Ahora que los CDR han puesto de moda a Fraga con lo de "la calle es nuestra" (huyendo del franquismo han caído en la frase más franquista del repertorio), he de decir que yo, al igual que Fraga, tengo el Estado en mi cabeza. Solo que como está: hecho unos zorros. Así, aunque vaya pensando en mis asuntos y disfrutando de lo que veo (generalmente el mar), tengo un runrún incordiando y es el Estado, y también el estado de las cosas.
A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.
Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.
De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.
La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.
* * *
En El Español.
4.11.19
30.10.19
Lecturas perfectas
De vez en cuando, súbitamente, uno se reconcilia con la lectura. Este verbo es deliberado, porque aunque uno está todo el día leyendo y lo que más le gusta es leer, la ‘instalación’ en la lectura es monótona en general, agradablemente monótona: es la cotidianeidad que escogimos, pero como toda cotidianeidad está hecha de días grises. Leemos a veces a rastras, con cierta aspereza. Leemos a veces contra lo que leemos, detectando sus carencias, sin terminar de disfrutar. Por eso, cuando de pronto aparece la lectura perfecta entendemos por qué leíamos: lo recordamos. Yo he tenido la suerte de empalmar dos lecturas perfectas estos días: los Diarios completos de Iñaki Uriarte (Pepitas de Calabaza) y El idioma materno de Fabio Morábito (Sexto Piso).
De ambas podría decirse lo que le dije a Uriarte de sus diarios cuando salió el primero para explicarle su aceptación, que a él (coquetamente) le extrañaba: a quienes les guste la lectura no les puede no gustar. Con los dos libros reaparece el placer de leer, esa felicidad específica que solo se manifiesta con la lectura. Con los libros de Uriarte y Morábito entendemos quién es el “lector hedónico” de Borges: nosotros, cuando los leemos (a Borges también).
Con este tomo ‘Diarios’ que reúne los tres publicados anteriormente, más un epílogo de unas cincuenta páginas tan buenas como las otras, Uriarte consigue lo que deseó difusamente cuando vio La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro: tener un tomo diarístico así, no más. Pertenece a esa envidiable estirpe de autores cuyas obras completas caben en un solo volumen, el primero de los cuales es su admirado Montaigne. Mi lectura de estos Diarios ha empezado por las páginas nuevas del epílogo, y nada más leer las primeras frases tuve la sensación de entrar en un salón conocido, confortable, con la luz ideal, en la compañía adecuada. Las páginas de Uriarte transmiten esa serenidad que, según cuenta, algunas personas le dicen que su presencia produce. Y lo bueno es que esto sucede sin que Uriarte oculte nada: ni sus aprensiones, ni sus neurosis, ni sus momentos nulos. El secreto está en la escritura limpia, en la perspectiva, en una distancia que no es lejanía. O en cómo cada página es valiosa porque es el fruto de una destilación lenta. El misterio, que se escapa, es cómo consigue ser tan brillante sin pretender ni aparentar brillantez. Me recuerda a este aforismo de Nietzsche: “No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble”.
Del ‘El idioma materno’ de Fabio Morábito supe por la entrevista que le hizo Manuel Sollo en su Biblioteca Pública de RNE en 2014, cuando el libro salió. Me interesó mucho entonces, pero solo ahora, cinco años después, he tenido el impulso de leerlo. Intuía que me iba a gustar, pero no tanto. El libro lo componen ochenta y cuatro textos de página y media que tienen la virtud asombrosa de que todos son muy buenos y un buen puñado de ellos excelentes. Hacía tiempo que no veía nada así. Como Uriarte, Morábito escribe sin afectación, con una escritura comprensible que acoge –porque los celebra– los aspectos incomprensibles de la vida. El eje de los textos es la vocación literaria, la relación entre las palabras y el mundo, los enigmas del lenguaje, las enseñanzas de la tradición literaria, la magia de la vida común. Su lengua materna es el italiano pero escribe en español (su familia se mudó a México cuando él tenía quince años), y este hecho determina su percepción extraordinaria, su fecunda extrañeza.
Los dos autores, por cierto, nacieron en ciudades incomparables: Morábito en Alejandría y Uriarte en Nueva York.
* * *
En The Objective.
De ambas podría decirse lo que le dije a Uriarte de sus diarios cuando salió el primero para explicarle su aceptación, que a él (coquetamente) le extrañaba: a quienes les guste la lectura no les puede no gustar. Con los dos libros reaparece el placer de leer, esa felicidad específica que solo se manifiesta con la lectura. Con los libros de Uriarte y Morábito entendemos quién es el “lector hedónico” de Borges: nosotros, cuando los leemos (a Borges también).
Con este tomo ‘Diarios’ que reúne los tres publicados anteriormente, más un epílogo de unas cincuenta páginas tan buenas como las otras, Uriarte consigue lo que deseó difusamente cuando vio La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro: tener un tomo diarístico así, no más. Pertenece a esa envidiable estirpe de autores cuyas obras completas caben en un solo volumen, el primero de los cuales es su admirado Montaigne. Mi lectura de estos Diarios ha empezado por las páginas nuevas del epílogo, y nada más leer las primeras frases tuve la sensación de entrar en un salón conocido, confortable, con la luz ideal, en la compañía adecuada. Las páginas de Uriarte transmiten esa serenidad que, según cuenta, algunas personas le dicen que su presencia produce. Y lo bueno es que esto sucede sin que Uriarte oculte nada: ni sus aprensiones, ni sus neurosis, ni sus momentos nulos. El secreto está en la escritura limpia, en la perspectiva, en una distancia que no es lejanía. O en cómo cada página es valiosa porque es el fruto de una destilación lenta. El misterio, que se escapa, es cómo consigue ser tan brillante sin pretender ni aparentar brillantez. Me recuerda a este aforismo de Nietzsche: “No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble”.
Del ‘El idioma materno’ de Fabio Morábito supe por la entrevista que le hizo Manuel Sollo en su Biblioteca Pública de RNE en 2014, cuando el libro salió. Me interesó mucho entonces, pero solo ahora, cinco años después, he tenido el impulso de leerlo. Intuía que me iba a gustar, pero no tanto. El libro lo componen ochenta y cuatro textos de página y media que tienen la virtud asombrosa de que todos son muy buenos y un buen puñado de ellos excelentes. Hacía tiempo que no veía nada así. Como Uriarte, Morábito escribe sin afectación, con una escritura comprensible que acoge –porque los celebra– los aspectos incomprensibles de la vida. El eje de los textos es la vocación literaria, la relación entre las palabras y el mundo, los enigmas del lenguaje, las enseñanzas de la tradición literaria, la magia de la vida común. Su lengua materna es el italiano pero escribe en español (su familia se mudó a México cuando él tenía quince años), y este hecho determina su percepción extraordinaria, su fecunda extrañeza.
Los dos autores, por cierto, nacieron en ciudades incomparables: Morábito en Alejandría y Uriarte en Nueva York.
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En The Objective.
28.10.19
El último Nodo
Lo más significativo de estos días franquistas ha sido el empeño del podemismo y el nacionalismo por ver un “funeral de Estado” donde solo hubo una sobria ceremonia administrativa con un mínimo de dignidad. Es cierto que esta sencillez le confería al traslado de los restos del dictador un carácter recogidamente sagrado, más sagrado en verdad que las alharacas con que fue enterrado y que el estrépito de piedra que representaba el Valle de los Caídos. Pero el podemismo y el nacionalismo no se referían a esto, puesto que la estética de ambos está más cerca de esas alharacas y esos estrépitos que de la sobriedad.
¿A qué se debía entonces la pataleta quijotesca de querer ver gigantes donde solo había molinos? Su malestar ante el cumplimiento de lo que tantas veces habían reclamado era la brecha que mostraba lo que les estaba sucediendo en realidad: la destrucción ante sus mismísimas narices de la coartada en la que han fundado el 95% de su política, de sus argumentaciones. La exhumación y reinhumación de Franco fue además un striptease en el que el podemismo y el nacionalismo se quedaron en pelotas.
El PSOE en cierto modo también, aunque no tanto. Este partido fue el que, por medio del presidente Zapatero, resucitó a Franco y convirtió nuestra vida cotidiana en una inmensa plaza de Oriente. Cierto que para abuchear al caudillo en vez de para aclamarlo, pero esto ha sido secundario con respecto al hecho principal de que hayamos vuelto a tener a Franco hasta en la sopa: un franquismo a la inversa, pero franquismo al cabo.
Sin embargo, gracias a que el PSOE ha comandado la acción de sacar a Franco del Valle de los Caídos, puede dar por cerrada con éxito esa vía argumental. Ha evitado quedarse tan en pelotas como el podemismo y el nacionalismo porque se ha fabricado un nuevo traje: el de su victoria en esta batalla. A tal fabricación se ha dedicado la propaganda socialista sobre el traslado, que ha venido a constituir un último Nodo. Esta vez a beneficio de Sánchez.
En cuanto a los nostálgicos del franquismo que se presentaron en el Valle, con el golpista Tejero como cabeza visible (sin tricornio ya), hay que estar muy ciegos para no ver en ellos a los equivalentes exactos de nuestros nacionalistas vascos y catalanes: la misma obcecación, las mismas maneras, el mismo desprecio por los otros, el mismo mal gusto. El hijo de Tejero parecía Junqueras y todas las señoras eran igualitas a Forcadell. Llevando el ataúd podrían haberse camuflado perfectamente Aitor Esteban y Otegi. Y el castizo Ortuzar podría haber sido uno de los apretaos.
Pero vuelvo a la estética minimal del acontecimiento, porque sí que hizo de él, después de todo, un funeral de Estado. Solo que deconstruido, como las tortillas de patatas que deconstruye Ferrán Adrià. Su elegancia civil fue digna del patriotismo constitucional, que es el único realmente antifranquista que tenemos. Y la culminación en helicóptero enlazaba, por su carácter futurista, con los tortuosos años treinta del pasado siglo. ¡Más bella que la Victoria de Samotracia!
* * *
En El Español.
¿A qué se debía entonces la pataleta quijotesca de querer ver gigantes donde solo había molinos? Su malestar ante el cumplimiento de lo que tantas veces habían reclamado era la brecha que mostraba lo que les estaba sucediendo en realidad: la destrucción ante sus mismísimas narices de la coartada en la que han fundado el 95% de su política, de sus argumentaciones. La exhumación y reinhumación de Franco fue además un striptease en el que el podemismo y el nacionalismo se quedaron en pelotas.
El PSOE en cierto modo también, aunque no tanto. Este partido fue el que, por medio del presidente Zapatero, resucitó a Franco y convirtió nuestra vida cotidiana en una inmensa plaza de Oriente. Cierto que para abuchear al caudillo en vez de para aclamarlo, pero esto ha sido secundario con respecto al hecho principal de que hayamos vuelto a tener a Franco hasta en la sopa: un franquismo a la inversa, pero franquismo al cabo.
Sin embargo, gracias a que el PSOE ha comandado la acción de sacar a Franco del Valle de los Caídos, puede dar por cerrada con éxito esa vía argumental. Ha evitado quedarse tan en pelotas como el podemismo y el nacionalismo porque se ha fabricado un nuevo traje: el de su victoria en esta batalla. A tal fabricación se ha dedicado la propaganda socialista sobre el traslado, que ha venido a constituir un último Nodo. Esta vez a beneficio de Sánchez.
En cuanto a los nostálgicos del franquismo que se presentaron en el Valle, con el golpista Tejero como cabeza visible (sin tricornio ya), hay que estar muy ciegos para no ver en ellos a los equivalentes exactos de nuestros nacionalistas vascos y catalanes: la misma obcecación, las mismas maneras, el mismo desprecio por los otros, el mismo mal gusto. El hijo de Tejero parecía Junqueras y todas las señoras eran igualitas a Forcadell. Llevando el ataúd podrían haberse camuflado perfectamente Aitor Esteban y Otegi. Y el castizo Ortuzar podría haber sido uno de los apretaos.
Pero vuelvo a la estética minimal del acontecimiento, porque sí que hizo de él, después de todo, un funeral de Estado. Solo que deconstruido, como las tortillas de patatas que deconstruye Ferrán Adrià. Su elegancia civil fue digna del patriotismo constitucional, que es el único realmente antifranquista que tenemos. Y la culminación en helicóptero enlazaba, por su carácter futurista, con los tortuosos años treinta del pasado siglo. ¡Más bella que la Victoria de Samotracia!
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En El Español.
21.10.19
Espuma de fuego
Por supuesto que hay que diferenciar entre la manifestaciones pacíficas del independentismo catalán y las manifestaciones violentas del independentismo catalán, pero (¡yo también tengo derecho a mi pero!) las segundas no son más que la emanación de las primeras. Una emanación no mecánica, ciertamente; ni siquiera inevitable. Pero dado que el nacionalismo es lo que es, cabría calificar de milagro que hasta ahora la violencia no hubiera ido a mayores. Sigue siendo un milagro, a pesar de los incendios: los que tenemos una visión catastrofista de la historia sabemos cuánto las cosas pueden empeorar.
Al fin y al cabo, lo que defienden esas manifestaciones pacíficas, con sus multitudes sanotas, bien alimentadas, con muchos guapos y guapas entre sus filas, con niños sonrientes (tienen buenas ortodoncias) y con adolescentes lúdicos, es el quebrantamiento de la ley democrática. Esas buenas gentes que tan pacíficamente avanzan tienen el propósito de extranjerizar a más de la mitad de sus convecinos catalanes –con los que no cuentan, contra los que van– y al resto de sus conciudadanos españoles. Una xenofobia buenrollista, que no es afeada lo suficiente como en otras partes del mundo porque en este caso la ejerce gente maja.
El fuego de estos días es su espuma. Y me atrevería a decir que en sí mismo es menos grave que lo que esas multitudes pacíficas representan: una terrible incomprensión de lo que significa ser ciudadanos, de lo que es la ley, de lo que es el Estado de Derecho, de lo que es la democracia misma, por más que la tengan en la boca. Resulta aberrante, de no dar crédito, el enquistamiento en la mentira, en el delirio; en unos agravios que sin duda sienten como verdaderos pero que son falsos. Da miedo ver a multitudes así, embaucadas por la élite política e intelectual más deleznable de Europa en décadas.
La respuesta del independentismo a la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés es el desagüe de cuarenta años de educación en el embrutecimiento nacionalista. Y claro que es un problema político, de primerísima magnitud: porque ha sido la política la que ha construido eso. La única solución política real pasaría por desactivar el nacionalismo, como el que desactiva un explosivo: algo que no se hace con un 155 electoralista y torpe, ni con medidas histéricas de última hora, sino con una política larga, muy larga, con la esperanza de que dentro de mucho se hubiese alcanzado un principio de solución.
Algo por lo que no parece que estén nuestros políticos constitucionalistas, que solo piensan en las elecciones. Entre tanto, lo único que se puede hacer es capear el temporal, aunque sea con las porras pedagógicas de la policía. Sin darles el muerto que estos miserables están buscando.
* * *
En El Español.
Al fin y al cabo, lo que defienden esas manifestaciones pacíficas, con sus multitudes sanotas, bien alimentadas, con muchos guapos y guapas entre sus filas, con niños sonrientes (tienen buenas ortodoncias) y con adolescentes lúdicos, es el quebrantamiento de la ley democrática. Esas buenas gentes que tan pacíficamente avanzan tienen el propósito de extranjerizar a más de la mitad de sus convecinos catalanes –con los que no cuentan, contra los que van– y al resto de sus conciudadanos españoles. Una xenofobia buenrollista, que no es afeada lo suficiente como en otras partes del mundo porque en este caso la ejerce gente maja.
El fuego de estos días es su espuma. Y me atrevería a decir que en sí mismo es menos grave que lo que esas multitudes pacíficas representan: una terrible incomprensión de lo que significa ser ciudadanos, de lo que es la ley, de lo que es el Estado de Derecho, de lo que es la democracia misma, por más que la tengan en la boca. Resulta aberrante, de no dar crédito, el enquistamiento en la mentira, en el delirio; en unos agravios que sin duda sienten como verdaderos pero que son falsos. Da miedo ver a multitudes así, embaucadas por la élite política e intelectual más deleznable de Europa en décadas.
La respuesta del independentismo a la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés es el desagüe de cuarenta años de educación en el embrutecimiento nacionalista. Y claro que es un problema político, de primerísima magnitud: porque ha sido la política la que ha construido eso. La única solución política real pasaría por desactivar el nacionalismo, como el que desactiva un explosivo: algo que no se hace con un 155 electoralista y torpe, ni con medidas histéricas de última hora, sino con una política larga, muy larga, con la esperanza de que dentro de mucho se hubiese alcanzado un principio de solución.
Algo por lo que no parece que estén nuestros políticos constitucionalistas, que solo piensan en las elecciones. Entre tanto, lo único que se puede hacer es capear el temporal, aunque sea con las porras pedagógicas de la policía. Sin darles el muerto que estos miserables están buscando.
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En El Español.
16.10.19
Irrupción caprichosa de la historia
El lunes no tenía ganas de día histórico, bastante era empezar la semana. Hasta a mí, que soy un enamorado de la repetición, me aburre la insistencia catalanista. Como cuando se prolonga demasiado una sesión de chistes, ha dejado de ser divertido. Ni cuando ganamos ni cuando perdemos me intereso ya. Aunque es mejor cuando ganamos: mejor para todos. Esa es la cuestión en este asunto irritante. Si perdiésemos, sería igualmente peor para todos. Para ellos también. (“Nosotros” somos los constitucionalistas, por supuesto: los defensores del Estado de derecho y sus pulcros principios. Fuera hay otra cosa, quizá más encendida pero no muy recomendable.)
Lo que me hastía ante todo es la sobreactuación, la pomposidad retórica, el exhibicionismo sentimental, las carretadas de razón: todo lo que estamos viendo tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo; en un lado (sobre todo en un lado) pero también en el otro. Hay un enfangamiento insoportable ya, del que convendría empezar a salir. Quiénes son los responsables para mí está –por decirlo con un casticismo madrileño– clarinete: los nacionalistas. Pero sin ellos no hay manera de salir. ¿Cómo se arregla esto? Ni idea.
Los que hicieron los independentistas condenados fue muy grave, pero lo que menos me importa es que cumplan o no sus penas. Deberían hacerlo en los términos que diga la ley: pero por la ley, no por ellos, cuyo sufrimiento no se busca ni se busca la venganza (es mentira la representación martirológica que ellos hacen). Lo que está en juego es la ejemplaridad, que en este caso de onirismo nacionalista consiste básicamente en comprender lo que decía el poeta: “que la vida iba en serio”. Comprensión que no se ve en lontananza: ni en los presos, ni en los demás políticos nacionalistas, ni en buena parte de la élite cultural catalana, ni en los futbolistas, ni en los independentistas de a pie, ni en los jóvenes que ven la moda ahí. El problema está en una sociedad mal educada, envenenada durante años, autocomplaciente en sus delirios, dolida por agravios falsos, embarcada en una aberración... Sí, es diáfana la trazabilidad del embrollo.
Ha sido, en este caso, una irrupción caprichosa de la historia. Por decirlo otra vez con las inolvidables palabras de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Embarrados en la pelea corta, corremos el riesgo de perder este estupor. Yo lo recuperé el lunes cuando, entre tantas imágenes que me cansaban y que trataba de eludir, reparé en una pareja de viejecillos orientales: temblaban agarrados a sus equipajes en un banco del aeropuerto del Prat, envueltos en humo, mientras a pocos metros se enfrentaban los mossos y los manifestantes. No entendían nada. Y yo tampoco.
* * *
En The Objective.
Lo que me hastía ante todo es la sobreactuación, la pomposidad retórica, el exhibicionismo sentimental, las carretadas de razón: todo lo que estamos viendo tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo; en un lado (sobre todo en un lado) pero también en el otro. Hay un enfangamiento insoportable ya, del que convendría empezar a salir. Quiénes son los responsables para mí está –por decirlo con un casticismo madrileño– clarinete: los nacionalistas. Pero sin ellos no hay manera de salir. ¿Cómo se arregla esto? Ni idea.
Los que hicieron los independentistas condenados fue muy grave, pero lo que menos me importa es que cumplan o no sus penas. Deberían hacerlo en los términos que diga la ley: pero por la ley, no por ellos, cuyo sufrimiento no se busca ni se busca la venganza (es mentira la representación martirológica que ellos hacen). Lo que está en juego es la ejemplaridad, que en este caso de onirismo nacionalista consiste básicamente en comprender lo que decía el poeta: “que la vida iba en serio”. Comprensión que no se ve en lontananza: ni en los presos, ni en los demás políticos nacionalistas, ni en buena parte de la élite cultural catalana, ni en los futbolistas, ni en los independentistas de a pie, ni en los jóvenes que ven la moda ahí. El problema está en una sociedad mal educada, envenenada durante años, autocomplaciente en sus delirios, dolida por agravios falsos, embarcada en una aberración... Sí, es diáfana la trazabilidad del embrollo.
Ha sido, en este caso, una irrupción caprichosa de la historia. Por decirlo otra vez con las inolvidables palabras de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Embarrados en la pelea corta, corremos el riesgo de perder este estupor. Yo lo recuperé el lunes cuando, entre tantas imágenes que me cansaban y que trataba de eludir, reparé en una pareja de viejecillos orientales: temblaban agarrados a sus equipajes en un banco del aeropuerto del Prat, envueltos en humo, mientras a pocos metros se enfrentaban los mossos y los manifestantes. No entendían nada. Y yo tampoco.
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En The Objective.
14.10.19
Woody, calor y lluvia
Día de lluvia en Nueva York es la película de Woody Allen que tocaba el año pasado, pero las brigadas moralistas lo impidieron. No es de extrañar: esta película contiene todo lo que ellas refutan. El amor a la vida, básicamente. A la vida que se aparta de los catecismos, porque otra no hay. Lo otro es el muermazo que promueven las brigadas moralistas (esos comités de defensa de la reacción con máscara de progresistas), al que la palabra vida le queda ancha: su achicamiento ideológico es el aguachirle que denostaba Cernuda.
Las últimas películas de Woody son milagros crepusculares. Veníamos asistiendo a ellas con la conciencia de que cada una podía ser la última (o la penúltima, pues suele haber otra rodada); saboreando nuestros propios rituales sabiendo que pronto se acabarán. Que se hayan interpuesto esas brigadas histéricas, alterando un disfrute tan suave, tan civilizado, produce una rabia insidiosa... que la propia película de Woody disipa. Todo en ella es levedad, gracia, delicia, encanto: ¡resentimiento cero! Sale uno limpio, por Woody, de toda la basura contra Woody. Solo queda, si acaso, una ligera melancolía: la del día de 2018 en que no la vimos y que hubiera sido tal vez mejor que este.
Yo me acerqué el de la Fiesta Nacional, por la tarde, buscando mi nación en el cine, en mi butaca solitaria, entre los pocos que asistían a esa hora. Fuera hacía un calor de muerte, un calor que destroza octubre, aquel aire ya en el filo del frío de octubre que hemos perdido. Pero en la película llovía y se restituía el otoño, con la apetencia también de hogares cálidos. O mejor: de piano bares como los de la película, para beber y buscarnos, o perdernos aún más. Con peripecias de amor y desamor, sexo y arte, encuentros y desencuentros, hilos biográficos, estupores, dudas, elucubraciones en los paseos como las que yo mismo hice a la salida, hasta llegar al chiringuito Oasis y mirar el atardecer mientras me tomaba una cerveza. El momento era bellísimo, pero nada estaba resuelto y todo por resolver.
Día de lluvia en Nueva York tiene un elemento en común con la última de Tarantino, Érase una vez en... Hollywood: la felicidad del cine, y la autoconsciencia de la película de que es una película y por lo tanto se ve gozosamente forzada al final feliz. Algo que solo ocurre en el cine (“¡si la vida fuese así!”), y por eso es el cine.
* * *
En El Español.
PD. Mis anteriores entradas sobre Woody.
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.
2018: La rueda de Woody.
Las últimas películas de Woody son milagros crepusculares. Veníamos asistiendo a ellas con la conciencia de que cada una podía ser la última (o la penúltima, pues suele haber otra rodada); saboreando nuestros propios rituales sabiendo que pronto se acabarán. Que se hayan interpuesto esas brigadas histéricas, alterando un disfrute tan suave, tan civilizado, produce una rabia insidiosa... que la propia película de Woody disipa. Todo en ella es levedad, gracia, delicia, encanto: ¡resentimiento cero! Sale uno limpio, por Woody, de toda la basura contra Woody. Solo queda, si acaso, una ligera melancolía: la del día de 2018 en que no la vimos y que hubiera sido tal vez mejor que este.
Yo me acerqué el de la Fiesta Nacional, por la tarde, buscando mi nación en el cine, en mi butaca solitaria, entre los pocos que asistían a esa hora. Fuera hacía un calor de muerte, un calor que destroza octubre, aquel aire ya en el filo del frío de octubre que hemos perdido. Pero en la película llovía y se restituía el otoño, con la apetencia también de hogares cálidos. O mejor: de piano bares como los de la película, para beber y buscarnos, o perdernos aún más. Con peripecias de amor y desamor, sexo y arte, encuentros y desencuentros, hilos biográficos, estupores, dudas, elucubraciones en los paseos como las que yo mismo hice a la salida, hasta llegar al chiringuito Oasis y mirar el atardecer mientras me tomaba una cerveza. El momento era bellísimo, pero nada estaba resuelto y todo por resolver.
Día de lluvia en Nueva York tiene un elemento en común con la última de Tarantino, Érase una vez en... Hollywood: la felicidad del cine, y la autoconsciencia de la película de que es una película y por lo tanto se ve gozosamente forzada al final feliz. Algo que solo ocurre en el cine (“¡si la vida fuese así!”), y por eso es el cine.
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En El Español.
PD. Mis anteriores entradas sobre Woody.
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.
2018: La rueda de Woody.
7.10.19
La ruleta Sánchez
Lo único que se puede hacer ya es votar a Pedro Sánchez y rezar para que, entre todos los Sánchez, caiga el bueno en la ruleta. Y luego, como dice un amigo, romper la ruleta para que Sánchez se quede ahí. Algo que parece imposible, porque Sánchez consiste en rodar y rodar: él mismo es la ruleta. Me hacen gracia ahora los sanchistas (empezando por Sánchez, que es el primer sanchista) riéndose del veletismo de Albert Rivera a propósito de su última torsión, porque por cada torsión de Rivera Sánchez hace cuatrocientas. Ser sanchista es cambiar a toda pastilla sin despeinarse.
Hay un Sánchez para cada español, también para mí. De pronto aparece un Sánchez que me gusta (el Sánchez estadista, concretamente, para lo que tiene percha), pero apenas he decidido mi voto aparece otro Sánchez que no me gusta nada. Hasta varios Sánchez consecutivos ninguno de los cuales me gusta. Mi Sánchez aparece, en verdad, muy de tarde en tarde. A veces le grito: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”. Pero ni por el piropo se para. El riesgo de votar a un Sánchez es que después gane otro. Y como hay Sánchez deplorables, el juego puede ser no ya el de la ruleta, sino el de la ruleta rusa.
La debilidad pero también la fortaleza de Sánchez es que es escurridizo, por eso suelen rechinar las críticas e incluso el odio que se le tiene. Sus enemigos se equivocan al tacharlo de malo sustancial. Sánchez no es un malo sustancial (ni un bueno sustancial), porque su mal (y su bien) es la insustancialidad. Una insustancialidad que puede acoger la virtud. Acusar de malo a Sánchez es inútil porque de pronto te puede salir bueno.
Mi sanchismo intermitente (con periodos de abierto antisanchismo: mi vida política hay que medirla con un sismógrafo) hace que otra amiga me haya llamado “el sanchista de Schrödinger”. Pero es que sencillamente mi Sánchez desaparece y me quedo flotando en el vacío, cuando no detestando al Sánchez del momento. Sánchez es un trilero, ante todo un trilero de sí mismo: es él el que está y no está dentro del cubilete. Aunque en realidad nunca no está del todo: siempre hay un Sánchez, algún Sánchez.
Yo abogaba por el pacto Sánchez-Rivera para que este fijara a Sánchez en su posibilidad virtuosa. Y de camino Sánchez hiciera lo mismo con Rivera, que falta le hacía. Pero Rivera, pese a su último movimiento, está ya descartado: levantarle el veto a Sánchez es un acierto crepuscular, que solo sirve para resaltar su error de todos estos meses. Creo francamente que la única solución a estas alturas sería una mayoría absoluta del PSOE y que sea lo que Dios quiera. Pero yo no votaré a Sánchez (ni a nadie). No soy ludópata.
* * *
En El Español.
Hay un Sánchez para cada español, también para mí. De pronto aparece un Sánchez que me gusta (el Sánchez estadista, concretamente, para lo que tiene percha), pero apenas he decidido mi voto aparece otro Sánchez que no me gusta nada. Hasta varios Sánchez consecutivos ninguno de los cuales me gusta. Mi Sánchez aparece, en verdad, muy de tarde en tarde. A veces le grito: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”. Pero ni por el piropo se para. El riesgo de votar a un Sánchez es que después gane otro. Y como hay Sánchez deplorables, el juego puede ser no ya el de la ruleta, sino el de la ruleta rusa.
La debilidad pero también la fortaleza de Sánchez es que es escurridizo, por eso suelen rechinar las críticas e incluso el odio que se le tiene. Sus enemigos se equivocan al tacharlo de malo sustancial. Sánchez no es un malo sustancial (ni un bueno sustancial), porque su mal (y su bien) es la insustancialidad. Una insustancialidad que puede acoger la virtud. Acusar de malo a Sánchez es inútil porque de pronto te puede salir bueno.
Mi sanchismo intermitente (con periodos de abierto antisanchismo: mi vida política hay que medirla con un sismógrafo) hace que otra amiga me haya llamado “el sanchista de Schrödinger”. Pero es que sencillamente mi Sánchez desaparece y me quedo flotando en el vacío, cuando no detestando al Sánchez del momento. Sánchez es un trilero, ante todo un trilero de sí mismo: es él el que está y no está dentro del cubilete. Aunque en realidad nunca no está del todo: siempre hay un Sánchez, algún Sánchez.
Yo abogaba por el pacto Sánchez-Rivera para que este fijara a Sánchez en su posibilidad virtuosa. Y de camino Sánchez hiciera lo mismo con Rivera, que falta le hacía. Pero Rivera, pese a su último movimiento, está ya descartado: levantarle el veto a Sánchez es un acierto crepuscular, que solo sirve para resaltar su error de todos estos meses. Creo francamente que la única solución a estas alturas sería una mayoría absoluta del PSOE y que sea lo que Dios quiera. Pero yo no votaré a Sánchez (ni a nadie). No soy ludópata.
* * *
En El Español.
2.10.19
Gomá contra la decadencia
Habla Javier Gomá en Dignidad (Galaxia Gutenberg) del debate medieval entre la miseria y la dignidad, figuras alegóricas cuyo escenario era el mundo. Yo siento que soy también escenario de ese debate, de esa guerra, casi dos mil años después. Mi tendencia ascendente y mi tendencia descendente se cruzan, o se tironean, haciendo de mí una especie de gallego ético-metafísico: no sé si subo o si bajo en la escala de la valoración vitalista. Quizá las dos cosas simultáneamente. Soy un asno de Buridán de la verticalidad, cuyo resultado es una parálisis que, solo por estar en el punto medio, tiene apariencia de aristotélica.
Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.
A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.
Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.
Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.
* * *
En The Objective.
Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.
A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.
Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.
Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.
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En The Objective.
30.9.19
El gatillazo peronista
Podemos estuvo desactivado desde el principio: esto de intentar un peronismo español pero sin nacionalismo español era como pretender salir de un pozo tirándose a uno mismo de los pelos. La gasolina del peronismo argentino es el nacionalismo argentino; de hecho, el peronismo no es sino una variante del nacionalismo. Con el castrismo cubano y el chavismo venezolano pasa igual. El populismo griego estaba rebosante de banderas griegas. Daban cosa las visitas de Pablo Iglesias a Alexis Tsipras, porque Iglesias se presentaba en aquel mar ondulante sin atributos banderiles.
Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.
El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.
Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.
* * *
En El Español.
Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.
El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.
Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.
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En El Español.
19.9.19
El sanchismo universal
El único movimiento de esta minilegislatura, aparte de la barbita de Casado, ha sido la pirueta final de Rivera: un intento desesperado de ponerse también barbita. Pretendía acabar de un plumazo con su maldición lampiña, pero no ha hecho más que prolongarla. Un gran error fue el de Iglesias en julio, cuando rechazó la bicoca que le ofrecía Sánchez. Y otro gran error ha sido el de Rivera, al evidenciar en el último minuto que su empecinamiento desde el primer minuto había sido un error.
Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.
El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.
Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.
Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.
* * *
En The Objective.
Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.
El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.
Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.
Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.
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En The Objective.
16.9.19
El único Gobierno de derechas posible
El único Gobierno de derechas posible es el del PSOE. El del PSOE sin Podemos, claro. Pedro Sánchez quizá ha cometido el error de no rematar a Pablo Iglesias, al que ha dejado a punto de caramelo. La tarea solo podría culminarla el votante de derechas, votando en masa a Sánchez. Un PSOE con mayoría absoluta: ese es el único gobierno de derechas factible en este país.
Fue muy celebrado un tuit que puse: nuestras derechas son una mesa de tres patas que cojea. Con Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no hay nada que hacer. El votante de derechas debería asumirlo con deportividad y votar a Sánchez, como único voto útil de derechas en este momento. Admito que tiene aspectos desagradables para el votante de derechas: subidas de impuestos, más gasto público, tonteo con los nacionalistas, expansión del irritante –os/–as en las declaraciones. Pero que no se ponga fino: nada (salvo tal vez lo último) que no haya hecho ya el PP con su voto. A cambio, tendría un Gobierno sólido (sólido y de derechas) como mal menor.
Le he preguntado a un amigo que votó a Podemos y que confiaba en el Gobierno Sánchez-Iglesias que a quién atribuye la culpa de la desunión. Me dice que la reparte entre ambos: el 100% para Sánchez y el 0% para Iglesias. Y que volverá a votar a Iglesias, naturalmente. Me ha parecido una interesante prospección sociológica, porque la mentalidad de mi amigo se me antoja representativa sobre este particular: el PSOE, sin Podemos, es otro partido de derechas (“la derecha civilizada”, como dijo alguien). Iglesias, al cabo, ha salido bien en cuanto a su izquierdismo inmaculado. No se ha ensuciado, como se hubiera ensuciado inevitablemente de haber entrado en el Gobierno, derechizándose. Esta era la manera más efectiva que tenía Sánchez de acabar con Iglesias, que en las nuevas elecciones podría resucitar.
Siempre me acuerdo de un episodio de la burguesía catalana (de cuando la burguesía catalana era lista; no hace mucho: quince años) que me contó una amiga convergente que tuve. La heredera de una riquísima familia se enamoró de un latinoamericano revolucionario y pobre que andaba por Barcelona. Hubo consejo familiar, sin ella, y se decidió darle un alto cargo al chico en la empresa familiar. Al cabo de un año, él se había convertido en uno de ellos –un burguesote sin el charme revolucionata– y la chica lo dejó. Le dieron entonces la patada al latinoamericano y asunto resuelto.
Sánchez podría haber hecho lo mismo con Iglesias convirtiéndolo, no sé, en un Javier de Paz. Pero no se atrevió. La pelota está ahora en el electorado de derechas, que se encuentra ante su gran momento estalinista: si vota masivamente a Sánchez, le da el pioletazo a Iglesias. Y asunto resuelto.
* * *
En El Español.
Fue muy celebrado un tuit que puse: nuestras derechas son una mesa de tres patas que cojea. Con Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no hay nada que hacer. El votante de derechas debería asumirlo con deportividad y votar a Sánchez, como único voto útil de derechas en este momento. Admito que tiene aspectos desagradables para el votante de derechas: subidas de impuestos, más gasto público, tonteo con los nacionalistas, expansión del irritante –os/–as en las declaraciones. Pero que no se ponga fino: nada (salvo tal vez lo último) que no haya hecho ya el PP con su voto. A cambio, tendría un Gobierno sólido (sólido y de derechas) como mal menor.
Le he preguntado a un amigo que votó a Podemos y que confiaba en el Gobierno Sánchez-Iglesias que a quién atribuye la culpa de la desunión. Me dice que la reparte entre ambos: el 100% para Sánchez y el 0% para Iglesias. Y que volverá a votar a Iglesias, naturalmente. Me ha parecido una interesante prospección sociológica, porque la mentalidad de mi amigo se me antoja representativa sobre este particular: el PSOE, sin Podemos, es otro partido de derechas (“la derecha civilizada”, como dijo alguien). Iglesias, al cabo, ha salido bien en cuanto a su izquierdismo inmaculado. No se ha ensuciado, como se hubiera ensuciado inevitablemente de haber entrado en el Gobierno, derechizándose. Esta era la manera más efectiva que tenía Sánchez de acabar con Iglesias, que en las nuevas elecciones podría resucitar.
Siempre me acuerdo de un episodio de la burguesía catalana (de cuando la burguesía catalana era lista; no hace mucho: quince años) que me contó una amiga convergente que tuve. La heredera de una riquísima familia se enamoró de un latinoamericano revolucionario y pobre que andaba por Barcelona. Hubo consejo familiar, sin ella, y se decidió darle un alto cargo al chico en la empresa familiar. Al cabo de un año, él se había convertido en uno de ellos –un burguesote sin el charme revolucionata– y la chica lo dejó. Le dieron entonces la patada al latinoamericano y asunto resuelto.
Sánchez podría haber hecho lo mismo con Iglesias convirtiéndolo, no sé, en un Javier de Paz. Pero no se atrevió. La pelota está ahora en el electorado de derechas, que se encuentra ante su gran momento estalinista: si vota masivamente a Sánchez, le da el pioletazo a Iglesias. Y asunto resuelto.
* * *
En El Español.
9.9.19
Metafísica del esquí
“¿Tú ves? Una melenita como esa sí”, decía un familiar que ya se ha muerto también mientras cantaba en la tele Camilo Sesto. Sería a finales de los setenta y de aquel mundo, que era el nuestro, ya no existe nada. Solo está en nuestra cabeza, como dice el idealismo filosófico que está incluso el presente. Estaban las melenas rockeras, desordenadas, amenazantes, rupturistas, y estaba la melenita de Camilo Sesto, peinada y compatible con el traje. Una manera de ser moderno y formal. Luego se convertiría en el fantasma de la ópera, en nuestro Michael Jackson, en el punki más inquietante que hemos tenido. Y ahora de nuevo la nobleza de la muerte, esa otra formalidad: la estrafalaria imagen de los últimos años es absuelta y queda la pureza de un ser que se ha ido, su hueco blanco.
Me venía acordando estos días de los pocos recuerdos que tengo de Blanca Fernández Ochoa, pero eran recuerdos trepidantes: un par de bajadas en esquí, a las que asistimos con el corazón en un puño, caídas, frustraciones y una medalla de bronce que sabía a oro por cómo se celebró. Matías Prats Jr. ha contado en el tanatorio algo precioso. Cuando ella vio la tristeza que había por su caída en Calgary, en la que perdió el oro, le quitó importancia para que los demás se sintieran mejor. Es lo mismo que hizo Miguel Indurain tras su hundimiento en Hautacam. Los dos comprendieron que los derrotados grandes son los únicos que tienen la llave del consuelo, y esto es más admirable que cualquier victoria.
Las muertes nos dan ganas de vivir, porque en realidad nos recuerdan la vida, nos despiertan (“recuerde el alma dormida”, decía Jorge Manrique): hacen que volvamos a ver este mundo como un escenario transitorio, una auténtica aventura aunque permanezcamos quietos. “Envejecer, morir”, como escribió Jaime Gil de Biedma, son “las dimensiones del teatro” y “el único argumento de la obra”. Hablo de las muertes más o menos ajenas, que nos dan pena pero no un excesivo dolor. Luego están las de los seres queridos, que dejan la vida sin encanto, porque eran la vida. Este otoño van a coincidir dos ejemplos: las “memorias de amor” de Fernando Savater, La peor parte (Ariel), y Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes en el teatro, con José Sacristán (Bellas Artes). Dos resucitaciones (imposibles) de la amada por las palabras.
Con la muerte de Blanca Fernández Ochoa en la sierra de Madrid me vino este soneto (en alejandrinos y sin rima) que escribió el poeta malagueño José Moreno Villa cuando estaba ya cansado y se imaginaba la muerte (el último blanco) como una bajada. Es como una metafísica del esquí. Imagino a Blanca así, y en otra ladera a Camilo, y a todos los muertos elegantes, por la cara lunar de la tierra mientras los demás seguimos todavía en la solar:
En El Español.
Me venía acordando estos días de los pocos recuerdos que tengo de Blanca Fernández Ochoa, pero eran recuerdos trepidantes: un par de bajadas en esquí, a las que asistimos con el corazón en un puño, caídas, frustraciones y una medalla de bronce que sabía a oro por cómo se celebró. Matías Prats Jr. ha contado en el tanatorio algo precioso. Cuando ella vio la tristeza que había por su caída en Calgary, en la que perdió el oro, le quitó importancia para que los demás se sintieran mejor. Es lo mismo que hizo Miguel Indurain tras su hundimiento en Hautacam. Los dos comprendieron que los derrotados grandes son los únicos que tienen la llave del consuelo, y esto es más admirable que cualquier victoria.
Las muertes nos dan ganas de vivir, porque en realidad nos recuerdan la vida, nos despiertan (“recuerde el alma dormida”, decía Jorge Manrique): hacen que volvamos a ver este mundo como un escenario transitorio, una auténtica aventura aunque permanezcamos quietos. “Envejecer, morir”, como escribió Jaime Gil de Biedma, son “las dimensiones del teatro” y “el único argumento de la obra”. Hablo de las muertes más o menos ajenas, que nos dan pena pero no un excesivo dolor. Luego están las de los seres queridos, que dejan la vida sin encanto, porque eran la vida. Este otoño van a coincidir dos ejemplos: las “memorias de amor” de Fernando Savater, La peor parte (Ariel), y Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes en el teatro, con José Sacristán (Bellas Artes). Dos resucitaciones (imposibles) de la amada por las palabras.
Con la muerte de Blanca Fernández Ochoa en la sierra de Madrid me vino este soneto (en alejandrinos y sin rima) que escribió el poeta malagueño José Moreno Villa cuando estaba ya cansado y se imaginaba la muerte (el último blanco) como una bajada. Es como una metafísica del esquí. Imagino a Blanca así, y en otra ladera a Camilo, y a todos los muertos elegantes, por la cara lunar de la tierra mientras los demás seguimos todavía en la solar:
Por el silencio voy, por su inmensa ladera,* * *
en un fino deslice veloz y sin cesura.
Si fuese así la muerte... Un patinar en hielo,
entre tierra y celaje, amodorrado y laxo.
Casi pisando voy mi dudoso albedrío.
Los puntos cardinales no me sirven de nada.
Y el tiempo es sólo un vago concepto del espacio
entre las lentas combas del adoptado ritmo.
¿Tengo mi voluntad de la rienda? ¡Quimera!
¿No me será posible dejar algo, un acorde,
un versículo puro en que converjan todos?
Voy en la sorda nube que desdeña el ruido.
No puedo más; dejadme en esta magnitud,
en esta desnutrida esencia del silencio.
En El Español.
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