría a ser hoy para el PP un elemento de presión radicalizadora equivalente al que supone Iglesias para el PSOE. En ambos casos, se trata de un empuje ideologizador –cada uno en su propio sector ideológico, claro está–, en contra de dejadeces más o menos pragmáticas y de tibiezas conceptuales.

¿Qué pretende Aznar, qué busca, qué quiere? Yo creo que dar miedo. Ha escogido como destino personal justo lo que se le reprochaba, como si siguiera el célebre consejo: “Aquello que te censuran, cultívalo, porque eso eres”. Les daba miedo a los contrarios y para completar su vocación ha decidido darles miedo también a los propios. La renuncia a la presidencia de honor de su partido alimenta ese efecto, y el revuelo sobre la posibilidad (poco probable) de que funde un partido propio.

Aznar no es exactamente el jarrón chino que, según Felipe González, no se sabe dónde colocar; sino más bien eso: un punki que se coloca donde más miedo mete. Cuando se lo topan los que hoy mandan en el PP, de Mariano Rajoy para abajo, ponen una cara tan rara como la del joven Aznar cuando recibió la pregunta de Quintero.

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En The Objective.

30.1.17

¿Qué país de las hadas?

Me ha llamado la atención el título del artículo de Pablo Muñoz en EL ESPAÑOL sobre la novela Años felices, de Gonzalo Torné: “Un catalán exiliado para derribar la Transición”. La novela promete ser buena (por el momento solo la he hojeado: sí he apreciado la calidad de la prosa) y el artículo es bueno. Pero me rechina esta obsesión con la Transición, que ya es mía también (¡de rebote!).

Produce un cierto vértigo, y una melancolía notable, haber sido testigo de una época histórica: y ver cómo los más jóvenes la recrean, con acusada fantasía –y fantasmagoría. De mi melancolía forma parte, naturalmente, la deducción sobre mis propias fantasías y fantasmagorías hacia el pasado que no viví. Si la memoria de uno mismo es inestable, la de lo que no vivió (¡la “memoria histórica”!) sí que debe de ser ya una novela...

Muñoz salvaguarda la ambigüedad y la riqueza de Años felices. Pero no puede evitar su cuñita generacional en contra de la Transición, que no sé aún en qué medida está en la obra. Quizá sea un abuso alegórico por parte del reseñista equiparar “el país de las hadas” de la novela (ese Nueva York de los sesenta, “inconcreto y graciosísimo”) con “la España de las burbujas chispeantes de la Transición”. No lo sé.

Sí sé que de “país de las hadas” aquella España tuvo poco. Hace unos días hemos recordado el asesinato, por parte de la extrema derecha, de los abogados laboralistas de Atocha. Hubo otros asesinatos de la extrema derecha. Y más de la extrema izquierda. No se ha resaltado lo suficiente cómo el acuerdo constitucional, pacífico, tuvo en sus bordes esas salpicaduras de sangre, como una escenificación tétrica de lo que intentaba superar: el baño de la guerra civil. Contra la proyección waltdisneyesca de la Transición que se hace ahora, el apaño constitucional fue un logro eminentemente pesimista; en realidad, mira por dónde, gramsciano: pesimista de la inteligencia, optimista de la voluntad.

Para darles prestigio a las obras (iba a escribir productos) culturales, se ha puesto de moda resaltar su carácter político. Suele ser mal síntoma. Porque, en efecto, todo es político: pero justo por ello no es necesario enfatizarlo; al menos no sistemática, neuróticamente. Ese énfasis abarata. Cuando se dice de una obra artística que es política, por lo general se está incurriendo en una simplificación: ideológica, abstractizante. Y se está socavando la función verdaderamente política, civilizadora, de toda obra: la de dar cuenta de la complejidad del mundo; incluso de la complejidad del mundo político, del poder.

“Las cosas no son tan sencillas”, debería ser la conclusión de toda novela posible e imposible. (Y, en la medida de sus limitaciones, de toda columna).

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En El Español.

26.1.17

La nieve cubrirá todas las cosas

No es lo más edificante, pero cuando a un terrorista le estalla en las manos la bomba que pensaba poner, matándolo o mutilándolo a él solo, se produce en las personas normales una alegría irreprimible. Puede que sea un sentimiento vergonzante, para quienes no somos partidarios de la pena capital: ¿nos regocijamos de esa muerte, pero no estaríamos dispuestos a aplicarla...? Por eso no termina de haber moralidad ahí. Pero sí sensación de justicia: de justicia poética. Por un momento pareciera que funcionan en favor del bien, o en contra del mal, los engranajes del mundo...

Pero esos engranajes van por su cuenta, ajenos a los hombres. Y a veces producen lo más doloroso: una injusticia que, por la perfección del daño, resulta poética también. Así la muerte de los que se disponían a salvar a otros. Bomberos, policías, guardias civiles, soldados, socorristas. O vecinos, familiares, incluso desconocidos. Individuos que detectaron a otro en apuros y lo consideraron (a veces sin pensar) su prójimo: arriesgando o dando la vida por él. Ahora ha ocurrido con los seis socorristas del helicóptero en la nieve de Italia.

“La nieve cubrirá todas las cosas”, canta en italiano João Gilberto. Cubrirá también los gestos de nobleza, en este universo indiferente. Yo he asistido a un sacrificio así, justo en Bahía. En la laguna de Abaeté, cercana a Salvador, se ahogó un muchacho que intentó salvar a su hermana. Pusieron su cuerpo negro en la arena blanca. Era absurdo y desazonador, pero también insoportablemente hermoso.

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En The Objective.

23.1.17

La guinda sexual de la Transición

El lío de la “alta personalidad del Estado” y la “vedete” fue procesado con finura y gracia en su momento –cuando don Juan Carlos aún estaba en el trono– con este chiste encantador:

–Diga tres parejas de famosos.
–Paquirri y la Pantoja. Carlos y Diana. Bárbara Rey.

Ahora ya conocemos los detalles sórdidos: engaños, espionaje, chantaje, pagos con dinero público... Pero el comienzo de la era Trump me pide evasión y prefiero enfocar el asunto –al menos hoy– desde una perspectiva frívola, que no anula la otra pero que también forma parte de la (¡inagotable!) realidad.

Y es que leyendo los reportajes de estos días, que han desatado mis evocaciones, he caído en la cuenta de que Bárbara Rey no solo le gustaba al ídem, sino también a los muchachitos de la Transición. Había pues un interesante acompasamiento de pulsiones, que cada cual satisfacía en la medida de sus posibilidades. La alta jefatura del Estado a lo grande, y los adolescentes de entonces echando mano (¡nunca mejor dicho!) de las fotos del Interviú...

Para nosotros (hablo de los muchachitos de entonces; las muchachitas tendrán su propia visión) Bárbara Rey no fue cualquier cosa, sino nada menos que la primera mujer a la que vimos desnuda. Y este es un plural contrastadamente generacional: en las rememoraciones con mis coetáneos aflora siempre ella. Antes estuvo Marisol en el mismo Interviú, pero solo enseñaba los pechos y su belleza era limpia, asexuada casi, entre de Botticelli y Danone. La primera mujer fue Bárbara. Por ella yo tuve, por ejemplo, noticia del vello púbico: sorpresa biográfica de la que aún no me he recuperado.

Se habló mucho de sus largas piernas cuando debutó en Palmarés. Paco Gandía contaba: “Para darle un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Ahora es imposible no percibir el machismo, que en aquellos tiempos se confundía con el ambiente. Pero el machismo español era siempre de hombres bajitos y acomplejados revoloteando en torno a gigantas. Tenía mucho de autoparódico (involuntariamente autoparódico), como en la célebre perorata de El Fary –ese Paco Gandía de la canción– contra “el hombre blandengue”.

El habitante de la Zarzuela era alto, aunque hemos ido sabiendo que allí se cocía otra especie de landismo. Triunfador, eso sí: más tipo Puigcorbé, que fue el Landa de la Transición (y que terminaría interpretando a don Juan Carlos). Quizá la democracia consistió en que del Rey para abajo todos estuviésemos viendo a la misma mujer en pelotas. Al final resulta que el patriotismo constitucional no era tan frío.

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En El Español.

12.1.17

Siglo largo, experiencia corta

Puede que nos hayamos precipitado al declarar corto el siglo XX. La fórmula, leo ahora que de Iván Berend, la popularizó Eric Hobsbawm y la ha utilizado también John Lukacs. Los tres son historiadores de ese siglo, por lo que resulta comprensible la pulsión de dar por concluido su objeto de estudio: solo se puede hacer historia de lo que ha terminado.

Pero yo no dejo de ver siglo XX por todas partes. Para mí está resultando un siglo demasiado largo, que se ha comido ya lo que llevamos del XXI. Por un lado nos encontramos en territorio nuevo, sí: en un mundo globalizado y digitalizado, en el llamado capitalismo posindustrial, con los robots en ciernes, etc., etc. Pero por otro no dejan de zumbarnos las moscas del siglo pasado.

En el momento en que escribo, en Twitter España son trending topics La Pasionaria y Carrero Blanco. En Alemania se vende como rosquillas Mein Kampf. Nuestros comunistas se aprestan a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con nostalgia y elogios. Y a la presidencia de Estados Unidos acaba de llegar un mamarracho que parece un espadón del siglo XIX. (Solo en eso podría no parecer del XX: en que parece del XIX). El triunfo de Trump, por cierto, ha implicado reabrir la Guerra Fría... para que la ganen los rusos.

Lo corto ha sido la experiencia. Es desolador ver que la Transición la hicieron en España quienes habían sufrido físicamente la Guerra Civil. Y la construcción de Europa quienes habían sufrido las dos guerras mundiales. No ha habido aprendizaje mental, racional. En dos o tres generaciones, en cuanto el dolor de los cuerpos apaleados se ha extinguido, se está volviendo a las andadas. Esto es lo que hay, supongo. Y por eso, supongo, la historia siempre ha sido así.

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En The Objective.

10.1.17

Cuestionario Proust (2017)

Respondo una vez más al Cuestionario Proust. Ya lo hice en 2006 y 2012, pero esta es la primera que lo hago después de haber leído En busca del tiempo perdido (hace dos años). ¡Y desde mis aquilatados cincuenta!

Los principales rasgos de mi carácter
¡Me molesta la pregunta! Y esta molestia es sintomática: estoy un poco cansado de mí, o quizá me ha sobrevenido un ataque de pudor. Digamos que me siento caracterizado por un cruce de alegría y melancolía, o de agitación y estancamiento. Mis rasgos en general resultan poco darwinistas. Así estaría bien, si tuviese dinero.

La cualidad que prefiero en un hombre
A estas alturas, que no dé mucho la lata.

La cualidad que prefiero en una mujer
En una mujer me molesta menos que dé la lata, aunque tampoco es lo deseable. Me gusta que sea lista, incluso listilla. Y si hay posibilidad erótica, me gusta que me guste.

Lo que más aprecio de mis amigos
Que lo sigan siendo. Y esto es una espléndida señal para ellos, puesto que ni uno solo de mis examigos (¡lo digo objetivamente!) ha dejado de revelarse como un gilipollas.

Mi principal defecto
Diré dos: un cierto egotismo y mis problemas con el hacer (con la producción, con la poiesis).

Mi ocupación favorita
Pasear, leer/escribir y estar juntos.

Mi sueño de felicidad
El amor correspondido y la obra lograda. Disponer de años (y días) hábiles.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
Acabar en la indigencia.

Quién me gustaría ser
El que quiero. Con ligereza, naturalidad y exitillo económico.

Dónde me gustaría vivir
A quinientos kilómetros como máximo, y con billetes del Ave.

Mi color preferido
El azul mediterráneo.

La flor que más me gusta
El tulipán.

Mi ave favorita
El gorrión.

Mis autores preferidos
Proust (¡lo pongo el primero por cortesía!), Nietzsche, Montaigne, Pessoa, Cioran, Jünger, Bernhard, Borges, Savater.

Mis poetas favoritos
Apollinaire, Cernuda, Aldana, Eliot, Paz, Carnero, Szymborska.

Mis héroes de ficción
El Goethe de Eckermann, el Johnson de Boswell y el Trapiello de sus diarios.

Mis heroínas de ficción
Las protagonistas de las canciones de Adriana Calcanhotto.

Mis compositores preferidos
Bach, Mozart, Schubert, Coltrane, Jobim, João Donato.

Mis artistas favoritos
¡Estoy post-artístico! Así que Duchamp. Y los fotógrafos de lo que hay.

Mis héroes en la vida real
Los de la resistencia antinacionalista en la Cataluña ocupada por los nacionalistas.

Mis heroínas históricas
Rosa Parks (que le daría un bofetón a Garganté).

Los nombres que más me gustan
Los de las musas de Ricardo Reis: Lídia, Cloe, Neera... Los de las musas de Horacio: Glícera, Lice, Barine, Pirra... ¡Y Simonetta Vespucci!

Lo que más odio
El ceporrismo.

Los personajes históricos que menos me gustan
Los demagogos, los tiranos, los sacerdotes de la ideología.

La campaña militar que más admiro
La del general Grant (según la cuenta John Keegan).

La reforma que más aprecio
Apreciaría una reforma educativa de verdad, si se produjera. Por lo demás, aprecio justamente el reformismo. Y la Ilustración.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
El de darles belleza a los crepúsculos.

Cómo me gustaría morir
Amado y sin dolor. Con la vida cumplida.

El estado actual de mi espíritu
Con ganas; aunque preocupado por lo que pueda ir deparando esa bomba de relojería que es la edad.

Las faltas que puedo soportar
Las que no se deben a la crueldad, la estupidez o la mezquindad.

Mi lema
"É a Hora!".

9.1.17

Aznar contra la 'pax' de Rajoy

Tengo amigos simpatizantes del PP que simpatizan además con Mariano Rajoy. No hablo de mera aceptación como mal menor, sino de que les resulta simpático. Parece un oxímoron, pero me aseguran que le encuentran la gracia. Hablan de “retranca gallega”, y entonces entreveo una suerte de humorismo regional, como el del catalán –ya fallecido– Eugenio. Aunque a mí personalmente, como dice Carlos Boyero de algunas películas, “no me llega”.

La novedad estas Navidades ha sido que un par de amigos simpatizantes del PSOE y una amiga simpatizante de IU me han soltado, en conversaciones distintas, que Rajoy les cae bien. En parte debe de ser por el cariño que suscita el vencedor. Y en parte por el cansancio tras el año de disputas infructuosas. No es descartable el espíritu propio de las fechas: al fin y al cabo, ningún político tiene más pinta de Papá Noel. Su gran regalo, por cierto, han sido las Navidades mismas; es decir, unas Navidades normales, sin las elecciones que las amenazaban. (Al PSOE le sigue faltando suerte: contribuyó al regalo y solo le han traído carbón).

El estado de los demás partidos es un elemento esencial en la pax de Rajoy, que se alimenta –economía aparte– de las guerras intestinas del PSOE y de Podemos. Estos últimos (¡angelitos!) incluso le han puesto un biombo al próximo congreso del PP, al haber decidido celebrar en los mismos días el suyo, que se augura más animado. Una animación nivel circo romano: gladiadores con piolet. Con todas las cámaras en el congreso de Podemos, el indolente Rajoy cortará y pinchará sin perturbación: de sus pioletazos, si los hubiere, se enterarán los afectados y pocos más.

Toda la Galia está, pues, ocupada por el rajoyismo. ¿Toda? ¡No! Una facción liderada por el irreductible José María Aznar resiste todavía y siempre al sucesor.

Por muy taponadas que estén, hay grietas en la pax rajoyana. En la encuesta que publicó ayer EL ESPAÑOL, el presidente suspende y su gestión solo la aprueba uno de cada cuatro votantes. Rajoy vence, pero no termina de convencer. Junto con los amigos rajoyistas de que hablé al comienzo, tengo otros –también simpatizantes del PP– a los que Rajoy no les hace ninguna gracia: detestan su espíritu acomodaticio, su dejadez ideológica. A estas alturas, quizá sean ellos sus mayores críticos de verdad.

A partir del análisis de los resultados de la encuesta, concluye hoy este periódico que habría sitio para un partido a la derecha del PP, liderado por Aznar. Lo cual tendría su belleza, y hasta su justicia poética: a falta de meneos exteriores, la inmovilidad de Rajoy se vería sacudida por uno interior. Un homenaje al principio filosófico de que nada se está quieto en este mundo inestable: si no te mueves, te mueven. Rajoy lo tiene todo atado y bien atado: menos a Aznar, que se desató de la presidencia de honor del PP, no se sabe si con vistas a echarse un bailecito.

Para los espectadores, sería impagable la guasa de que ese hipotético partido aznarista fuese para el PP lo mismo que Podemos para el PSOE. ¿Habrá algún atisbo en el congreso de febrero? Por si acaso, convendría reservar algunas cámaras.

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En El Español.

3.1.17

Incoaligables

Una de las excentricidades de la vida política española, síntoma de su inmadurez, es la imposibilidad de que el PP y el PSOE se coaliguen. Hasta los que estábamos a favor de la Gran Coalición éramos conscientes de su imposibilidad. Le pedíamos peras al olmo, para que por pedir no quedase.

La imposibilidad es ontológico-teatral. Es decir: tiene que ver con esencias que dependen del teatro, de la escenificación. El PP y el PSOE son dos marcas, como la Coca-Cola y la Pepsi-Cola, cuya diferencia –aparte del ligerísimo cambio de sabor de un refresco que básicamente es el mismo– está en el etiquetado. Y este, el etiquetado, es el verdadero campo de maniobras; como probó la Pepsi-Cola cuando pasó a llamarse solo Pepsi, eliminando ese “Cola” que compartía con su hipócrita competidora: ¡su semejante, su hermana!

Hay diferencias de sabor en el PP y el PSOE, pero básicamente, en tanto partidos institucionales, o institucionalistas, son el mismo refresco. Y lo digo como algo positivo, por cuanto que la institucionalidad que apoyan no es la de un Estado aberrante, sino –de acuerdo con la Constitución– la de “un Estado social y democrático de Derecho”. Se da la excentricidad (¡no faltan excentricidades en nuestra política!) de que los partidos que denuncian esa semejanza propugnan –y a veces practican– una anti-institucionalidad que es, en sí misma, una aberración...

El problema es que ese institucionalismo se plasma únicamente en acuerdos concretos del PP y el PSOE, en esa “coalición de facto” que señalaba aquí Arias Maldonado. Se resisten a la coalición formal –sobre todo el PSOE en este último periodo–, acaso porque una vez que representasen el mismo papel sobre el escenario, se apreciaría que lo que los diferencia es, ante todo, la escenificación de que son diferentes y, por lo tanto, incoaligables.

Un prurito teatral que, todo sea dicho, no nace en los partidos porque sí, sino porque lo demandan sus votantes. También estos se quieren sentir únicos y especiales, como buenos consumidores.

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En The Objective.